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% FIN DU PREAMBULE -----------------------------------------------------

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\begin{titlepage}
\begin{center}
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    {\bfseries{\Huge\textsc{
Tomo 4:
La puerta de los demonios
}}} \vspace{0.05\textheight}

    {\Large
\emph{Ciclo de Shaedra}
} \vspace{0.05\textheight}

    {\large
Marina Fernández de Retana alias “Kaoseto”
    }

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    \footnotesize{
Versión del
17/03/18
}
\vfill
\url{https://bardinflor.perso.aquilenet.fr/shaedra/shaedra-es}
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\begin{center}
Obra artística bajo licencia creative commons by 4.0,
\href{https://creativecommons.org/licenses/by/4.0/}{https://creativecommons.org/licenses/by/4.0/}.

Redacción realizada con frundis y Vim, por Marina Fernández de Retana (\texttt{kaoseto AR bardinflor P perso P aquilenet P fr}).

Proyecto iniciado en el 2012.
\end{center}
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\begin{minipage}{0.7\textwidth}
\begin{center}
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\textbf{Tomos del Ciclo de Shaedra}
\begin{enumerate}
\item La llama de Ató
\item El relámpago de la rabia
\item La música del fuego
\item La puerta de los demonios
\item La historia de la dragona huérfana
\item Como el viento
\item El alma Sin Nombre
\item Nubes de hielo
\item Oscuridades
\item La perdición de las hadas
\end{enumerate}
\end{center}
\end{minipage}

\includepdf{../img/mundo-de-hareka-libro-es.pdf}
\chapter*{Prólogo}
\addcontentsline{toc}{chapter}{Prólogo}
\label{s:1}

La noche en que ahuyentamos al oso sanfuriento, soñé con un enorme oso
negro que andaba sobre sus patas traseras y que medía al menos diez
metros, desplazándose como un monstruo gigante. Iba atravesando el valle
del Trueno arrasando todo a su paso. Árboles, granjas y cultivos, todo
lo destruía. Y un grupo de aventureros corría, huyendo, atrayendo al
monstruo lejos de Ató, hacia el macizo de los Extradios.

—¡Corred! —les decía una pelirroja, al alcanzar por fin los primeros
peñascos.

—¡No escaparéis con vida! —gruñía el oso, persiguiéndolos.

Todos gritaban de terror al ver que el oso se acercaba, haciendo
retumbar la tierra. La pelirroja alzó su bastón e invocó un rayo de luz
que fue a estrellarse en la cabeza del oso.

—¡Si quieres vivir, tendrás que dejar de destruir nuestros
territorios! —le replicó la valiente celmista, subida en su roca.

El oso, por toda respuesta, rugió estruendosamente y atacó dando
zarpazos a diestro y siniestro. Me desperté en el momento en que todos
se preparaban para la lucha y la celmista pelirroja hincaba el bastón en el
suelo con todas sus fuerzas.

Abrí los ojos y vi la cabeza de un oso flotando sobre mí. Me quedé
mirándolo un momento, dudando de si estaba despierta o dormida. Había
llegado al punto en que uno ya no recuerda ni quién es ni dónde está, ni
siquiera si era normal que un oso estuviera mirándome tan fijamente.
Lentamente, una sonrisa risueña fue apareciendo en el rostro del oso y
sentí entonces un detalle que atrajo mi atención. Sí, ahí estaba esa
tenue atmósfera energética y efímera. Entonces, recobrando mi serenidad
y dándome cuenta de que efectivamente estaba despierta, gruñí.

—¡Frundis!

Deshice la ilusión del oso con un gesto vago. El bastón se agitó
ligeramente al oír mi voz y en cuanto puse la mano sobre él, contestó:

\emph{«¡Yo no he sido! El oso salió de tu sueño. Sólo… sólo le he añadido la
sonrisa, porque ya que era una ilusión, no iba a privarme de hacerlo más
simpático…»}

Medité sus palabras pensativa durante unos segundos, pero luego noté
que ya era de día y que ya se había levantado la gente. Aryes le estaba
volviendo a hacer el vendaje a Lénisu, Deria volvía con las cantimploras
llenas de agua del arroyo y, en cambio, Dolgy Vranc seguía roncando con
las manos detrás de la cabeza.

A Syu no lo veía por ninguna parte pero algo me decía que estaba en
alguna alta rama de un árbol lo suficientemente grande como para
ser estimado por un gawalt.

Me levanté y me acerqué a Lénisu y Aryes.

—Buenos días, ¿qué tal te sientes? —pregunté.

—Bien —contestó Lénisu\mbox{—.} Por suerte, sólo me rozó. Esa zarpa me habría
podido arrancar el brazo de cuajo. Maldito animal.

Le ayudé a Aryes a cerrar el vendaje y me senté sobre una piedra, bajo
el pálido sol de la mañana.

—Voy a echarle una mano a Deria —dijo Aryes, alejándose hacia el
prado verde junto al arroyo.

Frundis soltaba una música dulce que hacía eco a la mañana.

—Pareces pensativa —observó Lénisu al de un rato.

—Mm —asentí\mbox{—.} Tengo muchas preguntas, y cada vez que surge una más, te
niegas a contestar. No es que no pueda vivir sin esas respuestas pero…
hay una de esas preguntas que sí me atormenta.

Lénisu enarcó una ceja pero su rostro permaneció impenetrable.

—¿Cuál?

—¿Por qué guardas tantos secretos para ti solo? Muchas veces me has
hablado de tu vida de contrabandista, y en tus historias siempre hay
episodios que no concuerdan. No soy una entrometida, pero al menos
deberías decirme lo que le pasó a Srakhi. ¿Qué contenían esos
documentos? ¿Por qué los querían los Istrags? Y sobre todo, ¿por qué
no quieres contestar a esas preguntas?

Lénisu, con una mueca, escuchó todo hasta el final sin interrumpirme.
Cuando callé, soltó un suspiro y miró cómo, a lo lejos, Aryes le cogía
unas cuantas cantimploras a Deria, para aligerar su peso. Sonrió.

—Está bien —contestó\mbox{—.} El problema está en que hay cosas de las que
uno no puede hablar tan fácilmente. Sobre todo en casos como éste. Temo
darte medias respuestas porque avivarían tu curiosidad y cada respuesta
daría lugar a más preguntas. Siento no saber decidir qué es lo mejor
para ti, que sepas algo o que no sepas nada.

—¿Qué tal si me dejas decidir a mí? —le repliqué.

Lénisu gruñó.

—Ya sé lo inconscientes que pueden llegar a ser los jóvenes. Mira, te
diré las dos cosas que tanto quieres saber: los documentos esos…
contienen nombres. Y Srakhi se ha marchado en otra dirección para
esconder esos documentos, aunque él no tenga mucha idea de qué es lo que
está llevando. Que te obedezcan sin hacer preguntas, eso es maravilloso.

Lo contemplé con una mueca, dubitativa.

—¿Cómo lo salvaste?

—¿Eh?

—A Srakhi, ¿cómo le salvaste la vida, la primera vez?

—Oh. Es una historia algo complicada… aunque los hechos se pueden
resumir rápidamente. Él estaba rezando en un templo de peregrinos, al
norte de Tenap, cerca de Islamontaña. A mí me perseguían los
guardias de un conde de las cercanías. Cuando llegué al templo, Srakhi
creyó primero que yo era un profanador, pero como no saqué la espada, él
tampoco lo hizo. Luego me explicó que en los templos nunca hay que sacar
armas so pena de sacrilegio. No sé quién tuvo esa idea, pero me parece
estupenda. —Sonrió y le devolví la sonrisa\mbox{—.} Cuando llegaron los
guardias, se enfureció al verlos entrar con la espada sacada. Yo ya
estaba corriendo hacia las escaleras y pensaba salir del templo por una
de las cristaleras, cuando Srakhi soltó un grito y empezó a soltar a mis
perseguidores una serie de maldiciones y cantos acompañada de
sortilegios extraños. Cayeron dos hombres en pocos segundos, soltando
las espadas y cogiéndose la cabeza así. —Intentó levantar el brazo pero
el dolor de su herida se lo impidió y gruñó\mbox{—.} Con ambas manos, como si
tuviesen una horrible jaqueca. Entonces, vi que quizá la batalla no
estaba del todo perdida. Y di media vuelta. En aquella época, mi arma
favorita, aparte de Hilo, era el arco. Pero ya sabes… no me gusta matar
a saijits. De hecho, si he matado a alguien en mi vida, realmente se lo
merecía. Aquellos hombres perseguían a un malvado contrabandista, ¿qué
había de malo en eso? Yo no los conocía, así que no podía matarlos,
¿entiendes mi razonamiento? —Asentí y él gruñó de dolor al moverse para
sentarse\mbox{—.} De modo que saqué mis flechas de letargo que provenían de una
arquería de renombre. Mi primera flecha le dio a un hombre en la pierna
y le hizo tambalear. Pronto cayó de rodillas y con unas cuantas flechas
más conseguí dormir a dos más. Los dos restantes huyeron corriendo y
se metieron en el bosque. Uno de los dormidos sin embargo despertó. Al
parecer la flecha no le había hecho mucho efecto. Y le atacó a Srakhi.
Le metió la espada por las costillas. Dos semanas después, Srakhi estaba
tendido en una cama a salvo de la Muerte. Y ahí fue cuando me prometió
que me seguiría a todas partes con el fin de salvar mi vida ya que yo
había salvado la suya.

Lénisu sonrió, travieso.

—Pero él estaba muy débil aún y yo tenía muchos quehaceres. Me marché
antes de que el say-guetrán llegara a levantarse para agobiarme la vida
con sus plegarias.

—Vaya —silbé entre dientes\mbox{—.} Mm… ¿Y por qué no utilizaste el poder de
Hilo, ya que puede invocar aliados?

Lénisu me miró con cara aburrida y lamenté haber preguntado eso.

—¿Y… qué tipo de celmista es Srakhi, entonces? —preguntó Aryes.

Me sobresalté y vi que él y Deria se habían sentado en unas piedras,
escuchando la historia mientras Dolgy Vranc empezaba a removerse. Lénisu
se encogió de hombros.

—Cuando le pregunté qué tipo de magia había soltado en el templo,
contestó simplemente que era un clérigo say-guetrán.

—Me pregunto qué son en realidad los say-guetranes —comentó Dolgy
Vranc, enderezándose y estirándose con roncos gruñidos\mbox{—.} Pero desde
luego no andan bien de la cabeza. ¿Hay algo para desayunar?

—Galletas y raíces —contestó Deria alegremente.

—¡Buerk! —dijo de pronto una voz. Nos giramos todos hacia las ruinas
de un muro y vimos aparecer a Drakvian que bajo la luz del alba parecía
todavía más pálida aunque sus ojos brillaban de una nueva vitalidad.

La saludé.

—Buenos días, Drakvian.

—Mm —replicó\mbox{—.} ¿Adivinad qué he cazado esta noche? —preguntó, con una
sonrisa maligna.

Advertí el movimiento de retroceso de Deria, Aryes y Dolgy Vranc y
sonreí.

—¿Un oso sanfuriento? —aventuré, socarrona.

—¡Bah! No, ya me hubiera gustado —refunfuñó la vampira\mbox{—.} Pero
precisamente quería hablaros del oso. No anda muy lejos de aquí así que
será mejor que nos marchemos cuanto antes.

En ese mismo instante, apareció Syu corriendo a toda prisa. Se refugió
sobre mi hombro, soltando pequeños gritos aterrados.

\emph{«¡El oso! ¡Por ahí!»},
me soltó, nervioso.

—¿Qué le ocurre? —preguntó Lénisu.

—Ha visto el oso —contesté\mbox{—.} Hacia el… suroeste. ¿Qué hacemos?

Desayunamos a toda prisa y recogimos todas nuestras pertenencias que, a
estas alturas, eran bastante reducidas. Aún nos quedaban galletas para
algunos días y algo de sal, pero el arroz se nos había acabado.

—¿Cuántos días quedan para llegar a Ató? —preguntó Aryes, cuando
empezamos a convencernos de que el oso sanfuriento no volvería para
vengarse.

Lénisu y Dol se consultaron con la mirada.

—Si nos dirigimos hacia el norte, llegaremos al Paso de Marp
dentro de… considerando que es todo montaña… digamos que unos cinco días
pero hay un problema…

—¿Qué problema? —preguntó Aryes.

—Habrá que cruzar el río.

—¿El Aprendiz? —exclamé. El río principal aún tenía demasiada anchura,
¿cómo lo íbamos a cruzar? ¿Nadando? A Dol no le iba a gustar nada la
idea.

—A menos que sigamos hacia el noroeste —continuó Lénisu\mbox{—,} hasta llegar
a un vado. Lo malo es que no conozco esta zona para nada. Es decir, que
quizá no haya ningún vado.

—Si pudiésemos volar —dijo Deria, soñadora.

Me reí.

—Aryes puede volar, no es tan remoto.

—Digo volar con alas —rectificó Deria\mbox{—.} La levitación es demasiado…
artificial.

—¡Pero no deja de ser fantástico! —replicó Aryes con una gran
sonrisa.

—¿Serías capaz de sobrevolar el río? —preguntó Lénisu, sinceramente
impresionado.

La sonrisa de Aryes se tornó en mueca.

—Esto… No es tan sencillo —explicó con un vago ademán\mbox{—.} Por el momento
sólo he probado sobre terreno más o menos firme… y el control de las
energías cambia según la composición de lo que te rodea… Ignoro
totalmente qué pasaría si me pongo a levitar encima del agua.

—Caray —resopló Dolgy Vranc\mbox{—.} Entiendo ahora por qué la energía órica
nunca me atrajo mucho. Dicen que los celmistas más poderosos son los
Mentistas y los Talvenires óricos. Por algo será.

—¿Los Talvenires? —repitió Deria con tono interrogante.

—Son los celmistas óricos que se especializan en controlar las fuerzas
del aire —expliqué\mbox{—.} Son capaces de mover objetos, de levitar e incluso
algunos muy hábiles consiguen crear monolitos. Por supuesto, ningún
Talvenire sabe hacer todo eso a la vez, porque, ya te dije, cuanto más
te especializas en algo…

—Más difícil es aprender a controlar otras energías o modelar la misma
diferentemente, sí lo sé —me interrumpió Deria. Sonrió anchamente y me
reí.

—Bueno, no nos separemos —nos avisó Lénisu, girándose hacia nosotros\mbox{—.}
Cuanto más avanzamos, más sube y más frondoso se vuelve este bosque.
Estamos entrando en los Extradios.

—Dicen… dicen que está lleno de bicharracos de los Subterráneos —dijo
Deria.

—¿En serio? —replicó Lénisu, sonriendo a medias\mbox{—.} Ahora que lo dices,
es probable. Así que cuanto más rápido salgamos de aquí, mejor.

Sin que nadie hubiera dicho nada, aceleramos el paso, aunque pronto, al
encontrarnos con una cuesta bastante empinada, nos pusimos a resollar.
El mono saltaba de rama en rama cantando en coro mentalmente con
Frundis. No acababa de entender cómo conseguía oír a Frundis a través
de mí, pero así era. Yo les acompañaba de cuando en cuando en sus
canciones y Frundis desempeñaba el papel de jefe de coro.

El bastón guardaba en su memoria canciones viejísimas, romances enteros
que nos cantaba a Syu y a mí para animarnos a subir. A veces, me
olvidaba de que estaba andando con los demás, aunque afortunadamente no
me distraía lo suficiente como para extraviarme. Más de una vez Lénisu me
cogió del brazo para recordarme que no lo adelantase a él y miraba mi
bastón con cara de pocos amigos, pero aunque no le gustara el acuerdo de
amistad que había pasado con Frundis no podía negar que nos había
ayudado más de una vez ya desde los acantilados de Acaraus.

Los peores momentos del viaje eran cuando Frundis decidía componer.
Entonces, sonaban sonidos discordantes, melodías repetidas una y otra
vez, gruñidos descontentos, gritos de alegría interrumpidos por breves
períodos en que me explicaba cómo hacía para conseguir las hermosas
orquestas que me enseñaba luego. Sinceramente, viendo cómo avanzaba
componiendo su música, empecé a dudar de si era realmente el autor de
las composiciones que decía, aunque solía decirme también que lo único
que le pasaba era que le faltaba una fuente de inspiración.

Seguimos andando río arriba hasta aproximadamente las seis de la tarde.
Los días eran cada vez más breves y las hojas de los árboles, bajo el
sol otoñal, habían enrojecido y caían muertas al suelo con la mínima
agitación del aire.

Cruzamos varios ríos menores, no sin que alguno de nosotros se hundiese
de pies a cabeza, pero sus corrientes no eran tan fuertes como la del
Aprendiz, aunque poco a poco, se iba reduciendo su anchura. Tuvimos que
alejarnos varias veces del río y dar un rodeo para evitar las cascadas
y los terrenos abruptos. Al día siguiente, conseguimos pasar al otro
lado en un paso más estrecho, saltando de roca en roca.

Drakvian aparecía de cuando en cuando, pero nunca solía quedarse con
nosotros más de un cuarto de hora. Siempre pretendía asustarnos
haciéndose pasar por una sanguinaria, pero en realidad yo sabía que tan
sólo lo hacía para desafiar a cualquiera que le echase en cara el hecho
de ser vampira. Yo, la verdad, desde que sabía que bebía la sangre del
venado o de los conejos, empezaba a estar más tranquila en su
presencia. Hasta nos traía luego las presas para que pudiésemos
aprovechar la carne. Y en un momento, Syu, Drakvian y yo hicimos una
carrera por los árboles y luego Deria le enseñó a la vampira cómo se
jugaba al Bosque de Luna, aunque el terreno montañoso no era el mejor
sitio para hacer carreras gimnásticas.

Dormíamos siempre alerta, temerosos de ser atacados por sorpresa por
nadros rojos u otras criaturas pero, por alguna extraña suerte, no nos
encontramos con ningún problema serio hasta que llegamos al Paso de
Marp. El único inconveniente fue el de no conocer la región porque
tardamos seis días en llegar al Paso, es decir el doble de lo que Lénisu
había previsto. Y todo porque Lénisu y Dol no quisieron hacerle caso a
Drakvian y pasar por un pequeño sendero que subía por un precipicio.
Cuando, al de un día, nos encontramos con que estábamos cercados de
desfiladeros, dimos media vuelta y seguimos a Drakvian por el sendero,
atándonos todos con la dichosa cuerda que habíamos utilizado también,
aunque con menos razón, para bajar los Acantilados de Acaraus.

Fue una ascensión horrible. Por si acaso, me até Frundis a la muñeca con
una pequeña cuerda y le dije a Syu que tuviese muchísimo cuidado. Los
más aprensivos fueron Aryes y Dolgy Vranc. Podía entender que el
semi-orco temiese que con su peso el sendero se desmoronase, pero a
Aryes le encantaba levitar, ¿acaso era posible que tuviese vértigo?

Cuando, con tono socarrón, se lo pregunté, Aryes carraspeó.

—El problema no es levitar, el problema es que yo siempre meto la pata
en los momentos más cruciales —contestó con una mueca resignada.

Me eché a reír.

—¡Yo también! No te preocupes, Drakvian nos guiará.

Aryes me miró fijamente.

—Eso no me es de ningún consuelo. Tú… ¿confías en Drakvian?

Enarqué una ceja.

—Creía que aceptabas las rarezas de la gente con facilidad —le
repliqué con una ancha sonrisa.

Aryes se encogió de hombros.

—Ya, pero a ti te conozco —murmuró simplemente.

—Tiene un carácter extraño —concedí\mbox{—,} pero me cae bien. Márevor Helith
dijo que congeniaríamos enseguida.

Los labios de Aryes se levantaron en un rictus irónico.

—Márevor Helith —repitió\mbox{—.} Sí, quizá tengas razón y la esté juzgando
demasiado rápido.

Me gustó su cambio de actitud y aprobé con la cabeza.

—Y ahora será mejor que nos atemos a la cuerda. —Ladeé la cabeza y
sonreí\mbox{—.} Frundis dice que no le dejo nunca tiempo libre para componer.

—A saber lo que compone después —comentó Aryes\mbox{—.} Seguro que introduce
el ruido de una roca deslizándose por el precipicio y gritos aterrados…

—¡Aryes! —protesté, agrandando los ojos.

Aryes se echó a reír.

—Hace más de un mes la que estaba asustada por los rayos eras tú
—apuntó.

No tuve más remedio que aceptar la réplica. Como decía, la ascensión fue
horrible e interminable. Nos pasamos cinco horas enteras subiendo. En
algunos trechos el sendero se ensanchaba o dejaba de subir tanto,
permitiéndonos un momento de descanso. Aquella noche dormimos como
lirones y sólo cuando despertamos, a media mañana, nos dimos cuenta de
que nos hubieran podido atacar durante la noche. A pesar de nuestra
inconsciencia, nos alegramos todos de haber recuperado algo de sueño.

Ahí no se acababan todas las desventuras. El macizo de los Extradios no
llevaba bien puesto el nombre. No era un macizo, era un amasijo de montes
empinados llenos de precipicios y peñascos rocosos y bosques tupidos que de
cuando en cuando se paraban brutalmente y dejaban sitio a una vertiente
poblada tan sólo de rocas, arbustos pequeños y hierba rala. El tiempo lluvioso
del principio de nuestro viaje había desaparecido y ahora caminábamos bajo un
sol ardiente que tan pronto como desaparecía tras las montañas se llevaba todo
el calor. Las noches, en la montaña, eran frías. Soplaba continuamente el
viento y a veces me preguntaba si no hubiera sido mejor idea rodear las
montañas volviendo a bajar por el Aprendiz por la otra ribera.

El día en que empezamos a bajar de veras, hacia el Paso de Marp, fue
quizá el peor. La bajada era muy empinada y Frundis se quejaba todo el
tiempo de la manera con que lo trataba.

\emph{«Soy un luchador»},
gemía,
\emph{«no una cachava.»}

Y se ponía a hablar entonces de los portadores que le habían hecho pasar
por volcanes, desiertos rocosos y desiertos de arena… siempre con una
musiquita de fondo que a veces no pegaba nada con su historia.

Bajaba apoyándome sin cesar en el bastón, y él me hacía bromas creando
ilusiones de precipicios y serpientes enormes o cosas del estilo y se
reía a carcajadas cada vez que me las tragaba. Me caí más de una vez,
incluso más veces que Aryes, que ya es decir. Dolgy Vranc hacía rodar
piedras a cada paso y por eso pasó a andar delante mientras Lénisu
cerraba el paso. Drakvian no era tan hábil cuando pasábamos por
pedregales y bajaba cuidadosamente, ladeada e inclinada hacia delante.
Sus pelos verdes brillaban bajo los rayos del sol pero su piel seguía
siendo tan pálida como siempre.

Habíamos bajado la mitad del pedregal cuando Deria pegó un chillido y me
cogió del brazo.

—¡Au! —protesté.

—Nadros rojos —susurró.

Enseguida hubo revuelo.

—¿Dónde? —preguntó Dolgy Vranc, poniendo la mano en visera.

—En el bosque —contestó Lénisu\mbox{—.} Apenas se ve desde aquí. Si tuviese
un pequeño catalejo…

—Hay varias cosas que se mueven por el bosque —comentó Drakvian,
entornando los ojos.

—¿Por qué dices que son nadros rojos? —inquirí, girándome hacia la
drayta.

Deria agrandó los ojos y se encogió de hombros.

—Tal vez no lo sean.

Lénisu giró la cabeza hacia la vertiente que estábamos bajando y agitó
la cabeza. La vampira, adivinando quizá sus pensamientos, gruñó.

—Volver a subir esto no es una buena idea. Si me hubieseis escuchado,
habríamos desembocado en el otro monte y habríamos evitado este
pedregal.

Lénisu carraspeó.

—Quizá, pero ahora que estamos aquí, sólo nos queda la opción de bajar
por ahí y rezar para que no nos esté esperando abajo un ejército de
nadros rojos.

Dol resbaló y se oyó un estruendo de piedras cayendo acompañado de
varios improperios. En el bosque, las siluetas que antes se agitaban se
quedaron inmóviles.

—Esto no me gusta —murmuré.

—Ya qué importa —replicó la vampira.

Y continuamos bajando. Frundis, en aquel momento, me gastó una broma que
pudo costarme la vida. De pronto, vi cómo el terreno se movía y oí un
crujido tan terrible que parecía que el mundo se había roto en dos.
Ya no sabía dónde posar los pies y me era imposible quedarme quieta
aunque supiera que todo no era más que ilusión. Perdí el equilibrio.

Rodé hasta abajo, hincándome los guijarros y haciéndome arañazos por
todas partes. En mi caída, sentí que mi jaipú sufría una convulsión que,
junto al miedo, acabó por convencerme de que mi corazón no
podría aguantar mucho más latiendo a esa velocidad. Entonces, me di
cuenta de que me estaba transformando… Pff, como si eso pudiera
ayudarme, pensé desesperada.

Todo fue muy rápido. Me transformé y sentí que las marcas de energía me
protegían más de los golpes, como si tuviese una piel más dura. Seguí
rodando por un corto trecho de hierba e iba a tratar de recuperar el
equilibrio cuando de repente caí de una altura y acabé en medio de un
arroyo.

Escupí agua y solté una maldición.

—¡Frundis! —grité con toda la fuerza de mis pulmones.

Oí de pronto unos ruidos de pasos y levanté la cabeza, horrorizada, al
recordar las siluetas que habíamos divisado desde el pedregal. Apenas
tuve el tiempo de divisar unos grandes ojos azules y una cola llena de
escamas azules antes de que desaparecieran junto a otros bultos que
huían a toda prisa.

—¡Eso, marchaos! —grité, haciéndome la valiente.

Y por si acaso miré hacia mi alrededor para cerciorarme de que lo que
les había hecho huir era mi estruendosa llegada. Más segura, abrí los
brazos y me contemplé. Estaba hundida. Y estaba llena de barro.

—¡Aquí está! —gritó de pronto la voz de Drakvian.

La vampira aterrizó a mi lado salpicando a su alrededor y me contempló
con una ancha sonrisa.

—¡Menuda caída!

Le devolví la sonrisa.

—¿Repetimos?

Algo que se parecía a sorpresa brilló en los ojos de la vampira.

—Ahora entiendo por qué te metes en tantos líos —replicó. Me eché a
reír\mbox{—.} Te advierto de que estás aún transformada. Será mejor que vuelvas
a tu estado normal.

Agrandé los ojos y vi que efectivamente, debajo del barro que me cubría,
mis brazos seguían teniendo las marcas.

—Drakvian —pronuncié\mbox{—.} Tú… sabes quién es Zaix, ¿verdad?

La vampira enarcó una ceja.

—Pues claro. Es el Demonio Encadenado.

—¿Y qué se supone que está haciendo conmigo? —pregunté con una
vocecita.

La vampira me miró fijamente y al de un rato entornó los ojos.

—Los demonios sólo se interesan por los demás demonios —acabó por
decir\mbox{—.} Al menos casi siempre.

—Pero… yo no soy ningún demonio —protesté.

Ella se encogió de hombros y apartó una mecha verde de su rostro.

—Ya estás volviendo a tu otra forma.

Apareció Aryes arriba del montículo y pronto aparecieron los demás.
Confié en que Drakvian decía la verdad y que ya no me lucían ojos rojos
en lugar de mis ojos verdes de toda la vida.

—No sé por qué —me susurró Drakvian— pero fíjate: cada vez que estás
sola o que pierdes el control, te transformas. Es gracioso.

—Gracioso —repetí con tono gruñón.

—Casi tanto como bajar de un pedregal rodando —añadió la vampira,
riendo, sarcástica.

Agité la cabeza, suspirando y levanté la cabeza al oír mi nombre. Lénisu
llevaba a Frundis y recordé el mal rato que me había hecho pasar el
bastón.

Cuando nos hubimos reunido todos, les dije que las criaturas que
habíamos divisado antes se habían ido despavoridas al verme.

—Les dije que se marchasen, ¡y se han marchado! —conté alegremente.

—¿Qué pinta tenían? —preguntó Lénisu.

—Parecían nadros rojos, pero en azul.

Lénisu frunció el ceño y luego se echó a reír.

—¡Eran nadros del miedo! Sí. Seguramente. Se parecen mucho a los
nadros rojos, pero son muy miedicas.

Hice una mueca al darme cuenta de que finalmente quizá no hubiese
espantado más que a un grupo de cobardes. Cuando recuperé mi bastón,
tuve una larga conversación con Frundis. Syu me apoyó diciéndole que no
se había comportado como un gawalt digno de ese nombre. Finalmente,
Frundis, después de una animada discusión, acabó por excusarse de su
actitud indigna. Ignoraba cuánto tendría que esperar hasta que me
gastara otra broma del estilo, pero en el fondo, Frundis era un buen
compañero.

A partir de ahí, el camino fue muchísimo más tranquilo. Atravesamos el
bosque y llegamos a la ruta del Paso, que estaba frecuentemente
transitado por patrullas. La mayoría de esos guardias salían de la
Pagoda Azul de Ató. Al principio, Lénisu nos hizo pasar por un camino
distinto, rodeando la ruta.

—¿Por qué no tomamos el camino más simple? —preguntó Deria, al ver
alejarse detrás de ella la ruta del Paso, despejada y llana.

—Porque no es el camino más simple —replicó Lénisu, sin más
explicaciones.

Tras varias horas de atravesar colinas y hacer rodeos inútiles, empecé a
dudar de si Lénisu nos llevaba hacia Ató, aunque dudar de eso no tenía
ni pies ni cabeza porque llevábamos más de un mes buscando a Aleria y
Akín, pero entonces, ¿por qué retrasarnos?

En un momento, me adelanté y me puse a caminar junto a Lénisu, haciendo
caso omiso del coro religioso que estaba emitiendo Frundis.

—Lénisu —dije\mbox{—,} tengo una pregunta… ¿adónde nos llevas?

Lénisu se giró hacia mí, sorprendido.

—A Ató, ¿adónde quieres que os lleve?

—Pero entonces, ¿por qué vamos por un camino tan poco… práctico?

—Bueno, sé que puede parecerte increíble pero hay algún puesto de
guardia por ahí en el que no me tienen en gran estima. Ya te dije que
solía pasar mercancía de Hilos a Ató. Yo solía explorar la zona. La
guardia me pilló algunas veces, pero jamás pudo probar nada —dijo,
sonriendo\mbox{—.} Desgraciadamente, por lo menos uno de esos jefes sigue
estando ahí… lo comprobé cuando fui a Ató en tu busca. Me reconocería de
inmediato, te lo aseguro. Registra todos los rostros de los arrestados
en su memoria, da asco.

—Vaya —dije.

—Además, nuestro grupo atrae demasiado la atención. Un semi-orco, una
vampira, una drayta… es demasiado para que no nos pregunten de dónde
venimos y por qué nos dirigimos a Ató.

Suspiré y asentí.

—De acuerdo, me has convencido. ¿Qué tal va tu herida?

—Mejor. Aryes y tú habéis hecho un buen trabajo.

Negué con la cabeza.

—Aleria lo habría hecho mucho mejor, es una experta en energía
esenciática.

Lénisu sonrió al notar mi cambio de tono.

—Pronto llegaremos a Ató y podrás volver a ver a tus amigos, Shaedra.

Le devolví una sonrisa radiante.

Seguimos andando por bosques y montes, evitando la ruta. El tiempo, de
pronto, se estropeó, el sol desapareció detrás de las nubes oscuras, y
empezó a llover y a granizar. En Ató, el invierno ya había empezado y el
aire era frío, los árboles habían perdido casi todas sus hojas y era
necesario envolverse con la capa para cortar el viento helador que venía
de las Montañas Nevadas pasando por el océano Dólico.

Pasamos del otro lado del Trueno y al de tres días, vimos los primeros
ganados y cultivos que cercaban la ciudad de Ató. Las casas seguían ahí,
intactas, y apenas habían cambiado las cosas. Una granja quemada se
estaba reconstruyendo en nuestro lado del río, y se había agrandado el
almacén de comida. Pero aparte de esos detalles, todo estaba igual que
hacía siete meses.

Aryes y yo soñábamos con ese día desde hacía tiempo e intercambiamos una
sonrisa eufórica. Cruzamos el puente sin escuchar la voz apremiante
de Lénisu y corrimos calle arriba, por el Corredor. Deria nos seguía de
cerca, y los tres reíamos, felices.

\emph{«¿Este es tu hogar?»},
preguntó Syu.

Sonreí.

\emph{«Sí. ¿Te gusta?»}

Syu contempló la pequeña ciudad y asintió.

\emph{«Al menos hay árboles y casas. Y no huele tan mal como en Ombay o
Acaraus.»}

\emph{«¡Te voy a presentar a mi padre!»},
le dije, animada.

\emph{«Tengo curiosidad por saber quién es»},
dijo Frundis, bostezando.

Corrí hacia el
\emph{Ciervo alado}
y abrí la puerta. Entré. El
interior estaba lleno de gente que se había cobijado ahí, huyendo del
frío de afuera. Aryes había ido a su casa y Deria se había quedado
viendo el escaparate de la zapatería mientras Lénisu y Dolgy Vranc
subían la calle con tranquilidad.

Cerré la puerta y cuando volví a girarme, me encontré con dos
ojos castaños que me contemplaban como en un sueño.

—¿Shaedra? —farfulló Kirlens.

Sonreí.

—¡Shaedra! —bramó. En medio de un silencio atónito, el posadero salió
de detrás del mostrador y se abalanzó sobre mí. Me aplastó abrazándome
con sus dos manos fuertes y levantándome en vilo mientras reíamos. Tiré
a Frundis al suelo para corresponder al abrazo y dejé de oír la música
romántica e irónica del bastón.

—Kirlens, te he echado muchísimo de menos —sollocé.

En ese momento se abrió la puerta y Lénisu entró.

—¿Cómo te va todo, Kirlens? —le dijo, dándole una palmadita sobre el
hombro.

El rostro de Kirlens se ensombreció al verlo, pero al menos no le pidió
que se fuera. La gente de la taberna, después de un breve mutismo, se
puso a comentar el hecho en voz alta y ya al músico contratado apenas se
le oía en medio del barullo.

—Llamaré a Satme. Y luego me cuentas todo, Shaedra.

Recogí a Frundis y Kirlens nos hizo entrar en la cocina, donde Wigy casi
se desmayó y me abrazó llorando de tal manera que parecía casi una
broma. Entonces, oyendo sin duda el alboroto, apareció Taroshi en la
cocina y, gritando mi nombre, se me abrazó con fuerza antes de que
pudiera apartarme. Me sonreí, agradablemente sorprendida al ver que
Taroshi por fin se comportaba como un niño normal.

Nos sentamos los cinco en la cocina y Kirlens nos sirvió sopa de ajo
con hortalizas y tarta de frambuesas y aunque aún faltasen dos horas
para la hora de la cena, Lénisu y yo comimos con voracidad, porque hacía
tres días que nos contentábamos con comer raíces y poca cosa más.

—Estás horrible, Shaedra —sollozaba Wigy, mirándome fijamente.

—Wigy, déjales comer tranquilos —le cortó entonces Kirlens\mbox{—.} Ve a
ayudar a Satme, ya me ocupo yo de la cocina.

Wigy protestó pero acabó por salir, llevándose a Taroshi a la fuerza y
dejando un silencio relativo detrás de ella.

—¿Y el mono? —preguntó Kirlens.

—Es un gawalt —contesté, entre cucharada y cucharada\mbox{—.} Se llama Syu,
es amigo mío.

Syu enseñó sus dientes y asintió con la cabeza firmemente. Kirlens
agrandó los ojos.

—Parece inteligente.

Expulsé la sopa que aún no había tragado, sofocando de risa. Lénisu
soltó una carcajada.

—Te aseguro, Kirlens, que Syu es más que un simple mono.

Kirlens se sentó a la mesa y nos observó alternadamente.

—¿Y bien? ¿Cuál es la historia? ¡Por todos los dioses!, te creía
muerta, Shaedra. Aquel día…

Agitó la cabeza y yo hablé antes de que prosiguiera:

—Es una historia bastante larga. Pero te la resumiré. Pasamos por un
monolito, siguiendo los pasos de Aleria. Aparecimos en el valle de
Éwensin, y nos encontramos con Stalius, un legendario renegado que le
protegía a Aleria. Caminamos hacia el oeste, nos enfrentamos a un dragón
de tierra en Tauruith-jur, luego atravesamos otro monolito cerca de
Tenap y yo aparecí en la academia de Dathrun. Mis hermanos estaban ahí.
Me quedé ahí varios meses y luego me volví a encontrar con Lénisu y
todos, excepto Aleria y Akín. Salimos de Dathrun en su busca, pero
hace unos días solamente que sabemos que están en Ató sanos y salvos.

Kirlens parpadeó varios segundos y se recostó contra el respaldo de su
silla, aturdido.

—Creo que será mejor hablar de esto más tarde —apuntó Lénisu\mbox{—.} Con más
reposo. Llevamos semanas andando sin descansar prácticamente… ¿sigues
teniendo libre el cuarto que me diste la última vez?

Kirlens levantó la cabeza y asintió.

—Sí. Sí —repitió\mbox{—,} será mejor que descanséis un poco.

—Yo tengo que ir a ver a Aleria y Akín —declaré, levantándome\mbox{—.} No
puedo esperar más.

—Buen reencuentro —me deseó Lénisu\mbox{—.} Yo los veré mañana, ahora creo
que voy a subir y dormir algo.

El
\emph{“dormir algo”}
significaba que iba a dormir unas doce horas
aproximadamente. Sonriendo, salí de la cocina y diez minutos después
estaba corriendo por los tejados, dirigiéndome a casa de Aleria.

\chapter{Golpes de efecto}
\label{s:2}

La noticia de nuestra reaparición causó revuelo en Ató durante al menos
tres días, el tiempo para que todo el mundillo curioso se enterara de
qué nos había pasado. Por supuesto, muchos no nos creyeron, pero a mí no
me importaba. En la taberna, detrás del mostrador, repetí tantas veces
la historia del dragón de tierra, que creo que al final la contaba
siempre con las mismas palabras, sin pensar. Nadie, en Ató, exceptuando
algún guardia o cofrade, había visto un día a un dragón de tierra. Por
supuesto, algunos habían entrado en el Museo de Dragones de Neiram, pero
no era lo mismo ver a un dragón disecado que a un dragón de verdad.

Desde su regreso a Ató, Aleria y Akín habían intentado convencer al
Mahir y al Dáilerrin sin resultado y su historia había sido acallada
para no perjudicar la reputación de ambas familias. El padre de Akín
tenía una posición que mantener. Y Daian Mireglia, a pesar de su afición
por la alquimia, se había forjado una imagen respetable. Su desaparición
había dejado una mancha indeleble pero los cuentos estrafalarios de
Aleria lo habrían empeorado. Por eso Aleria no contó nada sobre lo que
le había dicho Stalius de los guaratos y de la Hija del Viento.

El monolito de Márevor había llevado a Aleria y Akín a las Llanuras de
Drenau. En total, habían sido cuatro en aparecer por esos lares: Aleria, Akín,
Stalius y Yilid. Por un tiempo, estuvieron totalmente perdidos, hasta que tras
varios días de andar se toparon con los Acantilados. Viajaron hasta
Acaraus y remontaron el Aprendiz, buscando el pueblo de los guaratos.
No acabé de entender lo que les pasó a partir del día en que encontraron
las ruinas. Al parecer, Stalius los llevó a un templo oculto. Ahí
encontraron a una familia de guaratos con una mujer muy vieja a la que
en Ajensoldra habrían tachado de bruja por lo que me dijo Aleria. Aleria
entró en el templo sola y al parecer Stalius tuvo que atar a Akín a un
árbol para que no la siguiera. A partir de ahí, el relato de Aleria
tenía lagunas. Aleria no quería contar a nadie todo lo que le había
pasado en el templo y yo respeté su silencio aunque le repetí que, si
consideraba un día que no podía mantener más el silencio, yo estaría
ahí para ayudarla, como hacían siempre los amigos.

Por una razón misteriosa, Yilid había querido seguir el viaje con ellos.
Hubiera podido volver a su marquesado, pero no lo hizo. Él decía que los
acompañaba para proteger
\emph{“a unos niños indefensos”}
de las
pesadillas de Acaraus pero Aleria me contó que Yilid era demasiado
inconsciente para proteger a nadie y que parecía convencido de que un
verdadero noble tenía que hacer algo inusual y heroico en su vida.
Aunque también me confesó que Yilid, pese a su juventud, era muy buen
brejista y hasta sabía soltar sortilegios de hipnosis. Pero tras pasarse
unos días en Ató haciendo calaveradas, Yilid se encontró con un
sirviente de su padre y no tuvo más remedio que marcharse.

Stalius, por su parte, se había instalado en casa de Aleria,
escandalizando a todo el vecindario. ¿Quién sería capaz de meter a un
legendario renegado en una casa tan respetable como la de los Mireglia?,
se preguntaba la gente. Se decía que Aleria Mireglia había perdido la
razón al cruzar el monolito. O que Stalius le estaba haciendo chantaje
por algún negocio oscuro. Todo, alrededor de la casa de Aleria, eran
rumores, cotilleos y mentiras laboriosamente inventadas.

Al contrario, el señor Eiben logró que nada excesivamente extraño se
comentase de su hijo menor. Akín había vuelto a la Pagoda Azul sin
problemas. En cambio, Aleria tuvo que justificar su ausencia y le costó
dos semanas conseguir una audiencia con el Dáilerrin. Y aun así, no le
fue fácil volver a la Pagoda Azul, dado que no había pasado los exámenes
de admisión la pasada primavera. Sólo lo consiguió gracias a la
insistencia del maestro Áynorin para que su alumna pasase unos exámenes
excepcionales de integración al segundo año de snorí.

Mi regreso coincidió con el primer día de exámenes de Aleria. Mi
reaparición le causó tal conmoción que me alegré de que se supiera las
respuestas casi sin reflexionar porque dudo de que estuviese muy
concentrada durante las evaluaciones.

Aryes y yo nos enteramos de que habíamos aprobado todos los exámenes
escritos y todos los exámenes prácticos, exceptuando el último, de modo
que tras una breve charla con el Dáilerrin, nos permitieron volver a la
Pagoda Azul bajo la condición de pagar la matrícula de todo un año y
jurar de nuevo por el reglamento del Libro de Ató.

Al de cinco días, ya había vuelto a coger la buena vida rutinaria de
siempre. Tenía la impresión de que nunca había sido tan feliz. Volvía a
bromear con Akín, Aleria volvía a fulminarme con la mirada cada vez que
hacía algo mal, y a Syu le encantaba pasear conmigo por los tejados de
la ciudad.

El primer día, Galgarrios corrió a toda prisa hacia mí y me sonrió
anchamente, aplastándome con sus dos grandes brazos. Había crecido mucho
más que yo, en esos meses, y ahora me sacaba una cabeza, y estaba más
delgado y, según Laya, atraía las miradas de todas las muchachas de Ató.
Pero aparte de eso, Galgarrios no había cambiado mucho. Marelta tampoco,
por desgracia, seguía siendo poco agradable conmigo y por lo visto no le
gustó que gozara de cierta popularidad durante los días que siguieron
nuestro retorno. Salkysso y Kajert se alegraron mucho de verme, Ávend
recuperó a su mejor amigo y Suminaria, a su alumna
testaruda. Ozwil había cambiado sus botas saltadoras demasiado pequeñas…
por otras botas saltadoras demasiado grandes, y cada vez que daba un
paso parecía que iba a despegar, pero siempre las llevaba y Akín y yo
llegamos a pensar que no se las quitaba ni para ir a dormir. Yori, el
ílsero, se había convertido en el mejor alumno del maestro Jarp —que nos
enseñaba dos días a la semana para instruirnos poco a poco en el arte de
los kals\mbox{—,} pero yo le aseguré a Marelta y a él que Aleria superaría a
todos en cuanto le dejasen girar unas cuantas páginas más.

Todo iba de maravilla. Deria se había instalado en casa de Dolgy Vranc y
ambos trabajaban duro fabricando juguetes y a Deria le parecía cada vez
más interesante hasta tal punto que renunció a imitarme a mí para
imitarle al semi-orco. Lénisu realizaba trabajos para Kirlens y me daba
la impresión de que este último abusaba un poco. En cuanto se repuso lo
suficiente de su herida en el brazo, mi tío se ocupó de ir a buscar
leña, reparar el viejo tejado de la cocina, verificar la entrega de las
mercancías… Cada día, volvía agotado del trabajo, pero lo hacía todo sin
protestar y me aseguró un día que no soportaba estar inactivo y que le
gustaba hacer algo útil para Kirlens, a quien había causado tantos
sobresaltos en los pasados meses.

Kirlens estaba muy contento con Lénisu y lo decía a todos los que le
preguntaban por su nuevo empleado. La gente de Ató no solía ver a
muchos ternians entrar en la ciudad. Para ellos, los ternians eran un
pueblo primitivo que a duras penas intentaba mantenerse a la altura de
la inteligencia saijit. Esas ideas totalmente ridículas provenían de una
vieja tradición ajensoldrense. Era increíble que a unos días de viaje de
ahí, en Ombay, las cosas fuesen tan distintas. Cuando les contaba a mis
amigos mi vida en la academia de Dathrun, se maravillaban y se
extrañaban. Por supuesto, habían leído libros sobre la cultura de las
Comunidades de Éshingra, pero para ellos la vida de ahí era demasiado
libertina y salvaje.

—Siempre les ha faltado cohesión —dijo Kajert un día\mbox{—.} Las
Comunidades, en realidad, son muy anárquicas. Los reyes y los nobles
siempre están riñendo. Y hay mucha miseria.

—Y las cofradías —intervino Yori, con su tono arrogante de siempre\mbox{—.}
Las cofradías no son como aquí. No respetan ninguna regla. Por eso hay
tantos problemas en las ciudades.

—Dicen que Ombay es la ciudad más peligrosa de la Tierra Baya —dijo
Laya.

Asentí. Estábamos sentados en una sala vacía de la Pagoda Azul, cada uno
con un libro sobre el regazo pero ninguno leía. Eran las tres de la
tarde, sin embargo apenas se notaba que era de día porque afuera
llovía a cántaros y se habían encendido las lámparas.

—Lo cierto es que Ató es muchísimo más habitable —dije\mbox{—.} Aunque no he
tenido ningún problema en Ombay, pero al parecer hay muchas revueltas
por ahí.

—Seguro que te habría encantado provocar una revuelta —soltó Marelta,
con mal tono.

Me giré hacia ella y sonreí.

—Seguro —repliqué, irónica\mbox{—.} Lástima que no tuviese tiempo para
derrocar a los Nueve Reyes y entronizarte a ti como Reina Suprema.

Aryes y Akín sonrieron anchamente y Marelta entornó los ojos,
desafiante. Tenía la impresión de que la joven elfa oscura se estaba
volviendo incluso más tonta de lo usual porque ahora ni Yori ni Laya la
defendían.

—Un amigo de mi padre vino hace unos días —dijo Aryes para interrumpir
la respuesta de Marelta\mbox{—.} Contó que en Ombay se están haciendo cada vez
más frecuentes los asesinatos misteriosos. Todos culpan a los yedrays, o
sea, las hadas negras.

Enarqué una ceja pero no dije nada.

—¿Hadas negras? —exclamó Aleria\mbox{—.} ¿Hay hadas negras en Ombay?

—Ahá —asintió Aryes\mbox{—.} Llevan años con ese problema. Al parecer, en
Ajensoldra los echaron, pero en las Comunidades son los suficientes como
para ser problemáticos.

—Pero… ¿qué pensáis que son exactamente los yedrays? —pregunté,
curiosa por saber qué sabían del tema.

Había esperado que Aleria tomase su aire de experta, como cuando le
preguntaban algo que ella sabía de memoria, pero esta vez se encogió de
hombros.

—Hay muy pocos libros que hablen de ellos —contestó\mbox{—.} Y en la mayoría,
les ponen el nombre de hadas negras, en vez de yedray. Cada vez que leo
algún fragmento sobre esa gente, me quedo más confusa. A veces parecen
ser una cofradía. Otras veces los presentan como seres medio saijit
medio otra cosa… y otras veces dicen que son gente común y corriente que
ha sufrido un desequilibrio energético y que por eso luego son capaces
de controlar otras energías que nosotros no podemos controlar.

—¿Qué energías? —preguntó Salkysso, muy atento.

Aleria se encogió de hombros.

—Una vez leí que utilizaban energías negativas, pero nunca he visto
hablar de energías negativas en otros libros.

—La energía mórtica debe de ser una energía negativa —reflexionó
Ávend.

—En todo caso, no parecen muy positivos si van matando a la gente de
Ombay —comentó Laya\mbox{—.} No me extraña que los hayan echado de Ajensoldra.

Con un escalofrío, pensé que unas pocas palabras de mi parte habrían
podido romper definitivamente con la confianza que al parecer había
recobrado para con mis compañeros de clase. En ese momento, Suminaria
carraspeó.

—En la biblioteca de Aefna, hay muchos libros que hablan de las
hermandades del kershí y de los yedrays —dijo.

Yo me sobresalté, asustada de oír la palabra «kershí» y Aleria soltó un
profundo suspiro.

—¡Ojalá pudiera un día ver las maravillas de esa biblioteca! —exclamó.

Akín y yo intercambiamos una mirada falsamente alarmada.

—¡No! —gritamos ambos, riendo.

—Ni se te ocurra acercarte —retomó Akín\mbox{—.} No vaya a ser que decidas
leerte todos los libros que hay ahí, ¡madre mía!

Nos echamos a reír y Aleria nos fulminó con la mirada.

—Los libros enriquecen el alma —replicó, altiva. En ese momento,
resonó un trueno afuera y nos sobresaltamos. A partir de ahí, algunos de
nosotros volvimos a interesarnos por nuestros libros y otros se pusieron
a hablar del tiempo y de si el Dailorilh tendría razón o no sobre el
Ciclo del Pantano.

Transcurrían los días, se acercaba el frío invernal a marchas forzadas y
yo iba notando que cada vez se iban haciendo más frecuentes las noches
en que me transformaba, hasta tal punto que llegó a ocurrirme todas las
noches. La teoría de Drakvian según la cual me convertía cada vez que me
sentía sola y en seguridad se iba confirmando. No había vuelto a ver a
la vampira desde el día en que habíamos regresado y, curiosamente, la
echaba de menos.

Al principio, cuando me transformaba, las más veces me quedaba tendida
en mi cama esperando quizá que Zaix viniese a darme más explicaciones,
pero no volvió a interesarse por mí y eso me aliviaba y me preocupaba a
la vez porque ¿quién, si no, sabría explicarme cómo deshacer los efectos
de la poción?

A veces, cuando sentía que rebosaba demasiado de energías y cuando no
llovía, salía de Ató a hurtadillas y me adentraba en el bosque. Syu
siempre me acompañaba y yo solía llevar a Frundis porque de día siempre
se quedaba solo en mi cuarto y me sentía culpable al dejarlo tan
tranquilo. Él aseguraba que estaba componiendo algo maravilloso, pero
cada vez que le proponía un pequeño paseo nocturno por el bosque, se
ponía a canturrear y a tocar una melodía alegre por lo que infería que
estaba contento de pasar un rato conmigo y con el mono.

A Syu le encantaba aquel bosque. Había ramas para todos los gustos,
árboles grandes y arbustos, y aún seguían las cuerdas en Roca Grande,
uniendo los troncos alrededor del agua. Nos divertíamos haciendo
carreras y utilizábamos a Frundis como línea de llegada. Lo malo era que
Frundis siempre hacía trampas, y más de una vez Syu y yo nos vimos
rodeados de imágenes de bastones un poco por todo el bosque, de modo que
la carrera se convertía en otro juego que consistía en buscar al Frundis
verdadero entre tantos clones y gruñir contra un bastón tramposo que no
paraba de reírse, incluso durante el camino de regreso a casa, pese a
estar cansado por haber lanzado tanto sortilegio.

Si de noche me olvidaba totalmente de mis responsabilidades, de día era
diferente. Me despertaba todos los días a las siete y media para estar
en la Pagoda Azul a las ocho en punto. El maestro Áynorin nos daba
clases tres días a la semana. No había cambiado y cuando nos vio volver
a Aryes y a mí no ocultó su alegría ni una pizca. Nos había echado de
menos. Y a mí, al final de mi primera clase, me hizo muchas preguntas
sobre cómo se enseñaba en la academia de Dathrun y traté de contestarle
lo mejor que pude. Y a pesar de que le gustaran algunas ideas de las que
le expuse, pareció poco inclinado a adoptar la manera de enseñar de
Dathrun.

—Me da a mí que son muy poco prudentes con las energías —comentó\mbox{—.}
Aquí en Ató nunca hemos tenido accidentes serios en la Pagoda. Y lo que
dices del jaipú es muy extraño. No logro entender cómo se las arreglan
los maestros para enseñar a sus alumnos a controlar las energías sin
enseñarles antes a controlar el jaipú. Muy extraño —repitió.

Yo me fui a la taberna y lo dejé sumido en sus pensamientos.

En cuanto al maestro Jarp, no era como el maestro Áynorin, era menos
simpático y más estricto pero era buen profesor. Habiéndome saltado
tantos meses, había creído que me costaría quedarme a la altura de los
demás, pero entonces fue cuando me di cuenta de todo lo que había
aprendido en la academia de Dathrun, aunque lo que mejor se me daba, y
de lejos, eran las armonías.

Pero el que más impresionó a todos fue Aryes. Cuando se enteraron de que
era capaz de controlar la energía órica, le pidieron una demostración, y
Aryes, por no decepcionarlos, levitó hasta el tejado y volvió a bajar,
con una sonrisa tranquila en los labios. De alguna manera, el pañuelo
que siempre llevaba alrededor del cuello —al que llamaba Borrasca— le
había ayudado a entender mejor la energía órica y ahora no gastaba tanto
su tallo energético. Aun así me preocupaba que Aryes no fuera
suficientemente prudente, cosa que me sorprendía porque Aryes
\emph{siempre}
era prudente.

Un día lluvioso en que volvía a la taberna, me encontré con Jans, el
pelirrojo aprendiz herrero. Me quedé boquiabierta al ver que llevaba el
símbolo de Taetheruilín bordado en su cinturón.

—¡Jans! —exclamé, riendo\mbox{—.} ¡Finalmente has conseguido lo que querías!

Jans echó un vistazo al martillo dorado que enarbolaba su cinturón y
sonrió.

—Taetheruilín se enteró de que me gustaba mucho su trabajo. Me ha
puesto a prueba —reveló.

—¡Eso es genial!

Jans sonrió más anchamente. Por lo visto, estaba muy contento, pero
enseguida su sonrisa se torció y fruncí el ceño.

—¿Qué tal te ha ido todo durante estos últimos meses? —le pregunté.

—Bien —replicó. Como yo enarcaba una ceja, interrogante, él suspiró\mbox{—.}
Aunque… ha pasado algo horrible. Se trata de mi hermano mayor y de mi
padre. Se han enfadado muchísimo y mi padre… lo desheredó. Y mi hermano,
de la noche a la mañana, decidió marcharse de casa.

Agrandé los ojos como platos, atónita. ¿Cómo podían enfadarse tanto un
padre y un hijo para actuar de esa forma?

—Así que… se supone que me he convertido en el heredero de toda su
fortuna —dijo Jans con tono lastimoso\mbox{—.} Y él no soporta que le hable de
convertirme en herrero.

—¿Tu padre no está contento de que aprendas con Taetheruilín?
—pregunté, sin poder creerlo.

—Bueno… sí, está contento de que haya llegado a ser alguien sin más
ayuda que mi voluntad y mis manos… pero algún día querrá que vuelva a
sus tierras.

—Entiendo —murmuré\mbox{—.} Eso es un problema.

Jans asintió.

—Odio tener que ocuparme de las cuentas y de los sueldos de los
campesinos. Me daría la impresión de ser… como mi padre. No quiero
acabar así. Yo quiero vivir con un martillo en la mano y un arma en la
otra. Quiero sudar hierro como Taetheruilín —añadió, enardecido.

—Y lo harás —le aseguré con una sonrisa\mbox{—.} Aunque… conozco a más de uno
que aceptaría la herencia sin rechistar.

—Dinero —soltó él como escupiendo\mbox{—.} Eso es lo que envenena la vida de
mi familia. Pero yo no soy como ellos. Tengo otros sueños.

Al despedirme de él, me dirigí a la taberna, pensativa. Jans tenía
muchos sueños en su vida, pero, ¿y yo? ¿Los tenía? Fui repasando lo que
realmente me gustaría hacer de mi vida. No quería ser Centinela como
Sarpi. Tampoco quería ser Guardia de Ató. Ni quería ser tabernera.
Tampoco me apetecía ser espía, como me lo había propuesto Daelgar. No.
Los espías trabajaban para alguien. Los guardias trabajaban para
alguien. Yo quería trabajar a mi antojo, como Lénisu.

Entonces, me pregunté si realmente Lénisu trabajaba para él mismo.
Siempre, en sus relatos de contrabando hablaba de colaboradores sin
decir ningún nombre. Contaba muchas aventuras pero… ¿acaso era él el que
decidía realizar esas aventuras? A partir de ahí, volví a formularme
preguntas que no paraba de hacerme. ¿Por qué conocía tan bien a los
Istrags? ¿Qué importancia tenían esos documentos encriptados con listas
de nombres? Cuando había vuelto a Ató, había tenido demasiadas cosas en
que pensar para preocuparme de esas preguntas, pero ahora volvían a
surgir como oleadas que iban tirando sobre la playa todas las cosas
confusas que no cuadraban.

En realidad, ¿qué sabía? Nada. Ignoraba el pasado de Lénisu y el de mis
padres, ignoraba quién era Zaix, ignoraba qué querían hacer los
Hullinrots conmigo. Ignoraba si el shuamir me mataría o no.  No sabía
controlar el kershí más que para hablar con Syu. ¿Qué clase de yedray
era yo? ¿Qué clase de demonio si no sabía ni controlar mis
transformaciones? ¿Y por qué Jaixel me había elegido a mí para imponerme
sus recuerdos de la infancia?

Iba a entrar en la taberna, hundida y confundida, cuando de pronto la
puerta se abrió y salió Lénisu. Al verme, se acercó con unas cuantas
zancadas, pisando los charcos, me cogió del brazo y me dijo con tono
urgente:

—Varias manadas de nadros rojos se aproximan a Ató. Todo el mundo está
alborotado y los Centinelas dicen que hace tiempo que no han visto a
tantos nadros rojos juntos, y sobre todo en esta época del año en que se
aproxima el invierno.

Parpadeé, atónita.

—¿Y qué se le va a hacer?

Lénisu frunció el ceño.

—Bueno —caviló\mbox{—,} no estaría de más que fuésemos prudentes. Entre tanta
criatura, podría esconderse algún enviado de los Hullinrots. Ya sé que
es remoto y que es poco probable que los Hullinrots hayan decidido
molestarte con todos los problemas que tienen pero… Dol piensa que si
te pusieses el shuamir de Márevor Helith sería una buena idea.

Me crucé de brazos y negué con la cabeza.

—¿Has hablado con Dol?

Lénisu asintió.

—A mí no me convence más que a ti.

—Si me pongo el shuamir, podría…

Callé, dándome cuenta de lo que iba a decir. Márevor Helith me había
asegurado que era muy improbable que el amuleto me hiciera algo malo.
Pero, pensé, ¿y si me pasaba algo? Sin embargo… ¿Y si los Hullinrots
habían enviado un esqueleto ciego…? Ya lo veía venir, descarnado,
avanzando lentamente hacia mí con los ojos brillantes de luz asdrónica…
Me entró el pánico con sólo pensarlo y busqué el shuamir en mi bolsillo.

—Buaj, debe de estar en mi cuarto —dije al tiempo que me entraba un
súbito temor. ¿Y si lo había perdido? ¿Y si se me había caído? ¿Desde
cuándo no había verificado que lo tenía?

Corrí a toda prisa, crucé la sala de la taberna, la cocina, subí las
escaleras y abrí la puerta de mi cuarto en volandas. Me puse a
desvalijar mi cuarto, desesperada, sin encontrarlo.

—¿No lo encuentras? —me preguntó Lénisu, arrimado en el marco de la
puerta, chorreando agua como yo.

Negué con la cabeza y me senté en la cama, abochornada.

—¿No se te ocurre ninguna idea de dónde puedes haberlo metido?
—insistió mi tío.

—Ni idea —repliqué\mbox{—.} Es más…

—¿Sí? —me animó él, entornando los ojos.

—Pues que ahora que lo pienso… cuando lo vi por última vez fue… er…
¿cuando subimos el sendero por donde nos guió Drakvian, quizá?

Me mordí el labio al ver la expresión descompuesta de Lénisu. Hubo un
silencio. Me levanté.

—¡Bueno! —dije, tratando de sonreír\mbox{—.} No es para tanto, ¿verdad? Si
realmente algún enviado de los Hullinrots viene a por mí, ejeh, sólo
tendré que… ¿correr?

Mi sonrisa desapareció poco a poco al ver la cara pensativa de Lénisu.

—Espero que los temores de Dol no se confirmen. En fin, me
alegro sinceramente de que hayas perdido ese objeto encantado. Esas
cosas siempre tienen ciertos riesgos.

—Vaya —articulé\mbox{—.} ¿Cómo he podido perderlo?

Volví a sentarme en la cama y me concentré. Repasando nuestro viaje por
los Extradios y por la ribera este del Trueno, se me ocurrieron muchos
momentos en los que hubiera podido ocurrir la silenciosa catástrofe.

—Venga, no te preocupes. Yo ya no me preocupo por nada —soltó Lénisu\mbox{—.}
¿Qué tal las clases?

Hice abstracción del amuleto y pasé a contarle a Lénisu las horas que
había pasado intentando soltar chispas de electricidad, sin conseguirlo.

—Es inútil —dije\mbox{—.} Ninguno de nosotros lo ha conseguido, sólo Salkysso
y Marelta han podido soltar algunas chispas, y casi se las pierde el
maestro Jarp porque en aquel momento no miraba.

—Bueno… supongo que no es fácil crear chispas eléctricas con las
energías —comentó Lénisu.

—No lo es. Aunque Jirio no parecía tener problemas para electrocutar
todo cuanto tocase —suspiré, tumbándome en la cama\mbox{—.} Me gustaría saber cómo lo
hacía.

Lénisu se echó a reír y lo miré, sorprendida.

—¿Qué ocurre?

—¡Ah! —dijo mi tío, sentándose en la silla con alegría\mbox{—.} Siempre que
no puedes hacer algo intentas entender por qué no puedes hacerlo. Me
hace gracia pero me parece bien que seas así. Nunca hay que darse por
vencido… salvo cuando es absolutamente necesario.

—Mm —reflexioné\mbox{—.} De todas formas, yo creo que no funciona porque a mi
jaipú no le gusta tener demasiada electricidad. Ni a mí tampoco. Eso es
lo que me preocupa, Lénisu.

Mi tío posó las manos sobre el respaldo y me miró enarcando una ceja.

—¿El qué?

Miré el techo con aire pensativo.

—Sé que a Kirlens no le gustaría oír esto pero… —Me giré hacia Lénisu
y confesé\mbox{—:} No quiero ser celmista de Ató, ni guardia ni esas cosas. En
todo caso, podría ser maestra en la Pagoda Azul… pero para eso se
necesita tener buenas relaciones y ya sabes que yo no las tengo.
Además, que yo sepa, exceptuando al maestro Áynorin, todos los maestros
tienen más de sesenta años. Y el maestro Áynorin es hijo de Fárrigan.

Lénisu ladeó la cabeza.

—¿Quién es Fárrigan?

—Un señor muy rico que vive más abajo, en una islita en el río Trueno
—contesté\mbox{—.} Yo tampoco lo conocía hasta que le oí decir a Salkysso que
tenía once hijos en total. Todos son naturales, excepto uno.

—¿Áynorin?

—No —repliqué, riendo\mbox{—.} Él no. No recuerdo el nombre del heredero,
pero es el más joven de todos, según me dijo Salkysso.

—Mm, entonces, si no quieres ser Guardia de Ató, harás otra cosa. Ya
sabes que el haber estudiado en una Pagoda siempre te abre muchas
posibilidades.

Su tono sereno me reconfortó y me di cuenta de que en realidad todas mis
preocupaciones no eran tan importantes. Por el momento, lo importante
era que estaba feliz viviendo en el
\emph{Ciervo alado}
con mi tío,
reuniéndome con mis amigos y saliendo a pasear con Syu y Frundis por las
noches.

—Sólo espero que no haya tantos nadros rojos como dices —comenté\mbox{—.}
¡Bueno! Yo no he comido nada desde las siete y media y ¡tengo tanta
hambre que podría comerme gusanos! —exclamé, levantándome de un bote.

Lénisu me observó con curiosidad.

—¿Esa expresión… se usa en Ató? —preguntó.

—Er… no —contesté, sonrojándome\mbox{—.} La suele decir Syu cuando tiene
hambre.

Lénisu no contestó pero toda su expresión decía claramente que le hacía
mucha gracia que repitiese los dichos que me enseñaba un mono gawalt.

\chapter{La Sreda}
\label{s:3}
—¿Dónde está el mar de Helmins exactamente? —preguntó Akín,
con la mirada fija en un pequeño libro de historia de economía.

—Al sur del Mar de Ardel —contestó Aleria, distraída.

—Ah —agradeció Akín.

Aleria estaba casi sepultada debajo de los libros. Llevaba toda la
semana buscando información sobre cosas de alquimia y sus ojos rojos se
oscurecían, cansados de tanto leer.

Llevábamos dos horas sentados a una mesa de la biblioteca en la Sección
Celmista sin tener otra cosa que hacer que instruirnos como buenos
alumnos. Afuera, llovía a cántaros. No había parado desde la víspera. El
Trueno caía como una cascada desatada y los montes se habían cubierto de
nieve. La lluvia cálida de Ombay se había convertido aquí en una
avalancha fría que pronto se convertiría en nieve.

Mi capa, colgada sobre el respaldo de mi silla, aún estaba hundida. Mis
botas, en cambio, no habían dejado pasar ni una sola gota de agua y me
sentía afortunada frente a las quejas de Salkysso y Akín, cuyas botas,
cada vez que se movían, emitían un ruido de succión impresionante.

Perdida en mis pensamientos, no me di cuenta de que el Archivista Mayor
se había acercado a nuestra mesa y cuando levanté la cabeza ya estaba
alejándose silenciosamente.

Lo observé un momento, con una media sonrisa. Por una vez, ese viejo
gruñón no nos había dicho nada. Desde que no podía salir a dar paseos
por la Neria, daba vueltas por las diferentes secciones de la biblioteca
buscando a gente que no respetara las reglas. Rúnim, que era ya muy
estricta con respecto al reglamento, decía que se estaba volviendo cada
vez más maniático y la hacía trabajar más de lo acostumbrado ordenando
libros o anotando cualquier ínfimo cambio en el libro de la entrada. Se
la veía cansada, pero seguía a rajatabla el nuevo orden que imponía el
Archivista.

Rúnim fue una de los pocos que no rechazaron de pleno toda la historia
que conté acerca del dragón de tierra. Se mostró impresionada y me
sugirió que escribiera un libro sobre ello. A mí no me dio la impresión
de que fuera una buena idea, pero agradecí el entusiasmo que demostró,
en comparación con las expresiones de burla que ponían casi todos los
parroquianos de la taberna.

—¿Por qué sonríes? —preguntó Akín. Había levantado su mirada aburrida
de su libro de geografía y se había fijado en que yo tampoco parecía muy
concentrada en leer.

Antes de que pudiera contestar, Aleria soltó un gemido desesperado.

—Siempre es mejor que llorar —gruñó, dándose golpecitos sobre las
sienes.

—¿Aleria? ¿Estás bien? —se preocupó Akín.

Aleria levantó la cabeza y se vio en su cara toda la decepción y el
agotamiento que sentía en aquel momento.

—Si estás buscando información sobre la alquimia —empecé a decir\mbox{—,}
quizá sean mejores los libros que tienes en tu casa. Seguro que… —Callé,
indecisa, sin atreverme a decir que su madre, como alquimista, debía de
tener toda una colección de los mejores libros sobre la alquimia. No
quería recordar a Aleria la ausencia de Daian, y menos delante de los
demás\mbox{—.} Seguro que encuentras lo que buscas —acabé por decir.

—Es inútil —resopló, cerrando su enorme libro y levantándose\mbox{—.}
Necesito tomar un poco de aire.

Akín y yo intercambiamos una mirada.

—Aleria —intervine\mbox{—.} Está jarreando.

Ella agitó la cabeza.

—Necesito salir. Hasta luego.

Como se alejaba, Akín y yo nos levantamos precipitadamente y nos pusimos
las capas. Al alejarme, advertí las miradas algo irónicas de Salkysso y
Kajert y no me costó entender lo que pensaban: Aleria se estaba
volviendo tan excéntrica como su madre. Y aun la estima que había
rodeado a Daian durante toda su vida parecía haber desaparecido con
ella. Algunos pensaban incluso que su travesía misteriosa por los
monolitos había afectado a Aleria mentalmente. Era falso, por supuesto,
pero la gente siempre está dispuesta a sentir una lástima engañosa por
las personas como Aleria, niña indefensa que tuvo la mala suerte de
perder a su madre y de tener amistades sospechosas. ¡Pobre muchacha!,
cuchicheaban algunos. Pero esos mismos pensaban que el día en que el
legendario se fuese, Ató tendría que ocuparse de ella y mandarla a una
casa de necesitados.

Afuera, llovía a cántaros. Apenas se notaba que el suelo estaba
empedrado: el barro y los surcos por donde pasaban pequeños riachuelos
lo cubrían todo.

Bajo la lluvia, Aleria pasó el pequeño trecho que conducía a la salida de la
biblioteca sin inmutarse. Se detuvo debajo de la tejavana y nosotros la
alcanzamos corriendo.

—Akín, Shaedra —dijo, con una voz que hubiera convenido para una
ceremonia solemne\mbox{—.} Tengo que deciros algo.

Se giró hacia nosotros y nos miró a través de sus mechas negras y
rígidas que se le caían, cargadas de agua. Sus labios temblaron.

—En realidad… no me intereso por la alquimia porque me guste —empezó a
decir, farfullando un poco\mbox{—.} No me gusta la alquimia desde hace muchos
años… Ando buscando información sobre una poción específica.

—Atsina trávea —resopló Akín. Como Aleria lo miraba, estupefacta, él
explicó\mbox{—:} dijiste algo de una poción y de atsina trávea cuando saliste
del templo. Debería haberme supuesto que no lo recordarías, estabas muy
confusa. Y ese… Stalius… —añadió con menosprecio.

—Eso es, atsina trávea —confirmó Aleria\mbox{—.} La poción que mis padres crearon
y que tantos problemas les ha causado.

—¿Quieres decir que Daian y Eskaïr crearon juntos esa poción?
—murmuré, sin atreverme a hablar alto.

Aleria me miró fijamente.

—Sois mis amigos, ¿verdad?

Todo su cuerpo temblaba, no sabía si de miedo o de frío, pero supuse que
era un poco por ambas cosas. Entendí que el momento no estaba para
bromas y, sin más respuesta, tendí la mano y la puse sobre su corazón.
Ese era un gesto inequívoco de amistad eterna y vi que la expresión de
Aleria se relajaba, conmovida.

—Hasta la muerte —dijo Akín. Nunca se le daban bien las formalidades,
pero en este caso su tono parecía del todo convencido.

Aleria nos miró a ambos y dijo:

—Sé adónde han llevado a mi madre. Al menos eso creo.

\nopagebreak \bigskip {\centering{$\spadesuit$} \par} \smallskip

No podíamos quedarnos indefinidamente en la entrada de la biblioteca,
habría llamado la atención. Aleria no quería volver a su casa porque no
quería ver a Stalius y el señor Eiben no habría permitido a su hijo
dejar entrar a una salvaje y una desequilibrada… De modo que fuimos a la
taberna y subimos hasta mi cuarto después de haber cogido una botella de
zumo de manzana y algunos pastelillos en la cocina para la merienda.
Como durante todo el trayecto apenas cruzamos alguna palabra, tuve
tiempo para digerir la noticia: Aleria llevaba dos meses sabiendo dónde
estaba Daian, y no nos había dicho nada. Aleria era así, guardaba sus
secretos en lo más hondo de su corazón. Un poco como Lénisu, aunque me
temía que él tenía muchísimos más. Pero no dejé de extrañarme por el
comportamiento de Aleria. Si sabía dónde estaba Daian, ¿por qué no se lo
había dicho al Mahir? ¿Por qué no me había pedido que la ayudase, como
había hecho cuando su madre había encerrado a Sain en su sótano? ¿Y
quiénes eran los que habían raptado a Daian? ¿Qué era la atsina trávea?

Intenté organizar un poco mis preguntas, convencida de que Akín hacía
lo mismo. Cuando entramos en mi cuarto, Syu estaba dentro, conversando
con Frundis del tiempo y de la música. Había seguido su conversación
inconscientemente al acercarme a la puerta y me sonreí al ver que Syu
estaba totalmente empapado. Su pelo cayéndole alrededor de toda la cara
le daba un aire gracioso. Pero lo cierto es que a Syu también le pareció
que yo tenía un aire gracioso, de modo que nos sonreímos tontamente el
uno al otro.

\emph{«¿Estaba interesante la tinta, hoy?»},
se burló de mí el mono.

No entendía nunca que alguien pudiese soportar estar delante de un
paralelepípedo lleno de tinta durante tantas horas y cuando le había
dicho que Aleria era una devoradora de libros, lo había entendido
literalmente y había declarado que al menos los aprovechaba mejor. A
partir de ahí habíamos iniciado un diálogo de besugos al cabo del cual
entendí su error y no pude parar de reírme hasta pasados diez minutos.
Recordando el episodio, puse los ojos en blanco.

\emph{«No mucho»},
contesté.
\emph{«Mi libro hablaba de la historia de Neiram.
Ya ves. Historia.»}

Para mí, esa palabra lo resumía todo.

\emph{«Tawb decía:
\emph{“La Historia es una de las bases más importantes de nuestra cultura”},
¿recuerdas?»},
me soltó Syu, con aires de sabelotodo.

Sacudí la cabeza, cogí un pastelillo y le di un mordisco.

\emph{«Hay historias más interesantes que las historias que te cuentan en
los libros»},
le dije.

Y entonces, cerré la puerta con un suave codazo y me giré hacia Aleria.

—Bueno… por mi parte tengo muchas preguntas, Aleria.

Akín asintió.

—Para empezar, ¿qué pasó en el templo?

Aleria suspiró y después de haberse quitado la capa, se sentó en la
cama, muy recta.

—El templo… era un moijac. Ya sabéis, los templos de los sharbíes.
Hay muchos en Acaraus, aunque la mayoría están abandonados ya desde hace
tiempo. Ese era un moijac guarato. Y alrededor del moijac, vivían los
pocos guaratos que han quedado en la zona después del desbordamiento del
Aprendiz. Mimsagrev era la guarata más vieja. Ella me hizo
entrar en el templo diciendo que en él encontraría todas las respuestas
a mis preguntas. Yo… Yo pensé estúpidamente que encontraría a mi madre
dentro —se le quebró la voz y yo sentí el corazón más pesado\mbox{—.} Pero no.
El interior estaba vacío. Sólo quedaban las figuras esculpidas en la
piedra y algunos muebles rotos y podridos por el agua. Yo pensé entonces
que Mimsagrev sólo había querido enseñarme el lugar en que mis padres se
desposaron. Y yo enseguida quise salir de ahí, pero Mimsagrev se sentó
sobre una piedra rota y se puso a hablar.

Carraspeó. Nerviosa, se retorcía las manos sobre las rodillas,
imaginándose otra vez la escena.

—Parecía un cuento de hadas, pero lo decía como si fuese real. No
recuerdo exactamente sus palabras, y es una pena porque hablaba de una
manera muy peculiar, pero me contó toda la historia del pueblo guarato,
desde el primer guarato hasta la inundación. Ya intenté buscar algún
libro que hablara de los guaratos, pero apenas se los menciona en los
libros que tratan de Acaraus. Todo lo que me contó Mimsagrev quizá no
esté escrito en ningún sitio. Porque los guaratos no escriben nada, es
su tradición: se transmite todo lo necesario por vía oral. ¿Os
imagináis? —soltó, alucinada.

Sonreí. Aleria, que siempre había adorado los libros, provenía de un
pueblo que no escribía. Era más que irónico, pensé.

—Bueno —continuó\mbox{—.} El caso es que Mimsagrev pasó a contarme la
verdadera historia de mi familia. Me dijo muchas cosas que Stalius ya me
había contado. Pero él nunca me contó que mis padres ya estaban casados
cuando vivían en Acaraus. Eskaïr huyó para proteger a mi madre.
Mimsagrev no supo explicarme por qué razón lo hizo, aunque sabía que
algo tenía que ver con los Monjes de la Luz. De modo que Stalius me
mintió: Eskaïr ya era miembro de los Monjes de la Luz antes de que se
fuera de Acaraus.

—Te mintió o no sabía —rectifiqué.

Aleria hizo una mueca y asintió.

—Tal vez. Pero Stalius conocía a Mimsagrev. Él vivió en ese moijac
durante tres años, según me dijo Mim. ¿Cómo es que ha podido equivocarse
contándome la historia?

Puse los ojos en blanco.

—Quizá no sea muy bueno memorizando los hechos, yo qué sé —le dije\mbox{—.}
Pero no puedes estar segura de que te mintiese. Es más, me extrañaría
mucho que te mintiera. Stalius tiene demasiado metido ese honor sharbí
en la cabeza.

Aleria sonrió y se encogió de hombros.

—Tienes razón. Quizá no me mintiera. Pero el caso es que no me fío del
todo de él. Me protege, y hasta pienso que moriría antes que permitir
que alguien me haga daño… y eso me parece… muy extraño.

—Tienes razón. Stalius es extraño —asentí.

—Y no muy gracioso —añadió Akín\mbox{—.} Cada vez que voy a tu casa, me mira
como si fuera a raptarte o algo por el estilo.

Aleria se echó a reír y el ambiente algo tenso al principio acabó por
aligerarse.

—Pero volvamos al tema —dije\mbox{—.} ¿Cómo sabes dónde está Daian? ¿Te lo
dijo Mimsagrev?

—Sí y no. Me contó que mis padres eran unos genios inspirados de los
dioses y que habían hecho un invento increíble al que habían llamado
atsina trávea. Tengo mis dudas de que mis padres fueran elegidos divinos
pero la poción en sí, si realmente Mimsagrev tiene razón, tiene un valor
inestimable.

—¿Por qué? ¿Qué hace la poción? —preguntó Akín.

Aleria se mordió el labio, caviló en silencio durante unos segundos y
dijo:

—Mimsagrev dijo que ese líquido era un líquido divino que te permitía
ver más allá de las ilusiones terrestres y entender mejor el mundo.

Resoplé y ella sonrió.

—Desde luego, Mimsagrev no sabe nada de energías —prosiguió\mbox{—.} Decía
que el saber del alma sólo podían entenderlo la Hija del Viento y la
Hija del Agua y que ella no estaba ahí más que como mensajera. Creo que
con «saber del alma» se refería a los conocimientos celmistas.

De pronto sentí curiosidad por saber por qué demonios, en un país tan
cercado de celmistas como las Tierras de Acaraus, podía existir tanta
ignorancia acerca de la «magia». Para algunos, inspiraba veneración
religiosa y para otros temor y asco. ¿Qué les había pasado para
reaccionar así?

\emph{«¡Historia!»},
soltó Syu, imitando irónicamente mi tono despectivo. No
pude reprimir una mueca testaruda.

\emph{«Lo sé, ahora que me lo dices, no me interesa tanto saber más cosas
acerca de los acarauseños»},
repliqué.
\emph{«El maestro Jarp nos manda leer
demasiados libros ya, como para que me busque más yo.»}

\emph{«La Historia no es un libro»},
protestó el mono.

Recordé las palabras de Aleria: los guaratos no escribían, se
transmitían las historias. ¡Qué mundo más feliz!, me dije, imaginándome
que una anciana, sentada en una piedra, me contaba la historia de
Acaraus sin sacar un solo libro.

\emph{«Así es como debería ser la Historia: un cuento largo»},
reflexioné.

Volví a centrarme en la conversación cuando Aleria retomó la palabra.

—De modo que la atsina trávea se ha convertido en un mito para muchos
alquimistas pero algunos saben que existe de veras y capturaron a mi
madre después de que ella se negase rotundamente a darles la
composición.

—¿Pero… quiénes? —preguntó Akín.

—Eso es lo que me ha llevado más tiempo averiguar —dijo Aleria\mbox{—.}
Mimsagrev me dijo que los había visto una vez, el día en que habían
llegado dos de ellos al moijac. A ella le preguntaron por Daian y Eskaïr
y ella, adivinando que no les querían bien, les mintió a medias. Dijo
que tenían un símbolo dibujado en el antebrazo.

Miró a su alrededor y frunció el ceño.

—¿Tienes papel y tinta?

Me apresuré a darle lo que pedía, sacándolo de mi mochila naranja, y
ella acercó la silla, puso la hoja encima y cogió el lápiz.

—Me dibujó el símbolo sobre la arena que había en una de las piletas
de piedra del moijac. Era así…

Akín y yo nos inclinamos sobre su hombro, siguiendo el trazado con la
mirada:

\begin{center}
\includegraphics[scale=0.5]{../img/marcas-demonio.png}
\end{center}

Fruncí el ceño. El símbolo era sencillo, tres líneas curvas que se repetían
simétricamente…

—Eran marcas negras —explicó Aleria\mbox{—.} Mimsagrev dijo que ese era el
símbolo de Numren.

—¿Numren? —repetí, confusa.

Aleria hizo una mueca.

—El Dios del Mal y del Caos, en la religión sharbí, ¿no me digas que
no conoces los dioses de la religión sharbí? Sólo son cinco, en
comparación con los eriónicos, es mucho más fácil…

—Ya, ya —la interrumpí, molesta\mbox{—.} Bueno, ¿y tú qué crees que significa
ese símbolo?

Aleria carraspeó.

—Obviamente, significa que los que llevan esa marca no son de fiar.
Pero yo he seguido buscando, porque lo de Numren no me convencía mucho.
Al principio, yo creía que aquellos que han capturado a mi madre eran
unos Veneradores de Numren, o algo así, pero luego dudé, porque al parecer,
este símbolo —dijo, señalando la hoja— no es sólo el símbolo de Numren.

—¿Ah? —la animamos, impacientes.

—Estas marcas se han utilizado mucho como símbolo —nos reveló\mbox{—.}
Encontré un libro en la Sección Celmista donde está muy bien explicado.
En la historia ha habido varias agrupaciones que han utilizado esas
marcas como signo. Lo llaman la Sreda. Al principio, hace muchísimos
años, ese signo se relacionaba con todas las agrupaciones independientes
de todo poder exterior. Recuerdo que hablaba de un gremio de tenderos
que ponían la Sreda en la reseña para que los clientes supieran que
entraban en una tienda que no tenía nada que ver con las influencias
locales. Hasta funcionaban con su propia moneda y aceptaban el trueque y
el regateo de manera usual. —Frunció el ceño, recordando más detalles del
libro\mbox{—.} Los gremios de la Sreda fueron cada vez menos numerosos y ahora
es posible que se hayan extinguido del todo, por culpa de los poderes
locales, que acabaron con ellos comprando o hasta quemando sus
posesiones.

Nos miró, y al ver que escuchábamos con atención, continuó:

—La Sreda, a partir de ahí, fue retomada por otras corporaciones. La
Guardia Mayor de Aefna enarbolaba hasta hace poco una variante de la
Sreda, pero la Sreda hoy en día sólo la utilizan grupos malévolos,
mafias o hasta alguna cofradía muy vieja como la de los Sombríos.

Entorné los ojos y escudriñé su expresión.

—¿Quieres decir que los Sombríos fueron los que capturaron a tu madre?

Aleria agrandó los ojos.

—¿Qué? No, no es lo que quería decir. En realidad, la versión de Mimsagrev
es la más verosímil. Me dijo que los Veneradores de Numren tienen una madriguera
en las Islas de las Anarfias. Y al parecer, son realmente ellos los que
capturaron a mi madre. Al menos eso dijo Mimsagrev. Yo… he intentado
informarme más, pero no encuentro ningún libro que hable de los Veneradores de
Numren.

—¿Los archipiélagos de las Anarfias? —repitió Akín, boquiabierto\mbox{—.}
Pero ahí no vive nadie. Está infestado de dragones.

—Lo sé —replicó Aleria\mbox{—.} Por eso he pensado: ¿qué mejor sitio para
esconder un invento poderoso y a su inventora?

Con un gesto pensativo, cogí la hoja y la giré un poco, intentando
buscar algún significado a esas marcas, en vano.

—Yo que siempre había pensado que mi madre hacía experimentos que no
servían de nada… —murmuró Aleria.

Levanté la cabeza, sorprendida.

—Las pociones pueden hacer cosas que ningún celmista podría hacer —le
dije.

—Sí, pero… —Sacudió la cabeza\mbox{—.} Siempre pensé que a mi madre tan sólo
le gustaba hacer como si fuese alquimista. ¡La de veces que hizo
explotar cosas en el laboratorio! Nunca pensé que llegaría a inventar…
algo importante.

—Eso es porque escuchas demasiado lo que dice la gente —le dijo Akín\mbox{—.}
Pero estoy seguro de que si le preguntases la verdad a Dolgy Vranc, te
la contaría.

Como Aleria y yo lo mirábamos, atónitas, hizo un ademán.

—Oh, venga, ¿no me digáis que no recordáis lo que dijo Dol? —Ambas
negamos con la cabeza, perdidas\mbox{—.} Dijo que conocía a tu padre, Aleria.
Estoy convencido de que sabría contestarte a algunas de tus preguntas.

—¿Y qué me va a contar que ya no sepa? —replicó Aleria\mbox{—.} Ya sé que es
amigo nuestro pero recuerda que mi madre le había pedido un préstamo.
Desconfío de las personas que dan préstamos.

Me rasqué la mejilla, pensativa.

—Akín tiene razón —aprobé\mbox{—.} Y si Dol no sabe nada, no importa. Lo
principal es que sepas dónde está Daian para que podamos ir a
rescatarla, ¿no?

Aleria asintió y luego negó con la cabeza.

—No podemos. No le habléis de esto a nadie. Si la gente se entera de
todo esto, no me creería. Cuando más, pensarían que me he vuelto loca.

Su expresión de desaliento me hizo tomar una decisión.

—Nos informaremos más acerca de los Archipiélagos de las Anarfias y de
los Veneradores de Numren —declaré\mbox{—.} Y cuando sepamos dónde nos metemos,
iremos a salvar a Daian.

Aleria me fulminó con la mirada.

—No, Shaedra. Es imposible. No intentes engañarnos a todos. Las
Anarfias tienen demasiadas islitas pequeñas. Demasiados peligros.
Probablemente no lo consigamos jamás.

Me crucé con su mirada profunda y rojiza y entonces lo entendí: Aleria
estaba convencida de que no volvería a ver a su madre. Esa idea me
horrorizó y me asusté hasta el punto en que no tuve el valor para hablar
más del asunto. Aleria, por lo visto, vacilaba entre conocer la verdad
entera o resignarse simplemente. Y Akín, con una cara descompuesta,
parecía agitado.

A través de Syu, me vino una música rápida de flautas y me giré hacia
Frundis. El mono le estaba rascando el pétalo azul al bastón, y la
música fluía agradablemente por el flujo del kershí. Con aire decidido,
me puse la capa, agarré a Frundis y dije:

—Vayamos a Roca Grande.

Como ambos me miraban con expresión perpleja, añadí:

—Como dice Syu:
\emph{“mejor hacer una carrera que pasar la vida
entera sentado y comer culebras”}.

\emph{«Y: quien piensa mucho en nada es ducho»},
añadió Syu, subiéndose a mi
hombro apoyándose en Frundis.

\emph{«Yo conozco otra expresión»},
intervino Frundis.
\emph{«Si tienes en la
cabeza cien mil y un problemas mejor no te levantes, que un día con uno
de ellos te tropezarás.»}

Resoplé mentalmente.

\emph{«Prefiero los proverbios de Syu, los tuyos siempre son muy largos»},
le dije, con tono de disculpa.

\emph{«¡Ja!»},
soltó Syu con una gran sonrisa.

Frundis emitió un chasquido orgulloso.

\emph{«No sabéis apreciar los viejos proverbios. Ese, en especial, lo oí de
boca de un herborista.»}

—¿Shaedra? —me llamó Aleria, mirándome como preocupada\mbox{—.} ¿Estás bien?

Me sobresalté. Había pasado poco tiempo desde que había pronunciado en
voz alta el proverbio de Syu, pero debía haberse notado en mi cara que
estaba totalmente ida.

—Oh. Frundis, Syu y yo estábamos hablando de proverbios —expliqué con
una gran sonrisa\mbox{—.} Entonces, ¿damos un paseo por la lluvia?

Por una razón u otra, Akín y Aleria sonrieron y asintieron animadamente.
El paseo en sí, fue tranquilo y agradable, pero las cosas se torcieron.
Una hora después estábamos corriendo desaladamente hacia Ató, con cuatro
nadros rojos pisándonos los talones. Frundis y yo conseguimos
despistarlos armonizando una ilusión de un monstruo terrible sacado de
mi imaginación. Los nadros rojos eran tontos y se dejaron engañar un
tiempo, hasta que se dieron cuenta de que la ilusión se iba deshaciendo
e iba perdiendo realismo. Pero la artimaña nos dio tiempo a llegar a las
primeras casas de Ató. Fuimos a dar la alarma, y nos dimos cuenta de que
ya había sido dada: desde el otro flanco de la colina, vimos cinco
nadros rojos que habían quemado una granja de las cercanías. Los Guardias de
Ató corrían por todas partes. En total, eran cincuenta y tres. Doce habían
pasado al otro lado del Trueno, con lo que quedaban cuarenta y uno, para
repeler a las manadas de nadros rojos. Era ampliamente suficiente si no se
separaban mucho.

Al ver a un guardia acabar con un nadro rojo, me estremecí. Nos
refugiamos en casa de Aleria. Stalius había salido, seguramente a buscar
a su protegida. El pobre tenía que estar muy preocupado, pensé, mirando
por la ventana.

—¿Crees que vienen porque no tienes puesto el shuamir, Shaedra? —preguntó
Aleria con aire meditativo.

La pregunta me molestó y negué con la cabeza.

—No creo que los Hullinrots tengan nada que ver con esto. Estamos
cambiando de Ciclo. Generalmente, en esos períodos salen más criaturas
de los portales funestos, ¿no?

Aleria asintió, sin decir nada, y me pregunté qué era lo que de verdad
pensaba sobre los Hullinrots.

La masacre de nadros rojos duró aproximadamente una hora, pero luego
varios guardias se adentraron en el bosque para cerciorarse de que no
quedaban más mientras que el resto se apresuraba a quemar los cuerpos de
los nadros que aún no habían explotado para no provocar más daños. Luego
fue necesario apagar varios fuegos y afortunadamente la lluvia facilitó
la tarea.

En todo el trecho que unía el bosque a Ató, se habían creado regueros de
barro por el paso de los nadros rojos. Todo había terminado, y
afortunadamente, ningún guardia había sufrido más que unas heridas
leves. En esas ocasiones, los habitantes de Ató se daban cuenta de la
verdadera fortuna que significaba tener a unos guardias protegiendo sus
vidas. Los guardias sonreían, exhaustos, los habitantes los vitoreaban,
preguntándoles qué tal les había ido el combate, y en fin, las
conversaciones eran bastante aburridas y violentas, pero todo el mundo
se alegraba de que todos estuvieran a salvo de nuevo. Esa misma tarde,
supe que Ozwil y Revi habían participado en la batalla, sin permiso, y
que sus padres los habían regañado y luego habían salido a decir a todo
el mundo que sus hijos eran unos valientes. Aún me estaba imaginando a
un Ozwil pegando saltos sobre los nadros rojos sin conseguir alcanzarlos
cuando por fin, fatigada, concilié el sueño aquella noche con una
sonrisa en los labios.

\chapter{Dormidora}
\label{s:4}

No paró de llover durante toda la semana y el Trueno había empezado a
destrozarlo todo en sus riberas. Y un día, se llevó el puente.

Fue un acontecimiento memorable, porque aquel puente llevaba en su sitio
desde hacía casi cincuenta años. Pero la fuerza del agua había acabado
por llevárselo por delante. Esto separó Ató en dos, y los habitantes
de la otra orilla, que eran granjeros y pastores los más, se quedaron
totalmente aislados. En los días siguientes, sin embargo, el Trueno se
tranquilizó y dejó de llover para empezar a nevar. Al principio, la
nieve no cuajaba, pero al de una semana, se enfrió mucho el ambiente y
la tierra se quedó cubierta de escarcha. Los tejados y los
árboles se iban vistiendo de blanco y una mañana, cuando desperté, vi
que el tejado junto a mi ventana estaba totalmente nevado y hacía un día
radiante. En la taberna, Kirlens silbaba con alegría, Wigy estaba menos
habladora y más sonriente, Taroshi menos pesado. Al dirigirme hacia la
Pagoda Azul, vi a la gente salir a la calle, arropados bajo varias
capas, disfrutando del sol por primera vez desde hacía semanas. Lisdren
me saludó con más ánimo y cuando me crucé con Nart, este me tiró una
bola de nieve. Yo repliqué y fuimos tirándonos bolas de nieve cada vez
más grandes hasta que acabamos hundidos y riéndonos a carcajadas.
Recordé entonces que tenía que ir a la Pagoda Azul y me puse a correr a
toda prisa, mientras Nart se dirigía tranquilamente al lugar de
encuentro con su maestro y sus amigos, que habían decidido ayudar para
reconstruir el puente.

Llegué tarde a la Pagoda, y oí desde lejos el gruñido de Aleria al
aproximarme. El maestro Áynorin, por su parte, me contempló con una
sonrisa divertida.

—Veo que has recibido más bolas de nieve que yo. Y eso que no creo que
te hayan despertado con una bola de nieve como a mí. Es un despertar muy
brusco —añadió con aire falsamente quejumbroso.

Nos reímos todos.

—¡Sigamos el ejemplo de Sarpi! —exclamó Laya.

El maestro Áynorin la amenazó con el dedo.

—Ni se te ocurra. Ahora, volvamos a nuestra lección. Shaedra, siéntate
y no interrumpas.

Obediente, me senté y escuché la lección de Áynorin con interés. Aquel
día, hablaba de la nobleza en las Repúblicas del Fuego y de las
distintas fórmulas de cortesía que existían ahí. No tenían nada que ver
con las de Ató. Sin ser casi nulas como era el caso de las Comunidades
de Éshingra, eran menos gestuales y mucho más ampulosas que en
Ajensoldra. Por ejemplo, para agradecer algo a un noble con título de
zaldino, había que decir algo como «Beso los pies de su excelencia y de
su ilustrísima familia por tan alta generosidad». Y nos reímos mucho
imaginándonos al noble quitándose las botas para permitir a los demás
que le besasen los pies. Al maestro Áynorin le costó un buen rato parar
de reír y reconoció que nunca se había imaginado una escena tan graciosa.

A veces, las fórmulas eran muy altisonantes, como era el caso cuando uno
quería despedirse de una dama casada de alto rango: «Que los dioses
acompañen al esposo y a la preciosísima señora su merced». Yori provocó
una polémica al decir que esa frase era de mal gusto porque llamar
preciosa a una dama era indecoroso y podía suscitar celos. El maestro
Áynorin puso los ojos en blanco al oírlo pero Marelta enseguida se
apuntó para decir que por qué no se podía hacer halagos a alguien que
estuviera casado. Yori y Marelta empezaron a reñir y el maestro Áynorin
impuso silencio.

—Vamos a ver, «preciosísima» se refiere al hecho de que es ilustre,
una mujer principal, como se decía antiguamente. —Hizo una pausa\mbox{—.}
¿Entendéis?

Asentimos en silencio y el maestro Áynorin pasó a hablar de la política
de las Repúblicas del Fuego, haciéndonos preguntas sobre lo que sabíamos
ya. Aleria, en cuestión de política, no sabía mucho más que los demás y
resultó que quien más sabía del tema era Marelta. Curiosa inclinación.

Permanecer sentado durante varias horas en la Pagoda Azul no era buena
idea: el frío se infiltraba poco a poco en el cuerpo y lo paralizaba. De
modo que Áynorin alternaba las lecciones teóricas con carreras, luchas
de agilidad o de fuerza, saltos y gimnasia. A pesar de que el maestro
Áynorin fuese mucho más joven que el maestro Jarp, este último era mucho
más ágil, pero Áynorin explicaba mejor la teoría y, en fin, ambos
maestros eran muy distintos. Yo, personalmente, prefería de lejos al
maestro Áynorin. Pero pensé sonriendo que Wigy no habría opinado lo
mismo seguramente ya que le gustaba tanto la disciplina.

Aquella noche, me transformé y salí con Syu y Frundis para dar un paseo.
Hacía frío, pero al menos no nevaba y se veían las estrellas muy nítidas
en el cielo negro. Abrí la ventana, o al menos lo intenté, pero vi que,
como meses atrás, un sortilegio impedía abrirla.

—Drakvian —mascullé, suspirando. Y entonces agrandé los ojos.
¡Drakvian! ¡Había vuelto!

Dado que estaba transformada, no podía deshacer el sortilegio: nada de
lo que me habían enseñado me permitía controlar las energías en ese
estado. Era como si, teniendo dos piernas, supiera moverlas pero no
pudiera. Controlar mis energías en esas condiciones era imposible. Hasta
mi jaipú era distinto.

De modo que salí de mi cuarto por la puerta, bajé las escaleras muy
silenciosamente y salí corriendo por el patio donde se alzaban los
soredrips deshojados. Un cuarto de hora después, estaba andando en el
bosque. Syu tiritaba, y le invité a que se cubriera debajo de la capa.

\emph{«Los gawalts nunca pasan frío»},
dijo Syu, castañeteando.
\emph{«No
suelen ver tanta nieve…»}

\emph{«Serán los gawalts que tú has conocido»},
le repliqué.
\emph{«Los que
viven en las Hordas ven nieve durante meses.»}

\emph{«Pues esos no son los de mi pueblo»},
dijo él simplemente.

Puse cara pensativa.

\emph{«Debería hacerte una capa, una buena, fina pero caliente, ¿qué te
parece?»}

A Syu se le iluminó la mirada.

\emph{«¿De veras? ¡Bien! Si me haces una capa verde, me quito el pañuelo
verde.»}

Le cogí la cola.

\emph{«Trato hecho»},
contesté.

\emph{«¡Ey! No juegues con mi cola»},
protestó.

Me reí y me giré hacia Frundis al advertir que había dejado de cantar.

\emph{«¿Qué ocurre, Frundis?»}

\emph{«Que a mí ya me gustaría tener una capa también»},
masculló, tan bajo
que me costó entenderle.

\emph{«¿Tú? Pero… En un bastón quedaría raro.»}

Oí el largo suspiro de Frundis.

\emph{«Lo sé. A veces lamento no tener dos piernas y dos brazos. Aunque no
me suele pasar a menudo»},
añadió con sinceridad.

Sonreí, al advertir su cambio de humor.

\emph{«¿Qué tal si nos cantas
\emph{El libro de las tres princesas de Snorindia}?
Hace tiempo que no la oímos.»}

Frundis protestó, Syu y yo insistimos y el músico, humildemente, se
inclinó ante su público.

\emph{«Que así sea.»}
Carraspeó.
\emph{«El libro de las tres princesas de
Snorindia. Versión completa»},
advirtió, con tono de cuentacuentos.

La versión completa tenía más de seiscientos versos y el mono y yo nos
preparamos para oírla. Hicimos una carrera, luego me até a Frundis a la
espalda con una cuerda y subimos a los árboles. Nos pasamos así más de
una hora, repitiendo los versos cantados de Frundis alegremente. Algunos
fragmentos ya me los sabía de memoria y cantaba a coro con Frundis.
Durante todo ese rato, no sentí el frío porque no paraba de moverme y,
además, tenía la impresión de que al transformarme, me afectaban menos
los cambios de temperatura.

Frundis terminó, yo pronuncié la última palabra, Syu emitió una pequeña
melodía gutural como toque final y alguien, en algún sitio, aplaudió. Me
quedé paralizada y, encaramada a una rama, miré hacia abajo. Divisé una
sombra inmóvil, sobre la nieve. La silueta me era familiar… Con una
sonrisa, me dejé caer al suelo y solté:

—¡Drakvian! Me alegro de verte.

La joven vampira se quitó la capucha y dejó al descubierto sus
tirabuzones verdes y su piel tan pálida como la nieve. Enseñó sus
colmillos afilados.

—Buenos días, Shaedra. Con esa canción quizá logres cazar a algún
ciervo. Andan escasos últimamente.

Su voz estaba como rígida y sus ojos velados, como si no estuviese del
todo despierta. Fruncí el ceño, extrañada.

—¿Dónde has estado durante todo este tiempo? —pregunté, curiosa.

—No he hecho gran cosa. Me he pasado todo el tiempo rondando por esta
zona —contestó.

Su voz no tenía ese deje de humor que solía tener y empezaba a
preguntarme si se encontraba bien o si de repente le habían entrado
ganas de beber sangre saijit. Tragué saliva y carraspeé.

—Así que… ¿no te has movido de aquí? Eso explica por qué los
cazadores encontraron animales muertos desangrados… Creía que Márevor
Helith te habría mandado hacer otra cosa.

Esta vez Drakvian se agitó, mostrando cierto enfado.

—Márevor Helith no me dice lo que tengo que hacer.

La miré, dubitativa, pero me encogí de hombros.

—¿Por qué has cerrado la ventana de mi cuarto otra vez? —pregunté
entonces, como ella no añadía nada.

Drakvian tendió una mano y se arrimó a un árbol con movimientos rígidos.

—Quería… que vinieses a verme. Necesito… tu ayuda.

Su tono entrecortado me alarmó más que su aspecto, que aparte de su
rigidez inhabitual seguía tan pálido y vampírico como siempre. Me
precipité para sostenerla y darle apoyo.

—¿Te… te ocurre algo, Drakvian? —me preocupé.

Sus mechas verdes se movieron cuando agitó la cabeza.

—Francamente, estoy fatal —reconoció, sentándose en el suelo nevado\mbox{—.}
Tengo frío. Y estoy cansada y siento que me mareo… creo que estoy
enferma.

Agrandando los ojos, levanté la mano y le toqué la frente. Estaba tibia.
Reflexionando un poco y recordando que la vampira solía tener una piel
más bien fría empecé a preocuparme seriamente.

—¡Enferma! —solté, incrédula\mbox{—.} ¿Qué… cómo? Creía que los vampiros no
podían…

—Únicamente cuando se bebe demasiada sangre —me cortó débilmente la
vampira\mbox{—.} Creo… que me he pasado con la comida y me siento demasiado
enérgica. Soy una estúpida. ¿Cuántas veces habré leído que un vampiro
demasiado saciado se vuelve vulnerable al frío y a la enfermedad? Mrgrm
—gruñó, malhumorada y desalentada.

—Ánimo —le dije levantándome y tendiéndole la mano\mbox{—.} No puedes seguir
sentada aquí, en la nieve. Volvamos a casa. Lo mejor contra la
enfermedad es el descanso.

La vampira no protestó pero pasó de cogerme la mano para levantarse. Mis
palabras parecían haberla animado y volvimos a mi cuarto rápidamente y
sin que nos viese nadie. Intenté no pensar en qué pasaría si un guardia
me veía a mí y en compañía de una vampira. La historia hubiera acabado
muy mal seguramente. En Ató, los vampiros no se consideraban muy
diferentes a los nakrús, si acaso menos peligrosos. Drakvian tenía que
ser muy buena para ocultarse tan bien durante tanto tiempo y tan cerca
de los saijits.

Drakvian aseguró que era capaz de deshacer su sortilegio de cierre en mi
ventana así que subimos por los tejados, lo cual no era muy prudente
porque los tejados estaban cubiertos de nieve y era difícil no dejar
huellas. Intenté borrar un poco el rastro, pero incluso lo empeoraba, de
modo que confiamos en que se pondría a nevar y nos metimos en mi cuarto.
No hacía tanto calor como en la cocina, de día, pero al menos no
sentíamos ni el viento helado ni la nieve debajo de nosotras.

Corrí la cortina malva hasta tapar del todo la ventana y encendí la
lámpara para iluminar el cuarto sombrío.

—Quítate esa ropa y métete en la cama —le aconsejé.

La vampira, cuyos ojos habían ido cerrándose por el cansancio, se
sobresaltó.

—¿Qué? ¿Quitarme la ropa? ¡Ni hablar! —se negó, agarrando su capa como
si alguien quisiera robársela.

Enarqué una ceja, paciente.

—Tu capa está hundida. La colgaré en esa cuerda, para que se seque.
Mira, te daré una de mis túnicas. —Como ella negaba con la cabeza, me
impacienté\mbox{—.} ¿No irás a llevar toda esa nieve dentro de mi cama? Luego
le saldrá moho al colchón, y todo porque no habrás querido aceptar mi
ayuda —argumenté\mbox{—.} ¿Querías que te ayudase, no? Pues deja que te cuide.

Drakvian me miró fijamente durante un buen rato y lentamente asintió con
la cabeza.

—De acuerdo —dijo con más firmeza.

Mientras yo intentaba mejorar un poco el jergón de Syu y agrandarlo,
ella se quitó la capa y se desnudó pudorosamente. Me hizo gracia su
timidez porque no pegaba para nada con su carácter burlón y sanguinario.
Drakvian giró la cabeza hacia mí y me fulminó con la mirada. Le pasé una
de mis túnicas y dije:

—Sobrevivirás a esta gripe, no te preocupes. Y ahora a dormir, ya no
puedo más —resoplé\mbox{—.} Es lo malo de transformarse en demonio, en el
momento me siento como si pudiera correr durante todo un día y luego me
viene el bajón y entonces es cuando empiezo a ser pesimista.

Drakvian se metió en la cama y sonrió. Tenía el cabello verde pegado a
su frente sudorosa y blanca.

—Buenas noches, Shaedra.

—Buenas noches, Drakvian —contesté, apagando la luz de la lámpara.
Entonces, pensé en que debería haberle propuesto por lo menos un vaso de
agua. Justo a tiempo recordé que no bebía más que sangre y volví a
cerrar la boca, tumbándome junto a Syu.

Permanecí un rato en silencio. Alcancé a oír un leve zumbido de música
apagada y me sorprendí al entender que pese a que no tocara Frundis con
la mano, estaba lo suficientemente cerca como para notar su presencia.

—¿Sabes? —dijo la voz de Drakvian, en un suspiro\mbox{—.} Los vampiros somos
muy diferentes de los saijits. Cuanto más vivos estamos, más vulnerables
somos.

—Cuanto más hábil es un gawalt más probabilidades tiene de caerse de
un árbol —cité sabiamente\mbox{—.} Lo único que pasa es que si bebes sangre y
la sangre te hace vulnerable como los saijits no puedes quedarte afuera
con ese frío que te congela la sangre.

Drakvian espiró largamente.

—Tienes razón. La sangre es mi punto débil. No debí abusar. ¿Sabes por
qué los vampiros somos tan pocos? Porque para perpetuarnos, las vampiras
tienen que estar durante doce meses enteros alimentándose constantemente
y luego al bebé hay que alimentarlo para que crezca. Por eso muchos
vampiros no alcanzan su altura máxima hasta pasados los veinte años. A
mí aún me queda por crecer un poco.

Soltó una carcajada y empecé a darme cuenta de que estaba delirando.
Pero aparentemente Drakvian quería seguir hablando.

—Yo nunca he vivido con vampiros —decía\mbox{—.} Mi madre murió y mi padre
estaba demasiado destrozado para ocuparse de mí. Me fui. Aún lo
recuerdo, apenas tenía unos meses. Me quedé varias semanas sin beber ni
una sola gota de sangre. Debería haber muerto. —Soltó una risita\mbox{—.}
Normalmente un bebé siempre necesita un mínimo de sangre para que no se
le estropee la mente y no se le congele el crecimiento para siempre. Me
salvó una loba que había matado a sus pequeños por estar enferma y no
poder alimentarlos. Me alimenté de la sangre de todos y empecé a
crecer como una flor de lanka. ¡Ja! Como una flor
de lanka —repitió, contenta\mbox{—.} Pero la lanka es venenosa… mejor un
avrikul, de esas plantas carnívoras… aunque… ¿no existe ninguna
planta vampírica que beba sangre? Me extraña, seguro que existe. —Se
rió\mbox{—.} ¡Una planta vampírica! Me gustaría ver eso. Babeando sangre…

Soltó una carcajada. Syu y yo nos miramos, alucinados. Drakvian siguió
hablando un buen rato y cada vez tenía menos sentido todo lo que decía.
Acabé por entender que no me hablaba a mí, sino a Cielo; y tardé otro
buen rato en entender que ese «Cielo» era su daga.

\emph{«Entiendo que es tu amiga y tal»},
dijo Syu, prudente.
\emph{«Pero realmente me da miedo dormir tan cerca de… alguien como ella.»}

Suspiré.

\emph{«Tranquilo. Está enferma. Sólo está delirando. Wigy dijo que a mí
también me pasaba. Cuando tienes mucha fiebre, no te das cuenta de lo
que dices.»}

Syu hizo una mueca de mono.

\emph{«Eso no me tranquiliza. ¿Y si de repente le da por beber sangre? ¿Qué
pasará si no se da cuenta?»}

Me estremecí al pensarlo y luego negué con la cabeza.

\emph{«Syu, no digas bobadas. Además, Drakvian está enferma precisamente
porque ha bebido demasiada sangre. Y no ataca saijits.»}

Syu me miró con sorpresa.

\emph{«Yo no soy un saijit»},
objetó.

Agrandé los ojos e hice una mueca. Vaya.

\emph{«Duérmete»},
carraspeé.

Hubo un silencio en la conversación y entretanto Drakvian murmuraba
cosas ininteligibles entre las cuales tan sólo reconocí la palabra
«rana». Entonces, Syu preguntó:

\emph{«¿No te habrás olvidado de mi capa, verdad?»}

Sonreí, al acordarme.

\emph{«Claro que no. Tengo memoria de dragón, ¿qué te crees?»},
le repliqué.

El mono gruñó, incrédulo, pero se contentó con añadir
\emph{«Una capa
verde»}
antes de sumirse en un sueño tranquilo. Continué oyendo un rato
el delirio de Drakvian y poco a poco sentí que la nana de Frundis me iba
adormeciendo los sentidos.

Soñé que era una estatua de vidrio que iba cayendo en el cielo y que
nunca acababa de encontrar la tierra. Caía infinitamente, pasando nubes,
viendo extrañas criaturas y oyendo una música de violines que se
insinuaba suavemente en mi sueño.

Desperté al oír tres golpes rápidos contra la puerta. Me levanté de un
bote, preguntándome qué hacía sobre un jergón. Tan sólo volví a la
realidad cuando vi que Drakvian seguía en mi cama, con los ojos abiertos
y moviendo los labios sin emitir ningún sonido.

\emph{«Seguramente se ha quedado afónica»},
le dije a Syu.

Entonces sonaron otra vez tres toques en la puerta y me petrifiqué.
Drakvian… ¡no tenían que verla!

—¿Quién es? —pregunté en voz alta.

—Soy yo, ¡Deria! —contestó una voz detrás de la puerta.

Reconocí la voz pero abrí con precaución.

—¿Deria? —solté, cuando vi que efectivamente era ella\mbox{—.} Pasa.

Cerré detrás de ella rápidamente y Deria, que llevaba entre las manos un
lienzo negro con algo dentro, frunció el ceño.

—¿Qué…?

Pero mi gesto de mano la hizo callar y me aparté para que viera a
Drakvian. Agrandó los ojos y luego sonrió anchamente.

—¡Drakvian! —exclamó.

—Deria —solté, furiosa pero en voz baja, haciendo gestos para que
hablara más bajo\mbox{—.} Es una vampira, ¿recuerdas? Si la gente la ve…

No acabé mi frase, pero mi expresión fue suficiente para que Deria
abriera la boca en una gran «o» de comprensión y vergüenza.

—Está enferma —expliqué, más conciliable.

Deria me miró con cara de incredulidad.

—¿Enferma? Pero…

—Sí, eso mismo le dije, un vampiro no está vivo como los saijits, pero
cuando bebe demasiada sangre, es como si lo estuviera realmente,
¿entiendes?

Deria se encogió de hombros y fruncí el ceño, mirando el lienzo negro.

—¿Por qué has venido tan temprano? —pregunté.

En ese momento, pareció como si la drayta se olvidara totalmente de la
vampira y levantó el lienzo hacia mí con aire teatral.

—Adivina lo que es —me dijo.

Enarqué una ceja interrogante, meneé la cabeza y me giré hacia el mono.

—¿Syu?

Syu inspiró varias veces pero agitó la cabeza.

\emph{«Huele a cristal.»}

—¿Cristal? —repetí, sorprendida.

Deria asintió, feliz, y destapó el lienzo, enseñando una daga casi
transparente. La cogió por la empuñadura y declaró:

—Esta es Dormidora. Me la ha hecho Taetheruilín después de darse
cuenta de que este material era único. No es un cristal cualquiera, es
cristalevo, viene del Bosque de Mirtran, en los Subterráneos —explicó,
con tono importante\mbox{—.} Al menos es lo que han dicho Dol y Taetheruilín.
¿Qué te parece?

Contemplé la hoja cristalina con admiración mientras Deria me miraba,
esperando a que dijera algo.

—Es… ¿es la barra de metal que encontramos en las Llanuras de Drenau?
—pregunté con cautela.

Deria asintió otra vez, enérgicamente.

—Ajá —contestó\mbox{—.} He guardado en una caja la mayoría de los trozos que
han sobrado para hacer la daga.

—¿La mayoría?

—Taetheruilín ha querido quedarse con dos trozos, y Dol con otro. Al
parecer, el cristalevo tiene efectos soporíficos ya de por sí. Pero Dol
dice que aun así le parece que Dormidora está encantada. ¡La que estoy
encantada soy yo! —exclamó, riendo.

Hizo unos cuantos movimientos con la daga y me amenazó con ella.
Entonces me fijé que la punta de la daga era redonda y me reí.

—¿Dol te ha prohibido tener una daga puntiaguda? —le dije.

Deria puso los ojos en blanco.

—De todas formas, el cristalevo no corta como cortaría el cristal de
los Extradios. Pero necesitaba una empuñadura, y decidí darle esta
forma.

Me la tendió y la cogí, teniendo cuidado con no tocar la hoja. Era muy
ligera. Pesaba como un tenedor, aunque su hoja era más ancha y larga. A
través de la hoja, podía ver el contorno del rostro de Deria.

—¿Has verificado si no perdía los efectos al cambiarla? —le pregunté.

Deria hizo una mueca y negó con la cabeza.

—Acabo de salir de casa de Taetheruilín. Dol se ha quedado en su casa
hablando de no sé qué sobre materiales encantados y yo he venido aquí
porque quería enseñártela… Entonces… ¿la pruebo?

—Er… —vacilé\mbox{—.} ¿Qué hora es?

—Las siete y media —contestó ella.

—Será mejor que no empecemos el día dormidas —decidí al fin\mbox{—.} La
utilizaremos a la tarde, ¿qué te parece?

Entonces advertí que la mirada de Deria se posaba en un lugar detrás de
mí y me giré. Drakvian seguía tumbada pero ahora agitaba una mano, como
si estuviese cantando mentalmente. Enseguida entendí en qué estaba
pensando Deria y negué con la cabeza decididamente.

—¡Deria! ¿En qué estás pensando?

La drayta se mordió el labio y señaló a Drakvian con la barbilla.

—¿Crees que podríamos utilizar a Dormidora para que Drakvian pueda
dormir mejor?

—Os recuerdo que los vampiros no duermen —dijo de pronto Drakvian con
una voz grogui.

Me sobresalté.

—¿Drakvian? —dije, con precaución, acercándome a la cama\mbox{—.} ¿Estás…
estás aquí?

Por primera vez desde que la había visto enferma, los ojos de la vampira
relucieron un poco y me miraron con aire aburrido, dejando entender
claramente que consideraba mi pregunta realmente estúpida. Me sonrojé.

—¿Qué tal te encuentras?

Drakvian resopló por toda respuesta. Fruncí el ceño, inquieta. Eso no
auguraba nada bueno.

—¿Quieres… quieres que te traiga algo? —le pregunté.

Negó con la cabeza.

—Tengo la voz ronca, como si hubiese estado hablando toda la noche.

Agrandé los ojos, muy poco sorprendida, pero no confirmé sus sospechas.
Sin embargo, Drakvian debió de entender mi expresión pues suspiró.

—Bueno, espero no haberte aburrido mucho, Shaedra. —Agité la cabeza,
para tranquilizarla\mbox{—.} En todo caso, quisiera probar a ver si esa
Dormidora funciona sobre mí. Tengo curiosidad por saber si me hace
efecto. Quizá pueda recuperarme de esta maldita fiebre más rápidamente.

—¿En serio? —intervino Deria, aproximándose más animadamente\mbox{—,}
Shaedra, ¿me devuelves a Dormidora?

Vacilé, pero se la devolví.

—¿Crees que es una buena idea? Quizá el encantamiento se haya
deteriorado…

—No tiene nada que ver con que esté encantada o no —me replicó Deria\mbox{—.}
Ya te lo he dicho, es un efecto del material, es… energía dársica, según
lo que me has enseñado.

—No tiene por qué ser energía dársica —la corregí\mbox{—,} pero no importa,
lo que quería decir era que quizá fuera mejor idea, para una primera
vez, utilizarla encima de… un ratón o algo por el estilo.

Deria enarcó una ceja.

—¿Como Syu, por ejemplo?

Entorné los ojos, amenazante.

—Como toques un solo pelo de Syu con esa cosa…

—Vale, vale —dijo ella precipitadamente\mbox{—,} era sólo una sugerencia.

Syu y yo seguimos mirándola con expresión poco amigable y ella se giró
hacia Drakvian, evitando nuestra mirada. Carraspeó.

—Entonces… ¿quieres probar a Dormidora?

—Ajá —asintió la vampira, observando la daga con curiosidad\mbox{—.} Pero antes,
déjame que la examine un poco, ¿quieres?

—Por supuesto.

La vampira estuvo un rato examinando el cristalevo de Dormidora y al
cabo, asintió.

—Bonito objeto.

Y sin previo aviso, cogió el filo de la daga con su otra mano. El
efecto fue tan inmediato como imprevisto. La vampira se echó a reír con
enormes carcajadas, sin dejar de apretar la daga con la mano. Enseñaba
sin esconderlos sus dientes afilados y blancos y se veían sus dos
pómulos alegremente redondeados que le quitaban un poco el aspecto
vampírico tétrico. La contemplé con una mezcla de sorpresa y curiosidad.
Me preguntaba si alguna vez un vampiro se había reído tanto y, al mismo
tiempo, me preguntaba si Dormidora tan sólo tenía ese efecto con
Drakvian o bien lo tenía con todos.

Mientras yo observaba la escena, Deria retrocedió de un bote, asustada
por semejante ataque de risa, pero inmediatamente después trató de
arrebatarle la daga a la vampira. Tuvo que forcejear un poco porque
Drakvian no quería soltarla pero al fin logró quitársela y retrocedió
hasta el muro opuesto, respirando hondo.

—Demonios —murmuró.

Fruncí el ceño al ver que la vampira seguía riéndose, aunque denoté que
al menos sus espasmos ya no se acrecentaban.

\emph{«Frundis»},
dije, cogiendo el bastón,
\emph{«¿puedes hacerme un favor?»}

\emph{«¿Mm?»},
gruñó.

No parecía muy dispuesto a hacer favores, deduje. Sin embargo, proseguí:

\emph{«Cántale a Drakvian una canción tranquila, para serenarla un poco. No
sé si es bueno que ría tanto, después de todo sigue estando enferma. Es
poco natural que ría una persona cuando está enferma»},
razoné.

\emph{«Mmpf, está bien»},
cedió él.
\emph{«¿Y qué canción quieres que le cante?»}

Sonreí a medias.

\emph{«El artista eres tú, no yo. Elige la que mejor convenga.»}

Enseguida noté que estaba repasando sus centenares de canciones
ordenadas como en una biblioteca. Lo posé junto a Drakvian y me giré
hacia Deria.

—Vaya, pues tu Dormidora no parece haberla calmado mucho —comenté.

Deria no podía sonrojarse por su piel negra, pero su expresión denotaba
claramente que estaba avergonzada. Solté una carcajada.

—¡Creo que es la primera vez que veo a un vampiro destornillarse de
risa! —solté, riendo.

Deria envolvió rápidamente su daga en el lienzo negro, sin decir nada.
Adiviné que algo la atormentaba.

—Deria, ¿qué ocurre? No ha pasado nada grave. Sólo está riendo un
poco. Eso es bueno…

La drayta, sin embargo, parecía muy desanimada.

—No debí haberle pedido a Dol que me hiciera una daga con la barra de
metal. Ahora ni siquiera el nombre que le he puesto tiene lógica.
Dormidora —escupió\mbox{—.} Qué estúpida he sido pensando que si le cambiaba la
forma no cambiaría sus efectos.

Estaba llorando y, perpleja, le cogí la manga para llamar su atención.

—Deria —pronuncié\mbox{—,} no sirve de nada llorar por un simple cristal.
¡Mil brujas sagradas! Tu Dormidora al menos no ha perdido toda su
energía.

La joven drayta se pasó el brazo sobre sus ojos y asintió, reponiéndose.

—Tienes razón —me dijo\mbox{—.} Tendré que cambiarle el nombre —añadió.

—Eso es una idea estupenda. Y ahora, si no es mucha molestia… ¿podrías
quedarte aquí y cuidar un poco de Drakvian? Al menos hasta que recobre
un poco su serenidad.

Deria asintió, tomándose la misión como algo personal: al fin y al cabo
era ella la que había puesto a Drakvian en ese estado. En cuanto a la
vampira, se había calmado, pero de vez en cuando soltaba otra vez una
carcajada o una risita y parecía totalmente ida.

—Los vampiros no duermen como nosotros —dije, burlona, repitiendo las
palabras de Drakvian\mbox{—,} pero pueden estar inconscientes.

—Ella, en particular,
\emph{es}
insconsciente —me corrigió Deria\mbox{—.}
Ahora que lo pienso, yo nunca me habría atrevido a probar por primera
vez un objeto encantado.

Me despedí de ella y me fui corriendo a toda prisa hasta la Pagoda
Azul. No había desayunado, pero de eso sólo me di cuenta al llegar ahí.
Aquel día, estaba el maestro Jarp y, aunque sólo había llegado unos
minutos tarde, él no me lo perdonó tan fácilmente como el maestro
Áynorin y me castigó obligándome a asistir al día siguiente a las clases
de los nerús de nueve años.

—Si no eres capaz de llegar puntual a mi lección, significa que no te
quedaron claras las lecciones de cuando eras nerú. Por tanto, te invito
a que mañana te abstengas de venir a esta clase y vayas a retomar los
principios básicos de la disciplina junto a los nerús.

Sus palabras me sentaron como una puñalada, pero no me atreví a hacer
el mínimo comentario. Para rematar el castigo, Aleria me miró con cara
de reproche, Akín puso cara compasiva y Galgarrios me miró boquiabierto.
Por su parte, Marelta sonrió, triunfante, Yori enseñó sus dientes de
mirol, sorprendido, y Suminaria agitó la cabeza, como si no le
sorprendiera nada. Cuando Aryes cruzó mi mirada, sonrió, burlón y, en
vez de fulminarle con la mirada, le devolví la sonrisa traviesa. Si
el maestro Jarp consideraba que llegar tarde unos minutos a clase era de
mala educación y quería mandarme a clases de nerú, ¿qué se le iba a
hacer?

Durante las horas siguientes, estuvimos realizando cálculos
interminables de los que apenas veía la relación con un sortilegio
complicado que, teóricamente, tenía como objetivo acelerar la
multiplicación de defensas contra las heridas infectadas. En esos casos,
Ozwil era el único que conseguía hacer los cálculos hasta el final y
Aleria la única en saber lo que significaba el resultado.

Terminó la clase y salimos todos de la Pagoda Azul. Ozwil salió saltando
alegremente, como sólo le ocurría cuando se sentía orgulloso de sí
mismo.

—¿Nunca se cansará de esas botas? —comentó Suminaria, mientras los
demás salíamos de la Pagoda con más tranquilidad.

—Me extrañaría —repuso Ávend\mbox{—.} Por cierto, ayer me dijo su hermana
Klayda que quería invitarte a tomar el té.

—¿Tomar el té? —replicó Suminaria, extrañada.

—Yo sólo transmito el mensaje —replicó él, encogiéndose de hombros\mbox{—.}
Pero, por lo que sé, a Klayda sólo le interesan los chismorreos. Así que
vete preparándote.

Como siempre, Nandros le esperaba a Suminaria para escoltarla hasta su
casa. Era tiyano, como ella, pero no era ningún Ashar. De hecho, según
me había contado Suminaria, era huérfano y había sido recogido por la
familia Ashar como sirviente y luego como lacayo para acabar siendo
guardaespaldas. Tenía sesenta y cuatro años y todo rasgo de juventud
había desaparecido de su rostro, pero seguía siendo un hombre apuesto y
Suminaria me contó riendo que todas las jóvenes criadas de su casa
estaban locas por él. Pero Suminaria, por su parte, estaba harta ya de
verlo siempre atento a sus movimientos.

Aquel día, Nandros estaba paseándose en el jardín cubierto de nieve, y
me imaginé que debía de estar congelándose. Suminaria soltó un enorme
suspiro.

—Hasta mañana —nos dijo.

Y se alejó en compañía de Nandros sin decirle una sola palabra. Yo
entendía que estuviese harta de que la siguieran, pero no entendía que
no hiciera ningún esfuerzo por hablar con Nandros. Después de todo, él
era su guardaespaldas y si se llevase lo suficientemente bien con él,
quizá le dejaría más espacio para respirar.

—Hasta mañana a todos —dijo Marelta. Y su mirada, como por
inadvertencia, se posó sobre mí y sonrió\mbox{—.} ¡Ah! A todos no, se me
olvidaba… la nerú —pronunció con tono sarcástico.

Le enseñé los dientes y Marelta se sobresaltó.

—Tienes… ¡tienes los dientes afilados! —exclamó, con horror.

Agrandé los ojos, sorprendida y mastiqué para comprobarlo. Negué con la
cabeza: los dientes estaban como siempre. Bajo las miradas sorprendidas
de los demás, Marelta echó a correr hacia la salida del jardín.

—Eso… ¿era alguna broma? —nos preguntó Yori, turbado.

Akín se encogió de hombros.

—Me da a mí que la pobre está perdiendo la cabeza —soltó Aryes,
sonriendo anchamente.

Él sabía, o se imaginaba, lo que había pasado. A mí, aún me costaba
creerlo. ¿Cómo podía haberme transformado a medias? ¿Cómo era posible que
se me hubieran afilado los dientes y de pronto volvieran a ser normales?
Percibí la ironía de la frase de Aryes con toda claridad. Marelta, que
tanto se complacía en propagar el rumor según el cual Aleria estaba
enloqueciendo, acababa de salir corriendo soltando una frase realmente
extraña.

Nos despedimos de Salkysso, Kajert, Laya, Revis y Ávend, y con una
mirada le pedí a Aryes que no se fuera tan pronto. Aleria enarcó una
ceja, segura de que tenía algo que contarles. Cuando estuvimos a salvo
de orejas indiscretas, Aleria inquirió:

—¿Y bien? ¿Por qué has llegado tarde a clase? Espero que tengas una
buena razón.

Me mordí la lengua, vacilante.

—Bueno… en realidad, se trata de Drakvian —revelé\mbox{—.} Está enferma. Ya
sabéis, la vampira —añadí, como ninguno reaccionaba.

Aleria y Akín se detuvieron en seco unánimamente, palideciendo. Aryes,
en cambio, frunció el ceño.

—¿Está muy enferma?

—Eeeh —dije, pensativa\mbox{—.} Eso precisamente es lo que no sé. Tiene
fiebre. Y está como ida. Y ha hablado sola durante toda la noche. Yo soy
bastante inútil reconociendo enfermedades así, a simple vista —les
expliqué.

—¿No has intentado utilizar energía esenciática? —intervino Aleria,
reponiéndose.

Negué con la cabeza.

—No me atrevo. Drakvian es… especial. Le tiene mucho aprecio a su
intimidad.

—Pero… ¿has dicho que ha hablado durante toda la noche? —reflexionó
Akín\mbox{—.} ¿Eso significa que…?

—Que está en mi cuarto, sí —asentí. Hubo un silencio\mbox{—.} ¿Qué pasa?
—pregunté de pronto, sin entender las caras reservadas de Aleria y Akín.

—Creo que están un poco asustados —contestó Aryes con tranquilidad\mbox{—.}
Se les pasará cuando la vean.

—Así que… ¿está en tu cuarto? —dijo Aleria con una vocecita.

—Sí, le dejé la cama, para que descansara mejor —dije con
naturalidad\mbox{—.} Esta mañana le he dejado a Deria ocuparse un poco de ella.
Ha sufrido una… bueno… un ataque de risa.

Esta vez me miraron los tres juntos con cara interrogante.

—¿Un ataque de risa? —repitieron Aleria y Akín al mismo tiempo.

—Er… sí. Os lo explicaré. —Tomé una inspiración\mbox{—.} Deria vino a mi casa
a la mañana con su Dormidora y Drakvian quiso probarla y…

Observé sus expresiones de incomprensión y solté un suspiro cansado.

—Será mejor que la veáis con vuestros propios ojos. Veamos… por la
puerta trasera.

Entré por el patio trasero del
\emph{Ciervo alado}
y los demás me
siguieron. Los soredrips tenían un aspecto tétrico aunque bello con sus
ramas desnudas y con tantas curvas. La puerta estaba cerrada desde
dentro así que metí la mano en mi bolsillo en busca de mi llave. No la
encontré, pero encontré un trozo de metal. Lo saqué y abrí la puerta sin
mucho esfuerzo.

—¡Shaedra! —dijo Aleria con tono de protesta\mbox{—,} ¿qué haces con esa
cosa en el bolsillo?

Enarqué una ceja, sin entender.

—¿Qué?

—Ese… trozo de hierro. Y… abres puertas así, sin más, ¡como si fueras
una ladrona!

Por lo visto, se había quedado pasmada. Le dirigí una sonrisa vacilante.

—¿Quién ha hablado de ladrones? Esta puerta es de la taberna, Aleria,
no vamos a robar nada. Se me ha olvidado llevar la llave, eso es todo.

Aleria me miró fijamente y luego sacudió la cabeza pero no dijo
nada. Un minuto después estábamos frente a la puerta de mi cuarto. La
empujé con precaución.

—¿Deria?

Nadie me contestó. Entré en el cuarto y lo que vi me dejó espantada.
Deria estaba tendida en la cama, con la respiración regular, como si
estuviera durmiendo. El techo de arriba estaba abollado y quemado,
como si… como si una bola de fuego lo hubiese golpeado. Y en el
jergón de Syu, estaba Drakvian, medio tumbada, con un aspecto no muy
halagüeño pero todavía agarraba a Frundis entre sus finos dedos blancos
y movía la cabeza de derecha a izquierda, tarareando de cuando en
cuando.

Entramos todos y Aryes cerró la puerta con un ruido sordo. Me acerqué a
la vampira con cautela.

—¿Drakvian? ¿Estás bien? ¿Qué ha pasado? ¿Qué le ha pasado a Deria?

Drakvian parpadeó una vez, muy lentamente, y levantó la cabeza. Al
verme, sonrió y enseñó bien sus dos colmillos blancos, haciendo
retroceder levemente a Aleria y Akín.

—¡Shaedra! —exclamó con una voz ronca\mbox{—.} Qué alegría verte. Ejem…
sí.

Parecía más molesta que alegre de verme y fruncí el ceño, empezando a
preocuparme cada vez más.

—¿Qué le ha pasado a Deria?

La vampira abrió y cerró la boca varias veces, haciendo un ruido de
masticación y luego dijo:

—Verás, esa Dormidora… —Sonrió anchamente\mbox{—.} Me puse a reír ¡jo!, no
había reído así desde hacía tiempo. Parecía como si tuviese cosquillas
por todo el cuerpo. Ha sido terrible —dijo, sin dejar de sonreír, con un
tono soñador\mbox{—.} Y luego, cuando ya empezaba a tranquilizarme, perdí el
control y se me escapó —su sonrisa se extinguió.

Seguí la dirección de su mirada y vi el agujero en el techo.

—¿Se te escapó un sortilegio brúlico?

Drakvian asintió.

—Siento haber roto tu casa —dijo, con aire realmente avergonzado\mbox{—.} Se
me escapó —repitió.

—No pasa nada —le aseguré\mbox{—.} Pero… ¿cómo habéis hecho para no quemar
todo el edificio?

—La nieve —explicó\mbox{—.} Deria rellenó el cubo, yo… transformé en agua y
ella plash, para arriba.

—Entiendo —dije lentamente\mbox{—.} Y ahora, ¿por qué Deria está durmiendo?

—Dormidora —explicó Drakvian, cerrando los ojos, como exhausta.

Asentí con la cabeza, pensativa.

—Y… le has dejado la cama —deduje.

Drakvian asintió sin abrir los ojos. Su aspecto y su casi ausencia de
reacción me inquietaron seriamente.

—Er… Drakvian, te presento a Aleria y a Akín —dije y me giré hacia
atrás, titubeante\mbox{—.} Er… Aleria —murmuré\mbox{—,} ¿tú sabrías reconocer la
enfermedad que tiene?

La elfa oscura abrió muy grande los ojos sin dejar de mirar a la
vampira.

—¿Yo? —balbuceó.

—Me preocupa que esté así —le dije por lo bajo\mbox{—.} Realmente parece
estar muy mal.

Aleria abrió la boca pero no salió ningún sonido de ésta. Le sonreí,
para alentarla.

—Hay… hay que utilizar la endarsía —dijo, inútilmente.

—Y aquí la más competente eres tú —apunté.

Aleria pareció reflexionar durante una eternidad antes de asentir y
acercarse a la vampira.

—Está bien. Pero… ¿no sería mejor atarla… por si acaso?

La miré, anonadada.

—¿Atarla?

Aleria y Akín intercambiaron una ojeada rápida y entendí el problema:
aún no se fiaban de Drakvian. Normal, me dije, yo misma habría sentido
aprensión en su lugar…

—¡Bueno! —intervino Aryes\mbox{—.} Me quedaré cerca de Drakvian y, si viene
al caso y Drakvian se abalanza sedienta sobre ti, Aleria, utilizaré a
Dormidora. ¿Es esta daga, verdad Shaedra?

Me giré hacia él y vi que llevaba en una mano la daga de Deria. Mi
mirada fue a parar en Deria, tumbada y soñando profundamente.

—Dormidora no ha tenido el mismo efecto con Deria que con Drakvian.
Debe de haber una explicación —medité\mbox{—.} Pero no acabo de entenderlo.

—¿De veras creéis que es necesario acercarme esa cosa otra vez?
—preguntó Drakvian débilmente pero con evidente horror.

Me acuclillé junto a ella y la miré a los ojos.

—Si quieres que Aleria te ayude, me temo que sí. Verás… es la primera
vez que ve a… un vampiro.

Los ojos de Drakvian relucieron de picardía y se posaron sobre la elfa
oscura. Inspiró hondamente y sonrió.

—Sangre fresca —ronroneó.

Ante la expresión horrorizada de Aleria y Akín, se desternilló de risa.

—¡Ah! Creo que esta fiebre me hace reír más que de costumbre —soltó,
riéndose a carcajadas.

Carraspeé.

—Estaba bromeando, Aleria. Si está enferma es por haber bebido
demasiada sangre. No corres ningún riesgo, te lo aseguro.

Aleria me miró con cara suspicaz pero cuando Drakvian se serenó un poco
se acercó y le puso una mano temblorosa sobre la frente. La retiró de
inmediato.

—¡Está fría!

Negué con la cabeza.

—Está tibia. Normalmente, la piel de un vampiro está fría, y ahora
está tibia. Eso significa que tiene fiebre. Pero ignoro si va a ir a
peor o a mejor. Drakvian no parece saber mucho sobre el tema tampoco.

—Ya veo —replicó Aleria.

Entonces siguieron unos minutos de silencio, mientras Aleria trataba de
averiguar cuál era el problema de Drakvian. Yo estaba casi segura de que
no era muy grave y de que se repondría pronto, pero, como nunca había
visto a una vampira enferma y nunca había leído sobre ello, no podía
estar segura del todo y esperaba el diagnóstico de Aleria con
impaciencia.

Que estuviésemos seis personas en un cuarto reducido era bastante
inédito: nunca en mi vida había habido tanta gente en mi cuarto. Aryes y
Akín permanecieron de pie, tan impacientes como yo, y yo me dispuse a
ocuparme de Deria. Le di unas cuantas palmaditas en la mejilla, la
enderecé, la agité, le estiré del pelo y cuando empezaba a creer que
Dormidora la había sumido en un sueño eterno, la drayta soltó,
malhumorada:

—¡Shaedra, ya estoy despierta! Deja ya de agitarme como un trapo.

Abrió sus ojos negros y estirados sin dejar de fruncir el ceño.

—¿Ya estás de vuelta? —preguntó entonces, con extrañeza.

Puse los ojos en blanco.

—Son las dos de la tarde, más o menos —le anuncié.

Deria se quedó paralizada por un instante.

—¡¿Qué?! —Inspiró fuerte\mbox{—.} ¡Dol! Debe de preguntarse dónde estoy. Madre
mía, ¿qué he hecho? ¿Dónde… dónde está Dormidora? —preguntó de pronto.
Parecía estar al borde de un ataque de nervios.

—La tiene Aryes. Ayuda a Aleria para que se acerque a Drakvian y
Aleria le ayuda a su vez a Drakvian. Yo diría que es una sucesión de
solidaridades —solté, pensativa.

Deria corrió hasta donde estaban Aryes, la vampira y Aleria y le
arrebató a Aryes la daga con aire imperioso.

—Es
\emph{mi}
daga —declaró\mbox{—.} No puedes utilizarla sin mi permiso.

—Oh —dijo éste, sorprendido\mbox{—.} Lo siento, Deria.

Una vez que hubo envuelto su daga con el lienzo, Deria pareció más
tranquila.

—Deria —solté\mbox{—,} ¿por qué has tocado el cristalevo? ¿Has visto lo que
le pasó a Drakvian? No quería soltar la daga. Podrías haber sufrido los
efectos de tu Dormidora durante horas, sin que nadie se enterase, y
hasta podrías haber muerto. —Deria hizo una mueca y bajó la cabeza\mbox{—.} Por
lo que he podido ver, el cristalevo duerme los nervios, menos para los
vampiros. ¿Y si hubiera dormido tu corazón?

—Entonces… —susurró Deria, asustada.

—Tu corazón habría dejado de latir —acabó Aleria.

Me recorrió un escalofrío al pensar que Deria hubiera podido estar a
punto de morir por culpa de su Dormidora. Deria tragó saliva.

—De acuerdo. Ya lo he entendido. Voy a… voy a hablar con Dol de esto
—dijo, con un murmullo ahogado.

—Espera, Deria. —La retuve, mientras ella se dirigía hacia la puerta\mbox{—.}
Creo que no me has entendido. Dormidora es un objeto fantástico. Puede
ayudar para un montón de cosas. Pero hay que tener cuidado con él. Así
como hay que tener cuidado con un cuchillo aunque pueda servirte para
cortar rodajas de zanahoria.

La drayta asintió, y sentí que estaba un poco menos desanimada.

—Aun así, tengo que hablar con Dol —insistió.

Con un suspiro, la dejé ir y, tras cerrar la puerta, me giré hacia
Aleria.

—¿Has descubierto algo?

Aleria se levantó y asintió. Se me iluminaron los ojos. ¡Por fin!

—He descubierto que, pese a haber leído tantos libros sobre las
distintas criaturas que existen, no sé nada concreto sobre los vampiros
—reflexionó\mbox{—.} Quizá debiera profundizar un poco mi estudio sobre los
vampiros y las enfermedades que pueden padecer. Debe de ser interesante
estudiar algo así —añadió, para sí.

—¡Aleria! —protestamos.

—Está bien —replicó, levantando las manos para tranquilizarnos\mbox{—.} Creo
que es una simple fiebre. Al de unos días, estará en pie.

Al oír esto, Drakvian soltó un gemido doloroso.

—¡Días! —soltó, resoplando, con un tono asesino\mbox{—.} No sé cómo voy a
aguantarte, Shaedra.

—Yo tampoco —le repliqué, con una sonrisa.

\chapter{Trampas y trabajos}
\label{s:5}

Los días siguientes fueron extenuantes. Después de pasar una noche
agitada escuchando los delirios de Drakvian, casi me alegré de pasar
unas cuantas horas en compañía de nerús, contestando a preguntas
fáciles. El único inconveniente fue que Taroshi, el hijo de Kirlens, no
paró de molestarme durante la clase, de modo que el maestro Yinur me vio
una vez estirándole del pelo, amenazante, pero aparte de eso, me porté
como una santa.

Todas las tardes, volvía rápidamente al cuarto para comprobar que
Drakvian estaba mejorando y luego, después de comer, iba a la biblioteca
y trataba de hacer todos los deberes que nos pedía el maestro Jarp.

Todos, incluso Aleria y Yori, empezaron a odiar al maestro Jarp. No era
que fuera realmente malo, pero nos impedía ser nosotros mismos. Los
deberes que nos daba nos comían toda la tarde y finalmente apenas nos
quedaban unas horas para disfrutar del día. Ozwil estaba pálido y
parecía siempre fatigado, Aryes y Aleria pasaban horas en la biblioteca,
Yori se llevaba todos los libros que podía y Laya, Akín, Salkysso y yo
nos desesperábamos, absolutamente seguros de que el maestro Jarp nos
quería convertir en zombis. Kajert parecía el más tranquilo de todos y
cada vez que lo veía llevaba una nueva planta o un nuevo libro de
botánica, como si se desentendiese de los conocimientos que nos tenían
que inculcar los maestros de la Pagoda. En cuanto a Revis, al parecer
había cambiado totalmente de opinión acerca de la Pagoda Azul. Él, que
siempre estaba nervioso antes de los exámenes pese a la poca inclinación
que tenía hacia los estudios, había decidido tomarse las cosas como un
revolucionario y, cada vez que nos veía estudiando, clamaba, levantaba
el dedo índice y se ponía a platicar sobre la esclavitud de los
ajensoldrenses y a halagar la sencillez de la vida analfabeta. No podía
negar que en ciertas ocasiones estaba totalmente de acuerdo con él, pero
aun así me hacían muchísima gracia sus aires de nuevo profeta. Su
proselitismo no era muy eficaz con las personas estudiosas, aunque a
Akín y a mí nos hizo efecto más de una vez.

Soportaba mucho mejor las lecciones del maestro Áynorin que las del
maestro Jarp, ya que estas últimas eran muy serias y excesivamente
abstractas. Aprendíamos cosas que en mi vida podría utilizar para nada,
salvo para alardear de que había estudiado en una Pagoda. Lo que a mí me
gustaba realmente eran las armonías. Y, por desgracia, consideraban que
las armonías eran energías inferiores e inofensivas. Pese a esa opinión,
no me atrevía a salir con Frundis en pleno día, ya que no podía fiarme
aún de que no me haría alguna jugarreta. Sin embargo, Frundis me
aseguraba que él no estaba tan loco como para enseñar a todo el mundo
sus
\emph{“fantásticos dotes de compositor”}.
Pero no me dejé
convencer.

Así que Frundis se quedaba horas cantándole a Drakvian, y la pobre
vampira empezaba a saturar. Syu se iba solo al bosque con su nueva capa
verde, y yo me iba a la Pagoda Azul y a la biblioteca, preguntándome
cuándo dejaría de nevar.

Algunos techos ya se habían derrumbado a causa de la nieve y el puente
que se había construido en el Trueno era tan poco seguro que aún no
habían cruzado más que unos cekals temerarios. Sin embargo, el Dáilerrin
ya había encargado la piedra y había contratado los ingenieros para
mejorar los diques, previendo las terribles inundaciones que podría
causar la nieve fundida, en primavera. Y se estaba haciendo un plano del
nuevo puente, más ancho, más alto y más resistente, según se decía. Nart
me aseguró un día que iba a ser el mejor puente de toda Ajensoldra.
Apenas exageraba, dado el reducido número de puentes en la región.

Nart, desde que había sido elevado al rango de cekal, se había vuelto
todavía más calavera y sus dos amigos, Mullpir y Sayós, lo seguían a
todas partes. Yo me reía de ellos cada vez que los veía pasar por la
taberna cuchicheando con aires de conspiradores y ellos solían pasar
todos los días, hacia las seis, para tomar algo y contarme qué tal les
había ido el día.

—Te aseguro que todos admiran nuestras hazañas —me dijo Nart, un día
en que hacía especialmente frío.

La taberna estaba tranquila porque la gente ni se atrevía a salir de
casa con ese tiempo. Y Nart, Mullpir y Sayós habían irrumpido riendo,
con la nariz roja y cubiertos de capas. Me contaron una de sus trastadas
y por lo visto estaban contentos de causar sensación en la ciudad.

—Todos los nerús nos respetan —asintió Mullpir.

—Es natural —prosiguió Nart con desenfado y rió\mbox{—.} Pero, hablando
seriamente, Shaedra, ¿dónde está Wigy?

Puse los ojos en blanco. Cada vez que hablaba de Wigy, sus ojos
chispeaban de burla.

—Está en la cocina.

—¡Oh! Entonces no me atreveré a ir a verla —contestó\mbox{—.} La última vez
que entré con disimulo me tiró a la cara un trapo que olía a mil
demonios —me contó, en voz teatralmente baja\mbox{—.} Podría haberme muerto
ahí, que ni se hubiera inmutado —se lamentó, dramático, y luego sonrió
anchamente y sacó un cardo de su bolsillo\mbox{—.} Pero yo no soy rencoroso, y
me gustaría que le dieras esto en señal de buena voluntad. Sé lo difícil
que es cortejar a una… mujer con carácter, por decirlo así, pero mi
abuelo me dijo que siempre valía la pena intentarlo.

Cogí el cardo y le di vueltas entre mis manos, reprimiendo una
carcajada.

—Nart, acabarás haciendo que Wigy te prohíba entrar en la taberna.
¿Realmente quieres que le dé
\emph{esto}?

Nart puso cara preocupada.

—¿Crees que no le gustará? Pensé que iría a juego con su carácter
—él y sus dos amigos se echaron a reír y se levantaron para irse.

—No cambiarás nunca, Nart —suspiré.

—Eso espero —me contestó él, con una sonrisilla más sincera\mbox{—.} Cuando
tengas la impresión de que me estoy volviendo serio como mi padre, me
avisas inmediatamente.

Carraspeé.

—Descuida —le aseguré, y me despedí de ellos cerrando la puerta
precipitadamente para que no entrase el frío.

Los días pasaron, y finalmente Drakvian recobró sus fuerzas. Y un día,
cuando volví, no me la encontré como de costumbre sumida en su delirio.
De hecho, no me la encontré para nada, porque se había marchado.

\emph{«No puedo decir que no me alegre»},
comentó Syu cuando se enteró.
En cambio, Frundis reconoció que la añoraría un poco.

Varios días transcurrieron sin que tuviera noticia de ella y cuando me
preguntaban Aleria, Akín y Aryes, negaba con la cabeza, preguntándome
adónde demonios se había podido ir la vampira. Syu me aseguraba que no
la había visto por los alrededores. Quizá se hubiera marchado a Dathrun,
con el maestro Helith. Quién podía saberlo.

El invierno duró hasta el mes de Tablonas y acabó bruscamente ahí,
cuando de pronto se sucedieron varios días de calor. La mitad de la
nieve de los tejados se fundió el primer día y las calles se volvieron
impracticables. En la orilla del Trueno había barro por todas partes y
caían, desde la Neria hasta el río, rápidos arroyos cristalinos que
descendían zigzagueando entre las casas y las piedras.

La gente estaba ya harta del invierno y acogió el deshielo con alegría.
El primer Ventisca de Tablonas, el Dailorilh proclamó la llegada de la
primavera, y se mandó a las tropas de artistas que organizaran un
espectáculo mientras varios comerciantes salieron para Neiram y Aefna
con el objetivo de vender sus mercancías para llenar sus carretas de
artículos y regresar a Ató tan pronto como pudiesen para llegar a tiempo
a la Fiesta de la Primavera.

Con eso de que la nieve se fundía, todos, en Ató, esperaban la crecida
del Trueno, donde acababa la nieve de las montañas todos los años.

Una tarde, las aguas se desencadenaron, cayendo a toda prisa, arrasando
todo a su paso. Se sucedieron tres días de infierno. El frágil puente
que se había construido desapareció completamente, los cultivos se
inundaron y fue necesario sacar a las personas que vivían más cerca del
río y que aún no habían querido escuchar el aviso del Dáilerrin y del
Mahir. Kirlens se prestó voluntario para alojar temporal y gratuitamente
a los desalojados y Wigy y yo apenas dormimos esas tres noches, ocupadas
en dar mantas, almohadas y ropa, puesto que la mayoría de los afectados
tan sólo había podido salvar su pellejo y nada de sus bienes. En esas
tres noches, no me transformé ni una sola vez.

Como no dábamos abasto para hacerlo todo, Lénisu, además de ayudar a los
rescatados, nos echó una mano en la cocina. Primero, Kirlens no quiso
dejarle, convencido de que Lénisu no tenía ni idea de cocina, pero
cuando le pedí que lo reconsiderara, le dio a Lénisu una oportunidad,
que éste aprovechó juiciosamente. Enseguida adquirió Lénisu
una estupenda reputación. Kirlens y Wigy no salían de su asombro y la
verdad era que, aun sabiendo que no era la primera vez que mi tío
trabajaba de cocinero, yo también me quedé bastante sorprendida de su
éxito. Cada vez que pasaba yo por la cocina, ahí estaba él,
añadiendo una pizca de orégano, una cucharada de aceite… cualquiera que
lo hubiera visto no habría creído que era la misma persona que, meses
antes, había entrado en la cofradía de los Istrags, había luchado contra
el oso sanfuriento y había realizado otras acciones que no eran propias
de un cocinero de taberna.

Económicamente, el
\emph{Ciervo alado},
pese al dinero utilizado para
los desalojados, se las arregló bien y vio su reputación
maravillosamente mejorada. Además de forjarse una imagen de solidaridad,
resultó tener una comida excelente, según los nuevos parroquianos, y en
los días siguientes, la taberna estuvo repleta de clientes. Kirlens, que
al principio estaba eufórico por ese cambio, pronto empezó a plantearse
el buscar a algún empleado más. Lénisu fue nombrado jefe de cocina y le
fue puesto bajo sus órdenes a un tal Laynen, un joven empleado recién
llegado del campo que apenas hablaba abrianés. Laynen pareció alegrarse
de que Lénisu y yo supiéramos hablar naidrasio, y nos contó que su
familia lo había mandado a la ciudad con la esperanza de que encontrase
un empleo para ahorrar los suficientes kétalos para comprar un burro.

Ató vio llegar un flujo cada vez mayor de carretas de campesinos que
venían a asistir a la Fiesta de la Primavera, y aunque la mayoría se
instalaban en las afueras de la ciudad, algunos pagaron un cuarto en las
tabernas. Pronto no quedó ni un sitio en el
\emph{Ciervo alado}.
Ató
estaba tan llena que me era imposible salir de la ciudad sin que me
viesen, incluso de noche, de modo que cada vez que me transformaba me
quedaba quieta en mi cama, añorando las carreras en el bosque y las
jugarretas de Frundis.

Una noche de ésas, me levanté, nerviosa, sintiendo la energía quemarme
por dentro. Fui hasta la ventana y vi que la ciudad estaba más iluminada
que normalmente.

\emph{«Pronto toda esa gente se irá y todo volverá a ser como antes»},
le
aseguré a Syu, adivinando sus pensamientos.

\emph{«Está bien. Pero que se vayan pronto. ¿Jugamos a las cartas?»},
propuso de pronto.

Era tarde y estaba agotada por tanto trabajo, pero no podía dormirme
transformada como estaba, así que asentí, corrí la cortina y encendí la
lámpara para buscar dónde había dejado la baraja. Jugamos al kiengó
durante una hora entera. En la última partida, Syu hizo trampas
burdamente y lo vi enseguida: la dama de la perla no era más que un gato
blanco en realidad. Siguiéndole el juego, hice una mueca, miré mis
cartas intensamente, sonreí y eché un caballero dragón.

Syu entornó los ojos y se rascó la cabeza.

\emph{«Esa carta es nueva o estás haciendo trampas»},
refunfuñó.

Mi sonrisa se ensanchó.

\emph{«Es de todos sabido que el caballero dragón gana a la dama de la
perla»},
recité con falsa solemnidad.

\emph{«Ya, claro, y que el rey dragón gana al caballero dragón»},
dijo el
mono, soltando una nueva carta que representaba a un mono gawalt con
corona montado sobre un caballo con alas.

Solté una carcajada y tiré otra carta que representaba a una hidra con
veinte cabezas.

\emph{«Nada puede contra esto»},
repliqué.

Syu frunció el ceño y echó otra carta.

\emph{«Según se dice por ahí las hidras no aguantan la sequedad.»}

Su carta representaba un desierto. Adiós hidra, pensé.

\emph{«Pero los desiertos, en el Ciclo del Pantano, pueden desaparecer»},
solté, tirando una carta que representaba una lluvia torrencial.

Syu puso cara pensativa y luego sonrió anchamente. Enarqué una ceja.

\emph{«La lluvia no puede caer si no hay atmósfera»},
razonó.

Agrandé los ojos.

\emph{«¡No!»}

\emph{«Eso me enseñaste»},
replicó. Y tiró una carta blanca.
\emph{«La nada
lo gana todo.»}

Puse los ojos en blanco.

\emph{«Esto ya no tiene nada que ver con el kiengó, amigo, ¿te has dado
cuenta?»},
le dije.

\emph{«¿Te molesta haber perdido?»},
replicó Syu, muy contento.

\emph{«Syu, deberíamos poner más reglas a nuestras trampas. Luego, pasa lo
que pasa.»}

\emph{«¿Que pierdes?»},
insistió Syu. Como yo entornaba los ojos, él puso
cara inocente.
\emph{«Tú has empezado, con el caballero dragón.»}

Eso era verdad, en cierto modo, había sido yo la que había derivado el
juego pero…

\emph{«Tú has hecho trampas. Te he visto.»}

Syu sonrió, señaló la pila de cartas y se cruzó de brazos.

\emph{«¿Dónde?»}

Miré las cartas y empecé a quitar una a una las que ya no tenían ningún
dibujo de hidras ni de desiertos; busqué al gato blanco… sin encontrarlo. En
cambio, la dama de la perla sí que estaba. Sacudí la cabeza, sin entenderlo.

\emph{«Estaba segura de que habías hecho trampas»},
me disculpé.

Syu se rascó la barbilla.

\emph{«Qué mal pensada»},
dijo. Estaba divertido, como si hubiese algo que
aún no me había dicho. No me impacienté, porque Syu nunca podía
contenerse a confesar sus travesuras y, de hecho, no tardó en hacerlo en
esa ocasión.

Se subió a la silla y se sentó en el respaldo ágilmente, diciendo:

\emph{«Aunque quizá hubiese un truco porque… ¿y si la ilusión dijese la
verdad?»},
preguntó.

Fruncí el ceño.
\emph{«¿Qué quieres decir?»}

\emph{«Los monos gawalts nunca se dejan engañar»},
declaró el mono.
\emph{«La verdad es la verdad.»}

\emph{«A mí no me engañas. Las ilusiones de Frundis no las ves de inmediato
tal y como son»},
le dije.
\emph{«Caes en la trampa tanto como yo.»}

Syu gruñó y asintió, vacilante.

\emph{«De acuerdo. En ese punto tienes razón. Pero en este caso»},
dijo,
señalando las cartas,
\emph{«tú has caído como la hoja del kirlo.
¡Directamente al suelo!»},
soltó, riendo.
\emph{«La dama de la perla era la
dama de la perla pero yo la he modificado para que creyeras que no lo
era. ¡Ja!»}

Ahora se pavoneaba en el escritorio, haciendo piruetas. Sonreí,
sinceramente sorprendida.

\emph{«Vaya»},
resoplé.
\emph{«Pues sí que he caído. La próxima vez estaré
avisada.»}

Mi mirada, en aquel instante, fue a parar en el espejo que me había
regalado Kirlens, casi un año atrás. Fruncí el ceño y me acerqué a la
mesa, en silencio. En el espejo, estaba mi reflejo. No me asusté, como
lo había hecho la primera vez que me había visto transformada, en
\emph{El Merendón}.
Pero sentí un ligero cosquilleo en mis
pensamientos al ver mi rostro. Algo me era familiar. Algo que no
conseguía recordar y que pronto me obsesionó.

\emph{«¿Qué ocurre?»},
me preguntó Syu, de pronto inquieto.

No contesté de inmediato. Seguí mirándome un instante en el espejo y
luego lo posé en la mesa con la mano temblorosa. Mis ojos rojos, las
marcas negras, los dientes… ya había visto algo parecido en algún sitio,
no hacía mucho tiempo… Mi mirada se posó entonces sobre un papel plegado
que había en el escritorio. El papel que le había dado a Aleria unas
semanas atrás para que dibujara la Sreda… Lo desplegué y lo volví a
plegar casi inmediatamente, inspirando hondo.

Syu se acercó a mí, interrogante.

\emph{«Mis marcas negras, Syu, ¡son idénticas a la Sreda!»},
le expliqué,
sin aliento.

—Eso significa —dije, en voz baja y temblorosa\mbox{—,} que la Sreda, al
menos en su origen, está ligada a los…

Mi voz se paralizó y Zaix acabó la frase por mí:

\emph{«Demonios. Me consuela saber que eres capaz de razonar un mínimo,
querida. Pasaba por ahí, y te he oído. Así que de paso te aviso de que
pronto llegará un amigo mío a tu ciudad. Su nombre es Kwayat.
Por cierto, bonita partida de cartas.»}

\chapter{La Fiesta de Primavera}
\label{s:6}

¿Qué había dicho Aleria ya? Algo como que los que llevaban la Sreda no
eran de fiar. Pues vaya.

Ese pensamiento me siguió durante los días siguientes, incluso el día de
la Fiesta de la Primavera. Sin previo aviso, aquella mañana, Wigy llamó
a mi puerta y entró con un paquete y una enorme sonrisa… y con un
vestido azul precioso.

—¡Wigy! —exclamé, maravillada\mbox{—.} ¡Qué elegante!

Wigy soltó una risita y me tendió el paquete.

—Buenos días, Shaedra. Lo había encargado para tu cumpleaños, pero
pensé que querrías ponértelo para la fiesta.

—¿Mi cumpleaños? Pero… si es dentro de dos semanas. ¿Qué…?

Wigy soltó un suspirito exasperado.

—¡Ábrelo ya!

Con aprensión, abrí el paquete y saqué un vestido de un blanco
inmaculado con mangas anchas y un cinturón rosa. Me había quedado
boquiabierta y, al darme cuenta, carraspeé. ¿Acaso pretendía Wigy que
fuera con ese vestido durante todo el día?

Wigy me contemplaba con una enorme sonrisa.

—Y aquí están los zapatos —dijo, muy excitada\mbox{—,} así no te tendrás que
poner esas botas feas que te regaló tu tío.

Y me enseñó unos zapatos color arena. Al menos no parecían incómodos,
pensé con optimismo. Estuve a punto de negar con la cabeza y protestar,
como siempre había hecho. Pero Wigy estaba tan emocionada…

—Gracias, Wigy —murmuré\mbox{—.} Es un vestido… perfecto… er… para la ocasión.

¡Pero que no se le ocurriese pedirme que pusiera eso otra vez!, añadí
mentalmente para mí misma.

—Lo es —afirmó Wigy\mbox{—.} Todas van a ir vestidas elegantemente. No podía
dejarte con esos andrajos que te pones. Sobre todo que ahora ya no eres
una niña, eres una señorita… o deberías serlo. He tenido que acortarlo
un poco, lo he cogido largo porque sé que sigues creciendo y es más
fácil descoser que medir y coser una nueva tela. Venga, póntelo, a ver
cómo te queda.

Agrandé los ojos, tragué saliva y dejé el paquete sobre la cama. Mis
movimientos eran tan lentos que Wigy tuvo que acelerar un poco las
cosas. Pero en fin, al verme vestida con su regalo, juntó las manos,
conmovida, los ojos húmedos, y me cogió las dos manos para dar varias
vueltitas en la habitación.

—¡Ay qué emoción! —exclamó agudamente mientras giraba alegremente.

Me soltó las manos y necesitó unos segundos para recuperar el
equilibrio.

—Bueno… pruébate los zapatos. ¡Pero no te sientes así! —exclamó de
pronto, al ver que me sentaba sobre la cama algo bruscamente\mbox{—.} Arrugarás
el vestido. Hay que ser elegante como una señorita.

Tuve la impresión de oír a Laygra vendiéndome ropa en
\emph{El Áberlan}.
Con un suspiro, me probé los zapatos. Eran como los que llevaban las
bailarinas y por lo menos no tenían chapines ni tacones aunque, en la
práctica, protegía lo mismo que si fuese descalza. Pero Wigy decía que era la
última moda en Aefna. Así que todos irían con esos zapatos a la fiesta. Y yo
haría como todo el mundo.

—No te escaquearás esta vez —me avisó Wigy\mbox{—.} Además, te aseguro que
todos querrán bailar contigo… ¡espera! Falta el peinado. Te lo haré como
me ha enseñado Satme. ¡Vamos a ser las reinas del baile!

Alcé los ojos al techo y traté de ser paciente.

—Pues claro —repliqué.

Syu, escondido detrás de la ventana abierta, soltó una risita.

\emph{«¿Y tú de qué te ríes?»},
refunfuñé, mientras Wigy salía disparada en
busca de material para peinarme.

La sombra del mono desapareció de la ventana y supuse que se había ido
antes de que se me ocurriera alguna idea para hacerle sufrir el mismo
martirio que a mí me imponían.

Maldita sea, pensé, cogiendo un volante del vestido. Supe que mis garras
hubieran podido desgarrar el vestido, palidecí y me aseguré de que
estaban bien metidas.

—¡Siéntate en la silla! —exclamó la voz precipitada de Wigy.

Me sobresalté y me senté con resignación.

—No sabes qué elegante se ha puesto Kirlens este año —comentaba Wigy\mbox{—.}
¡Y Taetheruilín no huele a hierro! Acaba de pasar a beber una copa. Dice
que su mujer está preparando a toda la pandilla de chicuelos que tienen
para la fiesta. Si es que, no me crees, pero yo no estoy tan loca como
otras.

—No, qué va.

—Y no lo digo porque quiera tener a todos sus hijos bien vestidos,
pero que compre un vestido de cien kétalos para su hijo de tres años es
de lo más ridículo. ¿A quién le importa que vaya bien vestido un niño de
tres años? Yo digo que mientras alguien no se da cuenta de que necesita
vestirse bien, es que no lo necesita. Estas ideas las tenía claras hasta
cuando tenía diez años.

Yo no tenía la impresión de que necesitara vestirme bien… Con un
suspiro, seguí escuchando con una oreja los despropósitos de Wigy.

No quiso desenredarme las trenzas de Syu, porque consideraba que
llevaría demasiado tiempo y hasta concedió que Syu sabía hacer trenzas.

—Será un mono y todo lo que quieras —decía\mbox{—,} pero tiene más arte que
algunas amigas mías. Por supuesto, nunca nos superará ni a mí, ni a
Satme, pero si es capaz de hacer trenzas, es capaz de haber hecho todo
eso que tú dices.

Lástima que Syu no estuviese ahí para oírla, me dije. Estaba segura de
que habría sonreído con orgullo ante tanto piropo. Al de diez minutos
escuchando tanta palabrería, empecé a rebullirme, pero Wigy acabó
enseguida y me enseñó el reflejo de mi espejo con una expresión
satisfecha.

No es que pudiese ver gran cosa de su obra de arte, pero decidí que no
estaba tan mal. Había recogido mi pelo y había hecho una especie de moño
distendido con algunas trenzas dispares por ahí.

—Vaya —me contenté con decir.

—Tienes el pelo muy largo —comentó ella\mbox{—.} Algún día debería
cortártelo. Pero al parecer, ahora las damas de Aefna llevan el pelo
muy largo.

—El año que viene eso habrá cambiado —le aseguré, con una sonrisa
burlona\mbox{—.} ¡Bueno! ¿Puedo ir a desayunar ya?

Wigy asintió.

—Pero debes recogerte el vestido para bajar las escaleras, y para
cuando salgas, no debes dejar que se te manche en el barro, ¿me oyes?

Asentí.

—Y nada de piruetas o de carreras, ¿eh?

Puse los ojos en blanco, me dirigí hacia la puerta y me giré.

—Así que… el último grito es el de saltar sobre los charcos y
rebozarse sobre el lodazal más grande, ¿no?

Wigy me fulminó con la mirada pero no pudo evitar sonreír a medias.

—Como te atrevas a estropear el vestido, te compraré un bote de
perfume.

Puse cara de espanto y levanté dos dedos hasta la frente.

—Te prometo que no estropearé el vestido.

Wigy se rió y me acompañó hasta abajo, donde desayuné unas galletas y un
gran vaso de leche caliente. Cuando me levanté, me dio mi sombrero de
paja.

—No te lo olvides. Y ahora ve, antes de que llegues tarde. Y sin
correr.

Carraspeé y salí de la cocina. Ya eran las diez de la mañana pero en la
taberna aún no habían llegado más que algunos madrugadores que no
necesitaban varias horas para prepararse. Kirlens estaba junto a una
mesa, charlando con dos clientes que parecían ser de los campesinos
recién llegados. Los tres iban vestidos de manera tan rimbombante que,
de golpe, me sentí menos sola.

—¡Shaedra! —exclamó Kirlens\mbox{—.} Ya me había avisado Wigy de que iba a
ocuparse de ti. ¡Ven aquí, mi princesa, pareces recién sacada de un
cuento!

Con una enorme sonrisa en su rostro, tendió su mano y apretó la mía
con dulzura. Sonreí, divertida.

—Ah, ¿qué dices de mi nuevo traje? —preguntó, apartando los brazos.

Observé su túnica de seda fina y coloreada y sus pantalones de tela casi
blanca y me sonreí.

—Parece un traje sacado de un cuento —contesté.

Kirlens soltó una carcajada, divertido.

—¡Sobrina! —exclamó Lénisu, apareciendo de pronto al pie de las
escaleras. Iba vestido con la misma ropa de toda la vida y se había
quedado boquiabierto al verme\mbox{—.} Mil brujas sagradas, ¿qué te han hecho?

Tenía una cara tan aturdida que no pude dejar de reírme con los demás.
Cuando llegó a mi altura, le cogí del brazo y le dije en voz baja:

—Ha sido idea de Wigy.

Lénisu enseguida puso cara de comprensión.

—¡Ah! Ahora lo entiendo mejor —dijo, con una media sonrisa burlona\mbox{—.}
¿Así que ha conseguido hacer que te pongas eso, eh? Pues fíjate, ha
hecho más de lo que creía saijitamente posible.

No escondió su clara expresión de burla. Suspiré.

—Tengo que irme. Se supone que los snorís deben pasarse todo el día
haciendo cosas como vender refrescos para recaudar más fondos para la
ciudad —expliqué.

Lénisu me deseó buena suerte y yo salí corriendo, recogiéndome el
vestido, hacia la Pagoda Azul. Cuando llegué, ya estaban algunos
ocupándose de organizar las cosas. Cuando entré en la Pagoda, vi a Aryes
levitar para hacer pasar una cuerda llena de guirnaldas sobre las vigas
del edificio. Pero cuando se giró hacia mí, perdió el control y se
desplomó hasta el suelo, consiguiendo amortiguar un poco la caída.

—¡Aryes! —grité, precipitándome hacia él. Pero había olvidado que
llevaba un vestido. Pisé sin quererlo la punta del último volante y me
caí junto a Aryes\mbox{—.} ¡Maldito vestido!

Esa fue la primera vez de las muchas que maldije el vestido aquel día.
Aryes se enderezó, abochornado.

—Vaya. Er… creo que se me han caído todas las guirnaldas. Yo… esto…
Estás… —se rascó el cuello, como solía hacer cuando no comprendía algo o
se sentía molesto\mbox{—.} ¿Estás bien?

—Sí, sólo me he pisado este endemoniado vestido, nada más —contesté,
sentándome sobre la madera de tránmur\mbox{—.} Te ayudaré a colgar las
guirnaldas.

Akín y Aleria llegaron poco después, escoltados por Stalius. Me
sorprendí al verlo, porque sabía que no le permitían la entrada a la
Pagoda, por ser un legendario renegado, pero él no tenía intenciones de
entrar: se despidió de Aleria mientras Akín le devolvía una mirada
asesina, y luego se marchó.

Todos los snorís iban muy bien vestidos, como todos los años en la
Fiesta de Primavera. Incluso Salkysso, que venía de una familia pobre,
llevaba una elegante túnica de satén verde.

Cuando llegó Galgarrios, vi que todas las snorís de primer año se
giraban para mirarlo, embelesadas. Enseguida se pusieron a cuchichear
entre ellas y Marelta les echó una ojeada con una expresión sarcástica.

—¡Shaedra! —me saludó el caito, con una gran sonrisa, entrando en la
Pagoda\mbox{—.} ¿Llego tarde?

Enarqué una ceja, sorprendida.

—No importa llegar tarde mientras llegues a tiempo —le repliqué,
citando mi sempiterno y cotidiano proverbio gawalt.

—¿Así que puedo pedirte que bailes conmigo esta tarde?

Palidecí, atónita. ¿Bailar con Galgarrios? Lo miré, aturdida, y dejé de
enfilar las guirnaldas en la cuerda.

—¿B… bailar? —farfullé.

Galgarrios me dirigía su habitual sonrisa tonta.

—Pues sí, ¿no te gusta bailar?

—Pues… no. Sinceramente… no creo que sea una buena idea.

—¡Oh, vamos, Shaedra! —intervino Akín, riendo\mbox{—.} Galgarrios es un buen
bailarín. Bailar no es tan malo como crees. Recuerda el baile en
Tauruith-jur.

Sí, lo recordaba muy bien. Aryes me había invitado a bailar y yo lo
había hecho fatal, pisando los pies de todos los que bailaban alrededor…
Y Aryes se había reído de mí porque había utilizado el jaipú.

—No… —concedí\mbox{—,} no es tan malo, pero —dije, con más decisión— nadar
tampoco es tan malo y no todo el mundo nada.

Galgarrios parecía cada vez más decepcionado.

—Entonces… ¿no vas a bailar conmigo?

Las snorís de doce años me miraban con una expresión inequívoca de
envidia y asombro. ¿Cómo podía rechazarle un baile?, debían de
preguntarse. Recordé entonces las palabras entusiasmadas de Wigy:
\emph{“¡Vamos a ser las reinas del baile!”}.
No me cabía duda de que si
Wigy se enteraba de que no quería bailar, me iba a perseguir durante
todo el día y luego durante semanas y semanas… Me representé una vida
imposible con Wigy bailando y reprochándome cada rato mis burdos modales
y me ablandé un poco. Y viendo la expresión triste de Galgarrios,
suspiré interiormente y asentí.

—Está bien. Será un placer bailar contigo, Galgarrios. Pero… sólo una
vez, ¿de acuerdo?

El rostro de Galgarrios se iluminó.

—Así que, ¿sigues siendo mi amiga?

Sonreí, divertida.

—Por supuesto que sigo siendo tu amiga.

Desde luego, Galgarrios era fácil de contentar. Un baile, y ya estaba
feliz para todo el día. A mí, en cambio, me empezó a subir una bola de
miedo en la garganta y se quedó ahí durante toda la mañana.

En una hora, terminamos los preparativos de la fiesta. Luego empezaron a
llegar los habitantes de Ató y los forasteros. Nos ocupábamos un poco de
todo. Hicimos espectáculos armónicos con bonitos colores y paisajes y la
gente aplaudía con admiración. Debo decir que yo fui la que más me lucí
en esos espectáculos y el maestro Áynorin me dio la enhorabuena después
de que hubiera creado una imagen paradisíaca de un bosque con perfume
silvestre. Y me confesó que él habría sido incapaz de hacer algo así.
Recibí sus palabras con la fiereza de un gawalt y estuve sonriendo sola
durante media hora.

Aleria, bajo la supervisión del maestro Yinur, curó algunas dolencias de
estómago y de músculos de los campesinos. Ozwil se puso a invocar un
montón de estrellitas pequeñas que brillaban y levitaban: acabaron
esparciéndose por toda la ciudad, y el maestro Jarp comentó algo sobre
respetar los límites del equilibrio energético. Yori, Revis y Salkysso
se pelearon para el espectáculo, haciendo más piruetas de las que
habrían sido necesarias para una pelea seria. Kajert vendió muchas
plantas que había ido almacenando para la ocasión con la promesa de que
ofrecería el cincuenta por ciento de las ganancias a la Pagoda. Laya y
Marelta se instalaron detrás de unas mesas para vender refrescos, y
Aryes se paseaba levitando con su pañuelo azul, Borrasca, alrededor del
cuello, e iba tirando confetis sobre la gente. Suminaria y Akín eran los
únicos que no hicieron gran cosa, por ser de familias más que
acomodadas. Mientras la tiyana permanecía sentada junto a su tío, el
señor Garvel Ashar, Akín escuchaba a medias la conversación de sus
hermanos y hermanas mayores y miraba con envidia nuestras pequeñas
proezas.

En realidad, la Fiesta de Primavera era más pragmática que otras
fiestas. Los campesinos aprovechaban siempre para intercambiarse
semillas, pedir consejo al Dailorilh sobre el tiempo y los ciclos,
y comprar todo tipo de productos que no podían hacer ellos mismos como
herramientas, clavos y medicinas. Por eso Jans estaba tan atareado
vendiendo cosas como rastrillos, martillos y láminas de hierro. Dolgy
Vranc y Deria aprovecharon el día para vender sus juguetes más hermosos
y estrenar alguno nuevo. Más exactamente, antes que verlos, los oí:
Deria estaba gritando como las vendedoras de pescado en Dathrun, más o
menos.

Los snorís comimos todos pastas con tomate, queso y lomo frito y a las
tres empezaron las pequeñas obras teatrales que tantos esperaban con
ansia. Luego llegaron los artistas acróbatas y Deria y yo,
remangándonos los vestidos, nos pusimos a imitarlos riendo todo el rato,
aunque yo gruñí bastante contra mi vestido porque no estaba habituada a
llevar volantes y ropa tan larga. En un momento, hubo uno de los
artistas que nos propuso subir al estrado, a lo cual accedimos después
de que insistieran los asistentes, y yo, pese a mis esfuerzos, no
conseguí llevar a Aryes hasta el escenario.

Me lo pasé en grande, aunque quizá no tanto como Deria, que brillaba
literalmente de alegría al ver que tenía tan vasto y distinguido
público. Hasta le tuve que coger del brazo para apartarla al de un rato
porque los artistas empezaban a sentirse excluidos.

Y finalmente, cuando el sol ya había desaparecido prácticamente, llegó
el baile. Por tradición, se echaba a suerte para ver quiénes serían los
primeros en salir a bailar, escogiendo entre los menores de cincuenta
años. Recordaba que el año pasado, había salido un campesino humano
bastante torpe y una elfa oscura ligeramente coja y a todos les había
parecido un espectáculo para recordar.

Pusimos todos nuestro nombre escrito en una caja, las chicas en una, los
chicos en otra, aunque yo, como buena ternian que era, quise hacerme la
lista y fingir que metía el papel, sin meterlo. El maestro Áynorin me
pilló y finalmente tuve que meterlo como todos los demás.

Todos esperaron impacientes y en desorden, dejando apenas un círculo
vacío para la próxima pareja de baile. El Dáilerrin, Eddyl Zasur, sacó
el primer papel y soltó en voz alta y clara:

—Nakan Dórneman.

No me sonaba el nombre, y pronto entendí por qué al ver que se trataba
de uno de los acróbatas que habían venido a Ató para la ocasión. El
humano palideció un poco, pero enseguida se recuperó y se avanzó en el
círculo mientras Eddyl Zasur pronunciaba el nombre de su compañera:

—¡Wigy Zab!

Creo que si hubiese oído pronunciar mi propio nombre no me habría
quedado más atónita. Después de unos segundos de parálisis, busqué a
Wigy con la mirada y la vi avanzar despacio, con los ojos dilatados,
entre sus amigas que la empujaban riendo. Se recogió el vestido azul
para que nadie se lo pisara y entró en el círculo. Creo que era la
primera vez que la veía tan enmudecida.

Nakan cogió la mano de Wigy como si se hubiese preparado para ello desde
que había nacido. Empezaron a dar vueltas ágilmente en la pista y diez
minutos después se fundieron entre las demás parejas de baile mientras
se deslizaba por toda la pista una música tradicional. Imaginé que
Frundis gruñía en mi cuarto, criticando cada nota, y una sonrisa comenzó
a flotar sobre mis labios.

—¿No crees que tiene una cara de rata de alcantarilla? —me preguntó de
pronto Nart, con los brazos cruzados.

Me sobresalté, porque no lo había visto llegar, y fruncí el ceño.

—¿De quién hablas?

—Del que está bailando con Wigy. Tiene cara de pasmado el muy
desvergonzado.

El desvergonzado Nakan Dórneman sonreía dulcemente mientras hacía girar
a Wigy entre sus brazos como un experto.

—Bueno… —dije\mbox{—,} me alegro de que Wigy se haya encontrado una pareja.
Así al menos no se fijará en si bailo o no.

—¿Y qué me dices si te saco a bailar? —me preguntó, con aire
arrogante.

En ese momento apareció el rostro de Galgarrios delante de mí, y creo
que me alegré porque si había alguien que bailara peor que yo, ese era
Nart, y no quería empezar el baile espachurrándome por ahí.

Así que cogí la mano de Galgarrios y empezamos a bailar como buenos
\emph{metrardjíes},
es decir, como adultos. Enseguida me aburrí, pero
Galgarrios parecía feliz, con una sonrisa en el rostro y los ojos
ligeramente levantados hacia el cielo. Ignoraba cómo hacía para no
pisarme los pies.

Cuando vi a Lénisu bailar con una joven que debía de tener
aproximadamente su edad, me detuve en seco y me quedé mirándolos,
boquiabierta.

—¡Galgarrios! —murmuré.

—¿Mm?

Galgarrios no se había dado cuenta de que me había detenido y seguía
girando solo, aunque al oírme, se paró y siguió la dirección de mi
mirada.

—¿Qué pasa?

Lénisu bailaba de manera totalmente diferente a los demás. Estaba
haciendo algo como claqué, haciendo ruido contra la madera, y la joven
reía a carcajadas. Sacudí la cabeza.

—Nada. Creo que ya he bailado bastante por hoy.

—¿En serio? ¡Pero si acaba de empezar el baile!

—Sí… pero… —Levanté un dedo hacia él, como si fuese a decir algo
importante, luego carraspeé y me alejé de la pista sin una palabra.

Me senté sobre un banco vacío. Me fijé en que la mayoría de los que
quedaban ahí eran jóvenes, los demás ya se habían ido a sus casas o a
sus tiendas para descansar del largo día de fiestas y prepararse para
los fuegos artificiales, tan típicos en Ajensoldra.

Solté un suspiro. ¿Por qué a Wigy le emocionaban tanto los bailes y a mí
no? Estuve un momento contemplando las diferentes parejas, distraída, y
me fijé, divertida, en que Aleria bailaba con Akín y ambos reían
susurrándose a la oreja. Galgarrios iba cambiando de pareja porque, cada
vez que bailaba con una, otra venía a tropezarse con ellos y separarlos,
como por despiste. Kajert y Salkysso estaban sentados en una mesa
jugando a cartas con otros, a Revis no lo veía por ningún sitio, Marelta
descansaba en una silla coqueteando con Nakan, el joven apuesto que había
bailado con Wigy, y Laya bailaba en un corro de varias personas gritando
alegremente.

De pronto Syu se dejó caer sobre el banco, junto a mí.

\emph{«Venía a ver si había algo interesante, pero la verdad es que estos
saijits, como te vengo diciendo desde el principio, están peor de lo
que me contaron mis abuelos, en la otra vida.»}

Asentí con la cabeza, de acuerdo con él.

\emph{«Es más»},
continuó.
\emph{«Creo que ya he visto suficiente. Me voy con
Frundis. Su música es mejor.»}

Volví a asentir.

\emph{«Francamente, creo que tienes razón»},
solté.
\emph{«Debería volver, yo
también. Kirlens seguro que agradecería un poco de ayuda para la
cocina.»}

El mono gawalt se cubrió con la capucha de su capa, dándoselas de
damisela misteriosa.

\emph{«¡Ay qué emoción!»},
soltó, imitando la voz de Wigy.

Estallé de risa.

\emph{«Wigy debería haber sido vendedora»},
reflexioné.
\emph{«Como dijo
Lénisu, no sé cómo ha conseguido que me pusiera este vestido. Aunque…
supongo que yo misma quería ver cómo me quedaba. Realmente… no lo
entiendo, ¿qué ventaja tiene este vestido que no tengan mi túnica y mi
pantalón de toda la vida? Wigy insiste en meterme un ideal de belleza
en la cabeza que no consigo entender.»}

El mono gruñó.

\emph{«No te comportes como un saijit tú también, y deja de pensar
tontamente. Esas son las típicas reflexiones que tenéis y que no
desembocan en nada gracioso.»}

Sonreí.

\emph{«Al fin y al cabo, soy una ternian. Y dicen que los ternians son
saijits. Pero aparte de eso, tienes toda la razón. Hay cosas más
interesantes en qué pensar. Por ejemplo, ahora mismo, cuando bailaba,
estaba pensando en lo tradicional que es a veces la gente. ¿No te parece
ridículo que se haga siempre una Fiesta de Primavera y de la misma
manera, todos los años?»}

Syu soltó una risita sarcástica.

\emph{«Sí. Realmente inexplicable. ¿Volvemos a casa?»}

Vacilé y negué con la cabeza.

\emph{«Antes quiero…»}

Pero me paré en medio de mi conversación mental, habiéndome fijado en
una silueta, de pie, en el límite entre la luz y la oscuridad. Pese a
que llevara su capucha puesta, tenía la convicción de que me estaba
mirando fijamente. Entonces me dio la espalda y se alejó.

\emph{«¡Detente!»},
grité.

\emph{«¿Que me detenga?»},
replicó Syu, sin entender.

\emph{«No»},
dije.
\emph{«Es que… ¿no lo has visto? Creo que era él. Tiene que
ser él.»}
Como el mono me miraba con cara perdida, especifiqué:
\emph{«Kwayat.»}

Syu frunció el ceño.

\emph{«¿Y ése quién era?»}

Puse los ojos en blanco.

\emph{«El demonio que me envía Zaix para no sé qué.»}

Syu agrandó los ojos, impresionado.

\emph{«Así que… ¿acabas de ver un demonio?»}

Parecía casi asustado. Carraspeé.

\emph{«Te recuerdo que ya has visto a un demonio, Syu, no debe de ser muy
diferente.»}

\emph{«Según Zaix, tú eres un
\emph{medio}
demonio»},
me corrigió.

Me encogí de hombros.

\emph{«Eso no cambia nada al hecho de que Kwayat está aquí.»}

Al decir eso, la emoción me invadió. ¿Y si realmente era Kwayat? ¿Y si
venía para explicarme por ejemplo por qué me había transformado en demonio?
¡Tenía tantas preguntas que hacerle!

\emph{«Esto se pone más interesante»},
reconoció Syu, instalándose en el
banco, como expectante.

Al de unos minutos, volví a ver la silueta, en el lado opuesto, hacia la
Neria. Me levanté de un bote, y sin pensarlo me abalancé sobre la
sombra. Corrí, salí del círculo de luz y fui hacia donde creía que había
desaparecido. ¿Acaso me estaba haciendo señas para que lo alcanzase?

Evité un árbol, maldije el peso de mi vestido y recogiéndolo lo mejor
que pude, me alejé de la fiesta de manera que la música amainó un poco y
las voces se redujeron a leves rumores.

—¿Kwayat? —llamé, sin atreverme a hablar muy alto.

Entonces percibí un sonido sofocado y vi una sombra junto a un árbol.

—¿Eres… Kwayat? —pregunté, acercándome con precaución.

Mi precaución, sin embargo, no fue tanta como para que no me tropezase
con una raíz y no perdiera el equilibrio. Solté un gruñido pero no pude
evitar que me desplomara lamentablemente, quedándome tendida en el suelo
cuan larga era.

Me puse a cuatro patas, sintiendo que mi vestido pesaba lo doble.
Bajé la mirada. Apenas me veía, por la oscuridad, pero al tocar el
vestido sentí algo húmedo y viscoso.

—Oh, no —solté, jadeante\mbox{—.} Wigy me va a matar.

Pese a mi confusión, alcancé a oír un ruido de pasos ligeros.

—¿Shaedra?

Me giré bruscamente, resbalé y acabé sentada en el barro, rematando el
trabajo para que Wigy me estrangulara dos veces cuando se enterara.
Levanté la mirada y vi a Aryes, de pie, a unos metros, contemplándome,
boquiabierto.

—¿Qué demonios haces ahí sentada?

—Oh —gemí, intentando levantarme\mbox{—.} Me va a matar. Aryes, ¡esto es
horrible! Le prometí a Wigy que no estropearía el vestido. Y ahora, ¡mira
lo que he hecho!

Aryes siguió contemplándome, atónito, durante unos segundos, y luego se
echó a reír abiertamente.

—¡Shaedra! —se rió\mbox{—.} Me has dado un susto de muerte. Pensaba que te
habías convertido en un elemental de tierra o algo así. —Lo fulminé con
la mirada pero él no paró de sonreír\mbox{—.} Desde luego, sí que te has metido
en un buen lío. No me gustaría tener que vérmelas con Wigy Zab.

—Aryes —pronuncié, con la voz temblorosa\mbox{—.} Tú no sabes lo que ha
pasado. Vi a Kwayat. Quería perseguirlo y… me he caído. Estaba justo ahí
—señalé un joven roble.

—¿De qué estás hablando? —replicó Aryes, acercándose, y entornando los
ojos para tratar de ver algo en la oscuridad.

—No te molestes, ya no está.

—¿No está quién?

—Pues… Kwayat. ¿No te dije? —solté, de pronto, extrañada, al ver su
cara de incomprensión\mbox{—.} Es un de…

Me paré en seco en mitad de la palabra, y miré a mi alrededor. Lo más
probable era que aquella noche de fiesta hubiera mil oídos
escuchándonos, pensé nerviosa. Así que le cogí a Aryes del brazo y le
estiré.

—Ven, aquí nos podrían oír —susurré.

Aryes frunció el ceño pero asintió y sólo en ese momento me di cuenta de
que le acababa de pringar toda la camisa de barro. Y volví a pensar en
mi vestido, que me pesaba como una armadura completa y caía tan
rígidamente que desgraciadamente tocaba el suelo con lo que aumentaban
mis posibilidades de volver a perder el equilibrio.

—Maldito vestido —refunfuñé, intentando remangarlo mejor.

Conduje a Aryes hasta el paseo que rodeaba la Neria y desde el que se
veía toda la parte este de Ató, con el río y sus casas, entre las
cuales, el
\emph{Ciervo alado}.
El paseo estaba bastante lleno de
gente. Muchos se habían instalado para los fuegos artificiales. Agradecí
la oscuridad de la noche porque no tenía precisamente un aspecto muy
elegante. Durante todo el camino, estuve gruñendo contra el vestido y
contra Wigy y Aryes sacudía la cabeza sin decir nada.

Encontramos un lugar, junto a la balaustrada, bastante alejado de oídos
indiscretos y me paré ahí, apoyándome encima de la baranda. Durante unos
instantes, contemplamos las estrellas, en silencio. Yo empezaba a tener
frío, con mi vestido mojado, y me recorrían escalofríos de cuando en
cuando.

—Bueno, ¿qué tenías que decirme? —preguntó Aryes.

Miré a mi alrededor y bajé la voz.

—Zaix me dijo que un tal Kwayat, un demonio, llegaría dentro de poco.
No sé muy bien por qué me envía a uno de sus sirvientes, pero ¿y si éste
sabe cómo anular mi transformación? —Hice una pausa, y me giré hacia
él\mbox{—.} ¿Qué dices?

Aryes no contestó de inmediato. Con la mirada perdida en la lejanía,
parecía estar meditando seriamente lo que acababa de decirle. Al cabo,
soltó una risa sofocada.

—No sé cómo te las arreglas para no explotar —me confesó\mbox{—.} Esto es una
locura.

Le devolví la sonrisa y me mordí el labio, molesta.

—Tengo que ir en su busca —decidí, y fruncí el ceño, recordando un
detalle\mbox{—.} ¿Qué hago con… el vestido?

Aryes enarcó una ceja.

—¿Me lo preguntas a mí?

—Bueno… Tengo que lavarlo —expliqué\mbox{—,} antes de…

Callé, confundida.

—¿Antes de hablar con Kwayat? —sugirió Aryes.

Alcé la cabeza, intentando centrarme en el presente.

—No —repliqué\mbox{—,} antes de que lo vea Wigy.

Aryes sonrió.

—Ya veo. Así que… te da más miedo Wigy que un demonio. Eso es…
totalmente normal.

—Sí —contesté con naturalidad\mbox{—.} Iré al río y lo lavaré —decidí.

Advertí la cara de sorpresa de Aryes.

—¿Ahora?

—Es un buen momento para ir a lavarlo. Wigy ni se enterará. ¿Qué
pensabas? ¿Que iba a esperar a los fuegos artificiales y a la traca
final? —solté, dirigiéndome hacia unas escaleras.

Syu apareció deslizándose rápidamente sobre la baranda.

\emph{«Yo voy a ver cómo le va a Frundis»},
declaró.

Asentí con la cabeza y me despedí del mono. En ese momento, Aryes me
alcanzó.

—Shaedra, realmente creo que exageras. Wigy no es ningún monstruo.
Sólo tienes que volver a la taberna, cambiarte de ropa y luego podemos
ir a buscar a ese tal Kwayat, ¿no te parece un plan más apropiado?

Me inmovilicé en el último peldaño de las escaleras, lo consideré y
negué con la cabeza.

—Wigy no es ningún monstruo —concedí\mbox{—,} pero si sabe lo que le ha
ocurrido a mi vestido, pensará otra vez que me he vuelto tan salvaje
como siempre y que nunca aprenderé…

Callé, dándome cuenta de lo que estaba diciendo. Jamás había pensado que
la opinión de Wigy me pudiera afectar tanto. Me giré hacia Aryes,
sonrojándome.

—Una… ¿salvaje? —repitió Aryes, con evidente sorpresa.

Asentí con la cabeza y desvié la mirada.

—Bueno, ya sabes lo que opinan algunos sobre los ternians… —como Aryes
negaba con la cabeza, suspiré\mbox{—.} ¿De veras nunca has oído hablar de la
reputación de incivilizados que tienen los ternians? Hoy, Wigy parecía
haber olvidado su sempiterno sermón sobre mi… esto, mis tendencias poco
civilizadas. Aún no acabo de entender lo que significa su concepto de
civilización —confesé, pensativa\mbox{—,} pero no quiero estropearle la fiesta,
y sé que si ve este estropicio…

—Pues vaya —soltó Aryes\mbox{—.} Wigy sí que tiene sus manías. Yo, desde
luego, no me deprimiría porque mi hermana pequeña haya vuelto con su
vestido embarrado. Al fin y al cabo, un poco de barro no mata a nadie.

Carraspeé ruidosamente y en ese instante apareció Lénisu que se dirigía
hacia las escaleras. Caminaba bastante recto y no parecía haber bebido
mucho. Aun así, parecía estar un poco en la luna.

—¡Demonios! ¿Qué tal os va la fiesta, jóvenes? —preguntó, al vernos.

—Bien —contestó Aryes.

Yo asentí, esperando a que mi tío comentase algo de mi aspecto, pero no
lo hizo, de modo que empecé a dudar de si realmente estaba muy
consciente de sí mismo. Cuando ponía ya el pie sobre el primer peldaño,
se giró y soltó:

—Lo olvidaba. Aryes, espero que le cuides a Shaedra tal como
prometiste hace unos meses. Y tú, Shaedra, manténte tranquila, como
sueles, ¿eh?

Lo observé que se alejaba y al cabo agité la cabeza.

—Me da la impresión de que Lénisu no está del todo sobrio, ¿no crees?

Aryes hizo una mueca pero no contestó.

Finalmente, como Aryes quería ayudarme, le mandé a la taberna a coger
una túnica mía sin que se enterase Kirlens y yo seguí por entre los
árboles, hasta el río. Todo estaba muy oscuro y de cuando en cuando me
veía obligada a utilizar las armonías para iluminar un poco el suelo que
pisaba. Oí la carrera de algún conejo y el sonido chirriante de una
lechuza. Casi había olvidado cómo sonaba el bosque nocturno sin la
música de Frundis y la conversación de Syu. Era más inquietante, desde
luego.

Llegué al río. El Trueno bajaba impetuoso y sus aguas atronadoras se
arremolinaban en torbellinos de oscuridad. Busqué un lugar en donde
podría limpiar el vestido. Hubiera elegido Roca Grande, si no hubiera
quedado al sur del puente destruido, pero en el caso presente tuve que
contentarme con un pequeño hueco en el que las aguas parecían menos
turbulentas. Sin más dilaciones, me quité el vestido, quedándome con un
camisón blanco realmente poco conveniente para el frío que hacía. Estuve
frotando el vestido con las manos, sin sacar las garras por supuesto,
durante una buena media hora. En un momento, empecé a oler un perfume de
rosas bastante agradable. Cuando me pareció que el vestido estaba
bastante limpio y remojado, oí un ruido detrás de mí y me giré
bruscamente, alerta.

En la oscuridad de la noche, alcancé a ver la alta silueta de Kwayat,
vestida de una larga túnica negra. Se había quitado la capucha, y pude
ver, aunque mal, su rostro liso y delgado y sus mechones largos y
pálidos que le caían sobre los hombros y la frente. Y detrás de él,
estaba Aryes, boquiabierto, con en las manos una túnica y unos
pantalones. Él era el que había soltado algo parecido a un gruñido
gutural de sorpresa. Pero entonces… ¿cuánto tiempo llevaba Kwayat
observándome? Pensé en el olor a rosas y empecé a calcular mentalmente.

—¡Shaedra! —dijo Aryes, sin moverse\mbox{—.} ¿No me digas que ese tipo es…?

Asentí con la cabeza.

—Creo que sí —contesté\mbox{—.} Aunque, por el momento no se ha presentado.
Pero supongo que es Kwayat, porque si no, ¿qué razón tendría de estar
persiguiéndome de esta forma?

Podría ser un Hullinrot, me dijo una vocecita en mi cabeza. Un
sentimiento de terror indecible me invadió. ¿Y si no era Kwayat?, me
dije, agrandando los ojos. ¿Y si era efectivamente un Hullinrot y quería
hacer algún experimento para cogerme la parte de la filacteria de
Jaixel? ¡Qué tonta había sido alejándome de la población de esta
manera!, me recriminé, furiosa.

Pero antes de que pudiera maldecirme más, el presunto Kwayat habló, casi
sin mover los labios.

—No te has equivocado. Soy Kwayat —se presentó\mbox{—.} Y he venido a enseñar
a un nuevo aprendiz de Zaix lo que necesita saber antes de que empiece a
transformarse y perder el control delante de los saijits.

Giró levemente la cabeza hacia Aryes y, mientras éste lo contemplaba con
cara de espanto, añadió:

—Ningún saijit debería saber quién soy.

Entendí el peligro demasiado tarde: Kwayat levantó una mano y realizó un
signo con los dedos. Aryes soltó un grito ahogado, perdió el equilibrio
y se desplomó en el suelo, con los ojos como agrandados por la sorpresa.

—¡Aryes! —susurré, sin aliento.

Me abalancé hacia el demonio, con las garras sacadas, desbordando de
ira. ¿Qué le había hecho a Aryes ese demonio maldito? Lo golpeé de
frente, tirándolo al suelo, o al menos eso era lo que había pretendido
hacer. Sin embargo, Kwayat, pese a su delgadez, era más fuerte de lo que
parecía. Se tambaleó pero recuperó su equilibrio, apartó mis dos manos y
mis garras de su cara y me tiró al suelo.

Su mirada soltaba chispas de cólera.

—Jamás le ataca un aprendiz a su instructor.

—No necesito un instructor que mata a mis amigos —escupí, levantándome
a medias.

Aryes había recuperado su aspecto normal aunque seguía arrodillado,
respirando entrecortadamente. Me precipité hacia él, con la convicción
de que jamás debería haberle pedido que me acompañase. Aryes, sin
embargo, me sonrió débilmente.

—Estoy bien —me aseguró.

En ese momento me hubiera gustado saber qué significaba «estar bien»
para Aryes cuando tenía la cara tan pálida como la muerte y cada
respiración le sonaba ronca.

—No lo estaba matando —contestó Kwayat, tras un silencio\mbox{—.} Pretendía
hacerle olvidar este encuentro mediante un choque. Era una buena manera
de ganar tiempo para decidir qué voy a hacer con él.

—¡¿Qué?! —exclamé, airada.

—Debes entenderlo —dijo él, sin perder la calma\mbox{—.} Tu amigo es un
saijit. No puedes hablarle de demonios a un saijit. Es de lo más
irresponsable.

—¿Ah, sí? —repliqué\mbox{—.} ¿Y supongo que pegarle un porrazo energético a
alguien es prueba de responsabilidad?

—Deberías hablar con más respeto. Y deberías conocer las restricciones
que todo demonio debe cumplir. Existen algunas cosas que un demonio con
sentido común nunca haría, por ejemplo hablarle a un saijit de mí
y, encima, dándole mi nombre. Es un comportamiento insultante —explicó
tranquilamente.

—Para tu información, yo también soy una saijit —le repliqué\mbox{—.} Esas
restricciones son ridículas. Aryes sólo pretendía ayudarme.

—Está bien. Si piensas que ese saijit nunca dirá nada sobre nosotros,
adelante, déjalo marchar —razonó\mbox{—.} Lo dejo bajo tu responsabilidad. Si
se extiende el rumor de que hay demonios en esta ciudad, no me quedará
más remedio que mataros a ambos.

Sin atreverme a mirar a Aryes, y temblando de miedo, vi que Kwayat volvía
a centrar su consciencia y su energía y volvía a levantar la mano.

—Tú decides —añadió.

Me levanté de un bote y me interpuse entre Aryes y el demonio.

—¡Decidido! —solté precipitadamente\mbox{—.} Aryes no hablará de esto con
nadie más que yo, te doy mi palabra de honor. Pero no vuelvas a hacer eso
de la mano…

Kwayat dejó caer la mano y por primera vez me pareció ver aparecer en su
rostro una débil sonrisa.

—Como quieras. Pero te diré una cosa: confiar en alguien es fácil,
pero no es siempre una elección acertada. Conocí a alguien que murió por
confiar demasiado. Es mejor no deber nada a nadie. Y ahora, si no es
mucho pedirte, ¿podrías vestirte con esa túnica? Estás temblando como
una hoja.

No solamente temblaba de frío, pero aun así me giré hacia Aryes, le cogí
la túnica de las manos y me la puse, así como los pantalones. Fue
entonces cuando me percaté de un detalle que me dejó paralizada durante
un segundo.

Solté un grito y eché a correr hacia el río.

—¡El vestido! —exclamé. Lo busqué por las agitadas aguas, pero todo
fue inútil. Rebusqué en cada rama y raíz de la orilla, sin resultado.
Me cogí el rostro con las dos manos, horrorizada\mbox{—.} Wigy, ¿podrás
perdonarme?

Kwayat me miraba con una expresión impasible, casi aburrida, mientras
Aryes echaba una ojeada a un arbusto, buscando el vestido, sin dejar de
mirar de reojo al demonio por pura precaución. Yo, si hubiese sido él,
me habría alejado de Kwayat tanto como me hubiera sido posible, pero al
parecer Aryes era más valiente que yo. Un año atrás, jamás habría
pensado que Aryes sería capaz de ser valiente, pero ahora las cosas
habían cambiado y empezaba a conocer realmente a Aryes.

—Está bien —solté, girándome hacia Kwayat\mbox{—.} Adiós vestido. —Hice una
pausa y me acerqué con precaución\mbox{—.} Así que… ¿tú serás mi instructor?

Kwayat inclinó la cabeza.

—Así es.
\emph{Soy}
instructor. Me he ocupado de muchos demonios
jóvenes aunque son pocos los demonios que he instruido y que no sabían
hasta ese punto nada de nuestro mundo.

Enarqué una ceja.

—Así que os consideráis un mundo aparte, ¿eh?

El rostro inmutable de Kwayat me ponía algo nerviosa pero no podía dejar
de mirarlo fijamente. Aryes se acercó a mí y agradecí su presencia:
estar sola hablando con un demonio tan poco acogedor como Kwayat no era
precisamente una buena idea.

—Los demonios tenemos una manera de pensar muy diferente de la de los
saijits —explicó Kwayat en voz baja\mbox{—.} Somos saijits y al mismo tiempo
hemos dejado de serlo. Antaño, los demonios no se escondían. Vivían con
los saijits, pero los persiguieron hasta matarlos, uno a uno, y desde
entonces, vivimos aparte, y procuramos mantenernos lejos de los
conflictos de los saijits.

—Espera un momento —dije, confundida\mbox{—.} ¿Quieres decir que los
demonios, a pesar de ser saijits, no lo son del todo? Eso no lo acabo de
entender. Yo soy ternian, no puedo ser otra cosa.

Kwayat se cruzó de brazos y caminó hasta quedarse a un metro de
nosotros. Sus ojos eran de un azul magnífico. Y su rostro era muy joven,
¿cómo podía haber tenido tiempo de instruir a tanta gente, como decía?,
me pregunté, frunciendo el ceño.

—Naturalmente que eres una ternian, los demonios no tienen nada que
ver con las razas. Hay muchos tipos de demonios —explicó\mbox{—.} Los hay
que guardan su forma de demonio para siempre, los táhmars, aunque la mayoría
sabe adoptar su forma saijit. Algunos son más demonios que saijits, y otros
más saijits que demonios.

—Oh, así que hay niveles de endemoniamiento —soltó Aryes. Parecía que
estaba bromeando, pero cuando me giré hacia él parecía totalmente serio.

—Mm —carraspeó Kwayat, contemplándolo de hito en hito\mbox{—.} Supongo que
tu interés por los demonios se debe a que te quieres convertir en uno de
los nuestros, ¿me equivoco?

—Absolutamente —contestó Aryes.

—Absolutamente, ¿qué? —repliqué yo, alarmada\mbox{—.} ¿Qué estás diciendo,
Aryes?

Él se contentó con sonreír, sin dejar de mirar a Kwayat a los ojos.

—Se equivoca absolutamente, he querido decir —añadió\mbox{—.} Aunque si
resulta que un demonio tiene más ventajas que inconvenientes, puede que
me decida.

Kwayat lo observó un momento en silencio y luego soltó una carcajada, se
dio la vuelta, dio unos pasos de baile sin parar de reír, nos dio la
espalda, inspiró hondo y luego se giró otra vez hacia nosotros con una
expresión impertérrita.

—Si te convirtieran en demonio podrías hacer de bufón de la corte
—soltó.

Enarqué una ceja y sonreí anchamente.

—Habitualmente esas frases me las dirigen a mí —me justifiqué, al ver
que Aryes me miraba con el ceño fruncido.

En ese momento, una luz fulgurante surgió de la nada y subió hasta el
cielo oscuro produciendo una explosión estruendosa. ¡Eran los fuegos
artificiales!, entendí. Me había olvidado completamente de la Fiesta de
Primavera.

—Creo que será mejor dejar esta conversación para más tarde —declaró
Kwayat\mbox{—.} Volveré mañana.

Antes de que tuviésemos tiempo de decirle nada, nos dio la espalda y
desapareció entre los árboles. Lo observamos irse, pensativos.

—Vaya —dije\mbox{—.} Es una persona bastante especial, ¿no te parece?

—Debe de ser un hijo de buena familia —afirmó Aryes.

Sonreí a medias.

—Así que, para ti, un demonio tiene por definición un baúl lleno de
kétalos, ¿no?

Aryes asintió y vaciló.

—Tal vez no. Pero seguro que algunos son muy ricos. ¿Has visto el
collar que llevaba debajo de la capa? Parecía hecho con gemas. Y… a su
alrededor había como… flujos de energía. Como si estuviese cubierto de
mágaras por todas partes. ¿No te has fijado?

Negué con la cabeza.

—La verdad es que no. Yo sólo me he fijado en que olía a rosas.

Aryes me miró con extrañeza y se encogió de hombros.

—Me ha parecido un tipo poco simpático.

—No me digas, ¿qué clase de persona simpática atacaría a la gente sólo
porque ha oído algo que se supone que no debía oír? —pregunté\mbox{—.} Pero…
¿qué te ha hecho exactamente?

Aryes se encogió de hombros otra vez.

—Nada. Sólo ha intentado forzar la entrada en mi mente para aturdirme.
Jamás he sentido tanta energía junta. Y jamás me he sentido tan…
atacado. Es un método innoble.

Resoplé.

—Los demonios no tienen fama de ser muy nobles —solté\mbox{—.} Aunque… la
verdad no entiendo por qué tienen tan mala fama. Algunos saijits son
todavía más execrables que Kwayat. Es más, Kwayat parece haber aceptado
mi promesa con mucha facilidad.

—Sí —carraspeó él, con escepticismo\mbox{—.} Pero eso significa también que
él no dudará en actuar si faltamos a nuestra promesa, nos mataría sin
pestañear. Esa es la impresión que tengo.

Me estremecí, pero asentí con la cabeza.

—Tienes razón. Así que será mejor no pronunciar la palabra demonio en
nuestras conversaciones. Acabaríamos metiendo la pata.

—Prometo no decir ni una palabra sobre demonios —dijo Aryes, llevando
dos dedos a su frente\mbox{—.} Y tú prométeme que no le dirás nunca a mi
hermana que le he robado su túnica verde.

—¿Qué? —exclamé, bajando la mirada hacia la túnica que llevaba
puesta\mbox{—.} Esta túnica… ¿es de tu hermana? ¿Pero por qué no has cogido una
mía?

—Pues… como me dijiste que entrara por la ventana, subí por el tejado,
pero la ventana estaba cerrada con un sortilegio así que, en vez de
perder el tiempo deshaciéndolo, fui a mi casa y cogí lo primero que vi.
Por suerte mi hermana y tú tenéis casi la misma talla.

Sacudí la cabeza, sonrojándome.

—Bueno… creo que será mejor devolver esta túnica de donde la cogiste.

Aryes asintió y emprendimos el camino de regreso.

—Nos estamos perdiendo los fuegos artificiales —comentó Aryes, de
pasada.

—De todas formas, son como todos los años, ruidosos y alargados
—repliqué\mbox{—.} Y la bronca que me va a echar Wigy por lo del vestido va a
ser igualita a los fuegos, ya lo verás.

Estabamos saliendo del bosque cuando, de pronto, me paré en seco.

—¿Has dicho que mi ventana estaba cerrada con un sortilegio? —dije,
sintiendo que mi corazón latía más aprisa.

—Ajá…

—¡Drakvian! —le interrumpí, con una gran sonrisa en el rostro\mbox{—.} ¡Ha
vuelto!

Aryes agrandó los ojos, estupefacto.

—Vaya, no se me había ocurrido esa posibilidad —reconoció.

—Siempre me hace eso, a veces lo hace para divertirse y otras veces
porque necesita mi ayuda. Espero que no esté enferma otra vez… —solté,
recordando las noches en vela que había pasado escuchando sus
conversaciones delirantes con Cielo, su amada daga.

—Quizá se haya bebido la sangre de todo un rebaño de vacas y ahora
esté con un atracón monstruo —sugirió pensativamente Aryes.

—O bien ha vuelto con un mensaje de Márevor Helith —reflexioné\mbox{—.}
Aunque eso no impide lo del atracón. Realmente, si está enferma otra
vez, le pongo una venda en la boca.

Aryes rió.

—Me gustaría verte intentando ponerle una venda a una vampira. Yo que
tú no me acercaría mucho a sus colmillos.

Sonreí.

—Los miroles tienen dientes más terribles —dije al cabo de un
silencio\mbox{—.} No entiendo por qué los vampiros tienen peor fama que los
miroles.

—Bueno, los miroles no es que tengan muy buena fama —replicó Aryes\mbox{—.}
Pero hay una diferencia bastante notable entre ambos: si un mirol no
come durante varias semanas, se muere, cosa que no ocurre con un
vampiro. Leí una vez en un libro que eran capaces de sobrevivir mucho
tiempo sin beber.

Ahí no me quedó otra que darle la razón. La verdad era que tenía que ser
curioso ser un vampiro, pensé. Al menos no se tenían que preocupar mucho
por los víveres y esas cosas. Sumida en mis pensamientos, no advertí que
llegábamos ya junto a la taberna hasta que Aryes se detuvo, en el patio
de los soredrips.

—Te espero aquí —me dijo.

Asentí y entré en el
\emph{Ciervo alado};
saludé a Kirlens y advertí que la taberna estaba a rebosar de clientes pero
que Wigy aún no había vuelto; subí hasta mi cuarto, me cambié de ropa, deshice
el sortilegio y volví a bajar por los tejados, hasta la calle.

Aryes estaba arrimado contra la barrera del establo colindante a la
taberna y me acerqué silenciosamente con una sonrisa maligna en el
rostro.

—¡Bú! —exclamé, deshaciendo de repente todos mis sortilegios armónicos
de sigilo.

Aryes pegó un respingo y se tambaleó, con la boca abierta por el susto.

—A quién se le ocurre —refunfuñó.

—Aquí está la ropa —le dije, tendiéndole la túnica y el pantalón
correctamente plegados como me había enseñado Wigy.

Aryes cargó con ellos, limitándose a asentir con la cabeza. Pareció
entonces que quería añadir algo pero como tardaba en decirlo, enarqué
una ceja.

—¿Vas a volver a casa ya? —pregunté.

—Uf, sí, pero me temo que no podré dormir, de todas formas. Todos
están cantando por las calles. Los días de fiesta no son precisamente
los más tranquilos.

—No —reconocí, percatándome del bullicio de Ató.

—Quería… preguntarte algo —dijo de pronto Aryes\mbox{—.} Sé que te he
prometido no hablarte de demonios pero… me gustaría saber si Aleria y
Akín saben lo de…

Calló pero entendí lo que quería decir y negué con la cabeza.

—No, no saben nada de todo eso. Es que… tengo mis razones —dije,
pensando en la marca de la Sreda y la historia de Aleria. Si Aleria me
veía transformada, reconocería la Sreda y prefería no pensar en lo que
pasaría entonces.

Aryes, sin comentar ni un momento mi decisión de silenciar la historia
de la poción de Seyrum y de los demonios, soltó alegremente:

—¡Bueno! Será mejor que devuelva esto a mi hermana antes de que se dé
cuenta. Buenas noches, Shaedra.

Se fue y yo volví a mi cuarto preguntándome si aquella noche podría
salir sin que me viera nadie, con Frundis y Syu, para ir en busca de
Drakvian. Porque, en algún lugar recóndito de mi mente, me preocupaba
que algo malo le hubiera ocurrido.

\chapter{Deserciones}
\label{s:7}

Al día siguiente, no fui la única en levantarme tarde. La verdad era que
la mayoría durmió hasta las once o doce de la mañana. Había pasado casi
dos horas, con Frundis y Syu, buscando a Drakvian en el bosque de Roca
Grande, pero me fue imposible encontrarla, de modo que volví a la
taberna, y en el camino hacia ahí me topé con Marelta, su hermana y
algún que otro amigo de su familia. No tuve tiempo de esconderme con las
armonías y Marelta se complació en soltar palabras humillantes delante
de sus amigos.

—¿Entras sola en el bosque buscando algún dragón de tierra, quizá?
—me soltó indolentemente.

—A menos que prefiera la compañía de un mono a la de un saijit
—terció su hermana, que aunque tenía dos años menos, tenía el mismo
veneno en la lengua.

—Es tan extraña que todo podría ser —replicó Marelta con una gran
sonrisa malévola\mbox{—.} Pero sigo pensando que jamás deberían haberle
permitido la entrada al segundo año de snorí. Quién sabe si no nos
arañará la cara en alguno de sus arranques. Por cierto, ¿qué ha pasado
con tu disfraz blanco? A Galgarrios al parecer le ha gustado mucho. A mí
no me costó nada reconocerte. Tenías la misma cara de boba.

La música de Frundis se convirtió en un trompeteo bélico y Syu me
aconsejó que rodease a esa
\emph{“panda de gatos enfurecidos”}
y no
buscase pelea.

\emph{«En mi vida se me habría ocurrido una idea más tonta como la de
pelearme con Marelta»},
le repliqué con firmeza.

Sin embargo, tampoco me parecía conveniente dar un rodeo, de modo que
pasé junto a ellos, los miré fijamente, levanté la cabeza orgullosamente
y solté:

—Me preocupaba que tu lengua se hubiera congelado este invierno. Pero
ya veo que el verte rodeada de guardaespaldas te la ha desatado.

Marelta entrecerró los ojos.

—Y la tuya, por lo que veo, sigue siendo tan irreverente. Te recuerdo
que tienes a personas importantes delante de ti.

Enarqué una ceja y, pese a la oscuridad, traté de detallar los rostros
de las demás personas. El que llevaba la lámpara era Tiel, el
hermano mayor de Marelta. Más que nada parecía curioso por escuchar a su
hermana proferir palabras insultantes contra mí. A los otros dos no pude
reconocerlos, aunque el rostro de la caita me era familiar.

—¿No me digas? —repliqué con mal tono\mbox{—.} ¿Y dónde? Yo sólo veo a cinco
cobardes que se meten con una sola persona.

—Oye, jovencita, puedes insultarla a ella porque le encanta que la
insulten —intervino tranquilamente el humano, acercándose a la luz, pero
no lo suficiente para que le viera bien el rostro\mbox{—,} pero no me insultes
a mí, ¿quieres? No suelo encajar bien los insultos. Y ahora, amigos
míos, sigamos nuestro camino. Y tú, ternian, piérdete.

Me ardió por dentro una llama de ira repentina y sentí, aterrada, que me
estaba transformando en demonio otra vez. Era la segunda vez que Marelta
me encolerizaba lo suficiente como para desencadenar mi transformación.
Porque no dudaba de que aquel día en que había señalado mis dientes
diciendo que estaban afilados éstos lo estaban realmente. Y, aunque mi
primer instinto había sido soltar alguna otra ocurrencia o alguno de
esos maravillosos insultos que Sain me había enseñado, di media vuelta y
eché a correr hacia el río, buscando algún rincón donde esconderme y
poder cerciorarme de que no me había transformado totalmente. Empezaba a
estar harta de no poder controlar mis transformaciones, y tenía ganas ya
de aprender lo que Kwayat tenía que enseñarme, ya que anular mis
transformaciones no parecía viable, o al menos no tan evidente como
hubiera querido. Y aunque Aryes se había mostrado emocionado cuando me
había visto transformada en demonio, dudaba de que a los demás
habitantes de Ató les divirtiera mucho. Jamás había oído hablar de los
demonios en Ató, si se exceptuaban los de las historias, e ignoraba
totalmente el trato que les reservaría el Libro de Ató, pero por las
precauciones tomadas por Kwayat, la cautela no debía de estar de más.

A la mañana siguiente, volví a encontrarme con la ventana cerrada con el
sortilegio y empecé a irritarme seriamente. Si Drakvian quería hablarme,
¿por qué no entrar en mi cuarto, directamente, y dejarse de ridículos
sortilegios que sólo me hacían perder el tiempo y no me aportaban
ninguna información? Aunque estaba claro que empezaba a tener práctica
deshaciendo esos sortilegios. Drakvian siempre usaba el mismo trazado y
por tanto, al de unos cuantos intentos, no me quedaba mucho que averiguar.

\emph{«Voy a dar un paseo»},
declaró Syu, abrochándose la capa y saliendo
por la ventana con un salto elegante de gawalt.

\emph{«Buen paseo»},
le deseé, envidiándole un poco.

Cuando me hube vestido, bajé tranquilamente por las escaleras y me
encontré con Kirlens que preparaba la comida.

—¡Buenos días, dormilona! —me dijo, sonriente\mbox{—.} Ya era hora de que te
despertaras.

—¿Qué hora es? —pregunté, bostezando.

—Las once y media. Y ahora se están sirviendo los últimos desayunos. A
muchos se les va a juntar con la comida.

—¿Qué tal te fue la cena de anoche? ¿Laynen se quedó toda la noche?

Kirlens sonrió.

—Es impresionante lo trabajador que es ese joven. Ya se ve que viene
del campo. Sí, se quedó aquí hasta las doce. Luego lo eché de la
taberna, para que fuera a divertirse un poco. Después de todo, no era
justo que tuviera que perderse su primera Fiesta de Primavera en Ató.

Le devolví la sonrisa.

—Según me dijo, bailó con todas las jóvenes de Ató. Creo que hasta
bailó con Wigy —añadió.

Pensé de pronto en el vestido blanco y mi sonrisa se torció.

—¿Qué tal está Wigy? —pregunté, mientras me comía unas galletas y me
servía un vaso de leche caliente.

—Bien, está en el mostrador. Está hiperactiva —me advirtió, poniendo
los ojos en blanco\mbox{—.} En cambio a Taroshi le he echado la bronca porque
ha vuelto a las tres de la mañana en vez de a las diez, como me había
prometido, de modo que lo he castigado y lo he despertado a las seis de
la mañana para recoger la leche y alguna que otra tarea.

Me eché a reír, intentándome imaginar a un Taroshi medio dormido
fulminando a su padre y protestando cada diez segundos.

—¿Y Lénisu? —pregunté.

Kirlens, en ese momento, frunció el ceño. Todo su rostro se ensombreció.

—No te ha dicho nada —soltó, agitando la cabeza\mbox{—.} Me lo temía. Se ha
ido.

Por primera vez desde hacía varios meses, me quedé muda de estupor.

—¿Ido? —alcancé a articular a medias.

Kirlens dejó escapar un suspiro cansado.

—Sabía que no te lo había dicho. Pero cuando le pregunté si te había
avisado, me contestó que por supuesto que sí.

Parpadeé durante unos segundos y luego di un respingo, como
despertándome.

—¡Lénisu! —solté, furiosa\mbox{—.} Esto me lo va a pagar. ¿Cómo se le ocurre
irse de repente, así, y sin prevenirme?

—De todas formas, tú no puedes ir con él allá donde vaya —me replicó
Kirlens\mbox{—.} Estás estudiando en la Pagoda. Además, le prometí que cuidaría
de ti como a mi propia hija, que al fin y al cabo es lo que eres para
mí.

—Yo… esto… —repliqué, extrañamente conmovida\mbox{—.} Y yo te considero como
a un padre, Kirlens… Pero… ¿dónde ha ido Lénisu?

Kirlens me contempló unos instantes y negó con la cabeza.

—No me lo ha dicho. Pero el caso es que me he quedado sin mi mejor
cocinero —añadió, con una mueca triste.

—¿No ha dicho adónde iba? —repetí, como atontada.

El tabernero se encogió de hombros.

—Decía que tenía algunos asuntos que solucionar.

Suspiré.

—Eso no ayuda, tiene asuntos que resolver por todas partes.

—Pues entonces no le crees más problemas —me contestó Kirlens, posando
una pila de calabacines cortados en la mesa.

—Voy a alcanzarlo, tengo que hablarle —solté, dirigiéndome hacia la
puerta a todo correr.

—Shaedra —bramó Kirlens.

Me detuve, sorprendida por el tono de su voz.

—¿Qué?

—Hace más de cuatro horas que Lénisu se ha ido. No puedes alcanzarlo.

Agrandé mucho los ojos, di media vuelta y empecé a subir a toda prisa
las escaleras. Poco después abría la puerta del cuarto que Lénisu había
ocupado durante todo el invierno y me metía dentro. El interior estaba
vacío. No había ni un rastro de Lénisu. Y por supuesto, no estaba Hilo,
su espada. No había más que los muebles típicos de un cuarto desocupado
de albergue.

Que Lénisu se hubiera ido me entristeció muchísimo. Sentía la misma
impresión de vacío que cuando nos había dejado por unos días, a las
afueras de Dathrun. Sabía que Lénisu tenía realmente muchos asuntos
pendientes, aunque él no quisiera especificarme cuáles, pero, ¿eran
acaso tan urgentes? Sabía que estaba razonando fuera del tiesto y que
Lénisu no era de los que se quedaban quietos mucho tiempo… Por un
momento, pensé que había ido a visitar a Murri y Laygra y me imaginé que
les convencía para que vinieran a Ató. ¡Habríamos sido tan felices,
todos, juntos en Ató! Pero era un pensamiento egoísta. Después de todo,
yo también los había dejado para volver con mis amigos.

Sacudí la cabeza, eché una última mirada a su cuarto y volví a cerrar la
puerta. Esperaba que Lénisu estuviera bien y que no se metiera demasiado
en líos. Por una razón u otra, volví a mi cuarto. En el suelo, junto a
la puerta, encontré un trozo de papel doblado. Fruncí el ceño y lo
recogí con impaciencia. ¿Y si era de Lénisu…?

Era de Lénisu. El mensaje estaba escrito en naidrasio y decía así:
\textsl{«Vive feliz, sobrina, y cuida de mi caja. La he dejado en tu
rincón.»}

¿Caja? ¿Rincón?, me repetí. ¿Qué significaba eso? Cerré la puerta y miré
hacia los rincones de mi cuarto, esperándome ver alguna caja… ¡la caja
de tránmur!, pensé de pronto. ¿Podía ser que me la hubiese dejado?
¡Parecía un objeto tan importante para él! Siempre me había intrigado lo
que pudiera contener. Pero… ¿de qué rincón hablaba? Me hacía esa
pregunta cuando lo entendí: estaba hablando del rincón en el que solía
jugar antiguamente, de aquella terraza donde se amontonaban los barriles
viejos y la chatarra y donde estuvimos hablando Lénisu y yo el primer
día en que lo conocí.

Metí el papel en mi bolsillo con un gesto apresurado, abrí la ventana y
me deslicé afuera. Sigilosamente, llegué a la terraza pero me costó más
de diez minutos encontrar la caja de tránmur, escondida dentro de un
barril. La saqué y me la puse en el regazo, examinándola con todo
detalle. Era una simple caja sin adornos, aunque no todas las cajas eran
de tránmur. Generalmente dentro de las cajas de tránmur se metían
objetos que se querían conservar intactos. Con lo que el contenido debía
de tener cierta importancia.

El mensaje no decía nada sobre si podía abrirla o no, pensé. Y por lo
que había podido inferir del aire celoso de Lénisu cada vez que le
preguntaban por su caja, él no tenía pensado dejarme que fisgara en sus
pertenencias. ¿Pero por qué se había marchado sin decirme nada?, me
pregunté, herida. No entendía el comportamiento misterioso de Lénisu. Siempre
tenía que estar haciendo algo. La cocina no era suficiente para él…

Me levanté de un bote, recordando de pronto un detalle. ¡Lénisu me había
avisado! Bueno, me había dicho algo extraño la víspera, ¿pero qué había
dicho exactamente? Hice un esfuerzo por recordar pero tan sólo recordaba
que sus palabras me habían sonado absurdas.

Después de cerciorarme de que nadie me espiaba, volví a esconder la caja de
tránmur en el mismo sitio y eché a correr por los tejados en dirección
a la casa de Aryes. Vivía al otro lado de la colina, y tuve que bajar de
los tejados para seguir corriendo. Su casa tenía dos plantas y estaba
rodeada de un pequeño jardín con flores que empezaban a florecer. Las
macetas de los balcones eran hermosísimas: la madre de Aryes siempre se
ocupaba de ellas. En la planta baja, estaba la carpintería de su
padre, y la familia vivía en el piso de arriba. Con un impulso, subí al
cobertizo y luego, buscando el cuarto de Aryes, trepé por la pared con una
agilidad digna de un gawalt. Por una de las ventanas abiertas, vi a Aryes
sentado en su cama, leyendo tranquilamente un libro. Me agarré a la ventana y
aterricé dentro tambaleándome.

—¡Shaedra! —exclamó él, estupefacto, con los ojos abiertos como
platos.

—¡Aryes, necesito que me ayudes! ¿Qué fue exactamente lo que dijo
Lénisu ayer, cuando nos lo cruzamos? No recuerdo sus palabras y es muy
importante.

—¿Qué…? —farfulló, aturdido.

Por lo visto, Aryes aún no se había repuesto del susto. Entonces me
percaté de que mi conducta no era precisamente muy tradicional y
carraspeé.

—Siento haber… entrado tan bruscamente. Debí pasar por la puerta de
entrada…

—No, no, no pasa nada —me aseguró Aryes, cerrando el libro y
levantándose de un bote\mbox{—.} Pero lo cierto es que necesitaría un momento
de silencio para recordar las palabras de Lénisu.

Puso cara concentrada y me abstuve de hablar durante un buen rato.
Entonces, milagrosamente, Aryes repitió lentamente las palabras de
Lénisu:

—Cuídala a Shaedra tal como prometiste hace unos meses. Y tú, Shaedra,
estate tranquila, como… sueles. Creo —añadió, frunciendo el ceño.

Asentí con la cabeza, maravillada.

—¿Cómo lo haces?

Él se encogió de hombros con aire modesto.

—No lo sé.

Fruncí el ceño, pensativa.

—¿Qué significa eso de
\emph{“como prometiste”}?
—inquirí.

—No lo sé —repitió Aryes, y esta vez estuve segura de que mentía y eso
me dolió.

—¿No lo sabes? —repetí, incrédula.

Aryes resopló.

—¿A qué viene todo este interrogatorio? ¿Algo malo ha ocurrido?

Olvidándome de pronto de preguntarme qué razones tenía Aryes para
mentirme, apreté los dientes y confesé:

—Lénisu se ha marchado.

Aryes asintió con la cabeza.

—No me sorprende. Debí imaginarme que esas palabras no las había
soltado a la ligera. Pero volverá dentro de poco, puedes estar segura.

Enarqué una ceja y luego asentí, más segura de ello por lo de la caja de
tránmur que por otra razón. De pronto tuve consciencia de que estaba
invadiendo la intimidad de Aryes y carraspeé.

—Bueno, voy a volver a la taberna. Aún no puedo creerme que Lénisu se
haya ido —añadí, más para mí misma que para él.

Aryes asintió, pensativo.

—¡Buena lectura! —le solté, saliendo otra vez por la ventana.

Cuando entré en la taberna, Wigy, con las manos juntadas de la emoción,
empezó a narrarme todas las maravillas de la noche de fiesta y, por lo que me
dijo, se había pasado horas y horas bailando.  El nombre de Nakan volvía a
aparecer y me contó un incidente que hubo entre Nart y Nakan.

—Ese estúpido de Nart le hizo una zancadilla y nos tiró a los dos
—soltó, con evidente cólera\mbox{—.} A ese patán no le vuelvo a hablar en mi
vida —juró\mbox{—,} ni aunque me venga al mostrador a pedirme algo.

—Nart no es malo —le aseguré\mbox{—.} Tan sólo está… algo celoso.

—Pff, pues por mí que se muera de celos, como en los libros, y que me
deje en paz con Nakan.

No le contesté y ella siguió hablándome de la fiesta, todo emocionada,
mientras servíamos a los clientes. Mi cabeza estaba a punto de explotar
cuando de pronto me crucé con una mirada azul muy familiar y me
paralicé durante unos segundos.

Estaba sentado en una mesa pequeña, entre un grupo de viejos que
llevaban ahí ya horas jugando a las cartas y una familia campesina que
llevaban varios minutos discutiendo sobre no sé qué de los tomates. Sus
ojos eran tan azules como la víspera, y su cabello era blanco como la
lana. Kwayat se levantó cuando supo que lo había visto y se dirigió
hacia mí con una gran sonrisa teatral.

—¡Shaedra, cuánto tiempo ha pasado! —me dijo, cogiéndome amigablemente
del brazo. Un efluvio de rosas me invadió. ¿Por qué cada vez que Kwayat
estaba cerca olía a flores?

Wigy se paró en seco en medio de su interminable flujo de palabras y nos
miró alternadamente, con un plato de lentejas en las manos. Yo sonreí,
fingiendo tranquilidad.

—Ho… hola, ¿qué tal?

Kwayat puso los ojos en blanco y me arrastró hacia la salida, diciendo:

—Tengo que hablar contigo de un montón de cosas, chiquilla, ven.

Lo seguí, salimos y, tras un rato de silencio, aún no salía de mi
asombro.

—¿Por qué demonios has sido tan poco discreto? —le pregunté, mientras
caminábamos cuesta abajo.

Kwayat frunció el ceño. Había retomado su mismo aire dramático de
siempre.

—No es mi intención pasarme escondido todo el tiempo que durará tu
aprendizaje. He decidido que no hacía falta que te separase de tus
amigos. A veces lo hago, pero en este caso, al menos para las primeras
etapas de tu aprendizaje, no ganaríamos nada apartándonos de los
saijits. Además, Zaix quiere que no te imponga ir a ningún sitio, y a
mí me conviene. Por lo visto, le diviertes.

—Le… ¿divierto? —repetí, sin entenderlo.

—Sí, Zaix es un demonio que se aburre mucho. En su tiempo fue un
demonio de la mente, pero robó algo que no tenía que robar, algo que
pertenecía a Ashbinkhai, el Demonio Mayor de la mente. Los demás
demonios le tienen muy poca estima, pero en realidad no tiene mal
corazón. Por eso, cada vez que se encuentra con un demonio huérfano, lo
adopta. Como en tu caso.

Su historia me estaba enturbiando las ideas.

—¿Yo soy un demonio huérfano?

—Bueno. Ningún Demonio Mayor se ha molestado en ayudarte a formarte,
así que te adoptó él. A Zaix le encanta ocuparse de la gente, pero a
veces no se ocupa del todo bien —añadió, levantando los ojos al cielo.

—¿Y también eres tú un demonio huérfano? —pregunté, intentando
aclararme.

—Yo… soy instructor de demonios. Llegué a un acuerdo con Zaix. Pero no
le sirvo.

—Así que instruyes a los nuevos demonios de Zaix —inferí.

—No exactamente. Pero es cierto que últimamente ya nunca requieren mis
servicios los Demonios Mayores.

—¿Y por qué no?

—Los Demonios Mayores tienen sus propias comunidades y sus propios
instructores. No necesitan a instructores independientes, aunque sean
mejores —añadió, con una leve sonrisa.

Llegamos al linde del bosque y nos sentamos sobre la hierba. Los rumores
de la ciudad nos llegaban apagados, en cambio, el fragor del río se oía
claramente.

—Muy bien —dije, con las piernas cruzadas\mbox{—.} Instruyes a los demonios…
pero ¿a cambio de qué?

—Eso ya no forma parte de la instrucción —replicó tranquilamente
Kwayat\mbox{—.} A partir de ahora, tu meta consistirá en entender lo que te
enseño. Escucharás atentamente. Y harás todo lo que puedas para hacer lo
que te digo.

—Es lo que suele hacer un alumno —repliqué burlonamente.

—Y no hablarás de manera irónica —añadió Kwayat\mbox{—.} Cuando las cosas que
se enseñan son serias, el alumno debe permanecer serio.

Puse cara dubitativa pero no me quedó más remedio que asentir. Kwayat,
en vez de empezar por enseñarme cómo controlar mis transformaciones,
empezó presentándome el mundo de los demonios. Me enseñó los
nombres de los Demonios Mayores y de algún que otro demonio conocido,
me los presentó detalladamente y me explicó que la apelación de Demonio
Mayor era un título eminentemente viejo que heredaban las familias que
dirigían comunidades importantes de demonios. También me hizo un breve
resumen de Historia, con lo que entendí que algunos demonios eran
capaces de alargar la vida a costa de mucho trabajo. Lo cual, en suma,
ignoraba si merecía la pena…

—¿No has notado, al transformarte, que vibrabas de energía? —decía mi
instructor\mbox{—.} Los demonios somos las criaturas más vivas de todo Háreka.
Y algunos son capaces de utilizar su energía para regenerarse. Y esto no
tiene nada que ver con lo que hacen los nakrús y otros monstruos
—añadió, como adivinando mis pensamientos\mbox{—.} Las marcas que aparecen
cuando nos transformamos son pura vida. Las llamamos las marcas de la
Sreda.

—La Sreda —repetí, anonadada.

Él asintió.

—No me extraña que hayas oído hablar de ella, pero los saijits
utilizan esa palabra de manera completamente fuera de lugar. «Sreda»
significa «Vida». Viene del tajal. Es un idioma que ahora todo el mundo,
salvo los demonios, ha olvidado. Y aun muchos demonios apenas saben
chapurrearlo. Pero yo sé tajal, y te lo enseñaré. Es muy diferente a
todos los idiomas que conoces. No tiene verbos, sólo ideas. No hay
tiempos como el pasado, el presente o el futuro. Y es prácticamente
imposible traducirlo a un idioma saijit porque simplemente no funcionan
con los mismos conceptos.

—Espera, espera —intervine, con el ceño fruncido\mbox{—.} Lo de la Sreda…
¿quieres decir que como yo tengo la Sreda voy a vivir más tiempo?

—No. Eso depende de tu experiencia. Algunos de los demonios que
intentan alargar su vida incluso la reducen —me avisó, encogiéndose de
hombros\mbox{—.} Es un proceso muy delicado y que, en realidad, acaba siendo
poco rentable.

—Pero entonces, los demonios que no son… er… los que no saben volver a
la forma saijit… —Entorné los ojos\mbox{—.} El otro día les diste un nombre.

—Los táhmars —me ayudó él.

—Eso. Los que no son táhmars, son saijits que a veces se transforman
en demonios, ¿no? Así que también son saijits —razoné.

Kwayat negó con la cabeza.

—Cada uno tiene su raza. Pero lo que prevale es el ser demonio —me
explicó, muy solemne\mbox{—.} Cuando la Sreda está despierta, sigue fluyendo en
el cuerpo saijit. ¿Acaso no la notas ahora mismo? Se nota menos, porque
fluye regularmente, y cuando te transformas, todo se arremolina.
¿Entiendes?

—No. No noto nada —contesté.

Me pasé media hora intentando sentir la Sreda en mí, bajo los consejos
de Kwayat, pero en vano. Y cuando le dije que no sabía por qué me
transformaba, creí adivinar un brillo de exasperación en los ojos del
instructor. Al parecer, Zaix no le había informado de mi ignorancia
total sobre el tema de los demonios.

—No suele pasar que uno se transforme en demonio sin querer —suspiró
Kwayat\mbox{—.} Esto va a ser un desafío, pero lo intentaré —pronunció, como
animándose a sí mismo.

En ese momento, apareció Syu y se tiró sobre mí imitando el aullido de un
lobo.

\emph{«¿A que el aullido me ha salido mejor que a Frundis?»},
soltó,
orgulloso, mientras yo reía a carcajadas.

\emph{«¿No me digas que quieres ser cantante?»},
le repliqué.

\emph{«¿Y por qué no?»},
repuso él, con aires de aristócrata.

Así fue como empezaron mis lecciones con Kwayat. Todas las mañanas, iba
a la Pagoda Azul y, después de comer, en vez de dirigirme hacia la
biblioteca, salía de Ató y me encontraba con él. No pretendíamos
escondernos, todos sabían que Kwayat y yo hablábamos y todos suponían
que me enseñaba algo, pero nadie sabía qué, si se exceptuaba a Aryes.

Sinceramente, yo habría preferido mantener esas lecciones secretas,
porque Aleria y Akín no paraban de preguntarme quién era ese tal Kwayat
con el que pasaba tanto tiempo. Me hubiera gustado decirles todo, pero
ahora que sabía que Kwayat se enfadaría si lo delataba no podía hacer
una locura así.

La gente de los alrededores se fue otra vez a sus campos y Ató volvió a
quedarse más tranquila. Wigy no me preguntó por mi vestido y me alegré
de que no lo hiciera, aunque siempre me quedaba el temor de cómo
reaccionaría cuando se enteraría. En ocasiones me imaginaba el vestido
blanco, flotando en la Bahía Azul de Yurdas, como un fantasma hundido. Y
la cara enfurecida de Wigy. Era una imagen bastante tétrica, pero no
podía evitar evocarla a veces. En cuanto a Drakvian, no volvió a dar
señales de vida, y que hubiese cerrado mi ventana tan sólo dos veces
durante aquellos días me dejó algo perpleja y preocupada, pero Deria
aseguraba que la había visto una vez por la ventana, aunque fue apenas
durante un segundo.

\chapter{Malas noticias}
\label{s:8}

El día de mi cumpleaños hubiera pasado igual que los demás días si no
fuera por la deliciosa tarta de Wigy y el cuchillo de Kirlens. Lénisu,
en cambio, no me había dejado nada, pero no era de extrañar, Lénisu
no era muy detallista, al contrario de Wigy y Kirlens. Pasaron los días,
llegaron los exámenes de primero de snorí y sabíamos que los nuestros
no tardarían. Así que nos pusimos todos a estudiar. A Kwayat, sin
embargo, le traían sin cuidado los exámenes de los snorís y seguía,
imperturbable, enseñándome las costumbres de los demonios, el tajal, el
funcionamiento de la Sreda y de las transformaciones, y jamás se le
ocurrió detener un poco las lecciones para dejarme estudiar. De modo que
a las seis de la tarde volvía exhausta a la taberna, comía algo e iba
a la biblioteca. Jamás había pensado que me hubiera quedado un día hasta
las diez en ese lugar y que Rúnim tuviera que echarme de ahí. Parecía
estar compitiendo con Aleria.

Duré una semana con ese ritmo. Luego se me aflojó la voluntad por culpa
del sueño y el primer día en que me metí en la cama pronto fue una
maravilla: dormí como un lirón durante más de diez horas.

Llegaron los exámenes, el maestro Jarp y el maestro Áynorin nos pidieron
que no perdiéramos los estribos y, cuando nos distribuyeron las hojas,
nos pusimos a ello con máxima seriedad. Los escritos, como siempre, los
hice más o menos bien, salvo el de endarsía y el de historia, como de
costumbre. Los exámenes prácticos, en cambio, me parecieron bastante
difíciles, pero no los hice tan mal como otros y me lucí particularmente
en el examen armónico y el examen brúlico. Todos, incluida yo, nos
quedamos a cuadros cuando conseguí hacer una invocación bastante buena,
aunque no correspondiera con lo que había que hacer: en vez de invocar
agua, invoqué un líquido pegajoso, parecido al caramelo fundido, que
cayó entre mi examinador y yo, salpicándonos a ambos. Desde luego no iba
para celmista tipo primaverista para ayudar a los agricultores, les
habría arruinado toda la cosecha.

Teníamos que esperar una semana para conocer los resultados y, mientras
tanto, aprovechamos nuestro tiempo libre. Todas las mañanas, cuando me
levantaba, cogía a Syu y a Frundis y me iba a los bosques que había al
norte de Ató. Ahí, generalmente, me esperaban ya Akín, Salkysso y
Kajert. Aryes, Ávend y Suminaria llegaban poco después. Y Aleria solía
ser la última en llegar y cada vez que mostraba una cara malhumorada
significaba que había discutido con Stalius para que la dejase salir
sola: Stalius se estaba volviendo cada vez más pesado, según ella.

El sexto día, llegó echando humos.

—¡No lo aguanto más! —exclamó ante todos\mbox{—.} Cada vez que salgo de casa
sola, Stalius cree que me voy a morir. ¡Está zumbado!

—No te preocupes —la reconfortó Suminaria con un suspiro\mbox{—.} Sé lo que
es vivir vigilada. Por suerte ahora me dejan un poco más de libertad.
Aunque no creo que Nandros esté muy lejos. Estará espiándonos en este
mismo momento.

—Es una extraña sensación —comentó Salkysso, mirando a su alrededor
con unos ojos desafiantes.

—Pero al menos, cada vez que sales, no te mira como si te culpase de
todo. A mí, si me pasa algo de veras, ya puedo dar por cierto que
Stalius ya no me dejará dar un solo paso sin antes permitírmelo.

Obviamente, exageraba, pero su estado de ánimo desesperado era
contagioso y compartimos su sentimiento de injusticia y la apoyamos
incondicionalmente. Por mi parte, sabía que uno de los factores
principales del estado de ánimo de Aleria era el de la desaparición de
su madre, y por supuesto, el estrés acumulado de los exámenes, aunque
Stalius, sin duda, debía de aumentar su ansiedad, pero no podía ser para
tanto, razoné.

Solíamos ir a jugar al bosque, Akín, Deria y yo, con Salkysso y Kajert
y retomamos nuestros juegos de antes, renovándolos para seguir
divirtiéndonos. Sorpresivamente, durante toda la semana, mi amiga no
llevó ni un solo libro para leer. Eso, más que sus miradas asesinas, era
lo que más nos preocupaba.

—¿Ya no vas a volver a abrir un libro en tu vida, verdad? —le
pregunté, impresionada, fingiendo seriedad.

Aleria me fulminó con la mirada.

—Los libros no te dicen todas las verdades —replicó.

Seguramente estaría pensando en los guaratos y su tradición oral, me
dije. Asentí con la cabeza, pensativa.

—Eso es cierto —aprobó Kajert, parándose cuando estaba en plena
carrera con Salkysso, Akín y Aryes porque de todas formas estaba muy
lejos ya de ellos\mbox{—.} ¿De qué serviría un libro de botánica si luego no
puedes oler el aroma de la planta que estás estudiando?

Ganó Salkysso la carrera, aunque Akín lo seguía de cerca. Aryes hacía la
carrera levitando y al parecer había tenido problemas de concentración
porque se había caído varias veces al suelo. Syu y yo habíamos decidido
que habíamos hecho suficientes carreras ese día, y en ninguna de ellas
nos habían ganado los demás.

\emph{«Podemos estar orgullosos»},
dijo Syu, sentado sobre mi hombro y
trenzándome el pelo con aire medio dormido.

\emph{«Siempre estás orgulloso, Syu»},
comenté, sonriendo.

Poco después, Suminaria tuvo que volver a casa de su tío Garvel.
Aryes, Salkysso y Kajert se fueron a casa, a comer, y nos quedamos Akín,
Aleria y yo, sentados en la hierba bajo el sol primaveral. Me alegraba
de que esos últimos días no hubiese llovido casi nada y me quedé
contemplando el cielo azul durante un largo rato. Se oían los pájaros
cantar y el susurro de la brisa entre los árboles. Era un día precioso.

—Me encantan estos días —comentó Akín, tumbado en la hierba\mbox{—.} Parece
como si estuvieras más vivo. Y cuando te pones a pensar en la vida de
los saijits, te ríes de ella. ¡Qué bien podríamos vivir sin reglas ni
obligaciones!

Sonreí. Estaba de acuerdo con él: la vida en realidad era mucho más
sencilla de lo que solíamos pensar.

—Las únicas obligaciones que deberían existir son las del amor y la
dignidad —intervine, después de meditar un rato\mbox{—.} Si mañana las leyes
escritas se pudriesen, el mundo iría mucho mejor, puedo asegurároslo
—suspiré.

—Nos encanta arreglar el mundo —sonrió Akín\mbox{—.} ¿Por qué no nos dejan
cambiar la Tierra Baya? ¡Haríamos maravillas!

—Ya la estamos cambiando —dije, risueña. Cogí una hierba y se
la enseñé a Akín y a Aleria\mbox{—.} Si no hubiese estado yo, esta hierba
habría seguido creciendo durante un poco más de tiempo. No sé cómo me
perdonaré este crimen —añadí, sonriéndoles ampliamente.

Aleria sacudió la cabeza. Parecía preocupada.

—Cambiar las cosas no siempre es tan fácil como arrancar una hierba
—dijo.

—Algo ha pasado —adivinó Akín\mbox{—,} lo supe en cuanto te vi aparecer esta
mañana. ¿Has… encontrado algo sobre la… la Sreda?

Aleria negó con la cabeza y confesó:

—Ayer fui a casa de Dol.

Agrandé los ojos y la miré fijamente.

—Le pregunté si sabía algo más sobre mi padre. Y me dijo que mi padre
era un hombre deshonesto. Apenas unos meses después de haberse casado con mi
madre, desapareció, sin dejar rastro. Por eso Daian nunca me hablaba de él.
Porque le destrozó el corazón.

Tenía lágrimas en los ojos y yo le cogí la mano para consolarla.

—Pero… Aleria —dije entonces, frunciendo el ceño\mbox{—,} Eskaïr era también
alquimista. Era un Monje de la Luz. Hay cosas que no concuerdan.

Akín asintió con la cabeza, apoyándome.

—Es verdad, Aleria. Tu padre era un monje de la luz. Según el lema de
esa cofradía, tienen que actuar siempre para mejorar su entorno. No
podía abandonar a Daian.

—Los lemas de las cofradías no siempre concuerdan con el corazón de un
hombre —replicó Aleria, con los ojos llenos de lágrimas\mbox{—.} Dolgy Vranc
conocía a mamá. Solía hablar con ella cuando yo era muy pequeña. No
recuerdo bien aquella época, pero sé que se llevaban bien. Mi madre tuvo
que contarle cosas.

—¿Y por qué Dol no habló de ello antes? —pregunté\mbox{—,} ¿cuando sabía que
estábamos buscando a Daian?

—Porque estaba seguro de que Eskaïr no tenía nada que ver con su
desaparición —contestó ella\mbox{—.} Me lo ha repetido varias veces. También
dice que cuando Eskaïr la abandonó, Daian vino a su casa a pedirle un
préstamo. Ya eran buenos amigos, porque solían compartir ingredientes y
libros. Dol le ofreció un préstamo sin interés. En aquella época, según
dijo, no sólo fabricaba juguetes, también hacía contrabando de mágaras.
Tenía dinero de sobra. Pero al parecer nunca aceptó dar préstamos. Menos
a mi madre. Y mi madre le devolvió hasta el último kétalo, ya sabéis
cómo es ella.

Akín y yo asentimos al mismo tiempo. Ambos pensábamos lo mismo: Daian
siempre había acatado las reglas casi fanáticamente. Salvo si se trataba
de agenciarse ciertos ingredientes ilegales, como había sido el caso un
año atrás. Ese tráfico ilegal ya le había costado la vida a Sain.

—El pasado es el pasado —dije de pronto\mbox{—.} Probablemente no vuelvas a
ver a Eskaïr, así que mejor no pensar en él. ¿No decíamos precisamente
que el mundo saijit está lleno de absurdos? Mira, yo no me preocupo por
todas las cosas que me podrían pasar. Los Hullinrots y esas cosas.
Me abstuve cautelosamente de añadir a los demonios y a los yedrays\mbox{—.}
No hay que pensar en lo que podría ocurrir, sino en lo que está
ocurriendo. Y tratar de mejorar lo que se puede mejorar.

Aleria me miró fijamente, sacudió la cabeza y se levantó.

—No lo entiendes, Shaedra. Todo eso me está pasando a mí. He perdido a
mi única familia. Y ni siquiera he hecho un verdadero esfuerzo por
volver a encontrarla. Soy una cobarde. Somos
\emph{todos}
unos cobardes
—dijo con amargura.

Dio media vuelta y se marchó corriendo. Me quedé boquiabierta y cuando
me giré hacia Akín, vi que este me fulminaba con la mirada.

—Deberías avergonzarte.

Se levantó y corrió para alcanzar a Aleria, seguramente para
reconfortarla. Ambos desaparecieron entre los árboles y me dejaron sola
y confundida. Todo había pasado muy de repente. Yo, que había tratado de
ser filosófica, había herido los sentimientos de Aleria. ¿Qué demonios
le ocurría a Aleria? Podía entender que estuviese estresada, porque
cada vez que pasaba algo anormal se estresaba, pero no podía entender
que la tomara conmigo. Yo sólo había querido levantarle la moral.
Decirle que no se ensimismara y que hiciera algo. ¡Y me llamaba cobarde!
Y se llamaba cobarde a ella misma. Sinceramente, Aleria empezaba a
perder los estribos.

\emph{«Quizá necesite un plátano»},
sugirió Syu.
\emph{«Los plátanos agudizan
la mente.»}

Sonreí, divertida.

\emph{«¿De dónde sacas que los plátanos agudicen la mente?»},
repliqué.
\emph{«Seguro que lo ha dicho algún mono gawalt al que se le ha caído un
manojo de plátanos en la cabeza.»}

\emph{«O un comerciante de plátanos»},
intervino Frundis.

Syu puso los ojos en blanco.

\emph{«Qué va. Lo digo yo porque como plátanos.»}

\emph{«Vaya, a ver si el plátano va a ser la solución mundial para resolver
todos los problemas»},
comenté, con un tono falsamente reflexivo.
\emph{«¡Sabía que lo conseguirías, Syu!»},
le solté, socarrona,
acariciándole la barbilla.

Entonces Frundis reclamó su derecho a recibir el mismo tratamiento y,
con un suspiro divertido, le rasqué debajo de los pétalos azul y rojo.
Nos quedamos largo rato tumbados en la hierba, estudiando las nubes y
adivinando formas.

\emph{«¡Y ése es un dragón!»},
dije, señalando una nube.

Syu negó con la cabeza.

\emph{«Un plátano semi pelado»},
me corrigió.

\emph{«A menos que sea una guitarra»},
dijo Frundis.
\emph{«Ahora se parece más a una flauta.»}

Seguimos así un rato, riéndonos de nuestras ideas estrambóticas. En un
momento, me di cuenta de que me estaba quedando dormida y me levanté de
un bote ágil.

—Arriba, todos —dije, cogiendo al bastón\mbox{—.} Nos espera una larga tarde
y tengo hambre.

Aquella tarde, cuando salí de la taberna, me encontré con Nart que iba
subiendo el Corredor. Me saludó juntando las manos.

—Hola, Shaedra. Hola, Syu —dijo, mirando al mono con aire prudente. La
gente aún no se había habituado a ver a un ternian y a un mono gawalt
juntos.

Sonreí.

—Hola, Nart.

Nart se mordió un poco el labio y se acercó.

—¿Puedo hablar contigo un momento?

Su tono bajo me intrigó. ¿Qué tenía que decirme?

—Claro. Ahora mismo iba hacia las afueras de la ciudad. Si quieres,
podemos hacer el camino juntos.

—Bien —asintió Nart.

Empezamos a andar. De camino, saludé con un gesto de mano a Lisdren que
subía la calle cargando con dos grandes cubos de agua. Caminamos un rato
en silencio y al cabo le eché una mirada interrogante.

—¿Qué querías decirme?

Nart levantó la cabeza, como despertando de un sueño, se fijó en que ya
salíamos de la ciudad y carraspeó.

—No es fácil explicártelo. Se trata de tu tío.

Un súbito miedo me invadió y me detuve en seco.

—¿Lénisu? —repetí\mbox{—.} ¿Le ha pasado algo? ¿Sabes… sabes dónde está?

—No. No sé dónde está. Lo cierto es que es mejor así.

Fruncí el ceño y Nart se giró hacia mí, mirándome a los ojos con aire
sincero.

—Lo andan buscando. Dan tres mil kétalos por su cabeza a quien lo
encuentre. Dicen que es un peligroso delincuente. Un espía y un
contrabandista. Lo van a anunciar mañana, en la Neria. He venido a
avisarte por si no lo sabías ya.

Lo miré fijamente. Lénisu, un peligroso delincuente… un espía y un
contrabandista… Parpadeé, abrí la boca y me sentí desfallecer. Nart me
cogió de un brazo para impedir que me cayera.

—Lénisu… —murmuré, con los ojos agrandados\mbox{—.} No puede ser.

Nart me miró con sincero dolor.

—Lo sé. Así no lo parecía. Pero tres personas lo reconocieron. Y
cuando se investigó, resultó que era él. Tu tío. Es… increíble. Pero…
¿de veras no sabías nada?

Negué lentamente con la cabeza. No era un buen momento para las
sinceridades: no iba a decirle que Lénisu incluso se enorgullecía de
las aventuras que había tenido como contrabandista.

—Pobrecita —soltó Nart\mbox{—.} No te preocupes. Por el momento no lo han
atrapado. Aunque… si realmente es un criminal… quizá sea mejor que lo
atrapen cuanto antes…

Me aparté de él, intentando ocultar la repulsión que sentía de pronto
por sus palabras.

—Lénisu nunca ha hecho nada malo —dije, inspirando hondo\mbox{—.} Todas esas
acusaciones son mentiras. No pueden acusarlo de nada.

—Pues lo acusan de cosas muy graves. Según me ha contado mi padre, él
fue el jefe de los Gatos Negros. Robó inmensas cantidades de dinero bajo
forma de joyas sobre todo. Y hace contrabando de mágaras. Incluso dicen
que robó una reliquia: la espada de Álingar.

Se refería a Hilo, entendí. ¿Cómo podían saber tanto sobre Lénisu? ¿Y
qué eran los Gatos Negros? Nart debió de verme muy abrumada por los
acontecimientos porque me dio un golpecito reconfortante en el hombro.

—Por lo que veo, apenas conoces a tu tío. Me alegra saber que tú al
menos no estabas al corriente de sus crímenes. Pero, ya sabes, la gente
saca conclusiones muy rápido y tu reputación…

—Mi reputación me trae sin cuidado —repliqué con firmeza, recobrando
mi entereza\mbox{—.} Gracias por avisarme de esto, Nart, pero, como has dicho
tú mismo, la gente saca conclusiones demasiado aprisa y sueltan
calumnias sobre cualquier persona. No tienen derecho a hablar así de
Lénisu y si alguien suelta un solo insulto contra él te juro que se
arrepentirá.

Callé, temblando de pies a cabeza, y observé que Nart me contemplaba con
cierto respeto y admiración. Pero sacudió la cabeza cuando hube
terminado.

—No puedes hacer nada contra la Ley. Si alguien ha cometido crímenes,
no se puede hacer nada. No puedes proteger a Lénisu de sus propios
actos.

—La Ley no siempre dice la verdad —repliqué.

Nart hizo una mueca incrédula.

—Shaedra, piensa un poco, el contrabando no es ilegal por nada. Y el
robo tampoco. El Mahir no hace excepciones. Así que si realmente tu tío
es culpable de lo que le acusan, no podrás hacer nada. Ahora, espero que
sea inocente, por supuesto. —Sacudió la cabeza suspirando\mbox{—.} Siento haber
sido yo el que te haya avisado. Ya sabes que no me gusta dar malas
noticias. Pero tú no hagas nada insensato, ¿está bien? Te conozco, y sé
que podrías cometer locuras.

—¿Cómo cuáles, por ejemplo?

—Como marcharte de la noche a la mañana en busca de Lénisu, por
ejemplo —me contestó él\mbox{—.} Si de verdad quieres que no le pillen, sería
un error. Les conducirías a él.

—¿A quiénes? —pregunté\mbox{—.} ¿A los guardias?

Nart hizo una mueca.

—Según mi padre, no se mandan a los guardias de Ató, para esas
correrías. Los mercenarios que quieran esos tres mil kétalos harán todo
lo posible para encontrarlo.

Solté un resoplido. No sabía qué era mejor, ser perseguido por unos
hombres rectos y perfectamente entrenados o por unos mercenarios brutos,
avaros y sanguinarios.

—Tres mil kétalos son muchos kétalos —observé, tratando de pensar con
claridad. Sólo en aquel momento me fijé en que Syu ya no estaba conmigo
sino que se había marchado, seguramente hacia el bosque.

Nart asintió.

—La banda de los Gatos Negros ha hecho estragos terribles estos
últimos años. Sobre todo en los caminos entre las Comunidades y
Ajensoldra. El jefe de esa banda tiene fama de sanguinario. Por algo lo
llaman Sangre Negra. Hace apenas dos años mató a unos aventureros, en las
Hordas. Eran aventureros guerreros y entre ellos había dos celmistas.
El Sangre Negra los mató a todos y les robó sus mágaras y su dinero y
luego colgó sus cadáveres en el paso de Marp. Apenas se oyó hablar de la
historia, pero mi padre me la contó ayer y hasta he tenido pesadillas
con eso.

—Mi tío no puede ser el jefe de esa banda, Nart —le expliqué con toda
tranquilidad\mbox{—.} Lénisu no estaba en la Superficie hasta hace un año y
poco. El Sangre Negra debe de ser otra persona. Y en cuanto a los Gatos
Negros, yo nunca había oído hablar de ellos, pero si realmente existen,
entonces Lénisu no tiene nada que ver con ellos. Lo conoces. Incluso has
hablado con él, algunas veces. Le gusta darse aires de misterioso y es
un muy buen cocinero, pero no es nada de lo que tú dices.

—Yo no digo nada —replicó Nart, conciliable\mbox{—.} Sólo imagino lo que la
gente va a pensar. Y lo que mi padre cree. Mi padre es orilh. Y los
demás orilhs van a pensar igual que él. Si lo llegan a pillar, el juicio
va a ser muy sumario. Así que, si tienes alguna idea de dónde está…

—No la tengo, y si la tuviera, no te la diría —siseé, ofuscada.

—Si tienes alguna idea de dónde está —retomó Nart, pacientemente\mbox{—,} no
se lo digas a nadie, ni siquiera a mí, porque lo estarías condenando a
muerte.

Lo contemplé, sorprendida, y asentí, conmovida.

—Entiendo. Gracias, Nart.

Me sonrió y me saludó otra vez juntando las manos.

—Te deseo toda la suerte del mundo, Shaedra.

Respondí a su saludo y se me subieron las lágrimas a los ojos mientras
lo contemplaba alejarse. En un momento, se volvió y me preguntó,
casi gritando, por la distancia:

—¿De qué habláis, ahí, en la colina?

Se refería a las entrevistas cotidianas entre Kwayat y yo. Sonreí.

—¡Yo también tengo mis secretos, Nart! —le solté.

Nart meneó la cabeza pero no insistió y se alejó rápidamente hacia
Ató. Por mi parte, me puse a subir la pequeña colina junto al bosque.
¿En qué lío se había metido otra vez Lénisu?, me pregunté. Intenté
sentirme enfadada para no dejar que me invadiese la inquietud, pero
fracasé estrepitosamente. Me imaginé a Lénisu, cercado de mercenarios
feos y sanguinarios, sonriéndole con sus dientes de oro y sus ojos
asesinos.

—¡Entrégate! —le gritaban.

—Te mataremos, perro sarnoso —decía otro.

—Aunque seas inocente, vas a ver cómo derramaremos tu sangre, a
borbotones, y luego gota a gota, para que sufras más —vociferaba un
hombre con la boca torcida en un rictus malévolo…

—Parece que algo te perturba —dijo de pronto una voz serena.

Sacudí la cabeza y volví al mundo real. Kwayat, sentado con las piernas
cruzadas en la hierba, me estaba observando con su habitual serenidad.
Tragué saliva y traté de practicar algún ejercicio mental de los que me
había enseñado. Me centré en mí misma y me abstraje de todo. Sentí el
jaipú fluir por todo mi cuerpo. Poco a poco sentí cada flujo de jaipú y
cada vibración. Al de unos minutos, estaba respirando normalmente y
tenía la impresión de que nada en el mundo era urgente.

Levanté la cabeza y vi que Kwayat contemplaba el río, abajo, correr
rápidamente en su lecho.

—Ese río que ves, ¿acaso alguna vez has visto esas aguas?  —preguntó.

Miré hacia el río. Las aguas centelleaban bajo el sol del día. Asentí.

—Muchas veces —contesté.

—No. Esas aguas —continuó Kwayat— se van irremediablemente hasta el
mar. Y no las vuelves a ver nunca más. El río se renueva. Si coges entre
tus manos un poco del agua de un río y lo vuelves a tirar en él, verás
lo que tenías entre las manos durante unos segundos y luego desaparecerá
y la corriente se lo llevará al mar. Siempre al mar. —Se giró hacia mí\mbox{—.}
El jaipú se comporta como un río. Y la Sreda es el mar. ¿Entiendes?

Kwayat intentaba desde el principio hacerme entender qué era la Sreda y
yo nunca lo conseguía completamente. Intuí que esa nueva metáfora
pretendía ayudarme y me esforcé por comprenderla.

—El jaipú es un flujo con agujeros —dije\mbox{—,} y la Sreda está rellena,
¿eso es lo que tengo que entender?

Kwayat hizo un movimiento de cabeza, pensativo y luego dijo:

—No. No es exactamente eso. La Sreda también tiene flujos. Es
muchísimo más complicada que el jaipú.

—Lo cual me deja pocas esperanzas para entenderla porque apenas
conozco el jaipú —solté con un suspiro.

Kwayat hizo una sonrisa irónica.

—Es muestra de sabiduría aceptar que las cosas no pueden ser
asimiladas del todo. Pero te recuerdo que el tiempo no resuelve nada: si
no haces esfuerzos para aprender, no aprenderás. Ya puedes vivir
doscientos años que, si no pones buena voluntad, tu educación será un
fracaso.

Me sonrojé.

—Ya, lo sé. Hago todo lo que puedo. Pero ahora por lo menos sé
controlar mejor mis transformaciones. Y me acuerdo de todo lo que me has
dicho sobre los demonios. Tengo buena memoria —añadí, con una sonrisa
angelical.

Kwayat asintió.

—Pues me alegro porque tienes que meterte algo muy importante en la
memoria, desde hoy. Pensé que era mejor esperar antes de decírtelo, pero
al parecer hoy ya has recibido una mala noticia, así que es un buen
momento para darte… otra mala noticia.

Agrandé los ojos, alarmada.

—¿Una mala noticia? —repetí\mbox{—.} ¿Tiene algo que ver con el fin del mundo
y con que vamos a morir todos, verdad? —solté, con amargura.

—No se trata de eso. El fin del mundo ya lo decidirá la Sreda. Pero
aquí no se trata de la vida de todos sino de la vida de una persona en
particular.

—Adelante, no te cortes, ¿quién va a morir ahora? —repliqué con
naturalidad.

Hubo un silencio en el que Kwayat se dedicó a admirar el río y las
Hordas, a lo lejos, mientras yo empezaba a rebullirme.

—Se trata de una antigua tradición —dijo al fin\mbox{—.} Los Demonios Mayores
tienen cada uno una congregación leal, como ya sabes. En cada congregación,
hay reglas. Y reglas también entre cada una. La tradición quiere que
todos los demonios huérfanos sean acogidos por una comunidad de
demonios. Y cada vez que los Demonios Mayores se enteran de que hay un
nuevo demonio en el mundo, uno de ellos se queda con él. Aceptar a un
demonio en su comunidad significa protegerlo, ocuparse de su educación,
en definitiva, convertirlo en un buen ciudadano y en un buen hijo.
Consideran necesario tener una buena organización porque, normalmente, hay que
encargarse de criar a niños muy pequeños. De hecho, hay saijits que nacen con
la Sreda despierta, y cuando los padres no tienen ni idea de todo el asunto y
ven a un hijo deforme con marcas extrañas, lo abandonan de manera que no
vuelva jamás.

—¡Eso es terrible! —exclamé, horrorizada.

—Terrible… sí. Pero si un recién nacido demonio viniese a caer en
manos de algunos saijits prevenidos, volvería a surgir el sentimiento de
que los demonios no están tan extinguidos como parece y eso no es lo que
quieren los demonios. —Hizo una pausa y frunció el ceño\mbox{—.} Tu caso, sin
embargo, es diferente. Te convertiste en demonio cuando ya habías vivido
trece años de tu existencia. Como ya te he dicho, no suele pasar.
Luego, cuando se supo que era la culpa de un tal Seyrum que te había dejado
beber una poción que reservaba para el hijo de Ashbinkhai…

—¿Qué? —exclamé, aterrada.

—Sí, Seyrum es un buen alquimista, y se suponía que aquella dichosa
poción tenía que devolver la estabilidad a la Sreda de ese muchacho
torpe para que no le ocurriera ninguna catástrofe.

—¿Crees que le ha ocurrido una catástrofe por no beber la poción?
—resoplé, preocupada.

—No te preocupes por él. Seyrum le habrá dado otra poción. En todo caso,
resultó que Zaix, entretanto, te había encontrado. Y dijo que se
ocuparía de ti. A Ashbinkhai le ha sentado mal su decisión, según he
oído decir. Le tiene mucha inquina a Zaix por lo que le robó.

—¿Qué le robó exactamente? —pregunté, curiosa.

—Las cadenas de Azbhel —contestó Kwayat tras un silencio\mbox{—.} Las mismas
cadenas que ahora lleva puestas y que le impiden ser del todo libre.

—Las cadenas de Azbhel… Nunca he oído hablar de ellas.

—Forman parte de esas mágaras que algunos llaman reliquias. Las
cadenas de Azbhel son mágaras bréjicas. Encarcelan la mente y,
teóricamente, quien esté bajo su dominio no puede utilizar ningún
sortilegio de la mente. Ashbinkhai nunca entendió cómo Zaix consigue
pasar a través de la maldición de esa reliquia. Parece incluso que le
ayuda a realizar sortilegios bréjicos.

—Es verdad —medité\mbox{—.} Zaix me ha hablado por vía mental. Eso significa
que la cadena no le afecta.

—Le afecta —repuso Kwayat, clavando sus ojos azules en los míos\mbox{—.} Pero
en sentido contrario a lo que se supone que debería ser. De todas
formas, las leyendas de las reliquias son siempre muy poco explícitas.
Lo que está claro es que Zaix no consiguió emplear las cadenas de Azbhel
realmente como él deseaba, ya que ahora no sabe quitárselas. Su final
es algo irónico —añadió, sonriendo.

Fruncí el ceño.

—¿Tú crees que podría estar escuchándonos ahora mismo? —pregunté.

Kwayat negó con la cabeza.

—Lo notaría. Y además, le pedí que no se inmiscuyera en mis lecciones.
Zaix, al menos en eso, sabe cumplir con su palabra.

—Mm… —dije\mbox{—,} aún no me has anunciado la mala noticia.

Kwayat asintió con la cabeza.

—La mala noticia… sí. Todo tiene que ver con tu instrucción. Todos los
demonios nuevos deben aprender a controlar la Sreda. Ningún
demonio sería capaz de aprender por sí mismo algo así. Lo que hay que
evitar a toda costa es que desestabilices tu Sreda de tal forma que
puedas perder tu conciencia y convertirte en un
\emph{kandak},
y
desgraciadamente esas cosas pasan.

—¿Un kandak? —repetí, entornando los ojos.

—Los kandaks son abominaciones. También los llaman los sanvildars.
Cuando la Sreda se activa y te conviertes en un demonio, tienes que
tener claras algunas bases para evitar perder tontamente el control de
la Sreda y disgregar tus energías. Debes concentrarte y aprender lo que
te enseño, porque si llegas a convertirte en un kandak, te exiliarán.

Traté de asimilarlo todo con filosofía y asentí.

—Me exiliarán… ¿adónde?

—Bueno, en lugares muy apartados, donde nadie pueda verte. Los llaman
pozos. Normalmente, están en los Subterráneos. Todos los kandaks acaban ahí,
para no perturbar la paz.

—¿Son tan monstruosos? —dije con una mueca de pavor.

—Han perdido toda consciencia, o casi. Pero rebosan de vida. Son…
monstruos en toda regla. Prefiero los esqueletos a esos engendros. Al
menos los esqueletos están muertos.

—¿Y por qué los exilian? ¿Por qué no los…?

—¿Matan? —acabó Kwayat\mbox{—.} Porque sería un crimen horrible. No todos son
demonios que no supieron entender la Sreda. Algunos llevan muchos años
conviviendo con otros demonios. Y, de pronto, pierden algo, se olvidan
de algo, y empiezan a convertirse y a olvidarse de quiénes son. Conocen
a gente, tienen amigos… ¿Matarías tú a un amigo aunque se convirtiera en
un monstruo vacío?

Me invadió el horror y negué con la cabeza.

—Entonces… ¿quieres decir que si no hubieses estado aquí… me habría
convertido en un monstruo?

Kwayat me sonrió.

—Aún tienes posibilidades de convertirte en un kandak si no te das
prisas en aprender. Tu transformación es poco común. —Hubo una corta
pausa\mbox{—.} Esa era la mala noticia —declaró.

Me quedé boquiabierta. ¿Es que aquel día de desastres no iba a acabar
nunca?, me pregunté, desesperada.

—Trabajaré duro —aseguré, juntando las manos con fervor\mbox{—.} Y aprenderé
como jamás ha aprendido un alumno tuyo.

Kwayat acogió mis palabras con un gesto de la cabeza.

—Eso era lo que quería oír. Mantén la mente serena. Y ahora, no
perdamos más tiempo.

\chapter{El discurso}
\label{s:9}

Estaba soñando con una enorme cascada. Yo estaba arriba y me tiraba y
caía y caía eternamente hasta que de pronto me salían alas y echaba a
volar sobre los bosques y los montes. Y una voz no paraba de
repetirme: «voy a comprar trucha y ahora vuelvo». Pero esa voz no
parecía que se iba a comprar truchas porque siempre estaba ahí,
hablando. Sólo cuando me desperté dejé de escucharla y pensé, medio
dormida, que debía de haberse marchado ya al mercado.

Abrí los ojos, vi la luz del día, bostecé y me quedé en medio del
bostezo. ¡Hoy era el día de los resultados de los exámenes! Me levanté
de un bote, me puse la túnica y el pantalón y sin quererlo le desperté a
Syu.

\emph{«¿Adónde vas?»},
me preguntó.

Su voz sonaba patosa y sospeché que se había quedado toda la noche
correteando por ahí.

\emph{«A ver mis notas»},
contesté.
\emph{«Y a oír lo que dicen en la Neria»},
añadí, pensando de pronto que el Dáilerrin iba a declarar como indeseado
a Lénisu.

La víspera, Syu se había escabullido antes de la conversación con Nart y
le había tenido que explicar todo lo que había pasado unas cuantas horas
después, cuando había vuelto de sus exploraciones. Sabía que evitaba las
lecciones de Kwayat. Contrariamente a las de Daelgar, las de Kwayat lo
aburrían porque él no tenía la Sreda ni nada de eso. Y de paso le
expliqué el caso de los demonios kandaks, aunque Syu tan sólo se
encogió de hombros diciendo que me estaba preocupando cuando no debía.
Aun así, la revelación de Kwayat había empezado a inquietarme seriamente
y había puesto toda mi voluntad en comprender sus explicaciones, aunque
todavía no acababa de representarme bien el complicado tejido de la
Sreda. Se suponía que la Sreda era algo que se parecía a una energía,
según había podido inferir, aunque Kwayat se negaba a llamarla así,
diciendo que la energía de los demonios se llamaba el sryho y que la
Sreda contenía ese sryho. A saber lo que realmente era la Sreda,
suspiré.

Salí de la taberna volando, con un bollo en una mano y poniéndome la
capa con la otra. Estaba lloviendo a cántaros pero no ralenticé por
ello. Corrí cuesta arriba y llegué a la Pagoda Azul al mismo tiempo que
Aryes.

—¡Hola, Aryes!

—Hola, corramos para adentro —me dijo.

Nos refugiamos en el interior y nos encontramos con que ya estaban
dentro Ozwil, Salkysso, Laya y Marelta.

—Hola a todos —dijimos.

Marelta me echó una mirada sarcástica y desdeñosa.

—¿Aún sigues viva? Creía que te habrías muerto de vergüenza. Ya veo
que no conservas ni una pizca de eso que llaman honor. Qué asco.

Laya y Ozwil me miraban con cara fruncida y Salkysso tenía los ojos muy
agrandados.

—¿Es verdad lo que dicen por ahí? —preguntó Salkysso\mbox{—.} ¿Que tu tío es
el Sangre Negra?

Abrí la boca pero Marelta habló antes, soltando una risita maligna.

—Por supuesto que es verdad. Ya os lo dije, pero no quisisteis
escucharme. Esa familia ternian apesta. Y ella puede llegar a ser tan
peligrosa como su tío. Ya visteis lo que le hizo a Suminaria Ashar. Una
familia tan respetable atacada por una ternian salvaje y forastera, es
ultrajante.

Mi ira estaba hirviendo por dentro.

—No sé qué tienes contra mí desde que me viste, Marelta —siseé\mbox{—,} pero
desde luego eres un veneno para la bondad en este mundo.

—¿En serio? ¿No me digas? —replicó Marelta con un desenfado odioso\mbox{—.}
No sabes más que soltar insultos, eres una serpiente. No tienes idea de
lo que es la bondad. Llevas el crimen en la sangre. Tu tío corta las
cabezas de los viajeros. Todos estos años, fue él el único culpable de
todas esas muertes en las Hordas. Y esos hermanos que dices que tienes
son sus cómplices, y tú también. No podías ignorar lo que hacía tu tío.
Es odioso, miserable, apestoso, execrable.

Enarqué una ceja.

—¿Infame, innoble, asqueroso? —sugerí, sarcásticamente\mbox{—.} Mira,
Marelta. Si realmente te crees lo que dice la gente, me da lástima tu
espíritu crítico. Ahora bien, si dices todo esto sólo para herirme, no
lo conseguirás. Tus palabras están lejos de llegarme al corazón.

—¡Ah! —saltó Marelta, mirando a los demás\mbox{—.} ¡Porque no tiene corazón!
Está clarísimo, Shaedra, no trates de engañarnos. El Dáilerrin lo va a
publicar a media mañana. Ahí obtendremos todos los detalles y luego me
cuentas tus mentiras. Mentir no te conviene —añadió, con aire triunfal.

Yo, de pie, delante de ella, empezaba a ponerme nerviosa. Por un momento,
sentí la Sreda agitarse en mi interior y sentí una mezcla de
satisfacción y miedo: satisfacción al notar la Sreda por primera vez y
miedo por estar a punto de transformarme. Vi los ojos de Marelta
agrandarse, cerré los ojos y me concentré para serenarme, como me había
enseñado Kwayat. No debía perder el control. Debía mantener el
equilibrio. La Sreda debía volver a tranquilizarse. Cuando volví a abrir
los ojos, realicé un saludo rígido hacia Marelta juntando las manos.

—La verdad acabará por hacerte tragar esas palabras envenenadas
—pronuncié.

Le di la espalda y me acerqué a la puerta abierta de par en par,
contemplando la lluvia. Era difícil mantenerse sereno, me di
cuenta, pero era posible. E imponía mucho más respeto a los
espectadores, pensé divertida. Tendría que practicar un poco más e
imitar a Kwayat cuando fuera necesario, decidí. Y algo me decía que
Marelta me iba a dar cantidad de oportunidades para ensayar las nuevas
técnicas que me enseñaba Kwayat.

Sentí que Aryes estaba a mi lado pero permanecí callada.

—¿Qué ocurre con Lénisu? —preguntó sin embargo éste en voz baja\mbox{—.} ¿Ha…
hecho algo malo? La verdad es que… no me he enterado de nada.

—La cabeza de Lénisu vale tres mil kétalos, Aryes —le informé sin
dejar de mirar la lluvia\mbox{—.} Le acusan de cosas que no ha hecho, como ser
el Sangre Negra, el jefe de los Gatos Negros. Eso es todo.

Aryes resopló, aturdido.

—No puede ser —articuló\mbox{—.} El Sangre Negra, ¿es ese tipo que va matando
a los viajeros en las Hordas, verdad? Está claro que Lénisu no es el
Sangre Negra, ¿cómo van a culparlo de eso? Es ridículo, ¿quién te ha
dicho eso?

Me giré hacia él, comprobé que nadie nos oía y murmuré:

—Nart. Su padre es orilh. Sabe esas cosas antes que nosotros. Vino a
avisarme.

Aryes frunció el ceño y admitió:

—Eso es una fuente bastante fiable. Porque Marelta, en cambio, podría
habérselo inventado todo. Tiene una imaginación desbordante.

—No tanta como crees —repliqué\mbox{—.} Si te fijas, siempre repite lo mismo.
Que soy una forastera. Que no debería estar estudiando en la Pagoda
Azul. Que soy una paria y una indecente. Insultos de poco vuelo. Si yo
fuera como ella podría soltarle insultos durante horas y sin repetirme.
No tiene imaginación —concluí.

—Bueno, pero lo que sí tiene es una familia influyente. Así que mejor
no soltarle esos insultos que dices, ¿eh? —dijo Aryes.

Sonreí.

—A veces Syu y tú os parecéis mucho. Siempre me dais consejos
prudentes.

Aryes puso cara sorprendida y luego sonrió.

—Bueno, me alegro de que Syu también te invite a la prudencia. Sobre
todo ahora que hay tantas lenguas que hablan de ti por lo de… —Hizo un
movimiento con los ojos, elocuente.

Asentí, desanimada.

—Ayer fue un día horrible, Aryes. Primero, Aleria se enfadó conmigo.
Y luego vino lo de Lénisu y… bah. Fue un día de pesadilla. Y para colmo,
esta mañana me he despertado soñando que estaba volando y alguien me
hablaba de truchas. ¿Qué puedo hacer? —solté, desesperada.

Aryes me dio unos golpecitos reconfortantes en el antebrazo.

—No te preocupes. Todo se arreglará. Por el momento, todo se ha
arreglado.

Enarqué una ceja.

—¿De veras? Yo más bien tengo la sensación de que me persiguen todas
las desgracias.

Aryes frunció el ceño.

—Venga, tampoco es para tanto. Por el momento no ha pasado nada
irrevocable. Lénisu sabe defenderse. Es un buen orador.

Sacudí la cabeza.

—Todos están convencidos de que es él. Hasta hay testigos. Yo rezo por
que no lo encuentren los mercenarios. Y espero que se entere de que lo
están persiguiendo antes de que le tiendan una trampa. Aunque quizá ya
lo hayan cogido…

—¡Shaedra! —protestó Aryes, molesto\mbox{—,} deja ya de pensar en desgracias.
Lénisu es listo. Sabrá apañárselas, no te preocupes. Pase lo que pase.

Asentí y me reconfortó que él siguiera a mi lado, mientras que los
demás, siempre que pasaba algo, se volvían más desconfiados y dudaban de
mí como si no me conociesen desde hacía años.

En ese momento llegaron los demás. Aleria me alcanzó y me cogió del brazo para
llamar mi atención.

—Shaedra… quería decirte que lo siento.

Enarqué una ceja, sin entender.

—¿Qué?

—Siento lo que te dije ayer. Me enfadé tontamente. Y creo… que te herí
—dijo, avergonzada.

—Oh —contesté. Me había pillado por sorpresa\mbox{—.} No pasa nada. Yo
tampoco quería herirte, Aleria. Solamente quería que te sintieras mejor.

—Lo sé —suspiró\mbox{—.} Es que últimamente estoy muy nerviosa y…

—¡Buenos días! —tonó una voz.

Nos giramos todos hacia la silueta del maestro Yinur que se había parado
junto al marco de la entrada.

—Buenos días, maestro Yinur —contestamos, sentándonos en el suelo
ordenadamente como solíamos.

El maestro Yinur nos sonrió, inclinó la cabeza y se acercó de unos pasos.

—El jurado ha evaluado vuestras competencias, tanto teóricas como
prácticas, y ha decidido según vuestras habilidades profundizar vuestras
especializaciones en diferentes ramas. Para comenzar, todos habéis sido
aceptados al rango de kal, aunque Revis no se haya aplicado mucho, por
lo que he visto —añadió con cierto reproche. Revis, que tanto había
predicado contra el estudio, se sonrojó como un nerú, mientras los demás
sonreíamos, aliviados\mbox{—.} Voy a informaros —prosiguió, sacando un papel—
de vuestras especializaciones.

Alejó bastante el papel para leer bien y carraspeó en medio de un
silencio atento.

—Akín, especialización en encantamiento. Aleria, especialización en endarsía.
Aryes, especialización en energía bréjica. —El kadaelfo agrandó los ojos, y todos
nos sorprendimos, ¿por qué demonios no le había metido en energía órica? Todo
el mundo sabía que a Aryes lo que se le daba mejor era la energía órica… pero
el maestro Yinur seguía con su lista, imperturbable\mbox{—.} Salkysso y Ávend,
especialización en energía aríkbeta, también trabajaréis en la biblioteca en
la sección de Historia. Kajert, especialización en morjás y botánica. —El
caito sonrió, satisfecho\mbox{—.} Revis, Laya, Ozwil, Shaedra, Galgarrios,
especialización en combate. —Agrandé los ojos, sin poder creérmelo\mbox{—.} Marelta,
Yori y Suminaria, especialización en energía brúlica.

El maestro Yinur enrolló el papel y nos sonrió.

—Estoy orgulloso de vosotros. Ser un kal es tener una verdadera
responsabilidad. El pueblo de Ató debe respetaros y todas vuestras
acciones deben tener como objetivo el de servir vuestro pueblo lo mejor
que podáis.

Pensé en las acciones de Nart durante sus años de kal y reprimí una
sonrisa: no se podía decir que Nart se hubiera forjado una aureola de
respeto en torno suyo.

—Todo esto os lo explicará con más detalles el Dáilerrin mañana. Por
el momento, sólo deseo que todo lo que hayáis aprendido en la Pagoda Azul
lo utilicéis honorablemente y para el pueblo de Ató, y que continuéis
aprendiendo las artes de un celmista como lo habéis hecho en los años
anteriores e incluso mostrando más entrega y voluntad: el kal, como ya
os he dicho, es responsable de lo que hace. Podéis iros —añadió.

Nos levantamos todos y saludamos al maestro Yinur antes de salir de la
Pagoda. Yo aún no podía creérmelo. ¡Especialización en combate! ¿Se
podía saber quién demonios había decidido eso?

Afuera, el diluvio se había reducido a una lluvia más fina aunque
regular.

—No entiendo por qué le han dado la especialización en energía bréjica
—dijo Aleria, señalando algo con la barbilla.

Me giré hacia donde miraba y vi a Aryes, con las manos detrás de la
espalda, caminando pensativamente por la plaza empedrada. Meneé la
cabeza. Con él tampoco habían sido justos.

—Yo habría preferido la energía brúlica al encantamiento —terció
Akín, bajando las escaleras de madera\mbox{—.} Pero tampoco está tan mal.

—Por si no lo sabes, se utiliza energía brúlica para muchos
encantamientos —replicó Aleria.

—¿Pero en qué se basan para decidir las especializaciones? —solté
con una mueca.

—Generalmente, son bastante lógicos —dijo Salkysso\mbox{—.} Mira, Aleria sabe
mucho de endarsía, así que la especializan en eso. A mí, la energía que
mejor se me da es la aríkbeta, aunque la endarsía tampoco se me da del
todo mal, pero como ya habían escogido a Aleria, supongo que era
demasiado. Deben de mirar sus efectivos y si faltan celmistas de tal
cosa, pues también contará. Supongo —añadió.

Solté un suspiro y alcé la cabeza.

—Aryes parece desilusionado —noté.

—Deberías ir a reconfortarlo —intervino Aleria.

—¿Yo? —me sorprendí.

—Pues claro, tú. Lo conoces mejor que nadie. Dile que la energía
bréjica también es interesante, por ejemplo.

Enarqué una ceja. ¿Qué quería decir Aleria con que lo conocía mejor que
nadie? No pensaba que era la mejor persona para reconfortar a la gente.
Nada más que la víspera, Aleria se había enfadado conmigo por mis
palabras poco acertadas.

Aun así, hice un gesto con la cabeza y eché a correr para alcanzar a
Aryes. Le llamé y se giró hacia mí. Me fijé entonces en que parecía más
pensativo que desanimado. Lo alcancé.

—¿Por qué te has ido tan rápido? —le pregunté.

—Bah. Tan sólo estaba haciéndome algunas preguntas —contestó.

—¿Cómo cuáles? —le animé, mientras bajábamos por la calle del Arce.

—Ah —dijo Aryes, sonriendo, y después de una corta pausa añadió\mbox{—:} ¿Por
qué no vamos a escuchar lo que tiene que decir el Dáilerrin? Ahora nada
me parece más importante.

Fruncí el ceño. Estaba claro que Aryes se estaba haciendo otras
preguntas que esa. Pero ya había dado media vuelta y lo seguí,
poniéndome nerviosa al pensar de pronto en Lénisu.

—Sabes… Aleria dice que la energía bréjica también es interesante. Y
Daelgar sabía también mucho de eso. Hasta soltó un sortilegio de pavor
que hizo huir a los hombres que lo iban a atacar. Y el doctor Bazundir
me enseñó bastante sobre la energía bréjica para que la comparase con…
—hice una pausa, dándome cuenta de que iba a meter la pata— con las
otras energías.

Aryes puso cara sorprendida.

—¿Comparar la energía bréjica con las demás energías? —repitió\mbox{—,} es
una idea extraña. La energía bréjica no tiene nada que ver con la
energía brúlica, por ejemplo. Es… bueno, de todas formas, no importa. No
me preocupa la especialización que me hayan dado. Pero reconozco que me
sorprendí cuando te dieron la especialización en combate. Porque tú
me dijiste que no querías ser un Guardia, ¿verdad?

Asentí, incómoda.

—Supongo que necesitaban a gente. Que hayan cogido a Revis y a Ozwil
lo entiendo. A Laya… bueno. Tiene su lógica porque lo demás tampoco se
le da del todo bien. En cuanto a mí, supongo que no necesitaban a una
celmista armónica, así que, visto así, tampoco es tan sorprendente
—concluí, objetivamente.

Aryes se echó de pronto a reír y lo miré con extrañeza.

—¿Qué ocurre?

Sacudió la cabeza, sonriendo aún.

—Me hace gracia que nos tomemos tan seriamente estas cosas cuando
probablemente dentro de unos meses estaremos otra vez dando vueltas por
la Tierra Baya enfrentándonos contra dragones y tal. Y tú, por supuesto,
atravesarás un monolito y tendremos que ir a buscarte, después de
encontrar a Lénisu, claro está.

Hice una mueca y asentí.

—No lo digas tan de broma, podría ser cierto. Si Lénisu resulta
estar realmente en peligro, tendría que hacer algo…

—\emph{“Manténte tranquila, como sueles”}
—citó Aryes, burlón\mbox{—,} eso
es lo que te dijo Lénisu la víspera del día en que se marchó. Veo que
tienes intenciones de seguir su consejo a rajatabla.

Entorné los ojos.

—Mantenerse tranquila no es tan sencillo —suspiré\mbox{—.} Sobre todo que
Lénisu, él, no está nunca tranquilo. Aunque, pensándolo mejor, supongo
que tiene muchas probabilidades de salir bien parado. Siempre lo hace.

—Me parece que tienes razón —aprobó Aryes\mbox{—.} Lénisu parece tener muchos
recursos.

—Mmpf —dije\mbox{—.} Vayamos a ver al Dáilerrin. Espero que Marelta no esté
ahí para soltarme otro de sus torpes discursos porque estoy a punto de
estallar —refunfuñé.

Cuando entramos en la Neria, como todos los Lubas, había mucha gente
impaciente por escuchar las noticias de Ató. El Dáilerrin, Eddyl Zasur
nuevamente electo, ya estaba soltando un discurso sobre los ataques de
criaturas en el otro lado del río y sobre los flujos de la Insarida. La
gente estaba de pie en los caminos o sentada en la hierba, bajo los
árboles, mientras escuchaba.

—La situación se está volviendo peligrosa, sobre todo para los
habitantes de la otra orilla. Por eso, los orilhs, el Mahir y yo hemos
decidido emprender desde ahora la construcción de un puente resistente,
en piedra de Léen, directamente importado de las Tierras Altas. Hoy
acaban de llegar los primeros cargamentos y como ya sabéis los kals y
los cekals se han unido a los obreros para ayudar a la comunidad.
Tenemos pensado construir dos torres, una en cada lado del río, junto al
puente, para reforzar la seguridad de la ciudad. El tesoro de Ató
cubrirá todos los gastos e incluso hemos recibido varias donaciones, en
particular del orilh Tzirun Eiben, del señor Fárrigan Zerfskit,
de la familia Lahries, de la familia Pagdem y de la familia
Ashar.

Y diciendo eso, inclinó la cabeza hacia un lado y vi que Garvel Ashar
estaba presente, escuchando el discurso sentado sobre una silla y
protegido de la lluvia fina que caía. Detrás de él, estaba Nandros. Y
Suminaria, de pie junto a él, parecía sumida en sus pensamientos, pero
entonces levantó la cabeza y crucé brevemente su mirada. Parecía
estar más pálida que normalmente. Su tío, en cambio, parecía plenamente
satisfecho de su existencia. Con sus setenta y nueve años, seguía
estando bastante en forma y su pelo rubio brillaba pese a la oscuridad
del día. No podía remediarlo, cada vez que lo veía, recordaba que, un
año atrás, él había reclamado que me quitasen las garras. Y Mullpir me
había contado, hacía poco, que Garvel Ashar consideraba a los ternians
como a una raza inferior que compartía sangre con los trolls. Recordando
esos detalles, me extrañaba de que Suminaria hubiese aprendido a
respetarme y a respetar a la gente en general: Garvel Ashar era uno de
esos hombres que no le tenían respeto a nada, salvo al dinero, a la honra
y al poder.

El Dáilerrin pasó a contar otros acontecimientos de la ciudad y abordó
al fin el tema de la Guardia de Ató y de su labor honorable e
imprescindible.

—Pero no sólo nos protegen de las bestias —decía\mbox{—,} sino que nos
protegen de las personas que no sienten respeto por nada. Los ladrones,
los delincuentes, los criminales, los contrabandistas y los estafadores.
Hoy, quisiera avisaros de que hemos estado albergando en nuestro pueblo
a un criminal, y os pido disculpas por ello. Su nombre es Lénisu
Háreldin, más conocido bajo el nombre de Sangre Negra. Quizá algunos de
vosotros recordéis las actividades despreciables de los Gatos Negros en
las Hordas. El Sangre Negra, como jefe de esa banda criminal de
bandoleros, ha sido identificado y reconocido a las alturas del Paso de
Marp hace cinco días. Se ofrecen tres mil kétalos a todo aquel que lo
traiga vivo al Mahir. La noticia ha volado por toda la comarca y
esperamos que varios grupos de voluntarios hayan salido ya en busca del
criminal. Todo habitante de Ató que decida participar en esta misión
recibirá la ayuda de la Guardia para equiparlo y procurarle víveres.
Esperemos que el peligroso criminal Lénisu Háreldin acabe capturado
cuanto antes para evitar que siga actuando. Todo habitante de Ató debe
hacer cuanto le es posible para proteger a su pueblo. ¡Por Ató!  Y
gracias a todos —concluyó. Eddyl Zasur juntó las manos, se inclinó y
bajó del pedestal.

Aryes me cogió del brazo y me tambaleé.

—Shaedra, ¿estás bien? —me murmuró.

Tendí una mano a ciegas y me apoyé contra un tronco, pero este tronco
resultó ser Dolgy Vranc.

—¡Dol! —exclamé.

El semi-orco hizo una mueca inquieta y me cogió del otro brazo para
sujetarme.

—Menuda vida se está pegando Lénisu —comentó.

—¡Lénisu, lo van a matar! —gemí.

—No lo van a matar, Shaedra —me aseguró la voz ronca del semi-orco.

Me puse a sollozar de manera descontrolada y me abracé al semi-orco
mientras Deria y Aryes me daban golpecitos tranquilizantes en el hombro
y me guiaban fuera de la Neria.

\chapter{Llegada intempestiva}
\label{s:10}

Empezaba seriamente a dudar de la capacidad de justicia del Mahir.
Primero, colgaba a Sain, luego me arrancaba las uñas y ahora quería
condenar a Lénisu…

—Se acabó —decidí, en voz alta\mbox{—.} Tengo que hacer algo.

Estaba sentada en el sofá, en casa de Dolgy Vranc, y, la verdad, no
sabía cuánto tiempo llevaba ahí, sumida en mis pensamientos, pero cuando
hablé, todos se giraron hacia mí, sorprendidos.

—No puedes hacer gran cosa —me dijo Akín, realista. Aleria y él se
habían unido a nosotros cuando me habían visto estallar en lágrimas, y
creo que estar rodeada de seres que me querían me ayudó a recobrarme más
pronto\mbox{—.} Lo único que puedes hacer es testificar y decir que Lénisu
estaba en los Subterráneos cuando los asesinatos de los Gatos Negros y
que no pudo estar ahí dirigiéndoles.

—No bastará —repliqué, negando con la cabeza\mbox{—.} No tengo pruebas de
nada.

—Shaedra tiene razón, Akín —intervino Dolgy Vranc, con tono pesaroso\mbox{—.}
Siento decirlo, Shaedra, pero Lénisu está en una situación muy delicada.
No puedes actuar desconsideradamente o empeorarías las cosas. Tenemos
que pensar.

Hubo un silencio. Dol, sentado en su butaca, jugueteaba con un brazalete
de color, con la mirada perdida. Aryes, sentado en una silla, apoyaba
la barbilla sobre sus brazos, y parecía muy sombrío. Akín tenía cara
aturdida y era evidente que no se le ocurría ninguna solución. Y Aleria,
sentada en el sofá, tenía los ojos cerrados pero, lejos de parecer
dormida, parecía estar concentrándose en algo, como si tratase de
serenarse.

En cuanto a mí, paseé la mirada por cada rostro, pensativa.

—Quisiera saber algo, Shaedra —dijo de pronto Aleria, abriendo los
ojos\mbox{—.} Pero no te enfades por la pregunta.

Puse los ojos en blanco.

—Pregunta.

—¿Por qué dicen que Lénisu es el jefe de los Gatos Negros? No tiene
sentido que se lo hayan inventado todo. Lénisu, como sabemos, tenía
relaciones… dudosas. Quizá sea el jefe de una organización
contrabandista llamada los Gatos Negros y que el Mahir confunde con los
Gatos Negros de las Hordas…

—No tiene sentido —corté\mbox{—.} ¿Dos organizaciones de las Hordas llamadas
los Gatos Negros? Se habrían comido entre ellos defendiendo su nombre.
No, no, Lénisu no es el jefe de nada de eso —afirmé, testaruda.

—De acuerdo, sólo era una hipótesis —replicó Aleria\mbox{—,} pero deberías
ser más abierta a las hipótesis porque está claro que Lénisu no ha hecho
sólo cosas legales.

—Pero no ha matado a nadie —dije, recostándome contra el sofá.

—Aunque haya abollado a más de uno, según él mismo dijo —apuntó Aryes\mbox{—.}
Pero la cuestión no está ahí.

—Exacto —aprobó Dol\mbox{—.} Hay que probar que Lénisu es inocente. Sólo nos
tenemos que centrar en eso.

Me crucé de brazos.

—De acuerdo. Eso puede resultar ser una tarea ardua. Si tenéis
propuestas…

Dejé la frase en suspenso. Deria dejó de jugar con las cortinas de la
ventana y se giró hacia nosotros.

—Yo propongo que vayamos a casa de los voluntarios para ir a buscar a
Lénisu. Los dormimos con Dormidora y así ganamos bastante tiempo para
pensar.

Dol y yo sonreímos.

—Eso no es una mala idea —reconocí\mbox{—.} Lo malo es que no sólo están los
voluntarios de Ató. Hay más gente, ya le has oído al Dáilerrin.

—Cierto —admitió Deria, con una mueca de contrariedad.

—Bueno, ¿y si tomamos algo mientras pensamos? —propuso Dol tras un
silencio, levantándose de su butaca.

Aprobamos todos de un gesto y diez minutos después estábamos todos con
nuestra taza en la mano, pensativos. Tomé un trago de mi infusión.

—Si encontrásemos al verdadero jefe de esa organización —reflexionó
Akín al de un rato\mbox{—,} entonces podríamos demostrar que Lénisu no es el
culpable.

—¡Esa es una idea magnífica! —aprobó Deria, risueña.

—Y tanto que magnífica —asintió Dol\mbox{—,} pero tenemos un problema: que el
jefe ése no se dejará encontrar tan fácilmente.

—Lo supongo —solté, acabando mi infusión de un trago.

—Haremos una cosa —dijo Dol\mbox{—.} Dejadme doce días. No hagáis nada
estúpido durante ese tiempo. Voy a intentar averiguar más cosas acerca
de los Gatos Negros. Y si averiguo algo, iré a ver al Mahir y le diré
dónde creo que se esconden los Gatos Negros. Lo ideal sería que enviase
a gente bastante entrenada, porque tengo entendido que esa organización
está llena de guerreros aguerridos. Y si el Mahir me hace caso, entonces
el Sangre Negra acabará entre las garras de Ató y podremos probar que
Lénisu es inocente.

—Doce días —repetí\mbox{—.} ¿Y si entretanto lo capturan y lo llevan de
vuelta a Ató?

—Entonces no tendremos más remedio que organizar una evasión
—intervino Aryes.

Lo contemplé, boquiabierta.

—¿Una evasión del cuartel general? —solté\mbox{—.} ¿No es… cómo decir… algo
temerario? ¿Me ayudaríais de veras a hacer algo contra la Ley de Ató?
—resoplé.

Aryes sonrió.

—Me temo que te lo estoy diciendo. Existe una vieja tradición que
suele contarme mi padre y según ella el pueblo, cuando la Ley se vuelve
injusta, no debe someterse a ésta. Pues ahora ocurre lo mismo —declaró.

—Pareces Revis predicando sobre la injusticia del trabajo forzado
—repliqué, riendo.

—Bueno, tengo trabajo que hacer —dijo el semi-orco, levantándose\mbox{—.}
Vosotros no hagáis nada. Y enhorabuena a todos por los resultados
—añadió con una sonrisa.

Salimos todos de su casa, y Aleria nos invitó a comer a la suya, con lo
que dejamos al semi-orco solo y con, en mente, unos planes que no había
querido detallar.

Stalius no estaba en casa cuando llegamos y nos pusimos a cocinar unas
pastas con hortalizas y una tarta de frambuesa algo quemada. Nos lo comimos
todo, hablando por los codos de tonterías, festejando los resultados.

Pasé toda la tarde con Kwayat y cuando le dije que por primera vez había
sentido la Sreda, se contentó con inclinar la cabeza, imperturbable. No
se podía decir que fuera un maestro de esos que felicitaban a sus
alumnos por cualquier éxito. Eso sí: era eficaz. Se pasó toda la tarde
variando de temas y cuando dijo «Ya basta por hoy» tuve la impresión de
que mi cabeza iba a olvidar todo lo que me había enseñado. Así que en el
camino de regreso me puse a revisarlo todo intentando ordenar las cosas.

Cuando volví al
\emph{Ciervo alado},
Kirlens me asaltó, agitado y me
llevó casi en volandas hasta la cocina.

—Shaedra, ¿dónde te habías metido? —me preguntó, casi enojado\mbox{—.} ¿Por
qué no has vuelto al mediodía?

Parpadeé, perpleja. Mi mente aún estaba revisando los distintos modos de
insultar a un demonio. Kwayat decía que era muy importante, sobre todo
para evitarlos o para reconocerlos.

—Yo… lo siento. He comido en casa de Aleria.

—Ah —dijo Kirlens, más tranquilo\mbox{—.} Supongo… que te has enterado. De lo
de Lénisu, quiero decir.

Asentí con la cabeza lentamente.

—Sí.

—Es… increíble —soltó Kirlens, con pesadumbre\mbox{—.} Pero… sabía que algo
escondía ese hombre. Las personas más simpáticas pueden resultar ser
unos auténticos demonios.

Agrandé los ojos, atónita. ¿Cómo podía tragarse Kirlens que Lénisu era
realmente malo? Pero luego sonreí anchamente.

—Mira yo, soy muy simpática y soy un auténtico demonio —dije con los
ojos brillantes de picardía.

Kirlens sacudió la cabeza, incrédulo.

—¿Cómo puedes tomártelo todo tan a la ligera? Es tu tío, después
de todo. Creí que le querías.

Resoplé, casi sofocando.

—Pues claro que le quiero. Mucho más de lo que crees. Lo que pasa es
que toda esta historia no tiene ningún sentido. Lénisu no es ningún
criminal. Y pienso demostrarlo —acabé por decir.

Kirlens frunció el ceño y me señaló con el dedo índice.

—No quiero que te vuelvas a meter en líos. Si Lénisu es inocente, la
justicia de Ató se encargará de ponerlo en libertad.

—Yo no confío mucho en la justicia de Ató —murmuré.

El tabernero sacudió la cabeza.

—Pues deberías. Al fin y al cabo, hasta ahora siempre ha hecho las
cosas bien. A los ladrones los ponen a trabajar, y a los estafadores los
multan.

—Y a los criminales los cuelgan o les cortan la cabeza —gruñí\mbox{—.} Pero
mira lo que les pasó a mis garras, no merecía eso. Sólo me las
arrancaron porque el tío de Suminaria lo quiso así.

Kirlens suspiró.

—Las garras pueden herir sin quererlo —repuso\mbox{—.} No estoy justificando
lo que te hicieron, pero a la mayoría les pareció una idea no del todo
mala. La gente es desconfiada por naturaleza.

No podía creer lo que me estaba diciendo. Sabía que no lo decía por
maldad… pero aun así me hirió profundamente que pudiera llegar a
justificar la salvaje opinión de la «mayoría».

—Y si Lénisu es inocente, lo absolverán —añadió Kirlens con fervor.

Asentí y me dirigí hacia las escaleras.

—Creo que hoy voy a saltarme la cena —dije, mordiéndome el labio.

—Lo entiendo. Entiendo que te pese toda esta historia. Pero ya verás.
Pase lo que pase, será lo mejor para ti.

Dudaba seriamente de que si llegaban a pillar a Lénisu pasase algo
bueno. Cuando entré en el cuarto, me encontré con Syu bailando
alegremente en la cama.

\emph{«¡Syu!»},
me extrañé, sonriendo a medias.
\emph{«¿A qué viene esa
alegría?»}

\emph{«¡Frundis ha acabado su composición y me la ha enseñado!»},
me explicó.

\emph{«¡Eso sí que es una sorpresa!»},
contesté, alegremente.
\emph{«Empezaba a
preguntarme cuándo podría escucharla.»}

Tomé el bastón con las manos.

\emph{«Buenos días, Frundis, ¿me harías el honor de enseñarme tu nueva
composición?»},
pregunté, con el tacto que se necesitaba para esas
ocasiones.

Frundis emitió un ruido de campanas.

\emph{«¿Para qué quieres oírla?»},
replicó, grandilocuente.

\emph{«Para ver si realmente eres un compositor»},
le dije, burlona.

Frundis soltó un sonido de desafío.

\emph{«¡Pues ahí va la prueba!»},
exclamó.

Y me embistió un flujo de sonido de ritmo alegre y rápido. Sonreí y
escuché la composición hasta el final. Cuando el bastón tocó la última
ráfaga de notas, resoplé.

\emph{«¡Caray, Frundis, eres un artista!»}

El bastón rió, halagado.

\emph{«Lo sé. Ya te dije que era el mejor compositor del mundo. Y el mejor
músico. Y uno de los mejores cuentacuentos. Soy una pasada.»}

Syu y yo prorrumpimos en carcajadas ruidosas. ¿Cómo podía ser Frundis
tan pedante y a la vez simpático?

Después de escuchar la música unas cuantas veces seguidas, Frundis se
aburrió y les conté a ambos todo lo que me había pasado en el día y Syu
se encogió de hombros cuando le conté mi agradable conversación con
Marelta.

\emph{«No es bueno llevarse mal ni empeorar las cosas»},
dijo.

\emph{«Lo sé, pero Marelta está consiguiendo acabar con mis nervios»},
suspiré.
\emph{«Y eso que no es del todo mala»},
cavilé.
\emph{«Con los demás
no lo parece. A menos que sea una hipócrita. Los malos suelen ser
hipócritas»},
añadí.

\emph{«Mm»},
gruñó Syu.
\emph{«Creo que estás volviendo a pensar demasiado. Los
saijits siempre pensáis demasiado. Por cierto, he visto a Drakvian, en
el bosque.»}

Me sobresalté.

\emph{«¿Qué?»}

\emph{«Y me ha preguntado si podía decirte que fueras al bosque esta noche.
Pero con mucho cuidado, ha dicho»},
especificó Syu.
\emph{«Además, me lo ha
repetido varias veces porque se creía que no le entendía. Los vampiros
también son un poco lentos de mente cuando les toca hablar con un mono
gawalt»},
soltó con una sonrisa traviesa.

Fruncí el ceño. Drakvian había vuelto y quería hablarme.

\emph{«Vaya… ¿No está enferma, verdad?»}

\emph{«Desde luego, no lo parecía»},
dijo Syu.
\emph{«Aunque no me he acercado
mucho a ella. Nunca se sabe…»}

\emph{«Oh, venga, Syu. Drakvian es una amiga. No te va a atacar»},
le
repliqué, divertida.

Syu puso cara testaruda.

\emph{«Los monos gawalts tienen razones para mantenerse lejos de los
vampiros. Existen leyendas»},
dijo, enigmático.

\emph{«Mm, no digo que no haya vampiros malos. Pero Drakvian es
infinitamente más buena que Marelta, te lo puedo asegurar.»}

\emph{«Tendrás que enseñarme quién es esa Marelta»},
dijo Syu, pensativo.
\emph{«¿Por qué nunca me dejas ir a la Pagoda Azul?»}

\emph{«Porque…»}
Callé y fruncí el ceño.
\emph{«Bueno… la verdad… Creo que mi
intención era que no me miraran raro, pero de todas formas ya todo el
mundo sabe que estás aquí.»}

A Syu se le iluminaron los ojos.

\emph{«¿Entonces podré ir a la Pagoda Azul?»},
preguntó, animado, y agitando
la cola como un perro.

Me reí y asentí.

\emph{«Si así lo deseas… Pero te recuerdo que ahora todos mis estudios se
van a centrar en las técnicas del jaipú y del combate cuerpo a cuerpo.
No te va a gustar.»}

Syu caviló unos segundos y luego sonrió.

\emph{«Tengo curiosidad»},
confesó, cruzando las manos en la espalda con
aire formal.

Aquella noche, salí con Syu pero dejé a Frundis en el cuarto, pese a sus
protestas. Drakvian debía tener una buena razón para decirme que tuviera
mucho cuidado, y es que aquella noche había más guardias despiertos
porque se había anunciado la presencia de escama-nefandos al sur y no se
sabía exactamente cuándo llegarían. Y no era precisamente el mejor
momento para que me pillaran vagando de noche por Ató. Podrían
inventarse historias.

Durante todo el trayecto, no paré de envolverme de una nube armónica
bastante eficaz. Y creo que nadie me vio entrar en el bosque.

Seguí andando en silencio, mientras Syu me conducía al lugar donde había visto
a Drakvian por última vez.

\emph{«Aquí era»},
dijo entonces, deteniéndose.

Apenas se hubo callado, apareció Drakvian, saliendo de su escondite y
enseñando su melena verde abultada, su piel traslúcida y sus ojos
profundos.

—Shaedra —susurró, inhabitualmente bajo\mbox{—,} ven, alejémonos un poco más.

La seguí durante un buen cuarto de hora y empecé a rezar para que los
escama-nefandos no nos atacasen en ese preciso instante: estábamos
demasiado lejos de Ató.

Nos detuvimos no muy lejos del Trueno, entre árboles grandes y tupidos
que desplegaban sus raíces enormes a su alrededor como arañas
gigantes.

—¿Qué ocurre? —pregunté, cuando Drakvian se detuvo.

La vampira posó las dos manos sobre las caderas y me miró fijamente.

—He venido a ayudarte —declaró, curiosamente solemne.

Enarqué una ceja.

—¿A ayudarme? —repetí, incrédula.

—Sí. ¿No es cierto que hay gente que quiere deshacerse de Lénisu? Pues
yo lo impediré. Sé dónde está.

Por un momento, dejé de poder hablar. Carraspeé.

—¿Dónde? —articulé.

—Cuando se fue, le seguí el rastro —dijo\mbox{—.} Fue a Ombay y luego a
Acaraus para recuperar su caballo.

—¿Trikos? —resoplé.

—Ajá. Le tiene mucho aprecio, según he podido ver —soltó, rechinando
los dientes.

—¿Y adónde fue? —insistí.

—Dejé de seguirlo hace dos semanas.

Solté un suspiro desanimado.

—En dos semanas puede haberle ocurrido cualquier cosa.

—Sí, pero lo persiguen tan sólo desde hace unos días. Seguramente
estará sano y salvo.

Sacudí la cabeza, perpleja.

—¿Y dices que quieres ayudarme? No veo cómo podrías hacerlo. Lénisu
está en algún lugar que no conocemos y tú no puedes cambiar las leyes de
Ató. Aunque agradezco tu buena intención.

—¡Mi buena intención! —exclamó Drakvian, partiéndose de risa\mbox{—.} Es la
primera vez que un saijit me dice que tengo una buena intención.
Generalmente, nosotros, los vampiros, siempre tenemos malas intenciones.

—Eso no es verdad —repliqué\mbox{—.} Eso depende de cada uno. Tú pareces una
persona llena de buenas intenciones. Bueno, ¿qué propones que hagamos?

Los ojos de Drakvian brillaron de malicia.

—Propongo un trato. Yo busco a Lénisu y le digo que le están
persiguiendo y hago todo lo posible para que no le pillen, si él lo
consiente. Y tú, a cambio, me debes un favor.

Sonreí, incrédula.

—¿Un favor?

—Nada del otro mundo, te lo aseguro.

—Sería más fácil si me dijeras en qué consiste ese favor —le dije.

La vampira se encogió de hombros sin contestar y nos quedamos mirándonos
largo tiempo hasta que yo sonriese anchamente.

—Trato hecho. Pero si algo malo le ocurre a Lénisu, ese favor que te
debo ya no tiene valor.

La vampira asintió con la cabeza firmemente.

—Eso me parece correcto.

Le tendí la mano para cerrar el trato y la vampira tuvo una sonrisa
irónica.

—Yo no cierro tratos de esa manera. ¿Sabes cómo hago tratos yo?
—preguntó, desenfadadamente.

Dejé caer mi mano.

—¿Compartiendo la sangre de una vaca entre dos? —sugerí, socarrona.

La vampira se echó a reír.

—No. Aunque eso es una buena idea. No, yo intercambio objetos
valiosos. Tú me das un objeto y yo a ti otro. Un objeto del que no nos
separaríamos a menos que haya una muy buena razón.

—Y esta es una buena razón —aprobé, pensativa.

Revisé todas mis pertenencias. ¿Qué objeto podía tener yo que no fuese
del todo trivial? Tenía un saco naranja, pergaminos, plumas, un espejo
y un cuchillo, regalos de Kirlens, la venda azul que me había regalado
Wigy, dos túnicas y dos pantalones, un vestido blanco en el océano
Dólico…

Sacudí la cabeza, asombrada.

—No tengo nada que sea realmente imprescindible para mí.

La vampira agrandó los ojos, sorprendida.

—¿De veras? Todo el mundo tiene algo.

—Pues yo no. Venga, Drakvian, ¿no crees que es poco práctica esa
manera de hacer pactos? Yo soy una ternian de honor, tú una vampira de
honor, ¿qué podemos perder?

Drakvian puso cara dubitativa.

—Bueno… el caso es que estás de suerte en este trato, porque yo te doy
un favor antes y tú me lo das después, pero no me gustan los tratos tan
poco sustanciales basados en el honor. Sucede que yo no soy siempre una
\emph{“vampira de honor”},
como dices —soltó con una sonrisa maligna.

Puse los ojos en blanco y se me ocurrió una idea.

—¡Frundis! Pero… No, no puedo separarme de él, hemos hecho un pacto
—expliqué\mbox{—.} Y es amigo mío.

Drakvian gruñó.

—No tengo la menor intención de pasearme con un bastón gamberro que
anda cantando durante todo el viaje. Tienes que encontrar un objeto. Un
objeto mudo. Que sea valioso para ti. Yo siempre hago tratos con
objetos.

Enarqué una ceja.

—¿Siempre? ¿Y con quién, si se puede saber?

—Si se puede saber, lo sabrás —replicó la vampira\mbox{—.} Mañana a la misma
hora, vuelve con el objeto y habremos cerrado el trato.

—¿Mañana? —protesté, alterada\mbox{—.} Pero… ¡para qué perder más tiempo!
Lénisu quizá esté maniatado en este mismo momento.

—No hay trato sin intercambio de objetos —insistió tozudamente la
vampira, cruzándose de brazos.

La contemplé, atónita.

—Así que… para ti, en realidad, te da igual lo que le ocurra a Lénisu,
¿verdad? —solté, algo enojada por sus ridículos principios. Resoplé
ruidosamente\mbox{—.} Está bien, encontraré un objeto.

—¡Estupendo! —exclamó Drakvian.

Puse los ojos en blanco.

—Vamos, Syu, volvamos a casa —suspiré.

El camino de vuelta fue más largo, porque nos habíamos alejado tanto de
Ató que aquella zona del bosque no me era familiar y estaba algo
desorientada. En el cielo, brillaban el astro de la Vela y el de la Luna
y había más luminosidad que normalmente, lo cual me resultaba al
mismo tiempo útil y molesto. Cuando volví a ver las luces de Ató, empecé
a redoblar de prudencia y cuando entré en la ciudad casi me vieron dos
guardias y un sereno, pero conseguí esconderme en un rincón más oscuro
de la calle. Finalmente, subí al tejado y me quedé inmóvil durante un
momento, indecisa. Tomé entonces una decisión y, seguida de Syu, me
dirigí a la terraza llena de trastos. Con suma precaución para no
despertar a nadie, abrí el barril que contenía la caja de tránmur. Esa
caja era lo único que tenía y que realmente no quería perder. Por la
sencilla razón de que esa caja era de Lénisu y no mía.

Estaba teniendo una idea horrible. ¿Cómo podía cerrar un trato con algo
que no era mío? Pero, razoné, aquella caja era de Lénisu. Y con el trato,
Drakvian se comprometía a proteger a Lénisu. Al fin y al cabo, era
lógico que Lénisu contribuyese para su propia protección, cavilé. Sabía
que era un razonamiento un tanto forzado, pero no tenía nada más que
fuera valioso y no fueran objetos de carne y hueso o, en el caso de
Frundis, bastones vivos. Con un suspiro, recordé el shuamir que me había
devuelto Márevor Helith y lamenté haberlo perdido tan insensatamente.

\emph{«Lo hecho hecho está»},
me dijo Syu, repitiendo una de las fórmulas
que solía utilizar yo.

Asentí sombríamente y cargué con la caja de madera de tránmur para
llevarla hasta mi cuarto, intentando ocultarla debajo de mi túnica, por
si las moscas.

Aquella noche, me costó bastante dormirme, y no paraba de dar vueltas en
la cama, hasta que en un momento sentí algo junto a mi mano y oí una
música tranquila y el apacible sonido de un río o una fuente. Abrí los
ojos ligeramente y vi a Syu que se hacía una bolita entre Frundis y yo,
cansado del esfuerzo de haber arrastrado a Frundis hasta la cama.
Sonreí, conmovida.

\emph{«Gracias, Syu.»}

\emph{«Buenas noches»},
contestó el mono cerrando los ojos apaciblemente.

Mecida por la tranquila música de Frundis, pronto me sumí en un sueño
profundo.

\nopagebreak \bigskip {\centering{$\spadesuit$} \par} \smallskip

El día siguiente fue tan cansino como el anterior. A la mañana,
escuchamos todos los nuevos kals el discurso del Dáilerrin mientras
afuera llovía moderadamente después de tantas horas en calma. Nos
repartieron entre diferentes maestros y a los de especialización en
combate nos tocó al maestro Dinyú. Era un maestro recién llegado de
Aefna. Decían que era de familia extranjera, nacido en el Imperio de
Iskamangra y que era un muy buen luchador y un buen brejista, pero
aparte de eso, no sabía gran cosa sobre él. Cuando entraron los
maestros en la Pagoda Azul para hablar con sus nuevos alumnos, vi al
Archivista Mayor y, no sé por qué, me sorprendí de que fuera él también
celmista.

—El Archivista Mayor dará clases de energía aríkbeta e historia
—declaró Eddyl Zasur con rapidez\mbox{—,} el maestro Jarp enseñará energía
brúlica, el maestro Yinur se ocupará de la endarsía, el maestro Juryún
del combate armado y el maestro Dinyú enseñará técnica de combate y
energía bréjica.

El último maestro en inclinar la cabeza y sonreír fue un pequeño belarco
delgado con túnica negra de cuello largo y pantalones negros. Los
belarcos eran famosos por su flexibilidad y no dudé ni un minuto de su
capacidad. Su rostro tranquilo y sonriente incitaba a la simpatía y me
cayó bien desde el principio.

—El maestro Dinyú, como sabréis, es nuevo en nuestra Pagoda y espero
que lo acojáis con toda amabilidad —añadió el Dáilerrin\mbox{—.} Si no me
equivoco, dos alumnos se han quedado sin maestro, ¿verdad? —Akín y
Kajert asintieron, turbados, y el Dáilerrin sonrió hipócritamente\mbox{—.} No
os preocupéis, no os hemos olvidado. La especialización en encantamiento
la dirige el maestro Dai, supongo que ya sabéis dónde está su
despacho, junto a la Pagoda. Todo el mundo ha oído hablar de sus
experimentos. —En sus ojos se veía que no le tenía mucho respeto al
maestro Dai\mbox{—.} En cuanto a la especialización en el morjás, el maestro
Tábrel ha querido ocuparse personalmente de ello.

El Dáilerrin no pasó más tiempo del debido en presentaciones y
respondimos a su saludo cuando se marchó, vestido con su túnica blanca
de ceremonia.

Cada kal se fue con su maestro respectivo. Suminaria, Yori y Marelta se
fueron con el maestro Jarp, Aleria con el maestro Yinur, Ávend y
Salkysso, sombríos, se fueron con el Archivista Mayor, y así todos.
Cuando el maestro Dinyú nos dijo que los especializados en combate y en
energía bréjica lo siguiéramos, fuimos seis en hacerlo: Revis, Laya,
Ozwil, Galgarrios, Aryes y yo.

—Parece simpático —murmuró Laya.

Los demás asentimos con la cabeza.

El maestro Dinyú nos guió hasta afuera de la Pagoda, bajamos el lado
oeste de Ató por la calle del Arce y nos encontramos en un pequeño campo
de tierra batida que, por cómo estaba la tierra, se había creado
recientemente. El único problema era que no había tejado, así que la
tierra se había convertido en un enorme lodazal. Llegados a aquel sitio,
el maestro Dinyú se giró hacia nosotros y, sin importarle la lluvia ni
el barro, nos sonrió anchamente y me sentí inmediatamente más relajada y
a gusto donde estaba.

—Me he informado de las costumbres de la Pagoda Azul y al parecer a los
nuevos guerreros los entrenan con los kals de segundo año y algunos
cekals voluntarios. Sin embargo, para los dos primeros días, he decidido
cogeros sólo a vosotros para enseñaros las bases de las técnicas de
combate y el har-kar. Pero antes de…

—Maestro —intervino Ozwil con tono algo irritado\mbox{—,} ya conocemos las
bases de las técnicas de combate. Llevamos desde los ocho años
aprendiendo el combate cuerpo a cuerpo o con bastón.

Puse los ojos en blanco e intercambié una mirada divertida con Aryes. El
maestro Dinyú frunció el ceño.

—¿De verdad? Entonces diré a los demás alumnos que vengan ya desde
mañana. Y ahora quisiera que os presentéis un poco y digáis por qué
habéis elegido la especialización en combate.

Agrandé los ojos. ¿Quién demonios le había dicho que los alumnos
eligieran nada?

—A ver, tú —dijo el maestro Dinyú, mirándome a mí\mbox{—.} Preséntate, por
favor.

Asentí con la cabeza y obedecí.

—Me llamo Shaedra, tengo catorce años… la verdad es que todos tenemos
catorce años… me gusta el jaipú y la rapidez pero… yo no he elegido la
especialización en combate. Lo eligieron por mí.

—Aquí, el jurado decide según las notas —asintió Aryes.

El maestro Dinyú enarcó una ceja, indignado.

—¿De veras? ¿De modo que no quieres aprender el har-kar y otras
técnicas de combate?

Me encogí de hombros.

—La verdad es que… —vacilé y pensé que no era precisamente el mejor
momento para ser sincera\mbox{—.} Creo que así y todo era lo que quería,
maestro Dinyú.

—Entiendo —dijo, aunque no parecía que lo entendiera para nada\mbox{—.} Bien.
Sigamos con las presentaciones.

—Yo soy Aryes —se presentó mi amigo\mbox{—,} y soy su alumno de energía
bréjica.

—¡Ah! Sí, por supuesto. Te enseñaré energía bréjica mientras luchen
los demás y quizá alguna hora a la tarde, si te parece, claro.

Aryes agrandó los ojos, sorprendido de que le pidiese su opinión sobre
el asunto. Asintió enérgicamente.

—Por supuesto, maestro Dinyú.

—Supongo que habrás adquirido buenas bases para haber elegido… o haber
sido elegido —se corrigió— para esta especialización. Sabrás que es una
energía muy difícil y que el aprendizaje lo hace principalmente uno
solo. La energía bréjica no es sólo una energía exterior. Por eso
vosotros, los alumnos del har-kar, aprenderéis también energía bréjica.
Una mente desconcentrada no conseguirá hacer movimientos precisos. La
energía bréjica os ayudará.

Se giró hacia Ozwil.

—Y tú, ¿cuál es tu nombre?

—Ozwil Berreni —contestó éste\mbox{—.} Y quiero aprender a luchar.

El maestro Dinyú sonrió.

—Entonces, aprenderás.

—Yo soy Laya. También quiero aprender, maestro Dinyú. Tengo una
pregunta, ¿vamos a entrenar todo el tiempo aquí? Porque según se dice
viene el Ciclo del Pantano y aquí no hay tejado —articuló, sonrojándose.

El maestro miró hacia el cielo gris y lluvioso y volvió a fijar sus ojos
en su alumna.

—Bueno, por el momento nos quedaremos aquí. Pero veré si puedo
encontrar una sala en la Pagoda Azul.

—Gracias, maestro Dinyú, mi madre me dice que mojarse mucho no es
bueno para la salud —le agradeció Laya, inclinando la cabeza.

Reprimí difícilmente una carcajada y me concentré para no reírme
mientras Revis soltaba entusiasmado:

—Yo soy Revis, y quiero ser maestro de armas.

—Yo me llamo Galgarrios —dijo Galgarrios, con su voz simpática de
siempre\mbox{—.} Y me alegro poder aprender con los kals de segundo año.

—Me han dicho que tenían un buen nivel —coincidió el maestro Dinyú\mbox{—.}
Espero estar a la altura del maestro Dakley.

—¿Por cierto, qué le ha sucedido al maestro Dakley? —preguntó Ozwil.

—Se jubiló —contestó Laya gruñona antes de que el maestro Dinyú
pudiera contestar\mbox{—.} ¿Es que no te enteras de nada?

—Está bien —soltó el maestro Dinyú, frunciendo el ceño\mbox{—.} Vamos a
empezar. Poneos todos en línea y seguid mis movimientos. Aryes, tú
también, estos movimientos ayudan a concentrarse.

Aryes pareció aliviado de no verse olvidado y nos pusimos todos en
línea. El maestro Dinyú levantó las dos manos y las posicionó de una
manera que no me era familiar. Lo imité, de todas formas, y él tuvo que
pasar de uno en uno para rectificar nuestra postura.

—La palma de la mano no debe estar del todo estirada ni tampoco
plegada. Debéis dejarla sin tensión, relajada. Los brazos deben contener
toda la fuerza. Está bien —dijo, cuando nuestra posición de inicio le
pareció aceptable\mbox{—.} Ahora, veamos las piernas. Deben estar ligeramente
plegadas —señaló, viendo que Laya tomaba una posición de flamenco.

Nos enseñó varias posiciones distintas, una con los brazos tendidos,
otra con las piernas dobladas casi tocando el suelo, y cada vez que le
parecía que habíamos imitado bien sus movimientos, nos pedía que nos
quedáramos en esa postura durante diez largos minutos. Me daba la
impresión de estar ensayando un baile y de haberme quedado en el primer
paso, congelada. Al menos, ese ejercicio me daba tiempo para pensar,
pero ignoraba si me convenía porque pensar en Lénisu o en la caja de
tránmur que había escondido debajo de mi cama no era precisamente un
pensamiento relajante y el maestro Dinyú nos invitaba a pensar en el
tiempo y el movimiento o en la inmovilidad. Todo cosas que me parecían
muy interesantes pero que no daban mucho de sí para estar pensando en
eso durante mucho más de uno o dos minutos.

Poco a poco, me di cuenta de que el maestro Dinyú pretendía enseñarnos
pura y lógicamente lo que era la concentración. Decía que la
concentración era como una burbuja que a la mínima explotaba y que se
volvía a formar fácilmente si se sabía cómo actuar. Sinceramente, al
principio había creído que la especialización en combate me iba a
parecer especialmente aburrida, pero resultó todo lo contrario, y es
que en toda la mañana no nos dimos ni un solo tortazo. Es más, ni nos
tocamos: al de dos horas, nos puso en círculo, con las manos a unos
centímetros los unos de los otros, una mano por debajo de la otra. El
objetivo era no tocarnos y permanecer como estatuas. Luego se complicó
la cosa y nos pidió que moviéramos las piernas manteniendo fijas
nuestras manos.

Al final de cinco horas de ejercicio, nos habíamos quedado la mayor
parte del tiempo inmóviles pero estábamos hechos polvo.

—Debéis encontrar el equilibrio del jaipú —nos repitió el maestro
Dinyú\mbox{—.} Esta tarde, quiero que os leáis
\emph{Historia del har-kar}
para que conozcáis las más importantes personalidades del har-kar. Es un
libro bastante corto. He mirado en la biblioteca, encontraréis
ejemplares suficientes. Y mañana, cuando miréis las técnicas que
utilizan los kals de segundo año, me diréis cómo se llaman esas
técnicas. La clase ha terminado. Gracias por haberme escuchado.

El maestro Dinyú era mucho más educado que los demás profesores, aunque
menos protocolario, pensé. El maestro Jarp era muchísimo más parco en
palabras, y el maestro Áynorin estaba siempre mucho más relajado y
parecía casi considerarse un alumno entre ellos que sabía más que sus
compañeros. El maestro Dinyú era diferente. En ningún momento se le
había notado ese acento pedante típico de algunos maestros, ni tampoco
había perdido en ningún momento su serenidad. Era como Kwayat
pero en más alegre. Porque el rostro de Kwayat, más que serenidad,
reflejaba imperturbabilidad, como si tuviese algo dentro que no quisiese
enseñar a nadie o como si su vida pasada le hubiera dejado una
indiferencia hacia su entorno. El maestro Dinyú, al contrario, parecía
muy atento a lo que lo rodeaba y toda su expresión inspiraba confianza y
daba la impresión de que tenía buen corazón.

Súbitamente, cuando volvíamos a Ató, me percaté de que nos había pedido
que leyéramos. ¡Leer un libro!, me dije, desesperada. ¿Cómo demonios iba
a tener tiempo de leer un libro en un día si tenía que pasar toda la
tarde con Kwayat?

Sentí que me mareaba y, mientras corría hacia la taberna, tuve la
certeza de que, si seguía a ese ritmo aprendiendo cosas acabaría tan
chiflada como ese Tuánesar el Loco del que me había hablado una vez
Daelgar.

Cuando entré en la taberna, sentí que la gente estaba más alterada que
normalmente. Saludé a las personas conocidas y, aunque algunas me
respondieron vacilantes, seguramente pensando que yo era la sobrina del
Sangre Negra, Taetheruilín el enano me dijo dando un fuerte puñetazo en
la mesa:

—¡Diablos, muchacha! ¿No te has enterado? ¡Ha entrado el hijo de
Kirlens resucitado por esa puerta! Ve, y míralo tú misma.

Fruncí el ceño, pensando que era alguna broma.

—¿De qué estás hablando? ¿Qué le ha pasado a Taroshi?

El herrero enano soltó una carcajada estruendosa y señaló a dos
forasteros.

—Esos vinieron con él.

Me giré hacia los forasteros y me quedé de piedra. Esas dos personas las
conocía. Una sibilia pelirroja y un humano de pelo castaño oscuro… Unas
farragosas imágenes resurgieron en mi memoria. Pero no acababa de caer…

—¡Mil brujas sagradas, Wundail! —exclamé, boquiabierta\mbox{—.} Por Ruyalé,
¿puede ser real?

El humano sonrió mientras los parroquianos callaban, curiosos, para
seguir la conversación.

—Me parece que por poder, puede serlo —contestó.

Me abalancé hacia ellos, llena de alegría. No me había olvidado de que
ellos eran los que me habían salvado la vida.

—Me alegro de verte, Shaedra —dijo entonces Wundail, mientras yo lo
abrazaba, como a un amigo de toda la vida\mbox{—.} Me preguntaba cómo te había
ido todo este tiempo.

—Intento no meterme en líos —repliqué, con una ancha sonrisa\mbox{—.} Hola,
Djaira —añadí, dirigiéndome hacia la pelirroja.

La sibilia carraspeó.

—¿Te acuerdas de mí? —se sorprendió.

—Por supuesto —dije, atónita\mbox{—,} ¿cómo no me iba a acordar? ¡Me
salvasteis la vida!

—Ya… —soltó Djaira, advirtiendo a su alrededor las miradas
curiosas\mbox{—.} Es verdad. Recuerdo que casi causaste un desastre cuando la
batalla contra la arpïetas.

—Kahisso me salvó —recordé, con emoción.

—Sí. Y yo le salvé a él.

—Djaira —le cortó Wundail, carraspeando\mbox{—.} No creo que sea el mejor
momento para hablar de problemas pasados.

De pronto, lo entendí todo.

—Kahisso está en la cocina, ¿verdad? —solté, aturdida.

Wundail asintió con la cabeza.

—Así es. Su padre se desmayó.

—Ha sido impresionante verlo —reconoció Djaira, con una sonrisa
maligna\mbox{—.} Un hombre tan robusto… Y pesa una tonelada.

Las risas prorrumpieron en toda la taberna y la gente se puso a comentar
otra vez el acontecimiento animadamente.

—Tengo que ir a verlo —dije de pronto\mbox{—.} Os veo luego.

Era inédito que no hubiese nadie en el mostrador… Rodeando mesas a toda
prisa, llegué hasta la puerta de la cocina y la empujé y vi a Kirlens
sentado o más bien desplomado en una silla mientras Kahisso, de rodillas
ante él, ponía una cara muy preocupada. Wigy, en cambio, le daba
palmaditas en la mejilla al tabernero y gruñía y vociferaba.

—¿Qué son esas maneras de aparecer de repente, sin avisar? ¡Ya ves!
¡Lo has matado del susto! ¡Tener hijos para eso! ¡Pobre Kirlens!

Cerré la puerta, asustada de que los demás oyesen los gritos de Wigy, y
me precipité hacia ellos.

—Wigy, deja ya de maltratarlo, ¿no ves que lo estás torturando?
—solté, mientras señalaba de un gesto a Kahisso que, los ojos muy
abiertos, contemplaba a su padre, lívido como la muerte.

Sin embargo, al oír mi voz, se sobresaltó.

—¡Shaedra!

—Hola, Kahisso. —Sonreí\mbox{—.} No te preocupes por Kirlens. Seguramente habrá
sido una conmoción. Estará de vuelta en un santiamén.

—Lleva así desde hace veinte minutos —replicó Wigy, asestando otra
bofetada al desmayado.

Kahisso nos miraba alternadamente, ligeramente aturdido.

—¿Has probado tirarle un cubo de agua? —sugerí, al ver que las
palmaditas no funcionaban.

Wigy se mordió el labio, la mirada posada sobre Kirlens.

—Buena idea. Y tú —dijo, señalando a Kahisso con un dedo amenazante\mbox{—,}
más te vale que no te vayas ahora que le has puesto en este estado
porque yo no te lo perdonaría nunca.

Y se metió en la despensa para ir a coger un cubo de agua. Kahisso, con
los ojos clavados en su padre, le cogió la mano con fuerza.

—Lo siento —soltó, inquieto\mbox{—.} Lo siento tanto. Hay tantas cosas que
debería haber hecho y no he…

—¡Ya basta de lloriquear! —bramó Wigy apareciendo otra vez con un cubo
de agua a medio llenar.

Se acercó a Kirlens, levantó el cubo y le dio la vuelta y el agua
cayó de golpe, despertando al tabernero, pero el cubo se le escapó a
Wigy y, junto a la cascada fría, Kirlens recibió el cubo entero que se
le encajó en la cabeza, escondiéndola por completo.

Kirlens escupió agua y yo, mirándome las garras, carraspeé.

—Cuando te dije que le tiraras un cubo de agua no lo dije
literalmente —mascullé, reprimiendo la risa.

Mientras Kahisso se sonreía, aliviado al ver que su padre volvía a la
vida, Wigy le quitó a Kirlens el cubo con una expresión abochornada, lo
apartó discretamente de padre e hijo y le dio una toalla a Kirlens, el
cual se secó toda la cara gruñendo.

—¿Qué demonios…? —soltó. Su frase se quedó en suspenso y su cara se
iluminó\mbox{—.} ¡Kahisso! ¡Hijo mío! ¡Y yo que pensaba que había hecho un sueño
maravilloso! ¡Has vuelto de verdad!

Se abrazaron fuerte y Kahisso agrandó los ojos, sorprendido, al recibir
el abrazo férreo de su padre.

—Cuánto te he echado de menos —gruñía Kirlens, emocionado, poniéndole
las dos manazas sobre los hombros\mbox{—.} Siempre me preguntaba dónde estabas.

—Padre… —murmuró éste, bajando la cabeza, algo confuso\mbox{—.} Siento haber…

—¡No digas bobadas! Sé que estabas muy ocupado. Ahora, ¿qué me dices
si tomas una sopa buena de las mías, eh? Los viajes hasta Ató
últimamente no son muy seguros, habrás tenido un viaje horrible. Ya te
dije que nunca es bueno viajar solo.

—Lo cierto es que… no he viajado solo. He venido con dos compañeros,
Wundail y Djaira, están en la taberna.

Enseguida Kirlens frunció el ceño.

—¿Compañeros? —repitió\mbox{—.} ¿No serán…?

No acabó su frase pero entendí sin dificultad que se refería a si
formaban parte de los raendays o no y la pregunta real que se hacía
Kirlens era si su hijo, Kahisso, seguía siendo uno de ellos. Los raendays,
en sí, no tenían realmente mala reputación, aunque sí fama de ser
brutos, desaliñados y de malos modales. Existía un dicho que decía así:
«Raenday que llama a tu puerta, dos veces entra», que significaba que
si le dabas un favor a un raenday, éste iba a aprovechar tu generosidad
hasta el final, cosa que no era de buena educación. Y Kirlens tenía
especial inquina contra esa cofradía, por razones personales. Dos veces
ya, un grupo de raendays le había destrozado el interior de la taberna
por una pelea y, entre otros motivos, los raendays le habían cogido a su
hijo, condenándolo a vagar por el mundo sin poder quedarse junto a su
familia. Pero yo sabía que los raendays no tenían ninguna culpa en eso:
Kahisso había elegido su propio destino.

Fijándome en los platos de arroz que se estaban enfriando sobre la mesa,
pregunté a Wigy en voz baja:

—Esos platos… ¿hay que servirlos, verdad?

Wigy, como despertando de un largo sueño, desvió su mirada de la
conversación de Kirlens y Kahisso y agrandó muchísimo los ojos,
consternada.

—¡Diantres! —cuchicheó\mbox{—.} De prisa, vamos a servirlos. Los clientes
deben estar enfurecidos…

—No te preocupes —repliqué, poniendo los ojos en blanco\mbox{—.} Creo que
los clientes están pasándoselo bomba comentando el retorno de Kahisso.

En menos de diez minutos, sin embargo, repartimos todos los platos a los
clientes, que nos preguntaron cien veces con una gran sonrisa que qué
tal le iban los nervios al pobre Kirlens.

—Está fenomenal —repliqué en voz alta, cuando ya estuve harta de tanta
pregunta\mbox{—.} No todos los días se vuelve a ver a un hijo.

—Que aproveche el arroz —soltó Wigy.

—Arroz frío —comentó una voz gruñona\mbox{—,} menudo manjar.

Wigy se giró como una flecha hacia el que había hablado y lo apuntó
con el dedo índice.

—Come o deja de comer, pero no critiques antes de haberlo probado
—rugió.

Algunos prorrumpieron en risas divertidas al ver la cara autoritaria de
Wigy.

—¡Menudo carácter!

—Desde luego no ha salido a nuestro Kirlens.

—¿Cómo no va a haberlo probado si dice que está frío? —replicó Nart,
sentado con Mullpir y Sayós en una esquina, junto a la ventana.

Wigy, al oír la voz de Nart, pareció echar relámpagos con sus ojos y
posé mi mano sobre su brazo, algo aprensiva.

—Tranquila —le dije\mbox{—,} estás enfureciéndote cuando nadie te ha dicho
nada malo. Estás nerviosa, vuelve a entrar en la cocina, yo me ocupo de
todo.

Milagrosamente, funcionó. Wigy suspiró, asintió y salió disparada hacia
la cocina, pegando un portazo, de modo que redoblaron las risas. Sacudí
la cabeza, suspirando, y me acerqué a Nart y sus dos amigos.

—¿Por qué siempre te metes con ella, Nart? —le pregunté, con tono
cansado.

Nart puso una cara inocente.

—¿Yo, meterme con ella? ¡No se me ocurriría!

Mullpir y Sayós se echaron a reír a carcajadas y solté un gruñido.

—Deberías tener más consideración por los nervios de Wigy. Ya sabes
cómo se pone cuando se enfada. Luego, no hay quien la tranquilice. El
único que puede tranquilizarla es Kirlens, y ahora está ocupado. Es
injusto que te metas con ella y al final cansa.

Nart se encogió de hombros, molesto.

—Ya lo sé. No puedo evitarlo. Es como si tuvieses una picadura de
mosquito y no pudieses dejar de rascarte.

Fruncí el ceño.

—Una suerte entonces que una picadura no sea eterna.

Nart me sonrió anchamente.

—¿Quién ha dicho que ésta no lo sea? Oh, venga, Shaedra, deja ya de
preocuparte por Wigy, ella sabe defenderse, ya lo has visto.

Rieron y me alejé de ellos sacudiendo la cabeza, alucinada. Nart no
cambiaría nunca.

Cuando volví a entrar en la cocina, vi que Kahisso estaba sentado,
hablando, mientras Kirlens había puesto a calentar sopa y escuchaba a su
hijo atentamente. Wigy no estaba por ningún lado.

—¡Shaedra! —exclamó Kahisso, interrumpiendo su relato\mbox{—,} aún no te he
dicho nada, ¿cómo estás?

—Bien —sonreí\mbox{—.} Tú, en cambio, estás muy flaco.

—Lo mismo digo —replicó él, burlón\mbox{—.} Nadie diría que vives en una
taberna y tienes comida al alcance de la mano.

—Come como dos personas —aseguró Kirlens, con una sonrisa feliz al que
hacían eco sus ojos sonrientes\mbox{—,} pero se mueve como cuatro.

Me eché a reír.

—Por cierto, yo aún no he comido —dije\mbox{—.} Y estoy muerta de hambre,
esta mañana el maestro Dinyú nos ha matado con su har-kar.

—¿Har-kar? ¿Aprendes har-kar? —Kahisso parecía realmente impresionado.

—Ajá —contesté, modestamente.

Kirlens rellenó dos boles y los posó sobre la mesa.

—Los dos, a comer. A Shaedra la han puesto a aprender técnicas de
combate, a mí no me convence porque Shaedra no quiere ser Guardia de
Ató.

—No —aprobé, tragando una cucharada de sopa\mbox{—.} Pero me da igual. El
maestro Dinyú es muy bueno y me cae muy bien. Pero… no quería
interrumpiros. De todas formas tengo que comerme esto a toda prisa
porque tengo que leer un libro e ir a ver a Kwayat y…

—¡Por todos los dioses! —exclamó de pronto Kirlens\mbox{—,} ¿quién se está
ocupando del mostrador?

Me sobresalté. Uy.

—Er… por el momento no hay nadie —confesé, sonrojándome\mbox{—.} Le dije a
Wigy que me ocuparía de todo, porque se ha enfadado otra vez y cuando
está enfadada está mucho más torpe.

—¡Ya voy! —gritó entonces Wigy, bajando a toda prisa las escaleras\mbox{—.} Ya
voy. No digas tonterías sobre mí, Shaedra. Sobre todo delante de Kahisso,
me va a tomar por una descerebrada. Ahora me ocupo de todo yo —dijo,
cuando vio que Kirlens iba a intervenir\mbox{—.} No os preocupéis por nada.
Shaedra, ¿tú no deberías estar fuera, ya?

—¿Qué hora es?

—Casi las dos.

Agrandé los ojos, agité rápidamente la sopa que me quedaba y me la
tragué de un golpe. Iba a ir a lavar el bol y la cuchara cuando Kirlens
me dijo:

—Déjalo. Ya lo lavaré yo. Tú haz lo que tengas que hacer.

Asentí rápidamente y salí disparada hacia el fondo de la cocina. Salí
por la puerta trasera, crucé el patio de soredrips que se iba cubriendo
rápidamente de flores blancas aplastadas por la lluvia y, para ir más
rápido, bajé el Corredor a toda prisa, girando hacia la derecha para
atajar. Alcancé la colina, hundida y preocupada porque llegaba tarde.
Si hubiese estado Aleria me habría fulminado con la mirada con cara de
sermón. Pero Kwayat era mucho más comprensivo.

Arriba, en la colina, me esperaba de pie, con un paraguas color arena.

—Buenos días, Kwayat —solté, resoplando.

—Buenos días. Sígueme. He encontrado una casa abandonada en el bosque.
Ya estoy más que harto de esta lluvia —añadió, echando una mirada
sombría hacia el cielo gris oscuro.

Esa noticia me pareció fantástica y nos adentramos en el bosque.
Caminamos hacia el suroeste. Ese bosque nunca me había sido tan familiar
como los bosquecillos del norte de Ató, pero aquel invierno había pasado
ahí con Syu y Frundis muchísimo tiempo y empezaba a conocer bastantes
recovecos del lugar. Por eso me intrigó que Kwayat hubiera encontrado
una casa, porque yo no había visto ninguna en todo ese tiempo.

Pero resultó que la casa era una pequeña cueva metida en una colina. Al
parecer, antiguamente había sido ocupada porque la tierra estaba batida
y había hasta conductos para recoger los regueros y echarlos afuera, de
modo que la tierra estaba seca.

La cueva estaba tan bien escondida que me extrañó hasta que alguien
hubiera podido encontrarla sin saber dónde estaba. Kwayat se sentó en un
rincón, plegando el paraguas, y yo me senté frente a él, aguardando a
que él hablara. Afuera, la lluvia seguía cayendo, suave pero
insistentemente.

—Hoy te voy a enseñar algo muy importante —dijo entonces Kwayat,
con tono ceremonioso. Sus cabellos blancos caían alrededor de su rostro
en mechas puntiagudas.

Enarqué una ceja.

—¿Más importante que aprender a transformarme correctamente?

Kwayat me miró fijamente con sus ojos azules.

—Es algo que necesita saber todo demonio. Ya sabes que la Sreda es
sinónimo de vida. La Sreda es algo casi sagrado.

—Eso me dijiste —asentí\mbox{—.} Lo que no entiendo es por qué en ese caso hay
tantas disputas entre demonios. Si la Sreda es tan sagrada, deberían ser
más pacíficos, ¿no?

—Eso díselo a los saijits —se burló él, con una sonrisa sarcástica.

Y entonces se me puso a explicar todas las creencias que giraban en torno
a la Sreda, de las cuales Kwayat parecía tomar en serio unas cuantas.

—Por curiosidad, ¿hay otras criaturas que utilicen la Sreda?
—pregunté en un momento.

—La Sreda la puede utilizar cualquier criatura —repuso Kwayat\mbox{—.} Pero
sólo cuando está activa. Algunos dicen que uno se convierte en demonio
por una especie de mutación, pero aquella explicación me parece muy
basta. Mutación es un término demasiado común.

Con el tiempo, había ido entendiendo que a Kwayat le gustaba presentar
a los demonios como a seres especiales, y no como a seres deformes que
habían sufrido una mutación brutal por tal o cual razón.

—Lo que no entiendo es cómo los táhmars pueden haber perdido la
capacidad para recuperar su forma saijit —dije, tras una pausa.

—Oh. Es sencillo. No son capaces de controlar la Sreda correctamente.
Tiene algo que ver con la transformación en demonio. Es decir que mutan
diferentemente. Los táhmars dicen que los yirs somos unos demonios a
medias —añadió, con una sonrisa irónica.

—Pero… esos táhmars, ¿dónde viven?

—En cantidad de sitios. Los bosques, las montañas, los Subterráneos… e
incluso en el mar. En fin, no son más listos que nosotros, ni nosotros
somos más listos que los saijits, desgraciadamente —suspiró Kwayat.

Me mordí el labio, meditativa, y el demonio sonrió.

—Adelante, pregunta —me animó.

Carraspeé.

—Dijiste que en total había más de dos mil demonios en la Tierra
Baya, contando los táhmars —empecé a decir\mbox{—,} eso no es mucho si
consideramos que la Tierra Baya se extiende de Iskamangra hasta las
Comunidades, ¿verdad?

Kwayat se encogió de hombros.

—El número no es nuestro punto fuerte. Ni tampoco nuestra desunión.
Pero lleva habiendo demonios desde los tiempos inmemoriales. Y llegamos
al punto importante del que te quería hablar: de cómo hay que tratar la
Sreda.

Asentí y Kwayat siguió hablándome y hablándome y yo le escuchaba
intentando estar atenta todo lo que podía. No era patente, pero se
adivinaba que Kwayat quería acelerar mi aprendizaje todo lo posible para
evitar que pudiera pasar algo malo. A mí, desde luego, no me apetecía
convertirme en un kandak y me aliviaba saber que era posible controlar
las transformaciones.

Aquella tarde, ambos hicimos el camino de regreso a Ató juntos, en
silencio. El silencio de Kwayat no era como esos silencios
elocuentes que incomodaban o le ponían nervioso a uno. Kwayat
simplemente no hablaba cuando no tenía algo importante que decir. Y cada
vez que callaba, su rostro imperturbable permanecía serio e
indescifrable.

Me despedí de él al llegar a la taberna y entonces recordé que tenía que
ir a la biblioteca a coger
\emph{Historia del har-kar}.
Pero no podía
ir en el estado en el que estaba, embarrada, hundida y con las manos
sucias. Rúnim me estrangularía si viese que tocaba uno de sus libros con
barro en las manos.

Así que entré en el
\emph{Ciervo alado}.
La taberna estaba casi
vacía. Tan sólo vi a Wundail y a Djaira, sentados en la misma mesa que
antes, hablando animadamente.

Wundail levantó la cabeza al verme.

—¡Hola de nuevo! —soltó alegremente\mbox{—.} Djaira y yo estábamos
discutiendo, como siempre. Ella nunca está de acuerdo y yo tampoco.
—Sonrió y luego me examinó\mbox{—.} Caray, cada vez que te veo vienes más
hundida. ¿Sigue lloviendo afuera?

Asentí con una mueca.

—Aunque el Dailorilh ha dicho que ahora no está tan seguro de si va a
venir el Ciclo del Pantano —comenté\mbox{—.} Nunca está seguro de nada.

—Hay ciclos que son muy difíciles de prever —replicó Wundail\mbox{—.} Aún
recuerdo el anterior ciclo, la gente dudaba entre un Ciclo del Oro y un
Ciclo del Hielo. Y siempre dando la vara con ese tema —suspiró.

Sonreí.

—Voy a lavarme. Y voy directa a la biblioteca. Tengo que coger un
libro.

Djaira enarcó una ceja.

—No eres de las que saben quedarse quietas, ¿eh?

—Desgraciadamente no me dejan estarlo —repliqué con una sonrisa
cansada.

Y me fui a la cocina a lavarme un poco con un cuenco de agua. Ahí
encontré a Wigy sentada, cosiendo un pequeño desgarrón de un vestido
suyo. Puso cara de desaprobación cuando me vio y, cuando le pregunté
dónde estaban Kahisso y Kirlens, me dijo que habían subido al cuarto de
este último.

—Jamás había visto a Kirlens tan emocionado —me reveló Wigy, sin dejar
de coser\mbox{—.} En cambio, su hijo, no parece ser alguien muy afable, ni
siquiera ha tenido la consideración de mandarle noticias suyas estos
últimos años. Yo si fuese Kirlens le habría cerrado la puerta en las
narices. Al menos hasta que se disculpase debidamente —añadió, como yo
la miraba, atónita\mbox{—.} Yo desapruebo totalmente su comportamiento. Y
ahora, a saber cuándo tiene pensado volver a irse. Kirlens sabe
perfectamente que si no ha renunciado a ser raenday es que seguirá
mendigando de puerta en puerta y jugueteando con esa espada que tiene.

—Es una cimitarra —le dije, secándome las manos con un trapo.

—Qué más da. Ser raenday no aporta nada. Ni siquiera puedes tener una
vida normal.

Asentí con la cabeza, cavilando.

—Quizá Kahisso esté pensando en dejarlo —sugerí.

Wigy soltó un gruñido.

—No tengo mucha confianza. Pero si es así, entonces me alegraré por
Kirlens, aunque vivir con ese tipo bajo el mismo techo me va a ser
difícil. ¿Sabes todas las criaturas que habrá matado? Por no hablar de
cosas peores. Los raendays tienen muy malas maneras —declaró,
interrumpiéndome antes de que pudiese llegar a decir nada.

—Wigy, deberías conocerlo mejor antes de opinar. Kahisso me salvó la
vida.

Wigy se encogió de hombros.

—Una buena acción no hace bueno a un hombre.

—En eso tienes toda la razón —repliqué, sonriendo.

\chapter{Entrenamiento}
\label{s:11}

\textsl{«Al año siguiente, Duyneb le retó a un duelo con la
firme intención de vencer. Perdió estrepitosamente ante los ataques de
Kiujal.»}

Me froté los ojos, exhausta, con la impresión de ver doble. Las letras
del libro bailaban ante mis ojos, sin orden.

\emph{«Deberías dormir»},
me aconsejó un Syu medio dormido.

Negué con la cabeza.

\emph{«Tengo que ir esta noche a ver a Drakvian. Para cerrar el trato»},
le
recordé.

\emph{«¿Estás segura de que quieres hacer ese trato?»},
me preguntó.
\emph{«Porque cada vez que haces un trato, se complican las cosas.»}

\emph{«¿Cuándo he hecho un trato yo?»},
pregunté, frunciendo el ceño.

\emph{«No digo que todos los tratos hayan sido malos. Por ejemplo, el de
Frundis estaba bien. Pero el del demonio no me acaba de convencer.»}

\emph{«Eso último desgraciadamente no era un trato, Syu. Fue un tremendo
error.»}

\emph{«Llámalo como quieras, ahora estás comprometida a hacer más cosas. Y
si pactas algo con la vampira, tendrás que hacer todavía más cosas, ¿ves
lo que quiero decir?»}

El mono gawalt hablaba sabiamente, pero aun así, suspiré.

\emph{«Veo lo que quieres decir, pero no me vas a convencer. Viste cómo
Drakvian espantó al oso sanfuriento. Estaré más tranquila si le ayuda a
Lénisu.»}

\emph{«A menos que Lénisu resulte tener una sangre especialmente
deliciosa»},
dijo el mono, bromista.

Puse los ojos en blanco.

\emph{«No te preocupes. Este trato no se torcerá. Y si se tuerce, pues… se
tuerce. En la vida no todo puede salir bien.»}

Syu puso una mueca, dubitativo, pero volvió a su jergón y yo a mi lectura
del libro
\emph{Historia del har-kar}.
Estaba a la mitad pero tenía la
impresión de estar sobrevolándolo. Llevaba más de cuatro horas metida en
mi lectura y el libro me resultaba interesante, y me daba rabia no poder
tomarme todo el tiempo para leerlo. Porque tenía que dormir, y antes de
dormir tenía que ir a ver a Drakvian. ¡Había tantas cosas que hacer y en que
pensar! Aprender har-kar tenía toda la pinta de ser un ejercicio extenuante,
y Kwayat me presionaba porque tenía que aprender más rápido, Lénisu estaba en
peligro, Aleria estaba deprimida… ¿Acaso me olvidaba de algo? Ah, sí, de los
Hullinrots y Jaixel, aunque esos ya eran la menor de mis preocupaciones. En
fin, al menos, Kirlens estaba más feliz que nunca.

Cerré el libro de un golpe seco y apagué la luz de la lámpara.

\emph{«Está bien»},
solté, levantándome.
\emph{«De todas formas ya no estoy
concentrada.»}

Syu se levantó de un bote y se acercó a la ventana.

\emph{«Pues deberías concentrarte, los escama-nefandos siguen rondando por
ahí, que yo sepa. Y tienen mal genio.»}

Agrandé los ojos.

\emph{«A esos los había olvidado»},
confesé, abrochándome la capa.
\emph{«Intentaré ser prudente»},
prometí. Y me puse la capucha.

Cogí la caja de tránmur y abrí la ventana. Afortunadamente había dejado
de llover, aunque todo debía de estar requetemojado.

Me costó como nunca salir de Ató. Era de lo más incómodo llevar una caja
escondida debajo de mi capa y trepar sigilosamente por los tejados al
mismo tiempo. Syu ponía caras aterradas cada vez que resbalaba y perdía
el equilibrio por un segundo.

\emph{«Sé un gawalt»},
me dijo gravemente en un momento.

\emph{«Un gawalt no podría estar cargando una caja así y ser sigiloso»},
repuse.

El mono gruñó, escéptico.

A medio camino, perdí el control sobre la Sreda y me transformé. Eso me
impidió utilizar mis armonías para esconderme pero no me espantó:
después de todo, durante todo el invierno, había estado saliendo de Ató
sin poder utilizar las energías. Aun así, intenté aplicar las lecciones
de Kwayat y, quedándome tumbada contra un tejado, cerré los ojos y me
concentré. Había practicado varias veces junto a Kwayat así que,
teóricamente, tenía que funcionar ahora.

Pero estaba demasiado preocupada con la idea de llegar tarde o de que me
sorprendieran en el tejado, de modo que al de un breve momento abandoné
y seguí mi camino transformada. A fin de cuentas, Drakvian ya estaba al
corriente de todo, ¿qué importaba que me viese otra vez bajo aquella
forma?

Tuve que evitar a dos guardias que conversaban tranquilamente sentados
en un banco de piedra, a las afueras. Me hizo gracia verlos ahí sentados
porque generalmente, de día, solían estar ahí sentados tres viejecitos
de Ató, a la sombra del olmo.

\emph{«Por fin»},
dije, unos minutos después, al adentrarme en el bosque.

\emph{«Has estado endiabladamente lenta»},
replicó Syu.

\emph{«Por si no te has fijado, en los días de primavera hay más guardias
que en invierno»},
gruñí.
\emph{«Por la simple razón de que hay más ataques
de criaturas.»}

\emph{«Ya, ya. Pero eso no quita que yo habría llegado aquí mucho antes que
tú si no te hubiera esperado»},
contestó orgullosamente el mono.

Puse los ojos en blanco pero no contesté. Un cuarto de hora después,
llegué al sitio en que la víspera Drakvian y yo habíamos hablado. No vi
a Drakvian y fruncí el ceño.

\emph{«Aún no ha llegado»},
advertí.

Se oía caer el agua del Trueno. Y en un momento oí un grito agudo de ave
nocturna. Y el ruido de una ramita que se rompía. Lentamente, retrocedí
hacia la sombra de un árbol, aprensiva. Syu, sobre mi hombro, miraba
hacia su alrededor, nervioso.

\emph{«No me gusta esto»},
dijo.

\emph{«A mí tampoco»},
confesé, agachándome junto al árbol.

Estuve esperando así un rato, escuchando los ruidos nocturnos e
imaginándome que me estaban rodeando unos escama-nefandos sin que yo lo
supiese, o unos nadros rojos, o unas arpïetas…

—¡Ah! —exclamó de pronto la voz de Drakvian\mbox{—.} Estás ahí.

La vampira se despegó de la sombra de un árbol y surgió como de la nada.
Me levanté enseguida, aliviada.

—¡Creí que no ibas a venir!

Drakvian sonreía, divertidísima.

—Llevaba aquí más de cinco minutos, esperándote. ¡Y estábamos a unos
metros! —dijo, riendo.

Su risa no era precisamente silenciosa y resonó ruidosamente a nuestro
alrededor.

—¡Ssh! —murmuré\mbox{—.} Podría haber escama-nefandos.

—Es verdad, los hay. Me he cruzado con uno de ellos —confesó Drakvian.
Sus ojos brillaban de picardía\mbox{—.} Muy apetitoso.

Agrandé los ojos, incrédula.

—¿Has matado un escama-nefando y has… bebido su sangre?

Drakvian me dirigió una enorme sonrisa.

—Me lo he bebido hasta la última gota —susurró, mostrándome sus
colmillos, y luego rió, al ver la cara que ponía\mbox{—.} ¡Vamos! ¿Cómo me voy
a beber un escama-nefando? Su sangre es puro veneno. Eso sí, huele que
alimenta, pero los vampiros conocemos muy bien esas trampas. Así que me
subí a un árbol y le tiré escupitajos hasta que se aburriera y se
marchara. No son muy ágiles, pero corren muy rápido. Y al de poco dejé
de oler su sangre.

Resoplé, impresionada.

—¿Le escupiste y se fue?

Drakvian me dirigió una sonrisa desenfadada.

—Eje, sí. Los escupitajos de los vampiros acaban con la paciencia de
cualquiera. Al parecer, apestan.

Y al notar mi interés se puso a explicarme que a veces le bastaba con
soltar escupitajos a su alrededor para dormir tranquila toda la noche.

—Sólo algunas criaturas sin olfato delicado tendrían ganas de atacarme
si mi presencia los pone nerviosos —dijo\mbox{—.} Como las ratas o los nadros
rojos, lo huelen todo pero les da igual que huela mal.

Cuando me hizo una pequeña demostración tuvimos que cambiar de sitio
porque el lugar empezó a desprender un efluvio que olía peor que a
podrido y a muerte. Drakvian olía el olor de manera distinta, según
dijo, y me pregunté cómo podía ser que un olor pudiera ser captado tan
diferentemente. Me había ido dando cuenta de que a Drakvian le encantaba
recordarme a cada instante que era un vampiro y que era muy diferente a
mí y a los demás saijits.

—¿Has traído el objeto? —preguntó entonces, después de haber
encontrado un lugar más apropiado y menos fétido.

Asentí y saqué la caja de tránmur.

—Es de Lénisu. No sé qué hay dentro, pero desde luego es muy
importante.

—¿De Lénisu? —repitió la vampira, soltando un gruñido\mbox{—.} ¿Y no sabes lo
que hay dentro?

—No me he atrevido a abrirlo —repliqué dignamente\mbox{—.} Lénisu nunca quiso
decirme nada sobre lo que contenía.

A Drakvian se le iluminaron los ojos de curiosidad y cogió la caja de
tránmur con precaución, sopesándola.

—No rompas la caja y no la abras bajo ningún concepto —dije,
reprimiendo las ganas de volver a coger la caja.

Drakvian me miró con los ojos entrecerrados, como contrariada.

—Está bien —decidió al cabo, sin embargo\mbox{—.} Ahora te daré el mío. —Al
principio, temí que estuviera pensando en Cielo, su daga, pero me
tranquilicé al ver que llevaba sus manos a su cuello y se quitaba un
collar, que antes había tenido escondido detrás de su capa. Era un
objeto pequeño\mbox{—.} Con esto cerraré el trato —declaró.

Me lo dio como a regañadientes. El colgante era una especie de piedra
plana y triangular con unos signos escritos en su superficie. Pasé la
mano sobre la piedra, intentando buscar algún tejido de encantamiento,
en vano.

—¿Qué es? —pregunté, curiosa.

—Algo muy importante para mí —replicó la vampira\mbox{—.} Cuídalo como tu
propia vida.

—Pero… ¿qué son esos signos?

Drakvian soltó un gruñido aburrido.

—Si yo no puedo abrir la caja, tú tampoco sabrás para qué sirve lo que
te he dado. Así estamos en paz —razonó.

No pude más que estar de acuerdo con ella. Me pasé el collar de cuerda
sobre el cuello y lo escondí bajo la ropa. Drakvian me observó, ladeando
la cabeza.

—Ya veo que aún no tienes puesto el shuamir del maestro Helith.

Palidecí.

—¿El shuamir? —repetí débilmente.

—Te puede evitar malas sorpresas si alguien intenta examinar tu mente,
por ejemplo.

Sacudí la cabeza, sin poder atreverme a contarle la verdad. Después de
todo, si se la decía a ella, ella se lo contaría a Márevor Helith…

—Descuida, nadie va a examinar nada. Y si hablas de los Hullinrots,
seguro que están muy ocupados en otros asuntos más importantes. Después
de todo, Jaixel igual tiene otras filacterias esparcidas por los
Subterráneos —bromeé.

—Me extrañaría —replicó la vampira\mbox{—.} Si hubiese troceado su mente, no
causaría tantos problemas a los Hullinrots. De todas formas, yo que tú
me lo pondría.

Sin poder remediarlo, solté:

—No lo tengo. Lo perdí.

Drakvian puso cara de asombro y luego sonrió sarcásticamente como solía.

—¡Ja! Eso sí que es bueno. ¿Pero cómo?

—En el viaje hacia Ató —contesté, bajando la cabeza, avergonzada\mbox{—.}
Tuvo que ocurrir en las montañas, o en la bajada, a menos que fuera
después… A Márevor Helith no le va a encantar la noticia.

Drakvian soltó una risotada.

—¡Desde luego que no! Cuida a sus shuamirs como si fueran sus hijos.
Aunque, si se te ha perdido, él ya se habrá enterado. Supongo que ya
sabías que se servía del amuleto para localizarte.

—Me lo suponía —contesté.

—Aunque quizá no sepa nada si lo has perdido cerca de Ató
—reflexionó\mbox{—.} Después de todo, sabe que estás en Ató. Y si el shuamir no
se mueve, tan sólo significa que no lo llevas contigo… Tendré que
informarme sobre el tema —dijo, dándose golpecitos sobre los labios con
el dedo índice.

—Entonces, ¿trato hecho? —intervine\mbox{—.} ¿Vas a protegerle a Lénisu?

Drakvian asintió y me fulminó con la mirada, levantando la cabeza.

—Y a ti más te vale proteger lo que te he dado mejor que el shuamir, o
te juro que no volverás a ver brillar en el cielo ni la Luna, ni la
Vela, ni la Gema.

Asentí fervientemente, llevando la mano a mi colgante.

—No me separaré de él, te lo prometo. Y tú prométeme… cuidar bien de
la caja, ¿eh?

—La dejaré en un lugar seguro —afirmó\mbox{—.} Y ahora, tengo un largo viaje
que hacer así que…

—Espera —la interrumpí\mbox{—.} No me has comentado nada del favor que te
tendré que dar después de esto.

Drakvian resopló, como aburrida, y se fue corriendo sin decirme nada
más. Me tentó la idea de correr tras ella, pero Syu negó con la cabeza y
me disuadió.

\emph{«Corre más rápido que nosotros. La he visto. Va a toda prisa. Un buen
gawalt debe saber quién va más rápido que él.»}

\emph{«Entonces, volvamos a casa antes de que los escama-nefandos nos coman
vivos.»}

Syu asintió enérgicamente y volvimos a casa como si nos estuviese
persiguiendo una manada de lobos hambrientos.

\nopagebreak \bigskip {\centering{$\spadesuit$} \par} \smallskip
—Buenos días —nos saludó el maestro Dinyú, cuando llegamos al terreno
de aprendizaje.

Contestamos todos al unísono. Ozwil estaba como siempre con sus botas
saltarinas y me pregunté por qué el maestro Dinyú no le había dicho que
se las quitara para aprender har-kar: no era del todo práctico para
realizar los movimientos que nos decía. Aunque, de hecho, eso era
problema de Ozwil, no del maestro.

Habían llegado los kals de segundo año. Eran tan sólo tres, y empezaba a
entender que necesitaban compensar un poco el número de combatientes.
Había una humana musculosa y grande, llamada Yeysa, un elfo oscuro muy
feo pero rápido llamado Zahg y una belarca pequeña y ágil, una tal
Sotkins. En total, éramos ocho, más Aryes, que en la víspera ya había
empezado las lecciones de bréjica.

Nos pusimos todos en dos líneas. Para empezar, el maestro Dinyú nos hizo
repetir los movimientos del día anterior y nos enseñó cinco nuevas
tácticas de ataque, antes de preguntarnos algo sobre la
\emph{Historia del har-kar}.

—¿Os gustó el libro? —preguntó.

—Sí —contestamos todos, con más o menos entusiasmo.

El maestro Dinyú sonrió, contento.

—Me alegro. ¿Y cuál es la parte que más os ha gustado?

—Cuando hablaban del duelo entre Háydaros y el Dáilerrin de
Neiram —dijo Ozwil enseguida.

—Ah, sí, fue un duelo histórico. Ya sabéis que el mejor discípulo de
Háydaros es considerado uno de los mejores har-karista de Ajensoldra,
por no decir el mejor.

—Háydaros sigue siendo el mejor —replicó Sotkins.

El maestro Dinyú, con las manos en la espalda, sonrió otra vez,
enseñando sus dientes blancos.

—Háydaros ya está un poco viejo para duelos.

Todo eso me sorprendió mucho porque yo estaba convencida de que
Háydaros, aquel har-karista tan famoso, había muerto hacía tiempo. Por
lo visto, estaba equivocada. Supuse que si me hubiese podido leer el libro
entero lo habría sabido. Pero cuando había vuelto de mi conversación con
Drakvian tan sólo había podido desvestirme y taparme con una manta antes
de sumirme en un sueño profundo. Y aun así, no había podido dormir todo
lo que habría querido.

Ahí se acabó el interrogatorio sobre el libro, y al menos no tuve que
confesar que no había hecho los deberes que nos había pedido. Con
determinación, me prometí que acabaría de leer el libro aquella tarde.

Al de un rato, después de darnos unas cuantas indicaciones, más
filosóficas que otra cosa, el maestro Dinyú nos pidió que le enseñáramos
lo que sabíamos hacer en un combate cuerpo a cuerpo.

Los primeros en pelear fueron Zahg y Yeysa. El combate acabó muy rápido
porque Yeysa le metió un puñetazo en el vientre al elfo y éste se
tambaleó y perdió el equilibrio, cayendo estrepitosamente. La tierra,
bajo el sol caliente, empezaba a secarse, pero aun así acabó bastante
embarrado.

Yeysa, sin embargo, no mostró ningún atisbo de compasión. Se giró hacia
el maestro y saludó juntando las manos, como si se enorgulleciera de
haber dejado a su compañero hecho un trapo.

El maestro Dinyú se levantó de la silla de paja que había llevado y se
acercó a ambos.

—¡Maestro! ¡No tenía derecho a hacer eso! —decía Zahg, masajeándose la
tripa y fulminando a Yeysa con una mirada asesina.

—En el combate real, todas las tácticas son posibles —replicó
tranquilamente el maestro Dinyú\mbox{—.} Pero ahora no estamos en un combate
real, sino en un entrenamiento —añadió, dirigiéndose a la humana bruta\mbox{—.}
No hacía falta darle tan fuerte. Lo que has hecho no era un ataque del
har-kar, aunque reconozco que es eficaz. Id a sentaros. ¿Qué kal de
primer año quiere pelear contra Sotkins? —preguntó.

—¡Yo! —exclamaron Ozwil y Revis, levantándose de un bote. Yo había
estado a punto de decir lo mismo, pero aún estaba medio despierta y no
reaccioné.

—Ambos —dijo el maestro Dinyú, divertido\mbox{—.} Ozwil, serás el primero. Y
luego, Sotkins, lucharás con Revis, ¿está bien?

—Sí, maestro Dinyú —replicó la belarca, avanzándose hacia el terreno
con un paso seguro. En sus ojos brillaba un destello de burla petulante.

Ozwil y Sotkins se hicieron el saludo habitual para un duelo,
inclinándose con las manos juntas, y luego se pusieron en posición.
Aquel combate me dejó pasmada. Sotkins era una verdadera demonio. Iba a
toda prisa y movía las manos y los pies a una velocidad abrumadora. Pero
Ozwil también me sorprendió al durar tanto. Sotkins se defendía y Ozwil
atacaba. Ozwil se llevó unas cuantas tortas pero siempre conseguía
reponerse, hasta que Sotkins se puso a atacar de verdad. Entonces el
duelo acabó en unos segundos. Ozwil, cansado ya de luchar, recibió una
patada contra la rodilla y cayó al suelo, casi sorprendido.

—¡Un buen combate! —aprobó el maestro Dinyú, levantándose otra vez y
ayudándole a Ozwil a levantarse\mbox{—.} Ozwil, deberías controlar más tus
movimientos. Te cansas inútilmente. ¡Revis!

El caito se acercó, pero ya no parecía tan seguro de sí mismo como
antes. Sotkins le metió una paliza. Luego, la vencedora peleó contra
Galgarrios y este último consiguió cogerle una mano para inmovilizarla
pero no había contado con los pies y recibió una patada de la belarca en
la barbilla, dejándole una mueca sombría y decepcionada que me hizo mucha
gracia. La verdad era que Sotkins cada vez me impresionaba más.

—¿Alguno más quiere luchar contra mí? —preguntó Sotkins,
jactanciosamente.

Tan sólo quedábamos Laya y yo. Y Laya no parecía estar muy dispuesta a
luchar con Sotkins. Así que…

—Allá voy —solté, levantándome.

La belarca enarcó una ceja y me reconoció sin dificultad: era la única
ternian de Ató, la que había desaparecido por un monolito, la ternian
cuyo tío era el Sangre Negra, ¿cómo no podía haber oído hablar de mí?,
me dije, sonriendo, sarcástica.

—Pues adelante —replicó ella con una sonrisilla.

—Recuerda mantener la mente despejada —me dijo el maestro Dinyú\mbox{—,} y
centrarte en tu jaipú.

Asentí y entré en el terreno, aprensiva. No me apetecía recibir las
mismas tortas que los demás. Había visto lo rápida que era Sotkins. Pero
yo también era rápida, y más delgada. Sabía luchar peor, eso sí. Así que
sería prudente, decidí.

Junté las manos y me incliné al mismo tiempo que ella, sin dejar de
mirarla fijamente. No quise atacar la primera y Sotkins esperaba a
que lo hiciera pero cuando se dio cuenta de que mis intentos eran tan
sólo tanteos, se impacientó y atacó como una furia.

Movía los brazos a toda prisa, y me pegó en el hombro y luego en el
costado antes de que yo consiguiese por fin hacerle una zancadilla que
ella evitó de milagro pegando un salto para atrás. No le dejé respirar y
esta vez ataqué yo. Las enseñanzas del maestro Dinyú eran demasiado
frescas para que pudiera utilizarlas instintivamente y peleaba como me
lo había enseñado el maestro Áynorin. Daba vueltas, paraba los ataques
con el brazo, y en un momento casi conseguí cogerle la mano y pisarle el
pie a la vez, pero ella reaccionó más rápido, pegó un salto e impulsó
sus dos pies contra mi tórax de modo que solté la mano y di un bote
para atrás para evitar el golpe. Lo conseguí a medias y me quedé con la
respiración entrecortada, aturdida.

—Demonios —resoplé\mbox{—.} Me rindo.

Sotkins soltó una carcajada y apartó unas mechas negras de su pequeño
rostro.

—He ganado otra vez —declaró.

—Buen combate —dijo el maestro Dinyú\mbox{—.} Me alegro de que estéis tan
entusiasmados. Laya, ¿quieres luchar contra Sotkins o prefieres elegir
otra persona?

Laya carraspeó, molesta.

—Creo que lucharé con Shaedra.

Se levantó, con la mirada clavada sobre mí y cuando le sonreí se turbó
un poco, como insegura. Gané fácilmente, a pesar de estar medio dormida por la
falta de sueño. El problema era que a Laya le faltaba rapidez.

Después de los duelos, el maestro Dinyú se dedicó a enseñarnos
intensivamente las posiciones de ataque y de defensa del har-kar. Al
final, volvimos todos juntos a Ató, y el maestro Dinyú nos condujo a
unos bancos y nos soltó toda una lista de libros que podíamos leer sobre
el control mental, el har-kar y el jaipú. Algunos ya los conocíamos,
y me alegré de haber leído unos cuantos que se suponía que no debería
haber estudiado en mis años de snorí, porque empezaba a sentirme
abrumada por todas las cosas que tenía que hacer en un solo día.

Cuando el grupo ya se estaba dispersando, Aryes se acercó a mí.

—¿Qué tal lo llevas? —me preguntó, como inquieto.

La pregunta me sorprendió.

—¿Qué tal lo llevo el qué? —repliqué.

—Pues… —Sacudió la cabeza suspirando\mbox{—.} Déjalo. ¿Esta tarde tienes que
ir a ver a Kwayat?

Gruñí.

—Como todos los días. Aryes, ¿te ha pasado alguna vez sentir que ya no
tienes ni un momento para ti?

Aryes frunció el ceño.

—Tal vez.

—Pues así me siento desde hace unos días. No he tenido tiempo ni para
ir a ver a Aleria y a Akín, ni a Deria ni a nadie. Syu dice que debería
dormir como los gawalts porque por lo visto no puedo dormir de un trecho
durante más de cinco horas porque no tengo tiempo. Pero el problema, en
sí, no son ni las lecciones del maestro Dinyú, ni las de Kwayat. Sino
el conjunto de eso más lo de Lénisu…

Aryes levantó una mano tranquilizadora y callé, agitada.

—Al parecer necesitas tomarte unas buenas vacaciones —soltó.

—O bien aceptar lo que pasa sin pensar —le interrumpí\mbox{—.} Syu dice que
pienso demasiado.

—Shaedra —me interrumpió Aryes, carraspeando\mbox{—.} Tranquila. Todo se
arreglará. Dol lo va a arreglar todo —corrigió\mbox{—.} Y estoy seguro de que
no tienes nada de qué preocuparte, aunque entiendo que te preocupes
—añadió\mbox{—.} Por cierto, he oído que ha vuelto el hijo de Kirlens, ¿es
cierto?

—¡Ah! —exclamé\mbox{—,} sí, me olvidaba de eso. ¿Ves? Ya no razono bien.
Debería dormir, pero tengo que ir a comer y luego ir a ver a Kwayat y
luego leer un montón de libros y… —Gemí y Aryes puso los ojos en blanco.

—Venga, recapacita. Supongo que te habrás alegrado de volver a ver al
hijo de Kirlens, ¿verdad? No todas las noticias son malas noticias.

—No —concedí\mbox{—.} Pero resulta que con todo esto he hablado más con
Wundail y Djaira que con Kahisso. Aunque ayer cenamos todos juntos, y
les conté lo de Lénisu.

—Pero… ¿los raendays conocían ya a Lénisu? —soltó Aryes, sorprendido.

—No, qué va. Pero Lénisu los conoce, o al menos los vio una vez, hace…
seis años, justo antes de cruzar el monolito que lo llevó a los
Subterráneos. ¡Demonios! —gruñí\mbox{—.} Parece que han pasado siglos desde que
Lénisu vino a Ató, la primera vez —suspiré\mbox{—.} Cuando se enteró ayer
Kahisso del asunto y expliqué la situación, dijo que quizá Lénisu fuera
un contrabandista, porque le sonaba haber oído ese nombre en algún
sitio, pero que dudaba mucho de que fuera un criminal.

—Ese Kahisso tiene buen olfato —aprobó Aryes.

Lo fulminé con la mirada.

—¿Qué? —protestó, sorprendido.

—Que Lénisu tampoco puede ser culpado de contrabando porque si no lo
encarcelan ya para rato o lo envían a la Insarida, quién sabe. Hay
que salvarlo de todo este lío.

—Por supuesto. Pero por el momento hemos prometido a Dol que no
haríamos nada.

Asentí, cansada, y sentí de pronto un flujo de energía recorrerme las
venas. La Sreda, entendí, horrorizada.

Me detuve en medio de la plaza y miré a Aryes con aire más que
alarmada.

—¿Qué sucede? —preguntó él enseguida, advirtiendo mi expresión de
horror.

—Me estoy… transformando —mascullé entre dientes, sin apenas atreverme
a abrir la boca.

Intentaba detener el flujo de energía, pero aún no se me daba bien
controlar la Sreda pese a que Kwayat me hubiera repetido la teoría
decenas de veces, y controlar la Sreda cuando una estaba totalmente
exhausta parecía ser más difícil todavía, a menos que no supiese
concentrarme por alguna otra razón, pero el caso es que me estaba
transformando, y en medio de la plaza de Ató. Kwayat me iba a freír
viva.

Aryes me cogió de la mano.

—Tápate la cara —siseó.

Me subí el cuello de la túnica hasta los ojos, cubrí mis manos con las
mangas y seguí a Aryes sin rechistar. Me condujo a la Neria, que era el
lugar más cercano y donde menos gente podía haber, se suponía. Nos
paramos junto a un arbusto y me escondí, con los ojos dilatados por el
miedo.

—Por Ruyalé —resoplé\mbox{—.} ¿Por qué?

—Estás cansada —me explicó Aryes, sentándose a mi lado\mbox{—.} Deberías
decirle a Kwayat que te deje más tiempo para dormir.

Negué con la cabeza.

—No es culpa suya. Esta noche habría dormido bien si no hubiera sido por
la
\emph{Historia del har-kar}
y por Drakvian.

—¿Drakvian? ¿Ha vuelto?

—Ajá. Pero ahora se ha marchado a proteger a Lénisu, tal y como yo le
he pedido o más bien tal como me lo ha propuesto.

Y entonces le conté en voz baja mi conversación con la vampira y el
trato que había hecho con ella. Aryes puso cara pensativa mientras le
hablaba.

—Vaya —dijo al cabo\mbox{—.} Eso es una buena noticia.

Vacilé y asentí. Y entonces me agité, nerviosa.

—¿Sigo transformada, no? —pregunté, aturdida, con los ojos cerrados,
rogando por que no lo estuviera.

—¿Cómo podrías no saberlo? —replicó Aryes, con evidente extrañeza.

Sentía el flujo de Sreda, sí, pero esa misma mañana lo había sentido ya
varias veces sin estar transformada.

—A veces no es tan fácil —expliqué, abriendo los ojos y viendo que
efectivamente mis manos todavía estaban cubiertas de marcas y que mi
vista seguía extraña. Suspiré\mbox{—.} Creo que hoy voy a pasarme de comida.

Aryes negó firmemente con la cabeza.

—Voy a traerte algo para comer. Tú quédate aquí y que no te vea nadie.

Lo miré, boquiabierta, y luego me puse a bostezar.

—Gracias, Aryes.

Él sonrió, divertido.

—De nada. Enseguida vuelvo.

Desapareció entre el follaje y me quedé sola y hambrienta pero inmóvil
como una piedra. Prefería no pensar en qué pasaría si alguien me viera
en aquel momento, pero aun así lo hice, y me representé la escena muy
claramente, yo delante del cadalso y rodeada de guardias aterrados por
mi aspecto y Kwayat mirándome con una cara impertérrita. Cerré los ojos
e inspiré hondo. No, tenía que volver a recuperar mi forma saijit,
decidí. No podía estar dando rienda suelta a mi imaginación y deleitarme
con oscuros pensamientos.

De pronto oí un ruido de hojas y me quedé lívida de miedo. ¿Sería Aryes
que estaba de vuelta? Intenté serenarme, pero entonces algo me cayó
encima y, tontamente, solté un grito.

\emph{«¡Que no grites, que soy yo!»},
soltó Syu, riéndose a carcajadas de
mono.

Estaba tan tensa que rompí a reír como una histérica y cuando volvió
Aryes con un bocadillo de pasta de arroz con queso, ya había recuperado
mi forma normal y estaba mucho más tranquila.

Aryes, Syu y yo comimos en la Neria y luego me despedí de Aryes y me
encaminé hacia la taberna. Pasé tan sólo a asegurarles que no me había
raptado nadie ni se me había aparecido un monolito, pero los
pensamientos de Kirlens de todas maneras parecían estar bastante
focalizados en Kahisso y no parecía ya tan pendiente de si me iba o no,
así que tan sólo eché una partida de cartas con Kahisso, Wundail y Djaira
y luego me fui a mi lección diaria con Kwayat. Cuando me preguntó Kahisso
qué clase de lecciones me daba este último, le sonreí, dudando en si
contestarle o no, y al cabo me contenté con decirle:

—Me enseña a controlar mi mente, un poco como el maestro Dinyú
—reflexioné en voz alta\mbox{—.} Está convencido de que conseguiré aprender lo
que me enseña —añadí con una ancha sonrisa.

—Pues entonces trata de no decepcionarlo —me contestó Kahisso
alegremente. Pero un destello en sus ojos me hizo entender que
sospechaba que Kwayat no era ningún maestro corriente. Claro que sus
suposiciones no podían ni remotamente estar cerca de la verdad.

\chapter{Vacas y sabandijas}
\label{s:12}

Sotkins movió ligeramente las manos y se desplazó. Giramos alrededor del
terreno; la vi entonces amagar una ofensiva y no dudé: di un salto
hacia la izquierda dando una voltereta oblicua para atacar con el
pie, pero Sotkins ya había esquivado el ataque y esta vez era ella quien
me atacaba. Evité el golpe de milagro y ambas caímos otra vez en
posición de pie sobre el suelo. Nos miramos a los ojos, desafiantes, y
nos volvimos a concentrar.

No muy lejos, Ozwil y Zahg hacían grandes movimientos, enfrentándose con saña.
Galgarrios intentaba no hacerle daño a Laya mientras
ésta se desanimaba propinándole golpes que apenas le dolían. Yeysa y Revis,
en cambio, estaban también muy concentrados porque Revis, aunque robusto,
no lo era tanto como la monstruosa humana y no deseaba morder el polvo de modo
que había estado obligado a atender correctamente los consejos del maestro
Dinyú para la evasión en el combate. En cuanto a mí, Sotkins me estaba dejando
sin aliento y parecía que ella no se cansaba nunca. Cuando decidió atacar, me
preparé, me agaché y realicé un complicado movimiento de mi invención que la
pilló totalmente desprevenida. Mi golpe en su tobillo la hizo perder el
tambalearse aunque no cayó; en cambio, yo tuve que dar una voltereta sobre la
tierra para alejarme de ella. Sotkins no esperó pero alcancé a evitar su
patada y me volví a levantar de un bote, contraatacando para que se calmase un
poco.

Entonces, sin previo aviso, Sotkins me cogió el pelo y estiró. Grité de
dolor, ella aprovechó para darme un rodillazo.

—¡Me rindo! —solté, jadeante, cogiéndome el pelo para que dejara de
estirármelo.

Sotkins me soltó el pelo y sonrió tranquilamente.

—Eres rápida, pero no lo suficiente. Por cierto, deberías atarte el
pelo —dijo, dándome la espalda.

Me aparté de pronto para evitar un golpe que Ozwil pretendía dirigir a
Zahg y me dirigí hacia el límite del terreno. Del otro lado, vi que
Sotkins se paraba junto al maestro Dinyú y se ponía a hablarle. A saber
lo que le decía, pensé.

Con una sonrisa, vi que Laya estaba apoyada sobre el hombro de
Galgarrios, intentando recuperar un ritmo normal de respiración.
Aunque aprender a combatir no era lo que más me gustase, afortunadamente
no se me daba tan mal como a Laya. Vi a Aryes sentado en
la hierba, con la mirada perdida, practicando sus lecciones bréjicas.
Como le había avisado el maestro Dinyú, su aprendizaje se basaba más que
nada en práctica individual y en leer libros de historia y estudios
sobre la energía bréjica. Eso era lo que les enseñaban a los alumnos
bréjicos de las pagodas ajensoldrenses. Recordaba que en Dathrun no se
enseñaba igual. Rathrin estudiaba bréjica y cuando hablaba de sus
estudios parecía más como si un estudiante en energía bréjica necesitase
constantemente un profesor a su lado para que no perdiese los estribos.
El doctor Bazundir me había enseñado más de una cosa sobre la energía
bréjica, y la verdad, más de lo que había aprendido en la Pagoda Azul en
todos esos años, pero nunca me había enseñado a controlar la energía
propiamente dicha. Ahora entendía el problema en la educación de
Dathrun: a los alumnos, les faltaba saber mantener el equilibrio
energético, cosa que los alumnos de las Pagodas aprendían desde nerús.

Me acerqué a Aryes y me senté junto a él, observando los combates y
esperando a que alguno acabara para cambiar de adversario: llevaba
combatiendo con Sotkins toda la mañana, y me había dejado con los
músculos molidos.

—Ayer hablé con Dol —dijo de pronto Aryes, saliendo de su mutismo
aunque sin perder su inmovilidad y su aire concentrado\mbox{—.} Y dijo que los
Gatos Negros no son para nada los mismos que hace diez años.

Enarqué una ceja.

—Dice que no ha podido obtener más información por el momento
—añadió\mbox{—.} Sospecho que conoce a antiguos miembros de los Gatos Negros y
que les ha preguntado sobre el tema.

Asentí.

—Seguramente. Aunque me extrañaría que Dol tuviera tan buenos
contactos como Lénisu —agregué, con una sonrisa irónica que desapareció
cuando me puse a pensar en mi tío\mbox{—.} Dol lleva ya veinte días intentando
encontrar a los Gatos Negros, son ocho días más de lo previsto y aún no
sabemos gran cosa —suspiré\mbox{—.} Aunque por lo menos tampoco hay malas noticias.

—Deria dice que pidamos ayuda a Márevor Helith —soltó Aryes, sonriendo
ligeramente.

Resoplé.

—Márevor Helith me tiene que maldecir por haber perdido el shuamir. Y
Lénisu y él no parecían llevarse del todo bien. ¿Sabes? Aún no he
encontrado en ningún libro de la biblioteca la palabra «eshayríes».

—¿Qué? —dijo Aryes, girándose hacia mí, sorprendido\mbox{—.} ¿Qué es eso de
eshayríes?

—¿No te acuerdas? Lénisu formaba parte de ellos. Márevor Helith le
preguntó a ver si volvería a ser un eshayrí. Y Lénisu dijo que no. Ya se
lo pregunté más de una vez a mi tío, pero a él le encantan los secretos
y aún no sé lo que es eso.

—Deberías haberme preguntado antes, te habría ayudado a buscarlo. ¿Le
has preguntado a Aleria? Seguro que ella sabe.

Asentí con la cabeza.

—Se lo pregunté. Pero nada. No sabe. Para mí que debe de ser algo muy
poco conocido. Aunque que un nakrús le dé importancia tiene su miga
—medité\mbox{—.} De todas formas, por ahora, todo eso es lo de menos. Bueno
—solté, levantándome\mbox{—.} Voy a pelear contra Galgarrios, me parece que
Laya se ha rendido. Buen ejercicio, Aryes.

Me alejé y al entrar en el terreno me fijé en que el maestro Dinyú y
Sotkins estaban enfrascados en una conversación al parecer muy
interesante. Laya me pasó al lado resoplando ruidosamente.

—Buena suerte, Shaedra. ¡Yo no puedo más!

Me sorprendí de que me hablara con tanta soltura porque hacía días que
Laya no me dirigía la palabra, como otros muchos que apenas me hablaban
por las mismas razones que le habían llevado a Akín a discutir con su
padre sobre si tenía él la capacidad para elegir sus amistades. Al
parecer mi reputación había vuelto a bajar en picado, aunque yo apenas
tenía tiempo para pensar en ello y poco me importaba que hubiese gente
capaz de escuchar los disparates de Marelta Pessus.

Laya debía de estar realmente agotada, pensé, acercándome hacia
Galgarrios. El caito me sonrió.

—Espero que no tenga que sujetarte a ti también —soltó.

—¡Ja! —repliqué, con las manos sobre las caderas\mbox{—.} ¡Procura que no te
sujete yo a ti, presumido!

Y nos pusimos en posición. Evité varios golpes de Galgarrios y observé
que, como siempre, el caito tenía cuidado en no darle demasiada fuerza a
su brazo. Pero no me dio ni una sola vez. En cambio yo me movía a toda
prisa, de modo que Galgarrios se quejó de vértigo y le dejé recapacitar
durante unos segundos antes de atacarle con un grito salvaje, dar un
salto y pasar por encima de él. Lo saludé respetuosamente y solté una
carcajada al ver que él se giraba, buscándome con la mirada.

—¡Galgarrios! —dije, riendo\mbox{—.} Deja ya de preocuparte por si me haces
daño o no, no me voy a morir si recibo un golpe, aunque dudo de que lo
reciba —añadí.

Galgarrios puso cara vacilante.

—No me gustaría hacerte daño —admitió.

—Ni a mí a ti —le repliqué tranquilamente\mbox{—,} pero parece que estás
más pendiente de no hacer daño que de hacerlo bien, y luego resulta que
ya no te concentras.

—Vale —cedió Galgarrios, con expresión decidida, levantando los
puños\mbox{—.} Adelante.

Le dediqué una gran sonrisa y ataqué, evité una serie de puñetazos y
fuimos dando vueltas y vueltas, parando nuestros ataques. Vi que Galgarrios
empezaba a cansarse. Entonces, noté que perdía la concentración y tomé un
impulso a toda velocidad, aterricé sobre sus hombros y le cogí la nariz.

—¡Gané! —solté, riéndome a carcajadas, mientras la voz nasalizada de
Galgarrios protestaba y resoplaba.

Me deslicé hasta el suelo con una gran sonrisa, canturreando una
canción. Oí unas risas y vi que el maestro Dinyú reía por mi ataque poco
tradicional. Sotkins tenía una sonrisa divertida en los labios.

—¡Un buen truco, Shaedra! —me felicitó el maestro Dinyú, levantándose
tranquilamente, alisando su túnica negra\mbox{—.} Tengo curiosidad, ¿dónde
aprendiste a saltar así?

—¿A saltar? —repetí, frunciendo el ceño\mbox{—.} Mm. En Roca Grande, ¿quizá?

—¿Roca Grande? —repitió el maestro Dinyú, sin entender.

—La Guardería —explicó Yeysa, después de haberle dado un puñetazo a
Revis y haberlo enviado a tres metros de distancia\mbox{—.} Está al sur de Ató,
junto al Trueno. Es un sitio donde juegan algunos nerús.

Su tono no era particularmente halagüeño y fruncí el ceño, contrariada.

—Entiendo —dijo el maestro Dinyú, sonriendo\mbox{—.} Eso explica por qué
cuando peleáis Galgarrios y tú todo parece puro entretenimiento. —Me
mordí el labio, sonrojándome, pero él añadió\mbox{—:} Pero, en definitiva, el
har-kar siempre debería ser puro entretenimiento. —Se giró hacia todos y
luego su mirada volvió hacia mí\mbox{—.} Sotkins me estaba diciendo que cuando
lucha contra ti, siempre le desconcentra tu jaipú. Y es cierto que
tienes un jaipú inusual.

Me sonrojé.

—Sí… es que tengo la costumbre de fundir el jaipú con el morjás
—confesé.

El maestro Dinyú, sin perder su serenidad, asintió con la cabeza,
pensativo.

—¿Eso también lo aprendiste en Roca Grande? —dijo.

—No. Eso lo aprendí en Dathrun —repliqué, algo molesta que me
preguntara tantas cosas.

—¿Has estado en Dathrun? —preguntó el maestro Dinyú, súbitamente
entusiasmado\mbox{—.} ¿En la academia? —asentí\mbox{—.} ¿Y es muy diferente de aquí?

Me percaté de que ahora todos estaban pendientes de nuestra conversación
y carraspeé.

—Sí, muy diferente —vacilé y al ver que el maestro Dinyú me escuchaba
con interés, intenté añadir algo\mbox{—.} En realidad, el nivel teórico es
bastante alto, y son bastante exigentes, pero hay algo que les falta.

—¿El qué?

—No saben controlar el jaipú debidamente así que no saben controlar
del todo las energías aunque luego sepan hacer muchas cosas con ellas.
Hay muchísimos más accidentes que aquí y al parecer en unos pocos años
hubo nada menos que cuatro apáticos.

—Cuatro apáticos —resopló Revis, atónito.

—¿Pero no decías que habías aprendido jaipú? —dijo Sotkins, frunciendo
el ceño.

Abrí la boca y me quedé sin habla. Vaya, había metido la pata. ¿Y ahora
qué podía decir? No era plan de introducir a Daelgar en el relato.

—Bueno… —dije\mbox{—.} El caso es que no enseñan el jaipú como una energía
capaz de hacer controlar las energías asdrónicas. Pero la enseñan como
energía dársica, por supuesto.

Al parecer, la respuesta les bastó, y el maestro Dinyú me dijo que
luchara con Yeysa esta vez. La enorme humana me daba un miedo terrible
pero después de haber recibido las felicitaciones del maestro Dinyú no
podía negarme. Yeysa y yo nos pusimos en posición mientras Sotkins se
ponía a luchar contra Ozwil y Revis contra Galgarrios.

—Deberías apuntarte a la feria de este verano —me soltó Yeysa con mal
tono pero en voz baja, antes de empezar\mbox{—.} Harías un buen payaso junto a
tu mono. Se te da bien llamar la atención y hacer el ridículo.

Enrojecí de ira.

—Y tú harías una buena vaca —repliqué, indignada.

Yeysa agrandó los ojos por la sorpresa y se saltó el saludo antes del
duelo, impulsando hacia delante su puño con una fuerza brutal. Vi venir
el golpe y me aparté fácilmente aunque el ataque me dejó un gusto amargo
de terror en la boca y me alejé cuanto pude dando volteretas. Yeysa
parecía odiarme realmente, y no veía por qué. A menos que fuera tan
susceptible que no pudiera encajar un insulto aunque ella estuviese
desparramando sus injurias a los cuatro vientos.

Con un suspiro silencioso, observé cómo Yeysa se precipitaba sobre mí.
Junté las manos realizando un saludo irónico y cuando Yeysa se abalanzó
sobre mí, con los ojos brillantes de venganza, me volví a apartar y no
pude evitar sonreír a medias.

—Realmente pareces una vaca enfurecida —solté, con una risita.

Yeysa se giró hacia mí y en aquel momento lamenté lo que acababa de
decir, pero de nada sirvieron los lamentos: la enorme humana llegó
embistiendo como un toro embravecido y la lucha empezó de veras. Nunca
fui más prudente que en aquella lucha, porque sabía que Yeysa se
complacería dándome cuantos puñetazos fueran necesarios para
tirarme al suelo. De modo que yo apenas atacaba. En un momento, oí la
exclamación de Revis:

—¡Cobarde! Ataca, Shaedra, ¡tú puedes!

—¡Sí, tú puedes! —me animó Ozwil.

Revis y Ozwil debían de estar más que hartos de recibir golpes con Yeysa
y que sus agravios quedaran impunes, pensé. Rebulleron en mí el jaipú y
la Sreda y la sangre al mismo tiempo.

—¡Al ataque! —gritó Zahg.

Yeysa estaba demasiado segura de sí misma, confiaba demasiado en sus
puños para poder defenderse de ataques muy rápidos. Me basé en las luchas
que había visto entre Yeysa y Sotkins para mis próximos movimientos. Me
incliné hacia atrás para evitar un puño y ataqué. Yeysa se giraba hacia
todos los lados, tratando de pillarme y yo evitaba de todas todas sus
ataques. Ozwil, Revis, Galgarrios y Laya estaban eufóricos. Pero
entonces, me moví demasiado lento y me quedé demasiado cerca de mi
adversaria. Vi llegar el puño a toda prisa y me dio en el hombro,
tirándome al suelo. Tuve casi la misma impresión que al pasar por un
desviador.

Me volví a levantar de un bote, aturdida, y entonces me fijé en algo,
detrás del hombro de Yeysa, en el aire. Me quedé boquiabierta. Aryes
estaba volando, con los pies cruzados y los ojos cerrados y no parecía
enterarse de nada…

—¡Aryes! —solté, señalándolo con el dedo índice.

Pero, mientras los demás giraban las cabezas, Yeysa soltó un gruñido
incrédulo.

—No vas a engañarme con tus ridículos trucos —siseó.

Y, sin más contemplaciones, me envió un puñetazo de mil demonios que me
tiró al suelo y me sumió en la inconsciencia.

\nopagebreak \bigskip {\centering{$\spadesuit$} \par} \smallskip

Desperté en la sala de enfermería de la Pagoda, tumbada en un jergón y
cubierta de una manta blanca que parecía casi una mortaja. Oí unos
murmullos y giré la cabeza. El maestro Yinur estaba arrodillado junto a
un jergón no muy lejos de donde estaba yo, y junto a él estaba Aleria,
con las manos posadas sobre la pierna del paciente y con una expresión
de extrema concentración. Fruncí el ceño y sacudí la cabeza para
despejar mis pensamientos confusos. Paseé la mirada por la habitación.
Vi a un viejo sentado adosado al muro, tomando un té y tosiendo con una
tos que tenía muy mala pinta. Y vi a un nerú que tenía un vendaje en la
rodilla y que en aquel mismo momento salía de la sala cojeando,
acompañado de su madre. Y la sala se quedó vacía con el anciano, yo, el
maestro Yinur, Aleria y… Fruncí el ceño.

—¿Aryes? —solté, sin poder creérmelo.

El rostro de Aryes se giró hacia mí y me contempló, boquiabierto.

—¿Qué te han hecho? —preguntó, horrorizado.

Me tanteé el rostro y me di cuenta de que tenía toda la mejilla
hinchada.

—Yeysa. Me vengaré de esa bruta —le aseguré.

—¡Va a lamentarlo! —exclamó Aryes, intentando enderezarse.

El maestro Yinur puso la mano sobre su pecho para volver a tumbarlo y
Aleria vociferó:

—¡Ya basta! —Nos fulminó a ambos con la mirada\mbox{—.} Estoy trabajando.
Tengo que curar una pierna fracturada.

Iba a preguntar qué era lo que había pasado cuando Aryes explicó:

—Al parecer, me puse a levitar mientras estaba aprendiendo bréjica, y…

—¡He dicho que os calléis! —protestó Aleria, irritada, volviendo a
abrir los ojos.

—Te caíste —acabé por él\mbox{—.} Vaya —añadí, recordando la última imagen
antes de que esa condenada Yeysa me atacase como una descerebrada. Aryes
había tenido que caer al menos de tres metros de altura.

Sentí entonces que el maestro Yinur me cogía el brazo, solícito.

—Túmbate, enseguida nos ocupamos de ti.

Me volví a tocar la mejilla y me encogí de hombros.

—Bah, no me hace tanto daño como en el impacto —dije, levantándome\mbox{—.}
Creo que voy a volver a casa…

El maestro Yinur me obligó a tumbarme de nuevo en el jergón y no tuve
más remedio que quedarme, me gustara o no. Ya sabía qué productos
utilizaban para reducir el dolor y la hinchazón y podía encontrármelos
por mí misma.  Además, no me gustaba ver cómo Aleria le curaba la pierna
a Aryes y seguir oyendo la tos del pobre anciano.

Así que al de un momento me volví a levantar y me acerqué al viejo
hombre.

—¿Puedo prepararle otro té? —le pregunté amablemente.

El anciano acabó de toser y sonrió con una sonrisa desdentada pero
sabia.

—Por favor.

Le traje enseguida una taza utilizando la tetera que había sobre la mesa
baja y me senté a su lado, en silencio. Sentí que aún llevaba el collar
de Drakvian y solté un suspiro de alivio. Si alguien me lo hubiera
quitado mientras estaba inconsciente, creo que me habría vuelto a
desmayar del disgusto.

—Gracias —dijo el anciano, posando la taza vacía sobre la madera del
suelo\mbox{—.} ¿Cómo te llamas?

—Shaedra —contesté.

—Yo soy Dinald. Desde que nací. —Sonrió y le devolví la sonrisa.

—Yo también soy Shaedra desde que nací. Aunque también me llaman
Sabandija. Y Escama Verde, algunos —dije, al pensar en Zoria y Zalén.

El anciano se puso a toser e hice una mueca, compartiendo su dolor.

—Menudos apodos —comentó Dinald, cuando se le acabó el ataque de tos\mbox{—.}
A mí nunca me dieron más que un apodo, el Niño.

Enarqué una ceja, divertida.

—¿El Niño? ¿Aun cuando ya no lo era?

—Ajá. El Niño debe hacer eso, el Niño debe hacer aquello…
Continuamente me llamaban el Niño. ¿Qué se puede hacer contra un apodo?

Sacudí la cabeza.

—Nada. Tan sólo cabe esperar que no te apoden el Timado o el Feo
—repliqué\mbox{—.} Pero los apodos significan más que los nombres, siempre te
los ponen por alguna razón.

Dinald me miró con real interés.

—¿De modo que tú te consideras una Sabandija?

Sonreí, divertida.

—Los que me llaman Sabandija no saben que en realidad no soy un reptil
cualquiera. No saben que soy un dragón —le revelé, con una ancha sonrisa.

Un brillo de diversión apareció en los ojos del anciano.

—¿Un dragón, eh?

—Shaedra —bramó Aleria y me fijé que ya había acabado con Aryes y se
acercaba a mí.

—¿Sí? —repliqué, aprensiva, mirando sus manos llenas de energía
esenciática.

—Creía que los ternians tenían sangre de dragón, no que fueran
dragones en sí —sonrió ella.

Hice una mueca pensativa.

—Quizá haya exagerado un poco —concedí.

—Bueno, ahora te toca a ti. Siéntate recta y no grites —soltó Aleria.

La fulminé con la mirada, muy recta.

—Los dragones no gritan —repliqué, muy digna. Advertí la sonrisa
divertida del anciano y carraspeé.

Cuando Aleria sacó su desinfectante, sin embargo, palidecí. Y cuando
aplicó el algodón en mi mejilla, soplé varias veces ruidosamente, con
los ojos desorbitados.

Aleria sonrió a medias.

—Es una suerte que no escupas fuego.

Entorné los ojos.

—¿Quién te ha dicho que no pudiese?

Aleria, sin contestar, se contentó con volver a aplicar el algodón y
cerré la boca, apretando los dientes con fuerza.

—¡Demonios! —exclamé, cuando Aleria retiró su maldito algodón.

—Desinfectado —declaró Aleria alegremente\mbox{—.} Por cierto, Shaedra,
deberías tener más cuidado o te veo viniendo todos los días para que te
arregle.

Gruñí.

—Yeysa me atacó cuando no miraba.

—¡Encima! —exclamó Aryes, tumbado pero agitado como una pulga\mbox{—.} Ya
sabía que esa Yeysa acabaría cayéndome mal del todo.

—No te preocupes, me vengaré de ella —dije con firmeza.

—¡Shaedra! —replicó Aleria con un tono de advertencia.

Pero el maestro Yinur ya se había marchado y no vi por qué iba a
contener mi rabia.

—Es verdad, parece que me odia. Tal vez se haya tragado todo lo que le
ha dicho Marelta sobre mí.

—Shaedra… —insistió Aleria, molesta.

—Bah, a mí no me importa —le aseguré\mbox{—,} que difamen todo lo que
quieran, pero Yeysa ahí se ha pasado.

Aryes se enderezó, asintiendo con la cabeza enérgicamente.

—Y tanto que se ha pasado —soltó con fervor\mbox{—.} Sus padres están
agrandando su casa y mi padre se ocupa de la construcción. Le diré a mi
padre que fragilice un poco el armazón, para que se caiga sobre Yeysa
cuando pase retumbando como un mastodonte.

Nada más imaginarme la escena respondí a la sonrisa de Aryes con una
ancha sonrisa. Aleria nos miró alternadamente, enojada y horrorizada por
nuestra actitud.

—¡Ya basta! Parecéis unas personas malévolas y vengativas, no
permitiré que habléis así delante de mi paciente —bramó, señalando al
anciano.

—Oh, no os molestéis por mí —repuso Dinald tranquilamente\mbox{—.} Aún
recuerdo cuando era joven, aunque… ¡cuántos años han pasado ya desde
entonces! Las travesuras que hacía yo en aquella época —rió, con los
ojos perdidos en el pasado.

—Echar abajo un techo sobre una persona es más que una travesura
—replicó Aleria, fulminándonos con la mirada.

Aryes puso los ojos en blanco y asintió.

—Tienes razón. Pero dar un puñetazo a alguien desprevenido tampoco es
una travesura, es pura crueldad.

—Lo es —asentí, muy de acuerdo.

Aleria cerró los puños, exasperada.

—Está bien, marchaos antes de que me hagáis perder los nervios.

Me levanté de un bote y saludé al anciano.

—Ha sido un placer hablar con usted.

—Igualmente —replicó el anciano, sonriendo.

—¿Vienes? —le dije a Aryes.

Aryes frunció el ceño, y al quitarse la manta descubrió su pierna
vendada.

—¿La pierna está segura? —le preguntó a Aleria.

Aleria soltó un suspiro exasperado.

—Por supuesto que lo está. Sé lo que hago. Puedes andar como antes,
pero con tranquilidad hasta que… —Frunció el ceño\mbox{—.} Espera. Sí, creo que
te vendrían bien unas muletas. Así no apoyarás todo el peso sobre la
pierna. Ese era el detalle que se me olvidaba —añadió con una sonrisa
inocente, y frunció el ceño\mbox{—.} Pero el caso es que no sé dónde puede
haber muletas.

—No pasa nada —intervine\mbox{—,} voy a ir al bosque y vuelvo enseguida con
dos buenos bastones. Por cierto, Aleria…

—¿Sí?

Me llevé la mano a mi mejilla hinchada y carraspeé.

—¿No haría falta una capa de trésila, o algo así? ¿Para
deshinchar un poco todo esto?

Aleria se sonrojó y puso cara orgullosa.

—Tenía pensado hacerlo, pero decidí que estabas mucho más guapa así.
—Sonrió ante mi mueca dubitativa\mbox{—.} Lo cierto es que se me ha olvidado.
Voy a por trésila y luego vas a por las muletas.

Asentí, divertida.

—Una excelente curandera —solté, socarrona.

Aleria puso cara inocente.

—Pues por supuesto que lo soy —replicó, antes de desaparecer en busca
de trésila para mi moratón.

Me acerqué a Aryes en silencio.

—¿Te duele mucho? —le pregunté.

—¿Y a ti? —replicó él.

Sonreímos y me senté junto a él, para esperar. Aleria volvió muy rápido
y yo, al salir de la Pagoda, corrí directamente a casa del padre de
Aryes, porque Aryes me había asegurado que no hacía falta ir hasta el
bosque y que encontraría en la carpintería buenos palos para hacer
muletas.

Me paré frente a la casa de Aryes y vi que la puerta de la carpintería
estaba abierta. Se oía un ruido de sierra. Entré en silencio y me quedé
mirando el interior, impresionada.

Había vigas, tablas, muebles a medio hacer, y hasta una carreta acabada
y recién hecha. Un hombre de edad madura y bastante robusto estaba
serrando una enorme tabla. Junto a él, sobre una mesilla, había un lápiz
muy usado y unos papeles llenos de esquemas y números. Cuando acabó de
serrar, me avancé.

—¿Señor Dómerath?

El hombre se sobresaltó y giró sus ojos azules hacia mí. Tenía el mismo
rostro característico de Aryes, el rostro de un kadaelfo, es decir,
mitad elfo oscuro mitad humano; y los mismos ojos azules que Aryes y la
misma nariz, pero su rostro era más ancho y sus ojos estaban marcados
con profundas ojeras. Recordé entonces que Aryes había comentado un día
los problemas de insomnio de su padre. Ese hombre no parecía haber
dormido en tres meses.

—¿Sí? —preguntó, pasándose la mano por la frente sudorosa.

—Buenos días. Necesitaría unos palos que sirvan como muletas —le
dije\mbox{—.} Son para su hijo.

El señor Dómerath enseguida pareció más despierto.

—¿Para mi hijo? ¿Qué me estás diciendo?

—Aryes se ha puesto a levitar sin darse cuenta y se ha caído —expliqué
tranquilamente\mbox{—.} No se preocupe, sólo se ha fracturado la pierna, Aleria
ya se la ha curado. Pero necesita unas muletas para andar, según dice la
curandera.

—¿Se ha caído levitando? —repitió\mbox{—.} Ya le dije que era peligroso
—suspiró\mbox{—.} Le llevaré yo mismo las muletas. ¿Está en la Pagoda, no?
—asentí con la cabeza\mbox{—.} ¿Y tú también te has caído levitando? —preguntó
entonces, fijándose en mi mejilla.

Le dediqué una sonrisa vacilante.

—Er… no. Yo aprendo har-kar.

—Ah —entendió el señor Dómerath\mbox{—.} ¿Y tú eres Shaedra, no?

—Así es —contesté, todavía más vacilante, mientras el padre de Aryes
rebuscaba entre sus trastos en busca de algo que pudiera valer para unas
muletas.

—¿Estuviste con mi hijo durante su desaparición, no?

Volví a asentir y él sacó un largo palo de madera.

—He oído hablar de ti —dijo simplemente él, sin más comentarios.

Me quedó la duda de si las cosas que había oído de mí le habían formado
una mala o una buena opinión sobre mí. En todo caso, todo lo que se
decía últimamente no me era muy favorable. Marelta se encargaba de que
no lo fuera.

Finalmente, el señor Dómerath serró el palo largo en dos partes iguales
y salió conmigo después de cerrar la carpintería. Cuando llegamos a la
Pagoda Azul, Aryes se sorprendió muchísimo al ver a su padre entrar con
dos palos y se enderezó enseguida.

—¡Papá! —exclamó.

—Hola, hijo, cada vez que no estoy, te pasa algo malo. Venga, toma esto
y volvamos a casa antes de que te rompas la otra pierna.

Aryes obedeció, levantándose cautelosamente y cogiendo las muletas.

—Gracias, Aleria —soltó\mbox{—.} Hasta mañana, Shaedra.

—Hasta mañana —contesté, viéndolo desaparecer por el vano sin
puerta\mbox{—.} ¡Kwayat! —exclamé de pronto, atónita por haberme olvidado
totalmente de mi lección con el demonio\mbox{—.} Tengo que irme, Aleria —solté
precipitadamente\mbox{—.} ¡Gracias por todo!

Salí disparada de la Pagoda y pasé por delante de Aryes y su padre,
llegando a la taberna con la impresión de haber volado en los últimos
metros. Pero entonces recordé que tenía toda la mejilla abollada y
decidí entrar por la puerta trasera para ir a comer algo rápido antes de
ir a ver a Kwayat. Me encontré con Kahisso, Wundail y Djaira sentados en
la cocina, acabando de comer.

Desde que habían llegado no habían dejado de llevar su ropa aventurera
y los tres desentonaban bastante junto a los habitantes de Ató. Kahisso
vestía ropa oscura, un cinturón de cuero con una bolsa bastante repleta
colgando de él y llevaba el collar de la orden de los raendays, un
colgante circular de hierro con unas palabras escritas alrededor en
caéldrico: «Honor, Vida y Coraje». Ese era el lema de los raendays, un
lema poco original, en sí, comparado con el de los cofrades dragones por
ejemplo, pero cuando Kahisso hablaba de la filosofía raenday lo hacía
mostrando un inmenso respeto por el Esperado, el kaprad de los raendays.
Y Wundail parecía compartir la reverencia que sentía hacia ese
desconocido. Djaira, en cambio, quizá porque ya tenía muchos más años
que ellos, se complacía en criticar a ese kaprad que los mandaba en
misiones peligrosas sin avisarlos para una recompensa que casi no valía
la pena.

Wundail llevaba una chaqueta verde oscura y tenía el pelo largo y
castaño recogido en un moño que le daba un aire guerrero ya de por sí.
En cuanto a Djaira, seguía teniendo el pelo tan pelirrojo como siempre
cayendo desordenadamente a su alrededor, sobre su túnica azul oscuro.

Los tres levantaron la cabeza para verme entrar en la cocina y se me
quedaron unos segundos mirando, mudos. Les sonreí.

—No hagáis ningún comentario sobre mi aspecto —dije\mbox{—,} ya sé que tengo
el aspecto de una har-karista veterana.

Sonrieron y Kahisso movió la silla que había junto a él.

—Siéntate y come algo.

—¡Estoy hambrienta! —contesté, sentándome y sirviéndome con el cazo
una buena porción de sopa con hortalizas aún caliente.

—No me creo que sea un har-karista que te haya hecho esto —dijo
Djaira\mbox{—,} ¿te has empotrado contra un árbol?

Wundail soltó una carcajada sin dejar de mirarme y puse los ojos en
blanco.

—No era un árbol —dije\mbox{—,} era una vaca.

Y entonces les relaté el suceso y se rieron bastante aunque también
soltaron unos cuantos improperios sobre Yeysa.

—Espero que la vaca se haya quedado satisfecha —comentó Kahisso\mbox{—,} pero
está claro que tú deberías haber estado al tanto. En una batalla real,
uno no puede distraerse por nada.

Sacudí la cabeza, suspirando.

—Cada vez me doy más cuenta de lo duro y absurdo que debe de ser una
batalla. Imaginaos, estás en una batalla contra nadros rojos, y no
puedes distraerte porque tienes a un nadro gordo delante que tiene
hambre. Pero sabes que hay amigos cerca que están en peligro y que si no
haces nada, van a morir. Debe de ser terrible una sensación así, ¿no
creéis?

Kahisso, Wundail y Djaira intercambiaron una mirada en silencio. Kahisso
asintió.

—No hace falta que lo imaginemos —replicó\mbox{—.} Esa situación la hemos
vivido cienes de veces.

—Sí —confirmó Wundail.

—Vaya —dije lentamente\mbox{—.} Debería haberlo supuesto.

Seguimos hablando un rato de las batallas en las que se habían visto
metidos y de las heridas que habían sufrido y cuando sonaron las dos me
levanté.

—Tengo que irme. ¿Cómo es que Kirlens no ha pasado por aquí? ¿Está en
la taberna, no?

Kahisso negó con la cabeza.

—Ha ido a hablar con el comerciante que le trae la cerveza. Al
parecer, tienen un pequeño desacuerdo con los precios —añadió con una
sonrisa divertida.

—Seguro que ese cervecero le ha subido otra vez los precios —solté,
con resentimiento\mbox{—.} Siempre sube los precios y, si le sobra cerveza, se
la da a los cerdos para no regalarla a los saijits, al menos eso es lo
que cuentan.

Se rieron de la idea y yo me marché saludándolos alegremente. Salí por
el patio de los soredrips y me comí un puñado de bayas antes de trotar
como una nerú por el Corredor hasta las afueras de la ciudad.

Aquel día, hacía un día precioso y hasta empezaba a fundirse la nieve de los
altos picos de las Hordas que se veían desde Ató. La tierra se secaba
rápidamente pero el Trueno bajaba tan atronador como siempre. La construcción
del nuevo puente seguía sin embargo, así como la de las torres, y campesinos
venidos de los alrededores trabajaban con los cekals y algunos voluntarios de
Ató, todo por unos kétalos al día. La piedra de Léen se amontonaba en las
resistentes carretas y los trabajadores se movían regularmente, volviendo al
trabajo después de un descanso para comer.

Llegué a la colina y vi que Kwayat había decidido dar la lección ahí en
vez de dentro de la pequeña cueva para aprovechar el sol y el calor del
día. Siempre llegaba antes que yo y me preguntaba a veces qué hacía
durante el resto del día. ¿Acaso tenía otros asuntos además de enseñar a
una joven demonio? ¿O acaso se aburría en Ató? Pensé de pronto que nunca
le había invitado a cenar en el
\emph{Ciervo alado},
claro que me
habría dado no sé qué meter a un demonio en casa de Kirlens tan
tranquilamente. Vale que yo era también un demonio, pero Kirlens me
conocía. En cambio, Kwayat era tan sólo un misterioso desconocido que,
según habría inferido Kirlens, me conocía a mí desde hacía tiempo.
¡Cómo me habría gustado contarle a Kirlens toda la verdad!

Aquel día, Kwayat siguió enseñándome a controlar la Sreda. No hizo
ningún comentario sobre el moratón de mi mejilla y supuse que debía de
imaginarse ya lo que había pasado. Le parecía muchísimo más importante
enseñarme cómo funcionaba la Sreda y yo tenía la impresión de que cuanto
más aprendía menos me transformaba.

—¿Crees que eso significa algo? —le pregunté, abordando el tema\mbox{—.}
¿Crees que estoy progresando?

Kwayat frunció el ceño y, tras una pausa que me puso nerviosa, contestó:

—Si no viese que progresaras para nada no estaría aquí perdiendo el
tiempo.

Esa frase no era precisamente una fuente de ánimo pero al menos me dejó
claro que Kwayat se tomaba su enseñanza muy en serio.

\chapter{Sorpresas}
\label{s:13}

Pasaban los días, uno tras otro, y no llegaba a Ató ninguna noticia de
Lénisu. Los voluntarios que habían salido de Ató volvieron con las manos
vacías y muy sombríos. El asunto del Sangre Negra perdió importancia
para la gente y todo volvió a la normalidad. Salkysso y Kajert estaban
hartos de oír las mismas sandeces de Marelta y volvieron a hablarme con
amabilidad, disculpándose por haber sido tan tremendamente tontos, y Laya
me agradecía los consejos que le daba para que se mejorara en el
har-kar. Revis y Ozwil no me hablaron mucho más de lo que acostumbraban,
pero nunca me soltaron en cara ninguna mención sobre mi tío. Sotkins
seguía ganándome, y Yeysa seguía siendo tremendamente bruta.

El maestro Dinyú pasó a enseñarnos a manejar un bastón y luego pequeñas
espadas que no cortaban nada. Aryes alternaba entre los libros y la
práctica de bréjica y de vez en cuando venía al terreno de entrenamiento
a hacerle preguntas al maestro Dinyú sobre la energía bréjica y el
maestro entonces dejaba de interesarse por nuestros combates y yo
aprovechaba esos momentos para hacer el payaso con Sotkins y Galgarrios.
De cuando en cuando también, el maestro Dinyú nos hacía preguntas sobre
lo que todo har-karista debía saber, y solíamos contestar correctamente,
pero en realidad muchas de las enseñanzas filosóficas requerían tan sólo
sentido común y honor.

Un día, el maestro Dinyú nos anunció que también vendríamos al campo de
entrenamiento por las tardes, de cinco a siete, porque a partir de aquel
día tenía la intención de enseñarnos las bases de la nocialía y la
deserranza para prepararnos a los desequilibrios energéticos y
enseñarnos a defendernos con las energías asdrónicas y no sólo ya con
nuestro propio cuerpo y nuestro jaipú.

Así que yo tuve que acortar mis lecciones con Kwayat para poder dar
abasto y no llegar tarde a todas partes. El único momento que era sólo
mío era la noche, y de noche generalmente dormía profundamente y me
olvidaba hasta de transformarme en demonio. De cuando en cuando, sin
embargo, cogía a Syu y a Frundis y volvíamos a pasearnos por el bosque,
escuchando las canciones favoritas de Frundis, echando carreras y
contándonos historias. Pero la mayoría de las veces, entraba en mi
cuarto, me metía en la cama y dormía a pierna suelta hasta que mi reloj
interno me despertara a las siete y media.

Llegó el segundo mes de verano cuando, un día, Stalius, Aleria y Akín
desaparecieron. Me enteré desde la mañana, en la taberna, al salir de
la cocina, por un parroquiano que solía venir a desayunar al
\emph{Ciervo alado}.
Al oír sus palabras, me detuve en seco,
petrificada.

—Esta mañana, la vecina llamó a la puerta y no recibió respuesta
—contaba el parroquiano, en medio de un auditorio atento\mbox{—.} Y justo ahora
acabo de enterarme de que la señora Eiben no ha encontrado a su hijo en
su cuarto y que había hecho la cama y había recogido algunas de sus
pertenencias, como si se fuese para un buen rato.

—Pobre señora —soltó un anciano.

—Y el renegado también ha desaparecido —siguió contando el
parroquiano\mbox{—.} Para mí que ha raptado a la madre de Aleria y ahora ha
raptado a su hija y el joven kal se ha marchado a buscarla.

—Recordad, hizo lo mismo el pasado año —intervino la zapatera, que
había entrado ahí para enterarse mejor de los acontecimientos\mbox{—.} La joven
Mireglia desapareció y el hijo de Eiben se marchó a buscarla.

—Pobre chico —dijo el anciano.

—¡Cállate ya, hombre! —interrumpió el parroquiano, fulminando el
anciano con la mirada\mbox{—.} Lo que pasa es que el año pasado lo encontraron
muy rápidamente, a ese muchacho. Ahora parece que han desaparecido de
veras.

—Un asunto misterioso —agregó otro.

Con los ojos agrandados, noté que mi parálisis se desvanecía y aproveché
para salir de la taberna y correr tan rápido como pude hasta la casa de
Aleria. Encontré la puerta cerrada y a Trwesnia, la vecina, sentada en
el banco junto a su casa, echando nerviosas ojeadas hacia la casa de
Aleria. Me precipité hasta ella.

—¿Es cierto? ¿Aleria se ha ido? —pregunté, respirando hondamente.

Trwesnia levantó sus ojos rojos llorosos hacia mí.

—Sí —me contestó de mal modo. Hubo un silencio en el que yo no supe
qué decir. Trwesnia soltó un sollozo\mbox{—.} Si hubiese insistido para que
Aleria dejase esa casa y viniera a vivir conmigo no habría pasado eso.

—No tienes la culpa de nada, Trwesnia —le reconforté, tratando de
ordenar mis pensamientos.

¿Por qué, así, de la noche a la mañana, Aleria y Akín habían decidido
marcharse, sin ni siquiera decirme nada? A menos que ellos no hubieran
decidido nada y que efectivamente Stalius los hubiera raptado… Sacudí la
cabeza. Ese pensamiento era demasiado ridículo e inimaginable para poder
ser cierto. También podría haberlos raptado uno de esos que se habían
llevado a la madre de Aleria, ¿pero qué lógica tenía llevarse a dos
jóvenes kals y a un legendario renegado? No, lo más lógico era que
Stalius le hubiera convencido a Aleria para que hiciera alguna bobada ya
que era la Hija del Viento y Akín, por supuesto, siempre se apuntaba a
todo… ¿pero por qué no me habían dicho nada?

Esa pregunta me volvía una y otra vez mientras permanecía de pie, junto
a Trwesnia, con la mirada fija en la puerta de Aleria.

—Deberías marcharte —me soltó la vecina, sonándose la nariz\mbox{—.} Tú sólo
has conseguido traer mala suerte a esa familia.

Trwesnia nunca me había caído del todo bien, porque era una de esas
vecinas cotillas y entrometidas que no siempre eran muy amables, pero en
aquel momento me cayó realmente mal.

Afortunadamente, en ese momento, se abrió la puerta y salió un hombre
vestido con una túnica blanca y llevando una tabla con unas hojas y me
olvidé totalmente de Trwesnia. Me abalancé sobre él.

—¿Qué ha ocurrido? —pregunté con aire de desesperación\mbox{—.} ¿Cómo han
desaparecido?

El inspector o lo que fuese me miró enarcando una ceja.

—¿Eres de la familia?

—No…

—Ah. La joven Mireglia ha recogido sus cosas y se ha marchado con dos
personas. Eso es todo lo que sabemos por el momento.

Cerró la puerta y se marchó y yo me quedé delante de la puerta mirándola
como si pudiera abrirla por fuerza de voluntad.

—Vete ya de una vez —soltó Trwesnia, débilmente.

La miré de mal modo y me fui hacia el campo de entrenamiento. En cuanto
me vio aparecer, Aryes se precipitó hacia mí. Parecía tan alarmado como
yo.

—¿Te has enterado, verdad? —me preguntó.

Asentí con la cabeza.

—¿No te han dicho por qué…? —dejó su pregunta en suspenso y yo negué
con la cabeza.

—No.

—Es extraño.

Lo miré con cara desesperada.

—Aryes. Yo ya no puedo más. Primero lo de Lénisu y ahora esto… —Me
tambaleé\mbox{—.} Me siento muy mal.

Aryes me cogió los brazos, inquieto, y me ayudó a sentarme en la hierba.

—Shaedra, quieres… ¿quieres que te traiga algo? ¿Un… un té, quizá?

Parecía muy alarmado y no pude evitar sonreír levemente.

—No… Gracias. Creo que necesito no pensar. Ya sé que es un acto
cobarde, pero no quiero pensar en lo que ha pasado.

Me levanté bajo la mirada sorprendida de Aryes.

—Voy a luchar contra Yeysa —murmuré\mbox{—,} y voy a pegar fuerte.

Aryes me miró fijamente y se levantó con lentitud.

—Shaedra… Creo que será mejor luchar otro día, ¿eh? Como dice el
proverbio, huye para luchar otro día, ¿no te parece? Las cosas hay que
tomarlas con calma… No puedes luchar contra una matona en ese estado…

—¿En qué estado? —repliqué, remangándome las mangas de la túnica con
gestos cuidadosos.

Aryes carraspeó.

—Para hacer har-kar, hay que tener la mente fría —articuló\mbox{—.} Te
aseguro que no es un buen momento para añadir penas a tus sufrimientos.
Que no quieras pensar ahora no significa que tengas que actuar mal.
Cuando uno no piensa, es mejor no hacer nada.

Suspiré, un poco más calmada, aunque aún sentía esa oleada de tristeza
y amargura que me obnubilaba la mente y me acribillaba a preguntas.

—Tú siempre actúas habiendo pensado las cosas antes, ¿verdad?
—pregunté.

Aryes no contestó de inmediato y vaciló antes de decir:

—Intento hacerlo, al menos, cuando es posible.

—Está bien —acepté\mbox{—.} Lucharé contra quien me diga el maestro Dinyú. Y
que el destino decida —dije, con tono fatalista.

\emph{«Un gawalt no necesita destinos ni personas que decidan por él»},
soltó Syu, apareciendo de pronto junto a mí. Me sobresalté.

—¡Syu! ¿Cómo lo haces? No he notado tu presencia hasta ahora.

Syu gruñó.

\emph{«Te ha vuelto a pasar como la vez esa, en Dathrun, cuando dijiste que
acababas de vivir la vida de otra persona de hacía cientos de años»},
me
explicó el mono.
\emph{«Te cerraste. Así que he ido a ver qué te pasaba.»}

Agrandé los ojos, sorprendida. ¿Cómo que me había
\emph{“cerrado”}?
Pero en aquel momento entendí lo que quería decir Syu: era como una
tormenta que se desataba en mi consciencia y que impedía totalmente el
contacto con el exterior. El kershí quedaba como ahogado y yo había
tenido que volver a llevarlo a la superficie. La imagen de la tormenta
era, en realidad, bastante acertada.

—Está bien —repetí, sentándome otra vez en la hierba seca\mbox{—.} Voy a
calmarme. Me sentaré aquí y me pondré a pensar en por qué Aleria y Akín
no me han dicho nada. ¿Has notado que estuviesen raros, o algo especial?
—le pregunté a Aryes mientras éste volvía a sentarse junto a mí,
mirándome con precaución.

Él negó con la cabeza.

—No. Hace días que no hablaba con ellos. Es lo malo de tener a
maestros distintos.

—Yo vi a Aleria ayer —dije\mbox{—.} En la enfermería. Parecía algo nerviosa,
pero yo creí que era porque tenía mucho trabajo. El maestro Yinur le
deja hacer todo lo que no requiera realmente mucha práctica.  Estaba
normal —insistí.

—Recuerdo haberme cruzado con Akín hace dos días —reflexionó Aryes,
frunciendo el ceño\mbox{—.} Iba a la Pagoda con un objeto encantado para
enseñárselo a su maestro… Parecía nervioso y apenas me vio. Pero claro,
en ese momento pensé que era porque no estaba seguro de si su objeto
estaba bien encantado o no.

Solté un suspiro ruidoso.

—Está claro que algo ha pasado.

—¿Crees que se han ido adrede? —me preguntó.

Lo miré con cara de infeliz e iba a contestar cuando la voz del maestro
Dinyú nos sobresaltó.

—¿Hoy no vas luchar, Shaedra?

Levanté la cabeza de un golpe y vi que el maestro Dinyú se había
acercado y estaba apenas a unos metros de distancia.

—Buenos días, maestro Dinyú —dije, levantándome\mbox{—.} Sí, ahora voy. Creo
que ahora estoy mejor.

El maestro Dinyú frunció el ceño.

—¿Te ha ocurrido algo malo?

Lentamente, asentí con la cabeza.

—Dos amigos míos se han marchado de Ató sin avisarme.

—Oh, entiendo —dijo el maestro Dinyú\mbox{—.} Eso no es muy educado, pero
estoy seguro de que tendrán sus razones. ¿Vienes?

Asentí otra vez con la cabeza y anduve colina abajo hasta el campo de
entrenamiento. Ya estaban todos ahí. Laya peleaba con Yeysa y cuando
recibió un golpe en el brazo me dolió por ella. Galgarrios luchaba
contra Sotkins y se defendía bastante bien, aunque varias veces advertí que
Sotkins amainaba golpes que le habrían permitido vencer.

Aquel día, luché muy irregularmente. Casi vencí a Sotkins y perdí contra
Galgarrios. Laya consiguió darme un puñetazo y yo conseguí toda una
serie de ataques contra Yeysa sin que ella lograse tocarme ni un solo
pelo. Luego pasamos a la lección de nocialía, que seguiríamos a la
tarde, y nos sentamos todos en la colina, frente al maestro Dinyú. Syu
había ido a pasearse por los alrededores durante las luchas, pero volvió
para la lección de nocialía y se sentó junto a mí, con una actitud tan
formal que les hizo muchísima gracia a los demás, especialmente a
Sotkins.

La nocialía, en sí, era una ciencia muy amplia, y el maestro Dinyú se
centraba sobre todo en enseñarnos a hacer y deshacer escudos
energéticos. Suminaria era una experta en esa materia, en eso sabía más
que todos los kals, pero no estaba con el maestro Dinyú y resultó que el
más hábil en crear escudos entre los har-karistas era Zahg, el elfo
oscuro con cara fea. A mí, los escudos brúlicos eran los que se me daban
mejor. Mis escudos esenciáticos eran un desastre en toda regla y hacía
tiempo que el maestro Dinyú había renunciado a que mejorara en esa
cuestión. También nos enseñaba técnicas de desintegración de energías,
lo que requería energía brúlica sobre todo. Y nos ejercitábamos creando
escudos y deshaciéndolos, protegiendo una zona y cosas del estilo. Los
kals de segundo año tenían más práctica en todo eso pero eso no cambiaba
el hecho de que Yeysa fuese una inútil creando escudos.

Aquel día, estaba centrándome para crear un escudo brúlico entre
Galgarrios y yo cuando oí un grito familiar y todo mi sortilegio se
deshizo y se quedó en nada.

Levanté la cabeza, extrañada, y vi a Deria que bajaba la colina
corriendo a toda prisa.

—¡Shaedra!

Intentó frenar al llegar, pero con la carrerilla, se empotró contra mí y
tuve que sostenerla para que no perdiera el equilibrio.

—Deria —resoplé\mbox{—,} ¿qué ocurre?

La drayta tenía los ojos desorbitados.

—Aleria y Akín… ¿Ya lo sabes?

Asentí con la cabeza y al ver que todos estaban pendientes de nuestra
conversación, le cogí el brazo a la drayta y me alejé un poco del grupo.

—Sí, se han marchado —le dije\mbox{—.} Me enteré esta mañana.

—Pero… pero…

—Yo tampoco sabía nada —le aseguré\mbox{—.} Ahora pienso que quizá se hayan
ido a buscar a Daian, aunque sea una verdadera locura.

Deria me miró con los ojos agrandados.

—¿Daian? ¿La madre de Aleria?

Asentí.

—Aleria pensaba que estaba en el Archipiélago de las Anarfias, pero
quizá haya descubierto algo más verosímil… Sinceramente, no tengo ni
idea. Aleria siempre es muy misteriosa. Y Akín guarda los secretos de
los demás con mucho ahínco. Pensándolo bien, no me extraña que haya
pasado… Tan sólo me molesta que no me hayan dicho nada. Yo también
quería ayudarlos.

Más bien me molestaba mucho, me corregí mentalmente. Después de haber
pasado más de un mes buscándolos por Acaraus, iban y se marchaban de
nuevo. ¿Qué lógica tenía? Todo el mundo se iba de Ató y yo me quedaba
como una buena niña aprendiendo tácticas de combate que quizá no me
servirían nunca de nada y aprendiendo a no convertirme en un monstruo y
a ser un buen demonio.

—¿Qué vas a hacer? —preguntó Deria.

Me giré y sonreí a medias. Al menos Deria se esperaba a que hiciese
algo.

—Voy a indagar adónde han ido Aleria, Akín y Stalius —contesté\mbox{—.} Y si
resulta que vuelven a aparecer dentro de unos días, les daré razones
para que me avisen la próxima vez que se vayan.

Deria pareció aliviada al notar la seguridad de mi voz y después de una
breve conversación la dejé ir y volví a preocuparme por mi escudo.
Galgarrios, sin embargo, rompió el silencio al decirme con sinceridad:

—Echaré de menos a Aleria y a Akín, como cuando os fuisteis, el año
pasado. Durante aquellos meses… os eché mucho de menos.

Lo miré fijamente, y luego asentí con la cabeza, sin contestarle, y me
centré en mi escudo. Pero no conseguía centrarme. Al cabo, suspiré.

—Yo también te eché de menos, Galgarrios. Y ahora, por favor, haz tú
el escudo, hoy yo estoy muy poco eficaz.

Galgarrios sonrió y asintió con la cabeza.

—De acuerdo.

\nopagebreak \bigskip {\centering{$\spadesuit$} \par} \smallskip

\emph{«¿Y por qué yo no puedo ir?»},
protestó Frundis, enervado.

\emph{«Porque para subir tejados no eres especialmente ágil»},
repliqué
tranquilamente.
\emph{«Hasta luego, Frundis.»}

Frundis gruñó pero no añadió nada más y Syu y yo salimos del cuarto en
silencio. Nos bastó unos minutos para llegar a la casa de Aleria.

\emph{«Subiremos hasta el tejado y bajaremos por el patio interior»},
expliqué.

Syu asintió y saltamos al tejado más cercano. No me costó nada entrar en
la casa de Aleria. Trepé rápidamente por las piedras de la casa, me
agarré a una viga y en unos minutos ya estaba dejándome caer al suelo,
en el patio.

Conocía la casa de Aleria por haber ido ahí más de una vez aquel
invierno, aunque la segunda planta me era menos familiar. Sabía que
arriba de las escaleras, enfrente, estaba el cuarto de Aleria, y que el
pasillo seguía hasta llegar a una puerta que siempre estaba cerrada.
Aleria nunca había querido dejarnos echar un vistazo al laboratorio de
su madre, tal vez por buenas razones: por lo que había dicho, Daian
solía trabajar con productos peligrosos, no siempre legales, y aun
cuando sabía que podía confiar en nosotros, siempre nos había mantenido
alejados de esa puerta, tal vez porque sentía que si nos dejara entrar
sería como traicionar los secretos de Daian. O tal vez porque el lugar
era realmente muy peligroso, pensé con una mueca vacilante.

Sin embargo, Syu no parecía tener miedo de esta pequeña expedición y si
Syu no tenía miedo, yo tampoco debía tenerlo. Aun así subí las escaleras
en espiral de la entrada de la casa con innecesario sigilo.

La puerta del cuarto de Aleria estaba cerrada y me paré un momento,
vacilante. ¿Qué estaba buscando exactamente?, me pregunté. ¿Alguna nota
en la que Aleria habría dejado por escrito dónde estaba y por qué se
había ido? Resoplé. Los guardias de Ató ya se habían encargado de entrar
en la casa para buscar pistas que hubiera podido dejar Aleria, y al
parecer no habían encontrado gran cosa. ¿Acaso tenía esperanzas de
encontrar algo que ellos no hubiesen visto? La verdad es que no, me
dije mordiéndome el labio.

\emph{«Venga, vamos»},
me animó Syu.
\emph{«¿O es que vas a quedarte aquí toda
la noche?»}

\emph{«Tienes razón»},
aprobé.

Entré en el cuarto de Aleria y eché un vistazo rápido. Contrariamente a
lo que solía encontrarme cada vez que entraba en aquella habitación,
todo estaba ordenado. Los libros estaban contra el muro, ordenados, y
nada sobrepasaba de la caja que tenía sobre el suelo, aunque, eso sí,
estaba a rebosar.

Por alguna oscura razón, se me ocurrió que Aleria había podido dejar
alguna nota en alguno de los libros y hojeé alguno, con esperanza. Pero
pasaron unos minutos y, al no encontrar nada, me entró el complejo de
fisgona y me levanté, dejando el cuarto tal y como estaba antes de
haber entrado.

\emph{«Vamos, Syu. Quizá Aleria haya utilizado una poción, como la última
vez, y le apareció un monolito… quizá aún quede un rastro energético…»}

Después de un instante de vacilación, empujé la puerta del laboratorio.
Estaba abierta y forcejeada y supuse que los guardias no habían tenido
la paciencia de buscar la llave antes de entrar. Entonces vino a mi
mente la imagen de Brínsals, el guardia tan corpulento y antipático,
empujando la puerta con todas sus fuerzas para hacer saltar la
cerradura. Desde luego el mundo no estaba a falta de brutos, pensé. Y
Yeysa iría a acrecentar el número.

Entré en la sala con una pequeña sonrisa que se transformó de inmediato
en una expresión de estupefacción cuando intensifiqué un poco la luz de
mi esfera armónica.

Empezaba a entender por qué Aleria no quería que viéramos aquello. La
sala, alargada y no muy ancha, estaba llena de trastos rocambolescos.
Había una larguísima mesa contra el muro izquierdo y unas grandes
estanterías a la derecha. El pasillo estaba quemado en varios sitios y
en un estado deplorable. La mesa estaba a rebosar de cristalería de
alquimia: tubos de ensayo, probetas, decantadores, buretas y no sé
cuántos utensilios que no tenía ni idea de para qué servían y que
parecían tan inverosímiles los unos como los otros.

En la estantería, al igual que en la mesa, había frascos llenos o
vacíos, con líquidos o productos en polvo, y cada uno iba
meticulosamente etiquetado con una escritura elegante y precisa.

También había pergaminos, cuidadosamente apilados sobre una mesita,
junto a la puerta. Aun así, tuve casi la certidumbre de que el inspector
los había mirado. Y se habría llevado la decepción al ver que sólo contenían
cálculos de cantidades, densidades y demás. Me aparté de los pergaminos y
solté un inmenso suspiro.

\emph{«Aquí no hay nada que pueda ayudarme»},
le dije a Syu.
\emph{«Aleria se
ha ido de aquí por algo, ¿pero cómo podría adivinar adónde? Siento… que
me ha traicionado. Bueno, vale, exagero. Seguramente no quería hacerme
daño pero… ¿te parece normal que siempre tenga que ser yo la que va a
buscar a todo el mundo? Aleria y Akín siempre desaparecen»},
añadí, con
un suspiro exasperado.

Syu estaba encima de la mesa, examinando los extraños artefactos. Se giró
hacia mí, distraído.

\emph{«Tal vez se hayan ido sin avisarte porque no querían que fueras con
ellos»},
soltó.

Lo miré, frunciendo el ceño.

\emph{«¿Y por qué no querrían que fuese con ellos?»}

El mono olfateó un tubo de ensayo, curioso, y contestó:

\emph{«Quizá porque piensan volver pronto… o bien no han tenido tiempo de
avisarte»},
añadió.

\emph{«Syu, deja de curiosear»},
repliqué.
\emph{«¿Recuerdas los efectos de la
última poción que me tomé?»}

El mono gawalt agrandó los ojos, apartó el dedo del recipiente que iba a
tocar y saltó al suelo con una mirada inocente.

\emph{«¿Nos vamos?»}

Asentí.

\emph{«No sé qué esperaba encontrar, pero por lo visto, todo esto ha sido
inútil. Así que será mejor que vayamos a dormir. Asbarl, Syu»},
le dije,
antes de dar media vuelta.

\nopagebreak \bigskip {\centering{$\spadesuit$} \par} \smallskip

Pasaron varios días y seguía sin noticias de Aleria y Akín. Dos veces
fui al cuartel general a preguntar si tenían pistas, pero la primera vez
me echaron sin decirme nada y la segunda vez me informaron de que no
sabían nada.

Volví a hacerme las uñas por todas partes como solía hacer cuando algo
me preocupaba. Y hacía un gran esfuerzo para no estropear los bancos de
la biblioteca porque Rúnim y el Archivista Mayor me habrían
estrangulado.

Y mientras tanto, el maestro Dinyú seguía enseñándonos har-kar y nos
aseguró, con una sonrisa sincera, que estaba orgulloso de nosotros.
Las lecciones con Kwayat, en cambio, eran más decepcionantes. Aprendía
muchísimo pero la práctica era muy diferente. Ahora sabía controlar mi
Sreda más o menos, pero aún me ocurría perder el control cuando estaba
cansada o muy preocupada, de modo que Kwayat me hizo prometer que
utilizaría las técnicas que me había enseñado para sosegarme y dejar de
pensar en mi vida y mis problemas.

Un día, el maestro Dinyú se puso a enseñarnos un ataque particularmente
difícil al que llamaba «El ataque Zairen», debido a un famoso
har-karista llamado Zairen. Cada vez que explicaba el cómo utilizar esa
nueva táctica, tenía la impresión de volver meses atrás, a la Torre del
Brujo, en Dathrun, y de estar escuchando los consejos de Daelgar cuando
jugábamos al Erlun y me explicaba qué jugada era la más acertada para
tal o tal propósito. Lo que importaba, en todo caso, era el propósito.
Claro que el propósito del maestro Dinyú era enseñarnos a vencer al
enemigo, y no a hacerlo reflexionar, pero me di cuenta de que en
realidad la filosofía del Erlun se parecía mucho al har-kar: requería
saber anticipar las consecuencias antes de actuar. Por supuesto, en el
har-kar, además, había que aprender a jugar muy rápido.

Estábamos ensayando el ataque Zairen cuando apareció Deria corriendo
colina abajo con el mismo aspecto atolondrado que unos días atrás. Me
paré en seco en medio de mi ataque y Laya me dio una patada en la
rodilla. Solté un gruñido de dolor y Laya se cubrió la boca con la mano,
con aire confuso.

—¡Lo siento! —dijo.

—No pasa nada —le aseguré, renqueando para salir del campo de
entrenamiento\mbox{—.} Espera, voy a ver qué le pasa a Deria.

Laya asintió con la cabeza y me alejé, retomando poco a poco un paso
normal.

Deria se detuvo ante mí y abrió la boca pero no salió ningún sonido.
Enarqué una ceja.

—¿Qué pasa ahora? —pregunté, con falso desenfado\mbox{—.} ¿Se ha esfumado
alguien, verdad? ¿Kirlens o Wigy, quizá? Oh, entiendo. Márevor Helith
los ha raptado por lo del shuamir… —Hice una mueca\mbox{—.} Dime, ¿qué pasa,
Deria? —insistí, cada vez más inquieta por el silencio y la expresión de
Deria.

La drayta agitó la cabeza, inspiró hondo y dijo con un hilo de voz:

—Han llegado tres mercenarios a Ató, esta mañana.

Sentí que el corazón dejaba de latirme.

—¿Lénisu…?

—No —negó ella\mbox{—.} Llevaban a Trikos. Pero no a Lénisu.

—¡Trikos! —exclamé, dando un respingo.

—Lo han llevado al establo de la guarnición. Está bien. Pero hay algo
más… —Enarqué una ceja, animándola con un gesto, y ella carraspeó\mbox{—.} Se
trata de los Gatos Negros. También han capturado a un miembro.

Fruncí el ceño, muy preocupada.

—¿Han capturado a un Gato Negro? —repetí\mbox{—.} ¿Y ese Gato Negro estaba con
Lénisu?

Deria se encogió de hombros.

—Eso ya no lo sé. Pero Dol dice que todo va a arreglarse, dice que
vengas rápido, que va a ir al cuartel para informarse pero que tú tienes
que venir para reclamar a Trikos.

—¿Reclamar a Trikos? Oh —resoplé, entendiendo\mbox{—.} Voy enseguida. No se
quedarán con Trikos, de eso puedes estar segura. Trikos es un amigo y no
lo abandonaré ni aunque me lo quisieran quitar los mismísimos orilhs.

Deria asintió con la cabeza, con más serenidad, y bajé hasta el campo de
entrenamiento. El maestro Dinyú estaba sentado tanquilamente sobre una
piedra con las piernas cruzadas y me observaba con una ceja enarcada.

—Maestro —dije, acercándome a él\mbox{—.} Tengo que hacer algo que no puede
esperar. Con su permiso…

El maestro Dinyú asintió con la cabeza enseguida.

—Por supuesto, Shaedra, puedes irte. El ataque Zairen puede esperar
—aseguró, sonriente.

Sonreí anchamente y lo saludé con las manos juntas.

—Gracias. Volveré esta tarde.

Ya me estaba girando hacia la colina cuando el maestro Dinyú dijo:

—Shaedra…

—¿Sí, maestro?

—El har-kar no es sólo un arte de lucha, sobre todo es un arte de vida
y una manera de pensar. Espero que no lo olvides.

Tratando de entender por qué me decía eso en ese momento precisamente,
asentí solemnemente.

—No lo olvidaré.

Y entonces salí corriendo colina arriba y Deria y yo nos dirigimos a
casa de Dolgy Vranc con rapidez.

Dolgy Vranc nos esperaba y en cuanto llamamos a su puerta abrió y salió.

—Vamos a ver si nos dejan entrar —dijo\mbox{—.} Está claro que si le han
cogido a Trikos, Lénisu debe de estar pasando malos momentos.

Agrandé los ojos.

—¿Por qué dices eso? —pregunté.

—Bueno… Por lo que he visto, Lénisu le tiene mucho aprecio a Trikos.
Si lo ha dejado ir, es que ha estado a punto de estar en apuros, ¿no
crees? Además, uno de los mercenarios estaba herido.

Asentí, palideciendo.

—Tenemos que recuperar a Trikos —dije con firmeza\mbox{—.} A saber lo que
harían con él si no. ¿Y cómo sabes que tenían a un Gato Negro?

El semi-orco soltó un gruñido.

—Lo llevaban a rastras. Era un ternian, pero no era Lénisu, aunque
ahora se ha extendido el rumor de que han pillado al Sangre Negra. Pero
es falso. Ese ternian no tenía la menor semejanza con tu tío. Y, de
todas maneras, no está claro que sea ningún Gato Negro.

Cuando llegamos al cuartel, había tenido tiempo de imaginarme todo tipo
de desastres que podían ocurrirle a Lénisu. ¿Y si Dolgy Vranc no había
visto bien y que efectivamente aquel presunto Gato Negro era Lénisu?
Aunque también podía ser que hubiesen cogido finalmente al Sangre Negra
y se dieran cuenta de que nada tenía que ver con mi tío.

Las puertas del cuartel estaban abiertas y dos guardias protegían la
entrada, más atentos que habitualmente, seguramente por los
acontecimientos de aquella mañana.

—Buenos días —dijo Dol, al llegar a la altura de los guardias\mbox{—.}
Venimos a reclamar la propiedad de un caballo que unos hombres han
traído esta mañana aquí.

Los guardias nos observaron e intercambiaron una mirada.

—¿Nombre? —soltó uno de los guardias con un tono contrariado.

—Trikos —contesté.

El semi-orco soltó una carcajada.

—Creo que querían saber nuestros nombres —me explicó mientras yo me
sonrojaba\mbox{—.} La propietaria de Trikos es Shaedra —añadió, señalándome con
un vago ademán\mbox{—,} la sobrina del que lo montaba. Según la ley, tiene todo
el derecho a recuperar su caballo.

Los guardias volvieron a intercambiar una mirada y uno de ellos asintió
con la cabeza.

—Está bien. Voy a hablar con el capitán.

Desapareció en el interior y solté un suspiro.

—¿Crees que he hecho el ridículo? —pregunté inocentemente al
semi-orco, en voz baja.

Dol sonrió, divertido.

—Qué va. Sólo un poco. De todas formas, Trikos es un buen nombre. Al
candiano no parece molestarle que le llaméis así.

Bostecé y asentí.

—Por cierto, ¿qué tal te va el har-kar? —preguntó, mientras
esperábamos pacientemente delante del otro guardia.

—Estupendamente —contesté\mbox{—.} Sotkins sigue ganándome la mayoría de las
veces. Y Yeysa sigue tan bruta como siempre.

Deria soltó una risita.

—Hoy me he fijado en ella. Parece una mula mosqueada.

Sonreí aunque recobré mi seriedad al ver que el guardia nos miraba con
cara de cotilla. Poco después, volvió el otro guardia acompañado del
capitán, un elfo oscuro vestido de la habitual túnica dorada de Ató con
un dragón rojo cosido en el centro. Sus ojos amarillos se posaron en el
semi-orco.

—Buenos días. ¿Qué desean?

—Quisiéramos recuperar a Trikos —contesté, antes de que el semi-orco
pudiese hablar. Después de todo, era yo quien debía ocuparme de ese
asunto, y no Dol.

—Trikos —repitió, como extrañado.

—El caballo que ha llegado esta mañana —expliqué\mbox{—.} Es un candiano con
pelaje rojizo, seguramente lo habrá visto…

—Entiendo —me interrumpió\mbox{—.} Pero aún no podemos restituírtelo. Estamos
aún realizando pesquisas. Dentro de poco, te lo enviaremos a tu casa.
¿El
\emph{Ciervo alado},
no es así? —Asentí\mbox{—.} Bien. ¿Eso es todo?

—No —intervino Dolgy Vranc\mbox{—.} Quisiéramos saber si tienen noticias de
Lénisu…

—Eso no es asunto vuestro —cortó el capitán amablemente.

—Y si el Gato Negro que habéis capturado sabe dónde están los demás
Gatos Negros —continuó Dolgy Vranc, imperturbable\mbox{—.} Porque si localizáis
a los Gatos Negros, será muchísimo más fácil localizar al Sangre Negra
verdadero.

—Sabemos hacer nuestro trabajo —replicó el capitán, sin perder la
calma\mbox{—.} Si eso es todo, podéis marcharos.

Deria y yo intercambiamos una mirada resignada pero Dol soltó un
resoplido.

—Capitán —gruñó\mbox{—.} Esta muchacha lleva meses preocupándose por su tío
porque lo están acusando en falso. Me parece razonable que si se va a
llevar un juicio justo, se averigüe antes todo lo relacionado con los
Gatos Negros hasta que el asunto esté totalmente claro.

Percibí un brillo de impaciencia en los ojos del capitán.

—Señor Vranc, usted sabe que aplicamos estrictamente la ley del Libro
de Ató. Así que, por favor, no siga acosando a mis guardias. Le conozco
mejor de lo que cree, y usted me conoce a mí: tendré en cuenta sus
palabras. Buenos días.

Inclinó rígidamente la cabeza y se marchó mientras nosotros le dábamos
la espalda al cuartel general de Ató.

—Nunca me ha acabado de caer bien esta guardia que tenemos —masculló
Dolgy Vranc.

—Bueno, al menos ha sido amable —reflexioné\mbox{—.} No podía hacer mucho más
por nosotros. Es verdad —razoné, al ver que el semi-orco me miraba, con
una mueca\mbox{—,} ¿qué otra cosa podía hacer? ¿Dejarnos pasar e interrogar al
Gato Negro directamente? Eso seguro que está prohibido.

—Mm. Al menos no nos han puesto muchas pegas por lo del caballo
—consintió Dol\mbox{—.} Me carcome que tengas que pasar por esto, Shaedra.
Ayer, vino Aryes a casa y en un momento me dijo que estabas agotada. Me
revienta —añadió.

—Oh —solté, sorprendida de que se lo tomara así\mbox{—.} No te preocupes por
mí. Tampoco estoy tan agotada. Es más, últimamente duermo de un tirón
todas las noches. Aunque es cierto que a veces preocuparse por alguien
es peor que estar huyendo de una manada de nadros rojos.

—Yo tengo una idea —intervino Deria, de pronto\mbox{—.} ¿Y si esta noche nos
colamos en el cuartel y vamos a ver al Gato Negro? Le sonsacamos todo lo
que podemos, y luego nos marchamos todos en busca de los Gatos Negros…
Er… Capturamos al Sangre Negra y…

No acabó su frase porque, obviamente, se había dado cuenta de que su
plan era ligeramente imposible.

—Yo propongo ir a beber una infusión en mi casa —dijo Dol\mbox{—.} A menos
que tengas que volver al entrenamiento, Shaedra.

Negué con la cabeza.

—Apenas queda una hora de entrenamiento. No valdría la pena.

—Entonces, a mi casa. Y te quedarás a comer. No cocino tan bien como
Lénisu ni como Kirlens, pero sé hacer unos pasteles de puerros fritos
muy buenos, y lo digo con toda modestia.

Me reí.

—Tengo demasiada hambre para fijarme en si es buena o mala cocina.

Y de camino a su casa los tres nos pusimos a hablar de comida y de arte
culinario muy animadamente.

\chapter{Decisiones}
\label{s:14}

Dos días más tarde, me desperté cuando apenas empezaba a clarear, al oír
un ruido contra mi ventana.

—Syu… —me quejé, bostezando.

\emph{«¿Qué pasa?»},
preguntó Syu, medio dormido.

Abrí los ojos, extrañada, y me senté en la cama, parpadeando. ¿Qué…? Vi
una sombra pasar detrás de la cortina y me precipité hacia la ventana.
En el mismo instante en que corría la cortina, la ventana se abría y
entraba la borrosa y rápida silueta de Drakvian.

—¡Drakvian! —solté, sin aliento.

Volví a cerrar la ventana y a correr la cortina precipitadamente.

—¿Qué haces aquí? —pregunté, mientras la vampira les saludaba a
Frundis y a Syu.

—Oh. Buenos días, Shaedra. He venido a avisarte de que están trayendo
a Lénisu a Ató. Lo han capturado, como temías. Además, está herido.

Palidecí, aterrada.

—¿Qué?

—Ha sido por culpa de un accidente —explicó\mbox{—.} Lénisu me mandó al
infierno el primer día en que le hablé del trato que había hecho contigo
—contó, con una sonrisa\mbox{—.} Hasta me amenazó con su espada. Dijo que no
necesitaba que lo ayudasen. Así que lo seguí, a su pesar. Iba acompañado
de un amigo suyo. Anduvieron por las Hordas y entonces…

Levantó los ojos para contemplar el trozo de techo que había quemado con
sus bolas de fuego, durante su enfermedad. Yo me había dejado caer sobre
la cama, desesperada.

—Hubo un ataque sorpresa de seis saijits armados, muy poco educados,
por cierto. No avisaron nada. Claro que es el principio básico del
ataque sorpresa —caviló\mbox{—,} pero el caso es que Lénisu se había ido a
recoger leña. Lo atacaron y recibió un golpe de espada en la pierna.  Su
compañero acudió en su ayuda y yo también intenté desviar la atención de
los atacantes. En el combate… por culpa de un bruto… se me escapó
—acabó por decir, quedándose de pronto muy sombría\mbox{—.} Perdí a Cielo
—explicó.

Suspiró, pensativa.

—Así que me fui a esconder —prosiguió\mbox{—.} Vi que los mercenarios se
separaron en dos grupos. Tres de ellos se dirigieron hacia Ató. Uno de
ellos iba encima de Trikos, gravemente herido. Llevaban al amigo de
Lénisu… y a Cielo —añadió\mbox{—.} Los tres restantes fueron en busca de
Lénisu. Acabaron por encontrarlo, por supuesto, dejaba huellas de
sangre por todas partes. Y entonces yo… —se mordió el labio— lo abandoné
para ir a recuperar a Cielo.

Me miró con cara de disculpa y yo sacudí la cabeza.

—De todas formas no podrías haber hecho gran cosa contra seis saijits.

—Eran tres —corrigió ella\mbox{—.} Como ya he dicho, los otros tres se fueron
con el caballo. Y con Cielo. Malditos —escupió\mbox{—.} Van a pagármelo
\emph{muy}
caro —dijo, sacando los colmillos\mbox{—.} Pero te recuperaré, no te
abandonaré —prometió, hablando con su daga perdida con una seriedad muy
poco habitual en ella.

—Drakvian —dije, con la voz temblorosa\mbox{—.} Lénisu… ¿ha llegado ya a Ató?

La vampira, abstraída, pareció despertar de pronto y negó con la cabeza.

—Aún no. Pero no tardarán. Uno o dos días como máximo. Bueno, por lo
que a mí respecta, creo que he cumplido con mi parte del trato, ahora
voy a por Cielo.

—¿Qué? —solté\mbox{—.} Oh, bueno. Entiendo que Cielo es muy importante para
ti… ¿Tienes una idea de dónde puede estar?

—En manos de esos sucios saijits —siseó\mbox{—.} Ladrones. ¡Van a pagármelo
con la sangre!

Un escalofrío me recorrió al ver el rostro enfurecido de Drakvian.

—Er… De acuerdo. Ve tras ellos. Si yo puedo ayudarte en cualquier
cosa, me dices.

La vampira negó con la cabeza.

—Esto es un asunto entre ellos y yo —dijo\mbox{—.} Ahora tengo que irme,
antes de que todos se despierten y me vean vagando por aquí. Últimamente
me olvido de que los saijits no están habituados a ver vampiros, y eso
que antes nunca me pasaba. Creo que eres una mala influencia para mí.

Resoplé, disimulando una sonrisa. ¿Cómo una ternian podía ser una mala
influencia para una vampira?, me pregunté, muy divertida, a pesar de la
gravedad de la situación.

—Buena suerte, Drakvian —le dije, cuando ella volvía a abrir la
ventana.

—A ti también. Por cierto —añadió, entrecerrando los ojos\mbox{—,} sigues
teniendo mi colgante, ¿no? —Asentí, poniendo los ojos en blanco, y soltó
un suspiro aliviado\mbox{—.} Perfecto. Adiós, Syu, adiós, Frundis —soltó, antes
de desaparecer del cuarto.

Me levanté, fui a cerrar la ventana y contemplé un momento el cielo
que iba azulándose.

\emph{«Fiu»},
dijo Syu, sentándose en la cama.
\emph{«Esa vampira me da cada vez más miedo. Uno cree que está contenta y luego
parece furiosa y sanguinaria, ¿no te parece?»}

Asentí, girándome hacia él.

\emph{«Drakvian es la antítesis de Kwayat»},
dije.

A Syu le hizo mucha gracia mi comparación y se puso a comparar a ambas
personas con dedicación, mientras yo me ponía a pensar en lo
catastrófico que podía resultar el hecho de que hubieran capturado a
Lénisu. No podía negar que me sentía aliviada al saberlo vivo, pero
ahora que por fin tenía una noticia sobre él, resultaba que lo traían a
Ató para condenarlo a muerte. Qué ironía, pensé.

Tenía la sensación urgente de que tenía que hacer algo, tenía que actuar
antes de que toda Ató supiera que Lénisu había sido capturado. Aún me
quedaba una ventaja: tan sólo yo sabía, en Ató, exceptuando a Drakvian,
que Lénisu había sido capturado. Siempre podía salir de inmediato, ir en
busca de los mercenarios y salvar a Lénisu… aunque ese plan parecía uno
de los típicos planes de Deria. Claro que si le pedía ayuda a Deria, Dol
y Aryes, quizá fuéramos capaces de hacer algo. Pero tenía la
impresión de que, entonces, todo lo que podríamos hacer fracasaría
porque sería demasiado tarde.

\emph{«¿Qué posibilidades tienes de salvar a Lénisu antes de que llegue
aquí?»},
me preguntó Syu, intentando ayudarme con mi problema.

\emph{«Bueno… Daelgar decía que tenía capacidades para convertirme en una
espía»},
cavilé.
\emph{«Así que supongo que podría pasar desapercibida
delante del guardia de turno, desatar a Lénisu y huir con él… tal vez
podría funcionar.»}

\emph{«¿De veras?»},
replicó Syu, dubitativo.

\emph{«Syu»},
le dije pacientemente.
\emph{«¿No me dijiste que un gawalt tenía
que actuar bien y rápido y no atormentarse por lo que no puede hacer?»}

Syu levantó los ojos al cielo.

\emph{«Maldigo el día en que solté esa frase»},
gimió.
\emph{«¿Realmente estás
convencida de que vas a actuar bien y rápido?»},
preguntó.

\emph{«Ajá»},
asentí.
\emph{«Imagínate: me encuentro con el grupo digamos esta
noche, en el camino. En realidad, es sencillo. Sólo necesito el cuchillo
que me regaló Kirlens y un poco de valor y arte.»}

Syu sonrió con todos sus dientes.

\emph{«¿Valor y arte? Eso ya lo tenemos, no te preocupes.»}

Le devolví la sonrisa.

\emph{«¿Entonces te parece una buena idea?»}

Syu se encogió de hombros.

\emph{«Si de veras crees que vas a vivir mejor haciéndolo, ¿por qué no?»}

\emph{«Únicamente lo siento por los mercenarios, que se van a quedar sin
los tres mil kétalos»},
suspiré.

Syu me miró fijamente.

\emph{«¿Eso importa?»}

Lo pensé más detenidamente y negué con la cabeza.

\emph{«No mucho. Es más, esos mercenarios me caen mal. No tenían por qué
meterse con Lénisu.»}
Hice una pausa y me levanté de un bote.
\emph{«Manos a
la obra, amigo mío.»}

Primero bajé discretamente a la cocina a coger unas pequeñas provisiones
para dos días, luego puse todo en mi saco naranja y metí también la
capa, porque las noches empezaban a ser frescas.

Frundis empezó desaprobando el plan rotundamente, pero cuando le propuse
que viniese con nosotros, aceptó encantado y enseguida vio razones para
apoyar mis disparatadas y esperanzadas decisiones.

Salí de mi cuarto por la ventana y bajé de tejado en tejado hasta llegar
al puente. El nuevo puente estaba más o menos acabado y tan sólo
quedaban las torres por construir. Por primera vez, crucé el puente de
piedra y me fui corriendo por el camino bordeado de campos y
bosquecillos. Al principio, me latía el corazón de la emoción de por fin
hacer algo. Seguramente todos habrían desaprobado mi plan. Incluso Syu y
Frundis tenían sus reservas, pero ¿qué podía hacer? Si Lénisu llegaba a
Ató, lo encerrarían en una celda en el cuartel general y ya sería
imposible sacarlo de ahí. No permitiría que los de Ató se deshicieran de
Lénisu con un juicio
\emph{“sumario”},
como había dicho Nart. Era mejor
actuar rápido, antes de que la situación empeorara.

Entonces recordé mis lecciones con el maestro Dinyú y Kwayat y palidecí
un poco al darme cuenta de que al salir de Ató tan precipitadamente no
había ni podido avisarle a Kwayat de que no me esperara… Sentí cierta
pesadumbre pero me convencí de que era mejor que Kwayat esperara un poco
a que Lénisu perdiera la vida.

—No te preocupes Lénisu, allá voy —solté, decidida.

\emph{«¿Vas a hablarle a Lénisu durante todo el viaje antes de haberlo
salvado?»},
me preguntó Syu, con socarrona curiosidad.

\emph{«Intentaba darme ánimo»},
repliqué.

\emph{«Está claro que necesitas un poco más de ritmo»},
intervino Frundis.
\emph{«Voy a ver qué puedo hacer…»}

Sonó un ruido de trastos que se removían, como si Frundis necesitase
remover sus canciones para poder elegir cuál era la más oportuna en
aquel momento, y poco después empezó a sonar una canción animada con
trompetas y tambores.

\nopagebreak \bigskip {\centering{$\spadesuit$} \par} \smallskip

Cuanto más avanzaba, más tenía la impresión de estar cometiendo un
error. Pero no podía remediarlo: tenía la convicción de que si no
actuaba ya, Lénisu acabaría mal. De modo que, lógicamente, no podía
estar cometiendo un error.

\emph{«El error lo cometes al pensar tanto»},
me replicó Syu.

\emph{«Los pensamientos alimentan la música»},
dijo Frundis.

\emph{«Bah, depende de qué pensamientos»},
gruñó el mono.
\emph{«La
preocupación no nutre nada. Desnutre.»}

\emph{«No hables tan rápido, la preocupación puede dar lugar a muchas
músicas, por ejemplo…»}
Se oyó un carraspeo y la música regular de
tambores cambió por un sonido chirriante y espeluznante.

\emph{«Eso es terror musical»},
objetó Syu.

\emph{«Es preocupación»},
replicó Frundis, contrariado.

\emph{«Sois vosotros los que me preocupáis»},
intervine.
\emph{«Hablando de comida, ¿qué os parece si comemos algo?»}

\emph{«La música alimenta más que la comida»},
dijo Frundis, con un
resoplido desdeñoso.

\emph{«Eso lo dices porque eres un bastón»},
sonreí.
\emph{«¿Un poco de pan,
Syu?»}

\emph{«Si insistes»},
contestó Syu desenfadadamente, cogiéndose un buen
trozo de pan.

Comimos rápidamente y seguimos caminando. El cielo ya empezaba a
oscurecerse y aún no me había cruzado con un solo alma. Estaba claro
que la orilla este del Trueno estaba prácticamente deshabitada. Por algo
Ajensoldra y los Reinos de la Noche nunca se ponían de acuerdo sobre de
quién debían ser los territorios de la cordillera. Con un solo vistazo,
se podía ver claramente que de nadie. Tan sólo vivían unos pueblos de
ternians y de humanos, y algunos caitos, aunque los pueblos de estos
últimos estaban en su mayoría más al norte y al pie de las montañas, y
cada una de esas comunidades se consideraba de su pueblo y de nada más.
Lo cual era lógico.

El paisaje estaba compuesto de prados, colinitas y unos pocos
bosquecillos. Si alguien aparecía en el camino, lo vería desde lejos.
Aun así, fue Frundis el que nos avisó de que se acercaba un grupo de
personas. Al parecer, la música del entorno había cambiado. Por mi
parte, no oía ningún ruido de pasos, pero confié en lo que decía Frundis
y me aparté del camino, escondiéndome en un bosquecillo no muy alejado.

Al ver aparecer al grupo, me quedé muy quieta y me envolví de armonías
aun sabiendo que escondida como estaba detrás de los arbustos, era
improbable que me vieran. Al principio, intenté engañarme para no darme
falsas esperanzas y traté de convencerme de que no era más que un grupo
de viajeros sin relación alguna con los mercenarios y Lénisu. Pero a
medida que se iban acercando, fui divisando sus armaduras ligeras y sus
espadas y vi que eran cuatro, número que concordaba muy bien con los
tres mercenarios que habían capturado a Lénisu…

Entonces lo vi. Era el más bajito de todos. Iba maniatado, sin camisa y
avanzaba como resignado mientras uno de los mercenarios le estiraba con
una cuerda que le había atado al cuello, como para hacerlo andar más
rápido. La luz del día ya estaba desapareciendo pero la Luna había
empezado a brillar en el cielo y alcancé a ver con suficiente claridad
el aspecto de los tres mercenarios.

Había dos caitos y otro que parecía un semi-elfo de la tierra con sangre
ternian en las venas. Los dos caitos eran robustos y grandes y eran los
que llevaban las armas más pesadas, a saber un hacha y una maza,
mientras que el semi-elfo tenía un arco corto y una espada, pero aunque
los dos caitos le llevasen varios centímetros, el semi-elfo era bastante
más alto que Lénisu. Eran tres mercenarios imponentes y aterradores,
concluí.

Me pregunté hasta cuándo seguirían avanzando. Generalmente, a esas
horas, cualquiera habría parado a cenar y a dormir. Pero ellos parecían
andar con prisas y, por lo visto, querían aprovechar los últimos
destellos del día para acercarse a Ató.

\emph{«Están impacientes por recibir los tres mil kétalos»},
gruñí.

\emph{«Menuda panda de avaros»},
dijo Frundis.

\emph{«Esto me da muy mala espina»},
comentó Syu.

Esperamos a que los mercenarios pasaran delante del bosquecillo y luego
solté un suspiro de alivio y de emoción.

\emph{«¡Syu! Creo que esto va a funcionar»},
dije, alegremente.
\emph{«Me
preocupaba que los mercenarios hubieran decidido atajar por el campo o
que hubieran cogido otro camino. Quién sabe, podrían haber venido del
norte, podrían haber podido pasar tantas cosas… Pero ahora estoy del
todo tranquila.»}

\emph{«No sabes cuánto me alegro»},
replicó él, con la nariz fruncida.
\emph{«¿Y ahora qué hacemos?»}

Me mordí el labio, pensativa, dándome cuenta de que efectivamente todo
quedaba por hacer.

\emph{«Ahora toca esperar»},
contesté.

\nopagebreak \bigskip {\centering{$\spadesuit$} \par} \smallskip

Habían encendido un fuego a unos cincuenta metros de un bosquecillo. Eso
fue la primera cosa que me sorprendió porque yo, entre dormir a campo
abierto o en un bosque, habría elegido el bosque. Syu también se mostró
sorprendido.

\emph{«Los árboles siempre ofrecen mejor protección»},
argumentó.

\emph{«Al parecer ellos no necesitan protección»},
comenté, escondida
detrás de un pequeño arbusto en el linde del bosque.

Frundis soltaba una tranquila música de flauta que no convenía para nada
a la situación y parecía abstraído totalmente.

\emph{«Vamos a esperar a que duerman profundamente»},
decidí.
\emph{«Lénisu
sigue maniatado, ¿no?»}

Syu entrecerró los ojos y asintió.

\emph{«Eso me parecía»},
suspiré.
\emph{«Habrá que desatarlo antes de poder
huir.»}

\emph{«Te dejo encargarte de eso. Yo me encargo de despertarlo cuando estén
todos dormidos.»}

\emph{«No estarán durmiendo todos»},
dije entonces.
\emph{«Eso va a ser el
mayor problema. ¿Cómo hacer para que no nos vea el que vigile?»}

Cuanto más reflexionaba sobre el asunto, más imposible me parecía lo que
pretendía hacer. Esperé escondida durante un hora más. Los dos caitos se
fueron a dormir y el semi-elfo se quedó sentado contemplando el fuego,
sin estar sin embargo muy alerta. Pero sabía que los elfos de la tierra
tenían mucho oído y buena vista. No tenía que dejarme engañar por mi
impaciencia.

Consideré la idea de esperar unas cuantas horas hasta que el semi-elfo
se fuera a dormir y lo remplazase un caito. Pero también me vino en
mente otro pensamiento: el semi-elfo tenía que estar cansado por un día
entero de caminata. Eso era una ventaja considerable.

Entonces, me invadió una súbita determinación y decidí actuar cuanto
antes. Utilicé las armonías y me escondí entre las tinieblas,
acercándome al fuego de los mercenarios con el corazón latiendo a toda
prisa.

Jamás me había sentido tan temeraria. Syu me seguía imitando las mismas
técnicas armónicas que yo y Frundis nos envolvía mejorando nuestros
sortilegios. Me sentía bastante orgullosa del resultado.

Me pareció que había pasado una eternidad cuando por fin llegué junto a
Lénisu. Estaba tendido entre los dos caitos y el semi-elfo estaba del
otro lado del fuego. Me quedé espantada al ver a mi tío de más cerca:
tenía la pierna herida y con todas las probabilidades infectada, tenía
otro corte en el torso, aunque superficial, y su rostro contraído,
agitado y sudoroso le daba un aire febril.

\emph{«¿Has acabado de hacerle el diagnóstico, Shaedra?»},
me preguntó
amablemente Syu, con una pizca de impaciencia.

El mono gawalt pasó por encima de mi hombro y aterrizó silenciosamente
junto a Lénisu, preguntándose sin duda qué podía hacer para despertarlo
lo más sigilosamente posible.

Se subió sobre él y le pellizcó la mejilla. Lénisu murmuró algo
incomprensible pero no abrió los ojos. Syu y yo intercambiamos una
mirada y luego me avancé, pegada al suelo y sacando mi cuchillo. Pronto
me fijé en que el cuchillo que me había regalado Kirlens no era un
cuchillo para cortar cuerdas gruesas.

\emph{«Esto es un desastre»},
pronunció Syu.
\emph{«No se despierta.»}

Levanté la mirada y vi que le estaba pellizcando la mejilla y agitándola
como si estuviera escurriendo un trapo mojado.

\emph{«¡Syu!»},
protesté.
\emph{«Cambia de táctica. No podemos llevárnoslo a
cuestas, no es que pese mucho, pero yo no soy Yeysa.»}

\emph{«Deja de hablar tanto y sigue cortando la cuerda»},
me replicó el
mono, pasando a estirar las orejas de Lénisu.

Lénisu, entonces, despertó, abriendo los ojos perezosamente, como
agotado. Gruñó y yo le puse una mano encima de la boca, imponiéndole
silencio. Lénisu, sin embargo, no acabó de entenderlo todo. Al cabo de
un momento, comprendió quién era y, afortunadamente, no soltó ninguna
exclamación sino que se quedó como pasmado, cosa que no era habitual en
él y me inquieté realmente por su salud. ¿Podría acaso correr con esa
pierna herida? Drakvian me había avisado de que estaba herido, ¿por qué
demonios me había olvidado de eso en mi tremendo plan?

Solté un suspiro de alivio cuando conseguí al fin cortar la cuerda que
mantenía a Lénisu maniatado, y entonces empezó la peor etapa: levantar a
Lénisu, puesto que no parecía estar dispuesto a hacerlo solo. Solté a
Frundis y cogí las dos manos de Lénisu, estirándolo con todas mis
fuerzas. Lénisu parpadeó y agrandó de pronto mucho los ojos.

\emph{«¡Cuidado!»},
exclamó Syu, aterrado.

Oí de pronto un ruido detrás de mí y giré la cabeza. Me quedé helada. De
pie, a unos metros de distancia, un semi-elfo tensaba la cuerda de su
arco, apuntándome con una flecha.

—Suéltalo —me ordenó.

Solté a Lénisu y éste cayó de unos centímetros soltando
una exclamación de dolor que despertó a los dos caitos en un sobresalto.

Tragué saliva, intentando entender cuándo se habían deshecho los
sortilegios armónicos que me escondían. ¿Cómo había podido
desconcentrarme de semejante forma?

—Santo cielo, tú, aparta esa flecha de… esa niña —bramó Lénisu,
intentando levantarse.

Tendió una mano temblorosa hacia mí, sin embargo los caitos no le
permitieron ir mucho más lejos: lo tiraron al suelo y lo maniataron con
la cuerda que habían utilizado para atarle el cuello. Pero se
apresuraban innecesariamente: Lénisu estaba demasiado débil para
rebelarse.

El semi-elfo pareció relajarse pero no dejó de apuntarme con su arco.

—¿Quién eres? —preguntó, mirándome a los ojos fijamente.

—Yo… —vacilé e intenté darle un poco más de firmeza a mi voz\mbox{—,} estaba
pasando por aquí y…

—¿Quién eres? —repitió, adelantando un paso.

—Déjala marchar —resopló Lénisu, cuando los caitos se alejaron un poco
de él\mbox{—.} Es tan sólo una niña.

Uno de los caitos soltó una carcajada.

—Una niña que va armada con un cuchillo y que consigue pasar sin que
Uman la vea —gruñó, sarcástico.

—Aunque este es un cuchillo para cortar zanahorias más que otra cosa
—replicó el otro caito, recogiendo mi cuchillo del suelo.

\emph{«Te has metido en un buen lío»},
dijo Syu, desde algún sitio que no
pude determinar.

\emph{«No hace falta que me lo digas»},
le repliqué, con un gemido mental.

—No tengo malas intenciones —dije\mbox{—.} Sólo pretendía salvar a un
inocente.

—Conoces a este hombre… —dijo Uman, el semi-elfo, destensando la
cuerda de su arco\mbox{—,} ¿cómo?

Abrí la boca y la volví a cerrar, confusa.

—Yo…

—Es mi sobrina —intervino Lénisu, pasándose las manos sobre el rostro,
como para despejarse\mbox{—.} Está un poco desequilibrada, no la toméis mucho
en serio. A veces incluso se pone a hablar con un mono gawalt y con todo
tipo de objetos. No os convirtáis en criminales después de capturar a
uno, ¿eh? Es muy feo eso de amenazar a una muchacha de catorce años.

Me quedé mirándolo fijamente, aturdida. ¿Cómo que desequilibrada? ¿Qué
demonios estaba diciendo Lénisu? ¿Y qué significaba eso de que habían
capturado a un criminal si él no lo era?

Uman enarcó una ceja.

—¿Tu sobrina, eh? No sabía que el Sangre Negra tuviera familia. Creía
que se la había cargado entera.

Lénisu puso los ojos en blanco.

—Amigo, me temo que estás confundiendo a los Sangres Negras, ya te he
dicho que yo no tengo nada que ver con todas esas historias sangrientas…
aunque supongo que a ti te trae sin cuidado.

—Efectivamente —replicó Uman, mientras Lénisu dejaba caer la cabeza
otra vez contra el suelo, agotado.

—Esto es el colmo —intervine, sin poder aguantar más\mbox{—.} ¿Por qué lo
dejáis en ese estado? Ya no puede más, va a morir si no hacéis nada para
curar esa herida.

Uman se giró hacia mí.

—Y tú, ¿supongo que vienes de Ató? —asentí con la cabeza e iba a decir
algo pero él me interrumpió\mbox{—.} Muchacha, supongo que tu intención al venir
aquí era la de liberar a este hombre. Por consiguiente, has estado a
punto de hacer algo ilegal, ya que este hombre va a ser ajusticiado y,
si no me engaño, será sentenciado a muerte. Y no veo por qué debería
preocuparme por la herida infectada de un muerto.

—Muy justo —aprobó Lénisu con una voz ronca, haciendo un gesto con las
manos atadas\mbox{—.} No puedes curar la muerte —y levantó levemente la cabeza,
con una media sonrisa\mbox{—,} a menos que quieras convertirme en un esqueleto,
por supuesto. Maldigo el día en que me prometí que nunca tocaría la
nigromancia —añadió.

Estaba delirando, me dije, agrandando los ojos, aterrada.

—Hay que curarle la pierna —insistí, desesperada.

—No veo por qué deberíamos hacerlo —replicó uno de los caitos,
sentándose en la hierba, junto al fuego. Soltó un gruñido\mbox{—.} Estoy
agotado. Atemos a esta chavala y sigamos durmiendo.

Usaron parte de la cuerda que habían utilizado para maniatar a Lénisu
y me ataron las manos con ella. Protesté, sin embargo, mientras me
maniataban:

—¿Es que no tenéis compasión? —solté, intentando mantener mi voz
exenta de ira, en vano\mbox{—.} Está sufriendo. Al menos, deberíais darle el
beneplácito de la duda: ¿qué prueba tenéis de que Lénisu es un criminal?
Ninguna. Deberíais dejarme ir a buscar aladena, hay mucha por
los alrededores de Ató… Y deberíais dejarme desinfectar la herida…

Callé, al advertir la mirada sombría del semi-elfo.

—¿Cuál es tu nombre? —preguntó.

—Shaedra —contesté\mbox{—,} ¿y eso qué importa?

—Nada.

Y me dio la espalda mientras uno de los caitos me obligaba a sentarme.

—A dormir —dijo el caito\mbox{—.} Atada como estás a tu tío, me da que no vas
a poder ir muy lejos.

Lo fulminé con la mirada y advertí entonces un movimiento en el suelo:
era Frundis que trataba de acercarse a mí. Me moví ligeramente y toqué
el bastón. Una oleada de notas de música de salón me invadió la mente
por completo y sacudí la cabeza.

\emph{«¡Frundis!»}

\emph{«¿Lo has oído?»},
me replicó él, sin embargo, entusiasmado.
\emph{«¡He
cogido un nuevo sonido! Jamás pensé que encontraría uno nuevo tan
rápido. Aún no sé exactamente cómo ha sucedido… ¡es un milagro!»}

Levanté los ojos al cielo, sin poder creerlo.

\emph{«Frundis, ¿de veras te consideras un arma luchadora de primera?»},
gruñí.
\emph{«¡Me has dejado plantada mientras me estaban apuntando con
una flecha al corazón!»}

\emph{«Oh, ¿de veras? Esto… quizá me haya perdido algo. ¿Quién te ha
atacado?»},
preguntó, con un interés amable.

Solté un suspiro exasperado y Uman me miró con cara suspicaz.

\emph{«Los tres mercenarios, ¿quién si no? Ya veo que no prestabas
atención. Buscando nuevos sonidos»},
suspiré, incrédula.

\emph{«Es una tarea muy importante»},
replicó Frundis, ofendido.

\emph{«¿Más importante que la de salvar a Lénisu?»},
repuse.

\emph{«Parecido»},
afirmó, tras una breve pausa.

Cerré los ojos, cansada, y me quedé tumbada boca arriba en la hierba,
pensativa. Estaba atada a la misma cuerda que Lénisu y tan sólo me bastó
seguir la cuerda para encontrar a Lénisu tendido medio metro más lejos.
Ahora sabía que Lénisu no sería capaz de levantarse solo y echar a
correr. Todas mis buenas intenciones se me habían ido al traste. Entendía
tan sólo ahora el terrible error que había cometido. Aunque al mismo
tiempo, estaba contenta de estar junto a Lénisu, y además, lo importante
era que lo hubiese intentado.

\emph{«¿Shaedra?»},
preguntó entonces Frundis, inquieto.
\emph{«¿Estás bien?»}

\emph{«Yo sí. Pero Lénisu está herido. A esos mercenarios tan sólo les
importa que llegue vivo a Ató. Luego les trae sin cuidado que muera.
Creo que esto es lo más terrible que me ha pasado en mi vida, ¿cómo
pueden ser tan cortos de miras? Cualquiera podría ver enseguida que
Lénisu es buena gente.»}

Realmente, no lo entendía. ¿Por qué todo tenía que ser tan complicado?
¿Y por qué Lénisu parecía tomarse todo de manera tan indiferente?
Parecía que se había dado por muerto y que no iba a hacer nada para
impedir que lo sentenciaran a muerte injustamente. Claro que no parecía
estar en condiciones de pensar correctamente… Lo que más me molestaba,
en aquel momento, era no poder desinfectar la herida de Lénisu y
vendarla como debía ser. Realmente las dotes curanderas de aquellos tres
mercenarios daban pena.

\emph{«¿Hay algo que pueda hacer?»},
preguntó Syu, en algún sitio.

Súbitamente, me vino una idea, y una sonrisa empezó a dibujarse en mi
rostro.

\emph{«Sí. Búscame unas cuantas hojas de aladena. Es una planta pequeña… un
poco más alta que tú. Tiene hojas tipo arce, pero más esponjosas y
gruesas, y más pequeñas. ¿Puedes encontrar eso?»}

\emph{«Creo que ya veo de qué planta hablas»},
aseguró Syu.
\emph{«Seré tan
rápido como el rayo.»}

\emph{«Ten cuidado cuando te acerques»},
le dije, preocupada.

\emph{«Pff»},
replicó él.

Un cuarto de hora después, estaba de vuelta con las hojas de aladena y
me las dejó entre las manos lo más discretamente posible antes de
desaparecer como había venido.

Lénisu dormía desde hacía tiempo, pronunciando palabras a medias. Las
llamas del fuego iluminaban su rostro agitado y sudoroso. Me acerqué a
él sigilosamente y, torciéndome para poder alcanzar su pierna herida,
intenté remangarle el pantalón hasta la rodilla. Fue una tarea muy
difícil, porque la sangre estaba seca y el pantalón se había pegado a la
herida. Y cuando lo conseguí, la herida se volvió a abrir y Lénisu soltó
un gruñido de dolor pero apenas se despertó. Le apliqué las hojas sobre
la llaga tan rápidamente como pude, temiendo que me viera Uman.

Las hojas de aladena absorbían el pus y la sangre y soltaba un líquido
que quemaba y, por consiguiente, desinfectaba. Por eso no me extrañé que
al posar la aladena en la herida, Lénisu soltase un grito de dolor y se
sobresaltase.

—¡Aaarr! —vociferó.

—Tranquilo —le susurré, precipitadamente\mbox{—,} te estoy curando la herida…

—¿Qué pasa ahora? —soltó, irritado, uno de los caitos, mientras Uman
se levantaba de su piedra para ir a ver lo que ocurría.

Uman, al contemplar la escena, soltó una carcajada.

—No es nada, dormid tranquilos. Sólo es la chavala que hace todo para
que lleguemos a Ató lo más rápido posible.

El caito gruñó y volvió a cerrar los ojos. Lénisu, en cambio, soltaba
unos resoplidos de sufrimiento.

—Shaedra —gimió, con la voz casi enmudecida\mbox{—,} ¿por qué me estás
matando?

Solté un suspiro irritado.

—Te estoy curando, Lénisu, tú no vas a morir. ¡No muevas la pierna!
—siseé\mbox{—.} Es aladena.

—¿Aladena? —repitió Lénisu, aturdido. Y entonces agrandó los ojos\mbox{—.}
¡Pero eso es letal!

—Es letal si te lo comes —repliqué, poniendo los ojos en blanco\mbox{—,} pero
es muy eficaz para las heridas. Confía en mí.

Lénisu se volvió a tumbar, y me hubiera gustado amortiguar un poco su
caída pero desgraciadamente estaba maniatada.

Uman, en vez de volver a su sitio, se acercó a mí. Tenía el rostro sucio
y cuadrado y las orejas más largas que la mayoría de los elfos.

—¿Quién es el que te ha traído la planta? —preguntó en voz baja para
no despertar a los demás\mbox{—.} Tienes a un cómplice, no puedes engañarme. Y
debe de ser muy discreto… ¿Quién es?

Agrandé los ojos, alarmada. No quería meter a Syu en ese asunto. Al fin
y al cabo, era el único que se había salvado de mi estúpido plan.

—No hace falta que te preocupes —contesté\mbox{—,} no puede atacaros.

Uman enarcó una ceja, sorprendido y algo suspicaz.

—¿Hay más personas por los alrededores?

—No, que yo sepa —contesté\mbox{—.} Aparte de Syu, claro… el cómplice
—expliqué para que lo entendiese.

Uman echó un vistazo hacia Lénisu, sacudió la cabeza y, sin una palabra
más, volvió a sentarse en su sitio, a montar la guardia.

Seguí intentando curar la pierna de Lénisu utilizando un poco la
endarsía, pero temía empeorar las cosas y lamenté la ausencia de un
curandero. Aleria podría haber hecho las cosas mucho mejor que yo. Y
cuando no se me ocurrió ninguna otra idea para aliviar el sufrimiento de
Lénisu, me dejé caer junto a él, rendida. ¿Qué más podía hacer?, me
pregunté, preocupada, al comprobar que Lénisu tenía mucha fiebre. Una
ilusión de frío o de calor no podía más que engañar el organismo de
Lénisu, no podía arreglar nada. Y cambiar la temperatura del cuerpo,
además de difícil, podía ser peligroso: el maestro Jarp más de una vez
nos había avisado sobre los peligros de la energía aríkbeta. Me
volvieron a la memoria algunos casos de accidentes que nos había contado
y preferí no tentar la suerte.

Entonces, me entró una nueva preocupación que no tenía nada que ver con
Lénisu. ¿Y si, de repente, me transformaba en demonio? Atada como estaba,
lo más probable era que ocurriera una catástrofe irreparable…

De modo que utilicé todas las técnicas a mi alcance para permanecer
tranquila. No tengo que preocuparme, me repetí. Me imaginé que estaba
corriendo en algún campo de Ató, riendo a carcajadas bajo un sol
radiante de verano y me dormí sin previo aviso. Y tuve una pesadilla
horrible. Lénisu conservando toda tranquilidad, andaba con seguridad
sobre un terreno rocoso y, de pronto, caía en un precipicio. Yo gritaba.
Pero entonces Lénisu volvía a aparecer levitando: Aryes le tomaba la
mano y sonreía. Súbitamente, se levantaba un viento brutal que se llevaba a
ambos mientras yo me quedaba junto al precipicio, desesperada, sin poder
hacer nada y con Syu que se cogía de mi cuello con todas sus fuerzas
para no ser arrastrado por el vendaval…

\chapter{Voluntarios}
\label{s:15}

Aquella mañana, cuando desperté, lo primero que vi fueron dos ojos
negros que me contemplaban sin apenas parpadear. Eran los ojos de uno de
los caitos, el pelirrojo con barba y con la nariz torcida.

Posé los codos sobre la tierra y me enderecé ligeramente, pestañeando.
Apenas había empezado a clarear y la Luna aún brillaba en el cielo.

—Es muy pronto —gruñí, soñolienta.

—Buenos días, jovencita —me dijo el pelirrojo\mbox{—.} Debo decir que anoche
parecías más peligrosa que ahora. No eres más que una niña.

—Una niña que consiguió llegar hasta nuestro fuego sin ser vista
—comentó Uman\mbox{—.} Está claro que algo sabe de artes mágicas.

Enarqué una ceja, sorprendida al oír las palabras «artes mágicas». El
maestro Yinur había dicho que algunas personas apartadas de la
civilización denominaban así a las artes celmistas. Claro que había que
ver qué significaba el concepto de «civilización» para el maestro Yinur.

—¿Artes mágicas? —repitió el caito moreno\mbox{—,} ¿de veras crees que esta
niña es…?

Me miró con el ceño fruncido, desconfiado. Les sonreí a los tres,
divertida al ver sus reacciones.

—Soy alumna en la Pagoda Azul —les dije\mbox{—.} Y soy har-karista.

—La Pagoda Azul —repitió el pelirrojo\mbox{—.} Vaya, eso me trae malos
recuerdos. Recuerdo a algunos de sus antiguos alumnos a los que conocí.
Unos tipos muy tercos.

Uman me miraba con interés.

—¿Has dicho har-karista?

—Ajá —repliqué.

—Qué casualidad. Conocí a un har-karista, hace apenas unos meses. Su
nombre es Pyen Farkinfar, ¿lo conoces? —Negué con la cabeza\mbox{—.} Me
derrotó en un duelo. Fue una dura lección —admitió. Y entonces se
levantó\mbox{—.} Será mejor que nos pongamos en marcha. Despierta a tu tío y
marchémonos.

Me giré hacia Lénisu y comprobé qué tal se encontraba. Su fiebre había
caído y su herida parecía haber echado todo el pus de modo que no pude
más que maravillarme por los efectos de la aladena. Jamás había podido
comprobar unos efectos positivos tan revolucionarios o al menos eso me
pareció en el momento.

Lo desperté dándole palmaditas en la mejilla.

—Lénisu, despierta —le dije.

—¿Que despierte? —replicó él, despertando\mbox{—.} ¿Es que aún puedo
despertar?

Su pregunta me hizo preguntarme si realmente le había bajado la fiebre
pero luego constaté que Lénisu estaba más lúcido de lo que creía. Lo
ayudé a levantarse y le metí a Frundis entre las manos para que pudiera
apoyarse mejor, pidiéndole al bastón que de paso le ayudase moralmente
con su música. Cuando estuvimos listos, los demás ya habían tapado el
fuego y nos metían prisas para que avanzáramos.

—Esperad —les dije, vacilante\mbox{—.} Tengo un saco naranja en ese bosque,
lo dejé ayer ahí porque era demasiado vistoso… Voy a ir a recogerlo.

—Ni se te ocurra —replicó el caito pelirrojo.

Entonces me fijé en que no habían comido nada para desayunar y empecé a
preguntarme desde cuándo no habían comido los tres, por no hablar de
Lénisu… Carraspeé.

—Esa mochila tenía pan y queso —dije, como de pasada\mbox{—,} es una pena
tirar la comida de ese modo. Pero, claro, si no queréis ir a recogerlo…

Enseguida vi que los tres intercambiaban miradas pensativas. Estaban
hambrientos, confirmé, para mí.

—¿Dónde está esa mochila? —preguntó el caito moreno.

Levanté las manos atadas y señalé el bosque a mi derecha sin una
palabra. Un cuarto de hora más tarde andábamos todos en el camino y los
mercenarios parecían más contentos después de haber desayunado algo,
aunque fuera sin duda un desayuno muy frugal. Y al menos yo había
recuperado mi mochila de toda la vida.

Lénisu y yo caminábamos muy juntitos, atados a la misma
cuerda, siguiendo a Uman que iba delante. Lénisu avanzaba en silencio.
No me decía ni una palabra y me inquietaba su aspecto y su mutismo. Era
evidente que sufría y me preguntaba por qué seguía avanzando si sabía
que cada paso lo acercaba más de Ató y del Mahir. Algo debía de tener
pensado, reflexioné, esperanzada.

El caito pelirrojo y el más joven de los tres se llamaba Liin y
el moreno Kuayden. Ambos estaban metidos en una conversación
animada sobre Ató y sus mejores bebidas. Parecía que los tres mil
kétalos se los iban a gastar para emborracharse durante el tiempo que
pudiesen.

—Me parece poco provechoso beber esas asquerosidades —tercié
tranquilamente\mbox{—.} Podríais hacer mejores cosas con esos tres mil
kétalos.

Kuayden me fulminó con la mirada.

—Cierra la boca, no sabes de lo que hablas.

—¿En qué emplearías tú el dinero? —me preguntó Uman, girándose hacia
mí, sin mostrar sin embargo mucho interés por la conversación.

—La verdad… no tengo ni idea —reconocí\mbox{—.} Yo nunca he necesitado
dinero. Pero está claro que no me pasaría los días bebiendo, como dicen
ellos. Sobre todo si esos tres mil kétalos se han ganado
inmerecidamente.

El rostro de Uman se volvió más sombrío.

—¿Inmerecidamente? —repitió Kuayden, indignado\mbox{—.} Con la herida que me
ha hecho tu condenado pariente creo que he merecido los tres mil
kétalos para mí solo. Desgraciadamente, esa cantidad hay que dividirla
en seis —añadió, como para sí.

Giré la cabeza y vi que efectivamente tenía una herida en el brazo
bastante fea.

—Siento lo de tu brazo —intervino Lénisu, cojeando y resoplando\mbox{—.} Se
me escapó el ataque. Ya sabía que no iba a poder venceros a los tres
juntos, fue un reflejo.

Vi la mueca sorprendida de Kuayden.

—Bueno, en realidad tampoco me duele mucho. Estoy habituado a ese tipo
de heridas. —Hubo un silencio y añadió poco después\mbox{—:} Yo también siento
lo de tu pierna. Podríamos haber llegado a Ató anoche de no ser por esa
maldita pierna.

Lénisu hizo una mueca pero no contestó y seguimos avanzando en silencio
durante unos minutos.

—Tres mil kétalos es una cantidad miserable —dije de pronto\mbox{—.} No
sabéis lo que estáis haciendo. Probablemente conseguiríais mucho más
liberando a Lénisu: él tiene muchos contactos.

—No tan raudo, querida sobrina —replicó Lénisu\mbox{—.} Yo no estoy dispuesto
a darles ni un mísero kétalo a estos matones.

—Y no te lo pedimos —replicó, gruñendo, Liin, el pelirrojo.

—Pero pensad un poco —intervine\mbox{—.} Si Lénisu resulta no ser el Sangre
Negra, ¿de qué habrá servido todo esto? No os pagarán.

—Sí nos pagarán —soltó Uman\mbox{—.} Sea él el Sangre Negra o no. Si no
respetan el trato, ningún mercenario que conozcamos se habrá quedado
sin enterarse de ello. Deja ya de intentar vendernos tu opinión. No
tenemos mucha paciencia con los niños pesados.

Agrandé los ojos, ofendida, y puse cara tozuda.

—Está bien. Tenías razón, Lénisu. Son unos matones.

—Avanza y deja de hablar, Shaedra —me dijo Lénisu\mbox{—.} Dime, ahora que
todavía tengo un poco de consciencia, ¿por qué diablos has salido de
Ató?

Me mordí el labio, sonrojándome.

—No te enfades. Me enteré de que estabas cerca de Ató y sabía que
tenía que actuar rápido antes de que llegaras… Te acusan de ser el
Sangre Negra y de crímenes que nunca has cometido. Y Nart me dijo que
estaban tan convencidos de tu culpa que… que apenas iban a juzgarte
—murmuré con dolor\mbox{—.} Pero había olvidado que estabas herido. Y yo no he
estado muy hábil con las armonías. Ha sido un desastre de plan, pero no
te preocupes, saldrás de esta.

Lénisu sacudió la cabeza débilmente.

—Lo dudo.

—Sólo tienes que decirles la verdad —insistí.

—No me escucharán —replicó\mbox{—.} Y además, ¿qué verdad contarles? Hay tantas
verdades que sería absurdo intentar explicarlas todas, no me dejarían
tiempo para explicarlas. El asunto es… complicado. Yo les importo una
sarrena —me aseguró.

—Siempre es mejor decir la verdad —le aseguré\mbox{—.} Un buen Mahir sabe
reconocer la verdad de la mentira cuando tiene delante al acusado.

—Jamás pensé que un Mahir pudiera ser bueno —rió Lénisu, sarcástico.
Apoyó la pierna mala demasiado y soltó un gruñido de dolor. Cuando hubo
recuperado un movimiento regular, suspiró\mbox{—.} Además, la verdad podría
tener consecuencias todavía más catastróficas que una mentira.

Lo fulminé con la mirada.

—Lénisu, una cosa son los secretos y otra las mentiras. No puedes
mentir indefinidamente. En cambio, la verdad es dura como la piedra de
Léen. Me lo dijo Sain, un día.

—Sain… —repitió Lénisu, frunciendo el ceño\mbox{—.} A ese hombre no le salvó
la verdad, la soga se la llevó con él al mundo de los espíritus. Yo
no confío mucho en los repartidores de Justicia.

Invadida por una tristeza indefinible, iba a decir algo cuando de pronto
me choqué contra Uman, el cual se había detenido en seco.

—¡Au! —me quejé.

—Salid del camino —siseó Uman, de pronto\mbox{—.} Viene gente.

Enarqué una ceja.

—¿Y por qué debería molestaros? Sois mercenarios legales, ¿no? Podéis
ir adonde queráis…

Me empujó hacia un lado y lo seguí sin rechistar, mirando hacia el
camino con los ojos entrecerrados. Enseguida mi expresión se iluminó de
alegría.

—¡Kahisso! —exclamé, sonriendo anchamente\mbox{—.} ¡Lénisu, es Kahisso! Volvió
de una misión bastante peligrosa y desde entonces se ha quedado en la
taberna, con Wundail y Djaira. Seguramente Kirlens les ha pedido que me
buscaran.

—¿Kirlens? —repitió Liin\mbox{—.} Ese nombre me suena.

—Es el tabernero del
\emph{Ciervo alado}
—expliqué rápidamente. Y
quise levantar una mano para agitarla pero el caso es que seguía
maniatada\mbox{—.} ¡Kahisso! —exclamé, pegando saltitos.

Uman me fulminó con la mirada.

—¿Qué quieren esas personas?

—Encontrarme —expliqué sencillamente\mbox{—.} No os van a hacer ningún daño.
Son raendays, «Honor, Vida y Coraje» —les recité, por toda explicación.

—¡Raendays! —resopló Kuayden.

—¡Kirlens! —dijo Liin, asintiendo con la cabeza\mbox{—.} ¡Ahora caigo, por
supuesto! Pasamos la noche en su albergue más de una vez.

Uman los miró alternadamente y luego nos escudriñó a Lénisu y a mí.

—No me gusta esto —comentó, sombrío\mbox{—.} Liin, Kuayden, guardad un ojo
atento sobre el Sangre Negra. No quisiera que nos lo quitasen de las
manos poco antes de llegar a Ató.

Sin embargo, volvimos al camino. El cielo ya tenía un color rosáceo
matinal y el sol derramaba su luz blanca generosamente.

En total, el grupo que se nos acercaba lo componían seis personas. Era
toda una tropa. Estaban por supuesto Kahisso, Wundail y Djaira, además de
Aryes, Deria y… Agrandé los ojos, atónita. ¿Galgarrios?

Cuanto más se acercaban, más me sentía ridícula, maniatada entre un
grupo de mercenarios después de haber cumplido exitosamente mi objetivo
de encontrar a Lénisu.

En los últimos metros, todos se detuvieron, excepto Deria, que se
abalanzó hacia mí con la cara llena de felicidad. Pasó junto a Uman sin
que él hiciera nada para impedírselo. A decir verdad, parecía algo
perdido.

—¡Shaedra! —gritó la drayta, aterrizando ante mí\mbox{—.} ¿Por qué te has ido
sin avisarnos? ¡Nos has dado un susto de muerte!

Sonreí.

—Buenos días, Deria. Siento no haber tenido tiempo para avisaros…

—Lénisu —resopló Deria entonces, girándose hacia mi tío con cara
espantada\mbox{—.} Estás horrible.

Apoyado sobre Frundis y pese a estar semi-consciente, Lénisu soltó una
carcajada.

—Lo sé, Deria. Desde luego, he vivido días mejores.

—¿Qué significa esto? —vociferó Djaira, adelantándose al resto del
grupo y acercándose tanto a Uman que advertí un ligero movimiento de
retroceso por parte del semi-elfo\mbox{—.} ¿Por qué habéis maniatado a Shaedra?

Deria y yo nos quedamos boquiabiertas al ver la temible expresión de la
pelirroja. Uman, sin embargo, permaneció impávido.

—Quiso robarnos a nuestro cautivo durante la noche —contestó
tranquilamente pero con una voz tan firme como la de Djaira\mbox{—.} Este
hombre es un criminal.

—Soltadla —dijo Djaira con un tono que no admitía réplica\mbox{—.} Todo esto
es ridículo. Shaedra es una alumna de la Pagoda Azul. Podéis meteros en
un buen lío si entráis en Ató de esta forma.

Sin que me hubiera dado cuenta, Aryes y Galgarrios se habían aproximado
y estaban ahora junto a mí.

—Hola, Shaedra —me dijo Galgarrios, sonriente.

Aryes me miró con una expresión cómica muy elocuente con la que me
preguntaba más o menos cómo demonios había podido acabar maniatada por
esos mercenarios.

Galgarrios estaba buscando algo en su saco y, sacudió la cabeza, con el
ceño fruncido.

—¿Tienes un cuchillo, Aryes?

Aryes puso los ojos en blanco.

—No hacen falta cuchillos —replicó.

Empezó a deshacer el nudo y me liberó prestamente. Liin recogió la
cuerda y forzó a Lénisu a alejarse ligeramente del grupo, como si
quisiéramos robárselo en cualquier momento.

Los mercenarios protegían a su cautivo como a un tesoro de tres mil
kétalos y, sinceramente, su comportamiento me producía más bien
repulsión. ¿Qué persona moralmente buena podía desentenderse totalmente
de lo que era justo o no y ajusticiar a un inocente a cambio de dinero?

No permitieron a nadie acercarse a Lénisu, ni a Kahisso, que se suponía
era un buen curandero, y, durante el camino de regreso a Ató que hicimos
juntos, los mercenarios apenas cruzaron unas palabras con los demás.
Deria quiso saber lo que había pasado y todos escucharon sin mucha
sorpresa la relación de mi fracasado rescate.

Poco después de ponernos en marcha, Kahisso les preguntó a los
mercenarios si era normal que dejasen a su preciado cautivo en unas
condiciones tan lamentables y Uman contestó simplemente:

—La ventaja que tiene es que sabemos que no puede huir muy lejos.

Y varias horas más tarde, cuando Lénisu empezaba ya a dar tumbos y yo
ya estaba en mi enésimo plan para convencer a Uman, Kuayden y Liin que
no les convenía hacer sufrir a Lénisu de esa forma, Aryes se paró en
seco, negando con la cabeza.

—Esto es intolerable —soltó\mbox{—.} Hay que hacer algo. Lénisu no puede
continuar así. Habría que… construir una camilla. No sé, algo, pero yo
ya no puedo aguantar esto.

—Tienes razón —dije inmediatamente\mbox{—.} Construyamos una camilla. ¿Por
qué no se me habrá ocurrido antes?

No sé cómo, conseguimos convencer a Uman de que avanzaríamos mucho más
rápido si construíamos una camilla para Lénisu. Así que hicimos una
pausa, los raendays compartieron la comida con los mercenarios y fuimos
a un bosquecillo a recuperar palos resistentes para construir la litera.
Quisimos utilizar la cuerda que maniataba a Lénisu pero Kuayden se
negaba a quitarle la cuerda, de modo que frente a sus negativas Deria
sacó de su mochila una cuerda de varios metros y me la dio con
precaución.

—No la estropees —me dijo seriamente\mbox{—.} Es un regalo de Dol.

Sonreí, divertida. Dolgy Vranc estaba convencido de que un buen viajero
siempre tenía que viajar con un poco de cuerda. Concretamente, en
nuestro viaje por las llanuras de Drenau la cuerda nos había salvado las
cuatro ruedas del carromato… por no hablar de las veces en las que nos
habíamos atado todos a ella para bajar el Acantilado de Acaraus o subir
algunas cuestas empinadas en el Macizo de los Extradios.

Atamos los palos, hicimos una camilla y comimos en menos de una hora.
Luego Wundail y yo pusimos nuestras capas sobre la litera y entre Liin y
Uman tumbaron a Lénisu encima y aproveché para mojarle la herida de la
pierna y aplicarle otra vez unas hojas de aladena, pero los mercenarios
no dejaron que Kahisso, pese a sus argumentos, se acercara a
\emph{su}
cautivo. Liin y Kuayden se encargaron de levantar la litera para
continuar el viaje.

Pese a las capas, la litera debía de ser extremadamente incómoda. Por
eso me extrañé cuando vi que Lénisu se había dormido casi
inmediatamente. Si hubiera tenido algún barril cerca no habría podido
dejar de hacerme las uñas en él de pura preocupación. Normalmente,
Lénisu tenía una tez pálida, pero nunca pajiza y verdosa como en ese
momento. Solté un suspiro de angustia y me masajeé las sienes. Empezaba
a dolerme la cabeza de tanto rechinar los dientes.

Había recuperado a Frundis y ahora el bastón estaba en plena tarea
creativa de modo que los sonidos fluían, discordantes o formando
pequeñas melodías que se repetían constantemente y no mejoraban mi
jaqueca.

En un momento, Syu, que no había parado de esconderse durante el viaje,
apareció de detrás de un arbusto y se subió a mi hombro en un salto
elegante de gawalt.

\emph{«Me he hartado de andar»},
explicó, cuando lo miré con curiosidad.

Puse los ojos en blanco pero no dije nada.

—¡Shaedra! —soltó Aryes, con los ojos agrandados.

Lo miré, alarmada.

—¿Qué pasa?

—He conseguido oír lo que te decía Syu. ¿Cómo es posible? Normalmente
nunca oigo nada. La única que lo oía era tu hermana.

Miré a Syu y él agitó la cola, divertido.

\emph{«A veces hablo un poco alto»},
dijo a modo de explicación.

—Supongo que no es tan extraño —solté, dirigiéndome a Aryes\mbox{—.} Syu dice
que a veces no se esmera mucho en hablarme sólo a mí. Es curioso, él
puede hablar con los demás, mientras que yo sólo puedo hablar con él.

—Debe de ser porque ahora tengo más práctica con la energía bréjica
—meditó Aryes.

—Es posible.

Oí unos murmullos sorprendidos detrás de mí y giré la cabeza. Vi que
Liin, Uman y Kuayden me miraban fijamente… o más bien miraban a Syu.

—Este es Syu —les sonreí\mbox{—,} el que me trajo la aladena esta noche.

La mueca curiosa de Uman se transformó en una mueca de desdén.

—Un gawalt —escupió\mbox{—.} Los gawalts son pequeños demonios. No deberías
pasearte con uno de ellos. Son peores que los sirelokes.

Me quedé boquiabierta ante tanto menosprecio hacia los monos gawalts y
Syu se tensó como si le rebullese la sangre de cólera.

\emph{«Tranquilo, Syu»},
le avisé.
\emph{«Uman no sabe lo que dice. Pero me da
la sensación de que estos tres mercenarios son unos supersticiosos a
tope.»}

\emph{«¡Sirelokes!»},
exclamó Syu, incrédulo.
\emph{«¿Cómo se atreve a
insultarme de ese modo?»}

\emph{«Bueno, también te ha llamado pequeño demonio»},
le dije, como con
tono reconfortante.
\emph{«Eso significa que te pareces más a mí, Syu, te
estás poniendo furioso y no te conviene»},
le aseguré.

Y le dediqué a Uman una sonrisa irónica.

—Syu es amigo mío. Y su alma es cien mil veces más noble que la tuya.

—En eso tiene razón —apoyó Aryes.

—Cien mil veces —repitió ceremoniosamente Deria con tono de aviso.

Le di la espalda a Uman y avancé hasta ponerme a la altura de Kahisso.
Syu siguió soltando insultos y Frundis empezó a tronar, furioso, no sé
si por contagio o porque Syu le impedía componer.

Al cabo de un rato, pregunté, echando una rápida ojeada detrás de mí:

—Kahisso, ¿qué piensas de la herida de Lénisu? ¿Crees… que está muy mal?

El semi-elfo se encogió de hombros.

—No lo sé. No he podido acercarme a él. Son peores que las hienas
protegiendo un cadáver. —Hice una mueca al oír la comparación pero él me
sonrió, tranquilizador\mbox{—.} Aunque no parece que haya infección, quizá
gracias a la aladena que le pusiste.

Asentí.

—La aladena chupó todo el pus. Pero aún sigue muy débil y parece que
la herida no se cierra.

—Por lo que he visto, es una herida algo profunda. Si tuviésemos
vendajes apropiados, y si no estuviesen esos mercenarios de por medio,
seguramente podría reducir el dolor… pero las heridas siguen siendo
heridas. El tiempo es el mejor remedio para curarlas.

Me mordí el labio, nerviosa.

—Lo malo es que no tenemos mucho tiempo —mascullé.

Kahisso puso cara sombría y asintió.

—Lo sé. Me gustaría ayudarte. Pero no veo qué puedo hacer.

Meneé la cabeza.

—A mí se me ocurren muchas ideas pero ninguna que no sea una locura.

Kahisso me miró de reojo y me habló en voz baja.

—Una de las ideas supongo que es la de alejar a Lénisu de las manos de
esos hombres.

Asentí.

—Se me ha ocurrido, pero no serviría de nada. Los mercenarios
correrían hasta Ató y ¿cómo podría huir de la Guardia tal y como está
Lénisu?

—Dudo de que llamaran a la Guardia —reflexionó Kahisso después de un
breve silencio\mbox{—.} Perderían los tres mil kétalos. Seguramente les
pagarían mucho menos. Pero es verdad, es una idea disparatada. ¿Sabes?
Creo que lo mejor va a ser llevarlo a Ató y echar luz sobre el asunto
para que se sepa la verdad. Si tu tío es inocente, no pueden culparlo. Y
si no lo es, cosa que dudo, por supuesto, entonces, ¿qué clase de gente
dejaría libre a un asesino?

Lo miré fijamente con cara incrédula. Estuve a punto de soltarle:
\emph{“Se ve que eres el hijo de Kirlens”},
pero me contuve. Kahisso era
una buena persona. No conocía a Lénisu y por eso no podía saber lo que
estaba diciendo. Además, la lógica de sus propósitos era imparable:
¿acaso me hubiera gustado salvar a un criminal? Desde luego que no, pero
Lénisu no lo era, ese era el problema: que todo el mundo pensaba lo
contrario y Kahisso había acabado por considerar la idea de que la
persona que ahora estaba sobre una litera, con una herida en la pierna,
era el Sangre Negra. Menuda estupidez.

Al de unos minutos de silencio, agité la cabeza.

—Siento haber causado tantas molestias —dije\mbox{—.} Jamás debí salir de
Ató.

—No digas tonterías —replicó Kahisso\mbox{—.} Probablemente le hayas salvado
la vida a Lénisu, o al menos la pierna.

—No ha sido ningún incordio —aseguró Djaira, que caminaba delante\mbox{—.}
Hacía demasiado tiempo que estábamos parados en el
\emph{Ciervo alado}
buscando una excusa para salir. Ha sido un placer ayudarte aunque
no hayamos hecho casi nada.

Sonreí, conmovida.

—Gracias, Djaira.

El día me pareció interminable. Cuando llegamos a los primeros campos
cultivados de la orilla este de Ató los mercenarios se relajaron a ojos
vistas. Cuando el puente ya estaba en nuestro campo de visión,
aparecieron unas siluetas en el camino que al vernos se precipitaron
hacia nosotros.

—¿Quiénes son? —preguntaron Djaira y Liin al mismo tiempo.

—Suminaria —contesté.

—Y Nandros —añadió Aryes.

Efectivamente, Nandros estaba ahí protegiendo, como siempre, a la
joven Ashar, y al ver que Suminaria había echado a correr, la siguió
gritándole algo como para que se detuviese, pero Suminaria no le hizo ni
caso.

—¡Shaedra! ¡Aryes! —soltó, resoplando\mbox{—.} Tenéis que venir a ver. Van a
organizar una partida de caza contra los Gatos Negros. ¡Y se aceptan
voluntarios!

Enarqué una ceja, confusa.

—¿Qué…?

—¡Es una magnífica oportunidad! —exclamó, alegremente\mbox{—.} Por no hablar
de que, si se captura al Sangre Negra, tu tío Lénisu será declarado
inocente.

En medio del silencio de asombro que siguió oí las palabras pensativas
de Uman:

—Esto no me gusta…

Y entonces Kahisso sonrió anchamente.

—Me apunto.

\chapter{Expedición}
\label{s:16}

Todo, en esa expedición, provenía de una idea de Suminaria. Con astucia,
había convencido al tío Garvel de que los Gatos Negros eran un lastre
para la buena fama de Ajensoldra ya que no sabía ni mantener los caminos
seguros y si los Ashar participaban en desmantelar una organización
bandolera tan importante estaba claro que su reputación subiría como una
flecha en Ató y en las Hordas, e incluso en Aefna.

Garvel Ashar no había querido meterse mucho en el asunto, por si la
expedición salía mal, pero estaba segura de que, si ésta resultaba
positiva, haría todo para atribuirse el mérito.

La noticia de que habían arrestado a Lénisu dio pábulo a las
conversaciones de la gente. Pero lo curioso era que esas conversaciones
eran muy dispares. Algunos decían que Lénisu sólo era un títere de los
Gatos Negros, que los había traicionado pero que de todas formas no
merecía compasión. Otros decían que Lénisu era como un chivo expiatorio
para el Mahir, para que todos se olvidaran de los Gatos Negros de una
vez por todas. Y otros, por supuesto, festejaron la captura del Sangre
Negra. Aunque los más pasaban ampliamente del asunto, aburridos ya de
oír las palabras «Sangre Negra» y «Gatos Negros», ¿qué les importaba
que los viajeros del Paso de Marp y de las Hordas fuesen atacados? Ellos
se quedaban tranquilamente en Ató, protegidos por los guardias, y no
comerciaban con los extranjeros estafadores de las Comunidades de
Éshingra o de los Reinos de la Noche.

Cuando llegamos a Ató, fuimos directamente al cuartel general y el hecho
de que yo misma hubiese escoltado a Lénisu hasta ahí me devolvió cierta
credibilidad, porque a fin de cuentas estaba acatando las leyes de Ató.
Y como todos sabían cuál era mi opinión sobre la culpabilidad de Lénisu,
algunas personas hasta se quejaron al Mahir pidiendo un juicio justo,
convencidos de que el Mahir iba a cometer un error. Más de una vez en
esos días tuve la certeza de que Suminaria estaba un poco detrás de todo
eso.

El Mahir resolvió que no se realizaría el juicio hasta que se hubieran
hecho más pesquisas sobre los Gatos Negros, de modo que se aceleró la
planificación de la expedición que tenía que ir a recabar información
sobre los bandoleros.

Cuando supe quiénes formarían parte de la expedición, me pareció que
efectivamente todo eso no le iba a costar nada a la ciudad de Ató: todos
eran voluntarios. Kahisso, Wundail y Djaira se habían apuntado, por
supuesto. Y Suminaria también. Este fue uno de los puntos más
problemáticos para la tiyana, puesto que Garvel Ashar le prohibió
rotundamente que fuera a ninguna parte. Pero Suminaria aseguraba que
encontraría una manera para rodear los obstáculos: parecía que estaba
ansiosa por salir de Ató y vivir sensaciones fuertes. Por mi parte, me
hubiera gustado despertarme un día y ver que finalmente liberaban a
Lénisu y todo volvía a la normalidad.

En total, pasaron tres días antes del «gran día». Uman, Liin y Kuayden,
después de haber recibido los tres mil kétalos, se pasaron los tres
días bebiendo en el
\emph{Ciervo alado},
y aunque tenían un carácter
un poco rudo, acabaron por caerme un poco mejor que antes. Poco después
de haber llegado a Ató, Uman preguntó por los tres mercenarios que
habían traído a Trikos. Todo el mundo supo de qué personas hablaba, pero
nadie supo contestarle. Algunos aseguraban que se habían marchado, lo
cual extrañó mucho a Uman, Liin y Kuayden porque se suponía que tenían
que recibir parte de esos tres mil kétalos. Al enterarme de la
desaparición, me quedé muda y pálida con una idea terrible en mente:
Drakvian debía de haber recuperado a su tan amado Cielo.

En los dos días que había faltado en Ató, habían ocurrido unas cuantas
novedades. En primer lugar, habían mandado a Trikos a la taberna y
Kirlens lo tenía en el establo, cuidándolo como a un niño mimado.
Taroshi el Loco se había caído de un tejado y ahora estaba con el brazo
entablado. Y Wigy había descubierto que el vestido blanco que me había
regalado no estaba en mi cuarto. Después de unas cuantas preguntas, le
confesé que se lo había llevado el Trueno.

—¡Pero era un vestido de Talarz! —soltó ella, con la cara
descompuesta.

—¿De qué?

—¡Talarz, el sastre más conocido de Aefna! —masculló furiosa.

—Lo siento —repetí precipitadamente\mbox{—.} Sólo quería lavarlo antes de que
vieras que lo había ensuciado. Pero el Trueno es… muy potente.

Wigy me fulminó con la mirada e hice una mueca inocente.

—Cuando me dijiste que no querías ponerte el vestido para el
cumpleaños de Kirlens debí haber sospechado algo —suspiró\mbox{—.} Bah. No
hablemos más del asunto. Pero es verdad que cada vez que intento hacer
que parezcas una joven refinada, luego siempre lo mandas todo al garete.

—Lo sé —dije, resignada\mbox{—.} Lo siento, Wigy.

Ella puso los ojos en blanco y sonrió.

—Venga, olvídalo y ve a hacer lo que tengas que hacer. No voy a
agobiarte por un vestido, hay cosas más importantes en la vida.

Me sorprendió que se repusiese tan bien y tan pronto del disgusto, y le
devolví una sonrisa prudente. No se volvió a hablar del asunto pero aun
así esperé que Wigy no volviese a encargarme un vestido de Talarz a la
moda de Aefna.

Al día siguiente de mi llegada, como no podía entrar en el cuartel
general para hablar con Lénisu, pasé la mañana con el maestro Dinyú y la
tarde con Kwayat. El maestro Dinyú no nos pidió explicaciones sobre la
razón de nuestra ausencia, pero nos preguntó a ver si teníamos pensado
participar en la expedición, para que supiese a qué atenerse y no se
quedase sin alumnos sin que lo avisasen. Y yo le dije que sí, por
supuesto, ¿qué otra cosa podía hacer para ayudar a Lénisu? Si encontraba
al verdadero Sangre Negra, todo se arreglaría. Claro que tampoco me
gustaba alejarme de Lénisu porque quién sabía lo que podía pasar…

En cuanto a Kwayat, se mostró bastante enojado por mi comportamiento. Me
dijo que no deberían afectarme tanto los acontecimientos de los saijits,
y me hubiera reído de su ridícula aseveración si no lo hubiese dicho tan
seriamente. Kwayat seguía siendo un misterioso personaje en Ató pero
pocos se fijaban en él. Siempre había alguien que de cuando en cuando me
hacía alguna pregunta acerca de él, y yo siempre evitaba responder más
o menos hábilmente, pero lo cierto era que todos los que me conocían
debían de preguntarse quién demonios era ese desconocido. Deria y Dol se
exasperaban porque no quería explicarles nada, Aryes callaba
prudentemente y Kirlens parecía haber aceptado que no podía entender
todos mis quehaceres. El grupo de raendays, sin embargo, era curioso por
naturaleza y Kahisso y Djaira solían hacerme preguntas traicioneras. Aun
así, todos ellos también tenían sus propios problemas y no podían estar
todo el tiempo pendientes de mis acciones, de modo que nunca había
tenido la impresión de ser el centro de las miradas. Kwayat, sin
embargo, se preocupaba mucho de los rumores y parecía estar al acecho de
cualquier conversación que tuviese que ver con los demonios. Y sin duda
todas sus pesquisas eran totalmente infructuosas, y afortunadamente.
Pero eso no le impedía guardar una expresión seria y alerta que yo había
aprendido a no tomarme muy en serio.

Pero cuando lo vi, al volver a Ató, sentí un escalofrío. Sus ojos azules
chispeaban de cólera. Y me fue imposible aplacar su ira porque tan sólo
podía decirle que lamentaba no haberle avisado. Kwayat no soportaba la
\emph{“rebelión”}
en sus alumnos.

—Es imposible enseñar a alguien que no quiere seguir los pasos que le
enseña su instructor —dijo, cuando se hubo calmado un poco.

Suspiré.

—De veras, lo siento, pero lo que he hecho era necesario. Tú mismo
dijiste que para conocer la Sreda había que analizarla individualmente.

Kwayat se giró hacia mí.

—¿Has averiguado algo sobre la Sreda?

Abrí la boca y luego la cerré, muda, y negué con la cabeza, incómoda.
Kwayat volvió a girarse hacia el Trueno y su silencio fue más eficaz que
todas sus palabras anteriores. Me sonrojé al saber que Kwayat sólo
pretendía salvarme de los pozos de kandaks. Además, si me convertía en
kandak, ¿qué credibilidad tendría él como instructor? Entonces,
Kwayat señaló algo, en el cielo.

—Viene una tormenta —anunció.

Después de la tormenta, no pararon de llegar nubes muy oscuras, algunas
cargadas de lluvia y otras que se deslizaban a tan baja altura que se
confundían con la niebla.

El último día antes de partir, fui al cuartel general como todos los
días a pedir nuevas de Lénisu y esperaba recibir la misma respuesta vaga
de siempre cuando el guardia me contestó:

—Pasa.

Enseguida me vino una idea horrible, ¿y si Lénisu había muerto? ¿Y si se
había infectado la herida otra vez? ¿Y si esos malditos justicieros lo
habían colgado? Mil imágenes de pesadilla me vinieron en mente y
parpadeé mientras seguía al guardia adentro.

El cuartel general estaba rodeado de una muralla de piedra, pero dentro
todos los edificios eran de madera, salvo la cárcel. Reconocí el
recorrido y recordé que ya había estado ahí, después de que nos hubiesen
cogido a mí y a Galgarrios en casa de Daian y en compañía de Sain.

El guardia me dejó en manos del carcelero, un hombre con túnica azul y
pantalones de un amarillo chillón que esperó a que el guardia se hubiese
alejado para dirigirse a mí.

—Adelante, entra, no te voy a encarcelar —sonrió.

Agrandé los ojos pero entré en el edificio ansiosa por ver a Lénisu.

La cárcel de Ató no se parecía a las que describían los terribles
cuentos del pasado, incluyendo ratas, parásitos y desechos. El corredor
estaba limpio, las puertas, aunque de hierro, estaban recién pintadas de
verde. Y reinaba un silencio absoluto.

La verdad es que me sorprendió que mantuviesen tan bien una cárcel
que estaba vacía la mayor parte del tiempo. Era más o menos como
mantener un templo intacto en medio de las Hordas.

El carcelero se detuvo delante de una puerta que en nada se diferenciaba
de las demás, salvo en el número que llevaba grabado en la parte
superior. Sacó un llavero y abrió la puerta haciendo chirriar la llave
en la cerradura.

El interior estaba oscuro. Había un ventanuco en la parte superior del
muro pero apenas iluminaba porque el día era ya tan oscuro que casi
parecía de noche. Aun así, se divisaba una cama y una mesilla y me dije
que al menos habían reconsiderado el caso y no lo trataban mal a Lénisu
antes de saber si era culpable o inocente.

—Entra. Puedes hablar con él durante un cuarto de hora —me dijo el
carcelero\mbox{—.} Dale a la puerta con la aldaba cuando quieras salir y
volveré.

Entré y él me encerró en la celda. Oí el ruido metálico del llavero y
unos pasos alejarse por el corredor.

—¿Lénisu? —solté, acercándome a la cama con precipitación.

—¿Shaedra? ¿Eres tú? —contestó él con una voz cansada.

—Sí. ¿Cómo estás? ¿Cómo te sientes? —le pregunté atropelladamente
arrodillándome junto a la cama y tratando de ver mejor en la oscuridad.

Lénisu estaba tendido en la cama, y había echado las mantas a un lado.
Coloqué mi mano sobre su frente y comprobé que no tenía fiebre.

—¡Vaya! —exclamé, aliviada\mbox{—,} parece que te estás reponiendo. ¿Qué tal
estás? —repetí.

—Sigo vivo —contestó simplemente él, con un tono desenfadado.

—Ya, pero, ¿y la pierna? No veo nada con esta oscuridad. ¿No tienes
una lámpara por aquí? Voy a crear una esfera de luz…

—¿Cómo está Trikos? —me interrumpió Lénisu antes de que pudiera hacer
nada.

—Oh, muy bien —contesté, con una leve sonrisa\mbox{—.} Kirlens lo está
mimando como a un rey.

—Mm… Kirlens no para de hacerme favores —gruñó Lénisu\mbox{—.} Algún día le
devolveré el favor.

—Seguro que si decides quedarte en la posada como cocinero estaría
encantado —solté, riendo.

Lénisu carraspeó y replicó parcamente:

—Si sobrevivo a esto.

Respiré hondo, sintiendo que volvía otra vez a pesar sobre mí toda la
carga de mi preocupación.

—No digas bobadas. Te curarás. Y te salvaremos. Puedes estar seguro.

Lénisu permaneció en silencio durante un instante antes de declarar:

—Si supiese que tú y los demás chiflados que te acompañan fueseis de
veras a encontrar a los Gatos Negros no te dejaría salir de esta celda.
Pero como sé que no los vais a encontrar, prefiero que estés lejos de
Ató durante un tiempo, hasta que todo vuelva a la normalidad. Esto es
todo lo que pienso, sobrina.

Solté un gruñido exasperado.

—¡Lénisu! Ten un poco más de fe en mí. Yo siempre confío en ti.
Volveremos con el Sangre Negra, y tú saldrás de aquí como nuevo, listo
para cocinarnos tu especialidad, la sopa-pimientos.

—La sopa-pimientos no es mi especialidad —replicó Lénisu\mbox{—.} Además, con
los ingredientes de la Superficie no se puede hacer ninguna sopa de
puerros negros con anémonas blancas. Una de las pocas cosas buenas de
los Subterráneos son los puerros negros, tienen un sabor exquisito.

Puse los ojos en blanco. Mi vista se había ido acostumbrando a la
oscuridad y ahora divisaba mejor el rostro pensativo de Lénisu.

—Al final vas a añorar los Subterráneos —me burlé.

—Será la última cosa que añore en esta vida —replicó Lénisu\mbox{—.} En los
Subterráneos, la gente es desconfiada, tienen gustos extraños y son
menos alegres que la gente de la Superficie, seguramente porque no ven
el sol, sólo ven luz que no calienta.

Alcé la mano y apreté la suya con fuerza.

—No pienses en los Subterráneos. Te sacaré de aquí y todo volverá a la
normalidad, te lo prometo.

—No hagas promesas tan precipitadas —soltó.

—Todo lo que prometo lo hago —declaré solemnemente.

—Eso es aterrador —replicó Lénisu\mbox{—.} Venga, ve en busca de ese Sangre
Negra y cuida de Trikos todo lo que puedas, ya que no estoy yo para
cuidar de él.

—Cuidaré de él —le prometí\mbox{—.} Pero ¿por qué saliste de Ató sin
avisarme? —pregunté súbitamente\mbox{—.} ¿Por qué te fuiste?

Lénisu giró su rostro hacia mí y quiso enderezarse, pero se lo prohibí.

—¡Deja de moverte, tío Lénisu! —protesté con tono inapelable.

Él se volvió a tumbar gruñendo.

—Está bien. Quizá debería haberte avisado, pero no quería que
intentaras convencerme para que me quedase, como seguramente habrías
hecho si hubieras sabido que me marchaba.

—Seguramente —concedí\mbox{—.} Aunque también te podría haber acompañado.

—Eso habría sido peor —dijo enseguida Lénisu\mbox{—.} Lo que tenía que hacer
era puramente aburrido. Lo único bueno que he hecho es recoger a Trikos.

—¿Y qué más tenías que hacer? —pregunté, cruzándome de brazos y
ansiando que me contestara.

—Tenía… que hacer… unas cuantas cosas —contestó, vacilante, y
carraspeó\mbox{—.} Sé que debe de ser exasperante oír este tipo de respuestas,
pero no puedo decirte más.

—¿Tiene algo que ver con los documentos que te robaron en Dathrun?
—pregunté, a quemarropa.

Lénisu resopló.

—Es… un asunto muy delicado del que me querría librar cuanto antes.
Todo se está arreglando, de modo que normalmente no debería hablar de
esto nunca más en mi vida, cosa que me agrada.

—Todo se está arreglando… —repetí, tras un breve silencio\mbox{—,} me parece
que te has olvidado que estás en una cárcel.

—Oh, es verdad —sonrió Lénisu\mbox{—.} Aunque me molesta más esta pierna que
la cárcel en sí. Por cierto, ¿sabes dónde han metido a Hilo?

Negué con la cabeza.

—Uman se la quería quedar, pero al parecer el Mahir no le ha dejado
guardarla… aunque no tengo ni idea de dónde ha metido la espada.

—Buaj. Eso es una de las cosas que me preocupan —caviló Lénisu\mbox{—.} Llevo
tantos años con esa espada que se ha convertido en una compañera para
mí. Realmente, no acabo de entender por qué querrían quedarse con esa
espada, es un peligro andante. Tantos esfuerzos… por una espada
—murmuró.

Fruncí el ceño.

—¿Qué quieres decir?

—Que hay más preocupación por la espada que por el Sangre Negra —me
reveló, enigmático.

Observé el silencio, pensativa.

—Jamás me explicaste qué hacía exactamente esa espada —solté.

—Te lo dije, claro que sí. Hilo es una espada invocadora. El problema
es que, si cae en manos de alguien que no sabe utilizarla, pueden
ocurrir catástrofes.

—Y, ¿por qué no la utilizaste para huir de Uman, Liin y Kuayden si es
tan eficaz?

—Porque entonces sí que la habría hecho buena. Mi intención no era
matar a esos mercenarios. Mi intención era huir de ellos. Si invoco a
unos cuantos demonios, está claro que toda la Tierra Baya se volvería
contra mí.

Me había alterado al escuchar sus palabras y en aquel momento agradecí
que Lénisu no pudiera verme muy bien en la oscuridad.

—Has dicho… ¿demonios? —resoplé, intentando neutralizar la voz\mbox{—.} ¿Hilo
invoca a demonios, eh?

Desde luego, Lénisu estaba lejos de saber lo que era un demonio. Lo que
estaba claro era que no quería decirme lo que hacía realmente esa
espada.

—Ajá. Unos demonios terribles —asintió Lénisu.

—Sí, según las historias, son terroríficos —asentí, reprimiendo una
sonrisa.

—No debería habértelo dicho, ahora vas a tener pesadillas, como yo las
tuve antaño. —Suspiró, aunque sin duda había tenido que advertir mi tono
burlón\mbox{—.} Ahora entiendes por qué no puedo utilizar esa espada. Y aun
así… no puedo separarme de ella. Hilo está mejor en mis manos que en las
de cualquier otro, y al Mahir no le conviene tenerla. —Hizo una pausa y
cuando volvió a hablar su voz había cambiado de tono y parecía como muy
seria\mbox{—.} Shaedra, quiero repetirte unas palabras que te dije, el día en
que me conociste, en Ató. No sé si te acordarás, pero te pedí que
recordaras una cosa muy importante:
\emph{“que el sol siempre nace y muere, pase lo que pase”}…
—Levantó ligeramente la cabeza, frunció el ceño y soltó un suspiro\mbox{—.} El
carcelero está volviendo. Creo que deberías llamar con la aldaba.

Parpadeé, aturdida. No sabía qué decirle pero tampoco quería salir de la
celda.

—Lénisu, si quieres, me puedo quedar contigo…

—¿Cómo? ¿Aquí, en la cárcel? Imposible. No, ve en busca del Sangre
Negra y si lo encuentras, tráelo aquí cuanto antes, querida sobrina. Es
lo mejor que puedes hacer.

Los pasos del carcelero se iban acercando a la puerta y yo empezaba a
ponerme realmente muy nerviosa.

—¿Quién era ese amigo Gato Negro que te acompañaba? —pregunté.

—Gatos Negros y Sangres Negras —suspiró Lénisu\mbox{—.} Cuánta palabrería.

—Parece que no crees que exista ningún Sangre Negra —observé\mbox{—.} ¿A qué
se debe tanta seguridad?

Lénisu se enderezó y la luz pálida se reflejó en sus ojos violetas
mientras acercaba su rostro al mío.

—Bien sé que no pueden existir dos Sangres Negras —susurró. Y sonrió
mientras yo lo miraba, con la impresión de haber hecho una caída de diez
metros.

—¿Qué? —articulé, incrédula y horrorizada.

Lénisu hizo un gesto vago con la mano.

—Y te aseguro que los criminales de las Hordas no tienen nada que ver
con el Sangre Negra —añadió, tan bajito que apenas pude distinguir lo
que decía.

En ese momento, una llave se deslizó en la cerradura y la puerta se abrió,
dejando entrar la luz grisácea del día. El carcelero hizo un signo con la
cabeza.

—Muchacha, afuera, ya han pasado los quince minutos. Lo siento, pero
las reglas son las reglas —añadió, al ver mi cara de desasosiego.

—Adelante, sobrina, no me defraudes —soltó Lénisu, volviéndose a
tumbar en la cama con un suspiro cansado\mbox{—.} Ve y trae de vuelta a ese
maldito Sangre Negra —dijo con una tranquilidad asombrosa.

Con un súbito impulso, me precipité hacia él y le di un abrazo.

—¡Lénisu!

Mi tío me dio unas palmaditas en el hombro, como si yo fuese la que
necesitase consuelo.

—Anda, anda —me dijo\mbox{—.} Ve con el señor carcelero y deja que descanse
mi pierna un rato, ¿eh?

Asentí, con las lágrimas en los ojos. Salí de la celda y recorrí el
corredor enjugándome los ojos. El carcelero también parecía algo
conmovido.

\chapter*{Epílogo}
\addcontentsline{toc}{chapter}{Epílogo}
\label{s:17}
\markboth{}{}
Nos juntamos todos a la mañana siguiente delante del nuevo puente de
Ató. Las torres aún seguían sin acabar y en la oscuridad azulada de la
mañana parecían como ruinas cubiertas de hiedra o monstruos deformes.

La gente de Ató aún dormía. Sólo habían bajado a despedirse Kirlens,
Taroshi, y un joven cekal que al parecer quería tomar nota de todo según
se lo habría ordenado el Mahir.

Nuestro grupo era del todo inhabitual. Entre los primeros en llegar, estaban
los que realmente eran aventureros, Kahisso, Djaira y Wundail, a los que se
unió sorpresivamente Sarpi.

De hecho, cuando vi al maestro Áynorin y a Sarpi bajar por el Corredor,
me sorprendí mucho, y cuando vi que Sarpi llevaba un saco de viaje, me
quedé boquiabierta. El maestro Áynorin se acercó a nosotros mientras
Sarpi iba a hablar con los raendays.

—Aryes, Shaedra —pronunció\mbox{—.} Confío en que cuidaréis de mi mujer como
si fuese vuestra propia madre, ¿eh?

Asentimos, asombrados al ver que efectivamente al maestro Áynorin no le
agradaba saber que Sarpi había decidido acompañarnos.

—Y cuidad de vosotros también —añadió.

—Sí, maestro Áynorin —contestamos ambos al mismo tiempo.

Luego vinieron Deria y Dol y, al verlos, Aryes enarcó una ceja,
sorprendido.

—Creía que estabas harto de viajar —le dijo al semi-orco.

El semi-orco soltó un gruñido.

—Si no os acompañara, Lénisu me quemaría vivo. Además, tengo intereses
en este asunto —añadió misteriosamente.

De pronto, pareció haber un flujo de personas. Llegaron Nart, Mullpir y
Sayós juntos, por la orilla del Trueno, y, por el Corredor, aparecieron
Yori, Ávend y Ozwil. No sé qué grupo me sorprendió más al verlo
presentarse junto al puente. Quizá el de Nart, Mullpir y Sayós, porque
después de todo, Nart era hijo de un orilh, Mullpir era hijo del
Sacerdote y Sayós siempre había sido muy flemático para emprender
cualquier aventura. ¿Quién se hubiera imaginado que esos tres amigos
hubieran decidido meterse en un lío tan poco interesante como el de ir
en busca de un Sangre Negra en medio de las Hordas?

En cuanto a los otros tres, me pregunté qué era lo que les había
empujado a venir hasta el puente aquella mañana. Se nos acercaron a
Aryes y a mí, como si no se atreviesen a hablar con los demás.

—Buenos días —soltó Yori con un vozarrón, enseñando sus dientes
afilados de mirol como para disimular su nerviosismo\mbox{—.} Nosotros también
vamos con vosotros.

—Sí —afirmó Ozwil.

—¿Estamos todos aquí? —preguntó Ávend, mirando, como extrañado, la
expedición.

—Eso creo —contestó Nart, girándose hacia nosotros\mbox{—.} ¿Así que queréis
perder vuestras cabezas, jóvenes kals?

—¡Ja! —replicó Yori\mbox{—.} No sabes con quién estás hablando. Aunque sea
kal, soy un muy buen celmista. Y tengo casi quince años, a esa edad
Paylarrión de Caorte ya había matado a un oso sanfuriento.

—Eso es lo que dicen las leyendas —intervino tranquilamente el maestro
Áynorin, apartándose de Sarpi y acercándose a nosotros\mbox{—.} Y también dicen
que a los dos años se había comido vivo un escorpión rojo y que murió y
resucitó tres veces.

Yori se sonrojó mientras los demás nos reíamos, divertidos. El ambiente,
sin embargo, se tensó otra vez enseguida. La partida era inminente y aún
no me creía que realmente fuéramos todos en busca de esos Gatos Negros
asesinos. Era difícil creer que quizá diez días más tarde estaríamos
corriendo, perseguidos por unos Gatos Negros salvajes… Era un
pensamiento inquietante.

No nos demoramos y cuando decidimos que ya estábamos todos, salimos de
Ató, despidiéndonos del maestro Áynorin, el cual intentó detener a Yori,
Ávend y Ozwil para que no fueran, pero los tres estaban determinados a
ir. Después de todo, cuando un snorí se convertía en kal adquiría la
absoluta responsabilidad de todo lo que emprendía y aunque hubiera
querido hacerles recapacitar, Áynorin no podía hacer gran cosa.

Por mi parte, ignoraba por qué tenían tantas ganas de meterse en la boca
del lobo, pero en el momento me sentí más tranquila al saber que no
éramos sólo cuatro pelagatos. De hecho, éramos diez, más dos Centinelas,
Sarpi y Dun, un joven humano que parecía muy inteligente y
alerta pero que apenas pronunció unas pocas palabras antes de partir.

Primero, nos pusimos a andar en silencio. El cielo aún estaba oscuro
aunque azulado y soplaba un viento otoñal que iba tirando poco a poco
las hojas de los árboles. Frundis imitaba el sonido del viento y parecía
estar medio dormido. Syu estaba sentado sobre mi hombro y me hacía
trenzas, distraído.

Al de un rato, sin embargo, el silencio fue demasiado inquietante y
Deria lo rompió, murmurando:

—Dol, ¿tú crees que hemos llevado suficiente comida?

Advertí la sonrisa del semi-orco cuando contestó:

—¿No ves cómo vamos cargados todos?

De hecho, llevábamos todos unas mochilas bien llenas.

Apenas habíamos andado media hora cuando, de pronto, aparecieron dos
siluetas en el camino. La primera era grande y delgada y la segunda más
baja y rubia. Me quedé boquiabierta al verlos.

—¡Suminaria! —exclamó Sarpi, frunciendo el ceño, como contrariada\mbox{—.} Te
dijeron que no podías marcharte. Nandros, ¿cómo la has dejado ir?

Suminaria sonreía anchamente. Creo que nunca la había visto tan feliz.
Nandros, en cambio, no parecía estar de muy buen humor pero al oír la
pregunta de Sarpi se contentó con encogerse de hombros, sin contestar.
Sarpi soltó un resoplido.

—No puedes venir con nosotros —afirmó rotundamente.

Suminaria agrandó los ojos, ofendida.

—Claro que puedo. Yo he sido la que ha organizado todo esto. Tengo
todo el derecho a ir con vosotros. Además, hay otros kals entre
vosotros. No puedes oponerte, Sarpi.

Hablaba con un tono autoritario que me recordó un poco al tono del Mahir
o al de Garvel Ashar.

—No se trata de si eres una niña incompetente o una aventurera
veterana, el problema es que tienes prohibido salir de Ató.

—¿Y por qué, si se puede saber? —replicó la joven tiyana, fulminándola
con la mirada y temblando de rabia\mbox{—.} ¿Porque soy una Ashar, eh? ¿Porque
tengo a un tío carcelero que me prohíbe hacer cualquier cosa que quiera
hacer aparte de estudiar y cenar con sus malditos «contactos»? ¡Buaj!

Se cruzó de brazos y Sarpi iba a contestar secamente cuando Djaira
intervino con una voz potente.

—¡Por las barbas de Karihesat! —dijo\mbox{—.} Déjala ir, Centinela. Esta joven
necesita ver rodar unas cuantas cabezas antes de darse cuenta de que es
mejor su pequeña Ató que el mundo salvaje.

Sarpi y Suminaria la miraron con aire sorprendido. Sarpi negó con la
cabeza.

—Si dejo que venga con nosotras, estaría incumpliendo las leyes de
Ató.

—¿Las leyes de Ató? —repitió Dolgy Vranc, soltando una breve
carcajada\mbox{—.} ¿O bien las órdenes de Garvel Ashar? Además, según las
órdenes del Mahir, deberías estar andando y no hablando en medio del
camino.

Sarpi pareció a punto de sonreír pero entonces puso cara decidida.

—Yo no me muevo de aquí hasta que Nandros no jure por su vida que
protegerá a Suminaria y hará todo para que regrese sana y salva a Ató.

Nos giramos todos hacia Nandros y él puso los ojos en blanco.

—Ese juramento no es necesario, hace muchos años juré defender a la
familia Ashar aunque fuera a costa de mi vida. Y hace un año juré
proteger a… Suminaria —dijo, girándose hacia la joven kal. Como Sarpi
asentía con la cabeza, Nandros añadió\mbox{—:} Pero también juré obedecer a la
familia Ashar y Suminaria es una Ashar. Así que no puedo actuar en
contra de su voluntad —soltó con un seco movimiento de cabeza.

Sarpi resopló de nuevo.

—¡Eres adulto, Nandros! No puedes obedecer las órdenes de una niña.

Nandros se cruzó de brazos y, sin contestar, mantuvo su mirada
tercamente. Sarpi soltó un sonido quejumbroso.

—Está bien. Yo me desentiendo. Si el propio protector está en mi
contra, no hay más que hablar, sigamos. Pero no esperes que demos la
vuelta por ti, Suminaria. Si vienes con nosotros, no recibirás ninguna
preferencia por tu fami…

—Me alegro —la interrumpió Suminaria bruscamente\mbox{—.} Olvida que soy una
Ashar si tanto te molesta.

Ambas se fulminaron con la mirada y Dun carraspeó.

—¿Seguimos? —propuso.

Los demás asentimos y Sarpi y Suminaria tuvieron que dejarse las miradas
asesinas para otro momento. Sarpi se puso delante, con Dun, y Suminaria
se reunió con nosotros. La acogimos con alegría.

—Después de haberme deslomado para preparar todo esto, no iba a
perderme lo más divertido —razonó al de un momento.

Nos reímos, pero luego yo sacudí la cabeza.

—Divertido, no lo es mucho para Lénisu —dije.

Suminaria hizo una mueca, avergonzada.

—Es verdad —coincidió\mbox{—.} Pero lo será cuando se sepa que es inocente,
¿verdad?

Asentí, pensativa.

—Sí —dije.

Pero en lo más hondo me hacía una pregunta muy inquietante. Lénisu había
dicho que no existían dos Sangres Negras. Y había confesado, más o
menos, que él era el Sangre Negra, entonces, ¿a quién andaban buscando?
¿Quién asaltaba los caminos y mataba y robaba a los viajeros desde hacía
ya casi diez años?

Crucé la mirada de Aryes y vi perfectamente que sospechaba que yo sabía
algo más sobre el asunto. Pero esta vez no podía decirle nada, no antes
de que hubiéramos probado que Lénisu nunca había hecho nada malo.

\emph{«Shaedra»},
dijo entonces Syu, frunciendo el ceño.
\emph{«Dijiste, hace
tiempo, que en las Hordas también había gawalts, ¿no?»}

\emph{«Así es»},
asentí, sorprendida de que hablara de eso.
\emph{«Me acuerdo
de que cuando era pequeña y vivía en el pueblo de los humanos venían los
monos gawalts hasta el linde del bosque y nos observaban como a
criaturas extrañas, como si estuvieran estudiándonos.»}

El mono sonrió, divertido.

\emph{«Los saijits son torpes, pero tienen muchas cosas que se pueden
estudiar.»}
Hizo una pausa y al de un rato añadió:
\emph{«Me gustaría
encontrar a un mono gawalt. No te lo tomes a mal, tú también eres una
gawalt, pero no es lo mismo. Tengo curiosidad por conocer alguno de esas
montañas.»}

Sonreí y asentí.

\emph{«Claro.»}

Pero en aquel momento me pregunté si Syu no estaría deseando volver con
los de su especie. Y aunque eso me rompería el corazón no podía negar
que hubiera sido lo que cualquier mono gawalt habría hecho… Así y todo, en
algún hondo rincón de mi mente, albergué la esperanza de que Syu no me
abandonaría.

En ese momento, se elevó una música de guitarra y, sin darme cuenta de
ello, me puse a silbar la melodía que Frundis se había puesto a tocar.
Cuando los demás se giraron hacia mí, sorprendidos, callé y, al ver que
Deria estaba a punto de hablar de la verdadera naturaleza del bastón,
solté, desafiante:

—¿Qué? Siempre canto cuando camino.

Deria enarcó una ceja, seguramente preguntándose por qué no quería que
todo el mundo conociese a Frundis. Y es que a mí simplemente no me apetecía
tener que contestar a preguntas. La drayta se encogió de hombros y sonrió
anchamente.

—Me parece una idea maravillosa —aprobó.

Y entonó una canción de Tauruith-jur. Frundis y yo la acompañamos mientras Dol
sonreía, y Kahisso, Djaira y Wundail nos miraban, sorprendidos, al oír versos
desconocidos para ellos.

En cuanto a Dun y Nandros, el primero abría la marcha, y el segundo la
cerraba, y ambos guardaban un silencio imperturbable, quizá esperando ya
alguna emboscada, algún ataque de monstruos o bandidos. Y, por Ruyalé,
no les faltaba razón.

\chapter*{Agradecimientos}
\addcontentsline{toc}{chapter}{Agradecimientos}
\label{s:18}
\markboth{}{}
Quisiera en primer lugar dar las gracias al mundo del software libre y de la
cultura libre en general, en particular a los desarrolladores y contribuidores
de los programas que me han facilitado la escritura gracias a herramientas de
trabajo como Vim, frundis, Xmonad, Bépo, LaTeX, Gimp, y por supuesto la
distribución Gentoo Linux y OpenBSD, así como a tuxfamily por el alojamiento
de ficheros del proyecto.

Asimismo, a todos los que han contribuido y contribuirán al proyecto del
Ciclo de Shaedra, en especial a mi familia.

No olvidaré tampoco a los escritores de fantasía que me han llevado,
desde pequeña, a imitarlos y a escribir mis propias sagas.

\paragraph{Contribuciones}
En la lista siguiente figuran los nombres o apodos de las personas que
han contribuido a esta saga y que han querido ser mencionadas:

Amédée de Béotie, Catherine (Tenisejo), Iñaki, Yon (Anaseto)

\textbf{¿Quieres contribuir al proyecto?}
Te recomiendo que pases por la sección dedicada al desarrollo en la página del
proyecto:
\url{http://bardinflor.perso.aquilenet.fr/shaedra/participer-es}.

\paragraph{Imágenes}
Se pueden encontrar imágenes de la saga (mapas, personajes, etc.) en la página
del proyecto:
\url{http://bardinflor.perso.aquilenet.fr/shaedra/galeria-es}.

\chapter*{Pequeño glosario}
\addcontentsline{toc}{chapter}{Pequeño glosario}
\label{s:19}
\markboth{}{}
Esto es un glosario de algunas palabras clave de la historia para
ayudar a la comprensión del mundo. Es un simple memorándum y no es para
nada imprescindible conocerlo. Y es que incluso la autora, a veces,
olvida cuáles son los días de la semana.

\section*{Primer tomo}
\addcontentsline{toc}{section}{Primer tomo}
\label{s:20}
\begin{description}
\item[Saijits] Un saijit es un grupo creado arbitrariamente que contiene las razas humanoides
siguientes: belarco, caito, enano de las cavernas, enano del bosque, elfo
oscuro, elfo de la tierra, elfocano, faingal, gnomo, humano, mediano, mirol,
nurón, orco negro, orco de las marismas, orquillo, sibilio, ternian, tiyano. En
la Tierra Baya, los saijits viven una media de 120 años.
\item[Portal funesto] Entrada que comunica los Subterráneos con la Superficie.
\item[Días de la semana] Hay seis días en una semana: Jabalina, Drusio, Lubas, Garra, Ventisca,
Muérdago.
\item[Meses] Hay doce meses de treinta días en un año. En primavera: Tablonas, Riachuelos,
Gorgona. En verano: Ciervo, Musarro, Amargura.  En otoño: Espina, Osuna,
Vidanio. En invierno: Coralo, Saniava, Puertos.
\item[Pagodas] Las Pagodas son unos centros de aprendizaje en Ajensoldra. Generalmente, todos
los niños de seis a doce años reciben ahí una educación básica. Se los llama
los nerús. Más allá de los doce, quedan los que pretenden formarse como
celmistas, Centinelas, etc. A partir de ahí, un pagodista pasa por los rangos
de snorí, kal y cekal. El rango de los orilhs está reservado para los que han
cumplido los Años de Deuda y han sabido forjarse una reputación.
\end{description}

\section*{Segundo tomo}
\addcontentsline{toc}{section}{Segundo tomo}
\label{s:21}
\begin{description}
\item[Energías] Hay dos grandes tipos de energías: las dársicas y las asdrónicas. Las dársicas
son energías que siempre están presentes, son naturales e intrínsecas: el
jaipú, el morjás y el pairás son las tres energías dársicas más conocidas. Las
energías asdrónicas son energías creadas —sea por celmistas, sea por fenómenos
naturales\mbox{—.} Estas son mucho más numerosas. La bréjica, la órica, la brúlica, la
esenciática, la mórtica, etc. son energías asdrónicas.
\item[Apatismo] Un apático es una persona, generalmente un celmista, que llega a consumir su
tallo energético por completo y sufre una perturbación mental, sea temporal o
crónica.
\end{description}

\section*{Tercer tomo}
\addcontentsline{toc}{section}{Tercer tomo}
\label{s:22}
\begin{description}
\item[Nigromancia] La nigromancia es el arte de modular el morjás de los huesos. Un sortilegio
nigromántico genera energía mórtica. Un esqueleto muertoviviente está lleno de
energía mórtica. Los nakrus, los liches y los esqueletos ciegos son capaces de
regenerarse solos a partir de sus propios huesos.
\end{description}

\section*{Tomo cuarto}
\addcontentsline{toc}{section}{Tomo cuarto}
\label{s:23}
\begin{description}
\item[Demonios] Los demonios saijits son saijits cuya Sreda ha sufrido una mutación. En el
mundo de los demonios, existen comunidades de las cuales algunas son dirigidas
por demonios que llevan el título ancestral de “Demonio Mayor”. Los táhmars son
demonios que no pueden volver a su forma saijit, contrariamente a los yirs. Los
kandaks o sanvildars son demonios que han perdido totalmente el control de su
Sreda y han sufrido una perturbación mental brutal.
\end{description}
\setcounter{tocdepth}{0}
\tableofcontents

\end{document}
