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% FIN DU PREAMBULE -----------------------------------------------------

\begin{document}
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\begin{titlepage}
\begin{center}
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    {\bfseries{\Huge\textsc{
Tomo 8:
Nubes de hielo
}}} \vspace{0.05\textheight}

    {\Large
\emph{Ciclo de Shaedra}
} \vspace{0.05\textheight}

    {\large
Marina Fernández de Retana alias “Kaoseto”
    }

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    \footnotesize{
Versión del
17/03/18
}
\vfill
\url{https://bardinflor.perso.aquilenet.fr/shaedra/shaedra-es}
\end{center}
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\vfill

\begin{flushleft}
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\begin{footnotesize}
\begin{center}
Obra artística bajo licencia creative commons by 4.0,
\href{https://creativecommons.org/licenses/by/4.0/}{https://creativecommons.org/licenses/by/4.0/}.

Redacción realizada con frundis y Vim, por Marina Fernández de Retana (\texttt{kaoseto AR bardinflor P perso P aquilenet P fr}).

Proyecto iniciado en el 2012.
\end{center}
\end{footnotesize}
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\newpage

\vspace*{0.2\textheight}
\begin{minipage}{0.7\textwidth}
\begin{center}
\thispagestyle{empty}
\textbf{Tomos del Ciclo de Shaedra}
\begin{enumerate}
\item La llama de Ató
\item El relámpago de la rabia
\item La música del fuego
\item La puerta de los demonios
\item La historia de la dragona huérfana
\item Como el viento
\item El alma Sin Nombre
\item Nubes de hielo
\item Oscuridades
\item La perdición de las hadas
\end{enumerate}
\end{center}
\end{minipage}

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\chapter*{En el cielo}
\addcontentsline{toc}{chapter}{En el cielo}
\label{s:1}

El sonido alegre de una flauta atravesó el aire frío de la noche. Y no
era Frundis quien tocaba, sino uno de los tres Centinelas. Sentado sobre
una piedra, a unos metros del círculo de la fogata, el humano, de piel
muy oscura, tocaba su instrumento mientras los demás nos arrebujábamos
en las mantas prestadas, tiritando de frío.

Al buscar un camino para cruzar el lago, nos habíamos encontrado con que
la parte oeste estaba congelada. Habíamos pasado en fila, cargados con
nuestros sacos. Hubiera salido todo bien, si Dashlari, el Martillo de la
Muerte, no hubiese resbalado. Su peso fracturó el hielo y lo hizo trizas. El
enano consiguió llegar a tiempo a un terreno más seguro. Afortunadamente,
detrás de él sólo quedábamos Kaota y yo. Dash gruñó y nos dijo que tirásemos
nuestros sacos antes de saltar. Tiré mi saco… Y me quedé corta. Cuando vi mi
mochila naranja hundirse con todas mis pertenencias en las profundidades del
lago me quedé muda de espanto. Fui enumerando mentalmente todo lo que había
perdido: el
\emph{Cancionero de Ató},
el poemario de Limisur, mis mudas, las botas de Lénisu que no me
cabían… Y qué sé yo cuántas cosas más.

\emph{«No te habría pasado eso si hubiese habido árboles»},
me quiso consolar Syu. Con un suspiro, había cogido carrerilla y había saltado
con Frundis y el mono. Al menos, esa vez no me quedé corta.

La música de la flauta murió de pronto, ahogada por un profundo silencio
tan sólo interrumpido por los chasquidos de las llamas.

Oí el carraspeo del enano Dashlari rompiendo el silencio. Una voluta de
vapor se escapó de su boca cuando preguntó:

—¿Qué hacen tres Centinelas de Ató en un lugar tan alto y tan
apartado? Es una suerte para nosotros que estuvierais aquí para
ayudarnos, pero yo creía que os quedabais en los límites de la Insarida.

—No todos vigilamos la Insarida —contestó con lentitud el guardia elfo oscuro.
Tenía unos cincuenta años y su aspecto denotaba una vida de privaciones y
ejercicio\mbox{—.} Nosotros vigilamos el Camino de Capdameyn —añadió simplemente.

Nadie tenía ni idea de qué era ni de dónde estaba ese camino, pero
ninguno de nosotros preguntamos nada. Con el frío que hacía a nadie
le apetecía hablar.

El Centinela humano volvió a tocar la flauta, de la cual fluyó un sonido
dulce y sereno. Me hubiera gustado saber lo que opinaba Frundis de esa
música, pero lo había dejado junto con los sacos ya que en aquel momento tan
sólo me interesaba acercarme al fuego.

\emph{«A lo mejor está despotricando contra el flautista»},
sonrió Syu. El mono gawalt estaba sentado sobre mis rodillas, debajo de mi
manta, y asomaba de cuando en cuando una cabeza curiosa.

Reprimí una sonrisa.

\emph{«O bien no cabe en él de gozo de estar escuchando tamaña maravilla,
como cuando escuchó a Tilon Gelih»},
medité socarrona. Quién podía saber
lo que era realmente buena música para el bastón…

Seguimos escuchando la melodía de la flauta y, cuando la última nota se
perdió entre la nieve, el capitán Calbaderca tomó la palabra:

—Quiero daros otra vez las gracias por vuestra ayuda. Sin vosotros
estaríamos ahora muertos de frío, sin leña para el fuego.

—Nos habríamos convertido en estatuas de hielo —aprobó Shelbooth, y
Manchow soltó una risita con aire divertido.

—Lo cierto es que no solemos encontrar a nadie a estas alturas
—contestó el elfo oscuro, con total seriedad\mbox{—.} Si me permitís una
pregunta, ¿de verdad venís de los Subterráneos? El Glaciar de las
Tinieblas tiene muy mala fama. Habéis escogido una extraña ruta.

El capitán Calbaderca y Lénisu echaron una ojeada rápida a Dashlari.
Este último carraspeó, molesto.

—Sí, creo que me equivoqué de túnel. Aunque, finalmente, no nos ha
salido tan mal —añadió, como para defenderse.

—Afortunadamente —aprobó Lénisu, esbozando una sonrisa burlona detrás
de sus oscuros mechones.

A pesar de que los tres Centinelas no parecían haber relacionado a mi
tío con aquel Sangre Negra que había provocado tanto revuelo en Ató, a
Lénisu se lo veía algo intranquilo. Lo cierto era que hasta nos había
propuesto dar media vuelta y regresar al túnel para buscar otro camino
pero, frente a las miradas poco convencidas que le echaron los demás,
calló resignado.

Los ojos amarillos del elfo oscuro brillaban a la luz del fuego.
Mientras repartía unos trozos de pan duro y queso, nos observaba
atentamente. Al contrario de lo que hubiera hecho cualquier curioso, no
insistió en intentar averiguar qué hacíamos paseándonos por tan aislada
región. Ni siquiera nos preguntó si éramos cofrades, mercenarios o
simples aventureros.

Y, ante tanto silencio por parte de los Centinelas, respondimos con otro
recatado silencio. Así, el capitán Calbaderca omitió presentarse como
capitán de la Guardia Negra, contentándose con decir que venía de Dumblor. Y
luego yo no me atreví a confesarles que era de Ató por miedo a que nos
identificasen a mí y a Lénisu con el Sangre Negra y la sobrina ternian del
\emph{Ciervo alado}.
Comimos todos nuestro pan en silencio. El Centinela humano, apenas hubo
comido, retomó su flauta y se alejó hacia el lago. La nieve crujía bajo sus
pasos. Lo observé algo perpleja mientras él despejaba una roca y se sentaba
con su pequeño instrumento.

—Es un gran aficionado a la flauta —observó Srakhi. El gnomo se agitaba
rítmicamente como para deshacerse del frío.

El elfo oscuro asintió pero no dio más explicaciones. Al parecer, el
comportamiento de su compañero era normal. Desde luego, se veía que esos
tres Centinelas no eran ni grandes habladores ni acostumbraban oír
parlotear a nadie.

Y pensar que cuando fuese cekal, tendría que trabajar como Centinela…
Suspiré. Aunque visto cómo me las arreglaba, estaba lejos de llegar a
cekal. Ni siquiera había pasado los exámenes de primer año de kal. Y eso
significaba que si quería seguir estudiando en la Pagoda tendría un año
de Deuda más. En fin, por el momento, era inútil pensar en todo aquello:
antes tenía que ir a ver a Kyisse a Aefna.

Estábamos todos agotados y pronto decidimos irnos a dormir. Me levanté
con los demás y fui a coger a Frundis. El bastón estaba silencioso.
Parecía estar escuchando al flautista con dedicación. Con una leve
sonrisa en los labios, me eché sobre una gran lona negra impermeable que
habían desplegado los Centinelas para que pudiéramos tumbarnos todos
encima. Después de desearnos todos buenas noches, cerré los ojos y
me froté las manos heladas entre sí. Jamás había tenido tanto frío…

En la lejanía, una melodía se elevaba, dulce y melancólica, como un
pajarillo extraviado en pleno invierno. Aquella noche soñé con la luz de
la Gema que bailaba sobre las aguas al son incansable de una flauta.

Cuando desperté y destapé mi rostro, el cielo no se veía y el aire
estaba casi tan blanco como la nieve. Una alfombra de copos blanqueaba
toda mi manta.

\chapter{Tierra traidora (Parte 1: Los secretos de un corazón)}
\label{s:2}

Nos alejamos del Glaciar de las Tinieblas y no tardamos en despedirnos
de los tres Centinelas, a los que vimos desaparecer entre la tormenta de
nieve como a tres estrellas silenciosas. Ellos nos habían propuesto
guiarnos hasta el sendero más seguro para bajar la montaña. Nos dieron
instrucciones y les dimos las gracias otra vez.

—Que Zemaï os acompañe —nos había dicho el flautista.

Creo que esas habían sido las primeras y últimas palabras que nos
dirigió aquel extraño Centinela. Los tres eran extraños, sí, pero sin
ellos bien creo que habríamos acabado sepultados bajo la nieve, perdidos
en las montañas.

La tormenta había amainado pero seguíamos sin ver mucho más allá de unos
metros y avanzábamos a una velocidad de tortuga iskamangresa,
hundiéndonos a cada paso.

—Tenéis unos guardias curiosos —comentó el capitán Calbaderca,
mientras bajábamos por una cuesta cubierta de nieve.

—No todos son tan callados —le aseguró Aryes con una mueca cómica.

—Me han inspirado respeto —prosiguió el capitán con mucha seriedad\mbox{—.}
¿Decís que la mayoría se forman en las Pagodas, no es así? Cuando toda
esta historia haya acabado, creo que me pasaré por alguna de esas
Pagodas para ver cómo funcionan.

Reprimí una sonrisa divertida al verlo tan pensativo. Shelbooth
intervino:

—Pues por lo visto en las Pagodas les enseñan a no dormir. Me parece
que el humano se ha pasado toda la noche tocando la flauta.

—Pero eso es por el lago —explicó Manchow.

Todos lo miramos, interrogantes.

—¿Qué tiene que ver el lago con que ese humano tocase la flauta?
—inquirió Srakhi, medio burlón medio intrigado.

Manchow puso cara sorprendida.

—¿No lo sabéis? El Glaciar de las Tinieblas es legendario. Dicen que,
por la noche, surgen los espíritus que vivían antiguamente junto al
lago. Y, según la tradición, sólo una bella música puede apaciguarlos.

Sus palabras nos dejaron a todos asombrados.

—¿Y tú cómo sabes eso? —preguntó Dash, al cabo.

—Pues… —Se encogió de hombros\mbox{—.} Porque me lo enseñó mi preceptor.
—Paseó su mirada sobre nuestras expresiones y soltó una carcajada
alegre\mbox{—.} Por eso el humano tocaba la flauta —agregó. En ese momento
Manchow metió la pierna en algún agujero, se hundió casi hasta la
talla soltando un resoplido y nos dedicó una sonrisa inocente.

—Interesante —se contentó con decir Lénisu\mbox{—.} Pero avancemos con más
cuidado, no vaya a ser que nos convirtamos también en espíritus del
dichoso lago.

Pensé, algo afligida, que esos espíritus iban a tener poesía que leer
gracias a mí… Y hasta unas botas. Pero seguía teniendo la gwinalia azul
que me había regalado Kyisse, recordé. Y, por lo menos, no había perdido
las Trillizas, me consolé. Aunque, para lo que me habían servido…

\emph{«Nunca me cantaste ninguna leyenda sobre el Glaciar de las
Tinieblas»},
le comenté a Frundis, mientras avanzaba otro paso y hundía
mi bota en la nieve.

\emph{«Es que no conozco ninguna»},
confesó Frundis.
\emph{«Pero me gustaría saber más sobre el tema. Tal vez exista alguna canción que
merezca la pena escuchar.»}

\emph{«Y si no, la compones tú»},
apunté, divertida.

Seguimos bajando por el amplio sendero, entre el frío, el viento y unos
finos copos que caían, más leves que las plumas. Si el día hubiese sido
azul, probablemente habríamos tenido unas vistas maravillosas, pensé con
cierta amargura.

El capitán Calbaderca, Ashli, Aedyn, Shelbooth y Srakhi andaban delante.
Kaota, Kitari, Mártida, Aryes y yo los seguíamos en fila india a unos
cuantos metros. Y Lénisu, Miyuki, Manchow y Dash cerraban la marcha.

Estuvimos bajando durante horas. Evitamos un barranco, nos perdimos y
dimos media vuelta para seguir bajando por otro camino. La blanca cortina de
niebla se disipaba ligeramente pero así y todo resultaba difícil elegir la
mejor senda. En un momento, la bajada se hizo demasiado empinada y volvimos a
subir un trecho para cambiar otra vez de ruta. Todo aquello, sumado al frío y
a la nieve, era agotador.

Estábamos bajando una vertiente bastante suave cuando, de pronto, vi
revolotear a mi alrededor una sombra multicolor… Agrandé los ojos y di
un respingo. ¡Era una mariposa! Me tambaleé y me apoyé sobre Frundis,
recobrando el equilibrio.

—Una mariposa —susurré, incrédula.

Era maravillosa, me dije, parpadeando. Kaota, Kitari y Aryes me oyeron y
me miraron, interrogantes.

—¿Has dicho «mariposa»? —repitió Aryes, sin entender.

En ese momento oí la risa maligna de Frundis y suspiré. La mariposa
había desaparecido.

\emph{«No tiene gracia»},
refunfuñé al bastón, que se mofaba de mí abiertamente después de haber
deshecho su ilusión.

\emph{«Era para animar el ambiente»},
se defendió Frundis, burlón.

Meneé la cabeza, exasperada, y al ver que Aryes todavía me miraba con
la ceja enarcada, expliqué:

—Es Frundis, que me engaña como a una nerú.

Aryes sonrió y tuve que explicarles a Kaota y a Kitari que el bastón era
en realidad un músico compositor. Se sorprendieron bastante y Mártida,
que nos había estado escuchando, mostró un vivo interés por el bastón,
preguntándome a ver cómo sabía con certeza si había sido saijit o no.
La pregunta me hizo mucha gracia.

—Porque, obviamente, me lo ha dicho él mismo —dije.

—Claro —coincidió la elfocana\mbox{—.} Sin embargo, ¿cómo sabes que realmente
es un ser pensante lo que te contesta y no alguna mágara que…?

Una ola atronadora e iracunda sumergió mi mente y no oí el final de la
pregunta. Solté un par de maldiciones siseantes mientras agarraba el
bastón con las dos manos para no caerme. Era irónico pensar que aquel
mismo apoyo me estaba llenando la cabeza de notas furiosas y
discordantes.

\emph{«Frundis, ¡cálmate!»},
lo insté, suplicante.

\emph{«¿Has oído lo que ha dicho?»},
se indignó Frundis, aflojando muy levemente su ataque musical.

\emph{«Eres demasiado susceptible»},
resoplé.

\emph{«Se lo vengo diciendo desde hace tiempo»},
aprobó el mono, algo
mareado por el desencadenamiento de sonidos.

Mientras el bastón gruñía, le eché una mirada de disculpas a Mártida:
esta me miraba, sorprendida, al ver que no le contestaba.

—Perdón —dije, sonrojándome\mbox{—.} Frundis se enfada con facilidad. No le
gusta que lo llamen mágara.

\emph{«¿Cómo que con facilidad? ¡Estos saijits son unos malpensados!»},
exclamó Frundis, entre gruñidos y tambores.
\emph{«Siempre les pasan por la
cabeza las mismas ideas disparatadas. Ven mágaras por todas partes.»}

\emph{«Ejem. Te recuerdo que tú también fuiste saijit»},
carraspeé, divertida.
\emph{«Sé más paciente.»}

\emph{«Ya.»}
Frundis no parecía convencido pero los tambores se iban espaciando poco a poco
a medida que su indignación se atenuaba.

\emph{«Mira, es como si me llamasen a mí nadro rojo y me enfureciese como tú lo haces»},
razoné.
\emph{«Yo no soy un nadro rojo, y me basta con saberlo. Tú no eres una mágara…»}

\emph{«Y me basta con saberlo»},
aprobó el bastón, interrumpiéndome.
\emph{«Pero confieso que soy susceptible. Qué se le va a hacer. Eso no se
cura.»}

Por suerte, además de susceptible, normalmente era fácil de apaciguar,
pensé, esbozando una sonrisa.

En ese momento, oí un grito agudo rasgar el aire y se me borró la
sonrisa.

Djowil Calbaderca bramó el nombre de Ashli. Los gritos de la Espada
Negra eran cada vez más lejanos como si… Palidecí. Como si se estuviese
deslizando hacia abajo irremediablemente.

El capitán y Srakhi habían desaparecido tras un banco de niebla y apenas
se divisaba la forma difusa de Shelbooth. Lénisu pasó junto a nosotros,
corriendo como podía.

—¡No os mováis! —gritaba.

Los últimos de la fila seguimos avanzando a duras penas. Lénisu le había
tirado el saco a Dashlari y el enano avanzaba resoplando, bajo el peso de su
doble carga. La caída de Ashli parecía haberse detenido.

—¡Estoy bien! —gritaba, desde la lejanía\mbox{—.} ¡Maldita Superficie!

Y siguió gruñendo. Llegamos adonde se habían parado Srakhi, Manchow,
Shelbooth, Miyuki y Aedyn. El capitán Calbaderca había empezado a bajar una
pendiente empinada, por el rastro bien visible que había dejado Ashli, pero
mi tío lo había detenido y lo había adelantado.

—Lénisu a veces tiene arrebatos de héroe —comentó Dash con tono
aprobador. Reprimí una sonrisa. Al enano le encantaba burlarse de su viejo
amigo.

—Esperemos que pueda volver a subir —dijo Miyuki.

El capitán Calbaderca, que había empezado a subir lo bajado, soltó una
exclamación al perder el equilibrio.

—¡Por Úrelban! —dejó escapar, agarrándose a la nieve.

Vi venir el desastre. Si el capitán caía, se llevaría a Lénisu por
delante y lo llevaría los dioses saben adónde. Así que, antes de que
sucediera nada malo, tomé impulso y, entre las risitas emocionadas de
Frundis y el grito sorprendido de Syu, me precipité en la pendiente y
bajé como un torrente. Llegada a la altura del capitán, frené, plantando a
Frundis en la nieve. Casi se me escapó. Hubiera sido ridículo dejar a Frundis
en la nieve mientras yo salía disparada hacia la niebla. Por suerte me mantuve
firme y agarré al capitán del brazo, tratando de atajar su caída.

Él resoplaba, la cara blanca de nieve. Aquella pendiente era
tremendamente resbaladiza, me di cuenta. Estábamos casi parados, gracias
a Frundis, pero la dura realidad no se me escapó: estábamos cayendo muy
poco a poco…

—Ejem. ¿Qué tal, capitán? —le pregunté, con una sonrisa forzada.

—Kaota, ¡no! —gritó de pronto el Espada Negra.

La belarca había desenvainado la espada y la iba plantando en la nieve
mientras bajaba, pasito a pasito. Entonces Aryes, cogiéndole la mano a
Kitari, quien se la cogía a Shelbooth, utilizó su lanza para bajar.
Habían creado una cadena para avanzar con más prudencia.

—¡No bajéis! —ordenó el capitán Calbaderca.

—¡No os mováis! —soltó Aryes, mientras iba tanteando el mejor lugar
para posar el pie.

—Para qué hablaré yo —siseó Djowil Calbaderca entre dientes.

—No te preocupes —le dije\mbox{—.} Han tenido una gran idea con esa cadena.

\emph{«De hecho, ahora que lo recuerdo, Shakel Borris hacía algo parecido
cuando subió las Montañas Sagradas de Bawnish»},
les dije a Frundis y a
Syu, pensativa.
\emph{«Y él y sus compañeros salieron con vida.»}

El mono se aferraba a mi cuello, algo enojado.

\emph{«No me gustan las caídas»},
refunfuñó.

\emph{«No vamos a caer»},
le prometí con calma.
\emph{«Aryes está ya casi.»}

De hecho, medio resbalando medio de pie, Aryes, y detrás Kitari,
Shelbooth, Srakhi y los demás, llegaban lenta pero seguramente. Y Kaota
se había quedado tumbada sobre la nieve, con la espada clavada y no se
atrevía a moverse más: estaba a punto de seguir a Ashli hacia… Enarqué
una ceja y giré levemente la cabeza. Allá abajo ya no se veía nada. Pero
se oían los gritos lejanos de Lénisu y Ashli… La Espada Negra seguía
despeñándose. Y, por lo visto, mi tío la acompañaba en su caída.

El capitán y yo estábamos agarrados a Frundis, pero seguíamos deslizándonos y
Aryes se acercaba a pasos terriblemente lentos. Entonces llegó a nosotros. Su
rostro levemente azulado entre la nieve se iluminó con una sonrisa aliviada;
plantó la lanza en la nieve y me tendió la mano.

—Con cuidado —nos dijo.

Pese al frío que entumecía mis miembros, mi piel sudaba por la tensión.
Me solté de una mano y la tendí hacia el kadaelfo… Entonces oí una
exclamación y el rostro de Aryes se transformó, reflejando consternación
y miedo. En un segundo, vi a Shelbooth caer y resbalar directamente
hacia mí. Me eché a un lado y… dejé de sentir a Frundis. Fue imposible
pararme. Mientras caía de espaldas, solté un larguísimo:

—¡Demoniooos!

Tuve la sensación de que mi grito resonaba por toda Ajensoldra, desde
las Hordas hasta las Tierras Altas. Se me ocurrió inexplicablemente
utilizar armonías, pero ¿para qué me iban a servir unas ilusiones contra
una realidad tan catastrófica?

Syu me estaba estrangulando y me fijé en que estaba casi llorando de
terror. Abajo podía haber un barranco, pensé, aturdida. Shelbooth caía
todavía más aprisa y pronto se perdió entre la niebla, soltando
maldiciones. También podía haber un campo de almohadones, me dije, con los
ojos húmedos. Mis lágrimas empezaron a helarse y cerré los párpados, heridos
por el frío. Ya está, me dije. Mi hora había llegado.

Caí largo rato, tanto que me pregunté si, finalmente, no había entrado
ya en el extraño mundo de los espíritus. Sin embargo, de repente, sentí
como una caricia cálida sobre mi rostro. Abrí los ojos. La niebla se
había desvanecido y había aparecido un magnífico paisaje. Allá a lo
lejos, las colinas verdes se perdían en el horizonte. Y ahí, a mi
derecha, se alzaban las Hordas, nevadas y bellas, pobladas de árboles. Y
abajo… Abajo estaba la Insarida. Y yo me dirigía directa hacia una explanada
cubierta de nieve.

Ahí abajo estaban Lénisu y Ashli. Shelbooth acababa de detenerse. Reprimiendo
una carcajada, saqué mis garras y empecé a frenar mi bajada: la pendiente ya
no era tan exagerada como antes y tan sólo mi alta caída me estaba llevando a
una velocidad fulgurante hacia la explanada. Finalmente, choqué contra un
amasijo de nieve y me levanté de un bote, temblando de emoción.

\emph{«Syu, ¡nos hemos salvado!»},
declaré, feliz.

Me acerqué brincando a Lénisu y Ashli, que se precipitaban hacia mí.
Entonces me detuve en seco recordando un detalle que me rompió el
corazón.

—Oh, no —me lamenté, casi enmudecida\mbox{—.} He dejado a Frundis atrás.

Lénisu me cogió entre sus brazos, como si no nos hubiésemos visto desde
hacía un año.

—Gracias a los dioses —murmuró, con la voz ronca.

Me sorprendió verlo tan afectado. Sin embargo, cuando se apartó de mí, había
retomado una expresión tranquila.

—Bueno, bueno. Aquí llegan los demás.

De hecho, de la nube que envolvía la montaña, pronto aparecieron Aryes,
Srakhi, el capitán, Dashlari, Kaota y Kitari.

—Menuda caída —comentó Shelbooth, con la respiración entrecortada,
mientras trataba de deshacerse de la nieve de su ropa.

—Y que lo digas —replicó Lénisu\mbox{—.} Es increíble que no hayamos muerto.

Tan sólo faltaban Mártida, Manchow, Aedyn y Miyuki. Aryes, justo antes
de llegar al final, frenó su caída con energía órica, pero así y todo
aterrizó brutalmente. Paseó una mirada aturdida a su alrededor y tanteó, en
busca de su capucha, para cubrir su piel y su cabello blanco de los rayos del
sol. Todos parecían estar más o menos en forma. Kaota estaba muy disgustada
porque había perdido su espada. Srakhi estaba sombrío porque había perdido su
capa y Ashli parecía muy apesadumbrada porque se consideraba culpable de toda
aquella desgracia. En definitiva, todos habíamos sufrido algo, pero estábamos
vivos. Por un instante, percibí la ilusión de una suave nota de piano y mis
ojos se humedecieron. Me giré hacia el cielo azul y Ajensoldra para esconder
mi dolor. Syu me imitó, escondiéndose detrás de mi cabello.

\emph{«No es justo»},
suspiró.

—¡Allí vienen! —exclamó de pronto Shelbooth.

Secándome la esquina de un ojo, giré la cabeza. Miyuki y Manchow bajaban
la pendiente a toda velocidad, mientras le cogían a Aedyn de un brazo. Y
Mártida bajaba… con un saco y un bastón. Que yo recordase, la elfocana
no tenía ningún bastón. Sintiendo mi corazón revolotear de alegría, di
un bote y solté una risita feliz.

\emph{«Y ahí viene nuestro amigo Frundis»},
le declaré a Syu. En un súbito arrebato, exclamé:

—¡Bosque de Luna!

E hice una pirueta, sonriendo de oreja a oreja, bajo los rayos del sol. No
todos los días las cosas salían de manera tan perfecta, me dije. Oí un
carraspeo mientras volvía a caer sobre mis pies.

—Sería una pena que te fueses por el barranco, después de una caída como
esta, sobrina —me dijo mi tío con total serenidad.

Le dediqué una sonrisa divertida y me precipité hacia Mártida cuando
se hubo estancado en medio de un mar de nieve.

—No sé cómo podré devolverte el favor —le dije, mirando a Frundis con
un gran cariño.

La elfocana sonrió pese al mareo que le había causado sin duda
la caída.

—Gracias por haberme permitido unos instantes inolvidables con este
compositor formidable —pronunció.

Le devolví la sonrisa y una vez que se hubo levantado me tendió a
Frundis y lo cogí. El bastón me saludó tranquilamente y no comentó en
ningún momento que hubiera podido pasarse los próximos cien años perdido
en un monte, entre la nieve. Al fin y al cabo, seguro que le había
pasado una desgracia similar en algún otro momento, pensé.

Mientras Frundis me cantaba una dulce melodía de violines, los demás se
habían parado a contemplar las increíbles vistas que teníamos.

—La Insarida —señaló Lénisu, para los que no lo sabían.

Me avancé sobre la explanada hasta llegar a su altura y contemplé la
temible Insarida. Era una vasta tierra rojiza donde se erguían rocas y
árboles, algunos carbonizados, y otros que ya habían perdido las hojas. Hasta
vimos una manada de monstruos, a lo lejos, que perseguían otra criatura.

—Escama-nefandos —dijo el capitán Calbaderca con el ceño fruncido.

Lénisu aprobó.

—Es muy posible. —Se giró hacia la derecha e hizo un gesto vago\mbox{—.} Creo
que por ahí es el único sitio por el que podemos bajar. —Hizo una mueca
cómica y puntualizó\mbox{—:} A menos que nos hayamos quedado en una explanada
sin salida, claro. Esas cosas pueden pasar hasta a aventureros tan
precavidos como nosotros. Pero no nos desesperemos —añadió con un tono
burlón. Fue a recoger su saco, que había caído con el enano, y al ver
que no nos movíamos, dijo\mbox{—:} Cuanto más abajo estemos, menos frío.

—Desde luego, en los Subterráneos no hace tanto frío —gruñó Dashlari.

Recogimos todos las pertenencias que nos quedaban y, como yo no tenía
más que lo que llevaba puesto, seguí sin tardar los pasos de Lénisu. Syu
estaba algo callado, me fijé. Todavía no se había recuperado del susto, así
que intenté animarlo.

\emph{«Asbarl»},
le solté, mientras Frundis comenzaba una melodía más alegre. A Syu se le
escapó un suspiro y me cogió un mechón de pelo para trenzarlo, soltando:

\emph{«Al menos yo no he perdido mi capa como Srakhi.»}

Cuando alcancé a Lénisu, enseguida vi que tenía intenciones de hablarme
de algo importante. Con rapidez, me murmuró:

—Sobrina, escucha, tenemos un problema. Bueno, más bien,
\emph{tengo}
un problema —rectificó\mbox{—.} Esos Centinelas…

—¿Te han reconocido? —me espanté, soltando un resoplido.

—Me han dado mala espina —prosiguió él\mbox{—.} La cara del flautista me
sonaba mucho. Pero no sólo es eso. Esta pendiente tiene toda la pinta de
ir a acabar en el paso de Marp. Los demás querrán pasar por el camino y
luego por Ató. Para mí sería una locura viajar con vosotros. Me sentiría
tan imprudente como Drakvian metiéndose en una ciudad de saijits.

Me miró con cara elocuente detrás de la sombra de su capucha negra.
Sentí un leve cosquilleo de temor.

—¿Vas a dejarnos? —pregunté en voz baja.

Lénisu no contestó; ya se acercaban los demás. Su respuesta, sin
embargo, era fácil de adivinar.

\chapter{Hojas, colmillos y fuentes}
\label{s:3}

No acabamos en el paso de Marp, contrariamente a lo que había vaticinado
Lénisu. Primero nos dirigimos efectivamente hacia el este, pero luego
topamos con un precipicio y torcimos hacia el noroeste. Al día
siguiente, cuando el sol ya se escondía tras el horizonte, llegamos al
pie de la montaña, metiéndonos en un bosque de pinos espaciado que
lindaba con la Insarida. El capitán Calbaderca decidió que pasaríamos
la noche ahí y los demás no parecieron alarmarse mucho por ello. Aryes y
yo, sin embargo, intercambiamos una mirada preocupada. Habíamos vivido
demasiados años en Ató como para no haber oído decenas de historias
oscuras sobre la Insarida. Aun así, tampoco era plan de volver a subir
por la montaña. No nos quedaba otra que cruzar aquel bosque y dirigirnos
hacia el este para rodear la Insarida y pasar por el otro lado del
Trueno, que era mucho más seguro.

Kaota y Kitari estaban emocionados, contemplando el entorno, la hierba,
la corteza de los árboles y la luz del poniente. Parecían de pronto muy
pensativos, como si, al encontrarse a descubierto, bajo un cielo
luminoso e inmenso, estuviesen remodulando su visión del mundo.

Nos detuvimos a unos metros de un arroyo. Agotada de tanto andar, me
senté sobre una piedra mientras Syu daba un salto y desaparecía entre
las ramas de los pinos, soltando exclamaciones mentales de júbilo.

\emph{«Deberías hacer lo mismo»},
me aconsejó con tono sincero, antes de
alejarse, saltando de rama en rama.

Shelbooth, Kitari y el capitán habían ido en busca de leña seca para el
fuego. Lénisu, Srakhi, Dash y Miyuki estaban sentados a unos cuantos
metros, hablando con tono quedo. Quién sabía lo que se estaban diciendo.
Entonces, no sé por qué, pensé en el juego de naipes que tenía en la
mochila naranja. Hacía tiempo que no jugábamos… Pero recordé entonces
que ya no tenía ninguna mochila. Aquellos espíritus del lago habían
recibido regalos para todo un año, suspiré.

Aedyn se había alejado para cambiarse y ponerse una túnica más seca y
Ashli preparaba un hueco para la fogata. Y junto a esta última, Aryes
les estaba explicando a Kaota y a Kitari algunas curiosidades sobre la
vida de la Superficie. En cuanto a Manchow, estaba muy concentrado en un
palo de madera que había encontrado y del que iba cortando trozos con su
navaja, totalmente abstraído. Mis párpados se estaban cerrando, y estaba
a punto de adormilarme cuando de pronto una voz me llamó:

—¿Shaedra?

Me sobresalté y giré la cabeza. Mártida me miraba con en el rostro una
leve sonrisa. En sus manos llevaba dos cantimploras.

—¿Puedo hablarte?

Entendí que quería conversar a solas conmigo y, reprimiendo una mueca de
sorpresa, asentí y me levanté. La seguí, bajando hasta el arroyo.

—¿Qué sucede, Mártida? —pregunté, curiosa.

La elfocana había adoptado una expresión más solemne de la que solía.
¿Acaso tenía algo que decirme sobre Frundis o sobre el plan de Lénisu?
Se agachó junto al arroyo y comenzó a llenar una de las cantimploras
mientras me contestaba:

—Sucede que nos conocemos desde hace semanas y que todavía no me he
presentado debidamente ante ti. Lénisu me hizo prometer que no diría
nada hasta llegar a la Superficie, pero ahora creo que es hora de que
te lo diga.

Pestañeé.

—¿Que me digas el qué? —inquirí, intrigada.

Los misterios que envolvían la elfocana me parecieron de pronto más
vívidos. ¿Quién era realmente Mártida? ¿Acaso era una Sombría? En todo caso,
había salvado a Frundis, recordé. No podía tener malas intenciones.

Mártida retiró la cantimplora llena del río. Discretamente, echó un
vistazo hacia su alrededor y bajó la voz.

—No te asustes, ¿eh? A Lénisu lo asusté un poco cuando se lo dije.
Verás, mi nombre entero es Mártida Cheleveth y vengo de Neermat.

Pronunció estas últimas palabras con rapidez y en un susurro casi
inaudible. Pero la oí y me quedé helada. Un misterio menos, pensé. La
elfocana precisó:

—Soy una Hullinrot. Bueno, desde hace apenas un año —apuntó\mbox{—.} Me
mandaron para que te buscara. Al parecer, tienes una filacteria que
pertenece a… —Carraspeó\mbox{—.} Bueno, ya sabes, a…

—A Jaixel —asentí, como ella vacilaba otra vez. Aquello sí que no me
lo esperaba… De pronto toda la historia del lich me volvió a rondar por
la mente, asaltándome con nuevas preguntas. Tragué saliva, algo
mareada\mbox{—.} Creía que los Hullinrots no salíais a la Superficie por miedo
a que notasen que sois unos nigromantes…

—Habla más bajo, por favor —murmuró ella cautelosa, mientras
rellenaba la otra cantimplora de agua fresca\mbox{—.} Confío en que no hablarás
de esto con nadie. Al fin y al cabo, tú también tienes parte
nigromántica en tu ser.

Hice un mohín.

—No hace falta recordármelo —repliqué\mbox{—.} Antaño, pensaba que los
Hullinrots queríais matarme. Pero si no es el caso, no veo por qué voy a
denunciarte. Sería erróneo pensar que eres una enemiga simplemente
porque eres una nigromante —añadí con filosofía.

—Bien —suspiró, pensativa, mientras sacaba la cantimplora del pequeño
río\mbox{—.} Y… Supongo que ya sabes lo que ando buscando.

—Er…

Alcé la mirada hacia un pino al oír el crujido de una rama. La cabeza de
Syu asomó entre las agujas del árbol mientras Mártida entrecerraba los
ojos, desconfiada.

—No te preocupes, es Syu —le dije a la elfocana.

\emph{«¿Problemas?»},
preguntó el mono.

\emph{«No exactamente. Mártida es una Hullinrot»},
expliqué con concisión.

Oí el suspiro de Syu.

\emph{«Siempre se me olvida lo que son los Hullinrots»},
confesó.

Reprimiendo una sonrisa, negué con la cabeza para contestar a la
nigromante.

—La verdad, Mártida, no sé lo que los Hullinrots queréis hacer con mi
filacteria. El mismo Márevor Helith no lo sabía.

Enarqué una ceja al ver que ella había pegado un respingo.

—¿Conoces a Márevor Helith? —resopló, tras un silencio.

—Em… Sí. Sólo un poco —maticé, molesta.

Mártida hizo una mueca.

—Márevor Helith no es muy fiable —me dijo.

¿Había acaso personas fiables entre los nigromantes?, me pregunté con
ironía. Siempre me había parecido gracioso pensar que un nakrús podía
tener mala reputación entre personas versadas en las artes
nigrománticas. ¿Qué había hecho el maestro Helith para tener tan mala
imagen entre los nigromantes?

—Supongo que es normal que no sepas muy bien lo que ocurre en Neermat
—prosiguió Mártida, meditativa\mbox{—.} Al fin y al cabo, está muy lejos de
aquí. Pero si conoces a Márevor Helith, te habrá explicado quién es
Jaixel… —Asentí con la cabeza\mbox{—.} Es un lich poderoso, viejo de quinientos
años. Se instaló no muy lejos de Neermat, en el laberinto de Tafosia,
hace unos quince años, porque comenzó a tener serios problemas con los
guardias del primer nivel de los Subterráneos. Empezó a causarnos
problemas a nosotros matando nuestros esqueletos. Hemos intentado muchas
veces capturarlo, pero siempre se nos escapa.

—Pero ¿tan difícil es matar a un lich? —pregunté.

—Bueno, matarlo quizá hubiéramos podido. Pero nuestro objetivo no es
matarlo, sino examinarlo —explicó. Y calló, al oírme resoplar.

—¿Examinarlo? —repetí con una vocecita\mbox{—.} ¿Al lich?

—Sí. No es que queramos convertirnos en liches —rió\mbox{—,} pero estamos
seguros de que Jaixel puede enseñarnos mucho sobre la nigromancia. Sin
embargo, el lich está loco y cada vez que nos acercamos mata a nuestros
esqueletos.

—Demonios —pronuncié\mbox{—.} A ver si lo he entendido. Con lo poderoso que
dices que es ese lich, vais así y todo hasta su guarida e intentáis
capturarlo… ¿para estudiarlo? No me extraña que mate a vuestros
esqueletos.

Mártida puso los ojos en blanco.

—Si nos hubiera permitido examinarlo lo habríamos dejado tranquilo hace años
—replicó\mbox{—.} De todas formas, hace meses que ya no lo estorbamos porque se
estaba poniendo realmente furioso y nos estaba complicando la vida en Neermat.
Así que, a falta de lich, me mandaron a mí en tu busca para que examinase tu
filacteria. Derkot me ayudó a encontrarte.

—¿Derkot Neebensha? —articulé\mbox{—.} ¿El Nohistrá de Dumblor?

Claro, todo encajaba. El Nohistrá, además de ser un simpatizante de la
nigromancia por estar en pleno proceso de transformación en nakrús,
había hablado con un Hullinrot, según había dicho él mismo. Aquella
persona tenía que ser necesariamente Mártida.

—Exacto —asintió la nigromante con tono ligero\mbox{—.} Si me ayudas y me
permites estudiar detenidamente tu filacteria, sería estupendo —me dijo,
con una sonrisa.

Sus palabras me dejaron desconcertada.

—¿Seguro que tan sólo quieres examinar mi filacteria? —pregunté,
recelosa\mbox{—.} Márevor Helith dijo que estabais de acuerdo para quitármela.

La elfocana sonrió.

—No creo que sea capaz de hacer eso yo sola —replicó\mbox{—.} De todas
formas, no sería un buen método. Podría resultarte fatal o bien la
filacteria podría acabar dañada. Si realmente quieres que te la
quitemos, tendrías que venir conmigo a Neermat.

—Entiendo. Esto… Creo que entonces me quedaré con la filacteria. Todo
eso es muy nuevo para mí. Estaba convencida de que queríais matar a
Jaixel. En fin, no importa. Lo que nunca he entendido es cómo Jaixel me
metió esos recuerdos en mi cabeza.

—¿Así que la filacteria contiene recuerdos? —Mártida había adoptado
una expresión pensativa\mbox{—.} Bueno, a pesar de llevar años y años con la
nigromancia y con la energía bréjica, ignoro totalmente cómo se las
arregló Jaixel para transmitirte una parte de su mente. Lo único que
conozco es la historia que se suele contar el día de Okoruth a los
niños de Neermat. Jaixel atacó a dos ternians que llevaban un recién
nacido, convirtió a los padres en rocas y te llevó a ti para criarte y
enseñarte los secretos más profundos de la nigromancia.

Hice esfuerzos por no echarme a reír.

—Me temo que esa historia anda lejos de la realidad. Yo no tengo ni
idea de nigromancia y en mi vida he visto a Jaixel.

Una súbita chispa de luz iluminó la progresiva penumbra y poco a poco la
fogata empezó a llamear. La Hullinrot asintió mientras la oscuridad
llenaba el bosque de sombras.

—Tal vez lo que digas sea cierto —convino\mbox{—.} Pero, de todas formas, lo
importante y lo más maravilloso es que poseas una parte de la mente de Jaixel
—declaró con tono emocionado.

La contemplé durante unos segundos en silencio. Mártida estaba
desvariando, me dije.

—Creo que es la primera vez que me dicen que mi filacteria es
maravillosa —mascullé\mbox{—.} Pero bueno, ¿acaso es tan importante la
nigromancia como para hacerse un viaje larguísimo para encontrar una
filacteria que a lo mejor no te sirve de nada?

—Así es la investigación —replicó, encogiéndose de hombros\mbox{—.} Los
Hullinrots somos unos grandes eruditos en las artes nigrománticas.
Creo que lo entenderás si te hago una comparación. Tú que has estudiado
energías, ¿cuál es la que más te gusta?

—Er… las armonías —contesté vacilante.

—Pues imagínate que de pronto aparece un famoso armónico que pasa por
tu calle soltando sortilegios increíbles. Lo lógico sería aprender de él,
¿no te parece? Estudiar a un lich vivo sería… —Meneó la cabeza y
resopló, sin palabras.

—Contraproducente —acabé, con una mueca\mbox{—.} Sobre todo a un lich vivo,
porque se supone que un lich está ya muerto.

La elfocana soltó una carcajada franca.

—Me temo que no tenemos el mismo concepto de vida y muerte. Entonces,
¿estás de acuerdo para que examine tu filacteria? —inquirió.

Me encogí de hombros.

—Mientras no rompas nada.

—Estupendo. La examinaré a fondo y luego te prometo que no volveré a
molestarte. Lo juro por todos los esqueletos que quieras.

Me estremecí.

—Mejor jura por algún dios, queda menos macabro —le aseguré, burlona.

La elfocana puso cara sorprendida y se rió.

—Claro. Debería tener más cuidado con mis palabras. Lo juro por tus dioses y
los que sean —añadió, muy divertida\mbox{—.} Y ahora volvamos junto al fuego, o tu
tío empezará a preocuparse. Pero en cuanto estemos más tranquilas, me dejarás
un día entero para que examine tu mente, ¿trato hecho?

—Ese es un trato un tanto ligero —repliqué, con una ceja enarcada\mbox{—.} Yo
te ayudo… a cambio de nada.

—Por supuesto que no —me cortó enseguida Mártida\mbox{—.} Ya le prometí a
Lénisu que a cambio, si tú estabas de acuerdo, le ayudaría a recobrar no
sé qué objeto que le robaron.

Agrandé los ojos. Lénisu, suspiré. Nunca se aburría de recobrar a Hilo.
Pero al parecer no le había explicado a Mártida que aquel objeto era ni
más ni menos que una espada reliquia en manos de un Ashar.

—Está bien, todo sea por mi tío, trato hecho —asentí, sonriendo\mbox{—.} Pero
un consejo: pregúntale a Lénisu cuál es ese objeto robado. Estoy
convencida de que omitió algunos detalles cuando te habló de ello.

—Bueno. Se lo preguntaré —aseguró Mártida, intrigada. Y volvimos hasta
el fuego en silencio. La sombra de Syu apareció, deslizándose
silenciosamente por un tronco, y correteó junto a mí.

\emph{«Y yo que pensaba que Mártida era una persona cuerda»},
suspiré.

\emph{«Nunca te fíes de un saijit»},
me aconsejó Syu con tono de sabio.
\emph{«Por el momento, el único saijit cuerdo que conozco es el maestro Dinyú.»}

Enarqué una ceja.

\emph{«¿Y yo?»},
protesté.

El mono gawalt me dedicó una sonrisa burlona pero no contestó.

Mientras la alta elfocana se sentaba alrededor del fuego, posando las
dos cantimploras llenas de agua, meneé la cabeza, pensativa. ¿A quién se
le ocurría, siendo nigromante, arriesgar la vida de tal manera
simplemente para conocer mejor las artes nigrománticas de los liches?

Al sentarme, me fijé en la mirada inquisitiva que le echó Lénisu a
Mártida. Y pensar que él sabía desde el principio que estábamos viajando
con una Hullinrot… Mi tío siempre se rodeaba de gente extraña. Sólo
faltaba que Dash resultase ser el vástago perdido de un rey y Miyuki
una bruja desterrada de Albrujia y ya montábamos una fiesta de parias y
guardias, como solía decir Taetheruilín.

Dividida entre catorce personas, la cena fue muy frugal: apenas nos
quedaban provisiones y comimos una mezcla de raíces hervidas con
semillas de los Subterráneos. A falta de comida, charlamos mucho,
bromeamos y hasta me atreví a contarles a todos una historia de Ató muy
conocida que hablaba del gran monstruo de Acatlán.

Cuando hube terminado mi historia, Manchow me aplaudió muy animado.

—Yo había oído una historia semejante —dijo el joven humano\mbox{—,} pero
creía que Acatlán se había convertido en un demonio de hielo y no en un
elemental de sombras.

Aryes soltó una risotada y sonreí.

—Acatlán fue creado por la famosa celmista Liyina —comentó el
kadaelfo\mbox{—.} Por fuerza tuvo que ser un elemental. Según lo que se cuenta
en Ató, claro está.

—Pues en los Subterráneos existen historias de celmistas que fabrican
demonios con varitas mágicas —intervino Ashli, sonriente.

—Claro, si empezamos con eso —dijo Lénisu con desenfado\mbox{—,} yo os voy a
contar una historia sobre una familia normal que adquirió de pronto el poder
sobrenatural de controlar las energías a su antojo. Esa familia moraba en un
antiguo castillo…

—Esa leyenda ya la conocemos —lo cortó Shelbooth, poniendo los ojos
en blanco.

—¿En serio? —replicó Lénisu con una sonrisa burlona.

—El mismo Fahr Landew habló con los abuelos de la pequeña Flor del
Norte —argumentó Ashli\mbox{—.} Los Klanez existen. Y la niña sabía controlar
las armonías de manera increíble, ¿verdad, capitán? —Sentí un escalofrío
al oírla hablar de Kyisse en pretérito. Kyisse estaba viva, estaba
segura de ello. Pero me hubiera gustado que Zaix me lo confirmara…\mbox{—.} No
digo que sea una familia sobrenatural —prosiguió la sibilia\mbox{—,} pero está
claro que los Klanez no son sólo una leyenda.

—El castillo existe —apoyó Kitari.

—Bueno, bueno —intervino de pronto el enano\mbox{—.} Ya nos vale de historias
y leyendas y castillos. Es hora de dormir. Me propongo para el primer
turno de guardia. Pero no más de dos horas, luego te despertaré a ti,
Lénisu —lo advirtió.

Poco tiempo después, tumbada entre Aryes y Kaota, me sorprendí
sonriendo.

—Buenas noches —dijo Kaota.

—Buenas noches —le contestamos Aryes y yo.

La belarca le dio un pequeño empellón a Kitari que se había tirado casi
literalmente sobre su lecho de agujas de pino.

—Que Amzis vele en tus sueños, hermano —le soltó Kaota, burlona.

Kitari bostezó y apenas le hubo contestado se sumió en un profundo
sueño.

Sonreí de nuevo. A pesar de todas las pasadas desventuras, las cosas no iban
tan mal. Había sobrevivido. Y estaba rodeada de buena gente y personas a las
que quería sinceramente. Además, íbamos a pasar por Ató antes de dirigirnos a
Aefna e iba a ver a Kirlens y a Wigy. Y a Deria y a Dol. A los pagodistas y al
maestro Áynorin.

Sin quererlo, había extendido una mano y topé con la de Aryes. Abrí los
ojos y crucé su mirada azul. Él me sonrió y me cogió lentamente la mano.
Su mensaje silencioso aceleró los latidos de mi corazón. Le sonreí y me
sentí feliz.

En ese momento Syu se aproximó y se acurrucó junto a mí, bostezando
delicadamente, declarando:

\emph{«Un gawalt siempre debería estar feliz.»}

\chapter{Incógnitas}
\label{s:4}
—No recordaba estas colinas —comentó Lénisu, algo molesto.

—Esta vez el guía eres tú —replicó Dash, con una risita sarcástica\mbox{—.} Pero no
te preocupes, si nos conduces a la guarida de un atroshás, seré clemente y
sólo te cortaré los dedos de una mano, como hacen algunos con los esclavos.

Lénisu enarcó una ceja, movió sus dedos e hizo una mueca teatral.

—¿Y el atroshás? —preguntó.

—¿Y qué le voy a hacer yo a un pobre atroshás si nunca un dragonzuelo
de esos me ha causado problemas? —replicó el enano con una sonrisilla
macabra. Reprimí una mueca. No a cualquiera se le hubiera ocurrido
llamar
\emph{“dragonzuelo”}
a la especie de dragones más peligrosa de toda la Tierra Baya.

Habíamos seguido el arroyo durante toda la mañana y salido del bosque
para desembocar en una tierra desolada poblada de colinas poco más que
calvas. Después de una discusión, habíamos decidido caminar hacia el
norte y pasar por el lado oeste del Trueno. Por supuesto, casi todos,
como eran valientes guerreros, optaron por el camino más corto… Lénisu
argumentó que era ligeramente más peligroso, pero afirmó que si se
pasaba por los buenos sitios, no teníamos por qué tener problemas. Al
ser el único que conocía un poco la zona, se convirtió en nuestro guía.
De modo que, por el momento, era poco probable que Lénisu nos diese el
esquinazo. Pero no dudaba de que pronto se marcharía: no podía entrar en
Ató en pleno día y esperar a que viniese la guardia para arrestarlo.
Aunque seguramente no se alejaría mucho ya que tenía que recuperar la
famosa caja de tránmur escondida en el tejado de la Pagoda Azul…

El paisaje era del todo aburrido. Soplaba el viento frío y aunque todavía no
nevaba, el cielo se había cubierto de unas nubes invernales. Subimos y
bajamos pequeñas colinas y más colinas. Nos cruzamos con una manada de nadros
del miedo que salieron corriendo, asustados. Al de un par de horas, sin
embargo, divisamos un lugar con pequeños barrancos y arbolillos, que
desaparecieron en cuanto empezamos a bajar el cerro en la que estábamos. Nada
más llegar abajo, resonaron, entre las ráfagas de viento, unos rugidos que nos
resultaron a todos demasiado familiares.

\emph{«Nadros rojos»},
le informé a Syu con fatalismo.

\emph{«Ayayay»},
dijo el gawalt, agitándose sobre mi hombro.

—Nadros rojos —gruñó el capitán Calbaderca, como un eco, llevando la
mano al pomo de su espada.

—No nos quedemos aquí —dijo rápidamente Lénisu.

Lo seguimos y cuando finalmente alcanzamos la cima de la siguiente
colina vimos a la manada de nadros. Estaban peleando contra unos
Centinelas.

Shelbooth en un súbito arranque, desenvainó su espada. Después de tantos
días de frío y de caminata, parecía ansioso de dar tajos a diestro y
siniestro.

El capitán nos echó una mirada a Aryes, Kaota, Kitari y a mí.

—Quedaos aquí.

Sacó su espada larga de su vaina y con Ashli y Shelbooth empezó a bajar
la colina a grandes zancadas. Oí el suspiro ruidoso del enano.

—Eso no es un atroshás —comentó Lénisu, poniendo cara meditativa.

—Supongo que el Martillo de la Muerte no se puede quedar atrás
—declaró Dash, sacando su hacha como con pereza.

—Adelante, amigo —le dijo mi tío con aire socarrón.

Y entonces bajaron la colina Dashlari y Aedyn, él con su hacha y ella
preparando ya un sortilegio brúlico de ataque. Estuvimos contemplando la
batalla desde la altura. Al de un rato, desvié la mirada, estremecida.
Los nadros rojos casi me daban pena. Al girarme, me fijé de pronto en un
vacío. Miyuki y Lénisu ya no estaban con nosotros. Mártida, que unos
momentos antes había estado junto a Miyuki, me dedicó una discreta
mueca.

Apreté los labios para imponerme silencio y volví a clavar los ojos
hacia delante. Era inevitable que se fueran, me repetí. La batalla
acabó. Y los Centinelas y nuestros compañeros se alejaron todo lo
posible de los nadros, corriendo a toda prisa.

Entonces, poco a poco, vi los rostros de los Centinelas dibujarse
mientras se acercaban, subiendo la colina. Eran una decena y vestían
todos la túnica dorada y el dragón rojo de Ató. Cuando llegaron a la
cima, empezaron los primeros nadros rojos a explotar en llamaradas
centelleantes.

—Ya está hecho —comentó Dash, mientras recolocaba el hacha a su
espalda. Ignoraba si se refería a la batalla o a la desaparición de
Lénisu y Miyuki.

No tardó el capitán Calbaderca en percatarse de la ausencia de estos
últimos.

—¿Dónde está Lénisu? —preguntó, con el rostro ensombrecido.

Kitari y Kaota pusieron cara sorprendida.

—Pues… no lo sé, capitán —confesó Kitari, ruborizándose\mbox{—.} No nos hemos
dado cuenta de nada. A lo mejor se ha marchado.

—Hemos perdido a nuestro mejor guía —intervino Dash, con una gran
sonrisa\mbox{—.} Pero no os preocupéis por él. A veces es menos valiente que un
nadro del miedo. Algún impulso súbito. No es la primera vez.

Estaban discutiendo sobre el asunto cuando algo me llamó la atención.
Entre los Centinelas, había una humana rubia… Ladeó la cabeza y se
acercó a mí, se quitó el casco y me miró con incredulidad.

—Shaedra, ¿eres tú…? ¿Aryes?

Parpadeé un momento y entonces, como en un sueño, caí en la cuenta y
farfullé:

—¿Sarpi?

¡Dioses de los demonios!, me dije. ¡Era Sarpi! Una sonrisa se fue
dibujando en mis labios.

—¿Así que volviendo a la guarida, eh? Te daría un abrazo si no
estuviese cubierta de sangre de nadro —se disculpó Sarpi, resoplando\mbox{—.}
Increíble —añadió mirándonos a Aryes y a mí alternadamente\mbox{—.} ¿Sabéis que
todo el mundo cree que estáis muertos?

Me atraganté y tosí.

—¿Muertos? —repitió Aryes, frunciendo el ceño, mientras me daba
palmaditas en la espalda.

—Sí. Eso decían los rumores. Pero me alegra comprobar que los rumores
no siempre son ciertos —declaró, risueña\mbox{—.} Tenemos que volver a Ató
cuanto antes. ¡A Áynorin le va a dar un ataque de alegría!

\nopagebreak \bigskip {\centering{$\spadesuit$} \par} \smallskip

Ató no estaba como lo había dejado, meses atrás. A pesar de haberme
avisado Sarpi del terremoto, me quedé algo conmocionada al ver que la
ciudad estaba en plena ebullición, reparando tejados e incluso muros. Al
parecer, hacía un mes, la tierra había temblado violentamente, y estaban
todos ayudándose entre sí, intercambiándose todo tipo de material para
devolver cierta habitabilidad a sus casas antes de que llegara lo crudo
del invierno. Supuse que el padre de Aryes, como carpintero, tenía que estar
muy atareado.

Cuando entré en el
\emph{Ciervo alado}
seguida del capitán Calbaderca, Aryes, Ashli, Dash, Kaota, Kitari, Manchow,
Srakhi, Shelbooth, Mártida y Aedyn, todos los parroquianos callaron, creyendo
una invasión.

Tras un silencio anormal, se oyó el chillido agudo de Wigy y el ruido de
un plato rompiéndose en el suelo. La joven se precipitó hacia mí y Kaota
pareció decidir que su protegida no estaba en peligro porque dejó que mi
hermana me estrangulara casi, mientras Syu salía disparado hacia la
cocina maldiciendo los ataques de nervios de los saijits.

Al oír el súbito ruido y viendo quizá al mono gawalt, Kirlens salió en tromba.
Mudo, me contempló unos instantes, dio media vuelta y titubeó, entrando otra
vez en la cocina. Su reacción me preocupó sumamente y me aparté de Wigy.

—Voy a hablar con Kirlens —dije, con una vocecita emocionada.

—Pues claro —refunfuñó Wigy, de pronto, malhumorada\mbox{—.} Pobre Kirlens.
Siempre le dais disgustos. Si no eres tú, es Kahisso. Por Ruyalé, ve a
hablar con él. Espera, ¿quiénes son esas personas que traes?

Le dediqué una sonrisa inocente.

—Unos amigos.

—Shaedra, voy a ir a casa de mis padres —anunció Aryes.

Sus mechones blancos salían de su capucha y sus ojos brillaban de
emoción. Asentí con la cabeza. Entendía su aprensión al volver a su casa
después de tanto tiempo y tan transformado pero no podía seguir huyendo
de su propia familia.

—Hasta luego, Aryes —contesté.

Wigy entonces agrandó los ojos y los clavó en la silueta del kadaelfo,
que salía de la taberna.

—¿Aryes? —repitió\mbox{—.} ¿El de tu clase? ¿El que fue a la mina de Kaendra?

—El mismo —respondí, evasiva, antes de dirigirme hacia la cocina. Las
voces de los parroquianos se apagaron casi al cerrar la puerta.
En unos pocos minutos la noticia de la extraña llegada de varios
guerreros y de dos kals supuestamente muertos se difundiría como el
viento.

Sentado en una silla, Kirlens sostenía entre sus manos un pañuelo. Estaba muy
aviejado y al verlo tan triste se me rompió el corazón.

—Kirlens… —empecé a decir con un hilo de voz.

—Shaedra —dijo entonces el tabernero, sonándose la nariz y
levantándose. Se acercó a mí y meneó la cabeza\mbox{—.} Te he echado de menos.
Bienvenida a casa.

Me dio un fuerte abrazo. Parpadeé para retener mis lágrimas al pensar
que pronto tendría que volver a salir de Ató. Pero era por una buena
causa, me convencí. No podía desinteresarme de Kyisse y era la única del
grupo en saber dónde vivía Lunawin.

\nopagebreak \bigskip {\centering{$\spadesuit$} \par} \smallskip

Aquella misma tarde, después de haberle contado a Kirlens y a Wigy un
resumen con agujeros de todo lo que me había pasado en los Subterráneos,
me aseguré de que el capitán Calbaderca y los demás fuesen atendidos
debidamente y luego me escabullí a casa de Deria y Dol. Me los encontré
en camino, ya que se habían enterado de mi llegada y se dirigían al
\emph{Ciervo alado}.

El rostro pardo oscuro de Deria se iluminó con una sonrisa. Se abalanzó
hacia mí dando una voltereta de alegría y Dol me despeinó el cabello y le tocó
las narices a Syu con el índice. El mono bufó, fingiendo contrariedad.

—Por todos los dioses, Shaedra —dijo el semi-orco, enseñando todos sus
dientes\mbox{—.} Ya estabas tardando en volver. Cuando te dejé sola al
servicio de esa Niña-Dios supe que estaba actuando mal. Pero bueno,
¿dónde demonios has estado?

Puse cara de mártir y retomando unas palabras que había pronunciado
una vez Lénisu, solté:

—En los Subterráneos. Metida en el fondo de la muerte. —Y mientras me miraban
ellos con cara incrédula, sonreí y añadí con ligereza\mbox{—:} Aunque tampoco fue tan
terrible. Primero, vino el troll, luego llegamos a Dumblor y nos metieron a
Aryes y a mí en un palacio para que luego llevásemos a una niña legendaria a
un castillo lejanísimo, como en las historias de Shakel Borris. —Hice una
mueca\mbox{—.} Hasta ahí todo fue bien. Pero al de poco de comenzar el viaje nos
atacaron unas mílfidas y entonces apareció Lénisu. Se llevó a la niña. Luego
la niña comió una baya mala y un amigo se fue con ella corriendo para
salvarla. Y ahora acabo de llegar a la Superficie con unos Espadas Negras, y
unos amigos de Lénisu —añadí, para poner punto final a mi relato.

El semi-orco y la drayta se quedaron un momento estupefactos. Entonces se
echaron a reír y me tocó a mí mirarlos con desconcierto.

—Te invito a una infusión en casa —dijo Dol\mbox{—.} Y así me cuentas una
versión ampliada, porque no me he enterado de nada. Aunque todo eso
parece la trama de una canción épica.

Frundis, a mi espalda, soltó una exclamación impresionada.

\emph{«¡Ese semi-orco ha tenido una idea genial!»},
reconoció, animado.
\emph{«Voy a componer una canción sobre nuestras hazañas. Ya lo hice para
un portador mío, pero tendrás que prometerme que no la enseñarás a
nadie. ¿Qué te parece?»}

\emph{«Que vas a tener que quitar muchos elementos de nuestro viaje para
conseguir hacer una canción épica, me temo»},
repliqué, divertida.
\emph{«Si lo cuentas todo como pasó, voy a quedar como una Salvadora
ridícula.»}

\emph{«Buaj. La ridiculez forma parte de la épica»},
replicó el bastón con convencimiento. Hizo una pausa pensativa y entonces
clamó con voz potente de tambores:
\emph{«El demonio y la Flor del Norte. ¿Qué te parece
el título?»}

\emph{«Desde luego, es perfecto para que no enseñe la canción a nadie»},
aprobé.

\emph{«El viaje a un castillo inalcanzable»},
propuso Syu.

\emph{«Ese cuenta demasiado del final»},
replicó Frundis, descontento.
\emph{«No, debe ser algo que nos impresione hasta a nosotros mismos. Un
título impactante. ¿Qué os parece
\emph{Balada subterránea}?»}

Enarqué una ceja.

\emph{«¿Eso es impactante?»}

\emph{«Balada de Shaedra con la Flor»},
siguió Frundis.

\emph{«Eso sí que no suena épico»},
repliqué, divertida.

\emph{«¡Balada de la Flor y el plátano!»},
exclamó Syu, con una carcajada de
mono.

\emph{«Mm. ¿A qué viene el plátano?»},
preguntó Frundis con un sonido de guitarra interrogante.

\emph{«Shaedra dice que el plátano va siempre con la flor»},
argumentó Syu con tono inocente.

Solté una carcajada y Dol y Deria intercambiaron una mirada extrañada.

—Son Frundis y Syu —expliqué, mientras nos dirigíamos a la casa de
Dol\mbox{—.} Hoy están inspirados.

Y en tanto que Frundis seguía proponiendo títulos cada más rimbombantes,
pasamos por el portal de la casa de Dol y entramos en su oscuro comedor.

\chapter{Noticias lejanas}
\label{s:5}

Necesité dos horas para explicarles más o menos lo ocurrido a Dolgy
Vranc y a Deria. Me hicieron muchas preguntas y entendieron rápidamente
que mi relato estaba plagado de agujeros.

—¿Cómo sabes que ese tal Spaw podía llegar antes a la Superficie?
¿Sabía teletransportarse como el maestro Helith? —preguntó Deria,
inquisitiva.

Hice una mueca.

—No. Es que… Spaw conocía unas escaleras secretas y no quería que
todos pasasen por ahí.

—No me acaba de caer bien ese protector tuyo —gruñó Dol\mbox{—.} ¿Para quién
decías que trabajaba?

Le dediqué una sonrisa inocente.

—No lo he dicho. —Me miraron con el ceño fruncido y suspiré\mbox{—.} Lo sé,
ya me lo dijo Srakhi: empiezo a parecerme cada vez más a Lénisu. Mirad,
lo de Spaw y el pasaje secreto es simplemente un detalle, y os lo
explicaré más adelante… Pero la historia en sí os la he contado como
pasó realmente.

—Una historia digna de una canción —asintió Dol, sirviéndose más
infusión\mbox{—.} Demos gracias a la providencia de que estés aquí con
nosotros.

Tomé un sorbo y volví a posar el bol.

—La verdad, entiendo que a Lénisu no le gusten los Subterráneos
—comenté, pensativa\mbox{—.} Y eso que él nació y creció en ellos.

Deria se cruzó de brazos.

—Y yo la verdad, prefiero escuchar la historia a vivirla. Todo eso de
las mílfidas tiene una pinta horrible.

—Ligeramente —convine, y sonreí\mbox{—.} Así que la aventurera Deria ya no
está tan segura de ser una aventurera.

La drayta hizo una mueca cómica.

—Yo de aventurera tengo mucho —replicó\mbox{—.} Pero prudente.

—Eso es cierto —aprobó Dol, risueño\mbox{—.} Con el dinero, Deria es de lo
más aventurera. En verano, compró veinte sacos de algodón y un bote de
alambres para crear un nuevo juguete. ¡Y fue un rotundo éxito! —exclamó,
riendo\mbox{—.} Fabricamos muñecos a montones y vendimos decenas en Ató.

El rostro de Deria se había ensombrecido y me olí que la historia no
había salido tan bien.

—¿Pero? —la alenté.

La drayta carraspeó.

—Decidimos ir a Aefna a vender el excedente de muñecos. Quisimos coger
una escolta, pero los que se proponían para escoltarnos eran unos
verdaderos timadores. Y, cómo no, fuimos atacados en el camino por los
mismos desgraciados. Así que a fin de cuentas, entre los kétalos que nos
robaron y tal, perdimos un montón de dinero —concluyó, con una mueca
enojada.

—Así son los negocios —la tranquilizó Dol. Bailaba un destello de
diversión en sus ojos\mbox{—.} Deria todavía no ha aprendido a perder.

Estuvimos hablando de los juguetes, me enseñaron sus nuevos hallazgos, y
comprobé que Deria se había convertido en la gerente del negocio: Dol
inventaba y ella gestionaba los gastos y los beneficios e iba a vender
al mercado. Desde luego a mí no me habría gustado tal reparto, pero a
Deria parecía encantarle. Luego pasamos a hablar del terremoto y el
semi-orco resopló.

—Mi casa es resistente. Tan sólo se agrietó un poco uno de los muros.
Pero sé de algunos vecinos que se salvaron de milagro. En fin. —Meneó la
cabeza y suspiró\mbox{—.} Hablando de milagros, sé que no es el mejor momento
para hablar de esto, debes de estar cansada con tanto viaje, pero
—sonrió— si no te lo digo ahora te enfadarás conmigo.

Su tono me alarmó pero enarqué una ceja burlona.

—¿Cuándo me he enfadado contigo, Dol?

En ese momento, alguien llamó a la puerta. El semi-orco frunció el ceño.

—¿Quién puede ser a esta hora? —se extrañó, dirigiéndose hacia la
puerta. Se oyó la puerta abrirse y entonces resonó la risotada del
semi-orco\mbox{—.} ¡Aryes! ¡Qué alegría! Pasa, pasa.

Entraron en la habitación y Aryes se quitó la capucha. Deria se quedó
boquiabierta al ver el cambio de aspecto del kadaelfo pese a que yo los
hubiese avisado.

—Estás realmente todo blanco —dijo, dando unos pasitos curiosos hacia él.
Tendió una mano, cogió un mechón blanco y lo estiró para testear. Aryes
sonrió y le asió un mechón a la drayta, como un gesto de saludo.

—Hola, Deria. Cuánto tiempo.

Nos echamos todos a reír de la escena burlesca mientras Deria se
ruborizaba y dejaba de cogerle el pelo a Aryes.

—No todos los días se cambia de color de pelo —se defendió la drayta.

Nos sentamos todos: Deria en el borde de la ventana, Dol en su butaca y
Aryes y yo en el sofá, donde siempre me había sentado. Discretamente,
escudriñé la expresión de Aryes para averiguar si le había ido bien su
reencuentro.

—¿Qué tal tu familia, Aryes? —pregunté.

—Bien —contestó él, lacónico\mbox{—.} ¿Y qué tal está Kirlens?

—Creo que bien —respondí, mordiéndome el labio.

Estaba claro que la conversación entre Aryes y sus padres no había sido
tan tranquila como la mía con Kirlens. Al fin y al cabo, Kirlens estaba
más que acostumbrado a que sus hijos no hicieran todo lo que él hubiera
querido. Estuvimos charlando y hablando de temas que ya habíamos
abordado, bromeamos, repetimos la infusión y las galletas y reavivamos
el fuego de la chimenea. Por la ventana el cielo se oscurecía. Había
empezado a bostezar cuando, de pronto, recordé algo.

—Dol, dijiste que tenías algo importante que anunciarme. ¿De qué se
trata?

Dolgy Vranc, que mecía su gran cabeza, semi dormido, interrumpió su
movimiento y su mandíbula se tensó.

—Hace un mes, llegó una carta dirigida a Gudran Sófterser, nuestro
Mahir. El Mahir decidió hacerla pública. Dijo que la carta iba firmada
con el nombre de Daian. —A medida que iba hablando sentí un terrible
vacío en mi interior que se iba convirtiendo en un abismo\mbox{—.} En la carta,
Daian dice que necesita ayuda urgente para salvar a su hija. Al
parecer… —Dol carraspeó, como ahogándose\mbox{—.} Al parecer Daian está viva y
a salvo, aunque no dice dónde está. En cambio asegura que pagará muy
generosamente a los mercenarios que la ayuden a salvar a Aleria de las
garras de los Veneradores de Numren que la tienen secuestrada.

Con una mano en mi pecho dolorido y con los ojos agrandados, respiré
entrecortadamente.

—¿Dónde viven esos Veneradores de Numren? —preguntó Aryes, tras un
terrible silencio.

—Según el Mahir, en el archipiélago de las Anarfias —contestó Dol\mbox{—.} En
una isla llamada Isla Coja.

—¿Y han partido ya los mercenarios? —inquirió el kadaelfo.

Dolgy Vranc espiró.

—No —dijo tristemente\mbox{—.} A pesar de las palabras del Mahir, los
mercenarios no se fían. No saben dónde está Daian. No pueden estar
seguros de que les pagará la recompensa una vez efectuado el trabajo.

—¡Pero se trata de una kal de Ató! —exclamé\mbox{—.} El propio Mahir debería
mandar a guardias para salvarla.

—No es tan sencillo —contestó el semi-orco\mbox{—.} Si a Aleria la hubiesen
raptado en la ciudad, la habrían ido a buscar los guardias del Mahir.
Pero fue ella misma quien se marchó de Ató.

—¿Y Akín? —inquirí.

Dol me echó una mirada llena de tristeza.

—No lo menciona la carta.

Solté un bufido y me recosté bruscamente contra el sofá, cruzándome de
brazos, demasiado aterrada para hablar.

—Y eso no es todo —añadió Deria, con una voz temblorosa.

—¿Pero para qué han secuestrado a Aleria? —pregunté de pronto, sin
hacerle caso\mbox{—.} Lo que buscaban los Veneradores de Numren era la poción
esa, la atsina trávea que habían inventado los padres de Aleria.

—¿Atsina trávea? —preguntó Dol, frunciendo el ceño.

Recordé entonces que ellos no estaban al corriente de toda la historia
de los guaratos y, pese a mi estado agitado, procedí a contársela.

—Y ya está —terminé\mbox{—.} Si bien recuerdo lo que me dijo Aleria, según
aquella Mimsagrev que conoció cuando estuvo en Acaraus, la atsina trávea
es un elixir divino con el que se puede entender lo que hay más allá de
las ilusiones, o algo por el estilo.

Todos me miraron con cara escéptica.

—¿Un elixir divino? —repitió Aryes.

Me encogí de hombros.

—Eso es lo que creían los guaratos.

Oí el resoplido ruidoso del semi-orco y lo miré, interrogante, mientras
se agitaba en su sillón.

—Todo esto es muy curioso. Ya había oído hablar de la atsina trávea
—declaró\mbox{—.} Entre los alquimistas es una poción mítica. Pero ignoraba que
Daian hubiese inventado una poción con ese mismo nombre. Junto a Eskaïr,
claro está. —Marcó una pausa\mbox{—.} Así que según tu historia, los
Veneradores de Numren habrían raptado a Daian para que les revelase sus
conocimientos sobre esa poción hipotéticamente poderosa… A lo mejor
Daian consiguió escapar. Y a lo mejor los Veneradores de Numren quieren
hacerle chantaje a Daian secuestrando a su hija. Es posible —añadió\mbox{—.}
Aunque aquí suponemos muchas cosas. En fin —carraspeó\mbox{—,} como decía
Deria, esto no es todo.

Entorné los ojos, alarmada. ¿Otra sorpresa?, me dije. La verdad era que
estaba algo cansada de tener sorpresas.

—¿Qué ha pasado? —preguntó Aryes, animándolo a que hablara.

—Er… Veréis. En otoño, aparecieron Laygra y Murri por Ató, con una tal
Rowsin y un humano llamado Azmeth. Venían a verte.

Me sobresalté, asombrada, y sonreí anchamente.

—¿Laygra y Murri están aquí?

—No.

Una enorme decepción me invadió.

—Oh.

—Al no verte en el
\emph{Ciervo alado},
tus hermanos preguntaron por mí. Los invité a mi casa y les expliqué que hacía
meses que no sabía nada de ti pero que, según los rumores, te habías ido a
Kaendra después de haberte quedado en Aefna durante más de un mes. No
quisieron decirle nada a Kirlens. Durmieron en mi casa y luego decidieron irse
a Kaendra a buscarte porque creían que estabas en apuros. Y hace unas semanas,
reaparecieron por Ató. Esta vez sólo estaban Laygra y Murri. Se enteraron de
lo de Aleria y… no sé por qué a ambos se les metió en la cabeza que te habrías
ido a la Isla Coja a salvar a tu amiga.

Lívida, solté una maldición.

—¿Quieres decir que han ido solos a la Isla Coja?

—Pues… sinceramente, no lo sé. De la noche a la mañana, salieron rumbo
hacia el paso de Marp. Simplemente nos dejaron una carta de disculpas y
agradecimientos muy conmovedora pero que me dejó algo enojado.

Laygra y Murri se iban hacia el este, Kyisse estaba en Aefna, Hilo
estaba en manos de un Ashar… Saturada, me cogí la cabeza con las manos
durante unos segundos y entonces refunfuñé y me levanté:

—Esto me supera. Estoy demasiado cansada para pensar correctamente.

Dol sonrió y se levantó.

—Entonces, a dormir. Mejor no le des demasiadas vueltas a este asunto.
Lo importante, hoy, es que hayáis vuelto sanos y salvos. Luego ya se
verá lo de Kyisse y lo de los demás. Primero hay que descansar.

Nos fuimos hasta la puerta y Aryes y yo salimos en la estrecha avenida
flanqueada de setos.

—Buenas noches, Shaedra —me dijo Deria desde la puerta\mbox{—.} Buenas
noches, Aryes.

—Dormid bien —nos dijo el semi-orco con un tono sereno.

Cruzamos el portal y lo cerramos. Era ya noche cerrada y soplaba un
viento helado. Las linternas se balanceaban, emitiendo chirridos
inquietantes.

Aryes y yo caminábamos despacio, subiendo la cuesta. Frundis se había
adormilado, después de estar componiendo unas estrofas de su canción
épica, y Syu, arrebujado en su capa, correteaba por la calle desierta,
mirando a ver qué había cambiado durante su ausencia.

Traté de no pensar ni en Aleria, ni en mis hermanos, ni en nada que
pudiera preocuparme. A fin de cuentas, no podía hacer nada por ellos en
aquel momento. Ellos también tenían una particular habilidad para meterse
en líos, suspiré.

—No pensemos en nada más que en lo positivo —pronuncié, rompiendo nuestro
silencio pensativo\mbox{—.} ¿No te parece maravilloso que estemos otra vez en
Ató? —Alcé una mirada serena hacia la noche y me fijé en el alto
edificio construido en la cumbre de la colina\mbox{—.} La Pagoda Azul sigue
igual que siempre.

—Y la Biblioteca —aprobó él\mbox{—.} Y la Neria.

En un común acuerdo, cruzamos el patio de la Pagoda y dimos un paseo por
la Neria. Los jardines estaban preciosos. No había tantas flores como en
primavera, pero aún persistían las karolas, con sus pétalos blancos y
delicados, exhalando un dulce perfume en el aire frío de la noche.

—Qué silencio —observé, deteniéndome en la barandilla de la Neria.
Salvo el bramido regular y lejano del Trueno, apenas se oían los ruidos
de la ciudad.

—Sí —susurró Aryes, junto a mí.

Lentamente, toda la tensión que había acumulado durante el viaje y
durante la conversación con Dolgy Vranc iba reduciéndose a un leve
zumbido. Y lentamente también, Aryes me cogió una mano y me giré hacia
él. Su rostro sereno y su pelo blanco como el armiño brillaban a la luz
de la Gema.

—Hay silencios, en cambio, que no merecen la pena —dijo él\mbox{—.} Me
gustaría romperlos ya.

Sin necesidad de preguntárselo, entendí lo que decía. Nos acercamos al
mismo tiempo el uno al otro y levanté la mirada hacia su rostro. Todo
aquello me hubiera parecido demasiado romántico si, al hundirme en sus
ojos azules, no me hubiese olvidado de pensar. Sus labios encontraron
los míos, húmedos y cálidos entre las ráfagas heladas de la Neria.

\chapter{Maestra Kima}
\label{s:6}

A la mañana siguiente, me despertaron los martilleos de los obreros
reparando los tejados. Abrí los ojos y vi mi cuarto a la luz del día,
tan vacío y mío como siempre.

Me levanté de un bote, y ya estaba vestida cuando Syu salió bostezando
de entre las mantas.

\emph{«¿Qué es ese ruido infernal?»},
preguntó.

Sonreí, burlona. Syu a veces tenía comentarios muy parecidos a los de
Frundis.

\emph{«Están reparando parte del tejado del albergue»},
expliqué.
\emph{«Tengo
un hambre voraz, ¿vienes?»}

El mono gawalt se rascó la cabeza, perezoso, pero en cuanto hube abierto
la puerta se deslizó conmigo por la abertura y saltó sobre mi hombro. En
la cocina, estaba Wigy preparando los desayunos. Le di los buenos días y
agarré tres panecillos calientes que ella acababa de sacar del horno. Mi
hermana me echó una mirada reprobadora.

—No hay que desayunar tanto a la mañana. Luego te dolerá la barriga
durante todo el día.

—Llevo semanas comiendo como un penitente —le recordé, mientras
masticaba enérgicamente\mbox{—.} ¡Están riquísimos!

Ella puso los ojos en blanco y sonrió.

—Ya lo sé —replicó\mbox{—.} ¿Y bien? ¿Qué planes tienes ahora? ¿Ir en busca
de algún gigante perdido en el Bosque de Hilos? ¿O ir a buscar a esa
niña a Aefna para llevarla al mausoleo del clan ese?

Acabé de tragar mi primer panecillo y resoplé, divertida.

—Al castillo de Klanez —la corregí\mbox{—.} Pues sinceramente, estoy dudando.
Lo del gigante lo voy a considerar seriamente —le prometí con aire
teatral\mbox{—.} Lo de Kyisse, en cambio, ya está decidido.

—Claro, porque te lo ha dicho ese capitán soberbio con el que he
estado hablando antes, ¿eh? No me cae bien. Es un engreído.

Enarqué una ceja.

—¿De veras?

—Sí —afirmó ella. Entendí que era inútil discutir: cuando Wigy se
había formado una opinión de alguien, luego era difícil hacerla cambiar.

Quise ayudarla en la cocina, pero ella negó con la cabeza.

—Ve a hablar con tus compañeros de capa negra y diles que no se queden
pegados a sus sillas y que vayan a visitar Ató. Me están poniendo
nerviosa, llevan dos horas sentados. Creo que te están esperando.

Hice una mueca pero asentí y salí de la cocina. Efectivamente, Kaota,
Kitari, Ashli y el capitán estaban sentados a una mesa, vestidos con sus
capas negras, delante de unas jarras vacías. Los parroquianos les
echaban de cuando en cuando miradas furtivas y me fijé en que había
hasta más gente de lo habitual: algunos curiosos pasaban por ahí para ir
a ver a los dumbloranos. Y, a juzgar por los comentarios que oí, al
acercarme a su mesa, supe que ya todo el mundo se había enterado de que
formaban parte de una guardia especial llamada la Guardia Negra.

—Buenos días —les dije alegremente, al llegar junto a ellos\mbox{—.} ¿Habéis
desayunado ya?

—Hace dos horas —asintió el capitán.

—No estamos acostumbrados a tanta luz —explicó Kitari.

Sonreí.

—¿Y dónde están Dashlari y estos? —pregunté.

—Paseándose por Ató —contestó el capitán Calbaderca. Y entonces se
incorporó\mbox{—.} Aquí hay cada vez más gente. Salgamos.

Se levantaron los tres Espadas Negras y nos dirigimos hacia la puerta,
seguidos por decenas de pares de ojos. Tendí la mano hacia la puerta
cuando, de pronto, esta se abrió. Apareció Nart en el umbral. Me vio,
carraspeó y cogió un tono solemne.

—Shaedra Úcrinalm Háreldin, estás convocada en la Pagoda Azul. Ahora
mismo —especificó, y sonrió anchamente\mbox{—.} Hola, Shaedra, ¿qué tal te va
la vida?

Pasado el susto, sonreí y me fijé en su túnica azul.

—¡Te han nombrado portavoz de la Pagoda! —resoplé, asombrada.

Nart puso cara falsamente modesta.

—Sí. Después de todos los servicios prestados a Ató, alguna recompensa
tenían que darme —replicó. Y entonces retomó un aire más serio\mbox{—.}
¿Vienes? La maestra Kima quiere verte.

Fruncí el entrecejo.

—¿La maestra Kima? ¿Y quién es esa?

Nart carraspeó.

—Es la sustituta del maestro Dinyú. Se supone que deberías estar
estudiando con ella.

Suspiré.

—Entonces, voy a disculparme y le diré que he estado… algo ocupada.

Se oyó de pronto una puerta abrirse en volandas y Wigy salió bramando de
la cocina.

—¡Por el amor de Ruyalé! Dejad de hablar y cerrad esa puerta, se está
enfriando toda la taberna. —Se paró en seco al ver a Nart y puso cara
gruñona\mbox{—.} Claro. Tenías que ser tú. —Me miró, ignorándolo por completo\mbox{—.}
Cierra la puerta cuando salgas, Shaedra.

Dio media vuelta y volvió a su cocina con grandes zancadas.

—Por lo visto, ella y tú seguís tan amigos como siempre —observé,
mientras salíamos de la taberna.

—Er… De hecho, es un desastre —confesó Nart.

—Bueno, te presento a Ashli, Kaota, Kitari y a Djowil Calbaderca,
capitán de la Guardia Negra en Dumblor —le dije\mbox{—.} Este es Nart —añadí.

—Un placer conoceros. Yo soy Nart Henelongo, cekal de la Pagoda Azul
—se presentó el elfo oscuro, juntando las manos en un saludo respetuoso.

—Un placer —contestaron los Espadas Negras. Se los notaba algo
perdidos por tanta extraña gestualidad.

—¿Dónde están Mullpir y Sayós? —pregunté, mientras subíamos la cuesta
hacia la Pagoda.

—Oh. Ambos están con un maestro Centinela, recorriendo el paso de Marp
—contestó Nart.

Capté un deje de envidia en su voz y supuse que él hubiera querido estar
con sus dos viejos amigos. Lo más probable era que su padre orilh lo
hubiese hecho nombrar portavoz de la Pagoda para que precisamente no se
fuera.

Cuando llegué ante las escaleras exteriores de la Pagoda, eché un
vistazo discreto hacia el tejado. Ahí, en alguna parte, estaba escondida
la caja de tránmur. A menos que Lénisu ya hubiese pasado a recuperarla
aquella noche… Me giré hacia el capitán Calbaderca.

—Supongo que no tardaré mucho, pero no tenéis por qué esperarme.
Podéis ir a visitar Ató. Hay lugares maravillosos. Podéis empezar por la
Neria. O por la calle del Arce.

Al capitán no parecía encantarle la idea.

—Hemos decidido que saldríamos de Ató mañana por la mañana —declaró.

Agrandé los ojos y se me vino abajo el ánimo. Claro que tenía ganas de
saber que Kyisse estaba bien, pero salir de Ató cuando apenas acababa de
llegar… En fin. Al final iba a resultar que, al igual que el maestro
Áynorin, no me gustaba andar con prisas, pensé, divertida.

—De acuerdo —dije al cabo\mbox{—.} Se lo comunicaré a la maestra Kima —añadí,
preguntándome al mismo tiempo cómo demonios sería esa maestra. A lo
mejor era una arpía recalcitrante y totalitaria dispuesta a expulsarme
definitivamente de la Pagoda por mi comportamiento indigno. Pero también
podía ser una simpática maestra que simplemente quería verme para
preguntarme amablemente cuánto tiempo pensaba estar fuera de Ató
salvando a Flores del Norte y pateando la Tierra Baya.

Entré en la Pagoda Azul con Nart. Antes de pasar el umbral, Syu se apeó
de mi hombro y declaró que iba a ver si había algo interesante en el
mercado aquel día, como por ejemplo golosinas o fruta seca. La Pagoda
estaba como siempre. En la primera planta, reconocí en una de las salas
al maestro Yinur, que al verme, realizó un leve saludo de la mano y
todos los nerús se giraron hacia mí, curiosos. Entre ellos, estaba
Taroshi. El envenenador profesional, pensé, con cierto rencor.

—Creo que maestra Kima está en la segunda planta —murmuró Nart\mbox{—.}
Bueno, yo vuelvo a mi despacho.

Enarqué una ceja.

—¿Tienes un despacho? —me extrañé.

—Sí, pero sin estufa ni chimenea —suspiró Nart\mbox{—.} Por eso intento no
quedarme ahí mucho tiempo parado. Gajes del oficio —añadió, divertido\mbox{—.}
¡Buena suerte! Luego pásate por mi despacho para contarme en detalle tus
aventuras, dicen que hasta te metiste en el palacio del Consejo de
Dumblor, ¿es eso cierto?

—No, no me metí yo en el palacio, me metieron ahí —rectifiqué.

Nart me señaló con el dedo.

—Impresionante. Te pasas por mi despacho, ¿prometido?

Sonreí.

—Prometido.

Una vez en el segundo piso, paseé la mirada por las distintas salas y
acabé por caer en la buena. Ahí estaba Aryes, de pie, delante de una
elfa oscura de ojos rojos, sentada sobre el parqué y leyendo atentamente
un libro a la luz de una linterna.

Aryes me dedicó una mirada elocuente y me acerqué a él, saludando como
se debía a una maestra de Pagoda. Se suponía que, cuando un discípulo
era convocado, tenía que ser el maestro quien hablara primero, así que
esperé, preguntándome cuánto tiempo llevaba ya Aryes aguardando. Como
Syu se había marchado al mercado y me había dejado a Frundis en mi
cuarto, la espera se me hizo interminable.

Intenté adivinar qué libro estaba leyendo la elfa oscura, en vano. Luego
me dediqué a contar las rayas del parqué, preguntándome si alguna vez un
maestro se había atrevido a comportarse de manera tan ridícula. Y al
fin, pasé a pensar en lo ocurrido anoche y me ruboricé levemente. Y, de
repente, oí unos chasquidos de lengua y por poco no solté un grito de
nerviosismo.

\emph{«¿Shaedra?»},
me dijo Zaix.

\emph{«¡Zaix! Demonios, gracias a los dioses»},
resoplé mentalmente.
\emph{«¿Tienes noticias de Spaw?»}

\emph{«Pues claro. Sólo quieres hablar conmigo porque tengo noticias de la
pequeña niña, ¿mm?»}
Yo iba a replicar pero enseguida prosiguió,
abandonando su tono de reproche:
\emph{«Está viva y en plena forma, según
Spaw. Es una explosión de Sreda.»}

Se me cortó la respiración.

\emph{«¿Queéé? Lu no la habrá convertido en una demonio, ¿no?»},
me alarmé.

\emph{«No, tranquila»},
se rió Zaix.
\emph{«Era una broma. Digo simplemente que la pequeña Kyisse está viva. Ah, y me ha
pedido Spaw que lo esperes en Ató. Y que no pases por Aefna. Dijo que él iba a
ir con ella hasta Ató.»}

\emph{«¿A Ató?»},
resoplé mentalmente, anonadada.

\emph{«Bueno, creo que ha tenido algún lío con unos conocidos y se ha
tenido que marchar de Aefna»},
explicó Zaix con ligereza.
\emph{«También me pidió que te recordara que no podías decir nada a los demás para
que no crean que tienes poderes de adivina. ¡Ya está!»},
anunció.

\emph{«Gracias, Zaix»},
dije. Pero para mí que no me oyó porque ya se había retirado.

Así que Spaw estaba viniendo hacia aquí, me dije, algo alterada. ¿Qué tipo de
problemas había tenido exactamente en Aefna? ¿Acaso se trataba de aquellos
demonios que lo buscaban en Dumblor y que habían decidido no soltarlo hasta
vengarse? Podía ser. Pero, ¿por qué venía a Ató, si él no sabía dónde estaba
yo? ¿Creía tal vez que Nawmiria Klanez podía estar viviendo en el este de la
Tierra Baya? A lo mejor vivía en Ató y todo se solucionaba en una tarde, me
dije, sarcástica. Claro que la misión del capitán Calbaderca consistía en
conducirla hasta el castillo de Klanez… Pero cada cosa a su tiempo. Luego
tiempo tendría para convencerlo de que no se la llevara.

Oí de pronto una voz ante mí y di un respingo, asustada. Resoplé,
acordándome de dónde estaba y miré a la maestra Kima. La verdad era que
su rostro me sonaba mucho, me dije, mientras la escuchaba.

—Así he estado esperando yo que aparecieran mis dos discípulos
—declaró\mbox{—.} Creo que es justo que vosotros esperéis unos momentos a que
vuestra maestra os atienda.

Reprimí un mohín. Esto empezaba mal. Nuestra maestra se levantó y
resultó ser bastante bajita para una elfa oscura.

—Sois kals de Ató —declaró\mbox{—.} Tenéis ciertas responsabilidades y una de
ellas es obedecer a vuestros maestros y servir a Ató. ¿Creéis que habéis
cumplido con vuestras obligaciones estos últimos meses?

—No, maestra Kima —contestamos. Al menos no las pagodistas, completé
mentalmente.

—¿Y creéis que comportándoos de esta manera estáis honrando el nombre
de la Pagoda Azul?

—No, maestra Kima.

—¿Seguís pensando que sois pagodistas de Ató, verdad?

—Sí —contestamos con sinceridad.

—Entonces explicaos. ¿Por qué habéis tardado tanto en volver del
Torneo de Aefna?

Sentí la mirada rápida que me echaba Aryes y suspiré profundamente. Otra
vez con las explicaciones. Y en esta ocasión iba a tener que crear una
historia más coherente… Entonces caí en la cuenta y se me escapó una
pregunta tonta:

—¡Maestra Kima! ¿Es usted la madre de Rúnim, la bibliotecaria?

Enseguida me di cuenta de que había metido la pata. Sin embargo, divisé
una sonrisa en el rostro de la elfa antes de que la borrase y retomase
la imperturbable máscara de la justicia. Pero había visto suficiente:
en realidad maestra Kima no era tan terrible como quería aparentar ante
sus dos discípulos extraviados.

\chapter{Maestros y capitanes}
\label{s:7}
Cuando le hube repetido a Nart la misma historia que le soltamos Aryes y
yo a la maestra Kima, me despedí de él, me envolví bien en mi capa
violeta y salí de la Pagoda sola. Aryes se había escabullido, y con
razón: repetir una vez tras otra la misma historia acababa siendo
sumamente aburrido.

Afuera, el cielo estaba totalmente nublado y flotaba en el aire una
niebla helada. A pesar del frío, Ató rebullía de vida. El mercado estaba
lleno, varias personas se paseaban por los tejados con martillos y
clavos y vi en la Neria al Dáilerrin soltar su discurso semanal a los
habitantes que querían oírlo. Por supuesto, me dije, aquel día era el
segundo Lubas de Coralo.

Curiosa, me aproximé a la Neria con la esperanza de que el Dáilerrin
declarase que un grupo de mercenarios se había propuesto para ayudar a
Daian y rescatar a Aleria… Aunque, como bien había dicho Dol, aquella
era una esperanza más bien desesperada.

Oí de pronto una exclamación a mis espaldas.

—¡Shaedra!

Me giré y me quedé boquiabierta.

—¿Galgarrios? —Lo observé durante un breve instante y solté al cabo
una carcajada mientras él se detenía ante mí con cara de auténtica
felicidad\mbox{—.} ¡Has crecido como una katipalka en primavera!

El caito rubio me dedicó una sonrisa franca pero noté indecisión en su
gesto.

—Tú también has cambiado —observó\mbox{—.} Aunque no has crecido mucho
—añadió, sonriente.

Me alegró comprobar que Galgarrios, a pesar de su altura, no había
cambiado en lo fundamental y sonreí, emocionada.

—Me alegro de verte, Galgarrios.

Le di un fuerte abrazo. Me sacaba bastante más de una cabeza, constaté,
impresionada.

—Bueno, ahora que estás en casa, espero que no te vayas otra vez.

Su tono era interrogante. Le dediqué una mueca cómica.

—Yo también lo espero. Pero los vientos a veces giran muy bruscamente
—lo avisé.

Entonces se oyó otra exclamación. Como una oleada, llegaron todos mis
compañeros har-karistas: Sotkins, Kajert, Revis, Laya y Zahg. Todos se
alegraron mucho de verme y me acribillaron a preguntas. Entre los
comentarios de Laya y las preguntas inquisitivas de Sotkins, no nos
dimos cuenta del ruido que estábamos metiendo hasta que uno de los
secretarios del Dáilerrin carraspeó deteniéndose junto a nosotros.

—Por favor, un poco de respeto. Se os oye desde la Neria y el
Dáilerrin está en pleno discurso.

Nos ruborizamos todos y pedimos disculpas. Cuando el secretario se hubo
alejado, Sotkins suspiró.

—Seguramente nuestro nuevo Dáilerrin estará hablando de lo bien que se
está llevando a cabo su política de amistad con la Pagoda de la Lira.

—¿El nuevo Dáilerrin? —repetí, asombrada. Y entorné los ojos para ver
el rostro del elfo oscuro que hablaba, vestido con una larga túnica
blanca\mbox{—.} ¿Ya se ha ido Eddyl Zasur?

—Sí —afirmó Laya\mbox{—.} Por lo visto, tenía problemas de salud y se marchó
a Neiram.

—A respirar el aire del océano Dólico —completó Zahg con un tono
levemente burlón\mbox{—.} Ahora tenemos a Keil Zerfskit.

Agrandé los ojos al oír el apellido, pero en ese momento una amplia
sonrisa surcó el rostro de Zahg.

—¡Aryes Dómerath! —Me giré y vi al kadaelfo que venía de la Neria y llegaba
junto a nosotros\mbox{—.} ¡A ti sí que te veo cambiado!

Dieron todos la bienvenida a Aryes y nos alejamos de la Neria para no
molestar más al Dáilerrin y su auditorio.

—Como decía Zahg —encadenó Sotkins\mbox{—,} nuestro nuevo Dáilerrin es nada
menos que Keil Zerfskit, el heredero de Fárrigan.

Y el hermanastro del maestro Áynorin, añadí para mis adentros. Se oyeron
las campanas del Templo y de pronto Laya se sobresaltó, horrorizada.

—¡Por todos los dioses! Tenemos clase con la maestra Kima. ¡Vamos a
llegar tarde!

Angustiada, se precipitó hacia la Pagoda, se paró, se giró y dijo:

—¡Me alegra volver a veros por aquí, Shaedra y Aryes! Revis, Kajert,
Galgarrios, daos prisa. Los demás kals seguro que ya habrán llegado.

—La maestra Kima es una fanática de la puntualidad —nos dijo Revis a
modo de explicación, antes de dirigirse hacia la Pagoda.

—De alguien ha tenido que sacar Rúnim ese carácter tan perfeccionista
—masculló Zahg, divertido, mientras Laya y Galgarrios subían
azoradamente las escaleras de la Pagoda Azul seguidos por Revis y
Kajert\mbox{—.} Desde luego, prefiero mil veces el maestro Dinyú a esa maestra
—prosiguió el elfo oscuro\mbox{—.} Kima ha estudiado tanto har-kar como
nosotros o menos. Y de energía bréjica creo que tampoco debe de saber
gran cosa —añadió, dirigiéndose a Aryes\mbox{—.} Me temo que no va a durar
mucho en su puesto.

La gente que había estado escuchando al Dáilerrin empezó a desperdigarse
por toda la plaza, comentando el discurso y volviendo a sus casas y a
sus trabajos. Sotkins declaró que aún tenían tiempo libre y nos sentamos
en un banco, a charlar, pese al frío.

—¿Así que ya sois cekals? —les pregunté a ambos.

La belarca mostró una sonrisa satisfecha.

—Ajá. Hasta recibí los honores de los maestros de la Pagoda —alardeó,
contenta.

—Pero creo que el nuevo Dáilerrin no ha entendido para qué sirven los
cekals —refunfuñó Zahg\mbox{—.} Este condenado Zerfskit ha decidido mandarnos
con nuestro maestro y unos cuantos cekals más a Yurdas, a la Pagoda de
la Lira, según él para que aprendamos a conocernos mejor. —Soltó una
risita sarcástica y puso cara de desagrado\mbox{—.} Dicen que esa ciudad es
aburridísima.

—Según el Dáilerrin se trata de un intercambio para reforzar los lazos
entre las pagodas —explicó Sotkins, resoplando\mbox{—.} Odio las formalidades.

Entonces empezaron a contarnos las novedades de Ató y Aryes y yo los
escuchamos con interés, dándonos cuenta de que en unos meses habían
pasado muchas cosas. Que si tal zapatería había quebrado, que si
Taetheruilín había fabricado una maravillosa espada para un príncipe de
Iskamangra, que si el terremoto y los líos que había habido en la fiesta
estival de Musarro… Hasta comentamos burlonamente la polémica entre el
Dáilorilh y otro orilh sobre si nos venía un Ciclo de la Bondad o un
Ciclo del Hielo. Llevábamos quizá media hora charlando cuando apareció
por una calle un tiyano que vestía una túnica verde azulada bastante
extravagante. Detrás de él andaba, imponente, la terrible Yeysa.

—Nuestro maestro —declaró Sotkins, reprimiendo una mueca burlona.

—Parece simpático —observó Aryes, ladeando la cabeza.

—Si supieseis todas las tonterías que dice… —murmuró Sotkins\mbox{—.} Pero lo
peor no es eso —añadió, en voz baja\mbox{—.} Lo peor es que nos han metido a la
vaca en nuestro grupo.

Reprimí una sonrisa compasiva y, después de desearles una buena lección,
los observé alejarse hacia su maestro y Yeysa. Esta última seguía
teniendo la misma cara de bruta de siempre, pensé.

Una vez que estuvimos solos Aryes y yo, dejé escapar un suspiro.

—Es tranquilizante pensar que todos tenemos nuestros pequeños
problemas —dije, mientras recogía a Frundis de detrás del banco. Unos
sonidos melódicos de acordeón atravesaron mi mente.

—También es tranquilizante oírte decir que los nuestros son problemas
pequeños —replicó Aryes con una mueca divertida.

—No te creas —dije, con tono ligero\mbox{—.} Las cosas van mejorando. Tengo
noticias de Kyisse: está totalmente curada —anuncié. Aryes resopló,
aliviado y contento\mbox{—.} Pero tenemos un problema —agregué antes de que él
comentase nada\mbox{—.} El capitán quiere salir mañana para Aefna, pero resulta
que Spaw ha salido de Aefna para Ató y quiere que lo esperemos aquí.

Aryes permaneció pensativo unos segundos.

—Y, claro está, no podemos decir nada de todo esto.

—No —suspiré\mbox{—.} No nos creerían. Aunque… —Me golpeé los labios con el dedo
índice\mbox{—.} ¿Crees que puedo hacerle creer al capitán que he tenido una visión
divina? Al fin y al cabo, somos los Salvadores…

—Una idea maravillosa —aprobó Aryes, burlón\mbox{—.} Y de paso lo convences
de que vuelva a los Subterráneos y se olvide de la expedición Klanez
—Meneó la cabeza\mbox{—.} Me temo que eso es imposible. Hablando en serio,
siempre podemos salir hacia Aefna. Si Spaw ya ha salido de la capital,
quizá no está muy lejos y nos lo cruzamos por el camino. Creo que será
lo mejor.

Enarqué una ceja socarrona.

—Decir que Spaw está viajando por el camino es mucho suponer
—repliqué\mbox{—.} Spaw a veces tiene ideas peregrinas. Sobre todo que al
parecer lo están persiguiendo unos demo… —Me interrumpí de golpe e inspiré
hondo. La plaza estaba vacía en aquel instante, vale, pero era mejor
acostumbrarse a no hablar demasiado, me sermoneé.

Aryes había fruncido el ceño, entendiendo que me refería a los demonios
que habían estado cazando a Spaw en Dumblor… antes de que este se
teletransportase a la sala de ceremonias del palacio repleta de gente.

—Espero que sepa lo que hace llevándose a Kyisse con esa gente que lo
anda buscando —meditó al fin.

—Mm —asentí. E hice una mueca, imaginándome a Spaw, con Kyisse sobre
los hombros, corriendo mientras unos demonios vengativos lo perseguían.

—Por cierto —dijo Aryes, devolviéndome a la realidad\mbox{—,} he estado
pensando… —Enarqué una ceja falsamente impresionada y él puso los ojos
en blanco\mbox{—.} Me pregunto cómo demonios vamos a encontrar a los abuelos de
Kyisse. Si viven en una ciudad, a lo mejor es fácil, pero si viven
escondidos en las montañas…

Aryes tenía razón. Si Nawmiria y Sib vivían en algún lugar apartado, a
lo mejor nos llevaba años encontrarlos, pensé, desanimada. ¿Acaso
merecía la pena andar preocupados por dos Klanez que tal vez no
encontrásemos nunca?

—Boh —resoplé al cabo, despejando mi mente de todos esos
pensamientos\mbox{—.} Fue Lénisu el que prometió que llevaría a Kyisse con sus
abuelos, no yo. No voy a estar viajando por toda la Tierra Baya y
arrastrando a Kyisse adonde vaya. —Marqué una pausa, mordiéndome el
labio pensativa\mbox{—.} Lo ideal sería que el capitán Calbaderca y Lénisu
fuesen juntitos en busca de los abuelos. Al fin y al cabo, ambos son
capitanes por algo.

De hecho, ¿los Sombríos no le llamaban a Lénisu capitán Botabrisa? Pues
que los dos capitanes fuesen a buscar a Nawmiria, a Hilo y lo que se les
antojase y dejasen a Kyisse tranquila, pensé.

Aryes se rió.

—Al final nos vamos a hartar de tanta historia y vamos a mandarlos a
todos a freír sapos en el río.

—Cualquier día —aprobé\mbox{—.} A la pobre Kyisse ya la han mareado bastante
la Fogatina y sus amigos como para que la mareemos también nosotros con
unos abuelos que jamás ha visto —argumenté\mbox{—.} Y nosotros llevamos meses
fuera de Ató. A veces, hay que serenarse. Recuerdo lo que dijo un día
Frundis: cuanto más se corre a todas partes, menos se sabe y menos en
cada parte cabe.

\emph{«Buena memoria»},
dijo Frundis con tono aprobador. Había amainado su
música de acordeón, al advertir que hablaban de él.

—Un proverbio bastante enigmático —observó Aryes, entretenido.

—Los proverbios de Frundis son un poco largos —admití.

\emph{«Pero suenan bien»},
repuso inmediatamente el bastón con aire grave, convencido de que sus
proverbios eran cuanto menos más elaborados que los de Syu.

—Hay otra cosa de la que no te he hablado todavía —dije entonces,
recordando\mbox{—.} Se trata de Mártida…

Me interrumpí, al ver una figura embozada aparecer por la plaza. Me
llamó la atención su andar. Agrandé los ojos. Se dirigía hacia nosotros.
Y entonces alcancé a ver los ojos violetas y me levanté de un bote.

—Pero ¿te has vuelto loco? —pregunté, aterrada.

Lénisu hizo una mueca.

—Tal vez. No encuentro la caja de tránmur —contestó por toda
explicación.

En ese instante, un copo de nieve cayó del cielo, revoloteando en el
aire.

\chapter{Cartas de desconfianza}
\label{s:8}
—Vaya lío —suspiré, sentada en el borde de la ventana\mbox{—.} ¿Realmente
miraste todos los resquicios de todos los pisos?

Nos habíamos refugiado en mi cuarto del
\emph{Ciervo alado},
pasando
discretamente por el patio de soredrips. Lénisu estornudó ruidosamente
antes de contestar.

—De todos —aseguró\mbox{—,} menos arriba del todo, ¿no vas a decirme ahora
que subiste hasta la cima de la Pagoda para esconder la caja? —soltó
Lénisu, incrédulo.

—No creo —admití.

—¿No estás segura?

Solté un gruñido.

—No. Cuando la escondí, la anrenina intentaba matarme y no estaba
precisamente como para pensar con claridad. Pero creo que no me habría
arriesgado a subir hasta arriba. No recuerdo bien lo que hice aquella
noche —confesé, algo molesta\mbox{—.} Te lo juro. Estaba como en una nube.

—Si estabas tan mal, ¿por qué complicarte la vida escondiendo una caja
que podías perfectamente haber dejado en tu terraza favorita? Qué ideas
—refunfuñó mi tío.

—Lénisu, no es culpa suya —terció Aryes, sentado en la silla\mbox{—.} Otra
cosa es que te moleste no encontrar la caja, pero echando la culpa a los
demás no se avanza.

—Por no mencionar que precisamente cambié de lugar la caja porque
sabía que iban a limpiar la terraza —me defendí, afilándome las garras
mientras contemplaba de reojo la nieve que cubría lentamente los
tejados. ¿Dónde demonios podía estar aquella caja?

—Perdón, Shaedra —suspiró Lénisu\mbox{—.} No es culpa tuya. Ahora me doy
cuenta de mi tontería. Jamás debí haber movido esa caja de Dathrun.

Me dolió su desconfianza pero, en cierto modo, me lo tenía merecido.
Además de utilizar aquella caja para un pacto con Drakvian, luego la
escondía y la perdía… Hice una mueca. Menuda sobrina más eficaz tenía
Lénisu.

—Perdóname a mí, tío Lénisu, a veces soy un desastre —dije, algo
compungida\mbox{—.} Pero no te preocupes. Encontraremos la caja —le aseguré,
intentando animarlo.

—Por curiosidad, ¿qué contiene exactamente esa caja? —preguntó Aryes,
tratando de no parecer demasiado entrometido.

Lénisu estornudó tres veces seguidas sobre su pañuelo y me deslicé hasta
el suelo con el ceño fruncido.

—No le contestes a Aryes todavía —dije, amenazante\mbox{—.} Voy a ponerte una
infusión caliente.

—¿Así que tú tampoco sabes…? —se extrañó Aryes.

—No —confesé, con la mano en el pomo de la puerta\mbox{—.} Me esperáis, ¿eh?

Abrí la puerta y al ver que Lénisu estaba a punto de estornudar otra vez
la volví a cerrar precipitadamente por miedo a que se lo oyese por toda
la taberna.

Resultó que en la cocina no había nadie en aquel momento. Aún no era la
hora de la comida, pero ya se estaba calentando la sopa. Wigy debía de
estar con sus amigas y Kirlens jugaría sin duda su partida diaria.
Procurando no hacer ruido, aparté la olla de la sopa y puse a calentar
agua. Me metí luego en la despensa y me dirigí hacia las bolsitas de
hierbas aromáticas. Entre ellas, encontré unos pequeños frascos con
plantas medicinales. Escogí dos hojas de uno de los frascos, las olí y
aprobé con la cabeza. De vuelta a la cocina eché las hojas en el agua
que empezaba a hervir. Rellené un bol con la infusión, cogí una bandeja,
la rellené de comida y volví a dejarlo todo como lo encontré, antes de
subir de nuevo las escaleras hasta mi cuarto.

Llamé a la puerta con mi bota y Aryes me abrió. Al ver el manjar que le
llevaba, el rostro de Lénisu se iluminó.

—¡Esto sí que es comida! —exclamó, mientras tendía las manos hacia la
bandeja, hambriento.

Sonriendo de oreja a oreja, mi tío cogió el tenedor y empezó a comer.

—¿Dónde está Miyuki? —pregunté, volviendo a sentarme sobre el borde de
la ventana. Los tejados estaban cada vez más blancos.

—Se fue a Kaendra.

De asombro, perdí el equilibrio pero me retuve hincando mis garras en el
borde de la ventana.

—¿A Kaendra? —preguntó Aryes, sorprendido.

—Eso me dijo —asintió Lénisu, arrancando un buen trozo de pan con los
dientes.

Fruncí el ceño.

—¿Miyuki ya estuvo en la Superficie, verdad?

—Hace muchos años —asintió él, lacónico. Una sombra pasó por sus ojos.
La expresión de su rostro en aquel momento me recordó a Kwayat.
Carraspeó\mbox{—.} Bueno, estábamos hablando de la caja.

—La caja —afirmé\mbox{—.} Sí, y luego te hablaré de Mártida.

Lénisu tuvo un leve sobresalto y luego hizo una mueca, molesto.

—¿Te ha contado lo del trato, verdad?

—Oh, sí, el trato —confirmé\mbox{—.} ¿Y tú ya le has explicado lo de Hilo?

Lénisu puso los ojos en blanco.

—Por supuesto —replicó\mbox{—.} Se lo dije en cuanto me lo preguntó.

—¿De qué habláis? —intervino Aryes, perdido.

Se lo explicamos brevemente y el kadaelfo se quedó reflexionando un buen
rato mientras Lénisu y yo comentábamos algunos puntos sobre la vida de
Jaixel y los Hullinrots.

—Si queréis saber mi opinión… —dijo entonces\mbox{—,} el trato no me convence
para nada. ¿De veras no te importa que Mártida sondee tu mente, Shaedra?

Me encogí de hombros.

—No es mi mente. Es la filacteria de Jaixel.

—Está metida en tu mente —objetó.

Me removí, incómoda.

—Sí.

Intercambiamos una mirada. Estaba claro que la idea de que Mártida
utilizase sortilegios bréjicos en mi mente no le agradaba. Y él conocía
mucho mejor la bréjica que yo…

—¿De veras crees que puede haber un riesgo? —preguntó Lénisu,
súbitamente preocupado. Había posado la bandeja sobre la mesa, después
de haber tomado su infusión y parecía que su resfriado iba mejor.

—No lo sé —confesó Aryes\mbox{—.} Márevor Helith decía que los Hullinrots
eran muy buenos brejistas. A lo mejor soy demasiado desconfiado.

—Mártida no quiere quitarle la filacteria —apuntó Lénisu\mbox{—.} Según dice,
claro. Se supone que lo que quiere es simplemente examinar. ¿Crees que
eso puede ser peligroso?

Aryes meneó la cabeza.

—No lo sé —reconoció\mbox{—.} La bréjica a veces es muy traicionera. Pero antes habría
que cerciorarse de que Mártida sólo quiere examinarla.

Me estremecí. Era una mala idea dejar que te examinase alguien en cuyas
intenciones no confiabas… ¿Acaso tenía yo una buena razón para confiar
tan ciegamente en Mártida hasta el punto de dejarla meterse en mi
mente?, me pregunté. Me había dejado convencer porque Lénisu él mismo
parecía haber dado el visto bueno al asunto. Sin embargo… Lénisu también
cometía errores. En fin, siempre estaba a tiempo de echarme para atrás,
recordé.

—La verdad yo sólo pensaba en que una vez que Mártida hubiese
examinado la filacteria nos dejarían por fin en paz esos malditos
Hullinrots —admitió Lénisu, con aire sombrío\mbox{—.} Mártida parece una
persona respetable, pero hace tiempo que no me fío de las apariencias,
debería haber sido más precavido.

—Bueno, a lo mejor Mártida es realmente una persona sincera
—intervine\mbox{—.} Pero, volvamos al tema de la caja, que por eso te has
metido en Ató. Ahí sí que deberías haber sido más precavido —apunté.

Lénisu resopló, divertido.

—No vayas a darme lecciones de prudencia, querida sobrina.

—He tomado una decisión —dije\mbox{—.} Voy a ir a buscar la caja esta misma
noche y tú te vas a quedar en mi cuarto. Afuera hace un frío de mil
demonios.

Lénisu no parecía convencido.

—¿Y adónde vas a ir? Ya me conozco el tejado de la Pagoda como mi
propia mano. No la vas a encontrar ahí.

—Voy a intentar recordar dónde la dejé —repliqué.

—Entonces, cuando lo recuerdes, ya iré yo a buscarla. Y si no la
encuentro, te prometo que te dejaré registrar todos los tejados de toda
Ató que hayan sobrevivido al terremoto.

Lo observé con detenimiento.

—¿Tan importante es la caja?

Lénisu hizo una mueca pero no contestó. Entonces Aryes intervino:

—Esperemos que una noche baste para encontrarla. El capitán Calbaderca
quiere irse mañana.

—Pero Spaw está viniendo hacia aquí con Kyisse —añadí.

Lénisu me miró, atónito.

—¿Cómo lo sabes?

Me ruboricé pero antes de que yo contestase, recordó sin duda a aquel
demonio que me había acogido en su comunidad.

—Ya… —Reflexionó durante unos segundos y entonces volvió a estornudar
y soltó un gruñido\mbox{—.} Maldito resfriado.

Se me había ocurrido hablarle de lo de los Veneradores de Numren y de
Murri y Laygra, sin embargo entendí que no era el mejor momento para
preocuparlo todavía más. Así que me aparté de la ventana.

—Túmbate y descansa —le aconsejé\mbox{—.} No te preocupes, encontraré tu
caja.

Lénisu me echó una mirada escéptica mientras me dirigía con Aryes hacia
la puerta. Y curiosamente, cuando me giré, una sonrisa había empezado a
flotar sobre sus labios.

—Hilo, la caja, la piedra azul… Últimamente lo pierdo todo.

Reprimí una mueca. A quién lo dices, pensé mentalmente.

—Mientras no te pierdas tú —dije, burlona\mbox{—.} ¿No necesitas que te
traiga algo? ¿Más comida?

—No, he comido suficiente —me aseguró.

Tuve una idea y sonreí. Me acerqué y dejé a Frundis entre sus manos.

—Para que te haga compañía.

Su mueca sorprendida me hizo gracia.

—Gracias, sobrina.

Lénisu levantó una mano, saludándonos y Aryes y yo salimos del cuarto.
Cuando volví, cinco horas más tarde, lo encontré, tendido en mi cama con
muy mal aspecto. Puse una mano fría sobre su frente sudorosa. Su fiebre
me dejó asustada. Murmuró algo pero sólo alcancé a entender dos
palabras: «nuestra caja».

\nopagebreak \bigskip {\centering{$\spadesuit$} \par} \smallskip

La espesa cortina de nieve me ocultaba totalmente. Nadie podía verme y…
yo no podía ver a nadie.

Arrimada al muro de la Pagoda, pegué un salto y me agarré a las vigas
de la primera planta. Trepé y eché un vistazo. Apenas se veían las
ventanas y los balcones más cercanos. Me dejé caer sobre el tejado,
reforzando otra vez el sortilegio de armonías, por si acaso.

Me pasé más de un cuarto de hora registrando el primer tejado y sus
resquicios. Nada. Subí al segundo tejado, procurando no meter ruido. Mis manos
estaban agarrotadas por el frío, me fijé. ¿Por qué nunca se me había ocurrido
comprar unos guantes de invierno?

Syu había tenido razón en no acompañarme: mi expedición parecía
totalmente inútil. Llegué a los últimos tejados de la Pagoda sin
encontrar nada. Fui incluso hasta arriba del todo… Al final tuve que
reconocerlo: ahí no estaba la caja de tránmur.

Fui a sentarme en uno de los balcones inferiores y me acurruqué para
protegerme del viento. Hice un esfuerzo de memoria. Pero era como tratar de
perseguir un sueño perdido. ¿Dónde la había metido?, me pregunté. ¿A quién se
le ocurría esconder algo y luego no acordarse del escondite?, refunfuñé
mentalmente.

A menos que alguien la hubiese cogido.

Ese pensamiento había ido insinuándose poco a poco en mi mente. Pero,
¿quién iba a pasearse por los tejados de la Pagoda y casualmente
encontrar la caja? A menos que yo, aquella noche, hubiese decidido
finalmente esconderla en otro sitio que la Pagoda…

Entonces, lentamente, fue surgiendo un recuerdo. Me aferré a él,
tratando de reconstruirlo. Como en un sueño, vi dibujarse en mi mente
una ventana. ¡Claro!, me dije, con la mirada fija en la barandilla del
balcón. Por supuesto. Y me levanté de un bote. Había escondido la caja
\emph{dentro}
de la Pagoda.

Volví a subir hasta la tercera planta, escondí mis garras y rocé una
de las ventanas. La empujé. Estaba cerrada. Qué sorpresa, me dije,
irónica. Empecé a tantear las otras ventanas. Todas eran pequeñas,
aunque lo suficientemente anchas como para que pudiese deslizarme. Pero
evidentemente todas estaban cerradas. Al fin, topé con lo que buscaba:
un balcón con macetas llenas de karolas nevadas. Vacilé. Detrás de la
puerta que daba al balcón se situaban las habitaciones del Dáilerrin.
Iba a ser imposible abrir esa puerta sin que el Dáilerrin se despertase…

Tendí una mano hacia la puerta y traté de envolverla en armonías
silenciosas. Mientras tanto, intentando no perder la concentración, giré la
manilla para comprobar si la puerta estaba cerrada. Lo estaba. Saqué
entonces un trocito de metal de mi bolsillo. Daelgar se habría reído de
mí, pensé, mirando mi instrumento. No era lo óptimo, pero serviría.

Dos minutos más tarde estaba dentro de la Pagoda Azul en la oscuridad.
El viento se infiltró, haciendo revolotear unas hojas en un escritorio…
Volví a cerrar la puerta, me fundí entre las sombras y me escondí junto a un
armario. Esperé. La habitación en la que estaba era una especie de despacho.
No se oía más que los crujidos de la madera bajo las aburridas ráfagas de
viento.

Había dejado la caja de tránmur encima de un gran armario, recordé. En
una habitación llena de cajas y pergaminos. Debía de ser la sala de
registros de la Pagoda, concluí. ¿Era acaso posible que hubiese tenido
una idea tan loca? Me alucinaba a mí misma, pero ahora mis recuerdos
eran demasiado realistas para poder convencerme de que me los había
inventado.

Estuve a punto de cometer un gravísimo error. Estuve a punto de levantarme.
Pero me paralicé al percibir un movimiento. Una sombra muy leve con camisón
blanco se había detenido junto a la puerta del balcón. Era una semi-elfa. Se
cercioró de que la puerta estaba cerrada y se alejó. Silenciosa como un
fantasma, salió de la habitación. Supuse que no me había visto, pero aun así
esperé un rato a que se hubiera alejado.

¿Y si me pillaban dentro de la Pagoda a estas horas indebidas, y en las
habitaciones del Dáilerrin? Hice una mueca. Más me valía ser prudente.
Me levanté y me dirigí hacia donde había desaparecido la semi-elfa para
asegurarme de que no estaba tendiéndome una trampa. Entonces la vi,
entre la penumbra, sentada en una cama. Aquella niña debía de ser la
hija de Keil Zerfskit, elucubré. Paseé la mirada por la habitación donde
estaba yo y me fijé en una puerta. Debía de conducir al pasillo del
tercer piso. Tardé quizá diez minutos en llegar a ella, envolviéndome en
armonías casi a cada paso. Tenía toda la noche para coger la caja, me
dije, intentando tranquilizarme. Si me pillaban, en cambio, iba a tener
graves problemas. Oí una inspiración que no era la mía. Me quedé
paralizada. Lentamente, me giré hacia atrás.

La semi-elfa me contemplaba, medio escondida detrás de una planta.
Temblaba de miedo.

—Válgame el cielo —susurré.

\chapter{Una noche eterna}
\label{s:9}
—¿Qu… Quién eres? —preguntó la semi-elfa con una vocecita.

Levanté las manos para calmarla, mientras soltaba un sortilegio armónico
para deformar mi imagen a sus ojos.

—Tranquila, simplemente vengo a recoger algo que me pertenece.

Soltó un pequeño grito de espanto.

—¿Eres una alma cambiante que viene a asesinar a mi padre?

En otras circunstancias, habría estallado de risa. Sin embargo, en ese
momento, su pregunta me dejó pasmada.

—¿Qué? ¡No! No me has escuchado. Siento haberte molestado. No chilles.
Sólo estoy buscando un objeto que dejé en la tercera planta y olvidé
recoger.

Traté de infundir en mi tono serenidad y franqueza.

—¿Eres un duende? —preguntó entonces la elfa, con una credulidad que
me dejó impresionada. Poco a poco, salió de su escondite\mbox{—.} Tienes un
aura que te ilumina como a un duende.

¿Realmente tenía pinta de duende?, me pregunté, curiosa. En todo caso,
mi sortilegio armónico había surtido efecto.

—Duerme en paz —le anuncié, intentando deformar mi voz\mbox{—.} No volverás a
verme —le prometí.

—¡Espera! —me dijo, mientras retrocedía yo con cautela\mbox{—.} Conozco las
historias. Todo aquel que ve a un duende en apuros y no lo ayuda, acaba
teniendo una muerte atroz. Te ayudaré a recuperar tu objeto —declaró con
una voz infantil.

Reprimí un inmenso suspiro de exasperación. Pero no era el momento de
comenzar una discusión así que realicé un pequeño paso de baile y
canturreé la famosa frase mágica:

—Sigue al hada, y tendrás suerte. Pero que nadie nos vea —añadí.

—Nadie nos verá —susurró la niña, mientras se acercaba\mbox{—.} Mi padre está
en una cena con el Mahir. La última vez volvió casi a la mañana. ¿Dónde
está tu objeto?

—En el registro.

Ella asintió enérgicamente, abrió la puerta y la seguí. Mi tallo
energético iba consumiéndose muy poco a poco. En teoría, podía mantener
la ilusión bastante tiempo, pero todo dependía de mi concentración… El pasillo
estaba a oscuras. Varias puertas daban a salas y dormitorios. Y a la
izquierda, estaba el registro.

La semi-elfa se paró y me sonrió.

—Espera aquí, duende —susurró\mbox{—.} Voy a coger la llave. Seguro que está
en la habitación de mi padre.

Supuse que el nuevo Dáilerrin había preferido dejarle la habitación con
el balcón a su hija. Cuando desapareció la muchacha, me quedé inmóvil
durante unos segundos… ¿Y si la semi-elfa corría ahora a avisar a todo
el mundo de que una ladrona se había metido en la Pagoda? No quise
arriesgarme. Metí el trozo de hierro en la cerradura y empecé a girarlo
como me había enseñado Daelgar… Me desesperé un poco, la ilusión
armónica se deshizo… Entonces la puerta se abrió. Me deslicé por la
abertura y miré hacia adentro. Sí, era la sala que andaba buscando.
Estaba totalmente desordenada. Había varios armarios, rulos de
pergaminos, cajas clasificadas… Subí a una mesa y, con un simple
vistazo, la vi. Ahí estaba la maldita caja, sonreí.

Trepé por el armario, tratando de no dejar demasiadas marcas con mis
garras, cogí la caja y me dirigí hacia la estrecha ventana. La abrí y me
deslicé sobre el tejado. En ese mismo instante, la semi-elfa empujó la
puerta. En su mano tenía una llave. Me aparté prestamente de la ventana
e inspiré hondo, tumbada sobre el tejado nevado.

—¿Duende? —preguntó la voz de la niña en un murmullo decepcionado.

Me dolió un poco el corazón tener que abandonarla de manera tan poco
elegante, y se me ocurrió una idea. Me puse a canturrear por lo bajo
un pequeño estribillo:
\begin{verse}
Niña-duende, ven aquí, \\
di un deseo y vuelve a dormir.

\end{verse}
—¿Duende? —Se había acercado a la ventana y pude percibir claramente
la esperanza que brillaba en su voz\mbox{—.} ¿Puedo verte otra vez?

—¿Ese es tu deseo?

—No. —Hubo un silencio y entonces dijo, en una voz tan baja que apenas
la oí\mbox{—:} Quiero que mi padre vuelva a ser feliz. Ya que los muertos no
pueden volver a vivir.

Cerré los ojos. ¿Por qué demonios se me había ocurrido eso de los
deseos?

—Ese es un deseo que va más allá de mis poderes —contesté\mbox{—.} En cambio,
tú puedes hacerlo feliz.

—¿Yo? ¿Cómo?

Me puse a canturrear:

\begin{verse}
Haz como el duende, \\
ríe de día, \\
canta de noche, \\
y ama la vida. \\
Mas nunca digas \\
que has visto a un duende. \\
¡Adiós, amiga!

\end{verse}

Mientras cantaba alegremente, me fui alejando de la ventana y me envolví
otra vez entre armonías. Bajé por los tejados, cargada con la caja.

\nopagebreak \bigskip {\centering{$\spadesuit$} \par} \smallskip

Cuando pasé por la ventana de mi cuarto, Lénisu seguía durmiendo. Syu,
acurrucado en su jergón, se levantó al oírme llegar.

\emph{«¿Qué tal estaba la nieve?»},
preguntó el mono, burlón, al verme
totalmente hundida.

Hice una mueca.
\emph{«Fría.»}

Dejé la caja de tránmur sobre la silla, me quité la capa y me incliné
hacia mi tío.

\emph{«Ha estado delirando durante horas»},
me informó Syu, acercándose y
sentándose al pie de la cama.

\emph{«Ya no tiene fiebre»},
observé, pasando una mano helada sobre su
frente.

En ese instante, Lénisu abrió los ojos.

—Shaedra —soltó, como sorprendido\mbox{—.} ¿Qué…? —Paseó la mirada por mi
cuarto y frunció el ceño\mbox{—.} Vaya. Ya es de noche.

—Desde hace unas cuantas horas —contesté\mbox{—.} ¿Qué tal estás?

—Mejor —contestó, enderezándose\mbox{—.} Mucho mejor que antes.

Se sentó en la cama y entonces vio la caja.

—¡Shaedra! —exclamó, incrédulo\mbox{—.} No puedo creerlo.

Sonreí y le pasé la caja. Mi tío la cogió con cariño, la sopesó y dijo
con un deje emocionado en la voz:

—¿Puedes encender la lámpara, por favor?

Corrí las cortinas e hice lo que me pedía. La luz iluminó el cuarto.
Lénisu quitó la tapa y me senté junto a él, curiosa.

Debajo de la tapa, había un collar negro adornado con piedras azules y otra
tapa con una cerradura. Lénisu cogió el collar y lo contempló unos instantes,
como verificando que era el auténtico, antes de dejarlo sobre la cama.
Entonces empezó a palpar todos los bolsillos. Supuse que estaría buscando la
llave. De un bolsillo sacó la piedra de luna, de otro una cajita con aguja e
hilo, y fue así sacando todas sus pertenencias, dejándome completamente
anonadada. Había una pequeña barra de metal, dos cartas, seguramente las de
Wanli y Keyshiem, una especie de pequeño catalejo, una lupa, dos pañuelos,
unos dardos que vibraban de energía brúlica, una piedra de pólvora para hacer
fuego…

—¿Pero cómo podías estar durmiendo cómodamente con tanta cosa?
—pregunté, alucinada, mientras seguía Lénisu buscando su llave y
mascullando entre dientes.

—¡Ahahá! —dijo entonces\mbox{—.} Aquí está la condenada.

Me enseñó una pequeña llave y la metió en la cerradura. Sentí una viva
curiosidad por saber lo que había dentro. Lo cierto era que no se me
ocurría qué podía guardar Lénisu ahí que fuera tan importante. Pero lo
que vi me dejó algo sorprendida. La caja estaba medio vacía y, a primera
vista, no entendí por qué pesaba tanto. Había un librito de tapa
desgastada, un pergamino rojo meticulosamente enrollado, un sobre y una
placa circular con brillos metálicos de unos diez centímetros de diámetro.

—Ya lo ves —declaró Lénisu\mbox{—.} Esto es todo lo que queda de mi pasado.
—Echó otro vistazo a la caja y recapacitó\mbox{—:} No está nada mal.

Cogió la placa. Aquello era lo que pesaba, entendí. Sondeé el objeto,
intrigada. Era una mágara. Pero de ahí a saber para qué servía…
Lénisu cerró los ojos. Lo observé y carraspeé.

—Bonita placa —solté\mbox{—.} Pero ¿para qué sirve exactamente? ¿Y por qué
guardas en una caja de tránmur un sobre, un pergamino rojo y un librito?

Lénisu abrió los ojos y sonrió.

—¿A que es bastante misterioso, eh? —Puse los ojos en blanco\mbox{—.} Te lo
explicaré. El libro es un diario de viajes. El pergamino rojo es…
—vaciló— una especie de estudio breve aunque muy interesante. Y el
sobre tiene una carta destinada a la cofradía de los Sombríos.

Su explicación, más que aplacar mi curiosidad, la avivó.

—¿Y la placa? —pregunté.

Lénisu cogía ahora la pieza metálica con sus dos manos y la miró con
suavidad.

—Esto, Shaedra, es el corazón de Álingar. Con él puedo saber dónde
está Hilo. Más o menos.

Me atraganté con la saliva y tosí, alternando la mirada entre la pieza
y Lénisu.

—El corazón de Álingar —repetí\mbox{—.} ¿Y eso también lo encontraste en la
Mazmorra de la Sabiduría?

El rostro de Lénisu se ensombreció.

—No. El corazón de Álingar se lo robé a Derkot. El Nohistrá de
Dumblor.

Suspiré. Lo suponía. La historia de Hilo venía de lejos.

—¿Por eso te desterró? —pregunté.

—No —dijo una vez más Lénisu\mbox{—.} Bueno. No fue la razón principal.

—Cuando hablé con el Nohistrá, me dijo que jamás te había desterrado
—apunté, recordándolo de pronto.

Lénisu se encogió de hombros.

—Cada uno tiene su punto de vista. ¿Cuánto tiempo falta para que
amanezca? Quisiera presentarte alguno de estos objetos.

Sonreí.

—Unas cinco horas. ¿Será suficiente?

Lénisu hizo una mueca.

—Creo que sí. Pero así y todo hay que activar el corazón para
averiguar dónde está Hilo y tengo que salir dos horas antes del alba
para un asunto.

Enarqué una ceja, sorprendida.

—¿Necesitas mucho tiempo para activar el corazón?

Lénisu soltó un gruñido.

—No es tan fácil manejar una reliquia —repuso\mbox{—.} Bueno. Ya que estamos
con el corazón de Álingar… —Vaciló\mbox{—.} Quiero enseñarte algo. Cógelo —me
dijo, tendiéndome la pieza metálica.

Agrandé los ojos y Syu hizo una mueca.

\emph{«Yo que tú no lo tocaría»},
me dijo el mono.
\emph{«Tiene mal aspecto.»}

A pesar de su advertencia, cogí el corazón de Álingar. Su contacto era
curiosamente cálido.

Sonreí y razoné:
\emph{«Bueno, no parece tan dañino, Syu. A veces las
apariencias engañan.»}

—¿Lo notas? —preguntó Lénisu.

Lo miré sin entender.

—¿El qué?

Mi tío suspiró y tendió una mano sobre la pieza metálica. Sentí de
pronto una oleada energética invadirme. Era un poco como si Jirio me
hubiese soltado una descarga. Syu carraspeó con ironía.

—¿Qué es esto? —jadeé.

—Es la energía del corazón —dijo sencillamente Lénisu\mbox{—.} Lo que pasa es
que a veces es un poco tímido.

—¿Tímido? Lénisu, estás hablando de una mágara —le recordé, escéptica.

—Er… sí. Quiero decir que el corazón a veces no funciona —explicó, más
razonable\mbox{—.} La última vez que lo utilicé falló catorce veces antes de que se
activase. Ahora parece estar más animado.

Puse los ojos en blanco. Lénisu hablaba del corazón de Álingar como si
fuese un ser vivo. Me cogió la placa de las manos y la volvió a colocar
en la caja de tránmur como un niño que colecciona piedras bonitas.

—Por el momento, ya te he hablado suficiente del corazón —decidió.
Entonces sacó el sobre y el pergamino. Me miró de hito en hito y
sonrió a medias\mbox{—.} Quiero que me prometas algo. Si muero, entrega este
sobre a Néldaru Farbins.

Se me heló la sangre en las venas al oírlo hablar así.

—¿Cómo que si mueres? —repliqué, nerviosa\mbox{—.} No me engañes, Lénisu,
después de haber salido tres veces de los Subterráneos, creo que estás
totalmente inmunizado contra la muerte —añadí, tratando de distender el
ambiente.

Lénisu, sin embargo, estaba totalmente relajado.

—Claro, no te azores, estoy hablando de una simple posibilidad —me
aseguró\mbox{—.} Ya sabes que yo soy bastante prudente. O al menos no soy tan
inconsciente como Dash —rectificó, al ver mi expresión poco convencida\mbox{—.}
Simplemente te pido una promesa: entregarle esto a Néldaru Farbins.
Supongo que te acordarás de él, es aquel esnamro bastante feo que os
secuestró en las Hordas.

—Sí, lo recuerdo. También lo vi en Aefna —le dije. Se quedó mirándome,
expectante, y suspiré resignada\mbox{—.} Está bien. Lo prometo. Pero deja ya de
ser tan dramático, Lénisu. La vida es demasiado corta para pensar en la
muerte —declaré con tono sabio.

Lénisu enarcó una ceja, burlón.

—¿Eso te lo ha dicho Syu?

Sonreí, contenta.

—No, me lo acabo de inventar.

\emph{«¿Qué tal te parece mi nuevo proverbio, Syu?»},
le pregunté al mono. Este asomaba la cabeza sobre los bordes de la caja,
curioseando.

\emph{«Mm. No está mal»},
confesó.

Lénisu apartó a Syu con la mano y volvió a meter el sobre en la caja.

—Bien —acabó por decir\mbox{—.} Simplemente añadiré que preferiría que no
leyeras la carta. Es un asunto aburrido entre Sombríos. Pasemos al
pergamino.

Contempló durante un momento el pergamino rojo y alzó sus ojos violetas
hacia mí.

—Este, en cambio, recomiendo que te lo leas. Habla de nigromancia.
Y fue escrito por tu madre.

\nopagebreak \bigskip {\centering{$\spadesuit$} \par} \smallskip

Cuando Lénisu se marchó, noté que a su andar le faltaba energía, pero
sabía que era inútil intentar convencerlo de que se quedara. En cuanto
estuve sola, me precipité hacia la caja y deslicé la primera tapa. Lénisu se
había llevado el collar negro, contentándose con decirme que este pertenecía a
un Sombrío; no había querido ser más explícito. Cogí la llave y la metí en la
cerradura. De la caja, Lénisu también se había llevado el misterioso
diario de viajes. A saber lo que contenía. Con el dedo índice, toqué
prudentemente el corazón de Álingar. Tan sólo noté su contacto cálido.

Cogí el pergamino rojo. Aparté la caja y desenrollé la hoja con cuidado.
Fruncí el ceño al ver la escritura poco legible. Empecé a leer con
avidez. Más que un estudio, se trataba de un informe en el que se
describía la vida de los nigromantes en Neermat. Subyacía en las frases
una condena clara de las prácticas nigrománticas. Al llegar al final,
sonreí, divertida. Me pareció del todo irónico que el pergamino
estuviese dirigido al Nohistrá de Dumblor. Al fin y al cabo, era nada
menos que un nakrús. Novato, pero nakrús.

Cuando lo hube releído, volví a colocar el pergamino en la caja y la
cerré, pensativa. Así que la historia de la que había hablado Mártida
tenía una parte de verdad: Ayerel Háreldin había estado en Neermat, y
durante bastantes meses, a juzgar por el estudio exhaustivo. Pero aparte
de eso, no había aprendido gran cosa. Me encogí de hombros y bostecé.

\emph{«Menudo desastre»},
suspiré, tumbándome en la cama.
\emph{«El sol va a salir y yo no habré dormido nada.»}

Frundis, en mi mano, hacía resonar un coro con varias voces infantiles.

\emph{«Eso te pasa por salir cuando ningún gawalt sensato saldría»},
replicó Syu sabiamente.

\emph{«Lo sé. Pero no ha sido en vano»},
relativicé, animada.
\emph{«He cantado como un duende, casi me mato por los tejados y he encontrado una
caja con papeles y un trozo de metal.»}

Syu me dedicó una sonrisa de mono.

\emph{«Una noche épica, como diría Frundis.»}

\chapter{Media vuelta}
\label{s:10}

Refunfuñé, malhumorada, mientras salía de la cocina. Apenas había
dormido, y mi sueño había sido agitado. Primero, había estado el
Dáilorilh asegurándome que se avecinaba un Ciclo de la Bondad mientras Kyisse
me estiraba de la manga, diciéndome
\emph{“Klanezjará”}.
Luego había
estado corriendo con Syu por los bosques de Ató en busca de una caja con
plátanos. Pero resultaba que los plátanos hablaban y ni Syu ni yo nos
atrevíamos a comerlos. Con tanto sueño, tenía la sensación de no haber
dormido nada. No conforme con eso, Kaota me había despertado en un
sobresalto llamando a mi puerta y diciéndome que en un cuarto de hora
salíamos de Ató. Y al fin, para rematarlo todo, a Frundis le había dado
por darnos los buenos días con una música espantosa que, por lo visto,
lo tenía entusiasmado desde hacía horas. Apenas tuve tiempo de vestirme,
robarle un panecillo a Wigy y despedirme de Kirlens a toda prisa.

Le pegué un mordisco al panecillo de Wigy y me dirigí hacia la mesa
donde estaban los Espadas Negras, listos para el viaje. Las demás mesas
estaban todas vacías.

—¿Dónde están Srakhi, Dashlari y Mártida? —preguntó el capitán, con el
ceño fruncido.

Nadie lo sabía. Menos yo, claro. Lénisu se los había llevado aquella
misma noche para ir a buscar a Hilo. Cuando le había recordado, burlona,
la promesa que le había hecho a Fahr Landew, mi tío había replicado que
cada cosa se hacía en su tiempo. Por supuesto. Hilo pasaba antes.

Cuando Kitari volvió de los cuartos vacíos de Srakhi, Dashlari y
Mártida, el capitán Calbaderca se levantó.

—En marcha —declaró simplemente.

Mientras nos dirigíamos hacia la puerta, levanté una mano de saludo
hacia Kirlens. El tabernero me contestó con un movimiento grave de
cabeza. Como no había tenido tiempo de ocultar otra vez la caja de
tránmur, se la había dado a él, diciéndole que se trataba de un regalo
importante para mí. Lamentaba tener que despedirme de él de manera tan
precipitada. Sin embargo, me dije, más animada, iba a volver más pronto
de lo que Kirlens esperaba. ¿Dónde andarían Spaw y Kyisse?, me
pregunté. Tal vez a la altura de Belyac… O más allá. Quién sabía cuánto
tiempo había tardado Zaix para hablarme.

Miré la calle. Estaba totalmente nevada. Y el cielo apenas empezaba a
iluminarse.

\emph{«Al menos se ilumina»},
dijo Syu, sobre mi hombro.

\emph{«Cierto»},
convine.
\emph{«Y además está despejado.»}

Subimos por el Corredor, pasamos por la Transversal y bajamos por la
calle del Sueño, que desembocaba en la ruta hacia Belyac y Aefna.
Avanzábamos en silencio. Manchow, curiosamente, estaba sombrío, como si
la idea de volver a Aefna lo desanimase un poco. Aedyn, en cambio,
rebosaba de energía y caminaba delante con paso firme. Shelbooth
avanzaba, medio dormido, y Ashli, Kaota y Kitari parecían contentos,
mirando su entorno como para grabar Ató en su memoria. Cuando llegamos
abajo de la calle fruncí el ceño, extrañada.

—¿Dónde está Aryes? —pregunté.

Al capitán se le escapó un suspiro irritado.

—Se supone que debería estar aquí.

Observé, divertida, cómo Shelbooth levantaba los ojos hacia el cielo. Ni que
Aryes estuviese siempre levitando, pensé.

—Va a ser que a él también lo hemos perdido —observó Ashli
alegremente\mbox{—.} ¿Vamos a buscarlo a su casa?

Ashli, desde que habíamos salido a la Superficie, estaba todavía más
animada que de costumbre.

—Ya voy yo —declaré.

Finalmente, me acompañaron Kaota y Kitari. Cuando llegamos ante la
carpintería Dómerath, ya se oían los ruidos de la sierra contra la
madera. El padre, desde luego, era madrugador.

No quería despertar al resto de la familia, así que subí por los tejados
hasta el cuarto de Aryes. Miré por la ventana y fruncí el ceño. La cama
estaba hecha, el cuarto estaba ordenado y no había ni rastro de Aryes.

\emph{«Y yo que pensaba que debía de estar en la Quinta Esfera»},
les dije a Syu y a Frundis, algo perpleja.

Finalmente, decidimos preguntar. Llamé a la puerta de la carpintería y
Radboldis Dómerath abrió. Puso cara sorprendida al vernos.

—Buenos días y perdón por interrumpir su trabajo —le dije, con un
saludo respetuoso\mbox{—.} Estamos buscando a Aryes. ¿Por casualidad no sabrá
dónde se ha metido?

—¿Aryes? —repitió él, con el ceño fruncido\mbox{—.} Hace como media hora que
se ha ido. Creía que ya estaríais fuera de Ató.

—Er… Entonces a lo mejor nos hemos cruzado sin vernos —le dije,
dedicándole una sonrisa inocente, y junté las manos en un saludo\mbox{—.}
Gracias.

Me alejé con Kaota y Kitari y suspiré. Era imposible que nos hubiésemos
cruzado: hacía menos de un cuarto de hora que llevábamos buscándolo.

—Regresemos adonde el capitán —propuso Kaota\mbox{—.} Tal vez haya llegado de
mientras.

Asentí y nos dirigimos otra vez hacia la calle del Sueño. Cuando el
capitán nos vio aparecer sin Aryes, su rostro se ensombreció… para
aclararse unos segundos después. Sus ojos miraban un punto a mis espaldas.
Intrigada, me giré y solté una carcajada al ver que Aryes y Spaw bajaban
la calle.

—¡Aquí me tenéis! —exclamó el demonio con una ancha sonrisa\mbox{—.} Y con
una capa nueva —apuntó, mostrándola con evidente satisfacción.

Sonreí. A su capa verde le faltaban los desgarrones y los parches, pero,
por lo demás, era exactamente igual que la anterior.

—¡Spaw! Qué alegría volver a verte —rió Manchow, con entusiasmo,
mientras le daba un abrazo efusivo. Reprimí una carcajada. Así era
Manchow.

—Lo mismo digo —replicó Spaw, con una mueca cómica, mientras le
devolvía el abrazo con cierta torpeza.

En ese momento, Shelbooth se repuso de su asombro.

—¿Cómo demonios es que estás en Ató cuando Shaedra nos decía que
estabas en Aefna? —preguntó.

—Er… —contestó Spaw.

Pero el capitán Calbaderca no lo dejó continuar.

—¿Dónde está Kyisse? —inquirió.

—Oh, durmiendo como el agua en un lago, pero viva como una gacela
blanca —contestó Spaw, con aire poético\mbox{—.} Llegamos anoche, muy tarde, y
como no sabía que estabais en Ató, fuimos a un albergue. —Se giró hacia
mí\mbox{—.} El lugar se llama la
\emph{Mantícora peluda},
creía que era el albergue donde vivías, pero al parecer me he
equivocado, ¿verdad?

Me golpeé la frente con el puño.

—La
\emph{Mantícora peluda}
no tiene nada que ver con el
\emph{Ciervo alado}
—me reí\mbox{—.} ¿En serio entraste en ese sitio?

—Ese albergue tiene mala reputación —explicó Aryes.

—¿Oh? —se sorprendió Spaw e hizo una mueca mascullando\mbox{—:} Pues no era
precisamente barato.

—¿Dónde está ese albergue? —preguntó el capitán Calbaderca.

—En la calle Transversal —contesté.

Mientras el capitán Calbaderca y los demás daban media vuelta, ansiosos
de comprobar que efectivamente la Flor del Norte estaba viva y tan
cerca, Spaw clavó sus ojos negros en los míos y percibí un leve destello
que me intrigó.

—Finalmente, todo parece arreglarse —observé.

—Desgraciadamente, no todo —replicó él. Y miró al grupo\mbox{—.} ¿Dónde está
Lénisu?

Le dediqué una sonrisa burlona, intercambié una mirada con Aryes y, sin
contestar, comenté:

—Bonita capa.

\emph{«Bah. No tan bonita como la mía»},
opinó Syu con tono objetivo.

\nopagebreak \bigskip {\centering{$\spadesuit$} \par} \smallskip

Cuando aparecí, media hora más tarde, en el
\emph{Ciervo alado},
Kirlens se quedó naturalmente muy sorprendido. En la taberna ya había
algún que otro cliente que venía a desayunar pero dejó de atenderlos
para precipitarse hacia nosotros.

—¿Qué ha ocurrido? —preguntó.

Me contenté con sonreírle y apartarme para dejarle ver a Kyisse.

—Te presento a la Flor del Norte.

Kirlens miró a la niña, que estaba muy seria, y su rostro se enterneció.
Kyisse todavía no había dicho ni una palabra y me preocupaba un poco su
estado, aunque Spaw afirmaba que no se había vuelto muda y que su
comportamiento se debía simplemente a la conmoción que le había
producido ver el cielo.

—Hola —le dijo Kirlens, agachándose para estar más a su altura.

La niña, sin una palabra, ladeó la cabeza con interés y tendió una mano
para cogerle la barba al buen tabernero. Enseguida uno de sus amigos
parroquianos soltó una mofa pero Kirlens sonrió, cogiendo a la niña en
brazos.

—Así que tú eres la pequeña Kyisse legendaria, ¿eh? ¿Pero a que no
habías visto una barba como la mía?

Entonces Kyisse se echó a reír y Spaw resopló.

—Yo que hice todas las payasadas del mundo para intentar hacerla reír
un poco, y llega ese grandullón y…

Masculló entre dientes y no acabó la frase.

Desde la aparición de Spaw y Kyisse, el capitán Calbaderca se había
relajado a ojos vistas. Nos sentamos todos a una mesa a festejar la
buena noticia y Kirlens nos invitó, diciendo que los dioses le habían
devuelto a su hija más pronto de lo previsto. Me sonrojé levemente,
emocionada, al oírlo llamarme hija.

Desayunamos como reyes y charlamos alegremente, sin preocuparnos de
leyendas, ni de abuelos, ni de nada. Poco a poco, la mesa se fue vaciando.
Aedyn y Ashli se fueron de compras al mercado; Manchow quiso ir a dar un
paseo, pero como nadie se apuntó se marchó solo; y Shelbooth, que no
había dormido en toda la noche, se fue a su cuarto arrastrando los pies.
Me dio cierta envidia, pero sabía que aún no era el momento de
descansar. Primero tenía que hablar con Spaw. Este, sentado en una
esquina de la mesa, había permanecido callado durante casi todo el rato,
escuchando atentamente las conversaciones y sonriendo a cada observación
de Manchow.

Me levanté para recoger los platos y Aryes y Spaw me ayudaron. Kyisse se
deslizó hasta nosotros y apareció por la cocina, dando brincos felices.
Soltó en tisekwa:

—Me gusta este mundo.

Sonreí. En ese momento, Wigy apareció por las escaleras con una escoba
entre las manos. Detalló con la mirada a Spaw y a Kyisse y soltó un
gruñido.

—Veamos, ¿quién se ha ocupado de la niña? —preguntó.

Spaw se designó con el pulgar.

—Yo.

Wigy lo fulminó con la mirada e hice una mueca compasiva.

—¡Ah! —dijo, con una voz no muy agradable\mbox{—.} Pues podrías haberla
lavado un poco. Tiene toda la cara sucia. Ven —le ordenó a Kyisse.

La niña me miró, aprensiva, pero le sonreí, alentadora.

—No te preocupes, Kyisse. Wigy también me perseguía con la jaboneta a
mí, y sobreviví. —Le eché una mirada burlona a mi hermana\mbox{—.} A duras
penas, eso sí.

—¡Shaedra! —gruñó Wigy\mbox{—.} Deberías tener más respeto y dar el ejemplo.

Kyisse intervino, señalando su vestido inmaculado.

—Estoy limpia —dijo, con una vocecita convencida.

Wigy suspiró, se avanzó con su escoba y tendió una mano, cogiendo el
largo pelo negro de Kyisse.

—¿Y esto está limpio también? —inquirió, escéptica.

La niña le dedicó una sonrisa inocente. Unos instantes después Wigy
estaba calentando agua para llenar la bañera, mientras Spaw, Aryes y yo
salíamos por el patio de los soredrips con el corazón ligero. Frundis
estaba componiendo y sonaban en mi mente unas trompas poco enérgicas.

\emph{«Hoy estás de capa caída»},
observé.

\emph{«¿Yo?»},
se indignó Frundis.
\emph{«Imposible. Lo que pasa es que estoy ensayando simplemente un trozo de
una sinfonía magistral»},
explicó con aire profesional.
\emph{«Pero si prefieres oírla entera…»}

Y entonces dio rienda suelta a su sinfonía magistral, que nos entusiasmó tanto
a Syu como a mí.

Spaw, Aryes y yo estuvimos charlando tranquilamente, empezamos hablando
del tiempo, y acabamos alabando el talento extraordinario de Frundis, el
cual, al oírnos, se animó tanto que empezó su orquesta de rocarreina y
me pidió que lo tendiese a Spaw para que la escuchase.

Pasamos por el mercado y nos cruzamos con Ashli, quien acababa de
comprarse un pañuelo azul con encajes por cinco kétalos… Saludamos a
Deria y le presenté a Spaw, prometiéndole que pronto llevaría a Kyisse a
casa de Dol. Luego, mientras Spaw escuchaba la composición de Frundis,
fuimos hasta la casa de Aryes, para que este informase a su familia que
aún seguía en Ató. Y finalmente, bajamos los tres el Corredor hasta el
puente de piedra.

—¡Auténtica sinfonía! —exclamó Spaw, entusiasmado\mbox{—.} Frundis es un
verdadero genio. —Me tendió otra vez el bastón\mbox{—.} Por cierto, ¿todavía no
ha aparecido Drakvian?

Hice una mueca y negué con la cabeza. En el Bosque de Piedra-Luna,
Drakvian nos había dicho que no nos preocupásemos por ella; sin embargo,
me hubiera gustado saber si había salido ya de los Subterráneos.

—Esa vampira es dura de roer —me aseguró Spaw, tranquilizador. Despejó
de nieve un pequeño espacio del pretil y se sentó ágilmente. Echó un
vistazo hacia el Trueno e hizo una mueca\mbox{—.} Las aguas estas están más
agitadas que el Aluer —dijo, refiriéndose al río que hacía de frontera
entre Ajensoldra e Iskamangra.

Sonreí y me senté también.

—En Ató decimos siempre: «No existe el juego en el Trueno».

—Por eso tú jugabas todos los días en Roca Grande —replicó Aryes
burlón.

Pasaron tres guardias por el puente y callamos, observando la colina de
Ató y las aguas que se arremolinaban, oscuras y frías. Entonces, cuando
estuvimos otra vez solos, Spaw soltó:

—No sé si recordarás, Shaedra, aquel simpático Askaldo que quiso
hacerte beber ese zumo de ortigas azules un día de primavera.

Sonreí y luego fruncí el ceño.

—¿Él es quien te persigue? —pregunté\mbox{—.} Creía que me perseguía a mí,
por lo de la poción de Seyrum.

—¿Te ha hecho algo ese demonio? —inquirió Aryes, al ver que Spaw
permanecía pensativo.

—A mí no, no le he dejado —dijo, sonriente. Su sonrisa se borró y
preguntó\mbox{—:} ¿Shaedra te contó todo sobre Askaldo, verdad?

Aryes enarcó una ceja hacia mí y yo asentí.

—Todo lo que sé —aprobé.

—Bien. Pues como sabéis, Askaldo está muy enojado con su cuerpo
mutado. No logra aceptarse y cree que es posible volver a curarse con
otra poción. Ha estado buscando a un demonio alquimista para encargarle
una poción de esas.

Palidecí al oír su tono sombrío.

—¿Lunawin? —pronuncié, con la boca seca.

Spaw asintió.

—Mandó a uno de sus esbirros a casa de Lu. Y ella le contestó que con sus años
ya no era capaz de hacer una poción tan compleja. No sé si será verdad, pero
en todo caso Askaldo se lo tomó mal y no la creyó. —Hizo una mueca\mbox{—.}
Entonces, yo llegué con Kyisse de los Subterráneos. Lu se ocupó de ella y la
curó. Entretanto, me explicó su problema con Askaldo. Y una noche, se me
presentó un sirviente de Ashbinkhai. —Suspiró\mbox{—.} Es lo que tiene Aefna, hay
demasiados demonios al tanto, y Ashbinkhai enseguida se enteró de que yo había
vuelto. El Demonio Mayor me mandó uno de sus sirvientes para regañarme,
diciéndome que había incumplido el trato y que quería verme. Estaba claro que
yo, como templario, había incumplido mi trabajo. Cómo no lo iba a saber yo.
—Meneó la cabeza con una sonrisa irónica\mbox{—.} No podía estar vigilando a Askaldo
desde los Subterráneos —razonó con un gesto de impotencia.

Parpadeé, sobrecogida.

—¿Y finalmente fuiste a ver a Ashbinkhai? —pregunté.

—Pues claro. Un templario tiene que atender a sus clientes insatisfechos
—sonrió\mbox{—.} Desgraciadamente, cuando fui a verlo, también estaba su hijo.
Ashbinkhai me soltó un sermón, yo me disculpé, y entonces me perdonó a cambio
de que aceptase un nuevo trato: que ayudase a Askaldo a encontrar un método
para quitarle esos horribles pinchos que le han salido por la cara. Al
parecer, han estado creciendo mucho estos últimos meses y Askaldo está
desesperado. Hasta me dio un poco de pena —confesó.

Hice una mueca y me sentí algo culpable. Ojalá Zoria y Zalén jamás me
hubiesen hecho beber aquella botella de «zumo míldico» en Dathrun…

—¿No aceptaste, verdad? —interrogó Aryes.

Spaw hizo una mueca y carraspeó.

—Acepté. Acepté ayudarlo para quitarle esos pinchos. No me quedaba
otra si quería que Ashbinkhai siguiera reclamando mis servicios. Pero
entonces Ashbinkhai, que sabe muy bien que Lunawin fue mi instructora y
que me hospeda cuando voy a Aefna, me pidió que la convenciese de que
hiciera una poción para su hijo. Me negué. Persuadir a la gente que haga
algo no entra en mis competencias, y menos si se trata de mi abuela
—refunfuñó\mbox{—.} Si Lu no quiere hacer esa poción, es que debe de tener buenas
razones.

Sonreí. Cuanto más conocía a Spaw, mejor me caía.

\emph{«Tiene principios»},
aprobó Syu.
\emph{«Eso es esencial en un gawalt.»}
Y entonces el mono se bajó de mi hombro.
\emph{«Voy a ver el bosque, a ver si ha cambiado»},
me dijo.

Le deseé un buen paseo y escuché las palabras de Aryes:

—Supongo que a Ashbinkhai no le gustó tu respuesta.

—Bueno. Respetó mi rechazo —contestó Spaw, tras una ligera vacilación\mbox{—.} Pero me
dijo que Lu ya había creado pociones del estilo y que si Lu seguía negándose y
los pinchos de su hijo no se iban, tomaría una decisión.

Enarqué una ceja.

—¿Cuál?

Spaw se encogió de hombros.

—No lo dijo, pero su tono me dejó claro que había tomado el partido de
su hijo. Lo cual es normal, se está convirtiendo en un verdadero
engendro.

—Tremendo… —resopló Aryes, tratando de imaginarse seguramente el aspecto de
Askaldo.

Spaw puso los ojos en blanco.

—El problema es que Askaldo se empeñó entonces en acosar a Lunawin para que le
preparase la maldita poción. Cada día, mandaba a uno de sus esbirros para
intentar convencerla, pero yo no le abría la puerta. —Hizo una mueca
incómoda\mbox{—.} Entonces las cosas se torcieron. Una noche, Askaldo mandó a varios
mercenarios para llevarse a Lu y forzaron la entrada. Yo intenté cortarles el
paso y herí a varios de esos canallas con mi daga… Se enfurecieron mucho.
—Hice una mueca al tratar de imaginarme la escena\mbox{—.} Entonces… Kyisse salió de
la cocina. En realidad, creo que fue lo que vio ahí lo que la hizo enmudecer,
y no tanto el cielo —confesó, sombrío.

—¿Qué pasó luego? —lo animé, mordiéndome el labio por la tensión.

—Kyisse soltó un sortilegio de luz. Empezó a brillar de tal manera que ya
ninguno veíamos nada. Yo corrí hacia ella para apartarla de ahí pero entonces
oí varios ruidos de cristales rotos. Fue idea de Lu. Tiró unas de sus botellas
de sansil. Las reconocí de inmediato, y ya sabéis, una vez que se respira eso…
Me metí en la cocina a toda prisa con Kyisse y Lunawin. —Inspiró hondo y
terminó diciendo rápidamente\mbox{—:} Luego saqué a Kyisse y a Lu por la ventana y
salimos los tres de Aefna. Y Lu me insistió para que la acompañase hasta la
casa de un amigo suyo cerca de Ató.

De pronto, se ruborizó, nos miró y resopló.

—Vaya. Perdón por haberos metido todo este rollo.

\emph{«¿Rollo? ¡Es una historia fascinante!»},
dijo Frundis, listo a halagar a quien había halagado tanto su orquesta
rocarreina.

—¿Qué ocurrió con los que os atacaron? —pregunté tímidamente.

Spaw se encogió de hombros, con la mirada fija en las aguas del Trueno.

—Lu dijo que, con toda probabilidad, se pasarían horas durmiendo en la Quinta
Esfera.

Enarqué una ceja. Definitivamente el sansil era un producto muy fuerte,
me dije, sorprendida.

—Hubiera podido ser peor —relativizó Aryes.

Spaw asintió.

—Sí, pero aun así será mejor que me marche hoy mismo. No quiero atraeros
problemas. A veces, cuando un protector tiene enemigos, mejor que esté lejos
de su protegida —añadió, sonriente. Suspiró\mbox{—.} En fin. Al menos Kyisse estará a
salvo con vosotros.

—¿Por qué no le contaste todo esto a Zaix? —pregunté. Aún no salía de
mi asombro.

Spaw agrandó los ojos y me miró como si me hubiera vuelto loca.

—¿Contarle esto a Zaix? Ni se te ocurra. No, todo esto no tiene nada
que ver con él. Y con vosotros tampoco, en realidad, pero vosotros
sois…

—Amigos —completé, con una sonrisa sincera, al verlo vacilar.

Spaw esbozó una sonrisa.

—Y mira que conoceré a gente a la que he llamado amiga —dijo\mbox{—,} pero,
es curioso, sé que en vosotros puedo confiar más que en cualquiera. —Se
pasó una mano por la cabeza, molesto por su franqueza\mbox{—.} Esto… Voy a
marcharme de aquí en cuanto haya comido algo digno de un demonio.

Solté una risita burlona.

—Entonces, volvamos al
\emph{Ciervo alado}.
Wigy y Kirlens han alimentado a un demonio desde hace tiempo y nunca he
pasado hambre.

Spaw puso los ojos en blanco.

—No sabes la suerte que tienes —me aseguró\mbox{—.} Sakuni y Zaix son unos
cocineros desastrosos. Menos mal que yo aprendí rápido a hacer sopas de
puerros negros. Me salen exquisitas.

—Pues espero que te salgan mejor que tu plato extraño de zanahorias
con berenjenas —carraspeó Aryes.

Nos echamos a reír y nos levantamos del puente para dirigirnos otra vez
hacia Ató. Frundis, a mi espalda, estaba adormilándose entre flautas y
murmullos de agua.

—Por cierto —dijo Spaw\mbox{—.} Todavía no te he dicho. Se supone que ahora
soy tu instructor, Shaedra. —Di un respingo, atónita, y él puntualizó\mbox{—:}
Bueno, tu instructor provisional. Hasta que Zaix encuentre a otro
instructor… o hasta que Kwayat recapacite y cambie de idea. En fin, de
todas formas, ya le dije a Zaix que era muy probable que por el momento
no tuviese tiempo para lecciones.

Meneé la cabeza, sorprendida.

—Bueno. Siempre es reconfortante tener a un instructor —dije, burlona.

Spaw enarcó una ceja.

—¿Aun si se marcha justo después de haberte dicho que lo era?

No pude evitar sonreír.

—Aun así —afirmé.

Seguimos andando un rato en silencio y entonces Aryes tomó la palabra.

—Dime, Spaw, ¿adónde piensas ir?

El demonio se pasó una mano por su capa, quitándole un poco de nieve,
antes de contestar:

—A buscar un libro titulado
\emph{Cremdel-elmin nárajath}.

\chapter{Salvajes}
\label{s:11}

Una vez Kyisse a salvo entre nosotros, el capitán Calbaderca no parecía
tener tantas prisas por moverse de Ató. Creo que le tenía respeto a la
nieve y al frío que hacía. Y tenía razón: era una locura marcharse los
dioses sabían adónde a buscar a los abuelos de Kyisse cuando el invierno
se nos venía encima.

Spaw se había marchado en el único día azul de aquella semana. Me dolía
imaginármelo avanzando entre una tormenta de nieve, aunque todo aquello
tenía sus ventajas: sus perseguidores perderían su rastro totalmente.

Los días pasaron, fríos, turbulentos y nevados. Aryes y yo tardamos toda
una semana en decidirnos a hablar con la maestra Kima para que nos
aceptase en sus lecciones. Entretanto, pasamos mucho tiempo en la
taberna del
\emph{Ciervo alado}
y en casa de Dolgy Vranc, vagueando,
hablando, contando historias de Ajensoldra a los dumbloranos y de los
Subterráneos a los habitantes de Ató. Además, pude al fin hablar con
todos y cada uno de los kals de mi año, incluida Marelta, aunque esta se
contentó con saludarme con indiferencia y marcharse. Ávend parecía
haberse recuperado de su mal humor. Y Yori estaba más arrogante que
nunca. En cuanto vi a Salkysso, pensé en la rocaleón que había cogido
expresamente para él en los Subterráneos… pero enseguida recordé que
había perdido la piedra junto a mi mochila naranja. Bah, me dije. Otra
vez sería. Total, con la suerte que tenía, a lo mejor acababa otra vez
en los Subterráneos dentro de unos meses.

Wigy se había encariñado con Kyisse. Decía que era un bicho raro, con
aquellos ojos dorados y ese vestido blanco que no se quería quitar, pero
aseguraba que era muchísimo más formal y manejable que yo. Claro. Afuera
hacía frío y nevaba. Yo también, durante los inviernos, solía ser
bastante formal, pensé.

En cuanto a Taroshi, me rehuía a todas horas. Pasaba la mayor parte del
tiempo en la Pagoda y con sus amigos y volvía a la taberna para la cena.
No me reconfortaba saberlo debajo del mismo techo, pero aparte de
marcharme del
\emph{Ciervo alado}
yo no podía hacer nada.

Cuando dejó de nevar, un viento helador empezó a soplar. Era cansino
oírlo golpear contra las ventanas e infiltrarse entre los resquicios de
las puertas. Hasta Frundis, sin quererlo, comenzó a imitar el ruido y Syu
y yo nos quejamos y esperamos silenciosamente que no se le ocurriese
componer ninguna sinfonía con crujidos de madera y silbidos de viento.

El tercer Garra de Coralo, subí sola la cuesta hasta la Pagoda Azul para
recibir mi primera lección con la maestra Kima. Por suerte, el capitán
Calbaderca había entendido que, en Ató, eso de escoltar a unos simples
kals de la Pagoda no se llevaba. Es más, era totalmente ridículo, ya que
no corríamos ningún peligro. Libres de sus obligaciones, Kaota y Kitari
habían decidido esa misma mañana recorrer los alrededores de Ató,
ansiosos por ver más mundo.

Absorta en mis pensamientos, resbalé sobre el hielo y me caí de
bruces. Hice una mueca que se transformó en una sonrisa tonta. Eso de
que no corría ningún peligro era mucho decir.

Me despegué de la nieve y pasé una mano distraída por mi capa violeta
antes de seguir subiendo por el Corredor. Era pronto y todavía no había
mercado, pero ya se veían tenues luces tras las ventanas de las casas.
Llegué a la plaza, con pasos prudentes. El viento azotaba toda la colina
como si estuviese intentando aplanarla. Entonces vi a Aryes subir las
escaleras de la Pagoda levitando, para evitar el hielo que se había
formado. Reprimí una sonrisa y cuando llegué al pie, solté:

—Buenos días.

Aryes se giró, sorprendido y sonrió al verme posar un pie prudente sobre
el primer peldaño helado.

—¿Quieres que te ayude?

—No —dije con decisión\mbox{—.} Allá voy.

Aryes enarcó una ceja, mirándome detenidamente mientras yo subía con
cautela, sacando las garras de mis manos por si acaso.

—Veo que ya te has caído de camino —observó\mbox{—.} Tu capa está hundida.
—Me dio la mano cuando había llegado casi arriba y añadió, burlón\mbox{—:} Te
vas a congelar.

—Por si no lo recuerdas, tengo sangre de dragón —repliqué\mbox{—.} Los
dragones nunca se congelan.

El kadaelfo puso los ojos en blanco.

—Por supuesto.

Entramos en la Pagoda. Íbamos con antelación, pero es que no queríamos
llegar con retraso a nuestra primera lección con la maestra Kima. Ya
habíamos defraudado bastante a la Pagoda.

Nos metimos en la sala destinada al har-kar y nos sentamos a esperar. El
viento ululaba y la madera crujía. Una repentina racha hizo temblar las
ventanas y agrandamos los ojos.

—Esta vez vamos a salir de Ató con Pagoda incluida —resopló Aryes.

De pronto una silueta familiar pasó silenciosamente por el pasillo. Al
vernos, el maestro Áynorin soltó una exclamación. Ya nos había dado la
bienvenida días antes, pero apenas habíamos podido hablar con él y me
alegré de verlo.

—¡Buenos días! —exclamó, entrando en la sala\mbox{—.} ¿Qué tal han dormido
los dos aventureros? ¿No habréis soñado con monstruos y esqueletos?

Su rostro de elfo oscuro se iluminaba con una sonrisa franca. Nos
levantamos para saludarlo a la manera de Ató.

—Buenos días, maestro Áynorin —dijo Aryes.

—¿Qué tal estás? —pregunté.

Nuestro antiguo maestro se rascó la barbilla.

—Algo molesto, confieso. El nuevo Dáilerrin tiene demasiadas ideas.

Fruncí el ceño al verlo de pronto pensativo.

—¿Qué ha pasado? —pregunté.

Áynorin hizo una mueca elocuente.

—Bueno. Entre otras cosas, mi querido hermano quiere mandarme a Yurdas
a acompañar a una decena de pagodistas cekals y sustituirme con un nuevo
maestro.

Resoplamos, sorprendidos.

—No puede obligarte —protesté.

—Lo sé —replicó\mbox{—.} Los demás maestros se han negado a que me vaya y
ahora el Dáilerrin está que no sabe qué hacer.

Áynorin esbozó una sonrisa. El asunto parecía divertirlo más que
fastidiarlo.

—Ya es hora de que Keil Zerfskit se acostumbre a Ató —declaró.

Charlamos durante unos minutos de temas diversos. Así, supe que a Sarpi
la iban a nombrar vigilante de Ató. También nos habló de un snorí,
alumno suyo, increíblemente bueno en sortilegios de transformación, y de
otro, increíblemente malo en todo. Tenía ganas de hablar y parecía que se
había olvidado completamente de que él también tenía clase.

—Buenos días, maestro Áynorin —dijo de pronto una voz detrás de él,
interrumpiendo nuestra conversación.

Apareció la maestra Kima por la puerta y Áynorin puso los ojos en
blanco.

—Hola, maestra Kima —dijo, saludándola.

Ella entró seguida por los kals har-karistas. Laya, Galgarrios, Revis y
Kajert llegaban detrás, corriendo y resollando.

—¡Bueno! —dijo Áynorin con una gran sonrisa\mbox{—.} Tanto hablar y me olvido
de mis propios alumnos. ¡Buen har-kar a todos! Zurraos bien —añadió,
con una sonrisa burlona.

Lo saludamos reprimiendo sonrisas y él salió silbando tranquilamente
sin darse prisa alguna. La maestra Kima cruzó entonces la sala para ir a
apostarse delante de todos nosotros.

—Shaedra, Aryes —cuchicheó Laya\mbox{—.} Hay que ponerse en la fila.

Me fijé en que los har-karistas se habían ordenado en dos filas, como
si fuesen a iniciar ya los combates. Normalmente el maestro Dinyú
siempre empezaba contando alguna historia…

—Bien —dijo la maestra Kima, cuando sus alumnos estuvieron en su
sitio\mbox{—.} Buenos días a todos. Hoy vamos a aprender dos tipos de ataques
muy parecidos: el ataque Garra Negra y el ataque Estrella. Como habréis
visto, tenéis a dos nuevos compañeros —prosiguió\mbox{—.} Quiero que les deis
la bienvenida.

Los kals de primer año nos dieron la bienvenida con un saludo más
respetuoso de lo que me esperaba. Más de uno nos miraba de reojo, con
curiosidad.

—Aryes Dómerath, acércate —le pidió la maestra.

Aryes y yo intercambiamos una mirada aprensiva. El kadaelfo se avanzó.

—Ponte así. —Lo cogió por un hombro, colocándolo frente a ella\mbox{—.}
Quiero que los demás miréis atentamente.

Entonces entendí que la maestra Kima quería enseñar a sus alumnos el
ataque Garra Negra y las posibles defensas mediante una demostración.
Durante cinco minutos estuvo mareando a Aryes como a un muñeco y se
mostró bastante descontenta con la torpeza del kadaelfo. Hice unos
tremendos esfuerzos por no reírme.

Cuando la maestra lo dejó en paz, Aryes se atrevió al fin a explicarle
su problema.

—Er… maestra Kima —dijo, muy molesto, mientras los demás practicaban
el ataque Garra Negra\mbox{—.} No sé si sabrá pero… —Vaciló\mbox{—.} Verá, no soy
har-karista. Estudiaba bréjica con el maestro Dinyú, pero yo de ataques
Garra Negra y tal… no sé nada.

Menos manejar una lanza, añadí para mis adentros, muy divertida.
La elfa oscura tardó unos segundos en reaccionar.

—Oh —soltó\mbox{—.} No lo sabía. —Noté que se levantaban las comisuras de sus
labios pero se controló y puso cara decidida\mbox{—.} Entonces, te enseñaré
bréjica. Vuelve mañana, cuando haya preparado la lección.

Aryes esbozó una sonrisa y juntó las manos.

—Gracias, maestra Kima. Volveré mañana. —El kadaelfo me hizo un gesto
de despedida y se marchó.

En los días siguientes, me di cuenta de que las clases de la maestra
Kima eran radicalmente diferentes a las del maestro Dinyú, sencillamente
porque la maestra Kima tenía más bien poca idea de har-kar e intentaba
esconderlo con una cortina de solemnidad que no arreglaba nada. Y, por
lo visto, toda la Pagoda lo sabía pero, como no había llegado todavía el
maestro Ew, que era el que teóricamente debería estar dándonos clases,
la maestra Kima se quedaba y hacía lo que podía.

Aryes, por su parte, aprendía bréjica solo. Cada vez que salía de la
sala de har-kar, me lo encontraba sentado en alguna sala vacía de la
Pagoda, o en la biblioteca, sumido en la lectura o practicando
sortilegios. Cuando le pregunté si Kima lo guiaba en algo, contestó,
riendo:

—A lo mejor me guía, pero yo no me entero.

\nopagebreak \bigskip {\centering{$\spadesuit$} \par} \smallskip

Poco después de que volviese a recibir clases en la Pagoda, los Espadas
Negras fueron convocados por el Mahir. El capitán Calbaderca trabó
amistad con él y hasta les ordenó a Kaota, Kitari y Ashli que entrenasen
con los guardias del cuartel para que no cayesen
\emph{“en la molicie del ocio”}.
De modo que todos volvían tarde a la taberna, cansados pero
alegres. Incluso Manchow parecía estar muy ocupado.

El primer día de Saniava, desperté sintiéndome ligeramente nostálgica:
había soñado con que jugaba en Roca Grande con Aleria y Akín. Meneé la
cabeza, intentando no pensar en ellos. Después de todo, yo no podía
hacer milagros. Me estiré como un gawalt y agudicé el oído.

\emph{«¡Syu!»},
exclamé, sonriente.

\emph{«¿Mm?»},
dijo él, medio dormido en su jergón.

\emph{«El viento ya no sopla»},
expliqué.

\emph{«Mmpf. Razón de más para seguir durmiendo»},
replicó él, cerrando los ojos y tapándose otra vez con su manta.

Puse los ojos en blanco. El cielo empezaba a azularse y yo no podía
holgazanear como Syu: tenía que ir a la Pagoda. Así que me levanté de un
bote de la cama, me vestí y toqué a Frundis. Este estaba tan adormilado
como Syu. Y decir que Syu, antaño, se reía de mí porque dormía mucho…

Kirlens ya estaba de pie y lo saludé animadamente. Desayuné, charlé un
momento con él mientras amasaba el pan y me dirigí hacia la Pagoda como
todos los días, a las ocho campanadas levantinas. Cuando llegué, vi al
maestro Yinur hablando con una Laya asombrada y un Kajert pensativo.
Laya, al verme, se precipitó hacia mí.

—¡Shaedra! ¡La maestra Kima está enferma!

Más que pena, su rostro denotaba emoción ante una noticia tan
inesperada.

—Nada muy grave —aseguró el maestro Yinur\mbox{—.} No os preocupéis. Dentro
de unos días vendrá el maestro Ew. Normalmente tendría que haber llegado
ya hace cuatro meses —añadió con una mueca.

Poco después, salí de la Pagoda y levanté los ojos hacia el cielo. Era
un día perfecto para echar carreras. Sonreí animada y volví dando
brincos hasta la taberna. En el camino, Syu salió de un callejón sin
salida y saltó sobre mi hombro con agilidad.

\emph{«¿Tú no ibas a dormir más?»},
le pregunté, socarrona.

\emph{«Bah, no soy un oso lebrín»},
replicó.
\emph{«¿Qué ha pasado?»}

\emph{«La maestra está enferma. ¿Qué me dices si vamos al bosque y echamos
unas carreras?»},
pregunté.

Syu meneó la cola, contento.

\emph{«¿Con Frundis?»}

Resoplé.

\emph{«Por supuesto.»}

Pasé por la puerta de la taberna silbando alegremente. Saludé otra
vez a Kirlens y este, sentado con sus compañeros de cartas, enarcó una
ceja.

—¿Enferma? —dijo, al oírme\mbox{—.} Bawkis, ¿no decías que tu nieta también
está enferma?

—Sí —contestó su amigo, con una mueca, mientras jugaba una carta\mbox{—.}
La pobre se ha pasado delirando toda la noche y hasta hemos tenido que
despertar al maestro Yinur a las dos levantinas. Ese maestro sí que
tendría mi apoyo para que fuera Dáilerrin.

Bawkis tuvo una tos ronca y uno de sus compañeros tomó la palabra.

—Maldito invierno. Fríos y fiebres juntos van siempre.

En ese momento, hubo un estornudo y Kirlens me miró con el ceño
fruncido.

—¿No estarás enfermando tú también? —me preguntó.

Puse los ojos en blanco.

—Qué va. Ha estornudado Syu, no yo.

Noté las sonrisas de todos y me despedí de ellos para entrar en la
cocina. Ahí vi a Wigy con Satme y otra de sus amigas. Les di los buenos
días y, sin esperar más, corrí escaleras arriba, agarré a Frundis y salí
por el patio de los soredrips. Los tres árboles, deshojados, ocupaban el
patio vacío. Se me ocurrió ir a ver a Trikos en los establos. El
candiano se alegró de verme y hasta relinchó, contento, cuando Syu saltó
sobre su cabeza. Como las carreras podían esperar, me encargué de
cepillar un poco el pelaje del caballo, antes de salir del establo.
Pensé en ir a preguntarle a Deria, por si quería acompañarme, pero supuse que
estaría muy atareada con los juguetes y las cuentas. De modo que, sin más
dilaciones, me encaminé hacia el bosque al sur de Ató mientras Frundis cantaba
una larga balada. Llevábamos mucho tiempo sin echar carreras y Syu y yo
decidimos compensar. El mono ganó la primera carrera, pero yo le gané las dos
siguientes, y seguimos así, divirtiéndonos como dos pequeños gawalts.

Entonces, de repente, Syu recibió una bola de nieve. Solté una
enorme carcajada y el mono blanqueado me miró enfurruñado, pero
enseguida se apuntó a la batalla. Frundis empezó a llenar mi
campo de visión de bolas de nieve que llegaban de todas partes y gruñí
cuando me llegó de pleno una de verdad. Oí la risita del mono y amenacé
el bastón con dejarlo en la nieve si no dejaba de acribillarme con
ilusiones.

El sol había ascendido bastante desde nuestra primera carrera y,
hundidos como estábamos, empezábamos a pasar frío.

\emph{«¡Syu!»},
lo llamé, al ver que este desaparecía entre los árboles, con
otra pequeña bola de nieve en las manos.
\emph{«Creo que ya nos hemos hundido bastante…»}

Me paré en seco. Ante mí acababa de surgir una faingal encapuchada.
Frundis soltó un sonido discordante de violines.

—Buenos días —me dijo la extraña.

Tenía los labios coloreados de un rosa fosforescente y sus ojos verdes
me observaban como dos dagas penetrantes.

—Er… Buenos días —alcancé a decir.

Entonces la faingal me dedicó una sonrisa inquietante.

—Vas a venir conmigo. Askaldo quiere verte.

Mi corazón dejó de latir durante un segundo.

\emph{«¿Otra carrera?»},
sugirió Syu, nervioso, en alguna rama.

Eché a correr, siguiendo el ejemplo del mono gawalt. Sin embargo, apenas
me hube alejado unos metros, me detuve de golpe. Me cortaban el paso dos
demonios transformados que me enseñaban salvajemente sus dientes
afilados. Grité, pidiendo socorro.

\emph{«Syu, ¡corre!»},
le dije con apremio.
\emph{«¡Ve a avisar a Aryes!»}

La faingal, a mis espaldas, soltó un suspiro.

—Cogedla y larguémonos.

\chapter{Destello mortal (Parte 2: Tratos y confidencias)}
\label{s:12}

Todo mi cuerpo temblaba de frío, miedo y sufrimiento. Mientras caminaba
a duras penas, delante del filo de una espada, me volvía la imagen de
Frundis, abandonado en la nieve. Aún oía la voz siseante de uno de los
demonios que me amenazaba con su daga para que no gritase.

Perdí mi capa en la pelea. Y mi cinta azul. Y recibí un corte en el brazo que
se puso a sangrar, provocándome mareos de dolor. Por suerte, la faingal
intervino para que sus dos compañeros se serenasen un poco. Al menos, Askaldo
me quería viva. Eso era consolador.

¿Pero qué querría de mí?, me dije, atemorizada, mientras avanzaba,
apretando mi hombro derecho herido con fuerza. Reprimí unas lágrimas e
inspiré hondo, intentando que mi mente no zozobrase. A lo mejor Askaldo
se contentaba con que me saliesen pinchos en la cara como a él, esperé.
Quién sabe, tal vez se había resignado al no encontrar a Lu y había
decidido atiborrarme a zumos de ortigas azules para satisfacer su
consciencia.

Mi defensa había sido desastrosa. Lo único positivo era que Syu había
conseguido salvarse, pensé, aliviada.

\emph{“En un combate real, cualquier pensamiento fuera de lugar puede
provocar la derrota.”}

Parpadeé. Esta vez, no había sabido seguir el consejo del maestro Dinyú.
Me había dejado dominar por la desesperación. Se me habían paralizado
las manos y…

Noté la punta de un arma sobre mi espalda.

—Acelera el paso —me dijo la voz hosca de uno de los demonios.

Aceleré el paso. La faingal abría la marcha, y sus dos acompañantes la
cerraban, uno amenazándome y el otro borrando el rastro que dejábamos.
Ninguno de los dos había vuelto a su forma de saijit y, poco a poco, una
idea se infiltró en mi mente. Tal vez no pudiesen adoptar otro aspecto
que el de los demonios. Tal vez fuesen táhmars, pensé, mientras
avanzaba, titubeante, por el bosque nevado.

Anduvimos durante horas. Cualquier intento por dejar alguna huella fue inútil.
Tan sólo cayeron unas gotas de mi sangre en la nieve antes de que me
envolviesen precariamente el brazo con un vendaje chapucero. Cuando el sol
llegó a su cénit, yo estaba tan débil y congelada que era un milagro que
consiguiese avanzar.

No contestaron a ninguna de mis preguntas más que con amenazas para
hacerme callar, menos una vez en que la faingal soltó:

—Y qué sé yo lo que querrá de ti Askaldo, querida.

Pronto, sin embargo, dejé de preocuparme: mi capacidad de reflexión se
hacía añicos con cada paso que daba.

Estaba ensombreciéndose el cielo de nubes grises cargadas de nieve
cuando me desplomé, cayéndome de rodillas. Mi cuerpo temblaba
violentamente y la vista se me nublaba.

—¡Levántate! —ordenó una voz.

La rabia me invadió para esfumarse enseguida.

—No… puedo… más —jadeé.

La herida me hacía cada vez más daño, o eso me parecía. La nieve, fría al
contacto, despertó ligeramente mi mente. Cuando el táhmar me cogió del brazo
para levantarme a la fuerza, saqué mis garras y lo ataqué. Soltó un grito de
dolor y furia y me dio un brusco empujón que me tiró al suelo. Entre mi ataque
y la caída, el dolor de mi brazo se había hecho insoportable. En unos
segundos, sentí, más que vi, al táhmar levantar su espada con un rugido de
odio.

Entonces, la Sreda, que se agitaba desde hacía algún tiempo ya, se me
desató caóticamente. Intenté incorporarme torpemente mientras el táhmar
realizaba su estoque mortal…

—Garkorn —bramó entonces la voz de la faingal\mbox{—.} Contrólate, ¿quieres?
Es una demonio, no un nadro rojo.

La punta de la espada rasgó mi túnica pero se detuvo.

—Esta es la última vez que trabajo con vosotros —añadió la demonio,
irritada\mbox{—.} Showshen, átala. Garkorn la llevará a cuestas. Venga, daos
prisa.

El otro táhmar se aproximó a mí con una cuerda y lo observé, tendida en
la nieve. Seguía viva, me dije, algo sorprendida. Eso sí, mi Sreda
estaba totalmente descontrolada y desgarraba mi jaipú con grandes
zarpazos energéticos. A saber qué aspecto tenía en aquel momento, pensé.

Sentí unos finos copos de nieve caer sobre mi rostro. Pestañeé. La nieve
daba vueltas como las hojas de los árboles en un vendaval.

Cuando Showshen pretendió enderezarme, sentí una explosión de dolor. Una
vez maniatada, me dejé coger por el que apenas unos instantes antes había
querido matarme. Y, poco a poco, huí del paisaje nevado y frío para refugiarme
en un mundo de silencio y oscuridad.

\nopagebreak \bigskip {\centering{$\spadesuit$} \par} \smallskip

Salí de mi inconsciencia muchas veces, pero nunca de mi aturdimiento.
Garkorn me llevaba como un peso muerto, sin ningún miramiento. Era más
bruto que Yeysa.

Los tres demonios, la mayor parte del tiempo, caminaban en silencio,
avanzando rápidamente pese a la tormenta de nieve que azotó las colinas
y bosques de Ató durante los tres días que duró el viaje. A la noche,
cenaba un ridículo trozo de pan… aunque confieso que ellos tampoco
comían mucho más. Las cortas conversaciones que tuvieron los
raptores entre ellos me dieron la impresión de que la faingal
consideraba a sus dos compañeros táhmars como dos completos inútiles.

En esos tres días, permanecí transformada en demonio todo el tiempo. Por
dos simples razones: primero, mi piel de demonio me protegía mejor del
frío; segundo, mi Sreda seguía desatada como un mar furioso y yo carecía
de fuerzas o de voluntad suficientes para volverla a atar.

El tiempo pasaba sobre mí, más irregular que las músicas de Frundis. En
un momento en que estaba sumida en un letargo incómodo, me di de pronto
cuenta de que algo había cambiado. El viento frío ya no soplaba contra
mi rostro helado. Muy despacio, entreabrí los ojos. Me encontraba en
una especie de patio interior rodeado de muros ruinosos. Ante mí, había
una puerta.

Garkorn hizo un movimiento brusco y el dolor de mi herida se despertó
otra vez. Con los ojos desorbitados inspiré el aire helado del atardecer…

Volví a sumirme en la inconsciencia pero poco después un rumor de voces me
sacó de mi aturdimiento. Abrí los ojos y vi una sala iluminada por lámparas.
Había un par de demonios sentados a una mesa y yo… estaba en una esquina de la
sala, tendida sobre la piedra fría. Volví a cerrar los ojos. Tenía hambre, me
dolía todo el brazo derecho y tenía la cabeza a punto de explotar. A Shakel
Borris no le pasaban esas miserias a pesar de todas sus aventuras, me quejé
mentalmente.

La Sreda seguía atravesando, incontrolable, cada partícula de mi cuerpo.
Jamás en la vida me había pasado algo así, pero conocía los síntomas por
haberlos escuchado en boca de Kwayat. Tenía toda la pinta de que me
estaba convirtiendo en un kandak. Mis dientes, más afilados que
normalmente, apenas cabían en mi boca. Y sentía una energía salvaje
propagarse lentamente, calentando mi cuerpo. Pero, ¿qué importaba si me
transformaba en un kandak?, me pregunté. No era el mayor de mis
problemas, o al menos no el único.

Sentí una presencia junto a mí y volví a abrir los ojos. Con la vista
nublada, vi a un gran gato blanco y negro que me contemplaba con unos
ojos muy verdes. Maulló, se puso sobre sus cuatro patas y se alejó.
Entonces alguien se interpuso entre las luces de la sala y yo. Era un
humano de cierta edad, de piel traslúcida y ojos oscuros. Se agachó
junto a mí y sacó un puñal. Lo acercó a mi garganta y troceó mi túnica a
la altura del hombro. Se quedó un momento contemplando la herida. Su
expresión no se inmutó. ¿Había venido a curarme o a matarme?, me
pregunté, ligeramente curiosa.

—Tiene fiebre y ha perdido mucha sangre —declaró\mbox{—.} Está muy débil.

Su voz sonaba como tambores contra mi oído.

—¿Pero sobrevivirá, no? —le preguntó una voz femenina.

—Sí.

Los ojos negros del humano se posaron sobre los míos, sin duda alguna
rojos como la sangre. Imperturbable, el curandero añadió:

—Voy a por Maoleth. —Y entonces se levantó y se giró hacia una silueta
difusa\mbox{—.} Llévala a un cuarto.

Minutos después, una enorme caita transformada me llevó por un oscuro
pasillo hasta una habitación iluminada por una lámpara y me depositó con
una extraña delicadeza sobre una cama con dosel. ¡Una cama! Reprimí una
risita delirante. ¿Desde cuándo habían decidido tratarme con tanta
amabilidad?

\emph{«Es otra cultura»},
reflexioné por vía del kershí. Ante el silencio
que me contestó, recordé que Syu no estaba conmigo. Claro.
Definitivamente, mi mente estaba más desquiciada de lo que pensaba,
suspiré.

La caita liberó mis manos, me quitó las botas y me cubrió con una cálida
manta roja. Hasta empezaba a tener calor, me dije. Pensé en preguntarle
algo a la caita. Tal vez no era una demonio tan mala. Tal vez… Pero mi
mente funcionaba tan lentamente que, cuando empecé a abrir la boca, la
caita ya se había marchado. Cuando volví a cerrarla, sentí que mis
dientes afilados se clavaban en mis labios. Solté un gruñido y recoloqué
mis dientes con cuidado para no hacerme más heridas. Poco después,
tumbada en esa cama tan cómoda, me sumí en un sueño agitado.

Desperté cuando la puerta se reabrió. Entraron dos demonios en la
habitación. Uno era el curandero y el otro, un elfo oscuro bastante
bajito que se dirigió hacia mí directamente.

—Simplemente haría falta verificar —dijo la voz del humano de piel
pálida, mientras posaba una caja sobre una mesa.

El elfo oscuro asintió con la cabeza, cogió una silla y se sentó junto a
la cama. Se quitó los guantes con lentitud. Tendió una mano y posó dos
dedos sobre una de las marcas negras de mi brazo. Una energía conocida
se infiltró en mí superficialmente, como estudiándome desde lejos. Era
sryho, entendí.

Al fin, auné la fuerza suficiente para preguntar:

—¿Qué hago aquí?

El elfo oscuro apartó su mano de mi brazo y se levantó sin mirarme un
solo instante.

—Tenías razón. Tiene la Sreda bastante inestable —anunció.

Hubo un breve silencio y entonces el curandero suspiró.

—Lo que me temía. ¿Puedes hacer algo?

—Difícilmente. Lo que te recomiendo es que le des flor de sisria y que
cures su herida. Es bastante profunda y tal vez sea eso lo que haya
originado la alteración energética. Si no se recupera, entonces habría
que darle una poción de estabilización… Quién sabe, tal vez ya esté en
camino —añadió. Percibí una pizca de burla en su tono.

—Gracias, Maoleth —replicó el humano pálido.

Siguieron hablando, pero ya no me quedaban fuerzas para entender lo que
decían. Sus voces se confundían en mi cabeza con un zumbido exasperante.

\nopagebreak \bigskip {\centering{$\spadesuit$} \par} \smallskip

Todo estaba silencioso. Abrí los ojos. La habitación estaba
completamente a oscuras. A menos que me hubiese quedado ciega. Mi Sreda
seguía tan desatada como antes, pero ya no me impedía pensar. Y el dolor
de mi herida había amainado considerablemente. Todo no estaba perdido,
me dije, esforzándome por no enterrarme antes de tiempo.

Levanté mi mano izquierda y palpé mi herida. Estaba vendada. Ahora
entendía por qué sentía todo mi pecho y mi cuello apretados e
inmovilizados como si me estuviese aplastando una manaza de troll.

Bien, me dije. ¿Y ahora qué? Estaba herida, mi Sreda estaba como loca y
me encontraba en un sitio desconocido junto a unos demonios que me
habían curado y no parecían querer matarme. En un momento, mis
pensamientos se giraron hacia Syu. Seguramente, el mono habría avisado a
Aryes. Y tal vez este hubiese encontrado a Frundis… Se me humedecieron
los ojos pero los mantuve abiertos en la oscuridad. De nada servía
rabiar sin hacer nada. Tenía que tratar de atar esa Sreda.

Inspiré poco a poco y traté de recordar mecánicamente los pasos a
seguir. Era casi como si Kwayat estuviese ahí, aconsejándome. Hasta
notaba una pizca de reproche en su voz. Cerré los ojos.
\emph{“Jamás te transformes por dolor o por furia: perderás el control sobre la Sreda
y, si no la atas a tiempo, intentará dominarte a ti. Recuerda que la Sreda es
la Vida y la Vida siempre busca libertad, no es amiga de nadie.”}
A Kwayat le encantaba la poesía y el tono dramático. Sin embargo, ya me había
ocurrido una vez perder el dominio de la Sreda. Aquella noche, cuando la
anrenina había estado a punto de matarme, se había desatado como una tempestad
repentina, salvándome la vida. Y, más tarde, había podido atarla otra vez con
toda tranquilidad.

Reconfortada con este pensamiento, miré mi Sreda… y quedé espantada. Aquello
no era una tempestad repentina, me dije, sintiendo que la respiración se me
precipitaba. Hacía días que estaba asentada e inestable y, a pesar de mis
esfuerzos, no sabía por dónde cogerla. Todos mis intentos no sirvieron de
nada y, al cabo de un largo rato, suspiré, algo asustada. ¿Y si realmente me
convertía en una kandak?

Pasé una mano por la ancha cama, debajo de mi manta. Era agradablemente
mullida. Tal vez me encontraba en el palacio de Askaldo, me dije, irónica. Y
fruncí el ceño. Pero entonces, ¿a qué esperaba para vengarse de mí?

Agudicé el oído y no oí más que silencio. ¿Acaso era de noche y todos
los demonios dormían? Débilmente, tratando de no mover el cuello y el
brazo derecho, me levanté. Sentí el aire frío de la habitación contra mi
piel y entendí que, para vendarme, habían tenido que quitarme la túnica.
Tendí la mano y quise crear una esfera armónica… Pero fui incapaz de
crearla. Un día, me había prometido que aprendería a utilizar las
armonías estando transformada… pero jamás había tomado el tiempo de
cumplir dicha promesa y en ese momento lo lamenté amargamente.

Así que, con pasitos muy prudentes, me dirigí a ciegas hacia donde creía
que se situaba la puerta. Pero mi mano topó con una superficie ondulada.
Le di un leve toque. Sonaba a madera. Era una especie de armario. Mis
piernas se tambalearon y, sin más exploraciones, volví a la cama y me
tapé otra vez con la manta. Era roja, recordé.

Estaba cansada, pero mi mente estaba lúcida y eso, creo, fue lo que más
me alivió. Así que, a falta de energías para moverme e intentar huir de
Askaldo, me puse a meditar.

La crisis que había sufrido Spaw, al beber el zumo de ortigas azules,
había sido muy diferente, noté al de un rato. Yo no tenía espasmos
súbitos y violentos como él. Simplemente sentía que mi cuerpo consumía
energías más de lo necesario mientras la Sreda se arremolinaba al azar.

Entendía con total claridad el error que había cometido. Me había
olvidado totalmente de controlar la Sreda. Era como si esta hubiese
estirado demasiado la cuerda y yo la hubiese soltado por inadvertencia.
Sentí ligera vergüenza al recordar todos los avisos de Kwayat… Había
sido un despiste. Y un despiste comprensible. Pero que podía tener
consecuencias catastróficas. Me extrañó casi no oír desde aquí las
carcajadas de Askaldo. Si este se había enterado de que mi Sreda estaba
inestable, tenía que estar eufórico.

Poco a poco, mientras mis pensamientos se dejaban arrastrar por la
fatiga, cerré los ojos. Y me dio la sensación de oír, muy bajito, una
canción de Frundis. A lo mejor mi mente no estaba tan lúcida como
creía, rectifiqué. Tras otro intento fallido por atar la Sreda, la
cabeza se me volvió más pesada y caí dormida, para despertarme horas
después al oír voces en la habitación.

—Dan vergüenza ajena —decía la voz del curandero.

Parpadeé ante la luz vívida de las lámparas. Además del curandero
humano, estaba Maoleth así como la caita que me había tratado con tanta
amabilidad hacía… bueno… no tenía ni idea de cuánto tiempo había
transcurrido desde que me habían llevado a aquella habitación.

—Buenos días —solté, algo tensa. ¿Dónde demonios estaba Askaldo?, me
pregunté.

—Pareces más despierta que otras veces —observó la caita, mientras
posaba una bandeja llena de comida sobre la mesita de noche. Su rostro
reflejaba dulzura y preocupación.

Hice una mueca indecisa y eché un vistazo hacia la comida, hambrienta.
El curandero, con su rostro pálido, se acercó a mí y me sondeó con la
mirada.

—Aún no has conseguido atar tu Sreda, ¿verdad? —preguntó.

—No —reconocí. Los detallé rápidamente\mbox{—.} Esto… ¿Puedo preguntaros algo?
¿Qué demonios hago aquí? —pregunté con sencillez\mbox{—.} ¿Y qué tenéis que ver
vosotros con Askaldo y con los que me capturaron? ¿Sois amigos suyos…?
Arrg —solté. Me había precipitado al hablar y acababa de rasparme la
lengua con uno de mis caninos.

—Creo que efectivamente ya se está recuperando —comentó la caita.

El curandero se acercó a mi cama, se remangó y posó una mano sobre mi
frente. Frunció el ceño, sentí una ligera vibración energética… Era
energía esenciática, me percaté. El humano retiró la mano y asintió con
la cabeza, como satisfecho.

—Esto… —Carraspeé, molesta\mbox{—.} Gracias por haberme curado la herida.

El curandero enarcó una ceja.

—Es natural —replicó. En su rostro imperturbable se había deslizado una
tenue sonrisa. Pero enseguida se ensombreció al añadir\mbox{—:} Entiendo que
quieras explicaciones sobre lo que está pasando. Aunque ignoro lo que
sabes o lo que desconoces. En cualquier caso, quien te ha mandado
capturar fue Askaldo, no nosotros. Mandó a tres mercenarios a Ató. Y,
por lo visto, no a los más cuidadosos.

—Afortunadamente, ya se han marchado con su recompensa —suspiró la
caita.

Reprimí una mueca sorprendida al ver que me contestaban con tanta
sinceridad.

—Así que… ¿vosotros no trabajáis para Askaldo? —pregunté, aliviada.

Maoleth, el elfo oscuro, carraspeó.

—No. Bueno… sí y no —matizó\mbox{—.} Somos Demonios de la Mente y además
tenemos razones para no querer enojar al hijo de Ashbinkhai…

—Maoleth —lo interrumpió la caita, algo nerviosa\mbox{—.} No sé si deberíamos
explicarle todo esto ahora. Por su salud. ¿Verdad, Barsh?

El curandero se encogió de hombros mientras yo fruncía el ceño,
pensativa.

—O se lo explicamos nosotros ahora o se lo explica Askaldo —contestó\mbox{—.}
No creo que tarde mucho en llegar.

Palidecí y miré hacia la puerta, esperándome casi a que apareciese
Askaldo.

—Tranquila, todavía ni ha llegado al Mausoleo —me aseguró Maoleth,
burlón\mbox{—.} Lieta me avisará cuando llegue.

Parpadeé, sin entender.

—¿Qué Mausoleo?

—El Mausoleo de Akras —explicó sencillamente el elfo.

Lo miré de hito en hito, incrédula. El Mausoleo de Akras… Más de una vez
había oído historias sobre él, y Frundis hasta me había cantado una
larga balada de terror sobre ese tenebroso lugar…

—¿Estamos en el Mausoleo de Akras? —repetí con un hilo de voz. Aún me
costaba creerlo. Pero, al mismo tiempo, era lógico. Aquel era un sitio
ideal para que los saijits no se acercasen a curiosear.

Un destello de diversión brilló en los ojos del elfo oscuro.

—Las leyendas sobre este Mausoleo no son ciertas —me aseguró\mbox{—.} O al menos
no todas —rectificó, sonriente. Cogió una silla y se sentó prestamente
junto a la cama\mbox{—.} Bueno, ahora que ya sabes dónde estás, querrás saber
por qué Askaldo se ha molestado en traerte hasta aquí. Tu nombre es
Shaedra, ¿verdad? —Asentí. Con un acento que me recordó al falso tono
amenazante de Kirlens, Maoleth añadió\mbox{—:} Te lo contaré todo, pero con una
condición: que empieces a comer, pequeña demonio.

Lo miré y esbocé una sonrisa. Maoleth parecía ser un buen tipo, decidí.

—De acuerdo —contesté.

Me enderecé con cuidado y me colocaron la bandeja con un bol caliente de
sopa y un gran trozo de pan. No pude evitar sonreír. No había nada mejor
que los sencillos placeres de la vida, pensé, mientras untaba el pan en
mi sopa. En mi imaginación, percibí a través del kershí el asentimiento
de Syu. Estaba comiendo mi primer bocado cuando se me ocurrió una
terrible idea y dejé de masticar.

—La comida… ¿no estará envenenada? —pregunté con la boca llena.

Maoleth puso los ojos en blanco.

—No lo creo. Es cierto que la sopa la ha preparado Barsh. —Burlón,
señaló al curandero con la barbilla\mbox{—.} Quizá esté algo espesa, pero,
tranquila, no acostumbramos ponerle veneno a los alimentos.

—Sólo he añadido flor de sisria para estabilizar tu Sreda —me aseguró el
curandero, arrimándose a los baldaquines de la cama.

—Mm —contesté. Y seguí masticando el pan, más tranquila: fuese verdad
o no lo que me decían, estaba demasiado hambrienta para ser exigente.

—Bien, voy a tratar de ser breve —prosiguió Maoleth\mbox{—,} y no me
interrumpáis —nos avisó a todos\mbox{—.} Hace unas semanas, un demonio al que
tal vez conoces se fugó de Aefna con una alquimista famosa llamada
Lunawin —empezó a contar, mientras yo seguía comiendo\mbox{—.} Ese demonio se
llama Spaw Tay-Shual y es un templario que trabajó para Ashbinkhai. ¿Lo
conoces?

Puse los ojos en blanco.

—Lo conozco.

—¿Y a Lunawin?

—También —contesté.

—Perfecto, entonces vayamos al grano. Askaldo como sabrás está buscando
una poción para recuperar su perdida belleza…

El demonio, al hablar, sonrió anchamente y el curandero gruñó:

—Maoleth, sé comprensivo. Si tuvieses la misma cara que Askaldo te
aseguro que tú también intentarías remediarlo.

Maoleth hizo una mueca.

—Bah. De todos modos, yo nunca fui precisamente muy presentable
—replicó\mbox{—.} Como decía, el templario huyó y escondió a Lunawin. Askaldo
se marchó en busca de la alquimista y no encontró nada. Ni siquiera se
ha atrevido a hablar del asunto a su padre —añadió, con una sonrisa
irónica\mbox{—.} Resulta que poco después apareció Lunawin. Se presentó aquí,
en el Mausoleo, diciendo que si Askaldo perdonaba a Spaw por haber
herido a varios de sus amigos, ella le haría la poción que quería.

Agrandé los ojos. Por lo visto, en unas pocas semanas la historia había
avanzado mucho. ¿Acaso estaría al corriente Spaw…?

—Nosotros le enviamos un mensaje a Askaldo y él acudió al Mausoleo y
prometió a Lunawin que dejaría a Spaw tranquilo a cambio de la poción
—continuó Maoleth con calma\mbox{—.} Ambos se fueron a Aefna, para disponer del
mejor material de alquimia y Lunawin se puso manos a la obra. Y hace una
semana, nos vinieron esos tres mercenarios diciéndonos que trabajaban
para Askaldo y que nos iban a traer a una joven demonio. Y ahí…
apareces tú.

Carraspeé y aparté lentamente mi bol vacío de sopa.

—Askaldo va a tener su poción milagrosa, ya no va a perseguir a Spaw, y
Lunawin va a volver a su antigua vida de siempre. Todo esto es
maravilloso —afirmé, burlona\mbox{—.} Pero, entonces, ¿para qué demonios quiere
verme Askaldo?

Maoleth y el curandero intercambiaron una mirada rápida.

—Por alguna razón, Askaldo quiere que pruebes la poción antes que él
—contestó al fin Barsh.

Sus palabras me dejaron boquiabierta. Mi Sreda se arremolinó, más
agitada y traté de detenerla, en vano. Contemplé a los tres demonios con
un súbito sentimiento de traición.

—¿Me vais a obligar a beber esa poción? —pregunté.

—Tampoco es razón para alarmarse —afirmó Maoleth, rascándose la barbilla,
meditativo\mbox{—.} En el mejor de los casos, la poción te arreglará los
desperfectos de tu Sreda.

—¿Y en el peor de los casos? —repliqué, con una mueca.

En ese momento se oyó un maullido lejano. Maoleth suspiró y se levantó.

—Ya viene.

\nopagebreak \bigskip {\centering{$\spadesuit$} \par} \smallskip

Cuando Maoleth y el curandero volvieron a entrar en mi habitación, Nara,
la caita, ya me había ayudado a levantarme para vestirme con una túnica
azul antes de marcharse con la bandeja con algo de precipitación. Tras
el elfo oscuro y el humano, entró una especie de elfocano rubio y deforme,
elegantemente vestido, con el rostro totalmente cubierto por pinchos
oscuros que parecían haber brotado de la nada. Sus ojos, de un color azul
pálido y grisáceo, parecían casi esconderse detrás de esos aguijones y un
escalofrío helado me recorrió cuando se posaron sobre mí. La frialdad de la
mirada de Askaldo era para dejar aterrado a cualquiera. Sin una palabra, se
acercó a mí y me tendió un pequeño frasco que contenía un líquido rosáceo.

—Si quieres seguir viviendo, bebe todo su contenido, hasta la última gota
—me amenazó\mbox{—.} Si intentas engañarme, tengo todavía toda una botella llena de
poción.

Se me ocurrió darle una patada y salir huyendo… Pero, a pesar de mi
mente aún algo aturdida, sabía que mis intentos habrían sido frustrados.
De modo que hice de tripas corazón y, con una dignidad que me impresionó
a mí misma, tendí la mano hacia el pequeño frasco. Askaldo me lo destapó
y me lo dio. En sus ojos brillaba una mezcla de desconfianza y excitación…
pero también vi, como en un espejo, dos bolas de fuego fulgentes de rabia.
¿Qué efectos podía tener una poción tan potente como aquella sobre mí?, me
pregunté. Sabiendo que era inútil postergar lo inevitable, llevé el frasco a
mis labios y bebí su contenido. Sabía a las tartas de fresa que hacía Wigy en
primavera.

\chapter{Contemplaciones}
\label{s:13}
Un sendero descendía, entre los árboles tupidos. Hacía calor y la
frescura del bosque era agradable. Se oía, de cuando en cuando, la brisa
arremolinarse entre los recovecos de la colina. Una ardilla negra
surgió de un arbusto y trepó ágilmente por uno de los troncos…

—\emph{Leeresia}
—murmuraba una voz muy cercana.

Escuché la voz, joven pero profunda, y me giré. Pero no, no podía
girarme hacia nada: yo no estaba ahí, jamás había estado ahí, me di
cuenta. ¿Qué era ese delirio? ¿Estaba soñando o bien la poción de
Askaldo había acabado por quitarme la razón, después de tantos días de
sobresaltos?

De pronto, en medio de la calma del bosque, se oyó un grito, seguido de
otros muchos. A pesar de sentirme distanciada por todo lo que podía
ocurrirme en un lugar tan extraño, un terror indecible me invadió.
Inspiré hondo y eché a correr. El pueblo que apareció ante mi vista no
debía de tener más de cien habitantes, de los cuales muchos corrían,
soltando alaridos de terror, mientras los atacaba una manada de nadros
rojos. Todo aquello me era demasiado familiar…

Los nadros, de pronto, alzaron su cabeza escamosa, alertados. Y
comenzaron a huir, renunciando a su festín y dejando tras ellos casas en
llamas. Mis ojos se movían con la rapidez del rayo. Todo en mí era
indecisión, impotencia y miedo. Tras una colina, empezaron a
vislumbrarse unas formas parecidas a los saijits. Pero ya no eran
saijits, sino esqueletos blancos armados.

Fue entonces cuando lo entendí. No estaba soñando o delirando.
Simplemente mi mente había abierto otra vez una puerta que creía haber
cerrado hacía tiempo. Mientras la ira y la locura invadían al ser de mi
recuerdo, intenté despegarme de él. Aquella ira no era mía, sino de
Jaixel, me repetí.

Con el corazón latiéndome a toda prisa, luché por sepultar de nuevo
esos recuerdos en lo más profundo de mi mente. Ya tenía bastantes
problemas como para que empezasen los recuerdos de Jaixel a molestarme,
me sermoneé. Me percaté de que estaba despierta y de que mi Sreda estaba
más estable que en los días anteriores. Eso sí que era una buena
noticia. Percibí un leve perfume a rosas. Abrí los ojos y parpadeé. Una
pequeña vela iluminaba tenuemente el cuarto y un bulto arrebujado en una
manta estaba sentado junto a mi cama. Al reconocerlo, me enderecé
bruscamente, atónita.

—¿Kwayat? —articulé. Me di cuenta, en ese instante, de que mis dientes
habían vuelto a un tamaño más normal.

Mi antiguo instructor asintió serenamente con la cabeza.

—Buenos días —me contestó\mbox{—.} Se te ve mejor.

—Desde luego —intervino otra voz.

Resoplé.

—¿Spaw? —solté, aturdida.

El joven humano apareció, saliendo de las sombras del cuarto. Un brillo
de diversión bailaba en sus ojos.

—Acabamos de llegar —explicó con sencillez\mbox{—.} Zaix me avisó. ¿Qué tal te
encuentras?

—¿Dónde está Askaldo? —pregunté, sin contestar.

—En su propia cama —respondió Kwayat, destapándose de su manta y
levantándose\mbox{—.} Se tomó la poción en cuanto vio que empezabas a mejorar.

—Se precipitó un poco… —Spaw carraspeó ante la mirada asesina que le echó
Kwayat.

—¿Creéis que todavía puedo recaer? —inquirí. Al mismo tiempo, me di
cuenta de que ya no tenía ningún vendaje sobre mi herida y que ésta se
había curado completamente o casi. Extendí mi brazo derecho, lo plegué
y aprobé. Ya no sentía más que un picor molesto de la piel. Si algún día
me volvía a cruzar con ese Garkorn… Traté de calmar mi rencor y levanté
otra vez los ojos hacia Kwayat y Spaw, sorprendida al ver que tardaban
en contestarme\mbox{—.} Er… ¿Ocurre algo? —insistí\mbox{—.} ¿Creéis que mi Sreda está
aún inestable?

—Es difícil estabilizar una Sreda que lleva más de dos semanas inestable
—me explicó Kwayat.

Palidecí. Entonces Spaw se acercó ágilmente y se sentó en la cama con las
piernas cruzadas.

—El que dijo que no había que asustarla —se rió, soltando una mirada
burlona a Kwayat. Hizo caso omiso de la expresión de éste\mbox{—.} No te
preocupes, Shaedra, todo se arreglará. Las cosas no han salido tan mal.
La última vez que Lunawin hizo una poción de esas, el que se la bebió
se convirtió en un kandak. —Agrandé los ojos\mbox{—.} Lo que oyes. De modo que
puedes considerarte afortunada. Tu Sreda va mejor. Aunque… —Toda
diversión desertó sus ojos\mbox{—.} Siento lo ocurrido —confesó.

Inspiré hondo y meneé la cabeza, alucinada.

—No es culpa tuya —repliqué\mbox{—.} Sino de Askaldo.

—No —repuso Kwayat con firmeza\mbox{—.} Tampoco es culpa de Askaldo. Es culpa
mía.

Sorprendida por su tono lo miré unos instantes y entonces solté una
risita.

—Pues claro —repliqué, con una ancha sonrisa burlona\mbox{—.} ¿Cómo no se me
habría ocurrido antes?

Spaw sonrió pero Kwayat conservó su gravedad.

—No lo entiendes, Shaedra —me dijo\mbox{—.} Jamás debería haberte abandonado. Al
fin y al cabo, soy tu instructor.

Spaw resopló.

—Vaya, vaya. ¿Así que ahora aceptas el trabajo que te encomendó Zaix?
—soltó, con una ceja enarcada.

Kwayat lo fulminó con la mirada.

—Jamás dije que renunciaba a ser instructor de Shaedra.

—Por algo Zaix me nombró su instructor provisional —observó Spaw, con
tono inocente.

Kwayat suspiró.

—A partir de ahora, me ocuparé de la instrucción de Shaedra —afirmó.

Spaw hizo una mueca y asintió, con las comisuras de los labios
levantadas.

—Confieso que la tarea de instructor no me atraía mucho.

Intercambié una mirada con él, divertida. Spaw tenía más alma de
templario que de instructor. En ese momento, Kwayat posó una mano sobre
mi brazo y me sobresalté. Su mirada azul reflejaba una determinación
férrea que me impresionó.

—Tu instructor no te volverá a fallar —me prometió. Aunque parecía que se
hacía la promesa más a él mismo que a mí.

¿Cómo podía sentirse culpable Kwayat de lo que me había ocurrido?, me
pregunté, sin entender. Que se culpase de mis desventuras era totalmente
absurdo, aunque bien sabía yo que el honor de Kwayat no siempre era muy
lógico. Apartando esos pensamientos, me fijé en mis manos y entorné los
ojos, alzándolas a la altura de mi rostro. La vela emitía una luz muy
tenue pero así y todo conseguí verlas, rojas, sobre la manta roja. Sentí
un enorme vacío en mi interior. ¡Mi piel era roja! Solté un resoplido
que se asemejaba a una exclamación de sorpresa.

—Tranquila —me dijo Spaw, al advertir mi expresión\mbox{—.} Son efectos de la
poción. Dentro de unos días, seguramente, tu Sreda se estabilizará y
todo volverá a la normalidad… —Vaciló y añadió\mbox{—:} O no.

Su sinceridad me dejó pensativa. Ahora entendía por qué Spaw había dicho
que Askaldo se había precipitado en tomar la poción de Lunawin.

—Si mi piel se ha vuelto roja —empecé a decir, y carraspeé. ¡Aquella idea
era tan absurda! Suspiré\mbox{—.} ¿Creéis que Askaldo…?

—No lo sabemos —replicó Kwayat\mbox{—.} Nuestros anfitriones no quieren dejarnos
entrar en el cuarto de Askaldo. Por precaución. Saben que yo soy tu
instructor. Y no me conocen lo suficiente como para confiar en mí.

—¿Creen que podrías vengarte de Askaldo? —pregunté. La simple idea me
divertía.

—Ya te expliqué, en alguna de mis lecciones, lo vengativos que pueden
llegar a ser algunos demonios —me recordó Kwayat.

—Oh —asentí, y me mordí el labio\mbox{—.} Por supuesto que lo recuerdo.
Así que nuestros anfitriones no nos dejan ver a Askaldo, pero a Askaldo
lo dejaron entrar aquí para transformarme en demonio rojo —apunté con una
mueca\mbox{—.} Eso es favoritismo.

—Son Demonios de la Mente —dijo simplemente Kwayat.

—Todo esto es sumamente interesante —intervino Spaw, meditativo\mbox{—.} Pero
ahora pensemos, Kwayat. ¿Qué vamos a hacer? ¿Huimos antes de que Askaldo
se despierte con sus pinchos de siempre y decida cumplir su terrible
venganza? ¿O bien aguardamos con esperanza a que la poción lo convierta
en un kandak? —Su sonrisa se había ido ensanchando a medida que
hablaba\mbox{—.} ¿Qué opináis?

A pesar de su tono ligero, me estremecí. En el fondo, deseé que Askaldo
recuperase su rostro normal. Al menos así se olvidaría de mí…

—Jamás hables a la ligera de temas tan graves —siseó Kwayat, observando con
desaprobación al joven demonio.

—Yo nunca hablo a la ligera —replicó Spaw, teatral.

Kwayat y él se evaluaron con la mirada y puse los ojos en blanco.

—Reflexionemos con calma —tercié. Y ladeé la cabeza\mbox{—.} ¿Qué opina Zaix del
asunto?

Spaw esbozó una sonrisa.

—Zaix prefiere no opinar. Ya es bastante que me avisó de que estabas
en apuros.

Advertí la expresión meditativa de Kwayat. Pero éste no dijo nada. Tomé
entonces una decisión y me levanté de un bote, sorprendiéndolos a ambos.

—Tengo hambre —expliqué con sencillez.

Spaw sonrió y se levantó a su vez.

—Nunca hay que viajar con hambre —dijo\mbox{—.} Lénisu suele decirlo.

A pesar de mi túnica de lana, tenía frío, y cogí la manta antes de
seguir a Spaw. Una vez en el pasillo, Kwayat salió de su mutismo,
soltando:

—No va a haber ningún viaje. —Se giró hacia mí y declaró\mbox{—:} No estás aún
recuperada y necesitas descansar…

Calló bruscamente y me examinó con detalle. Entonces advertí que Spaw
también me observaba con curiosidad y fruncí el ceño, molesta.

—¿Qué pasa?

El rápido intercambio de miradas me puso aún más nerviosa.

—Tu Sreda está aún muy extraña —carraspeó Spaw. Curiosamente, su
expresión parecía más divertida que preocupada.

Recordando de pronto un detalle, miré mis manos. Esta vez no estaban
rojas, sino grises y oscuras como la piedra.

—¿Qué…? —jadeé.

—Estás rodeada de sryho —explicó científicamente Kwayat\mbox{—.} De un sryho
que no controlas. Es… bastante increíble.

Lo miré con los ojos agrandados.

—Esto empieza a preocuparme seriamente —confesé, tratando de mantener la
calma.

Spaw me dio unas palmaditas sobre el hombro.

—Tranquila —me dijo con tono sereno\mbox{—.} Voy a prepararte un buen plato. Y
luego vas a ver cómo todo no es tan terrible.

Noté en su tono algo que me heló la sangre en las venas. Estaba claro
que Spaw no pensaba que mi piel iba a recuperar su tono normal. Bueno,
me dije, tratando de ser optimista. Al menos no me habían salido
pinchos, como a Askaldo… invadida por una súbita duda, me llevé la mano
a la cara y comprobé que, efectivamente, era tan lisa como antes.

Spaw se alejó por el pasillo para ir a preparar el plato prometido y,
antes de seguirlo, crucé la mirada de Kwayat, en cuyos ojos azules
brillaba una fría determinación.

—Te enseñaré a controlar el sryho —me dijo entonces\mbox{—.} Ve a comer. Y luego
vuelve al cuarto. Empezaremos la lección.

Meneé la cabeza y reprimí una sonrisa.

—¿Por qué nunca quisiste enseñarme antes a controlar el sryho? —pregunté,
intrigada.

Una sombra del pasado veló los ojos de Kwayat.

—Porque aún no sabía si merecía la pena enseñártelo.

Su respuesta me desconcertó.

—¿Quieres decir que creías que no iba a ser capaz de aprender? —pregunté.

Éste meneó la cabeza y, sin contestar, me hizo un gesto para que
siguiera a Spaw. Contuve un suspiro. Quién sabía lo que Kwayat podía
creer o dejar de creer.

\nopagebreak \bigskip {\centering{$\spadesuit$} \par} \smallskip

En los días siguientes, no percibí ningún cambio en mi Sreda. Según
Maoleth, no estaba del todo estable pero, dado su anterior estado, era
una buena noticia. El elfo oscuro del Mausoleo de Akras me confesó con
desenfado que había creído, en un momento, que acabaría convirtiéndome
en una kandak. Hice una mueca al recordarlo y también al pensar en lo
que me había dicho Kwayat al final de una de sus lecciones sobre el
sryho:
\emph{“No te irás de este Mausoleo sin haber controlado tu sryho”}.
Mi instructor ponía mucho empeño en que aprendiese cuanto antes a
controlar la energía de los demonios. Y, cuanto más me enseñaba, más me
daba cuenta de que el sryho era una energía tan compleja como las
energías asdrónicas. Era imposible entenderla del todo, pero a lo mejor
podía conocerla como conocía mi propio jaipú…

Las lecciones de Kwayat eran interminables. Hasta le pidió a Spaw que
subiese nuestra comida al cuarto para que no perdiéramos tiempo y, pese
a mis protestas, así se hizo. Tanta dedicación por la parte de Kwayat,
después de meses de ausencia, me parecía ridícula. Pero Kwayat era tan
testarudo como Wigy o más, suspiré.

Animada por su fervor, hice todo lo posible por intentar controlar el
sryho que me rodeaba. Al principio, había pensado que mis esfuerzos
daban su fruto. Sentía exactamente lo mismo que lo que me describía
Kwayat. Pero cada vez que este me examinaba, su expresión se
enfurruñaba, dándome a entender que mi aspecto no había cambiado.

En los pocos momentos en que gozaba de libertad, estaba tan harta del
sryho que trataba de olvidarme de él.

Con la mirada perdida en el fuego de la chimenea del salón, observaba
pasar el tiempo mientras dejaba mis pensamientos vagar libremente. De
cuando en cuando, me preguntaba cómo estarían Syu y Frundis. Y esperé
que el capitán Calbaderca no estuviese buscándome. Aunque, de todas
formas, era remoto que apareciese en el Mausoleo de Akras. Reprimí una
mueca. Los demonios guardaban celosamente su anonimato y, aunque me
repugnase admitirlo, sabía que cualquier demonio en su sano juicio no
dejaría vivir a un saijit que hubiese descubierto su refugio. De la
misma manera que ningún saijit armado dejaría con vida a un demonio. Y
menos el capitán Calbaderca.

La puerta del salón se abrió y levanté los ojos. Spaw entró con un gran
saco y una larga caja de madera y posó todo sobre la mesa.

—¡Puf! —soltó\mbox{—.} Aquí estoy de vuelta.

Le dediqué una mirada sorprendida y me reuní con él, curiosa.

—¿Qué hay dentro de ese saco? —pregunté.

—Ropa —contestó él, mientras lo abría\mbox{—.} Un regalo de Nara. Esa caita no
habla mucho pero tiene el corazón de Aelrïen.

Enarqué una ceja.

—¿Aelrïen?

—Es una demonio legendaria —explicó Spaw con un gesto vago de la mano, y
entonces fue sacando toda la ropa sobre la mesa, mientras canturreaba\mbox{—:}
\begin{verse}
¡Aelrïen! La estrella más bella del mar. \\
¡Aelrïen! La más grande de todas las almas. \\
¡Corazón de ámbar, corazón de estrella, \\
generosa, clemente y hermosa!

\end{verse}

Me soltó una mirada burlona.

—Si quieres, puedo contarte su historia —me dijo el demonio, al advertir
mi interés\mbox{—.} Pero antes, escoge la capa que quieras y abrígate. Vamos a
salir.

Me sobresalté.

—¿A salir? ¿Adónde?

Spaw me dedicó una sonrisa traviesa.

—A ver la nieve y el sol del atardecer. Hace un día precioso, lo cual
después de tanta tormenta de nieve se agradece. Kwayat aún sigue
durmiendo la siesta —añadió, guiñándome un ojo\mbox{—.} ¿Qué te parece?

Sonreí anchamente.

—Una idea maravillosa.

Como no había ninguna capa violeta como la que había perdido, me cubrí
con una cálida capa gris, me puse unos guantes que me encajaban
perfectamente y entonces Spaw me tendió unas botas.

—Estas botas son mejores que las que tienes —me explicó, al ver mi
expresión extrañada\mbox{—.} Son
\emph{twyms}.
Botas sigilosas. Por lo que me ha explicado Nara, deben de tener las
mismas propiedades que las mías.

Me sobresalté y eché un vistazo a las botas de Spaw. Ligeras y negras, las
llevaba desde que lo había conocido. Intrigada, cogí las que me tendía. Las
examiné con las energías, tratando de averiguar el trazado energético.

—¿Hay que activarlas? —pregunté, sentándome en una silla y quitándome las
botas, algo usadas, que llevaba desde que había salido de Dumblor.

—Oh, no —me aseguró, mientras yo me las ponía\mbox{—.} No llevan más energías
asdrónicas que la aríkbeta, pero están hechas con
\emph{twym},
es un material muy resistente y flexible, y amortigua el ruido.

Enarqué una ceja.

—¿Ese material tiene algo que ver con esa enorme criatura de dos cabezas
de la que hablan en los libros? —inquirí, curiosa.

Spaw carraspeó.

—Sí. De hecho… para las botas twyms se usa el hueso en polvo de los
twyms.

Silbé entre dientes pero Spaw no me dejó tiempo para hacerme a la idea
de que llevaba en mis pies los huesos de una criatura legendaria y
terrible.

—Venga, démonos prisa o Kwayat se despertará y querrá empezar su lección
ahora mismo —me avisó, y sonrió divertido ante mi cara sombría.

Me levanté de un bote y, al salir del salón, nos cruzamos con Barsh. El
curandero llevaba bajo el brazo varios troncos de madera. Lo saludamos
alegremente y él cambió su rostro imperturbable con una leve sonrisa.
Spaw me condujo hasta la salida del Mausoleo de Akras en silencio. Los
pasillos del edificio no tenían decoración alguna y eran fríos y
siniestros. Subimos las escaleras hasta el exterior y a la vista del
cielo rojizo del atardecer y de la nieve blanca, me sonreí, feliz.
Admiré las columnas de piedra y las ruinas, sin importarme el frío.

—Las leyendas dicen que Akras fue maldecido por los dioses —murmuré,
contemplando, fascinada, el paisaje desolado del Mausoleo\mbox{—.} Una vez
Frundis me cantó una balada sobre su fantasma que renacía de noche para
aniquilar a todos los seres vivos que osaban entrar en su territorio.

—Escalofriante —confesó Spaw.

—Sí. Aunque, la verdad, este lugar no parece tan terrorífico como lo
cuentan —añadí.

—No parece —subrayó Spaw, con una risita misteriosa y teatral\mbox{—.} ¿Quién te
dice que ese Akras no existe?

Puse los ojos en blanco.

—Si existiese, hace tiempo que los demonios habrían dejado de vivir aquí.

Spaw se encogió de hombros.

—Algunos prefieren soportar un fantasma que a todo un pueblo saijit
—observó.

Caminamos en silencio un breve rato hasta que le pidiese a Spaw que me
contase la historia, más amena, de Aelrïen, la demonio de corazón de
estrella. Spaw estaba en plena narración cuando, de pronto, se detuvo en
seco. Por un momento, creí que se trataba de algún truco de narrador,
pero entonces Spaw resopló, observándome detenidamente.

—\emph{Mawer}
—soltó.

La palabra tajal manifestaba incredulidad. Entendiendo que algo en mí lo
había alertado, bajé mi mirada y me remangué la túnica. Observé cómo mis
brazos se habían quedado blancos. Blancos como la nieve. Al igual que
antes habían sido rojos como la manta y grises como la piedra y…

—Demonios. Cambio de color según el entorno —concluí, en voz alta. Y al
cabo, agregué con tono objetivo\mbox{—:} Es absurdo.

—No. Es impresionante —susurró Spaw. Tendió una mano hacia mí sin
tocarme\mbox{—.} Déjame adivinarlo: mezclas el sryho con las armonías. —Al ver
mi expresión de incomprensión, enarcó una ceja\mbox{—.} ¿De veras no tienes ni idea
de lo que haces?

—Ni la más remota idea —aprobé. Y suspiré ruidosamente\mbox{—.} ¿No crees que
voy a curarme, verdad?

Sorprendentemente, Spaw soltó una carcajada.

—No se trata de una enfermedad —replicó\mbox{—,} sino de una sencilla mutación,
o eso creo.

—Una sencilla mutación —repetí, meneando la cabeza\mbox{—.} A lo mejor dentro
de unos días me salen pinchos como a Askaldo.

—Sería una pena —admitió Spaw, sin dejar de sonreír\mbox{—,} pero dudo de
que ocurra eso. Kwayat y Maoleth dicen que tu Sreda no está lo
suficientemente inestable para empeorar tu estado.

Su ligereza al hablar me pareció en aquel momento algo insultante y lo
fulminé con la mirada, ofuscada.

—¿Alguna vez has sufrido tú una mutación? —inquirí.

A Spaw pareció hacerle gracia mi pregunta.

—Más de una vez he estado a punto —contestó\mbox{—.} Y una vez me salió una
escama en el hombro. Pero claro, como los humanos no tenemos escamas
normalmente, le pedí a Lunawin algún remedio para que desapareciese y
surtió efecto. Cosas de la vida de los demonios, ya te acostumbrarás
—acabó por decir con tranquilidad. Yo lo contemplaba, incrédula.

—Askaldo no se ha acostumbrado —repuse.

—Er… Cierto —admitió Spaw\mbox{—.} No todos los demonios se acostumbran. Pero
también es cierto que tener pinchos en la cara es condenadamente
molesto, mientras que estar rodeada de un sortilegio de mimetismo puede
ser hasta útil.

Puse cara pensativa.

—Claro, visto así…

En ese momento, oímos el ruido lejano de unos cascos contra la nieve y
nos tensamos.

—Caballos —murmuré.

El rostro de Spaw se había ensombrecido.

—Se acercan al Mausoleo. No nos quedemos aquí —me dijo.

Con aprensión, nos metimos entre las ruinas y nos agazapamos contra uno de los
muros del edificio. Los caballos estaban más cerca de lo que pensábamos
y los vimos aparecer por la colina, dirigiéndose directamente al
Mausoleo.

—Deben de ser demonios —vaticinó Spaw.

—O no —repuse.

—Tal vez sea Akras —bromeó Spaw, aunque en su tono había un deje de
nerviosismo poco habitual en él\mbox{—.} Espérame aquí —dijo de pronto.

Se alejó entre las ruinas y me escondí mejor detrás del muro, indecisa.
Desde mi posición no podía ver nada pero tampoco me podían ver a mí.
¿Y si se trataba del capitán Calbaderca?, me pregunté, algo angustiada.
Aún no había recuperado totalmente mi aspecto normal. No estaba
preparada, me dije.
\emph{“Todo depende de ti”}.
Las palabras de Kwayat me volvieron en mente. Sí, todo dependía de mí y
de mi capacidad para controlar mi sryho. Entorné los ojos y me
concentré. La energía de los demonios, que siempre había yacido olvidada
en algún rincón de mi ser, fluía continuamente sobre la Sreda. Pero,
como tantas veces en los últimos días, me fue imposible controlar nada.
Si había necesitado la poción de Askaldo para recuperar un relativo
control sobre mi Sreda, ¿cómo iba a dominar una energía de la que
Kwayat apenas empezaba a enseñarme los rudimentos? Ladeé la cabeza y
sonreí. Era irónico pensarlo, pero resultaba que Askaldo me había hecho
un enorme favor con aquella poción.

El ruido de unos pasos me arrancó a mis pensamientos. Poco después, Spaw
surgió de entre las ruinas caminando con discreción. Más de una vez me
había preguntado por qué Spaw deseaba tanto que su capa fuese de un
verde tan llamativo. Entre la nieve y la piedra oscura, destacaba como
una flor liwí en medio de un campo de hielo.

En los ojos de Spaw brillaba un destello de excitación. Lo miré,
interrogante.

—Askaldo va a tener problemas —me informó.

—¿Askaldo? —repetí, sorprendida. Así que no era el capitán Calbaderca…

—Es inusual que Ashbinkhai se mueva de su guarida —añadió Spaw,
elocuente. Había bajado la voz.

Agrandé los ojos.

—¿Ashbinkhai? —murmuré.

—Ajá —aprobó Spaw, y entonces se colocó mejor la capa y pasó una mano
sobre su pelo\mbox{—.} Voy a darle los buenos días. Er… —Me miró y vaciló antes
de tomar una decisión\mbox{—.} Yo que tú no me movería de aquí por el momento.
Ashbinkhai muestra siempre mucho interés por los demonios con mutaciones
curiosas. No te conviene que se fije mucho en ti, te lo aseguro.

Reprimí una mueca.

—¿Y tú? —pregunté\mbox{—.} ¿Crees que es prudente que después de lo que ha
pasado en Aefna…?

Pero Spaw resopló, divertido.

—Si Ashbinkhai sabe lo que ha pasado, también sabrá que la culpa ahí es
de su hijo y no mía. Yo sólo defendía a Lunawin.

Sonrió ante mi inquietud y levantó una mano a modo de saludo.

—Enseguida vuelvo.

\chapter{La paz de los demonios}
\label{s:14}

Cuando Spaw desapareció entre las ruinas, me incorporé. No había
recobrado del todo mi forma saijit, pero tampoco estaba del todo
convertida en demonio y no me costó utilizar las energías. Me envolví en
una esfera de niebla y seguí sigilosamente las huellas de Spaw hasta la
entrada del Mausoleo.

Las botas
\emph{twyms}
eran sumamente útiles, me percaté. Apenas me oía andar a mí misma.
Atenué mis armonías para fundirme todo lo posible con el entorno y pensé
que, de todas formas, mi piel mimética me ayudaría también a esconderme.
Agazapada entre una columna caída y un muro destrozado, eché un vistazo hacia
el patio del Mausoleo.

Eran cinco. Ashbinkhai, sin duda, tenía que ser aquel elfocano alto
arrebujado en una capa negra y montado sobre un gran caballo de pelaje
bayo. Había tres elfos oscuros que lo rodeaban sobre sus caballos, y un
joven elfo de la tierra que miraba a su alrededor con una curiosidad que
enseguida me puso nerviosa. Me escondí prudentemente detrás de la
columna.

—¡Un placer volver a verlo, gran Ashbinkhai! —soltó la voz respetuosa de
Spaw. Oí sus pasos más firmes sobre la nieve y los bufidos molestos de
los caballos.

—Spaw Tay-Shual —contestó la voz del elfocano\mbox{—.} Me sorprende que estés
tan cerca de mi hijo después de haber rechazado mi oferta de protegerlo.
Aunque ciertamente no me sorprende tanto —rectificó. Su voz, aunque
suave, estaba cargada de ironía.

—¿A qué se debe su visita? —preguntó el joven humano, sin abandonar su
tono respetuoso.

—Me han informado de unos hechos inquietantes —respondió Ashbinkhai. El
ruido de sus botas sobre la nieve me indicó que acababa de apearse.

—Espero que no lo sean tanto —replicó Spaw. Su voz ya parecía más lejana.

Oí la puerta de entrada abrirse y luego cerrarse. Solté un suspiro y
eché un vistazo cauteloso hacia el patio. Estaban los cinco caballos
atados a unas columnas. Se rebullían, nerviosos, como si percibiesen algo
anormal en el ambiente. Tal vez sentían las energías extrañas que
flotaban en el aire del Mausoleo. O tal vez notaban mi presencia, añadí
para mis adentros.

Iba a moverme para alejarme cuando, de pronto, oí un leve crujido. El
elfo de la tierra caminaba alegremente entre las columnas, admirando las
viejas figuras grabadas en la piedra. Esbocé una sonrisa y me senté
tranquilamente sobre una roca para observarlo, deshaciendo mi sortilegio
armónico. El elfo no debía de tener muchos más años que yo. ¿Por qué
razón el «gran Ashbinkhai» lo había elegido para su viaje?, me pregunté,
intrigada.

Llevaba un buen rato sentada ahí, maravillándome de que el elfo no me
viese, cuando de pronto este se giró y se sobresaltó al verme tan sólo a
unos metros de distancia. Una expresión de terror pasó sobre su rostro.
Me examinó, circunspecto.

—Bonito lugar —observé.

—Er… Sí —asintió el elfo, molesto\mbox{—.} Eres… ¿eres un demonio? —preguntó.

Enarqué una ceja y asentí. No pude evitar sonreír al ver el alivio
reflejado en su rostro, aunque enseguida volvió a retomar un aire
desconfiado.

—¿Vives aquí?

—Por ahora —asentí\mbox{—.} Me llamo Shaedra. ¿Y tú? ¿Cuál es tu nombre?

—Chayl Calyhéi Ashbinkhai —contestó y añadió, con aire suficiente\mbox{—:} Soy
el sobrino del Demonio Mayor de la Mente y, además, soy su discípulo.

Estaba claro que se sentía orgulloso de su posición.

—Oh —solté. Y lo examiné más atentamente. Ahora que lo decía, bajo sus
rasgos de elfo de la tierra, subyacían algunos rasgos de elfocano. Era
un dedrin, entendí. Sus ojos pálidos, casi como ciegos, me detallaban
con curiosidad.

—Shaedra… Oh, sí. Ahora lo recuerdo —musitó\mbox{—.} Eres la que le robó la
poción a mi primo, ¿verdad?

Ya estábamos con la misma historia de siempre, suspiré. Disimulé mi
exasperación y carraspeé.

—Yo no he robado nada. Simplemente, cometí un error. Bueno —dije,
levantándome, antes de que el elfo pudiese preguntarme nada más\mbox{—,} ha
sido un placer conocerte, Chayl Calyhéi Ashbinkhai.

Acababa de oír la puerta del patio abrirse y me giré hacia Spaw, quien
se acercaba, sumido en sus pensamientos.

—El placer ha sido mío —replicó el dedrin\mbox{—.} Hasta la vista.

Antes de que Spaw nos alcanzase, el dedrin ya se alejaba, huyendo sin
duda de un templario al que no tenía mucha estima.

—He entrado en el cuarto de Askaldo —me informó Spaw, siguiendo con una
mirada indiferente la silueta del dedrin entre las ruinas.

Me mordí el labio, esperanzada.

—¿Se le han ido sus pinchos? —pregunté.

—Más o menos. —Suspiré, aliviada, pero Spaw precisó\mbox{—:} Los pinchos
se le han aplastado y se han transformado en unos forúnculos bastante
espantosos. He dejado a padre e hijo charlar tranquilamente, pero
será mejor que vengas. Creo que Askaldo tiene otro plan.

Aunque mi piel ya debía de estar tan blanca como la nieve por el sryho,
me sentí palidecer.

—¿Otro plan? —repetí débilmente\mbox{—.} Esto no me gusta. ¿No crees que es hora
ya de huir de ese demonio desquiciado? —sugerí.

Spaw puso los ojos en blanco.

—Askaldo no está loco. Simplemente tiene una fijación. Siempre le ha
gustado vivir en las ciudades saijits, es un progresista y no quiere
renunciar a su vida de antes. Ven —me dijo, retomando el camino hacia la
lúgubre entrada del Mausoleo.

—El problema es que para no renunciar a esa vida de antes es capaz de
hacer locuras —mascullé por lo bajo, mientras seguía a Spaw.

\nopagebreak \bigskip {\centering{$\spadesuit$} \par} \smallskip

Cuando entramos en el salón, ya estaban reunidos Maoleth, Barsh, Nara y
Kwayat, sentados a la gran mesa.

—¡Perfecto! —exclamó Maoleth, al vernos entrar\mbox{—.} Sólo faltan Ashbinkhai y
su hijo y podremos saber la razón por la cual Askaldo quiere hacer una
reunión con todos nosotros.

Enarqué una ceja. De hecho, aquella súbita reunión me intrigaba. Me
senté a la mesa con Spaw y crucé la mirada aprobadora de Nara. Le
sonreí a la gran caita.

—Muchas gracias por la ropa —dije.

—Oh, no tienes por qué darme las gracias —contestó ella con sinceridad\mbox{—.}
Esa ropa no se usaba desde hacía años. Mejor que sirva para algo.

En aquel momento, el enorme gato de Maoleth subió sobre mis rodillas y
me sobresalté. El felino clavó su mirada verde sobre mi rostro y alzó
contra mi pecho una pata con las garras metidas, como inspeccionando un
juguete interesante.

—Lieta —lo llamó Maoleth\mbox{—.} Un poco de respeto.

Enseguida la gata se giró hacia su amo. Saltó sobre la mesa y maulló por
lo bajo. Tras dedicarme una ojeada recelosa, se puso a limpiar una de
sus patas delanteras con su lengua rasposa.

—Tiene mal genio —me explicó Maoleth, con una sonrisa burlona. La gata lo
fulminó con la mirada, como si lo hubiese entendido\mbox{—.} Pero es una buena
compañera —añadió, dando una pequeña palmadita al felino.

Empezaba a preguntarme si Maoleth y Lieta comunicaban por vía mental,
como Syu y yo, o simplemente adivinaban los pensamientos del otro. Quién
sabe, ¡a lo mejor hasta utilizaba kershí! Llevaba dándole vueltas al
tema desde hacía unos días, pero lo cierto era que no me había atrevido
a preguntárselo a Maoleth.

—De tanto hacernos esperar, le van a salir cuernos al hijo de Ashbinkhai
—soltó Spaw.

Solté una risita pero los demás nos miraron con expresión severa y
recompusimos nuestra expresión.

Apenas pasaron unos minutos antes de que Askaldo entrase, seguido de su
padre y de los tres elfos oscuros que habían llegado con este, así como
Chayl, el dedrin. Nos levantamos todos e imité a Spaw y al resto cuando
estos se inclinaron respetuosamente ante los recién llegados a la manera
de los demonios. No todos los días se encontraba uno ante el Demonio
Mayor de la Mente, pensé, divertida.

—Tomemos asiento —ordenó Ashbinkhai.

El elfocano se había quitado la capucha y su largo cabello dorado y liso
caía a su alrededor. Cruzó el salón con un andar presto y se sentó en
cabeza de mesa, invitando bruscamente a su hijo a sentarse a su derecha.
Askaldo, tenía la misma prestancia que su padre, pero no la misma
hermosura de rasgos, desde luego. Su rostro verdoso y oscuro se parecía
al de un personaje de pesadillas. Suspiré. ¡Lo que podía causar una
Sreda inestable!

Ashbinkhai nos observó alternadamente con sus ojos pálidos. Me pareció que
su mirada se detenía más tiempo sobre mí y sentí un escalofrío.

—Quisiera antes de todo agradeceros la cálida acogida en vuestra morada
—declaró, dirigiéndose hacia Barsh, Maoleth y Nara.

Los interesados inclinaron la cabeza, aceptando los agradecimientos.
Todos estábamos expectantes.

—Os he reunido aquí por una razón muy sencilla. Mi hijo, a pesar de la
poción de Lunawin, no se ha curado —anunció inútilmente Ashbinkhai.

—Lunawin no tiene la culpa —intervino Spaw. Su voz acabó en un murmullo
ahogado, bajo la mirada imperante de Ashbinkhai.

—Un Demonio Mayor no culpará jamás a un alquimista por un solo error de
alquimia —replicó Ashbinkhai\mbox{—.} Ahora sé con total certeza que era una
mala idea pedir una poción tan complicada a una anciana. Y era un
terrible error intentar forzarla a fabricar esa poción —añadió,
dirigiendo una mirada reprobadora a su hijo. Askaldo, sin embargo, ya
parecía bastante escarmentado y guardaba la mirada fija en la mesa.

—No hay un alquimista mejor que Lunawin en toda la Tierra Baya —comentó
Barsh, con un rostro imperturbable.

Ashbinkhai frunció el ceño.

—Tal vez. Pero hay otro gran alquimista que podría curar a mi hijo:
Seyrum.

Agrandé ligeramente los ojos y me sorprendieron las reacciones de los
habitantes del Mausoleo de Akras. Maoleth puso cara pensativa, Nara
frunció el ceño y Barsh meneó la cabeza. Lieta, sobre las rodillas de su
amo, bostezó exageradamente.

—Lo siento, Ashbinkhai, pero no le sigo —replicó el curandero.

—Entiendo vuestra sorpresa —dijo Ashbinkhai\mbox{—.} Para los que no lo saben,
hace meses que Seyrum ha sido capturado por Driikasinwat para sus
oscuras maquinaciones. Yo, Ashbinkhai, y mi hijo Askaldo, hemos decidido
acabar con la ambición de ese renegado y salvar a Seyrum —declaró con
solemnidad.

Un murmullo recorrió la mesa y me giré hacia Spaw.

—¿Driikasinwat? —pregunté. El nombre me sonaba y estaba segura de que
Kwayat ya me había hablado de él.

—Lo llaman el Demonio del Oráculo —me explicó en un murmullo.

Entonces recordé. Según me había contado Kwayat, Driikasinwat había sido
un Demonio de la Mente como Zaix antes de cometer un error imperdonable. Había
metido en el Pozo de los kandaks a un enemigo suyo y luego había desaparecido.
En ningún momento Kwayat comentó que Driikasinwat siguiese vivo. Y resultaba
que ahora el demonio había capturado nada menos que al alquimista de Dathrun.
Traté de reconstruir la imagen de Seyrum que guardaba en mi memoria. Tan sólo
me acordaba de su cabello plateado y de sus ojos azules chispeantes de furor
al ver que tres niñas acababan de beberse la botella destinada al hijo de
Ashbinkhai…

—Es una acción peligrosa —comentó Maoleth, acariciando la cabeza de
Lieta\mbox{—.} Aunque también es cierto que Driikasinwat ha sido demasiado
atrevido capturando a un alquimista tan prestigioso.

—Ha ido demasiado lejos —aprobó uno de los elfos oscuros que acompañaban
a Ashbinkhai.

El Demonio Mayor de la Mente se levantó, como para dar más importancia a
las palabras que iba a pronunciar.

—El Demonio del Oráculo, como se llama a él mismo, ha vivido mucho tiempo
en la sombra y hasta ahora sus acciones no me habían alarmado demasiado.
—Meneó la cabeza con tristeza\mbox{—.} Pero que nos robe a nuestro mejor
alquimista es un acto infame —afirmó\mbox{—.} Driik es hábil y astuto. Vive en
una isla de las Anarfias, rodeado de otros demonios renegados. Aunque,
de hecho, no todos son demonios. —Nara soltó una exclamación ahogada y
los ojos del elfocano se fijaron en ella un instante\mbox{—.} Hace tiempo ya que
sigo las locas acciones de Driikasinwat —prosiguió con calma\mbox{—.} Seyrum no
ha sido el primer alquimista al que ha capturado. También secuestró a un
anciano que vivía en un pueblo cerca de Mirleria hace dos años.

—Driikasinwat está tramando algo —entendió Barsh.

—Sus intenciones me son demasiado familiares —asintió Ashbinkhai con aire
sombrío\mbox{—.} Me recuerdan a Yhelgui Deormath.

Un escalofrío recorrió la pequeña asamblea y reprimí un suspiro. Spaw,
adivinando mi pregunta silenciosa, hizo una mueca divertida antes de
explicarme en un murmullo:

—Yhelgui Deormath fue una demonio de la Luz que intentó avasallar a un
pueblo saijit hace una treintena de años. Una auténtica descerebrada.
Afortunadamente, Ashbinkhai y Puir acabaron por desenmascararla y
condenarla. Si no hubiese sido por ellos…

El joven humano se interrumpió en medio de su explicación al ver que
Ashbinkhai contestaba a una pregunta de Barsh. Entorné los ojos,
pensativa, pero presté atención.

—Ignoro lo que pretende hacer exactamente con Seyrum —decía el Demonio
Mayor\mbox{—.} Pero si este sigue vivo, significa que Driikasinwat desea
utilizar sus dotes de alquimia. Seyrum, como antiguo Demonio de la Mente,
merece mi protección. Askaldo irá a la Isla Coja y lo liberará. Olvidad a
partir de ahora todos las acciones de mi hijo en lo relativo a Lunawin. Es
historia pasada. La venganza no honra a nadie.

Ashbinkhai clavó sus ojos en los de su hijo y luego los giró hacia mí. Le
devolví una mirada estupefacta. ¿La Isla Coja? Me había quedado con esas
palabras en mente y tardé unos segundos en entender la mirada de aviso
de Ashbinkhai. Sin duda me quería hacer entender que la pequeña querella
entre Askaldo y yo había terminado.

—Ha sido un placer hablar con todos vosotros. Ahora, si es posible,
quisiera conversar con mis anfitriones en privado —declaró entonces
Ashbinkhai.

Advertí la rápida ojeada que intercambiaron Barsh, Nara y Maoleth antes
de que se levantaran y saliesen de la habitación, seguidos por
Ashbinkhai y su escolta. En cuanto se cerró la puerta, Askaldo levantó
sus ojos rojizos. Sin embargo, las palabras de Ashbinkhai me habían
dejado demasiado meditativa para prestarle atención…

¡La Isla Coja!, me repetí, incrédula. Por lo que sabía, aquella isla no tenía
mucho más de quince kilómetros de largo. Era más que improbable que pudiesen
subsistir dos comunidades en tan poco espacio… La conclusión inmediata me
ponía los pelos de punta. Si los Veneradores de Numren vivían en la Isla Coja
y tenían secuestrada a Aleria ahí, eso significaba que los Veneradores de
Numren o bien eran aliados de los demonios renegados de Driikasinwat… o bien
eran todos los mismos. Y, si eran los mismos, entonces los Veneradores de
Numren eran demonios. Y si realmente eran ellos los que habían secuestrado a
Daian, su propósito no podía tener nada que ver con la Sreda. A menos que
Daian también fuese una alquimista demonio, pensé, con ironía.

Meneé la cabeza y pensé en Aleria. Me estremecí al imaginármela
prisionera en alguna celda oscura mientras el Demonio del Oráculo se
aventuraba lejos de su isla para raptar a nuevos alquimistas. A lo mejor
Driikasinwat los coleccionaba… Reprimí una risita ante la idea
disparatada. El carraspeo de Spaw me sacó de mis pensamientos y me di
cuenta de pronto de que Askaldo había hablado. Y, por cómo me observaba,
parecía haberse dirigido a mí directamente.

—Er… Perdón, ¿has dicho algo? —pregunté, tratando de no expresar mi
aprensión al posar mis ojos sobre su rostro deforme.

El hijo de Ashbinkhai, lejos de mostrar exasperación, esbozó una
sonrisa.

—Decía que me alegro de que no nos hayamos convertido en kandaks ninguno
de los dos.

—Oh —murmuré, sorprendida por su tono bastante cordial\mbox{—.} Sí, er… yo
también me alegro.

Askaldo se levantó con agilidad. Su alta estatura y su delgadez, junto a
su rostro monstruoso, le daban un aire de criatura realmente extraña.
Mientras se acercaba a mí, retomó la palabra.

—Ashbinkhai… —marcó una leve pausa antes de añadir\mbox{—:} mi padre, quiere que
olvidemos nuestro pequeño malentendido. Y ahora que estás casi en las
mismas que yo —carraspeó, como divertido\mbox{—,} estoy dispuesto a hacer las
paces.

Su tono burlón me dejó más sorprendida que la propuesta en sí. Enarqué
una ceja y confesé con sinceridad:

—Yo jamás quise robar la poción de Seyrum, te lo aseguro. Siento haberte
causado tantas desgracias.

Askaldo descubrió sus dientes puntiagudos.

—Te creo. No sé por qué, pero te creo —contestó con sencillez\mbox{—.} Y ya que
te perdono por tu acto, perdóname tú por haberte causado… algunos
problemas.

Algunos problemas, me repetí, irónica. Primero había querido
desestabilizar mi Sreda con un zumo de ortigas azules, y luego me había
hecho probar una poción muy potente que ni siquiera estaba preparada
para mí. Aun así, no pude más que alegrarme al verlo dispuesto a olvidar
el pasado.

—Ya nos hemos perdonado —afirmé.

—Hagamos pues las paces debidamente —dijo.

Y, retomando su seriedad, tendió sus dos manos hacia delante. Agrandé
los ojos, desconcertada, pero entonces, al intercambiar una mirada con
Kwayat, lo entendí. Me levanté y le cogí las manos al hijo de
Ashbinkhai. Su piel era rugosa y bulbosa, oscurecida por las
hinchazones, y tuve que hacer un esfuerzo para no dar un bote hacia
atrás.

Kwayat me había hablado algunas veces de cómo los demonios se perdonaban
mutuamente. Se cogían las manos y pronunciaban unas palabras en tajal.
Tomé una inspiración y, después de soltar unas palabras introductorias,
tal como me había enseñado Kwayat, declamé:

—\emph{Hashral, mihuswib}.

Me sentí pasablemente orgullosa de haberme acordado tan bien de todo,
aunque cuando advertí la sorpresa reflejada en los ojos de Askaldo creí
por un momento que me había equivocado de fórmula. Sin embargo,
él contestó, con tono pausado:

—\emph{Hashral, mihuswib}.

Nos soltamos las manos, poniendo fin a ese curioso ritual ceremonioso.
Enseguida eché un vistazo hacia Kwayat, esperando que mostrase algún
gesto de satisfacción al ver el buen comportamiento de su alumna, pero
resultó que este estaba sumido en sus pensamientos, con la mirada
clavada sobre sus manos juntas.

—Tu instructor te ha enseñado tajal, ¿verdad? —me preguntó Askaldo.

Asentí con la cabeza y advertí un destello aprobador en sus ojos
rojos. Askaldo iba a añadir algo cuando Spaw intervino.

—Emocionante —soltó\mbox{—.} Con ese tipo de paz, supongo que ya no nos
encontraremos con zumos de ortigas azules por el camino. Bien, ahora que
todos somos amigos, ¿puedo hacerte una pregunta, Askaldo?

El hijo de Ashbinkhai no pareció apreciar el desenfado del joven
templario. Al fin y al cabo, este había estado espiándolo a petición de su
propio padre y luego se había interpuesto entre él y Lunawin…

—¿De qué se trata, templario? —preguntó con el ceño fruncido.

Spaw hizo caso omiso del tono despectivo de Askaldo y prosiguió:

—El malvado Driik ha capturado a Seyrum y tú vas a ir a liberarlo. Es un
objetivo encomiable y yo te deseo toda la suerte del mundo. Ahora bien,
está claro que Ashbinkhai no nos ha reunido a todos aquí para
informarnos sin más de toda esta historia.

Askaldo se encogió de hombros y repuso, burlón:

—¿Y dónde está la pregunta?

Kwayat salió entonces de su larga meditación, levantándose de la mesa.
Parecía haber llegado a una conclusión.

—Shaedra no podrá recuperar su aspecto normal y volver junto a los saijits sin
la ayuda de un buen alquimista —declaró\mbox{—.} La propuesta de Ashbinkhai es clara.

Parpadeé, viendo de pronto la realidad bajo una perspectiva mucho más
terrorífica. Levanté una mano y le quité el guante. Estaba grisácea,
como la piedra del salón que me rodeaba. Me mordí el labio.

—¿De veras no puedo volver a Ató? —pregunté.

Spaw resopló.

—¿Ya has visto a un saijit cambiar de color de piel según el entorno?
—inquirió. Hice una mueca y negué con la cabeza\mbox{—.} Por no decir que a
veces tus ojos se vuelven rojizos sin que te des cuenta tú misma.
Lógicamente, no puedes volver a Ató en ese estado.

—Es imposible —asintió Askaldo. En su tono noté una pizca de diversión y
sospeché que mi estado no le inspiraba el más mínimo remordimiento.

—Imposible totalmente —reforzó Kwayat, matando mis esperanzas\mbox{—.} Antes que
nada tienes que aprender a controlar el sryho. Y aun así, ignoro la
naturaleza de tu mutación. Tal vez sólo puedas curarte con una ayuda
exterior.

Por ejemplo, con una poción de Seyrum, completé para mis adentros. Dejé
escapar un suspiro y posé mi mano sobre la mesa. Poco a poco, fue
fundiéndose con la madera. Oí el resoplido de Chayl Calyhéi Ashbinkhai
al entender por primera vez lo que me ocurría. En un instante, se me
impuso en la mente la clara imagen de mis amigos, de Galgarrios, de
Kirlens y Wigy, soltando exclamaciones de sorpresa al verme cambiar de
color. Traté de tragarme el rencor que me invadía al mirar hacia el
rostro deforme del demonio con el que acababa de hacer las paces. Al fin
y al cabo, entre su rostro y mi piel de color mutante no me cabía duda
de cuál era mi preferencia. Con este pensamiento, sonreí para mis
adentros y tomé una decisión.

—Está bien —dije\mbox{—,} vayamos a la Isla Coja y salvemos a cuantos demonios
alquimistas tengamos que salvar. Al fin y al cabo —solté una risita\mbox{—,}
Shakel Borris hacía lo mismo, aunque en su caso salvaba princesas.

En aquel momento, sin embargo, no pensaba yo tanto en liberar a Seyrum
como en rescatar a Aleria. Si ella se encontraba realmente ahí, como
afirmaba Daian en su carta, yo no podía abandonarla, y menos teniendo
una oportunidad como aquella. Sentí cierta excitación y entusiasmo al
imaginarme salvando a Aleria y a Akín del Demonio del Oráculo. ¡Me
hubiera gustado tanto que ambos estuvieran de vuelta en Ató y que
pudiéramos otra vez volver a una vida normal! Claro que, además de
salvarlos, tenía que salvar a Seyrum para que recolocase mi Sreda
correctamente… ¿Acaso algún día dejaría de meterme en líos? Suspiré
interiormente: lo dudaba mucho.

\chapter{Susurros en la oscuridad}
\label{s:15}

Apenas una hora después de que un Ashbinkhai satisfecho partiese de
nuevo hacia su hogar seguido por su escolta, salimos del Mausoleo de
Akras bajo un sol invernal. Después de haberse despedido de Barsh y
Nara, Maoleth se reunió con nosotros en el límite del lúgubre lugar.
Junto a él, avanzaba sigilosamente su gata de ojos verdes.

—¡Adelante, compañía! —nos dijo alegremente el elfo oscuro.

Nos pusimos en marcha, dirigiéndonos directamente hacia el este, según
las indicaciones de Maoleth. Cuando le había preguntado Spaw, curioso,
cómo pensaba cruzar el Trueno, él se había echado a reír y con aire
misterioso había contestado:
\emph{“Confía en mí, soy aún más astuto que Lieta, ¡que ya es decir!”}
Nadie emitió la más mínima objeción: después de todo, él era el experto
de la región.

No podía evitar preguntarme por qué Maoleth había accedido a
acompañarnos. Estaba claro que Ashbinkhai había logrado convencerlo, de
una manera o de otra. Pero Maoleth, a pesar de tener aires de viejo
zorro, no era del tipo de gente aventurera y me pregunté qué demonios
podía haberle prometido Ashbinkhai a cambio. Tenía que ser algo
importante. En cuanto a la presencia de Chayl, era todavía más
sorprendente. Según el dedrin entusiasmado, Ashbinkhai lo había nombrado
mensajero, lo que significaba, si había entendido bien, que se
encargaría de avisar a Ashbinkhai de nuestros épicos avances.

Tardamos un día y medio en llegar hasta el Trueno. Mientras andábamos,
evitando cualquier tipo de granja o presencia saijit, Kwayat siguió
con empeño dándome lecciones sobre el sryho, aunque de cuando en cuando
mis pensamientos derivaban hacia asuntos más preocupantes. No podía
dejar de pensar en Syu y en Frundis. Tenía que recuperarlos, y tenía que
avisar a Aryes de todo lo que me había ocurrido y decirle que aún seguía
viva… Sin embargo, dudaba de que mis demás compañeros de viaje
entendiesen mis argumentos para permitirme volver a Ató. Con excepción
de Spaw, tal vez.

En cuanto divisamos el río que bajaba, frío y atronador entre la nieve,
Maoleth y Lieta se detuvieron y el elfo oscuro tomó rumbo hacia el sur.
Rápidamente nos encontramos andando de bosquecillo en bosquecillo. Al
principio, la prudencia que todos demostraban me pareció un tanto
exagerada, pero pronto entendí que, efectivamente, aquella zona que
cruzábamos no era segura para unos demonios, y menos para un grupo con
un elfocano cubierto de furúnculos y una ternian de piel cambiante.

—Empiezo a entender tu táctica para cruzar el Trueno —masculló Spaw,
mientras andábamos\mbox{—.} ¿Vamos a pasar por el puente de Ató, verdad? Como
buenos saijits que somos.

Alcé los ojos, esperanzada, y Maoleth resopló, divertido.

—No es muy original —confesó\mbox{—.} Pero tranquilo, muchacho, conozco a
alguien que nos facilitará la travesía para asegurarnos de que no ocurra
nada malo.

Kwayat entornó los ojos.

—¿A qué comunidad pertenece ese alguien? —inquirió.

Maoleth ladeó la cabeza e intercambió una mirada socarrona con Lieta.

—A la de la Tierra.

—Mmpf —se contentó con replicar Kwayat.

Entendí que hablaban de comunidades de demonios. Según me había dicho Kwayat,
el Demonio de la Tierra, Kuasuat, de una familia menos prestigiosa, no era
considerado un Demonio Mayor, pero inspiraba respeto. Poco a poco, mientras
seguíamos avanzando en silencio, me volvieron las historias, algo olvidadas,
sobre los demonios que fundaban sus propias comunidades. Sumida en mis
pensamientos, tropecé con una raíz enterrada en la nieve y retomé el
equilibrio, resoplando. Nos aproximábamos a la salida del bosque, me fijé. Y
el cielo empezaba a oscurecerse.

—Debemos de estar a una hora o menos de Ató —dijo Maoleth. De pronto oí
un ruido de pasos sobre la nieve y me pegué a un tronco, alerta. Los
demás también lo habían oído, pero no reaccionaron tan dramáticamente
como yo. Askaldo se contentó con recolocar mejor su velo y estirar su
capucha para tapar mejor sus rasgos. Tras un segundo de vacilación, lo
imité, ignorando totalmente qué aspecto tenía y si estaba presentable o
no.

Tras un leve silencio, Maoleth avanzó unos pasos y soltó una risita.

—Era una liebre —dijo simplemente.

Cuando nos reunimos con él, entendí por qué había hablado en pasado:
un lobo solitario, con la liebre entre los dientes, desaparecía en aquel
mismo instante entre los árboles a una velocidad espeluznante.

—Vamos a esperar a que caiga del todo la noche —declaró Maoleth,
girándose hacia nosotros\mbox{—.} Y luego os conduciré a casa de Naé Ril-de-Ya.

Naé Ril-de-Ya, me repetí. Su nombre no me sonaba para nada. En todo caso
no era ni una habitual del
\emph{Ciervo alado}
ni una persona conocida en Ató. Pero claro, ¿acaso existía algún demonio
conocido en la sociedad saijit?

—¿Y el lobo? —preguntó Chayl, algo aprensivo\mbox{—.} A lo mejor hay más.

Askaldo, totalmente ocultado bajo su capucha y su velo, soltó un ruido
que se parecía a una risa.

—Querido primo, si te asustan los lobos, no merece la pena que continúes
este viaje. Anda, ¡ve a avisar a tu instructor de que has visto un lobo!

Todo atisbo de miedo desapareció de la expresión de Chayl Calyhéi
Ashbinkhai, remplazado por la cólera al verse tratado como un miedoso.

—Querido primo —gruñó, sarcástico\mbox{—.} No me asustan los lobos.

—¿Ah, no? —replicó el elfocano, con un deje de diversión en la voz.

—Nunca me han asustado —afirmó Chayl, con orgullo\mbox{—.} Y tampoco me han
asustado nunca los renegados como Driikasinwat.

Spaw carraspeó junto a mí.

—Estos queridos primos prometen —me susurró, no tan bajo, para que todos
lo pudiesen oír.

—Nos van a dar el viaje —completé con tranquilidad\mbox{—.} Además, cualquier
mono gawalt sabe que el miedo es el primer aliado del guerrero y que el
valiente no llega a viejo. Mi maestro de har-kar me lo decía siempre —suspiré,
teatral.

—No todo el mundo tiene la suerte de tener monos gawalts como maestros
—se burló Spaw.

Chayl nos fulminó con la mirada, como preguntándose si nos estábamos
mofando de él. Antes de que él o Askaldo soltasen una réplica, Maoleth
intervino:

—Los primos van a calmarse. Y la atrapa-colores también. Y tú, Spaw
Tay-Shual, no metas cizaña.

—¿Has dicho atrapa-colores? —exclamé, incrédula.

—Sí, estaba hablando de ti —afirmó Maoleth, poniendo los ojos en blanco\mbox{—.}
Como decía…

—Por curiosidad, ¿de dónde sacas esa palabra? —lo interrumpí, intrigada.
No me sentía insultada ni lo más mínimo; es más, la palabra me venía de
perlas, pero había despertado en mí agradables recuerdos y quería
cerciorarme de algo.

Maoleth enarcó una ceja, sorprendido por la pregunta.

—Bueno… precisamente me la enseñó Naé Ril-de-Ya. Se trata de un juguete
para pintar colores armónicos.

Tuve una ancha sonrisa, divertida al pensar que hasta los demonios habían
oído hablar de los inventos del famoso Dolgy Vranc.

\nopagebreak \bigskip {\centering{$\spadesuit$} \par} \smallskip

Me disimulé detrás de un árbol y eché un vistazo a mi alrededor. Ató
estaba hundida en la niebla y apenas se divisaban sus luces. Nos
encontrábamos en la parte boscosa del norte de la ciudad, junto al río, ya
que, según Maoleth, Naé Ril-de-Ya vivía justo al norte del puente de piedra.

—Por aquí —dijo la voz de Maoleth. Su silueta se difuminaba entre las
sombras y la bruma\mbox{—.} Rápido —murmuró.

Lo seguimos todos y salimos del bosque, recorriendo la orilla nevada del
río. Todo parecía estar paralizado y congelado, menos el Trueno, que
bajaba incansable y constante hasta el océano Dólico.

Maoleth nos guió entre arbustos que se asemejaban a grandes monstruos
entre la niebla. Estábamos rodeando unos pequeños huertos cuando Maoleth
nos hizo un gesto repentino para que nos detuviésemos y nos agachásemos.
Alarmada, obedecí y miré mi entorno con aprensión. Se oían ruidos de
pasos en la nieve. Arrebujados en sus mantos rojos, dos guardias de Ató
pasaron a unos metros de distancia. Reprimí un suspiro de alivio cuando
se alejaron sin echar la más mínima ojeada hacia nosotros. Unos minutos
más tarde, entrábamos en una sala oscura que olía a leña.

—Esperad aquí —nos dijo Maoleth, antes de desaparecer por una pequeña
puerta.

En la oscuridad, vi a Spaw caminar entre los leños que se almacenaban
en la sala. Mientras esperábamos pacientemente, Askaldo se quitó el velo
para aplicarse un ungüento blanco sobre el rostro, como si pudiera
embellecerlo. Kwayat permanecía quieto como una estatua y Chayl, sentado
sobre un tronco de madera, tarareaba una canción por lo bajo.

—¿Qué cantas? —pregunté, intrigada.

Chayl levantó bruscamente la cabeza e interrumpió su melodía.

—Oh. Cantaba
\emph{Tierra Maldita}
—contestó.

—Es una canción muy conocida de un erudito llamado Sherathul —me explicó
Kwayat, rompiendo su silencio\mbox{—.} Trata de la guerra entre los demonios y
los saijits.

Entonces, con una voz profunda, Askaldo entonó la canción en tajal:
\begin{verse}
¡Sreda amada! \\
por tantos vicios quemada, \\
odios de tiempo ancestral, \\
si acaso tú oyes mi historia, \\
¡haz que nuestros descendientes \\
ya no la olviden jamás!

\end{verse}

Escuché la canción, fascinada y convencida de que jamás se me olvidaría
el tono melódico y dramático de Askaldo. Sherathul consideraba a los
saijits como hermanos traidores y desalmados, castigados por la Sreda
para siempre por sus fechorías. Aunque también condenaba la actuación de
los demonios que habían participado en la guerra. ¿Cuántos milenios
de antigüedad tendría aquella triste historia?, me pregunté, mientras
Askaldo ponía fin a una estrofa con una nota interrogativa muy bien
conseguida.

En ese instante, la puerta por donde había desaparecido Maoleth se
abrió y apareció una pequeña silueta con una linterna en la mano.
Pestañeé y me fijé en que su rostro amarillento y algo arrugado estaba
surcado por una larga cicatriz que parecía causada por algún producto
ácido. Desde luego, a los demonios nos solía pasar cada miseria…

—Buenos días —dijo pausadamente, mientras avanzaba.

Nos examinó con unos ojos penetrantes y rojizos mientras le
contestábamos educadamente. Maoleth, detrás de ella, tenía aire
sombrío, al igual que Lieta, y me pregunté si Naé Ril-de-Ya se había
negado a ayudarnos a cruzar el puente. Entrecerré los ojos, pensativa.
¿Y si Naé resultaba ser una servidora de Driikasinwat y se había
enterado de nuestras intenciones? Reprimí una sonrisa: eso sí que sería
mala suerte.

—Seguidme, hijos míos —dijo al fin la mediana, cuando nos hubo detallado
con la mirada a todos\mbox{—.} Hoy no cruzaréis el puente. Todo está lleno de
patrullas.

Al oír sus palabras fui agrandando cada vez más los ojos.

—¿Lleno de patrullas? —dejé escapar, extrañada\mbox{—.} Estamos en invierno. No
suele haber demasiados ataques.

La mediana se encogió de hombros y se tapó mejor con su mantón negro…
Entonces me acordé de ella. Solía estar en el mercado, vendiendo velas
de
\emph{litzen}
y ungüentos. Aunque no fuese herborista, la gente compraba sus artículos
porque eran mucho más baratos que los de Tyemina la Herborista.

La seguimos hasta el segundo piso de la vivienda. Cuando estuvimos en su
salón, Naé Ril-de-Ya tiró otro leño en el fuego de la chimenea y se
giró inesperadamente hacia mí.

—Lleno de patrullas —asintió, retomando mi pregunta\mbox{—.} Hace dos semanas,
los cuerpos de dos cazadores saijits fueron encontrados a tan sólo un
día de Ató. Creyeron que habían muerto de frío, pero luego las cosas
cambiaron. Empezó a desaparecer ganado de las granjas vecinas, y hasta
joyas y objetos de valor. Luego llegó a Ató la noticia de que un grupo
de hadas negras había huido de Éshingra para dirigirse hacia Ató y el
Mahir ha empezado a llenar las granjas con guardias.

Su explicación me dejó anonadada. Inspiré hondo y traté de calmarme. Hadas
negras, pensé. Según el doctor Bazundir, las hadas negras eran una comunidad
de yedrays, famosa por sus fechorías. Desgraciadamente la gente asimilaba a
todos los yedrays con aquellas hadas. Y resultaba que los yedrays utilizaban
el kershí, una energía paria que, por alguna razón desconocida, yo había
utilizado desde el principio para comunicar con Syu.

—No os recomiendo dirigiros a Éshingra —añadió al fin la mediana,
observando nuestras reacciones con unos pequeños ojos vivaces\mbox{—.} Ayer
mismo me llegó una carta de un amigo mío que vive en Ombay. Dice que las
Comunidades están en pie de guerra. Por no hablar de las hadas negras
y de los bandidos que atacan por los caminos.

Enarqué una ceja. Así que a los demonios tampoco les gustaban las hadas
negras… Reprimí un suspiro y decidí que no valía la pena preocuparse por
el asunto. ¿Quién, aparte de Syu, de Bazundir y de mí, sabía que
utilizaba kershí? Y, por otro lado, ¿quién demonios era capaz de
reconocer a un hada negra? Seguramente gente tan preparada como el
doctor Bazundir, es decir, muy poca.

Tras descartar mis preocupaciones personales, me percaté del problema
real que nos cernía: unas hadas negras que no parecían muy simpáticas
rondaban por el este del Trueno y Naé Ril-de-Ya deseaba que no nos
precipitásemos hacia unas Comunidades en guerra.

Tras escuchar durante unos instantes la conversación sobre las noticias
de Éshingra, volví a centrarme en pensamientos que requerían mi atención
de manera más inmediata: tenía que encontrar a Frundis y a Syu. Me
removí inquieta, oyendo sin escuchar las palabras de los demás.

—Er… —murmuré, nerviosa.

Hice una mueca, sonrojándome levemente… aunque, ¿acaso era capaz de
sonrojarme siquiera?, me pregunté de pronto. Me percaté entonces de que
Spaw me observaba con una ceja enarcada y carraspeé.

—Esto… —dije, vacilante, y me acerqué a Spaw para decirle en voz baja\mbox{—:}
Tengo que recuperar a Frundis y a Syu.

Spaw me echó una mirada burlona.

—Me parece estupendo —replicó\mbox{—.} Aunque tal vez los demás no opinen lo
mismo —añadió\mbox{—.} Yo que tú esperaría —me dijo, bajando aún más la voz\mbox{—.}
No vamos a cruzar el puente hoy y todos estamos cansados de tanto andar
en el frío.

Entendí lo que pretendía y asentí, relajándome. Poco después,
Naé Ril-de-Ya nos colocó a todos para dormir: metió a Chayl, a Askaldo y
a Spaw en un cuarto diminuto, a Kwayat y a Maoleth en una especie de
trastero y a mí me señaló un cuarto junto al suyo, de aspecto bastante
acomodado.

—Tienes mantas en el armario —me dijo, mientras yo entraba en el cuarto,
dándome cuenta de que aquella habitación era más grande que las demás
reunidas. ¿A qué se debía tanta distinción?, me pregunté, mientras
juntaba las manos en un gesto de saludo hacia mi anfitriona.

—Gracias por su acogida, Naé Ril-de-Ya —pronuncié.

Una sonrisa iluminó el rostro de la mediana.

—Debe de ser extraño para ti estar en Ató y dormir en otro lugar que en
el
\emph{Ciervo alado}
—comentó.

Abrí la boca pero la volví a cerrar y me contenté con asentir. Se me
había formado un nudo en la garganta al pensar en Kirlens y Wigy. ¿Acaso
algún día podría volver a verlos sin que me mirasen como a un extraño ser
color-mutante? Claro que Kirlens y Wigy a lo mejor se acostumbraban:
ambos eran bastante abiertos, a pesar de sus manías. Pero si mi mutación
empeoraba, como le había ocurrido a Askaldo con los pinchos, a lo mejor
no se acostumbraban tan bien, me dije para mis adentros.

Naé Ril-de-Ya tenía ganas de charlar y, mientras hacíamos la cama, me
contó su vida y sus quehaceres con una volubilidad que me dejó atónita.
En ningún momento me preguntó por qué mi piel cambiaba de color y
tampoco intentó sonsacarme la razón por la cual viajábamos hacia
Éshingra… Como tampoco dijo nada cuando me vio, media hora después,
bajar por el tejado del almacén de madera. Antes de saltar a la calle,
advertí que su rostro iluminado por una vela sonreía detrás de su
ventana, como si mi comportamiento no la sorprendiese.

Me envolví con una bruma de armonías y empecé a recorrer las calles con
precaución. La niebla no era tan densa como antes, pero lo suficiente
como para que nadie pudiera verme desde las torres de vigía. Llegué al
pie de la Neria y subí las escaleras hasta los jardines. Cuando llegué a
la Pagoda, me escondí de una patrulla que se había parado a hablar con
un orilh. Me deslicé sigilosamente hacia la calle del Sueño y me metí
entre las callejuelas de la ciudad, dirigiéndome directamente hacia la
casa de Aryes.

La carpintería estaba cerrada con un gran candado. Todo mi entorno
estaba sumido en el silencio. Di un bote, me agarré a un saliente y subí
hasta la ventana de Aryes. La cortina estaba corrida y no veía nada.
Tras una leve vacilación, levanté una mano y di un toque. No quería
meter a Aryes en más líos, pero tenía que recuperar a Frundis y a Syu,
me dije, decidida.

Esperé, di otro toque, y otro más, hasta que por fin oí un crujido adentro.
Pero no provenía de aquel cuarto, sino del contiguo. Una cabeza de pelo
azulado apareció por la ventana vecina y me inmovilicé bruscamente, soltando
una maldición por lo bajo.

—¿Aryes? —preguntó la vocecita de Zéladyn, la hermana del kadaelfo.

Reprimí un suspiro y entonces me di cuenta de lo absurdo de la
situación: ¿por qué Zéladyn le estaba llamando a Aryes desde la ventana?
Obviamente, porque Aryes no estaba en su cuarto, colegí con pesadumbre.
¿Acaso seguía buscándome con el capitán Calbaderca? Era una posibilidad.

A pesar del frío, Zéladyn tardó cinco minutos en cerrar su ventana.
Rodeé la casa y una vez en la calle me detuve detrás de una escalera de
piedra, pensativa. Si Aryes no estaba en su casa, ¿se habría llevado a
Frundis y a Syu? Era muy probable, me dije.

Estaba en plena reflexión cuando vi una silueta acercarse a la
carpintería. Pasó a unos metros de mí y, de pronto, empezó a levitar.
No lo pude evitar: solté una risa leve, aliviada al verlo de nuevo. Al
oírme, Aryes se giró bruscamente en plena levitación, perdió el
equilibrio, aunque consiguió recuperarse a tiempo y posarse de manera más o
menos ligera sobre la nieve.

Quise levantarme; sin embargo, me detuve en pleno movimiento. Mil dudas se me
arremolinaron en mente pero, finalmente, avancé sobre la nieve.

—Esto… —dije, carraspeando, mientras Aryes paseaba su mirada a su
alrededor. El ruido lo alarmó y al fin sus ojos azules me vieron\mbox{—.} Hola,
Aryes. Ejem. Soy yo, Shaedra.

Aryes se precipitó hacia mí y me miró. Silbó entre dientes.

—¿Qué…? ¿Qué te ha pasado? —preguntó, con la voz temblorosa.

Hice una mueca, entendiendo que mi aspecto le había causado bastante
sensación.

—Esto es menos sublime que lo de las marcas negras, ¿verdad? —repliqué,
intentando tomar un tono ligero.

—Así que fueron los demonios, ¿verdad? —preguntó.

—Er… —Eché ojeadas nerviosas a mi alrededor\mbox{—.} Será mejor no hablar de eso
ahora. ¿Dónde están Syu y Frundis?

—Oh… En casa de Dol —contestó Aryes.

Lo miré de hito en hito.

—¿Les has contado lo de…?

—¡No! —me tranquilizó Aryes enseguida\mbox{—.} Aunque… —Entorné los ojos,
suspicaz\mbox{—.} Aunque creo que Dol sospecha que le escondo algo. En fin
—resopló, meneando la cabeza y sonriendo anchamente\mbox{—.} Esto sí que no me
lo esperaba. Y decir que el capitán Calbaderca sigue buscándote. Bueno…
¿qué te ha ocurrido exactamente, Shaedra? —preguntó, mirándome con aire
molesto\mbox{—.} Lo del color de tu piel… ¿es por las armonías?

Me quité el guante y observé que mi mano había adquirido un color negro
levemente rojizo. Eché un vistazo hacia el cielo y sin la menor sorpresa
comprobé que la Vela brillaba tenuemente detrás de las nubes nocturnas,
enrojeciendo la noche. Puse cara sufrida y volví a ponerme el guante.

—No siempre estoy de ese color. Verás, fue por una poción —expliqué. Al
verlo enarcar una ceja sorprendida, carraspeé\mbox{—.} Vayamos a buscar a Syu y
a Frundis, y luego te explico todo. No nos quedemos aquí —insistí,
sabiendo que, si en Dumblor se decía que los muros tenían cuatro orejas,
los de Ató no tenían menos.

El kadaelfo agitó la cabeza, como tratando de imaginarse qué demonios
podía haberme pasado para que mi piel pálida de ternian hubiese cambiado
tanto.

—Vamos —declaró sin embargo.

Nos dirigimos en silencio hacia la casa del semi-orco, evitando dos
patrullas. La niebla se había levantado del todo, lo cual no facilitaba
las cosas. Apenas llegamos a la calle de Dol, oímos unos ladridos detrás
de nosotros e intercambiamos unas miradas aterradas.

—Perros de la Guardia de Ató —suspiró Aryes\mbox{—.} Debí imaginarme que los
sacarían esta noche…

—Por aquí —dije con vivacidad. Subí por encima de una cancela y aterricé
en el jardín de una de las casas. Aryes levitó hasta mí y corrimos por
el jardín hasta el muro de la casa contigua. Pero los ladridos, en vez
de calmarse, recrudecieron.

—Hay hadas negras por la zona —me dijo Aryes en un susurro\mbox{—.} Y la noche
anterior, un hada negra robó una gallina. A lo mejor ha vuelto y la
están persiguiendo.

—Sí, pues se han equivocado de rastro —gruñí, al ver que uno de los
perros husmeaba junto a la cancela.

—Tengo una idea —declaró Aryes.

Me expuso su plan en voz baja y subimos por el muro. Aryes me cogió por
la cintura y levitamos hasta el muro siguiente sin dejar más huellas que
una leve perturbación energética. Eso bastaría para despistar a los
perros.

Tres casas más lejos, llegamos a un jardín lleno de trastos: había trozos de
metal, grandes ruedas y estacas de madera, cajas que contenían todo tipo de
materiales bajo un precario cobertizo…

—Ahora sabemos dónde va almacenando el material para sus juguetes
—resoplé, impresionada. Dolgy Vranc nunca nos había invitado a ver su
jardín y en ese momento entendí claramente por qué: aquel lugar era un
verdadero peligro.

—Ya sabía yo que Dol no sólo hacía juguetes —comentó Aryes, mientras
levitaba prudentemente esquivando unos objetos que, de hecho, no eran
precisamente muy recomendables para los niños.

Agudicé el oído. Los perros se habían calmado, pero eso, en vez de
tranquilizarme, me preocupó. ¿Acaso habían acabado por encontrar a ese
hada negra de la que había hablado Aryes? Con sumo cuidado, avancé por el
jardín y llegamos sanos y salvos a la puerta trasera de la casa de Dol.
Sin más dilaciones, saqué un trozo de metal de mi pantalón y lo metí en
la cerradura sin prestar atención a la expresión asombrada de Aryes.

—¿Vas a entrar con eso? —preguntó, vacilante.

—Si me ve Dol y si ve que mi piel cambia de color cada dos por tres…
Tendré que explicarle todo —dije, con un tono razonable.

—No veo dónde está el problema en explicarle todo —replicó Aryes con
paciencia\mbox{—.} Dol no te traicionaría.

Me encogí de hombros.

—Tal vez. Aunque tal vez se piense que no soy Shaedra sino algún monstruo
mutante. Además desgraciadamente no tengo tiempo para largas
conversaciones —añadí, mientras la puerta cedía.

El interior estaba completamente a oscuras. Imaginándome, de pronto, que había
objetos peligrosos ahí también, solté un sortilegio de luz armónica y eché un
vistazo a mi alrededor. Aryes cerró la puerta, meneando la cabeza. Sin duda,
desaprobaba mi conducta. De acuerdo: no era correcto entrar de esa manera en
casa de los amigos, ¿pero era acaso mejor decirles sin más explicaciones a Dol
y a Deria que me llevaba a Frundis y a Syu y que no volvería hasta pasado un
buen rato? Claro, también podía decirles que era una demonio y que me iba a la
Isla Coja, a intentar salvar a Akín y Aleria y a un alquimista demonio. Y para
tranquilizarlos todavía más, podía decirles que no se preocupasen ya que iría
acompañada por otros cinco demonios muy simpáticos, entre los cuales se
encontraba un tal Askaldo Ashbinkhai, hijo único del Demonio Mayor de la
Mente. Tal vez hasta fuesen comprensivos y entendiesen que mi mutación no era
tan terrible… Reprimí un suspiro. Definitivamente, era una mala idea, me
dije.

—Por curiosidad, ¿vamos a quedarnos aquí mucho tiempo? —preguntó Aryes
con un deje burlón. Se había recostado contra la puerta y me observaba,
realmente divertido por mis vacilaciones.

Me pasé la mano por la cabeza, molesta, y entonces Aryes dio un
respingo.

—¡Tu piel se ha vuelto verde! —jadeó.

Puse los ojos en blanco y confirmé con la cabeza al ver la tela verde
que colgaba del muro detrás de mí.

—Ya te he dicho que no siempre es del mismo color. Se trata de una
mutación de la Sreda.

—Causada por una poción —terminó por decir Aryes con una mueca pensativa.
Y esbozó una sonrisa socarrona\mbox{—.} ¿No te la beberías creyendo que era
zumo míldico, verdad?

Solté un gruñido.

—Qué va. Esta vez, sabía lo que era.

\emph{«Los gawalts no volvemos a caer dos veces en la misma trampa»},
observó entonces una voz en mi cabeza.

Me costó reprimir una exclamación de alegría al ver aparecer a Syu junto a mí.

\emph{«En teoría»},
añadió este, mientras trepaba hasta mi hombro y me enseñaba una gran
sonrisa de mono.

\emph{«¡Syu! Por Nagray, ¡no sabes cuánto te he echado de menos!»},
le dije con toda sinceridad.

Syu agitó la cola y apuntó:

\emph{«Dado tu aspecto, adivino que has hecho una tontería mientras yo no
estaba…»}

Puse cara inocente.

\emph{«Puede»},
concedí.

Pero no me dio tiempo a añadir nada más porque en aquel momento
una luz cegadora iluminó el cuarto y retrocedí rápidamente hasta la
puerta.

—Mil brujas sagradas… —murmuré.

Una manaza verdosa apartó la tela verde y apareció la enorme cara de
Dolgy Vranc iluminada por una linterna. Todas mis esperanzas por no
despertarlo se fueron directamente al traste.

—Shaedra. —El resoplido del semi-orco sonó grave y profundo y me dio la
impresión de que me había soltado un rugido amenazante. Se llevó las
manos a las caderas y su ceño poblado se frunció, examinándome\mbox{—.} ¿Eres
tú?

Le devolví la mirada, enmudecida por la sorpresa. Aquella habitación…
¡era el cuarto de Dol!, entendí, espantada, al darme cuenta de que el
identificador tal vez había estado escuchando la conversación desde el
principio.

—Soy… —pronuncié aturdida con la mirada fija en los rasgos fruncidos de
Dolgy Vranc.

—Es ella —afirmó Aryes, acercándose\mbox{—.} Vaya, Dol. No sabía que este era tu
cuarto.

—Y yo no sabía que Shaedra fuese tan verde como yo —repuso el semi-orco,
aún receloso.

—Oh, dioses —murmuré, sintiéndome avergonzada. Me pellizqué nerviosamente
las mejillas y dejé escapar, confusa\mbox{—:} Dol, esto… perdóname por haber
entrado en tu casa sin avisar. Soy peor que un Sombrío…

Mis palabras iluminaron el rostro del semi-orco, quien soltó una
carcajada y abrió sus manazas ante mí para darme un abrazo.

—¡Por el amor de Ruyalé, estás viva! Por un momento, cuando te oí abrir
la puerta, pensé que serías el hada negra ésa que andan buscando —rió\mbox{—.}
Hasta había preparado mi ballesta, por si acaso.

¿Su ballesta?, me repetí, palideciendo. Dol se apartó de mí, mirándome a
los ojos, como para cerciorarse de que, efectivamente, no era ningún
hada negra.

—Creo que he adivinado tus intenciones —prosiguió\mbox{—.} Querías entrar en mi
casa sin molestarme, coger a Frundis y a Syu y marcharte tan tranquila,
¿eh?

—Básicamente —asentí, molesta.

—Sí, técnicamente ése era su plan —afirmó Aryes.

Le solté una mirada fulminante y él me respondió con una sonrisa
inocente. Parecía alegrarse de que hubiésemos despertado a Dol.

—Jem —carraspeó el semi-orco\mbox{—.} Y para llevar a cabo tu plan, ¿pasas por
mi jardín y entras en mi habitación forzando la cerradura, pequeña
ladrona? —Meneó la cabeza, burlón, mientras yo hacía un mueca de
disculpa\mbox{—.} En realidad, no andabas mal encaminada —añadió. Posó la
linterna en una mesilla y se inclinó detrás de su tela verde. Reapareció
con Frundis entre las manos.

Cogí el bastón, algo temblorosa al recordar cómo lo había dejado tirado
en la nieve después de que Garkorn me hiriese con su espada… Una lenta
melodía de flauta alcanzó entonces mi mente. Frundis estaba durmiendo.

\emph{«¿Quién decías que se parecía a un oso lebrín?»},
bromeó Syu, esperando sin duda que Frundis despertara y refunfuñase
algo. Pero la tranquila melodía tan sólo fue atravesada por una breve
nota de violín discordante antes de retomar su pausada cadencia.

—Gracias, Dol —dije, más que agradecida\mbox{—.} Gracias por haber cuidado de
Frundis y Syu.

\emph{«¡Ja!»},
protestó el gawalt, agitándose sobre mi hombro.
\emph{«Yo no necesito que nadie me cuide. Aunque confieso que Dol hace unas
galletas estupendas»},
añadió, con un aire medio goloso medio culpable.

Entorné los ojos, echando al mono una mirada suspicaz mientras Dol
sacudía la cabeza y me decía que no había sido ninguna molestia.

\emph{«¿No te habrás estado empachando de galletas durante todo este tiempo,
verdad?»},
le solté al mono.

\emph{«Bueno, también he estado viajando en tu busca, con el capitán y Aryes,
en la nieve y el frío»},
se defendió Syu.
\emph{«Me merecía al menos una caja como la del tío Lénisu entera de plátanos.»}

\emph{«O de galletas»},
repuse, socarrona, dándole palmaditas sobre el vientre.

Dolgy Vranc carraspeó. Acababa de sentarse en una especie de butaca de
forma extraña y me examinaba con los ojos entornados.

—La verdad es que no me imaginaba que volverías —me confesó\mbox{—.} Todo
parecía indicar que… —tosió bruscamente\mbox{—.} Bueno. ¿Ya sabes quiénes te
atacaron?

Desvié la mirada de sus ojos inquisitivos. No había previsto ninguna
historia creíble, ni tampoco me apetecía mentir a nadie. Pero no podía
hablarle de demonios a Dol. No cuando apenas tenía tiempo para
explicarle que los demonios, en general, no eran tan malos. Me di
cuenta de que mi mano, en el bolsillo, jugueteaba nerviosamente con las
Trillizas y traté de serenarme.

—A lo mejor no es el mejor momento para hablar de esto —intervino Aryes\mbox{—.}
Tendremos más tiempo mañana…

—No —suspiré\mbox{—.} Mañana me voy de Ató.

Dolgy Vranc resopló.

—¿Mañana? ¡si acabas de llegar! En fin… te pareces cada vez más a Lénisu,
joven kal. Supongo que tampoco querrás decirme adónde vas. No te
preocupes —añadió, sin dejarme contestar\mbox{—,} no me digas nada. Ya tengo
demasiados secretos en mi vieja cabeza y hace tiempo que he entendido
que a veces es más sencillo mantener a raya la curiosidad. —Ladeó la
cabeza y agregó\mbox{—:} Aun así, reconozco que estoy intrigado. Te atacan, te
capturan, desapareces y llegas a Ató semanas más tarde como si de nada.

Esbocé una sonrisa.

—Dicho así, parece algo misterioso —concedí.

El semi-orco sonrió. Mi silencio parecía divertirlo más que contrariarlo.

—Algo —asintió\mbox{—.} Sobre todo que, el mismo día en que desapareciste,
también desaparecieron dos de los que te acompañaron para salir de los
Subterráneos. Shelbooth y Manchow.

Enarqué una ceja, extrañada.

—¿Shelbooth y Manchow?

—Supuse que sería una simple coincidencia —razonó Dolgy Vranc. Denoté
sin embargo cierta sorpresa en su voz\mbox{—.} Los Espadas Negras estuvieron
buscándoos a los tres por todas partes. No encontraron nada, por
supuesto. Las tormentas de nieve borraron cualquier rastro.

—La verdad, creo que los Espadas Negras están empezando a hartarse del
invierno de la Superficie —apuntó Aryes.

En ese momento, me acordé de Kaota. La belarca tenía que estar todavía
más harta de mí que del invierno, suspiré. En cuanto a Shelbooth y
Manchow… ¿adónde habían podido ir? Pero entonces otra pregunta me vino,
más preocupante: ¿cuánto tiempo llevaba fuera de casa de Naé Ril-de-Ya?

—Tengo que marcharme —declaré, de pronto, sin aparente lógica.

No se me pasó por alto la mirada preocupada que intercambiaron Dol y
Aryes.

—Entonces salgamos —determinó Aryes, volviendo a ponerse la capucha.

Dol suspiró pero asintió con la cabeza.

—Sea cual sea tu problema, parece grave. Espero que no sea Lénisu quien
te haya metido en líos, porque generalmente los problemas que tiene son
de los que te persiguen hasta la tumba. Aguardad un momento —dijo de
pronto, levantándose\mbox{—.} Tengo algo que tal vez te será útil.

Desapareció detrás de la tela verde y oí un sonido metálico de llave,
seguido de un chirrido. Solté una mirada interrogante hacia Aryes pero
este parecía tan intrigado como yo. Entonces Dol reapareció con un objeto
entre las manos y me eché a reír.

—Nunca viajes sin tu propia cuerda —recité teatralmente.

—No es cualquier tipo de cuerda —replicó Dolgy Vranc\mbox{—.} Así, parece fina,
pero no te fíes. Es cuerda de ithil. Cuerda élfica. Podría soportar un
dragón rojo —me aseguró, tendiéndomela.

Me estremecí al oírlo hablar de dragones rojos. Al fin y al cabo, se
decía que el Archipiélago de las Anarfias estaba poblado de dragones. Y
ahí me dirigía yo.

—Dudo mucho de que necesite atar a un dragón —bromeé. Sin embargo, cogí la
cuerda y le di un abrazo al semi-orco para darle las gracias y
despedirme de él.

—¿Seguro que no puedo ayudarte en nada más? —preguntó entonces Dol, con
toda la suavidad de la que era capaz un semi-orco.

Negué con la cabeza y tragué saliva.

—Entonces, ve allá donde tengas que ir —concluyó\mbox{—.} Y deshazte de ese
maleficio que cambia el color de tu piel.

Sonreí y, mientras Dolgy Vranc se despedía de Aryes, salí al jardín. Ya
no había niebla y el cielo se había despejado. Alrededor de la Vela, mil
estrellas centelleaban, frías y distantes.

\chapter{Huellas rotas}
\label{s:16}

Pasé todo el día siguiente jugando a cartas con Spaw y Chayl en el salón
de Naé Ril-de-Ya. Que yo supiese, nadie me había visto salir y volver a
entrar en casa de Naé, con excepción de esta última, pero todos sabían
que, de alguna forma, había recuperado un bastón y un mono. Aun así,
nadie hizo el más mínimo comentario, salvo Spaw, quien se divirtió
soltando alguna frase suelta. Sin embargo, me fijé en que al decirlas el
joven humano parecía más pendiente de las reacciones de los demás que de
la mía.

—¡He ganado! —declaró Chayl.

—Enhorabuena —resopló Spaw, con un gesto teatralmente soberbio\mbox{—.} Yo he
ganado las últimas cinco partidas.

—Y yo la primera —apunté\mbox{—.} Aunque, como decía el maestro Áynorin,
\emph{“quien gana una vez no se sabe si es por habilidad o por suerte”}.

Chayl se recostó contra el sofá, soltando una exclamación incrédula.

—¡Otro proverbio! Creo que ya es el octavo que sueltas en el día.

Hice una mueca inocente.

—Los proverbios reflejan la sabiduría del saijit… o del demonio —añadí,
pensativa.

—¿Eso también es un proverbio? —preguntó Chayl.

Sentada en una butaca junto a la ventana Naé Ril-de-Ya sonrió mientras
sus manos confeccionaban las pequeñas cajas para sus bálsamos. Llevaba
ahí sentada toda la tarde, trabajando concienzudamente, y sólo se
levantaba para alimentar el fuego de la chimenea.

—Casi —repliqué\mbox{—.} Y también se dice que el que gana la última partida
lo gana todo así que… —Cogí todas las cartas y las barajé para empezar
una nueva partida.

—¿Otra partida? —resopló Chayl\mbox{—.} Este juego me aburre.

Enarqué una ceja.

—Conozco otro juego de naipes. De los Subterráneos.

—¿Un juego de saijits? —inquirió el joven dedrin.

—Sí.

Un destello, mezcla de curiosidad y aprensión, pasó por sus ojos.

—¿Cómo se juega?

Spaw y yo le enseñamos las reglas del taonán, y estábamos haciendo una
partida de pruebas cuando Kwayat y Askaldo aparecieron por la puerta,
seguidos de Maoleth y de su felino, Lieta. Paramos de jugar y los
miramos, expectantes, mientras tomaban asiento. Al ver a la gata, Syu
soltó una exclamación de horror y se precipitó hacia mí, escondiéndose
detrás de mis mechones.

\emph{«Oooh»},
soltó el gawalt, asustado.
\emph{«¡Creo que me ha visto!»}

De hecho, Lieta se había detenido junto a la chimenea y sus ojos
verdes me contemplaban insistentemente… o más bien contemplaban el
escondite de Syu.

\emph{«No te preocupes»},
le dije al mono.
\emph{«Si se me acerca con malas intenciones, te prometo que le echaré un rayo
fulminante y la mandaré a tomar vientos por nuevas riberas.»}

Syu me contestó con un gruñido escéptico pero noté que se tranquilizaba
ligeramente.

—Esta noche, cruzaremos el puente —declaró al fin Askaldo.

Percibí el leve movimiento de cabeza de Naé: no parecía alegrarle la
noticia.

—¿Cuál es el plan? —inquirió Spaw, abanicándose con sus cartas.

—Hay dos —precisó Maoleth, mientras sacaba de su saco unas bolsitas de
tela parda\mbox{—.} Primero, intentaremos hacernos pasar por simples viajeros.

—No os dejarán pasar —replicó Naé mientras se levantaba y se acercaba\mbox{—.}
Os dirán que es demasiado peligroso. Y os pedirán que os identifiquéis.

Maoleth se encogió de hombros.

—Si no nos dejan pasar —continuó\mbox{—,} entonces damos media vuelta y nos
vamos hacia el sur.

Hacia la Insarida, completé para mis adentros, poco entusiasta.

—Eso es una estupidez —dijo Askaldo\mbox{—.} No vamos a alargar nuestro viaje
haciendo un rodeo tan grande simplemente por unos metros de agua.

—¿Y qué propones? —repuso Maoleth.

—¿Lanzarles zumos de ortigas azules, tal vez? —sugirió Spaw con ironía.

Askaldo meneó la cabeza.

—Propongo lo que ya le he propuesto a Maoleth antes: una distracción.

El elfo oscuro soltó una carcajada sarcástica.

—¡Una distracción! —repitió\mbox{—.} Askaldo quiere atraer a los guardias del
puente y tenderles una trampa —nos explicó\mbox{—.} Subestimas a la Guardia de
Ató si crees que son capaces de caer en algo tan típico —concluyó,
dirigiéndose al elfocano con un tono más grave.

—Ya veo que los planes aún no están del todo definidos —observó Spaw\mbox{—.} Ya
que opinamos todos… a mí no me convence tu primer plan, Maoleth. Y a Naé
creo que tampoco —añadió, como argumento de peso.

Siguieron discurriendo sobre las distintas posibilidades y los escuché
en silencio, al igual que Chayl. Antaño, cruzar el puente habría sido
relativamente fácil, pero resultaba que desde que habían construido el
puente de piedra de Léen con sus dos torres, el Mahir había decidido ir
reforzando la guardia. Y con las hadas negras merodeando no muy lejos,
los guardias tenían que estar más que atentos. De pronto, noté que Syu
se aferraba a mi cuello y me levanté de un bote mientras el felino, que
se había acercado subrepticiamente, protestaba, maullando y escrutando
el mono detrás de mi cabello.

—¡Lieta! —la llamó Maoleth, impaciente, en medio de la conversación.

Lieta emitió un gruñido poco habitual para un gato pero volvió hacia el
elfo oscuro. En un arranque de orgullo gawalt, Syu sacó la cabeza para
enseñarle la lengua.

\emph{«¡Huye, cobarde!»},
exclamó, con una risita vengativa.

Puse los ojos en blanco. Me acerqué a la chimenea para volver a meter
las brasas que habían rodado fuera, escuchando la conversación de los demás
con una oreja: no se ponían de acuerdo.

—Tengo una idea —anuncié de pronto, sentándome otra vez en mi silla. Todos
se volvieron hacia mí interrogantes y me sentí súbitamente algo
intimidada\mbox{—.} Esto… Es una simple idea —agregué.

—Adelante, no te cortes —me animó Spaw, con un interés sincero\mbox{—.}
Seguramente será una mejor idea que el de cargar contra los guardias a
lo bestia.

Esbocé una sonrisa. Si la cuerda de ithil podía soportar un dragón rojo,
podría soportar a cinco demonios, razoné. Entonces, les expuse mi plan.

\nopagebreak \bigskip {\centering{$\spadesuit$} \par} \smallskip

La noche había caído ya desde hacía unas horas cuando salimos de casa de
Naé Ril-de-Ya. Recorrimos la ribera del Trueno hacia el sur,
hundiéndonos profundamente en la nieve a cada paso. Los guié más allá de
Roca Grande y de la pequeña cascada, hasta el lugar donde más de un año
atrás había concluido un pacto con Drakvian.

—Ya hemos llegado —declaré, girándome hacia los demás. Me deshice de mi saco y
se lo tendí a Maoleth. Tras una vacilación, le entregué Frundis a Spaw.

—No me gusta tu plan —masculló Spaw, por la enésima vez. Sin embargo,
cogió el bastón.

—Sé prudente —me dijo Kwayat con gravedad.

—Y, sobre todo, que no te vean —comentó Askaldo.

Sabía que Askaldo no se preocupaba realmente por mí, sino por lo
que pensarían unos saijits al ver aparecer de pronto un ser mutante en
plena noche… Los saludé con la mano, como hacían los demonios.

—En un par de horas como mucho estaré del otro lado —solté, antes de dar
media vuelta y de volver hacia Ató.

Finalmente los demás habían decidido que mi plan era el más realizable
de todos. Realizable… pero todo se basaba en que yo sería capaz de pasar
el puente sin que nadie me viese. Al principio, todos se habían burlado
de mí y Askaldo hasta me había preguntado en tono mofa si tenía alguna
poción de invisibilidad en mi saco. Sin embargo, cuando les hice una
demostración de mis armonías, quedaron asombrados y enseguida vieron mi
plan con ojos más favorables. Tanta confianza en mis dotes de
sigilo me dejó algo preocupada. ¿Y si todo salía mal? Maoleth,
previendo esa eventualidad, me había enseñado algunos trucos para que
los guardias perdieran mi rastro durante mi huida.

\emph{«¿Por qué siempre tienes que pensar que te va a salir todo mal?»},
suspiró Syu, mientras llegábamos a los lindes del bosque.

Me mordí el labio, pensativa, mientras miraba las luces de Ató.

—Un gawalt actúa bien y rápido —pronuncié en voz baja, recordando las
palabras que un día me había dicho Syu.

Me envolví con armonías de oscuridad y de silencio, me levanté y salí de
mi escondite. Percibí otro suspiro del mono. Aunque no lo formulase, su
pensamiento estaba claro: ¿para qué complicarse la vida y no volver al
\emph{Ciervo alado}
con Dol, Deria, Aryes, Kyisse y los demás? Meneé la cabeza.

\emph{«Syu, ningún saijit normal cambia de color de piel»},
expliqué con paciencia.
\emph{«Creerían que soy algún monstruo. Un hada negra. Un saïnal. O… o un demonio»},
sonreí con ironía.
\emph{«Y no estarían tan alejados de la realidad»},
agregué.

Syu meneó la cabeza, incrédulo.
\emph{«Saijits»},
se contentó con soltar, elocuente.

Sonreí. Ojalá todos los saijits tuviesen la clarividencia de Syu, pensé.
Acabé de reforzar las armonías y me dirigí silenciosamente hacia Ató.
Cinco demonios contaban conmigo para cruzar el Trueno y no quería
defraudarlos.

\nopagebreak \bigskip {\centering{$\spadesuit$} \par} \smallskip

Había en total dos guardias a cada extremidad del puente. Más los que
estaban en las torres, recordé. No había que olvidarlos.

Después de reptar un tiempo considerable entre la nieve, estaba ahora
escondida debajo del primer arco del puente. Procurando no resbalar tontamente
hasta el Trueno, me acerqué a la torre contigua y eché un vistazo prudente.
Los dos guardias hablaban en voz baja, echando ojeadas a su alrededor.

—Mira que ayer se os escapó de las manos —suspiraba uno\mbox{—.} Tanto nadro y
tanto escama-nefando, pero luego no somos capaces de parar a un hada
negra.

—No hables a la ligera de esos seres —lo previno su compañero\mbox{—.} La gente
piensa que tienen poderes oscuros, pero lo que realmente tienen oscuro
es el corazón. Y eso es más terrible que la nigromancia, créeme.

—Mi buen Sílidrin —se rió el otro por lo bajo\mbox{—,} siempre tan poético. Lo
del oscuro corazón lo arreglo yo con un tajo de espada. No son más
resistentes que nosotros. A fin de cuentas, son saijits.

—Yo no estaría tan seguro —replicó el llamado Sílidrin.

Se oyó un estornudo. Los guardias callaron súbitamente.

—¿Qué ha sido eso?

Reprimí un gruñido exasperado.

\emph{«Syu…»}

\emph{«No he podido evitarlo»},
se disculpó el mono, tapándose la nariz con la cola.

De pronto, la brisa se levantó y se oyó el silbido del viento entre los
árboles.

—Ha sido el viento —dijo al cabo Sílidrin. Espiré suavemente, aliviada\mbox{—.}
O tal vez no —añadió el guardia, en un murmullo casi inaudible.

Por prudencia, esperé quizá un cuarto de hora debajo del puente hasta que los
guardias retomasen un tono tranquilo de conversación. Al cabo, salí de mi
escondite rodeada de armonías, parándome junto a la torre. Había hecho unos
agujeros en mis guantes para poder sacar mis garras, y me di cuenta de que,
efectivamente, había sido una muy buena idea: la piedra de Léen era muy poco
apta para la escalada. Aun con las garras sería imposible subir aquello sin
resbalar… tomé una inspiración, cogí carrerilla y trepé a toda prisa por la
torre. Subí unos dos metros y, antes de que volviese a caer, tomé impulso y
salté sobre el pretil del puente. El leve crujido que emití al aterrizar me
dejó inmóvil durante unos instantes, convencida de que había despertado a
todos los guardias de Ató. Oí la risa ahogada de uno de los guardias y me
relajé. Ahora sólo cabía esperar que no mirasen hacia atrás…

\emph{«Esto es una locura»},
le declaré a Syu, mientras reforzaba otra vez mis armonías. Sin embargo,
no era el mejor momento para echarse atrás.

Lista para echar a correr en caso de que alguien diese la alarma, avancé
progresivamente por el puente, con una lentitud irritante pero
necesaria. Llegaba a la otra extremidad del puente cuando uno de los
guardias que vigilaban la parte este empezó a girarse, como notando una
presencia… Pero no pudo ver nada porque yo ya había salido del andén y
avanzaba los últimos metros por un saliente exterior del puente. Cuando
llegué a tocar el suelo de la otra orilla, por poco no solté una
exclamación triunfal. ¡Lo había conseguido!

\emph{«Syu, ¡ha sido impresionante!»},
exclamé mentalmente, tapándome la boca para reprimir una carcajada.

\emph{«Has sido impresionante»},
me corrigió, divertido.

Sonriendo anchamente, me senté en una piedra y respiré profundamente
varias veces para calmarme. Fruncí el ceño, tratando de restarle
importancia a mi proeza.
\emph{“Quien gana una vez no se sabe si es por habilidad o por suerte”},
me repetí, implacable. No podía permitirme relajarme todavía: antes
tenía que alejarme del puente sin que nadie me viera.

Estaba con estas reflexiones cuando oí un grito estridente desgarrar el
aire nocturno. Me levanté muy lentamente, aterrada.

—¡Nadros rojos! —exclamó alguien.

Se oían ruidos de botas precipitadas por el puente y por las escaleras
de las torres. Una voz autoritaria dio órdenes. La capacidad de
organización de los guardias de Ató era bastante impresionante,
reconocí, al echar un vistazo hacia el grupo que se alejaba hacia el
bosque.

El viento helado se infiltraba por los arcos del puente, como pidiéndome
que me marchara. Me envolví otra vez en armonías, salí a descubierto y
me puse a recorrer la orilla con prudencia. Resoplé silenciosamente.
Nadros rojos. Recordaba haber oído que ese invierno los nadros rojos de las
Hordas estaban más agitados que otros años. Con aquel frío, no era de extrañar
que bajasen de las montañas.

\emph{«No hay ni un maldito arbusto»},
refunfuñé, mientras avanzaba con cautela. Una hilera de antorchas
bailaba por el camino del sureste, hacia la parte menos frondosa del
bosque. Sumida como estaba en las sombras, era poco probable que me
viesen los guardias, razoné. Aceleré el ritmo y alcancé la primera
fila de árboles.

La verdad era que mi plan me parecía cada vez menos acertado. Si los
guardias empezaban a peinar a fondo el sotobosque en busca de nadros
rojos… podía ser un gran inconveniente. Tal vez fuese mejor esperar una
hora más a que todo se calmase. Tal vez. Sin embargo, deseché tal
opción: mis compañeros no sabrían por qué tardaba tanto en aparecer y
quién sabe qué decidirían hacer.

Syu se removió sobre mi hombro.

\emph{«¿Y entonces qué hacemos?»},
preguntó.

\emph{«Vamos a hacerlos cruzar»},
decidí.

Me mantuve cerca de la orilla y seguí avanzando con rapidez. Pasé por la
pequeña cascada. Di un rodeo para evitar un barranco lleno de nieve. Y
llegué finalmente al lugar acordado. En la lejanía, oí unos rumores de
batalla. Los guardias habían acabado por encontrarse con los nadros
rojos, pensé, mientras me acercaba a la ribera. No se veía nada en la
otra orilla: estaba todo ahogado en las tinieblas. Creé una esfera
armónica de luz, la dejé flotar y desaparecer. Entonces trepé a un árbol
enorme y dibujé rápidamente una marca luminosa y armónica en un hueco
del tronco. Me aparté prudentemente y esperé. Poco después oí el silbido
de una flecha y un ¡pop! ensordecido por el ruido del Trueno. Volví a
trepar por el árbol y encontré los restos energéticos de la marca
luminosa. Hice lo posible para borrar el rastro energético y agarré la
cuerda de ithil que pasaba a unos centímetros por encima de mi cabeza.

\emph{«¿Y la flecha?»},
me pregunté mentalmente.

\emph{«¡Aquí!»},
dijo Syu.

Lo seguí por encima de unas ramas gruesas y espanté a una ardilla que soltó un
chillido de protesta. La flecha colgaba del otro lado del árbol. Enarqué una
ceja. Me sorprendía la poca puntería del tiro. A lo mejor Maoleth no era tan
buen cazador como me había dejado suponer. Recogí prudentemente la cuerda
hasta llegar a la flecha, deshice el nudo y me dirigí hacia la rama más baja y
resistente que encontré. Una vez atada la cuerda, estiré fuerte para comprobar
que nadie se caería al agua por mi culpa y di varios tirones para que mis
compañeros entendiesen que, de mi lado, todo estaba listo.

Un par de minutos después, la cuerda se puso a vibrar. Spaw aterrizó en la
orilla este, con Frundis atado a la espalda.

—Ya pensaba que te habían raptado las hadas negras —bromeó, al llegar. Se
inclinó y dio dos tirones a la cuerda para significar a los demás que
podían seguir cruzando.

—Hadas negras, no sé, pero los guardias están peleando ahora mismo contra
unos nadros rojos —lo informé, mientras él me tendía a Frundis. El
bastón exultaba.

\emph{«¡Menuda travesía!»},
exclamó, encantado. Por lo visto, en su larga vida, nunca ningún
portador le había hecho pasar por encima de un río mediante una cuerda.

—Oh, así que eran nadros —respondía el demonio, ladeando la cabeza, como
agudizando el oído\mbox{—.} Esperemos que no vengan por aquí. Además, tendremos
que esperar a que vuelva Maoleth antes de alejarnos de este lugar. Te ha
seguido hasta el puente, para ver cómo te las arreglabas.

Enarqué una ceja, preguntándome con curiosidad qué hubiera hecho Maoleth
de haberme pillado los guardias.

—Espero que no lo pillen a él —resoplé, con una mueca burlona\mbox{—.} Pero si
Maoleth me ha seguido, ¿quién ha lanzado la flecha? —inquirí.

Spaw soltó una carcajada silenciosa.

—Chayl. Maoleth le había dado el arco a Askaldo, pero luego los primos se
han puesto a discutir. Que si Askaldo no sabía manejar un arco, que si
a Chayl le faltaba fuerza para darle al árbol… —Suspiró, divertido\mbox{—.}
Finalmente, les he propuesto jugar una partida de cartas para zanjar el
asunto. Y ha ganado Chayl. ¡Menudo par!

Sonreí en la oscuridad.

—Una suerte que la flecha no haya acabado en el agua —apunté.

Recogimos el primer saco que pusieron sobre la cuerda y volvimos a dar dos
tirones. Se oyeron murmullos en la otra orilla.

—Tengo curiosidad —dijo entonces Spaw, rompiendo el silencio\mbox{—.} Cuando
fuiste a recuperar a Syu y a Frundis, ¿te encontraste con Aryes, verdad?

Hice una mueca al oírlo abordar el tema.

—Me lo encontré —asentí, expectante.

—Ah. —Spaw puso cara pensativa\mbox{—.} Supongo que se habrá sorprendido al
verte tan colorida como un atrapa-colores —comentó con desenfado,
retomando el apodo que me había dado Maoleth\mbox{—.} Y supongo que le habrás
contado todo sobre Driik, Askaldo, la poción y todo eso…

Me encogí de hombros mientras observaba cómo se acercaba el siguiente
saco.

—Le conté todo lo que me ha pasado en el Mausoleo de Akras —repliqué.

Percibí la media sonrisa de Spaw.

—¿No le dijiste adónde ibas?

Reprimí un suspiro exasperado. A veces, Spaw era demasiado curioso.

—Le dije que iba a buscar una poción para curar mi mutación —contesté
simplemente. Cogí el saco y le di dos tirones a la cuerda, recordando mi
conversación de la noche anterior.

Después de salir de casa de Dol, le había contado brevemente al kadaelfo lo
que me había ocurrido. Con cada palabra que pronunciaba, su rostro había ido
ensombreciéndose. Primero, se quedó impresionado al entender la naturaleza de
mi piel cambiante y luego se mostró aterrado al saber que viajaba con nada
menos que Askaldo para ir a liberar a un alquimista de las garras de un
demonio renegado. Aryes enseguida había entendido que no podría acompañarme en
este viaje. Al fin y al cabo, ningún saijit lo suficientemente cuerdo se
metería en los asuntos personales de los demonios. Tratando de relajar el
ambiente, me había recordado algunos consejos gawalts del maestro Dinyú y
había observado que, si a pesar de todos nuestros esfuerzos mis compañeros y
yo no encontrábamos a Seyrum, tampoco se acababa el mundo.

Reprimí una sonrisa al recordar la escena. Debía reconocer que Aryes
había aceptado mi mutación con una facilidad asombrosa. Eso ya era todo
un mérito, pensé.

De pronto, Spaw se dio la vuelta con brusquedad. Despertando de mis
pensamientos, lo imité, frunciendo el ceño.

—¿Qué…?

El humano me cogió del brazo, imponiéndome silencio con un silbido entre
dientes. Retrocedimos unos pasos y él dio varios tirones a la cuerda de
ithil para advertir que habíamos visto algo y que detuviesen la
travesía.

Agudicé el oído y seguí su mirada, pero no alcancé a ver nada entre
tanta oscuridad. Unos minutos más tarde, Spaw se incorporó.

—Voy a explorar un poco la zona —declaró en voz baja\mbox{—.} Vuelve a decir
a los demás que sigan cruzando.

—Mm —asentí. Lo vi desaparecer entre los árboles en silencio y agité la
cuerda antes de retomar mi puesto de observación. Realmente no se veía
nada, me dije. Y dudaba de que hubiera visto mejor si hubiese estado a
campo abierto: el cielo estaba totalmente cubierto de nubes que apenas
dejaban adivinar las formas difusas de la Vela y la Luna.

En un momento, algo se movió a mi izquierda y Syu se agitó asustado,
notando mi tensión. Escudriñé la oscuridad, inquieta. ¿Y si algún
monstruo estaba acechándome con la intención de desayunar una ternian
mutante? ¿Acaso podía ser un nadro rojo? ¿O un lobo?

\emph{«A lo mejor es un gawalt»},
replicó Syu, con una risita nerviosa.

Sonreí a medias pero di un bote hacia atrás cuando vi surgir una sombra
de entre unos arbustos. Solté un resoplido de alivio. Era Spaw.

—Nada —me anunció, al reunirse conmigo\mbox{—.} He visto el rastro reciente de
unas botas —añadió, en voz muy baja\mbox{—.} Alguien nos espía.

Traté de no inmutarme y seguimos ocupándonos de la travesía de los
demás. El siguiente fue Chayl, luego Askaldo y, poco después, llegó Maoleth,
acompañado de una Lieta aterrorizada. Kwayat fue el último en cruzar. Aterrizó
algo violentamente contra el árbol y todos se burlaron, divertidos, mientras
yo me percataba de un pequeño fallo en mi plan tan genial: ¿cómo iba a
recuperar la cuerda de ithil? En el mismo instante en el que llegaba
tristemente a la conclusión de que tendría que abandonarla, noté que la cuerda
se aflojaba y caía al agua.

—Naé —explicó Maoleth con una sonrisa al advertir mi sorpresa.

Enrollé mi cuerda y la guardé con precaución en mi saco. Y decir que tan
sólo llevaba un día en mi posesión y ya nos había servido para cruzar el
Trueno…

\emph{«¿No te estarás encariñando de una cuerda?»},
se burló Frundis, a mi espalda, suspendiendo por un momento su melodía
de guitarra.

Puse los ojos en blanco y seguí a los demás hacia el interior del
bosque.

\emph{«Ya me he encariñado de un bastón compositor, ¿qué tiene de malo
encariñarse con una cuerda?»},
pregunté, socarrona, mientras andaba.

\emph{«¿He dicho yo que fuese malo?»},
replicó el bastón con una risita teatral.
\emph{«Las cuerdas son una de las bases de la música, me parece estupendo que
aprendas a congeniar con ellas. Mira cuántas cuerdas hay en los
instrumentos. Las cuerdas de la guitarra. Las cuerdas del violín…»}

\emph{«Las cuerdas vocales»},
completé, divertida, viendo que Frundis empezaba a delirar. El bastón,
tras enumerar unos cuantos instrumentos más, se puso a improvisar una
mezcla experimental que nos dejó a Syu y a mí bastante impresionados.

Nos alejamos rápidamente de la orilla y seguimos hacia el sur, evitando
los caminos y los claros. La persona que nos espiaba no había vuelto a
mostrar signos de vida. Pero claro, ¿quién podía estar seguro de que no
nos seguía? Tal vez fuese algún espía de Ató. O algún demonio, sirviente
de Driikasinwat. O un hada negra. A menos que fuese simplemente un
granjero del vecindario que había salido a pasear en plena noche y al
oír el ruido de la batalla contra los nadros rojos hubiese huido
prudentemente… Pero era poco probable. Después de darle vueltas al
asunto durante largo rato, me aburrí y dejé que Frundis animara mis
pasos. Tiempo más tarde, Maoleth se giró hacia mí y me dijo sonriente:

—Por cierto, Shaedra, tu travesía del puente me ha dejado impresionado.
Me pregunto de dónde has sacado esa habilidad.

Sonreí anchamente.

—La verdad es que a mí también me ha dejado bastante impresionada
—repliqué simplemente. Y solté una risita puerilmente satisfecha
mientras Syu se burlaba de mi orgullo gawalt.

\chapter{Remolinos y tempestades}
\label{s:17}
Estuvimos caminando durante toda la noche y todo el día siguiente,
haciendo breves pausas y procurando mantenernos lejos del camino que
llevaba al paso de Marp. A Askaldo le preocupaba dejar un rastro tan
claro en la nieve, y Maoleth estaba de mal humor porque Lieta se había
hecho una pequeña herida en la pata al precipitarse contra un
puercoespín. Al ver la gata cojear, Syu no pudo contener un comentario
burlón.

\emph{«No es bueno alegrarse del mal ajeno»},
lo recriminé sabiamente. Y apunté con una sonrisilla irónica:
\emph{«Además, te recuerdo que a ti te pasó algo muy parecido con un cactus.»}

Mis palabras dejaron al gawalt sin réplica y noté cómo miraba a la
gata con más compasión.

Aún era de día cuando llegamos a un claro con una pequeña hondonada. En
el hueco, había tres tiendas color arena que se confundían casi con la
nieve. Me detuve en seco al verlas. Mil demonios y cuatro gatos, pensé.

—Media vuelta —declaró Maoleth, tenso.

Seguimos su consejo pero enseguida me paré otra vez al percibir un
movimiento entre los árboles.

—Esto me da muy mala espina —opiné, recolocando mejor mi capucha.

—Y a mí —apoyó Spaw.

—Estamos rodeados, fijo —dijo Chayl. Su voz temblaba ligeramente.

No vi en ningún momento que lo que afirmaba fuera cierto, pero cuando
Maoleth se puso a correr con Lieta en brazos, lo seguimos todos
precipitadamente. Habíamos recorrido unos veinte metros cuando me
fijé en la dirección que estábamos tomando.

—Er… ¿Maoleth? —solté, con aprensión\mbox{—.} Nos estamos dirigiendo hacia el
Trueno.

Al oír eso, Maoleth frenó. Lieta soltó un maullido interrogante y su amo
resopló.

—Cierto —admitió.

Spaw soltó una carcajada.

—¡Perfecto! —declaró\mbox{—.} ¿Volvemos a cruzar con la cuerda de Shaedra?
Aunque a lo mejor llega algún ejército de levitadores para ayudarnos a
cruzar. O bien unas hadas negras, dicen algunos que son tan raras que
les salen alas de cuando en cuando…

—Spaw Tay-Shual —tronó Kwayat, mirándolo con severidad.

No añadió nada más, pero su tono acalló el discurso burlón del joven
templario. Aunque, de todas formas, este no habría podido seguir porque
tan sólo unos segundos después resonó en todo el bosque un grito
desgarrador. Nos giramos bruscamente hacia el este.

—Habíamos tomado la dirección correcta —concluyó Maoleth. Y retomó la
carrera hacia el oeste, tras agregar\mbox{—:} ¡Luego giraremos hacia el sur!

¿Quién había podido gritar de esa forma?, me pregunté, estremeciéndome.
El alarido me había recordado la batalla contra las mílfidas…

—¿Shaedra? —me dijo Kwayat, al ver que no los seguía.

—¿Y si son nadros rojos? ¿Y si los habitantes de esas tiendas necesitan
ayuda? —pregunté, mordiéndome el labio, nerviosa.

Se oyó entonces un choque de acero. Y lo siguió otro… Mi instructor
meneó la cabeza.

—No son nadros rojos. Tiene toda la pinta de ser una batalla entre
bandidos saijits o algo por el estilo. Nada que nos incumba.

Asentí. Kwayat tenía razón. Sin pensarlo más, eché a correr y alcanzamos
a los demás rápidamente.

Aun cuando el crepúsculo dio paso a la noche seguimos avanzando. Caminábamos
ahora en una pradera que por algún misterio energético tenía una capa de nieve
menor. El cielo estaba totalmente despejado y aquella noche al menos la Vela y
la Luna alumbraban nuestro camino.

—Estáis locos —soltó de pronto Chayl, rompiendo un largo silencio\mbox{—.}
¿Vamos a continuar… andando hasta Ombay… sin dormir ni una sola vez?

El dedrin avanzaba detrás, arrastrando los pies. Nos detuvimos todos
para esperarlo.

—Por una vez, tienes razón —admitió Askaldo detrás de su velo negro\mbox{—.} Yo
estoy agotado.

—Y yo —apoyé.

Maoleth asintió con la cabeza.

—Está bien. Lieta también está cansada —añadió con una sonrisa, mientras la
gata sacaba una cabeza adormilada del saco que llevaba el elfo sobre su pecho.

Nos instalamos cerca de una colina de rocas, encendimos un pequeño fuego y
comimos pan con arroz. Estábamos todos exhaustos y apenas hablamos antes de
envolvernos en nuestras mantas y caer profundamente dormidos. Kwayat fue
quien montó la guardia el primero. Tal vez él nunca se cansaba, pensé, mecida
por la lenta música de Frundis.

Poco antes de despertar, soñé con un pájaro negro que caía en picado e
iba creciendo y creciendo hasta transformarse en un dragón negro.
Soltaba relámpagos fulminantes a diestro y siniestro y entonces se
fijaba en mí. Sus ojos eran negros como el carbón.

Abrí los ojos, sobresaltada, y me di cuenta de que apenas empezaba a
clarear. Fruncí el ceño. No me habían despertado para el turno de
guardia. Sentado en una roca, vi a Maoleth molestando a Lieta para que
le enseñase la pata herida. Sonreí, me levanté y fui a sentarme junto a
él.

—Buenos días —murmuré, para no despertar a los demás\mbox{—.} ¿Qué tal anda
Lieta?

El elfo oscuro miró su felino y puso los ojos en blanco.

—Bien —contestó\mbox{—.} Lieta no es un gato cualquiera y sabe cuidarse. Es
tozuda, eso sí.

Observé la gata bostezar perezosamente y alejarse en la nieve de la
pradera.

—Es grande para ser un gato —noté.

Maoleth dejó escapar una leve carcajada.

—Sí. En realidad es una drizsha. Es una especie mitad gato, mitad
catraínde.

Agrandé mucho los ojos, sobresaltada. ¡Un catraínde! Los gatos
bersérkers…

\emph{«Ya sabía yo que no era un gato normal»},
masculló Syu, trepando sobre mi hombro. Todo sueño lo había abandonado
al oír hablar de gatos.

Aun así, Lieta no parecía un felino tan peligroso como los catraíndes,
pensé. A saber lo que era un drizsha realmente.

—Vaya —resoplé, sorprendida\mbox{—.} Nunca había oído hablar de los drizshas. En
cualquier caso, pareces comunicar bien con ella —observé inocentemente.

Maoleth esbozó una sonrisa, adivinando mi pregunta implícita.

—Sí. Los drizshas tienen una real facultad para comunicar. Que si tienen
frío, que si pasan hambre… Mandan ondas sensitivas para hacerse
entender. Y, por lo que he oído, los catraíndes poseen una facultad
parecida, pero no la usan para comunicar: en vez de mandar las ondas al
exterior, las guardan en su interior. Por eso se los llama los gatos
bersérkers…

Escuché con cierta fascinación las explicaciones del demonio elfo
oscuro, cada vez más convencida de que no utilizaba ni kershí ni bréjica
para comunicar con su gata, o más bien con su drizsha.

Cuando los demás despertaron, desayunamos y conversamos alegremente
antes de retomar la marcha. Nuestro viaje hacia Ombay siguió
tranquilamente su curso. Chayl se aficionó a escuchar las historias de
los saijits, pidiéndome todos los días que yo le contase alguna. Askaldo
me enseñó varias leyendas y canciones de los demonios. Kwayat siguió
dándome lecciones sobre el sryho y cada noche, junto a Maoleth, se
aseguraba de que las inestabilidades de mi Sreda y la de Askaldo no iban
a peor.

Curiosamente, en aquellos días, me sentí por primera vez plenamente una
demonio, y me reí de mí misma por aquel pensamiento: casi habían pasado
tres años desde que había bebido la poción de Seyrum. ¡Ya era hora de
que me aceptase como demonio!

Y lo cierto era que los demonios no tenían costumbres muy diferentes de las de
los saijits. Spaw, Chayl y yo echábamos siempre una partida de cartas después
de la cena. Askaldo solía cantar largas baladas junto a nosotros y me
maravillaba su don para contar e improvisar historias. Los más silenciosos eran
Maoleth y Kwayat. El primero desaparecía casi todas las noches, acompañado por
su drizsha, y daban largos paseos por los alrededores, entre las sombras, como
dos cazadores solitarios. Y Kwayat se sentaba a menudo un poco aparte y
contemplaba en silencio las estrellas como buscando alguna respuesta en ellas.
Un demonio trágico y distante, como había dicho un día Spaw. En aquellos
momentos, no podía evitar preguntarme en qué estaría pensando mi instructor.

Avanzábamos cada día más hacia el sur, sosteniendo un ritmo rápido. Siempre
eran Kwayat y Maoleth los que decidían cuándo nos parábamos, y hacíamos pausas
regularmente. Según explicaron, temían que Askaldo y yo nos cansáramos
demasiado y que el estado de nuestra Sreda empeorase con la fatiga. El
elfocano afirmó un día, divertido, que jamás unos demonios inestables habían
estado tan bien cuidados.

Acabamos cruzando el camino principal con mucha prudencia y nos metimos en
las primeras montañas de las Hordas para luego volver a bajar hacia el
paso de Marp. Estábamos en pleno invierno y ni un gran especialista de
las Hordas habría preferido evitar los montes y pasar por el desfiladero. Aun
así, para Askaldo y para mí el riesgo no dejaba de ser bastante elevado dado
que la entrada al paso estaba guardada por un portal.

De pie, en la colina que llevaba al paso de Marp, observé con admiración los
enormes acantilados a ambas partes del desfiladero. Al pie de esas murallas
naturales, estaba la puerta, con su torre de guardia, y un poco más allá,
junto a un afluente, se encontraba el pueblo de Harstok. Era una simple aldea
en la que destacaba un gran edificio de color azul.

—¿Qué opináis? ¿Pasamos las puertas hoy? —preguntó Spaw, echando una
ojeada al cielo de la tarde.

—No —decidió Maoleth\mbox{—.} Apenas nos quedan dos horas de sol. No me apetece
dormir en el desfiladero. Pasaremos la noche en el
\emph{Plebento},
nos vendrá bien después de tanto viaje.

Enarqué una ceja, interrogante, pero fue Chayl quien preguntó:

—¿El plebento?

—Es el nombre del albergue de este pueblo —explicó Maoleth\mbox{—.} No creáis
que soy un gran viajero —añadió\mbox{—,} pero ya he pasado varias veces por
este paso. ¿Vamos?

Reprimí una mueca y asentí, preguntándome si realmente era prudente
meterse en un pueblo de saijits a la luz del día. Pero Maoleth, al
parecer, lo tenía todo previsto y confiaba en su plan. Además de nuestros
velos, nos había pedido a Askaldo y a mí que nos embadurnásemos con unos
ungüentos preparados por Naé Ril-de-Ya. El producto, de un color rojizo, daba
la impresión de que ambos estábamos cubiertos de placas rojas e inflamaciones.
Sobre nuestra ropa habitual, habíamos vestido todos menos Maoleth unas anchas
y largas togas negras. Las mismas que llevaban los monjes de la Orden de
Vaersin, el Dios del Dolor.

Así disfrazados, tomamos el camino principal y entramos en la aldea de
Harstok, en fila y con paso lento y mesurado, como los buenos monjes de
Vaersin que éramos. Maoleth caminaba a nuestro lado, haciendo de
guerrero mercenario. Pasamos las primeras casas sin ver a nadie y
llegamos al edificio azul, donde colgaba un cartel que rezaba «el
\emph{Plebento de los viajeros}».
Venía acompañado de un dibujo con un tenedor dentro de una bota.

\emph{«Curiosa insigna»},
le comenté a Syu. El mono, metido debajo de mi túnica, estuvo a punto de
sacar la cabeza para echar un vistazo pero le recordé que nadie debía
verlo. Habría sido una pista demasiado evidente para el capitán
Calbaderca. Ya era bastante que Maoleth llevaba un bastón en la espalda.

Cuando Kwayat se avanzaba para abrir la puerta de la taberna, vi la
silueta de un humano detrás de una de las ventanas. Al entrar, me
fijé en que no solamente la taberna era mucho más grande que la del
\emph{Ciervo alado},
sino que además tenía bonitas columnas esculpidas en gruesos troncos de
madera que me recordaron a las de Dumblor. La sala en sí estaba vacía,
con la excepción de tres hombres que hablaban en tono quedo y perezoso.

—Buenos días, venerables monjes —dijo una voz a mi derecha.

Junto a la ventana, el humano nos hizo un saludo respetuoso y nosotros
contestamos con breves gestos de cabeza. Resultaba que Maoleth conocía
un poco las manías de los monjes de Vaersin y había intentado
explicárnoslas con detalle. Yo ya conocía algunas, gracias a Wigy y mis
visitas al Templo en Ató, pero eso no me impedía estar segura de que en
cualquier momento podíamos cometer un error más que comprometedor.

—Buenos días, buen hombre —soltó Maoleth, adelantándose con desenfado\mbox{—.}
Te aviso, los monjes han hecho voto de silencio. Si he entendido bien,
creen que así podrán evitar que llegue un Ciclo del Hielo.

Su tono de voz revelaba una mezcla de burla y respeto muy bien
conseguida.

—Ojalá lo consigan —replicó el tabernero\mbox{—.} ¿Venís del este, verdad?

—No, del oeste —contestó Maoleth\mbox{—.} Y yo personalmente me dirijo hacia
Tenap. Supongo que seguiré viajando con mis nuevos compañeros durante
unos días, aunque lo que me pagan no sea ninguna maravilla. ¡Los
protejo mientras rezan! —bromeó.

El tabernero nos condujo a una mesa y nos sentamos todos menos Maoleth y
Kwayat, que se encargaron de pagar un cuarto para una noche. Mientras
nosotros guardábamos un silencio total, el elfo oscuro estuvo hablando
largo rato con el tabernero, sobre los problemas de Éshingra y sobre los
precios de la comida. Incluso se inventó varias historias con una
facilidad asombrosa, contando que de joven ayudaba a su padre como ropavejero
pero que prefería mil veces la vida de mercenario que llevaba ahora.

—¿Lo que te depara la vida, eh? —soltó con una sonrisilla\mbox{—.} Es curioso,
la última vez que pasé por aquí había más actividad —añadió, cambiando
de tono.

—Normal —contestó el humano con aire sombrío, mientras limpiaba su
mostrador\mbox{—.} En invierno no hay ni un ratón. Y este año hay todavía menos
tránsito. Los comerciantes ajensoldrenses no se fían de los caminos de
Éshingra, y con razón. Ojalá esa guerra acabe rápido.

—En cuanto haya ganado algunos kétalos en uno de los dos bandos —apuntó
Maoleth, con una sonrisa torva.

—Oh, hay más de dos bandos, tranquilo —intervino uno de los tres hombres
sentados, con tono algo sarcástico\mbox{—.} Tendrás donde elegir. Aunque por el
momento no se sabe ni si realmente están en guerra los reinos de las
Comunidades o si se trata de una guerra entre cofradías o gremios. Pero
lo que está claro es que más allá del paso de Marp hay mal ambiente.

Maoleth enarcó una ceja.

—¿Venís de Éshingra?

El hombre se carcajeó.

—No, somos campesinos de Harstok. Ni se me ocurriría viajar hasta ahí
—afirmó.

Cuanto más los oía hablar de Éshingra, más me preguntaba si era juicioso
meterse en una zona tan peligrosa. ¿No hubiera sido más prudente pasar
por el oeste y embarcar en Mirleria, rumbo a la Isla Coja? Reprimí un
suspiro y eché un vistazo hacia mis compañeros. Con la cara velada, mi
visión no era tan buena pero pude adivinar la expresión fascinada de
Chayl, quien detrás de su capucha negra observaba a los saijits como si
nunca hubiese visto uno.

Estuvimos esperando pacientemente a que llegase la hora de cenar. Varias
veces alcancé a oír el suspiro exasperado de Askaldo antes de que el
tabernero nos llevase al fin unos platos de sopa caliente. Empecé a
comer, hambrienta, pasando incómodamente cada cucharada por debajo de mi
velo. Maoleth, dejándonos a nuestras plegarias, fue a sentarse con los
campesinos y los cuatro se pusieron a hablar por los codos de cosas sin
importancia durante al menos una hora hasta que los tres lugareños
decidiesen volver a sus casas.

—¡Bueno! —dijo Maoleth, cuando en la taberna ya no quedábamos más que
nosotros\mbox{—.} No sé vosotros si seguiréis rezando o qué, pero yo estoy
agotado de tanta caminata y voy a subir al cuarto. Venerables monjes
—añadió con ironía.

Se levantó Askaldo. Lo imitamos y seguimos al tabernero y a Maoleth
hacia los pisos de arriba. El humano nos dejó entrar en el cuarto,
diciendo con tono solícito:

—Si necesitáis algo, podéis hacer sonar la campana, en cualquier momento del
día o de la noche. Espero que el
\emph{Plebento}
sea de vuestro agrado y que el entorno sea adecuado para vuestras
plegarias. Buenas noches —añadió, inclinándose respetuosamente.

Estuve a punto de contestarle pero ahogué mi respuesta en un sonido de
asentimiento. El tabernero volvió a su taberna, Askaldo cerró la
puerta y él y yo nos quitamos el velo con alivio. Intercambiamos miradas
elocuentes, sin atrevernos a hablar.

—A dormir —soltó Maoleth burlonamente, antes de que nadie rompa su voto de
silencio\mbox{—.} ¡Que Vaersin os acompañe en vuestros sueños!

Spaw y yo sonreímos, divertidos, mientras Askaldo fulminaba al elfo
oscuro con la mirada. Absteniéndonos de todo comentario, nos tendimos en
nuestras camas y tuve que hacer un esfuerzo para no soltar una carcajada
al ver que Askaldo y Kwayat no cabían en las suyas. Sus pies rebasaban
varios centímetros, y Askaldo parecía algo contrariado.

\emph{«A los gawalts eso no les pasa»},
comenté, sonriente.

Syu saltó hasta la cama de Kwayat y observó con interés el fenómeno. Y
luego frunció el ceño.

\emph{«A los gawalts tampoco les huelen los pies»},
replicó, volviendo a mi cama. Y entonces se detuvo, husmeó su propio
pie y movió la cola, satisfecho.

Mientras tanto, yo había tendido mi manta para no embadurnar la cama con
mi ungüento y me tumbé, exhausta de tanto viaje. Acogí al mono
acariciándole maquinalmente la cabeza y permanecí así un rato,
meditativa.

\emph{«Estás pensando»},
me avisó el gawalt, burlón.

\emph{«Lo sé»},
admití, y esbocé una sonrisa.
\emph{«Menos mal que estás aquí para avisarme»}
Y entonces bostecé y dejé de pensar.
\emph{«Buenas noches, Syu.»}

Por toda respuesta, Syu dio varias vueltas sobre la manta antes de
instalarse y reprimí una risita.

\emph{«Te pareces cada vez más a Lieta»},
comenté.

El mono gruñó y se acurrucó junto a mí.

\emph{«Es ella la que me imita»},
replicó.

Por supuesto, pensé, divertida, antes de cerrar los ojos. Enseguida caí en un
profundo sueño del que desperté bruscamente, horas más tarde, al oír un ruido
extraño contra la ventana. Al abrir los ojos, vi que Lieta había trepado hasta
el bordecillo y contemplaba la noche por los cristales. Sus ojos verdes se
clavaron en los míos un instante antes de volver a su muda contemplación. Tuve
la impresión de que había querido decirme algo, pero no la entendí.

\nopagebreak \bigskip {\centering{$\spadesuit$} \par} \smallskip

A la mañana siguiente, después de desayunar, nos dirigimos directamente
hacia la puerta del Paso de Marp y dejamos a Maoleth encargarse de
presentarnos y explicar el motivo de nuestro viaje.

—Soy un guerrero —decía el elfo oscuro con soltura\mbox{—.} Y ellos son monjes
de Vaersin…

Añadió algo en tono más bajo, para que no lo oyéramos, y el
guardia que nos atendía puso cara molesta.

—Usted no es eriónico, ¿verdad? —replicó con una mueca.

—Sólo lo soy cuando me conviene —sonrió Maoleth, burlón.

El guardia meneó la cabeza pero se echó a un lado.

—Adelante, pasad. Os deseo buena suerte, venerables monjes —añadió con
sinceridad\mbox{—.} Los caminos tienen muchos peligros. Sed prudentes.

En aquel momento casi sentí vergüenza por nuestros disfraces. Pasamos
las puertas abiertas y nos metimos en el desfiladero con una facilidad
asombrosa. Reprimí una risita aliviada. ¡Por Nagray! Sólo entonces me di
cuenta de toda la tensión que había ido almacenando al imaginarme que el
guardia nos pediría a todos que enseñásemos nuestros rostros. Tuve ganas
de pegar unos saltitos de alegría pero me contuve: los vigías de la
torre aún podían vernos y tal vez se hubieran preguntado qué hacía un
monje de Vaersin brincando en un desfiladero.

—¡Un problema menos! —soltó Maoleth, cuando nos hubimos alejado lo
suficiente.

—¡Por la Mente, Maoleth! —resopló Askaldo, mientras avanzábamos a buen
ritmo\mbox{—,} ¿qué ha sido todo ese teatro? ¡Te has burlado a ultranza de los
eriónicos! Es una suerte que no hayas caído con uno de esos saijits
fanáticos…

La carcajada del elfo oscuro lo interrumpió.

—¿A ultranza, eh? Bah, no exageres, sólo he cumplido mi papel de
mercenario: esos siempre se ríen de las religiones, de los bandos y de
cualquier otro grupo, mientras no los estén pagando. —Realizó un gesto
vago, como para descartar el tema\mbox{—.} Sigamos. Quiero salir de este
desfiladero lo antes posible. Sólo nos pararemos cuando alcancemos el
valle de Marp.

Retomé a Frundis y Syu salió a descubierto, harto de permanecer debajo
de mi capucha. Lieta y Maoleth abrieron la marcha y los seguimos
con rapidez. El cañón tenía de cuando en cuando agujeros en la roca y
pequeños callejones, pero era imposible equivocarse de camino: sólo había
uno lo bastante ancho como para permitir pasar a una carreta. Además, se
veía que había pasado ahí recientemente una tropa de obreros para
apartar la nieve.

Al de unas seis horas de andar, empezamos ya a cansarnos seriamente.
Estábamos todos sudando debajo de tanta capa a pesar del frío.

—Ánimo —nos dijo Maoleth\mbox{—.} Ya queda poco.

—Siempre queda poco —mascullé por lo bajo.

—Yo creo que para cuando salgan las flores en primavera habremos llegado
—comentó Spaw.

—¡Estupendo! —exclamé, imitando el optimismo de Manchow a la perfección\mbox{—.}
Así iré cambiando de color según pasemos por un campo de violetas o un
campo de margaritas.

Esta vez, sin embargo, el elfo oscuro tenía razón. Apenas un cuarto de hora
después, el desfiladero empezó a ensancharse y sus profundas murallas se
fueron convirtiendo en cuestas empinadas pobladas de hierba rala, nieve y
arbustos.

—Vaya —dije, algo sorprendida\mbox{—.} Al final sí que vas a tener razón, Spaw.
Aquí parece que hay menos nieve que del otro lado.

Aun sabiendo que los flujos energéticos en Éshingra eran muy distintos a
los de Ató, la diferencia era asombrosamente notable. Pronto decidimos
quitarnos las togas porque empezábamos a sofocar. Cuando llegamos al
valle propiamente dicho, me detuve, embelesada por la vista. La Ruta de
Marp, como la llamaban, seguía un curso sinuoso en el flanco izquierdo
del valle, mientras que en el otro, exento también de árboles, pastaban
tranquilamente unas manadas de animales salvajes.

—Jamás había pasado por aquí —confesó Spaw, mirando el paisaje con sumo
interés\mbox{—.} Vamos a tener problemas para escondernos si llegan saijits,
¿no creéis?

—Bah, la gente de Éshingra es poco curiosa —replicó Maoleth y sonrió al
ver que su argumento de poco peso no nos convencía. Se había agachado
para rehacer uno de los cordones de sus botas y aprovechaba ahora para
rascarle las orejas a Lieta. Ladeé la cabeza, divertida. La gata
ronroneaba casi como Syu cuando estaba contento o como Frundis cuando le
frotaba el pétalo azul.

—Bueno, una de las ventajas es que si nos atacan bandidos los veremos de
lejos —intervino Chayl, pensativo.

Aprobé con la cabeza y resoplé, sentándome en una piedra. Kwayat esbozó
una sonrisa.

—Creo que una pausa será bienvenida —observó.

La «pausa» se alargó hasta la mañana siguiente, ya que cuando nos dimos
cuenta de que atardecía nos quedamos muy rápidamente a oscuras. Tan sólo
nos movimos para encontrar un cobijo protegido del viento antes de
envolvernos en nuestras gruesas mantas. Yo dormí tan profundamente que
Frundis tuvo que despertarme con un trompetazo.

\emph{«¡Eh!»},
protesté, sobresaltada.

Frundis soltó una risotada acompañada de una rápida melodía de violines
y de trinos de pájaros.

—¡Ya se despierta nuestro Atrapa-colores! —anunció la voz burlona de
Spaw.

Vi al demonio sentado en una roca, engullendo una de las últimas
galletas preparadas por Naé. Frundis no había llegado a mis manos por
casualidad, entendí.

Me enderecé y observé que los demás ya estaban levantados y desayunando.
Me pasé la manga por la cara para acabar de despertarme y una capa de mi
máscara roja cayó sobre la hierba. Me encogí de hombros: total, ya había
ido cayéndose a pedazos durante la noche. Me froté la piel para tratar
de quitar todo el ungüento y al final se me quedó toda la cara como si
me hubiese rociado de miel pegajosa. Apliqué un puñado de nieve contra
la cara y solté un gruñido.

—¡Está helada! —mascullé.

Spaw, que había observado con cierta burla mis abluciones matutinas,
soltó una carcajada.

—¿Esperabas que estuviese templada?

—Mmpf —repliqué. Me froté un poco más con la nieve, me estiré y declaré
animadamente\mbox{—:} ¡Buenos días!

Maoleth y Askaldo estaban en plena conversación sobre la ruta que
teníamos que tomar pasado el valle. Mientras compartía mis ocho galletas
de la mañana con Syu, me fijé en que Kwayat parecía sumido en sus
pensamientos. Chayl, en cambio, seguía la discusión con sumo interés,
como solía.

Rápidamente entendí el problema: Maoleth pretendía pasar por la parte
sur del Bosque de Hilos, siguiendo la ruta principal, mientras que
Askaldo deseaba pasar más al norte, evitando la ruta.

—No te das cuenta, Maoleth —decía Askaldo, meneando la cabeza\mbox{—.} Si
cualquiera me ve, con mi aspecto, la habremos liado. Éshingra está en
estado de guerra. Los guardias de cada reino estarán patrullando sus
rutas. Pasar en pleno camino es estúpido.

Maoleth enarcó una ceja.

—Más estúpido es hacer un rodeo inútil —repuso diplomáticamente\mbox{—.} La ruta
pasa entre árboles. Podremos salir del camino en cualquier momento e
iremos mucho más deprisa. Seamos sinceros, ¿no querrás pasar tan al
norte por alguna escondida razón, verdad?

—Al fin y al cabo, antaño vivías en Mythrindash —dejó escapar Spaw
con tono inocente\mbox{—.} En la hermosa calle de las Estrellas Rojas —añadió,
con una media sonrisa.

Askaldo le soltó una mirada de pocos amigos.

—Me pregunto desde cuándo mi padre te paga para espiarme —gruñó\mbox{—.} Pareces
saber todo sobre mí.

—Tranquilo, nunca he estado en Mythrindash —confesó Spaw\mbox{—.} De hecho,
jamás había viajado más allá de las Hordas hasta ahora. Siempre he sido
muy casero y muy ajensoldrense —declaró, sonriente.

Y dumblorano, añadí mentalmente, sabiendo que Spaw siempre tenía cuidado
en no mencionar demasiadas veces a Zaix y su infancia en los
Subterráneos.

—¿Y bien, Askaldo? —inquirió Maoleth\mbox{—.} ¿Cuál es tu plan?

—Bueno… Os seré franco: pienso seguir hasta las Cataratas Eternas, pasar
por la Ruta del Tisombra y dar tres vueltas a Islamontaña antes de
llegar a Ombay —replicó Askaldo con falsa gravedad. Me miró, y agregó,
muy serio\mbox{—:} Y pasaremos por el lago Makata, por supuesto.

Su tono era tan burlonamente solemne que Spaw, Chayl y yo soltamos una
carcajada. Askaldo enarcó una ceja, como preguntándose qué mosca nos
había picado.

—Askaldo —intervino Maoleth con paciencia\mbox{—.} Dame una sola razón válida
por la cual hacerte caso y salirnos de la Ruta de Marp.

El elfocano se encogió de hombros.

—Tenía pensado ir a visitar a una persona en particular que podría
ayudarnos —explicó.

—¿Vamos a ir hasta Mythrindash? —exclamó Chayl, incrédulo y entusiasta a
la vez.

—Chayl, deja ya de inventarte cosas que no he dicho —replicó su primo
mayor\mbox{—.} La persona de la que hablo no está en Mythrindash.

Enarqué una ceja, intrigada ante su tono súbitamente vacilante.
Todos lo miramos, interesados, menos Kwayat, quien seguía absorto en la
contemplación del valle, sumido en sus pensamientos, o eso parecía.

—¿Crees que esa persona puede ayudarnos a rescatar a Seyrum? —preguntó
Maoleth, levemente incrédulo. Askaldo asintió con la cabeza y el elfo
oscuro frunció el ceño\mbox{—.} Esto es una idea de Ashbinkhai, ¿verdad?

Askaldo puso los ojos en blanco.

—¿Desde cuándo escucho las ideas de mi padre? —espetó, divertido.

Spaw resopló.

—Y luego se extraña de que Ashbinkhai contrate a un templario para cuidar
de él —masculló, levantando los ojos al cielo.

—No necesito que un templario cuide de mí —gruñó Askaldo, soltándole una mirada
furibunda\mbox{—.} Confiad en mí. Esa persona nos ayudará. Pensad un poco: Ashbinkhai
nos pagará el barco en Ombay y unos marineros nos llevarán hasta la Isla Coja.
Estupendo, ¿y después qué?

Maoleth puso cara pensativa.

—¿Pretendes llevar refuerzos? ¿Algunos de tus amigos?

Askaldo hizo una mueca y negó con la cabeza.

—Coincido con la opinión de mi padre en que cuantos menos seamos, más
discretos seremos. Disponemos ya de una buena ventaja: Shaedra y yo ya
conocemos a Seyrum. Lo hemos visto en persona.

Me removí, incómoda, aunque no denoté ninguna ironía en su tono. Al
parecer, las paces sagradas de los demonios habían hecho olvidar a
Askaldo sus resquemores.

—Entonces, si esa misteriosa persona de la que hablas no nos va a
acompañar —intervino Chayl\mbox{—,} ¿cómo nos va a ayudar?

Askaldo suspiró y se levantó.

—Ya lo veréis en su momento —contestó simplemente\mbox{—.} Pero si no nos
movemos nos caerá la noche sin que hayamos hecho diez pasos así que… en
marcha —declaró.

Recogimos rápidamente nuestros sacos y, mientras nos poníamos en marcha,
me pregunté qué demonios nos estaría escondiendo Askaldo. Anduvimos
durante dos horas antes de divisar a lo lejos el Bosque de Hilos. Como
el camino había ido bajando poco a poco, tan sólo se alcanzaba a ver una
colina repleta de árboles con hojas. Con hojas, me repetí, recordando
las historias que se contaban en Ató sobre el Bosque de Hilos. El
maestro Áynorin nos había hablado más de una vez de su estancia en
Mythrindash. Según él, en ese enorme bosque había tal variedad de
árboles que ni un botánico de los Reinos de la Noche era capaz de
reconocerlos todos. También había contado que una vez se había perdido a
tan sólo unos kilómetros de Mythrindash y que lo habían rescatado unos
cazadores… Claro que Áynorin también había tenido la ocasión de perderse
en las afueras de Ató, pensé, divertida, recordando mis años de snorí.

Sumida en mis pensamientos, no me había fijado en que ya estábamos
saliendo del valle y caminábamos hacia una larga colina poblada de…
Entorné los ojos y luego los agrandé.

—¡Hojas-espuma! —exclamé, aterrada, parándome en seco.

Los demás se sobresaltaron bruscamente.

—¿Qué ocurre? —preguntó Kwayat, sorprendido.

—Er… —Vacilé, frunciendo la nariz al ver una planta hoja-espuma a mi
derecha. Abrí la boca para continuar y entonces solté un violento
estornudo, seguido por otro no menos brutal.

\emph{«¡Por Nagray!»},
protesté mentalmente, mientras un Syu prudente saltaba hasta el suelo.

Saqué mi pañuelo, sintiendo que el viento acababa de cambiar de
dirección: ahora el perfume de las plantas me llegaba de pleno.
Entonces me fijé en que los demás me observaban, desconcertados, y
traté de explicar rápidamente mi problema antes de que me diese otro
ataque de estornudos:

—Soy alérgica a las hojas-espuma.

—Oh —soltó Spaw, frunciendo el ceño\mbox{—.} Eso sí que es molesto.

—¡Se está poniendo roja! —observó Chayl, extrañado, mirándome con
detenimiento.

—Curioso —aprobó Askaldo, riendo por lo bajo\mbox{—.} Bueno, ya que estamos con
los rodeos, empecemos ya a dirigirnos hacia el norte y salgamos del
camino —propuso\mbox{—.} Así evitaremos la colina con las plantas —argumentó,
dirigiendo una ancha sonrisa a Maoleth. El elfo oscuro gruñó pero no
protestó y, entre estornudo y estornudo, los seguí fuera del camino.

Seguimos a buen ritmo por las praderas verdes, pero sólo cuando nos
hubimos alejado lo suficiente dejé de estornudar por completo y Syu,
mientras tanto, se subió al hombro de Spaw, evitando cuidadosamente a
Lieta.

Recuperé mi color de piel «normal» rápidamente, aunque el cambio
provocado por la alergia no nos dejó menos extrañados. Tras comentar el
fenómeno un rato, Maoleth y Kwayat llegaron a la conclusión de que
aquella repentina coloración no había tenido nada que ver con mi
mutación, sino con mi alergia. Aun así, yo sabía que las hojas-espuma
jamás me habían provocado más reacciones que unos estornudos tremendos…
Claro que jamás había estado expuesta a una colina completamente
cubierta de esas malditas plantas, añadí para mis adentros.

—¿Por qué razón no quieres decirnos quién es esa persona, Askaldo?
—preguntó Chayl, cuando llevábamos ya un buen rato en silencio,
avanzando bajo un sol agradablemente cálido para ser invierno\mbox{—.} ¿Es
peligrosa? ¿Es un saijit o un demonio?

Askaldo dejó escapar un suspiro exasperado y su primo se interrumpió.

—Ya te he dicho que lo sabrás en su momento. ¿No te ha enseñado mi padre
que la paciencia es una virtud?

Chayl se ruborizó y calló.

—Tengo curiosidad —intervino Spaw con tono ligero\mbox{—.} ¿Desde cuándo
Ashbinkhai ha decidido ser instructor además de Demonio Mayor?

Askaldo resopló.

—Fue instructor antes de heredar el título de mi abuelo —contestó, con un
ademán para significar que aquello remontaba a muchos años\mbox{—.} Desde
entonces no había vuelto a enseñar a nadie.

—Yo soy el primer verdadero alumno de Ashbinkhai —soltó Chayl.

Sonreí al verlo tan contento con su instructor. Entonces, Maoleth, que
nos llevaba varios metros de ventaja, soltó un gruñido.

—¡Por las barbas de Trah!

Nos apresuramos a alcanzarlo, alarmados. Lo primero que pensé, al verlo
jurar, fue que acababa de constatar que estábamos rodeados de colinas
llenas de hojas-espuma, pero no, Maoleth miraba más allá, hacia la
vertiente de una gran colina sin árboles. Sólo entonces me fijé en un
trueno lejano pero persistente. Eché un vistazo hacia el cielo azul,
frunciendo el ceño.

—¿Qué es? —preguntó al fin Askaldo con aprensión.

—Una manada de algo —contestó Maoleth, colocándose mejor el saco, como
para salir corriendo.

—Una manada gorda —agregó Spaw. Detrás de la colina, empezaba a elevarse
una nube de polvo y tierra.

Y entonces oímos unos gritos saijits y vimos aparecer a tres siluetas encima
de la colina por donde se acercaba el trueno. Dos de ellas corrían a toda
prisa, dirigiéndose hacia el este, mientras que la otra avanzaba más
torpemente, sosteniendo su sombrero con una mano.

—\emph{Beksiá}
—soltó Chayl en tajal, impresionado\mbox{—.} ¿Y esos de dónde salen?

Una oleada de sensaciones me invadió y titubeé. Entonces, mientras los demás
huían de la manada de antílopes que acababan de aparecer, solté en un murmullo
estupefacto:

—Son mis hermanos…

Pero los demás ya habían echado a correr y tan sólo me oyeron Frundis
y Syu.

\emph{«Pues yo que tú imitaría a nuestros hermanos y echaría a correr»},
me aconsejó el gawalt, rebulléndose sobre mi hombro.

Seguí su sabio consejo con una terrible sospecha: mis hermanos habían
salido de Ató para buscarme, me dije, recordando las palabras de Dol.
Pero no se habían precipitado a la Isla Coja. No: habían ido a buscar a
Márevor Helith para que les dijese exactamente dónde me encontraba
gracias a las Trillizas. Y estaba casi segura de que aquella silueta con
sombrero, de movimientos torpes, no era otro que el maestro Helith…
Reprimí las ganas de frenar mi carrera para ir a ver cómo se las
arreglaba el nakrús y desaté mi jaipú, modulándolo eficazmente para
acelerar mis movimientos. El trueno lejano de la manada se había
convertido en un redoblar de tambores.

\chapter{Ahishu}
\label{s:18}
Inspiré entrecortadamente y me giré hacia atrás. Los demás subían la
colina, medio corriendo medio andando. Estaban todos sin aliento.

\emph{«El ruido se aleja»},
comenté, agudizando el oído.

Entonces me invadió un trueno de estornudos y solté una maldición.

\emph{«¡Frundis!»}

El bastón rió y Syu dejó escapar una risita, divertido.

\emph{«Mmpf»},
dije, exasperada.
\emph{«Lo de los estornudos no tiene gracia.»}

\emph{«Me lo vas a decir a mí»},
replicó Frundis, canturreando.
\emph{«Yo, cuando tenía cabeza, siempre estaba acatarrado. Estornudaba más que
tú con tus hojas-espuma»},
afirmó con ánimo de consolarme.

Cuando los demás me alcanzaron, Maoleth levantó una mano, jadeante.

—Creo… que ya hemos corrido… bastante —declaró, con la respiración
entrecortada\mbox{—.} Si viene otra manada de antílopes, yo no me muevo de
aquí.

—El gran cazador rendido por unos antílopes —se burló Askaldo\mbox{—.} Pues yo
creo que si seguimos a este ritmo llegamos a los lindes del bosque
dentro de un par de horas —anunció, echando un vistazo hacia el bosque
lejano.

—Si quieres adelantarte y correr como un antílope, adelante —lo invitó
Maoleth, gruñendo y respirando ruidosamente.

Desde la alta colina donde nos encontrábamos, se extendía aún todo un
mar revuelto de cerros y dudaba de que la estimación de Askaldo fuese
correcta. Desde el valle, el Bosque de Hilos me había parecido más
cercano… Pero los Oteros de Seplin-shol, como se denominaba aquel lugar,
parecían ahora interminables. Y a Laygra y a Murri no se los veía por
ninguna parte.

Tras una pausa bien merecida, seguimos andando, sabiendo que los
antílopes no se habían puesto a correr sin razón: a lo mejor
alguna banda de escama-nefandos había decidido emigrar hacia el Bosque
de Hilos… Pasamos unas cuantas colinas antes de que el cielo empezase a
oscurecerse.

Aquella noche, después de una cena algo frugal y una partida de cartas,
me envolví en mi manta echando ojeadas inquietas hacia las colinas
vecinas. Por un lado, me hubiera gustado volver a ver a Laygra y a
Murri, pero por otro lado sabía de sobra que ninguno de mis compañeros
iba a acogerlos con los brazos abiertos. Y menos si los veían con un
nakrús. Los demonios veneraban la Vida. Los muertos vivientes, para los
demonios en general, eran los peores engendros del mundo, incluso peores
que los kandaks. Hasta Spaw, que era un demonio de espíritu bastante
abierto, había quedado horrorizado cuando le conté que poseía una
parte de la filacteria de Jaixel. Y no estuvo menos aterrado cuando le
dije que en Dathrun había conocido a un nakrús profesor de una academia
celmista. No quería ni imaginarme qué pensaría Kwayat de todo aquello…
Con estos pensamientos agitados en mente, tardé horas en conciliar por
fin el sueño.

Llegamos al Bosque de Hilos al día siguiente, cuando el sol estaba casi en su
cénit. Pasados los Oteros de Seplin-shol, tuvimos que subir un pequeño
barranco rocoso y, una vez arriba, nos encontramos frente a una barrera de
vegetación frondosa y salvaje que enseguida me inspiró respeto y aprensión.

Spaw silbó entre dientes, impresionado.

—¿Seguro que te quieres meter ahí, Askaldo? —preguntó con una mueca poco
convencida.

—No os preocupéis —replicó el elfocano, con aire seguro\mbox{—.} Conozco el
bosque como si fuera mi propia Sreda… —Hizo una mueca al oírse a sí
mismo y enseguida rectificó\mbox{—:} Quiero decir que la conozco todavía mejor
que mi Sreda. La he explorado numerosas veces —añadió, por si aún no nos
había dejado claro que era un experto conocedor del Bosque de Hilos.

—Perfecto —dijo Chayl, mirando con admiración la muralla de árboles\mbox{—.} Si
es cierto lo que dices, primo, entonces adelante.

Askaldo empezó a dirigirse hacia el bosque pero entonces se detuvo y
agregó:

—Lo olvidaba. Intentad no tocar nada. Hay plantas y árboles peligrosos.

—No me digas —masculló Spaw, sarcástico.

Le di un codazo al joven humano, socarrona, mientras Askaldo abría la
marcha, seguido de Kwayat y Chayl.

—¿No te gustaban las experiencias? —inquirí.

Spaw puso los ojos en blanco.

—Una cosa es hacer una experiencia, y otra meterse en un bosque
de experimentos —argumentó, muy razonable\mbox{—.} Quién sabe lo que habrá ahí
dentro… —Se encogió de hombros, esbozó una sonrisa y declamó con tono
resignado\mbox{—:} ¡Confiemos todos en Askaldo!

Meneé la cabeza, divertida, y eché una última ojeada escrutadora hacia
las colinas antes de dejarme tragar por la vegetación.

\nopagebreak \bigskip {\centering{$\spadesuit$} \par} \smallskip

Pese a los avisos de Askaldo, Syu enseguida saltó a las ramas de los
árboles para explorar los alrededores y descubrir un mundo nuevo. Cada
vez que encontraba una planta extraña, se apartaba prudentemente de ella
y me llamaba, entusiasmado, para que la examinase y le preguntase a
Askaldo si era una planta inofensiva o no. La mitad de las veces Askaldo
contestaba a mis preguntas con una precisión impresionante, y la otra
mitad gruñía, exasperado, eludiendo mi pregunta y pretextando que no
estábamos en una lección de botánica. Y acto seguido, le daba un tajo de
espada a algunas zarzas para seguir avanzando.

Frundis había decidido enseñarme una sinfonía que había compuesto hacía
aproximadamente dos siglos cuando uno de sus antiguos portadores lo
había llevado como yo hasta el Bosque de Hilos. Mezclaba una cantidad
increíble de instrumentos, cantos extraños de pájaros y de otros
animales. Acabó con un restallido eterno semejante al de un martillazo
contra una placa de metal.

\emph{«¡Jojó!»},
exclamó, con un orgullo evidente.
\emph{«¿Qué os ha parecido mi obra maestra?»}

Reprimí una ancha sonrisa.

\emph{«Exactamente eso: una obra maestra»},
repliqué, aprobadora.
\emph{«Realmente impresionante.»}

\emph{«Confirmo»},
intervino el gawalt, desde alguna rama cercana.
\emph{«Aunque el final es algo escalofriante.»}

Frundis, que canturreaba alegremente, se paró al oírlo.

\emph{«¿Escalofriante? ¡Pues claro! Una música no sólo tiene que ser
encantadora. Tiene que ser potente, asfixiante, terrible, estremecedora…»}

Puse los ojos en blanco mientras el bastón seguía enumerando adjetivos
cada vez más hiperbólicos. Pero poco después Spaw se puso a canturrear
una versión improvisada de una canción burlesca conocida en Aefna, y
Frundis se detuvo en seco para oírlo y poder criticarlo debidamente.
\begin{verse}
¿Qué buscará en esta selva \\
nuestro héroe salvador? \\
¿Una bruja? ¿Algún dragón? \\
O alguna hermosa princesa. \\
¡Oh, misterios del amor!

\end{verse}

Spaw me dedicó una amplia sonrisa mientras Askaldo, que nos llevaba como
unos veinte metros, hacía como que no había oído y avanzaba
incansablemente.

\emph{«Eso sí que no era potente»},
apuntó Frundis, resoplando.
\emph{«Aunque algo asfixiante sí que ha sido.»}

Lo cierto era que el silencio de Askaldo empezaba a exasperarme: ¿acaso
se suponía que teníamos que seguirlo por ser el hijo de Ashbinkhai, sin
saber ni siquiera hacia dónde nos dirigíamos? Además, otro pensamiento
más preocupante me rondaba la mente desde la víspera: Márevor Helith
era capaz de seguirme gracias a las Trillizas, y eso significaba que si
no tomaba una decisión, y rápido, Laygra y Murri se meterían en el
Bosque de Hilos y acabarían encontrándome. ¿Cuál era la decisión
correcta que tenía que tomar? ¿Tirar las Trillizas entre el musgo del
Bosque de Hilos? Palidecí nada más pensar en esa posibilidad. Según
Drakvian, las Trillizas eran una obra del maestro Helith. No podía
abandonarlas tan vulgarmente. Reprimí un suspiro contrariado. ¿Por qué
demonios Márevor Helith quería siempre darme sus mágaras?

Durante las tres noches siguientes, apenas pude dormir. Había tantos
ruidos en el bosque, que me sobresaltaba cada minuto, convencida de que,
no muy lejos de nuestro campamento, pasaban subrepticiamente criaturas
de todo tipo. Los demás, en comparación, parecían dormir mucho mejor,
salvo Chayl, quien se quejó de tener pesadillas horribles y extrañas.

—Eso sólo te pasa a ti —le replicó Askaldo al tercer día, burlón,
mientras desayunábamos\mbox{—.} Os daré una buena noticia, ya debemos de estar
cerca de donde quería llegar.

—¡Ah! —dijo Maoleth, enarcando una ceja\mbox{—.} No sé por qué, empezaba a creer
que lo de las Cataratas Eternas no era ninguna broma.

El elfocano puso los ojos en blanco y se levantó.

—Sé menos impaciente, Maoleth. Sobre todo que, antes que nada, tendré que
hablar con él a solas y tendréis que esperar fuera de su territorio.

Agrandé los ojos al oírlo.

—Su territorio —repitió Kwayat\mbox{—.} Eso significa que es el capataz de algún
pueblo.

—Nada más lejos de la verdad —repuso Askaldo\mbox{—.} Vive solo. Pero no confía
en los extraños.

—Estupendo —refunfuñó Maoleth\mbox{—,} vamos a ver a un ser que vive solo en
medio de la nada y ese ser, según cuentas, nos va a ayudar a sacar a
Seyrum de la Isla Coja… ¡qué maravilla de plan! Eres un genio, Askaldo:
has conseguido intrigarme. Y sí, la paciencia es una virtud, pero
deberías saber que avanzar a ciegas es una estupidez. Hemos estado
siguiéndote hasta aquí con una paciencia infinita. Ahora te toca a ti
explicarnos quién es esa persona.

El joven elfocano hizo una mueca y suspiró.

—Es un saijit —dijo. Esa simple información dejó atónitos a Kwayat,
Maoleth y Chayl\mbox{—.} Un tiyano. Y lo conocí un día en que exploraba una
región más al norte. Le había mordido una serpiente. Y yo lo salvé con
un antídoto que llevaba. Y… —Se encogió de hombros\mbox{—.} No os diré más por
ahora. Antes tengo que saber si está dispuesto a recibiros.

—¿Y si no quiere recibirnos? —solté, mientras los demás asimilaban las
palabras de Askaldo.

Él se encogió de hombros.

—Entonces tomaremos rumbo al sur e iremos directamente a Ombay.

Kwayat meneó la cabeza, meditativo, pero no dijo nada.

—Yo dudo de que esa persona nos pueda ayudar en algo —intervino Chayl,
expresando las reservas de todos.

—Duda todo lo que quieras, primo —replicó Askaldo\mbox{—.} Pero es una bella
oportunidad para pedirle ayuda y no voy a malgastarla.

Lo miramos todos, dubitativos e intrigados, pero no replicamos: ya que
Askaldo nos había llevado hasta ahí, no íbamos a dar media vuelta sin
averiguar quién era ese extraño misterioso.

Así que nos pusimos de nuevo en marcha. El bosque fue haciéndose menos
denso, poblándose de barrancos y de pequeños montículos rocosos. Syu
tuvo que abandonar los árboles para seguir nuestro ritmo y se puso a
trenzarme el pelo al son de los violines del bastón. En un momento, vi
aparecer, entre dos enormes rocas, una muralla de cañas que debían de
medir unos tres metros por lo menos. Y más allá asomaban grandes
troncos, con ramas y más ramas… Askaldo se detuvo a unos cien metros de
la muralla. Parecía nervioso.

—Bueno —dijo\mbox{—.} Voy a ir a ver si sigue ahí.

Chayl, al advertir la aprensión de su primo, sonrió con todos sus
dientes.

—Si gritas, iremos a rescatarte, querido primo.

Askaldo lo miró con aire escéptico.

—¿Tú, te atreverías a entrar
\emph{ahí}?
—Soltó una carcajada sarcástica y le dio un empellón amistoso a su
primo\mbox{—.} Ahora me toca ser el héroe salvador —añadió, guiñándole un ojo a
Spaw.

Y sin más palabras, se dirigió hacia el bosque de cañas. Saltó ágilmente
por un pequeño barranco, rodeó un pequeño arroyo y, sin aparente miedo,
apartó las primeras cañas y desapareció entre ellas.

Spaw suspiró.

—El héroe salvador —repitió\mbox{—.} Seguramente no encontrará más que el
esqueleto de ese salvaje descerebrado.

Hice una mueca al oírlo. Chayl se encogió de hombros, confesando:

—Aunque me duela decirlo, mi primo suele tener buenas ideas. Tal vez
realmente nos sea de ayuda ese saijit.

Hubo un silencio en el que agudizamos el oído, atentos al mínimo ruido.
Maoleth meneó la cabeza, sonriente.

—Tal vez —dijo\mbox{—.} Tal vez resulte que aquel saijit es un gran amante de
los demonios y un poderoso celmista capaz de liberar a Seyrum desde su
humilde cañaveral.

Una sonrisa flotó levemente en los labios de Kwayat.

—Es una posibilidad —coincidió, con tono poco convencido.

Estuvimos largo rato esperando sentados, con la mirada clavada en el
lugar donde Askaldo había desaparecido. En un momento, Maoleth quiso
mandar a Lieta de centinela, pero nos opusimos todos, menos Syu, claro.
No era plan de enfadar al saijit no siguiendo una de las pocas reglas
que nos había dado Askaldo.

Así que seguimos aguardando, cada vez más preocupados. Estábamos
preparándonos para ir a buscar al elfocano, cuando se empezaron a
agitar las cañas. Askaldo surgió unos segundos después de la maleza.

—Parece contento —observé.

—A lo mejor no ha encontrado ningún esqueleto —concluyó Spaw.

Maoleth y Kwayat avanzaron hacia Askaldo y los seguimos, impacientes.
Askaldo subió por el barranco y se quitó el velo, mostrándonos una
sonrisita satisfecha.

—Todo arreglado —declaró.

Spaw enarcó una ceja burlona.

—¿Ya has liberado a Seyrum? Qué rapidez…

—He hablado con él —lo cortó Askaldo\mbox{—.} Con Ahishu. El tiyano. Va a
recibiros uno por uno. Y yo seré el último.

Nos quedamos mirándolo, admirados.

—¿Que nos va a recibir uno por uno? —repitió Maoleth, con aire sombrío\mbox{—.}
Un momento, Askaldo. Ese Ahishu… ¿sabe que eres un demon…?

—Sí —lo interrumpió Askaldo, cruzándose de brazos\mbox{—.} No es tan terrible
—protestó\mbox{—.} Ni se le ocurriría denunciarme. Hace como diez años que no
tiene casi contacto con los demás saijits. Antaño, fue un aventurero
celmista. Ahora se ha asentado pero sigue siendo un magarista. Yo
simplemente le he explicado que necesitaba ayuda para ir a liberar a un
alquimista de una isla, y él me ha dicho que nos dará a cada uno una
mágara que nos ayude en nuestra tarea. Os aseguro que no son mágaras de
pacotilla.

Todos resoplaron, asombrados, y yo suspiré, exasperada. Otra mágara…

—¿Y nos va a dar una mágara de esas tan estupendas, y a cada uno, porque
tú le salvaste la vida? —preguntó Maoleth, incrédulo.

Askaldo puso cara pensativa y ladeó la cabeza.

—No. No exactamente. Además de devolverme el favor, hemos cerrado otro
trato. Del todo razonable —precisó\mbox{—,} y a vosotros no os obliga a nada.
Por otro lado, no nos va a
\emph{dar}
esas mágaras. Simplemente nos las presta. Bueno, ¿quién pasa antes?

—¡Yo! —exclamó Chayl, desafiante. Observé sin embargo que se aseguraba
de que tenía bien ajustada su espada en su cinturón…

—Qué valiente —notó Askaldo\mbox{—.} Por cierto, me pidió que no llevarais
armas…

—Iré yo —zanjó Maoleth, decidido. A pesar de su gran valentía, Chayl no
protestó pero apuntó:

—Yo iré después.

El elfo oscuro posó su vieja espada sobre una piedra, se quitó el arco y el
carcaj y, tras un instante de vacilación, retiró una daga de su bota.

—Más te vale que no me pase nada —le gruñó entonces a Askaldo.

El joven elfocano tuvo una media sonrisa.

—No se cree nadie que te has deshecho de todas tus armas, Maoleth
—dijo. Se encogió de hombros y añadió antes de que el cazador replicase
algo\mbox{—:} Sigue todo recto, a través de las cañas, hasta que desemboques
en un pequeño camino de arena. Entonces, vas hacia la izquierda.
Encontrarás su casa fácilmente. Y… sé respetuoso, ¿eh? Es un anciano, y
un gran magarista. Por cierto, ¿hay alguno de vosotros que no sepa
hablar naidrasio? Él no sabe ni una palabra de abrianés.

Nos miramos, interrogantes. Maoleth se encogió de hombros.

—No es que lo hable muy bien, pero intentaré comunicar —contestó.

Spaw carraspeó.

—Yo, aparte de decir buenos días, no voy a poder comunicar mucho más, me
temo —confesó.

Solté una carcajada, imaginándome ya su conversación con el magarista.

—Te dejaría a Frundis, para que te tradujese —le dije\mbox{—.} Desgraciadamente
no podemos llevar armas.

A Spaw se le había iluminado el rostro de golpe.

—¡Esa es una gran idea! —aprobó\mbox{—.} Bah. Frundis es ante todo un compositor.

Enseguida una melodía de coros triunfales resonó en mi cabeza. Aquel
piropo le había sentado a Frundis como si le hubiese rascado el pétalo
azul, observé, burlona.

—Estad atentos al bosque que os rodea —nos aconsejó Maoleth, soltando una
ojeada a su alrededor. Entonces su mirada se detuvo sobre el cañaveral y
suspiró\mbox{—.} Quédate aquí, Lieta —ordenó a la drizsha. Esta maulló, como
protestando, pero no lo siguió cuando él se alejó\mbox{—.} Qué ideas —añadió el elfo
mascullando, antes desaparecer detrás de la vegetación.

A continuación, acribillamos a Askaldo a preguntas, pero el elfocano las
eludió y alzó una mano.

—¡Paciencia! —nos instó, sonriente\mbox{—.} Con deciros que Ahishu es una
persona que tiene todo mi respeto debería bastaros.

Y diciendo eso, se sentó en una roca, bajo el cielo soleado, dando
por terminadas nuestras preguntas. Me encogí de hombros y me senté
contra un árbol, fijando mi mirada sobre el cañaveral. ¿Quién podía ser
aquel Ahishu?, me pregunté, pensativa. ¿Por qué razón un aventurero
magarista había decidido meterse en lo más profundo del Bosque de Hilos?
¿Y por qué Askaldo pensaba que sus mágaras podían ayudarnos a liberar a
Seyrum?, añadí, más que dubitativa.

Recostada mullidamente contra el tronco, acabé por quedarme dormida.
Tuve un sueño muy extraño. Soñé que era un gran árbol, rodeado de otros
semejantes, y sentía mi entorno apacible, sumida en una paz interior
absoluta. Trinaban los pájaros; pasaba una columna de hormigas por una
de mis ramas; saltaba una ardilla por otra, haciendo estremecerse levemente
las hojas… El árbol pareció sonreír antes de que un brusco movimiento me
sacase de mi sueño. ¡Había sido todo tan real!, me dije, abriendo los ojos,
maravillada.

Miré mis manos para comprobar que no seguía siendo un árbol y al verlas
de color madera me llevé un susto de muerte antes de acordarme de
mi mutación. Resoplé, aliviada, y sólo entonces me fijé en que Maoleth
ya estaba de vuelta, y al parecer desde hacía buen rato, porque en aquel
instante Chayl acababa de soltar una exclamación, saliendo del cañaveral
a todo correr, con una gran sonrisa feliz. Llevaba en sus manos una
especie de varita.

Me levanté risueña, con la sensación de haber dormido durante doce horas
seguidas.

—¡Una varita de sombras! —proclamaba el dedrin, alcanzándonos\mbox{—.} ¡Es una
verdadera maravilla! Me ha enseñado el saijit cómo utilizarla. ¡Qué
maravilla! —repitió. Sonreía de oreja a oreja, mostrándonos su varita.

La observamos con curiosidad, sin tocarla. Medía como medio metro, y era
negra como el carbón. Mientras los demás comentaban el objeto, le
pregunté al elfo oscuro:

—¿Y a ti, Maoleth? ¿Qué mágara ha elegido Ahishu para ti?

El elfo oscuro sonrió.

—Es verdad que estabas durmiendo cuando he vuelto. —Hizo un leve
movimiento, cogió una punta de su capa negra y me la enseñó\mbox{—.} El peludo
me ha dado una nueva capa. Ligera y resistente como una armadura, según
dice.

—Como le comentaba, menos mal que no me la ha dado a mí —soltó Spaw\mbox{—.} No
es ni de color verde. ¡Bueno! Voy a ver qué me da el generoso Ahishu.

Vi un destello de aprensión en sus ojos cuando se deshizo de sus armas.
Tardó unos segundos en abandonar su daga roja. Le propuse que se llevase a
Frundis de intérprete, pero el humano negó con la cabeza y finalmente se
adentró entre las cañas con paso prudente. Me giré entonces hacia Maoleth con
una ceja enarcada.

—¿El peludo?

Maoleth le echó a Askaldo una ojeada y soltó una carcajada.

—Está todo lleno de pelos —me reveló\mbox{—.} Él no, su casa. Aunque él no es
precisamente imberbe. —Se carcajeó otra vez, muy divertido\mbox{—.} Jamás había visto
tanto pelo. Creo que el viejo me ha dicho algo al respecto, pero no le he
entendido bien. Askaldo dice que es pelo suyo y que crece muy rápido gracias a
una cinta mágara que tiene, alrededor de la cabeza. Jamás había visto algo
tan raro e impresionante a la vez —confesó.

—Toda su casa es una mezcla de pelos y de mágaras —se rió Chayl, con la
mirada fija sobre su varita negra.

Vaya, pensé, intentando representarme la escena. De pronto un peso cayó
sobre mi hombro y solté un gruñido, sobresaltada.

\emph{«¡He encontrado unas bayas venenosas!»},
declaró Syu.
\emph{«Y también he visto una serpiente. Era más fea que Lieta, fíjate tú, y ha
querido atacarme»},
me contó.

\emph{«¡Una serpiente!»},
repetí, espantada.

\emph{«Sí»},
aprobó pacientemente.
\emph{«Pero ya sabes que los gawalts somos más listos. ¡Le he dado el esquinazo
tirándole una baya venenosa en plena boca!»}

Y entonces se me puso a narrar su gran batalla y nos reímos, divertidos,
él al recordar a la serpiente escupiendo la baya, aturdida, y yo al
imaginarme la escena.

Como Maoleth se había alejado para explorar la zona y Askaldo estaba
medio dormido, aprovechando el sol del día, y al ver que Kwayat parecía
muy ocupado pensando como para darme una lección sobre el sryho, le
propuse a Chayl echar una partida de cartas. Sin embargo, este negó con
la cabeza, empeñado en entender el trazado energético de su varita. Al
oírlo hablar con tanta tranquilidad de trazados energéticos, deduje con
cierta sorpresa que el dedrin tenía conocimientos celmistas. ¿Acaso el
propio Ashbinkhai era celmista?, me pregunté, con cierta curiosidad.

Finalmente, me puse a jugar a cartas con Syu, y como sólo estábamos
nosotros dos, nos permitimos alegremente hacer nuestras trampas
favoritas, engañándonos con sortilegios armónicos.

Estábamos planeando echar una carrera, cuando volvió Spaw. Llevaba un
sombrero verde en la mano. Un sombrero verde, me repetí. Y solté una
risotada, muy divertida. El joven demonio subió por el barranco y puso
los ojos en blanco al verme reír.

—Yo no le he dicho nada —soltó\mbox{—.} Pero, viendo mi capa verde, se habrá
dicho que conjuntaba bastante. Mira que yo nunca he llevado ningún
sombrero… Claro que en los Subterráneos no suelen tener mucha utilidad.

—¿Para qué sirve? —preguntó Chayl, desinteresándose de su varita un
momento.

—¿Que para qué sirve? —replicó Spaw con una media sonrisa\mbox{—.} Pues para
cubrirse la cabeza, querido primo.

—No soy tu primo —gruñó el dedrin.

—¿Y de qué sirve además de cubrir la cabeza? —inquirió Askaldo,
desperezándose.

Spaw hizo una mueca y carraspeó, como molesto.

—Lo cierto es que no lo sé —confesó\mbox{—.} Me lo habrá explicado. Pero no he
entendido ni una palabra de lo que me ha dicho. —Al ver que lo
mirábamos, atónitos, se defendió\mbox{—:} ¡Hablaba demasiado rápido! De todas
formas, era ridículo que me estuviese hablando. Estaba claro por las
caras que le ponía que no entendía nada.

Mientras Askaldo, Chayl y yo nos echábamos a reír, muy divertidos al
saber que Spaw se había llevado un sombrero verde sin conocer sus
propiedades, Kwayat se levantó y tendió una mano para coger la
mágara.

—Shaedra —dijo, mientras giraba la prenda entre sus manos\mbox{—.} Deberías ir a
ver a Ahishu. Cuanto menos nos atrasemos en este lugar, mejor será
—añadió.

Eché otro vistazo curioso al sombrero antes de asentir con la cabeza.
Dejé a Frundis junto a mi saco, diciéndole que compusiese bien, y me
dirigí hacia el cañaveral. Entonces me detuve, volví hasta mi saco, y
saqué de mi bota una daga que me había regalado Maoleth antes de salir
del Mausoleo de Akras. Tras dirigirles a los demás una sonrisilla
molesta, volví a la altura de las cañas y me metí en el territorio de
Ahishu.

\chapter{El Pueblo de las Aves}
\label{s:19}
Pasado el cañaveral, desemboqué, como bien había explicado Askaldo, en un
camino de arena rodeado de cañas. A mi derecha, la senda seguía hasta un
manantial realmente precioso, bordeado de flores silvestres. Y a mi izquierda
el camino arenoso desaparecía en una curva. Me dirigí hacia ahí con prudencia,
esperándome ver surgir al viejo loco peludo de entre las cañas, tendiéndome
alguna mágara estrafalaria. ¿Cómo podía Askaldo cerrar tratos con gente tan
rara?, me pregunté, aprensiva, mientras avanzaba.

\emph{«Tú ya pactaste con una vampira»},
me recordó Syu, cómodamente sentado sobre mi hombro.

\emph{«Cierto»},
concedí. Tomé una inspiración y aceleré el paso.

Aun habiendo oído a Maoleth y a Chayl comentar el extraño hogar de
Ahishu, no quedé menos asombrada cuando, al llegar a la curva, vi
aparecer de pronto ante mí una especie de choza enorme hecha enteramente
con pelo tiyano, decorada con guirnaldas de pelo coloreado y larguísimas
trenzas por todos los lados.

—¡Diez mil brujas sagradas! —dejé escapar en un murmullo de estupefacción.
Aquello era lo más extraño que había visto en mi vida.

\emph{«Cuántas trenzas»},
murmuró el mono, tan maravillado como yo.

Avancé con cautela hasta percibir un movimiento entre una de las
cortinas de pelo. Me detuve y ladeé la cabeza.

—Er… ¡buenos días! —solté en naidrasio, vacilante.

Persuadida de que Ahishu estaba detrás de esa cortina, me sorprendí al
oír un ruido detrás de mí y me giré bruscamente. Un anciano vestido con
una túnica amarilla aguardaba, sentado sobre la arena.

—Buenos días, amiga de Askaldo —me dijo Ahishu, haciéndome un gesto para
que me acercase y tomase asiento ante él. Realizó un saludo de
bienvenida típico en los Reinos de la Noche al que contesté con la misma
elegancia, habiendo ensayado el saludo más de una vez en las clases del
maestro Áynorin.

—Es… un hogar original —observé, mientras me sentaba\mbox{—.} Realmente
impresionante.

Ahishu sonrió y asintió. Sus ojos rosáceos se habían fijado en el gawalt
y lo observaban con vivo interés.

—Er… Se llama Syu —dije\mbox{—.} Es un gawalt. Y yo soy Shaedra. Y… soy una
ternian, aunque no lo parezca —agregué, pensando que en aquel momento
tenía que tener sin duda la piel color arena.

—Me llaman Ahishu —se presentó el tiyano\mbox{—.} Antaño me llamaban el Gran
Ahishu —añadió, encogiéndose de hombros\mbox{—.} Pero ahora ya pocos se
acuerdan de mí. Y es mejor así. Shaedra —dijo entonces, pronunciando mi
nombre con tono solemne\mbox{—,} has venido a que te preste una de mis mágaras,
que son muchas y muy difíciles de fabricar. Yo ya no vendo mágaras. Y no
suelo prestarlas. Así que, me tendrás que prometer que no dirás
a nadie de dónde has sacado la mágara que te voy a dar. Como
contrapartida, yo te prometo que esa mágara te permitirá salvar a quien
deseas salvar.

Lo miré detenidamente, preguntándome qué le habría contado Askaldo sobre
el objetivo de nuestro viaje.

—Te prometo que no diré nada —le aseguré.

Ahishu asintió como para sí, y sin una palabra más se levantó.

—Espera aquí un momento —me pidió, antes de desaparecer con una
sorprendente agilidad en su choza de pelo.

Suspiré.

\emph{«A saber lo que me saca ahora»},
comenté.

Mientras esperaba, me sorprendí dibujando círculos en la arena con una
garra y me detuve, impaciente. Empezaba a preguntarme si Ahishu no se
había perdido en su laberinto de pelos cuando este apareció, llevando un
cinturón entre las manos. Me sonrió, se sentó y posó el objeto entre
los dos.

\emph{«Si el rescate de Seyrum dependiese de este loco, el alquimista ya podría
esperar sentado»},
resoplé, anonadada. Syu se rascó la cabeza y aprobó.

Entonces Ahishu me enseñó cuatro bolsitas que colgaban del cinturón y se
me puso a explicar para qué servían.

—Esta bolsa contiene pólvora de sueño. Le tiras un puñado de esto a cualquier
saijit y se duerme en un minuto como mucho. Esta otra tiene granos de humo. Lo
malo es que los granos, hay que despellejarlos un poco para que funcionen y
producen una pequeña detonación, aunque nada alarmante —me aseguró. Yo lo
escuchaba, cada vez más asombrada\mbox{—.} La bolsita azul que ves aquí contiene
sangre de hidra en polvo. La mezclas con un poco de agua y se convierte en
ácido puro. Es muy práctico para abrir puertas y cosas del estilo —especificó
con tono experto\mbox{—.} La última bolsa en cambio… —Frunció el ceño y la abrió con
unos dedos prudentes. Me eché para atrás, aprensiva, pero Ahishu sonrió\mbox{—.} Eso
me parecía. Son piñones.

Enarqué una ceja, perpleja.

—¿Piñones? —repetí.

—Sí, el otoño pasado estuve recolectando piñones y no sabía dónde
meterlos —explicó Ahishu con sencillez\mbox{—.} Antaño esta bolsa contenía
moigat rojo, pero desgraciadamente se me acabó. Cosas de la vida.
Si no te molesta, me quedaré con ellos —agregó, vaciando la bolsita
en la palma de su mano. Los guardó en el bolsillo de su túnica amarilla,
recogió el cinturón con las bolsas y me lo tendió\mbox{—.} Dile a Askaldo que
este objeto no hace falta que me lo devuelva. Es un simple cinturón y lo
que contienen las bolsas, una vez usado, es irrecuperable. Buena suerte,
joven aventurera —declaró el extraño anciano.

Recogí mi regalo prestamente, me levanté y me incliné, saludándolo.

—Por cierto —dije, antes de irme\mbox{—.} El humano que ha pasado antes que yo…
esto… no hablaba naidrasio.

—¡Ah! Ya me he dado cuenta —sonrió el anciano.

Carraspeé antes de proseguir.

—Así que no ha entendido para qué sirve el sombrero verde que le has
dado.

Ahishu hizo un ademán, riendo quedamente.

—Ya lo averiguará él solo —repuso.

Enarqué una ceja. ¿Acaso Ahishu realmente creía que Spaw iba a averiguar
mágicamente las propiedades de su mágara?

—No quiero ser indiscreta —dije, indecisa\mbox{—,} pero ¿por qué razón nos
ayudas?

—¿Por qué razón ayudo a unos demonios? —replicó. Sus ojos sonreían\mbox{—.}
Porque sé que en realidad no sois demonios.

Su aseveración me dejó estupefacta un instante y entonces solté una
carcajada incrédula.

—¿Cómo que no somos demonios?

El anciano sacudió la cabeza.

—A mí no me engañáis —afirmó. Viendo que Ahishu no parecía dispuesto a
ser más explícito, me encogí de hombros, volví a saludarlo y me marché
por el camino de arena con el cinturón en la mano y un extraño
recuerdo de mi encuentro con ese magarista cuya cordura no había
sobrevivido del todo, por lo visto, a la vida salvaje del Bosque de
Hilos.

\nopagebreak \bigskip {\centering{$\spadesuit$} \par} \smallskip

Una vez tuvimos cada uno nuestra dichosa mágara, Askaldo nos guió
directamente hacia el sur. El elfocano se había aficionado a mirar su
brújula busca-agua, y sospeché que los rodeos que dábamos a veces tan
sólo los hacíamos para que él comprobase que efectivamente había algún
arroyo o estanque cerca, como indicaba su mágara. Al de tres días,
Maoleth le hizo saber que no estaba dispuesto a dar más rodeos y
declaró:

—Es ridículo seguir tropezando por el bosque, avanzando como tortugas.
La ruta hacia el sur no tiene que estar muy lejos —observó\mbox{—.} Propongo
que hoy nos dirijamos hacia el sureste.

—Excelente idea —aprobó Spaw.

Askaldo, consciente de que todos estábamos hartos de la selva, no
protestó, aunque volver al camino significaba que ambos íbamos a tener
que cubrirnos otra vez la cara con nuestros velos.

Tras desayunar los restos de un roedor que había cazado Maoleth la víspera,
recogimos nuestros sacos y tomamos rumbo hacia el sureste, deseando llegar ya
a esa ruta. Caminábamos despacio, procurando evitar los numerosos barrancos y
las zonas inextricables de maleza, sabiendo que estas últimas estarían llenas
de peligros. Como todas las mañanas, mientras avanzaba, una parte de mi mente
se concentraba en mi sryho, tratando de aplacar la energía que me rodeaba.
Kwayat seguía empeñado en que consiguiese inhibir, aunque fuese por un
momento, las energías generadas por mi mutación… Sin embargo, hasta entonces,
cada vez que le preguntaba a Spaw si seguía coloreada, el demonio me echaba
una rápida ojeada y asentía con la cabeza en silencio.

Concentrada en el sryho como estaba, caminaba con retraso, y cuando
Maoleth soltó una exclamación de alivio, declarando que habíamos
encontrado el Camino de Sarrath, yo estaba aún a una centena de metros,
al pie de la pequeña loma, pero enseguida me desinteresé de mi sryho y
me dirigí rápidamente hacia los demás para echar un vistazo hacia el
camino.

La vía, empedrada, era ancha, y por ella podían pasar cómodamente dos
carretas en sentido contrario. Desde la colina, podíamos divisarla,
cortando todo el Bosque de Hilos en dos, hasta el reino de Kánderil, en
Éshingra.

—En menos de media hora llegamos al camino —estimó Maoleth\mbox{—.} ¡Adelante!
Ya hemos dado suficientes rodeos para todo el viaje. Ahora ojalá no
tengamos más problemas antes de llegar a Ombay.

Askaldo se encogió de hombros y razonó:

—A pesar de lo que digas, nuestro rodeo ha sido del todo provechoso.
Estas mágaras no las encuentras en Ombay. Y si las encontrases, te
saldrían un ojo de la cara. Además, apuesto a que Ahishu es el mejor
magarista de todos los Reinos de la Noche —aseguró, convencido\mbox{—.} Y,
sobre todo, sabe elegir las mágaras.

Lo miré, divertida.

—Es decir que tú estás convencido de que vas a necesitar esa brújula
busca-agua para salvar a Seyrum, ¿verdad? —solté, socarrona.

El elfocano volvió a encogerse de hombros al notar el aire burlón de
todos.

—Pues sí, estoy convencido de que me servirá —contestó\mbox{—.} Cuando Ahishu
te da un objeto, lo hace por una razón.

—Así que además de magarista, Ahishu es un adivino, ¿verdad? —completó
Spaw\mbox{—.} Supongo que por eso lo llamaban el Gran Ahishu.

Él y yo resoplamos, riéndonos por lo bajo, y Askaldo nos fulminó con la
mirada.

—Bah, reíros todo lo que queráis. Pero Ahishu tiene un don para saber
elegir los objetos que le convienen a uno. Ve… más allá —explicó,
indeciso, como si no encontrase la palabra\mbox{—.} No es que lea el futuro,
pero yo creo que tiene conocimientos perceptistas.

Solté un resoplido, viendo perfectamente que Askaldo no tenía ni idea de
perceptismo.

—Los sortilegios perceptistas no se usan para adivinar si un objeto va a
serle útil a alguien en algún momento dado —comenté\mbox{—.} Para eso sólo
disponemos de nuestra razón y de nuestra intuición.

\emph{«Bonita frase»},
aprobó Frundis, a mi espalda, atenuando un poco su melodía de flautas.

—Eso mismo digo —replicaba Askaldo haciendo un gesto como para significar
que seguía pensando que nuestras mágaras iban a salvarnos la vida\mbox{—:}
Ahishu tiene intuición.

\emph{«Yo también tengo intuición»},
intervino el mono, sonriente, recordando sin duda las veces en que le
había preguntado yo burlonamente si era una especie de adivino.

Kwayat soltó un gruñido.

—Pues esperemos que esa intuición no sea tan buena como dices y que no
tenga que utilizar el látigo que me ha dado —observó mi instructor,
echando una mirada sombría al arma de Ahishu que ahora guardaba debajo
de su larga capa negra.

Maoleth se giró hacia nosotros con una mueca cómica e impaciente.

—¿Nos movemos?

Asentimos y, media hora más tarde, como había previsto Maoleth, llegamos
al Camino de Sarrath. Me cubrí prudentemente con el velo y esperé a que
Syu se colocase sobre mi hombro para salir al descubierto, con los
demás. Lieta, que había pasado los días anteriores la mayor parte del
tiempo metida en el saco delantero de Maoleth por pura vagancia, saltó
hasta el camino empedrado y soltó un maullido alegre.

—¿Cuántos días tardaremos en llegar a Éshingra? —inquirí, curiosa,
mientras nos poníamos a andar hacia el sur. El sol estaba en su cénit y,
después de lo poco que había desayunado, empezaba a tener realmente
hambre.

Maoleth se encogió de hombros.

—Considerando que ya hemos hecho un buen trecho del camino por la selva…
yo creo que para mañana a la tarde estaremos fuera. Si vamos a buen
ritmo, claro —añadió.

Animados por la idea de salir al fin del bosque, aceleramos el paso.
Aunque no podía evitar pensar con cierta aprensión que cada paso me
acercaba a Ombay y al barco que nos llevaría a la Isla Coja…

Como nuestras provisiones empezaban a escasear seriamente, decidimos
dejar nuestros restos de arroz para la cena, de modo que aquel mediodía
nos contentamos con beber agua y comer unas bayas que tanto Askaldo como
yo conocíamos, él por experiencia y yo por teoría. Cuando retomamos la
marcha, aún estaba hambrienta y me pillé imaginándome sentada en la
cocina del
\emph{Ciervo alado}
comiendo una tarta de Wigy… Solté un suspiro.

\emph{«¡Ah!»},
exclamó Frundis, con unas notas de piano.
\emph{«Ser un bastón tiene sus inconvenientes, ¡pero también tiene muchas
ventajas!»}

Rió y, simpatizando con mi dolor, empezó una canción que aún no había oído
nunca y que trataba de un hombre que, por haber querido llevar unos diamantes
muy pesados en su saco de viaje, no había llevado suficientes víveres. Al de
unas semanas de viaje empezó a pasar hambre pero cuando un campesino
aprovechado le propuso venderle toda su carreta de comida a cambio de sus
diamantes, se negó. Un buhonero, al verlo tan demacrado, le reiteró la
propuesta pero él rehusó de nuevo su ayuda. Al final, el desdichado caía
exhausto y muerto de hambre en el camino. Frundis puso punto final a su
canción con cuatro versos:
\begin{verse}
Apareció un vagabundo \\
y viéndolo así inconsciente, \\
cogió todos los diamantes \\
y dejó un trozo de pan.

\end{verse}

Sin dejarme tiempo para comentar la historia, encadenó con un canto
coral y, entre canciones y observaciones burlonas, la tarde se me pasó
volando. Nos cruzamos repetidas veces con viajeros; la mayoría eran
comerciantes con carretas, pero también vimos a gente que viajaba a pie o con
burros y hasta a un jinete mensajero que nos pasó al lado a toda velocidad,
generando más de un comentario gruñón.

Empezaba el sol a desaparecer por la copa de los árboles cuando
alcanzamos a una ternian que llevaba un gran saco pesado a la espalda y
que cogía de la mano a una niña que parecía aún más pequeña que Kyisse.
Mientras pasábamos, me percaté de que la ternian nos echaba una mirada
desconfiada y tensa, seguramente alarmada al vernos armados, aunque tal
vez también por nuestro aspecto: después de haber pasado una semana en
pleno bosque luchando con las plantas, teníamos que estar bastante poco
presentables, barrunté.

Para nuestra sorpresa, Askaldo se detuvo en seco y suspirando se giró
hacia la ternian.

—Ese saco te pesa demasiado —declaró en naidrasio, dirigiéndose a la
viajera con una voz suave y respetuosa\mbox{—.} Déjame ayudarte.

La ternian agrandó los ojos, escudriñando el elfocano y su velo.
Percibiendo su miedo, la niña se aferró a su falda, aprensiva.

—No necesito ayuda, gracias —replicó la viajera.

Aun así, vi que efectivamente doblaba la espalda por el peso del saco.

—Joven, deja ya de molestar a la gente —gruñó Maoleth, soltándole a
Askaldo una mirada de aviso.

—No ha sido ninguna molestia —replicó la ternian\mbox{—.} ¿Venís de Sarrath?
—preguntó de pronto con los ojos entornados.

—Er… No, de hecho, hemos estado cortando por los bosques —contestó
Askaldo\mbox{—.} Venimos de Ajensoldra.

La ternian esbozó una sonrisa.

—Se nota en el acento de tu compañero. Y también se nota que habéis
estado cortando por los bosques —añadió, echándonos a todos una mirada
menos hostil.

Intercambiamos miradas molestas, menos Spaw, que nos miraba con cara
interrogante, tratando de adivinar de qué estaban hablando. Carraspeé.

—Nos dirigimos hacia el sur —dije\mbox{—.} Por curiosidad, ¿Éshingra está tan
mal como la pintan en Ajensoldra? Porque al parecer hay una guerra.

La ternian soltó una breve carcajada irónica.

—Sí. No es sólo un parecer. El reino de Kaynba está muy revuelto. Tengo a
una hermana que vive ahí y está atemorizada. Hasta me trajo a su pequeña
para que cuidara de ella —añadió, acariciando el cabello de la niña
ternian\mbox{—.} Afortunadamente, las guerras de los demás nunca llegan al
Bosque de Hilos. Bueno, a veces llegan algunos desertores —insinuó.

Solté una risita.

—Nosotros no somos desertores —le aseguré, detrás de mi velo.

—No, supongo que no, si os dirigís hacia Éshingra —replicó la ternian
con toda lógica.

Askaldo le reiteró su propuesta de cargar con el saco y la ternian esta
vez accedió encantada, liberándose de su peso con evidente alivio. En
cambio Askaldo soltó un resoplido que nos hizo reír a Spaw y a mí.

—Esto pesa como un tronco de paeldro —soltó Askaldo, mientras
reanudábamos la marcha.

—No necesitarás andar mucho con eso —le aseguró la ternian\mbox{—.} Vivo no muy
lejos de aquí. Cerca de Asethmil.

—¿Asethmil? —repitió Maoleth\mbox{—.} ¿Hay un pueblo cerca de aquí?

La ternian frunció el ceño.

—Sí. En la frontera con Kánderil, nos quedará poco más de media hora.
¿Realmente no conocéis Asethmil? —Negamos con la cabeza\mbox{—.} Pues es un
pueblo muy conocido a pesar de tener pocos habitantes. Los de Éshingra
lo llaman el Pueblo de las Aves.

Sonreí detrás de mi velo al recordar que Asethmil, en el antiguo
dialecto de los Reinos de la Noche, significaba efectivamente «Pueblo de
las Aves». A veces aprender los viejos dialectos no resultaba ser tan
inútil como podía pensarse, medité.

—Curioso —dije, mientras seguíamos avanzando\mbox{—.} ¿Eso significa que venden
aves?

—Los adiestramos —replicó la ternian\mbox{—.} En Asethmil está la escuela más conocida
de adiestradores de aves. Los pájaros los utilizan exclusivamente como
mensajeros de los Reinos de la Noche. Luego, algunos de los alumnos usan
efectivamente lo que aprenden para atraer a las aves, capturarlas y venderlas
en contrabando. Y eso es lo que mis compañeros y yo tratamos de evitar.

—¿Eres una adiestradora de aves? —se maravilló Chayl.

—Cuando era pequeña, aprendí los rudimentos —sonrió la ternian. Cogió a su
sobrina en brazos al notar que estaba agotada y prosiguió\mbox{—:} Pero jamás acabé
el aprendizaje. Yo investigo el contrabando de aves. Así que, ya sabéis, no
os dediquéis a vender pájaros nunca o tendréis serios problemas —declaró, con
una media sonrisa.

Siguió contándonos la vida en Asethmil y nos narró algunas anécdotas
graciosas sobre los casos de contrabando que había destapado. Y, sin que nos
hubiésemos dado cuenta casi, llegamos a Asethmil y a la frontera con Éshingra.

Justo antes de llegar al pueblo, la ternian soltó:

—Ya que parecéis buena gente a pesar de vuestro aspecto, os voy a
acompañar hasta el albergue. Dibaez, el posadero, no deja entrar a
cualquiera.

—Curioso, ¿no acepta a todos sus clientes? —se extrañó Maoleth.

La ternian hizo una mueca.

—Hace tiempo que Dibaez impide la entrada a guerreros desconocidos en su
taberna. Cada vez que tiene a un extraño armado que aparece, lo echa, y
si protesta, llama a sus hermanos. —Vaciló e iba a añadir algo pero
al final pareció decidir no hacerlo.

Nos guió a través del pequeño pueblo de Asethmil, hasta el albergue,
indicándonos, de paso, el camino sinuoso que se perdía entre el bosque.

—Por ahí está la escuela de los adiestradores de aves —nos dijo\mbox{—.} Y por
ahí vivo yo. Y ese edificio es el albergue —prosiguió, enseñándonos una
casa con dos tejados puntiagudos y ventanas redondas. El cielo se había
oscurecido y apenas pude divisar la insigna del establecimiento: era una
especie de ave colorida que alzaba orgullosamente la cabeza. En ese
instante me fijé en los ruidos nocturnos: entre los árboles, los pájaros
gorjeaban alegremente, como si estuviese amaneciendo. Les respondían
como un eco la música y las risas en la taberna.

Una vez ante la puerta, la ternian se giró hacia nosotros.

—Esperad aquí un momento, voy a hablar con Dibaez.

Entró junto con su pequeña sobrina y Askaldo resopló, dejando el saco en
el suelo.

—¿Pero qué demonios tendrá el saco de esa mujer? —masculló.

Volvió a soltar un resoplido y uno de los caballos de los establos soltó
un relincho bajo, como solidarizándose. Sonreí y Spaw levantó los ojos
al cielo.

—Desde luego, Askaldo, eres todo un caballero —le replicó el joven
humano.

—Pues a lo mejor mi caballerosidad nos permite dormir bien esta noche,
así que cuidado —replicó Askaldo. Sin verla, pude adivinar su sonrisa
satisfecha.

—Es curiosa la energía que puebla este lugar —observó Kwayat, meditativo,
al de un breve silencio.

Maoleth y Spaw asintieron y entonces señalé una gran roca junto a la
taberna.

—Debe de ser el wékaro que hay ahí —supuse. Spaw se mordió el labio, con
una mueca de incomprensión, y expliqué\mbox{—:} Los wékaros son una especie de
rocas sagradas y la gente de aquí piensa que contienen la energía de los
ancestros que vivían en los bosques, incluso antes del Desembarco. Al
menos es lo que me han enseñado —agregué, al ver que todos me echaban
miradas sorprendidas.

Maoleth sonrió e iba a decir algo cuando la puerta de la taberna se
abrió de nuevo y la ternian reapareció, seguida de un caito
enorme y calvo con barba negra, que llevaba un hacha de cocina en la
mano derecha y un garfio en su mano izquierda amputada. Nos miró uno a
uno mientras lo saludábamos amablemente.

—Buenas noches —contestó, tras un silencio\mbox{—.} Si queréis pasar, tendréis
que deshaceros de vuestras armas. Aquí no se admiten ni espadas, ni
arcos, ni mayales, ni nada, ¿entendido?

—Mientras nos las devuelva a la mañana siguiente, me parece perfecto —replicó
Maoleth, con un naidrasio catastrófico.

El rostro del tabernero se relajó.

—Entonces perfecto —concluyó\mbox{—.} Mi nombre es Dibaez Strabakolden. Dejad
las armas y entrad, la cena estará lista dentro de nada.

Unos minutos después el tabernero se alejaba, llevándose nuestras
armas… en ningún momento comentó nada sobre Frundis y sonreí al oír al
bastón refunfuñar, ofendido:

\emph{«¿Por qué siempre me tomarán por un simple bastón de viaje?»}

La ternian volvió a cargar con su propio saco, ayudada por Askaldo.

—Gracias por haberme ayudado a transportar el pienso. Que os sonría la
suerte en Éshingra, viajeros —dijo.

Nos despedimos y mientras entrábamos en la taberna Askaldo masculló,
incrédulo:

—¿Pienso? Eso parecían más bien piedras de Léen…

Cenamos como emperadores, rodeados de risas y músicas, tomamos cada uno
un baño y dormimos como el agua en un lago, metidos en unas camas
cómodas y secas. ¡Casi me dio la impresión de haber vuelto al
\emph{Ciervo alado}!
A la mañana siguiente, Askaldo nos hizo saber que un comerciante de
tejidos le había propuesto llevarnos en su carreta hasta Ombay a cambio
de nuestra protección, convencido al parecer de que éramos guerreros
mercenarios. A Maoleth enseguida le pareció una buena idea y, tras
desayunar generosamente, continuamos el viaje en la carreta de un elfo
regordete y alegre llamado Tzifas que arreó sus caballos tras soltar con
tono animado:

—¡Bilidán, Makidés, a casa otra vez!

\chapter{Los Darys}
\label{s:20}
Cuatro días más tarde, llegamos a Ombay sin más percances que el asalto de
siete bandidos inexperimentados que huyeron despavoridos en cuanto les
enseñamos nuestras armas. El reino de Kánderil no parecía muy afectado por la
guerra, exceptuando los desórdenes provocados por el bandidaje, pero cuando
entramos en el territorio de Kaynba, enseguida nos dimos cuenta de que
efectivamente el ambiente estaba bastante viciado: la última taberna en la que
pasamos la noche estaba llena de mercenarios que sacaban sus espadas a la
mínima, amenazando a los parroquianos y hasta al tabernero para que les
sirviera la comida gratis. Mi primer impulso había sido el de acudir en ayuda
del tabernero, pero mi prudencia gawalt y una mirada de aviso de Maoleth me
habían devuelto a la realidad: lo más probable era que aquellos malditos
mercenarios nos hubieran metido una paliza si hubiésemos intervenido y, al
fin y al cabo, al tabernero sólo le hicieron perder unos cuantos kétalos. Aun
así, el episodio me dejó un amargo sabor en la boca.

Tzifas, que había pasado los cuatro días contándonos historias rocambolescas y
cantándonos con una voz que maravilló a Frundis, se ensombreció notablemente
al observar los efectos de la guerra en los alrededores de su ciudad. Mientras
esperábamos en una larga cola para entrar en la gran Ombay, se nos puso a
hablar de los problemas de Éshingra.

—Es una serie de insensateces lo que provoca esto —dijo, con un notable acento
nailtés\mbox{—.} Todo empezó con lo de los yedrays. Mataron a gente de arriba.
Empezaron por el capitán de la Guardia y luego envenenaron al rey de Kaynba el
año pasado. O eso quieren que creamos —rectificó en voz baja\mbox{—.} El caso es que
como la gente estaba harta de los impuestos que no paraban de subir, se
rebeló. Seguro que habéis oído hablar de las revueltas del año pasado. Fueron
tremendas. Y no sólo hubo en Ombay. Unos locos hasta intentaron quemarme la
tienda. —Soltó un suspiro fatigado\mbox{—.} En la guerra, se le pierde respeto a
todo, eso es lo más terrible. Y ahora, hace un mes, salió una muchacha
diciendo que era la heredera legítima de Éshingra y que era descendiente
directa de los viejos Neyg. Hay tres reinos que la apoyan y dos que han sacado
a otro príncipe, un tal Wali, diciendo que la muchacha sería incapaz de reinar
pero que el tal Wali nos salvaría a todos de la miseria. ¡Pues vaya! Antes de
que inventasen todas esas historias no había miseria. Ahora incluso salen
diciendo que poseen no sé qué gema todopoderosa que perteneció a los Antiguos
Reyes.

Yo lo escuchaba, cada vez más alarmada. ¿Acaso estaba hablando de Wali
Neyg, heredero de los Reyes Locos, y de la Gema de Loorden…?

—El único reino sensato es el de Eiloís, que no se mete en esos desatinos
—prosiguió el elfo, encogiéndose de hombros\mbox{—.} Ya estoy pensando en
mudarme ahí con mi familia, fijaos, y eso que llevo toda la vida metido
en la capital. ¡Bueno! —soltó, sonriéndonos\mbox{—.} Espero que no os haya
molestado demasiado con mis canciones y mis desvaríos. Esta cola va a
durar horas, se habrá volcado alguna carreta y el tiempo que la retiren
esto se va a transformar en la guerra particular de los comerciantes, si
yo fuera vosotros iría andando a partir de aquí. Llegaréis antes.

Seguimos su consejo y nos apeamos de la carreta, deseándole buena
suerte. Tzifas tocó el ala de su sombrero a modo de saludo y me alejé
preguntándome a cuánta gente simpática como Tzifas estaría molestando
aquella guerra insensata. ¿Podía acaso ser Amrit Mauhilver el que
hubiese ocasionado la guerra, sacando de pronto a relucir a su niño
protegido con sangre real? ¿Acaso era cierto que había encontrado la
Gema de Loorden? Si lo era, eso significaba que los Sombríos se la
habían vendido a él… ¿Pero quién era en realidad Amrit Daverg
Mauhilver?, me pregunté con el ceño fruncido, mientras seguía a los
demás entre las carretas y los viandantes.

Como la mayor parte de Ombay no tenía murallas, nos fue relativamente fácil
rodear la guardia y entrar sin que nadie nos interpelase. Aún eran las tres
de la tarde y las calles hervían de actividad. En un momento, cuando
cruzábamos un mercado, me empujó un humano grandote al pasar y, desorientada,
perdí de vista a los demás. Afortunadamente, Spaw se dio cuenta de que me
había quedado atrás y tan sólo un minuto después apareció junto a mí con una
sonrisa burlona.

—En vez de una brújula busca-agua lo que le deberían haber regalado a
Askaldo debería haber sido una brújula busca-Shaedras —comentó,
mofándose. Hice una mueca, levemente herida en mi orgullo, e iba a
protestar cuando él añadió, pensativo\mbox{—:} Para las lenguas, seré un
inútil, pero en cambio el trabajo de protector lo hago bastante bien.

Resoplé divertida ante su tono teatral y nos apresuramos a reunirnos
con los demás, quienes nos esperaban al final de la calle. Maoleth, con
las manos en la cintura, miraba la avenida transversal con el ceño
fruncido.

—No recuerdo —decía\mbox{—.} ¿Has dicho el
\emph{Espejo-Lirio}?
Sí, me suena —prosiguió, pensativo, mientras Askaldo asentía\mbox{—.} Es una
cristalería, ¿verdad?

El elfocano se encogió de hombros.

—Ni idea. Mi padre me mencionó simplemente que estaba al lado de ese
local. Calle Madimiel.

—Sigamos avanzando —propuso Kwayat\mbox{—.} Ya acabaremos encontrando la casa.
Al fin y al cabo tenemos toda la tarde.

Según el plan de Ashbinkhai, teníamos que ir a casa de unos Demonios de
la Mente, bien posicionados en la sociedad saijit, amigos suyos desde
hacía tiempo. Estos nos hospedarían y nos adelantarían los gastos del
barco. Y luego, a apañárnoslas solos en la isla rodeados de todo un clan
de demonios, pensé suspirando, mientras avanzaba con los demás por la
avenida, menos abarrotada que la anterior.

Rodeamos una de las tres enormes torres de Ombay a las que, como nos
informó Maoleth, llamaban las Trillizas. Finalmente, Márevor Helith no
se había excedido en originalidad para elegir el nombre de su mágara,
noté.

Al pensar en Márevor Helith, inevitablemente me vino en mente otra vez
la incógnita de Laygra y Murri. Durante los primeros días de viaje hacia
el sur, me había imaginado encontrándomelos súbitamente por el camino. Y
luego me los imaginé perdidos en el Bosque de Hilos, acompañados de un
nakrús escacharrado por los antílopes. Pero ahora no sabía qué pensar.
¿Y si me había equivocado, en aquella colina? A lo mejor me estaba
ocurriendo aquello mismo contra lo que Daelgar me había prevenido: al
utilizar las armonías, uno podía llegar a crear ilusiones sin saberlo y
engañarse a sí mismo. ¿Acaso podía haberme pasado eso?, me pregunté,
mordiéndome el labio pensativa.

\emph{«Siento que algo te preocupa»},
observó Frundis, a mi espalda, dejando su trabajo de compositor por un
momento.

\emph{«Bah»},
contesté.
\emph{«Me interrogaba sobre las ilusiones y la realidad.»}

Sobre mi hombro, Syu resopló.

\emph{«Ya sabía yo que te habías puesto a pensar como un saijit»},
comentó.

Se oyeron unas notas de guitarra y Frundis intervino.

—\emph{«No siempre es malo pensar como un saijit»},
me aseguró el bastón, complaciéndose de llevar la contraria al mono.
Su melodía de guitarra se hizo más nostálgica al proseguir.
\emph{«Aún recuerdo mis conversaciones, antaño, con un portador mío que era celmista,
aunque era más filósofo que otra cosa: se suponía que era un órico, pero no
sabía ni levitar, ni crear brisas ni monolitos. En fin, qué más da, lo
importante era que tenía unas ideas realmente originales. Manteníamos unas
conversaciones del todo interesantes sobre el comportamiento de los seres
vivos, en particular de los saijits, claro, los conocemos más de cerca.»}

Enarqué una ceja, divertida.

\emph{«¿Y no decíais nada sobre los gawalts?»},
solté, fingiendo sorpresa.

Syu ladeó la cabeza, atento.

\emph{«Lo cierto es que no»},
contestó Frundis con sinceridad, decepcionando al gawalt.
\emph{«En aquella época todavía nunca había conversado con uno.»}

\emph{«Mmpf»},
dijo Syu, teatralmente altivo.
\emph{«Eso es porque los gawalts no acostumbran vivir con saijits. Menos mal que
estoy yo aquí para educar a los demás seres vivos del mundo.»}

Solté una risita silenciosa mientras llegábamos a una gran plaza.

\emph{«Así que no eres un adivino, sino un misionero que viene a gawaltear
Háreka entera. ¿No te parece una tarea un poco ardua?»}

El gawalt meneó la cola y se corrigió:

\emph{«Tal vez exagere. Me contentaré con una tarea más razonable»},
reflexionó.

\emph{«Y más gawalt»},
le repliqué, divertida.

Habíamos empezado a cruzar la plaza cuando Askaldo, que abría la marcha
con Maoleth, se giró hacia nosotros.

—Vamos a probar cerca del puerto —nos informó\mbox{—.} Lo más probable es que…

No escuché lo que dijo a continuación porque en aquel instante mis ojos
se habían posado en un humano manco de pelo castaño oscuro que pasaba
como con prisas a unos escasos metros de nosotros. Iba vestido mucho más
elegantemente que normalmente, pero lo reconocí de inmediato a pesar de
los casi tres años que habían transcurrido desde la última vez que lo
había visto. Era Daelgar. Recordando que hacía tan sólo unos minutos
había pensado en él y sus lecciones armónicas, la coincidencia me dejó
aún más pasmada y, olvidando toda prudencia, giré la cabeza, para
cerciorarme de que efectivamente era él… Pero Daelgar ya había
desaparecido entre la muchedumbre de estudiantes que empezaban a salir
de la cercana Universidad de Ombay.

—Mil lagartos incendiados —resopló una voz ahogada junto a mí.

Sentí mi corazón dar un vuelco y me giré con un movimiento brusco,
pensando tontamente que Daelgar me había reconocido, a pesar de mi velo,
pero no, era Spaw, quien acababa de arrebujarse con su capucha pese al
día radiante y la brisa casi cálida del mar.

—¿Qué ocurre? —preguntó Chayl, alertado, mientras yo fruncía
inmediatamente el ceño, sospechando que algo grave acababa de ocurrir.

El joven templario meneó la cabeza y me soltó una mirada extraña.

—Acabo de ver pasar a Shelbooth.

Agrandé los ojos y entonces solté una risita.

—Y yo acabo de ver pasar a mi antiguo maestro de armonías —repliqué con
tono alegre.

Spaw enarcó una ceja y dejó caer el cuello de su capa, enseñando una
sonrisa burlona.

—Curiosas coincidencias —comentó.

Aun así, que Daelgar estuviese en Ombay no era nada de extrañar: Amrit
Mauhilver tenía vastas propiedades al norte de la capital. Pero… ¿Shelbooth?
Meneé la cabeza incrédula. Me había sorprendido cuando Dol me había revelado
que él y Manchow habían desaparecido, sin embargo había supuesto que habían
ido en busca de Lénisu, o a Aefna, o qué sé yo… Pero ¿qué hacía el joven
subterraniense en Éshingra?

\nopagebreak \bigskip {\centering{$\spadesuit$} \par} \smallskip

Estábamos abandonando la plaza cuando de pronto sonaron unas trompetas a
lo lejos. Acostumbrada como estaba a escuchar música, fui la última en
percatarme de ello. En un solo movimiento, la gente de la plaza se
apartó, pegándose a los muros de las casas y, sorprendida, los imité al
igual que mis compañeros, preguntándome qué pasaba.

Lo entendí rápidamente, sin embargo, al oír el ruido veloz de unos
cascos contra los adoquines. Con pompa y orgullo, pasó una fila de
jinetes de la Guardia de Ombay, con sus cotas de armas, sus cascos y sus
espadas bien a la vista. Todos los caballos eran blancos como la nieve y
recordé que una vez en el
\emph{Ciervo alado}
un viajero había comentado algo sobre el alto precio de los caballos
blancos de la caballería de Ombay. Delante, iba el heraldo, alzando el
complicado blasón de la ciudad que representaba rombos azules y osos negros.

—¡Por Ombay! —gritó el jinete.

El grito resonó, claro y atronador. Algunos viandantes hicieron eco al
grito, fervorosos, como si ellos mismos fuesen a luchar contra unos
enemigos. Los guerreros se alejaron hacia la calle de donde veníamos y
todo el mundo retornó a sus preocupaciones.

—Demonios —resopló Spaw\mbox{—.} Cuanto antes zarpemos mejor será —comentó.

—Sigamos —declaró Askaldo, echándonos una ojeada inquieta.

Atravesamos varias calles más y varios parques antes de llegar hasta la
Torre Vieja. A partir de ahí, bajamos inútilmente hasta Puerto-Lince
para volver a subir por la Calle del Puerto: ahí estaba la cristalería.
Era fácil de reconocer, su fachada transparente dejaba ver pilas de
vasos, copas de vidrio, esculturas, espejos… Recordaba un poco a la
Calle de los Cristales en Aefna.

—El
\emph{Espejo-Lirio}
—declaró Maoleth\mbox{—.} Debe de ser aquella casa —vaticinó entonces,
girándose hacia un edificio contiguo de tres pisos, bastante elegante,
al principio de una calle menos transitada.

En aquel instante, un hombre, un transportista a todas luces, pasaba la
cancela de la casa, hacia el patio interior, guiando un burro cargado de
sacos. Un sirviente, vestido con una librea roja, estaba ya cerrando la
puerta de hierro.

Maoleth y Askaldo intercambiaron una mirada…

—De nada sirve esperar —dijo este último.

Así que nos dirigimos hacia la casa, evitando una carreta de bueyes, y
Maoleth interpeló al sirviente que se alejaba.

—Buenos días, buen hombre —soltó en abrianés.

Y se giró hacia Askaldo con las cejas enarcadas.

—La familia Darys nos espera —continuó el elfocano detrás de su velo
negro, mientras el sirviente regresaba\mbox{—.} O eso espero —añadió.

Sin una palabra, el hombre volvió a abrir la cancela y mientras
pasábamos, dijo:

—De hecho, mis amos me avisaron de que vendríais. Pero no se esperaban a
que llegaseis tan tarde —agregó, cerrando el portal y guardando su
llavero.

No comentamos nada, pero todos pensamos en el ligero rodeo de Askaldo
por el Bosque de Hilos. El sirviente nos observó un breve momento,
acariciando su barba negra, y entonces hizo un ademán.

—Seguidme, por favor.

Nos guió en el interior de la casa, cruzamos una gran sala de entrada y
acabamos en un espacioso salón del todo aburguesado.

—Si me permitís, esperad aquí un momento —nos pidió el sirviente, con una
reverencia.

En cuanto se hubo alejado por el pasillo, resoplé.

—Vaya casa.

Spaw soltó una mirada burlona hacia Askaldo y apuntó:

—La del padre de Askaldo es todavía más impresionante, te lo aseguro.

Enarqué una ceja, sorprendida. Tanto decir que los demonios no teníamos
que tener demasiadas relaciones con los saijits, y luego se enriquecían
como saijits y compraban sus artículos y empleaban a… Fruncí el ceño. A menos
que el sirviente que nos había acogido fuese también un demonio…

\emph{«Los demonios saijits son tan saijits como los saijits»},
concluyó Syu solemnemente. Sin alejarse de mi hombro, miraba su
alrededor con curiosidad.

Reprimí una sonrisa.

\emph{«Eso parece»},
coincidí.

El sirviente barbudo volvió al de poco, dedicándonos otra reverencia.
Sabiendo que en Éshingra las reverencias eran más bien cosa de las altas
esferas, supuse que nos había tomado por burgueses aventureros o algo
por el estilo.

—Siento informarles de que el señor Zilacam Darys y la señora Dilia Darys
no están en casa y que volverán tarde. Entretanto, la señora Ademantina
Darys os recibirá… pese a su dolor de espalda —añadió, con un leve tono
de aviso, como para prevenirnos de que no la molestásemos demasiado.

Askaldo, detrás de su velo, inclinó brevemente la cabeza, asintiendo, y
el sirviente volvió a realizar una reverencia, declarando:

—Si sois tan amables de seguirme hasta su aposento.

Subimos hasta el primer piso y cruzamos una sala llena de plantas con flores
antes de llegar ante una puerta abierta de par en par por la cual vi, sentada
en una butaca, a una belarca muy anciana, cuya piel estaba llena de arrugas.
Sus ojos castaños y vívidos nos observaron detenidamente mientras entrábamos
todos en el cuarto.

—Gracias, Leimon —masculló\mbox{—.} Puedes retirarte. Y ve a encender el fuego
del salón. Esta noche cenaré abajo con mis invitados.

El sirviente agrandó los ojos.

—Pero, su espalda…

—¿Mi espalda? —repitió la anciana con más viveza de la que hubiera
sospechado\mbox{—.} Mi espalda está mejor que la tuya, Leimon. Tú sí que
acabarás tocando el suelo con la nariz como sigas inclinándote tanto.
Reverencias y más reverencias, ¡ni que fuera la reina de Ombay! Venga,
Leimon —añadió, haciendo un gesto de la mano para despedirlo.

El sirviente barbudo frunció el ceño pero se marchó, inclinándose de
nuevo y caminando luego con toda la dignidad del mundo. Desde luego,
Ademantina Darys no era una persona muy agradable con su servidumbre,
pensé, aprensiva. Secretamente esperé que no tardásemos en embarcar
porque quedarse mucho tiempo junto a una anciana avinagrada era una
idea más bien poco acertada.

—Así que venís a estorbar a mi hijo, ¿eh? —soltó la vieja belarca, una
vez que Leimon se hubo alejado.

Noté cómo Maoleth retrocedía ligeramente, dejándole a Askaldo contestar.

—La molestia es justificada —respondió firmemente el joven elfocano\mbox{—.} Es
todo un honor ser recibido en su casa, señora Darys —añadió. Y en un súbito
movimiento, se quitó el velo. En medio de su rostro cubierto de
furúnculos, brillaban dos ojos rojos que se inclinaron mientras Askaldo
saludaba a Ademantina Darys, realizando un gesto con la mano que reconocí
de milagro: según me había enseñado Kwayat, supe que Askaldo acababa de
presentarse como el hijo de Ashbinkhai, Demonio Mayor de la Mente.

Percibí un brillo de diversión en los ojos de la belarca, mezclado con
una leve mueca de… repulsión, entendí, enarcando una ceja.

—Lo cierto es que después de tanto tiempo sin verte, veo que no has
cambiado nada —soltó al fin la vieja, con el claro propósito de
insultarlo.

Askaldo, sin parecer ofendido, puso cara sorprendida.

—¿Nos hemos visto ya alguna vez?

—Oh, tú no te acordarás. Tenías apenas tres años. En aquella época, tu
padre era menos casero que ahora. Antaño lo veía a menudo. Hay que ver
lo que la edad nos cambia a todos. —Nos echó entonces un vistazo a los
demás\mbox{—.} Cinco compañeros —contó\mbox{—.} Son pocos compañeros para tu épica
misión, jovencito.

Askaldo había perdido un poco su aire formal y parecía ahora algo
molesto.

—Son suficientes —afirmó\mbox{—.} Si quiere, se los presento.

La vieja puso cara aburrida y agitó un pañuelo con gesto impaciente.

—Adelante. De todas formas, no tengo nada mejor que hacer por el momento.
Las plantas son más aburridas que esta ciudad, que ya es decir.

Al oírla, Askaldo hizo una mueca y la cara de Maoleth se ensombreció.
Percibí la mirada elocuente que Chayl le echó a su primo.

—Este es Maoleth Hyizrik, ex-instructor y bibliotecario del Mausoleo de
Akras —soltó Askaldo, presentando al elfo oscuro\mbox{—.} Este es Kwayat,
instructor independiente…

—Oh, me suena —lo interrumpió la anciana, levantando la cabeza con una
mueca inquisitiva\mbox{—.} Creo que ya he oído hablar de ti por un asunto
relacionado con los Comunitarios.

Mi instructor, inmutable, con los brazos cruzados, hizo un breve gesto
con la cabeza.

—Yo también creo haber oído hablar de los Darys en algún momento —replicó.

Enarqué otra vez las cejas, intrigada. Esas palabras parecían encubrir
más de una verdad. ¿Acaso Kwayat y Ademantina Darys se conocían de
antes?, me pregunté, ladeando la cabeza. Askaldo carraspeó,
interrumpiendo mis pensamientos.

—Bien… Este es mi primo Chayl, él es Spaw Tay-Shual y ella es Shaedra
—acabó por decir.

La vieja Darys pasó sus ojos por el dedrin, se detuvo unos instantes en
el humano de pelo violeta y me observó al fin con una mueca contrariada.

—¿Aún sigues con ese velo? ¿Y qué es ese mono que lleva al hombro?
—añadió, dirigiéndose a Askaldo.

Reprimiendo un suspiro, levanté mi velo y me lo quité. Sonreí a medias
al ver el leve respingo que dio Ademantina Darys en su butaca al
encontrarse con una demonio del mismo color que el tapiz dorado colocado
justo detrás de mí.

—Es un gawalt —contesté con tranquilidad\mbox{—.} Y se llama Syu.

La anciana entornó los ojos, sin entender.

—¿Qué?

—El mono —expliqué.

—Mmpf —resopló ella, poniendo cara hastiada\mbox{—.} Ya me hablaron de ti. Está
claro que Ashbinkhai debería haberte recogido a tiempo —comentó\mbox{—.} Ahora
pareces un saïnal.

Le devolví una mirada más divertida que ofendida y decidí que era
mejor no mencionar el hecho de que si el hijo de Ashbinkhai no me
hubiese forzado a beber la poción de Lunawin no estaría en ese estado.

—Mmgr —siguió gruñendo Ademantina, pasándose el pañuelo blanco por la
frente con gesto fatigado\mbox{—.} Dolan siempre sobrecarga la chimenea, ¡hace
un calor espantoso! ¡Oh, siento que me da vueltas la cabeza! —se
lamentó, cerrando los ojos.

Los demás intercambiamos miradas desconcertadas. Spaw puso los ojos en
blanco y la anciana nos miró a ambos con mala cara.

—¿A qué vienen esas sonrisas? —sermoneó\mbox{—.} ¿Acaso os reís de los pesares
de una anciana? ¡Jóvenes! —exclamó con rencor\mbox{—.} Ya veréis dentro de unos
años lo que vais a sufrir. ¡Si acaso llegáis a ser viejos! —agregó, con
una sonrisa que enseñaba su dentadura postiza\mbox{—.} ¡Pero qué diablos!
—prosiguió\mbox{—.} ¿Así que andáis buscando al pequeño Seyrum, eh? Ojalá lo
encontréis. Mira que siempre se ha metido en líos, mi sobrino. Tan
imprudente como su padre. ¿Dónde se ha metido ahora? —preguntó.

No pude reprimir una expresión de sorpresa al entender sus palabras. ¡Seyrum,
sobrino de Ademantina Darys! Y lo más curioso: la anciana ignoraba todo sobre
Driikasinwat.

Askaldo, por lo visto, se había quedado algo pasmado al darse cuenta de que
nadie le había informado del paradero de Seyrum.

—Esto… Seyrum… Está… ¿Realmente no sabe dónde está? —replicó el elfocano, algo
perplejo, preguntándose sin duda si Zilacam había querido ocultárselo a su
madre por alguna razón.

La expresión de la belarca se ensombreció.

—Pones cara de mal agüero —observó\mbox{—.} Eso no me gusta. ¿Qué le ha pasado
exactamente a mi sobrino? ¿No se trata de otra aventura de las suyas,
eh? Es algo más grave, por lo que veo.

Vi claramente la indecisión reflejada en el rostro de Askaldo y Kwayat
intervino con tono pausado:

—Tal vez sería mejor esperar a su hijo para hablar de este asunto,
respetable anciana. Pero no se preocupe, Seyrum tiene problemas pero
nosotros vamos a salvarlo.

Ademantina Darys lo miró de hito en hito y entonces soltó una breve
carcajada.

—¡Ja! Respetable anciana —repitió con sarcasmo\mbox{—.} Hacía tiempo que no me
llamaban así. Ni Leimon es tan educado.

Mientras hablaba, se habían empezado a oír ruidos de pasos en la
escalera y por si acaso volví a ponerme el velo. Askaldo me imitó un
segundo después por precaución, mientras la vieja belarca mascullaba por
lo bajo y extendía el cuello para ver quién aparecía por la sala de las
plantas.

—¡Leimon! —gruñó la vieja, mientras el sirviente se acercaba. Ahora que
me fijaba mejor en él, me di cuenta de que tenía rasgos de kampraw:
mitad humanos y mitad caitos. Sus ojos color zafiro se posaron sobre mí
un instante, como si lograse ver a través del velo… Entonces dio otro
paso hacia delante y realizó una profunda reverencia que acabó de
exasperar a la vieja Ademantina.

—Su hijo Zilacam ya ha vuelto —declaró el kampraw.

Ademantina soltó un resoplido.

—Pues bien. Dile que pase en cuanto pueda y venga a recoger a sus
invitados. Mi hijo, siempre incordiando a su pobre y moribunda madre.
¡Lleva practicando desde que berreaba en la cuna! Dioses, odio estos
días —declaró, sin pausa alguna\mbox{—.} Dile a Dolan que pase también cuando
haya acabado de calcinar la comida. ¡Esto es un horno, Leimon!
Cualquiera diría que queréis que me trague el infierno antes de tiempo
—apuntó con tono acusador.

A un metro escaso como estaba del kampraw, percibí su suspiro casi
inaudible.

—¿Quiere que abra la ventana, señora Darys? —sugirió, con tono neutro.

La vieja soltó una exclamación.

—¿La ventana, Leimon? ¡Imposible! ¿No conoces el dicho? Quien junta fuego
con hielo, se quema dos veces. ¡Por las Almas Sacrificadas, hijo mío!
—soltó, cambiando de tono. Y me giré para ver aparecer por la sala de
las plantas la silueta elegante de un belarco de larga melena negra\mbox{—.}
¿Puedes explicarme por qué has tardado tanto en llegar?

Zilacam Darys se pasó una mano poblada de anillos por su impresionante
cabello color de azabache.

—Buenos días, madre —soltó con una vocecita aguda y tranquila que contrastaba
notablemente con la ruda voz de la anciana\mbox{—.} Muy buenos días, queridos amigos
—prosiguió, dirigiéndose a nosotros\mbox{—.} Disculpa las molestias, madre, enseguida
estamos todos fuera. Mis invitados no pretendían molestar a nadie. Si me
hacéis el favor de seguirme —añadió, invitándonos a salir del cuarto de la
anciana.

Aprovechamos la ocasión y nos despedimos rápidamente de Ademantina Darys.

—Ha sido un placer —dijo Chayl con aire formal.

—Y para mí un disgusto —replicó ella\mbox{—.} Aunque ya sé que no tenéis nada que
ver. Es ese Dolan que me asfixia con sus chimeneas. ¡Leimon! —soltó
entonces, mientras salíamos precipitadamente de la sala. Noté cómo
Zilacam aceleraba el paso, huyendo del lamento acusador de su madre.
Cruzamos la sala de las plantas, dejando atrás al kampraw de barba negra
al cuidado de la anciana.

—Venid, os conduciré a mi despacho —declaró el elegante belarco, mientras
nos hacía subir hasta la segunda planta\mbox{—.} La verdad, no esperaba ya que
vinierais. Hasta había mandado a un mercenario en vuestra busca. Quién
sabe, con esta guerra, suceden muertes imprevistas. Desgraciadamente
—suspiró con su vocecita aguda. Abrió su despacho con una llave\mbox{—.} Entrad
—nos dijo, mientras penetraba en la habitación\mbox{—.} Es una agradable
sorpresa saber que estáis sanos y salvos —prosiguió, mientras nos
invitaba a sentarnos. Dejé a Frundis junto a la puerta y, con Spaw y
Chayl, fui a sentarme en el sofá mientras Askaldo realizaba de nuevo el
saludo apropiado en esas circunstancias.

—Gracias por tu acogida, Zilacam hijo de Tirkom —pronunció.

Zilacam tuvo una sonrisa algo tímida.

—Oh, no es nada —aseguró\mbox{—.} Hacía tiempo que no hospedaba a ningún miembro
de la familia de Ashbinkhai. Es un honor —dijo, inclinándose con
respeto.

—El honor es mío —replicó el elfocano con otro saludo.

—Espero que tu familia se encuentra bien —añadió Zilacam.

—De maravilla. Espero que la tuya también.

—De hecho, todos gozamos de excelente salud. Ojalá nunca el dolor y la miseria
ataquen nuestras familias —sentenció el belarco.

—Ojalá —aprobó Askaldo, enderezándose y poniendo fin a las formalidades.

Sonreí al ver que, a mi lado, Spaw acababa de soltar un suspiro
aburrido. Mientras los demás se sentaban en unas cómodas butacas,
presentándose debidamente, volví a quitarme el velo, harta ya de verlo
todo más oscuro de lo normal. Zilacam cruzó piernas y manos, mirándonos
alternadamente. Sus ojos de belarco reflejaban curiosidad.

—Esto… Antes de nada, debo avisaros de que esta noche, al no saber que
vendríais, invité a un amigo a cenar —nos informó, encogiéndose de
hombros\mbox{—.} Me encantaría que os unierais a nosotros. Habéis realizado un
largo viaje, y entiendo vuestras reticencias —añadió, adivinando nuestra
respuesta\mbox{—.} Pero el caso es que ese amigo es precisamente el que
mantiene relaciones con los registradores y capitanes del Puerto de
Salias, donde están anclados todos los grandes barcos. Y precisamente esta
tarde le he dicho que aún no sabía cuándo ibais a llegar…

—Espera un momento —lo interrumpió Maoleth, alarmado\mbox{—.} Ese amigo ¿es un
saijit?

Zilacam asintió.

—Claro. No hay mucho demonio por Ombay. —Se encogió de hombros ante el
ceño fruncido de Maoleth\mbox{—.} Ya sé lo que pensáis muchos por Ajensoldra:
que los Darys llevamos una vida excéntrica de saijits acomodados. No
todos vivimos en las cavernas.

Askaldo se quitó el velo con un movimiento impaciente.

—Jamás he oído una sola crítica contra los Darys, Zilacam —le aseguró,
mientras este se le quedaba mirando la cara, algo pasmado\mbox{—.} Mi padre
hablaba de vosotros con mucho respeto. Así que… ¿vamos a viajar en un
barco de saijits?

Zilacam meneó tristemente la cabeza.

—Vendí el último barco grande que tenía el año pasado. Los demás que
tengo son sólo barcos pesqueros. Pero no os preocupéis, he pensado en…
vuestros disfraces —tosió ligeramente, con aire incómodo\mbox{—.} Os haréis
pasar por unos viajeros de Mirleria. Pero cuando hagáis escala en
Sladeyr, os escabullís e iréis a ver a un amigo mío que tengo ahí. Os
daré una carta para él. Y él os proporcionará discretamente un barco
hasta la Isla Coja. Es mejor que nadie sepa vuestro destino, los
habitantes de la Isla Coja tienen muy mala reputación. —Y tanto, pensé
con una sonrisa irónica\mbox{—.} Espero que mi plan os agrade —concluyó,
interrogante.

Maoleth y Askaldo se encogieron de hombros.

—Parece un plan razonable —aprobó Maoleth.

—Sí —se animó Zilacam\mbox{—.} Sobre todo que, si os disfrazáis de mirlerianos,
podréis poneros un velo sin llamar la atención. Con esos velos negros
parecéis dos Esbirros de Zemaï… Sin ánimo de ofenderos.

Negué con la cabeza, recordando los mirlerianos que había visto en Aefna
durante el Torneo.

—Esos velos blancos no ocultan bien la cara —intervine\mbox{—.} Son muy finos y
sólo están hechos para impedir que pase la arena a los ojos.

Zilacam tuvo una sonrisa, pero observé que evitaba mirarme.

—Ya pensé en eso. Y encargué unos velos más espesos, pero fabricados de manera
que no se note tanto que son diferentes. Confiad en mí. Creo que mi plan os
permitirá llegar a la Isla Coja sin problemas. Una vez ahí… bueno, eso ya lo
habréis pensado vosotros mejor que yo. ¿Sabéis algo de mi primo?

Hizo la pregunta con un deje de inquietud en la voz. En ese momento,
oímos un restallido metálico y un gemido quejumbroso, seguido de un
maullido. Sobresaltados por el súbito escándalo, nos giramos todos
hacia…

\emph{«No es culpa mía»},
se defendió Syu; estaba encaramado en la cima de una especie de aparador,
tenso como la cuerda de un arco.

Sobre la parte inferior del mueble, Lieta miraba al gawalt con cara
burlona. Estaba ronroneando. Contuve difícilmente una carcajada.

\emph{«Creo que se está riendo de ti»},
comenté, mientras Maoleth llamaba a la drizsha.

\emph{«Pues vaya humor»},
refunfuñó el mono, paseándose por arriba del mueble.
\emph{«Me alejo un poco para curiosear, y enseguida viene a vigilarme esa gata.
Felino peludo y maullante»},
insultó, nervioso.

\emph{«A lo mejor acabáis siendo buenos amigos»},
sugerí, divertida, mientras Maoleth volvía a llamar a la gata y Zilacam
aseguraba que lo que se había caído era simplemente un platillo de
metal.

\emph{«No toques nada»},
le avisé a Syu.

El mono se contentó con soltar un gruñido mental.

—Bueno, preguntabas… por tu primo —retomó Askaldo\mbox{—.} La verdad, las
últimas noticias son más bien pocas. Seyrum sigue en manos de
Driikasinwat.

El rostro del belarco se ensombreció.

—¿Pero qué es lo que anda buscando ese loco? —preguntó con tristeza.

Askaldo puso cara pensativa.

—Los agentes que vigilan al renegado lo tienen difícil para informarnos
de lo que ha sucedido sin revelar su identidad. Aun así, sospechamos que
Driikasinwat quiere utilizar los dotes alquimistas de tu primo. De todas
formas, no te preocupes, ayúdanos a llegar a la Isla Coja y nosotros lo
liberaremos.

Zilacam, con la cara apesadumbrada, asintió.

—Sí. Veo que el hijo de Ashbinkhai es tan valiente como el padre —lo
cumplimentó\mbox{—.} Después de salvarlo, estoy seguro de que Seyrum te hará
todas las pociones que quieras hasta el fin de sus días. No conozco muy
bien a mi primo, siempre ha sido muy solitario, pero sé que no te
defraudará.

Estaba claro como el agua que evitaba hablar de la mutación de Askaldo
explícitamente. El elfocano sonrió.

—Eso espero. Entonces, ¿cuándo partirá ese barco?

El humor de Zilacam pareció más ligero cuando contestó:

—Bueno, aún no está decidido, ya que no sabía cuándo ibais a venir. Pero
dado que hoy estará Amrit, podréis conversar con él y decidirlo vosotros
mismos.

Me atraganté con mi propia saliva y traté de sobreponerme mientras ellos
seguían hablando, diciendo que lo ideal sería zarpar de aquí dentro de
un par de días.

\emph{«Es improbable»},
solté, incrédula. Daelgar… y ahora Amrit… Por lo visto, este último no
solamente era un gran propietario de tierras, sino que además acaparaba
barcos… e iba a cenar a casa de un demonio. Pues vaya.

\emph{«Lo que es improbable es que siga vivo después de haber viajado durante
tantos días con una drizsha asesina»},
masculló Syu. Todavía seguía encaramado arriba del mueble, jugueteando
con su cola, malhumorado.

\emph{«Bah, Syu, no exageres, Lieta aún no te ha hecho nada»},
lo tranquilicé.

El gawalt resopló mentalmente.

\emph{«¿Acaso tengo que esperar a que me dé un zarpazo para poder decir que esa
gata es peligrosa?»}

No supe qué contestarle. En el fondo, compartía su inquietud racional,
pero también tenía el presentimiento de que Lieta no hacía más que
estorbar al mono para divertirse. Claro que yo ya había visto gatos de
Ató divirtiéndose con sus presas antes de comérselas… Mientras procuraba
no comunicar dichos pensamientos por vías del kershí, me fijé en que los
demás se levantaban y los imité.

—Entonces, está decidido, venís todos a cenar —declaró Zilacam con tono
alegre.

Suspiré. Me hubiera gustado volver a ver a Amrit Daverg Mauhilver:
sentía curiosidad por saber si realmente había encontrado la Gema de
Loorden. Sin embargo, había demasiados inconvenientes.

—Er… Lo siento, Zilacam —dije\mbox{—,} pero no puedo. Estoy… er… demasiado
cansada —argumenté torpemente\mbox{—.} Por el viaje y tal. Será mejor que vaya
a dormir.

—¡Por supuesto! —respondió Zilacam\mbox{—.} Y os invito a todos a hacer lo
mismo. Aún quedan varias horas para la cena. Si estás menos cansada
cuando despiertes, no dudes en unirte a nosotros… —ladeó la cabeza y
pareció acordarse de algo— ¿Shaedra, verdad?

Asentí, sintiéndome aliviada al no verlo insistir demasiado. Era mejor
así, me dije. Quién sabe si, a pesar del velo, Amrit no me habría
reconocido. Y entonces con toda seguridad habría mandado una carta a
Lénisu preguntándole qué hacía su querida sobrina zarpando desde Ombay,
disfrazada de mirleriana. Definitivamente, habría sido una mala idea ir
a la cena, decidí.

Consciente de las miradas inquisitivas que me echaron Kwayat y Spaw,
fue para mí casi un alivio volver a ponerme el velo cuando salimos de la
habitación.

\chapter{Tierras hundidas}
\label{s:21}
Los dos días de espera se convirtieron finalmente en cinco días, porque
resultó que alguien había saboteado el barco que teníamos que tomar:
\emph{“cosas de la guerra”},
había explicado el señor Mauhilver, al parecer. En esos cinco días, no
solamente pude ver lo agitada que estaba Ombay por el asunto de los Antiguos
Reyes, sino que también pude hacerme una idea general de la extraña vida de
los Darys: según el testimonio de Dilia Darys, la esposa de Zilacam, no
paraban de ir de comidas en meriendas, de meriendas en cenas y de bailes en
reuniones de negocios. Zilacam era una persona bastante discreta y de buen
corazón, aficionada a las tertulias que se daban en una platiquería cerca de
la Universidad. Sin ser un erudito, le gustaba la lectura y según Dilia gran
parte de los libros de su biblioteca personal habían sido donados a la
Biblioteca Pública para
\emph{“fomentar la cultura”}.
En definitiva, como decía burlonamente Ademantina, Zilacam Darys era un
gran demonio benefactor.

Zilacam se empeñó, en esos cinco días, en hacer que sus seis invitados
no se aburrieran ni un segundo, de modo que nos hizo visitar todos los
lugares interesantes de Ombay: entramos en la Universidad, subimos a la
Torre Maestra, dimos unos paseos por el Puerto-Lince y por el Puerto de
Salias, y hasta entramos en el Palacio de Memilith. Allá donde íbamos,
el elegante belarco nos presentaba a sus conocidos como viejos amigos de
Mirleria, y para no levantar sospechas nos contentábamos con saludar a
la gente en silencio.

Zilacam nos había proporcionado a todos unas amplias túnicas coloridas,
típicas, según dijo, de los habitantes de Mirleria. Anudamos en nuestras
cabezas unos grandes pañuelos mediante lazos y Askaldo y yo añadimos a nuestra
vestimenta un velo blanco que tapaba enteramente nuestro rostro, dejándonos
así y todo ver con bastante claridad nuestro entorno. Ademantina nos aseguró
que, más que habitantes de Mirleria, parecíamos pacientes de un loquero.
Pensando en ella, la víspera de nuestra partida, llegué a la conclusión de
que, pese a su carácter poco agradable, aquella anciana belarca tenía siempre
unos comentarios muy buenos. Su labia hasta impresionó a Syu, y eso que a él
siempre le había parecido que los saijits hablaban demasiado para decir muy
poco.

La última noche, apenas dormí, imaginándome ya surcando las aguas del
Mar de Ardel y del Mar de las Agujas, en medio de una infinita extensión
de agua. Según el plan, desembarcaríamos en Sladeyr, iríamos a ver a un
tal Asbalroth, amigo de Zilacam, y luego… luego, una vez llegados a la
Isla Coja, tendríamos que encontrar el refugio de Driikasinwat y liberar
a Seyrum, los dioses sabían cómo. ¿Y si el demonio renegado nos pillaba?
¿Y si, al intentar salvar a Aleria también, metía la pata y mandaba al
traste el plan, fuese cual fuese? Me repetía aquellas preguntas una y
otra vez, removiéndome en la cama de invitados. Cuando amaneció,
me vestí, teniendo mucho cuidado en tapar completamente mi rostro y cogí
a Frundis. El bastón aquella mañana estaba inspirado.

\emph{«Estoy componiendo una canción épica que va a sorprenderos tanto a ti
como a Syu, ¡ya lo veréis!»},
me aseguró, muy animado. Pero no quiso ser más explícito.

Salí de mi cuarto y vi a Spaw en el pasillo, recolocándose su pañuelo
azul oscuro sobre la cabeza.

—Mmpf —soltó, al verme\mbox{—.} Si algún saijit me ve poniéndome este pañuelo de
manera tan experta como hoy, va a sospechar fijo —comentó con el ceño
fruncido.

Me reí.

—Nos bastará con decir que tenemos a un mirleriano torpe en el grupo —lo
tranquilicé\mbox{—.} De todas maneras, no creo que salgamos mucho a la
cubierta. Por cierto, Dol dijo una vez que se mareaba en barco… ¿Tú
crees que nosotros también nos marearemos? —pregunté, preocupada.

—Dol… ¿El semi-orco de Ató? —inquirió Spaw. Asentí y él sonrió\mbox{—.} Bah, ya
sabes, los más grandotes son los que se marean más.

Enarqué una ceja, burlona.

—Oh. Deberías avisarles a Kwayat y a Askaldo entonces —observé, mientras
bajábamos las escaleras.

Desayunamos todos con Zilacam y Dilia y conversamos tranquilamente sobre
temas varios que nada tenían que ver con nuestra próxima partida. Al fin
y al cabo, los sirvientes de la casa Darys eran todos saijits y, antes de
meter la pata, era preferible no abordar el tema. Cuando estuvimos
todos listos para marcharnos, pasamos por el cuarto de Ademantina Darys
para despedirnos y ella, con los ojos sonrientes y con una mueca
aburrida, respondió con un leve gruñido y añadió:

—Venga, que la suerte os acompañe, hijos, pero más vale que encontréis a
mi sobrino, ¿eh? Zilacam me lo ha contado todo. Dadles un buen castigo a
esos malnacidos y que no se les ocurra volver a tocar un pelo de mi
sobrino, que aunque nunca viene a visitarme porque la cabeza la tiene
llena de pociones y reacciones, es mi sobrino —decretó.

—Se lo devolveremos sano y salvo —prometió Askaldo con solemnidad.

Nos inclinamos todos como demonios educados y salimos de la casa de los
Darys, acompañados por Zilacam. Anduvimos hasta el Puerto de
Salias, cargando cada uno con nuestro saco, y de camino nos cruzamos con
varios guardias que llevaban a dos hombres maniatados.

—Espías —barruntó Maoleth en voz baja.

Enarqué una ceja, siguiéndolos con la mirada. Entonces empecé a oír la
arenga de un pregonero que clamaba noticias sobre la guerra. Wali Neyg,
según creí entender, sería proclamado rey en breve y los separatistas
serían considerados traidores. Nos apresuramos a salir de la plaza,
donde empezaba a agolparse una verdadera muchedumbre curiosa.

—Deberíamos haber ido en carroza —se lamentó Zilacam, escoltado por uno
de sus empleados\mbox{—.} No me gusta esta historia de guerra en Éshingra.

Puse los ojos en blanco.

—Es curioso, ¿no es Amrit Daverg Mauhilver, tu leal amigo, un instigador
de la guerra? —solté sin pensarlo.

La expresión de Zilacam reflejó pura sorpresa.

—¿Amrit? ¿Instigador de la guerra? —repitió\mbox{—.} ¿Acaso hablamos del mismo
Amrit Mauhilver? El que conozco yo es un hombre de negocios. Y un gran
amante de la poesía. No se interesa por las cuestiones políticas.

Me encogí de hombros, maldiciéndome por hablar demasiado. Mi pregunta
imprudente había dejado claro que conocía ya a un Amrit Mauhilver.

—Entonces tu amigo actúa sabiamente —me contenté con replicar.

Cuando llegamos al Puerto de Salias, vi que el barco que nos esperaba,
el
\emph{Águila Blanca},
ya rebosaba de actividad: se estaban transportando grandes cajas de
madera hasta la bodega, los grumetes ayudaban, los marineros recorrían
la cubierta, soltándose comentarios entre ellos. Por lo que me habían
contado, íbamos a viajar en una nave con destino a Mirleria que
transportaba principalmente tejidos, aceite de naldren y frutas secas.
Paseé la mirada por el puerto, sintiendo cada vez más aprensión.
¿Realmente podía flotar durante tanto tiempo ese gran cuenco de madera?,
me pregunté, recordando la opinión poco positiva que tenía Dolgy Vranc
sobre los barcos.

Entonces, entre los que observaban cómo se cargaba el barco, divisé a
Amrit Daverg Mauhilver. Tuve la sensación de volver años atrás.

El humano rubio seguía tan elegante y extraño como siempre, con su
bastón negro, su lujosa vestimenta y su pose mesurada. Su expresión se
iluminó con una sonrisa al ver a Zilacam.

—¡Buenos días, amigo mío! —le dijo, mientras nos acercábamos\mbox{—.} He venido
a comprobar que todo se hacía correctamente. Ya ves, cuando el cargamento del
barco es importante me lo tomo muy en serio —apuntó, ensanchando su sonrisa.

Los dos amigos se pusieron a charlar animadamente mientras nosotros, los
mirlerianos, permanecíamos prudentemente en silencio, hasta que el
capitán, impaciente, saliese de su cabina, soltando a los portadores:

—Venga, ¡acelerad un poco el ritmo! Y los pasajeros, no esperéis el
último momento a embarcar u os quedaréis en tierra.

Amrit rió entre dientes, haciendo bailar su bastón.

—Capitán Rafish —nos lo presentó, mientras el aludido se dirigía hacia la proa,
verificando el trabajo de sus marineros\mbox{—.} Entre todos los capitanes de los
mares, este es uno de mis favoritos —le reveló a Zilacam, con una media
sonrisa\mbox{—.} Tiene sangre pirata en las venas, y es un comerciante de los mejores
que hay. Pero, tranquilízate, nunca ha sido pirata —añadió, al ver que su
amigo fruncía el ceño. Y volvió a sonreír\mbox{—.} Aunque ya me ha dicho alguna vez
que si yo continuaba estafándolo como lo hacía, empezaría a imitar a sus
antepasados. Un curioso personaje. ¡Bueno! Creo que si no queréis recibir las
furias del capitán, tendréis que ir embarcando, amigos mirlerianos —agregó,
saludándonos con un gesto de la mano, medio respetuoso medio burlón.

Askaldo respondió a su saludo, posando la mano sobre el pecho y
soltando:

—Gracias te sean dadas por permitirnos viajar en tu barco. Y gracias,
amigo Zilacam, por tu generosa acogida. Los dioses os mantengan en vida
muchos años a ti y a tu familia.

Tuve que reconocer que el acento mirleriano estaba bastante conseguido.
Yo había intentado enseñarles a los demás todas las manías mirlerianas
que había aprendido con el maestro Áynorin, incluidos los saludos y las
fórmulas de cortesía. Askaldo era el único en haber estado ya en
Mirleria y mientras yo les explicaba la teoría él me corrigió en varios
detalles: al parecer, los libros de Ató sobre las Repúblicas del Fuego
estaban totalmente desfasados en ciertos aspectos.

Cuando subimos al barco, enseguida tuve una extraña sensación al pensar
que, debajo de esas tablas, tan sólo había agua.

\emph{«Esto no me gusta nada»},
confesó Syu, mirando a su alrededor.

\emph{«Confieso que a mí tampoco»},
intervino Frundis, rebajando un poco su música. Parecía pensativo.

Oí que retiraban la pasarela y me giré, nerviosa. El capitán Rafish
gritaba órdenes, de vuelta en la popa.

—¡Buen viaje! —nos soltó Zilacam, desde la orilla.

Desamarraron el bajel y nos alejamos poco a poco del puerto, rodeándonos
totalmente de agua… Los marineros habían izado las velas y, llevado por
el viento, el
\emph{Águila Blanca}
se deslizó más rápido y la gran Ombay fue haciéndose cada vez más
pequeña.

—Curioso, ¿verdad? —soltó Spaw en voz baja, junto a mí\mbox{—.} Y pensar que los
nurones viven debajo de estas aguas…

Esbocé una sonrisa, adivinando sus pensamientos. Nidako, el único
miembro de la comunidad de Zaix al que yo no conocía todavía, vivía,
según me había dicho, en el Mar de las Agujas, cerca del archipiélago de
las Anarfias. Quién sabe, a lo mejor nos lo encontrábamos por el camino
y nos echaba una mano, pensé, deseando conocer a ese nurón.

—Vosotros, disculpad —nos dijo de pronto una voz hosca detrás de
nosotros. Nos giramos y nos encontramos frente a un humano achaparrado
de barba gris que llevaba una bufanda naranja muy llamativa. Frunció la
nariz\mbox{—.} Mmpf. Podéis entrar en la cabina de pasajeros para dejar vuestros
sacos.

Mientras hablaba, señaló una puerta abierta en la popa, por donde
acababa de desaparecer Chayl. Asentimos en silencio y seguimos al dedrin
adentro. Comprobé entonces que no éramos los únicos pasajeros: en aquel
mismo instante Askaldo conversaba, algo nervioso, con tres mirlerianos
velados que se habían instalado en las hamacas junto a la puerta. Apenas
se les veían los rostros, oscuros detrás de sus velos blancos.

—Es una alegría para mí viajar con compatriotas —soltó el más bajito de ellos,
con voz profunda y tranquila\mbox{—.} Mi nombre es Charath. Charath Sulkshen.

El tal Charath llevaba una túnica de un verde vistoso con ribetes dorados y
una bolsa bastante repleta al costado. Tenía aspecto de hombre de negocios.

—Un placer —replicó Askaldo, con acento mirleriano\mbox{—.} Mi nombre es
Drusnit. Y estos son mis empleados —añadió, señalándonos con un vago
gesto de la mano.

Dejamos nuestros sacos cada uno en una hamaca. Sin duda, todos estábamos
lamentando la presencia de esos tres extraños que no solamente iban a
impedirnos quitarnos el velo durante todo el viaje, sino que además no
nos iban a dejar hablar tranquilamente. Sin embargo, al ver que Charath
Sulkshen no parecía muy hablador, me tranquilicé un poco: Askaldo se las
había arreglado bien hasta ahora, pero no era plan de tentar la suerte
hablando más de la cuenta.

Salí otra vez a la cubierta con Chayl, Kwayat y Spaw, y nos acercamos a
la baranda. Todo, a nuestro alrededor, era una extensión monótona de
agua más o menos tersa, iluminada por un sol tímido de invierno. Al
menos no me mareaba, me dije, optimista. Entonces me fijé en un silencio
poco habitual. Fruncí el ceño al entender de dónde venía.

\emph{«¿Frundis?»},
solté, extrañada.
\emph{«¿Te ocurre algo?»}

Percibí el leve suspiro del bastón.

\emph{«No»},
contestó Frundis, como medio adormilado.
\emph{«Es que jamás había navegado en un bajel tan grande.»}
Oí de pronto el bostezo del bastón, mezclado con un chapoteo.
\emph{«La música de este barco es ideal para dormir.»}

Enarqué una ceja, algo alarmada, e intercambié una mirada con Syu.

\emph{«Creo que se ha olvidado de la canción épica de esta mañana»},
comentó el gawalt, sobre mi hombro.

Sonreí.

\emph{«A veces hay que dejar reposar la inspiración»},
reflexioné.
\emph{«Que duermas bien, Frundis.»}

Tan sólo me respondió un leve gruñido amodorrado… El viaje prometía ser
silencioso.

\nopagebreak \bigskip {\centering{$\spadesuit$} \par} \smallskip

Tardamos cuatro días en llegar a Sladeyr. Dormíamos como diez horas al día y
durante el resto del tiempo jugábamos a cartas en nuestro camarote o me
sentaba cerca de la proa para contemplar el mar. Syu se había aficionado a
subir por los mástiles y las jarcias y se lo pasaba en grande, saltando de
cuerda en cuerda. Frundis no salía de su modorra más que para comentar de
cuando en cuando alguna novedad sobre la
\emph{“música del mar”}.
Al de dos días, hicimos escala en un pueblo llamado Ruteb, poblada de gente de
Acaraus y el capitán Rafish desembarcó con toda su tripulación para dirigirse
hacia una taberna del puerto, dejando a un par de vigilantes y al hombre de la
bufanda naranja a bordo. Askaldo, o más bien Drusnit, le había declarado al
capitán que dormiríamos en un albergue y que volveríamos a la mañana
siguiente, antes del amanecer. El capitán Rafish se había encogido de hombros.

—Zarparé a las ocho en punto, que sepáis que yo nunca espero a nadie…
salvo a mi mujer.

Su comentario generó varias carcajadas entre sus marineros. Los
vimos alejarse hacia la taberna entre risas y parloteos antes de
encaminarnos hacia un albergue que se situaba casi enfrente de donde
estaba amarrado el
\emph{Águila Blanca}.
Nos seguían, no muy lejos, los tres mirlerianos, hablando por lo bajo
entre sí, en cuchicheos.

El albergue estaba bastante lleno y acabamos pagando los seis por un
cuarto para cuatro, instalándonos como pudimos: de todas formas,
siempre estaríamos más cómodos que durmiendo en un barco. Y además, así
podríamos hablar más libremente. Charath Sulkshen le había invitado a
Askaldo a cenar en una taberna cercana y, mientras nos instalábamos en
el cuarto, Maoleth se rió de la cara desanimada del elfocano.

—Procura que no te engañen en nada —le dijo con una gran sonrisa\mbox{—.} Los
mirlerianos tienen reputación de estafadores. Buena cena y… confiamos en
ti para no meter la pata —añadió, antes de que el hijo de Ashbinkhai,
con un suspiro, saliese de la habitación.

En cuanto Chayl corrió el cerrojo, me deshice de mi velo, aliviada, y
posé contra el muro a un Frundis que empezaba a despertarse con ruidos
de tambores.

—Hace dos días que no analizamos tu Sreda, Shaedra —notificó entonces
Kwayat\mbox{—.} Espero que hayas seguido con tus prácticas sobre el sryho
durante este tiempo.

Hice una mueca: aquellos últimos días había notado que la Sreda se
removía un poco más de lo habitual pero todos mis intentos por
apaciguarla habían fracasado estrepitosamente. Lo cierto era que,
interiormente, empezaba a preocuparme seriamente: ¿y si la Sreda volvía
a desestabilizarse? Ni Kwayat ni Maoleth serían capaces de detenerla.

Los dos instructores me cogieron ambos de un brazo y se sumieron en un
profundo silencio durante unos minutos. La gravedad de sus expresiones
cuando analizaban mi Sreda me llenaba siempre de aprensión.

El primero en soltarme fue Maoleth. Pero, pese a mi mirada interrogante,
el elfo oscuro calló, esperando a que Kwayat hubiese acabado su
análisis. Al fin, mi instructor inspiró y suspiró. Maoleth hizo una
mueca poco esperanzadora.

\emph{«Me miran como si me fuese a transformar en un monstruo de tres cabezas»},
me lamenté, dirigiéndome a Syu.

\emph{«No seas exagerada»},
me consoló el mono, sentado en el borde de la ventana.
\emph{«Además, mientras sigas siendo gawalt, da igual cuántas cabezas tengas»},
me aseguró, con tono tranquilizador.

Kwayat carraspeó.

—Se está desequilibrando ligeramente —me informó\mbox{—.} Nada alarmante, pero
tienes que hacer más esfuerzos para calmar tu Sreda. Tu mutación no
curará sola, de eso ya estoy prácticamente seguro, pero puedes detener
otros efectos.

Mientras hablaba, observé por un segundo la expresión escéptica que se dibujó
en el rostro de Maoleth. Sin embargo, el elfo oscuro se apresuró en
sustituirla por una media sonrisa.

—Basta de preocupaciones —declaró\mbox{—.} La Sreda siempre se desestabiliza
menos con el estómago lleno. Bajemos a cenar.

No pude evitar sonreír al oírlo: tenía un hambre de dragón.

\nopagebreak \bigskip {\centering{$\spadesuit$} \par} \smallskip

Aquella noche, concilié rápidamente el sueño y soñé con que me transformaba en
un nurón y cruzaba las profundidades de los mares. Desperté en plena noche, y
me di cuenta, asustada, que me había transformado en demonio sin querer. Eso
sí que era una mala señal, pensé, tratando de atar otra vez la Sreda como
podía. Ésta se resistió tal vez una hora entera antes de que consiguiese
retomar una forma más
\emph{“saijit”}.
Me costó conciliar el sueño y me dio la sensación de que acababa de volver a
dormirme cuando oí un maullido sonoro. Percibí al mismo tiempo los gritos de
las gaviotas y los silbidos de viento entre los mástiles, en el muelle
cercano.

—¡Venga, todos arriba! —exclamó una voz demasiado fuerte para mi oído
semidormido.

Oí el gruñido de Syu y me enderecé, estirándome al mismo tiempo que el
gawalt.

—¿Qué ocurre? —pregunté con una voz pastosa.

—El barco —explicó Maoleth con suma paciencia\mbox{—.} Si no nos damos prisa, se
largará sin nosotros.

—¡Pero si aún es de noche! —se quejó Chayl, sentado en la cama con los
ojos cerrados.

Maoleth sonrió y Lieta maulló, divertida.

—Antes del barco, está el desayuno. Y ese también se largará sin nosotros
si no nos damos prisa —apuntó.

—Buaj —masculló Askaldo, tapándose con la almohada\mbox{—.} Bajad vosotros. Yo
cené ayer como Panthirkis.

Enarqué una ceja.

—¿Como Panthirkis?

Askaldo, sin quitarse la almohada de encima, gruñó:

—¿No sabes quién es Panthirkis? —Entonces carraspeó y sin esperar mi
respuesta entonó\mbox{—:}
\begin{verse}
«—Panthirkis, oh Panthirkis, \\
¿qué hiciste con el pan? \\
—¡Ah! Yo no lo sé, padre, \\
a lo mejor no hay. \\
—Panthirkis, oh Panthirkis, \\
Hambre nos matará. \\
Pues, hijo, ¡que en la olla \\
el arroz ya no está! \\
—La causa, creo, es obvia: \\
la Máscara será. \\
—Oh, hijo, ¿por qué tienes \\
tanta vitalidad?»

\end{verse}
Solté una carcajada, divertida, y el rostro sonriente de Askaldo
apareció detrás de su almohada.

—¡Mal te pese, traidor: devuélvenos el pan! —dijo teatralmente con voz de
justiciero.

Maoleth se golpeó la frente con la mano, suspirando.

—¡Barbas y relámpagos! —masculló, medio riendo.

—Sólo te ha faltado el acento mirleriano —observó Spaw, mientras se
abrochaba su querida capa verde.

Chayl soltó una risita burlona y Askaldo resopló, enderezándose.

—¡Bah! Creo que finalmente voy a desayunar con vosotros, no vaya a ser que
os encontréis con los mirlerianos de verdad y les habléis en naidrasio
—argumentó, levantándose ágilmente.

Desayunamos solos en el albergue: tan sólo el posadero y su hijo estaban
ya despiertos, amasando el pan. Ni Kirlens se despertaba tan pronto,
pensé. Salimos poco más tarde del albergue, cuando el cielo empezaba a
azularse, y embarcamos en el
\emph{Águila Blanca}.

Saludamos silenciosamente a un marinero que montaba la guardia y
volvimos a meter todos nuestros sacos en nuestra cabina. Tras unos
minutos, volvimos a salir a la cubierta y Frundis suspiró.

\emph{«¿Otra vez en el barco?»}

Reprimí una sonrisa.

\emph{«Es lo que tienen las islas»},
contesté.
\emph{«Aún no hemos llegado a la Isla Coja.»}

Frundis pareció aceptar mi argumento.

\emph{«Por cierto, no me tires al agua, ¿eh? Quién sabe cuánto tiempo podría
estar a la deriva con estos mares tan grandes»},
razonó, mientras su música se iba convirtiendo en una canción de cuna
con ruidos de oleaje.

\emph{«Descuida»},
le dije con tranquilidad.
\emph{«Te agarraré fuerte. Aunque, si prefieres tener a un portador nurón, esta
sería una oportunidad de oro»},
añadí, burlona.

\emph{«Música en el agua»},
observó Syu, desde un mástil.
\emph{«Apuesto que eso dará lugar a un concierto tipo el de rocarreina.»}

Percibí unas notas de violines pensativas.

\emph{«Tal vez»},
asintió Frundis, apacible, mecido por el monótono chapoteo del puerto.

Ya estaba el capitán Rafish en la cubierta soltando órdenes a sus
marineros. Nos dio los buenos días al pasar junto a nosotros y se detuvo
un poco más lejos a hablar con el hombre de la bufanda naranja, que
parecía algo así como el segundo de a bordo.

—¿Creéis que nuestros compañeros de viaje se han quedado dormidos?
—preguntó Chayl en voz baja, apoyado en la baranda. El dedrin
vigilaba la puerta cerrada del albergue con el ceño fruncido. Antes de
que nadie pudiese contestar, la puerta se abrió y salieron los tres
mirlerianos precipitadamente, cargando con sus sacos.

Askaldo rió.

—Casi nos quedamos sin compañía —soltó, con acento mirleriano.

El capitán Rafish, en ese momento, vio a sus tres pasajeros rezagados y
gruñó.

—¡Apresuraos! —gritó\mbox{—.} Maldita sea. Estos mirlerianos son peores que los
perros viejos.

Sin sentirnos realmente insultados, nos giramos aun así todos de un
bloque hacia el capitán y éste carraspeó e hizo una mueca.

—Era… por hablar —se disculpó, sin parecer realmente sentirlo.

El capitán Rafish siguió metiendo prisas a los tres mirlerianos hasta
que llegasen a bordo y enseguida ordenó que retirasen la pasarela y
desamarrasen la nave.

—¡Rumbo a Sladeyr! —vociferó el capitán mientras subía las escaleras
hacia la rueda de timón.

—Por los pelos —le soltó burlonamente Askaldo a Charath Sulkshen, el cual
respiraba entrecortadamente.

El comerciante se contentó con asentir con la cabeza y mascullar algo
ininteligible antes de meterse dentro de la cabina con sus dos
compañeros.

Seguimos navegando hacia el poniente. A media mañana se puso a llover y
nos metimos todos otra vez dentro de la cabina, incluido Syu. La lluvia
persistió durante toda la tarde. En el crepúsculo, Askaldo, que había salido
un rato a la cubierta, volvió hundido anunciándonos que se avecinaba una
tormenta.

—El capitán Rafish dice que en esta época del año las tormentas son
frecuentes pero de poca intensidad —explicó, mientras trataba de
escurrir su ropa como podía.

Media hora más tarde, di gracias a los dioses por mandarnos tan sólo una
tormenta
\emph{“de poca intensidad”}
porque de veras creí que iban a acabar en el agua no solamente Frundis,
sino toda la tripulación, su capitán incluido. La nave daba
bandazos y zozobraba peligrosamente. Syu se me agarraba al cuello,
aterrado, Lieta bufaba, con el pelo erizado, Frundis había trocado su
música adormilada por una composición atravesada de truenos y ruidos
escalofriantes, y yo, con los ojos agrandados, me imaginaba que en
cualquier momento entraría el capitán Rafish, declarándonos, rendido,
que nuestro final estaba cerca.

La tormenta se me hizo eterna, pero al fin notamos que el viento se calmaba,
el barco no se balanceaba tanto y el capitán Rafish ya no gritaba para hacerse
oír. Charath Sulkshen se precipitó afuera para ir a informarse y volvió,
haciendo un gesto tranquilizador.

—Lo peor ya ha pasado —anunció.

Exhaustos por tanta emoción, nos tumbamos todos en nuestras hamacas y
concilié el sueño casi enseguida. Esta vez, en vez de soñar con nurones,
soñé con los Subterráneos. El sueño me pareció casi tan real como el que
había tenido junto a la morada de Ahishu. Yo estaba en el castillo de
Klanez y acababa de perder de vista a Kyisse y gritaba su nombre.
Corría, saltaba entre objetos desparramados por el suelo, y todo se
tambaleaba ante mi vista…

—Shaedra…

La voz venía de muy lejos, como de otro mundo. En un momento, me giré en
un pasillo iluminado por una antorcha de luz blanca.

—Aryes —solté, perpleja, viendo la silueta que se aproximaba\mbox{—.} ¿Qué haces
aquí?

—Más bien debería preguntártelo yo a ti —me replicó la voz\mbox{—.} Shaedra,
¿estás despierta? ¡Shaedra!

Parpadeé en sueños. Abrí los ojos. Fruncí el ceño. Abrí los ojos de
verdad. Y quedé espantada.

Estaba de pie, sobre la cubierta del barco, no muy lejos de la proa. Maldito
sonambulismo, pensé de inmediato, demasiado aliviada al saber que no me había
caído al agua mientras perseguía a Kyisse en sueños. La noche, iluminada
tenuemente por la Luna, estaba silenciosa y negra como la tinta de Inán.

—Shaedra, eres… tú, ¿verdad? —preguntó una voz familiar.

Me giré hacia la silueta oscura disfrazada de mirleriano y me quedé un
buen rato contemplando su rostro en silencio, asombrada. Primero, creí
que la Sreda o mi sueño me habían trastornado los sentidos, pero las
palabras que pronunció a continuación me paralizaron de estupor:

—Soy Murri, Shaedra, tu hermano. Hemos venido a ayudarte.

Sólo entonces me di cuenta de que mi velo se había deslizado y pude ver
claramente la expresión atónita de Murri.

—Válgame el cielo —solté, quitándome el velo del todo. La historia de
Driik ya era lo bastante complicada para que se metieran encima mis
hermanos, me dije, quejumbrosa\mbox{—.} Oh, no… ¿Realmente estás aquí, Murri,
o estoy soñando? —Fruncí el ceño y entonces gruñí, entendiendo de pronto lo
evidente\mbox{—.} ¿Fue una idea de Amrit Mauhilver, verdad?

Murri enarcó una ceja en la oscuridad de la noche.

—Más precisamente de Márevor Helith —me corrigió, sonriente\mbox{—.} Amrit nos
ayudó a meternos en el barco disfrazados. Ahora, tienes que explicarme
qué es lo que te ha pasado. ¿Quiénes son esos que te acompañan? Hemos
estado observándolos. No parecen raptores. Y eso que al principio
pensamos… como os dirigíais a la Isla Coja…

Retrocedí unos pasos, como golpeada por el impacto de sus palabras.

—¿Cómo sabes eso? —lo interrumpí, apoyándome contra la baranda\mbox{—.} Quiero
decir, lo de la Isla Coja, ¿cómo…?

—Lo supuse desde que Dolgy Vranc nos contó lo de Daian y Aleria —contestó
simplemente Murri, acercándose\mbox{—.} Márevor Helith nos ayudó a buscarte.
Al principio, nos equivocamos de ruta, pero luego volvimos a encontrar
tu pista de camino hacia Ombay. En fin, aquí estamos ahora —suspiró\mbox{—.}
Pero lo cierto es que no sabíamos cómo abordarte. Esos desconocidos…
¿quiénes son? ¿Y por qué te disfrazas y te cubres de polvo negro?

Si hubiese podido sonrojarme, creo que en ese momento mi rostro habría
estado lo más cercano posible a un pimiento rojo. ¡Mis hermanos habían estado
buscándome con tanto ahínco! Y se habían preocupado por mí. Sentía una
tremenda vergüenza al saber que iba a tener que mentirles… Bien sabía yo que
la paciencia de los demonios tenía un límite y no podía permitirme revelarles
a mis hermanos la verdad. No en un momento tan poco propicio como aquel.

—Murri —dije entonces, tras un silencio algo molesto\mbox{—.} Por un lado me
alegro de verte pero por otro… diablos, es que no te das cuenta del lío
en que te has metido —solté, agitada\mbox{—.} No puedo explicarte todo ahora
—añadí, pese a saber que mi frase iba a sentarle fatal\mbox{—.} Ha sido una
locura meterte en este barco. Por Nagray —resoplé\mbox{—.} ¿Laygra también te
acompaña, verdad?

Murri asintió y pareció poco afectado por mis palabras amenazantes.

—Laygra es Charath. —Se rió por lo bajo al oírme soltar una exclamación de
sorpresa\mbox{—.} Ya sabes que tiene un don para cambiar de voces.

Atónita aún por la revelación, pregunté:

—¿Y el tercer mirleriano? No puede ser el maestro Helith…

—¡No! —replicó mi hermano, divertido\mbox{—.} Es un tal Shelbooth, un subterraniense.
Nos lo presentó Amrit. Según dijo, te conoce. Y también conoce a otro
compañero tuyo, el del pelo violeta. Por lo que he entendido, antes de
encontrarse con nosotros, iba a coger este mismo barco, para Mirleria, con un
cofre lleno de joyas. Apuesto a que es algún amigo de Lénisu —comentó.

—Es el hijo de un amigo de Lénisu —lo corregí, reponiéndome de la
sorpresa. Si Shelbooth estaba también en el barco, era más que probable
que les hubiese contado a mis hermanos lo ocurrido en los Subterráneos.
Resoplé\mbox{—.} Desde luego, Amrit es terrible.

—No más que tú —replicó él, apoyándose junto a mí, en la baranda\mbox{—.} Por una
vez que puedo hablar contigo a solas, desde hace varios años, vas y me
dices más o menos que no debería haber intentado ayudarte. Algo gordo
está pasando aquí. ¿Qué lógica tiene que seis personas embarquen en
Ombay disfrazados de mirlerianos cuando lo único que quieren es
dirigirse a la Isla Coja a salvar a una muchacha?

—Te recuerdo que la Isla Coja tiene realmente mala reputación —apunté.

—Sí, pero ¿por qué razón te acompañan? ¿Para rescatar a tus amigos,
Aleria y Akín? —inquirió Murri\mbox{—.} ¿Son mercenarios? ¿O bien son
Veneradores de Numren?

Solté una carcajada por lo bajo y meneé la cabeza, evitando su mirada:
no quería que viese mis ojos negros como la noche.

—No son veneradores de nada —le aseguré, los ojos fijos en las tinieblas
del mar\mbox{—.} Y si no soy más explícita, Murri, no me lo tengas en cuenta: no
desvelo secretos si estos pueden perjudicar a mis amigos.

Sentí, más que vi, la mirada pensativa de Murri. Tras un largo silencio,
volví a ponerme el velo en la cara y solté, frotando mis manos
enguantadas con vivacidad:

—¿Sabes de dónde ha sacado Shelbooth esa caja llena de joyas?

Murri sacudió la cabeza, con una media sonrisa.

—Yo tampoco quiero perjudicar a nadie —replicó\mbox{—.} Así que dejaré que te
lo diga él mismo si quiere.

Sentí un pinchazo en mi corazón al oírlo, pero comprendí que me lo tenía
merecido. Entonces mi hermano soltó una carcajada silenciosa y me cogió
por los hombros.

—En cualquier caso, yo me alegro de verte a ti, hermanita.

Su sonrisa sincera y su muestra de afecto me llegaron al corazón y,
aunque no me veía, sonreí con los ojos húmedos.

—Y yo a ti, Murri. —Y suspiré\mbox{—.} Pero eso no quita el hecho de que Laygra
y tú no vais a poder seguirme a la Isla Coja.

Murri puso los ojos en blanco. Por lo visto se esperaba a que le dijese algo
del estilo.

—Laygra y yo ahora somos celmistas. Algo novatos, es cierto, pero hemos
trabajado muy duro para obtener el diploma de la academia de Dathrun.
Estoy seguro de que no vamos a ser ningún estorbo para el plan que
tengáis pensado. Y te juro que no saldré de la Isla Coja sin haber
salvado a Aleria y a Akín —declaró con un tremendo tono de héroe
aventurero que me puso los pelos de punta.

Mil brujas sagradas, me dije, mentalmente, aterrada. ¿A quién podía
convencer? ¿A los demonios, de que dejasen unos saijits ayudarnos, o a
mis hermanos, de que no les convenía ayudarme? Cuanto más pensaba en
aquella pregunta, menos veía una posible respuesta a mi dilema.

\chapter{Corazón pirata}
\label{s:22}
—¡Sladeyr a la vista! —gritó el marinero situado en el puesto de vigía.

Meneé la cabeza, incrédula. ¿Cómo podía estar viendo la isla si todo estaba
cubierto de bruma? Sin embargo, empecé a oír enseguida los chillidos de las
gaviotas y poco después columbré la luz de un faro. Enseguida me removí
impaciente, ansiosa de llegar a tierra y salir de ese barco que no paraba de
moverse. Ninguno de nosotros había sufrido graves mareos, pero ninguno tampoco
parecía con ganas de seguir viajando en barco. Mi impresión se confirmó cuando
vi los rostros de Chayl, Spaw y Maoleth relajarse. Kwayat en cambio seguía tan
imperturbable como siempre: su rostro a veces era aún menos expresivo que el
de Dol.

No muy lejos, estaban los tres
\emph{“mirlerianos de verdad”},
observando el lento avance del barco entre el banco de bruma. Vi que el
de la túnica azul, Murri, tamborileaba con su mano, inquieto. Pese a
su cara tapada tuve la impresión de que me observaba de soslayo y desvié
la mirada, diciéndome que, finalmente, el velo también iba a servirme
para que mis compañeros demonios no viesen mi nerviosismo evidente.

El cielo estaba ya casi totalmente oscuro cuando el
\emph{Águila Blanca}
entró en el puerto. Askaldo volvió a avisar al capitán Rafish que
dormiríamos en la isla y este nos repitió que saldríamos a las
ocho de la mañana para Mirleria. Mientras recorríamos el muelle, me
pregunté qué haría el capitán cuando, a la mañana siguiente, constataría
que sus pasajeros no aparecían por ningún lado. Pero, habiendo observado
un poco su carácter, supuse que no esperaría más de cinco minutos antes de
soltar amarras y continuar la ruta. Casi lo oí mascullar claramente:
\emph{“Estos perros viejos de Mirleria…”}

—¡Bueno! —soltó Spaw, mientras salíamos de los muelles\mbox{—.} ¿A que no sabéis
quién nos anda siguiendo otra vez?

Maoleth gruñó, acariciando la cabeza de su drizsha, cómodamente colocada
en su saco delantero.

—No hace falta que lo digas tan alto —susurró\mbox{—.} Esos mirlerianos me dan
mala espina. Ahora nos siguen de manera extraña, como espiándonos. A lo
mejor creen que tenemos algo valioso y quieren despojarnos. Tal vez
piensen que nuestras armas son tan sólo objetos de decoración y que no
sabemos manejarlas —añadió, con un rictus.

Sintiéndome palidecer, eché un vistazo discreto hacia atrás. Murri,
Laygra y Shelbooth nos seguían de manera extraña, olvidándose al parecer
de comportarse como comerciantes mirlerianos. ¿Qué demonios tendrían
pensado hacer?, me pregunté, aprensiva. Ya le había dicho a Murri que
mis compañeros eran amigos míos, pero que eran muy huraños y no
admitirían a nuevos aventureros. Y claro, mi hermano no había querido
escucharme y se había metido en la cabeza que era un gran celmista
aventurero. Quién sabe, tal vez realmente pensaba que iba a poder sacar
a Aleria del refugio de los Veneradores de Numren mediante algún
sortilegio maravilloso, añadí para mis adentros, mordiéndome el labio.

\emph{«¡Ah!»},
soltó de pronto Frundis. Me sobresalté, al igual que Syu, sorprendida
por su súbito despertar.
\emph{«Creo que esta vez voy a poder componer un himno, una sinfonía, ¡una
obra maestra! en honor de la Música, del Mar y del Agua Encantada de
Teruemen'deyán. En ese orden»},
apuntó, con una risa de flautas.

Resoplé mentalmente divertida y pregunté:

\emph{«¿Teruemen qué?»}

\emph{«Teruemen'deyán… La ciudad perdida»},
explicó Frundis, soñador.
\emph{«La ciudad de las Almas Inocentes. Ahí vivía, según cuenta la leyenda, el
Hada Huérfana del Mar…»}

Empecé a oír un susurro dulce y misterioso que provenía de la voz de una
mujer. Entonces Frundis entonó, con la presunta voz del Hada Huérfana
del Mar, una canción tristísima que me dejó algo melancólica mientras
recorría con los demás las calles estrechas de la ciudad de Sladeyr.

Era ya de noche, y soplaba una brisa fría, pero eso al parecer no
molestaba a los habitantes, quienes seguían caminando por las calles,
unos riendo, otros bebiendo, otros cantando…

—Aún nos siguen —masculló Maoleth.

—Que nos sigan —replicó Askaldo, con un deje de exasperación al ver que
les dábamos importancia a los mirlerianos\mbox{—.} Entremos en esa taberna
—propuso\mbox{—.} Será mejor que esperemos a mañana para salir en busca del
amigo de Zilacam. Mejor que antes se aleje el capitán Rafish de esta
isla.

—Saijits —suspiró Chayl, con aire preocupado, echando otro vistazo hacia
atrás, mientras nos dirigíamos hacia el establecimiento algo ruidoso
señalado por Askaldo.

Sonreí al oír al dedrin, recordando que a Syu también le gustaba soltar
ese tipo de comentarios. Mi sonrisa se transformó en una mueca al
cruzarnos, en aquel instante, con un hombre de aspecto terrorífico, con
cicatrices por todas partes y un cuchillo afilado en mano. Llevaba
sangre en el filo, me fijé, horrorizada. El hombre nos soltó una mirada
indiferente y envainó su puñal con un gesto desenfadado.

—Buenas noches —nos soltó con un acento isleño. Nos dedicó una sonrisa
distante que desapareció enseguida, nos dio la espalda y se metió por
un callejón oscuro. Pronto su silueta fue engullida por la bruma
nocturna… Carraspeé.

—Saijits —solté, meneando la cabeza.

Y reiteramos sin duda todos mentalmente el pensamiento al entrar en la
taberna la
\emph{Trucha Ciega},
de la que salimos casi inmediatamente al darnos cuenta de que sus
ocupantes estaban metidos en una batalla generalizada, tirando sillas,
gritando, riendo y cantando como energúmenos.

—Será mejor encontrar otra taberna —comentó Kwayat.

Asentimos todos y seguimos por la calle principal, hasta el Templo, que
no era ni eriónico, ni húwalo, ni sharbí ni nada: en realidad se había
transformado en una especie de Cámara de Comercio, alrededor de la cual
se habían instalado tabernas y albergues de más categoría, visiblemente,
que la
\emph{Trucha Ciega}.
Pero no eran menos ruidosas, como comprobamos. Y de todas formas, en
cuanto supimos el precio que había que pagar para una noche, volvimos a
salir, indignados.

—¿Veintidós kétalos cada uno por una noche? —exclamó Askaldo, malhumorado\mbox{—.}
¡Aprovechados! Son unos ladrones sin vergüenza.

—Deduzco de eso que vamos a dormir debajo de algún árbol de los alrededores
—comentó Spaw.

—Pues se lo merecerían —resopló Chayl, tan indignado como su primo\mbox{—.}
Veintidós kétalos —repitió\mbox{—.} Eso es casi el triple que en Éshingra. Y
pensar que creía que los de las Comunidades eran unos ladrones…

—Sigamos buscando —intervino Maoleth\mbox{—.} Tiene que ser posible encontrar
algún albergue razonable.

—De hecho, si me permitís… —soltó de pronto una voz de entre las sombras
que nos sobresaltó a todos. Nos giramos para hacer frente a un elfo de
ojos brillantes y sonrisa pícara\mbox{—.} Yo puedo ayudaros a encontrar un lugar
donde dormir, nobles viajeros —prosiguió, con una obsequiosa reverencia.

Oí claramente los suspiros de mis compañeros. Empezábamos a entender que
Sladeyr no solamente era la isla que más sufría teóricamente de ataques
piratas, sino que irónicamente estaba llena de esos piratas y demás
pícaros y ladrones. Aquel elfo no parecía ser una excepción.

—Un lugar donde dormir —repitió Spaw\mbox{—.} ¿El cementerio, quizá?

La sonrisa del elfo desapareció un segundo para volver a aparecer.

—Confiad en mí, soy un agente de la guardia. Me pagan para defender a los
ciudadanos, no para engañarlos. Seguidme. Os guiaré hasta el
\emph{Camaleón de Acero}.
Son cinco kétalos la noche y dormiréis como lebrines. Estaréis del todo
repuestos para volver a tomar el barco.

—¿Cómo sabe que retomamos el barco mañana? —inquirió Maoleth en un
gruñido, sin moverse de un ápice.

La sonrisa del elfo se ensanchó, pero leí en sus ojos un brillo de
exasperación: lamentaba que sus presas no fuesen tan fáciles de
convencer, adiviné.

—Todo se sabe en Sladeyr —dijo\mbox{—.} Pero yo sé aún más. Me llaman Yin Tres
Ojos. Y sé que, aunque digáis que vais a retomar el barco para Mirleria, no lo
vais a tomar. Y sé aún más —añadió, con un movimiento de cejas y una sonrisa
no muy afable\mbox{—.} Y creedme, sin mi ayuda, no vais a conseguir llegar a la Isla
de los Droskyns.

Repentinamente y sin que nadie se lo esperase, Spaw tomó impulso y un
instante después le cogía bruscamente del cuello al elfo con una mueca
de desdén.

—No vuelvas a pronunciar esa palabra —rugió\mbox{—.} Nunca. —La sorpresa del
elfo se convirtió rápidamente en terror y negó frenéticamente con la
cabeza.

—Nunca —repitió\mbox{—.} Aunque, así es como la llaman todos aquí pero… ¡Ay! No,
¡nunca! —prometió, con aire casi suplicante. Atónita, me fijé en que
Spaw lo estaba amenazando con su daga roja.

—¡Spaw! —gruñó Kwayat, reaccionando. El joven demonio enarcó una ceja y
mi instructor suspiró\mbox{—.} Estamos en plena calle. No es plan de llamar la
atención.

Spaw Tay-Shual suspiró y soltó al elfo. Este salió corriendo
despavorido.

—Miserable —escupió el demonio.

Lo miré, totalmente pasmada ante su comportamiento.

—No sé si ha sido una buena idea dejarlo marchar —suspiró Maoleth\mbox{—,}
parecía conocer demasiadas cosas sobre nosotros. Y tú le has dado más
respuestas que dudas actuando así —carraspeó.

—Es muy curioso —añadió Kwayat, sin perder la calma\mbox{—.} No sé por qué, tengo la
impresión de que este asunto es mucho más grave de lo que parece. Vuestro
renegado de la Mente está hablando demasiado. Si no, no se explica que un
simple saijit hable de los Dros…

La mirada fulminante que le echó Spaw lo hizo callar. Yo, al fin, solté
un resoplido.

—¿Qué diablos ha pasado? —pregunté, algo perdida\mbox{—.} ¿Por qué de pronto le
has atacado a ese farsante, Spaw? Lo pregunto por curiosidad —añadí,
carraspeando\mbox{—.} Debo decir que ahí me has pillado por sorpresa —confesé.

Chayl hizo un movimiento de cabeza.

—Yo tampoco entiendo nada. ¿Qué pasa con los Droskyns? —preguntó,
encogiéndose de hombros\mbox{—.} Que yo sepa, tan sólo es una apelación antigua
de los demonios…

Spaw hinchó las mejillas y espiró lentamente, como intentando calmarse.
Me fijé en que Frundis prestaba atención, como interesado.

—Alejémonos de aquí —soltó Askaldo, sin permitirle a Spaw contestar. De
todas formas, mi intuición me decía que el templario no pensaba
contestar…\mbox{—.} Rápido —insistió el elfocano\mbox{—.} No vaya ser que el tal Yin
Tres Ojos vuelva con alguna banda y decida
\emph{“ayudarnos”}
—comentó con tono elocuente\mbox{—.} A saber lo que sabe realmente ese granuja.

Con el ceño fruncido, lo seguí y nos alejamos de la Cámara de Comercio.
Kwayat jamás me había hablado de los Droskyns. Pero al parecer tenía que
ser algo importante porque a Spaw le había dado la neura cuando el elfo
había pronunciado esa palabra, reflexioné. Si los demonios antiguamente
se llamaban Droskyns y si era cierto que en Sladeyr todos hablaban de la
Isla Coja denominándola la Isla de los Droskyns… ¿acaso eso significaba
que los habitantes de Sladeyr sabían que ahí había verdaderos demonios?
Claro que también cabía la posibilidad de que la palabra «Droskyn»
hubiese derivado totalmente en su significado con el tiempo, razoné,
recordando las lecciones de lingüística con el maestro Yinur. Pero eso
no era lo que pensaba mi instructor al parecer.

—Ojalá hubiésemos pagado esos veintidós kétalos cada uno y no nos hubiésemos
topado con ese tipo —gruñó Askaldo, mientras caminábamos por una calle
totalmente desierta\mbox{—.} Este asunto no me gusta. ¿Sabéis qué? —preguntó,
deteniéndose y bajando la voz\mbox{—.} Vamos a ir directos a casa de Asbalroth.
Cuanto antes nos marchemos de este lugar, menos problemas tendremos.

—¿Quién será ese Asbalroth? —preguntó Spaw, como para sus adentros.
Después de su ataque bersérker, parecía haber recuperado su serenidad,
me fijé, entre burlona y aprensiva.

—Bueno… —contestó Askaldo\mbox{—.} Es un amigo de Zilacam… y un familiar de
Lilirays, si no me equivoco. Creo que es su tío o su tío abuelo o algo
así.

Agrandé los ojos mientras Askaldo reanudaba la marcha. Lilirays, el
Demonio Mayor del Agua… Según me había explicado Kwayat, vivía cerca de
Mirleria y era el Demonio Mayor más joven de todos, con apenas treinta
años de edad.

Resonó de repente un grito a nuestras espaldas y di un bote, asustada,
girándome bruscamente. Primero, lo único que vi fueron unas sombras
gruñendo por lo bajo. Una de ellas era enorme y maciza. A sus pies, divisé a
otra silueta que reptaba, retrocediendo torpemente sobre la calle de barro. En
ese instante, la Luna surgió en todo su esplendor en el cielo e iluminó el
rostro aterrorizado de Laygra.

—¡POR MI VIDA!

El alarido de mi hermana me dejó durante un segundo petrificada de
horror mientras veía que su gigante adversario se le acercaba y la
empuñaba por los pelos como un salvaje. Un sentimiento de ira me invadió
entonces como una ola repentina y eché a correr.

Las trompetas de Frundis empezaron a resonar como golpes de martillo de
guerra en mi mente.

\chapter{Estampidas y renegados}
\label{s:23}
Cuando llegué a unos metros del gigante, este, de claros rasgos
semi-orcos, estaba preparándose para darle un puñetazo a Laygra, quien
seguía gritando, aterrada, mientras Murri y Shelbooth eran acorralados
un poco más lejos por otros tres agresores. Yo ya tenía a Frundis entre
las manos, y le asesté un golpe en el brazo al atacante de Laygra con
todas mis fuerzas, para que se diese cuenta de cuál era su real
adversario. Sonó algo roto, junto a un alarido de dolor. El gigantón
soltó al fin a mi hermana y se giró hacia mí, sacando su maza con la
mano izquierda. Su rostro reflejaba contrariedad.

—¡Vas a arrepentirte! —gruñó, mientras abatía su enorme arma sobre mí.

Pero yo ya había dado un bote y le castigaba ahora su espalda con otro
golpe. Apenas se daba la vuelta cuando yo me alejaba, lejos de su
alcance.

Eché un vistazo a mi alrededor y me fijé, aliviada, en que mi hermana, junto
con Syu, había aprovechado la distracción para alejarse y correr como una
liebre hacia mis compañeros demonios… aunque por lo visto estos últimos
también habían decidido lanzarse en la pelea. Hice una mueca pero me prohibí
pensar en otra cosa que en el semi-orco grandote que se abalanzaba sobre mí en
aquel instante. Todo, en su expresión, parecía estar ansiando verme convertida
en papilla.

\emph{“En un combate real, cualquier pensamiento fuera de lugar puede
provocar la derrota”},
había dicho el maestro Dinyú.

Me fundí entre sombras armónicas y, tras una fulminante plegaria
dirigida a todos los dioses del mundo, cargué contra el semi-orco,
dejándome llevar por una fría voz interior. A continuación, todo fueron
esquivas, ataques, fintas y saltos que acabaron rápidamente con la
paciencia del imponente isleño. Tenía un brazo roto, pero estaba furioso
como un oso sanfuriento, observé, aprensiva, en un momento en que huía
después de un ataque relámpago. Frundis estaba eufórico, y por cada
golpe añadía un alegre toque musical. Iba a volver al ataque, cuando
Kwayat atrapó la mano del gigante con su látigo. Un relámpago de luz
violeta atravesó todo el arma y el semi-orco soltó un alarido de
sufrimiento mientras mi instructor ponía cara perpleja. Me fijé entonces
en que otros dos agresores estaban ya neutralizados. Los habitantes de
las casas vecinas, que habían cerrado prudentemente los postigos durante
el punto álgido de la batalla, volvían a entornarlos para ver quiénes
estaban ganando.

—¡Ahí viene la guardia! —soltó uno de los vecinos.

Enseguida salimos del estupor del combate. Kwayat liberó la muñeca
malherida del semi-orco y salimos todos corriendo.

—¡Beksiá! —exclamó Maoleth, mientras nos alejábamos apresuradamente. Echando un
vistazo hacia atrás, me fijé en que los agresores que aún seguían en pie se
esforzaban también en desaparecer cuanto antes.

\emph{«¡Una batalla digna de recordar!»},
rió Frundis, entusiasmado, con una mezcla de címbalos, clarines y
trompetas victoriosas.

Syu y yo le respondimos con un gruñido mientras seguía recorriendo las
calles con precipitación. Hasta nos cruzamos con un par de matones que
nos dejaron pasar educadamente. Tan sólo nos detuvimos cuando, en un
momento, mis compañeros se percataron de que no corríamos solos.

—¡Ey! —dijo Askaldo, verificando con una mano nerviosa que seguía su velo
bien colocado\mbox{—.} ¡Vosotros! ¿Quiénes demonios sois?

Murri, Laygra y Shelbooth habían perdido sus velos durante la reyerta y los vi
intercambiar miradas azoradas. Se oyó un resoplido estupefacto.

—¿Shelbooth? —Spaw contemplaba al elfo de la tierra, boquiabierto.

—¿Shelbooth? —repitió Maoleth, frunciendo el ceño\mbox{—.} ¿Lo conoces?

El joven demonio asintió, con una sonrisa incrédula, y el aludido
carraspeó.

—Er… Hola, Spaw. Hola, Shaedra. Os aseguro que esto del disfraz no ha sido
idea mía… —Echó una mirada conmocionada hacia atrás, como pensando en
otra cosa, agitado\mbox{—.} Rayos y centellas… —masculló.

Estaba preparándome para explicarles a todos la verdad cuando Maoleth
suspiró, sombrío.

—Ahora lo entiendo mejor. Shaedra, ¿no crees que deberías explicarnos
todo esto? —soltó, echándome una mirada de inconfundible decepción.

—¿Yo? —solté con una vocecita.

—¿Cómo explicas que de pronto aparezcan tres conocidos tuyos en Sladeyr?
—me atacó Askaldo, con un deje de desconfianza en la voz.

—Por no decir que viajaban en nuestro barco
\emph{encubiertos}
—añadió Chayl, con aire desilusionado.

—Esto… —intervino Murri, levantando el dedo índice\mbox{—.} Si me permitís… No
tenemos nada contra vosotros. Simplemente venimos a ayudar…

—A nuestra hermana —terminaron por decir en coro Laygra y él con
aire decidido.

Spaw soltó una carcajada.

—¿Hermana? —repitió, y los examinó con más atención. Adiviné fácilmente
sus pensamientos: ambos eran efectivamente ternians, con ojos verdes y rasgos
semejantes a los míos.

Espiré e hice una mueca desenfadada.

—¿Curioso, eh? —pronuncié\mbox{—.} Tal vez podría explicaros un poco el asunto…

—Tal vez sería una buena idea —repuso mi instructor. Sus ojos azules se
habían entornado, inquisitivos.

—Aunque antes también podríamos encontrar un lugar más ameno —apunté.
Tras nuestra carrera, habíamos acabado por meternos en la periferia de
la ciudad, poblada de campos y casas dispersas.

—¿Y mi cofre? —soltó Shelbooth, como explotando súbitamente\mbox{—.} ¿Qué hago
yo sin mi cofre?

—¿Tu cofre? —preguntó Chayl, sin entender.

—Lo he perdido. Todo —se lamentó. Y agrandó los ojos, como dándose cuenta
de lo que decía\mbox{—.} ¡Y estaba lleno de joyas! Y todo por culpa de vosotros
y de vuestras ideas disparatadas —añadió, dirigiéndose a mis hermanos,
acusador\mbox{—.} ¡Yo tan sólo quería llegar a Mirleria! Malditos ternians. Voy
a por él.

Atónitos, lo vimos alejarse.

—¿Que va a por qué? —pregunté, boquiabierta.

—A por su cofre, obviamente —contestó Murri, encogiéndose de hombros\mbox{—.} Lo
cierto es que siento haberle causado tantas molestias, pero al mismo
tiempo él no quiso pagar a una escolta, como le propuso Amrit. Al avaro,
destino amargo —sentenció.

Le solté una mirada sorprendida y, sin una palabra, eché a correr detrás
del elfo.

—¡Ey! ¡Shelbooth! —le grité\mbox{—.} ¿Estás loco? A estas alturas el cofre se lo
habrán llevado a su refugio. Piensa un poco.

El elfo se detuvo y se cruzó de brazos, muy sombrío.

—Malditos ternians —repitió, mirándome a los ojos\mbox{—.} No puedes saber la alegría
que tuve al entender que, de pronto, tenía la vida solucionada. El palacio,
el jardín, la vida tranquila… todo eso, era casi ya una realidad para mí.
—Agitó la cabeza, como despertando de un sueño\mbox{—.} Y de pronto llegan esos… tus
hermanos y lo complican todo. Me piden que me disfrace con ellos para que Spaw
y tú no me reconozcáis y me roban mi cofre…

—Los ladrones de Sladeyr roban tu cofre —lo corregí.

Shelbooth gruñó, muy afectado.

—Será mejor que me vaya de aquí y os deje con vuestras historias extrañas.
Voy a por mi cofre.

Agrandé los ojos, incrédula.

—Shelbooth —solté, cuando el elfo volvía a alejarse.

—¿Qué? —replicó, impaciente.

Iba a pedirle que razonase un poco más antes de meterse en la boca del
dragón, pero luego lo pensé mejor y me contenté con preguntar:

—¿Dónde está Manchow? Salisteis ambos de Ató, ¿verdad? ¿Dónde está ahora?

Shelbooth se encogió de hombros y una sombra pasó por su rostro.

—Manchow… Ya. Supongo que nuestra desaparición tuvo que sorprenderos a
todos. Siento haberos abandonado con el asunto de Kyisse pendiente
pero, cuando me dijo Manchow que tenía una gema valiosa, no pude
resistir y aproveché la oportunidad. A falta de los tesoros del Nohistrá
de Dumblor —insinuó con una sonrisa burlona\mbox{—.} Manchow se quedó en Ombay
—me informó, más serio\mbox{—.} Amrit le dio su parte de recompensa por esa
piedra, y le ofreció ayudarlo para que su padre Sombrío no lo
encontrase.

Enarqué una ceja, pensativa. Una gema valiosa, me repetí. ¿Acaso estaba
hablando de la Gema de Loorden? Meneé la cabeza, atónita. Así que eran
ellos los que habían llevado la dichosa gema a Amrit y a Wali Neyg. Y al
parecer Manchow la había vendido sin consultar con su padre, el Nohistrá
de Aefna… Carraspeé.

—¿Así que a ti te ha tocado una parte de la recompensa por acompañar a
Manchow, de Ató hasta Ombay? —solté\mbox{—.} Me maravilla la generosidad de
Amrit Mauhilver.

—Fue Manchow el que insistió para que me llevase una parte respetable
—replicó el elfo, defendiéndose\mbox{—.} Ya ves, no sólo los say-guetranes
tienen sentido del honor: a Manchow le salvé la vida a la altura del
paso de Marp, contra un par de escama-nefandos. Si no fuera por mí, la
Gema de Loorden estaría ahora digiriéndose en las tripas de uno de esos
bichos, así que la recompensa me pareció justa —agregó con una ancha
sonrisa\mbox{—.} En cuanto haya invertido un poco mi fortuna en Mirleria,
volveré a los Subterráneos como un príncipe, y mi padre ya no trabajará
nunca más para esos Consejeros fanfarrones que no hacen más que
enturbiar la vida en Dumblor.

Se interrumpió, como recordando de pronto que todas aquellas esperanzas
las depositaba sobre un cofre que ya no tenía. Lo observé, meneando la
cabeza.

—¿Realmente vas a ir a buscar ese cofre? —pregunté.

Shelbooth soltó una carcajada.

—Sí. Soy un subterraniense. No tengo miedo de unos simples ladrones. El
problema es que cuando nos han atacado, no me lo esperaba. Ahora ya sé a
qué atenerme. —Levantó una mano, saludándome a la manera de Meykadria\mbox{—.}
Buena suerte, Shaedra.

Reprimiendo un suspiro, le contesté al saludo. El elfo me dio la espalda
y se alejó rápidamente hacia el centro de la ciudad. Ojalá consiguiese
lo que quería, pensé, mientras me acercaba a los demás.

—Veo que no has conseguido razonar al elfo —observó Spaw por lo bajo. Le
dediqué una mueca elocuente: ¿qué podía hacer yo para retener a Shelbooth?
El joven templario se contentó con esbozar una sonrisa y prestamos atención a
la conversación de los demás.

—… pero, ¡por favor! ¿qué diablos pensáis que vamos a hacer en la Isla
Coja? —soltaba Maoleth, con incredulidad.

Murri y Laygra intercambiaron una mirada.

—Pues… no lo sabemos —confesó Laygra\mbox{—.} Pero sabemos que Shaedra quiere
salvar a su amiga que lleva presa ahí desde hace un año o más. Y
nosotros la vamos a ayudar. Es sencillo de entender, ¿no?

—¿Una amiga? —repitió Spaw, con una sonrisa incrédula. Y se giró hacia
mí\mbox{—.} ¿Desde cuándo tienes a una amiga prisionera en la Isla Coja,
Shaedra?

Me rasqué la mejilla con aire inocente.

—Desde hace aproximadamente un año —contesté\mbox{—,} como dice Laygra. Pensé…
que ya que íbamos a salvar a Seyrum, podría intentar sacar a
Aleria y a Akín de ahí.

Spaw agrandó mucho los ojos.

—¿Aleria y Akín, eh? Me suenan sus nombres.

—Seguramente los habré mencionado más de una vez cuando estábamos en los
Subterráneos —expliqué con tranquilidad.

—¡Los Subterráneos! —exclamó Murri, girándose bruscamente hacia mí\mbox{—.}
Shelbooth nos ha contado un poco lo que pasó ahí, pero todo era tan raro
que me costó creerlo. ¿Es verdad toda esa historia de los Klanez?

Sonreí, divertida, al ver su expresión de asombro.

—Es verdad —afirmé\mbox{—.} Salimos Aryes y yo de Dumblor con una expedición
para entrar en el castillo de Klanez. Y luego, gracias a Lénisu,
acabamos por volver a la Superficie para ir a buscar a los abuelos de
Kyisse, la pequeña Klanez —expliqué con sencillez.

Murri silbó entre dientes. Por lo visto, no se había creído nada de lo
que le había contado Shelbooth.

—Pues yo lamento tener que decirlo —intervino Askaldo\mbox{—,} pero no voy a
malgastar mi tiempo salvando a gente que no conozco, así que, Shaedra, si
de verdad quieres salvar a esos amigos tuyos de los que nunca nos has
hablado —hice una mueca al oír su tono acusador\mbox{—,} puedes hacerlo, pero
yo no voy a ayudarte.

—Estupendo —repliqué con firmeza\mbox{—.} No necesito vuestra ayuda. Mis
hermanos y yo sacaremos de la isla a Aleria y a Akín nosotros solitos.

—\emph{Mawer}.
Aún hay algo que no me cuadra —masculló Maoleth, meditativo\mbox{—.} ¿Cómo has
hecho para que tus hermanos supiesen exactamente cómo seguirnos sin que
nosotros nos enteráramos?

Fruncí el ceño al ver que le echaba una mirada desconfiada a Syu.

—Bueno… —me encogí de hombros mientras buscaba frenéticamente una respuesta
convincente\mbox{—.} Yo no he hecho nada. Se trata de un… sortilegio.

Me echaron todos miradas interrogantes. Suspiré, resignada, y rebusqué en uno
de mis bolsillos.

—En realidad, se trata de una mágara —especifiqué, enseñándoles las
Trillizas durante unos segundos antes de volver a esconderlas con
presteza ante sus ojos curiosos\mbox{—.} Se llaman las Trillizas. La persona
que las construyó, Márevor Helith, es capaz de saber dónde se encuentran
y por consiguiente sabe dónde me encuentro yo. Y por algún misterio ayudó a
mis hermanos a encontrarme —acabé por decir, echando una mirada sombría a
Murri y a Laygra.

El rostro de Spaw se había quedado petrificado al oír el nombre del
nakrús, como si de pronto se hubiese quedado congelado. Los demás
pusieron caras pensativas. Deduje con cierto alivio que estos últimos
no conocían a Márevor Helith ni sabían que era un nakrús.

—¿Una mágara que permite saber dónde está una persona a gran distancia?
—soltó Askaldo, escéptico\mbox{—.} Bueno —suspiró, dando a entender que no le
apetecía conocer más detalles sobre el asunto\mbox{—,} si es cierto lo que
dices, deberías tirarla.

—Imposible —repuse\mbox{—.} Es un regalo.

—Interesante —soltó Spaw, recobrando cierta compostura\mbox{—.} Por curiosidad,
¿qué hace esa mágara aparte de decirle al dueño dónde estás?

Le dediqué una ancha sonrisa.

—Buena pregunta. A lo mejor un día averiguo para qué sirve.

\nopagebreak \bigskip {\centering{$\spadesuit$} \par} \smallskip

Maoleth, Askaldo y Kwayat trataron de convencer a mis hermanos de que la
tarea de ir a salvar a alguien en la Isla Coja era una aventura
peligrosa, ¡\emph{muy}
peligrosa!, aseguró Maoleth, insistente. Pero mis hermanos se mostraron
más tercos todavía y cuando revelaron que habían seguido una educación
intensiva en Dathrun para convertirse en celmistas, enseguida noté
cierta curiosidad por parte de Maoleth. Percatándose de ello, Murri
aprovechó el momento para demostrar que su diploma no era papel mojado e
invocó una esfera de silencio que nos envolvió a todos. Se trataba de una
invocación y no de una simple ilusión, entendí. Cualquier palabra que
pronunciásemos era ahogada por una mezcla de energía aríkbeta y órica. Era
asombroso saber que mi hermano era capaz de invocar esferas de silencio, y más
sabiendo que hacía apenas cuatro años no sabía nada de artes celmistas.

—Demonios —solté, cuando Murri deshizo el sortilegio\mbox{—.} Es increíble.

—Yo soy más de energía esenciática —intervino Laygra\mbox{—.} Soy curandera. Aún
no tengo muchísima práctica con los saijits, pero he salvado la vida de
muchos animales en la academia. Y os aseguro que en toda expedición
digna de ese nombre hay siempre una curandera. O un curandero —apuntó,
sonriente.

Askaldo resopló.

—Está bien —dijo, como a regañadientes\mbox{—.} Ya veo que no vais a cambiar de
opinión y, a menos que os atemos al mástil del
\emph{Águila Blanca},
no se me ocurre otra solución que la de dejaros hacer lo que queráis.
Ahora, hablando de cosas más urgentes —agregó, cambiando de tono, mientras
Murri y Laygra sonreían, encantados\mbox{—,} lo he pensado mejor y creo que es
demasiado tarde ya para ir a ver Asbalroth. Podría estar durmiendo y no
es plan de enfadarlo sacándolo de la cama —razonó.

—Oh, así que, finalmente, vamos a gastarnos esos veintidós kétalos
—concluí, burlona.

—De ninguna manera. Ese albergue de ahí debería tener precios razonables
—decidió el elfocano, señalando un edificio.

Estábamos en las afueras de la ciudad, y el albergue en cuestión se encontraba
junto a un camino que serpenteaba y desaparecía en las sombras de un bosque.
El albergue no parecía muy animado, y de hecho, cuando entramos, comprobamos
que los clientes tampoco lo eran: vi a un viejo pescador sentado en una silla,
solo, absorto en sus pensamientos. A unos metros, dos hombres cuchicheaban en
voz baja con aire de conspiradores. Y el tabernero, sentado junto al
mostrador, leía un libro. En ese instante se levantó, algo sobresaltado por
nuestra llegada intempestiva. Pese a la poca luz que desprendían las velas, me
bastó un vistazo para saber que se trataba de un nurón. Era la primera vez que
veía a uno en la realidad y me quedé embelesada por su rostro negro cubierto
de escamas azuladas. Era muy parecido al dibujo del libro
\emph{Los saijits de Háreka}.
Tenía una cola como una enorme aleta plegada, dividida en tres puntas
unidas con membranas finas. Su piel estaba algo arrugada, como a falta de
agua. En cuanto a sus ojos, eran enormes, cubiertos por una fina piel
protectora. Sin embargo, en ese momento se habían reducido a unas estrechas
rendijas mientras el nurón nos detallaba con la mirada a su vez.

—Buenas noches —dijo\mbox{—.} ¿Qué desean?

El timbre de su voz me recordó un poco al arrullo de algunos pájaros de
Ató. Le dimos todos las buenas noches y Maoleth se encargó de reservar
las camas y comprar algo para la cena.

Pagamos tres kétalos por cabeza, una cantidad del todo aceptable si no
fuera porque el posadero se contentó con abrirnos una especie de gran
cuarto lleno de jergones y gente durmiendo. Olía a pescado, a barro y a
sudor y Syu enseguida frunció la nariz y se la tapó en un gesto
delicado.

\emph{«Huele demasiado a saijit»},
refunfuñó.

—El gran ahorrador tal vez esté replanteándose lo de los veintidós
kétalos —comentó Spaw, en un murmullo burlón.

Sonreímos y Askaldo nos fulminó con la mirada.

—Tres kétalos es poco, veintidós demasiado, no es mi culpa si no existen
intermedios —replicó, antes de entrar en el cuarto con paso digno.

Respetando el sueño de nuestros compañeros de habitación, nos instalamos
tan silenciosamente como pudimos en medio de la oscuridad. Syu se
acurrucó junto a mí, tapándose debajo de la manta, aunque adiviné por
sus movimientos nerviosos que no dormiría muy a gusto.

\emph{«Peores noches que esta hemos pasado»},
lo consolé, optimista.

Aun así, el gawalt no se tranquilizó y siguió dando vueltas, agitado.
Cerré los ojos pero los volví a abrir cuando una mano cogió dulcemente
mi brazo. Divisé la sonrisa de Laygra y sonreí.

—Hay que ver en qué líos te metes, hermana —murmuró.

—Lénisu me ha estado enseñando —bromeé en voz baja\mbox{—.} Por cierto, ¿dónde
están Rowsin y Azmeth?

—Los dejamos en Aefna, en casa de una parienta de Azmeth. Oh, Shaedra —musitó,
apretando mi mano con fuerza\mbox{—.} ¡Hay tantas cosas que tengo que contarte y que
me tienes que contar! Aunque supongo que tendremos tiempo para ponernos al
día. Murri me habló de la conversación que tuviste con él, ayer. No sabes lo
contenta que me puse cuando supe que tus compañeros eran amigos tuyos y no
enemigos, como pensaba al principio —soltó una risita de autoburla\mbox{—.} Antes,
estaba preocupadísima pensando que Márevor Helith había metido la pata y que
Syu no era el verdadero Syu y…

\emph{«¿Queé?»},
resopló Syu, dejando de dar vueltas.

Laygra soltó una risita al oírlo.

—Espero que no hayas comido demasiadas golosinas durante mi ausencia
—dijo mi hermana, acariciando cariñosamente la cabeza del mono.

\emph{«Bah»},
gruñó Syu.
\emph{«Un gawalt nunca come demasiado, come lo justo.»}

Sonreí y fruncí el ceño poco después.

—¿Laygra?

—¿Mm?

Mi hermana estaba ya casi durmiéndose. Entonces me dije que todas mis
preguntas podían esperar perfectamente hasta el día siguiente.

—Buenas noches —dije.

—Buenas noches, Shaedra.

\nopagebreak \bigskip {\centering{$\spadesuit$} \par} \smallskip

A la mañana, cuando el sol ya iluminaba toda la isla, salimos del albergue
después de un copioso desayuno y partimos en busca de la casa de Asbalroth
Srajel. Preguntando, la encontramos fácilmente, adosada a un gran peñón de
piedra blanca, en las afueras de la villa.

—Aún es demasiado pronto para presentarnos —meditó Askaldo.

Chayl, Spaw y yo intercambiamos miradas burlonas.

—Ayer era demasiado tarde y hoy demasiado pronto —observó Chayl\mbox{—,} a lo
mejor es que tampoco existe la justa medida para llegar a casa de
Asbalroth, ¿eh, querido primo?

Su querido primo respondió dándole un leve coscorrón.

Finalmente, nos sentamos al pie del Peñón Blanco, como lo llamaban, y me puse
a explicarles a Murri y a Laygra todo lo sucedido desde que habíamos salido de
Ató. Sin hablarles de Sredas o de demonios, les revelé que Askaldo y yo
habíamos bebido una poción de mutación y que ahora padecíamos de un equilibrio
energético desastroso que podía ir derivando y tener efectos más peligrosos.
Quedé bastante satisfecha con mi explicación y recuperé cierta confianza a los
ojos de Kwayat cuando este comprobó que mis hermanos no tenían ni idea de
demonios.

—¿Pero qué tipo de mutaciones son esas? —preguntó Murri.

Por toda respuesta, les enseñé claramente mi rostro, quitándome la ancha
capucha. Mis hermanos se quedaron un momento sin aliento al verme tan
blanca como el peñón. Murri se repuso el primero.

—Ya sabía yo que te pasaba algo raro en la piel —comentó\mbox{—.} Aunque estaba
lejos de imaginarme que fuera tu propia piel la que… Bueno —carraspeó\mbox{—.}
Es una pasada.

—Mm —reconocí, volviéndome a poner la capucha. El velo me lo había
quitado, ya que habíamos retomado nuestros atuendos de siempre y con la
capucha mi rostro quedaba lo suficientemente oculto\mbox{—.} Pero como digo, el
equilibrio energético es tan desastroso que podría tener más
consecuencias. Por eso vamos a buscar a Seyrum, el alquimista, que fue
secuestrado por Driikasinwat.

—Ah, ahí quería ir a parar yo —soltó Murri\mbox{—.} ¿Así que ese Seyrum sería
capaz de hacer una poción que equilibrase otra vez tus energías? Lo
cierto es que he oído hablar de esas pociones. Tienen un efecto parecido
al de los descargadores que había en la academia, ¿verdad? Lo que no
entiendo es por qué vais a buscar precisamente a un alquimista
secuestrado. ¿No sería más fácil encargarle eso a cualquier otro
alquimista? ¿Tan raro es ese desequilibrio energético? —inquirió,
mirándonos a todos.

—Los desequilibrios energéticos normalmente no afectan el cuerpo de esa
manera —intervino Laygra\mbox{—.} La poción que bebieron Shaedra y Askaldo debe
de ser particularmente poderosa.

—Lo era —aprobé.

—¿Y cómo así te la bebiste? —preguntó Murri, intrigado.

—¡Bah! —exclamó Maoleth\mbox{—.} Sois demasiado curiosos. Se la bebió, y punto. No
vamos a entrar en los detalles. Askaldo, ¿crees que todavía es demasiado
pronto?

—¿O demasiado tarde? —añadió Spaw con aire filosófico.

Esta vez, Askaldo resopló, divertido.

—Es exactamente el buen momento para ir a visitar al tal Asbalroth.

Antes de que este se levantase, ya estábamos todos de pie. El elfocano se
incorporó con prestancia y nos siguió tranquilamente hasta el portal de la
casa de Asbalroth. El edificio era bastante grande, rodeado de grandes setos
podados de manera impecable. Pegué un pequeño salto para ver por encima del
portal y asentí para mis adentros. La fortuna de Asbalroth debía de ser
parecida a la de Zilacam Darys.

—¿Qué has visto? —me preguntó Laygra, intentando ver, extendiendo el cuello,
sin atreverse a saltar.

—Un bonito jardín con una fuente —contesté\mbox{—.} Y también… —Se oyeron unos
ladridos cuando Kwayat agitó la campanilla del portal\mbox{—.} Hay perros —terminé
por decir.

Lieta bufó ruidosamente, con el pelo erizado. Syu sonrió, sobre mi
hombro, y Laygra puso cara preocupada, preguntándose seguramente si los
perros serían capaces de atacar a la indefensa gata…

Una mirilla se abrió en medio del portal y apareció el rostro prudente de una
joven faingal… Fruncí el ceño. ¿Pero cómo podía llegar a la altura de mis ojos
una faingal si se suponía que medían incluso menos que los hobbits?

—¿Quiénes sois? —preguntó con una voz aguda y recelosa.

—Buenos días, amable señora —contestó pausadamente Askaldo\mbox{—.} Somos amigos de
Zilacam Darys, que es a su vez amigo de Asbalroth Srajel y nos ha prometido que
en su casa recibiríamos ayuda. Yo soy Askaldo, hijo de Ashbinkhai.

La faingal agrandó levemente sus ojos rosáceos, escrutó la cara velada del
elfocano pero, lejos de ensombrecerse, su expresión se relajó.

—Enseguida os abro —declaró.

Cerró la mirilla y se oyeron ruidos detrás del portal, como si se retirase
una silla.

—¿“Amable señora”? —repitió Chayl en voz baja, con una risita incrédula.

Askaldo hizo un breve ademán.

—Los buenos modales son importantes —replicó\mbox{—.} Tal vez lo entiendas algún
día, querido primo. Algún día —repitió, con el tono de quien no tiene
muchas esperanzas.

El dedrin hizo una mueca, algo ofendido: cada vez que se echaban pullas
entre ellos, se ofendían a la mínima.

El portal se abrió y apareció la faingal, mucho más bajita, como era de
esperar, de pelo rubio casi blanco y vestida de una elegante túnica rosa que,
extrañamente, me recordó a las túnicas de Tauruith-jur. Parecía tener una
veintena de años, aunque, como solía decir Wigy, era muy difícil determinar la
edad de un faingal.

Entramos todos y en cuanto hubo cerrado otra vez el portal un par de perros
peludos vinieron a olfatearnos y Maoleth se apresuró a levantar a la drizsha,
quien seguía emitiendo en continuo un sonido gutural del que bien se hubiera
podido inspirar Frundis para alguna de sus obras más tétricas. La faingal,
tras apartar suavemente a los perros, se inclinó profundamente, realizando un
complicado gesto de manos.

—Sed bienvenidos a nuestra humilde morada —declaró, mientras yo me
preguntaba si se trataba de algún saludo de los demonios que no conocía
o de un saludo específico de Sladeyr. Nos sonrió, alegre\mbox{—.} Soy Asbi
Srajel. ¡Encantada de conocer al mismísimo hijo de Ashbinkhai! —exclamó,
muy entusiasmada.

—Y yo, de conocerte a ti, bellísima Asbi —contestó Askaldo con tono sincero.

Percibí la expresión de mofa que adoptó Chayl al oír hablar a su primo
como un cortesano de cuento. Asbi dedicó una sonrisa radiante al
elfocano velado.

—Voy a avisar a mi padre —dijo\mbox{—.} Aunque, visto cómo han ladrado los perros,
seguramente ya nos estará espiando desde su despacho. Entrad, entrad. Hace
unos días nos llegó una paloma de Zilacam Darys diciendo que vendríais. Padre
me lo dijo. ¡Yo no quería creerlo! —Sin dejar de sonreír, nos guió hasta el
vestíbulo y luego hasta el salón. La casa estaba iluminada por la luz blanca
del alba y el aire mismo parecía feérico.

Antes de que Asbi se alejara, su padre apareció en las escaleras, vestido con
una amplia túnica blanca. Apenas era más alto que su hija y su melena rubia
era igual de abundante y vaporosa. Se avanzó y levantó una mano.

—Bienvenidos a Sladeyr —pronunció, dedicándonos una leve sonrisa\mbox{—.} Habéis
hecho un largo viaje.

Tras las presentaciones y saludos, el sladeyreño nos invitó a
sentarnos y conversamos sobre nuestro viaje, sobre la vida en Sladeyr y
la vida en Ajensoldra. Asbalroth Srajel resultó ser un hombre apacible y
simpático. Hablaba pausadamente, sin exaltarse nunca. En cambio, su hija
era más movida y se levantaba cada dos minutos para traernos bandejas
llenas de roscas, pasteles, infusiones, leche caliente… Parecía
encantada de tener a tantos demonios en casa y echaba ojeadas curiosas
hacia Askaldo, tratando seguramente de adivinar qué aspecto podía tener
su rostro mutado.

Según nos contó el faingal, estos últimos años Sladeyr se había convertido en
una isla muy insegura.

—La guardia que queda en la isla está al servicio de un gobernador
corrupto que vive parapetado en su pequeño palacio —explicó
tranquilamente\mbox{—.} Hace ya varios meses que la gente de la isla se queja
de desapariciones. El gobernador no hace nada para impedirlas y parece
querer mandar su isla a un pozo negro, o al menos a su población más
humilde. Eso sí, sigue teniendo total control sobre las tierras
cultivadas de la isla.

—Y ahora intenta quedarse con todos los barcos de pesca, incluidos los
nuestros —intervino Asbi, con una mueca contrariada.

—Mm —asintió su padre, pensativo\mbox{—.} Y, para colmo, mantiene estrechas
relaciones con el Demonio del Oráculo, lo cual me viene preocupando
desde hace algún tiempo.

La tensión subió como una flecha al oírlo mencionar a Driikasinwat. Kwayat
carraspeó, elocuente, para que nuestro anfitrión entendiese que era mejor
evitar hablar de demonios. Vi pasar fugitivamente una expresión de sorpresa
por el rostro del faingal. Algo alarmada, miré discretamente a Murri y a
Laygra. Estos parecían escuchar con atención, pero en aquel instante mi
hermana se inclinó hacia mí.

—¿Quién es el Demonio del Oráculo? —me preguntó, en voz baja para no
interrumpir la conversación.

Al cruzar otra vez la mirada de mi hermana, me sentí palidecer.

—¿El Demonio del Oráculo? —solté, como recordando su pregunta\mbox{—.} Es un apodo que
le dan a Driikasinwat —expliqué, con un tono que daba a entender que no había
nada raro en apodarse Demonio de algo.

Laygra frunció el ceño pero, al menos por el momento, aceptó mi explicación
sin más preguntas. Esperé que a partir de ahí Asbalroth intentaría tener más
cuidado con sus palabras, aunque, de todas formas, parecía que a Askaldo le
traía sin cuidado lo que pudiesen averiguar o dejar de averiguar mis hermanos.
Pero, claro, no podía ser el caso de Kwayat, pensé, echando una ojeada rápida
a mi instructor.

—¿De qué tipo de relaciones estás hablando? —preguntaba en aquel momento
Maoleth, con el ceño fruncido.

—No conozco los detalles —confesó Asbalroth\mbox{—.} Pero todos los días salen
barcos llenos de comida hacia el norte. Y a cambio, llegan sacos
menos abultados pero no menos pesados.

Meditamos la información unos segundos. Entonces el faingal prosiguió:

—Ya le comuniqué a Lilirays mis sospechas, pero claro, mi sobrino tiene
otros problemas y no quiero cargarlo con este asunto más de lo
necesario. Sin embargo, temo que el Demonio del Oráculo esté rompiendo
con las reglas. Por eso me alegré cuando supe que Ashbinkhai seguía de
cerca sus actuaciones.

—Es natural —contestó Askaldo\mbox{—.} Al fin y al cabo, lo renegamos nosotros.
Según los informadores de mi padre, Driikasinwat estaría sacando una
especie de piedra preciosa muy valiosa de los fondos subterráneos de la
isla. —Enarqué una ceja: era la primera vez que Askaldo hablaba de
ello\mbox{—.} Si sólo fuera eso, no habría habido problema alguno —aseguró\mbox{—.}
Lo peor es que, al parecer, los mineros que trabajan ahí conocen la
naturaleza de Driikasinwat.

Agrandé los ojos, atónita al comprobar que Askaldo jamás había sido tan
explícito al hablar de la Isla Coja. Aunque, a decir verdad, era
consolador saber que no nos meteríamos a ciegas en aquella isla de
locos. Aun así, empezaba a darme cuenta de que Askaldo no hacía muchos
esfuerzos para que mis hermanos no me acribillasen a preguntas luego. Ya los
veía venir…

Asbalroth Srajel suspiró mientras asentía con la cabeza.

—Es alarmante —admitió\mbox{—.} Creo haber entendido que os dirigís a la Isla
Coja para salvar al alquimista Seyrum.

—Efectivamente. Ese es uno de nuestros objetivos —aprobó Askaldo\mbox{—.}
Zilacam Darys nos dijo que nos proporcionarías ayuda para llegar a la
isla.

Entorné los ojos. ¿Cómo que
\emph{“uno de nuestros objetivos”}?
¿No era el único objetivo? A parte de salvar a Aleria y a Akín, claro
está, pero dudaba mucho que se refiriese a eso.

Asbalroth había recobrado su sonrisa.

—Os ayudaré. Conozco a una marinera, muy de confianza, que conoce el
Archipiélago de las Anarfias como nadie. Ya le hablé de vuestra posible
llegada. Aceptó llevaros hasta la isla. Se llama Skoyena. La avisaré
de que habéis llegado. ¿Para cuándo queréis salir hacia la isla?

Maoleth y Kwayat se consultaron con la mirada pero fue Askaldo quien
contestó:

—Hoy mismo. Si es posible —añadió\mbox{—.} Y quisiera que nuestra partida se
realizara con total discreción. No quiero que Driikasinwat sepa nada
sobre nuestras intenciones.

Asbalroth asintió, como aprobando su decisión. La noticia, sin embargo,
había ensombrecido la expresión de Asbi. Percibí su mueca desilusionada
mientras su padre se levantaba.

—Os invito a dar un paseo por mi jardín mientras voy a ocuparme de avisar
a Skoyena. Mi hija os guiará.

Askaldo se levantó y lo imitamos prestamente.

—Será un placer ver el jardín. Y gracias por los pasteles —añadió,
inclinándose levemente hacia Asbi. La faingal sonrió y todo su rostro
volvió a parecerse al de un hada risueña.

—Seguidme, nobles amigos —nos invitó\mbox{—.} El jardín no es tan maravilloso
como el que teníamos en Mirleria, pero una ventaja es que las liwíes de
hielo crecen estupendamente.

La miré, muy sorprendida.

—¿Liwíes de hielo? —repetí\mbox{—.} Creía que aquellas flores tan sólo crecían en los
montes.

Asbi pareció alegrarse al ver mi interés.

—Es una variante de las verdaderas liwíes de hielo —explicó\mbox{—.} Pero aun
así, nadie en toda Sladeyr ha conseguido tener un jardín con tantas
liwíes como yo. Las cuido con energía esenciática.

Esta vez fue Laygra quien se interesó vivamente por el tema y salimos de
la casa conversando animadamente sobre las flores y las energías. Tan sólo
media hora después, Murri y Laygra se las arreglaron para arrastrarme sola a
algún banco del jardín. Aprovechando que nadie nos oía, me asediaron
literalmente a preguntas y yo traté de responderles de la manera más prudente
posible. ¿Quién era Askaldo? ¿Y Ashbinkhai? ¿Y qué era esa historia de poción
de mutación? ¿Acaso sabía yo más cosas sobre Driikasinwat que no les había
contado? ¿Era el Demonio del Oráculo el jefe de los Veneradores de Numren? ¿Y
quiénes eran exactamente los que me acompañaban? ¿De dónde salían? Afirmaron
que les daba la impresión de que todos eran extraños a pesar de parecer
simpáticos por fuera. Meneé la cabeza y sonreí, tras contestarles a medias
a todas sus preguntas.

—Todos son buena gente —les aseguré\mbox{—.} Lo que pasa es que… tienen otra cultura.

Mi hermano me miró con cara escéptica.

—¿Otra cultura, eh? Supongo que en esa cultura entra lo de beberse pociones
desestabilizadoras de energías, ¿no? Bah —dijo, interrumpiéndome antes de que
yo dijese nada\mbox{—.} Suponiendo que todo lo que dices es verdad, lo cual dudo,
porque se te da tan mal como a mí lo de mentir, suponiendo que es verdad
—prosiguió, mientras yo me ruborizaba\mbox{—,} lo que está claro es que Askaldo no
tiene como único objetivo el de salvar a ese alquimista. Él mismo lo ha dado a
entender. Debe de tener otra razón.

Me encogí de hombros.

—Tal vez. —Y resoplé, con una media sonrisa\mbox{—:} Pero os aseguro que su mutación
es realmente horrible. Cualquiera haría todo lo posible para intentar curarla,
te lo juro, hermano.

Mis hermanos pusieron cara pensativa pero no replicaron porque en aquel
instante Asbalroth salía a la veranda diciendo que Skoyena estaba preparando
el barco y que llegaría enseguida.

\chapter{Silbidos de pesca}
\label{s:24}
Nos despedimos de Asbi y Asbalroth con abundantes palabras y saludos antes de
encaminarnos, acompañados de Skoyena, hacia el pequeño puerto privado del
faingal. La marinera era una felrin, de pelo castaño revuelto y ojos vivos. De
cuando en cuando, al hablar, su rostro se contraía en un tic nervioso. No nos
habló mucho antes de embarcar en el velero, aunque cuando nos distanciamos de
la isla, nos contó su vida, narrando increíbles anécdotas sobre el
Archipiélago de las Anarfias. Por lo visto, había sido capitana, antes de ser
atacada por piratas y perder su nave, y se dedicaba a llevar multitud de
aventureros al archipiélago. Había recorrido la isla de los Kokbos, repleta de
orcos terribles, contemplado un dragón rojo a un metro de distancia y huido
numerosas veces de una muerte segura.

—Ahora ya soy demasiado vieja para esas andanzas —añadió, con los ojos en el
pasado y las manos sobre el timón.

—¿Vieja? No pareces tener más de sesenta años —intervino Maoleth.

Skoyena esbozó una sonrisa.

—Tengo cincuenta y ocho años. Pero la vejez no sólo se cuenta con el tiempo
—señaló\mbox{—.} De todas formas, no me arrepiento de nada.

El viaje en el pequeño velero se desarrolló tranquilamente, si se exceptuaba
el momento en que Askaldo, harto de su velo, decidió quitárselo considerando
sin duda que, de todas formas, mis hermanos y Skoyena ya se debían suponer su
aspecto. Aun así, Murri respiró ruidosamente al ver aparecer aquel rostro de
pesadillas. Laygra parpadeó unos instantes y entrecerró los ojos, pensativa.
Al de pocos minutos, le preguntó tímidamente si había probado quitarse esos
furúnculos con granos triturados de amonaleja. La mirada fulminante que le
echó el elfocano le bastó para no insistir en proponer otros remedios.

El cielo azul tan sólo era atravesado por unas nubes pasajeras y blancas como
la espuma. A medida que avanzábamos, el agua se volvía cada vez más clara y,
por la tarde, llegamos a las primeras islas del Archipiélago. Las había
diminutas como leves pañuelos de arena pero también elevadas, con montes
boscosos y oscuros. Skoyena nos las nombró y contó historias misteriosas sobre
ellas, dando tantos detalles que era imposible pensar que no hubiesen ocurrido
realmente. De cuando en cuando pasábamos cerca de unos grandes arrecifes que
se alzaban en lo alto como verdaderos torreones. En uno de esos momentos, vi
de pronto una enorme sombra alada en una de esas torres y agarré mecánicamente
el brazo de Kwayat para llamarle la atención.

—Er… ¿Kwayat? Esa cosa que volaba ahí, ¿era lo que yo creo? —musité.

Miraron todos hacia arriba y mi instructor se encogió de hombros.

—No veo nada, pero si te refieres a los dragones rojos, es probable que
vieses alguno.

—Esta región está plagada de vida —afirmó Skoyena. Apoyada en el timón,
bostezó y su expresión se contrajo en un tic nervioso\mbox{—.} Mirad, ese es el barco
de Saodún el Terrorífico.

Me giré hacia la dirección que señalaba y divisé, entre un pequeño banco de
bruma, la sombra de una enorme nave naufragada entre unos arrecifes.

—Escalofriante —reconoció Chayl.

—Te noto ligeramente aprensivo, primo —observó Askaldo con una sonrisa burlona.

Como toda respuesta, el dedrin le dio un codazo entre las costillas.

—Más vale tenerle miedo al barco de Saodún —comentó Skoyena\mbox{—.} Conocí a
un tipo que quiso ir a ver qué había dentro. Lo vi partir en una
barquita hasta ahí con mis propios ojos. Esperé durante tres días a que
saliera. Pero no volvió.

Chayl parecía todavía más aprensivo que antes, pero Askaldo, con la mirada
fija en el enorme navío sumido en la niebla, olvidó burlarse de su primo.

En ese instante se oyó un potente rugido que desgarró el aire desde las
alturas.

—Oh… —solté, mientras Syu, que había estado tranquilamente sentado sobre
mi hombro haciéndome trenzas, desaparecía rápido como un gawalt debajo
de uno de los sacos colocados a nuestros pies.

—Confiamos en ti, Skoyena —musitó Murri junto a mí, mientras oteaba,
aprensivo, buscando dragones.

—Pues no os lo recomiendo —replicó la felrin\mbox{—.} Desgraciadamente, ya me ha
pasado perder toda mi tripulación —murmuró.

Hice una mueca e intercambié una mirada alarmada con mis hermanos. El resto
del viaje, lo hicimos casi en silencio, temerosos de que algún monstruo nos
oyese. El archipiélago estaba ahora poblado de rocas por todos los lados y la
felrin pronto arrió las velas, sacó el remo y se puso a cinglar. Cuando le
propusimos ayuda, Skoyena se negó rotundamente.

—La marinera soy yo.

Así que nos dedicamos otra vez a mirar el siniestro paisaje, echando
regularmente vistazos hacia arriba. Frundis había dejado de componer para
dejarse llevar por la
\emph{“modorra marítima”},
por llamarlo de alguna manera, y ahora estaba casi tan silencioso como el
agua. Syu, mirando de reojo el cielo, resoplaba, repitiendo cada cuarto de
hora que aquello le daba muy mala espina. Y yo me agitaba, inquieta,
imaginándome a un dragón cayendo en picado hacia nosotros para carbonizarnos a
bocanadas de fuego.

Habíamos acabado sumiéndonos en la bruma que se deslizaba lentamente sobre las
enormes rocas y, al no ver nada, la tensión se acrecentó. Minutos después, la
niebla se levantó otra vez, dejando paso a un cielo totalmente azul. Ante
nosotros, había surgido una enorme roca con varios agujeros en forma de
puertas gigantes.

—Luz de Alairié —murmuró Maoleth, admirativo.

—Ya casi estamos —anunció Skoyena\mbox{—.} Estos son los Farallones de Piksia.

Dejó de cinglar y, con total naturalidad, agarró una red de pesca. La
observamos, atónitos, mientras se atareaba, echando la red al agua.

—¿Te vas a poner a pescar ahora? —preguntó Askaldo, boquiabierto.

Skoyena puso los ojos en blanco.

—Siempre se pesca cuando se llega al primer farallón —explicó.

—Oh. Entonces estupendo —contestó el elfocano, sin parecer muy
convencido\mbox{—.} Se trata de una costumbre, ¿no es así?

—No —replicó ella con brusquedad\mbox{—.} Es más que una costumbre, es un acuerdo. Se
trata de no enojar a los dragones.
\begin{center}
\includegraphics[scale=0.5]{../img/farallones-de-piksia-libro.jpg}
\end{center}

Me había adelantado hasta la proa para contemplar los Farallones de
Piksia y fui la primera en ver a la enorme criatura roja encaramada en
una de las altas rocas del peñón. Me quedé un momento paralizada, con la
impresión de haber tragado una manzana de golpe.

—¡Un dragón! —exclamó Chayl, con una vocecita temblorosa.

\emph{«Naura la Manzanona no era tan grande»},
me quejé, mientras Syu bajaba precipitadamente del mástil al que se había
subido para curiosear.

\emph{«Ese dragón no come sólo manzanas, ¿verdad?»},
preguntó el gawalt, trepando hasta mi hombro para evaluar nuestra esperanza de
vida.

Resonó otro gruñido estruendoso que me puso los pelos de punta.

—Espera un poco, dragón —gruñó entre dientes la felrin echando miradas
exasperadas hacia la criatura alada\mbox{—.} Paciencia y tendrás tus peces. Te ruego
que no me los espantes —masculló, mientras el dragón emitía un mugido
hambriento.

Enarqué una ceja y me alejé de la proa.

—¿Existe acaso algún acuerdo entre los dragones rojos y los marineros?
—pregunté, curiosa.

Skoyena tamborileaba en la borda, con la mirada fija en su red, esperando
que algún pez despistado se enmarañara en ella.

—Una vez el Consejo de Marineros de Sladeyr pasó un acuerdo con los dragones
rojos —contestó\mbox{—.} Se trata de dar una simple ofrenda para reconocer que
estamos en su territorio y que tan sólo estamos ahí por su generosidad. Lo
malo es que no todos los dragones lo respetan. Aunque por el momento nunca
he caído sobre un dragón de esos. Y ese parece bastante pacífico —comentó,
señalando con el mentón a la gran criatura roja que batía las alas y nos
observaba desde lo alto.

Askaldo dio unos pasos en el barco antes de perder el equilibrio y sentarse un
poco bruscamente en un banco, cerca de nosotras.

—Skoyena, quería preguntarte, ¿cuántos dragones crees que hay por esta zona,
además de aquel?

—Ni idea —confesó ella\mbox{—.} Pero las torres que rodean los Farallones de Piksia
son la morada favorita de los dragones así que te dejo imaginar.

El dragón rojo lanzó otro gruñido y despegó. Su brusco movimiento hizo
rodar una gran roca que acabó sepultándose en el agua en un gran
estruendo aguado. Un trueno musical me invadió la mente.

\emph{«¡Wuaw!»},
soltó Frundis, entusiasmado, despertando de golpe.
\emph{«¿Qué ha sido eso?»}

\emph{«Un dragón»},
expliqué, sintiendo que mi corazón latía a toda prisa.

La criatura se posó encima de otra roca y volvió a soltar un gruñido
parecido a un resoplido aburrido. Y tuvo que aburrirse todavía más porque
tardamos como media hora en pescar algo. Cuando Maoleth preguntó por qué no
habíamos traído un cubo lleno de peces, Skoyena arguyó que el pez tenía que
ser pescado frente al farallón.

—No se debe engañar a los dragones —afirmó, mientras esperábamos pacientemente
a que nuestra red pillase algo, bajo la mirada atenta del dragón.

Cuando, por enésima vez, Skoyena sacó la red del agua, vimos unos peces
violetas, naranjas y grises y soltamos un grito de alegría. Un rugido nos
hizo eco y nos serenamos inmediatamente.

—¿Será suficiente? —preguntó Murri, inquieto.

—Por supuesto —aseguró Skoyena\mbox{—,} tan sólo necesitamos demostrar que tenemos
buena fe. Ese dragón tiene toda la pinta de haber comido a saciedad. No tiene
hambre. Si no, no estaría aquí haciendo el vago, vigilando las Puertas de
Piksia.

—Me alegra saberlo —carraspeé\mbox{—.} ¿Y ahora cómo le damos los peces? —Observé con
aprensión los furiosos movimientos de alas de la criatura escamosa que
empezaba a bajar por la roca, como un lagarto.

Skoyena no contestó. Metió los peces vivos en un cubo, guardó la red de
pesca y retomó la espadilla. Dio varias sacudidas al agua antes de que
llegásemos al pie de la puerta natural. Una vez ahí, paró la embarcación
amarrándola prestamente a un saliente rocoso.

Por un instante, creí que iba a dejar los peces en una de las rocas
cercanas… pero no. Se metió dos dedos en la boca y sopló. Un silbido
estridente resonó por todos los Farallones de Piksia.

El dragón rugió, dejándonos a todos tiesos de terror. Y entonces hubo
otros rugidos lejanos…

—No, no, no —soltó Askaldo. Sus ojos estaban dilatados por el miedo\mbox{—.}
¿Has llamado a toda la familia?

—Es para que todos los dragones sepan que no deben comernos —explicó Skoyena
por lo bajo, con la mirada alzada. Como me encontraba en la parte de la popa,
junto a Skoyena, pude ver claramente qué estaba mirando la felrin: el dragón
rojo bajaba por la ladera de roca, a unos metros encima de nosotros, moviendo
rápidamente sus poderosos músculos y frunciendo rítmicamente sus enormes
ollares. Casi me daba la impresión de respirar su cálido aliento. Cuando
estuvo a apenas diez metros y cuando Syu y yo ya estábamos preguntándonos
cuánto tiempo nos quedaba para desmayarnos de pavor, la felrin cogió un pez y
lo tiró hacia arriba con todas sus fuerzas. El cuello del dragón se extendió y
las potentes quijadas engulleron al pez en un abrir y cerrar de ojos.

Syu soltó un jadeo tembloroso, tapándose la cara con las manos, y masculló
mentalmente:

\emph{«Y decir que, en mi otra vida, los gawalts decían que ser devorado por un
dragón era una muerte maravillosa.»}

Le di un pequeño abrazo para tranquilizarlo y eso me permitió calmarme a mí
también, aunque fuese tan sólo un poco. Skoyena arrojó otro pez, y otro… y al
fin, cuando ya no quedaron más, silbó otra vez. El dragón batió las alas y la
embarcación se movió peligrosamente por la ráfaga repentina. El casco del
velero chocó una vez contra una roca y Skoyena siseó entre dientes una
maldición. Soltó la amarra con rapidez y nos alejamos por el túnel del
farallón, dejando atrás a un dragón que se alejaba veloz en el cielo despejado
y soleado.

—Esta zona, aunque no lo parezca, es bastante tranquila —nos aseguró
Skoyena, mientras los demás respirábamos hondo, tratando de convencernos
de que no nos íbamos a morir de inmediato\mbox{—.} Tan sólo hace falta conocer
la región, porque entonces puedes estar vagando por este laberinto
durante días.

—Suerte que Askaldo tenga una brújula para indicarnos el camino —soltó Chayl
con un rictus burlón.

Su primo puso los ojos en blanco y eché un vistazo a la brújula busca-agua que
pendía de su collar de cuerda. Ladeé la cabeza, curiosa. ¿Hacia dónde
señalaría aquella brújula si se activaba, rodeados como estábamos de agua?, me
pregunté. A lo mejor estallaba o se estropeaba el mecanismo, elucubré. Desde
luego, no iba a sernos de gran ayuda para salir de aquel laberinto.

—¿Era la primera vez que veíais un dragón rojo, verdad? —preguntó Skoyena,
mientras seguía remando con más calma.

Intercambié una mirada con Kwayat y Spaw. Ambos parecían opinar lo
mismo: Naura no tenía nada que ver con los dragones rojos de las
Anarfias. Así que a la pobre la habían desterrado… Skoyena rió. Y su
rostro se contrajo.

—¡No penséis más en los dragones! Ahora pensad en lo que vais a hacer cuando
lleguéis a la Isla Coja. —Por un momento, dejó de remar. Buscó algo en su saco
y nos enseñó al fin una armónica\mbox{—.} ¿Alguien sabe tocarla?

\emph{«¡Yo!»},
intervino Frundis, con una súbita melodía de armónica.

Sonreí y pensé en Deria. Dol le había regalado el mismo instrumento hacía años
y desde entonces la drayta había intentado algunas veces enseñarme a tocarlo.
Así que, al ver que nadie se prestaba, cogí la armónica y empecé a tocar una
melodía alegre dictada por Frundis. El sonido vibrante se reverberaba entre
las rocas del laberinto de agua.

\nopagebreak \bigskip {\centering{$\spadesuit$} \par} \smallskip
—Esa… ¿es la Isla Coja? —preguntó Laygra. Nos habíamos precipitado hacia
la proa, pese a los gruñidos de Skoyena, y veíamos ahora aparecer ante
nuestros ojos una larga cinta de arena apenas iluminada por una Luna pálida y
un creciente de Vela. El resto de la isla estaba totalmente a oscuras,
probablemente cubierta de niebla.

Recordé en aquel momento unas palabras lejanas de Galgarrios:
\emph{“Han llevado a Daian a la Isla Sin Sol”}.
Esbocé una sonrisa, contemplando la isla sumida en la oscuridad de la noche. Y
pensar que yo me había reído de él aquel día… Galgarrios iba a resultar ser un
adivino.

La embarcación acabó por tocar fondo. Todos estábamos ya con los sacos a
la espalda.

—Ocultaré el barco detrás de esas dunas —nos informó Skoyena, entre las sombras
nocturnas\mbox{—.} Os repito: os dejo tres días. Como los tres días que esperé al
hombre que entró en el barco de Saodún el Terrorífico. Tres días y ninguno
más. Si no aparecéis al de tres días…

—Es que nos han capturado o peor —terminó Maoleth, poniendo los ojos en
blanco\mbox{—.} Está bien. No creo que tardemos más de tres días si todo nos sale
bien.

—Mmpf —dijo la felrin\mbox{—.} Ojalá os salga bien y saquéis a ese pobre alquimista de
ahí. Buena suerte.

Desembarcamos. Cuando aterricé en la playa, me tambaleé por el nerviosismo y
una mano firme me asió. Murri me dedicó una sonrisa que se aflojó ligeramente
al ver mi rostro de tan cerca: mi capucha se había deslizado y ahora tenía que
tener bien a la vista mi cara y mis ojos tan negros como el carbón. Era de
esperar que no se acostumbrase enseguida a un atrapa-colores, razoné. Alcé
los ojos hacia las tinieblas.

—¿Y ahora qué? —preguntó Laygra, a mi izquierda.

—Ahora —dijo la voz de Spaw\mbox{—,} vamos a ver a Driikasinwat, le decimos
amablemente que nos devuelva a Seyrum y volvemos a embarcar.

Iba a contestar que su idea me parecía brillante cuando sentí de pronto como
un relámpago atravesar mi Sreda. La mantuve a raya, sin embargo, y al de unos
segundos volvió a calmarse. Demonios, pensé, algo asustada. No era la primera
vez que me ocurría, pero aquel rayo de inestabilidad había sido
particularmente repentino y fuerte.

—Espero que tengáis un plan mejor —carraspeó Laygra, poniendo los ojos en
blanco ante la réplica de Spaw\mbox{—.} Dado que ese hombre y sus esbirros han
capturado a Aleria, Akín, Seyrum y tal vez a más personas, yo sacaría la
espada antes de que ellos la sacasen: secuestraría a un centinela, le pediría
que me revelase dónde están los prisioneros y luego lo ataría a un árbol, me
vestiría con la ropa del centinela y me metería en el antro. Así de sencillo.

Su discurso fue acogido por uno o dos segundos de silencio sorprendido.

—Buah —se rió mi protector\mbox{—,} no te ofendas, Shaedra, pero tengo la impresión de
que tu hermana está tan loca como yo. Para empezar, habla de espadas cuando no
tiene ninguna.

—Tengo una daga —repuso inmediatamente Laygra con tono digno\mbox{—.} Y sé utilizarla
mejor que tú. Crecí en las Hordas.

—¡Oh! Claro, eso lo cambia todo —resopló Spaw, burlón.

—Chss —bisbiseó Chayl\mbox{—.} Seamos más discretos. A lo mejor tienen vigías
apostados.

—Exactamente lo que necesitamos —intervine, divertida\mbox{—.} Un vigía que
secuestrar.

—Veo que mi plan no os convence —suspiró Laygra, y sonrió\mbox{—.} Ahora os
toca exponer vuestros propios planes.

—Ya tenemos un plan —terció Askaldo, reuniéndose con nosotros\mbox{—.} Os lo explicaré
en cuanto salgamos de la arena y lleguemos a la parte boscosa. Antes que nada,
quiero que me prometáis una cosa: cuando os ordene algo, me obedeceréis sin
rechistar. No quiero que nadie cometa imprudencias. Si alguien pilla a alguno
de nosotros, nuestro plan se vendrá abajo. Ante todo, discreción.

Asentimos todos, dando nuestro acuerdo.

—Adelante —soltó la voz queda de Kwayat.

Nos encaminamos hacia el interior de la isla en silencio.

Por prudencia, el mono había desechado la posibilidad de recorrer la playa
corriendo y en ese momento se dedicaba a darle pequeños toques a Frundis con
la mano para hacerlo rabiar. El bastón gruñía, amenazándolo con soltarle algún
sortilegio terrible. Reprimí una sonrisa burlona.

\emph{«Me pregunto si habrá conseguido recuperar el cofre»},
solté al de un rato, sumida en mis pensamientos.

\emph{«¿Cómo quieres que sepa de quién hablas?»},
suspiró el mono pacientemente.

\emph{«Hablo de Shelbooth»},
contesté.
\emph{«Y pensar que podría estar tranquilamente en Mirleria con su cofre,
viviendo la vida… Claro que me pregunto si realmente lo merecía»},
añadí, pensativa.

\emph{«Eso no lo sé»},
intervino Frundis con una música exasperada y exasperante.
\emph{«Syu, en cambio, merece que lo chamusque con una bola de fuego llameante.
No se hace eso de incordiar a un compositor cuando está trabajando.»}

Viendo venir una explosión musical vengativa, el gawalt recapacitó y se
apresuró a rascarle el pétalo azul con una sonrisa blanca de mono.

Llegábamos a la zona boscosa cuando oí un bufido apagado. Alcancé rápidamente
a Maoleth y entendí que Askaldo se había chocado de pleno contra un matorral.

—Esto parece estar lleno de arbustos —susurró el elfo oscuro, escudriñando la
oscuridad.

—Y que lo digas —replicó un Askaldo malhumorado\mbox{—.} Avancemos con prudencia.
Recordad lo que os enseñé en el Bosque de Hilos para no dejar demasiadas
huellas.

—Oh, sí —soltó Spaw\mbox{—.} Recuerdo tus lecciones. Aunque la de empotrarse
contra los arbustos no nos la habías enseñado todavía. Parece eficaz.

Oí el ruido de un empujón y unas risas bajas. Maoleth suspiró.

—Dejaos de bromas por el momento —nos aconsejó\mbox{—,} y avancemos.

\chapter{La Torre Negra}
\label{s:25}
\emph{“Esperadnos aquí”},
¡valientes palabras!, pensé, suspirando, mientras observaba las lejanas luces
del campamento. Kwayat, Maoleth y Askaldo se habían marchado a “explorar la
zona”. Escondidos en una cueva, llevábamos un día entero esperando a que
reapareciesen. Habíamos pensado que volverían durante la noche, pero ahora
empezaba otra vez a despuntar el alba y no había ni rastro de ellos.

Con la agilidad de una har-karista, empecé a bajar del alto árbol desde el que
había estado observando largo rato el campamento de Driikasinwat. Este último
era más grande de lo que me había imaginado. Rodeado de una empalizada, tenía
así y todo algunos edificios de piedra y hasta una enorme torre negra adosada
a una ladera rocosa. Según Askaldo, ahí era donde el demonio renegado debía de
tener preso a Seyrum. Y, según él también, tenía que haber otra entrada a esa
torre, desde las cuevas. Al parecer, alguno de los informadores de Ashbinkhai
había conseguido revelar un plano del lugar, y Askaldo había asegurado, antes
de marcharse, que sabía más o menos dónde estaban las mazmorras y las
habitaciones privadas del renegado. Me consolaba saber que Askaldo tenía una
vaga idea de dónde se metía, pero, por lo demás, veía bastante difícil la
operación. Merodear por la isla sin ser vistos era una ardua tarea, pero
meterse en el territorio de esos Droskyns, como los llamaban los isleños, y
salvar a Seyrum, a Aleria y a Akín… Hice una mueca mientras me dejaba caer al
suelo y me envolvía con las armonías. Tal vez fuese porque mi Sreda empezaba a
alocarse, afectando cruelmente mi estado de ánimo, pero mis esperanzas eran
más bien reducidas. Pero qué diablos, había que intentarlo. Pestañeé para
apartar el velo oscuro que volvía a formarse en mis ojos. Mis cegueras
momentáneas empezaban a ser más que molestas.

—¿Alguna novedad? —me preguntó Spaw, recostado contra un árbol, con las
manos detrás de la cabeza. Pese a su aire comúnmente desenfadado, se
tomaba su trabajo de protector en serio y se había empeñado en
acompañarme durante mi operación de reconocimiento.

—Está amaneciendo —dije simplemente.

—Ya, eso también se ve desde el suelo —sonrió el demonio\mbox{—.} En fin —prosiguió,
levantándose\mbox{—,} ya va siendo hora de empezar a buscar a nuestros desaparecidos.

Enarqué una ceja.

—¿Vamos a buscarlos en pleno día?

—En las cuevas, no hay sol —replicó Spaw\mbox{—.} Y para llegar hasta la cueva
por donde han pasado, podemos esperar a que venga la niebla.

Asentí, pensativa. El día anterior, una niebla espesa se había instalado
a media mañana y no había vuelto a levantarse hasta la tarde. Cabía
esperar que el fenómeno sucedía todos los días.

Oí un crujido de ramas… Syu surgió de un árbol, aterrizó con la elegancia de
un gawalt y se dirigió hacia mí a todo correr. Su expresión enseguida me
alarmó.

\emph{«¡Saijits!»},
anunció.
\emph{«Hay saijits que se acercan a nuestra cueva. Bueno, a estas alturas, ya habrán
llegado»},
agregó.

—¿Le ha picado una mosca? —inquirió Spaw, viendo que el mono se empotraba casi
contra mí antes de trepar hasta mi hombro.

Hice un gesto para que bajase la voz.

—Saijits —expliqué\mbox{—.} Nos han pillado. O al menos están pasando muy cerca
de la cueva. No creo que sea casualidad.

Spaw había fruncido el ceño.

—Regresemos —declaró.

Avanzamos prudentemente por el bosque denso hasta nuestro refugio. ¿Y si eran
los Droskyns?, me pregunté, inquieta. ¿Y quién, si no? ¿Podía ser que Maoleth,
Kwayat y Askaldo hubiesen sido capturados y que sus secuestradores los
hubiesen torturado hasta que revelasen dónde estábamos? Me mordí el labio
demasiado bruscamente e hice una mueca de dolor.

\emph{«¿Qué aspecto tenían esos saijits?»},
le pregunté al mono.

\emph{«No muy bueno»},
contestó Syu.
\emph{«Tenían de esas cosas cortantes que brillan. Espadas»},
añadió, acordándose de la palabra.
\emph{«Y uno de ellos tenía una red como la de Skoyena. O más bien como la que nos
arrojaron los cazademonios, en Aefna.»}

Oí de pronto unos gritos y nos detuvimos en seco. Frundis soltó una nota
interrogante, como intrigado por aquel tono nuevo en medio de los serenos
sonidos de la mañana.

\emph{«Ya veo»},
contesté.

Tomé una honda inspiración para calmarme. Spaw avanzaba ahora con muchísima
más cautela y lo seguí, reforzando mis sombras armónicas.

Empezamos casi inmediatamente a oír unos pasos precipitados y ruidosos que se
dirigían directamente hacia nosotros.

—¡Brujería! —ladraba una voz amedrentada y sin aliento.

Nos tiramos detrás de un tronco caído. Apenas unos segundos más tarde vimos
aparecer a un gran orco armado de una cimitarra que pasó a unos escasos metros
de nosotros sin vernos y desapareció cuesta abajo entre la maleza y los
árboles. Más lejos, se oían otros ruidos de pasos a la carrera. Todo aquello
era muy extraño…

Cuando llegamos al fin ante la cueva, entendí qué había ahuyentado a los
esbirros de Driikasinwat: del agujero emanaba un humo negro compacto que iba
adoptando alternadamente la forma de un lobo enorme y de un monstruo parecido
a un golem de sombras. Y, por lo visto, todos los enemigos habían huido
despavoridos.

Una voz de ultratumba resonó y me paré a medio camino en la cuesta que
llevaba a la cueva, lista para dar media vuelta y echar a correr.

—¿Qué ha sido eso? —preguntó Spaw, deteniéndose también.

—Er…

Una terrible carcajada malévola retumbó entre la roca, cortándome la
respiración. La carcajada se transformó rápidamente en una risita divertida y,
de las sombras espesas, salió mi hermana dando brincos alegres. Nos dedicó
una sonrisa traviesa y soltó un gruñido que bien hubiera podido emitir algún
enorme monstruo de tres cabezas.

—¡Ha funcionado! —exclamó entonces la voz entusiasta de Chayl. El dedrin surgió
de entre las tinieblas, haciendo molinetes desenfadados con su varita de
sombras. Murri lo seguía, tendiendo las manos a tientas. Percibí el suspiro
aliviado de Spaw.

—¡Ja! ¿Como que no somos capaces de defendernos, eh? —soltó Laygra, muy
satisfecha.

Resoplé, riéndome.

—No ha estado mal —reconocí.

Murri, ahora con las manos en los bolsillos, puso los ojos en blanco.

—Nos hemos librado de la avanzadilla. Propongo que nos larguemos de aquí antes
de que lleguen los refuerzos.

Asentimos, recogimos nuestros sacos prestamente y nos alejamos todo lo posible
de la cueva aun sabiendo que, de esta manera, Askaldo, Maoleth y Kwayat lo
iban a tener difícil para reencontrarnos si regresaban… Pero lo cierto era que
todos, interiormente, pensábamos que no volverían. Tratando de no interrogarme
sobre las razones que habían empujado a esa
\emph{“avanzadilla”}
a presentarse ante nuestra cueva, me dediqué a abrir la marcha junto a Spaw,
dirigiéndonos hacia el norte. Mis hermanos, que tantos años habían estado en
la academia de Dathrun, no parecían haber olvidado la vida salvaje de su
infancia y caminaban silenciosamente detrás de nosotros. Chayl cerraba la
marcha, varita en mano.

Bajamos la vertiente del monte hasta una especie de collado, donde los
troncos, cada vez más próximos, formaban un verdadero laberinto de túneles de
madera. Ya habíamos pasado por aquí el primer día, o por un sitio muy
parecido, pero en el otro sentido. Ahora teníamos que encontrar un camino que
nos llevase hacia el otro monte de la isla. Cuando nos hubimos metido en el
laberinto boscoso, solté a Frundis de la espalda para evitar que se chocara
contra las numerosas ramas bajas. El bastón me lo agradeció entonando una
alegre canción de Ató que yo conocía de memoria por haberla escuchado mil
veces en el
\emph{Ciervo alado}.
Al percibir la sonrisa burlona de Spaw, me fijé en que mecía la cabeza al son
de la música y carraspeé con una mueca cómica.

Estábamos saliendo al fin del intrincado bosque cuando, entre la bruma
que había empezado a flotar en el ambiente, distinguimos a tres
siluetas. Solté un suspiro de alivio. Eran Kwayat, Maoleth y Askaldo.

—¡Ahí están! —soltó uno de ellos, avanzando hacia nosotros.

—Ya era hora —gruñó Spaw, mientras nos precipitábamos hacia ellos.

Una leve brisa disipó un poco la bruma y nos paramos en seco. No eran Kwayat,
Maoleth y Askaldo, sino un par de orcos feos con un humano encapuchado. Éste
nos apuntaba con un arco y los otros dos con enormes ballestas.

—¡Por las barbas de Trah! —exclamó el templario, con una mueca dolorida\mbox{—.}
¡Corred!

—No os lo recomiendo —bramó uno de los orcos, avanzándose. En sus ojos,
por un instante, brilló un destello rojizo. Detrás de él fueron surgiendo
otras siluetas en la bruma. Percibí la luz metálica de una espada. Inspiré
hondo, tratando de calmarme como me lo había enseñado Kwayat. No debían
capturarnos, pensé con fuerza. Y, discretamente, moví una mano hacia mi
cinturón. Resonó una pequeña detonación. Una humareda espesa y opaca
surgió de la nada, seguida por gruñidos de sorpresa. Yo misma me quedé
impresionada por la eficacia de los granos de humo que me había dado Ahishu.
La nube grisácea fue a mezclarse rápidamente con la esfera de sombras que
acababa de invocar Chayl. Entrecerré los ojos, agachándome prestamente para
evitar cualquier posible virote o flecha.

Aún era tiempo de salvarse.

Eché a correr como un relámpago por la vertiente y me adentré veloz como el
Trueno en el bosque más cercano. Ojalá los demás corriesen tan rápido como yo.

\nopagebreak \bigskip {\centering{$\spadesuit$} \par} \smallskip

\emph{«¿Y ahora qué?»},
pregunté, haciéndome las garras en la rama en la que estaba sentada.

Syu y yo habíamos subido hasta la cima de un árbol, elegido al azar entre
tantos como refugio. Y hacía ya como una hora que agudizábamos el oído, al
acecho del más mínimo ruido de pasos. Todo indicaba que ya se habían marchado.
Más que tranquilizarme, eso me preocupaba. ¿Y si los Droskyns habían
conseguido capturar a uno de mis compañeros? ¿Y si los habían capturado a
todos? ¿Qué destino les reservarían? Me estremecía nada más pensar en una
posible respuesta. Suspiré, retirando las garras del pobre árbol. Nuestra
intención de pasar desapercibidos había fracasado completamente.

\emph{«Hay que hacer algo»},
dije, contestándome a mí misma.

\emph{«Me parece una buena idea»},
respondió Syu con seriedad.
\emph{«¿Qué tal si vamos a buscar a los demás? A menos que prefieras echar otra
carrera»},
añadió.

\emph{«Me temo que no será la última carrera del día, Syu»},
suspiré, antes de deslizarme entre las ramas, hacia el suelo.

Aterricé silenciosamente, envolviéndome en una esfera oscura y verdosa
parecida a los colores de mi entorno. No debía de estar muy lejos de la
cueva que había mencionado Askaldo. Al parecer, se trataba de una entrada
secreta que había descubierto un agente de Ashbinkhai en la isla. Mientras
trataba de convencerme de que todo podía aún arreglarse, avanzaba recorriendo
rápidamente el terreno boscoso y empinado. Al cabo, el bosque desaparecía,
dejando paso a un paisaje con arbustos y rocas. Sin salir del bosque, fui
bordeando la zona despejada, buscando algún resquicio entre la roca de la
montaña.

Lo que acabé por encontrar no fue la entrada secreta, sino una cueva enorme
cerrada con un gran muro de madera. La puerta estaba abierta y, frente a ella,
sentada en una roca, una alta silueta afilaba su hacha, echando de cuando en
cuando miradas aburridas a su alrededor.

\emph{«Si no encontramos la entrada de la otra cueva, podremos pasar por esa puerta»},
sugerí.

El mono no pareció alegrarle la idea.

\emph{«¿No es algo arriesgado?»}

Sonreí a medias.

\emph{«Si prefieres quedarte fuera y esperarme…»}

El gawalt gruñó.

\emph{«Buah. Un gawalt es prudente, pero también solidario.»}

Sonriente, seguí mi exploración, dirigiéndome hacia el oeste. La tierra estaba
húmeda y trataba de no dejar demasiadas huellas, saltando de rama en rama
cuando podía. Estaba recorriendo los árboles cuando, de pronto, distinguí una
luz intensa y el ancho mar azul que centelleaba a lo lejos. El bosque se detenía
bruscamente, dando paso a un enorme barranco desde el que se veía toda la
parte oeste de la isla. Sólo entonces me di cuenta de que había estado
subiendo la montaña hasta tal punto que el precipicio ante el que me
encontraba se situaba exactamente encima del campamento de los Droskyns.

Aterricé en el suelo con un salto y me agaché, avanzando prudente y
sigilosamente hacia el borde. Syu se quedó solidariamente detrás porque tanta
altura le provocaba mareo. Cuando estuve a apenas a unos centímetros del
vacío, me paré y me dediqué a contemplar la impresionante vista. A lo lejos,
se extendía el mar, poblado de islas. Y más allá, creí hasta adivinar las
formas vagas del continente. Bajé la mirada hacia el campamento. Era más
pequeño de lo que me había parecido viéndolo desde abajo. Había poco
movimiento entre las calles desordenadas. Se veían casas y grandes edificios
que semejaban almacenes. Dispuestas a igual distancia en el círculo del
campamento, destacaban las tres torres. La torre negra, la más alta, estaba
muy cerca de la roca de la montaña. Dos arcos grandes y superpuestos, como
contrafuertes, partían de la torre y se alzaban hasta tocar el monte, como
para sostenerlo.

Estuve a punto de hacer rodar una piedra al vacío y extendí una mano rápida
para agarrarla. Me alejé del borde con prudencia y me acurruqué contra un
árbol, meditando mis soluciones y jugueteando distraídamente con la piedra.
Frundis canturreaba por lo bajo, componiendo una canción, y Syu fisgoneaba por
los alrededores. Un plan iba emergiendo poco a poco en mi mente.

A estas alturas, lo más probable era que todos los Droskyns supieran que había
extranjeros en su isla. Todas las entradas a los túneles debían estar
vigiladas. Según Askaldo, las mazmorras se situaban en el interior de la
montaña, cerca de la torre negra, aunque aseguraba que Seyrum estaba encerrado
en una habitación de esta torre. Aleria y Akín tal vez se encontraban a una
centena de metros debajo de mí. Con este pensamiento inquietante y
reconfortante a la vez, me levanté de un bote y rebusqué en mi saco. Syu
regresó y me observó con curiosidad coger la cuerda élfica de Dol.

\emph{«¿Qué vas a hacer?»},
me preguntó.

Yo ya estaba plegando la cuerda alrededor de mi antebrazo.

\emph{«Por el momento, voy a contar los metros que hace esta cuerda»},
expliqué.

El mono gawalt ladeó la cabeza pero no comentó nada y se sentó cómodamente en
una raíz, bostezando, mientras yo contaba. La cuerda era tan fina que me
inspiraba cierta aprensión utilizarla, pero, al fin y al cabo, todos mis
compañeros demonios habían cruzado el Trueno sin problemas. La cuerda de ithil
era más resistente que una telaraña de narkog, me dije para tranquilizarme.

\emph{«Cincuenta metros»},
anuncié.
\emph{«Creo que será suficiente. Creo»},
repetí, visualizándome el precipicio y la torre negra.

Syu, obviamente, no había entendido mis intenciones. Se rascó su pequeña
cabeza, confuso.

\emph{«¿Suficiente para qué?»}

\emph{«Para bajar el precipicio»},
contesté.
\emph{«Hay un arco superior que parte de la torre y se mete en la montaña. Puedo
bajar hasta ahí y luego bajar por el arco… hasta la torre»},
acabé por explicar.

Era un plan arriesgado, admití para mis adentros. Pero era la mejor y única
idea que se me había ocurrido. El mono gawalt me contemplaba de hito en hito,
atónito.

\emph{«Pero… ¿bajar el precipicio?»},
repitió.
\emph{«¿Con una cuerda? Yo… No»},
gruñó.
\emph{«Eso no. Los gawalts subimos y bajamos árboles, no montañas.»}

Me encogí de hombros y le dediqué una sonrisilla.

\emph{«Shakel Borris hace algo parecido cuando sube a la Islamontaña para
salvar a la princesa Zamabela.»}

Syu resopló ruidosamente.

\emph{«No vamos a subir, sino a bajar»},
replicó.

Mi sonrisa se ensanchó.

\emph{«Ya sabía yo que te parecería una buena idea. Esperaremos hasta la noche. No
vaya a ser que nos vean. ¿Qué te parece si comemos algo?»},
añadí, dejando la cuerda a un lado y sacando la poca comida que tenía en mi
saco.

Syu suspiró pero evitó comentar nada y atrapó ágilmente el pedazo de pan que
le tiraba. Yo me quedé con una parte más generosa, sabiendo que yo era una
ternian y él un gawalt, y me quedé también con el queso: a Syu siempre le
había repugnado.

A la tarde, estuve observando el precipicio, buscando la mejor rama donde
atar la cuerda para bajar hasta el contrafuerte de la torre. Finalmente, me
decidí por la rama de un roble robusto y até la cuerda élfica lo mejor que
pude. No teniendo nada más que hacer, le propuse a Syu echar una partida de
cartas y jugamos al kiengó y al arao hasta que la escasa luz nos impidiese
divisar bien las cartas. Estábamos en la última partida cuando una ráfaga de
viento se llevó la mitad de las cartas. Me quedé un momento aterrada,
preguntándome adónde habrían ido, si entre los árboles o hacia el campamento.
Qué idiota, lamenté, guardando apresuradamente las cartas que nos quedaban.

\emph{«Es un augurio»},
bromeó Syu.

Sin embargo, cuando me levanté con la intención de acercarme al roble con la
cuerda, el mono perdió todas las ganas de bromear. Me puse a Frundis a la
espalda, metí mi saco poco abultado debajo de la capa y tendí la mano hacia
la oscuridad. Ahí estaba la cuerda. Tan fina…, me repetí. Me la pasé a la
cintura y alrededor de las piernas, haciendo mil nudos.

Allá abajo, en el campamento, se habían encendido las luces y creí distinguir
entre el silencio de la noche una melodía lejana de cantos. El cielo ahora
estaba oscuro como la tinta de Inán. La Luna y la Vela aún no habían salido.

Di un paso hacia delante tratando de adivinar dónde empezaba el vacío. Cuando
lo encontré, me invadió un temor indecible. Traté de sobreponerme e inspiré
hondo.

\emph{«¿Listo?»},
le pregunté a Syu.

El mono se colocó sobre mi hombro y yo me mordí el labio, indecisa.

\emph{«¿Seguro que quieres venir?»},
insistí vacilante.
\emph{«Puede ser peligroso. Tal vez deberías…»}

El gruñido del mono me interrumpió.

\emph{«Tú ocúpate de bajar con cuidado. Los gawalts no somos cobardes.»}

\emph{«No es ser cobarde no querer bajar por un precipicio de no sé cuántos metros»},
le aseguré.
\emph{«Es más bien una prueba de sentido común.»}

El gawalt se encogió de hombros, como diciéndome que eso ya me lo había
explicado en su momento. Unas lejanas palabras de
Syu me volvieron en mente.
\emph{“Un verdadero mono gawalt actúa bien y rápido y no se atormenta con lo que no
puede hacer.”}
Entonces resolví no pensar. Le di la espalda al campamento y me agarré con
fuerza a la cuerda.

\emph{«¡Asbarl!»},
lancé, mientras soltaba poco a poco la cuerda de ithil. Temblando, Syu se
escondió debajo de mi capucha.

\emph{«Con cuidado»},
me repitió.

\chapter{Caos en la sombra}
\label{s:26}
Respirando ruidosamente, me agarraba a las piedras como un verdadero lagarto,
aflojando poco a poco la cuerda para seguir bajando. Mis garras resbalaron al
menos tres veces durante la bajada, pero siempre recobré fácilmente el
equilibrio, aferrada a alguna piedra sólida. Syu resoplaba cada vez que bajaba
demasiado rápido.

\emph{«Paciencia»},
me recordó, temiendo que resbalase y me empotrase brutalmente contra el
acantilado. Poco después tuve que recordarle yo misma que tuviese paciencia
al sentir que temblaba y me estiraba el pelo, ensañándose en él como para
huir del miedo.

Cuando, al fin, llegué a posar los pies sobre el primer arco, me quedaban
apenas unos metros de cuerda.

Me senté o más bien me desplomé sobre el ancho arco de piedra, tratando de
recuperar el aliento. Mientras la tensión de la bajada se diluía poco a poco,
observé, distraída, que lucían muchas estrellas en el cielo. Resoplé otra vez,
tratando de no pensar en lo que había hecho y al cabo puse los ojos en blanco.
Acababa de empezar el rescate y ya estaba temblando de miedo, me burlé,
irónica.

Eché un vistazo prudente hacia la torre. La punta estaba más o menos a la
altura de mis ojos. Unos pisos más abajo, se veía por una ventana una
habitación iluminada. Miré más atentamente, pero no alcancé a ver ningún
movimiento. Aun así, supe que a estas horas la mayoría de los habitantes de
aquel campamento aún estarían despiertos. Lo atestaban los cantos que se oían,
más abajo. Tal vez tendría que esperar más tiempo, cavilé.

En ese instante, mi mano tocó algo fino que se deslizó en la piedra.

\emph{«Una carta»},
dije, cogiéndola y echándole un vistazo. No se veía nada, pero aun así la
reconocí por el pequeño corte que tenía en una esquina. El juego de cartas era
de Spaw y a menudo me había preguntado cuántas veces había hecho trampas con
ellas.
\emph{«La llave de oro»},
le anuncié a Syu. La llave de oro era uno de los mejores triunfos del kiengó.
Ojalá todo se arreglase con una llave en la vida real, añadí mentalmente,
mientras guardaba la carta.

Me interesé por el arco. Ancho y grueso como un puente, liso como una baldosa,
descendía de manera cada vez más notable a medida que se acercaba a la torre.
Medité un momento y tomé una decisión. De nada servía esperar más si habían
capturado a mis compañeros. Si era lo suficientemente discreta, no
resbalaba hacia el vacío y llegaba sana y salva hasta la torre, aún podíamos
salir todos de aquella maldita isla con vida. Así que empecé a deshacer los
nudos que me ataban a la cuerda élfica. Una vez liberada, me fui deslizando
poco a poco por el arco, con las garras sacadas.

Al principio avanzaba lentamente, pero, al inclinarse el arco, empecé a
resbalar y usar mis garras para frenar mi caída. El chirrido resultante resonó
desagradablemente en mi oído y Syu se tapó las orejas con una mueca
descontenta. Mi caída se fue haciendo cada vez más veloz y recé a los dioses,
suplicándoles que no me tirasen por encima del arco. Poco después, me empotré
contra la roca de la torre y solté un gemido de dolor que acallé casi
inmediatamente, deseando con fervor que nadie me hubiese oído.

Me levanté con cuidado y busqué la ventana más cercana. Había una a mi
derecha, a poca distancia, y otra encima, a unos cuatro metros. Decidí que la
de encima era la más segura. De esa manera, si perdía el equilibrio, al menos
me quedaba una posibilidad de sobrevivir si recaía sobre el arco. Además,
aquella ventana estaba a oscuras, lo que significaba probablemente que no
habría nadie detrás. O al menos nadie despierto, rectifiqué.

Cuando vi que la torre estaba construida con rocas llenas de irregularidades,
sentí mis esperanzas subir como una flecha aunque no dejé por ello de ser
menos precavida y me envolví con armonías de silencio. Llegué al borde de la
ventana con agilidad y, evitando a toda costa mirar hacia abajo, me senté
sobre la piedra y me concentré para absorber todas las ondas de ruido. Ojalá
hubiese estado Murri ahí para lanzar su sortilegio de silencio, pensé. Al de
cinco minutos, decidí que mi sortilegio estaba lo suficientemente bien aun
sabiendo que no era cierto y di un puñetazo contra el cristal. Resonó un
restallido y me hice daño pese al guante, pero la ventana tenía ahora un ancho
agujero. Metí la mano por dentro, esperándome que apareciese alguna sombra
por detrás de las cortinas para tirarme hacia el vacío… Pero no: conseguí
abrir la ventana y me deslicé en el interior temblando de pies a cabeza.

Todo estaba más oscuro que la boca de un dragón. Me aparté enseguida de la
ventana y me sumí entre tinieblas armónicas, por si acaso. Esperé un momento,
agudizando el oído, y afortunadamente: al de un minuto, oí un ronquido
ruidoso y el sonido de alguien moviéndose sobre un colchón. Me quedé
paralizada, preguntándome si aquel ronquido realmente era de alguien o de
algún perro enorme… Me sobresalté al oír otro ronquido y meneé la cabeza.
Tenía que ser un saijit. Ningún otro animal era capaz de seguir durmiendo
después de que un intruso hubiese reventado su ventana y entrado en su cuarto.

Con paciencia, traté de soltar un sortilegio de reconocimiento, pero el
perceptismo nunca se me había dado bien. Tan sólo conseguí percibir unos
detalles: delante de mí estaba la cama y a mi derecha un bulto enorme que
tenía toda la pinta de ser un armario. Ni idea de dónde estaba la puerta.

Con un suspiro inaudible, creé una pequeña esfera armónica y entonces vi
unos juguetes tirados en el suelo. Volvieron a oírse ruidos de mantas y
sábanas en la parte oscura de la habitación y resonó otro ronquido. La puerta
estaba del otro lado. Con precaución, me aproximé a ella evitando los objetos
del suelo. Estaba a dos metros de ella cuando choqué contra un saco que emitió
un silbido extraño. Disminuí la luz de mi esfera. Esperé unos segundos. Pero
el saijit seguía roncando.

Di la vuelta al pomo de la puerta… Cerrada. Enseguida pensé en la sangre de
hidra que guardaba en una de las bolsitas de Ahishu, pero no había cerradura
en la puerta: estaba bloqueada desde el exterior. Eso me llevó a otro
pensamiento que me dejó suspensa un rato. Si la puerta estaba cerrada desde
fuera, eso significaba que el que dormía en aquella habitación… Me giré hacia
el sonido de los ronquidos. Era un prisionero, deduje.

Intensifiqué la luz armónica y esta me enseñó una habitación lujosa, con un
armario de madera de tránmur y unos baldaquines con una tela gruesa y roja que
me impedía ver al durmiente. Asegurándome de que seguía roncando, aparté la
cortina.

\emph{«Duerme como un oso lebrín»},
sonrió Syu, mientras andaba encima de la cama.

Era un saijit viejo, un humano, de pelo gris claro y con cicatrices en la
cara. Indudablemente, era un demonio: sobre sus cicatrices, se veían
claramente sus marcas negras e incluso tenía una piel anormalmente brillante.
Recordé entonces unas palabras de Ashbinkhai:
\emph{“También secuestró a un anciano que vivía en un pueblo cerca de Mirleria hace
dos años”}.
Tal vez se tratase de ese viejo alquimista capturado por Driikasinwat,
razoné.

Tenía los ojos rojos.

Cuando me percaté de mi error, deshice mi esfera de luz y me aparté
precipitadamente de la cama, seguida de Syu. Percibí un ruido gutural y de
pronto un grito estridente que me dejó petrificada:

—¡Guardias! ¡Un asesino! ¡Guardias!

Gruñí y me abalancé sobre la cama.

—Vengo a salvarte —siseé.

Oí un ruido metálico y retrocedí, preparándome para utilizar el polvo de
sueño: si aquel anciano no se callaba, no había otra solución que devolverlo a
un sueño apacible. Bañé otra vez de luz la habitación y vi al anciano, de pie
sobre la cama, con una barra de metal en la mano. Daba golpes contra las
cortinas como para amedrentarme.

—Cálmate, buen hombre —le dije con paciencia\mbox{—.} Vengo a salvarte —le repetí.

—¿Salvarme? ¿Yo te he pedido acaso que vengas a salvarme? —El anciano me
señaló con su barra de metal\mbox{—.} Márchate. Eres un demonio. Márchate.

Lo observé atónita, no tanto por su reacción, sino por el tono repulsivo que
había empleado al utilizar la palabra “demonio”. Nos contemplamos durante unos
segundos, pero a mí me parecieron horas.

—No deberías estar despierto —apunté al fin.

Tomé impulso y le lancé en plena cara una buena dosis de polvo de sueño. Me
retiré antes de que su barra de metal me alcanzase.

—Malditos… demonios —pronunció el anciano, desplomándose sobre su cama.

—Volveré a salvarte tal vez en otra ocasión —le prometí.

El alquimista me miró con ojos acusadores antes de sumirse en un sueño
profundo. Con dulzura, le quité la barra de metal de las manos y volví a
cubrirlo con las mantas. Precisamente en ese instante oí un ruido detrás de la
puerta y pegué un salto instintivo para esconderme. Mi esfera de luz
desapareció en un abrir y cerrar de ojos.

La puerta se entornó y entró una elfa con una linterna en la mano. Todo su
rostro reflejaba preocupación.

—¿Abuelo? —preguntó en voz baja\mbox{—.} ¿Has dicho algo?

Como no recibía respuesta, dejó la linterna sobre la mesilla, apartó las
cortinas de la cama y se sentó para comprobar que el anciano estuviese bien.
Se inclinó para besar su frente. Respiró. Frunció el ceño. Tocó con un dedo
el polvillo blanco que cubría aún el rostro del viejo… Vi su expresión
alarmada y me preguntaba si le daría tiempo a correr y llamar a la guardia
cuando la elfa cayó de bruces, dormida, junto al humano.

Resoplé, incrédula. ¿Cómo demonios Ahishu había conseguido ese producto tan
maravilloso?

Sonriente, apagué la linterna, pasé por la puerta y la cerré, volviendo a
poner la tranca por si las moscas. El pasillo estaba a oscuras, con la
excepción de una antorcha que iluminaba los peldaños de unas escaleras que
subían y bajaban. Me detuve a unos metros, sumida en las sombras y en mis
pensamientos. Si el viejo alquimista estaba en este piso, pensé, ¿por qué no
lo estaría Seyrum?

Me dispuse a buscarlo y empecé a abrir todas las puertas con extrema
discreción. La mayoría de las habitaciones estaban vacías, pero no todas. En
una vi a un niño pequeño durmiendo plácidamente. Eso explicaba los juguetes de
la habitación del anciano. En otra vi a un hombre sentado y dormido en su
butaca con una pila de papeles en sus rodillas y una linterna semi apagada en
su escritorio. Empezaba a decirme que estaba arriesgándome para nada,
convencida de que ya no encontraría a Seyrum, cuando topé con una puerta
cerrada. Sonreí y saqué una pizca de sangre seca de hidra y la introduje en la
cerradura. Como no me quedaba agua en la cantimplora, solté saliva y esperé
a ver los efectos: el metal se deformó casi enseguida y, al de un minuto,
cuando empujé la puerta, apenas tuve que forcejear para que se abriese.

La sala que se escondía detrás no era un dormitorio. Estaba llena de enormes
figuras de cristal de colores azules y verdes. Di un paso cauteloso hacia
adelante. Reinaba una luz fría e inquietante. Cuando vi mi reflejo en el
vidrio, mi sortilegio armónico se deshilachó y decidí que ya era hora de dar
media vuelta… Entonces oí un murmullo distante, como un leve burbujeo, que me
intrigó.

Volví a envolverme en armonías y, procurando no mirar mi reflejo, avancé
entre las extrañas figuras. Cuando llegué al fondo de la sala, vi algo que me
desgarró el alma: hecho un ovillo, dentro de un cubo traslúcido, había una
silueta esquelética y temblorosa. El murmullo no provenía de aquella escuálida
forma, sino de una especie de ave negra y horrible que acababa de batir las
alas y observaba a su futura presa en silencio desde lo alto de un unicornio
de vidrio azul.

Titubeante, fui acercándome a la criatura acurrucada que se balanceaba al son
de una música interna. Tendí la mano hacia el vidrio que nos separaba y caí de
rodillas con las lágrimas en los ojos.

—¿Akín? —sollocé.

El elfo oscuro levantó levemente la cabeza y sus ojos rojos se clavaron en los
míos. Pero siguió balanceándose rítmicamente, sin reconocerme.

\chapter{La llamada de la muerte}
\label{s:27}
—Venga, ayúdame un poco —gruñí, mientras avanzábamos a pasos de tortuga
iskamangresa. Akín arrastraba los pies y se tambaleaba cada dos segundos:
estaba muy débil y una parte de mí, viéndolo así destrozado, se paralizaba de
terror. Pero no podía dejarme dominar por el miedo. No ahora.

Llevándolo casi en vilo por los pasillos desiertos, tenía la terrible
impresión de que no íbamos a conseguir salir de la torre vivos. El cuervo,
negro como nuestro futuro, nos seguía, batiendo las alas en silencio.

Cuando empecé a oír clamor en las escaleras, me detuve en seco, con los ojos
muy agrandados.

—Oh no —dejé escapar, aterrada\mbox{—.} Ya vienen.

Habíamos bajado un piso, y hasta habíamos conseguido pasar desapercibidos
delante de un par de guardias, pero pronto entendí que para encontrar a Aleria
en ese mar de puertas iba a necesitar otro golpe de suerte. Por no comentar
que tal vez ni siquiera consiguiese salvar a Akín: aún quedaban demasiadas
plantas para llegar hasta abajo y no era concebible subir por la cuerda élfica
con Akín.

Empujé a mi amigo detrás de una figura de piedra que representaba el cuerpo de
una diosa sharbí. Los ruidos se acercaban. Y ese maldito cuervo acababa de
posarse sobre la cabeza de la diosa. Me entraron ganas de soltarle un
relámpago fulminante pero me contenté con espantarlo con Frundis. ¡Que se
encontrase otra presa que Akín!

—Deja en paz a mi amigo —siseé, viendo que el ave insistía en quedarse junto
a nosotros.

Una luz fulgente comenzó a invadir el pasillo y dejé de preocuparme por el
cuervo.

Entonces se empezaron a oír choques de espadas y gritos.

—¡Por Numren! —gritaba uno, en medio del alboroto que se estaba formando.

—¡Vete al infierno! —exclamaba otro.

Ocultándome lo mejor que podía, eché un vistazo por encima del pedestal para
ver pasar corriendo a unos saijits armados. Minutos después, justo
delante de la estatua, dos elfos oscuros se enzarzaron en una pelea. El más
alto llevaba una enorme pica mientras que su adversario, vestido con una cota
de malla, manejaba una espada demasiado pesada. Este último no duró mucho.
Realizó un ataque demasiado lento y el de la pica lo atravesó violentamente
con su arma, como si hubiese estado cavando roca. Me tapé la boca con las
manos horrorizada al ver caer al adversario, muerto. Akín seguía
balanceándose, inconsciente de todo lo que ocurría a su alrededor. ¿Qué le
habrían hecho?, me pregunté pasándome la manga por los ojos húmedos.

La batalla seguía su curso, cruenta y horrible. Cada vez que un saijit entraba
en una de las habitaciones, se oían gritos y luego un terrible silencio. Los
asesinos ya pasaban a la siguiente planta cuando oí una voz conocida que se
desgañitaba:

—¡No los matéis si no se resisten! ¡No los matéis! ¿Me habéis oído, panda de
asesinos? ¡No actuéis como ellos!

Era Askaldo. Me levanté de un bote y casi me choqué contra el codo de la
diosa. Me precipité fuera del escondite y vi al elfocano, con su larga capa
roja, empuñando una espada. Y también vi, a su espalda, a un ternian que, con
una sonrisa torva, sacaba un puñal.

—Draven —dijo Askaldo sin mirarlo\mbox{—.} Controla a nuestros hombres de las plantas
de abajo. Y yo que creía que esos mineros no serían capaces de enfrentarse a
los hombres de Driik. Mawer. Temo que estén perpetrando una matanza.

—Enseguida, mi señor —contestó el ternian con una voz melosa.

Draven alzó su puñal contra el cuello de Askaldo. Pero no llegó a asestar el
golpe porque en ese momento me abalancé sobre él, bastón en mano. El ternian
se apartó en el último instante para evitar el bastonazo y gritó:

—¡Nos atacan!

Se precipitó hacia mí, dando la impresión de que estaba protegiendo a Askaldo.
Con una mueca de asco, posicioné el bastón. Las notas bélicas y macabras de
Frundis me invadieron la mente.

—¡Askaldo! —exclamé\mbox{—.} ¡Este granuja ha intentado asesinarte!

Con el rabillo del ojo, percibí la expresión confusa del elfocano. Entonces vi
otra sombra acercarse peligrosamente a su espalda y desesperé.

—¡Detrás de ti! —chillé.

El segundo asesino le dio un tajo que desgarró su capa, pero el elfocano se
había apartado lo suficiente como para no ser herido de muerte y levantó su
espada, listo para luchar. Desconcentrada por aquella escena, no me había dado
cuenta de que Draven había sacado su propia espada y di un bote hacia atrás
para evitar su estocada. Syu subió temblando sobre mi cabeza para dedicarle al
ternian un ademán insultante.

\emph{«Frundis, ¡adelante!»},
solté.

Ataqué, pero Draven resultó ser un buen luchador. Tenía mucha más fuerza que
yo pero yo era más rápida. Tras una serie de golpes relámpago contra sus
brazos y sus piernas, lo oí sisear una maldición. Por lo visto, no se esperaba
a que una ternian tan joven le supusiera tantos problemas. Sus ojos
relampaguearon de ira y embistió ferozmente contra mí, blandiendo su espada,
con la clara intención de acabar conmigo una vez por todas. La lucha se
reanudó. En mi interior, estaba paralizada de horror. Pero mis músculos
respondían prestamente, siguiendo las lecciones del maestro Dinyú. No podía
flaquear. Y, con ese constante pensamiento en mente, paraba cada una de las
estocadas mortales, devolvía los golpes y saltaba tan ágilmente como me lo
permitía la anchura del pasillo.

Mi Sreda decidió desestabilizarse en aquel momento y mi visión se cegó
parcialmente. Resoplé y di un salto para atrás, parando un ataque a ciegas.
Parpadeé, azorada, haciendo danzar el bastón entre mis manos. Alcancé a
divisar la sombra borrosa de mi adversario. Entonces, con la brutalidad de un
troll y la rapidez de una serpiente, el traidor agarró a Frundis. Me lo
habría quitado de las manos si en aquel instante este no hubiese multiplicado
su ataque musical por cien, llenándonos a ambos la mente con una música
atronadora. Nos tambaleamos y soltamos el bastón, jadeantes.

—Brujería —vociferó Draven.

Me repuse enseguida, conteniendo la Sreda como pude, pero el ternian ya había
dado una patada al bastón para dejarlo fuera de mi alcance. Syu soltó un
gemido y Draven se carcajeó incrédulo al verme tomar una posición de har-kar.

—¿Realmente crees que vas a poder luchar sin armas?

Puso los ojos en blanco y avanzó hacia mí. Por un momento, pensé utilizar las
armonías, pero la desesperación me convenció de que unas ilusiones no me
servirían de nada contra una espada real. Entonces recordé que, escondida en
una bota, tenía la daga que me había dado Maoleth… Traté de no pensar en lo
ridícula que era mi arma en comparación con la espada larga de mi adversario
y, con un gesto rápido, la empuñé. Retrocedí precipitadamente, lejos del
ternian… Y choqué contra el cadáver de un demonio.

—¡Askaldo! —exploté\mbox{—.} ¡Ayuda! ¡Akín!

Pero el elfocano seguía luchando con el otro traidor. Y Akín, escondido detrás
de la estatua, no parecía enterarse de nada. Pestañeé, apartando el velo
oscuro que se me formaba otra vez en los ojos. Intenté calmar la Sreda con
suma dificultad. Toda esperanza me había desertado.

De pronto, un cuervo graznó. Cruzó el pasillo a gran velocidad y bajó en
picado sobre el ternian, atacándolo a picotazos.

—¡Brujería! —repitió Draven con una exclamación, cubriéndose el rostro con un
brazo y agitando torpemente la espada para acabar con el ave.

Pero el cuervo resultó actuar con inteligencia, atacando al ternian de manera
que este retrocedió, distanciándose de mí. Sin pensarlo dos veces, me envolví
en armonías y eché a correr hasta alcanzar a Frundis. Me acerqué demasiado a
Draven… El ternian acababa de dar un puñetazo al cuervo, quien soltó un
graznido de dolor, alejándose y dejando un rastro de plumas negras por el
suelo. El asesino me sonrió con fiereza, cortándome el paso. Tenía varias
heridas en la cabeza, de las que corrían hileras de sangre.

—Vas a pagármelo.

Entorné los ojos, asiendo el pequeño saco lleno de polvo de sueño. Lo abrí y
se lo lancé con todas mis fuerzas. Lo recibió en plena cara. Una expresión de
sorpresa pasó fugitivamente por su rostro. Reponiéndose, intentó abalanzarse
sobre mí, creyendo probablemente que le acababa de soltar algún hechizo. Pero
antes de que me alcanzase, sus ojos se volvieron vidriosos.

—No… —pronunció.

Resonó un restallido metálico cuando la espada se deslizó de su mano y fue a
caer en el suelo. Suspiré de alivio al ver al gran ternian desplomarse ante mí
y retrocedí unos pasos, prudente. Me agachaba para recoger a Frundis cuando
sentí un dolor lancinante atravesarme todo el cuerpo y remontar hasta mi mente
como una explosión repentina. Confusa, asombrada, bajé lentamente los ojos
hacia mi vientre y tanteé mi espalda con una mano torpe. Un virote de
ballesta. Un virote se había clavado en mi costado. Oí un ruido gutural y
levanté unos ojos pasmados hacia Askaldo, quien acababa de resurgir después de
su combate. Me miró un segundo, horrorizado, antes de precipitarse hacia mí.
Siguió corriendo una vez que me hubo alcanzado. Muda y boquiabierta, dejé caer
mi daga y me apoyé sobre Frundis. Lentamente, me giré para ver al elfocano
entablar una lucha a muerte contra un orco negro que acababa de soltar su
ballesta y blandía su hacha. Jamás había visto a un orco tan grande, pensé,
aturdida.

Me fui deslizando poco a poco sobre la piedra fría. Una niebla espesa y cada
vez más oscura velaba mis ojos. Syu se aferraba a mi cuello, sin poder
pronunciar palabra. Frundis estaba silencioso como una tumba.

\emph{«Frundis, lo siento»},
dije, con las lágrimas en los ojos.
\emph{«Creo que vas a necesitar a otro portador.»}

\emph{«Jamás»},
contestó él con una negativa rotunda de violines precipitados.
\emph{«Te curaré yo con mi música.»}

Me tumbé, con la mente anegada por el dolor. Sentí en mi boca el sabor de las
lágrimas y respiré entrecortadamente, rehuyendo instintivamente de las olas de
oscuridad que amenazaban con ahogarme. Empuñé más firmemente a Frundis para
que no se me escapara y me dejé llevar por su música tranquila y apacible. Con
un último esfuerzo mental, comuniqué estos pensamientos a mis leales
compañeros:

\emph{«Gracias, Frundis. Gracias, Syu.»}

Lo último que vi, antes de sumirme en la inconsciencia, fueron los ojos negros
del cuervo y las pupilas rojas de Akín. Ambas miradas reflejaban una profunda
tristeza.

\chapter*{Agradecimientos}
\addcontentsline{toc}{chapter}{Agradecimientos}
\label{s:28}
\markboth{}{}
Quisiera en primer lugar dar las gracias al mundo del software libre y de la
cultura libre en general, en particular a los desarrolladores y contribuidores
de los programas que me han facilitado la escritura gracias a herramientas de
trabajo como Vim, frundis, Xmonad, Bépo, LaTeX, Gimp, y por supuesto la
distribución Gentoo Linux y OpenBSD, así como a tuxfamily por el alojamiento
de ficheros del proyecto.

Asimismo, a todos los que han contribuido y contribuirán al proyecto del
Ciclo de Shaedra, en especial a mi familia.

No olvidaré tampoco a los escritores de fantasía que me han llevado,
desde pequeña, a imitarlos y a escribir mis propias sagas.

\paragraph{Contribuciones}
En la lista siguiente figuran los nombres o apodos de las personas que
han contribuido a esta saga y que han querido ser mencionadas:

Amédée de Béotie, Catherine (Tenisejo), Iñaki, Yon (Anaseto)

\textbf{¿Quieres contribuir al proyecto?}
Te recomiendo que pases por la sección dedicada al desarrollo en la página del
proyecto:
\url{http://bardinflor.perso.aquilenet.fr/shaedra/participer-es}.

\paragraph{Imágenes}
Se pueden encontrar imágenes de la saga (mapas, personajes, etc.) en la página
del proyecto:
\url{http://bardinflor.perso.aquilenet.fr/shaedra/galeria-es}.

\chapter*{Pequeño glosario}
\addcontentsline{toc}{chapter}{Pequeño glosario}
\label{s:29}
\markboth{}{}
Esto es un glosario de algunas palabras clave de la historia para
ayudar a la comprensión del mundo. Es un simple memorándum y no es para
nada imprescindible conocerlo. Y es que incluso la autora, a veces,
olvida cuáles son los días de la semana.

\section*{Primer tomo}
\addcontentsline{toc}{section}{Primer tomo}
\label{s:30}
\begin{description}
\item[Saijits] Un saijit es un grupo creado arbitrariamente que contiene las razas humanoides
siguientes: belarco, caito, enano de las cavernas, enano del bosque, elfo
oscuro, elfo de la tierra, elfocano, faingal, gnomo, humano, mediano, mirol,
nurón, orco negro, orco de las marismas, orquillo, sibilio, ternian, tiyano. En
la Tierra Baya, los saijits viven una media de 120 años.
\item[Portal funesto] Entrada que comunica los Subterráneos con la Superficie.
\item[Días de la semana] Hay seis días en una semana: Jabalina, Drusio, Lubas, Garra, Ventisca,
Muérdago.
\item[Meses] Hay doce meses de treinta días en un año. En primavera: Tablonas, Riachuelos,
Gorgona. En verano: Ciervo, Musarro, Amargura.  En otoño: Espina, Osuna,
Vidanio. En invierno: Coralo, Saniava, Puertos.
\item[Pagodas] Las Pagodas son unos centros de aprendizaje en Ajensoldra. Generalmente, todos
los niños de seis a doce años reciben ahí una educación básica. Se los llama
los nerús. Más allá de los doce, quedan los que pretenden formarse como
celmistas, Centinelas, etc. A partir de ahí, un pagodista pasa por los rangos
de snorí, kal y cekal. El rango de los orilhs está reservado para los que han
cumplido los Años de Deuda y han sabido forjarse una reputación.
\end{description}

\section*{Segundo tomo}
\addcontentsline{toc}{section}{Segundo tomo}
\label{s:31}
\begin{description}
\item[Energías] Hay dos grandes tipos de energías: las dársicas y las asdrónicas. Las dársicas
son energías que siempre están presentes, son naturales e intrínsecas: el
jaipú, el morjás y el pairás son las tres energías dársicas más conocidas. Las
energías asdrónicas son energías creadas —sea por celmistas, sea por fenómenos
naturales\mbox{—.} Estas son mucho más numerosas. La bréjica, la órica, la brúlica, la
esenciática, la mórtica, etc. son energías asdrónicas.
\item[Apatismo] Un apático es una persona, generalmente un celmista, que llega a consumir su
tallo energético por completo y sufre una perturbación mental, sea temporal o
crónica.
\end{description}

\section*{Tercer tomo}
\addcontentsline{toc}{section}{Tercer tomo}
\label{s:32}
\begin{description}
\item[Nigromancia] La nigromancia es el arte de modular el morjás de los huesos. Un sortilegio
nigromántico genera energía mórtica. Un esqueleto muertoviviente está lleno de
energía mórtica. Los nakrus, los liches y los esqueletos ciegos son capaces de
regenerarse solos a partir de sus propios huesos.
\end{description}

\section*{Tomo cuarto}
\addcontentsline{toc}{section}{Tomo cuarto}
\label{s:33}
\begin{description}
\item[Demonios] Los demonios saijits son saijits cuya Sreda ha sufrido una mutación. En el
mundo de los demonios, existen comunidades de las cuales algunas son dirigidas
por demonios que llevan el título ancestral de “Demonio Mayor”. Los táhmars son
demonios que no pueden volver a su forma saijit, contrariamente a los yirs. Los
kandaks o sanvildars son demonios que han perdido totalmente el control de su
Sreda y han sufrido una perturbación mental brutal.
\end{description}

\section*{Tomo quinto}
\addcontentsline{toc}{section}{Tomo quinto}
\label{s:34}
\begin{description}
\item[Ajensoldra] Ajensoldra tiene seis ciudades principales: Aefna, Kaendra, Belyac, Agrilia,
Neiram, Yurdas y Ató.
\item[Aefna] Aefna es la capital de Ajensoldra, situada al oeste.  Ahí viven la mayoría de
las grandes familias de Ajensoldra (los Ashar, los Nézaru, entre otros). La
Plaza de Laya divide la ciudad de sureste a noroeste, separando el Templo, los
palacios y el Palacio Real del casco viejo y del Santuario.
\end{description}

\section*{Tomo sexto}
\addcontentsline{toc}{section}{Tomo sexto}
\label{s:35}
\begin{description}
\item[La Niña-Dios y el Niño-Dios] Por una duración de aproximadamente cuatro años, son elegidos dos niños del
pueblo, de menos de catorce años, para convertirse en Niña-Dios y Niño-Dios,
que son máximos representantes de la religión eriónica. Mientras la Niña-Dios
vive en el Santuario de Aefna y cumple una función más volcada hacia los
peregrinos y los sacerdotes, el Niño-Dios tiene que realizar viajes entre las
ciudades de Ajensoldra pero durante la mayor parte del tiempo vive en el
Palacio Real de la capital.  Ambos deben imperativamente asistir a las grandes
ceremonias del Templo de Aefna.
\item[La Pagoda de los Lagartos] Esta pagoda, ubicada cerca de la ciudad de Kaendra, es considerada como una
reliquia, ya que está protegida por un sortilegio muy antiguo que la vuelve
invisible de lejos.
\end{description}

\section*{Tomo séptimo}
\addcontentsline{toc}{section}{Tomo séptimo}
\label{s:36}
\begin{description}
\item[Cofradías] En la Tierra Baya, las cofradías son numerosas.  Las más importantes son la
cofradía de los Sombríos, los Monjes de la Luz, los raendays, los Dragones, los
Mentistas y los legendarios.  Estas se extienden tanto en la Superficie como en
los Subterráneos.
\item[Religiones] En los Subterráneos, las dos religiones más extendidas son la etísea y la
káubara. En la Superficie, predominan las religiones sharbí, eriónica, cebaril
y húwala.
\end{description}

\section*{Tomo octavo}
\addcontentsline{toc}{section}{Tomo octavo}
\label{s:37}
\begin{description}
\item[Los Pozos] Los Pozos son lugares encerrados donde los demonios aprisionan por seguridad a
los kandaks, demonios convertidos en bestias por haber perdido totalmente el
control de la Sreda. El más conocido es el Pozo de Uzahar, situado en las
Llanuras del Fuego.
\item[El Bosque de Hilos] Al contrario que otras regiones, donde la repartición de las razas es muy
aleatoria, el Bosque de Hilos está mayoritariamente poblado de elfos de la
tierra y de elfocanos. Los pueblos suelen comerciar con el Cinto del Fuego y
con Éshingra, y raramente con Ajensoldra. De todos los pueblos de los Reinos
de la Noche, Mythrindash es la ciudad que más relación tiene con Ajensoldra y
por ello también la que posee una importante población de elfos oscuros.
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