.\"----------------------------------------------------------------------- .\" YO MOR-ELDAL, tomo 1, El nigromante ladrón .\" Kaoseto .\"----------------------------------------------------------------------- .\" Tomo 1: empezado el 2 de enero de 2012 - reempezado en marzo y luego .\" septiembre 2017 acabado el 21/10/2017 .\"----------------------------------------------------------------------- .If notas-lectura-es.frundis .Ch "Sacrificio" .D .Bdia Ojalá pensaras antes de actuar, Mor-eldal. .Edia .P Levanté la mirada, frustrado. Me había subido a un árbol para ver de más cerca a un pájaro con un plumaje colorido muy bonito y, creyéndome un experto trepador, me había despistado, había resbalado y me había caído. Y, para mayor decepción mía, el gran pájaro levantó el vuelo en ese instante, agitó la rama y una lluvia de nieve aterrizó sobre mi cabeza. .P Mi maestro emitió una seca carcajada. .D .Bdia Hay que ver lo testarudo que puedes llegar a ser, pequeño. Los pájaros son como las ardillas: se los mira de lejos. Venga, levántate y a casa. Acabarás congelándote si te quedas ahí. .Edia .P Al contrario que él, pensé. Mi maestro era un nakrús, un mago muertoviviente. Él jamás pasaba frío. .P Me levanté y, con una mano esquelética, él me revolvió el cabello hundido por la nieve, apuntando con voz ligera: .D .Bdia Sabes, Mor-eldal, a veces me pregunto qué diablos haces aquí con este viejo esqueleto gruñón en vez de marcharte en busca de los tuyos. ¿Te lo he dicho ya alguna vez? .Edia .P Puse los ojos en blanco. .D .Bdia Pues, no sé… ¿unas mil veces, tal vez, elassar? .Edia .D .Bdia ¿Ah? ¿Tantas veces, eh? ¿Y qué me dices? .Edia .D .Bdia Que no quiero irme, .Edia repliqué como un estribillo. .D .Bdia Mmya. ¿Y si te obligo? .Edia .P Sus ojos verdes mágicos eran tan intensos que parecían estrellas. Ladeé la cabeza, turbado. Normalmente, cuando me hacía esa pregunta, la hacía y luego no insistía. Pero, ahí, llevaba casi todo el invierno sacándome a los esqueletos gruñones y tanta insistencia empezaba a ponerme nervioso. .P Por eso, me contenté con mirarlo, testarudo, y nos pusimos a subir la cuesta nevada en silencio, hasta nuestra cueva. .P Francamente, me preguntaba si mi maestro sería capaz de decirme un día: largo, márchate, Mor-eldal. Interiormente, a veces, esperaba que no y otras veces que sí pero, lo confieso, en realidad, no tenía ninguna intención de dejar a mi maestro. Era él el que me había encontrado, perdido en el monte, cuando tenía casi seis años, él quien me había salvado del frío y de una muerte segura y él también el que me había enseñado todo lo que sabía. Lo quería como a un padre. De modo que, lógicamente, no iba a dejarlo ni hoy ni mañana ni pasado mañana. Tal vez un día, tal vez, cuando fuera mayor, para explorar un poco el mundo. Pero, sinceramente, estaba contento con mi vida junto a él. Qué diablos, era feliz. .D .Bdia Oh, vaya, .Edia dije, rompiendo el silencio. .Bdia He olvidado coger el conejo. Cayó uno en la trampa. Es que lo he visto, pero luego he visto a las ardillas y he ido a saludarlas y luego ha venido el pájaro y… Pues eso, que me olvidé. ¿Voy a buscarlo? .Edia .D .Bdia Ve, .Edia suspiró mi maestro. .P Me abalancé cuesta abajo. Vivíamos muy alto, en la montaña, y, aunque fuese ya plenamente primavera allá abajo, la nieve persistía donde estábamos y los árboles no estaban aún despiertos. Llegué donde la trampa, cogí al conejo y oí el canto de un pájaro. .D .Bdia No me digas, .Edia murmuré. .Bdia ¿Tú otra vez? .Edia .P Estaba encaramado a una rama más baja, sobre el mismo árbol. Me acerqué y lo observé, fascinado. ¡Qué hermoso era! Tenía plumas amarillas, azules, verdes y rojas. Era un yarack. .P Silbé, imitando su canto, y creí verlo inclinar la cabeza hacia mí, como sorprendido. Me reí y lo señalé con el índice. .D .Bdia ¿Creías que cantabas mejor que yo, yarack? ¡Qué vanidoso eres! .Edia .P Él emitió un grito estridente y suspiré. .D .Bdia ¡Y susceptible, encima! No te enojes, amigo. Oye, si me das una pluma, te perdono. ¿Te parece? .Edia .P Alzó el vuelo y gruñí. .D .Bdia ¡Será cobarde, encima! .Edia .P Entonces, vi caer una pluma amarilla y agrandé mucho los ojos. .D .Bdia ¡No me lo puedo creer! .Edia exclamé. .P Recogí la pluma, la giré entre mis dedos y, súbitamente, salí corriendo cuesta arriba y entré en trombas en la cueva gritando: .D .Bdia ¡Me ha dado una pluma! ¡Elassar, mira, elassar! ¡Le he pedido una pluma y el yarack me ha dado una! ¿Me crees? .Edia .D .Bdia Creo lo que ven mis ojos, .Edia replicó mi maestro, divertido. Estaba sentado sobre su gran cofre con un libro grueso en la mano. Teníamos tres libros, en total. Un pequeño libro de cuentos con imágenes, un diccionario y un gran tomo gordo y viejo que hablaba de nigromancia. Y es que, claro, éramos nigromantes. Aunque mi maestro lo era más que yo. .P Dejé el conejo en el suelo, me quité la ropa mojada y, una vez envuelto en mi manta, volví a coger mi pluma amarilla con una sonrisa. .D .Bdia Pues resulta que hasta era generoso. ¡Cuando pienso que lo he llamado vanidoso, susceptible y cobarde! .Edia .D .Bdia ¿Todo eso ni más ni menos, eh? Pues ya le has dicho cosas en poco tiempo, .Edia se impresionó mi maestro sin ni siquiera alzar la cabeza. .D .Bdia Pues sí, he hablado demasiado rápido. .Edia .D .Bdia ¿Qué te dijo tu maestro hace un rato? Hay que pensar antes de actuar. Si uno no piensa, hace tonterías. .Edia .D .Bdia Ya… bueno. .Edia Dejé mi pluma en mi hatillo con mis cosas. .Bdia Voy a ir a preparar el conejo. ¿Quieres los huesos ahora o te los guardo? .Edia .P Mi maestro los necesitaba para regenerar el morjás de sus huesos y mantenerse vivo. Igual que yo necesitaba comer carne. .D .Bdia Guárdalos, .Edia respondió mi maestro, distraído. .Bdia Y no cantes, por favor. Estoy leyendo. .Edia .P Resoplé. .D .Bdia Ya, claro, leyendo. ¡Si te conoces el libro de memoria! .Edia .P Y empecé a cantar: Larilán, larilón, primavera, sal afuera, bombumbim, primavera, no hay nadie que no te quiera… Entonces, vi los ojos de mi maestro hacerse grandes y suspiré. .D .Bdia De acuerdo. Me callo. .Edia .P Trabajé, pues, y llegada la noche ya había saciado mi hambre, había limpiado los huesos y, tumbado sobre mi jergón, contemplé mi pluma, pensativo. La luz de la linterna iluminaba el interior. Era mi maestro el que la reparaba cada vez que se rompía. A mi izquierda, estaba el espejo. Tenía siglos de antigüedad, milenarios tal vez, quién sabe, pero funcionaba y lo miré un instante, con la pluma en mi mano derecha, que era lo único en mí que se parecía a mi maestro: estaba hecha de huesos. Mi maestro me la había salvado cuando había estado a punto de morir de frío, aquella noche de invierno, hacía ¿cuánto ya? Cinco inviernos. Él me había enseñado a moverla con energía mórtica y a sentir con ella. Moví la pluma amarilla y… me quedé boquiabierto. .D .Bdia ¡Maestro! .Edia .D .Bdia ¿Mm? .Edia .P Levanté la vista hacia él. No había cambiado de postura desde que se había sentado sobre su cofre. Él no tenía problemas de hormigueos ni de músculos doloridos. Nunca le dolía nada y, sin embargo, yo sabía que sentía cosas, lo mismo que yo sentía con mi mano derecha. .D .Bdia ¡El espejo! .Edia exclamé. Me levanté. Agité mi pluma. Y dije: .Bdia ¡Nunca me dijiste que el espejo mentía! .Edia .D .Bdia ¿Cómo dices? .Edia .D .Bdia ¡El espejo miente! Estoy seguro. Mira. Tengo la pluma aquí, en mi mano derecha. Y cuando llega al espejo, zas, está en la otra mano. Y, zas, en la otra, .Edia dije, cambiando varias veces la pluma de mano. Y entonces farfullé: .Bdia ¡Pero si mi mano derecha no es esa! .Edia .P La mano esquelética del Mor-eldal del espejo era la izquierda. .P Mi maestro se carcajeó. En el espejo, vi su mandíbula desencajarse en un vaivén castañeteante. .D .Bdia He dicho una tontería, .Edia concluí, interrogante. .D .Bdia No, hijo, no, ¡tienes razón! .Edia me aseguró mi maestro. .Bdia Lo que me hace gracia es que lo descubras sólo ahora. Los espejos no reflejan la realidad. Son demasiado rígidos para eso. .Edia .D .Bdia ¿Demasiado rígidos? .Edia repetí, instalándome al pie del cofre. .Bdia ¿Qué quieres decir? .Edia .D .Bdia Quiero decir que son unos vagos: toman el color que tienen justo delante y se lo llevan en línea recta. .Edia .P Cavilé sobre sus palabras. De acuerdo. Parecía lógico, dicho así. .D .Bdia ¿Y tú lo sabías y nunca me dijiste nada? .Edia me extrañé. .D .Bdia ¡Hay tantas cosas que te quedan por aprender, muchacho! .Edia Giró la cabeza hacia mí. .Bdia Si fueras un poco más curioso y me dejaras respirar un poco, irías a ver el mundo de los tuyos y aprenderías mucho más rápido, mucho más que quedándote aquí en la montaña, jugueteando con las ardillas y escuchando a un viejo loco como yo, que habla de tiempos muertos. ¡Aprenderías y sobre todo vivirías, hijo, encontrarías amigos de verdad, amigos como tú, con dos patas y dos manos! Pero eso a ti no te interesa, ¿eh? Eres más cabezota que una mula, y, precisamente por eso, no verás jamás ninguna mula y te quedarás aquí, contando estrellas y holgazaneando, y ¡acabarás como yo! .Edia .P ¿Y qué tiene de malo eso?, quise replicarle. Pero sus palabras me dejaron enmudecido. No era la primera vez que me soltaba discursos de esos. Sin embargo, a fuerza de oírlos, era cansino y, más que cansino, inquietante. .P Me mordí el labio. .D .Bdia Pero, elassar, .Edia dije, .Bdia eso… no lo dices en serio, ¿verdad? .Edia .D .Bdia Y muy en serio, muchacho, .Edia aseguró mi maestro mientras giraba una página del libro con su dedo esquelético. .P Lo miré, nos miré en el espejo y dije: .D .Bdia Pues ¿sabes? A mí no me molestaría volverme como tú. Vale, eres menos ágil, pero no tienes frío. Y, este invierno, ¡tú no sabes el frío que he pasado! .Edia .D .Bdia No me marees, .Edia gruñó mi maestro. .P Suspiré y volví a tumbarme en mi jergón con mi pluma. Tras unos instantes, mascullé: .D .Bdia Buenas noches, elassar. .Edia .D .Bdia Buenas noches, Mor-eldal. .Edia .P Posé la pluma, cerré los ojos y los volví a abrir, meneando la cabeza con gravedad. .D .Bdia Oye, elassar. De verdad que no quiero irme. Y si me repites una vez más que me vaya, dilo bien claro, y me voy de verdad, aunque no quiera pero, si no, deja de marearme, tú también. Pues eso. Te quiero, elassar. .Edia .P No me contestó. Y estaba yo casi dormido ya cuando lo oí murmurar: .D .Bdia También te quiero yo a ti, pequeñuelo. Yo también te quiero. .Edia .P Al día siguiente, cuando desperté, lo encontré como siempre, sentado en la entrada de la cueva. Me estiré, me vestí y bostecé diciendo: .D .Bdia ¡Buen día, elassar! .Edia .P Él me contestó con tono alegre: .D .Bdia ¡Y qué día! ¡Hoy es el mejor de los mejores! .Edia .P Me rasqué la cabeza, curioso. .D .Bdia ¿Ah, sí? .Edia .D .Bdia Sí. ¡Porque vas a marcharte y vas a conocer mundo! ¿No es maravilloso? .Edia .P Palidecí mortalmente y entendí que ayer había abierto demasiado la boca. .D .Bdia No… no entiendo, .Edia solté. .D .Bdia ¡Pues claro que entiendes! Me prometiste que te irías si yo te pedía que te fueras. ¡Y ese gran día ha llegado! ¡Te marchas! .Edia .P ¡Y con qué alegría lo decía! .D .Bdia ¡Pero, ayer, dijiste que me querías! .Edia protesté. .D .Bdia ¿Y eso qué tiene que ver? .Edia Sus ojos sonreían, joviales. .Bdia Vas a conocer a gente, vas a aprender cosas increíbles, vas a ver las imágenes del libro de cuentos ¡pero en la realidad! ¿No me digas que no te apetece ir? .Edia .D .Bdia ¿Pero ir adónde? .Edia exclamé, agitado. .D .Bdia ¡Y qué importa! Allá, hacia el levante, hacia donde el sol renace. Ya acabarás encontrando a algún saijit en tu camino. Avanza y verás. Mira, te he preparado el saco, con las provisiones que nos quedaban. Y esto, hijo, es tu nueva mano. La he estado preparando todo el invierno. Es una sorpresa. ¿Te gusta? Póntela. Luego la fijo. Y la manta, dámela, mejoraré el sortilegio y así no pasarás frío. ¡Anda, muévete, remolón! .Edia .P Me moví. De unos centímetros escasos. Mi mirada se fijó, anonadada, en un objeto que, de hecho, se parecía exactamente a una mano como la que tenía yo en la izquierda, lo único que no era real, era una mágara. Y, entendiendo con cada vez más claridad que todo aquello iba en serio, mi confusión dio lugar poco a poco al espanto, y luego a un sentimiento de abandono y, finalmente, estallé en lágrimas. .D .Bdia ¡Elassaaaaaar! ¡Eres muy cruel! .Edia .D .Bdia ¡Muchacho! ¿Qué lloras? Ya eres mayorcito para llorar. Silencio. .Edia .P Lo miré, apabullado, mientras él cogía mi manta y se concentraba. Las lágrimas se me escapaban a mares. Esperé a que acabara su sortilegio casi sin emitir ningún ruido pero, cuando terminó, sollocé: .D .Bdia Por favor, elassar. Échame si quieres, pero ven conmigo. .Edia .D .Bdia Je, ya, ¿para que me manden a la hoguera? No, hijo, yo ya no tengo edad para salir a la aventura. Mis huesos son viejos, soy milenario, y ya no estoy para correr y brincar… .Edia .D .Bdia Mientes. Eres muy cruel, .Edia repetí. .D .Bdia Dime, Mor-eldal. ¿Vas a dejar de decir disparates y ponerte a pensar un poco? Coge tu manta. Y tu mano. Póntela. Venga, venga, a ver cómo te queda. .Edia .P Me la puso él y no me resistí. Estaba demasiado triste. Él se puso a fijar mi mano a los huesos y a mi muñeca mientras decía: .D .Bdia Te he enseñado a valerte por ti mismo y a ver la realidad tal y como es. Así que mírala a la cara, límpiate esos ojos y escúchame. Allá donde vayas, no hablarás nunca de nigromancia ni de tu mano. Nunca, ¿me entiendes? Ya sabes que está muy mal visto. Evita hablar de mí con nadie pero, si se te escapa algo, di que estoy muerto, en serio, y nunca digas que soy un nakrús. No quiero encontrarme con aventureros curiosos en busca de un mago eremita: odio las visitas. Y última cosa, .Edia añadió. .Bdia No olvides todo lo que te he enseñado y, sobre todo, Mor-eldal, sobre todo: nunca dejes de ser tú mismo. .Edia .P Lo miré, boquiabierto, con la manta bajo el brazo y la mano ya casi completamente fijada. .D .Bdia Así que… todo esto va en serio, .Edia murmuré. .P Mi maestro resopló. .D .Bdia ¡Pues claro que va en serio! ¿Acaso lo dudas? Quieto ahí, no te muevas. .Edia .P No me moví, pero mis lágrimas seguían cayendo, implacables. Cuando acabó con su trabajo, mi maestro tarareaba, feliz. .D .Bdia Muévela, a ver qué tal va. .Edia .P La moví y, por un momento, casi olvidé mi tristeza y sonreí, asombrado. .D .Bdia ¡Parece casi como la otra! .Edia .D .Bdia Y es el objetivo, pero si te fijas, el pulgar está del otro lado. .Edia .P Cierto, me fijé. Claro. Era como el espejo. .D .Bdia Cuídala bien, ¿eh? Es resistente, pero no andes tampoco metiéndola en un horno. No creo que se quemara, como digo es resistente, pero precisamente la gente iba a mirarte raro por ello. Tampoco te la pinches con nada puntiagudo. Los saijits esperarían verte sangrar. Y… recuerda, si por desgracia se te estropea, puedes regenerarla y también puedes hacerla crecer y hacer que siempre sea del mismo tamaño que la otra. Es casi como despertar el morjás de los huesos, sólo que tienes que despertar el morjás de la piel. Ya te enseñé, ¿te acuerdas? Mira, volveré a enseñártelo, no sea que se te haya olvidado. .Edia .P Me enseñó y, plegando y desplegando mi mano, le pregunté, curioso: .D .Bdia ¿Cómo la has hecho? .Edia .D .Bdia Con tiempo, arte y una piel de castor, .Edia sonrió mi maestro. .Bdia Y ahora, pequeño, levántate y andando. Oye, ¿no querrás llevarte el diccionario de drionsano? Pero qué tonterías digo, ¿para qué? si total las palabras de hoy habrán cambiado. Sólo te atraería problemas que te pillaran con un diccionario tan viejo. Sé astuto, pequeño, habla en drionsano y no en caéldrico, o morélico, como lo llaman… Sé amable, e intenta no abrir demasiado la boca al principio, ¿eh? Así, te evitarás escenas molestas. .Edia .P En la entrada ya, me dio el saco. Hacía un día radiante, aunque fresco, y el viento frío me hizo daño en los ojos. Mi maestro me palmeó el hombro, obviamente emocionado. .D .Bdia Hijo, no sabes cuántas veces soñé con que llegaría este día. No es que quiera verte partir, pero quiero que descubras cosas nuevas. ¡Y las descubrirás! Cuidado con no morirte en camino antes de encontrar a un saijit, ¿eh? O te estiro de las orejas. Vamos, no llores y dame un abrazo. Eso es. .Edia .P Lo abracé con suavidad, con las mejillas hundidas. .D .Bdia ¿De verdad quieres que me vaya? .Edia .D .Bdia Sí. .Edia .D .Bdia Pero podré volver, ¿verdad? .Edia .D .Bdia Ni se te ocurra. No antes de que hayas encontrado un hueso de ferilompardo. Esos no tienen precio. Cuando lo tengas, podrás volver. Pero no antes. Anda, vete, sigue el sol de la aurora. .Edia .P Me giré hacia el este y no vi otra cosa que montañas y bosques y más bosques. Entonces, di un paso fuera de la cueva… y me giré. .D .Bdia Espera, mi pluma amarilla, me la he olvidado. .Edia .P Fui a buscarla, la puse en mi saco y, ya afuera, me paré y dije: .D .Bdia Vaya. Mi bastón. .Edia .P Mi maestro emitió un gruñido paciente. Fui a coger mi bastón y, cuando volví afuera, inspiré, recordé esa lección que me había dado mi maestro un día sobre la valentía, y… suspiré. .D .Bdia Bueno. Allá voy. Pero si me voy es porque me echas. ¿Sabes? Hay una cosa que nunca te he dicho. El más cabezota aquí, eres tú, no yo. .Edia .D .Bdia ¡Ja! ¡De tal palo tal astilla, como dicen! .Edia rió mi maestro, e hizo un suave gesto de la mano para animarme. .Bdia ¡Vamos! .Edia .P Me alejé de unos pasitos, girándome casi cada paso y luego cada cinco, y cada veinte, hasta que perdí de vista al único ser que recordaba haber conocido realmente. Ya está, me había marchado. Apenas comenzaba a darme cuenta de lo que significaba eso. Estaba solo, no sabía adónde iba, no tenía a nadie con quien hablar… Daba miedo. Tan sólo esperé que mi maestro no se equivocaba cuando decía que de verdad existían humanos, elfos y caitos más allá de los bosques. Ah, y también esperé que no me costaría demasiado encontrar a ese ferilompardo. .P Avisté una ardilla de pelaje negro en una rama y levanté mi nueva mano para despedirme de ella. .D .Bdia ¡Suerte, amiga! Elassar dice que me vaya y me voy. Pero cuando tenga el hueso del ferilompardo volveré, ¡te lo prometo! .Edia .P Apareció otra ardilla en el mismo tronco y mi corazón se me encogió de nuevo. ¡Las ardillas habían sido mis amigas durante tanto tiempo! No las olvidaría nunca, ni olvidaría sus juegos, ni todo lo que me enseñaron sobre las bellotas y los árboles, ¡y sobre tantas otras cosas! Respiré hondo y entoné: .Bl -t verse .It ¡Ardillas, ardillas, .It montañas y sol, .It salen ya las florecillas .It y de la nieve el amor! .It ¡Ardillas, ardillas, .It cómo os quiero yo! .It Hasta luego, amigas mías, .It no me olvidéis, por favor. .El .P Tiempo después de que hubiera perdido de vista a mis ardillas, oí un canto en el cielo, hundí mi bastón en la nieve y alcé la cabeza. ¡Ahí estaba el yarack! Iba muchísimo más rápido que yo. .D .Bdia ¡Ojalá pudiera volar como tú, pájaro! .Edia exclamé. .P Lo vi desaparecer detrás de los árboles y gruñí. .D .Bdia Pues vaya. No sé lo de cobarde, pero lo de vanidoso no te lo quita nadie. .Edia .Ch "Viaje" Viajé durante muchos días antes de bajar del todo de las montañas. Una vez, me encontré con un oso y, de no haber sabido trepar a los árboles tan rápido como las ardillas, a saber cómo habría acabado. .P No me quedaban ya muchas provisiones en mi saco cuando, un día, llegué a un terreno sin árboles, relativamente llano y con muchas flores. Lo recorrí con curiosidad y vi una gran manada de ciervos a lo lejos. Seguí avanzando hasta que topé con una enorme serpiente blanca. Bueno, no era una serpiente, era un sendero. .D .Bdia Un camino, .Edia pronuncié en voz alta. .P Estaba casi seguro de que se llamaba así. Y como mi maestro me había dicho que los caminos servían para caminar sobre ellos, caminé sobre él. .D .Bdia ¿Adónde me llevarás? .Edia pregunté. .D .Bdia ¡Al levante, hacia los tuyos! .Edia exclamé. .P Bueno, a falta de tener al maestro a mi lado de verdad, hacía como si lo tuviera. Siempre era consolador oírlo hablar, aunque fuera a través de mi propia voz. .P Cuando empezó a oscurecer, me aparté del camino y regresé a los bosques, no sin fijarme en que la serpiente blanca me había alejado un poco de las montañas. Alejarme de estas no me llamaba nada. Caminé entre los troncos, palmeándolos, observándolos, hasta que me detuve ante uno y sonreí. .D .Bdia Esta noche duermo contigo, gran árbol. ¿No te molestará? Te juro que ya no ronco. Me lo ha dicho mi maestro. .Edia .P Trepé por las ramas y me hice un hueco en el corazón del árbol. Los ruidos nocturnos eran parecidos a los que había en la cueva. Por eso, cansado y sereno, me dormí enseguida. Soñé con que estaba sentado sobre una enorme rama, entre varias ardillas, y una de ellas, con expresión sabia, alzaba una bellota y la tiraba muy lejos, muy lejos, hasta un campo de flores que se encendían como linternas en medio de la noche. .P Cuando desperté, bostecé, comí unas raíces de mis provisiones, y continué mi camino, pero esta vez no regresé a la serpiente blanca: bordeé las montañas, cruzando tierras cubiertas de hierba alta. Estaba silbando cuando, al llegar a la cumbre de una montañita de esas que debían de ser colinas, vi el bosque. Era muy grande, pero no estaba sobre las montañas. .P Daba miedo estar tan solo, he de reconocerlo, porque a veces me imaginaba que aparecía un lince o algún monstruo de esos de los que me había hablado mi maestro y me atacaba. Y estar en una pradera sin árboles me inquietaba, porque ¿cómo podía huir de un lobo si este corría más que yo? .P Con alivio, entré en el bosque y volví a sentirme casi como en casa. Sólo casi, no podía sentirme del todo en casa, porque mi maestro no estaba, ni estaban las pendientes, ni las ardillas, ni los árboles eran iguales. El bosque era muy denso y perdí el levante. Encontré bayas, pero mi maestro me había dicho que no debía comer lo que no conocía, así que no las toqué. En su lugar, comí los huevos de un nido de pájaro. Me sentaron de maravilla. .D .Bdia Os quiero mucho, árboles, .Edia dije un día, algo irritado. .Bdia Pero no dejé a mi maestro para ir a veros. Yo he venido a ver a los míos. Y llevo muchos días buscándolos. Y nada, no los veo. Debería haber seguido la serpiente blanca, .Edia murmuré. .Bdia ¿Verdad? .Edia .P Pero era ya demasiado tarde para dar media vuelta: no sabía de dónde venía. Así que seguí avanzando. Y la suerte me sonrió cuando, al atardecer de ese mismo día, vi que el bosque desaparecía y dejaba paso a unas colinas de hierba. No me atreví a salir de los lindes hasta que avisté la serpiente blanca y me carcajeé. .D .Bdia ¡Ahí estás! .Edia .P Salí corriendo pese a la lluvia que caía y fui a comprobar que lo que veía era de verdad un camino. Lo seguí bajo la lluvia hasta que, congelado, me refugié en un gran árbol solitario junto a la serpiente, me subí y me arropé con mi manta. El sortilegio de esta ya no funcionaba tan bien y calentaba menos que antes. ¿Cuántos días hacía que había dejado a mi maestro? No lo sabía, pero unos cuantos. .P A la mañana siguiente, desperté sobresaltado al oír un ruido. Abrí los ojos y me agarré a la rama más gruesa, maravillado. Por la serpiente blanca, pasaba un ciervo sin cuernos con una persona encima. .D .Bdia Los míos, .Edia murmuré. .P Un flujo de recuerdos me invadió, de cuando era más pequeño y jugaba delante del umbral de una casa. El ciervo iba al trote y desapareció pronto detrás de una colina. .D .Bdia No puede ser un ciervo, .Edia murmuré, recordando una historia que me había contado mi maestro. Entonces, ¿qué? ¿Una mula? .P Mejor era preguntárselo a los míos. Alcé la vista y me quedé de pronto boquiabierto. Ahí, en la lejanía, vi una ciudad. Había casas. Y gente. .P Cuando llegué, primero paseé la mirada a mi alrededor lo menos veinte veces. Di unos pasos más adentro de la ciudad. La curiosidad y la maravilla me hacían girar la cabeza como una ardilla inquieta. Encontré un lugar más amplio donde vi gente detrás de unas mesas, con recipientes llenos de comida. En uno de ellos había fresas y se me hizo la boca agua. .P Sólo un buen rato después reuní el suficiente valor para hablar con una persona poco más grande que yo, que estaba comiendo algo con apetito. .D .Bdia ¿Hablas mi idioma? .Edia le pregunté. .P Me miró de arriba abajo con los ojos abiertos como platos y tragó lo que tenía en la boca. .D .Bdia Espíritus, ¿pero qué es eso? .Edia soltó. .P Sonreí, aliviado, al entender sus palabras, aunque luego interpreté la pregunta y le devolví una mirada perpleja. .D .Bdia ¿Cómo dices? .Edia .D .Bdia Cómo dices, .Edia repitió el muchacho, me miró de nuevo de pies a cabeza y se carcajeó. .Bdia ¡No me lo creo! ¿Eres humano? .Edia .P Me encogí de hombros. .D .Bdia Eso me han dicho. ¿Y tú? .Edia .P El muchacho reía. Al menos, estaba alegre. .D .Bdia Humano hasta la médula, .Edia me respondió. .Bdia Pero tú pareces un salvaje de los de cuidado. .Edia .D .Bdia Nunca he oído hablar de ellos, .Edia confesé. .Bdia ¿Es una nueva raza? .Edia .D .Bdia Ese tipo está loco, .Edia comentó el muchacho. Y se giró hacia otra persona que se ajetreaba junto a una de las mesas con comida. Gritó: .Bdia ¡Mamita! ¿Has visto a este? .Edia .P Mamita me miró y su expresión cambió. .D .Bdia ¡Pobrecillo! .Edia exclamó. .Bdia ¡Qué flacucho estás! .Edia .P Le sonreí. .D .Bdia Hola, .Edia dije. No había terminado la palabra cuando Mamita me tendió lo que parecía ser una fruta. La cogí con una exclamación de sorpresa. .Bdia ¡Qué amable! .Edia .P Tenía hambre, así que tomé un bocado. Quemaba un poco. Pregunté: .D .Bdia ¿Cómo se llama esta ciudad? .Edia .D .Bdia ¿Ciudad? .Edia repitió Mamita mientras el muchacho soltaba una risotada. .Bdia Esto es una aldea, pequeño. Si buscas una ciudad, hay que seguir por ese camino. ¿De dónde vienes? .Edia .P Hice un gesto vago con la mano. .D .Bdia De allá. .Edia .D .Bdia ¿Del bosque? .Edia .D .Bdia De más allá. .Edia .D .Bdia ¿Del valle de Evon-Sil? .Edia .D .Bdia ¡Sí! .Edia asentí, aliviado. Al menos, aquel nombre no había cambiado. .D .Bdia ¿Y has hecho todo este camino solo? ¿Por qué? .Edia .P Me encogí de hombros. .D .Bdia Para ver a los míos. .Edia .D .Bdia ¡Los tuyos! ¿Dónde viven los tuyos? .Edia Como yo le echaba una mirada perpleja, sugirió: .Bdia ¿En Éstergat? .Edia .P Asentí lentamente y pregunté: .D .Bdia ¿Éstergat es una ciudad? .Edia .D .Bdia ¡Jajaja…! .Edia rió el muchacho. .D .Bdia ¡Hishiwa! .Edia lo regañó Mamita. .Bdia Sí, hijo, es una ciudad. Es la capital de la República de Arkolda. .Edia .D .Bdia Entonces Éstergat, .Edia sonreí. .Bdia Oye, gracias por la fruta. Es muy buena. .Edia .P El muchacho se desternilló de risa. .D .Bdia ¡La fruta, dice! .Edia .D .Bdia ¡Silencio, Hishiwa! .Edia reclamó Mamita con las cejas fruncidas. .Bdia Dime, muchacho. ¿Cómo te llamas? .Edia .D .Bdia Mor-eldal, .Edia contesté. .D .Bdia Bueno. Pues, Mor-eldal, estás de suerte. Mi hijo va a viajar hasta Éstergat a trabajar con su tío el cristalero. Sale dentro de una hora con el viejo Dirasho, sobre su carreta. Si quieres, puedes esperar y él te llevará, ¿te parece? .Edia .D .Bdia ¡Vaya, gracias, Mamita! .Edia dije, sin saber cómo expresar mejor mi gratitud. .P Mamita me sonrió e hice otro tanto. Su sonrisa se ensanchó y se borró cuando Hishiwa se puso a reír aún más ruidosamente. .D .Bdia ¡Ah, mamita! ¿De verdad voy a viajar con él? ¡Yo que creía que iba a aburrirme como una piedra con el viejo Dirasho! .Edia .D .Bdia ¡Hishiwa, silencio! .Edia gruñó Mamita. .Bdia ¿No ves que viene de otra parte? Y no le faltes al respeto al viejo Dirasho: será poco hablador, pero es un caballero y tiene buen corazón. En fin. Sé majo con tu nuevo compañero. Mor-eldal, .Edia añadió con tono afable. .Bdia Espera aquí un momento, ¿quieres? Iré a hablarle a Dirasho. Siéntate aquí, en este taburete, eso es. Enseguida vuelvo. .Edia .P Mamita se aseguró de dejarme bien sentado sobre el taburete y se alejó. Hishiwa, más serio, se sentó sobre el taburete de al lado. Tenía una pequeña nariz, ojos azules, piel pálida y pelo castaño. Exactamente como yo, salvo que mi nariz era mediana, mis ojos eran grises oscuros, mi piel era bronceada y mi pelo era negro. .D .Bdia Toma, .Edia me dijo. Me tendía algo. Lo cogí y explicó: .Bdia No hay nada como un poco de pan para que pase mejor la cebolla. ¿Así que vienes de las montañas? .Edia .D .Bdia Sí, .Edia dije mientras comía. .Bdia Hace unos días, estaba rodeado de árboles y de repente todo cambió. Llegué abajo del todo y seguí los ríos y los caminos. Es increíble como cambia todo. .Edia .P Hishiwa me miraba con una sonrisa, pero ya no se burlaba. .D .Bdia Impresionante, .Edia dijo. .Bdia No has estado nunca en Éstergat, ¿verdad? .Edia .D .Bdia ¿La ciudad? No, para nada, .Edia confesé. .P Hishiwa meneó la cabeza. .D .Bdia ¿De verdad están ahí los tuyos? .Edia .D .Bdia Puesh… esho creo, .Edia contesté. Tragué lo que tenía en la boca. .Bdia En realidad, sobre todo voy para ver. Y para buscar a un ferilompardo. .Edia .P Hishiwa agrandó los ojos. .D .Bdia ¿Un ferilompardo? .Edia .D .Bdia Sí. .Edia .D .Bdia ¿Y qué es un ferilompardo? .Edia .P Hice una mueca. .D .Bdia Pues… Es una criatura. Pero no sé cuál todavía. Lo descubriré, .Edia aseguré. Y le sonreí. .Bdia Y yo, cuando quiero descubrir algo, lo hago. .Edia .P Hishiwa me miró, pensativo. .D .Bdia Te creo. Oye. Si necesitas ayuda, me dices. .Edia .P Lo miré, sinceramente sorprendido. .D .Bdia ¿Quieres ayudarme a buscar al ferilompardo? ¿De verdad? .Edia .D .Bdia De verdad, .Edia sonrió él. .Bdia Me intriga. Jamás he oído hablar de esa criatura. .Edia .D .Bdia ¡Pues muchas gracias! Oye, de verdad que sois majos por aquí. .Edia .P Tenía que confesar que los saijits empezaban a caerme realmente bien. Intercambiamos una sonrisa. Y él soltó: .D .Bdia Por cierto, ¿para qué quieres un ferilompardo? .Edia .P Vacilé. .D .Bdia Bueno… Antes, hay que encontrarlo. Luego, ya se verá. .Edia .P No insistió, pues Mamita ya regresaba. Tenía cara satisfecha. .D .Bdia ¡Está de acuerdo, por supuesto! .Edia anunció. .Bdia Por cierto, te pregunta a ver si te asustan los perros. .Edia .P Los perros, pensé. ¡Claro! Ya me acuerdo: eran lo mismo que los zorros, pero civilizados. .D .Bdia No, no lo creo, .Edia contesté. .D .Bdia Menos mal, .Edia sonrió ella, .Bdia porque tiene dos. .Edia .D .Bdia ¡Pero son cachorros! .Edia me informó Hishiwa, riendo. .Bdia Se los va a llevar a su sobrina. Él dice que es una celmista. .Edia .D .Bdia ¡Una celmista! .Edia exclamé. Esa palabra la conocía. .D .Bdia Sí, una maga, vamos, .Edia explicó Hishiwa, por si acaso. .D .Bdia Pues ahora sólo tienes que esperar un poco más y ya salís, .Edia intervino Mamita. .Bdia Hishiwa, ve a casa a buscar tu saco. ¡No querrás hacer esperar a Dirasho! .Edia .D .Bdia ¡Voy! .Edia dijo el muchacho y me hizo un gesto de la mano. .Bdia Ven. Te enseñaré mi casa. .Edia .P Lo seguí con curiosidad hasta su cueva. Estaba hecha toda de madera. Me hizo pasar adentro diciendo con voz ceremoniosa: .D .Bdia Siéntete como en casa. .Edia .P Lo miré todo con mucha atención. ¡Había tantos objetos! .D .Bdia ¿Qué es eso? .Edia pregunté, señalando una enorme caja. .D .Bdia ¿Eso? La cocina. ¿Nunca tuviste una? Eso de ahí es un cuadro, .Edia añadió como vio que me quedaba mirándolo. .Bdia Es mi abuelo. Le hicieron un retrato hace muchos, muchos años. Ahora está muy viejo. .Edia .D .Bdia ¿Cuántos años tiene? .Edia pregunté. .D .Bdia ¡Ciento treinta! .Edia contestó Hishiwa mientras se ajetreaba. Recogió un saco sobre su jergón y dio una vuelta sobre sí mismo. .Bdia Bueno. Creo que eso es todo. Espera, quiero enseñarte algo. .Edia .P Se puso de puntillas para alcanzar algo sobre una extraña rama. Me enseñó un objeto de un material transparente y luminoso en forma de pájaro. Lo miré, maravillado. .D .Bdia ¿Qué es? .Edia .D .Bdia Se lo regaló mi tío cristalero a mi madre. Es un gorrioncillo, pero de cristal. ¿A que es bonito? .Edia .D .Bdia ¡Y mucho! .Edia dije. .Bdia Pero no tiene plumas. .Edia .D .Bdia ¡Claro que las tiene! ¿No las ves? .Edia .P Me señaló formas de pluma sobre el cristal, pero no me convenció. Hice una mueca, rebusqué en mi saco y enseñé mi pluma amarilla. .D .Bdia Esta es una pluma de verdad. No esas. .Edia .D .Bdia No te dije que fueran de verdad, .Edia resopló Hishiwa. Volvió a colocar el pájaro de cristal en su sitio y me hizo señal para que saliéramos. .Bdia Por cierto, bonita pluma. .Edia .D .Bdia Me la dio un yarack, .Edia lo informé. .Bdia Uno de verdad. .Edia .D .Bdia ¿Qué es un yarack? .Edia .P Me encogí de hombros. .D .Bdia Un pájaro con muchos colores. .Edia .P Caminamos de nuevo hasta donde estaba Mamita y ella inclinó la cabeza hacia su hijo y pasó la mano sobre su pelo con afecto. .D .Bdia Ya está Dirasho esperándoos. A ver si te cuidas bien ahí, hijo. Y sé bueno con tu tío. .Edia .D .Bdia Sí, mamita, .Edia contestó Hishiwa y masculló algo ininteligible cuando ella posó los labios sobre su frente. .Bdia ¿Estás seguro de que no te olvidas de nada? ¿No? Bueno. Pues no le hagáis esperar a Dirasho. Buena suerte, Mor-eldal. .Edia .D .Bdia Gracias, Mamita, .Edia le contesté alegremente. .P Encontramos al viejo Dirasho del otro lado del claro, ya instalado sobre la carreta. .D .Bdia ¡Subid, muchachos! .Edia nos dijo. .P Nos subimos junto a él sobre un trozo de madera y extendí el cuello mientras Dirasho agitaba las cuerdas. El animal no se movía. Me reí. .D .Bdia La mula es cabezota, ¿no? .Edia .P Hishiwa se carcajeó. .D .Bdia ¡No es una mula, es un caballo! .Edia .P En ese momento, el caballo se movió y toda la carreta con él. Solté un resoplido y me tensé, contemplando el fenómeno con extrañeza. Al de un instante, me repuse y sonreí anchamente. .D .Bdia ¡Estamos volando! .Edia .P Hishiwa soltó otra risotada. .D .Bdia ¡Que no! Rodamos, no volamos. .Edia .P Lo vi mirar hacia atrás y agitar una mano. Me giré, vi a Mamita agitar ella también la mano y tuve de pronto un arranque de comprensión por Hishiwa. .D .Bdia Tranquilo, algún día volverás, .Edia le dije. .P Hishiwa me echó una mirada ensimismada y asintió. .D .Bdia Claro. En otoño vuelvo para las vendimias. .Edia .P Le puse cara de no entender, pero no pareció verla. Estaba muy pensativo. Así que paseé la mirada por lo que nos rodeaba. Ya salíamos de la aldea por la serpiente blanca y, cuando constaté que esta pasaba por encima de un río, me levanté y extendí el cuello, anonadado. .D .Bdia ¿Y eso que es? .Edia .D .Bdia ¿Qué, hijo? .Edia preguntó el viejo Dirasho. Y, como yo señalaba, emitió un: .Bdia Mmpf. Siéntate, que te vas a caer. Eso es un puente. .Edia .P Un puente. Me senté, meditativo. ¡Había tantas palabras que conocía y no había visto nunca en la realidad! Hice más preguntas y el viejo Dirasho contestó con parquedad. Que si eso era un sombrero, eso una pipa, eso las riendas, eso que llevaba atrás era un barril de vino, y aquello una caja. Y dentro de la caja estaban los cachorritos. .D .Bdia Están muy tranquilos, .Edia observé. .P Alejándome del banco, pasé a la carreta y el viejo Dirasho gruñó: .D .Bdia No hagas gamberradas, ¿eh? .Edia .P Puse los ojos en blanco. ¿Cuántas veces me habría dicho lo mismo mi maestro? Repliqué: .D .Bdia No, no. .Edia .P La caja estaba abierta por arriba y vi a los cachorritos dormidos en una maraña de telas. Los observé durante un buen rato, hasta que Hishiwa soltó: .D .Bdia ¿Ya les ha puesto nombre, señor? .Edia .D .Bdia No, .Edia replicó Dirasho. .D .Bdia ¿Ni uno provisional? .Edia se decepcionó Hishiwa. Pasó él también adentro de la carreta y observó los perritos. .D .Bdia Ese tiene el morro blanco. ¿Qué tal si le llamamos Morro Blanco? .Edia .P El viejo Dirasho no contestó. Así que yo dije: .D .Bdia Me gusta. El otro tiene las patas pelirrojas. ¡Parece casi un zorro rojo! .Edia .D .Bdia Morro Blanco y Zorro Rojo, .Edia concluyó Hishiwa. .P Recogí a Morro Blanco con ambas manos y lo vi abrir los ojos y emitir un ladrido de cachorro. Sonreí, le di un beso en la frente, volví a meterlo en la caja y me tumbé sobre las tablas de la carreta con la mirada alzada hacia el cielo. Este me parecía igual de grande que el mundo que me quedaba por descubrir. .D .Bdia Hishiwa, .Edia dije al de un rato. .Bdia ¿Por qué Éstergat es la capital de Arkolda? .Edia .P Hishiwa enarcó una ceja, burlón, y contestó: .D .Bdia Porque es enorme. .Edia .Ch "Éstergat" La primera impresión que me produjo Éstergat fue inolvidable. Incluso desde lejos, se veía el mar de casas que subía y subía por la enorme Roca. El Camino Imperial que llegaba a la ciudad por el norte estaba tan lleno de carretas y gente que mis oídos se ensordecían y zumbaban como abejorros. Los cachorros sacaban la cabeza de la caja para curiosear y yo hacía lo mismo, agarrado a una de las barandillas de la carreta. Dirasho me había dicho ya dos veces que no me asomara demasiado, pero yo no paraba de olvidarlo. .P Cruzamos una vez el río de Éstergat y luego otra vez, a través de las Puertas de Moralión, como las llamó Hishiwa. Ascendíamos por una ancha y bulliciosa calle cuando este exclamó: .D .Bdia ¡Y esto es la Explanada! .Edia Desembocábamos en una enorme plaza. .Bdia ¡Mira! Esa es la Fuente de la Mantícora. ¿Ves la criatura? .Edia .P La vi, petrificada, con un gran chorro de agua que salía de su enorme boca. Agrandé los ojos, impresionado, y esperé que el ferilompardo no se pareciera a eso. El viejo Dirasho detuvo el carruaje no muy lejos de la mantícora. .D .Bdia Supongo que a partir de aquí sabrás ir a la cristalería de tu tío, ¿verdad? .Edia dijo. .D .Bdia Sí, señor, si no queda muy lejos, .Edia aseguró Hishiwa. Y, tras acariciar a Morro Blanco, se apeó de un salto ágil. .Bdia ¡Muchas gracias por llevarnos! .Edia .D .Bdia De nada, muchacho, me habéis animado el viaje con tanta pregunta, .Edia sonrió. .Bdia ¿Y tú, pequeño? .Edia añadió mientras yo me dejaba caer al lado de Hishiwa con el Zorro Rojo en brazos. .Bdia ¿Sabes adónde ir? .Edia .P Me encogí de hombros e Hishiwa soltó: .D .Bdia Le echaré una mano, no se preocupe, señor. .Edia .D .Bdia Bien. Oye, pequeño, devuelve al Zorro Rojo, no es para ti, es para la hija de mi sobrina, ¿entiendes? .Edia .P Me mordí el labio y asentí, decepcionado. Le di al cachorro y el viejo Dirasho se tocó el sombrero. .D .Bdia ¡Buena suerte, muchachos! .Edia .P Agitó las riendas y el carruaje pronto desapareció entre tanto alboroto de personas, ruedas y cuadrúpedos. .D .Bdia ¿Y bien? .Edia me dijo Hishiwa. .Bdia ¿Sabes por dónde cae tu casa? .Edia .P Miré a mi alrededor. Y alcé la mirada hacia un gran árbol sin ramas. Lo señalé. .D .Bdia Qué árbol más raro. .Edia .P Hishiwa esbozó una sonrisa. .D .Bdia Normal. Es un farol, no un árbol. Sirve para iluminar las calles. Pronto lo verás: ya no falta mucho para que caiga la noche. Mira, sígueme a la cristalería. A lo mejor a mi tío se le ocurre algo para encontrar a los tuyos. .Edia .P Asentí y, asegurándome de que seguía teniendo mi saco y mi manta, seguí a mi compañero. Todo lo que veía me llenaba de asombro. De pronto, exclamé: .D .Bdia ¡Oh, no, mi bastón! .Edia .P Me lo había olvidado en la carreta. Di media vuelta y salí corriendo. Hishiwa gritó algo detrás, no sé qué. Regresé a la Explanada, seguí el camino que había tomado, creo, el viejo Dirasho. Y al de un rato me di cuenta de que no tenía ni idea de cómo encontrarlo entre tanta gente. .P Miré a mi alrededor y un temor sordo me invadió cuando no vi a Hishiwa por ningún sitio. ¿Dónde estaría? Di media vuelta, pero no encontré la Explanada hasta pasado un buen rato. Me subí a la fuente de la mantícora, oteé… Nada, no vi a mi compañero. Y vaya, ¿cómo se me habría ocurrido que un día perdería a un compañero simplemente porque lo había perdido de vista en un mar de saijits? .D .Bdia ¡Cuánta gente! .Edia exclamé. .P Súbitamente, vi surgir una luz. Alcé la mirada hacia el farol iluminado y sonreí, maravillado, cuando vi a un hombre encender otro. .D .Bdia Vaya, sí que es hermoso, .Edia murmuré. .P Eso me hizo darme cuenta de que la noche estaba cayendo y yo aún no había encontrado ningún refugio. Me puse a bajar una ancha calle hasta que avisté al fondo de otra un árbol. Suspirando de alivio, corrí hasta él, pero me fijé en que era demasiado fino, así que seguí buscando. Anduve un rato por un camino desierto que bordeaba el río de Éstergat y, como no encontraba ningún árbol, me dije al cabo: ¿qué hago? Mi maestro decía que las estrellas guiaban al hombre perdido, así que me detuve y alcé la mirada hacia las estrellas, pero sea por la luz o algo, no alcancé a verlas. En estas estaba, buscándolas con empeño, cuando un niño algo mayor que yo, con gorra ladeada y manos en jarras, se interpuso en mi camino. .D .Bdia Espera un momento, shur. Eso que llevas… ¿son pieles? .Edia .P Enarqué una ceja cuando lo vi tender una mano hacia mi ropa. Asentí. .D .Bdia Son pieles de conejo. .Edia .D .Bdia ¡Caray! ¿Los cazaste tú? .Edia .D .Bdia Sí. .Edia .D .Bdia Pues venga, .Edia rió. Me fijé en que le faltaba un diente. .Bdia ¿Y esa manta? .Edia .D .Bdia De conejo también, .Edia contesté. .D .Bdia ¿Calienta? .Edia .D .Bdia Ya no tanto, .Edia confesé. .P Resopló, como si hubiese dicho algo gracioso. .D .Bdia Dime. ¿Sosque reposas la oreja? .Edia .D .Bdia ¿Qué? .Edia .D .Bdia Que dónde dormiste ayer, .Edia especificó. .P Me encogí de hombros. .D .Bdia En el bosque. .Edia .D .Bdia ¿En el bosque? .Edia Se carcajeó. .Bdia ¿En un parque o en un bosque de verdad? .Edia .D .Bdia En un bosque de verdad, .Edia afirmé. .D .Bdia Huh. Ya veo. ¿Y te haces tanta caminata todos los días? .Edia .P Negué con la cabeza. .D .Bdia Acabo de llegar. .Edia .D .Bdia ¡Ah! Entiendo. ¿Y tus viejos? .Edia Me encogí de hombros. Él meneó la cabeza. .Bdia ¿Vas a volver al bosque con esta oscuridad? ¿Tienes ojos de caborro? .Edia .D .Bdia ¿Ojos de qué? .Edia .D .Bdia De caborro, shur, de caborro. Es un animal sobre dos patas que vive al lado de los caminos y que sale a buscar arañas de oro para rellenar las suyas. No me ha entendido, .Edia rió ante mi expresión confusa. .Bdia Hablando en serio: me prestas un trozo de la manta y compartimos refugio. ¿Te parece? .Edia .P No esperó mi contestación. Se alejó, haciéndome una señal para que lo siguiera. Lo seguí. .P Me llevó al porche de una casa, un refugio tan bien protegido del viento que me hizo pensar en un árbol hueco y me gustó. Mi compañero se tumbó, me tumbé y él nos tapó con la manta. Tras un silencio en el que mi nuevo compañero carraspeaba y tratábamos de encontrar una posición cómoda, pregunté: .D .Bdia ¿Las arañas de oro son de oro de verdad? .Edia .D .Bdia Por fuera no, por dentro sí, .Edia contestó. .D .Bdia Oh. Pero si tienen oro, no se comen, entonces, ¿por qué las cazan los caborros? .Edia .P Lo oí resoplar. .D .Bdia Madres de las Luces, ¿lo preguntas en serio? Vamos a ver, criatura: los caborros son bandidos y las arañas son bolsas de dinero. Y ahora calla que los propietarios nos van a oír. .Edia .P Agrandé los ojos. .D .Bdia ¿Hay gente detrás de la puerta? .Edia .D .Bdia Fiambres, sí. ¿Qué te crees, que nos quedamos afuera porque nos gusta pasar frío? Cierra tus luceros y sorna. .Edia .P Le hice caso y, como estaba tan cansado, concilié el sueño en unos segundos. Nos despertó al alba el grito del propietario de la casa. .D .Bdia ¡Fuera de aquí! .Edia nos bramó. El hombretón furioso agitaba su bastón ante él y me asustó tanto que me levanté como una liebre. Soltando imprecaciones, mi compañero salió corriendo con la manta y yo lo imité mientras el hombre nos decía: .D .Bdia ¡Ojalá os agarren pronto los diablos, malnacidos! .Edia .P Perdí de vista a mi compañero e, instantes después, me encontré en una calle y me di cuenta de que no sabía ya dónde estaba. Intenté buscar a mi compañero —que es que además se había llevado la manta— pero mis esfuerzos fueron vanos. .D .Bdia Y otro compañero perdido, .Edia suspiré. .P No volvería a ver a ese muchacho hasta pasado más de un año. .P Amanecía y las calles estaban ya algo animadas. Anduve largo rato y tenía tanta hambre que, en un momento, me paré y le dije a una mujer: .D .Bdia Tengo hambre. .Edia .P Ella pasó de largo con una mueca entre compasiva y entristecida. Normalmente, mi maestro, cuando le decía eso, me contestaba: pues ve a arrancar raíces. El problema es que en esa ciudad no había raíces. Tras repetir mi queja tal vez una centena de veces, en voz alta, entre dientes, en mi cabeza, estallé: .D .Bdia ¡Tengo hambre! .Edia .P Pasaba al lado de una mesa con comida cuando vi a una joven ponerle una cosa redonda en la mano al que estaba detrás del puesto y llevarse una barra de color oscuro… Fruncí el ceño y me acerqué. .D .Bdia ¿Qué es eso? .Edia pregunté. .P El hombre echó miradas a su alrededor antes de contestarme: .D .Bdia ¿Cómo que qué es eso? Pan de cebada, hijo. ¿Quieres comprar? Son dos clavos y medio el panecillo, un cinclavos el pan y diecisiete clavos la hogaza, .Edia recitó. .P No lo entendí. .D .Bdia ¿Unos clavos? .Edia repetí. Y señalé los que fijaban la mesa, parecidos a los del cofre de mi maestro. .Bdia ¿Como esos? .Edia .P El hombre silbó, como impresionado. .D .Bdia Madre mía. ¿Pero de dónde sales tú, hijo? .Edia .D .Bdia De las montañas, .Edia contesté. .P Él meneó la cabeza y, tras echar otra mirada alrededor, me dio un panecillo y me enseñó un redondel plateado. .D .Bdia Esto es un medio clavo. Toma, quédate con la moneda. Cuando tengas cinco de esas, podrás comprar un panecillo como los Espíritus mandan. Y ahora largo y ni una palabra sobre esto o te desorejo. .Edia .P Agrandé los ojos y me alejé con rapidez, sacándole un generoso bocado a mi pan y escudriñando la moneda con mi otra mano. Tenía un agujero en medio, y alrededor había algo grabado, en ambos lados. Espíritus, pensé entonces, alzando la cabeza. Me intrigaba eso de los Espíritus. Ya los había oído mencionar varias veces por Hishiwa y el viejo Dirasho. .P Vagabundeé por las calles, mirando en silencio todo ese mundo extraño, hasta que llegué a una fuente y me apoyé para mirarme en el reflejo. Hice unas muecas, soplé sobre el agua y la imagen se turbó. Sonreí. .D .Bdia Tan rígidos no son los espejos de agua. .Edia .P Toqué el agua. ¡Estaba caliente! No mucho, pero un poco. Hundí la mano y luego el brazo. Tras unos instantes, hundí el otro y entonces vi algo en el fondo. Lo recogí. Era un hueso. Como los que le daba a mi maestro. Me senté en un bordecillo de piedra y lo mordisqueé, sintiendo la energía mórtica brotar de este. Aunque yo no la necesitaba como mi maestro, sorbí la energía. .D .Bdia ¿Quién eres, pequeño? .Edia dijo de pronto una voz. .P Alcé la vista y vi a un anciano mirándome. Tenía grandes orejas puntiagudas y llevaba una gran capa verde oscura, muy parecida a la de mi maestro. .P Me quité el hueso de la boca y contesté: .D .Bdia Soy Mor-eldal. .Edia .P El viejo elfo esbozó una sonrisa, enseñando unos dientes carcomidos. .D .Bdia Pues menudo nombre… No eres de aquí, ¿verdad? Tienes un acento horrible. ¿Cuánto tiempo llevas en Éstergat? .Edia .D .Bdia Un día, .Edia dije. .D .Bdia ¡Un día! ¿Y de dónde vienes? .Edia me preguntó con voz ligera. .D .Bdia Del valle de Evon-Sil, .Edia respondí. .Bdia De las montañas. Estoy aquí para descubrir el mundo. .Edia .D .Bdia Eso es tener objetivos, .Edia sonrió él. .Bdia Ven, vayamos a sentarnos ahí en ese bordecillo más ancho. Tu historia me interesa. No todos los días se encuentra a un muchacho del valle con esas pintas de salvaje y con un hueso en la boca, ¿sabes? Je. Pero dime, ¿has viajado solo? .Edia .P Me acerqué y me senté en el bordecillo junto al anciano diciendo: .D .Bdia Sí, vengo solo. He caminado durante muchos días. Pero luego me encontré con buena gente y un viejo me trajo a Éstergat con una carreta estirada por un caballo. .Edia .D .Bdia Pues sí que fue amable. ¿Y te dejó solo? Eso fue menos amable, .Edia comentó el anciano. .D .Bdia No, no, fue muy amable. .Edia aseguré, frunciendo el ceño. .P El anciano puso cara pensativa. .D .Bdia Ya… ¿De modo que no conoces a nadie aquí? ¿Y qué es lo que vas a hacer en Éstergat? .Edia Cavilé, buscando una respuesta a eso. De hecho, ¿qué era lo que iba a hacer? Ahí no se podía cazar ni trepar a los árboles. El viejo elfo asintió con una leve sonrisa. .Bdia Conque no lo has pensado todavía. Pues yo te lo voy a decir, escucha. Hoy, o mañana o dentro de una semana alguien se fijará en ti y se dirá: vaya, ¿será ese un rapaz desmadrado? Y, visto y no visto, te llevará junto con su banda, el cap, viéndote tan desamparado, te aceptará y hará de ti un mendigo. Con esas pintas, te auguro buen éxito: hasta un desalmado te daría un clavo. Y, así, poco a poco, aprenderás la vida del Gato de Éstergat, te harás ladrón y burlarás a la gente y, dentro de unas lunas escasas, te habrás convertido en un incurable guako de la calle. .Edia .P Lo miré, impresionado. Ese elfo parecía conocer todo mi futuro. .D .Bdia No sé, .Edia vacilé. .Bdia Mi maestro me dijo que los ladrones no eran buenos. .Edia .D .Bdia ¿Tu maestro? De modo que tienes a un maestro, .Edia masculló el anciano con el ceño fruncido. .Bdia ¿Dónde está ahora? .Edia .P Puse cara reservada y bajé la mirada hacia mi hueso. .D .Bdia Muerto. .Edia .P Era verdad, en cierto modo: era un nakrús. .D .Bdia Ya veo. De modo que has llegado a una ciudad que no conoces y estás tan solo como el Caballero Cojo. ¿No tienes dinero, verdad? .Edia .P Entrecerré los ojos, y luego sonreí y saqué el medio clavo que me había dado el hombre del pan de cebada. El anciano puso los ojos en blanco. .D .Bdia Esto te pagará como mucho un mendrugo de pan rancio. El colgante que llevas al cuello, ese igual te pagaría un panecillo. ¿De dónde lo has sacado? .Edia .P Bajé la mirada hacia mi colgante. Era una correa de cuero bueno con una plaquita de metal y unos signos que ni siquiera mi maestro entendía. Me encogí de hombros. .D .Bdia Siempre lo he llevado. Mi maestro me dijo que a lo mejor me lo dio mi familia. .Edia .P El anciano lo examinó y asintió, pensativo. .D .Bdia ¿Y no te acuerdas de tu familia? .Edia .D .Bdia Casi nada, .Edia admití. .Bdia Mi maestro dijo que, cuando me recogió, yo le dije que tenía seis inviernos. Pero yo no me acuerdo. .Edia .D .Bdia ¿Y eso cuándo pasó? .Edia .P Me encogí de hombros y me puse sombrío. No me gustaba pensar en un pasado tan lejano. Contesté, sin embargo: .D .Bdia Hace cuatro años. .Edia .D .Bdia Ya veo. Bueno. Escucha, muchacho. Seré un viejo elfo pobre y cojo, pero malo no soy y no voy a dejar que un chico como tú, tan inocente y bueno, acabe metido en la boca del lobo. Te voy a echar una mano. Mira, .Edia añadió. .Bdia Ahí, al otro lado de la plaza, ¿ves la Estrella del Daglat en esa puerta, con una rosa debajo? Es la insignia de .Sm -t nomlieu La Rosa de Viento . Es una taberna. Barata y no muy buena, pero una de las mejores del Barrio de los Gatos. ¿Tienes hambre? .Edia .D .Bdia Ah, pues sí, bastante, .Edia reconocí. .P El anciano sonrió y me dio unas monedas. .D .Bdia Entonces, deja ese hueso ya y ve a comprarnos unos bocadillos con queso. ¿Ya has entrado en una taberna? ¿No? Pues vas a la barra, te subes a un taburete para que te vea el tabernero y le dices bien alto: ¡señor tabernero, quiero dos bocadillos con queso! Le das las monedas y vuelves aquí con los bocadillos. ¿Has entendido? .Edia .P Asentí enérgicamente, metí el hueso en mi saco, me levanté y salí corriendo hacia la puerta con las monedas en la mano e iba a empujarla cuando esta se abrió y oí un barullo de voces y cristales. Esperé a que pasara el hombre que salía y entré. Lo que vi me dejó boquiabierto. Había mesas, gente y hasta perros. Reconocí la barra fácilmente, me subí a un taburete y grité: .D .Bdia ¡Señor tabernero, quiero dos bocadillos con queso! .Edia .P El barullo de la taberna enseguida se redujo y el hombretón que tenía delante se carcajeó, mirándome con diversión. .D .Bdia Templa el tono, pequeño salvaje, que me sobresaltas a la clientela. Menudo vozarrón tienes. Siéntate en el taburete, no sea que pierdas el equilibrio, y ya te traigo en nada unos bocadillos. Trae esas monedas. .Edia .P Se las dejé en su gran manaza y me senté, dándole la espalda a la barra y contemplando mi alrededor con curiosidad. Las conversaciones se habían reanudado y el ruido me aturrullaba. Antes de que tuviera tiempo de aburrirme, el tabernero apareció del otro lado de la barra anunciando: .D .Bdia ¡Dos bocadillos con queso, muchacho! .Edia .D .Bdia Gracias, .Edia dije. Cogí la comida, la miré con curiosidad, le di un bocado y resoplé, masticando. .Bdia ¡Está bueno! ¡Gracias, señor tabernero! .Edia .P Y, bajo su mirada divertida, salí de ahí corriendo. Crucé la plaza y encontré al viejo elfo ahí donde lo había dejado. Me sonrió. .D .Bdia Veo que ya has empezado sin mí. .Edia .P Le di su bocadillo y me senté, masticando a dos carrillos. .D .Bdia ¿Está bueno, eh? O más bien debería decir estaba, .Edia rió el anciano. Y es que yo acababa de meterme el último trozo en la boca. Él retomó: .Bdia ¿Sabes? Si me escuchas ahora con atención, tal vez te encuentre a una persona que pueda comprarte buena comida todos los días. .Edia .P Lo miré con fijeza y tragué lo que tenía en la boca. .D .Bdia ¿De verdad? .Edia dije. .Bdia ¿Dónde está esa persona? .Edia .P El viejo elfo me observó con atención antes de replicar: .D .Bdia ¿Sabes lo que es una hermandad? .Edia .P Asentí. .D .Bdia Un montón de hermanos. Yo tuve alguno, antaño. Creo. .Edia .P El anciano sonrió. .D .Bdia Sí. Una hermandad es una familia en la que la gente se instruye y colabora. Bueno. Resulta que yo pertenezco a una. Y he pensado que no estaría mal agrandar la familia. ¿Has oído hablar de los Daganegras? No, claro, lo suponía. Bueno. Los Daganegras somos una cofradía especial. No tenemos entre nosotros a pícaros ladronzuelos, ni estafadores de tres al cuarto, y menos a gente mala. Los Daganegras tenemos un código. Y hasta sabemos un poco de magia. .Edia .P Estuve a punto de decirle, ¡ja! yo también sé un poco de magia, y hasta más que un poco. Pero lo callé justo a tiempo, porque no tenía que hablar de eso. Me mordí la lengua sin despegar los ojos del anciano. Este continuó: .D .Bdia Lo he pensado y he decidido que tú podrías ser un buen Daganegra. Tendrías comida, una casa donde dormir, y hasta un maestro que te enseñaría muchas cosas. .Edia Sus ojos me observaban de reojo. .Bdia ¿Qué me dices? ¿Te gusta la idea? .Edia .P Sonreí. .D .Bdia Pues sí, mucho. ¿Qué tengo que hacer? .Edia .D .Bdia Vuelve aquí al anochecer y siéntate en esta misma fuente. Vendrá a buscarte un miembro nuestro. Y, por cierto, no le digas a nadie nada sobre esto, ¿eh? Los Daganegras somos una cofradía secreta, .Edia me dijo, guiñándome el ojo. .P Y, como yo asentí, sonrió y tendió una mano arrugada para revolverme el cabello como lo hacía mi maestro. Sentí enseguida un arranque de confianza por aquel elfo. .D .Bdia Hasta pronto, pequeño. No olvides: aquí, al anochecer. El joven se llama Yálet. .Edia .P Se levantó y lo vi alejarse cojeando. Sólo cuando desapareció pensé en que había olvidado preguntarle cómo se llamaba él. .Ch "Los Daganegras" Pasé el día marcando el territorio sin alejarme mucho de la plaza de .Sm -t nomlieu La Rosa de Viento y es que, con tanta calle, todavía no me fiaba de mi sentido de la orientación. Con mi piedra afilada en la mano, dibujé signos en cada esquina, para crearme puntos de referencia, hasta que un gran elfo oscuro me soltó un: .D .Bdia ¿Qué haces, tunante? .Edia .P Y me recordó tanto su tono al del propietario de la casa que me había echado junto con mi compañero del diente ausente que tuve la prudencia de salir corriendo y seguir marcando las calles de manera más discreta. .P Cuando ya atardecía, regresé a la plaza, me senté en la fuente y me dediqué a observar a los saijits. Escuché trozos de conversaciones, pero no entendí gran cosa. En un momento, se sentó no muy lejos un elfo con un gran montón de papeles. Por cómo se movían sus ojos, entendí que aquello era como un gran libro. Curioso, me asomé para ver qué ponía y… tan sólo tuve tiempo de constatar que no entendía nada de los signos esos antes de que el saijit me gruñera: .D .Bdia Aparta, mocoso. .Edia .P Me aparté y de hecho me aparté bien: di toda la vuelta a la plaza y esperé a que el elfo se fuera para regresar a la fuente. .P Cuando anocheció, la plaza seguía concurrida. Por lo visto, los saijits no eran como las ardillas, que desaparecían en cuanto desaparecía el sol. Aquella noche brillaba la Luna llena y eso me serenó. Mi maestro decía que, mientras lucía la Luna, la Gema o la Vela en el cielo, uno siempre encontraba su camino. .P .Bparoles Las tres Lunas son el sol de la noche, .Eparoles decía, .Bparoles y las estrellas sus rayos. .Eparoles .P Las noches cálidas, solíamos salir juntos a contar las estrellas. Bueno, no sé si él las contaba, pero a mí me pedía que las contara, y que las multiplicara y compartiera con él mis cálculos. .Bparoles Aprende, Mor-eldal. ¡Hasta las ardillas saben contar sus bellotas! .Eparoles me decía. .P Estaba jugueteando con mi pluma amarilla, distraído, cuando un humano se sentó junto a mí, en el pretil de la fuente, y comentó: .D .Bdia Bonita pluma. .Edia .P Ladeé la cabeza y lo observé con detenimiento. Era joven, vestía una capa oscura y algo en sus ojos me dijo que no se había sentado ahí por casualidad. .D .Bdia ¿Yálet? .Edia pronuncié, interrogante. .P Lo vi sonreír y asentir. .D .Bdia El mismo. Y tú supongo que eres Mor-eldal. .Edia Confirmé en silencio, mirándolo descaradamente, y él observó: .Bdia Un nombre curioso. ¿Te lo pusieron tus padres? .Edia .P Negué con la cabeza. .D .Bdia Yo no tengo padres. .Edia .P Yálet asintió con calma. .D .Bdia No eres el único, no te preocupes. Dime, ¿sabes por qué Rolg te ha enviado a mí? .Edia .P Supuse que Rolg era el viejo elfo. Me encogí de hombros. .D .Bdia Dijo que ibas a enseñarme y a comprarme comida buena. .Edia .P Yálet sonrió. .D .Bdia Ajá. Si te portas bien, serás mi sarí, yo seré algo así como tu mentor y te enseñaré muchas, muchísimas cosas. ¿Sabes lo que significa portarse bien? .Edia .P Asentí. Eso me lo había dicho mi maestro. Lo expliqué con aplicación: .D .Bdia Significa que no tengo que molestar, que no tengo que hablar cuando se me manda callar y que no tengo que hacer tonterías como comer setas que no conozco o acercarme a las serpientes. .Edia .P Él sonrió anchamente. .D .Bdia No lo hubiera dicho mejor. Procura no olvidarlo y ambos nos llevaremos bien, ¿eh? Vamos, sígueme. Voy a enseñarte algo. .Edia .P Se levantó ágilmente del pretil de la fuente y yo no vacilé: guardé mi pluma amarilla en el saco y lo seguí con curiosidad. Yálet me guió a través de unas callejuelas y tuve que trotar para no dejarme distanciar. Al cabo, se detuvo en un callejón y se giró hacia mí con una mueca risueña. .D .Bdia ¿Sabes escalar? .Edia .P Sonreí. .D .Bdia ¡Y cómo! Soy un gran trepador. Cada vez que me veía mi maestro en un árbol, decía que era un inconsciente. Pero cuento con los dedos de una mano las veces que me he caído. .Edia .P Lo vi enarcar una ceja, divertido. .D .Bdia Bueno. Pues aquí será preferible que no te caigas, porque el lugar adonde quiero llevarte está mucho más alto que un árbol. Ahora mira y aprende. .Edia .P Se subió a un barril, tomó impulso y se agarró a una viga debajo del tejado más bajo. En unos segundos, estaba encaramado sobre este y me miraba entre las sombras, expectante. .P Agrandé mucho los ojos, atónito, y aún más cuando lo vi hacer un gesto de la mano. Er… ¿Se suponía que yo tenía que hacer lo mismo? De acuerdo, me dije. Venga. Tú puedes hacerlo, gran trepador. Inspiré hondo para animarme, me subí al barril e intenté alcanzar la viga pero esta estaba demasiado lejos. Vale, por ahí no había forma. Me bajé y encontré un tronco de metal algo grueso que subía y subía hasta arriba. Me agarré y comencé a ascender. Era casi como trepar por un árbol, pero en menos práctico, porque no había ramas. Llegué bajo el tejado, me así al alero y… resbalé y, de no ser porque en ese instante la mano de Yálet me aferró, me hubiera pegado un buen tortazo. El Daganegra me ayudó a subir y, pese a mi éxito dudoso, sonrió y dijo: .D .Bdia No ha estado mal para un primer intento. Recuerda: lo importante es estar agarrado siempre a una buena asidera. Si no puedes subir por un lado, ten paciencia: encontrarás otro camino. Lo que no hay que hacer, obviamente, es lanzarse al vacío, ¿eh? Venga, sígueme y con cuidado. .Edia .P Lo seguí a cuatro patas por las tejas hacia un tejado más alto. Yálet no se despegaba de mí, como si temiera que en cualquier momento fuera a resbalar y caer. Subimos por balcones, atravesamos terrazas llenas de trastos y trepamos por fachadas. Definitivamente aquello no era como trepar a los árboles. Era divertido, eso sí, pero era… bueno, diferente, y más inquietante: en vez de pájaros y ardillas, encontramos en camino ratas y murciélagos. .P Finalmente, tras subir y subir, llegamos a una terraza muy alta y Yálet me palmeó el hombro. .D .Bdia Ya hemos llegado. ¡Bienvenido al aula del maestro Yálet y su discípulo! Está un poco descuidado, pero da igual: total, no se admiten visitas. Y ahora, gírate y contempla la ciudad, Mor-eldal. .Edia .P Me giré y solté un suave resoplido. Contemplé absorto la ciudad nocturna. Parecía un mar de luciérnagas. O un mar de estrellas, pensé, maravillado. .D .Bdia Bonito, ¿eh? .Edia Yálet alzó la mano. .Bdia Mira. Eso, ahí a lo lejos, es la Explanada. ¿Ves la cúpula esa encendida? Es el Templo Mayor. Y justo al lado está el Capitolio, con el parlamento. El barrio que está más allá es Rískel, el antro de los mercaderes, y todo eso es Tármil, el barrio de los artesanos. Eso es el río. Y más allá están las fábricas de los Canales. Ah, donde no se ven luces es el Jardín de Fieras, ¿lo ves? Ahí guardan a los animales más extraños de Prospaterra. Y, bueno, detrás de nosotros, están los dos barrios ricos. Atuerzo y el Arpa. .Edia Señaló la parte alta de la ciudad con un vago ademán. .Bdia Yo trabajo en una taberna del Arpa. Y créeme, gano más con las propinas que me dan los clientes que con lo que me da ese tacaño de tabernero. Aquello que ves ahí, grandioso como un palacio, es el Conservatorio, donde estudian los magos. Y detrás de esa muralla, está la Ciudadela. La ciudad de los Intocables. Los nobles. Y esto, .Edia añadió, dándole de nuevo la espalda a la Roca y mirando las casas justo enfrente con expresión solemne. .Bdia Esto, Mor-eldal, son los Gatos. Aquí me he criado yo y aquí es donde tú vas a vivir. .Edia .P Enarqué las cejas. .D .Bdia ¿En esta terraza? .Edia .P Pronuncié bien la palabra, pues acababa de aprenderla. Yálet se carcajeó por lo bajo. .D .Bdia No. Esta terraza, no. Esto es un refugio secreto que sólo conocemos tú y yo, Mor-eldal. Tú vas a vivir con el viejo Rolg. Su casa está por ahí, .Edia dijo, agitando la mano vagamente. .Bdia Yo te hospedaría, pero es que vivo en una pensión de Atuerzo y no puedo meterte en ella. Tranquilo, ahora mismo hay otros dos sarís que viven con Rolg también. .Edia .D .Bdia ¿Son niños como yo? .Edia pregunté. .P Yálet me echó una ojeada, divertido, tal vez por mi vivo interés. .D .Bdia Yerris tiene trece años y Slaryn… creo que trece también. Sla es la hija de… bueno, de una Daganegra que acabó en las redes de los guardias… Mmpf. Mira, en cuanto bajemos de esta terraza, te llevaré a casa de Rolg y podrás conocerlos a ambos. ¿Te parece? .Edia .P Asentí y me arrimé al muro, contemplando la ciudad, fascinado. Empezaba a pensar que mi maestro había tenido razón echándome de su cueva. ¡Tenía tanta cosa que aprender, tanta cosa nueva que explorar! Alcé una mano y señalé unos altos edificios muy juntos y repletos de terrazas que descollaban de los Gatos. .D .Bdia ¿Y eso qué es? ¿Los Gatos también? .Edia .P Como yo, Yálet se había apoyado en el muro. Levantó la vista para ver qué señalaba y la Luna iluminó su mueca. .D .Bdia Eso… es el Laberinto. Forma parte de los Gatos, es el centro del barrio, pero… .Edia Vaciló. .Bdia Será mejor que no te metas por ahí. Es un lugar peligroso. Como esas setas y serpientes, ¿entiendes? .Edia .P Puse los ojos en blanco. .D .Bdia Claro. ¿Y eso de allá? .Edia .P Señalé una parte a la izquierda, llena de chozas bajitas. .D .Bdia Ese es el Barrio Negro. Y más abajo en el río está Menshaldra, la villa de los barqueros. ¿Ves esas luces de allá? Son las del Puente Bravo. Y ahí, todo recto, aunque no lo veas, está el bosque intocable de Éstergat. Todo el mundo lo llama la Cripta, a saber por qué. Nadie tiene derecho a cortar un sólo árbol del bosque. Es propiedad de los Fal, una familia noble. .Edia .P Señalaba la oscuridad completa, más allá del río, y traté de ver, pero no vi nada. Un bosque, pensé. Era reconfortante saber que había uno tan cerca. .D .Bdia ¿Qué significa cripta? .Edia pregunté. .D .Bdia Huh. Es un lugar donde… bueno, donde se entierra a los muertos. Tranquilo, .Edia añadió con voz ligera. .Bdia No salen de ahí espectros ni nada de eso. Como mucho habrá algún oso o algún lobo. El año pasado salió de ahí un nadro rojo, de esos dragonzuelos que corren mucho y explotan cuando mueren, ¿ya has visto alguno? ¿No? Pues tengo que tener aún el grabado que salió en el periódico. Te lo enseñaré. .Edia .D .Bdia ¿Qué es un grabado? .Edia pregunté. .P Yálet se quedó como suspenso. .D .Bdia Un grabado es un dibujo. .Edia .D .Bdia Ah. ¿Y qué es un periódico? .Edia .D .Bdia Espíritus, bueno… Un periódico es un… un montón de papeles con noticias escritas dentro, .Edia contestó él, carraspeando. .D .Bdia Vale. Gracias, .Edia dije. .Bdia ¿Y qué son los Espíritus? .Edia .D .Bdia Brasas… .Edia murmuró Yálet pasándose una mano por la frente. .Bdia Los Espíritus… Mira, Mor-eldal, eso mejor se lo preguntas a un sacerdote, ¿eh? .Edia .P Me mordí el labio y asentí. Decidí no preguntarle qué era un sacerdote. .D .Bdia ¿Así que el bosque es peligroso? .Edia .P Yálet meneó la cabeza y me sonrió. .D .Bdia No mientras tú te quedes aquí en los Gatos. .Edia .P Hice una mueca y desvié los ojos hacia los incontables edificios de los Gatos. Soplaba un viento frío y me estremecí. Rompí el silencio. .D .Bdia Antes has dicho que una Daganegra acabó en las redes de los guardias. ¿Quiénes son los guardias? .Edia pregunté. .P Lo vi levantar los ojos al cielo y ahogar una carcajada. .D .Bdia Lo que faltaba. ¿Sabes lo que es un policía? ¿No? Madre mía. En los Gatos los llaman los moscas. ¿Tampoco? Bueno, sarí, .Edia inspiró, mirándome bien. .Bdia Los guardias son los que vigilan y arrestan a los que hacen cosas que no deben y los meten en una cárcel, un sitio con barrotes del que no puedes salir. ¿Entiendes? .Edia .P Asentí. .D .Bdia Sí. .Edia .P Más o menos, añadí interiormente, pero eso no lo dije, porque tenía la impresión de que mi ignorancia supina lo tenía un poco desesperado. .D .Bdia Rolg me dijo que venías del valle, .Edia retomó Yálet tras un silencio. .Bdia Dijo… que estuviste viviendo con un anciano. .Edia .D .Bdia Sí. Pero me echó, .Edia admití, súbitamente sombrío. Posé la barbilla sobre mis manos, con los ojos fijos en la ciudad, y expliqué: .Bdia Él quería que me marchara a vivir con vosotros, para que aprendiera cosas. Lo echo de menos, .Edia confesé en voz baja. .Bdia Pero él no quiere que vuelva hasta que… hasta que encuentre a un ferilompardo. .Edia .P Yálet arqueó una ceja. .D .Bdia ¿Un ferilompardo? Un momento, .Edia dijo de pronto. .Bdia Rolg me dijo que ese maestro estaba muerto. .Edia .P Abrí la boca, la cerré e hice una mueca. .D .Bdia Pues… Es que no está muerto realmente. .Edia .P Yálet enarcó las cejas y, como yo no decía nada más y desviaba la mirada hacia las luces de los lejanos faroles, me revolvió el cabello y dijo con ánimo: .D .Bdia Anda. No te pongas sombrío. Si de verdad ese maestro y tú vivíais solos en las montañas… ¿sabes? Creo que te hizo un gran favor echándote. Si no lo hubiera hecho, nunca habrías visto Éstergat. Y nunca habrías visto esto, .Edia añadió, haciendo un amplio ademán hacia el paisaje nocturno. .Bdia Vamos, voy a enseñarte tu nueva casa. Pero antes: cuidado con la bajada. .Edia .P Lo vi pasar por encima del muro hacia el tejado de abajo y sonreí. Ese saijit me caía bien. Y, aún mejor, parecía que yo le caía bien a él. Y aún mejor que mejor: era mi nuevo maestro. Me mordí los dedos, sonriente. .D .Bdia ¡Hey, Mor-eldal! ¿Qué haces? .Edia .P Ups. Me apresuré a pasar por encima del muro y destrepé lo trepado. Cuando hubimos puesto al fin los pies en el callejón, Yálet apuntó: .D .Bdia ¿Sabes? Deberías cambiar de nombre. Mor-eldal es demasiado… extraño. Todo el mundo se fijaría en él. ¿Qué te parece si te llamamos…? .Edia Meditó unos segundos bajo mi mirada expectante y soltó: .Bdia Draen. En Éstergat los hay a montones. Y es un buen nombre. ¿Te gusta? .Edia .P Sonreí. Mi maestro no solía preguntarme mi opinión por nada. Cuando me había llamado Superviviente, desde luego, no me había preguntado a ver si me gustaba. Asentí, sintiendo que Yálet acababa de hacerme un regalo. .D .Bdia Sí. Me gusta. Yálet también es un buen nombre, .Edia añadí. .P Él me echó una ojeada burlona. .D .Bdia Llámame Yal y yo te llamaré Draen, ¿de acuerdo? .Edia Asentí y él me sonrió. .Bdia Venga, andando. .Edia .P Lo seguí por callejuelas hasta que llegamos a un callejón lleno de trastos. La casa de la derecha estaba en bastante peor estado que la de la izquierda. Yal se dirigió hacia esta última, subió por unas escaleras de madera y empujó la puerta. .P Había luz en el interior. Cuando entré detrás de Yal, vi un cuarto más o menos igual de grande que el de la casa de Hishiwa. Había cuatro jergones, una mesa, unos taburetes y algún trasto más al que no supe poner un nombre. .D .Bdia Vaya, parece que Yerris y Slaryn no están, .Edia dijo Yal con el ceño fruncido. .D .Bdia Últimamente no se les ve casi el pelo, .Edia masculló una voz. Me giré y vi al viejo elfo salir de la habitación contigua. Apartó un embozo que lo protegía del frío y la luz de la linterna iluminó su rostro arrugado y tranquilo. Me sonrió. .Bdia Bienvenido a la Guarida, muchacho. Te hablaría de todas las tareas domésticas y reglas de esta casa, pero me temo que hay algo mucho más urgente que hacer. .Edia Posó una pila de ropa sobre la mesa y señaló un enorme cubo lleno de agua. .Bdia Límpiate en el barreño, tienes una jaboneta y una esponja justo ahí al lado. Quiero que frotes hasta que se te vea la piel, ¿eh? Y luego ponte esto, .Edia dijo, dando una palmada seca a la ropa. Asentí, enmudecido, porque no estaba seguro de haberlo entendido todo. Lo vi poner los ojos en blanco. .Bdia Yal, hijo, tengo que hablar contigo un momento. .Edia .P Yálet me dedicó una sonrisa para animarme a hacer lo que me pedía Rolg y yo me acerqué al barreño. Me detuve ante este, eché una mirada de auxilio hacia la habitación contigua, pero la puerta se cerró justo en ese momento. Bueno. Pues me tocaba arreglármelas solo. Me quité mis pieles de conejo, cogí la jaboneta y la esponja y las miré un rato antes de hundirlas en el agua. Agrandé los ojos al ver la espuma blanca. Lamí la jaboneta y… .D .Bdia Beeej… .Edia solté. .P Escupí, me limpié la boca con el agua y luego me dije que sería más sencillo meterme en el barreño, así que me metí, me senté y comencé a frotar como había dicho el viejo elfo. Cuando salió Yal de la habitación, estaba frotando un pie. Me miró y sonrió. .D .Bdia Bueno, sarí, creo que vas bien encaminado. Ahora empiezas a parecerte a un humano. Pero ¿sabes? la esponja también se usa. Mira, te voy a frotar la espalda, que eso no es fácil. Trae y levántate. .Edia .P Cogió la esponja y la jaboneta y comenzó a frotar. .D .Bdia Vaya. Tienes una bonita cicatriz aquí en el brazo, .Edia observó Yal. .D .Bdia Me la hizo un lince el verano pasado, .Edia expliqué. .D .Bdia ¿Un lince? .Edia se extrañó Yal. .Bdia ¿Y saliste vivo? .Edia .D .Bdia Bueno… .Edia Me rebullí, molesto, porque acababa de recordar que esa historia no podía contarla. Si me había salvado del lince, había sido gracias a un sortilegio nigromántico: le había soltado una descarga mórtica y se había asustado. Tras un silencio, dije: .Bdia Tuve suerte. .Edia .D .Bdia Ya lo creo, .Edia resopló Yal mientras seguía frotando con energía. .Bdia Bueno, al menos en Éstergat no tendrás que luchar con linces. Mira, Rolg dice que te explique un poco cómo funciona su casa. Las reglas son pocas, pero hay que respetarlas. ¿Me escuchas? .Edia .D .Bdia Mucho, .Edia aseguré. .D .Bdia Bien. La primera regla es: no meter aquí a nadie que no sea de la cofradía. La segunda: hacer todo lo que te diga Rolg. La tercera: no entrar en su habitación. Y eso es todo. ¿No ves qué sencillo? .Edia Se alejó unos pasos, levantó un pequeño cubo lleno de agua y, sin previo aviso, me lo echó todo encima de la cabeza. Solté un grito y él se carcajeó. .Bdia Eres tan poco amigo de los baños como yo a tu edad. Pero este era imperativo, créeme, o esos guardias de los que te he hablado habrían acabado retirándote de la vía pública y metiéndote en uno de esos refugios en el que no querrás acabar ni muerto. Ahora sécate con esto y a vestirte. Mañana a la noche vendré aquí a por ti, así que procura estar en casa. Trata de llevarte bien con Yerris y Slaryn, ¿mm? Seguro que te enseñan muchas cosas, tú hazles caso. Buenas noches, sarí, .Edia me dijo, palmeándome el hombro. .P No sé qué me entusiasmaba más, si la perspectiva de conocer a esos dos sarís o la de volver a ver a Yal al día siguiente. Contesté, sonriente: .D .Bdia Buenas noches, elassar. .Edia .P Yal me miró con sorpresa, ya junto a la puerta. .D .Bdia ¿Elassar? ¿Qué significa eso? .Edia .P Ops. Me encogí de hombros y expliqué: .D .Bdia Maestro. ¿Puedo llamarte así? Es que… yo a mi maestro siempre lo llamaba elassar. .Edia .P Yal enarcó una ceja y esbozó una sonrisa. .D .Bdia Mm. Haz como quieras. Hasta mañana, sarí. .Edia .D .Bdia ¡Hasta mañana, elassar! .Edia .P Su sonrisa se ensanchó. Cerró la puerta detrás de él y yo me apresuré a vestirme porque no hacía precisamente calor en el cuarto, y menos con el pelo mojado. Estaba poniéndome la camisa cuando Rolg salió de la habitación cojeando. .D .Bdia ¿Qué te parece tu nueva casa, muchacho? .Edia .D .Bdia Muy bonita, .Edia aseguré. .Bdia Es más grande que la que tenía antes. Aunque aquí también hace frío. .Edia .D .Bdia Por eso te he traído una manta. Aquí tienes. .Edia Rolg me dio la manta y señaló un jergón con un ademán. .Bdia Ese es para ti. ¿Te importa si tiro esas pieles? Huelen peor que una alcantarilla. Hasta el mendigo más harapiento las tiraría. Anda, túmbate y a dormir, que seguro que estás cansado y si no lo estás, hagas lo que hagas, no metas ruido: te advierto de que, cuando me despiertan antes de que se levante el sol, siempre me levanto del pie izquierdo y no querrás averiguar lo que significa eso. .Edia Me sonrió con aire burlón. .Bdia Buenas noches, pequeño. .Edia .D .Bdia Buenas noches, Rolg, .Edia le dije con alegría. .Bdia Y muchas gracias por… por la jaboneta. Sabe horrendo, pero es muy bonita. Y gracias por la ropa y la manta. Y por el jergón, está mejor que el que tenía en las montañas. .Edia .P Los ojos del viejo elfo destellaron de diversión. .D .Bdia Me alegro. .Edia .P Me cubrí con la manta y vi a Rolg llevarse la linterna al cuarto. Cerré los ojos, luego los volví a abrir y contemplé la habitación gracias a la tenue luz de la Luna que conseguía infiltrarse por la ventana. ¡Cuántos ruidos lejanos, cuánto rumor extraño! Oí los crujidos de madera bajo los pasos cojeantes del viejo elfo en el cuarto de al lado, unas voces en el callejón y… De pronto, la puerta se abrió en un susurro casi inaudible y entraron dos siluetas. Eran dos niños. .D .Bdia Es la última vez que voy contigo al teatro, .Edia le cuchicheó la chica al muchacho. .D .Bdia Qué exagerada, .Edia le replicó el otro en un murmullo. .P No dijeron más. Se tumbaron en sus jergones y no supe si decirles algo o no. Decidí al final que no, porque Rolg a lo mejor estaba durmiendo ya y no quería despertarlo. Así que escuché la respiración de Yerris y Slaryn, me serené convenciéndome de que estaba durmiendo en casa amiga y, recordando esos bocadillos prometidos, me dormí apaciblemente. .Ch "Las armonías" .\" 21/09/2017 Cuando desperté y abrí los ojos, lo primero que vi fue el extraño rostro achatado de un niño. Tenía ojos rasgados de un azul muy claro y la piel negra como la noche. .D .Bdia Tú eres nuevo, .Edia soltó. .P No era una pregunta, era una constatación. Despertando de golpe, Slaryn me vio y emitió un resoplido antes de enderezarse bruscamente. .D .Bdia ¡La madre! ¿Quién eres tú? .Edia .P Su largo cabello rojo alborotado cercaba un rostro delgado y azul oscuro con ojos muy verdes agrandados por la sorpresa. A todas luces, era una elfa oscura. Con rapidez, me senté y vacilé un instante antes de contestar: .D .Bdia Buenos días. Soy Draen. .Edia .P Slaryn me miró con atención sin contestar pero Yerris, él, sonrió enseñando una dentadura blanca. .D .Bdia Buenos días. Yo soy Yerris. Y ella es Slaryn la Solitaria. ¿De dónde sales? .Edia .D .Bdia Pues ya ves… Yal me ha dicho que iba a ocuparse de mí, .Edia expliqué. .Bdia Y que iba a darme bocadillos y a enseñarme muchas cosas. También dijo que vosotros ibais a enseñarme porque… yo vengo del valle, y hay muchísimas cosas que no sé. Por ejemplo, nunca había visto un pan antes de venir aquí. .Edia .P Slaryn se carcajeó, incrédula. .D .Bdia ¿De verdad? .Edia .D .Bdia Pues sí. En las montañas no hay de eso, .Edia expliqué. .D .Bdia ¿Y entonces qué comías? .Edia preguntó la muchacha. .D .Bdia Pues… raíces, conejos, cangrejos y bayas. Cosas de esas. .Edia .D .Bdia Wow, wow, .Edia lanzó Yerris. Se levantó de un bote. .Bdia De modo que eres todo un montaraz. Permíteme que me presente debidamente. Soy Yerris el Gato Negro. Algunos dicen que mezclar sangre de gnomo con sangre de elfo oscuro da mal resultado pero, .Edia se señaló a sí mismo con un gesto orgulloso, .Bdia aquí tienes la prueba de lo contrario. No podrías haber encontrado a un mejor guía para adentrarte en el mundo civilizado. Arrea, .Edia añadió, alejándose hacia la puerta. .Bdia Deja ese saco, no te lo vamos a robar. Y, ponte la gorra, no se te vayan a congelar las orejas. .Edia .P Me levanté, cogí la gorra que me había dejado Rolg y me la puse como el semi-gnomo. Salimos los tres de la Guarida. Hacía un día primaveral y el sol iluminaba ya los Gatos con una luz grisácea pero cálida. .D .Bdia Vamos, vamos, .Edia me apremió Yerris. .Bdia ¿Sabes? .Edia me dijo mientras salíamos del callejón. .Bdia Te ha tocado un buen mentor. Yal sólo tiene dieciséis años, es casi como un compañero, y además dicen que es uno de los mejores Daganegras de la cofradía. ¡Y te aseguro que es cierto! El otoño pasado, para hacerse miembro de verdad, se coló en la casa de unos nobles de la Ciudadela y apañó cien dorados. Donó cincuenta a la cofradía, ¿y sabes lo que hizo con los cincuenta que le sobraron? Nos compró regalos a todos los sarís. Bueno, se compró un sombrero para él. Uno de esos de copa alta. A mí me regaló una armónica. Y es que soy el mejor músico de Éstergat. Apenas exagero, luego te haré una demostración… ¡Anda! Ahí está Rarko. ¡Salú, Rarko! .Edia exclamó. Lo vi alzar una mano hacia un muchacho sentado en un umbral. .Bdia ¿Qué tal, compadre? .Edia .D .Bdia ¡Viento en popa! ¿Y tú? .Edia replicó el tal Rarko. .P Yerris le contestó levantando el pulgar y prosiguió, bajando la voz: .D .Bdia Bueno, pues eso, shur, que Yal cae bien a todo el mundo. Te ha tocado la lotería. Y es que, créeme, mi mentor, desde luego, no está para darme regalos. Ese tipo no sabe lo que es un ser social. Por suerte, ahora está de viaje por allá cazando tesoros o parloteando con algún comparsa de otra ciudad. Qué sé yo. En cualquier caso, ¡eso significa que voy a tener los días libres para enseñarte a ser un buen estergatiense! .Edia .P Con cierto asombro, yo miraba alternadamente la calle por donde iba y los labios hiperactivos de Yerris. El semi-gnomo no dejó de parlotear y contarme historias sobre la cofradía, la ciudad y cualquier cosa que se le pasara por la cabeza. Tenía un andar peculiar, zigzagueaba, daba vueltas sobre sí mismo y, de cuando en cuando, saludaba a algún conocido con grandes aspavientos. Al contrario, Slaryn permanecía callada, me observaba y la vi sonreír dos o tres veces con cara burlona, aunque no sé si se burlaba de mí o de Yerris. .P En una calle, nos topamos con un grupo de niñas y Slaryn nos dejó diciéndole a Yerris: .D .Bdia Oye, cuidado con lo que le enseñas al nuevo, que te conozco: tú eres capaz de mandarlo al calabozo el primer día. .Edia .D .Bdia ¡Malas lenguas! ¡Cada día te pareces más a tu angustiada madre! .Edia le replicó Yerris. .P La elfa oscura lo fulminó con la mirada y siseó: .D .Bdia ¡Cuidado con lo que dices! .Edia .P Yerris suspiró y puso un puño sobre su pecho. .D .Bdia Mis disculpas, princesa, me traicionó la lengua. .Edia Slaryn puso los ojos en blanco y el semi-gnomo me arrastró lejos de las muchachas murmurándome: .Bdia La madre de Sla está en la trena y ella no quiere que se sepa. Así que… ¡cuidado con lo que dices! .Edia me soltó burlonamente. .P Y siguió hablando. Primero anduvimos en las callejuelas de los Gatos hasta que Yerris se detuviera ante una angosta escalera y comentara: .D .Bdia No, eso todavía no, que se me asusta. .Edia .P Y dio media vuelta. Sólo cuando nos hubimos alejado un buen trecho me fijé en que Yerris había estado a punto de entrar en ese peligroso Laberinto del que me había hablado Yal. La curiosidad se me avivó, pero no me atreví a interrumpir el flujo continuo de palabras del semi-gnomo. En cierto modo, escucharlo era una maravilla. Algo abrumador, sobre todo porque de todo lo que me decía yo entendía como mucho una décima parte, pero aun así no dejaba de fascinarme su locuacidad. .P El semi-gnomo me llevó por la Avenida de Tármil, hasta la Explanada, donde me pagó un panecillo de su propio bolsillo y comimos sentados en la enorme escalinata blanca que rodeaba el Capitolio. Estaba aprovechando el momento de silencio para contemplar a la gente y ordenar mis pensamientos cuando Yerris me preguntó con la boca llena: .D .Bdia ¿Y qué es lo que hacías en el valle? .Edia .P Tragué. No me pensé mucho la respuesta y es que, antes, Yerris ya me había hecho alguna pregunta y no me había dado tiempo a contestar. .D .Bdia Cosas… No sé. Cazaba. Y jugaba con las ardillas. .Edia .P Yerris me miró con los ojos abiertos como platos. .D .Bdia ¿En serio? Caray. ¿Y también cazabas ardillas? .Edia .D .Bdia ¡No! .Edia me ofendí. .D .Bdia Ya. Bueno, si te gustan las ardillas, también te gustarán los árboles, ¿no? .Edia .D .Bdia Sí, mucho, .Edia aseguré. .D .Bdia No, no, no, se dice: rabiosamente, .Edia me corrigió con amabilidad. .Bdia Queda más Gato y más claro. .Edia .D .Bdia De acuerdo, rabiosamente, .Edia dije. .D .Bdia Er… Corriente, .Edia apuntó Yerris. .Bdia No se dice de acuerdo, se dice corriente. .Edia Al verme asentir y asimilar sus enseñanzas, me palmeó el hombro, sonriendo. .Bdia Rayos. Me corto la mano si no te haces Gato en menos de una luna. Arriba. Voy a enseñarte el Parque de la Tarde. Seguro que te gusta. .Edia .P Me gustó rabiosamente. Había árboles y vi una fuente con agua dorada y un pájaro rojo que nunca había visto. .D .Bdia Allá al fondo está el Jardín de Fieras, .Edia me dijo Yerris. .Bdia Pero mis bolsillos no pesan tanto como para pagar la entrada. Alvon, mi maestro, es un rácano de primera. Y, como no hay derecho a limpiar bolsillos ajenos, así me ves, tan flaco como tú, Rarko, Syrdio y cualquier otro guako de la calle. Flaco pero honrado, .Edia sonrió. .P Pasamos la tarde en aquel parque y Yerris me hizo una demostración de su habilidad con la armónica. No pude saber a ciencia cierta si lo hacía bien, pero a mí me pareció bonito y aún más bonito el instrumento. Me dejó soplar una vez, sólo una vez, pero aquello me puso eufórico. ¡Quién hubiera dicho que pudiera un día emitir un sonido así, tan extraño, y con mi propio soplo! Divertido por mi jovialidad, Yerris me cogió por los hombros con evidente afecto y declaró que era hora de moverse, así que regresamos a los Gatos. De no haber sido por él, creo que habría sido incapaz de volver a encontrar la casa de Rolg. ¡Había tantas calles, tantas esquinas! Cuando llegamos al callejón, Yerris marcó una pausa en su parloteo, se enderezó, dio una vuelta sobre sí mismo y declaró: .D .Bdia Te dejo en casa, shur, que tengo asuntos. Di. ¿Te ha gustado el paseo? .Edia .P Asentí con energía y dije: .D .Bdia ¡Rabiosamente! .Edia .P Yerris me miró con aprobación. .D .Bdia Entonces, mañana te doy otro, ¿corriente? .Edia .P Sonreí. .D .Bdia Corriente. Gracias, Yerris. .Edia .P El rostro oscuro del semi-gnomo se animó de una sonrisa blanca. .D .Bdia De nada. Los gatos mayores enseñan a los cachorros: es ley de vida. Salú. .Edia .D .Bdia Salú, .Edia le repliqué y lo vi alejarse otra vez hacia la calle, esta vez trotando recto. Cuando desapareció, me giré hacia la Guarida, subí las escaleras de madera con rapidez y entré. .P No había nadie en el cuarto. Di unos pasos hacia la otra puerta, agucé el oído y no oí nada. .D .Bdia ¿Rolg? .Edia solté. .P Nadie me contestó. Tendí la mano hacia el pomo, giré… Y la puerta resistió. Cerrada, entendí. Las puertas se abrían y cerraban. Eso sí que me lo había dicho mi maestro. Y pensé que menos mal que estaba cerrada, pues recordé en ese instante una de las reglas de la Guarida: no se entraba en la habitación de Rolg. .P Me senté en mi jergón y comprobé que mi pluma amarilla seguía en el saco. Este ya no tenía gran cosa dentro. Mis provisiones ya habían desaparecido hacía tiempo y tan sólo me quedaba el hueso, la piedra afilada que usaba un poco para todo y los restos de una flor ya seca que había recogido durante el viaje. Tiré estos últimos afuera y me fijé en que ya no quedaba mucho para que desapareciera el sol. Avisté de pronto al fondo del callejón un animal de cuatro patas pequeño y peludo y agrandé los ojos cuando reconocí lo que era. ¡Un gato! Tenía el pelaje pelirrojo y blanco, aunque estaba bastante más sucio que el que aparecía en el dibujo del libro de cuentos. Se parecía a un lince pequeño. Fascinado, bajé las escaleras, hundí los pies en el cieno del callejón y avancé con tiento hasta que el gato me enseñó de pronto sus dientes emitiendo un bufido sordo. .P Me detuve y resoplé. .D .Bdia Tienes el mismo genio que los linces. ¡Arrogante! ¡No me bufes así, lince malo! .Edia .P Retrocedí de golpe cuando vi al gato dar un paso hacia delante, pero el felino tan sólo salió disparado como una flecha hacia la casa en ruinas que había enfrente, dio un salto y desapareció por una ventana rota. .D .Bdia Vaya, .Edia murmuré. La curiosidad me llevó a acercarme a la casa donde había desaparecido el gato pero no me atreví a asomar la cabeza por la ventana. Todo estaba muy sombrío ahí dentro. Quién sabe si ese gato no tenía a amigos o a un lince que cuidaba de él. Así que, prudente, di media vuelta, volví a las escaleras de la Guarida y, tras aguzar el oído y escuchar el rumor de la ciudad, me encaramé a la barandilla, me senté a horcajadas sobre esta y me puse a cantar: .P .Bl -t verse .It Larilán, larilón, .It primavera, .It sal afuera, .It bombumbim, .It primavera, .It no hay nadie que no te quiera, .It larilán, larilón, .It aunque seas algo soberbia, .It bombumbim, larilón, .It siempre eres la más bella .It porque siempre, primavera, .It siempre, siempre vas primera. .El .P Oí un resoplido divertido y me giré. Yálet estaba al pie de las escaleras con los brazos cruzados y me miraba con una sonrisa burlona. .D .Bdia Buenos días, Draen. .Edia .D .Bdia Hola, elassar, .Edia lo saludé. .P Yálet se acercó y subió las escaleras diciendo: .D .Bdia No deberías dejar la puerta abierta: se enfría todo mucho más rápido y aún estamos en primavera, como bien dices. ¿No hay nadie más en casa? .Edia .P Negué con la cabeza y, fijándome en el curioso bastón que tenía atado a la espalda, le pregunté con curiosidad: .D .Bdia ¿Qué es eso? .Edia .D .Bdia ¿Esto? .Edia Sonrió mientras cerraba la puerta. .Bdia Es una escoba. Y no vas a escaparte de probarla hoy. Anda, baja de ahí y sígueme. ¿Qué tal el día? ¿Has podido hablar con Yerris y Slaryn? .Edia .P Me bajé de la barandilla resoplando. .D .Bdia Hablar no mucho, pero oír sí. Yerris me cae bien. Aunque habla todavía más que yo, es impresionante. Si mi maestro me llamaba cotorro, a él no sé cómo lo llamaría. .Edia .P Yálet se echó a reír. .D .Bdia Pues me alegro de que te caigan bien. Yo no los conozco mucho, la verdad, últimamente no suelo pasar por aquí, aunque sé que Yerris es todo un personaje. .Edia .P Salimos del callejón y pregunté: .D .Bdia ¿Vamos a ir a la cumbre? .Edia .D .Bdia ¿Adónde? .Edia preguntó Yal, perplejo. .D .Bdia A la terraza, .Edia especifiqué. .Bdia La he llamado Cumbre, ¿qué te parece? Porque de ahí se ve todo, como en la cumbre del valle. Desde ahí se veían montes muy lejanos y altísimos. Tardaba mucho en llegar, pero luego era impresionante, casi tanto como la Cumbre de aquí. .Edia .P Yal asintió, entretenido. .D .Bdia Entonces se llamará la Cumbre. Y sí, vamos allá. Hoy vas a aprender lo que es hacer limpieza. No es la lección más emocionante pero… es necesaria para que estemos cómodos en la Cumbre, como dices. .Edia .P Sonrió y, cuando llegamos al callejón de la víspera, comenzamos la ascensión. Esta vez, me salió mejor y conseguí subir al primer tejado sin ayuda. Cuando alcanzamos la Cumbre, Yálet se puso a explicar: .D .Bdia Estos trastos de allá, hay que empujarlos todos a una esquina. Esto déjalo, voy a mejorar la tejavana, para protegernos cuando sople el viento. .Edia .P Terminamos de ponerlo todo en orden cuando apenas quedaba ya luz en el cielo y, como Yálet estaba añadiendo tablas rotas en un lado de la tejavana, deambulé entre los trastos, fisgoneé y, al cabo, me subí al muro para ver Éstergat en toda su amplitud. Me giré hacia los barrios ricos. Y luego de nuevo hacia los Gatos. ¡Cuánto me quedaba por explorar! Aquello era mucho más lioso que un bosque. .D .Bdia ¡Hey! .Edia .P Me sobresalté al oír la voz de Yálet. .D .Bdia Baja de ahí, hombre, que te la vas a dar. .Edia .P Di un salto hacia la terraza y corrí hacia él. .D .Bdia ¿Has acabado la casa? .Edia .D .Bdia Más o menos. ¿Dónde has metido la escoba? .Edia Se la señalé. La fue a recoger y golpeó suavemente con ella una caja. .Bdia Este será tu asiento y este el mío. Siéntate. Dime, ¿ya sabes un poco qué es lo que voy a enseñarte? .Edia .D .Bdia Sí, .Edia afirmé. .Bdia A robar a los malos burgueses patronos cerdos y mangaplatas. .Edia .P Yal se estaba sentando y se quedó un instante inmóvil antes de sentarse de veras emitiendo un resoplido. .D .Bdia ¿Qué? .Edia .P Me mordí el labio, inocente. .D .Bdia Eso me dijo Yerris. .Edia .P Yálet carraspeó. .D .Bdia Huh. Bueno… No es exactamente eso. Quiero decir… no es sólo eso. Mira, los Daganegras nos ganamos la vida, digamos, de manera no siempre muy legal, pero moral, en cierto modo, y bueno, qué importa, no voy a darte lecciones de ética. Sólo quiero que sepas que nosotros no somos criminales, no atracamos, no matamos, no robamos a los pobres y no aceptamos cualquier trato que nos propongan. Dicho esto, lo primero que voy a enseñarte es a entender en qué ciudad vives, qué digo, en qué mundo vives, no sea que tu inocencia te juegue malas pasadas con la guardia o las bandas de los Gatos, ¿mm? Luego te enseñaré lo básico que debe saber un Daganegra. Y… pese a lo que digan algunos sobre los cultos, también quisiera enseñarte a leer. .Edia .P ¡Leer! Sonreí y declaré: .D .Bdia Eso ya sé. .Edia .P Yal se quedó suspenso. .D .Bdia ¿Qué? ¿ .Sm -ns Tú sabes leer? .Edia .D .Bdia Pues sí, mi maestro me enseñó. Bueno, un poco. Pero… la verdad es que no estoy seguro, .Edia admití con súbita vacilación. .D .Bdia Vamos a ver, ¿sabes o no sabes? .Edia se impacientó Yal. .D .Bdia Pues… No sé, elassar. Mi maestro me enseñó a leer tres libros, dos estaban en drionsano, y yo creía que con eso bastaba para poder leer, pero hoy he visto los signos de las tiendas y no he entendido nada. Así que… no sé si sé. .Edia .P Yal carraspeó. .D .Bdia ¿De modo que tenías tres libros? ¿En la montaña? Bueno… Sea como sea, te enseñaré si estás dispuesto a aprender. .Edia .D .Bdia Pues claro, elassar. Yo quiero aprender, .Edia afirmé. .Bdia Hay tantas cosas que no sé. Estaré más atento que un búho. .Edia .P Vi de pronto surgir luz de ningún sitio y solté una exclamación. Luz, pensé. Luz mágica. Yal se inclinó hacia mí, mirándome bien, mientras sostenía en su mano un pequeño orbe de luz. .D .Bdia ¿Más atento que un búho, eh? .Edia sonrió. .Bdia Pues eso espero, sarí, porque no sabes cuánto te queda por aprender. .Edia .P Y cuánta razón tenía, de eso no me cabía duda, y menos en ese instante. .D .Bdia ¿Qué magia es esa? .Edia pregunté con curiosidad. .P Mi maestro jamás me había hablado de una magia que hiciera luz. Yal bajó la mirada hacia la luz y temí que fuera a destruirla, pero la mantuvo mientras contestaba: .D .Bdia Algunos la llaman la magia tramposa, porque son ilusiones, ondas modificadas. Pero los Daganegras las llamamos las armonías. .Edia Y alzó la otra mano. .Bdia Puedes hacer luz. Y puedes hacer sombras. .Edia .P Su otra mano se envolvió de oscuridad y me quedé boquiabierto, contemplando el orbe de luz y el orbe de sombras. .D .Bdia ¡Caray! .Edia exclamé. .Bdia ¡Es increíble! .Edia .P Yal sonrió. .D .Bdia Es magia. Algunos letrados dicen que no son artes celmistas, que son simples trucos ilusionistas. Pero eso lo dicen porque para ellos las armonías son artes inferiores en comparación con las artes de deserranza, la invocación y todo eso. Se equivocan, por supuesto, pero por su culpa muy poca gente sabe usar las armonías. No se enseñan en el Conservatorio de los magos. La ven como… una magia tramposa, como digo. Pero para nosotros, Mor-eldal, es un instrumento vital. .Edia .P Deshizo las armonías y la oscuridad de la noche regresó. Preguntó con voz alegre: .D .Bdia Bueno, entonces, ¿te entra curiosidad por saber cómo lo he hecho? .Edia .D .Bdia ¡Y mucha! .Edia aseguré con fervor. Aquella magia de luces y sombras me había dejado embelesado. .D .Bdia Y quieres aprender a hacerlo tú también, ¿verdad? .Edia prosiguió Yal, juguetón. .P Sonreí y asentí. .D .Bdia Pues sí. Quiero aprender. Y, créeme, aprendo rápido porque yo escucho mejor que una ardilla. Mi maestro dijo que no era cierto, pero lo es. De verdad. .Edia .P Distinguí su sonrisa en la oscuridad. Me replicó: .D .Bdia ¿Sabes lo que es el jaipú? .Edia .D .Bdia Pff, pues claro. La energía interna de cada ser vivo, .Edia contesté con aplicación. .Bdia Mi maestro dice que para la mayoría de los sortilegios, mejor utilizarla, porque te ayuda a estar estable y no acabar como un conejo en una trampa. .Edia .P Hubo un silencio. Y entonces Yálet emitió un resoplido atragantado y medio se levantó por un instante farfullando: .D .Bdia ¡Espíritus, no me lo creo! ¿Tu maestro era un mago? .Edia .P Oh, vaya, ¿había metido la pata? No, me dije. ¿Cómo podía meter la pata diciéndole a Yal la verdad? Él era mi segundo elassar, después de todo. Así que asentí. .D .Bdia Es un mago. Pero dijo que era uno especial. Y no le gustan las visitas, por eso me pidió que nunca hablara de él. .Edia .P Y yo estaba haciendo exactamente lo contrario, pensé, súbitamente molesto. Tras un breve silencio, Yal se aclaró la garganta e inquirió: .D .Bdia ¿Qué te enseñó ese maestro? .Edia Sentí en su voz un ligero temblor de excitación e incredulidad. .D .Bdia Pues… Me enseñó cosas, .Edia contesté. .D .Bdia ¿Qué tipo de cosas? .Edia .D .Bdia Pues… .Edia Me puse nervioso, recordando cada vez más claramente las advertencias de mi maestro. .Bdia Muchas cosas. Me enseñó un sortilegio perceptista, para sentir a mi alrededor sin necesitar mis ojos y buscar comida, pero eso consume mucho el tallo energético y no me gusta mucho. Y me enseñó a… .Edia .P Callé y agaché la cabeza, indeciso. .D .Bdia ¿A? .Edia me animó Yal en un murmullo expectante. .P ¿Se lo digo? ¿No se lo digo? Se suponía que no tenía que decir nada de eso. Pero… ¿y si mi maestro había exagerado? ¿Y si, hoy en día, la nigromancia no asustaba tanto a los saijits? Tenía que averiguarlo. Me rebullí sobre mi asiento, tragué saliva, traté de encontrar algún circunloquio pero no lo encontré y, como mi maestro decía que las malas noticias mejor iban anunciadas juntas que con cuentagotas, decidí soltar la verdad, así, de un trecho: .D .Bdia Me enseñó a manejar el morjás. Sobre todo el… de los huesos. Porque él es un nakrús y sabe mucho de eso. Y a mí me enseñó por lo de mi mano. Es que me la salvó hace años, pero no del todo. Y cuando me echó me hizo una mágara para que no se vieran los huesos. .Edia .P Hubo un silencio, esta vez bastante largo, tan largo que me dije: ya está, mi maestro me avisó, a los saijits no les gustan los nigromantes ¡y vas tú y se lo dices a tu nuevo maestro! Casi creí oír al nakrús decirme: ojalá pensaras antes de actuar, Mor-eldal, ¡ojalá te dejaras de experimentos! Pero lo hecho hecho estaba. .P Rompí el silencio con voz vacilante. .D .Bdia ¿Elassar? Elassar, ¿no te habrás enfadado, verdad? La nigromancia no es una cosa mala. Son sólo… huesos. El morjás es como el jaipú. No hay que tener miedo de él. Mi maestro dice que los saijits son estúpidos por tener miedo de él, porque está por todas partes. También dice que ellos piensan que somos monstruos pero yo no lo soy, ni tampoco lo es mi maestro. Por favor, tienes que creerme, .Edia lo supliqué. .D .Bdia Espíritus y demonios, .Edia resopló Yal con lentitud. .Bdia Claro que te creo. Y no estoy enfadado, qué ideas. No, sólo estaba reflexionando y es que cuantas más cosas sé sobre ti más me sorprendo. Un nakrús perdido en las montañas con un niño nigromante y tres libros. Casi como que se podría escribir un cuento de terror sobre el tema, ¿sabes? Tranquilízame, ¿hay… alguna cosa más así importante que se te haya olvidado decir sobre tu vida? .Edia .P Había vuelto a soltar un sortilegio de luz, para verme mejor la cara probablemente, pero el caso es que yo se la vi también a él y su expresión entre alarmada y fascinada me turbó. Me mordí el labio. .D .Bdia Pues… no que yo sepa. .Edia .D .Bdia ¿Seguro? Vamos, Mor-eldal, suéltalo todo. Si las noches de Gema llena te transformas en demonio, dímelo, tú tranquilo, ya que estamos… .Edia carraspeó. .P Meneé la cabeza y lo miré, expectante. .D .Bdia Así que… ¿no me echas por ser un poco muertoviviente? .Edia .D .Bdia Claro que no, .Edia resopló Yal para alivio mío. .Bdia Mira. Mientras me prometas que no levantarás esqueletos ni nada de eso, todo irá bien. Pero… esto no se lo digas a nadie. Ni a Yerris, ni a Rolg, ni a nadie. No deberías habérmelo dicho a mí. Bueno, sí. Está bien que me lo hayas dicho, pero… Espíritus misericordiosos… .Edia Se pasó una mano agitada por la cabeza. .Bdia Dime… Desde ayer se ha armado todo un escándalo en los Gatos porque se encontraron signos diabólicos en la esquina de un montón de calles. Signos muy antiguos que, según dice el sacerdote de la zona, vienen del mundo de los muertos. Un tipo dice haber visto a un pequeño duende negro. Er… ¿Por casualidad no serás tú? .Edia .P Parpadeé, anonadado. ¿Signos diabólicos? Resoplé. .D .Bdia ¡Son signos buenos, no diabólicos! Los uso para marcar mi camino. .Edia .P Yálet se frotó los ojos y, de pronto, se carcajeó. .D .Bdia ¿Sabes que has tenido a toda una tropa de feligreses entretenida durante unas cuantas horas para quitar esos signos? Mor-eldal, .Edia pronunció de pronto y lo miré con atención. .Bdia ¿Qué significa Mor-eldal? .Edia .D .Bdia Superviviente, .Edia contesté. .D .Bdia En morélico, .Edia susurró Yal. .Bdia La lengua de los muertos, ¿verdad? Sabes hablar morélico. .Edia .P No lo negué. Recordaba que una vez mi maestro me había explicado que, hacía siglos, una gran secta de guerreros fanáticos había usado el caéldrico como lengua secreta y este había acabado siendo considerado como una lengua diabólica en toda la región de Prospaterra. Mi maestro, en aquella época, ya era nakrús, y se había enterado del caso por alguno de sus «viejos amigos» que venían a visitarlo de ciento en viento. Por eso me había avisado de que no hablara caéldrico, pero ¿cómo se me habría ocurrido que aquellos signos vinieran incluidos en la advertencia? Yálet suspiró, juntó ambas manos y se inclinó hacia mí con cara grave. .D .Bdia Escucha, sarí. No creo que nadie te reconozca ahora como a ese duende negro, pero no quiero que vuelvas a… er… marcar el camino con esos signos, ¿me oyes? No hables en morélico ni hagas… nada de eso que te ha enseñado ese maestro tuyo. Tal vez no te des cuenta, pero la nigromancia es magia negra, magia mala. O así la definen los celmistas del Conservatorio. Para ellos es cien mil veces peor que las armonías. Los nakrús son criaturas horribles para ellos. Y… debo decir que a mí me daría grima encontrarme con uno. Sobre todo que normalmente esos tipos no salvan a niños. Si pudieran comérselos, se los comerían, ya me entiendes… En fin. Que esto es serio, Mor-eldal. Muy serio. Si se te escapa algo así con otra persona, a lo mejor no te encontramos en la cárcel sino en la hoguera. ¿Sabes lo que es la hoguera? .Edia .P Me encogí de hombros. .D .Bdia Un fuego que quema. Algo malo. .Edia .D .Bdia Mmpf. Sí. Algo malo, sarí. Esa hoguera te mandaría al otro barrio. Y no a Tármil ni a Rískel: al barrio de los muertos, ¿me entiendes? .Edia .D .Bdia Mi maestro ya me lo advirtió, .Edia aseguré y me abracé las rodillas con un escalofrío. .Bdia Yo… sólo pensé… que como eras elassar tú también… .Edia .P Yálet asintió varias veces, ensimismado, y tendió una mano para cogerme el brazo con afecto. .D .Bdia Lo sé, Mor-eldal. Y me emociona que me lo digas. Pero… sólo me conoces desde hace dos días. No sabes realmente cómo soy. Resulta que has caído bien. Pero eso no pasa todo el tiempo. No todos los saijits son capaces de asimilar… eso. Los hay que, pensando hacer el bien, te traicionan. Los hay que divulgan tus más profundos secretos. Aprende a desconfiar o… .Edia Lo vi tragar saliva. .Bdia O acabarás muy mal. ¿Entiendes? .Edia .P Asentí, impactado. Claro que lo entendía, no era tonto. Pero, al menos ahora, tenía la seguridad de que no tenía que hablar. Y de que había alguien en esa ciudad extraña que conocía mis secretos y no los divulgaría. Alguien en quien podía confiar plenamente como en mi maestro. Y eso… eso era muy reconfortante. .Ch "Agente doble" .\" 23/09/2017 La música de la armónica flotaba en el aire cálido de la tarde de verano, tranquila y serena. Tumbado boca abajo en la tierra seca, en un rincón de una plazuela de los Gatos, escuchaba la música mientras un agradable sopor me invadía poco a poco. Cuando Yerris sacaba la armónica, yo resoplaba de alivio, pues eso significaba que, por un rato, iba a dejar de hablar. Y es que su verborrea era impresionante, no sabía callar. Al principio, escuchabas y, como te dejara meter baza durante un segundo, decías «ajá» o «claro» o «ya, ya», pero al de un rato, si su palabrería no era particularmente interesante, acababas poniéndole caras saturadas, mirabas para otro lado y sus palabras se convertían para mí en un zumbido de abejas. No parecía que le importara, y un día cuando le dije que era más hablador que las tórtolas a la mañana, me había replicado, burlón: ¿y voy a ser yo menos que las tórtolas, shur? Y seguía hablando. Hablaba de todo, de músicos famosos, de historias ocurridas en los Gatos, de cosas que le habían contado allá o acullá sobre tal ladrón o tal patrón… El semi-gnomo era un torrente de noticias. Por suerte, con el tiempo, al igual que Slaryn, había aprendido a reconocer sus variados tonos y saber cuándo era importante escucharlo y cuándo uno podía relajarse un poco. .P Bostecé… y un grito rompió de pronto la serenidad de la tarde. .D .Bdia ¡Yerriiis! .Edia .P Detenido en pleno bostezo, alcé la cabeza, pestañeando por la luz, y vi a una silueta alocada aparecer corriendo por la plazuela, con su largo cabello rojo desatado. Era Slaryn. Hacía una semana que no la veía, pues su madre acababa de salir de la cárcel y se la había llevado de vuelta a su casa. .D .Bdia Yerris, .Edia repitió la elfa oscura, parándose junto a nosotros, jadeante. .Bdia Por fin te encuentro. .Edia .D .Bdia ¿Slaryn? .Edia soltó Yerris, perplejo, apartando la armónica. .Bdia ¿Qué pasa? .Edia .D .Bdia Es Korther, .Edia explicó Slaryn. .Bdia Dice que vayas a verlo inmediatamente, tiene un encargo para ti. .Edia .P A Yerris se le quedó la cara como si le hubieran dicho que lo condenaban a trabajos forzados. .D .Bdia Un momento, .Edia dijo el semi-gnomo. .Bdia ¿De qué va esto? Korther jamás me ha dado ningún encargo. Y se supone que Alvon… .Edia .D .Bdia De eso se trata justamente, .Edia murmuró Slaryn, agachándose. .Bdia Tu mentor está en el calabozo. .Edia .P Me enderecé de golpe, anonadado, mientras Yerris, por primera vez desde que lo conocía, tartamudeaba: .D .Bdia ¿Al-Alvon? Imposible. ¿Al, en el calabozo? ¡Pero si Al es el mejor Daganegra de…! .Edia .D .Bdia ¡Más bajo, so tonto! .Edia siseó Slaryn. Echó una ojeada a un grupo de niños que vagueaba un poco más lejos y retomó en voz baja: .Bdia Está en el calabozo de Menshaldra y le han puesto un multazo increíble porque lo pillaron con una mágara prohibida. Y, según parece, no puede pagarla. .Edia .P El semi-gnomo gruñó algo incomprensible. .D .Bdia ¡Yerris! .Edia se impacientó Slaryn. .Bdia Korther te explicará. Muévete y ve. ¿O es que vas a dejar plantado a tu mentor? .Edia .P Yerris hizo una mueca. .D .Bdia Claro que no, .Edia protestó. .Bdia Pero, qué ideas, dejarse capturar por los moscas, él, el ladrón de la Perla de Aodancia, el que se ha cruzado medio mundo en su juventud y no para de repetirlo. ¡Y ahora resulta que no puede pagar una multa! A buen seguro esa manía de vestirse como un excéntrico le ha dado mal resultado, yo ya se lo dije: nunca, Al, nunca debiera vestirse un viejo Gato como un bufón, no sea que el traje vista el alma, ¡y él ni caso! Nunca me escucha, es… .Edia .D .Bdia ¡Deja ya de hablar y ve! .Edia lo cortó Slaryn. .P A veces Slaryn tomaba un tono autoritario que hubiera hecho vacilar hasta a un mercenario aguerrido. El semi-gnomo y yo intercambiamos una mirada y él se levantó de mala gana. .D .Bdia ¿Está en la Fonda? .Edia .D .Bdia Ahí mismo, .Edia aprobó Slaryn. .P La Fonda era algo así como el cuartel general de la cofradía. Caía algo más allá de la Plaza Gris, según Yerris. Yo jamás había entrado ahí, pero mi compañero decía que ojalá no entrara nunca porque, según él, cada vez que lo hacías, salías de ahí envejecido, con más responsabilidades y más preocupaciones. .P Como a regañadientes, Yerris dio un paso… y se detuvo, mirando a Slaryn con curiosidad. .D .Bdia ¿Y qué hacías tú en la Fonda? .Edia .P La elfa oscura resopló. .D .Bdia Asuntos de mi madre. Ve ya o Korther te calentará las orejas. .Edia .P Yerris puso los ojos en blanco. .D .Bdia Que lo intente. .Edia Y me dedicó una sonrisa. .Bdia Sé bueno, shur. ¿Sabes, Sla, que este mediodía este sortudo encontró un diezclavos solo en el suelo, allá por la Explanada? Literal. ¡Compartimos un plato de arroz caliente en .Sm -t nomlieu Las Bailarinas y no sabes qué bien nos sentó, de maravilla! Y… .Edia .D .Bdia ¡Yerris! .Edia exclamó Slaryn, impaciente. .D .Bdia Wow, ya voy, princesa, pero sin prisas. Eres peor que Al. ¿Harías un buen cap Daganegra, sabes? Nos tendrías a todos más rígidos que un bastón de mando, .Edia se burló el semi-gnomo. Alzó una mano apaciguadora ante la mirada exasperada de Sla, se colocó la armónica entre los labios y se fue de la plazuela con un andar zigzagueante, tocando su instrumento. .P Oí claramente el suspiro de Slaryn. .D .Bdia Cualquier día, Alvon lo estrangula. A menos que yo llegue antes. Oye, Draen. ¿Vas a volver a la Guarida, verdad? .Edia .D .Bdia Sí, sí, .Edia dije. .D .Bdia Bueno, pues ve. Yo me voy para casa, .Edia declaró ella. .P Se iba a alejar cuando yo me levanté de un bote y solté: .D .Bdia ¿Cuánto dinero piden los moscas? .Edia .P Slaryn sonrió con ironía. .D .Bdia Treinta siatos. ¿Bonita suma, eh? .Edia .P Me rasqué la cabeza, inquieto. .D .Bdia ¿Y Yerris va a robarlos? .Edia .D .Bdia No lo creo. Si tuviera que apostar diría que Korther tiene un trabajo planeado y mandará a Yerris que vaya a pagar los treinta a cambio de que Alvon haga lo que él diga… Así de pragmático es nuestro cap, .Edia sonrió ella. .Bdia Salú, cachorro. .Edia .P Me dio un empujón amistoso sobre la gorra y se alejó con andar presto. La vi desaparecer, tomando la dirección de la Avenida de Tármil, y me mordisqueé una mejilla, pensativo, mientras volvía a colocar la gorra en su sitio. Treinta siatos, o dorados como decían por los Gatos… Eso era una barbaridad. Esperaba que Sla tuviera razón y Korther estuviese dispuesto a pagar y sacar a Alvon del calabozo. Nunca había visto al mentor de Yerris pero, después de haber oído a mi compañero hablar tanto de él y de sus hazañas y excentricidades, me daba casi la impresión de conocerlo y me emocionaba la idea de que, estando él en Menshaldra, tan cerca, podría ver en vivo aquel personaje asocial y misterioso. Durante aquellas tres lunas, había estado fuera, haciendo quién sabe qué, robando o descubriendo tesoros… Como diría Rolg, ni los Espíritus podían saber lo que hacían los Daganegras cuando deambulaban por allá. Y es que, como bien me había explicado Yerris, los Daganegras eran una cofradía bastante libre. Pese a tener caps por muchas ciudades importantes de Prospaterra, sus miembros trabajaban muchas veces independientemente de estos y, como cofrades, tan sólo se comprometían a mantener en pie la hermandad ayudándola, dando una parte de sus ganancias y, de cuando en cuando, buscando nuevos reclutas. .P Troté, tomando la dirección de la Guarida, calle arriba. Pero, a medio camino, cambié de idea y volteé. Aún quedaban algunas horas para que cayera la noche y, además, aquella tarde no tendría lección porque Yal estaba en plena época de exámenes, estudiaba duro como un mago, decía, y no podía descentrarse porque si fallaba, zás, adiós diploma. Yo no entendía muy bien por qué le daba tanta importancia a ese diploma, pero lo que sí sabía era que echaba de menos sus lecciones tranquilas y amistosas. La idea de no tener ninguna durante media luna me desanimaba, aunque no por ello me quedaba sin hacer nada. Durante el día, le seguía a Yerris por todas partes adonde fuera y, cuando el semi-gnomo me dejaba en la Guarida para atender «asuntos personales», el viejo Rolg siempre encontraba alguna tarea que darme, que si ir a buscar agua al pozo, que si limpiar esto, que si ir a entregar una carta a no sé quién. A la noche, dormía tan profundo que bien hubiera podido tener una campana sonando encima de mi cabeza que no me habría enterado. .P Huyendo, pues, de las tareas de Rolg, me encaminé cuesta abajo y pasé por calles embarradas, zigzagueé entre algún transeúnte y evité a dos señoras que se gritaban insultos a la cara con tal soltura que recordaban a esos actores del Teatro de la Vástaga al que me había llevado Yerris una tarde. .P Llegué al fin ante una estrecha escalera, me paré, eché un vistazo a mi alrededor y, sin vacilar más, comencé a bajar. Yerris me había hablado ya del Laberinto. Decía que era un verdadero reino dentro de la ciudad, que había calles encima de casas y casas encima de calles, que era, en fin, un caos, un prodigio de la naturaleza saijit, una jungla repleta de misterios, que había muchísima gente y que simplemente pasar una o dos horas en ese antro te convertía ya en Gato para toda la vida. Y como yo quería averiguar si eso era cierto y como mi maestro nakrús me había dicho que, para aprender a vivir, se necesitaba arrojo y valía, deseché las advertencias de Yal y me adentré por aquel mundo con el sigilo de un gato y la curiosidad de un cachorro. .P Las calles eran aún más angostas que las del resto de los Gatos, muchas parecían meros corredores sobre los que flotaba un mar de ropa colgada y desde los que apenas se lograba ver el cielo. Me crucé con un elfo que caminaba con las manos en los bolsillos, un enorme abrigo y un sombrero de ala ancha que ocultaba su rostro casi por completo. Luego vi a una niña muy pequeña sentada en el umbral de una casa, me miró con unos ojos muy grandes y azules y sonreí, pasándole la mano por el cabello. .D .Bdia Salú, criatura, .Edia le dije. .P Y seguí caminando con andar ligero. Subí por escaleras, bajé por otras, crucé puentes sobre callejuelas y, en camino, me encontré con saijits de todo tipo y de toda raza, viejos y niños, harapientos y gente correcta… Había de todo. .P Estaba pasando por una callejuela algo menos estrecha cuando de pronto una puerta se abrió y salió un borracho cantando y se alejó, dejando la puerta abierta. Esta tenía un cuadrado blanco dibujado encima. Y en el interior había unas mesas ruidosas y un mostrador a la izquierda con un gran elfo oscuro sonriente. ¡Una taberna! Al oír un trueno de carcajadas, me asomé, curioso, e iba a entrar cuando una mano me agarró del brazo y me giré, topándome con un joven elfo oscuro de ojos verdes bastante más alto que yo. Lo reconocí de inmediato: lo había visto alguna vez hablar con Yerris. .D .Bdia ¡Warok! .Edia solté, sorprendido. .D .Bdia No te aconsejo meterte ahí, shur, .Edia me dijo el elfo oscuro con calma. .Bdia .Sm -t nomlieu El Cajón no es casa para los santos inocentes. .Edia .P Me hablaba con burla y le dediqué una mueca orgullosa. .D .Bdia Yo de santo inocente no tengo nada, .Edia le repliqué. .P Warok esbozó una sonrisa ladeada. .D .Bdia ¿Te manda Yerris? .Edia .P Me encogí de hombros y dije: .D .Bdia No. ¿Por? .Edia .P Warok hizo una mueca. .D .Bdia ¿Sabes dónde está? .Edia Negué con la cabeza y lo oí mascullar: .Bdia A saber qué está tramando ese tipo. Oye, shur, .Edia retomó en voz alta. .Bdia Si lo ves, dile que venga a mi refugio, que voy a darle su parte, ¿se lo dirás? .Edia .D .Bdia Natural, .Edia dije. .P Sonrió, me palmeó el hombro e iba a alejarse cuando yo le pregunté: .D .Bdia ¿Dónde está tu refugio? .Edia .P Warok enarcó una ceja y meneó la cabeza. .D .Bdia Esas cosas no se dicen en alto ni a desconocidos. .Edia Puse cara insultada y sus ojos sonrieron. .Bdia Pero tal vez a ti puedo enseñártelo. Ven. .Edia .P Entusiasmado, le dije: .D .Bdia ¡Gracias! .Edia .P Y lo seguí animadamente por las callejuelas. .D .Bdia ¿Por qué Yerris dice que el Laberinto es maravilloso? .Edia pregunté. .P Warok resopló. .D .Bdia ¿Eso dice? Bueno… Supongo que porque el Gato Negro es un Gato de cuidado, y además es músico, .Edia bromeó. .P Ladeé la cabeza, cavilando, y al de un silencio pregunté: .D .Bdia ¿Y por qué otros dicen que es peligroso? .Edia .D .Bdia Mm. Porque lo es, pero no tanto si sabes cómo protegerte, .Edia aseguró el elfo oscuro. En un movimiento ágil, sacó una navaja y me la enseñó de muy cerca. Sonrió. .Bdia Y ni se asusta, el rapaz… Pues deberías, ¿sabes? .Edia retomó, guardando el arma. .Bdia Sólo los prudentes sobreviven en el Laberinto. Y, por eso mismo, sólo te diré que mi refugio se encuentra en un lugar cerca de aquí, a unos pocos metros. Si lo encuentras, te doy un clavo. .Edia .P Vaya, ¿un reto, eh? Di una vuelta sobre mí mismo, alcé la mirada hacia arriba y señalé un hueco que había entre una terraza y una casa. .D .Bdia ¿Ahí? .Edia .P Warok me miró con una mueca contrariada. .D .Bdia Y a la primera, .Edia murmuró. Me lanzó una moneda de clavo y la recogí con una ancha sonrisa. Él puso los ojos en blanco. .Bdia No te creas todo lo que dicen los Gatos, shur. Mi refugio no está aquí. Y ahora vuelve al tuyo, que si la noche te pilla aquí a lo mejor te conviertes en espíritu. .Edia .P Antes de alejarse, me empujó la cabeza y lo miré, desilusionado, mientras él desaparecía detrás de una esquina. Tras unos instantes de indecisión, lo seguí en silencio. En un momento, se giró y tuve que agacharme de golpe. Hasta conseguí soltar un sortilegio de sombras armónicas para perfeccionar mi escondite: Yal decía que se me daban bien. Pero claro, es que yo ya sabía muchas cosas sobre el jaipú, incluso creo que sabía más que él. .P Escondido, pues, vi al elfo oscuro pasar por debajo de una reja y lo seguí para verlo ahora deslizarse por una empalizada rota y… .D .Bdia Vaya, vaya, .Edia soltó Warok. Me detuve en seco. .Bdia Tienes pinta de haber corrido como un demonio, shur. .Edia .P Solté un suspiro silencioso de alivio al saber que no me había descubierto y me acerqué a la empalizada. .D .Bdia Malas nuevas, ¿verdad? .Edia retomó Warok. .P Le respondió un resoplido y luego un: .D .Bdia Necesito que me ayudes. .Edia .P Agrandé mucho los ojos al reconocer la voz. ¿Yerris? Su voz vibraba de un tono tan medroso y suplicante que me convencí de que me equivocaba. .D .Bdia Llevo tres lunas ayudándote, ¿recuerdas? .Edia replicó Warok. .Bdia ¿Qué quieres ahora? ¿Dorados? Si te piensas que voy a dártelos por tu cara de gnomo… .Edia .D .Bdia No es eso, .Edia lo cortó el otro. Sí que era Yerris, me dije. .Bdia Es… Korther. He ido a verlo hace un par de horas. .Edia .D .Bdia Muy inteligente de tu parte, .Edia se burló Warok. .Bdia ¿No decías que sospechaba de ti? .Edia .D .Bdia No lo hubiera jurado antes… pero ahora sí, .Edia suspiró Yerris. .D .Bdia Estúpido. ¿Por qué diablos has ido a verlo? .Edia interrogó Warok con tono brusco. .D .Bdia Demonios, y qué sé yo, yo no quería, .Edia aseguró Yerris. .Bdia Fue una artimaña suya. Me hizo saber que mi mentor estaba en el calabozo. Y era cierto. Pero Korther ya había mandado a otro a pagar la multa. Quería hablarme a solas. Me ha dicho… que si algún día averigua que tengo tratos con el hampa del Laberinto, me larga. .Edia .D .Bdia ¿De modo que le has contado todo? .Edia se indignó Warok. .D .Bdia No, ¡claro que no! .Edia protestó Yerris. .Bdia Él tiene sus propios informadores, Warok. Y, de todas formas, ¿qué le voy a contar? Yo no sé nada sobre el Bravo Negro. Y ojalá no sepa nunca nada. Por favor, Warok. Tienes que ayudarme. Yo quiero… olvidarme de todo esto. Yo nunca quise ser un espía y menos robar para… para .Sm él . No soy un traidor. Dile al Bravo Negro que renuncio a su dinero. No lo quiero, díselo, Warok… .Edia .D .Bdia Increíble, .Edia murmuró Warok con tono despectivo. .Bdia Yerris el Gato Negro bufa y huye como un cobarde. ¿Sabes? Al Bravo Negro le repugnan los cobardes. Recuerda que, si te metiste a Daganegra, no fue gracias a ti. Te metimos nosotros. Ahora que eres todo un ladronzuelo mago, te crees con derecho a abrir la boca, pero eso sólo te atraerá problemas, ¿me oyes? Lo quieras o no, vas a tener que explicárselo cara a cara. .Edia .D .Bdia No, no, por favor, Warok, no me hagas esto, .Edia jadeó Yerris. Mi corazón latía cada vez más rápido. Algo grave pasaba ahí. Algo que olía muy mal. .Bdia Por favor, .Edia repitió Yerris. .Bdia Juro que no hablaré, que no diré nada sobre ti ni sobre los demás Ojisarios. Incluso estoy dispuesto a jurar que dejaré a los Daganegras si el Bravo Negro me lo pide. Pero no seguiré traicionando a Korther. Entiéndeme, si me pilla trabajando para el Bravo Negro, estoy muerto. .Edia .P De pronto, oí un ruido detrás de mí y me giré, justo a tiempo para ver con horror una manaza agarrarme del pescuezo. Grité. Otra mano intentó amordazarme y yo mordí y pateé hasta que los brazos me levantaron y me golpearon contra un muro. .D .Bdia ¡Quieto! .Edia me bramó mi atacante. .P Recibí una bofetada y, ahogando mis instintos de niño montaraz, me retuve de defenderme con descargas mórticas y me quedé quieto. Los ojos azules de mi atacante me miraban, descontentos. Era un caito rubio bastante joven. .P Oí a Warok suspirar. .D .Bdia Lo que faltaba… ¡Tif! Mételo. .Edia .P Con un empujón y sin una palabra, el tal Tif me metió por entre la empalizada y me tambaleé con el corazón desbocado. Y es que jamás me había golpeado ningún saijit y acababa de comprobar que eso dolía, tanto física como moralmente. El refugio de Warok se reducía a un pequeño patio embarrado con una especie de tejavana y un rincón rocoso con jergones. .D .Bdia ¿Qué fiambres haces aquí, shur? .Edia me soltó Yerris, incrédulo. .P Se acababa de levantar de uno de los jergones. Me precipité hacia él gritando: .D .Bdia ¡Yerris! .Edia .P No dije más y me aferré a él con fuerza, deseando olvidar a Tif y a Warok. Ahora este ya no me parecía simpático, más bien todo lo contrario. .D .Bdia Tranquilo, shur, .Edia me murmuró el semi-gnomo. .Bdia No van a hacerte daño. .Edia .D .Bdia Mucho presupones, .Edia replicó Warok con una sonrisa torva. .Bdia El mocoso también es un Daganegra, ¿no? Nos ha estado escuchando. Y sabe a qué banda pertenecemos. Es un peligro andante. .Edia .P Lo miré con espanto mientras él sacaba la navaja. .D .Bdia ¡No te atreverás! .Edia se interpuso Yerris, aterrado. .P Warok se encogió de hombros. .D .Bdia Te haría un favor: si el niño habla, estás muerto. .Edia .D .Bdia No hablará, .Edia resolló Yerris. .Bdia Te juro que no hablará. ¿Verdad, Draen? Tú no dirás nada de lo que has oído aquí, ¿verdad? Porque, si no, te quedas sin Gato Negro y sin músico, ¿me oyes? .Edia .P Asentí y aseguré: .D .Bdia Yo no diré nada. Ni aunque me saquen los huesos uno a uno. Lo juro, Yerris. .Edia .P El semi-gnomo me desordenó el cabello y dijo: .D .Bdia ¿Lo ves, Warok? Este rapaz es un sol. Toma ejemplo y dime que intentarás convencer al Bravo Negro de que me olvide. Para siempre. Por favor. .Edia .P Warok me miró, le miró a Yerris e hizo una mueca hastiada. .D .Bdia Le hablaré. Pero no te soltará así como así, Yerris. No antes de que hagas… lo que te pidió que hicieras y aún no has hecho. .Edia .P El semi-gnomo me cogía ahora del brazo y lo sentí tensarse. .D .Bdia Corriente, .Edia murmuró. .Bdia Tendrá esos documentos. Pero luego me tendrá que dejar tranquilo. .Edia .P Warok sonrió, se avanzó y le puso un saquito de plata en la mano al semi-gnomo. .D .Bdia Largo y vuelve a tu Guarida. No vuelvas a pisar el Laberinto sin los documentos. Manda al mocoso si tienes nuevas y él te dará el dinero. Tranquilo: no le haré nada mientras se porte bien. Y ahora largo, .Edia repitió. .P Yerris le echó una mirada de pocos amigos pero se alejó en silencio y sin soltarme. Cuando pasamos la empalizada, me giré para fulminar a Warok con la mirada, saqué el clavo que me había dado antes y lo tiré al barro. El elfo oscuro me devolvió una expresión llena de mofa, pero no me importaba: yo no quería que me diera dinero gente como esa serpiente. Yerris me estiró, apretando el paso, y lo seguí por debajo de la reja y luego por los corredores. .P Ciertamente, la conversación me había impactado, pero no lo hizo tanto como el silencio del semi-gnomo durante el camino de vuelta. Estábamos ya saliendo del Laberinto cuando dejé escapar: .D .Bdia Esos tipos son peores que los linces. Sonríen y luego atacan. .Edia .P Yerris suspiró largamente y, echándole una mirada inquieta, pregunté: .D .Bdia ¿Tienes que robar unos documentos? .Edia Lo vi asentir, distraído. .Bdia ¿Y es peligroso? .Edia .P Yerris volvió a suspirar. .D .Bdia Sí, shur. Es peligroso. Porque los documentos… no los tienen los malos burgueses patronos cerdos y mangaplatas. Los tiene Korther. .Edia .P Agrandé mucho los ojos. ¿Yerris iba a robar al cap de los Daganegras de Éstergat? .D .Bdia Pero… ¿quién es ese Bravo Negro? ¿Por qué…? .Edia .D .Bdia Calla, shur, .Edia susurró Yerris. .Bdia Por favor. No hagas preguntas. .Edia .P Me mordí el labio, caminé a su lado y, tras un silencio, dije algo decepcionado: .D .Bdia El Laberinto no sólo tiene maravillas, ¿eh? .Edia .P Yerris meneó la cabeza e hizo una mueca sonriente. .D .Bdia Cuando se acabe toda esta historia de los Ojisarios, te enseñaré el Laberinto de verdad. La Plaza Lana te encantaría: todas las tardes, viene un tipo al que llamamos el Manco y se pone a contar historias. Los guakos le damos clavos y vive con eso. ¡Y qué bellas historias cuenta! También te encantarían algunas tabernas. Al principio algunos tipos pueden impresionar pero, una vez que los conoces, te das cuenta de que tienen un corazón grande como un castillo. Y… .Edia .P Y no calló hasta que llegamos a la Guarida y oímos voces en el interior. La puerta estaba entornada. .D .Bdia No tardará en llegar, estoy seguro, .Edia decía la voz del viejo Rolg. .D .Bdia Creo que he oído algo afuera, .Edia soltó una voz profunda. .P La puerta se abrió más y vi aparecer a un humano alto, pálido y vestido con una larga capa azul. Llevaba un extraño sombrero rojo y unas botas verdes. Excéntrico, había dicho Yerris… Sonreí. Incluso a mí me parecía curiosa su vestimenta. .D .Bdia ¡Al! .Edia exclamó Yerris y subió las escaleras de madera diciendo: .Bdia ¡Cuánto tiempo! Mira que dejar que te trinquen los moscas por una linternita mágica de nada. Te he echado de menos, sobre todo que dijiste que estarías de vuelta allá por la luna de Celestes y estamos a Pozos, y como que todo lo que me diste corrió ya hace tiempo y he tenido que empeñar hasta las orejas para permanecer honrado, fíjate tú… .Edia .D .Bdia Silencio, .Edia tonó Alvon. Frunció la nariz, miró a su sarí e hizo una mueca. .Bdia No has cambiado nada. Rolg, gracias por haberte ocupado de él. Ahora me lo llevo. Ven, Yerris. .Edia .P Pasó a su lado bajando las escaleras con presteza y, al llegar ante mí, yo le dediqué una sonrisa pero él no me echó ni siquiera una ojeada. El semi-gnomo me puso cara inquieta y, acercándose, me murmuró: .D .Bdia Descuida, shur: nos veremos pronto. Al no me soporta más de dos días seguidos. Soy un hablador compulsivo, pero no se lo digas a nadie, .Edia bromeó. Y entendí, por su mirada elocuente, que con esas últimas palabras pretendía recordarme mi juramento de silencio. .D .Bdia ¡Yerris! .Edia gruñó Alvon. .P Le dediqué una mueca de comprensión a Yerris y este salió corriendo detrás de su mentor. Tras verlos desaparecer del callejón no sin cierta decepción, eché un vistazo hacia el cielo cada vez más oscuro y, bostezando, entré en la Guarida. El viejo Rolg estaba sentado a la mesa, comiendo un plato de gachas. Me senté yo también, apoyé la barbilla sobre mis brazos cruzados y, tras escuchar un rato el sosegado masticar del elfo, pregunté: .D .Bdia ¿Tengo que hacer algo, Rolg? .Edia .P Él alzó la vista, sonrió levemente y negó con la cabeza. .D .Bdia No. Ya fui a buscar agua. .Edia .P Me sentí un poco culpable, porque con la pata coja que tenía no estaba bien que el viejo Rolg caminara con peso. .D .Bdia Mañana iré a buscarla yo, descuida, .Edia le solté. Y, tras un silencio, añadí: .Bdia Rolg, ¿tú también robabas cosas valiosas cuando eras joven? .Edia .D .Bdia Mm… Claro, .Edia contestó Rolg mientras tragaba sus gachas. .Bdia Perlas, joyas, mágaras, reliquias… Cosas que tú no puedes aún ni imaginar. .Edia .P Sonreí ante su mueca cómicamente misteriosa y vacilé. .D .Bdia Y… ¿por qué decidiste hacerte Daganegra? .Edia .D .Bdia ¡Ah! .Edia sonrió el viejo elfo. .Bdia Mira, te parecerá curioso pero, al contrario que otros veteranos como yo, no hablo del pasado. Soy demasiado práctico para perderme en épocas que dejaron de existir hace ya mucho tiempo. .Edia .D .Bdia Vaya, .Edia mascullé, sorprendido. .Bdia Pero… ¿no lo cuentas porque no quieres o porque no te acuerdas? .Edia .P El viejo Rolg puso los ojos en blanco. .D .Bdia Por ambas cosas. No, pequeño, claro que me acuerdo. Sólo te diré que, a tu edad, yo era un niño tan tímido que ni me atrevía a salir de casa solo. En aquella época, vivía en el campo y de noche se oían terribles aullidos de lobo. Cuando los oía acercarse, me levantaba y corría a la habitación de mis padres gritando: ¡papá, mamá, que viene el dragón! .Edia .P Le devolví la sonrisa, divertido, y pregunté: .D .Bdia ¿Y por qué te fuiste del campo si tenías familia? .Edia El anciano se entristeció y me entristecí con él, creyendo entender. .Bdia ¿Te echaron? .Edia .P El anciano meneó la cabeza. .D .Bdia No. Un día vino de veras el dragón bajo la forma de unos bandidos asesinos y… me quedé solo. Ya ves. Y, como tú, emprendí el viaje a Éstergat, crucé el Bosque de Arkolda y llegué a la capital igual de andrajoso que tú. Y acabé convirtiéndome en Daganegra… exactamente como tú. .Edia .P Sus ojos brillaron, sonrientes, y quedé ensimismado, tratando de imaginarme al viejo elfo, joven como yo, caminando perdido entre tupidos árboles, linces, setas venenosas y serpientes… .D .Bdia ¿Has cenado? .Edia me preguntó entonces el elfo. Como yo negaba con la cabeza, empujó el plato de gachas hacia mí. Aún quedaba un cuarto. .Bdia Toma. Que aproveche. Yo voy a dormir. Y que nadie me moleste, ¿eh? .Edia .P Lo vi levantarse y alejarse hacia su cuarto y me apresuré a decir: .D .Bdia Oye, Rolg. Gracias. Por la cena y por la historia. Y no te preocupes: el pasado siempre es pasado. Mi maestro decía que si uno se acordara de todo se volvería loco. Él tampoco hablaba mucho de cuando era… er… joven. .Edia .P Es decir, ni de cuando estaba vivo ni de cuando era un muerto joven, completé para mí. El viejo elfo me miraba con una leve sonrisa. .D .Bdia Buenas noches, pequeño. .Edia .D .Bdia ¡Buenas noches, Rolg! .Edia .P Nada más cerrarse la puerta, tomé el plato con ambas manos y, saltándome esas manías que tenían los saijits de comer con cuchara, engullí las gachas en un pacivirtud. Acto seguido, fui a recoger mi pluma amarilla, me acerqué a la ventana y alcé la mirada hacia el cielo nocturno convencido de que mi maestro nakrús estaría contemplándolas en ese mismo instante. Muy bajito, murmuré: .D .Bdia Buenas noches, elassar. .Edia .Ch "Noche de verano" .\" 24/09/2017 Yerris se equivocó. Alvon soportó a su sarí más de dos días seguidos. Y yo, viéndome sin guía y sin mentor, pasé los primeros días deambulando por la ciudad sin objetivo fijo, entrando y saliendo de las tabernas, vagueando en los parques y hasta pidiendo dinero, como me había enseñado a hacer Yerris, con discreción y muecas de perro mojado. Esos días, estuve observando a unos vendedores de periódicos y, dándome cuenta de que estos se hacían un buen dinero, el tercer día me acerqué a ellos y les pregunté de dónde sacaban esos papeles, a lo cual uno me contestó: ¡de la oficina! Y se mostró tan amable como para enseñármela pues precisamente iban ya a devolver los periódicos de la mañana y recoger los de la tarde. .P Había, ante la oficina de prensa, un jolgorio de niños y muchachos que se divertían haciendo apuestas jugando a los dados. A uno le vaciaron los bolsillos y, como lo endeudaran de tres siatos, el muchacho se lamentó: .D .Bdia Que os cuelguen, ¡mi padre me va a matar! .Edia .P Y, mientras meneaba la cabeza, soltando imprecaciones desesperadas, sus amigos, y particularmente el ganador, se reían y trataban de consolarlo con ligereza. .D .Bdia ¡Tranquilo, Tens! A mí me hicieron lo mismo la luna pasada, .Edia le recordó un joven de unos doce años. .Bdia Y ¿sabes lo que hice? Me inventé que me habían atacado por la calle unos matones. ¡Papá, mamá, me han asaltado y me han robado el dinero! .Edia exclamó. .D .Bdia ¿Y coló? .Edia .D .Bdia Pues sí, pero fue casi peor porque mi padre me trató de cobarde por darles todo sin defenderme. Créeme, tú dile al tuyo que te atacaron y que tú le partiste la cara a alguno pero que eran mayoría aplastante. .Edia .D .Bdia Pues ya probaré, .Edia aseguró Tens. .P Otros continuaron con el juego. Yo estuve mirando hasta que vi otra cosa que me llamó la atención: un elfo pelirrojo le acababa de empujar violentamente a un chicuelo unos metros más lejos en la Avenida Imperial. Aquello me recordó tanto a lo que me había hecho el otro día el caito amigo de Warok que, con el ceño fruncido, me acerqué para ver qué pasaba. .D .Bdia ¡Me debes veinte clavos! .Edia le decía el atacante al atacado. Este último no resistía ni tampoco agachaba la cabeza, miraba hacia otro lado y hacía como si le estuviesen cantando los pajarillos al oído. .D .Bdia ¿Me oyes, mocoso isturbiao? .Edia insistió el elfo pelirrojo, empujándolo. .D .Bdia ¡Isturbiao tú! No le pegues, .Edia le gritó un pequeño elfo oscuro interponiéndose con cara de perro guardián. .Bdia ¡Vete! .Edia .D .Bdia Vaya, vaya, Manras. ¿Le defiendes al demonio ahora? ¿No sabes tú que compadrar con esos ojidiablos es contagioso? .Edia le lanzó el muchacho. .D .Bdia ¡Atranca la boca, Dil es mi amigo! .Edia gruñó el pequeño elfo oscuro. .D .Bdia Me debe veinte, .Edia replicó el pelirrojo. .D .Bdia ¡No te debe nada! .Edia .D .Bdia Sí que me debe: es un diablo. .Edia .D .Bdia ¡No es justo! .Edia .P En ese momento, el muchacho pelirrojo se giró hacia mí al verme tan cerca y frunció el ceño. .D .Bdia ¿Y tú qué miras? .Edia .P Lo cierto era que, además de interesarme por la escena, mis ojos se habían quedado intensamente fijados en la cara del pelirrojo. La tenía totalmente destrozada por una enfermedad fea. Me encogí de hombros. .D .Bdia ¿Por qué dices que es un diablo? .Edia .P El pelirrojo resopló. .D .Bdia ¿Qué por qué lo digo? Sólo hace falta mirarlo a los ojos. .Edia .P Sólo entonces me fijé en que, de hecho, el llamado Dil tenía ojos violetas casi rojizos con la pupila vertical como las serpientes. Volví a encogerme de hombros. .D .Bdia ¿Tú has visto ya a algún diablo? ¿No, verdad? Entonces, ¿cómo sabes que es un diablo? .Edia .P El pelirrojo enarcó una ceja. .D .Bdia ¿Qué? Pero vamos a ver, shur, ¿no sabes que se los llama diablos a los saijits que tienen los ojos así? Ese mocoso no es un humano: es un diablo. .Edia .P Vi aparecer en los ojos de Dil un destello tembloroso. De modo que sí que nos estaba escuchando y ser llamado diablo no le gustaba, como era de imaginar. Me encaré con el atacante. .D .Bdia Deja ya de llamarlo diablo, es cruel. Largo o te desorejo. .Edia .P El muchacho, para sorpresa mía, sonrió. .D .Bdia No te faltan agallas. ¿No ves que soy bastante mayor que tú, shur? Templa el tono. ¿Eres un guako de los Gatos, verdad? .Edia Me dolió constatar que tenía razón: era bastante más fuerte y alto que yo, debía de tener la edad de Yerris, lo que significaba que mis posibilidades para salir victorioso de una pelea eran más bien escasas. Humedecí mis labios y asentí. .Bdia Se nota. ¿Y vendes periódicos? .Edia Negué con la cabeza. .Bdia ¿No? ¿Entonces qué haces aquí? .Edia .D .Bdia Estaba mirando, .Edia expliqué. .Bdia Para ver cómo iba eso de los periódicos. Oí decir a uno que se ganaba quince clavos en cinco horas, y a veces más. Pero no sé cómo funciona. .Edia .P El elfo pelirrojo me miró con burla. Y de pronto, me tendió la mano. .D .Bdia Me llamo Draen el Raudo, también de los Gatos, .Edia se presentó. .P Aún me daba cierto repelús darle la mano a alguien, pero Yálet aseguraba que mi mano derecha era igual que si fuese real o casi: la única diferencia era que no era tan caliente como la otra. Así que, tras una vacilación, estreché la mano de Draen y contesté: .D .Bdia Yo también soy Draen. .Edia .P Draen sonrió. .D .Bdia Caramba, un tocayo. ¿Sabes, shur? Quince clavos por cinco horas es una miseria. Más me gano yo mangando en los templos. Di, ¿andas con alguna banda? .Edia .P Lo miré con recelo y me encogí de hombros. .D .Bdia ¿Por? .Edia .P Se levantó un bullicio ante la oficina y, como los niños se agolpaban para ir a buscar los periódicos, el elfo pelirrojo inspiró por la nariz con desenfado y se encogió de hombros a su vez. .D .Bdia Por nada. Salú, tocayo. Salú, diablo, .Edia le lanzó a Dil. .Bdia ¡Procura correr cuando vuelvas a casa, no vaya a ser que te atraquen! .Edia .P Y, echándonos una mirada entre divertida, bromista y burlona, se alejó por la Avenida Imperial con andar presto. .D .Bdia Menudo buitre… .Edia resoplé. .D .Bdia Vamos, Dil, .Edia le apremió el pequeño elfo oscuro al presunto diablo. .Bdia Si no nos damos prisa nos quedamos sin periódicos. .Edia .P Dil asintió como con desgana, me echó una mirada y dijo un lacónico: .D .Bdia Gracias. .Edia .P Sonreí. .D .Bdia De nada. Oye, ¿podéis explicarme cómo funciona esto de la oficina? .Edia .P El pequeño elfo oscuro dejó de estirarle a Dil por la manga y se mordió el labio, mirándome a los ojos. No debía de tener ni ocho años, estimé. .D .Bdia Vale, .Edia dijo de pronto. .Bdia Tú síguenos. .Edia .P Los seguí adentro hasta una ventanilla donde tuve que pagar un clavo a cambio de una plaquita de latón con el símbolo de la oficina grabado. Llegados a un sótano mal iluminado, esperamos nuestro turno para pedirle al encargado el número de periódicos que deseábamos. Cuando me tocó, yo dije: .D .Bdia Veinte. .Edia .P Y el encargado me miró ladeando la cabeza. .D .Bdia Tú eres nuevo, ¿no? .Edia .D .Bdia Sí, es Draen, un amigo mío, .Edia intervino el pequeño elfo oscuro. .P Enarqué una ceja y mi nuevo amigo me sonrió. Me murmuró: .D .Bdia Por cierto, me llamo Manras. ¿Vendemos juntos? .Edia .P Sonreí. .D .Bdia Corriente. .Edia .P Recogí mis veinte periódicos y, minutos más tarde, estábamos los tres recorriendo las calles gritando: ¡ .Sm -ns -t journal El Rumor Rojo ! ¡ .Sm -ns -t journal El Rumor Rojo por un céntimo! Gritar no se me daba mal, y tampoco se me daba mal cantar y, cuando tocó el Templo Mayor las cuatro campanadas, yo ya había compuesto mis estribillos de venta: .Bl -t verse .It ¡Con el Rumor Rojo .It me entero de todo .It no hay mejor modo .It pa saberlo todo .It que el Rumor Rojo! .It ¡El Rumor Rojo! .It ¡El Rumor Rojo! .It ¡Por un clavo, .It te haces sabio! .It ¡El Rumor Rojo! .It ¡El Rumor Rojo! .El .P Manras me copió y, en unos días, acabamos formando un dúo canillita mortal. Por los parques, por las plazas, siempre se nos oía pasar, gritando, cantando, descargando periódicos y recogiendo clavos. Y es que Manras se animaba a imitarme en todo y, es más, su apoyo me incitaba a improvisar, a hacerme el mayor y el sabido: casi casi no se notaba que apenas unas lunas antes no recordaba lo que era una casa o una barra de pan. Dil, él, era menos dispuesto a imitarme; no es que le cayera mal ni nada de eso, es que, según Manras, el Principito era un pasota de primera. Cuando cantábamos, él nos miraba a veces como si nos hubiéramos vuelto locos, otras veces ponía los ojos en blanco o se rascaba la cabeza y se adelantaba como a regañadientes hacia un caballero para tenderle un periódico casi sin abrir la boca. Y es que, así como Manras era un cachorro tan activo como yo, Dil era un oso lebrín adormilado, simpático pero, sin duda, pasota y callado hasta decir basta… ¡todo lo contrario que el Gato Negro, desde luego! .P Precisamente, unas dos semanas después de que comenzara mi trabajo como canillita, al ver que Yerris no volvía, le pregunté a Rolg cuándo regresaría mi guía y compañero y el viejo elfo me contestó que, por lo que había oído, Alvon se lo había llevado a una misión fuera de Éstergat. Lo primero que pensé fue que se lo había llevado para salvarlo de ese Bravo Negro. Casi le pedí confirmación a Rolg, pero recapacité y me dije que hubiera podido meter la pata. Además, un juramento era un juramento. En cualquier caso, quedé impresionado de que Yerris fuera a cumplir trabajos con su mentor, aunque, tumbado solo en la Guarida, sentí también una soledad a la que ya no estaba acostumbrado. Y pensé: a ver cuándo Yal acaba sus estudios y vuelve a hacerme un poco de caso. Creo que, si hubiera sabido dónde vivía Yálet, habría ido a visitarlo para molestarlo un poco, aunque fueran unos pocos minutos… Eso no lo habría descentrado tanto como para quitarle ese diploma, ¿verdad? Suspiré, acaricié con mi mano derecha mi pequeño colgante de plata y agucé el oído para tratar de percibir la respiración de Rolg del otro lado de la puerta, en vano. Casi se diría que, cuando el viejo elfo desaparecía por esa puerta, desaparecía del mundo. ¿Qué habría detrás de esta? No sé por qué, algunas noches me imaginaba que había ahí algo peligroso y me costaba conciliar el sueño. Y esa era una de esas noches. Solo, en el cuarto, me sentía en peligro, exactamente como cuando viajaba por los bosques. Y eso era algo que jamás me había pasado con mi maestro porque sabía que él jamás necesitaba dormir, que estaba siempre vigilando y que estaba allá afuera, contemplando las estrellas y repeliendo con su sola presencia los monstruos de las montañas. .D .Bdia Ferilompardo, .Edia murmuré. .Bdia Tengo que encontrar un ferilompardo. .Edia .P Y así podría volver a ver a mi maestro. Con este pensamiento en mente, conseguí, al fin, conciliar el sueño. .salto .D .Bdia ¡Terremoto en Veliria! ¡ .Sm -ns -t journal El Noticiero Nocturno ! ¡ .Sm -ns -t journal El Noticiero Nocturno ! .Edia pregoné. .P Era día de fiesta, el primer Día-Bondad de la luna de Alegrías en que se festejaban las vendimias, y las calles estaban llenas a rebosar de gente. El mejor día para un canillita: las ventas iban mejor que bien. El único inconveniente era que aún no había encontrado ninguna palabra que rimara con nocturno y que hiciera un bonito estribillo, pero a la gente tampoco parecía importarle. .P Vi una mano enguantada tenderse con dos clavos, di el periódico y recogí las monedas exclamando: .D .Bdia ¡ .Sm -ns -t journal El Noticiero Nocturno ! ¡Terremoto en Veliria! .Edia .P Manras se detuvo junto a mí, jadeante. .D .Bdia Caray, Espabilao, ¿sólo te queda uno? .Edia .D .Bdia Y a ti diez, veo, .Edia dije. .Bdia ¿Qué te pasa, shur? .Edia .P Manras se encogió de hombros, sombrío. .D .Bdia Que tengo la garganta que no grita. Mi hermano me va a desorejar… .Edia .P Le puse una mueca compasiva. Manras tenía la mala suerte de tener a un hermano que se quedaba con todo lo que traía. Vivía con Dil, en el Laberinto, pero yo jamás había ido a verlos ahí: no solamente Manras decía que su hermano no permitía visitas sino que además no me apetecía toparme con Warok en camino. .D .Bdia Mira, .Edia le dije al pequeño elfo oscuro. .Bdia Yo puedo darte un poco. Me quedan treinta clavos. Si quieres te doy quince. Con lo que queda ceno y desayuno, tranquilo. A mí nadie me va a desorejar. .Edia .P Manras me miró con los ojos agrandados. .D .Bdia ¿En serio? .Edia .D .Bdia En serio y en drionsano, .Edia aseguré, metiéndole las monedas en la mano. .Bdia Toma. ¿No sabes que los compadres se ayudan entre ellos? Pues eso. Pero esto lo hago porque tienes la garganta mal, ¿eh? Otro día no cuela. .Edia .P El pequeño elfo oscuro sonrió anchamente y me saltó al cuello con todos los periódicos. .D .Bdia ¡Gracias, Espabilao! .Edia .P Sonreí y puse los ojos en blanco. Un vendedor de periódicos había pasado a llamarme Espabilao por componer mis estribillos y hacerle competencia y el mote se había quedado. Le golpeé amistosamente a Manras con mi periódico. .D .Bdia De nada, shur. Oye, a cambio, te quedas con mi periódico, que yo me voy a cenar y para casa. ¿Dónde está el Principito? .Edia .P Lo avisté junto a un farol encendido, tendiendo un periódico a una opulenta señora. .D .Bdia ¡Vaya! ¿Será verdad que está vendiendo más que tú? .Edia me impresioné. .Bdia Bueno, bueno, salú, Manras, ¡nos vemos mañana! .Edia .D .Bdia ¡Salú! .Edia .P Me alejé, pasé detrás de Dil y le estiré la gorra. .D .Bdia ¡Buenas noches, Principito! .Edia .P Este me echó una mirada entre exasperada y divertida antes de colocar de nuevo su gorra y hacer un gesto casi imperceptible a modo de saludo. .P Salí corriendo Avenida de Tármil abajo, me metí en los Gatos sin frenar casi y, entrando en .Sm -t nomlieu La Rosa de Viento , le solté al tabernero: .D .Bdia ¡Señor tabernero, quiero arroz! .Edia .P Y el tabernero me puso arroz. Por primera vez desde que estaba en Éstergat, aquellas últimas semanas, me sentía Gato de verdad, pues me ganaba el jornal, como antaño me lo ganaba en las montañas cazando conejos, sólo que ahora, en vez de cazarlos directamente, cazaba monedas de plata. Sonreí mientras masticaba mi arroz y, girándome hacia un numeroso grupo variopinto que cantaba festejando el Día de las Alegrías, me acabé el plato con rapidez y me acerqué para escucharlos, entusiasmado. .D .Bdia ¡Muchacho! .Edia me dijo un hombre, viéndome ahí parado entre su silla y la de otro. .Bdia ¡Canta con nosotros, venga, hay que festejarlo! .Edia .D .Bdia Es que no me sé la letra, .Edia dije. .D .Bdia ¡Pues bien rápido la vas a aprender, es sencilla! .Edia .P La letra era tan sencilla que la aprendí, de hecho, muy rápido y acabé gritando con ellos. Tenía la garganta ya algo ronca por lo de .Sm -t journal El Noticiero Nocturno pero, por lo visto, que se cantara bien o mal no importaba gran cosa. En un momento, le estiré la manga a Fiks, el viejo obrero que me había pedido que me uniera a ellos, y le señalé una botella. .D .Bdia ¿Eso qué es? .Edia .P En realidad, sabía perfectamente lo que era, pero me hice el tonto aposta y mi táctica funcionó: Fiks me miró con los ojos agrandados. .D .Bdia ¿Cómo? ¿No sabes lo que es el vino, hijo? .Edia .P Me encogí de hombros. .D .Bdia Yo vengo del valle, señor, ahí no hay de eso. .Edia .D .Bdia ¿Nunca lo has probado? ¿Y quieres probarlo? .Edia .D .Bdia ¡Rabiosamente! .Edia exclamé con una sonrisa. .P El obrero sonrió meneando la cabeza. .D .Bdia ¡Pues a buenas horas vienes! ¡Dábel! Apronta el vino, que el chicuelo tiene sed. .Edia .P Y en verdad que la tenía, así que tomé varios tragos largos antes de que alguien se carcajeara: .D .Bdia ¡Ese rapaz te va a secar la botella, Fiks! .Edia .D .Bdia ¡Menudo tragón! .Edia dijo otro, riendo. .P El viejo obrero me quitó la botella de las manos a la fuerza y exclamé alegremente: .D .Bdia ¡Vaya, cómo quema! .Edia .P Fiks resopló. .D .Bdia Pero bueno, ¿quién te ha enseñado a beber así? ¡No es agua de fuente, hijo! Ándate y vuelve a casa o adonde sea antes de que te caigas redondo. Que sepas que en las fiestas religiosas se acaba alegre, no borracho. ¡Hay que ver estos jóvenes…! .Edia .P Me revolvió el cabello, me devolvió la gorra que se me había caído y me empujó suavemente hacia la salida. Le dediqué una amplia sonrisa y me carcajeé. .D .Bdia ¡Gracias, Fiks! .Edia .P Vacilé, me choqué contra un perro y retrocedí. Salí a la Plaza Gris, tambaleante y con la mirada muy brillante. Por suerte, la Guarida no andaba extremadamente lejos, que si no me hubiera quedado a medio camino. En las calles, me crucé con siluetas imprecisas y, extrañamente, pensé que menos mal que le había dado el resto de monedas a Manras, porque ahora, si me atracaban, se iban a llevar un chasco. No estaba ya muy lejos de casa cuando me paré a mirar el cielo y vi estrellas muy vivaces. .D .Bdia ¡Cuéntalas, Mor-eldal, cuéntalas! .Edia exclamé. .Bdia Una, dos, tres, cuatro… .Edia .P Seguí contando con cada paso que daba hasta que llegué al callejón. Subí las escaleras, conté los peldaños y fruncí el ceño. .D .Bdia ¿Veinte? Imposible. .Edia .P Volví a bajar y subir las escaleras, conté y me salieron seis. Eso era más lógico. Iba a empujar la puerta cuando esta se abrió de golpe y una luz me dañó los ojos. .D .Bdia ¿Draen? .Edia lanzó una voz sorprendida. .P Pestañeé y, al ver a mi maestro con los ojos agrandados, me carcajeé. .D .Bdia ¡Salú, elassar! .Edia .P Y canté: .Bl -t verse .It Dame la mano, .It hermano, .It sigue el camino .It y canta conmigo: .It ¡Viiiva el verano! .It ¡Viva el otoño! .It ¡Viva el Daglat y los Cien Espíritus! .It ¡Y viva el vino! .El .P Perdí el equilibrio y por fortuna la barandilla previno mi caída. .D .Bdia Por los Cuatro Espíritus del Alba, .Edia murmuró Yálet, incrédulo. .P Me agarró de la mano y me metió adentro. El ruido de la puerta al cerrarse me sonó tan fuerte como si me hubiera caído un rayo en la cabeza y solté un .Bdia Au, .Edia seguido de una risita. .D .Bdia Rayos y brasas, ¿puedes explicarme cómo diablos has acabado así? .Edia me preguntó Yal. .D .Bdia El cómo es bastante evidente, .Edia dijo Rolg con diversión. .P El viejo elfo estaba sentado a la mesa con un papel entre las manos. Lo saludé con un gesto de mano y una sonrisa y me giré hacia Yal, pero tenía que levantar tanto los ojos que me mareé, volví a bajarlos y, viéndome libre de movimiento, titubeé hasta mi jergón. .D .Bdia Bah, déjalo, hijo, .Edia añadió Rolg. .Bdia Es Día de las Alegrías. .Edia .D .Bdia ¡Día de las Alegrías! .Edia repitió Yal, anonadado, mientras yo me tumbaba, tarareando. .Bdia ¡A su edad yo no hacía esas cosas! .Edia .D .Bdia Los tiempos cambian, hijo… .Edia .D .Bdia ¡Sí, claro! En seis años van a cambiar. ¿Sabes qué? Creo que mi sarí ya ha aprendido de los Gatos todo lo que tenía que aprender hasta ahora. Lo que voy a hacer es encontrarle un trabajo donde no se me pierda. No quiero que acabe como algunos que me conozco yo, que de Daganegras tienen más bien poco. ¿Me oyes, Draen? ¡Draen! .Edia .P Abrí un ojo y lo vi agachado junto a mí, mirándome con expresión… ¿inquieta? ¿sonriente? ¿espantada? No tenía ni idea. Sonreí y dije: .D .Bdia Sí, sí, elassar. .Edia .D .Bdia Y más te vale trabajar duro, .Edia continuó Yal. .D .Bdia Sí, sí. ¡Oye, Yal! .Edia exclamé de pronto. .Bdia ¿Qué tal el di-hip-ploma? ¿Eh? .Edia .D .Bdia Er… Dentro de cuatro días tengo los exámenes, .Edia contestó Yálet. .Bdia Y ahora duerme, sarí. Esta noche no hay lección, obviamente. Yo no enseño mi arte a los borrachos. .Edia .P Bostecé e iba a decirle otra vez un «sí, sí» pero, antes siquiera de abrir la boca, caí dormido como un tronco. .Ch "Diploma" .\" 25/09/2017 Una semana después, me dirigía junto con Yálet hacia el barrio del Arpa. Mi maestro quería colocarme en una familia acomodada como paje a cambio de comida y experiencia doméstica. Para ello, me había hecho limpiarme la cara, cortarme el pelo y ponerme una camisa nueva y bien blanca. Lo seguía con ánimo, aunque no tanto como hubiera querido, pues me rompía el corazón tener que dejar a Manras y Dil para ir a servir a los mangaplatas. Yerris me habría tratado de lamebotas. .D .Bdia Elassar, .Edia dije, mientras subíamos una bonita calle empedrada. Troté para alcanzarlo. .Bdia ¿De verdad no sabes cuándo va a volver Yerris? .Edia .D .Bdia No, .Edia contestó Yal sin detenerse. .Bdia Alvon se fue de Éstergat con él, eso es todo lo que sé. .Edia .P Suspiré con tristeza. .D .Bdia ¿Y de verdad voy a tener que trabajar en una casa? .Edia .P Yal me echó una mirada entre aburrida y burlona. .D .Bdia Anímate, Mor-eldal. Piensa que esto lo hago por tu bien. Aprenderás las buenas maneras, verás un mundo diferente al de los Gatos y esos canillitas y, en fin, que te vendrá muy bien. .Edia .P Hice una mueca escéptica y apunté: .D .Bdia Eso si me aceptan. .Edia .P Yal suspiró. .D .Bdia Sí, eso si te aceptan. Te advierto, si metes la pata ahora te hago leer diez veces .Sm -t titulo Los caminos de Veintemberrios . .Edia .P Agrandé los ojos, espantado. Para enseñarme a leer los signos modernos del drionsano, Yal me había traído a la Cumbre un libro que había tomado prestado de la biblioteca de los Olmos. Y yo avanzaba a paso de caracol. Leerme diez veces eso… ¡me hubiera costado años! .D .Bdia Igh… .Edia Tragué saliva. .Bdia Eso no, elassar. Eso sí que no. .Edia .D .Bdia Pues entonces pórtate bien. .Edia .P Llegamos al final de la calle y mi maestro siguió todo recto hacia una mansión roja —todo el barrio estaba lleno de casas enormes. Estiró la cuerda de una campana y, mientras esta sonaba, se giró hacia mí: .D .Bdia Por cierto, recuerda que somos primos, ¿eh? .Edia .P Asentí y agrandé ligeramente los ojos cuando la puerta se abrió y apareció un hombre moreno vestido todo de negro. Parecía un cuervo. Pero era humano. Tenía rostro puntiagudo, ojos rasgados y una expresión tétrica que no me gustó. .D .Bdia Buenos días, .Edia dijo Yálet. Se tocó el ala de su sombrero de copa alta. Mi maestro iba vestido como un verdadero caballero. .Bdia Soy Yálet Ferpades. Un amigo me dijo que esta casa andaba buscando a un muchacho como paje y quisiera… .Edia .D .Bdia De ningún modo, aquí no se busca a nadie, .Edia nos cortó el cara cuervo. .P Y nos cerró la puerta en las narices. Resoplé. .D .Bdia Cara cuervo, .Edia gruñí. .P Yal me echó una mirada de advertencia y bajó la escalinata gruñendo él también. .D .Bdia Maldita sea, ¿me habré equivocado de casa? .Edia Echó un vistazo al número, negó con la cabeza y repitió: .Bdia Maldita sea. .Edia .D .Bdia Vender periódicos tampoco está tan mal, elassar, .Edia intervine. .Bdia Si fuese ahora, me daría tiempo a coger los de la tarde y… .Edia .P Suspiré bajo su mirada exasperada. Con un gesto, me señaló que lo siguiera y me comentó por lo bajo: .D .Bdia No me llames elassar en pleno día, ¿quieres? .Edia .D .Bdia Tú me has llamado Mor-eldal, .Edia repuse. .P Yal levantó los ojos al cielo y asintió, sonriendo levemente, divertido, antes de adoptar una expresión más seria. .D .Bdia Mira, Draen. Yo sólo quiero que aprendas otra cosa que vagabundear por las calles e ir cantando por ahí como un duendecillo. .Edia .D .Bdia ¿Qué tiene de malo eso? .Edia repliqué. .Bdia Además, no sólo aprendo eso. También me enseñas tú muchas cosas. Las cerraduras mágicas, el Veintemberrios ese, las armonías… .Edia .D .Bdia ¿Quieres bajar la voz? .Edia resopló Yal. .P Puse cara de disculpa. .D .Bdia Perdón. .Edia .P Yal suspiró e iba a decir algo cuando ambos oímos una voz llamar: .D .Bdia ¡Señor Ferpades! .Edia .P Nos giramos y vimos a un joven elfo bajar de dos saltos la escalinata de la mansión roja. Llevaba una camisa blanca holgada aún más blanca que la mía. Por cómo resollaba, parecía que había acudido a la puerta corriendo. .D .Bdia Bingo, .Edia murmuró Yal. Me sonrió y me empujó del hombro para que me acercara a la escalinata. Lo hice con una mueca no muy alegre. .D .Bdia Señor Ferpades, .Edia repitió el joven noble. .Bdia Soy Miroki Fal. Siento este malentendido, no avisé al mayordomo del anuncio que dejé. De hecho, no esperaba que nadie acudiera tan pronto. Este es el muchacho, ¿verdad? ¿Qué edad tiene? .Edia .D .Bdia Diez años, .Edia contestó Yal. Lo dijo sin vacilar y casi me lo creí. Bueno, muy probablemente fuera cierto: mi maestro nakrús me había dicho que cumplía años hacia finales de primavera y ya estábamos en otoño. Yal continuó: .Bdia Se llama Draen, es mi primo y… de momento no tiene mucha experiencia, pero es un buen chico y, desde luego, tiene buena disposición y sabe obedecer. .Edia .P Eso también lo dijo sin vacilar, pero no me lo creí. Disposición yo tenía la que me daba la gana, qué diablos. Alcé la cabeza, orgulloso. Malinterpretando tal vez mi gesto, el elfo mangaplatas sonrió. .D .Bdia Bien. Pues mire, lo voy a poner a prueba durante unos días, y si me satisface se podrá quedar más tiempo. .Edia .D .Bdia ¿Se… lo queda? .Edia soltó Yal. Esta vez no parecía creérselo ni él, pensé con una sonrisilla. .D .Bdia Sí, si me satisface su trabajo, .Edia repitió el joven mangaplatas. .D .Bdia Ah. Pues perfecto, .Edia se alegró Yal. .Bdia Oiga, sólo quisiera poner una condición. El alojamiento no será posible. Ya tiene casa y su abuelo prefiere que vaya a dormir ahí. Espero que ese no sea un problema. .Edia .D .Bdia En absoluto, .Edia aseguró Miroki Fal. .Bdia Mientras llegue a tiempo a la mañana. Le aseguro que lo soltaré todos los días antes de las ocho de la tarde, probablemente mucho más pronto. Que tenga un buen día, señor Ferpades. Draen, vayamos adentro. .Edia .P Le eché una mirada aprensiva a mi maestro pero la expresión de este me invitó a obedecer al mangaplatas y, molesto, nervioso como un conejo que entra en la casa del lobo, pasé el umbral bajo la mirada desapasionada del Cuervo y los ojos sonrientes del Mangaplatas. Este último me guió escaleras arriba y, más rápido de lo que hubiera sospechado, mi aprensión se tornó en curiosidad. Aquella casa era inimaginable. ¡Había cada objeto más peregrino! Mi maestro nakrús, él que decía que no quería que le metiera demasiadas cosas inútiles en la cueva, como piedras bonitas o bastones esculpidos… ¿qué hubiera dicho de aquella mansión? .D .Bdia Señor, .Edia dije, mientras el Mangaplatas me guiaba por un ancho corredor. Este tenía tres puertas de cada lado, todas cerradas. Retomé: .Bdia ¡Señor! ¿Qué es eso? .Edia .P Señalé un objeto dorado y grande con una forma incomprensible. Miroki Fal carraspeó. .D .Bdia Esa es una obra de arte que compró mi padre hace años. Mi madre no quiso llevársela a Griada cuando se mudó mi familia, y espíritus cómo la entiendo. Es un horror. Sinceramente, ni idea de lo que es. .Edia .P Enarqué una ceja. Vaya. .D .Bdia ¿Y esta gente? .Edia inquirí, señalando los grandes cuadros colgados a lo largo de todo el pasillo. .Bdia ¿Ancestros? .Edia .D .Bdia Algunos, .Edia asintió Miroki Fal, deteniéndose ante una puerta y sacando una llave. .Bdia Esta es la casa de mi tío, así que hay cuadros de sus hijos y nietos a mansalva. Pero también hay obras religiosas, con Espíritus ilustres, y obras modernas. Mira, esa la pintó mi mejor amigo. Me la vendió por apenas doscientos siatos en primavera, pero es el cuadro que más me gusta. .Edia .P El cuadro era extraño, completamente negro con cosas plateadas que parecían telarañas. Puse cara de incomprensión. .D .Bdia Pero no está pintado, .Edia dije. .P Miroki Fal se quedó suspenso y se carcajeó. .D .Bdia ¡Por supuesto que está pintado! Es arte, muchacho. Tranquilo, tú no puedes entenderlo. .Edia Oh, si yo estaba muy tranquilo, pensé, pero no dije nada. Abrió su despacho y entró añadiendo: .Bdia Supongo que tu primo entendió las condiciones del anuncio: a cambio de tu trabajo como paje, te daré comida, alojamiento, pero ya veo que eso no será necesario, y tal vez una propina. .Edia .P Asentí mientras él cerraba la puerta y eché una mirada a mi alrededor. Vi estanterías con libros y libros y más libros y figuras y jarrones y cortinas muy altas y blancas… Me quedé boquiabierto. Me creía en otro mundo. Yo que había visto en total cuatro libros en mi vida, y eso… Eso era una barbaridad. .D .Bdia Caray, .Edia dejé escapar. .Bdia ¿Son todos de verdad? .Edia pregunté, acercándome a los libros. .D .Bdia Er… sí, no toques, ¿quieres? Siéntate. Te explicaré rápidamente lo que tendrás que hacer: es muy sencillo. .Edia .P Embelesado, me senté en una silla señorial. Mis pies estaban lejos de llegar hasta el suelo. Alcé una mirada atenta hacia Miroki Fal, sentado detrás del escritorio. ¿Qué querría ese Mangaplatas? .D .Bdia Bueno, .Edia prosiguió el joven elfo. .Bdia No sé si sabrás lo que es el Conservatorio. .Edia .P Fruncí el ceño y asentí. .D .Bdia La escuela de los magos, ¿no? .Edia .P Miroki Fal asintió. .D .Bdia Así es. Yo estudio ahí y resulta que no tengo paje desde hace cuatro lunas. El anterior se fugó. Y… bueno, ciertamente echo de menos un paje. Tendrás que llevar mis apuntes, hacer comisiones, enviar mensajes… Nada muy complicado. A las tardes no tengo clases así que ayudarás a Rux a preparar la comida, limpiar la casa y todo lo que te pida. ¿Entendido? .Edia .P Parpadeé. Madres de las Luces… ¿todo eso? .D .Bdia ¿Quién es Rux? .Edia pregunté. .D .Bdia El mayordomo, el que has visto antes, .Edia explicó el elfo. Hice una mueca y él sonrió. .Bdia Tranquilo, no te va a morder. .Edia .P Eso esperaba… Tragué saliva. .D .Bdia ¿Señor? ¿Por qué el otro paje se fugó? .Edia .P Esta vez fue él quien hizo una mueca. .D .Bdia Bueno… El Conservatorio a veces reserva sorpresas. Hubo un pequeño accidente durante un experimento, el muchacho se llevó un susto de muerte y al día siguiente no lo volví a ver. .Edia Meneó la cabeza y se levantó de su sillón bajo mi mirada aprensiva. .Bdia Por eso, a ti te prohíbo formalmente entrar en las aulas. Y si te digo que puedes marcharte, te marchas, sales del Conservatorio, y regresas a la hora indicada, ¿de acuerdo? .Edia .P Resoplé. Aquello sí que era una buena noticia. .D .Bdia Corriente, corriente, .Edia dije, esperanzado. .Bdia ¿Cuántas horas libres son esas? .Edia .P El Mangaplatas me miró con una mezcla de sorpresa y diversión. .D .Bdia Bueno… Depende de mi agenda. Pero, cuando digo que sales del Conservatorio, sales para volver aquí y ayudar a Rux. .Edia .P Lo miré con cara aterrada. .D .Bdia ¿De verdad? .Edia .P Miroki vaciló y carraspeó. .D .Bdia Bueno… Supongo que Rux podrá arreglárselas solo a la mañana. .Edia .P Le sonreí anchamente. .D .Bdia ¿Así que puedo ir adonde quiera? ¿Eh, señor? ¡Gracias, señor, qué bueno es usted! .Edia .P El joven elfo puso los ojos en blanco. .D .Bdia Soy de los que opinan que hasta los pobres necesitan tiempo libre. Así que sí, podrás ir a jugar con tus amigos, siempre y cuando vuelvas a la hora indicada sin retrasos, .Edia insistió. .Bdia Un solo retraso y nuestro trato cae al agua, ¿entendido? .Edia .P Asentí enérgicamente sin una palabra y él sonrió, frunció el ceño y agregó: .D .Bdia Última cosa. Si veo desaparecer un solo objeto de esta casa, te culparé a ti. De modo que cuidado con lo que tocas. .Edia Volví a asentir y él tonó: .Bdia ¡Rux! .Edia .P El mayordomo tardó en llegar, y no es que cojeara como Rolg, es que andaba con mucha calma. .D .Bdia ¿Sí, señor Fal? .Edia preguntó con voz seca. .D .Bdia Draen será tu asistente, .Edia declaró Miroki Fal. .Bdia Por favor, enséñale sus nuevas tareas y que a la mañana, a las ocho, esté en la puerta y listo para partir. .Edia .P Rux el Cuervo hizo un breve gesto con la cabeza y, no sin cierta grima, me levanté y lo seguí al pasillo y luego escaleras abajo. Ese tipo me daba mala espina. Sin pronunciar una palabra, me llevó al gran salón principal de la entrada y señaló una puerta cerrada. .D .Bdia Esa es la despensa. No se abre, .Edia me previno. Se alejó hacia una puerta abierta. .Bdia Esta es la cocina. Aquí tú no te metes. La comida la preparo yo, ¿me has entendido? .Edia .P Me miró tan fijamente que no contesté y me quedé clavado en tierra, intimidado. Frunció el ceño. .D .Bdia ¿Me oyes cuando te hablo? .Edia .P Espabilé. .D .Bdia Sí, sí. No me meto en la cocina ni en la despensa. Si le entiendo rabiosamente, .Edia aseguré. .P Rux frunció el ceño aún más. .D .Bdia Bien, .Edia dijo. .Bdia Entonces coge esta escoba y pásala por el pasillo de arriba. Sin tocar nada ni abrir puertas. .Edia .P Di un pequeño bote de alegría. ¡Al fin una ocasión para alejarme del cuervo! .D .Bdia Voy, .Edia dije. Cogí la escoba y salí escaleras arriba casi corriendo. Decidí comenzar desde el fondo, donde había una magnífica y enorme ventana. Sólo que, en camino, me quedé parado contemplando los cuadros. Los había de todo tipo, retratos con señores bigotudos y señoras con sombreros estrambóticos, paisajes con muchachas bonitas vestidas todo de blanco… Y el cuadro negro con telarañas. Observé este último con curiosidad. ¿Por qué le gustaba tanto al Mangaplatas aquel cuadro sin pintar? Tras echar una ojeada hacia la puerta cerrada del despacho, tendí mi mano derecha y toqué la superficie negra. Sentí una energía extraña y me aparté de golpe. ¡Un cuadro hechizado! Por algo me había avisado Rux de que no tocara. Menos mal que mi mano derecha era relativamente impermeable a los sortilegios externos. .P Me alejé con viveza, agité la mano para deshacerme de esa desagradable sensación y comencé a dar escobazos enérgicos mientras echaba una mirada por la ventana. Desde ahí, se veía el Conservatorio, un gran castillo repleto de ventanas, con los muros tan negros como la misma Roca. .D .Bdia Un bastión, .Edia murmuré. .P Recordaba que, en el libro de cuentos con imágenes de mi maestro nakrús, había un dibujo parecido con la palabra: bastión. En él vivía una pequeña princesa sola y desamparada… .D .Bdia Pero era valiente y, un día de primavera, salió a buscarse la vida con en el corazón un sol de alegría, .Edia susurré, siguiendo con el cuento. Me lo sabía de memoria: mi maestro nakrús me lo había leído muchas veces y yo lo había leído solo otras tantas. Ya era frustrante darse cuenta de que la escritura de entonces no era ya la misma para nada. .P Suspiré y, percatándome de que había dejado de barrer, seguí, entonando: .P .Bl -t verse .It ¡Trataratratá! .It ¡Barriendo se barre, .It se barre barriendo, .It yo barro, tú barres, .It barriendo barremos! .It ¡Trataratratá! .El .P Continué y estaba llegando ya al final del pasillo cuando la puerta del despacho se abrió y apareció el Mangaplatas. .D .Bdia ¡Pequeño! .Edia me dijo. .P Me detuve, callé y lo miré, interrogante. .D .Bdia Er… Aquí, puedes cantar todo lo que quieras, pero fuera y en el Conservatorio, no lo hagas. No quiero que des la nota, ¿eh? .Edia .P Me encogí de hombros. .D .Bdia ¡Corriente, señor! .Edia .P Y tiré todo el polvo acumulado al primer peldaño, di un salto al segundo y seguí tirando toda la suciedad mientras tarareaba mi canción. Llegado abajo, eché una ojeada a la cocina y vi a Rux sentado a una mesa, cortando algo con un cuchillo. Alzó la vista y, para asombro mío, me sonrió. En el momento, me dio mucho miedo su sonrisa, sobre todo porque, llevando él el cuchillo, el conjunto era algo así como inquietante. Sin embargo, tras cavilar un rato sobre la cuestión, me dije que su sonrisa, pese a ser un poco tétrica, no era mala. .P Y no me equivocaba. Estuve un par de horas cantando mientras pasaba la escoba y el plumero y, pese a lo que me había dicho Rux, me dejó entrar en la cocina para ayudarlo a limpiar los platos y hasta compartió conmigo los restos de sopa que había dejado Miroki Fal la noche anterior. Mientras comíamos, sentados a la mesita de la cocina, me emocioné: .D .Bdia ¡Qué rico está! ¿Qué es? .Edia .D .Bdia Mmpf, .Edia dijo Rux. .Bdia Verduras, carne… Hay muchos ingredientes, por eso se llama sopa. Y no hables con la boca llena. .Edia .P Cerré la boca y, tras un silencio, acabé con mi bol y pregunté: .D .Bdia ¿Para qué sirven todos esos instrumentos? .Edia .P Señalé un montón de cazuelas y cucharones de diferente tamaño. Rux volvió a decir un: Mmpf. Y tras un silencio en el que lo miraba yo, expectante, contestó: .D .Bdia Son sartenes, cazuelas, pucheros… ¿Es que jamás has visto tú una sartén? .Edia .P Como no sabía si la había visto o no, negué con la cabeza. Rux dijo otra vez: Mmpf. Y añadió un: .D .Bdia Limpia los boles, anda. .Edia .P Me tendió el suyo y me levanté a limpiarlos. Pues a lo mejor Rux no era tan malo, pero expresivo lo era tanto como Dil o menos. .D .Bdia Cuando termines, puedes marcharte, .Edia soltó Rux. .P Agrandé los ojos ante la buena noticia y por poco se me cayó el bol. .D .Bdia Vuelve a las ocho en punto mañana, .Edia agregó Rux. .Bdia Como llegues tarde, el señor Fal te desorejará. .Edia .P Dejé los boles impecables en la mesa y le enseñé a Rux una ancha sonrisa. .D .Bdia ¡A las ocho estaré aquí! .Edia aseguré. .P Y me fui corriendo. Justo antes de salir de la cocina, creí percibir otra leve sonrisa divertida del mayordomo. .P Bajé y bajé calles hasta llegar a la Explanada. Eran apenas las tres de la tarde. Fui a la oficina y de ahí a las plazuelas donde solíamos vender el dúo trovador y el Principito. Tras una hora de vagabundeos, logré topar con mis compañeros y les bramé: .D .Bdia ¡Salú, comparsas! .Edia .P El pequeño elfo oscuro, al verme, sonrió y se acercó corriendo con Dil detrás. .D .Bdia ¿Dónde te habías metido? .Edia .D .Bdia Me encontré un nuevo trabajo, .Edia expliqué. .Bdia En el barrio del Arpa. .Edia .P Manras se quedó boquiabierto. .D .Bdia ¿De verdad? ¿Con los príncipes? .Edia .P Asentí. .D .Bdia Con un mago que estudia en el Conservatorio. .Edia .D .Bdia ¡Madres de las Luces! .Edia resopló Manras, impresionado. .P Sonreí. .D .Bdia Sí, pero, tranquilos, que en cuanto deje al Mangaplatas en el Conservatorio, luego puedo ir adonde quiera, si me dice que puedo, claro. Así que, en cuanto pueda, estaré con vosotros. ¿Qué tal las ventas? .Edia .D .Bdia Viento en popa, .Edia aseguró Manras. .Bdia Pero ¿qué vas a hacer si no tienes periódicos? .Edia .D .Bdia ¡Vender los de Dil! .Edia respondí. .Bdia Total, siempre te sobran, .Edia le dije al Principito. .Bdia Trae alguno. Luego te doy la mitad de la plata, porque ya he comido en casa del mago, ¿te parece? .Edia .P Cómo no, al Principito le pareció muy bien. Todo lo que no fuera dar la nota o hacer gamberradas le parecía siempre muy bien. Así que pasé las últimas horas de la tarde con ellos, fui a cenar medio bocadillo de queso a .Sm -t nomlieu La Rosa de Viento y, aún masticando el último bocado, troté directamente hasta el Callejón. Tras asegurarme de que nadie pasaba por la calle contigua, me concentré, uní el jaipú a mi entorno y me envolví en sombras armónicas. La verdad es que me salían bastante bien, sonreí. Agarré la gotera sin apenas mirarla, trepé por ella y aterricé en el tejado en silencio. Caminé por este y fui subiendo, apoyándome siempre en los mismos salientes, con la rapidez que se adquiere con la costumbre. .P Al fin, me icé por encima del muro de la terraza y llegué a la Cumbre. Aún no era del todo de noche, no había mucho farol encendido y, en el cielo, se avistaban las estrellas. No siempre se veían. Por eso, me tumbé boca arriba para verlas en toda su hermosura. Aquella noche, era Luna negra, pero un cuarto de Gema descollaba ya, allá por las afiladas agujas más altas de la Roca. Alcé un índice y tapé la Gema de forma que se viera tan sólo un aro de luz azul alrededor. Luego dejé caer la mano, bostecé y oí un: .D .Bdia ¿Duro el primer día de trabajo? .Edia .P Giré la cabeza y vi la silueta de Yal aparecer por encima del muro de la terraza. .D .Bdia ¡Elassar! .Edia dije, enderezándome. .Bdia ¿Sabes que el Mangaplatas me va a llevar al Conservatorio? .Edia .P Yal se acababa de sentar, recostándose contra el muro, y desvió bruscamente la mirada de las estrellas. .D .Bdia ¿Qué dices? .Edia resopló. .D .Bdia Lo que digo. Que es un mago estudiante y que quiere que yo le haga comisiones allá dentro, .Edia expliqué. .P Hubo un silencio. Yal tosió ligeramente. .D .Bdia Eso no lo decía el anuncio, .Edia gruñó. .Bdia Ahora entiendo por qué no ha cogido a ningún criado noble… .Edia .D .Bdia ¿De verdad es peligroso el Conservatorio? .Edia inquirí. .P Yal cruzó las piernas, carraspeando. .D .Bdia No si permaneces lejos de sus experimentos. Seguramente tu maestro ya te avisó de los peligros de las artes celmistas. .Edia .D .Bdia Para sí mismo, sí, no para los demás, .Edia dije, extrañado. .D .Bdia Pues pueden ser peligrosas, .Edia afirmó Yálet. .Bdia La alquimia en particular. Esta primavera sin ir más lejos, no mucho antes de que llegaras, hubo una explosión en toda un ala del Conservatorio. Salió un humo verde muy denso que se veía desde los Gatos. Hubo varios intoxicados graves. Hum. Dime, ese Miroki Fal no será alquimista, ¿verdad? .Edia se preocupó. .P Meneé la cabeza, inquieto. .D .Bdia No sé, no me ha dicho. Pero me ha dicho que yo no entraré en las clases. .Edia .D .Bdia Y más te vale hacerle caso, .Edia apoyó Yal y dijo más alegremente: .Bdia Por cierto, por cierto, ¿sabes que he sacado el diploma? .Edia .P Aspiré una bocanada de aire. .D .Bdia ¡Qué bien! .Edia .P Yal asintió, como absorto. .D .Bdia He estudiado como un mago y los espíritus saben que me merezco ese diploma. Si no fuera por Korther no habría llegado al examen medio dormido… En fin, .Edia carraspeó y alzó la cabeza. .Bdia A lo que vamos, sarí. Dime, ¿qué hicimos ayer? .Edia .D .Bdia Ganzúas, trampas y ganzúas, .Edia recité con una mueca teatralmente aburrida y sonreí. .Bdia ¡Y armonías! .Edia .D .Bdia Precisamente, .Edia dijo Yal, levantándose. .Bdia Hoy vamos a ponerlas en práctica de verdad. ¿Te apetece? .Edia .P Lo miré, anonadado, y me puse de pie de un bote, entusiasmado. .D .Bdia ¿Vamos a robar cosas valiosas? .Edia .D .Bdia No, esta noche no vamos de ladrones: vamos de fantasmas, .Edia sonrió mi maestro. .P Y, con agilidad, comenzó a bajar de la Cumbre. Lo seguí. .D .Bdia Cuidado donde metes los pies, .Edia me dijo, cuando me vio aterrizar junto a él sobre un tejado. .D .Bdia Yo tengo mucho cuidado, .Edia aseguré. .D .Bdia Un movimiento falso a estas alturas significa la muerte, .Edia me replicó él, muy serio. .P Suspiré, porque empezaba a repetírmelo tantas veces como mi maestro nakrús lo de los esqueletos gruñones. .D .Bdia Sí, elassar. .Edia .P No aterrizamos en el Callejón sino en un lugar diferente y, en cuanto puse los pies sobre la tierra, Yal se alejó. Tuve que correr para alcanzarlo. .D .Bdia ¿Adónde vamos? .Edia pregunté. .D .Bdia Sígueme y verás. .Edia .P En vez de bajar la cuesta, la subíamos. Pronto, topamos con unas anchas escaleras que marcaban el fin de los Gatos y el principio de Atuerzo. Cruzamos el Parque de las Piedras y, cuando vi a mi maestro agacharse detrás de un arbusto, lo imité. .D .Bdia Un guardia nocturno, .Edia explicó Yal en voz baja. .P Tras unos instantes, vi pasar al susodicho con su linterna por el parque oscuro. Con la otra mano, fumaba pipa. Se detuvo un momento junto a un banco para volver a encenderla y luego continuó. En cuanto desapareció, Yal se levantó y cruzó la calle hacia un gran edificio. Fruncí el ceño antes de preguntar: .D .Bdia ¿Y este sitio? .Edia .D .Bdia La Escuela de los Olmos, .Edia contestó Yal en un cuchicheo. .Bdia Aparte del conserje, está todo vacío. Por aquí. Usa las armonías. .Edia .P Trepó rápidamente por encima del portal. Sonreí y lo seguí, entusiasmado ante la idea de visitar el lugar donde Yal había estado estudiando durante tres años. Cruzamos un patio empedrado envueltos en sombras armónicas. La primera puerta, la abrió Yal con una llave y, ya en el interior, me murmuró con diversión: .D .Bdia La copié usando cera. Ven. .Edia .P Recorrimos un pasillo lleno de puertas, pero no abrimos ninguna de ellas y Yal me guió al tercer piso directo por unas escaleras. Sabiendo exactamente adónde iba, mi maestro se paró ante una puerta y tendió una mano hacia la manilla sin tocarla. .D .Bdia Dime si hay una trampa, .Edia me pidió. .P Me encogí de hombros y plaqué mi mano derecha sobre la puerta. Oí a mi maestro resoplar, y es que aún no se había acostumbrado a que las trampas mágicas antirrobos no reconocieran mi mano como a una intrusa. Noté una energía y asentí. .D .Bdia Hay. .Edia .P Lógico, si no, Yal no me habría pedido que la buscara. .D .Bdia Pues desactívala, .Edia me invitó. .P Me concentré, examiné el trazado de la trampa y lo reconocí: era uno de los que me había enseñado Yal. Localicé rápidamente el detonador, rompí los lazos a su alrededor y… Me detuve. .D .Bdia ¿La desactivo o la deshago? .Edia .P Yal se carcajeó por lo bajo. .D .Bdia La desactivas, sarí, queda mucho más profesional que deshacerla. Cuando salgamos, volverás a activarla y así nadie sabrá que alguien ha pasado por aquí. .Edia .D .Bdia Pues está hecho, entonces, .Edia lo informé. .P Él lo verificó girando la manilla y lo vi tan tranquilo que pregunté: .D .Bdia ¿No pasa nada si nos pillan, verdad? .Edia .D .Bdia Er… Sí, sarí, sí que pasa. Pero no nos pillarán, tranquilo, me conozco este lugar de memoria. .Edia .P Entré detrás de él y un olor a papel me embargó. La luz de la Gema iluminaba tenuemente el interior y ahogué un grito de sorpresa. .D .Bdia ¡Aquí hay más libros que en casa del Mangaplatas! .Edia .D .Bdia Baja el tono, Mor-eldal, .Edia gruñó Yal. .D .Bdia Perdón, perdón, .Edia murmuré mientras me alejaba entre las estanterías. .P Corrí hasta el fondo, luego regresé por otro corredor y, como Yal no me había dicho que no tocara, pasé la mano por encima del lomo de cada libro. Tras un rato de estar fisgoneando, vi a mi maestro con un libro abierto y una luz armónica encendida y me acerqué. .D .Bdia Elassar, .Edia murmuré. .Bdia ¿Están todos escritos? .Edia .P La sonrisa de Yal apareció en todo su esplendor. .D .Bdia ¿Los libros? .Edia Asentí. .Bdia Pues claro, sarí. En las bibliotecas sólo hay libros escritos. .Edia .P Asomé la cabeza para ver qué libro estaba mirando. .D .Bdia ¿Y ese qué cuenta? .Edia .D .Bdia Cosas de historia, .Edia replicó Yal. Y lo cerró antes de volver a meterlo en la estantería. Lo oí mascullar: .Bdia Cuatro mil trescientos sesenta y ocho. .Edia .P Consultó otro libro y murmuró: .D .Bdia Satranina. Cuatro mil trescientos sesenta y ocho. .Edia .P Lo contemplé, perplejo. .D .Bdia ¿Satranina? ¿Y eso qué es? .Edia .D .Bdia Un polvo blanco, un sedante fuerte, .Edia contestó Yal distraídamente. Y volvió a meter el libro en su sitio antes de dirigirse hacia la puerta. .Bdia Ven, sarí, y no metas ruido. .Edia .P Lo seguí, cada vez más desconcertado. Volví a activar la trampa en la puerta de la biblioteca y esta vez bajamos las escaleras hasta la segunda planta. Yal inspeccionó una puerta maciza diferente de las demás y entonces me hizo un gesto de la mano y susurró: .D .Bdia Desactívala, que lo haces muy bien. .Edia .P Esta vez, me costó más, porque el trazado no era ninguno de los que Yal me había enseñado, pero lo conseguí y Yal me pasó una mano afectuosa por la gorra. .D .Bdia Dentro de un año te veo durmiendo bajo tapices de oro, sarí. .Edia .P Puse los ojos en blanco y lo seguí adentro. Esta vez, no encontramos libros sino montañas de carpetas y papeles posados sobre varios escritorios. Con presteza, Yal rebuscó entre varias pilas y, de pronto, cogiendo una, se sentó en una silla con un suspiro. .D .Bdia Te enseñé a leer el nombre de Yálet, ¿verdad? .Edia me murmuró. .Bdia Pues entonces coge esto. .Edia .P Me dio un tercio de la pila y yo, cada vez más anonadado, solté un sortilegio de luz, pero este se me apagó casi enseguida. Me concentré y volví a soltarlo. Lo que vi en esas hojas me hizo fruncir mucho el ceño. Era como un formulario impreso con notas escritas a mano. Traté de leer la primera línea que había arriba, en gordo: .D .Bdia Ex… Examen… de… ¿teontía? .Edia .P Meneé la cabeza y Yal me ayudó: .D .Bdia Teología, sarí. .Edia .D .Bdia ¡Oh! Claro. .Edia Entorné los ojos y volví a soltar un sortilegio de luz. Ese todavía no lo tenía muy dominado. Iba a seguir leyendo cuando Yal alzó tres hojas juntas como un trofeo y exclamó en un murmullo: .D .Bdia ¡Os tengo! Deja de buscar, sarí, ya las tengo. .Edia .P Sacó entonces todo un aparejo, incluida una pluma, la untó en su tintero y, muy concienzudamente, se dedicó a añadir signos. Lo oí murmurar: Cuatro mil trescientos sesenta y ocho. Satranina. Y alguna cosa más. .D .Bdia Ya está, .Edia sonrió. Renovó su luz armónica que se iba deshilachando y secó la tinta de su hoja. Yo lo miraba, atónito. Guardó el tintero, puso la pila en su sitio y dejamos el despacho igual que como lo encontramos. Aún asimilando lo que había hecho mi maestro, reactivé la trampa, Yal se aseguró de que lo había hecho correctamente y, una vez en el patio, trepamos por el portal y no tardamos en tomar el camino de vuelta hacia los Gatos. Tras un largo silencio, resoplé. .D .Bdia Elassar… Dijiste que habías aprobado. .Edia .P Yálet me echó una mirada burlona. .D .Bdia ¿Y no lo he hecho? .Edia .P Sonreí y me eché a reír. .D .Bdia ¡Rabiosamente sí! .Edia .P Yal resopló, divertido, me pasó un brazo por los hombros y pronunció: .D .Bdia Y tú también, sarí, lo has hecho mejor de lo que esperaba. Va a ser cierto eso de que estás más atento que un búho. .Edia .P Mi sonrisa se ensanchó y él añadió, más serio: .D .Bdia Oye, no quiero que pienses que soy un tramposo empedernido. Lo que he hecho lo he hecho por una buena razón. Verás, Korther me pidió la noche anterior al examen que fuera a verlo. Nunca tuve realmente un mentor particular pero… él me enseñó a usar las armonías y… bueno, no podía negarme a ir. Es el cap. Lo malo es que por su culpa no pude casi pegar ojo en toda la noche. De no ser por él, habría aprobado sin trampas, créeme. .Edia .P Yo asentí, dejándole bien claro que sus razones me parecían más que legítimas. Me sonrió y me palmeó el hombro. .D .Bdia Te acompaño hasta la Guarida. .Edia .Ch "Brujas" .\" 26/09/2017 Al día siguiente, llegué antes de las ocho a la mansión roja y tuve que esperar hasta las ocho y media en el salón antes de que el Mangaplatas estuviera preparado para ir a su clase. Me saludó con una sonrisa, tendió su saco con sus apuntes y otros trastos y me dijo: .D .Bdia No te apartes de mí. .Edia .P Y no me aparté. El Conservatorio quedaba realmente muy cerca de la casa y tan sólo tuvimos que andar unos minutos antes de llegar ante la puerta principal. Esta era enorme. .D .Bdia Parece la boca de un monstruo, .Edia dejé escapar. .P Miroki Fal me echó una ojeada con las cejas enarcadas pero no contestó, saludó al conserje y entramos en la escuela de los magos. Ahí, el trayecto fue más largo: pasamos por numerosas escaleras y pasillos, cruzándonos de cuando en cuando con gente. A veces el Mangaplatas saludaba, a veces no. Al que sí que saludó fue a otro elfo moreno que esperaba ante una puerta. .D .Bdia ¡Buenos días, amigo mío! .Edia le dijo con tono pomposo. .Bdia ¿No llego tarde, espero? .Edia .D .Bdia Y bien tarde, pero el profesor también, como siempre, .Edia replicó su amigo, sonriente. Sus ojos se fijaron en mí. .Bdia ¿Es tu nuevo acompañante? Vaya gracia, ¿dónde te lo encontraste, en un hospicio? .Edia .D .Bdia En absoluto, me lo trajo su primo. Y de momento estoy satisfecho con él, .Edia aseguró Miroki Fal. .D .Bdia Un humano, .Edia apuntó su amigo. .Bdia Y, encima, cobrizo. .Edia .D .Bdia Shudi, .Edia resopló el joven noble, .Bdia ¿qué tienes tú contra los humanos y los cobrizos? .Edia .P Shudi se encogió de hombros, socarrón, y en ese momento se abrió la puerta y apareció el que, sin duda alguna, debía de ser el profesor. Era humano. Pero no era cobrizo: era alto, rubio, delgado y bastante joven. .D .Bdia Buenos días, profesor, .Edia lo saludaron los dos elfos. .P Como iban a entrar, le di los apuntes al Mangaplatas y le pregunté en voz baja: .D .Bdia Eh, señor, ¿qué es un hospicio? .Edia .P Miroki Fal me miró con sorpresa. .D .Bdia ¿Un hospicio? Un lugar donde viven niños sin familia. Mira que no saber eso a tu edad… ¿Seguro que tienes diez años, jovencito? .Edia .P Me encogí de hombros y él me tendió un papel diciendo: .D .Bdia Toma, este es un mensaje. Ve a la biblioteca de endarsía, a la puerta cincuenta y seis, y dáselo a la señorita Lésabeth. Es una dama elfa con pelo rubio rizado y ojos azules, no puedes equivocarte: es única en su género. En cuanto se lo des, vuelves aquí y esperas, ¿entendido? .Edia .P Asentí en silencio y vi cerrarse la puerta del aula con una mezcla de desilusión e intriga; desilusión porque aquel día el Mangaplatas no me iba a dejar la mañana libre e intriga porque tenía un castillo entero que explorar. .P Cincuenta y seis, pensé entonces, alejándome por el pasillo. Era imposible que se me olvidara el número: más de una vez le había oído a mi maestro jurar por las cincuenta y seis falanges de sus manos y pies. Y, por fortuna, los números sí que seguían escribiéndose como me había enseñado mi maestro y supuse que no me costaría encontrar la puerta. Me equivoqué. Aquel lugar me recordaba al Laberinto. No estaba embarrado, pero por lo demás era parecido. .P Deambulé un buen rato por corredores de piedra desiertos hasta que encontré el número veinte. De ahí llegué al número veintinueve y pasé directo al doscientos tres. Me detuve en seco, asombrado. .D .Bdia ¿Pero qué es esto? .Edia dije. .P Volteé. Y me encontré con un joven mago semi-elfo que pasaba por ahí. Tenía un ojo verde y otro negro. Iba a pasar sin apenas mirarme y lo llamé: .D .Bdia ¡Señor! ¿Dónde está la puerta cincuenta y seis? .Edia .P El mago frenó pero no se detuvo y tuve que andar junto a él mientras contestaba: .D .Bdia Está del otro lado del Conservatorio, en otra ala. ¿Buscas a alguien? .Edia .D .Bdia Sí, .Edia afirmé. .Bdia A la señorita Lésabeth. El Mang… el… quiero decir, el señor Fal me pidió que le entregara un mensaje. .Edia .P Esta vez, el joven mago se detuvo y sus ojos de diferente color me turbaron. .D .Bdia ¿Lésabeth? .Edia Lo vi hacer una mueca divertida. .Bdia Vaya… ¿Eres el mensajero de Miroki Fal? Interesante. ¿Puedo ver? .Edia lanzó, tendiendo una mano desenfadada hacia la carta. .P Fruncí el ceño, retrocediendo, pero él me arrebató el papel de las manos. .D .Bdia ¡Hey! .Edia protesté. .D .Bdia ¡Quieto! .Edia rezongó el mago, apartando la carta de mis manos. .Bdia Sólo quiero ver. Soy Jarey Edans, un amigo suyo. .Edia .P Desplegó el papel, lo leyó y vi una sonrisa iluminar su rostro. Una sonrisa que no me gustó. .D .Bdia Oye, devuélveme eso, .Edia le dije. Cogí el papel, pero él no lo soltó y lo fulminé con la mirada. .Bdia ¡Suéltalo! .Edia .P Lo soltó y me gruñó: .D .Bdia ¡Háblame con más respeto, mocoso! .Edia .P Me dio una colleja y yo salí corriendo. Al fondo del pasillo, me giré y solté: .D .Bdia ¡Carababhueso! .Edia .P Y desaparecí por la esquina, a la carrera. Seguramente ese tal Jarey Edans no entendió el insulto. Sólo lo usaba mi maestro nakrús contra los buitres o los linces que se acercaban demasiado a la cueva. .P Cuando encontré la biblioteca de endarsía y entré, lo primero que vi fue el reloj colgado en la entrada. Señalaba las once menos veinte. Me mordí el labio mirando las mesas y los libros, avancé y… .D .Bdia Muchacho, ¿adónde vas? .Edia Un hombrecillo con anteojos me detuvo con la mano. .Bdia Esto es la biblioteca de endarsía, no se entra así como así. ¿A qué vienes? .Edia .P Le expliqué lo del mensaje y añadí con tono quejumbroso: .D .Bdia Me he perdido en los pasillos. Es que esto es muy complicado y los números no se siguen, y… .Edia .D .Bdia Lo sé, .Edia se compadeció el hombrecillo con una sonrisilla. .Bdia No es fácil para los novatos, ni para los veteranos algunas veces, créeme. Siento decirte que la señorita Lésabeth ya no está aquí, se fue hace apenas unos minutos. La oí decir con sus amigas que iban a salir al parque de afuera. Si te das prisas, a lo mejor las alcanzas. .Edia .P Le di las gracias y eché a correr por el pasillo que me indicaba. Bajé todas las escaleras que pude y llegué al fin abajo. Salí por la puerta principal con verdadero alivio, pero apenas pude respirar pues, en ese instante, avisté a una joven elfa rubia entre un grupo de muchachas. Se alejaba por el parque que rodeaba el Conservatorio. Me precipité antes de que se me escapara y grité: .D .Bdia ¡Señorita Lésabeth! ¡Señorita Lésabeth! .Edia La vi girarse y, confirmada así su identidad, la alcancé y tendí el mensaje, explicando: .Bdia Miroki Fal me ha dejado un mensaje para usted. .Edia .P Lésabeth hizo una mueca y echó una mirada a sus amigas antes de coger el mensaje. Lo desplegó y se sonrojó un poco. Y al ver que sus amigas intentaban leer sobre su hombro, plegó bruscamente el mensaje y resopló. .D .Bdia Disparates, .Edia dijo. Y, sin más, rasgó el mensaje en cuatro, lo tiró, me dio la espalda y siguió andando con sus amigas. .D .Bdia ¿Qué te decía, qué te decía? .Edia le preguntaba una. .D .Bdia Buah, nada, como siempre, un poema lleno de bonitos disparates, .Edia contestó Lésabeth. .P La miré alejarse con los ojos agrandados por la indignación. Dos horas paseándome por los pasillos de esa jungla de magos, ¿y total para eso? ¿para ver a esa bruja tirar mi mensaje? .D .Bdia Bruja, .Edia mascullé. .P Y me agaché para recoger los cuatro trozos del mensaje rasgado. Lo recompuse sobre la hierba y traté de leer. Tardé un buen rato en descifrar las dos primeras líneas pero, cuando lo hice, me quedé patidifuso. Decían así: .Bparoles Oh bella alma por quien mi alma suspira, por ti mi corazón ama y delira. .Eparoles .P ¿Había dicho «bonitos disparates»? ¡Aquello parecía una canción de amor! ¿Y la elfa rubia trataba así unos versos tan cálidos? No me cabía en la cabeza tal absurdo. .D .Bdia ¡Draen! .Edia exclamó de pronto una voz detrás de mí. .Bdia Cuando te dije que esperaras, creía que te quedarías en el pasillo, no fuera. Bueno, no importa. ¿Le diste el mensaje a Lésabeth? .Edia .P Me levanté y me metí discretamente los trozos de papel dentro de la camisa antes de girarme y contestar: .D .Bdia Sí, sí, señor, se lo di. .Edia .P El Mangaplatas iba acompañado de su amigo, Shudi. Al oírme, puso cara satisfecha y vaciló. .D .Bdia ¿Y qué ha dicho? .Edia .P Hice una mueca y me atraganté un poco. .D .Bdia Er… Pues… que qué cosas. .Edia .D .Bdia ¿Que qué cosas? .Edia se extrañó Miroki Fal. .D .Bdia Sí, dijo eso: qué cosas, .Edia carraspeé. .P Ambos elfos sonrieron ante mi expresión y Miroki Fal se alegró: .D .Bdia ¿Lo ves, Shudi? Voy progresando. .Edia .P El elfo moreno puso los ojos en blanco y los seguí hasta casa mientras ellos hablaban de no sé qué espectáculo que daban a la noche en .Sm -t nomlieu La Esmeralda . Miroki había invitado a su amigo a comer a casa y Rux me dejó llevarles los platos y la comida haciéndome prometer previamente que no tiraría nada. De vuelta en la cocina, aproveché un momento en que Rux se ausentó para tirar los cuatro trozos del mensaje al fuego. Y, de paso, toqué la placa metálica ardiente con un dedo de mi mano derecha para ver qué pasaba. Nada: lo retiré y la mano seguía intacta. Tan sólo noté la energía brúlica en bruto desvanecerse de golpe en cuanto rompí el contacto. Sonreí. Desde luego, mi maestro nakrús era un experto fabricador de mágaras. .D .Bdia Hey, muchacho, .Edia me dijo Rux, regresando a la cocina. .Bdia El señor Fal quiere hablarte. .Edia .P Salí al salón y, sentado con desparpajo en una de las butacas, Miroki Fal me soltó: .D .Bdia Segundo encargo, pequeño. Ve a comprar un bote de tinta azul en la tienda de .Sm -t nomlieu Rochinel , está en la Gran Galería, ¿sabes dónde está eso? .Edia .D .Bdia Sí, señor: ahí los periódicos se venden como panecillos, .Edia contesté. .D .Bdia Perfecto, pues ve con este papel y dile al encargado que ponga la tinta sobre mi cuenta. ¡Date prisa! .Edia .P Salí, corrí calle abajo y llegué a la tienda de .Sm -t nomlieu Rochinel jadeando. .D .Bdia Se-ñor, .Edia le resollé al pelirrojo detrás del mostrador. .Bdia Quiero un bote de tinta verde. .Edia .P Le posé el papel de Miroki Fal, me llevé el bote y… me detuve en la puerta. .D .Bdia Ah, que no, no era tinta verde, era… .Edia Cavilé. .Bdia Vaya, ¿roja? ¿negra? .Edia .P No me acordaba. .D .Bdia Tenemos de muchos colores, hijo, .Edia carraspeó el tendero. .Bdia Será mejor que vayas a preguntárselo y vuelvas cuando estés seguro. .Edia .D .Bdia Ya, .Edia aprobé. .Bdia ¡Voy! .Edia .P Y, olvidando dejar el bote de tinta verde, salí corriendo otra vez calle arriba. Cuando le conté mi agujero de memoria, Miroki Fal me miró con cara exasperada. .D .Bdia Dije: azul. .Edia .D .Bdia ¡Azul! .Edia exclamé. .Bdia ¡Pues claro! .Edia .P Y regresé a la carrera hasta la tienda. Estaba ya llegando a la Gran Galería cuando un carruaje casi me aplastó, realicé un salto de lado de emergencia, me espatarré en el suelo y se me escapó el bote lejos. Al instante, oí un ruido de cristales y un bufido. .D .Bdia ¡Espíritus y demonios y todo lo que exista! .Edia .P Casualidades de la vida, aquel joven que acababa de gritar era nada menos que Warok, el Ojisario que trabajaba para el Bravo Negro. Tenía el rostro y la camisa pringados de tinta verde porque el bote se había estrellado contra el muro detrás de él. Solté una ruidosa carcajada, el elfo oscuro me vio y, levantándome con precipitación, huí, corriendo Galería adentro. Entré en la tienda en trombas. .D .Bdia ¡Tinta azul! .Edia le jadeé al tendero. .Bdia Azul, .Edia repetí, retomando el aliento. .D .Bdia Ya… ¿Y supongo que el otro bote también lo quería el señor Fal? .Edia me preguntó mientras me tendía el bote de tinta azul. .P Ejem… Asentí en silencio y dije: .D .Bdia Gracias, señor. Salú. .Edia .P Y me marché, pasando por la otra salida de la Gran Galería, no fuera que Warok tuviera espíritu vengativo. Lo malo era que, además de espíritu vengativo, Warok también sabía reflexionar. El maldito me esperaba afuera. Sin previo aviso, me agarró del brazo y grité: .D .Bdia ¡Fue sin querer, fue sin querer! .Edia .P Me miró con mala cara. .D .Bdia Esto lo pagarás, mocoso. Dime, tú, .Edia me sacudió. Por suerte, esta vez me había metido el bote de tinta en el bolsillo, que si no probablemente se me habría caído. .Bdia ¿Sabes dónde está el Gato Negro? .Edia .P Negué con la cabeza. .D .Bdia No sé nada. .Edia .D .Bdia Mientes, .Edia me gruñó Warok. .D .Bdia Se fue con su mentor, yo no sé nada, lo juro. Me haces daño, .Edia le informé con toda la dignidad de la que fui capaz. .P Warok me fulminó con la mirada. .D .Bdia Que sepas que sé dónde vives. Y que tu vida vale menos que un grano de arena. Vas a pagarme por lo de la tinta. Y pagarás mucho más si mientes. .Edia Me soltó con brusquedad. .Bdia Alivia. .Edia .P Me alejé masajeándome el brazo y con los ojos llenos de lágrimas. Y pensar que ese era mi primer día al servicio del Mangaplatas de la mansión roja… .Ch "Batacazo" .\" 26/09/2017 Afuera, venteaba, nevaba y, como hubiera dicho mi maestro nakrús, hacía un tiempo de no poner un hueso fuera. .D .Bdia Te toca, Rolg, .Edia le dije al viejo elfo. .P El viejo elfo miró sus cartas rascándose la barbilla con sus largas uñas y Yálet bostezó, recostándose en su silla. .D .Bdia Oye, sarí, todavía no nos has contado qué tal el día, .Edia observó. .P Hice una mueca y resoplé. Yal sonrió. .D .Bdia ¿Más historias con Lésabeth y el Mangaplatas? .Edia .P Suspiré. .D .Bdia Si sólo fuera eso… .Edia .D .Bdia Cuenta, cuenta, .Edia me animó Yal. .Bdia No hay nada mejor que una historia de amor en las noches de invierno. .Edia .P Le devolví una mirada burlona y dije: .D .Bdia De amor nada. Lésabeth es una bruja. Yo ya se lo he dicho al Mangaplatas, pero ni caso, hasta se me enfadó. Le gusta sufrir. Hoy Lésabeth le ha dicho que es un caso perdido, un poeta fracasado y un loco, y Miroki, en vez de decirle que es una bruja arrogante y vanidosa, le ha soltado esto. .Edia Y entoné alzando la mano como lo había hecho Miroki: .Bdia Oh, bellísima y cruel mariposa que al escaparte de mí te haces más bella. .Edia .P Yal se carcajeó. .D .Bdia Espíritus, pues sí que anda enganchado. .Edia .D .Bdia Y mucho, .Edia aseguré. .Bdia Pero es horrible. Si hasta su amigo Shudi le dice que la deje, que está haciendo un mundo de algo que no merece la pena. Buaj, un lío. Y eso no es lo peor. Hoy Shudi me ha dicho que quiere hacerme un retrato. .Edia .P Yal frunció el ceño. .D .Bdia ¿Un retrato? ¿A ti? ¿Y por qué? .Edia .P Me encogí de hombros. .D .Bdia Dice que es original porque nunca ha pintado a ningún niño pobre. Yo le he dicho que de pobre nada, pero me ha mirado con esa cara de ¿quieres callarte ya? y se ha puesto a pintarme. Sólo espero que no sea como ese cuadro negro con telarañas, que si no da miedo. .Edia .P Yal puso los ojos en blanco y, como Rolg había jugado su carta, jugó la suya y miré mis cartas con la lengua sacada. .D .Bdia Me he quedado sin reyes, .Edia informé. .D .Bdia Eso normalmente no se dice en voz alta, .Edia apuntó Rolg, divertido. .P Absorto, suspiré, eché una carta y dije: .D .Bdia Pero lo del retrato tampoco es lo peor. Lo peor es que, en otoño, Miroki me dejaba más tiempo libre y ahora se ha empeñado en darme veinte mil encargos. Hasta me mandaría a buscar flores en pleno invierno si pudiera. ¿Sabes, elassar? Estoy harto de los magos y los mangaplatas. .Edia .P Yal soltó una risa ahogada. .D .Bdia Se ve, se ve, .Edia aseguró. .P Le dediqué una mueca paciente y relativicé: .D .Bdia Pero tampoco me va tan mal. Rux hoy me ha enseñado a dar martillazos. Hemos reparado una silla, .Edia expliqué, con orgullo. .D .Bdia ¿Así que vas para carpintero, eh? .Edia se burló Yálet. .Bdia ¿Y qué tal va esa lectura sobre cuervos, amores y fantasmas? .Edia .P Sonreí. .D .Bdia Arreglada. Le he dicho a Miroki Fal que no me gustaba su libro y me ha dado otro. Uno de aventuras. Y ha sido de pasar a creer que ya no sabía leer a leer casi casi de corrido, de verdad. Espíritus con los fantasmas de Miroki Fal… .Edia resoplé, hinchando los mofletes. .P Yal y Rolg se carcajearon y, fijándome en que me tocaba otra vez, gruñí y dejé las cartas sobre la mesa. .D .Bdia Me ha tocado la mala fortuna esta noche, .Edia afirmé. .P Ellos también enseñaron sus cartas y Rolg sonrió. .D .Bdia ¡Ah! Por una vez gano yo. Bueno, .Edia dijo, levantándose con lentitud. .Bdia El tiempo pasa y pasa y a mi edad ya no estoy para largas veladas. Buenas noches, muchachos, y felices sueños. .Edia .P Ambos le contestamos y, como el viejo elfo se iba a su cuarto, me dediqué a juntar las cartas. .D .Bdia ¿Sabes, elassar? .Edia dije. .Bdia No te lo he dicho, pero me alegro mucho de que te hayas mudado a la Guarida. .Edia .P Yal sonrió. .D .Bdia Me lo has dicho así como una decena de veces estas últimas cinco lunas, sarí. .Edia .P Sonreí, dándole palmaditas a la baraja para conformar las cartas. Una larga ráfaga, afuera, hizo temblar la puerta de tal forma que hubiera jurado que había ahí detrás un dragón soplando. Cuando la puerta dejó de temblar tanto, espiré inconscientemente de alivio. .D .Bdia Escucha, .Edia dijo de pronto Yálet. .Bdia Hay… algo de lo que tenemos que hablar. Algo serio. .Edia .P Alcé la vista, intrigado. .D .Bdia ¿Qué pasa, elassar? .Edia .D .Bdia Bueno… .Edia Yal vaciló, cambió de silla y fue a sentarse en la que había dejado Rolg vacía para acercarse a mí. .Bdia Verás, Mor-eldal. Korther tiene un trabajo para nosotros. .Edia .P Lo miré, maravillado. ¿El cap de los Daganegras de Éstergat, un trabajo para nosotros? .D .Bdia ¿Cuál? .Edia .D .Bdia Pero el caso es que, para realizar el primer trabajo, Korther quiere que le demuestres que eres capaz de llevarlo a cabo. Y te ha mandado un reto. Quiere que te metas en una casa acomodada de Atuerzo y que robes algo valioso. Es… como una prueba, para demostrarle que puede confiar en ti. Le he dicho que aprendías rápido… No sé si debería habérselo dicho tan pronto, .Edia reconoció. .P Meneé la cabeza. .D .Bdia ¿Qué casa? ¿Cualquiera? .Edia .D .Bdia No. Una bien definida. Yo te guiaré, .Edia aseguró. .D .Bdia ¿Pero cuándo? .Edia pregunté, sobrecogido. .P Yálet me observó con atención cuando contestó: .D .Bdia Mañana. .Edia .D .Bdia ¡Mañana! .Edia repetí. Y sonreí, no solamente porque me apetecía poner en práctica todo lo que me había enseñado Yálet sino porque, además, esperar un evento lejano era algo que no me gustaba. .Bdia ¡O sea que mañana me convierto en Daganegra! .Edia .P Yal puso los ojos en blanco y alzó la mano apartando el índice y el pulgar. .D .Bdia O al menos en un Alfiler Negro. .Edia .P Puse cara teatralmente ofendida y le di un empellón. .D .Bdia ¡Alfiler tu madre! Yo soy un Daganegra, .Edia afirmé. .D .Bdia ¿Y dónde está tu daga? .Edia se burló Yal. Ante mi mueca suspensa, me palmeó el hombro con aire divertido. .Bdia Tranquilo, la tendrás algún día, forjada en acero negro por el mismísimo Herrero Negro. Pero aún no. Piensa que, hasta yo, que fui un alumno ejemplar, no la conseguí hasta que cumplí los quince. .Edia .P Le dediqué una mueca burlona. .D .Bdia ¿Alumno ejemplar? A buen seguro sacaste tu tintero y… .Edia .P Callé bajo su mirada imperante y entendí que Rolg no estaba al corriente de lo del examen trucado de los Olmos. .D .Bdia Bueno, .Edia dije. .Bdia ¿Entonces mañana robo algo? ¿Y cómo sabré que lo que robo es valioso? .Edia .P Yálet levantó los ojos al cielo. .D .Bdia Lo sabrás, Mor-eldal. Eso es instinto. .Edia .P Le creí y, como él apagaba la linterna, me deslicé fuera de mi silla y fuimos a tumbarnos. El viento soplaba, se infiltraba por el callejón y pasaba silbando entre los recovecos de la casa. Me tapé bien con la manta y me rebullí. Me sentía inquieto. ¿Sería por ese trabajo de Korther? Probable. Y es que Yerris me había dicho que los moscas, siendo amigos de los mangaplatas, encerraban a los ladrones en la cárcel del Clavel. Un lugar poco agradable, según el Gato Negro. Como adivinando mi desasosiego, mi maestro me apretó brevemente el hombro diciendo: .D .Bdia Lo harás bien, sarí. Confío en ti. .Edia .P Sonreí y asentí. .D .Bdia Buenas noches, elassar. .Edia .D .Bdia Buenas noches, sarí, .Edia me murmuró él. .P Otra ráfaga hizo crujir la madera y, recorrido de un escalofrío, me acurruqué en mi manta junto a mi maestro. Este infundía confianza y seguridad. Al igual que mi maestro nakrús. Con este pensamiento en mente, concilié el sueño y soñé con ardillas que corrían por los árboles y con un niño que saltaba de roca en roca, bajando un riachuelo mientras cantaba a pleno pulmón. .salto .Bdia Gira la cabeza un poco a la izquierda, ¡eso es, eso es! Y los ojos bien enfrente… ¡No te hurgues la nariz, asqueroso mocoso! Y tampoco levantes los ojos al cielo, he dicho bien enfrente. Maldita sea, deja ya de agitarte, .Edia se exasperó el pintor. .P Miroki Fal se carcajeó. .D .Bdia Si quieres lo ato a una silla. .Edia .P Miré al Mangaplatas con aprensión hasta que entendí que bromeaba. Resoplé y fijé mis ojos en los de Shudi Fiedman. Ese elfo pintor mangaplatas me estaba hartando. .D .Bdia ¡Así! .Edia exclamó el pintor, entusiasmado. .Bdia No te muevas. .Edia .P Dio varias pinceladas en su lienzo y… .D .Bdia ¡Los hombros bien rectos! .Edia .P Tensé la mandíbula y me armé de paciencia. Inmóvil como mi maestro, pensé. Él lograba quedarse horas inmóvil sobre su cofre. Lo malo es que, de tanto estar de pie sin moverme, me mareaba y, al cabo, cuando ya el sol del atardecer iluminaba la sala de pintura, desistí y me senté en el suelo cruzando las piernas. .D .Bdia ¡Serás vago! Levántate, .Edia me ordenó Shudi. .D .Bdia Estoy cansado, .Edia me quejé. .P El pintor resopló y me ignoró, de modo que supuse que ya no me necesitaba y, en un momento en que parecía muy inmerso en su cuadro, gateé hasta la salida y me escabullí de la habitación. Miroki Fal se había marchado ya a casa y, como era ya tarde, di por sentado que no esperaría que yo regresara. Así que abrí la puerta principal de la casa de los Fiedman y, por cortesía, grité: .D .Bdia ¡Buenas tardes, señor Fiedman! .Edia .P Y salí de ahí trotando, con la esperanza de que el pintor no me llamaría de vuelta. Aquel día, no me sentía muy fino. Me dolía la cabeza, algo que no me solía pasar. Y también se me cerraban los ojos, como si no hubiera dormido en días. Cuando llegué a la Guarida, tenía la impresión de haber recorrido treinta kilómetros. No estaban ni Rolg ni Yal, así que, sin más, me tumbé en el jergón y caí pesadamente dormido. .D .Bdia ¡Draen! ¡Despierta! .Edia .P Pestañeé y vi a mi maestro de pie, junto a la puerta. Ya era de noche y estaba todo a oscuras. .D .Bdia Rápido, arriba y en marcha. Hoy vas a realizar tu primer trabajo. Andando, .Edia insistió con tono ligero. .P Me enderecé y me levanté, frotándome el rostro. Me sentía fatal. No recordaba haberme sentido nunca tan mal. Traté de espabilar, salí con Yal y acepté el juego de ganzúas que me tendía. Las guardé debajo de mi abrigo y lo seguí como un fantasma alelado. .D .Bdia Estás muy silencioso, .Edia observó Yal al de un rato. .Bdia Venga, anímate. Seguro que te sale todo bien. .Edia .P Emití un gruñido. Fui incapaz de saber adónde fuimos. Sólo entendí que la casa estaba cerca del Parque de las Piedras y de la muralla en ruinas que rodeaba el barrio de Atuerzo. La casa se alzaba en medio de un jardín con arbustos desnudos que parecían como grandes arañas negras cubiertas de nieve. Yal se detuvo junto a un árbol del Parque y me murmuró: .D .Bdia Esta es la casa. Hay dos puertas, la principal y la de la servidumbre, que está en la otra fachada. Hoy hay un baile en la Ciudadela y los que viven en la casa no están. Volverán dentro de dos horas como mínimo, aunque estate al tanto, porque seguramente estará algún criado y habrá alguna mágara antirrobo. Vamos, Mor-eldal: sorpréndele a Korther y trae algo de valor. Suerte. .Edia .P Asentí, aturdido, y farfullé: .D .Bdia No me siento bien, elassar. .Edia .D .Bdia Bah, tranquilo, lo duro es empezar; una vez que estés dentro, te parecerá como un juego. Venga, .Edia me animó. .Bdia Y recuerda todo lo que te he enseñado. .Edia .P Me alejé arrastrando los pies pero me detuve al avistar a un sereno que pasaba por la calle. Retrocedí hasta esconderme detrás de un árbol. Y luego seguí con la cabeza en fuego. .D .Bdia ¿Qué diablos me pasa? .Edia murmuré débilmente. .P Hubiera querido preguntárselo a Yálet, pero mis manos ya estaban agarrándose al muro. Trepé torpemente, entré en el jardín y caminé, golpeándome la frente con los nudillos. .D .Bdia ¿Qué te pasa, Mor-eldal? .Edia gruñí. .P Recogí un puñado de nieve y me regué la frente. Aquello, por lo menos, me espabiló. Llegué a la entrada principal y, recordando a tiempo que debía ser discreto, me retuve de chocar la cabeza contra la puerta para reposarla un poco. La posé, pero con sigilo, y saqué una ganzúa. Como todavía no tenía mucho callo, solté un sortilegio perceptista para hacerme una idea de la cerradura. Y constaté que la puerta estaba atrancada. Suspiré, me alejé, rodeé la casa y fui hasta la puerta de la servidumbre. Esa la conseguí forzar, desactivando previamente una alarma. Antes de empujarla, solté un sortilegio de silencio y no se me dio tan mal: la puerta al entornarse no emitió ruido alguno. Entré, cerré detrás de mí y, al ver una silla justo al lado, me senté pesadamente. Temblaba de frío y tenía ganas de vomitar. Pero ¿por qué? .D .Bdia Vamos, Mor-eldal, .Edia gemí por lo bajo. .P Tras un rato, me levanté y caminé hasta algo que parecía ser un salón. Y encontré unas escaleras. Subí tan silenciosamente como pude. Abrí una puerta al azar y me metí en el cuarto. En cuanto oí unos ronquidos me dije: no. Metido a medias en el mundo de los sueños, volví a salir y me dirigí hacia la habitación del fondo. Esa estaba cerrada con llave. Y tardé un buen rato en abrirla incluso ayudándome de mis sortilegios perceptistas. Cuando lo conseguí, me aseguré de que el cuarto estaba desierto. Encendí una luz armónica muy tenue y… me senté en medio de la habitación. .D .Bdia Busca, busca, .Edia murmuré. Me tumbé sobre la cómoda alfombra y, pese a que mi tallo energético ya estaba bastante consumido, solté otro sortilegio perceptista. Armarios, sillas, espejos… Ja, ¡como si así fuera a encontrar las joyas de los propietarios! Antes mi tallo energético se volvería loco y me dejaría apático. .P Suspiré, e iba a deshacer el sortilegio cuando, de pronto, percibí algo justo debajo de mí. Un hueco. ¿Era acaso posible que…? .P Rodé sobre la alfombra hasta salir de ella y la enrollé, dejando ver las tablas de madera del suelo. Ahí había algo. Metí nerviosamente las uñas y logré separar la madera y levantarla, descubriendo el agujero. ¿Un saquito? Sí, era una pequeña bolsa y lo que había ahí dentro sonaba a dinero. Pensé que, si el propietario había escondido eso ahí, es que tenía valor, así que me lo metí en el bolsillo, volví a poner la tabla, desenrollé la alfombra y… Oí un crujido de madera en el pasillo. .D .Bdia Costillas y clavículas, .Edia farfullé en caéldrico. .P Retrocedí hasta la cama con la intención de esconderme debajo de esta, pero luego pensé que si eran los propietarios acabarían por encontrarme. Los ruidos de pasos se acercaban. Estaba ya resignándome a acabar en el Clavel cuando, de pronto, vi algo detrás de una ventana. Una rama. Y estaba cerca. Abrí los batientes con rapidez y, justo cuando la manilla de la puerta se giraba, salté y me agarré a la rama. Me apoyé sobre todo con mi mano derecha, que esa resistía a todo, me envolví en sombras armónicas y, olvidando por un instante mi malestar, recuperé mi instinto de trepador de árboles y en un abrir y cerrar de ojos estaba abajo. Oí un grito agudo de mujer aterrada. .D .Bdia ¡Un Espíritu del Mal! ¡Socorro! ¡Un fantasma! .Edia se desgañitó. .P Salí corriendo, trepé por el muro y me metí en el Parque de las Piedras sin frenar casi. La sangre martilleaba frenéticamente contra mis sienes. .D .Bdia ¡Draen! .Edia oí alguien cuchichear. .P Me paré con la respiración sibilante. .D .Bdia ¡Elassar! ¡Me han visto! .Edia tartamudeé. .P Lo oí imprecar y lo vi salir con rapidez de su escondite. .D .Bdia ¿Cómo que te han visto? .Edia .D .Bdia Una mujer. Pero me ha confundido con un fantasma, .Edia espiré. .P Yal suspiró ruidosamente. .D .Bdia A los Gatos, rápido. .Edia .P Me agarró del brazo y salimos del Parque de las Piedras. Bajamos las escaleras y, en unos instantes, estábamos metidos en un callejón lleno de trastos. Yo temblaba y castañeteaba. .D .Bdia Elassar… .Edia murmuré. .D .Bdia Espera, .Edia me dijo Yal. .P Llamó a una puerta y, no bien me hube apoyado contra el muro helado, Yal me agarró por el abrigo y me metió adentro. Había mucha luz. Y hacía un calor asfixiante. Pero yo seguía teniendo frío. Sentado en una butaca, ante la chimenea, había un elfocano de pelo castaño, cejas escamosas y ojos violetas con la pupila achatada como el Principito. Como hubiera dicho la gente: era un diablo. Llevaba ropa oscura y, entre las manos, tenía una daga completamente negra. .D .Bdia ¿El rapaz del valle, verdad? .Edia inquirió el cap. .P Yal asintió, Korther me sonrió y me dijo: .D .Bdia Buenas noches. Y enhorabuena por tu primer trabajo. ¿Todo fue bien? .Edia .P Abrí la boca y tartamudeé algo incomprensible. El cap me miró con cara curiosa. .D .Bdia Er… ya. Tranquilo, no te voy a morder. Has robado algo, supongo, ¿no? Si no lo has hecho, no te preocupes, me conformo con que hayas entrado en una casa y hayas salido con el pescuezo intacto. Acerca, acerca, .Edia añadió cuando me vio sacar el saquito que había robado. .P Me lo quitó suavemente de las manos y lo vació sobre su palma. Sacó cinco canicas negras. Oí a Yálet carraspear: .D .Bdia Er… .Edia .P Pero Korther, él, examinó las canicas con interés. .D .Bdia Muy curioso, .Edia murmuró. .Bdia Te sorprenderá saber que tu aprendiz ha robado perlas de salbrónix, Yal. .Edia .P Oí a Yal suspirar de alivio, como si hubiese temido que esas perlas de verdad hubieran sido simples canicas. .D .Bdia Escucha, rapaz, .Edia añadió el cap, mirándome a los ojos. Sus ojos violetas y reptilianos me parecieron muy grandes. .Bdia ¿Qué me dices si te las compro por cinco siatos, eh? Te las compro por cinco. .Edia .P Yo, que no estaba como para pensar, murmuré: .D .Bdia Corriente. .Edia .P Korther frunció levemente el entrecejo. .D .Bdia No tienes buena cara, rapaz. .Edia .P Vi su mano tenderse hacia mí y, por un atisbo de prudencia, retrocedí y me tambaleé. Esta vez, Yal me miró con más detenimiento a la luz del fuego y un destello de inquietud apareció en sus ojos oscuros. .D .Bdia ¿Sarí? Sarí, ¿te encuentras bien? .Edia .P Negué con la cabeza y farfullé: .D .Bdia Elassar, quiero volver a casa. .Edia .P Sentí su mano helada sobre mi frente y lo oí resoplar. .D .Bdia Por los Cuatro Espíritus del Alba, ¡estás hirviendo! .Edia .D .Bdia Quiero volver a casa, .Edia repetí. .D .Bdia Diablos, llévatelo, Yal, y mételo en la cama, .Edia suspiró Korther. .Bdia Y cuídalo bien porque quiero que dentro de diez días esté listo. .Edia .P Lo miré con los ojos medio cerrados y balbuceé sin fuerzas: .D .Bdia ¿Listo para qué, señor? .Edia .P El elfocano me sonrió. .D .Bdia Listo para robar la mayor joya de Éstergat. .Edia .P Lo miré a los ojos, pestañeé y, de pronto, me mareé y devolví todo lo que tenía en el estómago, ahí, sobre el suelo de la Fonda de los Daganegras. Y hasta le salpiqué las botas al cap. La sonrisa de Korther se había transformado en una mueca petrificada de repugnancia. Lo vi tragar saliva. Yo escupí, apoyándome en las tablas con los brazos temblorosos. La boca me quemaba. .D .Bdia Espíritu Patrón, .Edia farfulló Yal, agachándose junto a mí. .Bdia Perdón, Korther. Está enfermo… .Edia .D .Bdia No pasa nada, llévatelo, .Edia lo cortó el cap. .Bdia Más te vale que te pongas bien, muchacho. Largaos. .Edia .P Yal recogió la gorra que se me había caído, me la puso y me levantó con ambos brazos sin aparente dificultad. Me agarré a su cuello como pude. Mi mente zozobraba y volvía a zozobrar sin cesar. Oí el ruido de una puerta al cerrarse. Y luego un ruido rítmico de botas que crujían en la nieve. .D .Bdia ¿Por qué no me dijiste nada, Mor-eldal? .Edia resopló Yal mientras avanzaba, agarrándome firmemente. .P Gemí y, tras un silencio, pregunté: .D .Bdia ¿De verdad estoy enfermo? .Edia .D .Bdia De cuidado, .Edia afirmó Yálet con un resoplido. .D .Bdia Nunca lo he estado, .Edia sollocé. .Bdia ¿Voy a morir? .Edia .P Su breve silencio me transportó a ese mundo lleno de espíritus y ancestros de los que hablaban los sacerdotes de los templos. ¡Y yo que ni siquiera conocía a mis ancestros…! Invadido por el espanto, esperé la respuesta de Yal con ansiedad. Por fortuna, no tardó en venir. .D .Bdia No, sarí, .Edia susurró mi maestro. .Bdia Claro que no, qué ideas. Yo te cuidaré. No te vas a morir. .Edia .P Me besó la frente. Convencido absolutamente de que mi maestro me decía la verdad, cerré mis ojos en fuego y me sumí en un profundo delirio. .Ch "La Wada" .\" 27/09/2017 Los cinco primeros días, los pasé en mi jergón casi sin levantarme. Comía muy poco, dormía mucho y deliraba en sueños. Al tercer día, apareció una persona en la Guarida, no era ni Rolg ni Yal, pero no sé muy bien cómo era ni, de hecho, si realmente existió. Y es que mi mente bailaba como una pluma en un brasero brumoso y ensordecido. Al cuarto día, Yal se agachó junto a mí con un trapo mojado y me dijo con tono tenso: .D .Bdia Ya basta, sarí: no sueltes ilusiones. Deshazlas ya. Es peligroso. .Edia .P Parpadeé y me di cuenta de que, de hecho, había dibujado la cara de mi maestro nakrús flotando justo ante mí, en el techo, con sus ojos verdes mágicos y sonrientes. .D .Bdia Deshazla, .Edia insistió Yal. .Bdia Ahora. No querrás que nadie la vea. Por favor. .Edia .P La deshice a regañadientes y, con cierta lástima, vi desvanecerse el rostro esquelético de mi maestro. Casi lo oí decir: ¿qué? ¿aún no has encontrado el hueso de ferilompardo, Mor-eldal? Yálet suspiró. .D .Bdia Gracias a los Espíritus… Mira, sarí. Las armonías pueden ser peligrosas si pierdes el control sobre ellas. ¿Recuerdas lo que te dije? Hay gente que ha perdido la cordura por culpa de ellas, gente que acabó muy mal. Las armonías son peligrosas, .Edia repitió. Pasó otra vez el trapo mojado por mi frente sudorosa y, tras una pausa, me dedicó una leve sonrisa. .Bdia Descansa. No pienses y descansa. .Edia .P Al sexto día, me encontraba mucho mejor, aunque no salí de la casa, ni al séptimo ni al octavo porque Yal me lo tenía prohibido. Él estaba ausente durante el día: trabajaba de corrector en una imprenta. Una vez, en otoño, le había preguntado por qué trabajaba si podía ser rico robando joyas, y él me contestó que a los ladrones codiciosos siempre acababan por cogerlos, que la riqueza no aportaba felicidad y, al fin, que él prefería ganarse el jornal honradamente. .P De modo que, las horas que no pasaba conversando con Rolg, las pasaba solo, jugueteando con las cartas, cantando o leyendo un pequeño libro que me compró Yal utilizando esos cinco siatos ganados a cambio de las perlas de salbrónix. Se titulaba .Sm -t titulo El bienaventurado vallenato Alitardo y su cordero Venidero y contaba las aventuras de un joven pastor salido del Valle de Evon-Sil: se cruzaba toda Prospaterra, de las Tierras Nórdicas hasta Doaria, huyendo del malvado charlatán Osmirón que quería robarle a su corderillo porque este era capaz de hablar drionsano. Finalmente, el pastor conseguía tenderle una trampa en un barco, en el Mar de Ceniza, y el malo acababa su funesta vida en la boca de un dragón. El buen Alitardo volvía al valle donde se casaba con una joven pastora y vivían ambos felices para siempre, junto con Venidero, el corderillo hablador. El libro me encantó. Me dije que ojalá yo tuviera también a un corderillo que defender. Y luego pensé en Manras y Dil y me dije: ¡caramba, si ya tengo a dos comparsas que defender! Sólo que no era exactamente igual porque, en el libro, Alitardo jamás caía enfermo, todo el mundo era amable con él menos el malo y no dejaba nunca a Venidero solo. .P Al décimo día, a la mañana, Yálet me dio una infusión y, mientras me la bebía, se mordió el labio superior, vaciló y comentó: .D .Bdia No sé si recordarás que, esta noche, robamos la Wada. Dime, si crees que no estás recuperado… .Edia .D .Bdia ¡Vaya si lo estoy, como una rosa! .Edia aseguré. .Bdia ¿Qué es una Wada? .Edia .P Yal me observó con atención mientras contestaba: .D .Bdia Una especie de amuleto muy muy valioso. Es una escultura de oro repleta de joyas. Se encuentra colgada de un muro en la Bolsa de Comercio y, según algunos, es algo así como el tótem de los financieros. .Edia .D .Bdia La Bolsa de Comercio, .Edia repetí. .P Sabía dónde era: caía cerca de la Explanada. Manras, Dil y yo siempre dábamos una provechosa vuelta por ahí con nuestros periódicos. Bueno, siempre… al menos en otoño, rectifiqué. Porque en invierno apenas había podido ir con ellos una o dos veces a la semana y lo que mejor me conocía ahora era el laberinto del Conservatorio. .D .Bdia ¿Y por qué vamos a robar esa… Wada? .Edia pregunté. Yal hizo una mueca y dije: .Bdia Los financieros también son unos mangaplatas, ¿verdad? .Edia .P Yal sonrió y meneó la cabeza. .D .Bdia Bueno… Resulta que los Daganegras también tenemos nuestras pequeñas enemistades. Mira, toda esta historia tiene que ver con el señor Stralb, el propietario del edificio de la Bolsa de Comercio. Hace unas lunas, ese financiero se puso en contacto con Korther y le propuso un trabajo: se trataba de robar unos documentos comprometedores sobre un competidor. Korther se negó. Y el financiero… Bah, es un chiflado. Se enojó, insistió y, ante las negativas de Korther, amenazó con revelar informaciones sobre nuestra cofradía: era todo un amago, por supuesto. Korther se hizo el sordo. Y el financiero se empeñó, creyó descubrir la verdadera identidad de Korther, y le mandó un sicario. .Edia .D .Bdia ¿Un sicario? .Edia repetí, sin entender. .D .Bdia Un asesino, .Edia explicó Yal. Palidecí. .Bdia Por fortuna, esa presunta verdadera identidad era una de tantas que tiene Korther. Él se enteró de que lo andaba buscando un sicario, dio con él, lo… er… amenazó y el asesino desapareció de Éstergat de la noche a la mañana. Después de eso, Korther le advirtió al financiero que si no lo dejaba en paz, los Daganegras le arruinarían la vida. Ese tipo será rico, pero Korther también tiene sus medios y, sobre todo, tiene donde buscar apoyo. Y, en fin, para rematar la amenaza y vengarse de lo del sicario, Korther nos ha contratado para que lo ayudemos a sacar la Wada. Cuando vean que ha desaparecido de la Bolsa de Comercio, se armará un escándalo del Espíritu Patrón. Al financiero se le van a caer las barbas de la conmoción, .Edia se rió. .P Enarqué una ceja. .D .Bdia ¿Tú ya lo has visto? .Edia .D .Bdia ¿La Wada? No, nunca he… .Edia .D .Bdia No, no, digo al financiero. Dices que tiene barba. .Edia .P Yal puso los ojos en blanco. .D .Bdia Es una expresión, sarí. Hasta a una señora se le pueden caer las barbas de la conmoción. .Edia .P Me carcajeé, imaginándolo, y él empujó un pequeño paquete sobre la mesa hacia mí. .D .Bdia ¡Galletas de mantequilla! .Edia anunció alegremente. .Bdia Para que retomes fuerzas, .Edia apuntó, y se levantó. .Bdia Bueno, me voy. Normalmente, antes de las ocho estaré aquí. Descansa bien, sarí. .Edia .P Rolg todavía no había salido de su cuarto, así que Yal se marchó sin despedirse. Y es que el viejo elfo era un gran dormilón. .P En cuanto estuve solo, pesqué una galleta en el paquete y, tras examinarla unos instantes, la probé. Me supo tan bien y tan maravilloso que devoré las diez que había en un pacivirtud. .P Tras esperar un rato y constatar que Rolg no despertaba, fui a echar un vistazo por la ventana y sonreí anchamente. El cielo estaba azul y la nieve ya empezaba a fundirse. Era un día perfecto para salir. Recordé las palabras de Yal y me encogí de hombros. Ahora me sentía tan enérgico que hubiera podido trepar una montaña. Ya descansaría luego. Corrí hasta mi jergón y me puse el abrigo, la gorra y las botas. Rolg sacaba todo de la Fonda: ahí, al parecer, se guardaba ropa para los Daganegras necesitados. Tras verificar que seguía teniendo la pluma amarilla y la piedra afilada en los bolsillos, me precipité hacia la puerta y salí. Tuve cuidado con no resbalar en las escaleras nevadas, dejé el callejón atrás, salí de los Gatos trotando y subí la cuesta de la Avenida de Tármil. Hacía un día precioso y, forzosamente, aquello me animó a fisgonear y zigzaguear de escaparate en escaparate y de acera en acera. Cuando llegué a la Explanada, reconocí a un muchacho alto y rubio y lo llamé: .D .Bdia ¡Garmon! .Edia .P El canillita se giró con su brazo izquierdo abrazado a un montón de periódicos. .D .Bdia ¡Vaya, el Espabilao! .Edia dijo, sonriente. .Bdia Hacía mucho que no te veía. ¿Dónde has estado? .Edia .D .Bdia En la cama, caí enfermo, .Edia expliqué. .D .Bdia ¡Vaya! Pues como mis hermanos: no hubo ni uno que se libró, sólo yo. Pero ya están todos bien, gracias a los espíritus, .Edia aseguró. .Bdia ¿Buscas a tus compadres? .Edia Asentí y él señaló el Capitolio. .Bdia Hace nada los he visto pasar por allá. Creo que iban hacia la Gran Galería. .Edia .D .Bdia ¡Gracias, Garmon! .Edia le dije. .D .Bdia ¡Oye, cantador! .Edia me soltó él como yo ya salía corriendo. .Bdia ¡Dime una palabreja nueva! .Edia .P Sonreí. A Garmon le encantaba oírme sacar palabras inventadas o sacadas de las profundidades de los Gatos. Esta vez, le solté una de mi maestro nakrús: .D .Bdia ¡Desmorjao! .Edia .P El rubio enarcó una ceja. .D .Bdia ¿Y eso qué es? .Edia .D .Bdia ¡Isturbiao, pero en más fino! .Edia le repliqué, riendo, y me fui corriendo hacia la Gran Galería. .P Encontré a mis amigos en la entrada sur. Ante los viandantes que iban y venían, Manras gritaba a pleno pulmón: .D .Bdia ¡Refriega en Tribella! ¡ .Sm -ns -t journal El Estergatiense ! ¡Refriega entre Esturiones y Serpientes Aladas! ¡ .Sm -ns -t journal El Estergatiense ! ¡Refriega en Tribella! .Edia .P Me detuve, vi al pequeño elfo oscuro vender un ejemplar y me agaché para recoger nieve. Hice una bola bien gorda. Manras se percató de mi presencia y abrió la boca para gritar mi nombre, pero puse el índice sobre mis labios y, con una sonrisa de canalla, le tiré la bola a Dil, que andaba ocupado en rascarse la cabeza algo más lejos. El Principito recibió la nieve en pleno pescuezo y me carcajeé, gritando: .D .Bdia ¡Salú, hijos de los Espíritus! .Edia .P Manras me acogió escandalosamente y Dil con otra bola de nieve que me alcanzó en plena cara. .D .Bdia ¡La madre! .Edia exclamé, con una mueca que acabó pronto en sonrisa. .P ¡Las batallas de nieve me recordaban tanto a mis inviernos pasados con mi maestro nakrús…! Y es que, aunque tal vez no fuera fácil imaginarlo, mi maestro y yo éramos unos grandes expertos en batallas de nieve. A él, claro, era más difícil acertarlo cuando no llevaba la capa. Pero también era cierto que, el tiempo que él recogía una bola, yo había tirado tres. .D .Bdia ¡Refriega en Éstergat! .Edia pregonó Manras. .Bdia ¡Refriega entre el Principito y el Espabilao! .Edia .P Estallamos en risas y fuimos a instalarnos en un bordecillo de piedra sin nieve, sentándonos sobre los periódicos para no quedarnos tiesos. .D .Bdia ¿Desde cuándo lleváis rondando? .Edia les pregunté. .D .Bdia Desde las seis, como siempre, .Edia contestó Dil. .P Manras bostezó y se abrazó las rodillas mientras sus ojos verdes y atentos miraban a la gente pasar. .D .Bdia ¿O sea que enfermaste? .Edia me dijo. .Bdia ¿Y te cuidó el Mangaplatas? .Edia .P Resoplé. .D .Bdia No. A ese fue a decirle mi primo que estaba malo. Y parece ser que él también lo estaba. Dice mi primo que esas cosas son contagiosas. Fijo que me lo pasó el pintor, .Edia refunfuñé. .Bdia Oye, ¿vosotros habéis estado enfermos alguna vez? .Edia .D .Bdia O en invierno o en primavera, pero todos los años, .Edia afirmó Manras. .Bdia Bueno, el Principito no sé, pero cuando lo encontré el año pasado sí que estaba enfermo. .Edia .P Enarqué una ceja, pensando de pronto en algo. .D .Bdia ¿Pero no os conocéis de toda la vida? .Edia .P Ambos negaron con la cabeza y noté cierta reserva en el rostro de Dil. .D .Bdia Dil vino el invierno pasado, .Edia explicó Manras. .Bdia Lo vi cuando regresaba de vender periódicos. Estaba solo y la Fría lo tenía muy agarrado, así que… lo llevé a casa. Y mi hermano dijo: mientras trabaje duro, puede quedarse. Así que se quedó, .Edia sonrió. .P Dil agitó la cabeza afirmativamente para confirmar y apuntó: .D .Bdia Warok dijo que le daba igual que fuera un diablo mientras trajese plata. .Edia .P Sentí un súbito escalofrío y espiré: .D .Bdia ¿Quién? .Edia .D .Bdia Mi hermano, .Edia tradujo Manras. .P Lo miré, anonadado. .D .Bdia ¿Tu hermano se llama Warok? Madres de las Luces, yo conozco a un Warok. Es un elfo oscuro como tú. Y tiene a un amigo que se llama Tif. .Edia .P Manras hizo una mueca. .D .Bdia Pues es él. .Edia .P Resoplé ruidosamente. En otoño, había ido a ver a Warok cinco veces a una taberna del Laberinto para darle unos clavos y pagar así los daños de la tinta verde. Y es que, una noche en que regresaba a la Guarida, el Ojisario me había cortado el paso y sus amenazas habían podido conmigo. Por fortuna, a la quinta vez me había dicho un «largo» sin decirme que regresara y no regresé. .D .Bdia Fiambres, .Edia dije. .Bdia Y… ¿os cae bien a vosotros? .Edia .P Dil se ensombreció; Manras se mordió el labio y admitió: .D .Bdia No. .Edia .D .Bdia Ah. Pues a mí tampoco, .Edia confesé. .P Manras me miró con cara no muy feliz. .D .Bdia Es que es malo, .Edia dijo. .P Enarqué las cejas. .D .Bdia ¿También es malo con vosotros? .Edia .P Manras asintió en silencio y Dil se ensombreció aún más. Aquello no me gustó. .D .Bdia ¿Y por qué os quedáis con él entonces? Deberíais… .Edia .P Callé. Iba a decirles que se vinieran conmigo a casa de Rolg pero recordé a tiempo que Rolg no permitía entrar a nadie que no fuera Daganegra. Tal vez si le pedía permiso antes… Se lo preguntaría. .D .Bdia No puedo marcharme, .Edia contestó Manras. El pequeño elfo oscuro había bajado la mirada hacia sus manos azuladas. .D .Bdia ¿Y por qué no? .Edia repliqué. .P Él se encogió de hombros y explicó: .D .Bdia El verano pasado, nos fugamos y, cuando mi hermano me encontró, se enfadó mucho. Por poco le echó a Dil, pero yo le dije que la fuga había sido idea mía. Y es cierto. Dil nunca se queja. Será porque es noble. .Edia Dil lo miró mal y Manras puso cara inocente. .Bdia ¿Qué pasa? .Edia .P Dil suspiró. .D .Bdia Eso era un secreto, Manras. .Edia .D .Bdia Tranquilo, yo no se lo digo a nadie, .Edia aseguré. .Bdia ¿Así que tus padres eran nobles? .Edia .D .Bdia Sí, pero mi madre ya no está y mi padre no me quiere porque soy un diablo. Y ahora voy a trabajar, .Edia concluyó. Se levantó bruscamente, recogió sus periódicos y se alejó hacia la entrada de la Galería. .P Manras me miró con cara inquieta y, afectado como él, decidí: .D .Bdia Será mejor que no le hablemos más del tema. .Edia .P El pequeño elfo oscuro asintió y, mientras él se alejaba a vender los periódicos, yo tomé prestado uno. De pie sobre el bordecillo, como una estatua de sabio lector, me puse a leer los artículos con dedicación. Gracias a Miroki Fal, había aprendido a leer en voz baja, aunque a veces articulaba algunas palabras y se me escapaban comentarios de sorpresa, tedio o incomprensión. .D .Bdia Buah, .Edia solté al cabo, apartando el periódico. Salté abajo de mi pedestal y grité: .Bdia ¡ .Sm -ns -t journal El Estergatiense ! ¡Atraco a mano armada en el Puerto de Menshaldra! .Edia .P Vendí mi ejemplar en un pacivirtud y, reuniéndome junto con Manras, le dije: .D .Bdia Habla del atraco, no de los Alados de Tribella: las cosas de casa interesan más, te lo digo yo, estos periodistas no tienen ni idea. .Edia .P Y Manras, por supuesto, me hizo caso. .salto Cuando regresé a la Guarida, Rolg no estaba. Era ya la tarde y supuse que estaría en alguna taberna jugando a cartas o dando su paseo acostumbrado para «desentumecer su cojera». Eché la siesta y tan bien la eché que, cuando desperté, oí a mi maestro que me sacudía el hombro y me decía: .D .Bdia Despierta, Draen. ¿Cómo te sientes? .Edia .P Abrí los ojos y me estiré contestando: .D .Bdia ¡De maravilla! ¿Salimos ya? .Edia .P Yal sacudió la cabeza. .D .Bdia No, todavía no. A medianoche, dentro de una hora, y a las tres entramos en el edificio. Te he traído la cena, ¿tienes hambre? .Edia .D .Bdia ¡Un hambre de muerte! .Edia confirmé. Y es que, aparte de las galletas de la mañana, no había comido nada. .P Engullí más que mastiqué el pan con queso y la naranja mientras Yal se dejaba caer en una silla y comentaba: .D .Bdia Hoy ha sido un día infernal. El patrón de la imprenta nos ha tenido trabajando hasta las nueve. Al final ya empezaba a creer que tendría que soltarle alguna excusa para salir a tiempo. .Edia .D .Bdia ¿Por qué había tanto trabajo? .Edia pregunté con la boca llena. .D .Bdia Of. Cosas varias, formularios urgentes y no sé qué otros encargos. Oye, tranquilo, Mor-eldal, mastica o te atragantarás. .Edia .P Puse los ojos en blanco pero comí más despacio y pregunté: .D .Bdia ¿Dónde está Rolg? .Edia .D .Bdia Un viejo amigo suyo está enfermo y se quedó en su casa a cuidarlo, .Edia explicó Yal. .P Puse cara de comprensión y me compadecí: .D .Bdia Eso de la Fría es peor que el hambre. Oye, Yal, ¿cómo vamos a entrar en la Bolsa de Comercio? .Edia .P Los ojos de Yal sonrieron y centellearon. .D .Bdia Por la cúpula. .Edia .P La cúpula, me repetí. Y agrandé los ojos. .D .Bdia ¿El tejado redondo de arriba? ¿Y nadie nos va a ver? .Edia .P Él se encogió de hombros. .D .Bdia Korther lo tiene todo planeado. Sabe dónde están las trampas, cómo desactivarlas y… en fin, que nosotros no tenemos que preocuparnos por nada. .Edia .P Fruncí el ceño. .D .Bdia Pero, entonces… ¿qué vamos a hacer nosotros? .Edia .P Yal me miró con cara divertida. .D .Bdia Korther abrirá el camino, yo te bajaré desde arriba con una cuerda y tú, Mor-eldal, robarás la Wada. .Edia .P Me sobresalté. .D .Bdia ¿Yo? .Edia .P No acababa de entender muy bien qué esperaba que hiciera, pero la idea de ser bajado por una cuerda desde una cúpula tan alta me fascinaba. Seguí masticando con cada vez más lentitud. Yal me sonrió. .D .Bdia Tranquilo: será coser y cantar. Pero, si algo se tuerce, recuerda el dicho de los ladrones. .Edia .P Asentí firmemente. .D .Bdia Huye para robar otro día, .Edia recité. Y golpeé la mesa clamando: .Bdia ¡A por la Wada de ese mandasicarios! .Edia .P Yal siseó, sobresaltado: .D .Bdia ¡Baja la voz, por todos los Espíritus! .Edia .P Le dediqué una mueca inocente seguida de una sonrisa entusiasmada y me acabé los gajos de naranja. .P Cuando oímos las doce campanadas, Yal recogió su saco con la cuerda, salimos y fuimos al parque que había justo delante del Hospital de la Pasionaria, en Rískel. Pasamos delante de la Bolsa de Comercio y Yal me agarró del pescuezo para obligarme a dejar de contemplar el edificio con demasiado interés. Como aquella tarde había sido primaveral, la nieve se había fundido por completo y, en la Calle Artesanal, había aún gente paseando. Sin embargo, en el Parque de la Pasionaria, todo estaba oscuro y desierto. .P El Templo Mayor acababa de dar la primera campanada cuando Yal se sentó en un banco y lo imité. .D .Bdia ¿Y ahora? .Edia murmuré. .P Él contestó: .D .Bdia Esperamos. .Edia .P Esperamos pues y, durante un buen rato, hasta que vimos aparecer una silueta por el estrecho camino. No era un guardia: de lo contrario hubiera llevado una linterna. .D .Bdia ¿Yal? .Edia .D .Bdia Señor, .Edia replicó mi maestro. Y se levantó, así que hice lo mismo. .D .Bdia Traéis embozo, espero, .Edia susurró el cap. .D .Bdia Lo traemos, .Edia aseguró Yal. .P Hubo un silencio en el que Korther parecía estar cavilando. Entonces, se giró hacia mí y creí adivinar una sonrisa en la oscuridad. .D .Bdia ¿Qué tal esa gripe, rapaz? .Edia .D .Bdia Despachada, .Edia aseguré. .Bdia Entonces… ¿vamos ya? .Edia .P Korther se giró hacia una extremidad del camino y murmuró: .D .Bdia Cuando estés dentro, Draen, no toques nada sin previo permiso o te meto en un barco y te vendo a un esclavista tasio… sin previo permiso, ¿me has oído? .Edia .P Lo miré primero con horror y luego con hastío. .D .Bdia Sí, señor. .Edia .D .Bdia Bueno. .Edia Nos hizo un gesto entre las sombras: .Bdia Seguidme de lejos. .Edia .P Se alejó y lo seguimos. Cruzamos la Calle Artesanal ya casi desierta y llegamos ante la fachada trasera de la Bolsa de Comercio. Eché un vistazo hacia atrás y… el instante siguiente Korther había desaparecido. .D .Bdia ¿Dónde…? .Edia .P Yal bisbiseó, imponiéndome silencio, y, tras dejar pasar a un grupo de borrachos cantando, se agarró a un saliente y trepó hasta alcanzar la barandilla de un largo balcón de la Bolsa de Comercio. Me apresuré a seguirlo y, cuando aterricé, vi a Korther agazapado junto a una puerta del balcón. Tenía algo en la mano, algo que emitió un leve destello que me intrigó. Sin embargo, cuando quise acercarme para ver, la puerta ya se había abierto. .P Silenciosos como gatos, penetramos en una habitación a oscuras. Aquella noche no había ni Luna, ni Gema, ni Vela y tan sólo lograba entrar la luz lejana de los faroles. Korther soltó un muy leve sortilegio armónico de luz y se dirigió hacia la única puerta de la habitación. Sacó una llave, la inspeccionó, meneó la cabeza, cogió otra, la introdujo en la cerradura y la giró. Instantes después recorríamos un lujoso pasillo como si fuéramos nosotros los maestros de aquella imponente casa. Korther parecía conocérsela de memoria. Nos guió hacia otra puerta, que abrió, y nos hizo subir por unas escaleras de servicio. Subimos lo menos tres plantas antes de que ya no hubiera más peldaños. Llegados ahí, los movimientos de Korther se hicieron más lentos y concienzudos. Y es que, como constaté, no sólo había alarmas en las puertas: también las había en el suelo. Korther las iba desactivando paso a paso, hasta que nos metió en un despacho enorme con un escritorio que parecía hecho para diez personas. Nos abrió una ventana y le murmuró a Yal: .D .Bdia Tienes un apoyo ahí y otro más arriba. Átate por si las moscas. Ya te desataré yo de abajo. Cuando llegues a la cúpula, rompe el cristal que está justo detrás de la estatua del Dragón de la Fortuna. ¿Me has entendido? .Edia .P Yal asintió. .D .Bdia Sí. .Edia .P Creí percibir cierto nerviosismo en su respuesta. Korther le palmeó el hombro. .D .Bdia Entonces manos a la obra. .Edia .P Yal se ató firmemente, metió mi gorra en el saco, no fuera que se me cayera, y me dijo: .D .Bdia Espera aquí. Luego te ata Korther y te subo. .Edia .P Con cierta aprensión, lo vi desaparecer por el borde de la ventana. Quise asomarme, pero Korther me lo impidió hasta que la cuerda se tensó. Entonces el cap desató la otra extremidad y me ató a mí prestamente pero con fuerza. .D .Bdia Usa las sombras y sube en silencio, .Edia me dijo. .P Me envolví de sombras armónicas y subí al bordecillo. Fui tonto: miré hacia abajo. Y ver el suelo tan lejano me dio tanto miedo que cerré los ojos y farfullé en caéldrico una nana que me cantaba antaño mi maestro: .P .Bl -t verse .It Superviviente, .It no tengas miedo. .It La tormenta se va. .It Estoy aquí contigo. .It No tengas miedo. .It La tormenta pasó ya. .It Duerme tranquilo. .El .P Sentí la cuerda tensarse y busqué rápidamente un saliente sin dejar de repetir la nana. Como quien dice, los últimos metros fue Yal quien me izó. Cuando llegué arriba, me siseó: .D .Bdia Eres mundial, Mor-eldal. ¿Quieres callarte ya? Apostaría un siato a que Korther te ha oído hablar en la lengua de los muertos. .Edia .P Muy pálido, dejé de farfullar mi canción y eché una mirada a mi alrededor. Un bordecillo de tal vez un metro de anchura rodeaba toda la cúpula y, a intervalos regulares, se alzaban las majestuosas estatuas de la Bolsa de Comercio. Yal desató la cuerda de una de estas e indicó: .D .Bdia El Dragón de la Fortuna está justo ahí. .Edia Me agaché junto a él ante uno de los cristales de la cúpula. Mientras sacaba sus instrumentos, oí a mi maestro cuchichear: .Bdia Sarí… ¿Qué cuenta esa canción? Sonaba como a un abracadabra tétrico. .Edia .P Hice una mueca y, como no contestaba, Yal se giró hacia mí, intrigado, y carraspeé. .D .Bdia Es una nana que me cantaba mi maestro cuando era más pequeño, .Edia contesté. .P Yal resopló suavemente y se concentró en romper el cristal. Le ayudé con el sortilegio de silencio: consistía sin más en aplacar las ondas de sonido y restringirlas a un pequeño espacio. Logramos quitar el cristal y Yal me susurró: .D .Bdia Las sombras, Mor-eldal. No te olvides. .Edia .P Volví prestamente a envolverme de sombras armónicas y es que, pese a todo, las luces de la ciudad podían ser traicioneras. Mientras él ataba la cuerda al Dragón de la Fortuna, asomé la cabeza por el agujero. No se veía nada. ¿Cómo iba a ser capaz de encontrar la Wada en esa oscuridad? Jamás había entrado en aquella sala, pero la había visto desde fuera y sabía que era enorme. Aun con una luz armónica podía pasarme horas buscando. A menos que Yal y Korther supieran exactamente dónde se encontraba, lo cual era muy probable. .P Cuando Yal regresó, me ató, limó el cristal para que la cuerda no se dañara y me murmuró: .D .Bdia Esperamos la señal. Korther ha bajado a asegurarse de que el vigilante se tomó el sedante. .Edia .P Por lo visto, se lo había tomado porque momentos después Yal percibió la señal en forma de luz armónica parpadeante desde la sala de abajo. .D .Bdia Ahora te toca a ti, sarí. Tranquilo, no te vas a caer: estás bien atado. Escucha. Voy a bajarte unos cuantos metros. Cuando deje de bajarte, empieza a balancearte, hacia este mismo lado. Ahí está la Wada, en un hueco del muro, se reconoce enseguida. Probablemente te hagan falta varios intentos. No pierdas la calma. Cuando des con la Wada, tendrás que ser muy prudente: que Korther sepa, no tiene alarmas encima, pero tú estate al tanto. Normalmente, está colgada a un simple gancho. Átala con la cuerda que te sobra, así no se te caerá. Y toma este cuchillo, por si acaso: si la Wada va atada a otra cosa, lo cortas con esto. Si es madera o incluso hierro, funcionará, pero ten cuidado al manejarlo: es muy cortante. Cuando tengas la Wada, te tiras otra vez, yo estaré pendiente. Y me envías una señal con tres luces rápidas para confirmar que te vuelva a subir. ¿Lo has entendido? .Edia .P Tragué saliva y asentí. .D .Bdia Eso creo. .Edia .P Lo oí suspirar. .D .Bdia Pues adelante. .Edia .P Pasé por el agujero con la cuerda tendida y fui bajando poco a poco en la oscuridad. Daba una extraña sensación estar bajando de la cúpula de la Bolsa de Comercio en una cuerda, sobre todo sabiendo que aún me quedaban muchos metros para llegar abajo. .D .Bdia No veo nada, .Edia murmuré. .P Afortunadamente, al de un rato, conseguí divisar algunas formas. No era mucho, pero lo suficiente como para saber que no estaba metido en los Subterráneos a mil metros bajo tierra. .P De pronto, dejé de notar vibraciones en la cuerda y entendí que ya no estaba bajando. Con los ojos abiertos como platos, comencé a balancearme hacia donde me había indicado Yal, pero el caso es que no lo hacía con mucha convicción y me quedaba a leguas de lo que, a mi parecer, era el muro. Al de un buen rato, oí un siseo, aunque no sé si provenía de arriba o de abajo. Entonces inspiré hondo y espiré: .D .Bdia Valor, Mor-eldal, tú puedes hacerlo, venga, venga… .Edia .P Me balanceé con más fuerza y toqué al fin el muro con mis pies. Necesité tres intentos antes de agarrarme a algo. ¿Podía ser que fuera la Wada? Para cerciorarme, solté un sortilegio muy tímido de luz armónica y oí otro siseo. Esta vez venía de abajo sin duda alguna. Korther estaba perdiendo la paciencia, adiviné. En cualquier caso, lo que vi me aseguró de que el objeto al que acababa de aferrarme era la Wada: era una estatuilla de oro en forma de mujer-mantícora con dos piedras preciosas en los ojos y aún más gemas incrustadas aquí y allá. Me abracé al tótem y desplacé la luz armónica debajo. Había un gancho, de hecho, así como… un sortilegio en ese mismo gancho. .P Fruncí el ceño y, tras una vacilación, posé mi mano derecha sobre el gancho. Para sorpresa mía, reconocí el trazado: era una trampa antirrobos sencilla que, al activarse, te daba una señora descarga. Iba a deshacerla pero recapacité y simplemente la desactivé, pues según Yal quedaba más profesional. Francamente, pensé, anonadado, estaba colgado de una cuerda a una milla del suelo ¿y yo me ponía a pensar en arte profesional? Demonios. .P Levanté la Wada, y no sin cierta dificultad, pues pesaba bastante. Por fortuna no era muy grande. Tras unos cuantos tejemanejes, la saqué del gancho, la até a la cuerda, la apreté contra mi pecho y, al fin, sin detenerme a pensar mucho, aparté el pie del gancho con el que aún me sujetaba contra el muro. Caí. O al menos al principio. Luego la cuerda se tensó y mi respiración se cortó de golpe antes de retomar un ritmo acelerado. Tardé un rato en recordar el siguiente paso: la señal. .P Sin soltar la Wada, realicé tres sortilegios de luz seguidos y mi corazón dio un bote en cuanto la cúpula comenzó a acercarse. Pasé al fin por el hueco y, cuando mis pies tocaron la sólida piedra del bordecillo de arriba, mis piernas flaquearon y me apresuré a ponerme a cuatro patas pese a seguir atado. Yal preguntó: .D .Bdia ¿Todo bien? .Edia .D .Bdia Todo bien, .Edia contesté, con más firmeza de la que sentía. .P Con rápida precisión, Yal desató la cuerda del Dragón de la Fortuna, la ató a la estatua justo sobre la ventana de la habitación desde donde habíamos ascendido y me bajó con la Wada. Korther ya me estaba esperando adentro. Me liberó, puso a buen resguardo el objeto robado en su propio saco y ató la cuerda. Instantes después mi maestro aterrizaba en el interior. .D .Bdia ¿No robamos nada en las demás habitaciones? .Edia susurró Yal. .D .Bdia Nada más, .Edia afirmó Korther. .Bdia Voy a por una venganza: no a por dinero. .Edia .P No supe si creérmelo, pues había notado que su propio saco estaba algo más abultado incluso antes de que hubiera puesto la Wada… Sin embargo, su tono de voz sonaba convincente. Yal no protestó: guardó la cuerda, me devolvió la gorra y volvimos a bajar hasta el balcón del primer piso sin problema alguno. Korther recuperó el cuchillo, le dio una suave palmada a Yal y murmuró: .D .Bdia Buen trabajo, muchachos. .Edia .P Y, de un salto, pasó por encima de la barandilla y desapareció entre las sombras de una calle. Instantes después, Yal y yo bajamos también y tomamos la dirección de los Gatos. Sentí la tensión desaparecer casi enseguida: ya estábamos a salvo. Y además habíamos cumplido con nuestro cometido. .P Pasábamos por la Explanada con paso tranquilo cuando Yal dejó escapar: .D .Bdia Por los Cuatro Espíritus del Alba… .Edia Y, en un susurro casi inaudible, me dijo al oído: .Bdia ¿Te das cuenta, sarí? Este es el mayor robo de Éstergat en años. Vale, no nos va a aprovechar mucho, porque le debía ya un favor a Korther, por lo de los estudios que me pagó. Pero ahora: se acabaron las deudas. .Edia Me sonrió anchamente. .Bdia Y no sabes lo feliz que puede llegar a sentirse un saijit sin deudas. .Edia .P Le devolví la sonrisa y estábamos ya emprendiendo la bajada por la Avenida de Tármil cuando se me ocurrió una súbita idea y di un brinco. .D .Bdia ¿Vamos a festejarlo? .Edia .D .Bdia ¿Festejarlo? .Edia Yálet se carcajeó por lo bajo. .Bdia Bueno, ¿por qué no? ¿Cómo quieres festejarlo? .Edia .P Me mordí el labio y sugerí: .D .Bdia ¿Con unas galletas de mantequilla? .Edia .P Yal, esta vez, se carcajeó de buena gana. .D .Bdia Te compraré unas mañana a la mañana, .Edia prometió. .Bdia Pero no te vicies, porque son caras. Ah, por cierto, supongo que ahora que estás repuesto volverás a casa de Miroki Fal. .Edia .P Todo mi gozo fue a parar en un pozo. Solté un largo suspiro. .D .Bdia Pfff… ¿De verdad tengo que volver? .Edia .D .Bdia ¿Tan terrible es? .Edia se burló. .P Me encogí de hombros. .D .Bdia No. Pero el Mangaplatas es… no sé, no es mala gente pero en realidad es tan mangaplatas como sus amigos Shudi, Dalvrindo y demás. A los tipos como ellos les sale el oro por las orejas y la mano la tienen más pegajosa que el adhesivo veliriano. Eso me dijo Yerris, y es verdad. Y bueno, Rux… tiene buen alma pero es más seco que un hueso abrasao. .Edia Concluí: .Bdia Pues eso, que me lo paso mucho mejor con mis amigos o incluso en .Sm -t nomlieu La Rosa de Viento . ¿De verdad no puedo esperar unos días más? He robado la Wada, .Edia añadí como argumento de peso. .P Yal gruñó. .D .Bdia Habla más bajo, sarí… Está bien, .Edia cedió. .Bdia Le diré que necesitas dos días más de reposo. Pero que no te vea él correteando por ahí o se preguntará qué formas son esas de reposar. Y el Día-Mozo vuelves sin falta, ¿eh? Vamos, no te quejes: no te das cuenta de lo mucho que has aprendido con ese trabajo. No todo se puede aprender en la calle. .Edia .P Puse cara escéptica pero no repliqué. Froté la mano izquierda por el frío y la metí en el bolsillo. Sentí de pronto como si alguien me tirara un cubo de agua helada en la cabeza. Mi pluma, pensé, anonadado. Mi pluma amarilla. No estaba en mi bolsillo. ¿Dónde se habría caído? .P Le eché una ojeada discreta a Yal mientras caminábamos, pero no me atreví a decir nada. A lo mejor se me había caído a la mañana, en la calle, vendiendo periódicos, o… o bien en la sala de la Bolsa de Comercio. .D .Bdia Enhorabuena, Mor-eldal, .Edia murmuré en caéldrico. .P Yal me miró. .D .Bdia ¿Has dicho algo? .Edia .P Sacudí la cabeza. Tras un silencio, pregunté en voz baja: .D .Bdia Elassar. Si nos hubiesen pillado, nos habrían mandado a la cárcel, ¿no? .Edia .D .Bdia Er… Sí, sarí. Es más, nos habrían mandado a trabajos forzados. Durante años. Pero todo ha salido bien y tú lo has hecho mejor que nadie, así que mañana te compraré esas galletas para festejarlo, ¿eh? .Edia .P Noté que me sonreía y le devolví una sonrisa vacilante que se hizo más segura a medida que el recuerdo de las galletas me animaba. Bah, me dije. La pluma no podía haber caído en la Bolsa de Comercio y, aunque lo hubiera hecho, ¿quién podría reconocerla? Yerris, pero él no estaba y total era Daganegra. Manras, Dil… y algún que otro canillita. Nadie más. Conclusión: todo había salido redondo. .Ch "Desapariciones" .\" 30/09/2017 Sentado cómodamente sobre la gruesa rama de un roble del Conservatorio, bostecé, adormilado. Las hojas de los árboles susurraban bajo la brisa primaveral. Miroki Fal decía que metían el mismo ruido que las olas del mar. Él había estado en Seventia hacía unos años y hasta había embarcado una vez en una fragata para ver de cerca un sowna, una enorme criatura marina que se cubría de hielo. .P Se oyó una carcajada serena y bajé la vista hacia el grupo de mangaplatas sentado en la hierba, un poco más lejos. Ahí se encontraba Miroki, junto con Shudi y algún compañero más. Hacía un rato, hablaban de energías y de no sé qué fórmula de conservación. Luego habían pasado a hablar de poesía. Y finalmente, aburrido de escucharlos, yo había huido a mi árbol con el periódico que le compraba y traía todas las mañanas a Miroki Fal. .P Desde finales del invierno, mi vida con el Mangaplatas había cambiado sutilmente. A las mañanas, seguía yendo al Conservatorio, pero en cuanto limpiaba el plato que me daba Rux, le decía: «¡Salú, Rux!» y me largaba sin dejar rastro. Rux nunca me lo echó en cara: al fin y al cabo, ni Miroki ni la casa daban mucho trabajo y, para que lo estuviera agobiando a preguntas, sin duda prefería que me fuera a desahogar a otro sitio. Eso sí, todas las mañanas, las pasaba yendo y viniendo entre el Mangaplatas y Lésabeth con mensajes, flores, joyas y demás regalos. Y es que, aunque a mí jamás me dirigía la palabra como a un ser saijit, la elfa rubia se mostraba ahora más amable con Miroki… Hasta parecía dispuesta a enamorarse de él. Y, como era de prever, Miroki estaba eufórico y no escatimaba en ofrendas. Más de una vez estuve tentado de sustraer alguno de esos regalos, pero bien sabía que hubiera sido estúpido y temerario. Lo era mucho menos meter la mano en los bolsillos de los encopetados de la Gran Galería o de la Explanada: ¡estaban todos tan arrejuntados y tan poco al tanto! Al principio, me daba grima la posibilidad de que alguien me pillara, pero con el tiempo, iba haciéndome las uñas y me decía: bah, ellos tienen dinero, ¿y yo no voy a poder comer? ¡Al diablo con los moscas! En los días afortunados en que sacaba realmente algo, les invitaba a Manras y Dil a comer por la cara del santo espíritu patrón. .P Volví a bajar la vista y, al ver que el grupo de magos se movía, me apresuré a hacerme el dormido. Si Miroki se olvidaba de mí y se marchaba, tendría una buena excusa para escabullirme. Tipo: es que, señor Fal, me quedé dormido en el roble y, cuando desperté, usted no estaba… Una excusa excelente. .D .Bdia ¡Draen! .Edia .P Me llevé un chasco. Abrí un ojo, bostecé, me estiré y bajé del roble con mi periódico. Miroki ya se alejaba con Shudi hacia su casa. Se despidió de este en un cruce y continuó con andar recto y caballeroso: aquel invierno hasta se había dejado un poco de barba. En cuanto estuvo solo, me acerqué trotando. .D .Bdia ¡Señor Fal! ¿De verdad mandó mi retrato a Griada? .Edia .P Se lo había oído decir a Shudi aquella misma mañana. Miroki asintió. .D .Bdia Ajá. Así es. Se lo regalé a un amigo para su cumpleaños. .Edia .D .Bdia Bueno. ¿Y está muy lejos Griada? .Edia .D .Bdia Mm. Unos días en diligencia. .Edia .P Sus parcas respuestas me informaron de que andaba distraído y de que, si seguía haciéndole preguntas, acabaría mandándome a cazar nubes. .D .Bdia ¿Cuántos días? .Edia pregunté. .D .Bdia Mmpf. Cuatro. Depende, .Edia dijo. .D .Bdia Oh. .Edia Aceleró el paso pero yo no me distancié ni me callé más por ello. .Bdia ¿Y dentro de una luna va a viajar allá para ver a la familia, no? .Edia .P Miroki me echó una ojeada y se contentó con asentir. .D .Bdia Pero va a volver, ¿verdad? .Edia .P Miroki se encogió de hombros. .D .Bdia No lo sé. Este es mi último año de estudios. Pero no me iré sin haberle pedido la mano a Lésabeth. .Edia .P Aquello último lo añadió en un murmullo ensimismado y, antes de que se le ocurriese mandar alguna rosa a la elfa, solté: .D .Bdia Pues qué bien. Oiga, ¿recuerda lo que le pregunté al profesor sobre el ferilompardo? Él me dijo que buscaría a ver si encontraba algo. ¿No ha contestado todavía? .Edia .P Miroki levantó los ojos al cielo y subió las escalinatas de la mansión roja mientras contestaba: .D .Bdia No. Mira, muchacho, esa broma ya no tiene gracia. El profesor sabe que le estabas tomando el pelo. Los ferilompardos no existen. Y ahora déjame, tengo cartas importantes que redactar. .Edia .P Desapareció por la puerta y yo me quedé en el umbral, impactado. ¿Cómo que los ferilompardos no existían? Eso era imposible. Tonterías, carababhuesadas. A lo mejor la palabra estaba en caéldrico, y en drionsano se decía de otra manera. Meneé la cabeza, incrédulo, y crucé el umbral a la carrera. .D .Bdia Pero, señor, ¡no era ninguna broma! .Edia aseguré. .P Miroki Fal ya subía por las escaleras y no me contestó. Segundos después, se oyó la puerta de su despacho cerrarse. .D .Bdia Espíritus, .Edia suspiré. .P Me crucé con la mirada interrogante de Rux, sentado a la mesa de la cocina, preparando la comida. Olía bien pero… aquello de los ferilompardos me había quitado el apetito. Así que solté: .D .Bdia ¡Salú, Rux! .Edia .P Di media vuelta y salí de la casa con rapidez. Bajé las calles del Arpa, desemboqué en la Avenida Imperial y crucé todo Atuerzo pasando ante el Juzgado Central. Todo estaba abarrotado de gente y llegué a la Explanada zigzagueando entre vestidos, carruajes y abrigos. Al pie de la enorme escalinata que rodeaba el Capitolio, avisté a Draen el Raudo. Tenía una pierna vendada con un trapo sucio y tendía su gorra con cara de niño miserable y apaleado mientras murmuraba súplicas lastimeras. Sonreí y me acerqué. .D .Bdia ¡Raudo! ¿Qué tal la pesca? .Edia .D .Bdia Mala, mala, .Edia suspiró él. .Bdia Con esta cara que llevo de Espíritu Mortuorio, no se apiadan ni las beatas. .Edia .P De pronto, frunció el ceño y me miró. .D .Bdia ¡Tú! ¿Aún me hablas? .Edia .P Enarqué una ceja, perplejo. .D .Bdia ¿Cómo que aún te hablo? .Edia .D .Bdia ¡Fuera! .Edia me dijo. .Bdia ¡Alivia! .Edia .P Lo miré aún más anonadado. .D .Bdia Pero… ¿qué te he hecho? .Edia .P Draen se irguió ante mí con mala cara. .D .Bdia ¿Que qué has hecho? Compadrar con sangre asesina, eso has hecho. No me creo que no sepas quién es el chaval ese con el que andas, Manras. ¿Sabes quién es su hermano? .Edia .P Parpadeé y asentí, atónito. .D .Bdia Sí. .Edia .D .Bdia ¡Pues claro que lo sabes! Si eres de la misma banda. Un Ojisario, .Edia escupió. .Bdia Desmiéntelo y te parto la cara, tocayo. .Edia .P No me atreví a desmentirlo, no con aquella amenaza. Meneé la cabeza. .D .Bdia Pero Manras no es como Warok. Él es un buen shur. Yo… .Edia .D .Bdia ¡Y un infierno un buen shur! Si me lo cruzo, le dejaré la cara igual de fea que la mía, ¿me entiendes? La venganza es algo que se toma en serio en los Gatos, shur. Dos compadres míos han desaparecido. Se los llevaron Warok y su banda y seguro que tú sabes dónde están. .Edia Me miró con los ojos llenos de veneno. .Bdia Así que más te vale correr si te pillo de noche en una calle de los Gatos. ¿Me has oído? .Edia .P Lo fulminé con la mirada. .D .Bdia No sé de qué me hablas pero si le tocas un solo pelo a Manras o a Dil ya verás lo que hago… .Edia Retrocedí al verlo amagar un movimiento hacia mí y le grité: .Bdia ¡Te sacaré los huesos! .Edia .P Y me fui corriendo. Las palabras del Raudo me habían dejado turbado. Sobre todo porque, vale, no consideraba al elfo pelirrojo realmente como a un amigo, y es que era un poco mandón y no muy fiable, pero sí que lo había clasificado como a un buen Gato, incluso me había enseñado algunos trucos de mendigo y de carterista y, en fin, que no esperaba para nada que me saliera con esas. ¿Que dos amigos suyos habían desaparecido? Bueno… a saber lo que les habían hecho los Ojisarios. Pero ¿qué teníamos que ver Manras, Dil y yo en todo eso? .P Me subí a la Fuente de la Mantícora, salté hasta colocarme entre las patas de la criatura, y puse las manos en copa. Bebí, me mojé la cara, y me divertí pasando la mano por debajo del chorro mientras pensaba en esos Ojisarios. Manras y Dil no habían vuelto a hablar de Warok desde aquel día de invierno. Lo cierto era que no hablaban nunca de él ni de lo que hacían cuando regresaban a casa. Yo, al contrario, solía contarles las miserias diarias de Miroki Fal y sus desventuras y venturas con la bella Lésabeth. Y yo antes pensaba que es que a lo mejor ellos no tenían nada que contar. Pero tal vez me equivocaba. .P Decidí, pues, preguntarles a ver si sabían algo sobre esos dos amigos del Raudo y marché a buscarlos. Pregunté a varios canillitas conocidos míos, le pregunté al panadero de la Calle Lozana si había visto pasar ahí a mis compadres, y él me contestó: .D .Bdia ¡Y cómo quieres que lo sepa, hijo! Por aquí pasan más rostros que panes. .Edia .P Hice una mueca y, gastando mis tres clavos que tenía, me compré un panecillo y lo devoré mientras seguía buscando a Manras y Dil. Fui a todos nuestros puntos de venta y nada, ni rastro. ¿Habrían caído enfermos? .P Estaba pasando por el Parque de la Tarde cuando avisté una cabellera roja como el sol del atardecer y di un respingo. .D .Bdia ¡Sla! .Edia exclamé. .P Slaryn, la Daganegra amiga de Yerris, estaba sentada en un banco, sola. No la veía desde principios de invierno, cuando un día había aparecido por la Guarida para saludar a Rolg. .P Alzó sus ojos esmeralda hacia mí y quedé sobrecogido. Me acerqué, vacilante. .D .Bdia ¿Sla? ¿Estás bien? .Edia .P La elfa oscura meneó la cabeza y se sentó más recta, inspirando. .D .Bdia Sí. Hacía tiempo que no nos veíamos, shur. ¿Qué tal la condenada? .Edia .D .Bdia Rabiosamente bien, .Edia contesté con ánimo y me senté en el banco. .Bdia ¿Y tú? .Edia .P Sla se encogió de hombros. .D .Bdia Podría ser peor. .Edia .P Esperé, creyendo que iba a especificar, pero como no decía nada más, solté: .D .Bdia ¿Qué tal tu madre? .Edia .P Advertí su leve estremecimiento. Slaryn resopló largamente. .D .Bdia No me digas que no estás al corriente. Los moscas la volvieron a trincar, esta vez por golpearle e insultarle a un agente. La condenaron a ocho lunas. Es mi madre, .Edia suspiró. .P La contemplé con los ojos abiertos como platos. Tragué saliva. .D .Bdia Caray… No lo sabía. ¿Cuándo…? .Edia .D .Bdia Al final del invierno, .Edia refunfuñó. .Bdia Justo un poco después de que volviera Yerris. .Edia .P Me sobresalté, estupefacto. .D .Bdia ¿Qué? ¿Yerris está en la ciudad? ¿Y no me ha dicho nada? .Edia .P Slaryn resopló largamente y sentí una pizca de exasperación en su mirada. .D .Bdia No me digas que tampoco sabes eso. Yerris regresó a Éstergat solo. Al parecer, le robó dinero a Alvon y él lo echó. Y… ahora está con los Ojisarios. .Edia .P Su rostro se cerró. Golpeó el banco con el puño. .D .Bdia Korther cree que es un traidor. Pero yo sé que no lo es. Aquí hay algo raro. Yerris habría venido a verme. Y habría ido a verte a ti. Y a Rolg. Pero no lo ha hecho, ¿y sabes por qué? Porque lo tienen encerrado. Está claro. .Edia .P Me mordisqueé la mejilla, sobrecogido. Yerris, ¿encerrado por el Bravo Negro, Warok y los suyos? Mi mirada se extravió hacia una paloma que paseaba por el camino junto al banco. Meneé la cabeza. .D .Bdia Pero ¿por qué lo encerraron? .Edia pregunté. .Bdia ¿Porque no robó los documentos? .Edia .P Slaryn se giró bruscamente hacia mí. .D .Bdia ¿Qué documentos? .Edia .P Palidecí. Vaya. .D .Bdia Er… No sé, digo… a lo mejor si lo han cogido es porque quieren usarlo como ladrón. .Edia .P Slaryn tenía el ceño fruncido. .D .Bdia No lo creo. Yerris no es un buen ladrón. Tiene otras cualidades. Pero como Daganegra no vale mucho. Las cosas como son, shur, .Edia sonrió al ver que yo la miraba ligeramente indignado. .D .Bdia Pero es un buen Gato, .Edia dije. .Bdia Y, si de verdad lo tienen encerrado el Bravo Negro y Warok, por los espíritus que lo saco de ahí. .Edia .P Sla me miró con los ojos entornados. .D .Bdia ¿Warok? ¿Quién es Warok? .Edia .P Hice una mueca, interrumpido de golpe en mi arranque heroico. .D .Bdia Pues… un Ojisario. .Edia .D .Bdia Madres de las Luces, .Edia murmuró Slaryn. .Bdia ¿Cómo conociste a ese tipo? .Edia .P Inspiré, me rebullí e hice un ademán vago. .D .Bdia De allá, por la calle. Es un granuja. Si de verdad le ha hecho algo a Yerris, lo pagará. Los malos siempre pagan. Se lo oí decir a un sacerdote. Oye, Sla. ¿Por qué no vienes a la Guarida si tu madre está en el Clavel? .Edia .P La elfa oscura parecía absorta. .D .Bdia Oh… Tengo una banda, .Edia explicó. Se pasó una mano por el pelo rojo, como para espabilarse, y se levantó de un bote. .Bdia Bueno, tengo que irme, tengo asuntos. Saluda al viejo de mi parte. Intentaré ir a verte algún día, ¿eh? .Edia Esbozó una sonrisa y, como antaño, me estiró de la gorra y lanzó: .Bdia ¡Salú, shur! .Edia .P Y salió del Parque de la Tarde a buen ritmo. Vi desaparecer su cabellera roja y, acurrucándome en el banco, me abracé las rodillas, sintiéndome cada vez más inquieto. Primero había lo de esos dos amigos del Raudo que habían sido raptados. Luego me enteraba de que Yerris se había esfumado hacía ya casi dos lunas… Y todo por culpa de los Ojisarios. ¿Pero quiénes eran realmente los Ojisarios? ¿Quién era el Bravo Negro? .P Conocía a dos personas que tal vez pudieran contestarme a esas preguntas. Miré a mi alrededor, entre las estatuas, fuentes, árboles y paseantes del parque, y, al cabo, refunfuñé: .D .Bdia ¿Dónde fiambres estarán mis comparsas? .Edia .Ch "El refugio de los Ojisarios" .\" 30/09/2017 Tras buscar a Manras y Dil durante toda la tarde, regresé a la Guarida con las manos vacías y la impresión de haberme pateado Éstergat diez veces de una punta a otra. En cuanto entré en los Gatos, me anduve con ojo, no fuese que me encontrara con el Raudo por alguna desgraciada casualidad, pero nada, las calles estaban tranquilas y llegué al callejón sin incidentes. .D .Bdia ¡Salú, Rolg, ya estoy aquí! .Edia exclamé, empujando la puerta. .P Me quedé clavado en tierra al darme cuenta de que las tres sillas de la mesa estaban ocupadas. Rolg. Korther. Y un humano moreno y pálido con una mitad de la cara horriblemente quemada. Yal, por lo visto, todavía no había vuelto. .P Bajo la mirada sobresaltada de los tres Daganegras, puse cara de perdón y tragué saliva. .D .Bdia ¿Puedo entrar? .Edia dije. .P Rolg puso los ojos en blanco. .D .Bdia Pues claro, hijo, entra. .Edia .P Vacilé, porque el caso era que hubiera preferido que la Guarida no estuviera tan ocupada, pero entré de todas formas, cerré la puerta y dije: .D .Bdia Salú. .Edia .P Korther sonrió y sus ojos de diablo sonrieron también. .D .Bdia Salú, rapaz. Estábamos ya acabando nuestra infusión, tranquilo. ¿Qué tal te va? .Edia .D .Bdia Bien, ¿y a usted? .Edia contesté. .P Korther enarcó una ceja, divertido. .D .Bdia Perfectamente. Creo que no conoces a Taryo, el famoso ladrón del Gato de Oro. Vive en Taabia pero ha venido aquí a visitarme. .Edia Alzó una mano y pronunció con burlona ceremonia: .Bdia Taryo, te presento a Draen, nuestra nueva generación. .Edia .P La cara quemada de Taryo permaneció exenta de expresión. Sus ojos negros, sin embargo, me examinaron con rapidez. Tendió una mano, cogió su tazón y sorbió todo lo que quedaba. .D .Bdia Ya hemos hablado suficiente, .Edia declaró. .Bdia Dentro de una luna nos vemos, Korther. Un placer haber hablado con ambos. .Edia .P Enarqué una ceja y me aparté de la puerta como Taryo se levantaba y estrechaba las manos de Korther y de Rolg. Cuando el Caraquemada se fue, Korther hizo un ademán como para invitarme a sentarme e, intrigado, me senté. .D .Bdia En realidad, he venido aquí para hablar contigo, .Edia me confesó Korther. .P Vi a Rolg levantarse y dedicarme una sonrisa tranquila antes de hacer un gesto con la cabeza y desaparecer en su cuarto cojeando y bostezando. Me volví a girar hacia el cap de los Daganegras estergatienses y me rasqué la cabeza. .D .Bdia ¿Y de qué quiere hablar? .Edia .D .Bdia Yal me dijo que trabajabas en casa de un noble, ¿verdad? .Edia .P Fruncí el ceño. .D .Bdia Sí. Pero yo no le robo. Es un mangaplatas, pero no… .Edia .D .Bdia Lo sé, lo sé, .Edia me cortó Korther. .Bdia No voy a pedirte que le robes. Ese noble es un mago, ¿verdad? Y le sigues al Conservatorio todos los días. .Edia .D .Bdia Mmsí. Es estudiante. Dentro de dos semanas se le acaban las clases y se marcha para su casa, .Edia dije. .P Korther se ensombreció. .D .Bdia Ya. Eso te deja poco tiempo. Pero tú eres un chico espabilado y estoy seguro de que ya tienes bien claro el plano del Conservatorio, ¿eh? .Edia .P Agrandé los ojos, entendiendo al fin. .D .Bdia ¿Voy a robar algo del Conservatorio? .Edia .P Korther asintió. .D .Bdia Un diamante. Una especie de semi-reliquia. La recompensa es buena: veinte siatos. .Edia .P Me quedé boquiabierto. Eso eran dos mil clavos. Y doscientos bocadillos con queso. .D .Bdia ¿Dónde está ese diamante? .Edia pregunté. .P Korther sonrió. .D .Bdia Te gusta ir al grano, ¿eh? Bueno. El diamante lo tiene Yanaler Koscyri. Es profesora… y también es la Maga Suprema del Conservatorio. Pero no te asustes: el diamante no lo lleva encima. Probablemente lo tenga en su despacho. Según lo que he oído, es fácilmente reconocible: tiene dieciséis facetas, es transparente y, como digo, es una mágara. Sabes reconocer una mágara, ¿verdad? .Edia .P Asentí, pensativo. .D .Bdia ¿Por qué necesita ese diamante? .Edia .D .Bdia Ah… .Edia Korther se recostó en su silla y sus ojos violetas centellearon. .Bdia Escucha, rapaz. Yo contrato y tú robas. De momento, no necesitas saber más. Aún eres muy joven. Cuando seas mayor, si sigues vivo, a lo mejor me ves ser más explícito. Pero no ahora. .Edia .P Dejó su asiento bajo mi mirada entre aburrida y tozuda y añadió: .D .Bdia Sé prudente, no hagas preguntas indiscretas y piénsalo antes de dar un paso. Si te pillan, ni una palabra sobre los Daganegras, por supuesto. Puede que la Justicia de Éstergat sea terrible, pero nunca lo será tanto como la de los Daganegras, ¿comprendes? .Edia Me miró a los ojos con una extraña intensidad y posó algo sobre la mesa. .Bdia En esta bolsita, tienes cera para hacer copias de llaves y cosas varias. Si tienes alguna duda o necesitas más material, díselo a Rolg. Suerte y nos vemos pronto, rapaz. .Edia .P Abrió la puerta y se marchó, dejándome con una curiosa sensación en el cuerpo. No era exactamente miedo, más bien aprensión. Y es que una cosa era espiantar unos clavos de algún bolsillo y otra cosa robar la Wada de la Bolsa de Comercio o un diamante de la Maga Suprema del Conservatorio. El caso es que no me apetecía caer en manos de los moscas. .P Me levanté de la mesa y me acerqué a la puerta cerrada de la habitación del viejo elfo. .D .Bdia ¿Rolg? .Edia solté. .Bdia Rolg, ¿por qué Korther necesita un diamante si ya robó la Wada? .Edia .P Esperé en silencio, convencido de que Rolg no me contestaría: jamás lo hacía cuando estaba en su cuarto, como si ahí dentro hubiese un monolito que lo llevara al otro lado del mundo. Sin embargo, esta vez lo oí decir: .D .Bdia Korther no es fácil de entender, pequeño. .Edia .P La voz sonó muy apagada a través de la puerta. Me mordí la mejilla, agité la cabeza y bostecé. .D .Bdia Desde luego que no. Buenas noches, Rolg. .Edia .P Me tumbé, pero me costó dormirme y oí regresar a Yal muy tarde, pasada la medianoche. Por su olor y su andar vacilante, adiviné que había salido con algunos amigos. Pasé, pues, de explicarle el nuevo trabajo que me había dado Korther y, hundiendo la cabeza entre mis brazos, acabé al fin por conciliar el sueño. Soñé con el yarack. El pájaro sobrevolaba la Roca de Éstergat soltando un chillido estridente y dejaba caer una pluma, esta vez roja. Esta caía y caía y yo corría por las calles, tratando de no perderla de vista. Aterricé en el Laberinto y me encontré de narices con Warok, quien precisamente se agachaba en ese instante para recoger la pluma roja. Una vez en sus manos, esta se transformó en una daga ensangrentada y yo me puse a gritar: .D .Bdia ¡Yerris, Yerris, Yerris! .Edia .D .Bdia ¡Draen! .Edia .P Una mano me sacudió. Abrí bruscamente los ojos y me encontré con el rostro semi-dormido de Yal. .D .Bdia ¿Qué gritas? .Edia gruñó, masajeándose la cabeza. .P Me enderecé con el corazón aún desbocado. .D .Bdia ¡Es Yerris! .Edia tartamudeé. .Bdia Los Ojisarios lo han matado. .Edia .P Yal dejó de masajearse la cabeza y me miró como si me hubiera vuelto loco. .D .Bdia ¿Qué diablos dices? Yerris se marchó. No… .Edia .D .Bdia ¡Pero en mi sueño…! .Edia .D .Bdia Los sueños son sueños, Mor-eldal, .Edia me cortó Yal resoplando. .P Me paré a pensar y suspiré de alivio. .D .Bdia Eso es verdad. Pero Yerris… .Edia .D .Bdia Deja de preocuparte por Yerris, sarí. .Edia .P Lo miré y sofoqué una exclamación indignada. .D .Bdia ¡Tú lo sabías! Sabías que Yerris estaba en Éstergat y no me lo dijiste. .Edia .P Yal frunció el ceño. .D .Bdia No me preguntaste por él y no pensé que la noticia de su traición fuera a hacerte ningún bien. .Edia .D .Bdia ¡Yerris no ha traicionado a nadie! .Edia .P Yal hizo una mueca de dolor y se frotó la frente. .D .Bdia Vaya… Sí que lo ha hecho, sarí. Nos traicionó. Desde el principio, fue un traidor. Te lo explicaré, .Edia masculló. .Bdia Yerris es en realidad un huérfano que recogió el Bravo Negro para amaestrarlo desde pequeño e infiltrarlo en nuestra cofradía haciéndolo pasar por un niño sin banda. Durante tres años Yerris actuó como agente doble. Créeme: los Ojisarios no le harán ningún daño, es de los suyos. Lo que me gustaría saber es cómo es posible que tú estuvieras enterado de los rollos que tenía él con… ¡Madres de las Luces! .Edia Se puso pálido y me miró de pronto con alarma. .Bdia ¡No me digas que ese granuja te metió con él en el Laberinto! .Edia .P Lo miré, indignado, y me levanté de un bote. .D .Bdia ¡Granuja, tu madre! Yerris está en peligro, lo ha dicho Slaryn. Él no tiene la culpa de nada. El granuja es Warok. Y el Bravo Negro. No Yerris. .Edia .P Yal emitió un gruñido. Se levantó, vaciló, cayó de rodillas junto al cubo de agua y hundió la cabeza. La sacó chorreante de agua. .D .Bdia Mucho mejor, .Edia resopló y se levantó echando sus mechones hundidos para atrás. Sus ojos estaban ahora completamente despiertos. .Bdia Bueno, sarí. No sé de dónde te sacas que Yerris está en peligro, pero no me extraña que sea el caso: cuando se juega con fuego, uno acaba quemándose y, cuando se vive metido en el Laberinto con gente de esa, te puede pasar cualquier cosa. Y, ahora, dime. ¿Vas acaso a arriesgar tu vida para ayudar a un tipo que dio a los Ojisarios todas las informaciones que sacaba de nuestra cofradía? Nos ha puesto en peligro a todos. No digo que sea culpa suya: lo educaron para que nos espiara. Seguramente ni siquiera pensó que lo que estaba haciendo estaba mal. .Edia .P Eso era mentira, pensé. Más mentira que el Palacio Invisible. Lo miré con cara sombría y dejé escapar: .D .Bdia Yerris quería ser un Daganegra, uno de verdad, pero Warok no le dejaba. El Gato Negro no quería traicionarnos. Lo hacía porque tenía miedo… .Edia .P Callé, pues en ese instante Yal me cogió de los hombros con brusquedad. .D .Bdia Tú lo sabías, .Edia masculló. .Bdia ¡Espíritus, lo sabías! .Edia .P Me sacudió y, atónito, mi única reacción fue la de mirarlo con los ojos muy abiertos. Yal enseguida me soltó y, agitado, echó una ojeada rápida hacia la puerta del viejo elfo antes de declarar en voz baja: .D .Bdia No vuelvas a hablar de ese gnomo, ¿de acuerdo? Y no lo busques. Los Ojisarios son muy peligrosos, ¿me entiendes? Como te pille metiéndote en el Laberinto, te digo adiós muy buenas, Mor-eldal. ¿Me has oído? .Edia .P Sus ojos me miraban con tal fijeza que desvié los míos hacia el suelo. .D .Bdia ¿Me has oído? .Edia insistió Yal. .P Asentí. .D .Bdia Sí, elassar. .Edia .P Lo oí suspirar ruidosamente. Entonces se oyó una campanada y me palmeó el hombro. .D .Bdia Caramba, son las siete y media ya. Será mejor que vayas rápido al Arpa. Anda, alegra esa cara. Piensa en esos a los que llamas comparsas. Seguro que te necesitan más que Yerris. Venga, ve. .Edia .P Me sonrió, pero en sus ojos brillaba un destello de inquietud. Inspiré y, no menos agitado por la conversación, recogí mi gorra, me guardé la bolsita que me había dado Korther la víspera, me puse el abrigo y las botas y le solté al fin: .D .Bdia Salú, Yal, buen día. .Edia .P Marché corriendo cuesta arriba y cruzaba el Parque de las Piedras cuando recordé que no había comprado el periódico. .D .Bdia Fiambres, .Edia mascullé. .P Torcí hacia el Juzgado Central, seguro de encontrarme con algún canillita que llevara .Sm -t journal El Estergatiense frescamente imprimido. Y, zas, encontré a Manras y Dil, ni más ni menos. .D .Bdia ¡Pero dónde os habíais metido! .Edia exclamé, acercándome a ambos. .P Se habían colocado abajo de la escalinata que llevaba al juzgado. El pequeño elfo oscuro me saludó: .D .Bdia ¡Salú, Espabilao! ¿Ya no vas con el mago? .Edia .D .Bdia Sí, sí, si hasta puede que llegue tarde. ¿Es .Sm -t journal El Estergatiense ? Pues dame uno. Luego te doy los clavos, que ahora no tengo. Oye, .Edia añadí mientras Manras me daba un ejemplar. .Bdia ¿Dónde estuvisteis ayer? Os busqué por todas partes. .Edia .P Vi a Dil hacer una mueca silenciosa. Manras explicó: .D .Bdia Es que nos mudamos de refugio. Ahora vivimos en una casa de verdad. .Edia .P Fruncí el ceño. .D .Bdia ¿En el Laberinto? .Edia .D .Bdia Natural, .Edia contestó Manras. .D .Bdia Y… ¿con el Bravo Negro? .Edia pregunté en voz baja. .P Manras negó con la cabeza. .D .Bdia No. A mi padre casi nunca lo veo. .Edia Tendió un periódico a un señor que pedía uno y recogió los clavos antes de preguntarme: .Bdia ¿Vienes a la tarde? .Edia .D .Bdia Pues claro, .Edia dije y alcé mi periódico. .Bdia ¡Nos vemos! .Edia .P Salí corriendo Avenida Imperial arriba y llegué a la mansión roja unos minutos tarde, pero Miroki Fal siempre bajaba de su cuarto más tarde, así que ni se enteró. .D .Bdia ¡Salú, señor! .Edia lo saludé cuando lo vi aparecer en las escaleras. Él me había enseñado que los caballeros no decían «salú». Y yo le había enseñado lo contrario. .P Cargué con su saco de apuntes y tinteros y lo seguí hasta el Conservatorio a buen ritmo. Cruzábamos ya la puerta principal del edificio cuando el noblecillo me dijo: .D .Bdia Voy a invitarla al baile de final de curso, .Edia declaró, sonriente. No necesité que me precisara de quién estaba hablando: de Lésabeth, por supuesto. Sacó la carta y me la tendió. .Bdia Dame ese saco y sal corriendo, no vaya a ser que otro le pida lo mismo y se me adelante. .Edia .P Levanté los ojos al cielo y me fui trotando escaleras arriba hacia el ala de los curanderos. Me conocía ya el lugar al dedillo y, como me sabía de memoria la agenda de la elfa rubia, la encontré en un pacivirtud. Estaba atendiendo a una clase en un aula abierta. Los alumnos eran pocos, no eran más de diez, y menos mal porque el profesor tenía una vocecita tan menuda que tenían que inclinarse hacia él alrededor de la mesa para oírlo. El profesor de energía endársica era miope, medio sordo y estaba medio en la Luna: ni se enteró de mi presencia. Me deslicé junto a Lésabeth y le di la carta. Con un curioso brillo en los ojos, la elfa cogió la carta y la desplegó bajo la mesa. Ya me alejaba cuando me soltó un: .D .Bdia ¡Chsss! .Edia .P Regresé con un suspiro y ella me cuchicheó: .D .Bdia Dile que es imposible porque ya voy con mi primo Jarey. .Edia .P Volví a suspirar. Eso le iba a chafar el día a Miroki… Y a mí no me gustó más, pues su primo Jarey Edans me caía mal. Una vez, en otoño, me había soltado un ¡mocoso vagabundo! Y, hacía apenas unas semanas, me lo había cruzado y había amagado con quitarme el ramo de flores para Lésabeth. Por suerte, yo tenía buenos reflejos y me había escabullido, no sin dejar algún pétalo en camino. .P El profesor de endarsía seguía con su baja y monótona letanía. Me alejé y, como de costumbre, me puse a deambular por los pasillos. Sin embargo, esta vez, tenía un objetivo preciso: el ala donde residían los magos. Ya me había aventurado por ahí más de una vez y, estuviera prohibida o no la entrada, llevaba ya casi ocho lunas en el Conservatorio y nunca nadie me había dicho nada. Me había convertido en algo así como el niño con el que todos se cruzaban y al que nadie veía realmente. .P Avancé, pues, sin temor por los pasillos, me encontré con el gato blanco de la Maga Suprema y me detuve diciéndole: .D .Bdia Miau. .Edia .P Ni siquiera se giró: el felino tenía la mirada perdida a través de la cristalera, hacia los innumerables tejados de Éstergat. Aquel día el aire estaba muy diáfano y se veía con nitidez el bosque de la Cripta. Apoyé los codos sobre el poyo de la ventana y dije: .D .Bdia Algún día iré ahí, aunque Yal diga que es peligroso, ¿sabes? Seguro que hay ardillas, y no como las grises del Parque de las Piedras. Ardillas negras y pardas como las del valle. .Edia .P El gato blanco seguía ignorándome con total soberbia. Suspiré y tendí una mano para acariciarlo. Al contrario que la mayoría de los gatos de mi barrio, aquel se dejaba acariciar y hasta a veces se dignaba a ronronear. Sólo tenía que tener cuidado con usar la mano izquierda porque la otra no le gustaba: la primera vez que lo había tocado se había puesto a bufar. .P Pasó un mago por el pasillo y esperé a que desapareciera por la esquina antes de soltar: .D .Bdia Salú, gato. Vigila la ciudad, yo vigilo tu casa. .Edia .P Y, de paso, le robaba un diamante a su dueña, pensé. Continué por el pasillo hasta que llegué ante lo que, según sabía, eran las habitaciones de la Maga Suprema. Asegurándome de que no se oían ruidos de pasos acercándose, toqué la puerta con mi mano derecha en busca de sortilegios. Encontré uno en la cerradura, sin sorpresas. Tendría que desactivarlo si quería realizar una copia de la llave. Me pasé un buen rato observando su trazado, temiendo en cualquier momento meter la pata y activar la alarma sin querer. Al cabo, conseguí desactivarla, realicé un molde con la cera, metiéndola en la cerradura, aguardé con impaciencia, di varias vueltas sobre mí mismo, agucé el oído y, al fin, recuperé el molde… Y, en vez de activar de nuevo la alarma, solté un sortilegio perceptista por la rendija de la puerta. Mis dotes en la materia dejaban que desear y, en cuanto topé con algo, mi sortilegio se rompió. Tan sólo esperé no haber activado ninguna alarma. .D .Bdia Prudencia, Mor-eldal, .Edia me murmuré. .P Y restablecí los vínculos de la alarma de la cerradura antes de reanudar mi paseo diario por los pasillos: una pequeña visita al perro del conserje, un gran saludo al cocinero —que, según el humor, me daba un panecillo, un «sal de aquí, bergante» o un plato de caldo exquisito— y, por supuesto, una bajada épica por la larga barandilla reluciente de la sala de entrada —de esa nunca me olvidaba, era muy divertido y, además, me recordaba a cuando mi maestro y yo bajábamos la cuesta nevada junto a la Cueva gritando sobre el trineo que él me había fabricado. .P Cuando dieron las once campanadas, ya estaba formalmente esperando ante la puerta del aula del Mangaplatas. Adiviné correctamente: cuando le dije que Lésabeth no iría con él al baile, Miroki Fal se llevó las manos a la cabeza. .D .Bdia ¡Demonios ancestrales! .Edia exclamó. Y se golpeó la palma con un puño, gruñendo: .Bdia ¡Ese Jarey Edans…! Seguro que lo ha hecho queriendo. .Edia .D .Bdia Vamos, Mir, serénate, .Edia se burló su amigo Shudi Fiedman. .Bdia Sólo es un baile. Y Jarey no es un pretendiente: es su primo. Y encima es feo. .Edia .P Me carcajeé ante el argumento y bajamos los tres por las escaleras hasta la salida. Miroki no estaba de humor para parlotear y, pese a los sabios consejos de su amigo, no se quiso animar y regresamos a la mansión roja en silencio. Lo dejé subir por las escaleras con la lentitud del triste enamorado, posé el saco sobre la mesa y me apresuré a entrar en la cocina. Husmeé el aire. .D .Bdia ¿Qué hay, Rux? .Edia le solté. .P El mayordomo sonrió con esa sonrisa tétrica que, con el tiempo, me había ido pareciendo un poco más simpática. .D .Bdia Sopa de puerros para ti, pequeño. .Edia .D .Bdia No te molestes, .Edia dije, viendo que se iba a levantar. .Bdia Me sirvo yo. .Edia .P Siempre era mejor servirse: Rux, sea porque era rácano, miope o de apetito exiguo, llenaba los boles como para alimentar a un gorrioncillo. Miroki no se quejaba, pero yo no era tan conformista. Me puse, pues, un bol bien lleno y me instalé con ánimo. .D .Bdia ¿No tengo que quedarme a la tarde, verdad? .Edia pregunté. .P Rux carraspeó e hizo deslizar una hoja sobre la mesa. .D .Bdia Tenemos que ir a hacer compras. .Edia .P Resoplé. .D .Bdia ¿Otra vez? ¡Pero si ya fuimos la semana pasada! .Edia .D .Bdia Las cosas se acaban, muchacho, .Edia replicó el mayordomo. .P Suspiré y media hora más tarde ya estábamos bajando la cuesta hacia el mercado de la Explanada. Yo llevaba dos grandes cestas, Rux otra y las iba llenando de tienda en tenderete y de tenderete en tienda. En un momento, percibí el movimiento de una mano en una de mis cestas y exclamé: .D .Bdia ¡Atrás, ladrón! .Edia .P Me giré para ver una silueta salir corriendo entre la gente con nada menos que el paquete con la carne que acababa de comprar Rux en la carnicería. Y lo peor es que lo reconocí: era Draen el Raudo. Al oír mi grito, Rux me alcanzó con el ceño fruncido. .D .Bdia ¿Qué ocurre? .Edia .D .Bdia Pues… que me han robado, .Edia confesé, molesto. .Bdia Estaba la carne aquí y, de repente, zas, desapareció. He visto a alguien salir corriendo. .Edia .D .Bdia Cien mil demonios… ¿Qué aspecto tenía? .Edia inquirió. .P Meneé la cabeza. .D .Bdia No lo sé, señor. .Edia .P Rux frunció aún más el ceño y suspiró. .D .Bdia Bueno, esto no le va a gustar al señor Fal. Iré a comprar más carne. Y tú procura que no te roben más cosas o creeré que te las roban con tu consentimiento, ¿mm? .Edia .P Su insinuación me dolió y lo miré con cara sombría mientras se alejaba hacia la carnicería. Me coloqué de espaldas a un muro con mis dos cestas y observé mi alrededor con recelo. Como el Raudo se atreviera a mostrar la cara… No la mostró, para fortuna suya, y pensé con un suspiro que seguramente ahora estaría muy ocupado comiendo la carne. .P Después de las compras, Rux me hizo desenvainar todos los frijoles que había comprado y, sólo hacia las cuatro, conseguí escabullirme antes de que me diera otra tarea y salí disparado hacia la oficina de prensa. A esas horas, el periódico de la noche tenía que estar a punto de ser distribuido y Manras y Dil sin duda estarían ahí. Me los encontré ahí, pero con un aspecto tan desastrado y con cara tan tensa que me llevé un susto. .D .Bdia ¡Comparsas! .Edia los llamé. .Bdia ¿Qué os pasó? .Edia .P Llegué hasta ellos y Manras se pasó una manga por los ojos. .D .Bdia Brasas, ¿pero qué lloras, shur? .Edia me preocupé. .P Como Dil muy pocas veces explicaba las cosas, fue el pequeño elfo oscuro quien respondió al fin con una voz temblorosa: .D .Bdia Nos acorralaron. Y nos empujaron. Y nos llamaron de todo. .Edia .P Me sulfuré. .D .Bdia ¿Quiénes? .Edia Antes de que contestara, solté: .Bdia ¿Mi tocayo? .Edia .P Manras asintió y Dil apuntó sombríamente: .D .Bdia Y otros. Estábamos cerca de la Explanada y nos vinieron. El Raudo dice que perdió a dos amigos por culpa de Warok. .Edia .P Manras añadió: .D .Bdia Ha dicho que le digamos a mi hermano que, si lo pilla en el Laberinto, le raja la garganta. .Edia .P Yo bullía por dentro. Si hubiese podido bufar como los gatos, lo hubiera hecho. ¿No le había avisado al Raudo que, si tocaba a mis amigos, le sacaría los huesos? Bueno, pues no le iba a sacar los huesos, pero algo iba a hacer, de eso no me cabía duda. .P Viendo la expresión expectante de mis amigos, puse cara determinada y solté al fin: .D .Bdia Vosotros no le digáis nada a Warok. El Raudo no sabe con quién se mete. Warok es peligroso y podría hacerle daño. Hablaré con mi tocayo, .Edia decidí. .Bdia Le pondré las cosas bien claras. Sólo decidme una cosa, shurs: en esa nueva casa a la que os habéis mudado, ¿hay más gente que Warok y vosotros viviendo? .Edia .P Manras se encogió de hombros. .D .Bdia Natural. Hay gente. .Edia .D .Bdia ¿Cuánta? .Edia .D .Bdia Pues… ayer vi a algunos, no sé cuántos. .Edia .D .Bdia ¿Cinco? ¿Diez? .Edia propuse. .D .Bdia Seis, .Edia dijo Dil. .P Seis. Caray. .D .Bdia ¿Y van armados? .Edia .P Dil asintió en silencio mientras Manras me miraba con extrañeza y se mordía los dedos. .D .Bdia Y… ¿había un semi-gnomo negro entre ellos? .Edia .P Ambos negaron con la cabeza. No supe si sentirme aliviado o todo lo contrario. .D .Bdia ¿Podéis enseñarme dónde está la casa? .Edia .P Manras asintió. .D .Bdia Sí, pero mi hermano nos dijo que nada de visitas, así que no puedes entrar. .Edia .D .Bdia No entraré, sólo quiero ver la casa sin que tu hermano me vea. ¿Sabéis una cosa? Voy a ir a buscar al Raudo a ponerle las cosas claras. Lo encuentre o no, nos vemos en el Parque de la Tarde a las diez, ¿corriente? Y me enseñáis la casa. .Edia .P Manras consintió, boquiabierto. .D .Bdia ¿Qué le vas a decir al Raudo? .Edia .P Sonreí y le empujé suavemente la gorra. .D .Bdia Que a mis amigos no se les toca, y se lo voy a probar, .Edia afirmé. .Bdia Salú. .Edia .D .Bdia ¡Salú, pero ten cuidado, Espabilao, que es más grande que tú! .Edia me dijo Manras. .D .Bdia ¡Como si midiera veinte metros! .Edia le repliqué. .P Y me fui cuesta arriba. Di varias vueltas por la Explanada antes de aburrirme y tomar el camino de los Gatos. Entré en la Guarida y llamé a Rolg. Nadie me contestó. Dejé la bolsita con el molde de la llave de la Maga Suprema y volví a salir. Di un respingo y sonreí al ver aparecer a Rolg por el callejón. .D .Bdia ¡Rolg! He dejado el molde en la mesa, ¿tengo que llevarlo a algún sitio? .Edia .P El viejo elfo se acercó cojeando y meneando la cabeza. .D .Bdia Deja, hijo, ya me ocupo yo. Mañana a la tarde te doy la llave hecha. ¿Adónde vas? .Edia .D .Bdia A vender periódicos, que no tengo un clavo. Si llego tarde, dile a Yal que no se preocupe. .Edia .P Rolg enarcó una ceja y asintió. .D .Bdia Cuidado con lo que haces, pequeño. .Edia .P Asentí enérgicamente y me marché. Estuve vendiendo periódicos durante un par de horas antes de encontrar otra vez a Manras y Dil saliendo de una taberna de Rískel. Me uní a ellos y nos hicimos las tabernas de toda la calle: yo me ocupaba de cargar con los periódicos mientras Manras entraba con el «último» ejemplar en el local y lo vendía poniendo cara de Espíritu Bondadoso. Había anochecido hacía muchas horas cuando, decidiendo que ya habíamos vendido suficiente, devolvimos los periódicos restantes a la oficina y emprendimos el camino de los Gatos. Esta vez, en vez de guiarlos yo, eran ellos quienes me guiaban. Nos adentramos en el Laberinto, me hicieron pasar por unos corredores estrechos, subimos escaleras, atravesamos varias terrazas llenas de trastos y bajamos por una escala antes de que Manras se detuviera y me cogiera por la manga. .D .Bdia Esa es. .Edia .P Me señalaba una puerta entre tantas que había en un corredor desierto. .D .Bdia Así no parece, pero es grande, y hasta hay sitios a los que Dil y yo no podemos ir, .Edia me reveló en voz baja. .P Me giré hacia él en la oscuridad. Arriba, en el cielo, brillaba la Luna, pero sus rayos llegaban muy tenues y apenas se adivinaban las formas de los objetos que me rodeaban. .D .Bdia ¿Sitios secretos? .Edia murmuré. .Bdia ¿Y no habéis ido a ver, ni siquiera para curiosear? .Edia .D .Bdia Mi hermano me desorejaría, .Edia susurró Manras, y añadió: .Bdia Oye, es mejor que no te quedes aquí, o te pillarán. .Edia .P Asentí y los empujé a ambos por el corredor. .D .Bdia Sornad bien, shurs. .Edia .P Manras se alejó pero Dil vaciló y preguntó en un murmullo: .D .Bdia Espabilao… ¿quién es ese semi-gnomo negro? .Edia .P Hice una mueca y contesté aún más bajo: .D .Bdia Un amigo mío que trabajaba para el Bravo Negro. Creo que Warok le ha hecho una jugarreta. Desapareció hace dos lunas. .Edia .P Dil vaciló unos segundos más antes de alejarse murmurando: .D .Bdia Buenas noches, Espabilao. .Edia .P Me pegué a un muro cuando la puerta del refugio se abrió, iluminando el corredor. Entraron mis dos compañeros y la calleja volvió a quedarse a oscuras. Tras unos instantes, me acerqué con sigilo y agucé el oído. Percibí voces y, armándome de coraje, pegué la oreja a la puerta. .D .Bdia … una miseria! .Edia siseaba una voz. .D .Bdia ¡No es culpa nuestra, nos robaron! .Edia exclamaba Manras. .P Oí un golpe seco y un gemido y me puse lívido. .D .Bdia ¡Basta de excusas baratas! ¿Sabéis qué? Olvidaos de los periódicos. A partir de mañana, os quedáis aquí y vais a trabajar de verdad. Ya lo veréis, mocosos inútiles. .Edia .P Oí una carcajada. .D .Bdia Vamos, chaval, ¿no irás a meter a tu propio hermano en el pozo? .Edia .D .Bdia ¿Por quién me tomas, sinvergüenza? .Edia .D .Bdia Ja. Por lo que eres: el hijo predilecto del Bravo Negro. No te molestó meterle al gnomo… .Edia .D .Bdia ¡Atranca la boca, Lof! .Edia .P Dijo algo más pero, en ese momento, oí un ladrido y di un bote alejándome de la puerta. Se acercaban unos perros en el corredor, dirigidos por una alta silueta. Salí corriendo y los ladridos redoblaron. Escalé por una gotera tan rápidamente como pude y oí un grito abajo. La puerta se abrió en volandas y una linterna iluminó el corredor. Envolví sutilmente de sombras mi rostro y seguí trepando. Aquella casa era muy alta. Si me caía, me moría del golpe. .D .Bdia ¡Quieto! ¡Baja de ahí, araña cuadrúpeda! .Edia me gritó una voz abajo. .D .Bdia ¡Que se callen tus malditos perros, Adoya! .Edia bramó Warok. .P Sus voces se hicieron imprecisas y llegué al fin arriba. Era una terraza, no un tejado. Eché una mirada abajo. Ya no se veía nada. Retrocedí unos pasos para alejarme del borde y eché un vistazo hacia los edificios que subían por la Roca. Una cosa buena del Laberinto era que la mayoría de las casas se tocaban, así que me alejé de terraza en tejado y de tejado en terraza sin tocar el suelo una sola vez hasta que estuve fuera del corazón de los Gatos. Una vez en el suelo, anduve con pies de plomo y no me relajé hasta que me metí en el callejón de la Guarida, y aun así, los pensamientos que me vinieron entonces no ayudaron. .P El pozo, había dicho Warok. ¿Qué pozo? ¿Dónde había metido a Yerris? ¿Y qué iban a hacer ahora mis dos mejores compadres? .D .Bdia Fiambres, .Edia dejé escapar. .P Debería haberles dado los clavos que tenía, tal vez así Warok no se habría enfadado tanto. Pero no lo había pensado. .D .Bdia Fiambres, .Edia repetí. .P Subí las escaleras y empujé la puerta en silencio. Todo estaba oscuro. Yal ya estaba durmiendo. Me quité la gorra, las botas y el abrigo y me tumbé sin hacer ruido. Antes de cerrar los ojos, volví a soltar muy bajito un: .D .Bdia Fiambres. .Edia .Ch "Partidas" .\" 02/10/2017 En los días siguientes, me sentí más inútil que una ardilla buscando una bellota en un tronco vacío. Busqué al Raudo, no lo encontré; busqué a Slaryn, en vano; espié la casa de mis comparsas y no averigüé nada; y, en fin, que di vueltas como un nakrús en busca de un hueso que absorber y no di más que con migajas. Lo mismo pasó con la Maga Suprema y el diamante. Al segundo día, conseguí meterme en la habitación, tan sólo para constatar que ahí no había ningún diamante. De modo que hice un molde de otras cerraduras de puertas privadas y me metí en sitios probablemente cerrados por una buena razón: vi un laboratorio de alquimia lleno de frascos, una habitación llena de armas y un despacho con tantas mágaras que, saturado de energías por todos los lados, me puse malo durante toda la tarde y temí que me hubiera caído algún maleficio. Afortunadamente, al día siguiente ya estaba del todo repuesto. Ya que iba de fracaso en fracaso, de paso, hice una copia de la llave de la despensa de la cocina del Conservatorio. No le dije a Rolg de dónde era, claro: se suponía que todas esas copias de llaves tenían que contribuir a mi trabajo, pero, er… bueno, un ladrón saciado siempre trabajaba con mayor alegría, ¿no? .P Faltaba tan sólo un día para el final del curso cuando, al fin, di con el buen despacho. Le acababa de dar un mensaje a Lésabeth, mensaje al que la elfa rubia, por primera vez desde que la conocía, dio una respuesta rápida. Escribió en owram, en la lengua culta, así que no pude leerla, pero por su expresión supuse que no le estaba diciendo al Mangaplatas que se fuera a cazar nubes, sino todo lo contrario. .P Con el mensaje bien al resguardo en mi bolsillo, comencé mi peregrinación por los pasillos. Tenía dos horas por delante para probar tres llaves. La primera era la de un laboratorio brúlico. Me metí, abrí los cajones, fisgoneé un poco por todas partes y salí de ahí tan silencioso como una sombra. La segunda llave era de un despacho en una torre… Y la sala estaba vacía. No me costó entender por qué: reinaba ahí una energía nociva. Me alejé de ahí sin apenas haber asomado la cabeza y por poco olvidé volver a activar el mecanismo de cierre mágico además de girar la llave. ¿Cuántos lugares del Conservatorio habrían quedado condenados por una catástrofe experimental? Por lo visto, unos cuantos. .P La tercera llave me condujo a las habitaciones de un profesor retirado amigo de la Maga Suprema. Le había visto hablar algunas veces con esta y me había dicho: vaya, ¿por qué no probar por ahí? Y había hecho un molde de la llave. Tras asegurarme de que el pasillo estaba desierto, entré en el cuarto, me encerré en él y… me encontré con que el profesor estaba ahí dentro, durmiendo en su cama. .P Durante varios segundos, no me moví ni un pelo. Luego escuché su respiración y me dije: bah, parece estar profundo. Así que, soltando los sortilegios de silencio más sofisticados que había hecho nunca, deslicé los cajones de su escritorio. Vi nada menos que tres monedas de oro en uno de ellos. Las cogí echando una ojeada prudente al viejo profesor. Seguía durmiendo. .P Y, entonces, mis ojos se posaron en un objeto que había en la mesilla de noche, justo al lado. Algo transparente. Me acerqué con los ojos abiertos como platos. ¿Me engañaban mis ojos o eso se parecía mucho a un diamante? Tendí la mano derecha y lo cogí. Esbocé una sonrisa al sentir la energía vibrar en su interior. Examiné el trazado y no entendí nada. Era demasiado complejo. Conté las facetas. Dieciséis. Las volví a contar sin poder creérmelo y, cuando volví a dar con dieciséis, mi sonrisa se ensanchó. Por fin. .P Un brusco ronquido me dejó pálido como la muerte. Con precipitación, metí el diamante en mi bolsillo, con los tres siatos robados, y retrocedí sin perder de vista al profesor. Solté un sortilegio de silencio para abrir la puerta tan sigilosamente como pude, la volví a cerrar con llave y activé la alarma. Como si hubiese pasado por ahí un fantasma, pensé. .P Me alejé y, en el pasillo de al lado, me encontré con el gato blanco. Lo acaricié al pasar y me puse a cantar: .Bl -t verse .It ¡Yeyeyeyeh eh eh eh! .It ¡Gato, gato, gato sin colooor! .It Sin colooor, .It correteando, .It por la oscura, .It un gato guako .It va paseando .It por mi barrio. .It ¡Yeyeyeyeh eh eh eh! .It El gato guako .It va caminando .It y va cantando .It mientras la luna .It lo va guiando .It ¡y se ha perdido! .It ¡ayayayay! .It ¿sosque estará el gato? .It ¿sosque estará el gato? .It El gato guako .It va caminando .It y una luz blanca .It anda buscando. .It ¡Y se ha perdido! .It ¡ayayayay! .It ¿sosque estará el gato? .It ¿sosque estará el gato? .El .P Cantaba, doblando esquinas y recorriendo pasillos, en dirección del aula donde Miroki Fal estudiaba deserranza. Según me había explicado una vez, la deserranza era el arte de las fuerzas óricas. Gracias a ellas, él era capaz de levitar; sin embargo, cuando le dije «¡a ver, señor, a ver!», se negó a hacerme una demostración. Decía que la energía órica era peligrosa y muy poderosa y también que los grandes expertos sabían hacer monolitos de verdad que te llevaban de un lugar a otro casi instantáneamente. Recordaba que mi maestro, una vez, me había contado la desventura de un nakrús inconsciente que había tenido que cruzarse toda una cordillera para recuperar su brazo, que se había quedado en camino. Un horror. Por fortuna, las personas capaces de hacer tamañas locuras eran pocas. .P Esperé pacientemente a que Miroki saliera del aula y, cuando lo vi aparecer, reparé en las profundas ojeras que tenía. Concentrado como estaba yo en robar el diamante, aquellos últimos días apenas me había fijado en el Mangaplatas… Y la verdad es que últimamente estaba un poco raro, como muy desanimado, así que, decidido a cambiar eso, me apresuré a sacar la respuesta de Lésabeth y se la di. .D .Bdia Es de la señorita Lésabeth, señor, .Edia le dije alegremente. .P Para sorpresa mía, un brillo melancólico pasó por los ojos de Miroki Fal cuando leyó la nota. Shudi, el pintor, leyó por encima de su hombro y resopló. .D .Bdia ¿Al teatro? ¡Espíritus, eso es mejor que un baile, Mir! Alégrate, hombre, ¿qué te pasa? .Edia .P Miroki no contestó. Con lentitud, se metió el mensaje en el bolsillo y bajó las escaleras. Shudi fue tras él y yo, colocándome bien el saco, los seguí. Cuando salimos del Conservatorio, Shudi soltó: .D .Bdia ¿Vas a decirme de una vez qué te pasa? Últimamente estás extraño. .Edia .P Miroki Fal suspiró largamente. .D .Bdia Es mi padre. Está dispuesto a arruinarme la vida y forzarme a casarme con Amelaida Arym. .Edia .P Shudi se atragantó. .D .Bdia Madres de las Luces… ¿Quién? .Edia .D .Bdia ¡La hija del gobernador de Taabia! .Edia exclamó Miroki. Se golpeó la frente. .Bdia Para él, esos son asuntos políticos. Él no tiene ni idea de lo que es el romance. Es una persona desalmada. ¡Lo único que le interesa es el poder! ¿Te das cuenta, Shudi? Mi vida arruinada. Lésabeth es mi vida. ¿No lo entiendes? .Edia .D .Bdia Er… Sí, .Edia suspiró Shudi. .Bdia Lo entiendo. .Edia Volvió a suspirar y le dio una palmadita compasiva sobre el hombro. .Bdia Vamos, Mir. No te desanimes. Lésabeth es hija de los Satrepasos. No tiene mala familia. Tal vez… .Edia .D .Bdia No, .Edia lo cortó Miroki con un gruñido bajo. Y se detuvo en seco en medio del parque que rodeaba el Conservatorio. .Bdia Mira, Shudi. Le mandé un magescrito a mi padre pidiéndole permiso para casarme con Lésabeth. .Edia .D .Bdia ¿Qué? .Edia tosió Shudi. .Bdia ¡Pero si ni siquiera se lo has preguntado a ella! .Edia .P Miroki esbozó una débil sonrisa. .D .Bdia Sí que lo he hecho. Me… la encontré en… hum… en el Hipódromo, el Día-Sagrado pasado. Estuvimos paseándonos juntos por el Bosque de Kamir y… le pedí la mano y me dijo que sí. Fue maravilloso. .Edia .P Su rostro se entristeció y meneó la cabeza. .D .Bdia Pero mi padre me contestó anteayer. Y todavía estoy asimilando lo que me dijo. En fin, Shudi. Olvídalo. Estos son asuntos de familia. No vale la pena que te preocupes. .Edia .P Su amigo le echó una mirada inquieta mientras reanudaban la marcha y, tras un silencio, le soltó: .D .Bdia Habla con él cuando vayas a Griada. Seguro que hablándole cara a cara… .Edia .D .Bdia Déjalo, Shudi, .Edia lo interrumpió Miroki, espirando. .Bdia Déjalo. .Edia .P El pintor no insistió, se separaron en un cruce y seguí al Mangaplatas hasta la mansión roja sin decirle ni mú. Esa historia de casamientos me dejaba perplejo. Por eso, al cabo, cuando entramos, pregunté: .D .Bdia ¿Y por qué no se casa con Lésabeth y ya está? .Edia .P Miroki Fal me miró como si mirara a través de un fantasma y, sin abandonar esa cara absorta, volvió a sacar el mensaje de Lésabeth, soltó un suspiro desgarrador y se fue escaleras arriba. Cualquiera entendía a los mangaplatas. Dejé el saco y, antes de que Rux me dijera nada, salí de ahí como el viento. Tomaba por sentado que, si no comía en la casa, nadie podía decirme que no cumplía con mi deber. .P Corrí por las anchas calles del Arpa sin despegar mi mano de mi bolsillo y del diamante. De camino, me crucé con tres jinetes de policía que se dirigían hacia el Conservatorio a buen trote. Ya lo saben, concluí. .P Me forcé por no acelerar el ritmo y me repetí una de las lecciones de Yal: actuar natural, actuar natural… Mi tensión se redujo al llegar a Atuerzo y cayó en picado cuando llegué a los Gatos. Vi a Fiks, de lejos, en la Plaza Gris, y lo saludé con un: .D .Bdia ¡Salú, Fiks! .Edia .P El viejo obrero, que estaba conversando con unos amigos, giró la cabeza cuando yo ya estaba saliendo de la plaza. Seguí bajando hasta la Guarida y… me fijé en que alguien me seguía. Me detuve en seco ante el callejón de la casa de Rolg, giré la cabeza y agrandé los ojos. .D .Bdia ¡La madre! .Edia exclamé. .P Era Adoya, el Ojisario, e iba con uno de sus perros que, de no estar atado con una correa, me habría venido directo. Oí su ladrido seco y reaccioné rápido como una ardilla: salí corriendo por el callejón, abrí la puerta y la cerré con un sudor frío. La atranqué con la barra y corrí las cortinas del todo y… .D .Bdia ¿Sarí? .Edia .P Pegué un grito y un bote y volteé. Yal estaba sentado en su jergón, cosiendo una camisa. Bueno, ahora más bien estaba medio levantado. Fue a la ventana y yo exclamé: .D .Bdia ¡No lo hagas! .Edia .P Aún se oían los ladridos del perro en el callejón. Yal apartó las cortinas y frunció el ceño. .D .Bdia ¿Quién es ese tipo? .Edia .P Los ladridos, ahora, se alejaban. Farfullé: .D .Bdia No lo sé. Su perro se me quería tirar encima. .Edia .P No le dije la verdad porque… bueno, si se la decía entera hubiera sido admitir que me había metido en el Laberinto contra su consejo. Ya no se oían los ladridos. Solté un suspiro de alivio, recuperé la silla junto a la puerta y me senté antes de constatar algo extraño. ¿Qué hacía Yal en la Guarida a esas horas? .D .Bdia ¿Hoy no trabajas? .Edia pregunté. .P Yal gruñó apartándose de la ventana. .D .Bdia Ese tipo me daba mala espina. Si te lo vuelves a cruzar, cambia de acera. .Edia .D .Bdia Sí, sí, y de calle, descuida, pero ¿y la imprenta? .Edia .P Yal se volvió a sentar en su jergón con una mueca. .D .Bdia Me despedí. El patrón no paraba de pedirnos horas extras y encima me quería bajar el sueldo. Lo he mandado a cazar nubes. .Edia .P Sonreí. .D .Bdia ¡Bien hecho! .Edia .P Él puso los ojos en blanco y añadió, más serio: .D .Bdia Además, Korther me ha dado un nuevo trabajo. Nada muy arriesgado pero… tendré que estar fuera de Éstergat durante un tiempo. .Edia .P Aquello me dejó patidifuso. .D .Bdia ¡No! .Edia protesté. .Bdia ¿Y yo? .Edia .P Yal se carcajeó y me devolvió una mirada burlona. .D .Bdia ¿Cómo que y tú? Korther sólo ha pagado una plaza en la diligencia, no dos, así que te quedas en Éstergat. Además, ya tienes un trabajo, que yo sepa, .Edia carraspeó. .D .Bdia ¡Ja! Ya no, .Edia aseguré. Y saqué mi diamante como un trofeo. .Bdia Lo encontré en el cuarto de un viejo que roncaba, ¡tan sencillo como eso! .Edia .D .Bdia Esconde eso, .Edia resopló Yal, echando una ojeada a la ventana. .Bdia Espera, no, dámelo. Se lo daré a Korther antes de partir. .Edia .P Se lo di y me senté junto a él en el jergón, mirando cómo seguía cosiendo. .D .Bdia ¿O sea que te vas hoy? ¿Tan pronto? .Edia .D .Bdia La diligencia parte mañana a la mañana. Bah. Cuanto antes me vaya, antes volveré. Se trata de entregar un objeto a un Daganegra de Kitra. .Edia .D .Bdia ¿Y eso dónde está? .Edia pregunté. .P Yal me miró como si le hubiese preguntado lo que era un árbol. .D .Bdia Kitra es la capital de Raiwania, sarí. .Edia .P Me golpeé la rodilla. .D .Bdia ¡Es verdad! Leí hace poco un artículo en el periódico sobre las Grandes Fiestas Kitrenses. Parece que se montan espectáculos muy grandes que hacen venir a gente de toda Prospaterra. Debe de ser impresionante. Bueno, ¿y qué objeto es ese que tienes que llevar? .Edia .D .Bdia Huh, .Edia tosió Yal, divertido, .Bdia Eso no lo voy a decir. Oye, ¿te importa ir a comprarme un bocadillo de algo? Es que tengo un hambre de dragón. .Edia .D .Bdia Yo también, .Edia apoyé levantándome de un bote. Y como vi que me tendía unas monedas, alcé una mano, solemne. .Bdia ¡No! Invito yo. .Edia .P Quité la tranca de la puerta, eché un vistazo prudente a la calle y, no viendo a ningún perro, respiré, más sereno. Fui hasta .Sm -t nomlieu La Rosa de Viento y pedí con las manos a ambos lados de la boca: .D .Bdia ¡Señor tabernero, dos bocadillos con queso! .Edia .D .Bdia ¡Enseguida, señor cantador! .Edia me replicó él, divertido. .Bdia ¿Tienes compañía hoy, eh? .Edia .D .Bdia ¡Un dragón que canta más que yo! .Edia afirmé señalándome el estómago. .P Los bebedores más cercanos se carcajearon y más de uno enarcó las cejas cuando posé la moneda de oro sobre el mostrador, y es que un guako con una moneda de oro… era sospechoso. Pero bien poco le importaba al tabernero de dónde la sacaba. Me dio los bocadillos y el cambio y me dijo: .D .Bdia Que aproveche, rapaz. .Edia .P Le saqué un bocado a mi comida y salí de la taberna muy ocupado en masticar. Cuando llegué a la Guarida, ya había terminado mi parte. .D .Bdia Diablos, ¿de .Sm -t nomlieu La Rosa de Viento ? .Edia se quejó Yal cogiendo el bocadillo. .Bdia Su pan es más seco que el polvo. Yo siempre compro las cosas en .Sm -t nomlieu Las Bailarinas . Sale más caro pero es un manjar. .Edia .D .Bdia Buah, buah. Quisquilloso, .Edia le solté. .Bdia ¡Está riquísimo! .Edia .D .Bdia Seco como la leña seca, .Edia replicó Yal, sonriente. .D .Bdia Mangaplatas, .Edia lo llamé. .P La sonrisa de Yal se ensanchó y se comió el bocadillo sin más quejas. Tras ayudarle con sus preparativos, que eran pocos, pasé la tarde con él jugando a cartas hasta que declaró que tenía que marcharse a la Fonda. Me despedí de él y, horas después, cuando regresó y me encontró tumbado boca abajo en mi jergón, releyendo .Sm -t titulo El bienaventurado vallenato Alitardo y su cordero Venidero , me echó una curiosa mirada. .D .Bdia ¿No te has movido? .Edia .P Me encogí de hombros. .D .Bdia Pues no. .Edia .P Él sonrió, se dejó caer en una silla, puso las botas sobre otra y declaró: .D .Bdia Korther ha dicho que te dará los siatos según se los vayas pidiendo y que, si te apetece, puedes comprarle material a precio reducido. Ha dicho que… .Edia Puso los ojos en blanco imitando la voz de Korther: .Bdia El rapaz tiene buena madera. .Edia .P Esbocé una sonrisa y entonces fruncí el ceño. .D .Bdia ¿Cómo voy a ir a pedirle los dorados si no sé dónde vive? No me acuerdo de dónde está la Fonda. .Edia .D .Bdia Mmpf. Está en un callejón, en la Calle del Hueso. Korther no vive realmente ahí, pero es ahí donde se le habla. Rolg te enseñará, si no lo encuentras. .Edia Jugueteó con la baraja de cartas y agregó: .Bdia Ahora que el Fal va a acabar las clases, supongo que te quedarás sin trabajo. .Edia .D .Bdia Sí, se va a Griada dentro de una semana, .Edia contesté girando una página de mi libro. .Bdia Encontraré otro trabajo. Descuida, ya me conozco los trucos. Soy Gato corrido. .Edia .P Yal no contestó. Cuando alcé los ojos, lo vi que tenía cara pensativa. Regresé a mi lectura pero apenas leí una frase antes desviar de nuevo los ojos. .D .Bdia Elassar. .Edia .D .Bdia ¿Mm? .Edia .D .Bdia ¿Cuánto tiempo vas a estar en Kirta? .Edia .D .Bdia Kitra, .Edia me corrigió. .D .Bdia Eso. ¿Cuánto tiempo? .Edia .D .Bdia Ya te lo he dicho, un tiempo. Una luna. Qué sé yo. Se tarda ya más de una semana en llegar allá en diligencia y probablemente me quede un rato en la ciudad. .Edia .P Me mordí el labio. .D .Bdia ¿Y es peligroso? .Edia .D .Bdia ¿Peligroso? Qué va. ¿El viaje? Por el Camino Imperial ya no hay casi nunca bandidos. Está muy controlado, .Edia aseguró. .Bdia Por Raiwania, ni idea. .Edia .P Me enderecé. .D .Bdia ¿Y en Raiwania hablan drionsano también? .Edia Él asintió y yo me levanté. .Bdia ¿Y podría haber monstruos que ataquen a la gente? .Edia .D .Bdia Dragones, nadros rojos, mantícoras, arpías… Nada de lo que preocuparse, .Edia contestó él con burla. .P Puse los ojos en blanco pero, aunque sabía que bromeaba, sus palabras me hicieron tomar una decisión. Me acerqué, me quité mi colgante de plata y se lo di. .D .Bdia Toma. Ya sé que eso de los amuletos es una tontería… pero te protegerá de todas formas de las mantícoras. Y te dará buena suerte. A mí me la dio cuando viajé por las montañas. Ah, pero, cuando vuelvas me lo devuelves, ¿eh? .Edia .P Yal me miraba con cara divertida. .D .Bdia Vaya, Mor-eldal. Gracias. Aunque no creo que… Bueno, de acuerdo, me lo llevaré. Gracias, .Edia repitió. .P Le sonreí. .D .Bdia De nada. .Edia .P Regresé a mi jergón y, tras constatar que Yal se ponía el colgante y lo examinaba con curiosidad, seguí leyendo a Alitardo y su cordero. Rolg regresó poco después. Lo oí hablar afuera con la vecina de enfrente, y es que, desde hacía unas semanas, teníamos a unos nuevos vecinos. El mendigo de la casa en ruinas había sido desalojado y, tras rehabilitarse la vivienda, se había instalado una anciana con su nieta y su pequeño bisnieto. Al recién nacido se lo oía berrear casi todas las noches. Sin embargo, cuando vi a Rolg entrar con unas madalenas en las manos, pensé que lo compensaba con creces la generosidad de la abuela. .D .Bdia ¿Es para nosotros? .Edia pregunté, entusiasmado. .P Rolg sonrió. .D .Bdia Quería agradecernos el haberle echado una mano la semana pasada con la mudanza. Dejadme al menos una, para que las pruebe, ¿eh? .Edia .P Las posó sobre la mesa, le di un bocado a una y solté una exclamación de placer. Me precipité hacia la puerta, la abrí y, viendo que la anciana elfa oscura estaba junto a su ventana regando unas flores, solté: .D .Bdia ¡Gracias, abuela, están muy buenas! .Edia .P Ella me contestó con un gesto de la mano y una sonrisa. Regresé a la mesa habiendo ya hecho desaparecer el resto de mi madalena y cogí otra. Entre los tres, no dejamos ni una migaja y, sentados a la mesa, pasamos una agradable velada charlando. Hablamos mucho sobre Kitra y Raiwania. Bueno, más bien ellos hablaban y yo escuchaba, porque de historia y política no tenía ni idea. Al parecer, Arkolda y Raiwania habían sido, antaño, un mismo país, pero una querella los había dividido más de medio siglo atrás. Ambas eran repúblicas parlamentarias, al contrario que el reino norteño de Tasia, donde además las razas no tenían todas los mismos derechos. Tasia era, según sabía, el vecino malquisto de ambas repúblicas: la prueba era que yo conocía varias canciones donde se los llamaba hijos de perro, tiranos e infieles, pues así como Arkolda y Raiwania rendían culto al Daglat y sus ancestros, Tasia adoraba a la Diosa de la Roca y, precisamente por ello, ansiaba retomar sus antiguas posesiones en la Roca Sagrada de Éstergat. .P Cuando Yal me pilló bostezando, sonrió y declaró: .D .Bdia Será mejor que vayamos a dormir. Además, mañana tendré que levantarme muy pronto. Si pierdo la diligencia, Korther me desoreja. .Edia .P Le dimos las buenas noches a Rolg, apagamos la linterna y, tumbados ya en nuestros jergones, le murmuré a Yal: .D .Bdia Elassar. .Edia .D .Bdia ¿Mm? .Edia .P Me mordí el labio y pregunté en voz baja: .D .Bdia ¿A ti también te encontró Rolg? .Edia .P Hubo un silencio. Recordaba que, la única vez que le había preguntado cómo se había hecho Daganegra, hacía ya mucho tiempo, Yal había eludido la pregunta. Y temía que esta vez tampoco me contestara. .D .Bdia No, .Edia dijo entonces Yal. Se giró sobre su jergón y espiró. .Bdia No. Él no me encontró. Pero me crió desde que tuve diez años. .Edia .D .Bdia ¿Entonces fue Korther? .Edia pregunté. .P Yal resopló suavemente. .D .Bdia Tampoco. No. Simplemente… mis padres ya eran unos Daganegras. Murieron intentando dar con un pretendido tesoro escondido en el Valle de Evon-Sil. La codicia los perdió, .Edia murmuró. .P Casi casi lamenté haber sido tan curioso. Tendí una mano y le apreté brevemente la suya, como para impedir que cayera en tristes recuerdos. Tras un silencio, susurré: .D .Bdia Elassar. Tienes mi collar, ¿verdad? .Edia .D .Bdia Oh. Claro, sarí, .Edia contestó él. .Bdia Si hasta me lo he puesto para no olvidarlo. No lo voy a perder. .Edia .P Asentí, sonreí, me rasqué la cabeza y cerré los ojos, deslizándome poco a poco hacia un sueño sereno. .Ch "El Cajón" .\" 03/10/2017 Cuando llegué a la mansión roja, era aún muy pronto, no habían dado las siete. Me había despertado con Yal y le había querido acompañar hasta las Puertas de Moralión para que cogiera la diligencia. Así que llegaba muy pronto y la puerta, naturalmente, estaba cerrada. Di la vuelta a la casa por el pequeño jardín que tenía, arrastrando los pies, hasta que me fijé en que el Mangaplatas estaba apoyado a una ventana del piso de arriba, con las manos a ambos lados de la cabeza. Estaba más pálido que la muerte. .D .Bdia ¿Señor Fal? .Edia solté en un cuchicheo inquieto. Me acerqué corriendo hasta abajo de la ventana. .Bdia ¿Se encuentra bien? .Edia .P Miroki meneó la cabeza y, tras una pausa durante la cual le enseñé variadas muecas de preocupación, me tiró un objeto murmurando algo tan bajo que no lo oí. Pero, cuando recogí la llave, lo entendí: me estaba invitando a entrar. Puse los ojos en blanco, me metí la llave en el bolsillo y escalé por el mismo muro hasta la ventana. .D .Bdia Espíritus, muchacho, .Edia jadeó el Mangaplatas con voz débil. .Bdia No deberías hacer eso. Es peligroso… .Edia .D .Bdia No hay cuidao, .Edia dije, ignorándolo y pasando al interior. .P Era la primera vez que entraba en su habitación. Esta era al menos tres veces más grande que la casa de Rolg, y tenía una cama con cortinajes tan ancha que hubieran cabido seis guakos en ella. Le tendí a Miroki Fal la llave que me había tirado, pero este no realizó movimiento alguno y, viéndolo tan poco reactivo, dejé la llave en su escritorio soltando: .D .Bdia Tiene cara de drogado. ¿Qué le pasa? .Edia .P Miroki Fal dio un paso vacilante y posó la mano sobre una hoja que había encima del escritorio. Espiró ruidosamente. .D .Bdia Escucha, chaval. Esto es para Rux. Quiero… que le digas que no lo rompa. Y que lo acepte. Se lo merece. Es mi testamento. .Edia .D .Bdia Tes… ¿tamento? .Edia repetí. .Bdia ¿Qué es eso? .Edia .P Miroki Fal inspiró, meneó la cabeza y, como un enfermo más muerto que vivo, se acercó a la cama. Muy lentamente, se sentó. Eché una mirada hostil hacia ese testamento y, cada vez más preocupado, di unos pasos hacia el Mangaplatas. .D .Bdia Señor Fal, ¿es que no ha dormido durante la noche? Parece como si le hubiera pisoteado un dragón. ¿Fue al teatro con la señorita Lésabeth? .Edia .P Miroki Fal sacudió la cabeza y se tumbó torpemente en su cama con una respiración precipitada que me puso en tensión. .D .Bdia Fui, .Edia graznó. .Bdia Le conté lo de mi padre. Y me mandó a la porra. .Edia .P Se pasó una mano por los ojos y, de pronto, para estupefacción mía, dejó escapar un sollozo. .D .Bdia Soy… demasiado infeliz. Todo se vuelve en mi contra. No puedo más, pequeño. Soy un des… gr-graciado, .Edia tartamudeó. .P Lo contemplé, anonadado, sin tener la menor idea de cómo reaccionar a eso. El Mangaplatas estaba enamorado, iba a acabar las clases, ¡y se ponía a llorar! .D .Bdia Acércate, Draen, .Edia prosiguió. Pese a mí, me acerqué y él me agarró por la muñeca con más fuerza de la que le hubiera creído capaz en ese estado. Murmuró: .Bdia Siéntate, pequeño. Actúa como el niño pobre e inocente que encontró al Caballero Lino en el campo de batalla y escucha mis últimas palabras. Yo, Miroki Fal, renuncio a esta vida de prisión y soledad. Estoy solo. Nunca he estado más solo. Lésabeth me ha abandonado. Tengo amigos, pero ellos también están atados a su familia, a su linaje, y un día serán dueños que dejarán de soñar. Para ellos, nuestras conversaciones artísticas jamás dejarán de ser ilusiones en el viento, fantasías de la juventud. Algún día sus padres les pedirán que se casen y no les darán elección. Y si yo fuera como ellos me casaría con Amelaida Arym, aseguraría el futuro de la familia, haría negocios con mi padre, visitaría mis tierras… .Edia Su pecho se contrajo bruscamente. .Bdia Pero yo no quiero una vida así, .Edia sollozó. .Bdia Así que, .Edia continuó retomando el aliento, .Bdia esta es mi elección. Mi padre cree que puede hacer lo que quiere conmigo. Pero se equivoca. No puede hacer nada con un hijo muerto. Odio la muerte, .Edia murmuró. .Bdia Pero odio más a mi padre. .Edia .P Me estremecí de horror, entendiendo que aquello iba realmente en serio. Por un momento, quise dar un tirón, liberarme y salir de ahí corriendo. Me rebullí nerviosamente, sentado en el borde de la cama. .D .Bdia Señor Fal, .Edia dije. .Bdia ¡Señor Fal! ¿Pero qué está diciendo? Usted no quiere morir… .Edia .D .Bdia Ya estoy muriendo, .Edia me cortó él con voz decaída. .Bdia Me tomé un buen vaso de jaodaria. No debe de quedar mucho más de unos minutos para que empiece a hacer efecto de verdad. .Edia .P Su sollozo se tornó en carcajada baja. Yo me había quedado lívido. Sabía lo que era la jaodaria. La planta crecía en el valle y mi maestro me había enseñado a reconocerla y a evitarla: era mortalmente venenosa. Inspiré hondo. Tenía ganas de gritar socorro. Tal vez adivinándolo, el Mangaplatas añadió con calma: .D .Bdia Nada puede ayudarme ya. No hay antídoto para la jaodaria. .Edia .P Sentí mis ojos llenarse de lágrimas. ¡Era todo tan absurdo! Un enfado natural me invadió. .D .Bdia ¡Isturbiao! .Edia lo insulté. .Bdia ¡Veinte mil veces isturbiao! .Edia .P Miroki sonrió débilmente. Sus ojos no brillaban de locura, sino más bien de una triste resignación. .D .Bdia Piensa en mí de vez en cuando, pequeño, .Edia murmuró. E inspiró de golpe. Le devolví una mirada horrorizada mientras él boqueaba: .Bdia Ya la noto. Noto la muerte que viene. Al fin. Amaba la vida, Draen. La amaba. Ojalá hubiera nacido muy lejos de aquí. Ojalá no fuera todo tan complicado. Ojalá. .Edia .P Poco a poco, sus brazos empezaron a perder fuerza. Su mano me soltó la muñeca y cayó pesadamente sobre el colchón. .D .Bdia Cobarde, .Edia farfullé. .Bdia Es usted un maldito cobarde, señor Fal. ¡Haberle dicho a su padre que se fuera a sacarle huesos a un árbol! Señor Fal, .Edia repetí en tono de súplica. .P Su respiración se volvió cada vez más irregular. Se iba a morir, entendí. Se iba a morir de verdad. .D .Bdia Desmorjao mil veces… Esto no te lo perdono… .Edia siseé en caéldrico. .P Temblando un poco, me senté en la cama y posé mis manos sobre su pecho. Me concentré. Mi maestro nakrús decía que la jaodaria se propagaba en el cuerpo lentamente pero que nada podía pararla. Excepto, tal vez, la energía mórtica. Él la había parado una vez en que yo, siendo muy niño y muy tonto, había estado a punto de morir por culpa de una planta de esas. Quedaba por saber si yo sería capaz de hacer lo mismo. Saqué energía de mis huesos y se la transmití a Miroki. Modulé también su propia energía mórtica, la transformé en jaipú y me dediqué a neutralizar los cuerpos intrusos mientras trataba de recordar las lecciones de mi maestro. No era nada fácil. Neutralizaba las partículas letales, pero me daba la impresión de que siempre salían más y más y, en un momento, me desesperé: .D .Bdia Es imposible… Que se me muere. Que se me muere el Mangaplatas, diablos, elassar, ayúdame… .Edia .P Seguí incansablemente hasta que temí que mi tallo energético se quedara demasiado consumido por tanto sortilegio. Me aparté con el corazón helado y reventado. Tampoco iba a quedarme apático por un mangaplatas, por muy simpático que fuera. Dejé escapar todo el aire de mis pulmones y hundí la cabeza en la suave almohada. Ahora lo único que me apetecía era salir de ahí corriendo. Nada de lo que había hecho había servido. Había gastado mucha energía y me sentía exhausto. Abrí los ojos tras largo rato y me encontré con el rostro cadavérico de Miroki. Se me escapó un sollozo. Lo abracé y recité en caéldrico: .Bl -t verse .It La muerte nos ama a todos, .It muertovivientes y vivos, .It y hasta su hogar nos arrastra .It con abrazos compasivos. .El .P Tardé un buen rato en darme cuenta de que el noble seguía respirando. Con cierta dificultad, pero no tanta como antes. Estaba aún sumido en un estado de media inconsciencia, pero… todo parecía indicar que se iba a salvar. No podía creérmelo. Con el corazón desbocado por la esperanza, verifiqué mis impresiones y suspiré al fin de verdadero alivio. .D .Bdia La madre que te trajo, mangaplatas, .Edia le solté. .P Me levanté de un bote y, como él parpadeaba, alelado, me alejé hasta el escritorio y cogí el papel del testamento. .D .Bdia ¿Ve este papel, señor Fal? ¿Lo ve? .Edia .P Se lo desgarré ante sus ojos y un leve estremecimiento me informó de que se había dado cuenta de lo que había hecho. .D .Bdia Para que lo sepa, señor isturbiao, .Edia le dije con voz seca. .Bdia Si quiere volver a matarse, antes tendrá que ponerse bueno para volver a escribir el testamento. Y ahora me voy y no vuelvo, que usted está majara y hasta que no sepa razonar y se case con Lésabeth no le vuelvo a decir salú. .Edia .P Dejé caer el testamento, escupí encima y salí por la ventana antes de que el Mangaplatas lograra reaccionar. Corrí como una ráfaga calle abajo y pronto dejé los barrios ricos atrás, y con la intención de no volver ahí más que para sacarles plata y nada más. Fiambres. Era contrariante tener que despedirme del Mangaplatas de esa forma. Sobre todo porque, en el fondo, me caía bien. Pero, espíritus, yo no estaba preparado para tratar con gente así, con ideas tan extravagantes. Le había salvado la vida, no podía quejarse. Ya me había dado suficiente susto como para que fuera a salvársela una segunda vez. .P Caminé por la Explanada y miré a la gente, invadido por una tensión que no lograba eliminar del todo. Me senté en un rincón, entre dos tenderetes vacíos, me abracé las rodillas y hundí el rostro entre estas. Poco a poco, me fui calmando y eché a un lado cualquier pensamiento que tuviera que ver con los mangaplatas y los magos. .D .Bdia Manras y Dil, .Edia murmuré. .P A esos sí que tenía que ayudarlos. Y a Yerris, estuviera donde estuviera ese pozo. Y una cosa me había quedado clara: de nada servía espiar el refugio noche tras noche. Esta vez tenía que entrar en él. Inspiré hondo. Si me había metido en la Bolsa de Comercio y en las residencias del Conservatorio, podía también meterme en el antro de una banda del Laberinto, ¿no? .P Alcé la vista y paseé la mirada por la Explanada. Ya empezaba a haber más gente, las tiendas abrían y la ciudad de los diurnos se desperezaba poco a poco. Vi pasar una pandilla de niños que se dirigía a la escuela con sus mochilas. Y a otra que arrastraba los pies, cerca del Capitolio, esperando la hora del templo para ir a mendigar o «mangar» como decían. Cuando me crucé con la mirada de un agente que pasaba por ahí, espabilé, me levanté y me alejé. Bajé la Avenida de Tármil y me metí en los Gatos. Fui a la Guarida, pero o bien Rolg había salido o seguía durmiendo, así que tomé la dirección de la Calle del Hueso sin su ayuda con la intención de ir a pedirle a Korther una ganzúa. Tratando de recordar algún detalle, me hice todos los callejones de la calle antes de elegir el que, según creía, se parecía más al que había visto aquella noche. Tras una vacilación, llamé a la puerta, me alejé de unos cuantos pasos y me escondí detrás de un barril. Para decepción mía, nadie abrió la puerta. Suspiré e iba a dar media vuelta cuando una mano me agarró del pescuezo. .D .Bdia ¿Qué haces aquí, bergante? .Edia .P Me tensé y, en cuanto me soltó, me giré para echar a correr, pero entonces reconocí el rostro de Alvon, el mentor de Yerris. Bueno… más bien el .Sm antiguo mentor. Seguía llevando exactamente la misma ropa, con su capa azul, su sombrero rojo y sus botas verdes. Desde luego, no respetaba esa norma de discreción de los ladrones de la que me había hablado Yal. .D .Bdia Señor, .Edia dije. .Bdia Busco a Korther. .Edia .P La mirada terrible que me lanzó Alvon me hizo dar un paso hacia atrás. .D .Bdia ¿Quién eres tú? .Edia .P No me había reconocido, entendí. .D .Bdia Soy Draen. El amigo de Yerris. ¿No se acuerda de mí? .Edia .P En cuanto pronuncié el nombre del Gato Negro, supe que había metido la pata. Alvon me agarró por la camisa y me arrojó fuera del callejón gruñendo: .D .Bdia ¡Fuera de aquí! Korther no está. .Edia .P De nuevo estable sobre mis pies, lo miré con una mezcla de contrariedad y aprensión. Su expresión cerrada me invitó a retroceder e irme de veras. Caray. Teniendo un mentor así, casi era de extrañar que Yerris no lo traicionara de buena gana. Bueno, vale, tal vez exageraba, y encima el Bravo Negro no parecía ser mejor persona para nada pero, diablos, ahora me daba cuenta plenamente de la suerte que tenía de tener a Yal como mentor. .P En fin, ya que no tenía ganzúa, de alguna otra forma me las tendría que arreglar. Bajé la cuesta y no me detuve hasta llegar a una callejuela ya profundamente metida en el Laberinto. Una vez ahí, trepé por la fachada irregular de una casa y pasé a un balcón, luego a otro más alto y, sin preocuparme por las miradas que me echaron algunos Gatos instalados en las terrazas, fui recorriendo estas hasta que me situé justo sobre el corredor del refugio de Warok. El sol aún no había ascendido lo suficiente como para iluminar los barrios ricos, pero en los Gatos la luz amanecía al mismo tiempo que el alba y pude ver las nubes extenderse a lo lejos. Las que venían del suroeste tenían mala pinta, mi maestro me había enseñado a reconocerlas y auguré que pronto se pondría a llover a cántaros. .P No me equivoqué: se puso a diluviar. Mientras tanto, yo bajé al callejón, di varias vueltas por la zona, me refugié en el umbral de una casa y saludé a algún Gato que, por verme todas las tardes rondando por ahí, empezaba a tenerme por conocido. Había pasado ya casi toda la mañana cuando volví a subir a mi terraza, que me servía de atalaya de espionaje. El cielo aún estaba muy oscuro, pero tan sólo caía ya una llovizna y, hundido y embarrado como estaba, poco podía hacerme esta ya. .P Me estaba asomando al borde para observar el callejón cuando oí un ruido detrás de mí. .D .Bdia Te mueves y te atravieso, .Edia me dijo una voz. .P Me paralicé, preguntándome qué significaba exactamente eso de «te atravieso». .D .Bdia Date la vuelta, .Edia ordenó. .P Obedecí y el miedo subió diez peldaños de golpe cuando vi a Warok. Llevaba un artilugio extraño entre las manos. No alcancé saber lo que era, pero sin duda era peligroso. .D .Bdia ¡Bueno! Así que el pequeño Daganegra quiere hacerle compañía al grande, ¿eh? .Edia se burló Warok. .Bdia Llevas rondándonos desde hace un buen rato. Empiezas a sacarme de quicio. ¿Te manda tu cofradía? .Edia .P Tragué saliva y negué con la cabeza. .D .Bdia ¿Qué es eso? .Edia pregunté, haciendo un gesto con la barbilla hacia el arma del elfo oscuro. .P Este sonrió feamente. .D .Bdia ¿Que qué es esto? Una ballesta, shur. ¿Ves el virote? Bueno, pues si disparo, te atraviesa la garganta y te mata. Si sales corriendo, te mata. ¿Entiendes? .Edia .P Asentí nerviosamente. .D .Bdia No correré, lo juro, .Edia prometí. .Bdia ¿Sosque habéis metido a Yerris? .Edia .P El elfo oscuro meneó la cabeza. .D .Bdia ¿De verdad quieres saberlo, shur? .Edia .P Dio un paso hacia delante y me estremecí al ver acercarse el virote con él. .D .Bdia ¿Tienes miedo, eh, shur? .Edia .P Sus ojos verdes me observaban como si estuvieran evaluándome. Mi mirada alternaba entre su rostro, el virote y un punto de escapatoria que no paraba de cambiar. Pero, fiambres, ¿cómo iba a escapar teniendo a la muerte encima? .D .Bdia Vas a seguirnos sin armar escándalo, .Edia dijo Warok. .Bdia Y así podrás ver a Yerris. ¿Te parece? Te lo dije, shur, .Edia añadió cuando yo asentí en silencio. .Bdia Sólo los prudentes sobreviven en el Laberinto. .Edia .P Sentí esta vez el arma tocarme la mejilla y desvié la mirada, tensando la mandíbula. Interiormente, pensaba: no me mates, no me mates… Y seguramente se veía en mi expresión mi súplica silenciosa porque, de reojo, capté un destello maliciosamente burlón en los ojos de Warok. .P Guiándome con su ballesta, me hizo bajar por las escaleras del edificio. Pasamos delante de un hombre dormido y desembocamos en el callejón. Warok no abrió la puerta donde había visto yo desaparecer a Manras y Dil. Abrió otra, más al fondo. Me hizo pasar adentro y me acercó el virote de tal forma que me apresuré a entrar, caí de bruces en el interior y me raspé las rodillas. .P Una vez, el otoño pasado, cuando vendía periódicos, un tipo me había llamado golfo escandaloso y me había dado tal empujón que me había hecho tirar todos los periódicos y empotrarme contra un farol. Desde entonces, había aprendido que de esos tipos había muchos y los había clasificado de antipáticos. Pues bien, aquel día aprendí que los antipáticos no eran ni mucho menos tan terribles como los desalmados. .P Recibí una patada en el costado y Warok me ordenó: .D .Bdia Levanta. .Edia .P Cómo no iba a levantarme con la ballesta apuntándome a la cabeza. Sin embargo, el miedo tetanizante comenzaba a dar lugar a un pánico más insensato y farfullé: .D .Bdia Por favor, Warok, no lo hagas. Déjame marchar. ¡Por favor! .Edia .D .Bdia A callar, .Edia tonó. .P Cerró la puerta, posó la ballesta y me agarró de un brazo con una mirada de esas que decían: ni te atrevas a hacerme una jugarreta. Lo vi sacar una cuerda y me acorraló contra el muro con una mano firme. Yo estaba pensando en soltarle una descarga de energía mórtica, pero ¿y si no funcionaba? La única vez que lo había utilizado había sido para asustar a un lince. Warok no creo que fuera a asustarse por una descarga, más bien se enfadaría y acabaría por usar ese virote. A menos que soltara una descarga de verdad, muy fuerte, tal vez… El miedo superó la razón y amasé tanta energía mórtica como pude, esperando que mi tallo energético aún no del todo repuesto no se consumara. Solté la descarga a través de las manos que me maniataban y lo oí emitir un ruido atragantado. Cayó sobre mí. ¿Inconsciente? Eso parecía. Lo malo era que mis manos ya estaban atadas. Con presteza, las pasé por delante, me agaché cerca de la ballesta y le quité el virote antes de abrir grande la puerta y salir de ahí tan rápido como pude. Llegué a la boca del callejón, subí torpemente por la escala, esquivé a una mujer que llevaba una gran cesta de ropa y corrí a toda prisa, tratando al mismo tiempo de deshacer el nudo. Tan sólo lo conseguí cuando, ya lejos del odiado callejón, me paré en un rincón de la Plaza Lana y usé alternadamente el virote y mis dientes para acabar con la cuerda. Al fin liberado, rompí el virote con rabia y salí corriendo hacia la Guarida. Warok sabía dónde vivía. Y por eso mismo volvía a casa a avisarle a Rolg. Tenía que decirle que había unos locos que me andaban buscando y… tal vez él pudiese aconsejarme. Tal vez los Daganegras pudiesen echarme una mano. Ojalá el viejo estuviera en casa… .P Subí las escaleras de madera con precipitación, empujé la puerta y exclamé: .D .Bdia ¡Rolg! .Edia .P Me abalancé hacia la puerta de la habitación y, sin pensarlo, giré la manilla diciendo: .D .Bdia ¡Rolg, por favor, tienes que ayudarme! .Edia .P Para asombro mío, cuando la empujé, la puerta se abrió. Y me quedé boquiabierto. Gracias a la luz que venía de la otra habitación, vi claramente al viejo elfo, acurrucado junto a la cama. Su rostro tenía largas marcas negras sobre la piel que se dilataban y contraían con rapidez, sus ojos eran rojos brillantes y sus dientes… sus dientes estaban tan afilados como los de un lince. Me recordó a uno de esos monstruos que aparecían en los cuentos de terror de .Sm -t journal La Gaceta . Y enseguida recordé también lo que me había contado una vez mi maestro nakrús. Me había hablado de un pueblo de saijits mutantes cuyo jaipú estaba desatado de tal forma que eran capaces de transformarse en… algo muy parecido a lo que veían mis ojos en aquel instante. Drasits, los había llamado. Y decía que algunos saijits los llamaban demonios. .Bparoles Muchos nos odian más que a los saijits normales, .Eparoles me había revelado mi maestro con tono de contador. .Bparoles Los demonios rinden culto a la vida y, para ellos, la nigromancia es la peor aberración del mundo. .Eparoles Y he aquí que me encontraba cara a cara con uno de ellos. Pero, pese a todo, seguía siendo Rolg, ¿verdad? .P Mirándolo, fascinado, dejé escapar todo el aire de mis pulmones y solté un tímido: .D .Bdia ¿Rolg? .Edia .P Rolg se levantó a medias, como si le costara ponerse recto, emitió un gruñido gutural y rugió: .D .Bdia ¡No te acerques! Márchate… Márchate y no digas nada o… .Edia .P No acabó la amenaza, se llevó las manos cada vez más negras a la cabeza, sus dientes se afilaron aún más y hasta creí ver su rostro cambiar de forma. Emitió otro gruñido animal y siseó: .D .Bdia ¡Márchate y no vuelvas! .Edia .P Con una extraña agilidad, se abalanzó hacia mí. No me dio tiempo más que a abrir los ojos como platos de terror antes de que Rolg cerrara la puerta de su cuarto con un golpe seco. Lo oí atrancarla desde dentro y no me lo pensé más: salí de ahí corriendo y con la impresión de estar viviendo una pesadilla. Primero lo de Miroki Fal y su testamento, luego lo de Warok y su ballesta y ahora venía Rolg, olvidaba atrancar su puerta, me enseñaba los dientes ¡y me echaba! .D .Bdia Sabía que escondía algo, .Edia dije mientras caminaba calle arriba aún temblando un poco. .Bdia ¡Lo sabía! .Edia .P Lo que no entendía era por qué me había echado de esa forma. Vale, se suponía que un demonio era una criatura horrenda, un ser que no gustaba a los saijits corrientes… algo, en definitiva, tan peligroso como ser un nakrús. Y, además, esta vez, quizá fuera un ser peligroso de verdad a juzgar por cómo Rolg parecía tener dificultades para controlarse. Sus palabras todavía retumbaban en mi cabeza: ¡márchate y no vuelvas! Precisamente ahora que Yal se había ido de Éstergat. ¿Lo sabría Yal? ¿Sabría que el elfo que lo había estado hospedando desde hacía siete años era lo que los saijits llamaban un demonio? Un demonio, me repetí, incrédulo. Lo que me faltaba. Si de verdad los demonios odiaban a los nigromantes, fiambres la suerte que había tenido en no haber abierto demasiado la boca el año pasado. Sólo esperaba que Yal guardara bien el secreto de mi mano esquelética… .P Resoplando, alcé mi mano derecha hacia mi pecho, ahí donde había estado colgando durante años y años mi collar de plata, pero tan sólo encontré los latidos precipitados de mi corazón. No me cabía ya duda de que, al quitarme el colgante, el Espíritu de la Mala Fortuna me había echado el mal de ojo. .P Como no sabía adónde ir, fui a .Sm -t nomlieu La Rosa de Viento . Me acerqué al mostrador, me senté en uno de los taburetes y dije: .D .Bdia Señor tabernero, el menú del día. .Edia .P Era alrededor de mediodía ya y el local estaba lleno. Varias miradas se giraron hacia mí, como sorprendidas. El tabernero no me miró con menos extrañeza, pero me sirvió de todas formas un plato de gachas con un panecillo. Le pagué y me puse a comer en silencio, oyendo sin escuchar el tranquilo bullicio de la taberna. Acabé, me limpié con la manga los morros y me deslicé abajo del taburete. .D .Bdia ¡Hey, rapaz! .Edia me llamó el tabernero, asomando su gran cabeza barbuda por encima del mostrador. .Bdia ¿Qué te pasa? ¿No nos vas a cantar algo hoy? .Edia .P Me encogí de hombros. .D .Bdia Es que… hoy es un día raro, .Edia dije. .D .Bdia ¡Anda! ¿No me digas que estás desanimado? .Edia se inquietó el tabernero. .P Un tipo pelirrojo llamado Yarras intervino: .D .Bdia Hasta los más aguerridos pueden estarlo algunas veces. Vamos, pequeño, cuéntanos qué te pasa. ¿No te habrá trincado la moscardía? .Edia .P Negué con la cabeza. .D .Bdia No, no es eso. .Edia .P Me fijé en que ahora más de una mesa escuchaba. Y es que debían de preguntarse qué podía haber desmoralizado al cantador diario de .Sm -t nomlieu La Rosa de Viento . .P Yarras frunció el ceño. .D .Bdia Ya veo. ¿Líos con alguna banda, eh? .Edia .P Hice una mueca y asentí. .D .Bdia Y muy gordos. .Edia .P Resuelto el mayor misterio, la gente se interesó de nuevo por la comida. Al fin y al cabo, ¿qué guako no había tenido problemas con alguna banda? Sin embargo, en vez de desinteresarse de mi caso, Yarras me hizo una señal para que me acercara. Y me acerqué. Y es que aquel pelirrojo era de mucha escuela porque, según había oído, era el defensor de La Blanca, la matrona de la casa pública más famosa de los Gatos, .Sm -t nomlieu La Llama Azul . En fin, que no era cualquier Gato y de trucos de supervivencia sabía mucho. .D .Bdia Una pinta para el chaval, .Edia dijo. .Bdia Pago yo, .Edia añadió. .P Me dio el tazón y fuimos a sentarnos a una mesita apartada. Los ojos de Yarras me observaron por encima de su propia taza. .D .Bdia ¿Y bien? ¿Para quién trabajas? .Edia .P Fruncí el ceño. .D .Bdia Para nadie. .Edia .P Yarras levantó los ojos al cielo. .D .Bdia Pues claro. De modo que eres un solitario, te sacas dorados, comes como un mangaplatas y no tienes banda. ¿Cabal? .Edia .D .Bdia Cabal, .Edia dije. .D .Bdia Mmpf. Esa es una posición peligrosa, shur. Y no me la acabo de creer. ¿No tienes amigos? .Edia .P Me mordí el labio y asentí en silencio. .D .Bdia Sí tengo. Vendía periódicos con ellos. Pero ya no. .Edia .P Yarras se ensombreció. .D .Bdia Vaya. ¿Se escachufaron? .Edia .P Negué con la cabeza. .D .Bdia No, no, están vivos. O… eso espero. Pero no los dejan salir. .Edia .P Vacilé, lo miré a los ojos y de pronto un recelo natural me invadió. ¿Y si Yarras era en realidad un Ojisario? El trago de cerveza que me había tragado me supo súbitamente muy amargo. .D .Bdia Hey, chaval, .Edia me dijo Yarras. .Bdia ¿Estás bien? .Edia .P Tragué saliva y asentí. .D .Bdia Dime, Yarras, .Edia murmuré. .Bdia Tú no eres un Ojisario, ¿verdad? .Edia .P Yarras agrandó los ojos. .D .Bdia Por las barbas del Santo Espíritu Patrón, .Edia dejó escapar en un susurro. .Bdia ¿Tienes problemas con los Ojisarios? Vaya, eso sí que es tener mala pata. Eso no es una banda cualquiera, chaval, es la banda del Bravo Negro. .Edia .P Suspiré con alivio al saber que Yarras, al menos, era buena gente. Me miró con los ojos entornados y se inclinó sobre la mesa. .D .Bdia He oído decir que ese tipo está montándose en el oro. ¿No sabrás tú algo de eso? .Edia .P Sacudí la cabeza. .D .Bdia No. Sólo sé que esos tipos cogieron a un amigo mío a finales de invierno. Y que pillaron a dos de la banda del Raudo hace unas semanas. Y que a mí casi me pillan hoy. .Edia .P Yarras me miró con interés. .D .Bdia ¿Te escapaste? Bien hecho, .Edia me encomió. .P Le devolví una pálida sonrisa, porque no me sentía como para gritar victoria todavía. Yerris seguía metido en ese «pozo» y mis comparsas… a saber. .P Yarras puso cara pensativa. .D .Bdia Dime. ¿Tienes refugio seguro? .Edia .P Hice una mueca y negué con la cabeza. Ya no lo tenía. .D .Bdia Mm. Mira, lo único que puedo hacer es darte un consejo. Búscate una banda. Una buena, que te proteja. Si sigues actuando solo, te veo con un futuro muy negro, hijo. .Edia .P Asimilé el consejo y lo miré con expectación. .D .Bdia ¿Tú tienes banda? .Edia pregunté. .P Yarras esbozó una sonrisa, divertido. .D .Bdia Por así decirlo. Aunque más bien es una red de amigos. .Edia Marcó una pausa. .Bdia ¿Conoces .Sm -t nomlieu El Cajón ? .Edia .D .Bdia Sé dónde está, pero nunca entré, .Edia confesé. .D .Bdia Una lástima, es la mejor taberna de los Gatos, pero no se lo digas a este, .Edia bromeó, haciendo un breve gesto elocuente hacia el tabernero de .Sm -t nomlieu La Rosa de Viento . .Bdia Mira. Si de aquí a la noche no encuentras una banda, pásate por ahí. No te prometo nada, pero a lo mejor hay alguno interesado en escuchar historias sobre los Ojisarios. La información vale oro, .Edia me susurró con una sonrisilla. .P El pelirrojo acabó su cerveza, se levantó y me dio una palmada en la espalda que me empotró contra la mesa. .D .Bdia Cuídate, cantador. .Edia .D .Bdia Salú, Yarras, .Edia resoplé, retomando la respiración. Lo vi saludar al tabernero y salir de .Sm -t nomlieu La Rosa con andar tranquilo. Tras unos instantes, me acabé la cerveza, pasé ante el mostrador para devolver el tazón y solté: .P .Bl -t verse .It ¡Espíritu de Pasióoooon! .It Condenado estoy .It por una tórtola amiga, .It ¡condenao de loco amoooor! .El .P El tabernero se carcajeó. .D .Bdia ¡Ahí nos vuelve el cantador de verdad! .Edia .P Le sonreí, le dije ¡salú! y me fui con el mismo andar tranquilo de Yarras, el rufián de La Blanca. Seguí su consejo: fui en busca de Slaryn y su banda. Estaba seguro de que ella me aceptaría. El problema era que probablemente su refugio se encontrara en el Laberinto y que era aún más probable que yo no diera con él antes de que viniera la noche. .P Manteniéndome tan alejado como podía del refugio de Warok, me paseé por el Laberinto de corredor en corredor. La mayoría de la gente con la que me cruzaba apenas me echaba una ojeada o ni siquiera, pero otros me miraban pasar con tal descaro que me pregunté si Rolg no me había contagiado sus marcas negras. Sin embargo, cuando llegué a la Plaza Lana, eché un vistazo al agua de un gran charco y me vi normal. Bueno, ya era algo. .P Como iban pasando las horas y el sol se iba poniendo, perdí la esperanza y tomé la dirección del .Sm -t nomlieu Cajón . .P El Laberinto ahora estaba más movido. Bullía de vida. Los Gatos que salían durante el día a ganarse el pan regresaban todos con más o menos alegría, algunos en pandillas, otros solos. Brillaban luces detrás de algunas ventanas, detrás de otras sólo se veía oscuridad, pero no significaba que las casas estuvieran vacías ni mucho menos. Pasé delante del refugio de pandillas de guakos que se preparaban para dormir, pero no me atreví a acercarme porque… caer en una banda, así, sin conocerla para nada, podía crearme más problemas de los que tenía ya. .P Llegaba a la calle de la taberna cuando oí un ruido detrás de mí y vi una sombra moverse. Sin más dilaciones, salí corriendo hacia la puerta de la taberna, la abrí y la cerré antes de fijarme en el interior. No era muy grande, hacía calor, brillaban dos linternas y las mesas estaban todas ocupadas. Reinaba un bullicio de vozarrones; olía a alcohol y sudor; y sobre las mesas, no se veían apuestas de plata, sino de oro. .P Mi entrada no había atraído mucha atención y avancé hasta el mostrador, mordiéndome las uñas de mi mano izquierda y mirando a mi alrededor. Buscaba a Yarras. No lo encontré y di varias vuelta sobre mí mismo hasta que, de pronto, la puerta se abrió y apareció el pelirrojo. .D .Bdia ¡Salú la compañía! .Edia soltó. .Bdia Hola, Sham. .Edia .D .Bdia Hola, truhán, .Edia le contestó el tabernero con inequívoco afecto. Este era un elfo oscuro de pelo morado, ojos azules muy claros y piel azulada casi tan negra como la de Yerris. .Bdia ¿Qué te pongo? .Edia .D .Bdia Radrasia, .Edia contestó Yarras. Al acercarse, se fijó en mí y sonrió. .Bdia Vaya, vaya. Así que no has encontrado banda, ¿eh? .Edia .D .Bdia ¿Conoces al muchacho? .Edia preguntó el tabernero. Sin duda, él había reparado en mí, pero ahora me miró con más interés. .D .Bdia Y cómo no lo voy a conocer, .Edia dijo Yarras, apoyándose en la barra. .Bdia Este guako pasa por .Sm -t nomlieu La Rosa todos los días y a veces nos canta un cuplé como los Niños Cantadores de Soshira. El muchacho va para pregonero, créeme. Por desgracia, le han salido aguijones por el camino y le he dicho que se pasara por aquí. .Edia .D .Bdia ¿Qué tipo de aguijones? .Edia inquirió un viejo. .P Seguía habiendo ruido en la pequeña taberna, pero ya no tanto. Paseé una mirada por los rostros y, como Yarras parecía esperar a que contestara yo, dije: .D .Bdia Los Ojisarios. .Edia .P Esta vez, todos callaron. Yarras esbozó una sonrisa. .D .Bdia Aguijones gordos. Dice que los Ojisarios capturaron a unos amigos suyos. Me pregunto por qué andan capturando a los guakos. .Edia .D .Bdia ¡Bah! Los estarán enflaqueciendo para mandarlos a mendigar, .Edia sugirió uno. .Bdia No hay que buscarle tres pies al gato. .Edia .D .Bdia ¿Y tienen tal ejército de mangantes que tan bien le va al Bravo Negro? .Edia replicó Sham, el tabernero, escéptico. .Bdia Aquí hay gato encerrado. .Edia .D .Bdia Nunca mejor dicho, .Edia sonrió Yarras. .Bdia Y estoy seguro de que nuestro pequeño invitado sabe algo. A él también intentaron capturarlo. Y se escapó. .Edia .P Varios hicieron una mueca. Y yo hice otra. .D .Bdia No sé nada, .Edia dije. .Bdia Yo sólo quería ir a salvar a mis amigos. .Edia .D .Bdia Y un buen chico, encima, .Edia encomió el viejo de antes. .Bdia Ven aquí, chaval. ¿Cómo te llamas? .Edia .D .Bdia Draen, .Edia contesté. .D .Bdia Draen. Dime, ¿te metiste en el territorio de los Ojisarios? .Edia .P Asentí y oí algún resoplido y comentario alabando mi estúpida valentía. .D .Bdia ¿Qué viste? .Edia preguntó el viejo. .P Me encogí de hombros. .D .Bdia No sé. Llevo unos días rondando por ahí. Y hoy… Warok me apuntó con una ballesta y me dijo que estaba harto de que los espiara y me bajó hasta el corredor y me… .Edia Callé y, recordando que no tenía que hablar de la descarga mórtica, me volví a encoger de hombros y concluí: .Bdia Y me escapé. .Edia .D .Bdia Y llevando él una ballesta… Impresionante, .Edia dijo el viejo. .Bdia ¿Cómo decías que se llamaba ese tipo? .Edia .D .Bdia Warok, .Edia dije. .D .Bdia Mm. ¿Conoces a alguno más? .Edia .P Asentí con la cabeza y, ante la mirada atenta de todos, recordé las palabras de Yarras y dije: .D .Bdia La información vale oro. .Edia .P El viejo puso los ojos en blanco y sacó un siato de su bolsillo. .D .Bdia Esto si me dices todo lo que recuerdas. ¿Corriente? .Edia .D .Bdia Y muy corriente, .Edia dije. .Bdia Tif, Lof, Adoya. Y el Bravo Negro. Son todos los nombres que conozco. Tif es un tipo grandote, un caito rubio, de unos dieciocho años y cara de isturbiao. A Lof nunca lo he visto. Adoya es un humano blanco, pelo castaño, bastante grande, con un montón de perros malos. Sé que hay más, pero sólo conozco a esos. .Edia .P El viejo me miraba con cara pensativa. .D .Bdia Bien. Y dime, ¿cómo sabes que tus amigos capturados siguen vivos? .Edia .P Palidecí. .D .Bdia Están vivos, .Edia afirmé. .D .Bdia Sí, pero ¿cómo lo sabes? .Edia insistió el viejo. .P Parpadeé. .D .Bdia Oí… oí a Warok detrás de la puerta. Lo oí hablar de un pozo. Ahí metió a un compañero suyo. Warok es un Espíritu del Mal. Uno de verdad. .Edia .D .Bdia Un pozo, .Edia murmuró el viejo. .D .Bdia ¿Un pozo? .Edia repitió un elfo que llevaba sobre él más armas que dientes. .Bdia Si de verdad lo metió en un pozo, a lo mejor es una linda forma de decir que lo mató. .Edia .P Lo fulminé con la mirada. .D .Bdia ¡No lo mató! ¡Yerris está vivo! .Edia .P No me escucharon: los parroquianos se pusieron a conversar y yo me quedé con la impresión de haber hablado para nada. Vale, al menos se interesaban un poco por los Ojisarios, pero bien notaba yo que no estaban dispuestos a arriesgar nada para ayudarme. Recogí el siato sin levantar queja alguna del viejo y, tras ver a Yarras y al tabernero sentarse a la mesa de este, enfrascados en una conversación llena de conjeturas sobre la relación entre ese pozo y la nueva riqueza del Bravo Negro, me alejé, permanecí un rato más dando vueltas y, como nadie me hacía caso, me dije: al diablo con los cotillas. Abrí la puerta y me marché. .P En cuanto llegué al final de la calle oscura y silenciosa, sentí revivir mis instintos de presa al acecho. .D .Bdia ¡Hey! ¡Hey, rapaz! .Edia me dijo una voz detrás. Me giré y, en la oscuridad, vi a Yarras acercarse. .Bdia ¿Adónde vas? .Edia .D .Bdia No lo sé, .Edia confesé. .D .Bdia Mm. Bueno, .Edia me dijo el rufián. .Bdia Ya sabes, si tienes alguna cosa interesante, te vienes por .Sm -t nomlieu El Cajón , siempre hay algún curioso dispuesto a dar monedas. .Edia .D .Bdia Pero yo no quiero monedas, .Edia protesté. .Bdia Yo quiero que los Ojisarios liberen a mis amigos y me dejen tranquilo. .Edia .P Lo oí carraspear por lo bajo. .D .Bdia Ya. Lo sé, chaval. Mira, escucha, .Edia dijo, posando una manaza paternal sobre mi hombro. .Bdia Que hayas intentado salvar a tus amigos demuestra que eres un buen guako, con un gran corazón. Los verdaderos amigos son como hermanos: das tu vida por ellos. Pero… cuando ya la han dado ellos antes, no puedes hacer nada, ¿me entiendes? Nada. Vamos, .Edia me palmeó el hombro mientras a mí se me llenaban los ojos de lágrimas. .Bdia Búscate a esa banda y deja de rondarles a los Ojisarios. Con el tiempo, se olvidarán de ti. No tientes al diablo. .Edia .P Como yo no decía nada, me empujó suavemente la cabeza, volteó y regresó al .Sm -t nomlieu Cajón . Me pasé una manga por los ojos. Lo que insinuaba Yarras me llenaba de horror. ¿Podía ser que ese pozo fuera, en realidad, una palabra bonita para decir que Yerris estaba espiritado y no volvería nunca más? .P Como los sacerdotes decían que los buenos espíritus vagaban por el mundo ayudando a sus seres queridos, miré a mi alrededor y murmuré: .D .Bdia No estoy llorando, Gato Negro. Ya sé que un Gato no llora, y menos un Gato guako, pero tú por favor haz que no te hayas muerto de verdad. .Edia .P Tragué saliva y me puse a andar. Me alejé del territorio de los Ojisarios, bajando escaleras, hasta que decidí que ya estaba lo suficientemente lejos y busqué algún refugio. Trepé por una casa, pasé por varias terrazas y, finalmente, elegí una, me tumbé y, exhausto como estaba, me dormí casi enseguida. .Ch "Gatos y ratones" .\" 05/10/2017 Me despertó un golpeteo repetitivo en el hombro. .D .Bdia ¡Hey, chaval! .Edia .P Abrí los ojos y vi el rostro de una mujer con una escoba entre las manos. Me había estado dando palmaditas con esta para despertarme. .D .Bdia Esto es propiedad privada, vete y arrea. .Edia .P No lo dijo con mal tono ni su expresión parecía enfadada así que asentí sin darme mucha prisa, me levanté bostezando y me estiré. .D .Bdia ¡Arreando, he dicho! .Edia exclamó. .D .Bdia Sí, señora, .Edia dije. .P Me alejé hasta donde estaba la escala para bajar a un corredor y, bajo la mirada guardiana de la mujer, me marché y me puse a cantar: .Bl -t verse .It Pajarillo, en la mañana .It ya anunciaste tu llegada, .It ¡ya vino el sol, ya vino el sol! .It Se hizo de día y tú cantabas, .It despertó el alba y tú volabas .It de flor en flor. .It ¡Oh, pajarillo cantador! .El .P Me pasé toda la mañana andando. Como no encontraba a Slaryn, me fui por el Barrio Negro y sus chozas laberínticas, luego crucé el Puente Negro y, por primera vez, fui a Menshaldra, la ciudad de los barqueros. Descubrí un mundo nuevo lleno de barcazas, cordajes y olores a pescado. Arrastré los pies, observando a unos hombres fuertes llevando enormes cargas hasta las barcazas y vi a un niño de mi edad gritando a pleno pulmón para decirle algo a su padre, en la otra punta del barco. Hacia el mediodía, me pagué una comida en una taberna del puerto y, tras escuchar las historias exageradas de un viejo marinero sobre no sé qué monstruo que había matado en su juventud, crucé el Puente Bravo de vuelta a la orilla principal de Menshaldra y mi mirada se posó en el lejano bosque de la Cripta. La perspectiva de meterme en él me dio alas y salí corriendo cortando por el campo, atravesé el Camino Blanco y llegué a los lindes en media hora escasa. Inspeccioné los troncos con prudencia. .P ¿No había dicho Yal que el bosque era propiedad de los Fal? Después de que yo le hubiera salvado la vida, Miroki no podía quejarse de que me metiera en su territorio. Sobre todo que, en la práctica, un bosque no podía ser territorio más que de los que lo ocupaban, y esos eran los zorros, las ardillas, los insectos y… tal vez los nadros rojos. Me encogí de hombros. Yo había estado viviendo en bosques más peligrosos que aquel. .P Me metí sin más vacilaciones y procuré no perder la orientación, pues ya desde la Cumbre se podía adivinar que la Cripta no era un bosque pequeño. Primero, subí la cuesta hasta encontrarme encima de los Barrancos, y pude ver, más allá de los últimos troncos, la Roca de Éstergat, el río y, justo abajo, los edificios de las minas y la cantera. Le di la espalda a todo eso y me adentré en el bosque. .P Los árboles no eran los mismos que los del valle: eran más bajos, pero también más gruesos y ramudos. Lo cierto es que el bosque me encantó. Encontré un tronco ancho de varios metros y no pude resistir la tentación de trepar por él. Me encontré cara a cara con una ardilla negra y le enseñé los dientes, feliz. La vi desaparecer, rápida como un rayo. .D .Bdia ¡Salú, salú! .Edia le dije. .P Y seguí subiendo por una rama gruesa hasta que me quedé ahí, acurrucado en el corazón del árbol, y eché una siesta reparadora de las que no recordaba haber echado en mucho tiempo. Cuando desperté, el ruido de los pájaros, insectos y hojas me fue tan familiar que me creí de vuelta en el valle. Sólo que no estaba en el valle sino en la Cripta, a unos kilómetros escasos de la capital de Arkolda. .P Ignoraba qué hora sería y, pensando en ello, me di cuenta de que, hacía apenas un año, jamás me había preocupado en qué hora vivía. Tampoco me preocupaba mucho ahora, en verdad, pero teniendo a los templos dando campanadas cada media hora era difícil no darle cierta importancia. .P Bajé del árbol y, en vez de tomar el camino de vuelta, seguí curioseando. Reconocí alguna planta cuyas propiedades me había enseñado mi maestro, pero por lo general me eran todas desconocidas. Llegué a un claro florido y pasé las últimas horas del día haciendo lo que había ido haciendo toda la vida: trepé a los árboles vecinos, me comí algún insecto conocido, esculpí la cabeza de un lince en un bastón que había recuperado y, de cuando en cuando, alzaba los ojos y miraba pasar las nubes. En un momento, creí reconocer el cráneo cadavérico y sonriente de mi maestro y me quedé mirándolo muy fijamente hasta que la nube cambiara y se convirtiera en una especie de seta. .P Pasé la noche en el gran árbol donde había echado la siesta. Ahí había visto a la primera ardilla del bosque y ahí era donde me sentía más seguro. Estuve pensando mucho, aquella noche, y, como no lograba dormir, subí hasta arriba del árbol y contemplé las estrellas. Se veían muy nítidas en medio de ese gran velo negro. .D .Bdia Elassar, .Edia murmuré. .Bdia ¿De verdad querías que viera esto? Éstergat es maravillosa pero… .Edia .P Pero también estaba llena de peligros, completé para mis adentros. Mi maestro nakrús quería que me hiciera amigos que tuvieran dos patas y dos manos, y bien que me los había hecho yo. Sin embargo, ahora que conocía el mundo saijit, me había atado a él de tal forma que ya no me veía salir de Éstergat ni aunque me pusieran un hueso de ferilompardo entre las manos. Separarme de Yal, de mis amigos y de ese alegre bullicio que era Éstergat me costaría tanto como me había costado separarme de mi maestro. .D .Bdia Lo sabías, .Edia dije, con los ojos fijos en las estrellas. .Bdia Sabías que me mandabas lejos para mucho tiempo y no me lo dijiste. .Edia .P Inspiré y pensé que, en el fondo, yo siempre lo había sabido. Sólo que, un año atrás, era un crío y, ahora, tenía casi once años, había aprendido a razonar y, sobre todo, había aprendido a cambiar mi destino y encontrar lo que quería. Y yo no quería abandonar a mis amigos. Manras y Dil se merecían más. .P Con esta seguridad en mente, regresé al corazón del árbol, dormí como un oso lebrín y, al amanecer, me dirigí hacia Éstergat con mi nuevo bastón esculpido en mano y un andar de conquistador. .P Fui directo al Laberinto. Crucé el Puente de Luna, bebí agua en la gran plaza contigua y seguí subiendo hasta los Gatos. Llegué al corredor de los Ojisarios bastón en mano, con la prestancia de aquel Héroe Mago Loco del que había oído hablar más de una vez a Miroki Fal. Me envolví de sombras armónicas y empujé la puerta donde había visto entrar la última vez a Manras y Dil. Estaba cerrada. Le di un bastonazo a la ventana y, pese a mi sortilegio de silencio, el estallido fue, a mi ver, bastante atronador. No me preocupé. Me metí adentro y cuchicheé: .D .Bdia ¡Manras! ¡Dil! .Edia .P Solté un sortilegio de luz armónica y… me encontré con el rostro desconocido de un humano pequeño y moreno que me miraba con los ojos parpadeantes y aturdidos. No había nadie más en la habitación. .D .Bdia Fiambres, .Edia solté. .P Intensifiqué la luz, di un salto sobre el borde de la ventana y salí de ahí corriendo como una liebre endemoniada. Oí un grito detrás de mí pero, cuando los Ojisarios se enteraron de lo sucedido, yo ya estaba lejos. .P Me detuve fuera de los Gatos, cerca del Jardín de Fieras. Y, recuperando el aliento, caminé junto a la orilla del río. Otro fracaso, pensé. Sólo que hubiera podido salirme peor. Mucho peor. .P Me carcajeé. .P Los Ojisarios empezaban a tener fuertes razones para querer sacarme los huesos. Y más que les iba a dar, me dije con decisión. Tal vez no podía sacar a Yerris del pozo, pero les iba a enseñar a esos hijos de mala madre que no se le tocaban las narices al Superviviente. .P Sin embargo, necesitaba refuerzos. Creía saber dónde encontrarlos. Hacia el mediodía, después de haberme pagado una comida no precisamente barata por una taberna de Rískel, pasé por la Explanada, eché un vistazo de águila y, no viendo a nadie de mi interés, regresé a los Gatos, hasta la Plaza Lana. Ahí, avisté a una pandilla de guakos de mi edad sentada en un rincón y me acerqué. Adiviné sus muecas entre curiosas y recelosas. Planté mi bastón en tierra y dije: .D .Bdia Salú. .Edia Alguno me contestó con un breve gesto de cabeza, inquisitivo. Retomé: .Bdia Busco al Raudo, ¿lo conocéis? .Edia .P Uno de ellos, de pelo rizado y negro, se incorporó lentamente. .D .Bdia Me suena el nombre. ¿Por qué lo buscas? .Edia .D .Bdia Para hablarle. ¿No sabéis dónde se lo puede encontrar? .Edia El guako negó con la cabeza y, tras una intensa vacilación, solté: .Bdia Si me ayudas, te doy un dorado. .Edia .P Los ojos del muchacho brillaron más de desconfianza que de codicia. Replicó con cara altiva: .D .Bdia Yo no vendo a la gente por un dorado. .Edia .D .Bdia ¿Pero qué vender ni qué chanfainas? .Edia me exasperé. .Bdia Sólo quiero hablar con él. .Edia .P El muchacho meneó la cabeza, me dio la espalda y volvió a sentarse con sus compadres. Suspiré bajo sus miradas que decían explícitamente un: vete. Me fui. A veces no era fácil comunicar con los demás guakos. O bien te daban abrazos y te enseñaban mil trucos, o bien pasaban de ti y desconfiaban. Entendí que el haber hablado de dorados no había sido mi mejor jugada. Los guakos tal vez fuéramos pícaros, ladrones, aprovechadores y burladores, pero teníamos dignidad y ninguno se dejaba sobornar así como así. .P Bueno. Como decía mi maestro nakrús, no existía cosa más imposible que el no cometer nunca errores. Aunque, como bien decía también, no era esa una razón para acumularlos. Y yo bien que me las arreglaba para hacer todo lo contrario en el valle… .P Estaba caminando por un corredor, sumido en mis pensamientos, cuando capté de reojo una sombra roja que pasaba al final de la calleja y me sobresalté. .D .Bdia ¡Sla! .Edia grité. .P Me puse a correr, doblé la esquina y frené de golpe al ver la silueta con capa roja que se alejaba. Era una capa, no pelo. Desilusionado, avancé arrastrando los pies y el bastón, formando una zanja zigzagueante por el corredor embarrado. Estaba saliendo del barrio siguiendo el río Tímido que bajaba cascadeando hasta el río Éstergat cuando vi aparecer una panda de cuatro jóvenes. Se dirigían directamente hacia mí. Reconocí al Raudo y, no sabiendo muy bien si alegrarme de verlo o sentirme asustado por tal avance intimidante, me paré y esperé a que me alcanzara con sus tres compañeros. .D .Bdia Salú, .Edia me dijo. .D .Bdia Salú, .Edia contesté. .P El elfo pelirrojo se cruzó de brazos y me miró de arriba abajo. .D .Bdia Me han dicho que me andabas buscando. ¿Qué hay, tocayo? ¿Quieres ajustar cuentas o confesarte? .Edia .D .Bdia Nada de eso, .Edia repliqué. .Bdia Quiero saber si tienes noticias de tus amigos que desaparecieron. .Edia .P El Raudo me echó una mirada sombría. .D .Bdia No me seas granuja. Tú sabes lo que les pasó. Los mataron. Está claro. .Edia .D .Bdia Yo no sé lo que pasó, .Edia gruñí. .Bdia Y quiero saberlo. Los Ojisarios son unos diablos. Esta mañana, les he reventado una ventana, .Edia lo informé. .Bdia Y, esta noche, voy a hacerles rabiar todavía más. Si quieres ayudarme… estaría bien. .Edia .P En sus ojos, vi reflejarse sorpresa, incredulidad y luego un atisbo de respeto mezclado con burla. .D .Bdia Estás bien loco si crees que me voy a meter en territorio Ojisario para vengarme, .Edia dijo al cabo. .Bdia No voy a arriesgar mi vida para recuperar unos cadáveres. Entiéndeme, shur, en los Gatos, están los gatos cachorros como nosotros y los leones como esa banda, o la de Frashluc. Y ahora, Espabilao, si lo que pretendías era tenderme una trampa para que los Ojisarios me cogieran a mí también, has fracasado estrepitosamente. .Edia .P Lo miré, anonadado y profundamente herido. .D .Bdia ¿Pero qué fiambres? .Edia exclamé. .Bdia Yo no te tiendo trampas, ¿me oyes? Soy honrao. .Edia .P Mi tocayo me puso cara de disculpa. .D .Bdia Tal vez digas la verdad. Pero vas a darnos tu dorado de todas formas, shur. Por las molestias. .Edia .P Inspiré una bocanada de aire y cometí otro error: le di la moneda con demasiada presteza. Aquello, sin duda, evidenció que tenía más. En vez de coger la moneda, me agarró la muñeca y, con la otra mano, me dio un golpe donde yo tenía cogido el bastón. Me desarmó, uno de sus compañeros me sacó todo el dinero del bolsillo y yo protesté: .D .Bdia No es justo, tocayo. Yo soy un buen guako, .Edia aseguré con una rabia impotente. .P El Raudo recuperó todo el dinero y, sin soltarme la muñeca, dijo con calma: .D .Bdia Yo también lo soy, shur. Y entre hermanos se hacen favores. Yo me he cruzado medio barrio para ir a verte. Y tú me lo recompensas. Es todo justicia. .Edia .P Sacó una moneda de diez clavos y me la metió en la palma de la mano. .D .Bdia Para que no te desanimes, .Edia apuntó. .Bdia Un consejo: deja a los Ojisarios, estés con ellos o los estés mareando, es lo mismo. Lo digo como un amigo. Salú, tocayo. .Edia .P Metió la mano en su bolsillo, como contando las monedas al tacto, retrocedió, dio media vuelta y se marchó con evidente satisfacción, seguido de sus compadres. Y encima se llevaba mi bastón. .D .Bdia Será granuja… .Edia mascullé. .P Lo único que me habían dejado, además del rombo de plata, era la piedra afilada. Percibí la mirada curiosa que me echaba un viandante —que seguramente había visto toda la escena—, le puse cara de ¿tú qué miras? y me volví al corazón de los Gatos. Esta vez sí que no sabía qué hacer. ¿Seguir mareando a los Ojisarios? Acabarían por pillarme. Pero si tan sólo pudiera saber dónde habían metido a Manras y Dil… Warok había dicho que los iba a hacer trabajar más duro. ¿Pero trabajar en qué y dónde? .P Me metí en un callejón, me escondí detrás de una pila de cestas y me puse a pensar. Recordé las palabras del maestro nakrús: arrojo y valía. Y una mezcla de excitación y terror me fue invadiendo poco a poco a medida que se iba afirmando mi decisión. .salto Me agaché detrás de un barril, envuelto en sombras armónicas. Un hombre montaba la guardia en el callejón. Por lo visto, mis visitas los habían puesto en alerta. Alcé la vista hacia las terrazas, pero no vi a nadie. Lo cual no significaba nada. .P Mi plan era sencillo y ya estaba medio cumplido. Primero, había arrancado un trozo de papel de un viejo periódico tirado, me había instalado en una terraza de los Gatos junto a un montoncito de carbón y, por primera vez en mi vida, había escrito una carta. Bueno, más bien era una frase. Y esperaba que fuera comprensible, porque no me había atrevido a volver a la Guarida a recoger mi libro de Alitardo para comparar los signos. Mi frase decía así: .Bm -t lecture Entregad al Gato Negro en la Plaza Lana o digo todo a los Daganegras. .Em Lo cual podía perfectamente haber quedado como un: Dar Gato Negro Plaza Lana o hablar dagas negras. O algo peor todavía. Por eso, por si acaso, había dibujado un gato negro, una oveja con un montón de lana, una boca y una daga negra. Todo era mucho más entendible. .P En realidad, mi plan podía ser un fiasco. Sobre todo si, al leer la frase, los Ojisarios pensaban: ¿y qué diablos les va a decir ese mocoso a los Daganegras? Aunque peor sería si decían: ¿qué diablos son estos garabatos? .P También podía ocurrir que los Ojisarios se mostraran en la Plaza Lana sin el Gato Negro. Era lo más probable. Pero, entonces, si sólo había uno, a lo mejor podía hablar con él, convencerlo para que me dijera… no sé, algo. Por lo menos que Yerris y mis comparsas canillitas estaban bien. .P En el momento en que el vigilante me daba la espalda mascando su hoja de humerba, posé muy discretamente el trozo de hoja sobre el barril. Recogí una piedra del suelo y la dejé encima. Sólo esperaba que no lloviera durante la noche. Di media vuelta y me fui a la Plaza Lana a dormir. No era el único guako en instalarse ahí, aunque era uno de los pocos en instalarse solo. Me puse tan cómodo como pude, sobre mi jergón de tierra y caí profundamente dormido. .P Desperté cuando alguien me pisó las costillas con su bota y me iluminó el rostro. .D .Bdia Es este. .Edia .P Reconocí la voz. Era la de Warok. Algo frío me tocó la garganta y tragué saliva al entender lo que era. .D .Bdia Como hagas ruido, te desangro, .Edia me previno Warok en un cuchicheo. .P Me levantó y no apartó la daga en un solo momento. No dije nada. Estaba demasiado aterrado. ¿Cómo diablos podía ser que los Ojisarios se atrevieran a amenazarme en la Plaza Lana, con tanto guako en ella? Debo decir que ni siquiera se me había ocurrido una posibilidad tan cruel. Y me sentí un poco estúpido. .P Percibía los ojos de los guakos posados sobre nosotros. Fingían estar dormidos, pero yo bien sentía que no lo estaban todos. Warok me apartó del muro contra el que me había tumbado y me forzó a caminar a tumbos a través de la plaza. Nos acompañaban otros tres. Dos iban delante y otro detrás. No había escatimado en escolta, esta vez. Busqué una escapatoria. Y no vi ninguna durante todo el trayecto. .P Llegamos al corredor sin haber pronunciado una sola palabra. Warok me metió en la misma habitación donde me había llevado hacía dos días. Uno de los embozados que acompañaban a Warok, el más bajito, sacó algo de su bolsillo mientras un recién llegado, también embozado, encendía una linterna y decía: .D .Bdia Un momento. .Edia .P Me acercó la linterna de tal forma que cerré los ojos y, sintiendo que la hoja de la daga oprimía mi cuello con más firmeza, solté un gemido aterrorizado. .D .Bdia Ya basta, Warok, .Edia gruñó el hombre de la linterna. .Bdia Suéltalo. .Edia .P Hubo un silencio y la voz del de la linterna se hizo muy fría cuando repitió: .D .Bdia Suéltalo. .Edia .P Warok me siseó al oído: .D .Bdia Ya ajustaré cuentas contigo en otro momento. .Edia .P Y me soltó. Permanecí inmóvil durante unos segundos y, entonces, retrocedí ante las cinco siluetas y topé con el muro. En mi mente, volvía a ver la tinta verde sobre la camisa de Warok, la descarga mórtica, la ventana rota y el mensaje que había dejado y me decía: espíritus, con tanta trastada que les he hecho, ¿cómo me van a perdonar la vida esos enajenaos? Viendo venir mi hora, mi instinto de supervivencia apartó mi dignidad a un lado y me acurruqué en el suelo, queriendo así decirles que yo no era más que un niño, que no les estaba amenazando, que por favor tuvieran piedad. .D .Bdia Levanta, .Edia me gruñó el de la linterna. .P Me levanté con los ojos anegados por las lágrimas. .D .Bdia ¿Conoces al cap de los Daganegras? .Edia preguntó el Ojisario. .P Tragué mis lágrimas y tartamudeé: .D .Bdia Sí, señor. .Edia .D .Bdia Korther, ¿verdad? Vosotros lo llamáis Korther. .Edia .D .Bdia Sí, señor, .Edia repetí. .D .Bdia ¿Qué le has dicho a Korther sobre nosotros? .Edia inquirió el Ojisario. .P Sacudí la cabeza. .D .Bdia Nada, señor. Lo juro. Hace semanas que no lo veo. Sólo lo he visto tres veces en total. Casi no lo conozco. No sé nada. El mensaje lo dejé porque quería saber si Yerris estaba bien… .Edia sollocé. .P Hubo un silencio. Y uno de los otros dos comentó: .D .Bdia Es un Daganegra. Tal vez sería menos arriesgado pedir un rescate. .Edia .P El de la linterna resopló. .D .Bdia ¿Un rescate? Muy desencaminado vas, Lof, si crees que Korther va a pagar un céntimo por un mocoso que arriesga la vida para salvar a un traidor de su cofradía. .Edia Marcó una pausa y, pese a la luz que seguía cegándome un poco, creí ver un destello en sus ojos oscuros. Alzó un brazo y le metió a Lof algo en la palma de la mano. .Bdia Lleváoslo y que no le vuelva a ver el pelo. Tranquilo, muchacho: no vas a morir. .Edia .D .Bdia Entonces habrá que pedirle al alquimista que fabrique una dosis más, supongo, .Edia carraspeó Lof. .D .Bdia Y más que fabricará si se lo pido, .Edia replicó el de la linterna. .Bdia He dicho: lleváoslo. .Edia .P Dejó la linterna a otro Ojisario, dio media vuelta y salió. Tras un breve silencio, Lof se adelantó y me puse a temblar aún más. .D .Bdia Traga esto, .Edia me ordenó. .Bdia Traga. .Edia .P Tragué sin ni siquiera masticar. Acto seguido, Lof se dedicó a registrarme y constató que tenía los bolsillos completamente vacíos a excepción de una moneda de diez clavos y mi piedra afilada. Me quitó las botas y las inspeccionó, como buscando algo. .D .Bdia ¿Dónde está la mágara que utilizaste contra Warok? .Edia preguntó al fin. .P Yo sentía un efecto extraño invadirme y tardé un buen rato en entender qué quería decir Lof con su pregunta. Ellos creían que había usado una mágara para dejar a Warok inconsciente, al escaparme la última vez. .P Mentí en un farfulleo: .D .Bdia Se rompió. La tiré. .Edia .P Me creyeron, creo. Aunque no por ello el destello en los ojos de Warok se hizo menos criminal. Un profundo sopor se apoderaba de mí y titubeé, balbuceando: .D .Bdia Espíritus, ¿qué me vais a hacer? .Edia .P Caí pesadamente al suelo, con la impresión de que el mundo se convertía en un torbellino negro que me arrastraba muy, muy lejos. Lo último que oí fue la voz desapasionada de Warok, quien dijo: .D .Bdia Me encargo yo de llevarlo al pozo. .Edia .Ch "El pozo" .\" 05/10/2017 Cuando desperté, lo primero que me impactó fue el calor sofocante, como si me hubiesen puesto en un horno. Oí respiraciones, murmullos y un ataque de tos. Y al fin sentí un dolor punzante en el brazo izquierdo. Parecía que me lo hubiesen roto. Abrí los ojos. Y me quedé largo rato mirando las estalactitas que colgaban del techo rocoso. Una energía extraña flotaba en el aire y me envolvía como un manto aturdidor. .P Finalmente, me enderecé y parpadeé, medio desfallecido, con la impresión de haber bajado unas escaleras rodando. Me dolía todo. Alguien me había quitado la camisa y pude ver claramente las marcas de los golpes. Pocas dudas me quedaron sobre quién sería el autor de esa barbarie: sólo podía ser Warok. Bueno, al menos me había dejado con vida… ¿verdad? .P Mis ojos se extraviaron a mi alrededor. Estaba en una caverna. Había torrezuelas de roca que subían y otras que bajaban. Yo me encontraba en una especie de plataforma de madera y, junto a mí, había gente. Todos eran niños, de más o menos edad. Eran una veintena y la mayoría dormía. Curiosamente, en la caverna, reinaba una luz tenue que parecía venir de… Ladeé la cabeza. ¿Otra caverna? .P Una sombra me tapó la vista y alcé lentamente los ojos hacia un rostro humano y sonriente. Le faltaba un diente. .D .Bdia Bienvenido al Pozo, shur, .Edia me dijo. Y, como yo lo miraba, aturdido, añadió: .Bdia Salú. .Edia .P Hice un suave gesto de cabeza, atontado. .D .Bdia Salú. .Edia .P El muchacho sonrió más anchamente. .D .Bdia Pareces más despierto que otros. ¿Cómo te llamas? .Edia .P Me froté el rostro. ¿Por qué me sentía tan cansado? Contesté: .D .Bdia Draen. .Edia .D .Bdia ¿Draen a secas? .Edia .D .Bdia Draen el Espabilao. .Edia .D .Bdia Ah, .Edia sonrió el muchacho. .Bdia Yo me llamo Rogan. Rogan el Sacerdote. Si no te importa, me quedo con tu camisa. Me está un poco estrecha, pero la que tenía estaba en vías de retornar al mundo de los espíritus. .Edia .P Vi que señalaba unos andrajos donde un simple trapo hubiera tenido más consistencia y me encogí de hombros. Mi camisa era la menor de mis preocupaciones. Total, en aquella caverna hacía un calor de muerte. .D .Bdia Te han dado una buena tunda, .Edia añadió Rogan. .P Resoplé y confesé: .D .Bdia Me duele todo. .Edia .D .Bdia Y no me extraña. Esos tipos son unos descerebraos. .Edia Realizó un gesto elocuente con el índice sobre la sien. .Bdia Cuanto más los molestas, más te pegan. Por fortuna, aquí, ninguno se atreve a quedarse por culpa de la espuma blanca. Recogen las perlas, nos dan comida y se largan. .Edia .P Seguí la dirección de su mirada y alcancé a ver una gran reja de robustos barrotes. Más allá, estaba todo oscuro. Rogan se agachó junto a mí. .D .Bdia ¿Qué edad tienes, shur? .Edia .D .Bdia Casi once, .Edia contesté. .P Rogan enarcó una ceja. .D .Bdia ¿En serio? Te habría echado nueve. .Edia .P Puse los ojos en blanco y me acurruqué, posando la frente sobre mis rodillas. Me sentía fatal. Una mano me palmeó el hombro e hice una mueca de dolor. .D .Bdia Wops. Perdón, shur, .Edia me dijo Rogan. .Bdia Quería decirte que no te preocupes. Es normal que te sientas destrozado: nos pasa a todos al principio. Es esta caverna que está hechizada por la espuma, como digo. Luego, te vas acostumbrando. La cosa va así: te quedas los dos primeros días mirando, luego durante otros dos días sacas una perla, luego dos durante cinco días y, al cabo, como todo espíritu, a sacar tres perlas diarias cuando suena el ¡bong! .Edia .P Alcé los ojos, lo miré y, pensando de pronto en algo, giré la cabeza hacia los demás, buscando a Yerris. .D .Bdia ¿Dónde está Yerris? .Edia dejé escapar. .P Rogan me miró con sorpresa. .D .Bdia ¿Yerris? ¿Quién es Yerris? .Edia .P Me levanté torpemente y, bajo los ojos exhaustos de los guakos despiertos, caminé con mis pies desnudos sobre la plataforma. Los miré a todos. Y al cabo una tremenda decepción me invadió. Yerris no estaba ahí. .D .Bdia Lo han matado, .Edia farfullé. .P Rogan se había acercado con tiento, inquieto. .D .Bdia ¿Te pillaron con un amigo? .Edia inquirió. .P Meneé la cabeza. .D .Bdia No. Al Gato Negro lo pillaron hace mucho tiempo. .Edia .P Rogan puso cara de comprensión. .D .Bdia ¡Ah! Tú hablas del Gato Negro, el Vagabundo Misterioso. ¿Pero será cierto que tú eres amigo suyo? Esa sí que es una novedad. Ese Gato anda siempre buscando quién sabe qué en la espuma blanca. Se pasa horas caminando por el infierno como si no le afectara. Siempre pensamos que se ha muerto y siempre vuelve. ¡Caray! .Edia exclamó al verme tambalearme. Me agarró y me ayudó a tumbarme. .Bdia Así, así, no te vayas a caer desmayado de pie, ¿eh? Anda, deja de pensar y duerme. Pronto llegará la comida. .Edia .P Meneé la cabeza y murmuré con profundo alivio: .D .Bdia Yerris está vivo. .Edia .P Dejé escapar un largo suspiro. Yerris, el Gato Negro, el músico de la armónica, mi mentor callejero, ¡estaba vivo! Sonreí y, por un momento, giré mi atención hacia la energía que vibraba a mi alrededor. Tuve una iluminación y, de golpe, entendí de dónde venía esa sensación de agotamiento como si estuviera una sanguijuela vaciándome de mi sangre. La culpa la tenía la energía de aquella caverna, que absorbía poco a poco mi jaipú. Sin grandes dificultades, convertí una pizca de morjás en energía interna y me sentí revivir. .P Volví a sentarme. .D .Bdia Serás cabezota, .Edia resopló Rogan. .P Me rasqué la cabeza y me fijé en que también me habían quitado la gorra. Bah. De nada me servía donde estaba, de todas formas. Me giré hacia Rogan, quien me observaba con una mueca entre meditativa y distraída. .D .Bdia ¿Desde cuándo estás aquí metido? .Edia le pregunté. .P Rogan resopló. .D .Bdia Espíritus, menuda pregunta… Pues creo que veintiocho bongs. O sea, probablemente, veintiocho días. La mayoría de los que duermen son novatos, .Edia añadió, haciendo un gesto vago hacia los guakos tumbados en las tablas. .Bdia ¿Sabes? De momento, creo que eres el único al que veo levantarse y quedarse con los ojos abiertos tanto tiempo después de su primer despertar. ¿No tendrás sangre de dragón en las venas? .Edia .P Esbocé una sonrisa. .D .Bdia Pues a saber. ¿Qué es eso de las perlas? .Edia .P Rogan me miró con cara pensativa y, entonces, se levantó. .D .Bdia Sígueme y verás. .Edia .P Lo seguí hasta el final de la caverna, hacia otra no mucho más grande de donde provenía toda la luz que iluminaba la primera. Era una luz cegadora, blanca y sobrenatural. Estornudé y, tras parpadear un rato, logré divisar la espuma de la que había hablado Rogan. A unos escasos metros de mí, se abría un túnel inundado de luz. Y a mi izquierda había otro y un tercero más allá… .D .Bdia Parece leche, ¿a que sí? .Edia dijo Rogan. .Bdia Es como si estuviéramos en los Túneles de la Luz. Lo único que, en vez de Espíritus de Luz, nosotros somos guakos condenados a ser explotados hasta la muerte por nuestros cazadores. Sacamos perlas de esos túneles y se las damos a nuestros captores. Ojalá estos se pudran y sus espíritus queden encadenados al vacío por siempre, .Edia declamó. .P La energía absorbedora, ahí, era todavía más densa y un miedo intenso me invadió cuando me di cuenta de que se llevaba mi jaipú a grandes zarpazos. Retrocedí hasta la boca de la otra caverna y entonces grazné: .D .Bdia Es horrible. .Edia .P Rogan se encogió de hombros. .D .Bdia Te acostumbrarás, shur. Hasta al calor uno se acostumbra. Y yo me digo: ¡ojalá me hubieran pillado a principios de invierno! .Edia bromeó. Sacudió la cabeza, se hizo de nuevo más serio y me guió de regreso a la plataforma, diciendo: .Bdia Aquí hace más calor que cuando tienes el fuego de la chimenea ardiendo debajo de ti. Y lo digo por experiencia. ¿Sabes que una vez a poco más ardí en llamas en una chimenea? .Edia .P Lo miré, incrédulo. .D .Bdia ¿En serio? .Edia .D .Bdia En serio y en drionsano. .Edia Se detuvo a medio camino para contarme: .Bdia Fui niño de la Caridad en el templo. Y fui deshollinador. Casi morí de asfixia varias veces, te lo juro. Entonces, mi amo murió. El nuevo era un rácano de seis pares de narices, ¡me tenía muerto de hambre! .Edia Con cara seriosísima, añadió: .Bdia Una noche, recibí la visita de mis ancestros. Me dijeron ¡qué, Rogan! Tú que eres tan erudito e inteligente, ¿vas a dejar que ese glotón se empache mientras tú te mueres de hambre? Ya puedes imaginar mi susto cuando los vi aparecer ante mí, porque ni siquiera conozco a mis ancestros, pero ellos me encontraron a mí, ¡infiel el que no me crea! y bien nítidos que los veía, te lo juro, .Edia aseguró. Yo lo miraba sonriente, a la vez divertido y fascinado por su historia. El Sacerdote alzó ambas manos concluyendo: .Bdia Seguí el consejo, claro: ¿cómo iba a llevarles la contraria a mis ancestros? Entonces, ahorqué los hábitos, huí a los Gatos y cambié de profesión. .Edia .P No especificó cuál, pero la adiviné de todas formas. La vida diaria del guako era un: manga o baila, sacia el hambre y no te dejes trincar. Una profesión movida a la que aspiraban niños de todo carácter y aspecto, aunque desde luego aquel Sacerdote era un guako peculiar. .P Me fijé en el silencio y entendí que él esperaba que yo hablara y, tal vez, que le devolviera la confianza y dijera algo de mí. Vacilé y al fin dije: .D .Bdia Yo vengo del valle. Del valle de Evon-Sil. Pero hace un año que estoy en Éstergat. .Edia .P Se le puso cara soñadora al deshollinador. .D .Bdia Vaya. A mí siempre me gustó la idea de salir de este estercolero y vivir aventuras en las montañas. Dicen que los anacoretas se marchaban al valle para comunicar con los Espíritus del Sol. Eso me dijo un sacerdote, aunque él estaba lejos de convertirse en un anacoreta, .Edia rió, haciendo gestos como para sujetar una enorme barriga. Suspiró. .Bdia Dichosos los que, al rendir culto a los espíritus, alimentan el cuerpo a la vez que el alma. Yo bien que les rindo culto, y no me dan ni un bocado. ¡Por algo será! Un día, un carcelero del Clavel me dijo: los guakos como tú, miserable, los desheredados sin ancestros ni apellido, mejor estáis espiritados, que no vivos, porque cuando sois espíritus ayudáis a los desdichados y, en cambio, cuando estáis vivos, sois una lacra para la sociedad, ¡peor que los chinches y las pulgas! .Edia clamó, agitando un índice acusador. Y volvió a suspirar. .Bdia Buaj. Pues bien contento estaría ahora el carcelero si me viera en el infierno. .Edia Marcó una pausa reflexiva y declaró cambiando de tono: .Bdia Voy a ir a beber. ¿Tienes sed? .Edia .D .Bdia Rabiosamente, y mucha, .Edia afirmé. .D .Bdia Pues entonces calca el paso. .Edia .P Lo seguí hasta lo que resultó ser una pequeña fuente natural llena de agua caliente. De ahí venía la bruma cálida que flotaba en el aire. Bebí largamente. Tenía la impresión de estar sudando a mares en aquella caverna de fuego. .D .Bdia Estamos metidos dentro de la Roca, ¿no? .Edia pregunté. .P Rogan se había instalado sobre el bordecillo y contemplaba con expresión ensimismada el techo con las estalactitas. Lo oí inspirar y espirar lentamente mientras asentía. .D .Bdia Eso parece. A menos que nos hayan metido directamente en los infiernos y pensemos que estamos vivos cuando en realidad estamos muertos. .Edia .P Su respuesta me arrancó una mueca porque no sonaba particularmente optimista. Volví a sentarme en la plataforma, tan lejos como pude de la boca de la otra caverna y me pasé largo rato estudiando las paredes, como si esperase encontrar alguna puerta secreta. Acabé por resignarme y me dediqué a hablar con Rogan de cosas que no tenían nada que ver con nuestra actual situación. Él no paraba de contar sus increíbles aventuras, de las cuales, me daba a mí, gran parte no debía de encerrar mucha verdad, aunque poco me importaba. Como buen niño criado por los sacerdotes, soltaba versículos religiosos a montones, convirtiendo las experiencias más banales en hazañas heroicas, dignas, casi, de ser santificadas y recordadas por los músicos más respetables. Incluso me reprendió cuando solté una blasfemia sin darme cuenta. Al parecer, decir «por los Espíritus Condenados» estaba mal. Pues vaya. .P No sé cuánto tiempo pasó hasta que mis reservas energéticas se agotaron tanto que dejé de contestarle a Rogan y medio me desmayé, conciliando un sueño muy profundo. Desperté cuando una mano me sacudió y, al abrir los párpados, me encontré con los ojos azules y el rostro negro de Yerris. Mi mente estaba completamente abotagada. .D .Bdia Levántate, .Edia me dijo. .P Su voz me alcanzó como si llegara del fondo de un abismo. Yerris me ayudó a levantarme y a acercarme con toda la tropa de niños a la reja. Una silueta iba repartiendo panecillos. Con una mano temblorosa, agarré el que me tendía y retrocedí, mareado. Ya no me dolía tanto el brazo, pero de todas formas los golpes de Warok no eran lo que más me afectaba en ese momento. .D .Bdia Come, .Edia me dijo el Gato Negro. .Bdia Te dará fuerzas. .Edia .P Lo miré y lo vi más flaco que antaño. Había crecido, aunque por ser semi-gnomo, dudaba de que fuera a crecer mucho más. Su ropa, como las de todos, estaba desgarrada en un montón de sitios y su expresión tan grave… me dio un escalofrío. .P Le arranqué un bocado al pan y vi al Gato Negro ensombrecerse aún más si era posible. Se sentó en el borde de la plataforma y lo imité mientras seguía masticando. Lo que decía era cierto: cuanto más tragaba, más me daba la impresión de que mi energía interna volvía revivir. Es más, incluso parecía que la energía de la caverna dejaba de parasitarme tanto. Curioso. Ambos estábamos acabando nuestros panecillos cuando Yerris dejó de pronto escapar: .D .Bdia ¿Cómo fiambres te han atrapado? .Edia .P Su voz sonaba casi acusadora. Acabé mi último bocado antes de contestar: .D .Bdia Andaba buscándote. .Edia .P Yerris me echó una mirada alterada. .D .Bdia ¿Me buscabas? ¿A mí? .Edia .P Asentí. .D .Bdia Hace unas semanas, Sla me dijo que habías desaparecido. Te busqué y… .Edia .D .Bdia ¿Pero no te dijo por qué? .Edia resopló Yerris en un murmullo nervioso. .Bdia ¿No te dijo que los Daganegras me desheredaron por traidor? .Edia .P Volví a asentir y, con la punta de la lengua, atrapé una miga que se había quedado pegada en un diente. Tragué y respondí: .D .Bdia Sí, sí, me lo dijo. Pero ella también opina que tú no eres ningún traidor. .Edia .P Yerris se quedó suspenso y realizó una mueca extraña. .D .Bdia ¿De verdad? .Edia murmuró. Meneó la cabeza. .Bdia Pues no es cierto, shur. Soy un traidor de la peor calaña. Te traicioné a ti, a Rolg, a mi mentor, al tuyo, a Korther… E incluso a Sla. Era… lo que se suponía que tenía que hacer, ¿entiendes? Me crié entre los Ojisarios. El Bravo Negro me enseñó a espiaros. Él me daba dinero. Yo… os vendí a todos. Y la mayor tontería que hice fue decírselo todo a Alvon. Le pedí ayuda. Fui estúpido. Lo único que conseguí fue… que todos me desheredaran. .Edia .P Se encogió de hombros con el rostro sombrío. Lo miré, sobrecogido. Su voz había cambiado, así como su manera de hablar, más pausada y más madura, como si hubiera envejecido cincuenta años en unas pocas lunas. Se frotó la frente, añadiendo: .D .Bdia Lo siento, shur. Pero no deberías haber venido a buscarme. .Edia .P Hice una mueca testaruda y le respondí como bien hubiera podido responder el pasota de Dil: .D .Bdia Me da igual. He venido y punto. El Bravo Negro igual te enseñó a espiarnos, pero tú me enseñaste a sobrevivir en la ciudad. Así que te debo una. Y voy a sacaros de aquí a todos. .Edia .P Un destello burlón nació en los ojos de Yerris. .D .Bdia Impresionante, shur. Ahora, por favor, aterriza sobre la tierra y abre los ojos: estás metido en una caverna, en el corazón de la Roca, en una antigua mina de salbrónix revivida y rehabilitada por el Bravo Negro. La única salida es esa reja. Y está hecha de acero negro. Ni mil limas valdrían para romper un barrote. Esta es la realidad. Bienvenido al Pozo, shur. .Edia .P Se levantó bruscamente y se alejó bajo mi mirada asombrada. Diablos cómo había cambiado. Bueno, se entendía que no estuviera de buen humor, pero así y todo… Parecía casi tan trágico como Miroki Fal. .D .Bdia No es como lo recordabas, ¿eh? .Edia .P Me giré y vi a Rogan acercarse, masticando enérgicamente el último bocado de su pan. .D .Bdia ¿Qué tal andas? .Edia añadió. .D .Bdia Mejor, .Edia aseguré. .Bdia Mucho mejor. ¿Qué le ponen al pan? .Edia .P Rogan hizo una mueca. .D .Bdia Eso pregúntaselo al Gato Negro. Él lo sabe todo. Dice que es un elixir de fuerzas. Pero, entre nosotros, por cómo se le pone la cara cada vez que llega la comida, diría que tan buena no es. .Edia Se encogió de hombros y anunció: .Bdia Bueno, tiempo de ir a pescar. .Edia .P Me levanté para seguirlo con los demás hacia la otra caverna y le pregunté con curiosidad: .D .Bdia ¿Qué son esas perlas que pescáis? .Edia .D .Bdia Perlas negras. El Gato Negro dice que son perlas de salbrónix. Algo muy valioso. Pero para lo que nos sirven a nosotros, bien podrían ser piedras de río. Lo malo es que son más difíciles de atrapar que las de río: están metidas en agujeros y menudos agujeros. Estrechos como goteras y peligrosos como zarpas. .Edia Me enseñó su mano derecha. Estaba llena de cicatrices y rasguños. .Bdia La roca corta como una navaja. ¿Escalofriante, eh? Y también se encuentran cosas por el suelo, pero no las ves, porque ahí adentro está todo iluminado y no se ve nada. Algunas cosas hasta parecen moverse y hacen… ¡buh! .Edia .P Di un respingo y noté que varios se carcajeaban por lo bajo. Ahora, los guakos parecían más espabilados que hacía unas horas. Los oí hablar entre ellos mientras se metían en la espuma blanca. Tal vez fueran muchos de ellos novatos, pero la energía no parecía afectarlos tanto como a mí. Se alejaron. Pronto tan sólo conseguí divisar puntos más oscuros y acabé por perderlos de vista por culpa de la luz y las curvas que daban los túneles. .P Solo, en la caverna, me agaché junto a la boca de uno de los túneles. La espuma cubría todas las paredes, incluido el techo, y era difícil adivinar dónde acababa la luz y dónde empezaba la roca: mayormente, no se veía más que la luz. Sentía claramente su energía tantearme, como buscando una brecha para volver a desangrarme. No era muy reconfortante saber que ni aun alejándome todo lo posible de aquel producto blanco podía escapar totalmente de sus efectos. Tras pensarlo un poco, tendí la mano derecha y toqué la espuma. Era cálida, pero no ardiente; una energía pura y salvaje, tan natural como el morjás de un hueso, pero peligrosa… Mi mano esquelética notaba el peligro con nitidez. .P Retrocedí y regresé a la plataforma. Curiosamente, ahí la energía atacaba menos, tal vez fuera gracias a la madera, no lo sabía. En cualquier caso, me pasé ahí un buen rato tumbado, examinando la energía y pensando en cosas varias, hasta que me levanté y decidí acercarme a la reja. Esta se encontraba al lado opuesto de la caverna de espuma blanca, metida entre unas columnas de roca por las que se deslizaban regueros de agua. Medía menos de dos metros de ancho. .P Con la mano derecha, toqué el acero negro y constaté que no había ahí ninguna alarma. Los barrotes eran tan firmes que probablemente los Ojisarios no habrían ni pensado en la posibilidad de que pudiéramos romperlos o forzar la cerradura. Por pura rutina, examiné esta última con un sortilegio perceptista hasta que mi atención se girase hacia la cadena con candado que mantenía la reja doblemente cerrada. También me fijé en las marcas sobre la roca, del otro lado de una columna, como si alguien hubiera estado dando golpes con algo repetidamente hasta darse cuenta de que el esfuerzo era inútil. Entorné los ojos para tratar de ver algo en el túnel y no vi nada. Con una súbita idea, emití luz armónica y traté de arrojarla, pero mi sortilegio se deshilachó al de unos metros. Suspiré y, terminada mi investigación, volví a la plataforma. .P Cuando mis nuevos compañeros regresaron con las perlas de salbrónix, lo hicieron arrastrando los pies y presentando un aspecto penoso. Dejaron uno a uno las perlas en un cuenco. Algunos llegaban chupándose las heridas; otros se contentaron con subir a la plataforma y caer dormidos tan pesadamente como sacos de avellanas. Y pensar que dentro de dos bongs me uniría a ellos para la pesca… .P Perlas de salbrónix, pensé súbitamente, acercándome al cuenco para mirarlas. ¿No había dicho Korther que las canicas negras que había robado aquella noche en que me había atacado la Fría eran perlas de salbrónix? Curioso, tendí una mano hacia el cuenco y… de pronto un guako mayor que yo me dio un manotazo. .D .Bdia No toques, shur. .Edia .P Retrocedí un poco y vi al guako tumbarse y observarme con los ojos entrecerrados antes de que los párpados se le cerraran del todo. .P Rogan fue uno de los últimos en aparecer y lo vi algo más enérgico que los demás. Él ya llevaba ahí una luna y, como decía, se había acostumbrado. Me dedicó una sonrisa distraída, se detuvo ante la plataforma y contó las cabezas en voz alta: uno, dos, tres… contó hasta veintidós. Pareció satisfecho. Entonces fue a recoger el cuenco y, tras contar las perlas, lo transportó hasta la reja. Y, así, retornó a la plataforma bostezando, pasó por encima de los cuerpos tumbados y vino a instalarse junto a mí. .D .Bdia Y un nuevo día que se acaba, shur, .Edia pronunció. .P Posó la cabeza sobre la madera y, bostezando de nuevo largamente, cerró los ojos. Tras unos segundos de silencio, solté: .D .Bdia Sacerdote. ¿Estás despierto? .Edia .D .Bdia Mm, .Edia dijo él. .D .Bdia ¿Dónde está el Gato Negro? .Edia pregunté. .P Rogan abrió un ojo y resopló suavemente. .D .Bdia Vagabundeando en el infierno, como siempre, .Edia contestó. .P Fruncí el ceño, pensativo. No me creía que Yerris pudiera estar todavía pescando perlas. Entonces, ¿qué podía estar haciendo en esa espuma parásita? Decidí esperar a su llegada y preguntárselo. Sin embargo, el tiempo pasaba, mis fuerzas medraban y Yerris no venía. Acabé por sumirme en un sueño exhausto y, cuando desperté al oír por primera vez el ¡bong! metálico, el hambre me llevó directo a la reja con los demás niños. Detrás de esta, se acercaba un hombre con un gran saco. Iba embozado, así que no le vi el rostro. .D .Bdia ¡Buenos días, pequeños! ¿Qué tal estáis? .Edia dijo. .P Los guakos le contestaron con más o menos ánimo, algunos diciendo que bien, otros diciendo que tenían hambre. .D .Bdia Ahora vienen los panes, hijos míos, ahora vienen, .Edia respondió. .P Con tranquilidad, bajo nuestras miradas, recogió las perlas, las contó, las guardó en un saquito colgado a su cinturón y, al fin, uno a uno, fue repartiendo los panes. .D .Bdia ¡Me he rajao la mano, señor! .Edia informó uno de los niños. .P El Ojisario le cogió la mano, le echó una ojeada y suspiró. .D .Bdia Hay que tener más cuidado, muchacho. Espera a que acabe con los panes y te vendo la mano, ¿eh? .Edia .P En un momento, como vio a un guako empujar a otro para acercarse antes, chasqueó la lengua. .D .Bdia ¡Tst! En orden, pequeños, en orden. .Edia .P Una vez que todo el mundo tuvo su parte, se dedicó a vendarle la mano al niño herido mientras los demás mirábamos y masticábamos nuestra comida. Silbando una melodía alegre, pasó un producto amarillo sobre la herida y enrolló la venda interrumpiéndose a veces para preguntar cosas y bromear. Acababa de contar un chiste tonto sobre uno que podaba un árbol y se daba cuenta de que estaba sentado en la rama, del mal lado, y ¡zapa! se caía. Más de un guako se carcajeó y, pese a mí, sonreí. .D .Bdia ¿Y el nuevo, dónde está? .Edia inquirió el Ojisario. Sentí a los guakos girarse y sus miradas posarse sobre mí. .Bdia ¿Eres tú, verdad? Acerca, acerca. Dime. ¿Conoces algún chiste? Aquí, en el pozo, el recién llegado siempre tiene que contar uno. Regla número uno. .Edia .P Le dediqué una mueca poco complaciente, pero como los demás esperaban a que dijera algo, puse los ojos en blanco. .D .Bdia ¿Qué, no conoces ninguno? .Edia se extrañó el Ojisario. .D .Bdia Sí, natural, conozco unos cuantos, .Edia repliqué. Hasta me sabía chistes sobre huesos y nigromantes, pero esos no hubieran sido muy oportunos. Opté por uno que me había contado Garmon, el canillita. Carraspeé, tragué el pan que tenía en la boca y, asegurándome de que tenía toda la atención, conté con gravedad: .Bdia Va uno a comprar zapatos, ve algo que le gusta, saca unos clavos y le dice al zapatero: ¿cuántos? El zapatero lo mira de arriba abajo y le dice: pues usted sabrá, señor, pero normalmente la gente se lleva dos. .Edia .P El Ojisario se carcajeó junto con los guakos y afirmó: .D .Bdia Muy bueno, muy bueno. ¡Quedas aceptado en el club de los chistosos! .Edia Le revolvió el cabello al niño de la mano herida. .Bdia Ya está, todo curado, pequeño. Procura utilizar la otra para la pesca, ¿corriente? Bueno, basta de chistes: hora de trabajar. Hoy tocan sesenta y siete perlas, como ayer. No os peleéis y portaos bien. ¡Hasta mañana! .Edia .D .Bdia ¡Hasta mañana, señor! .Edia le contestamos en coro. .P El Ojisario se marchó con su linterna por el túnel hasta que lo vi subir por una escalera y ¡bong! la puerta metálica se cerró. .P Me metí en la boca lo que quedaba de mi desayuno y, buscando a Yerris, lo avisté al fin en la caverna de luz alejándose ya para ir a la pesca. Me precipité hacia él con la intención de alcanzarlo, pero cuando llegué a la otra caverna él ya desaparecía en uno de los tres túneles de luz, avanzando con extraña agilidad. Los demás guakos tardaron un poco más en decidirse a ir a trabajar. Con la energía completamente recuperada, algunos vagueaban sobre la plataforma, otros se molestaban, se quiñaban y bromeaban armando un bonito escándalo. Rogan, sin embargo, me había seguido y, tras un silencio, soltó: .D .Bdia ¿Sabes lo que pienso, shur? Que el Gato Negro anda buscando una salida. De lo que no se da cuenta es que, de momento, él es el único en poder llegar tan lejos en esos túneles. .Edia Sus ojos oscuros brillaron bajo la luz de la espuma blanca. Concluyó en voz baja: .Bdia Así que, si sale, saldrá solo. .Edia Se encogió de hombros y me sonrió. .Bdia Bonito chiste nos has contado. Fijo que el Embozao te pide otro mañana: ese tipo es un aficionado a los chistes, incluso a los malos. .Edia Me revolvió el cabello. .Bdia Disfruta de tu último bong de vacaciones, shur. .Edia .P Con un escalofrío, vi al Sacerdote alejarse sin miedo hacia un túnel distinto al que había tomado Yerris. La luz lo tragó. .Ch "Túneles y perlas" .\" 07/10/2017 Avancé por la espuma, sintiendo a cada paso cómo aquella pasta blanca iba consumiendo mi energía recuperada hacía tan pocas horas. .P Llevaba mucho tiempo en el Pozo o, como diría Rogan, muchos bongs. Creo que unos veinte. En todo ese tiempo, sólo habían pasado tres cosas notables. Primero, que cada día me sentía más impermeable a la energía parásita de la mina, como si la costumbre o la comida que nos daban le impidiera infiltrarse en mi cuerpo para drenar mis fuerzas. Segundo, que ahora éramos treinta en el Pozo: los Ojisarios habían traído a tres de golpe hacía dos semanas y luego a tres más en los días siguientes. Y, tercera y última gran novedad, Slaryn formaba parte de los recién llegados. No había llegado sola sino acompañada de dos amigos de su banda, Guel la Adivina y el Topo. Según contó Slaryn, la habían pillado merodeando por el territorio de los Ojisarios y la habían seguido hasta su refugio y atrapado junto con la Adivina y el Topo. No quiso dar más detalles. Al principio, yo creía que, si estaba tan callada, era por culpa de la energía de la caverna que la aturdía, pero luego entendí que simplemente no le apetecía hablar de lo bien que había metido la pata. Para desilusión mía, se encerró en un mutismo tan poco comunicativo como Yerris. Ambos Daganegras se observaban de lejos. Se podían contar con los dedos de una mano las palabras que habían cruzado en aquellas últimas dos semanas. A mí no me decían gran cosa tampoco. Sla se contentaba con empujarme suavemente cada vez que me acercaba y con decirme un «qué tal, shur» sin que pareciera importarle que mi respuesta fuera un «regular», un «fiambres, ¡quiero salir de este agujero!» o un «¡viento en popa!». Cuando iba a sentarme junto a Yerris, éste o bien guardaba silencio o bien me soltaba comentarios breves y fatalistas del tipo: nuestra vida no vale un clavo, shur, las perlas de salbrónix nos la han salvado por ahora, ¿pero hasta cuándo? Y, si yo le hacía alguna pregunta sobre sus vagabundeos por los túneles más lejanos, él me replicaba invariablemente un: alivia. Y yo me alejaba con cara decepcionada y, previendo que Sla no me daría más conversación que el Gato Negro, me iba junto con Rogan y escuchaba sus delirios sobre los espíritus, el Libro Sagrado y el destino triste pero glorioso y honrado de los guakos. Los demás compañeros no es que le hicieran mucho caso, más bien se burlaban de él y sus gestos teatrales, pero a mí el Sacerdote me parecía un gran guako, sobre todo porque, además de que hablaba bien, sabía escuchar y contestaba a mis preguntas y, en fin, que formábamos un buen dúo, siendo él mi guía espiritual y yo su cantador preguntón personal. .P Aparte de eso, los días se resumían a esto: despertar con el bong, comer el pan mágico, ir a la pesca y dormir. Había ido sintiendo sutiles cambios con el tiempo. Por ejemplo, la luz ya no me dañaba tanto los ojos. Algo que me resultaba bastante útil, casi tanto como mi mano derecha cuando la metía en las cavidades y sacaba las perlas sin hacerme averías como los demás. .P Precisamente, en aquel instante, introduje la mano en una cavidad sumergida en la bruma de luz y tanteé. Nada. Con cuidado, la retiré y seguí avanzando por el mar de luz, procurando pisar ligero la roca traicionera del fondo. .P Al principio, había temido que mi mano se estropeara por culpa de la espuma y que la energía destrozara la mágara, pero pronto había constatado que esa espuma, aunque no me permitiera soltar sortilegios externos, únicamente podía resultar peligrosa para el jaipú. A Yerris le gustaba llamarla espuma vampírica y la Adivina la llamaba baba de dragón, sólo que, al contrario que la espuma o la saliva, ni mojaba ni se quedaba pegada a nuestra piel. Era como una bruma blanca y estática que cubría las paredes subterráneas, ocultando y protegiendo las cavidades donde se formaban las perlas de salbrónix. .P Oí ecos de voces y fruncí el ceño al percibir una entonación que sonaba a discordia. Tras una breve vacilación, me acerqué al ruido y avisté a dos compañeros, ambos algo mayores que yo, y ambos humanos. Eran Syrdio y el Topo. Mientras que el primero estaba de pie, sobre una roca, el otro se había metido en un recoveco del túnel y ponía cara de intensa concentración. .D .Bdia ¡La tengo! .Edia exclamó entonces, apartándose del muro. .D .Bdia ¡Pues rápido, apronta, shur! .Edia le soltó Syrdio sin moverse de su roca. .D .Bdia ¡Ya te he dado una! .Edia protestó el Topo. .P Syrdio le puso cara de desprecio. .D .Bdia Y me da igual, me debes esta, si no quieres que se te caigan las barbas delante de todos. .Edia .P El Topo le miró con mala cara pero le dio la perla. No di crédito a mis ojos. .D .Bdia ¡Pero qué fiambres! .Edia solté, acercándome. .Bdia Topo, ¿qué haces? ¿Por qué le das la perla? .Edia .P El Topo no contestó y, esbozando una sonrisa, Syrdio dijo: .D .Bdia No te entrometas, mocoso, que esto no te concierne. .Edia .D .Bdia Mocoso tú mismo, .Edia le repliqué. .P Syrdio meneó la cabeza, se bajó de la roca y me empujó la cabeza. .D .Bdia He dicho que no te metas. .Edia .P Lo vi alejarse y me mordisqueé la mejilla, tenso, antes de preguntarle al Topo: .D .Bdia ¿Por qué le has dado la perla? .Edia .P Mi compañero puso cara de quien dice: no lo sé. Lo cual podía significar o un «Syrdio sabe algo de mí que no quiero que se sepa» o bien un simple «Syrdio me da miedo y no sé decirle que no». Conociéndolo un poco, aposté por la segunda solución. Sacudí la cabeza y dije: .D .Bdia A mí todavía me falta una. ¿Y a ti? .Edia .P El Topo se ensombreció. .D .Bdia Tres. .Edia .D .Bdia Caray, .Edia resoplé. .Bdia Pues date prisa o acabarás cayéndote redondo en camino. Todavía no eres pescador veterano, ¿recuerdas? Bah, te echaré una mano, que yo no aguanto aquí tanto como el Gato Negro pero casi. ¿Corriente? .Edia .P El Topo asintió en silencio y continuamos buscando perlas juntos. Cuando regresamos, mi compañero tenía una palidez cadavérica. Rogan nos esperaba en la boca de la caverna. .D .Bdia ¡Espíritus lo que habéis tardado! .Edia exclamó. .Bdia Ya creía que los diablos os habían trincado. .Edia .D .Bdia A mí no, pero a este casi, .Edia contesté, ayudándole al Topo a salir del mar de luz. Rogan se aproximó para darle también su apoyo. .Bdia ¿Llegamos tarde para el sermón? .Edia .D .Bdia ¡Qué dices! .Edia resopló Rogan. .Bdia Si yo el sermón lo hago sólo en tu presencia, Espabilao. Total, eres el único que me escucha. .Edia .P Me carcajeé y apunté: .D .Bdia La Adivina también te escucha. .Edia .D .Bdia Buah, a saber, a saber, .Edia dijo el Sacerdote mientras nos metíamos en nuestra caverna. .Bdia Esa nunca se sabe si escucha o sueña. Además, a estas horas, fijo que ya ha entregado su alma al Espíritu de los Sueños. .Edia .P Subimos la plataforma y constaté que, efectivamente, Guel la Adivina estaba profundamente dormida. Dejamos al Topo junto a ella, recuperé las perlas de su bolsillo y di un salto ágil fuera de la plataforma para ir a añadirlas al cuenco junto con las mías. Me detuve cerca de la reja unos instantes. Recordaba que, antes, no lograba ver casi el túnel y, ahora, conseguía divisar los muros y hasta adivinaba la presencia de los primeros peldaños de la escalera, a unos cuarenta metros de distancia. ¿Sería que la luz de la caverna era más intensa y yo no me daba cuenta? No lo sabía pero, en cualquier caso, el acero negro, él, seguía tan indestructible como siempre. Cogí uno de los barrotes, me sacudí más que lo sacudí a él y le dije: .D .Bdia Cabeza de burro. .Edia .P Solté el barrote y regresé a la plataforma, di un bote, aterricé sobre esta y me senté con las piernas cruzadas ante el Sacerdote. .D .Bdia Bueno, bueno, ayer me contabas lo que le pasó al Espíritu Viajero de San Lakán, .Edia le recordé. .Bdia Se embarcó y navegó y navegó hasta el horizonte. ¿Qué le pasó después? .Edia .P Rogan puso los ojos en blanco. .D .Bdia Siguió navegando hasta el infinito. Por eso se lo llama el Espíritu Viajero, shur. ¡Vamos, olvídate de ese santo! Hoy voy a contarte lo que le pasó a un guako de hace mucho tiempo al que trincaron por robar un pan y se enfadó con el Espíritu Patrón. Te va a encantar, está en verso y todo. Me lo enseñó un viejo pocero de los Gatos. A lo mejor me falla alguna rima o eso, pero más o menos dice así. Escucha, escucha. .Edia .P Presté intensa atención y él recitó: .Bl -t verse .It Me trincó la moscardía, .It ¡ay de mí! ¿qué he de pensar .It del mundo y la compasión .It si me atan por comer pan? .It ¡Señor panadero, tenga .It por este guako piedad! .It ¿Piedad para el muerto de hambre? .It ¡No, ladrón, no hay que esperar! .It Y vedlo, yendo desnudo, .It a este niño desmadrado, .It ¡al ladrón, al ladrón! .It Y largo lo persiguieron, .It ¡lo embargaba tal terror! .It El muchacho tropezó, .It cayó al suelo junto al puerto. .It ¡Al ladrón, al ladrón! .It ¡Hurra, lo hemos atrapado! .It Los vecinos lo zurraron. .It ¡Y cómo gritó el tunante! .It Al fin, lo dieron por muerto .It y en el río terminó. .It El chaval, aún respirando, .It a una barca se agarró .It y, moribundos, sus ojos .It se alzan al cielo y preguntan: .It ¿por qué, Espíritu Patrón, .It dime, por qué nací yo? .It ¿por qué me diste la vida .It si es para robarla hoy? .It Y entonces, río llorando .It y le digo: sos ladrón. .It Patrón, eres un truhán .It y yo un gato y un buscón, .It pero los que me golpearon .It esos más malvados son. .It Y así se durmió el pequeño .It que sólo panes robó, .It velado por la luz tenue .It que al alba despunta el sol. .It Y al alba, a las seis, un mosca, .It lo levanta —¡nada pesa! .It y lo lleva al corazón .It del hogar que nada cura, .It tras los barrotes que burlan .It al bellaco y al ladrón. .It Y bien, heme aquí ante el juez .It y me han dado mi condena: .It no saldré de este refugio .It hasta que llegue la eterna. .It Tal vez entonces, Patrón, .It me dirás lo que he hecho mal, .It a menos que tú tampoco .It me lo sepas explicar. .El .P Rogan acabó su historia con un ademán teatral y preguntó: .D .Bdia ¿Qué te ha parecido? .Edia .D .Bdia Bonito, .Edia confesé. .Bdia Pero oscuro y desesperanzao. Quién sabe, a lo mejor ese guako escapó de la trena y siguió robando panes. Además, deberías ponerle música. Tipo… .Edia Me aclaré la garganta y entoné: .Bl -t verse .It ¡Me trincó la moscardíiiiiaaaa! .It ¡Aaaay! ¡Aaaaay de mí, y no sé cuántoooo! .El .P Rogan estalló de risa. Un compañero despertó sobresaltado, nos echó una mirada medio despierta y volvió a dormirse profundamente. Al otro lado de la plataforma, vi a Syrdio carcajearse por lo bajo y comentar algo con un vecino. .D .Bdia Bueno, algo así, .Edia concluí. .D .Bdia Fijo que hasta el Gato Negro te ha oído, .Edia se rió Rogan. .P Como siempre, el Gato Negro era el único ausente. Tras una vacilación, me acerqué al Sacerdote y me incliné, murmurando: .D .Bdia Hoy lo he estado siguiendo. .Edia .P Los ojos de Rogan se iluminaron. .D .Bdia ¿De verdad? .Edia .D .Bdia Sí. Se va muy lejos, .Edia dije. .Bdia Creo que toca todo el fondo, como buscando un agujero. Pero no creo que haya encontrado nada. .Edia .D .Bdia ¿Y él no te ha visto a ti? .Edia se extrañó Rogan. .P Me encogí de hombros. .D .Bdia Pues no. Tengo mis trucos. Oye, Sacerdote. .Edia .D .Bdia ¿Qué? .Edia .P Inspeccioné una herida en mi pie ya casi cerrada y me tumbé sobre la madera con los brazos detrás de la cabeza. .D .Bdia Pues… No sé, .Edia vacilé. .P Rogan me miró con burlona curiosidad. .D .Bdia ¿Qué pasa? .Edia .P Meneé suavemente la cabeza. .D .Bdia ¿Qué harán los Ojisarios cuando ya no encontremos perlas? .Edia .D .Bdia Aj. .Edia El Sacerdote hizo una mueca. .Bdia Esas son preguntas insanas, Espabilao. .Edia .D .Bdia Ya, pero eso dijo el Gato Negro: que las perlas tardaban muchísimos años en formarse y que por eso la mina fue abandonada hace muchos, muchos años. .Edia Marqué una pausa. .Bdia Me pregunto cómo sabe tanta cosa. .Edia .D .Bdia Es el Gato Negro, .Edia dijo Rogan por toda respuesta. Y, al verme bostezar, añadió: .Bdia Bah, duérmete, que acabarás escacharrándote la mandíbula. .Edia .P Asentí, bostecé de nuevo, encontré una posición cómoda y solté: .D .Bdia Dulces sueños, Sacerdote. .Edia .P Y, como de costumbre, me dormí en apenas unos segundos. Soñé con que corría subiendo la cuesta hacia la Cueva. Sentía el viento frío del valle contra mis mejillas. Olía a tierra, a hierba y a bosque. ¡Elassar!, gritaba alegremente. ¡Elassar, he encontrado el hueso de ferilompardo! ¡He encontrado el hueso de ferilompardo! Sentado sobre su cofre, mi maestro alzaba unos ojos tranquilos, apartándolos de su libro de nigromancia. Y me decía: ya has tardado, Mor-eldal… .P ¡Bong! Desperté de golpe y me senté en la plataforma. Fui uno de los primeros en llegar junto a la reja y pude ver avanzar al Embozao por el túnel. Una vez, le había preguntado por qué se tapaba la cara. Él me había contestado que era para protegerse de la energía diabólica. No se lo había dicho, pero yo dudaba de que fuera muy eficaz. .D .Bdia ¡Buenos días, pequeños! .Edia nos saludó como de costumbre. .D .Bdia ¡Buenos días! .Edia le dije con los demás. Mis manos se agarraban a los barrotes y mi mirada estaba muy fija en el saco lleno de panes. Tenía un hambre de dragón. .D .Bdia ¿Qué tal estáis? .Edia preguntó el Embozao. .P Recibió una algarabía de respuestas, entre las cuales las más eran positivas. Recogió las perlas y las contó. Tenía que haber ochenta y cuatro. Yo no las había contado el día anterior, siempre se ocupaban otros de hacerlo. El Embozao frunció el ceño. .D .Bdia ¿Qué es esto, jovencitos? ¡Faltan tres! .Edia .P Me estremeció su voz descontenta y me apresuré a retroceder con los demás. El único que no retrocedió fue Yerris. El Gato Negro miró al Embozao con cara sombría. .D .Bdia Conté ochenta y cuatro, .Edia dijo con calma. .Bdia Los tres novatos todavía sólo cogen una. No pueden coger más. .Edia .D .Bdia He contado ochenta y uno, .Edia replicó el Embozao. Su voz era tan seca que, acostumbrado a verlo alegre y afectuoso, me asusté un poco, y no fui el único. Retomó: .Bdia Lo siento pero, hasta que no me deis tres más, no tendréis la comida. Ya conocéis las reglas. Traedme esas tres perlas rápido. Si no las tenéis dentro de una hora, habrá bronca. ¿Está claro? .Edia .P Le contestó un silencio de disgusto y desesperanza. El Embozao hizo un gesto con ambas manos. .D .Bdia Las reglas son las reglas, muchachos. No es culpa mía. .Edia .P Recogió el saco de panes y se marchó. Apenas oímos el ¡bong! de la puerta metálica cuando, una niña, la Venenos como la llamaban, se golpeó contra la reja y se puso a chillar imprecaciones fustigantes contra el Embozao. Alguno intentó calmarla, otros juraron que habían traído las tres perlas y los más nos rebullimos, inquietos. Con la cara tiesa y sus orejas puntiagudas levemente trémulas, Yerris se giró, no hacia la caverna de luz como yo esperaba, sino hacia Syrdio. .D .Bdia Syrdio, .Edia llamó con voz ligeramente tensa. .Bdia Vas a ayudarme a encontrar esas tres perlas. ¿Corriente? .Edia .P El rostro del muchacho me pareció muy pálido. Lo vi tragar saliva y asentir. Cuando los vi a ambos alejarse hacia la caverna, tuve la impresión de que todo lo que hacían era simple teatro. Porque estaba casi seguro de que Syrdio tenía ya esas tres perlas en el bolsillo. ¿Pensaba tal vez que iríamos a darle un día de vacaciones por su bonita cara? .D .Bdia Qué isturbiao, .Edia murmuré. .P Me acerqué adonde estaban sentados el Topo, la Adivina y el Sacerdote. El primero no parecía estar en mucha mejor forma que ayer. .D .Bdia Sacerdote, .Edia solté. .Bdia ¿Qué quiere decir el Embozao con que va a haber bronca? .Edia .P Rogan hizo una mueca. .D .Bdia Pues que nos van a desabrir de lo lindo si no les damos esas tres perlas. Ya pasó antes de que llegaras tú. Sólo que aquella vez ya sabíamos que no había suficientes perlas. Pensábamos, bah, ¿qué nos van a hacer? Pues resulta que vinieron con los perros y las ballestas y le dieron una paliza al Gato Negro porque ese loco se interpuso y les dijo: esta es nuestra casa, isturbiaos. Se enfadaron mucho. Y nos dijeron que no nos darían pan mágico hasta que no les trajéramos las perlas que les debíamos. Al principio, no entendimos la amenaza, ¡hasta seguían trayéndonos pan! Pero, al de unos ocho bongs… Bueno, todavía nos quedaban unas perlas que devolver porque algunos de nosotros nos hacíamos los remolones y tal y… empezamos a sentirnos muy mal, como si se nos hubieran metido los Espíritus del Mal adentro y se hubieran puesto a desgarrarlo todo. Te lo juro, un infierno. Nos dejaron así durante… no sé, tal vez dos días. Hasta que nos dieron el pan mágico de verdad y se nos pasó. Se nos quedó bien grabada la lección. Por desgracia, Syrdio vino después de eso, .Edia añadió en un murmullo. Alzó los ojos hacia las estalactitas y tamborileó sobre la madera de la plataforma, fingiendo desenfado. .Bdia Bueno, bueno. Pero esta vez eso no va a pasar porque Syrdio… quiero decir, el Gato Negro sacará esas tres perlas antes de una hora. Por algo es el veterano del Pozo, .Edia sonrió. .P De hecho, no mucho tiempo después, regresó el Gato Negro con las tres perlas. Syrdio lo seguía cojeando. Tenía la nariz ensangrentada y un moratón naciente en el antebrazo. Nat el Bailador, que era amigo suyo desde antes de lo del Pozo, se quedó boquiabierto al verlo. .D .Bdia ¿Qué te ha pasado? .Edia preguntó. .D .Bdia Me he chocado contra una roca, .Edia gruñó Syrdio. .P Rogan soltó una exclamación burlonamente compasiva. .D .Bdia ¿No fastidies? ¿Por casualidad la roca no tendría dos orejas y bigotes de gato negro? .Edia .P Solté una risotada. Syrdio nos echó una mirada aburrida y, sin replicar, cojeó hacia la fuente de agua para ir a limpiarse. Sonriendo aún, volteé y me acerqué a la reja, donde Yerris ya esperaba, sentado sobre una roca, entre dos columnas. Eché un vistazo a sus nudillos y confirmé mi impresión: los dos se habían peleado y el Gato Negro había salido airoso. Pasé las manos entre los barrotes y mis ojos atravesaron la oscuridad. Hasta creía distinguir la puerta metálica pese a que esta se encontraba obviamente fuera de mi vista, arriba de las escaleras. Y en mi cabeza sonaba ya el ¡bong! tan esperado. Tenía un hambre… .D .Bdia Shur. .Edia .P Era Yerris quien me llamaba. Lo miré con curiosidad y topé con sus ojos azules evaluadores. .D .Bdia ¿Puedo pedirte un favor? .Edia .P Entorné los ojos, intrigado. .D .Bdia Natural, .Edia dije. .D .Bdia Yo no puedo vigilar y buscar una salida al mismo tiempo. Vigila a Syrdio, ¿quieres? Si hace algo malo, no te metas: tú simplemente me lo dices. .Edia .P Sonreí y asentí. .D .Bdia Pues claro. O sea que de verdad buscas una salida. ¿Has encontrado algo? .Edia .P Él sacudió la cabeza y suspiró. .D .Bdia No. Nada de nada. Pero, aunque encontrara algo, no podemos huir así como así. No sin la sokuata. .Edia .P Fruncí el ceño y me acerqué. .D .Bdia ¿La sokuata? ¿Qué es eso? .Edia .P Yerris hizo una mueca como pensando: no debí haber dicho eso. Mi curiosidad se avivó e insistí: .D .Bdia ¿Qué es? .Edia .P El Gato Negro echó una ojeada a los demás. Estos estaban todos en la plataforma, esperando el retorno del Embozao. .D .Bdia Esto no se lo digas a nadie, .Edia murmuró. .Bdia ¿Corriente? .Edia .P Asentí y me senté junto a él, expectante. .D .Bdia Quiero tu palabra de Gato, .Edia exigió el semi-gnomo. .P Sonreí y, como hacía Rogan algunas veces, levanté mi puño hasta el pecho y dije: .D .Bdia Palabra de Gato, no diré nada. .Edia .P Hubo un silencio y esperé pacientemente a que, por fin, Yerris me dijera algo más que un: estamos condenados. En voz muy baja, reconoció: .D .Bdia No es que sea realmente un secreto. Más bien que no me gusta hablar del tema. Verás, los Ojisarios llaman sokuata a lo que meten dentro del pan mágico. La sokuata es lo que nos ha convertido… en esto. .Edia Vaciló bajo mi mirada perpleja y retomó: .Bdia Es una poción de mutación. El alquimista que la inventó… metió la pata hasta el fondo. Los Ojisarios lo apresaron hace, no sé, como medio año tal vez, no tengo ni idea. El caso es que estuve encerrado en una celda de su laboratorio a finales de invierno y… fui el primero en probar su poción. Me cambió. Nos ha cambiado a todos. Hay cosas que puedo hacer ahora y que no podía hacer antes. Es imposible que no lo hayas notado. Nuestro jaipú es… diferente. Resistimos más a las energías exteriores. Una vez, el alquimista me dio una descarga energética con una mágara. Y el sortilegio rebotó. Apenas me afectó. .Edia Inspiró, absorto, y concluyó en un susurro: .Bdia Eso es la sokuata, shur: un producto salido de la imaginación de un alquimista profundamente idiota. Podría parecer hasta práctico y ventajoso si no la necesitáramos para vivir. Lo que oyes. El alquimista me lo dijo tal cual: si muero, morirás. E hizo que fuera así aposta, créeme: sabe que cuando dejen de necesitarlo los Ojisarios se desharán de él. Por eso… se las arregló para que nuestros cuerpos mutantes necesitaran su sokuata para seguir funcionando. Sin ella, nos morimos, shur. Sin la sokuata, todo se convierte en un infierno. Y, si huimos sin ella, estamos muertos. Escachufaos. Espiritaos. Como prefieras. Muertos, .Edia repitió. .P Tragué saliva mientras asimilaba todo eso. Coincidía con la historia de Rogan. A través de esos panes, los Ojisarios nos habían hecho tomar un producto mágico para permitirnos pescar perlas en aquella mina y, para colmo, resultaba que éramos ahora dependientes de ese producto para seguir viviendo. Tuve la impresión de que los barrotes de la reja se hacían más gruesos e infranqueables. .D .Bdia Fiambres, .Edia murmuré. .Bdia Pero… pero, Yerris, todo eso que dices… ¿es cierto? .Edia .P El Gato Negro puso los ojos en blanco y meneó la cabeza. .D .Bdia Olvídalo, shur. No vale la pena pensar en ello. Es sólo que… bueno, supongo que es mejor que te hable yo de pociones de mutación en vez de que ese Sacerdote empiece a meterte ideas sobre maleficios, hechizos y brujería… .Edia .D .Bdia El Sacerdote no hace eso, .Edia protesté. .P Yerris sonrió. .D .Bdia Bueno. En cualquier caso, espero no haberte desmoralizado. Todavía no se lo he dicho a Sla. Como parece enfadada conmigo, no me atrevo, que a lo mejor me desoreja. .Edia .P Levanté una comisura del labio superior, extrañado. .D .Bdia ¿Enfadada contigo? ¿Sla? .Edia .D .Bdia No me dice ni mú. .Edia .P Resoplé. .D .Bdia Tú tampoco. .Edia Marqué una pausa y solté entonces lo que tenía en el corazón: .Bdia Los dos estáis tan extraños que parece que os ha caído un rayo en la cabeza. Y tú me largas cada vez que vengo a hablarte, lo cual es un poco injusto porque yo, el año pasado, te hacía caso y tú no callabas. ¿No lo has notado? .Edia .P Yerris me echó una mirada sorprendida, desvió los ojos hacia donde estaba Slaryn, hablando con la Adivina, y esbozó una sonrisa. .D .Bdia Vaya… Pues a lo mejor tienes razón, .Edia admitió. .Bdia ¿Sabes, shur? Lo que sí que he notado es que en un año te has convertido en un Gato guako puro y verdadero. Aún me acuerdo de cuando me decías: ¡Yeeeerris! ¿Qué es esta cosa con patas y cuernos? ¡Un buey, shur! ¿Y esa seta negra enorme que lleva esa señora en la mano, eh, Yerris? ¡Un paraguas! .Edia Nos carcajeamos y él tiró una de las perlas de salbrónix antes de recuperarla al vuelo. Tras un silencio, soltó: .Bdia Por cierto, ¿qué tal le va a tu mentor? .Edia .P Hice una mueca. .D .Bdia Se marchó a Kitra por un trabajo. Pero a lo mejor dentro de poco está de vuelta y… .Edia .D .Bdia Y se dará cuenta de que se ha quedado sin sarí, .Edia completó el Gato Negro. Se encogió de hombros. .Bdia ¿Qué quieres, shur? Es dura la vida del guako y no extrañará a nadie que hayas desaparecido de la noche a la mañana. Yal es un tipo con la cabeza sobre los hombros. Llegará pronto a la conclusión de que estás muerto, te llorará un tiempo y seguirá con su vida. Y nosotros seguiremos pescando perlas y comiendo sokuata hasta que un día no encontremos perlas y entonces el Bravo Negro nos olvidará, dejará que nos muramos de hambre y condenará de nuevo la mina habiéndose enriquecido más que el Capitán Farragoso con la máquina fabricadora de oro. .Edia .P Ante mi expresión aterrada, sonrió y, alzando un índice y un pulgar con gesto burlonamente religioso, pronunció como rematando una oración: .D .Bdia Paz y virtud. .Edia .P Su sonrisa se ensanchó, meneó la cabeza, divertido, y añadió: .D .Bdia Tal vez sea esa la solución: aceptar nuestra condena y vivir con ella. Al fin y al cabo, ya vivíamos condenados allá arriba, sólo que de manera distinta. Y podríamos estar peor. No hace frío, tenemos un lecho más suave que la piedra y unos túneles tan bien iluminados que ni siquiera tenemos miedo de que se nos apague la antorcha… En fin, ¡el paraíso! .Edia exclamó, riendo. .P Lo contemplé con los ojos redondos. Justo en ese momento, sonó un ¡BONG! y el Gato Negro se levantó con agilidad concluyendo: .D .Bdia ¡Y además nos traen el desayuno a casa! .Edia Me enseñó una sonrisa bromista. .Bdia Levántate, gran príncipe, que la mesa está servida. .Edia .P Resoplé y una sonrisa estiró mis labios. Por fin el Gato Negro estaba de mejor humor. Tal vez fuera debido a un atisbo de locura… pero, fuera como fuera, me alegraba. .Ch "Esperanza" .\" 08/10/2017 .Bl -t verse .It Vuelvo con tres perlas negras. .It La primera fue costosa. .It La segunda fue serena. .It La tercera la más valiosa .It pues me abrió el camino de vuelta. .El .P Murmurando más que cantando mi canción, dejé las tres perlas en el cuenco junto a la reja y no bien me hube enderezado oí un: .P .Sm ¡Bong! .P Me sobresalté y fruncí el ceño. Acababa de llegar de la pesca. No podía ser la hora de la comida. ¿Traerían a nuevos mineros? Habían pasado ya unas dos semanas desde el incidente con las tres perlas faltantes y, en todo ese tiempo, no habíamos visto más que al Embozao. Ahora, sin embargo, venía más gente. Vi bajar a cuatro siluetas por las escaleras del fondo. No eran reclutas, pues los reclutas siempre venían dormidos y los bajaban a cuestas. Se pusieron a avanzar por el túnel con una antorcha encendida. Dos de ellos eran mayores. Y los otros dos eran niños. El corazón me dio un vuelco cuando los reconocí a todos. Eran Warok, Tif… y mis comparsas. .D .Bdia Avanza, .Edia le gruñó el elfo oscuro a su hermanito. .P Le dio una colleja y Manras soltó un jadeo quejumbroso. Me aparté de la reja, muy pálido. ¿No irían a meter al pequeño elfo y a Dil en el Pozo, verdad? Warok era el hermano de Manras… No se atrevería, ¿verdad? .P De tanto retroceder, choqué contra el borde de la plataforma. Mis compañeros que ya habían vuelto de la pesca parecían tan atentos como yo pero, al verme tan prudente, ninguno se atrevió a acercarse. Al fin y al cabo, estaba claro que no iban a darnos panes ni a contarnos chistes como el Embozao. .P Llegaron al fin junto a la reja y, con una brutalidad que me acaloró el odio, Warok empotró a su hermanito contra los barrotes. .D .Bdia ¡Míralos, miserable! .Edia gritó con voz terrible. .Bdia ¡Mira a esos guakos y dime ahora si realmente quieres condenarlos a muerte! ¡Estúpido mocoso! ¡Cómo has podido ser tan idiota! ¿Quieres que te meta ahí dentro con los monstruitos como tú? ¿Eh? Dime, ¿quieres pudrirte en este agujero? .Edia Lo volvió a golpear contra los barrotes, lo soltó y, para horror mío, sacó una daga. .Bdia ¡Abre la puerta, Tif! .Edia .P El caito rubio sacó las llaves, deshizo el candado y abrió la reja. Era tan sólo la quinta vez que se abría desde que había llegado, y era la única en que los Ojisarios no traían a los perros. Warok empujó a Dil adentro y el Principito golpeó contra una de las columnas rocosas antes de voltear y tartamudear: .D .Bdia ¡No le pegues a Manras, no le pegues! ¡Yo le abrí la puerta al alquimista! ¡Fue idea mía! .Edia .P Warok lo miró con desprecio. .D .Bdia Y un cuerno fue idea tuya, Dil: tú no tienes más cabeza que un gorrión. Quédate aquí y tráenos tres perlas. Es lo más útil que puedes hacer. .Edia .P Tif ya estaba volviendo a cerrar la reja. Manras gritó: .D .Bdia ¡No, no, no! ¡Diiiil! .Edia .P Tendía sus manos menudas y azuladas entre los barrotes, desesperado al ver a su amigo encerrado en aquella caverna infernal. Yo no osaba moverme pero, en ese instante, cuando vi a Warok agarrarle a Manras del pescuezo ordenándole que se callara, me precipité hacia la reja sin siquiera pensarlo y bufé: .D .Bdia ¡Suéltalo, isturbiao! .Edia .P Manras dejó de gritar y se quedó mirándome, boquiabierto. Dil no pareció menos asombrado. Crucé la mirada de Warok y repetí con firmeza: .D .Bdia Suéltalo. .Edia .P Warok enarcó una ceja y se desinteresó de Manras. .D .Bdia Vaya, vaya. El pequeño Daganegra. ¿Qué tal va tu miserable vida? .Edia .D .Bdia Viento en popa, .Edia le dije. .P Mi respuesta no pareció gustarle. El Ojisario me lanzó: .D .Bdia Acerca. .Edia .P Me había parado junto a Dil. No me moví. .D .Bdia ¡Acerca o te quedas sin comida! ¿Me oyes? .Edia me ladró. .P Le puse cara desafiante y burlona. La presencia de mis comparsas canillitas me hacía hacer cosas temerarias y tontas. Ante mi rebeldía, el rostro de Warok se transformó en una máscara de irritación. Esta vez, blandió su daga. Agrandé los ojos, giré la cabeza hacia mis compañeros, tal vez en busca de ayuda, y observé una expectación nerviosa. Rogan estaba mortalmente pálido. .D .Bdia Cuidado, chaval, .Edia me dijo Warok con calma. .Bdia Si quisiera, podría arrojarte este cuchillo en un instante y clavártelo en el corazón. A nadie le importaría, y menos a mí. Acércate de una vez. .Edia .P Me quedaban tan sólo tres o cuatro zancadas hasta la reja. Di un paso. Y otro. Acabé cerca de los barrotes y, para sorpresa mía, Warok no me pegó. Ni siquiera me tocó. Cuando habló, su voz sonó simplemente condescendiente. .D .Bdia Dime, cachorro humano. Si mal no recuerdo, entraste aquí a mediados de Celestes. ¿Sabes cuánto tiempo llevas aquí? .Edia .P Le eché una ojeada a Manras, quien miraba la escena con muda conmoción. Meneé la cabeza y contesté: .D .Bdia ¿Una luna? .Edia .P Warok sonrió con burla. .D .Bdia Y más que eso. Estamos ya a Rojas. ¿Recuerdas cómo era el sol? Pues intenta acordarte y no olvidarlo, porque nunca vas a volver a verlo. .Edia Me hizo señal de que me acercara todo lo posible y me murmuró muy bajo al oído: .Bdia Tú que eres listo, búscame más perlas, guárdalas y no se lo digas a Lof y, si trabajas bien, te haré libre un día. Además, ya que mi hermanito parece importarte, yo que tú haría caso y tal vez así evites que lo meta en este agujero, ¿mm? .Edia .P Bajo mi mirada más bien hostil, se apartó, le dio un empellón a Manras, no sé si para rematar la lección o para que espabilara, y se alejó por el túnel junto con Tif. Sin embargo, Manras no se movió: nos contemplaba alternadamente a Dil y a mí con cara de estar pidiendo auxilio. Y que se lo pidiera a unos guakos encerrados detrás de una reja de acero negro me rompió el corazón. Antes de que Warok se diera la vuelta y lo llamara, me apresuré a hacer un gesto imitando un objeto fino y largo y señalé la cerradura. Las llaves, quise decirle. Y cuchicheé: .D .Bdia Sé prudente. .Edia .D .Bdia ¡Manras! .Edia ladró Warok. .P Con la respiración precipitada, el pequeño elfo oscuro se apresuró a seguir a su hermano mayor. Sin embargo, cuando posó el pie en el primer peldaño de las escaleras, se giró y, con una señal de esas que usábamos cuando vendíamos periódicos, me dijo: corriente. Y desapareció escaleras arriba. .P Inspiré y me agarré a los barrotes, tenso y expectante. Tardé un rato en entender por qué me sentía tan nervioso. Y es que, antes, pese a los esfuerzos del Gato Negro, nunca había tenido mucha esperanza de que pudiéramos salir un día por algún misterioso túnel que subiera a la superficie —ni siquiera él mismo parecía creerlo. En cambio, que Manras nos trajera las llaves… no era evidente, pero era más creíble. Mucho más que ver a Warok liberarme. Fiambres. Ese elfo realmente debía de tomarme por un idiota. .P Cuando sonó el bong de la puerta metálica, pensé de pronto en un detalle. Manras me había hecho una señal al final del túnel, cuando ya la antorcha apenas lo iluminaba, sin dudar de que yo lo iba a ver. Probablemente porque él mismo sabía que, en mi lugar, la hubiera visto a través de las sombras. Y no porque yo fuera un mutante o un sokuata o lo que fuera, sino porque él lo era. .P Agrandé los ojos ante tal horrible sospecha y me giré bruscamente hacia Dil. El diablillo contemplaba la caverna y la plataforma con fijeza. Pero tampoco parecía aturdido por la energía, simplemente impactado por lo que veía. .D .Bdia Principito, .Edia lo llamé. Me acerqué con presteza. .Bdia ¡Hey, Principito! ¿Es verdad que intentasteis salvar al alquimista? .Edia .P Dil me miró sombríamente y asintió. Insistí: .D .Bdia ¿Qué pasó? .Edia .P Mordiéndose los dedos, confesó: .D .Bdia El señor Wayam nos engañó. Es el alquimista, .Edia explicó. .Bdia Trabajábamos con él. Limpiábamos sus aparatos y metíamos una pasta negra en los panes. No sabíamos que eran para vosotros. Nosotros no sabíamos nada, de verdad, Espabilao… .Edia .P Le toqué el brazo para reconfortarlo y animarlo a seguir. Él continuó: .D .Bdia Él nos daba golosinas envenenadas. En realidad, dentro tenían la misma pasta que poníamos nosotros en los panes. Pero nosotros no sabíamos que fuera mala… .Edia Dil me miró con cara culpable y añadió: .Bdia Ayer, el señor Wayam nos convenció para que lo ayudáramos a escapar y dijo… que escaparíamos con él, porque si no lo hacíamos moriríamos. Pero Adoya nos pilló. .Edia .D .Bdia ¿El de los perros? .Edia .P Dil asintió. Hice una mueca y solté una imprecación seguida de un suspiro de alivio. Al menos, los Ojisarios no habían perdido al alquimista. Lo cual era una muy buena noticia porque, sin alquimista, nosotros estábamos condenados. .P Con el rabillo del ojo, percibí un movimiento en la boca de la caverna de luz y me giré para ver aparecer a Yerris. Probablemente había oído el bong pues se acercó directamente a la reja con presteza. No dejé de fijarme en que, en el mismo instante, el Sacerdote frenaba su impulso y, en vez de acercarse a su vez, se quedaba en la plataforma, expectante. Rogan le tenía cierta aprensión al «Vagabundo Misterioso», como lo llamaba a veces. Sospechaba que, antes de que llegara yo, habían tenido alguna desavenencia. .D .Bdia ¿Quién es este guako? .Edia inquirió Yerris, alcanzándonos. .D .Bdia Dil el Principito, .Edia lo presenté. .Bdia Un compadre mío. .Edia .D .Bdia ¿Y lo han traído consciente? .Edia se extrañó Yerris. .P Vacilé y le narré lo ocurrido en unas frases, confesando que Dil y Manras habían estado trabajando para los Ojisarios pero sin mencionarle que habían participado directamente en nuestro ensokuatamiento. Tras un silencio, lo dejé sumido en profundas reflexiones, le cogí a Dil del brazo y lo arrastré hacia la plataforma. .D .Bdia Anímate, verás como tampoco se está tan mal aquí, .Edia le dije y toné: .Bdia ¡Sacerdote! Te presento al Principito. El guako más pasota de Prospaterra, .Edia pronuncié. Le empujé a Dil la cabeza con una mano afectuosa, le robé la gorra y me la puse con cara de cap de banda. .Bdia ¡Un saludo para nuestro nuevo hermano de la Hermandad de Mineros de Salbrónix! Siéntate, siéntate. Te presento a Rogan el Sacerdote. Y esta es Guel la Adivina: adivina las cosas del futuro y, según ella, vamos a salir de aquí dentro de una semana. .Edia .D .Bdia Siempre es dentro de una semana, .Edia se rió Rogan. .P La Adivina, aunque rendida por la pesca, le echó una mirada mezcla de altivez y desafío. .D .Bdia Será dentro de una semana, .Edia afirmó. .P Continué con ánimo: .D .Bdia Ese de ahí es Natorg el Topo. Viene del norte y hace así como un año era quebrantador de carbón en una mina así que, fíjate, es un profesional. El narizudo que ronca es Draen el Barrendero. Otro tocayo mío. Antes barría toooda la Avenida de Tármil y se ganaba bien el pan. Esa de ahí es Parysia la Venenos. ¡Ah! Y ese Natorg el Bailador. Sabe más trucos de limpiar bolsillos que todos nosotros juntos. Es uno de los amigos de mi tocayo el Raudo. Y ese es Syrdio el Galopante. .Edia .P Seguí dando los nombres de todos los compañeros. Tras la partida de Warok, todos se habían tranquilizado y estaban ya medio o completamente dormidos —sólo Rogan y la Adivina hacían esfuerzos por permanecer despiertos—, así que, cuando callé, cayó el silencio y, por un instante, tan sólo se oyó el lento gorgoteo del agua de la fuente. Fruncí el ceño. .D .Bdia ¡Pero qué…! .Edia .P Me levanté sobre la plataforma y di una vuelta sobre mí mismo. Conté las cabezas. Veintisiete, veintiocho. Veintinueve conmigo. Y treinta con el Gato Negro. Faltaba alguien. .D .Bdia ¿Qué pasa? .Edia preguntó la Adivina. .P Por toda respuesta, solté: .D .Bdia ¿Dónde está Slaryn? .Edia .P Rogan y la Adivina la buscaron a su vez, extrañados. .D .Bdia Qué extraño. Antes estaba aquí, volvió conmigo, .Edia afirmó la Adivina. .D .Bdia ¿En el pasado o en el futuro? .Edia replicó Rogan, burlón. Se tumbó en las tablas para echar un vistazo debajo de la plataforma, único lugar de la caverna que permanecía oculto a una mirada panorámica. Sin sorpresas, anunció: .Bdia Nada. .Edia .P Con el ceño fruncido, bajé de la plataforma y troté hasta el Gato Negro. Este estaba de pie y agarraba los barrotes con ambas manos. Me detuve en seco cuando lo oí hablar. Y agrandé los ojos cuando distinguí una silueta del otro lado de la reja. Era Slaryn. .D .Bdia La madre, .Edia dejé escapar en un murmullo de asombro. Me acerqué corriendo. .P Slaryn decía: .D .Bdia Es la única salida, tú mismo me lo has dicho: no has encontrado nada en los demás túneles. .Edia .D .Bdia Es un peligro, .Edia resopló Yerris. .D .Bdia Quedarse aquí no es mejor: ya estoy fuera, .Edia replicó Slaryn. .Bdia Tranquilo, no me pillarán. .Edia .D .Bdia ¡Sla! .Edia los interrumpí, agarrándome a los barrotes, sobreexcitado. .Bdia ¿Cómo lo has hecho? .Edia .P La Daganegra me enseñó una misteriosa sonrisa. .D .Bdia Con magia negra, shur, y con un poco de arte. Esos dos granujas estaban tan distraídos que ha sido coser y cantar. Os prometo que os sacaré de aquí. No sé cuándo, pero os sacaré. .Edia .D .Bdia Sin sokuata, no servirá de nada, Sla, .Edia le recordó el Gato Negro. .D .Bdia Confía en mí, .Edia le replicó Slaryn. .P Su mirada fue a posarse sobre algo a mi derecha y sólo entonces me fijé en que Dil, Rogan y la Adivina me habían seguido. Para sorpresa mía, los ojos de la elfa oscura se habían posado sobre el Principito. .D .Bdia Hey. ¿Cómo te llamas, shur? .Edia .P Este se encogió de hombros antes de contestar: .D .Bdia Dil. .Edia .D .Bdia Dil, .Edia repitió Sla. .Bdia Dime, Dil. Tú has visto los túneles, ¿verdad? ¿Sabes cuánto has tardado en llegar hasta aquí? .Edia .P Dil le devolvió una mirada desconfiada. Me entusiasmé ante una pregunta tan acertada. .D .Bdia ¡Muy cabal! Dil, contéstale a Sla, esto es importante. .Edia .D .Bdia ¿Has tardado mucho en llegar? .Edia insistió Sla. .P El Principito se encogió otra vez de hombros. .D .Bdia Algo, no mucho. .Edia .P Pese a las respuestas vacilantes de Dil, Sla y el Gato Negro consiguieron sacar en claro el recorrido inverso: unas escaleras, la puerta metálica, un túnel un poco largo y otra puerta oculta que desembocaba en pleno refugio Ojisario, en el Laberinto. A partir de ahí, Dil dijo que había cuartos casi vacíos y que la puerta del laboratorio estaba del otro lado del corredor exterior, en el edificio de enfrente. Al cabo, Slaryn revolvió el cabello de Dil entre los barrotes diciendo: .D .Bdia Gracias, shur. Acabas de hacerme un gran favor. .Edia .P Le vi a Dil sonreír débilmente; Slaryn inspiró hondo y se preparaba ya a alejarse cuando el Gato Negro la llamó con tono tenso: .D .Bdia Sla. .Edia La elfa oscura se giró. Tras emitir un ruido ahogado, Yerris se aclaró la garganta y adoptó un tono ligero y familiar cuando dijo: .Bdia Ve con cuidado, princesa. .Edia .P Slaryn puso los ojos en blanco, lo saludó con una mano y se marchó. La vimos subir las escaleras y, aun cuando desapareció, permanecimos junto a la reja, esperando oír el bong. Lo oímos, pero mucho menos ruidoso de lo que esperábamos. Slaryn había debido de soltar un sortilegio de silencio. Le eché una mirada de reojo al Gato Negro. Y, notando su inquietud, le murmuré: .D .Bdia No te preocupes, Yerris. Sla es una Daganegra. Los Ojisarios no la verán. .Edia .P El semi-gnomo tragó saliva y asintió suavemente. .D .Bdia Si no lo consigue ella, yo menos. Nunca se me dieron bien las armonías. .Edia .P Tras un silencio, Rogan, la Adivina, Dil y yo dejamos al Gato Negro sumido en sus pensamientos y regresamos a la plataforma. La idea de que Sla iba a escapar me llenaba de esperanza. No sabía qué era lo que planeaba hacer para sacarnos de ahí pero… siempre era un consuelo saber que alguien ahí afuera iba a intentar algo. Al ver a todos mis demás compañeros profundamente dormidos, me fijé en mi propio agotamiento y pronto mis pensamientos acabaron anegados por un solo deseo: dormir. Nos instalamos en un rincón de la plataforma y oí a la Adivina murmurar: .D .Bdia Dentro de una semana. .Edia .P Rogan y yo intercambiamos una mueca burlona pero no menos esperanzada de que la predicción de la Adivina se cumpliese. Y mientras Rogan susurraba una oración a sus ancestros que no conocía, empujé con una mano a un Dil algo perdido para tumbarlo sobre las tablas y le dije: .D .Bdia Duerme. Cuando suene el bong, comeremos e iremos a la pesca juntos, ¿corriente? .Edia .P Posé la cabeza sobre la madera, cerré los ojos y oí murmurar al Principito: .D .Bdia Espabilao… No me gusta este sitio. .Edia .P Puse los ojos en blanco, pasé una mano por la cabeza de mi joven amigo y, antes de pensar en buscar una respuesta, caí profundamente dormido. .Ch "Fuga" .\" 11/10/2017 Desperté con el bong y, como siempre, me enderecé antes siquiera de que mi conciencia regresara al mundo de los despiertos. Me estiré, bostecé, me rasqué y abrí al fin los ojos de verdad. Todos mis compañeros espabilaban y algunos se movían ya hacia la reja con más o menos energía… Todos salvo Dil, quien seguía durmiendo a puño cerrado. Lo estiré por los pies y le canté: .D .Bdia ¡Vamos, vago desmorjao, despierta, que suena el bong y sale el pan! .Edia .P Conseguí al fin sacarlo de su letargo, pero fuimos los últimos en llegar a la reja y en coger el pan. Como la víspera, sobró uno y el Embozao preguntó: .D .Bdia ¿No habéis encontrado a la que falta? .Edia .P Negamos con la cabeza y Syrdio el Galopante dijo: .D .Bdia Si no ha vuelto es que está muerta. No volverá. No es justo hacernos coger tres perlas más. .Edia .P El Embozao se encogió de hombros y replicó lo mismo que la víspera: .D .Bdia Traedme su cuerpo y me contentaré con noventa. .Edia .P Con una petición silenciosa, tendí la mano entre los barrotes para coger el pan que sobraba. ¿Para qué lo iba a necesitar él, de todas formas? Él no necesitaba sokuata. Sin embargo, Lof me ignoró, metió el pan dentro del saco y retornó a su refrán: .D .Bdia No os peleéis y portaos bien. Hasta mañana. .Edia .D .Bdia ¡Hasta mañana, señor! .Edia .P Al contrario que normalmente, yo no dije nada y me contenté con mirar al Embozao alejarse. Cuando sonó el bong de salida, le arranqué otro bocado a mi pan y fui a sentarme en la plataforma con Rogan y Dil. Mientras que el primero comía lentamente, con cara distraída, el Principito masticaba su comida con energía. El primer día pasado en los túneles de luz no le había gustado nada y aposté a que este tampoco le iba a gustar. Sobre todo porque hoy tenía pensado mandarlo a la pesca de veras; el día anterior, le había cogido yo las tres perlas, me había quedado en los túneles un tiempo interminable pues cada vez era más duro encontrar perlas, y no me apetecía volver a empezar. Suspiré. Cuanto antes fuéramos a buscar esas perlas, antes volveríamos. .D .Bdia Vamos, .Edia le dije cuando acabé mi pan. .Bdia Voy a enseñarte a pescar. .Edia .P Dil me siguió sin protestar y estábamos ya metiéndonos en el túnel central lleno de luz cuando oí un ¡bong! y me detuve en seco. .D .Bdia Sla, .Edia murmuré con el corazón latiéndome a toda prisa. .P Me giré de un bloque y me precipité de vuelta hacia la caverna de la plataforma. Mis compañeros se habían acercado a la reja y escudriñaban el túnel, esperanzados. Todos estaban al corriente de la fuga de Slaryn. Algunos pensaban que no volvería, como Syrdio, pero otros, más optimistas, se imaginaban que regresaría con un ejército de Espíritus Salvadores. Cuando oí alguno resoplar y dar media vuelta para alejarse unos pasos, pude ver quién avanzaba por el túnel y entendí la decepción general. Era Manras. Sonreí y me apresuré a colarme entre los guakos. .D .Bdia ¡Manras! .Edia .D .Bdia ¡Espabilao! .Edia exclamó él con la voz temblorosa. Corrió hasta la reja y me tendió un llavero. No podía creerlo. Con las manos trémulas, cogí el llavero… y el Gato Negro me lo arrebató de las manos. .D .Bdia No podemos salir así como así, .Edia explicó. .Bdia Slaryn dijo que tenía un plan. .Edia .P Lo fulminé con la mirada. .D .Bdia ¡Dame las llaves! .Edia .D .Bdia No, .Edia se negó Yerris con calma. .P Noté la tensión crecer entre los guakos. .D .Bdia Entonces dámelas a mí, .Edia intervino Syrdio con un siseo imperante. .D .Bdia ¡Abrid la puerta! .Edia soltó Nat el Bailador. .D .Bdia ¡Yo quiero salir! .Edia dijo la Venenos. .D .Bdia ¡Silencio! .Edia tonó Yerris. .P Syrdio lo empujó brutalmente contra la reja y los ojos del Gato Negro centellearon. Me asusté: .D .Bdia ¡Ya basta! .Edia .P Pero nadie me hizo caso en el bullicio que se armó. Syrdio le dio un señor puñetazo al Gato Negro, dejándolo aturdido. Le quitó las llaves y yo tan sólo conseguí atrapar a Dil para que no lo aplastaran todos agolpándose contra la reja. .D .Bdia ¡Haya paz! .Edia bramó Rogan. .P Increíblemente, se silenció algo el alboroto, pero Syrdio no dejó más por ello de probar las llaves en la cerradura. Dio con la buena y abrió la reja. Pero quedaba aún el candado. Lo abrió al segundo intento y lo ayudaron a quitar la cadena. Cuando la reja se abrió del todo, cayó un silencio de excitación y temor. El primero en cruzarla fue Manras, en el otro sentido: se precipitó hacia Dil, le agarró el brazo, agarró el mío y pareció, de golpe, mucho más tranquilo. Y es que acababa de recuperar a su verdadera familia. Sonreí. .D .Bdia Bendita sea tu alma, Manras, .Edia le dije, emocionado. .P El pequeño elfo oscuro me devolvió la sonrisa y alcé entonces la vista hacia mis compañeros mineros. El primer guako en envalentonarse y decidirse a cruzar el umbral fue Parysia la Venenos. Dio varios pasos y… Syrdio la asió del brazo. .D .Bdia Esperad un momento, .Edia dijo. .Bdia Antes debemos armarnos. Recoged todas las piedras que encontréis. Rápido. .Edia .P Le hice caso y, con Manras y Dil, me precipité con los demás a recoger piedras sueltas en la caverna. Cuando tuve unas cuantas, regresé junto a la reja. El Gato Negro y Syrdio se miraban con cara de pocos amigos y se siseaban palabras. No me atreví a acercarme mucho, pero los oí de todas formas. .D .Bdia Vas a conseguir que nos maten, .Edia gruñía Yerris. .D .Bdia Mejor que muramos unos pocos a que muramos todos, .Edia le replicó Syrdio. .P El Gato Negro le enseñó una sonrisa sarcástica. .D .Bdia Moriremos todos de todas formas si el alquimista no nos da la sokuata, isturbiao. .Edia .D .Bdia Isturbiao tú mismo, Gato Negro. Tal vez fui un idiota cuando robé esas perlas. Pero ahora el idiota eres tú: la reja está abierta. Somos libres. .Edia .D .Bdia No. Estamos muertos, .Edia lo corrigió Yerris sombríamente. .P Syrdio lo ignoró y, viendo que ya éramos unos cuantos en esperar junto a la reja, nos miró y su expresión se turbó, tal vez porque entendió en aquel instante que esperábamos su visto bueno para cruzar el umbral. .D .Bdia Dadme algunas piedras, .Edia exigió. Se las dimos y, tras meterlas en sus bolsillos, declaró con firmeza: .Bdia Vamos a salir de aquí todos vivos. Primera regla: no metáis ruido. Si aparece un Ojisario y se interpone en nuestro camino, tiradle piedras a la cabeza. ¿Está claro? .Edia Asentimos. Syrdio tragó saliva y dijo: .Bdia Pues en marcha. .Edia .P Aparté los brazos para detener a Manras y Dil y esperé a que pasaran los demás. Rogan se detuvo junto a la reja abierta, mirándonos con extrañeza. .D .Bdia ¿No vienes, Espabilao? ¿Tanto te ha gustado el pozo que quieres quedarte? .Edia bromeó. .P Puse los ojos en blanco y me giré hacia el Gato Negro. Este no se había movido un ápice y su cara sombría no mejoró mi nerviosismo. .D .Bdia Vamos, Yerris, .Edia lo animé. .P El semi-gnomo suspiró pero asintió. .D .Bdia Qué remedio. Vamos. .Edia .P Le di unas piedras y salimos corriendo hacia las escaleras del fondo. Pasamos delante de los demás guakos y, haciendo un ademán hacia Manras y Dil, expliqué en un cuchicheo: .D .Bdia Ellos conocen el camino. .Edia .P Manras había dejado la puerta metálica abierta y esperé que el escándalo que habíamos metido antes no hubiese retumbado hasta el oído de los Ojisarios. En cuanto pasamos la puerta, el túnel se sumió en una oscuridad casi completa. Tan sólo se veía una luz muy tenue al fondo. Tras una vacilación, decidí soltar un sortilegio de luz armónica. Qué importaba que supieran que sabía manejar las armonías: ya sabían que era Daganegra de todas formas. .P El camino resultó ser muy sencillo: sólo había uno posible. Avanzamos hasta que mi luz armónica se deshilachó y no la recompuse pues la luz del fondo del túnel ya dejaba ver lo suficiente. Pese a ser treinta guakos, metíamos menos ruido que una araña, o eso me parecía. Tan sólo esperaba que, detrás de aquella puerta, no se escondiera una tropa de Ojisarios. .P Alcé una mano para pararlos a todos y, gracias a los Espíritus, me obedecieron. Me detuve junto a la puerta, la toqué, solté un sortilegio perceptista por las rendijas pero no logré más que consumir tontamente mi tallo energético. Hice una mueca y, tomando una inspiración, giré la manilla. La puerta emitió un crujido al abrirse. No había nadie detrás. .P Antes de que pudiera reaccionar, Manras se deslizó por la abertura arrastrando a Dil detrás y nos hizo una señal para que lo siguiéramos. Lo seguimos por una habitación vacía cuyas paredes rocosas estaban a medio labrar. Cruzamos el umbral de una puerta abierta hacia un pasillo. Y, al fin, después de tanto tiempo pasado en un mundo subterráneo, vimos la luz del día. Era tenue y apagada, pero era la luz del día. Apenas la vimos, algunos de nosotros perdieron cualquier atisbo de prudencia y se precipitaron directos hacia la luz. Los seguí temiendo que en cualquier momento los Ojisarios se pusieran a gritar y a sacar sus armas… Y mi temor era fundado. En cuanto abrimos la puerta hacia el corredor exterior, oí un bramido que quedó medio ahogado por la lluvia que caía a cántaros. .D .Bdia ¡Aleeerta! .Edia .P Los primeros guakos apedrearon al vigilante mientras corrían, chapoteando en el barro y gritando ahora a pleno pulmón. El Ojisario aulló, retrocediendo: .D .Bdia ¡Hijos de rata! ¡Demon…! .Edia .P Una piedra le dio en la sien y el Ojisario cayó redondo. Pasábamos por encima de él, casi volando, cuando otra puerta del corredor se abrió bruscamente y apareció otro Ojisario. Lo apedrearon y uno que se había llevado el cuenco donde metíamos las perlas se lo estrelló en la cabeza. El Ojisario se desplomó. Uno menos. .D .Bdia ¡Corred! ¡Corred! .Edia nos gritábamos unos a otros. .P En un momento, Manras resbaló en el barro y frené para ayudarlo a levantarse. El pequeño elfo oscuro tenía los ojos tan abiertos que parecían a punto de salirse de sus órbitas. .D .Bdia ¡Espabilao! .Edia gritó. .P Un tercer Ojisario acababa de aparecer a unos escasos metros con una daga en mano. Antes de que cayera sobre nosotros, saqué una piedra grandota y se la arrojé: atiné en plena nariz y le arranqué un aullido de dolor. .D .Bdia ¡CORRE! .Edia bufé. .P Le estiré de la manga a Manras y corrimos como dos endemoniados, siguiendo a Dil y los demás. El corredor no era muy largo y, en cuanto desembocamos en las callejuelas del Laberinto, nos dispersamos todos. .D .Bdia ¡Detente o disparo! .Edia gritó una voz. .P Me acababa de meter en una callejuela con Dil y Manras y giré la cabeza, aterrado, para comprobar que un Ojisario estaba apuntándole a Rogan, que corría detrás de nosotros. Antes de que pudiera asimilar bien la situación, el Ojisario disparó, el virote salió con un ruido silbante y el Sacerdote cayó de bruces cuan largo era. .D .Bdia ¡Rooogan! .Edia me desgañité. El horror estuvo a punto de dejarme paralizado, pero parte de mi mente me dijo que, en casos de urgencia, quedarse paralizado era un despropósito. .P Descorrí lo corrido pero, en vez de pararme donde el Sacerdote había caído, alcancé el Ojisario antes de que pudiera recargar la ballesta y le solté una descarga mórtica. Lo vi tambalearse, sorprendido. Se le escapó la ballesta de las manos, pero no cayó inconsciente. Con una piedra, le di un golpe con todas mis fuerzas y lo vi al fin desplomarse y renunciar a sacar su daga. .P La lluvia caía a torrentes y los gritos, si los había, no alcanzaban mis oídos. Con torpeza, retrocedí y regresé adonde estaba Rogan tirado. Me agaché y tendí una mano agarrotada hacia el virote que se había clavado en su costado. Retiré una mano llena de sangre. El Sacerdote respiraba atropelladamente. .D .Bdia ¿D-Draen? .Edia jadeó. .D .Bdia Rogan, .Edia murmuré con voz aguda. .Bdia ¿Te duele mucho? Dime que no te vas a morir, por favor, Sacerdote… .Edia .P El Sacerdote arañó el barro con una mano llena de cicatrices y se la cogí, sollozando, mientras él decía con esfuerzo: .D .Bdia Gracias… Espabilao. Nunca… tuve realmente a ningún… compadre de verdad. Nunca nadie me ha aguantado… tan bien como tú. Eras… mi amigo, ¿verdad? Por favor, Espabilao, dime que lo eras. .Edia .P Sus palabras entrecortadas se hicieron incomprensibles. Manras y Dil, en vez de hacerme caso, se habían acercado y contemplaban ahora la escena con expresiones de aflicción y desconcierto. Las lágrimas rodaban por mis mejillas. Inspiré ruidosamente. .D .Bdia Lo soy, Rogan. Soy tu amigo. No vas a morir. Por favor, no te mueras… .Edia .P Oí alguien gritar algo a través de la lluvia y, segundos después, sentí una mano sobre mi hombro sacudirme violentamente. Era Yerris. .D .Bdia ¿Pero qué haces aquí todavía? .Edia gritó. .Bdia ¡Muévete! .Edia .P Lo miré como si me hubiese dicho algo completamente absurdo y negué con la cabeza. Con voz neutra, tal vez un poco temblorosa, solté: .D .Bdia Tenemos que llevarlo a un médico. Ayúdame, Gato Negro. .Edia .P El semi-gnomo pareció estar a punto de gritarme de nuevo que me moviera, pero entonces se lo pensó mejor y me echó una mano. Le agarramos un hombro cada uno a Rogan y lo arrastramos por la callejuela embarrada, cuesta abajo. Manras y Dil abrían la marcha. De cuando en cuando, echaba miradas llenas de horror al rostro semi consciente de Rogan y, mientras avanzábamos, traté de convertir su morjás en jaipú para darle más energía, pero por alguna razón, además de que no era fácil concentrarse, mis sortilegios no conseguían abrirse un camino hasta los huesos. .P Nos cruzamos con algún Gato silencioso que tal vez ni siquiera se fijó realmente en nosotros. Éramos, al fin y al cabo, unos guakos, y muchos preferían no saber nada sobre nuestros problemas. Sin embargo, cuando salimos del Laberinto y desembocamos en la Plaza del Espíritu, en la parte baja de los Gatos, vimos a un hombre con un carruaje que pasaba por ahí y le grité: .D .Bdia ¡Por favor, señor! ¡Por favor, ayúdenos, se está muriendo! .Edia .P El hombre del carruaje, tal vez pensando que aquello se trataba de algún truco para atracarlo, no estiró de las riendas, hasta que algo que vio a través de la lluvia, tal vez la sangre en nuestras manos y en la camisa de Rogan, lo convenció de que no estábamos fingiendo, su corazón debió de partirse y, para alegría mía, inmovilizó el carro. .D .Bdia ¡Espíritus misericordiosos! .Edia exclamó. .Bdia ¿Qué le ha pasado? .Edia .D .Bdia ¡Un virote, señor! Le disparó un isturbiao, .Edia expliqué. .P El hombre del carruaje, para honra suya, no dudó un segundo en ayudarnos a subirlo al carruaje y dijo con calma: .D .Bdia Lo llevaré al Hospital de la Pasionaria. .Edia .D .Bdia ¿Podemos acompañarlo? .Edia preguntó Yerris. .Bdia Por favor. .Edia .P El hombre accedió con un gesto de cabeza. .D .Bdia Subid, .Edia dijo. .P Le eché una mirada de reojo a Yerris mientras subíamos. Cuanto más nos alejamos del Laberinto, más lo sentía relajarse. Arrodillado junto a Rogan, yo comprobaba que su corazón seguía latiendo y murmuraba: ánimo, Rogan, no te mueras, no te mueras… Estábamos subiendo la Avenida de Tármil a buen ritmo cuando el semi-gnomo se inclinó hacia mí y me murmuró al oído: .D .Bdia Escucha, shur. El alquimista me ha dado sokuata. He intentado salvarlo pero… estaba encadenado. Él dice que lo que he cogido nos da para dos lunas si lo usamos sólo cuando empezamos a sentir la falta de sokuata. También ha dicho… que de momento no existe ningún remedio, pero que piensa que sería capaz de fabricarlo. No sé si fiarme pero… podría ser cierto. .Edia .P Sin mirarlo, oía todas esas palabras sin asimilarlas de veras. Rogan estaba muriéndose: yo no podía pensar en otra cosa. Yerris me dio un golpecito en el hombro. .D .Bdia Procura no hablar demasiado si te preguntan en el hospital por lo ocurrido, ¿corriente? Sólo faltaría que los moscas se metieran en el asunto y nos quitaran al alquimista, que lo dudo, pero bueno… Tú sólo di que encontraste al Sacerdote en ese estado y que no viste nada más. Y si puedes evitar que te pregunten nada, mejor. ¿Corriente? .Edia repitió. .P Tragué saliva y dije sí con la cabeza. Yerris vaciló y añadió: .D .Bdia Confía en el Sacerdote. Ese habla mucho de espíritus pero no se convertirá en uno hasta que le salgan canas y arrugas. .Edia Sentí su mano apretar mi hombro a modo de saludo y consuelo. .Bdia ¿Nos vemos mañana a las doce en el Parque de la Tarde? .Edia .P Volví a asentir y lo vi saltar abajo del carruaje y desaparecer a la carrera en el aguacero. A saber adónde iba. .P El resto del trayecto, lo hicimos en un silencio total. En otras circunstancias, me habría alegrado de ver Éstergat de nuevo y de sentir el viento, la lluvia cálida de verano y el aire libre, pero en ese momento no lograba más que mantenerme quieto mientras una mezcla de tensión, opresión y miedo me encogía todo el cuerpo. .P Atravesamos al fin el jardín de la Pasionaria y, en cuanto paró el carruaje, nuestro salvador me sugirió que fuera a pedir ayuda a los médicos dentro del hospital. Salí corriendo, entré en el Hospital, pegué gritos de angustia y regresé pronto con dos enfermeros con camilla. Estos bajaron a Rogan y yo iba a seguir con Manras y Dil a los enfermeros cuando vi al hombre del carruaje agitar las riendas y, al verlo alejarse, grité bajo el aguacero: .D .Bdia ¡Gracias, señor! .Edia .P No sé si me oyó pero, en cualquier caso, ese hombre volvería a su casa con la bendición de un guako a cuestas. Salí corriendo detrás de los enfermeros. Los seguimos a través de la sala principal hasta que se metieron por un pasillo y un kadaelfo de piel clara azulada, alto y regordete y con bata blanca se interpuso en nuestro camino. .D .Bdia ¿Adónde vais, muchachos? .Edia .D .Bdia El niño de la camilla es amigo nuestro, .Edia expliqué, agitado. .P El enfermero hizo una mueca, mirándonos de arriba abajo. .D .Bdia Ya veo. Lo siento, pero no podéis meteros por aquí. Esto es la sección de operaciones. Seguidme, por favor. ¿Cómo se llama vuestro amigo? .Edia .D .Bdia Rogan, .Edia dije. Y eché un vistazo hacia el pasillo. Los enfermeros con la camilla habían desaparecido. .D .Bdia Ajá, .Edia dijo el kadaelfo. Se había metido detrás de una mesilla de la sala principal y atrapaba una pluma y sus anteojos mientras se instalaba. .Bdia ¿Rogan cómo? .Edia .P Enarqué las cejas. .D .Bdia Pues… no lo sé, señor. Pero está muy herido. .Edia .D .Bdia ¿Qué pasó? .Edia .P Suspiré. .D .Bdia No lo sé. Lo encontramos herido. Un loco lo atacó, qué sé yo. .Edia .D .Bdia ¿Así que le hirieron a conciencia? .Edia .P Meneé la cabeza y, bajo las miradas sorprendidas de Manras y Dil, contesté: .D .Bdia Puede ser que fuera un accidente. No sé lo que pasó, sólo sé que Rogan está muy mal y que, si no lo salváis, vuestros ancestros os desorejarán por ello. .Edia .P El kadaelfo me observó por encima de sus anteojos, con la pluma suspendida sobre su cuaderno. .D .Bdia ¿Tiene tu amigo dinero para pagar los cuidados? .Edia .P Fiambres. No había pensado en eso. Los saijits y su sempiterno dinero… Emití un gruñido y lancé: .D .Bdia No lo sé. ¿Cuánto cuesta? .Edia .D .Bdia Bueno… depende eso ya de lo que decida el médico que se ocupe de él. Si tiene dinero, pagará los cuidados y la estancia. Si no lo tiene, tendrá que trabajar para el Hospital hasta pagar el servicio recibido. ¿Cuántos años tiene? .Edia .P Puse cara de que no sabía y dije: .D .Bdia Doce, o trece tal vez, no lo sé. .Edia .D .Bdia ¿Tiene algún familiar al que pueda contactar? .Edia .P Me mordí el labio, me encogí de hombros y mentí: .D .Bdia No lo sé. .Edia .D .Bdia No sabes gran cosa sobre él para ser su amigo, .Edia observó el kadaelfo. .Bdia ¿Cómo te llamas tú? .Edia .P Abrí la boca, la cerré y, bajo su mirada cada vez más sorprendida por mi silencio, decidí que ya había hablado bastante, les cogí a Dil y Manras por la manga y retrocedí. .D .Bdia ¡Hey! .Edia protestó el kadaelfo. .Bdia ¿Adónde vas? .Edia .D .Bdia Afufad, compadres, .Edia murmuré. .P Di media vuelta y salí corriendo de ahí. No nos detuvimos hasta que llegamos a la Explanada. El aguacero había amainado y ya casi no llovía. Incluso se avistaba entre las nubes algún rayo de sol, y vi a algunas personas valientes salir a la calle sin paraguas. .D .Bdia ¿Por qué hemos corrido, Espabilao? .Edia preguntó Manras, resollando. .P Me encogí de hombros. .D .Bdia Porque no me gustaban las preguntas de ese tipo. .Edia .P Me adelanté por la enorme plaza hasta la fuente de la Mantícora y acabé de limpiarme las manos de sangre y de barro. Acto seguido, me senté sobre el bordecillo de piedra y eché una vistazo a mi alrededor. Aspiré una bocanada de aire, escuché el rumor de la ciudad, los gritos de los vendedores, el crujir de las ruedas de los coches de caballo, el susurrar insistente de las hojas de los pequeños árboles que adornaban la plaza… y una ancha sonrisa se dibujó en mis labios al verme libre al fin. Sin embargo, cuando volví a pensar en Rogan, mi sonrisa se borró. .D .Bdia Esos Ojisarios lo van a pagar caro, .Edia dije. .P Dil tiraba una a una las piedras que tenía en los bolsillos, y Manras, con el codo apoyado en el bordecillo, jugueteaba haciendo avanzar una hoja verde por el rabo sobre el agua de la fuente. Ninguno de los dos parecía estar muy atento a lo que hacía. Y es que, hacía apenas una hora, estábamos todavía metidos en el territorio de los Ojisarios, apedreando a nuestros explotadores. .D .Bdia Espabilao, .Edia soltó Manras sin alzar la vista. .Bdia ¿Crees que tu amigo se pondrá bien? .Edia .P Tragué saliva. .D .Bdia Bueno… Como él diría, recemos para que los espíritus lo curen. Y los médicos, .Edia añadí. .P Dil dejó caer su última piedra y se sentó a mi lado, soltando: .D .Bdia Entonces, ya no volveremos nunca más con los Ojisarios, ¿verdad? .Edia .D .Bdia Mmpf. No, claro que no, .Edia dije. .Bdia Mirad. Probablemente nos anden buscando. Y no creo que nos perdonen lo que hemos hecho con las… pedradas y todo eso. Si nos ponen la mano encima, nos matan de fijo. .Edia Los vi agrandar los ojos y les sonreí con desenfado. .Bdia Buaj, no os asustéis, shurs: los Ojisarios no nos pillarán, porque somos Gatos guakos, y los Gatos guakos tienen muchos recursos. Y primera primordial cosa, .Edia dije, levantándome con energía, .Bdia un Gato guako piensa mucho mejor con el estómago lleno así que… voy a aprovechar mis pintas de desharrapado en estado crítico y en un rato vuelvo con comida, ¿corriente? .Edia Le quité la gorra a Dil con un movimiento ágil y, al ver que se movían, añadí con tono de experto: .Bdia Nada de pedir en grupo, que asusta a la clientela. No os mováis. .Edia .P Me alejé solo hacia los tenderetes que había alrededor de la plaza y, asegurándome de que no había ningún guardia en la cercanía, me puse a buscar a gente caritativa. Localicé un rostro prometedor junto a un puestecillo de manzanas y me acerqué tendiendo la gorra y poniendo cara de afligida súplica. Pero, justo cuando empezaba a soltar mi petición, el caballero fue a pagar una bolsita llena de manzanas, se desconcentró al oírme, se le cayeron varias monedas al suelo y soltó un: .D .Bdia Demonios. .Edia .D .Bdia ¡No se preocupe, que se las recojo! .Edia dije. .P Se las recogí. De haber tenido una camisa, me habría podido poner alguna moneda discretamente en la manga pero, bajo la mirada del caballero y del vendedor de manzanas, difícilmente podía meter nada en mi gorra sin que lo vieran. Tras recuperarlas con presteza, se las tendí al caballero, esperé a que el vendedor le diera el saco de manzanas y me quejé: .D .Bdia Por favor, señor. Tengo hambre. Deme algo, por los Espíritus de la Misericordia. .Edia .P El caballero, que había tenido tiempo de compadecerse y ver mi buena voluntad, me dio nada menos que un cinclavos. Resoplé. .D .Bdia ¡Gracias, señor! Que sus ancestros lo bendigan. .Edia .P El caballero esbozó una sonrisa bonachona y, sin una palabra, se alejó con su saco de manzanas. .P Wow, wow, pensé, incrédulo. La primera persona a la que pedía aquel día y me daba un cinclavos. Ahora entendía por qué mi tocayo el Raudo decía que la carrera de mangante era más provechosa que la de canillita. Sonriente, corrí a comprar una barra de pan y regresé a la fuente de la Mantícora. Mis amigos apenas se habían movido y ambos me vieron aparecer con entusiasmo, por lo que deduje que a Manras los Ojisarios tampoco debían de darle de comer gran cosa. Partí el pan en tres, les di los dos trozos más grandes, me quedé con el tercero y, por primera vez desde hacía una luna y media, comí pan de verdad, recién hecho y sin productos raros. .D .Bdia ¿Qué vamos a hacer? .Edia preguntó Manras cuando acabamos de comer. .P Tragué mi bocado y contesté: .D .Bdia Lo primero es evitar que los Ojisarios nos pongan la mano encima. Vosotros, si veis a algún Ojisario que conozcáis, me decís, ¿eh? Y salimos volando. .Edia .D .Bdia ¿Incluso si es Lof? .Edia preguntó Manras. .Bdia Él no es tan malo. .Edia .D .Bdia Incluso si es Lof, .Edia confirmé. Su pregunta, curiosamente, me consoló un poco porque, por alguna extraña razón, había temido que alguno de los Ojisarios apedreados hubiera podido ser Lof el Embozao. No es que me cayera bien racionalmente pero… bueno, nos había estado cuidando todos los días, dándonos de comer… No quería hacerle daño. .P En ese momento, sonaron las campanas del Templo Mayor y conté. .D .Bdia Las siete, .Edia dije. .Bdia Hora de ir a buscar un buen refugio. Andando, shurs. .Edia .P Me siguieron y bajamos a buen ritmo por la Avenida Imperial. Tras atravesar un mercado casi vacío, corté por una calle desierta, dirigiéndome directamente hacia el río de Éstergat. Mis jóvenes amigos no dijeron ni mú hasta que cruzamos el Puente Fal y nos metimos en la zona de los Canales y las fábricas. .D .Bdia ¡Espabilao! ¿Adónde vamos? .Edia preguntó Manras entonces. .P Le contesté alegremente: .D .Bdia ¡A la casa de los pájaros! .Edia .P Los llevé a la Cripta. Ellos no compartían para nada la confianza que yo les otorgaba a los troncos de aquel hermoso hogar y, notándolo, les dije mientras nos adentrábamos en el bosque: .D .Bdia Mirad, en vez de faroles, son troncos, y en vez de calles y patios, son senderos y claros, pero aparte de eso es parecido, y no encontraremos aquí a ningún saijit enajenao que venga a estorbar. Además, desde aquí se ven las estrellas tan bien como en el valle. Cuando caiga la noche lo veréis, a menos que las nubes no se vayan. Venga, ¡avanzad! .Edia los animé. .P Y, respirando el olor a bosque, una extraña euforia me invadió y me carcajeé al ver las caras reservadas de mis amigos. .D .Bdia ¡Vamos, vamos! .Edia .P Me puse a trotar entre los troncos y arbustos y oí gritos detrás. .D .Bdia ¡Espabilao, no te vayas! .Edia me suplicó Manras. .P Me detuve, me giré y sonreí al verlos correr con premura. .D .Bdia Arreando, compadres, .Edia los animé. .Bdia Venga, estamos casi. .Edia .D .Bdia Yo oí decir… que había monstruos en el bosque, .Edia dijo Manras, alcanzándome, jadeante. .D .Bdia Buaj. Monstruos los hay por todas partes, .Edia aseguré. .P Llegamos al fin al pie del enorme árbol que me había dado cobijo en mi última visita y, tras verme subir con agilidad, Manras me imitó y sonrió anchamente al llegar a mi rama. .D .Bdia ¡Vamos, Principito! .Edia le animó. .D .Bdia ¡Arrojo y coraje! .Edia aprobé. .Bdia Arriba se está de vicio. ¿A que sí, Manras? .Edia .D .Bdia ¡Total! .Edia confirmó el pequeño elfo oscuro. .P Y, como Dil seguía vacilando, apoyando y desapoyando el pie sobre un saliente del tronco, le solté: .D .Bdia ¡Que viene el lobo! .Edia .P El Principito se sobresaltó y, aunque no creo que cayera en la trampa, se decidió al fin a trepar hasta nosotros. El cielo ya estaba oscureciéndose cuando nos instalamos los tres en el corazón del árbol. .D .Bdia ¡A sornar, shurs! .Edia les dije. .P Presté atención a sus respiraciones y a los cantos de los pájaros e insectos nocturnos. Pese a la lluvia de la tarde, nuestro refugio estaba relativamente seco gracias a las hojas. Lo malo era que, por culpa de las hojas, apenas lograba ver el cielo. .D .Bdia ¡Espabilao! .Edia murmuró Manras. .P Bostecé y giré la cabeza. .D .Bdia ¿Qué? .Edia .D .Bdia ¿Qué es ese ruido? .Edia .D .Bdia ¿Cuál? .Edia .D .Bdia El pwiii, .Edia explicó Manras, imitando el ruido. .D .Bdia Oh. Eso es el búho, .Edia dije. .D .Bdia Ah, .Edia suspiró Manras. .Bdia ¿Y qué es un búho? .Edia .P Sonreí en la oscuridad creciente, pues la pregunta de Manras me recordaba a las que yo les había estado haciendo a Yerris y a Yálet el año pasado, sólo que en vez de preguntarme lo que era un guardia, preguntaba lo que era un búho. .D .Bdia Es un pájaro, .Edia contesté. .P Tras un silencio, Manras susurró: .D .Bdia Espabilao. ¿Estás despierto? .Edia .D .Bdia Mm… .Edia .D .Bdia ¿Tú crees que mi hermano estará enfadado por lo que he hecho? .Edia .P Abrí los ojos y ahogué un resoplido. .D .Bdia Fiambres, Manras. Natural que estará enfadado, y mucho. Ese tipo es un diablo. .Edia .P Hubo un silencio. .D .Bdia No quiero volver a verlo, .Edia murmuró Manras. .P Esbocé una sonrisa comprensiva y tendí una mano para apretarle el brazo. .D .Bdia Pues avente conmigo, shur, y manda a tu hermano a cazar costillas. Somos compadres, ¿no? Y más que eso. Tú nos has sacado del pozo con la llave. Somos hermanos de verdad, de los que se protegen y se apoyan. Tú, Dil y yo. ¿A que sí? .Edia .P Percibí su sonrisa en las sombras pero fue Dil quien contestó: .D .Bdia Sí. .Edia .P Y Manras apoyó: .D .Bdia Rabiosamente. .Edia .P Cayó el silencio y, poco a poco, nuestras respiraciones se fueron haciendo regulares. Tardé largo rato en conciliar el sueño, porque sentirse libre otra vez, después de tanto tiempo encerrado en un infierno, era una vivencia inolvidable. Sólo esperaba que Rogan también pudiera recordarla por mucho tiempo. .Ch "Indecisiones y amenazas" .\" 13/10/2017 Tan bien y tan cómodo se estaba en aquel árbol que dormimos como osos lebrines y, cuando abrí los ojos y vi el cielo bien iluminado, me aseguré de que aún quedaba tiempo para las doce antes de volver a cerrar los ojos y vaguear escuchando el canto de los pájaros. Por primera vez desde hacía muchos despertares, me sentía lleno de energía. Aquella mina de salbrónix tal vez no nos afectaba tanto como a los saijits normales, pero tanto luchar contra su energía mermaba así y todo nuestras fuerzas. Ahí, en cambio, tumbado a salvo en el viejo árbol, me invadía un profundo bienestar. .P Al cabo de un rato, empujé suavemente los pies de Manras y me deslicé afuera de nuestro nido. Bajé hasta el pie del árbol y me dediqué a buscar el desayuno sin alejarme demasiado. Encontré algún insecto que reconocí y tragué masticando enérgicamente, topé con algo que se parecía a una lechuga pero, por si las moscas, no la cogí. Acabé por encontrar tres caracoles gordos, los metí en mi bolsillo y los traje de vuelta al pie del árbol, donde me puse a cantar: .P .Bl -t verse .It ¡Tarán tran tran! .It Despertad, almas benditas, .It que ya ha salido el sol, .It que ya ha salido el sooool. .El .P Con algún berrido más y alguna exclamación, los animé a bajar del árbol y les tendí a cada uno un caracol. .D .Bdia ¡Buen desayuno! .Edia .P Con los ojos agrandados como platos, ambos observaron cómo comía mi propio caracol y Manras soltó un: .D .Bdia Beeej, yo no me como eso, Espabilao. .Edia .P Le dediqué una mirada burlona y le dije: .D .Bdia Mangaplatas. .Edia Y, con aire de emperador, me giré hacia lo que, a mi ver, era el noreste y me puse a andar clamando: .Bdia ¡Volvamos a la ciudad, que tenemos cita con el Gato Negro! .Edia .P Cuando, un rato después, eché una ojeada hacia atrás, no dejé de fijarme en que Manras y Dil masticaban el caracol sin poner cara de asco. Y sonreí ampliamente. .P Aquel día, el cielo estaba azul y radiante y una brisa cálida agitó los mechones delante de mis ojos cuando llegamos a los lindes del bosque. Resoplé para apartar el pelo y lancé: .D .Bdia ¡Carababhueso el último que llega al Puente de Luna! .Edia .P Quedaba un buen trote hasta ahí y, pese a que saliéramos disparados soltándonos pullas, al de un rato regulamos el ritmo, hasta que, metiéndonos entre las casas que bordeaban el Camino Blanco, avistamos el puente con sus dos esbeltas torrezuelas y nos pusimos a correr como endemoniados. Llegamos los tres casi al mismo tiempo. Casi, pues yo llegué antes. Les dediqué una sonrisa, jadeando. .D .Bdia ¡Se siente, shurs! .Edia .P Me respondió una voz de barítono: .D .Bdia ¡Apartaos, muchachos, que paso! .Edia .P Nos apartamos prestamente de en medio del puente y dejamos pasar a un viejo con una carreta repleta de sacos. Uno estaba medio abierto y pude ver que llevaba manzanas dentro. Suspiré y pensé: ojalá hubiera manzanos en la Cripta. .P Pasamos por delante de los guardias que vigilaban el puente sin que estos nos echaran más que un vistazo, y el resto del camino hasta el Parque de la Tarde lo hicimos siguiendo el paseo de la orilla del río, deteniéndonos cada vez que veíamos algo interesante y echando de cuando en cuando miradas aprensivas a nuestro alrededor, como si temiéramos que de pronto unos Ojisarios fueran a atacarnos en pleno día armados con sus ballestas y sus perros. Llegamos al parque sanos y salvos. .P Ignoraba qué hora era y, para averiguarlo, nos dirigimos primero al pequeño templo que había junto al parque. Cuando entramos y cruzamos la sala llena de bancos, el sacerdote, un humano delgado, joven y de ojos muy vivos, nos miró con cara llena de compasión y, a mi pregunta, respondió: .D .Bdia Son casi las doce. Espera, hijo mío, .Edia agregó. Me miraba a mí. .Bdia Esta mañana vino una buena señora a traerme ropa usada. Si esperas un poco, tal vez pueda darte algo. .Edia .P La perspectiva de llegar tarde a la cita me molestaba, pero ¿quién hubiera podido rechazar tan generosa propuesta? Asentí, sonriente. .D .Bdia Sería muy amable. .Edia .P El sacerdote encendió un cirio, lo posó ante el altar de los Ancestros y realizó un signo de devoción antes de alejarse y desaparecer por una portezuela. Miré los cirios con una mueca pensativa. Un cirio de esos fijo que valía más de diez clavos… El sacerdote reapareció casi enseguida llevando entre sus manos una camisa bastante blanca y una vieja gorra con la visera agujereada. Yo tendía los brazos, listo para recoger mi regalo y agradecerle, cuando él detuvo su gesto. .D .Bdia A cambio, no olvides pronunciar una oración a los ancestros del Templo de la Lisonjera. Así se llama mi templo. .Edia .P Sonreí y me llevé el puño al pecho con solemnidad. .D .Bdia No hay cuidao, le diré una oración. Gracias, señor sacerdote, .Edia añadí, como él me daba la camisa. Me puse esta y me coloqué la gorra soltando: .Bdia Bendita sea la generosidad del sacerdote del Templo de la Lisonjera y muchos años lo guarden sus ancestros y los ancestros de la Lisonjera. Paz y virtud. ¿Va bien? .Edia inquirí. .P El sacerdote se carcajeó, divertido. .D .Bdia Bastante bien. Venga, salid y dejad a los ancestros velar sobre este lugar sagrado. Y que también velen sobre vosotros, pequeños. Recordad que hasta las almas más pequeñas son veladas por los Espíritus de nuestros ancestros mientras les brinden respeto. .Edia .P Manras y yo asentimos y capté la mirada molesta que le echó el sacerdote a Dil. Fruncí el ceño. ¿Ese sacerdote no creería también que los «diablillos» como Dil eran criaturas malignas, verdad? Buah. Preferí no preguntárselo. Salimos con rapidez del templo y regresamos al Parque de la Tarde justo cuando el campanario del Templo Mayor daba las doce del mediodía. Nos instalamos en un banco de piedra, en la plaza central. El problema con ese parque era que, siendo tan grande, era difícil saber dónde Yerris esperaba encontrarnos. Y lo bueno era que el Gato Negro, siendo precisamente tan negro, destacaba bastante. Lo veríamos de lejos. Estaba pasando una mano curiosa por mi camisa nueva y constatando que, aunque usada, era de buena calidad cuando Manras me estiró de la manga. .D .Bdia ¡Espabilao! Es él, ¿no? .Edia .P Alcé la vista y lo vi. No venía solo: iba acompañado de Slaryn, la Adivina y el Topo. Sonreí y, al ver que ellos acababan de avistarnos también, pasé de levantarme y les dediqué un saludo con la mano. .D .Bdia Salú, shurs, .Edia dijeron Sla y Yerris al mismo tiempo cuando nos alcanzaron. .D .Bdia ¡Salú, salú! .Edia les repliqué. Y me levanté al fin, alegre de verlos a los cuatro. .Bdia ¿Cómo habéis hecho para reencontraros? .Edia .P Yerris carraspeó y Slaryn sonrió. .D .Bdia Digamos que vuestra escapada ha dado que hablar en los Gatos. Yerris y yo acordamos encontrarnos en… un sitio y, en cuanto me enteré de lo ocurrido, fui y ahí estaba el Gato Negro, esperando a que la princesa le sacara de apuros. .Edia El Gato Negro puso los ojos en blanco y la elfa oscura confesó: .Bdia En realidad, no he podido hacer gran cosa. Vuestros compañeros se han dispersado por todo el Laberinto. La Adivina y el Topo estaban en la Plaza Lana. .Edia .P Hice una mueca y dije: .D .Bdia Ese sitio no es un buen refugio. .Edia .P Bien recordaba yo que los Ojisarios me habían pillado ahí con extrema facilidad. .D .Bdia No lo es, .Edia coincidió Sla. .Bdia Por eso hemos encontrado otro. Aunque sigue sin convencer a Yerris. .Edia .P Este puso cara de disculpa. .D .Bdia Es que refugiarse en el Laberinto para huir de unos demonios que viven en el Laberinto no me encanta especialmente. .Edia .D .Bdia El que decía que el Laberinto era un lugar lleno de maravillas, .Edia se burló la Daganegra. .D .Bdia Y lo es. Pero no ahora mismo, .Edia carraspeó Yerris. E hizo un amplio ademán. .Bdia Qué importa, no tenemos nada mejor de momento. El caso es que los Ojisarios se han vuelto el hazmerreír del Laberinto y están más cabreados que un gato con el agua al cuello. ¿Tienes noticias del Sacerdote? .Edia preguntó. .P Negué con la cabeza, ensombreciéndome. .D .Bdia No. Pensaba ir ahora a ver qué tal. ¿Dónde está ese refugio? .Edia .D .Bdia Huh, huh, .Edia intervino la Adivina con una sonrisilla. .Bdia Para saber dónde está, o hay que ser adivino o alguien debe mostrártelo. .Edia .P Ladeé la cabeza, curioso. .D .Bdia Eso es una buena cosa. .Edia .D .Bdia Te lo enseñará Yerris, .Edia decidió Sla. .Bdia Yo tengo que ir a… negociar. .Edia .P La observé con cara intrigada, Yerris y ella intercambiaron una mirada y agrandé los ojos, anonadado, creyendo entender. .D .Bdia ¿Negociar con los Ojisarios? ¿Para liberar al alquimista? .Edia .D .Bdia No, no, no, .Edia rió Slaryn. .Bdia Negociar con nuestro cap. No hables más de la cuenta, .Edia añadió en un murmullo que sin duda oyeron el Topo, la Adivina y mis comparsas. .P Me tragué las palabras y, como vi a Slaryn retroceder un paso como para alejarse ya, apunté: .D .Bdia ¡Voy contigo! .Edia .P Slaryn se detuvo en seco. .D .Bdia ¿Qué? No, shur. No puedes… Es ridículo. A ti apenas te conoce. No me serás de ninguna ayuda. .Edia .D .Bdia No iré a negociar, .Edia aseguré. .Bdia Me debe veinte dorados, eso es todo. .Edia .P Y tenía intenciones de pagar los cuidados de Rogan con esos siatos, añadí mentalmente. Los dos Daganegras me miraron con caras aún más sorprendidas que los demás. .D .Bdia Veinte dorados, .Edia murmuró Yerris, incrédulo. .Bdia Fiambres, ¿qué hiciste, shur? .Edia .P Me encogí de hombros. .D .Bdia Una cosa. .Edia Sonreí al verlos positivamente impresionados y apunté: .Bdia Entonces, ¿puedo ir contigo, Sla? .Edia .P Slaryn asintió, pensativa, y Yerris se aclaró la garganta. .D .Bdia Lo siento, pero yo no me ocupo de unos mocosos, shur, tengo cosas que hacer. Y dejarlos solos en el refugio no me llama nada… .Edia .D .Bdia ¡Hey, mocoso, tu madre! ¿Qué te has creído? .Edia lo interrumpió Manras, sulfurado. .Bdia No necesitamos que te ocupes de nosotros. Iremos a vender periódicos y a ganarnos el pan. .Edia .P Asentí, inquieto. .D .Bdia Corriente, pero no os alejéis de los moscas y, si hay un Ojisario o cualquier isturbiao que se mete con vosotros, os ponéis a gritar como escalufniaos. .Edia .D .Bdia Natural, .Edia replicó el pequeño elfo oscuro. .P Era más seguro, de todos modos, vagar por Rískel o Tármil que meterse en el Laberinto sin una buena banda para protegerse. Me despedí de ellos, citándonos en la escalinata del Capitolio a las seis, y dejando a Yerris, a la Adivina y al Topo, me alejé con Slaryn por el parque. Salimos de este y ascendimos por las calles de Tármil a buena marcha. Ya cruzábamos la Avenida cuando le pregunté: .D .Bdia ¿Vas a pedirle a Korther que nos ayude? .Edia .P Slaryn caminaba a grandes zancadas. Por prudencia probablemente, había escondido su largo cabello rojo bajo un bonito velo naranja. .D .Bdia El problema es que con Korther no se ‘pide’, se negocia. Cuando fui a verlo anteayer, no parecía muy dispuesto a mover un dedo para ayudarnos. Dijo que se lo pensaría… .Edia Resopló con sarcasmo. .Bdia Korther, desde luego, no es de los que actúan con rapidez. Así que menos mal que tu amigo os sacó de apuros. .Edia .D .Bdia Ya… Pero, sin el alquimista, no duraremos más de dos lunas, .Edia le recordé. .P Slaryn hizo una mueca. .D .Bdia Lo solucionaremos. De algún modo. .Edia .P Quise creerla y no hablamos más durante el resto del trayecto. Para no tener que cruzar los Gatos, Sla nos hizo dar un rodeo pasando por Atuerzo y bajando por las escaleras de la Vieja Muralla, aterrizando casi directamente en la calle de la Fonda. Se metió en el callejón y, tras echarme una ojeada, llamó a la puerta, y lo hizo dando toques de tal forma que parecía una contraseña. La puerta se abrió un poco y apareció el rostro muy pálido de un humano moreno y relativamente joven. No lo conocía. .D .Bdia Salú, Aberyl, .Edia dijo Sla. .D .Bdia ¿Y ese? .Edia inquirió el tal Aberyl. .D .Bdia Es un sarí, .Edia contestó la elfa oscura con calma. .P Sin pedir más explicaciones, Aberyl abrió la puerta en grande. Entramos. La última vez que había estado ahí, apenas me había fijado en el interior. Esta vez, pude verlo con más tranquilidad. Había una mesa con sillas, una butaca, una chimenea apagada y, sobre esta, un cuadro que representaba la calle de una aldea. Pese a que Korther no podía lógicamente estar a falta de dinero, aquella habitación no era lujosa, desde luego no como la de Miroki Fal. .D .Bdia ¿Dónde está Korther? .Edia preguntó Slaryn. .D .Bdia No tardará, .Edia contestó Aberyl. Dio unos golpecitos suaves a la única puerta interior que había, se sentó a la mesa y continuó lo que, al parecer, estaba haciendo antes de que llegáramos: meter un montoncito de polvo gris dentro de un frasco. .D .Bdia ¿Sabes lo que es la satranina? .Edia .P Me lo preguntaba a mí, tal vez porque, llevado por la curiosidad, me había acercado a la mesa para ver mejor lo que estaba haciendo. Asentí. .D .Bdia Yálet me dijo que era un sedante. .Edia .P Aberyl esbozó una sonrisa sin enseñar los dientes. .D .Bdia Mm. Un sedante fuerte que puede hacer dormir a una persona si lo respira de cerca. .Edia .P Retrocedí un paso, prudente. .D .Bdia Vaya. ¿Y lo utilizas a menudo? .Edia .P Aberyl se encogió de hombros, divertido. .D .Bdia A veces. Por ejemplo, cuando trabajas de noche, le haces respirar eso al propietario y tienes toda la casa para ti durante varias horas. .Edia .P Aquello me impresionó y me imaginé de pronto cómo, corriendo con aquel frasco de Ojisario en Ojisario, los dejaba a todos dormidos y conseguía sacar al alquimista de su territorio y salvar a todos mis compañeros… La escena, aunque muy probablemente irrealizable, me arrancó una sonrisa vengativa. .P De pronto, la puerta interior se abrió y Korther apareció. El elfocano me examinó con rapidez con sus ojos reptilianos de diablo antes de fijarse en Slaryn y suspirar con paciencia. .D .Bdia Buenos días, jovencitos. ¿Qué puedo hacer por vosotros? .Edia .D .Bdia Lo sabes muy bien, Korther, .Edia dijo Sla con tono seco. .Bdia Mi madre te desorejará cuando salga de la trena y se entere de que dejaste a su hija metida en una mina de salbrónix, explotada por los Ojisarios. ¿Qué dirán los demás caps Daganegras cuando sepan que dejas a tus sarís en manos de unos criminales sin hacer nada? ¿Qué dirán cuando sepan que dejaste que los mutaran como si fueran cobayas? ¿Qué dirán nuestros cofrades cuando sepan que tus sarís han regresado reptando ante los Ojisarios para pedirles sokuata porque tú te negaste a ayudarlos? .Edia .P Me quedé atónito. Cada pregunta estaba formulada con una irritación creciente. Sin parecer muy sorprendido, Korther alzó unas manos apaciguadoras. .D .Bdia Cálmate, querida. No llegarás a ningún sitio ni sulfurándote ni echándome la culpa de lo que te han hecho los Ojisarios. Tienes razón: como cap, me comprometo a echar una mano a los jóvenes de la cofradía. Pero no me comprometo a ayudar a unos imprudentes que se meten a espiar a los Ojisarios para salvar a un traidor. Te lo expliqué bien claro la última vez. .Edia .D .Bdia ¡Yerris no es un traidor! .Edia gruñó Slaryn. .D .Bdia Lo fue. Otra cosa es que lo fuera de buena gana. Pero fue y sigue siendo un traidor. .Edia .P Los ojos de Slaryn centellearon. .D .Bdia Dale al menos una oportunidad, Korther. Él quería ser un Daganegra. Yo no. Y lo echas a él y no a mí. No es justo. .Edia .D .Bdia La vida es injusta, querida. Y yo no perdono fácilmente. .Edia .D .Bdia Si muero, mi madre no te lo perdonará a ti, .Edia replicó Slaryn. .P Korther meneó la cabeza, suspirando. .D .Bdia Y eso me entristecería, te lo aseguro. .Edia Se avanzó con las manos en los bolsillos. .Bdia Mira, Slaryn, la situación no pinta tan mal. Ayer le dijiste a Alvon que teníais sokuata para dos lunas, ¿verdad? .Edia .D .Bdia Para… un poco más, .Edia confesó Slaryn. .Bdia Los Ojisarios volvieron a pillar a algunos, no sé cuántos. Aún nos queda volver a encontrar a los sokuatas que se libraron. .Edia .P El cap asintió, meditativo, mientras yo palidecía. ¿Así que no nos habíamos escapado todos? Fiambres… .D .Bdia Bien. Estupendo, .Edia dijo Korther. .Bdia Entonces tal vez dure tres o hasta cuatro lunas, ¿correcto? .Edia .P Slaryn realizó una mueca sarcástica. .D .Bdia ¿Estupendo? .Edia repitió. .Bdia Me parece todo menos estupendo. Cuatro lunas de vida es una miseria. Aunque, total, los Ojisarios van a matarnos antes porque nadie hace nada para acabar con esa banda, y menos Korther el Desalmao. .Edia .D .Bdia Ya estamos otra vez echando la culpa, .Edia le hizo notar Korther con calma. .Bdia Escucha, querida, el Bravo Negro hasta hace cuatro días era un donnadie y hoy le está haciendo competencia al mismísimo Frashluc de los Gatos. ¿Sabes quiénes somos los Daganegras en todo esto, Slaryn? Unos ladrones profesionales, un poco aventureros, mercenarios… pero no somos guerreros, ni héroes, ni suicidas. Tus amigos tuvieron una suerte de mil demonios escapándose. Ahora el Bravo Negro habrá reclutado a más gente. Podría reclutar a un ejército. Si de verdad sacaba noventa perlas de salbrónix al día, estará podrido de dinero. Esas perlas no las vendes por menos de quince siatos cada una, y tal vez me quede corto. .Edia .P Quince siatos, pensé, frunciendo el ceño. Y él me había dado sólo cinco siatos por las cinco perlas que le había vendido en invierno. Me había tomado el pelo. .D .Bdia Creo que también olvidé mencionarte, .Edia añadió Korther, .Bdia que el Bravo Negro y yo llegamos a un acuerdo de mutuo entendimiento hace un tiempo. Le pagué una buena suma y ese granuja aceptó destruir cierta información. Información, por cierto, que robó Yerris de mi despacho el año pasado, aquí, en la Fonda. Él mismo lo confesó. Fue un descuido de mi parte, lo admito, pero no me digas que esa no fue una traición canallesca de parte de ese santo inocente que tan bien parece haberte conquistado, querida. .Edia .P Slaryn le devolvió una mirada turbada y se pasó la mano por la frente murmurando un: .D .Bdia Espíritus. .Edia .P Me armé de valor e intervine: .D .Bdia Korther. Yerris no quería traicionarle. Esos tipos lo obligaron y… .Edia .D .Bdia Lo educaron para que lo hiciera, .Edia me cortó Korther. .Bdia No te pongas de su lado, rapaz. Bastantes problemas tienes ya. Bueno, vamos a ver. Habéis venido aquí para pedirme que olvide el trato con el Bravo Negro y os eche una mano para capturar a ese alquimista porque, por lo que he entendido, es vuestra única salvación. ¿No se os ha ocurrido que tal vez os hicieron creer que esa sokuata es una poción de mutación muy difícil de fabricar y que, en realidad, no lo sea tanto? Quién sabe, tal vez la fórmula para fabricar esa sokuata no sea tan complicada y pueda ser retomada por algún otro alquimista, o bien, .Edia dijo, .Bdia tal vez esa historia de que os morís si no tomáis sokuata la inventaron para asustaros. .Edia .P Slaryn emitió un gruñido lleno de sarcasmo. .D .Bdia ¡Sí claro! Yerris me contó lo que les pasó cuando los Ojisarios dejaron de darles sokuata: al de una semana estaban medio muriéndose. .Edia .D .Bdia Medio muriéndose, .Edia apuntó Korther. .Bdia Tal vez les pusieron un veneno en el pan para que sacaran conclusiones falsas. O tal vez, al de un tiempo, se habrían desintoxicado, desmutado o qué sé yo. .Edia .P Slaryn bufó: .D .Bdia Imposible: el propio alquimista le dijo a Yerris que sin sokuata moriría. .Edia .D .Bdia Yerris, .Edia repitió Korther. Bajo la mirada fulminante de la elfa oscura, puso los ojos en blanco. .Bdia No digo que tu historia no sea cierta, Slaryn: sólo digo que, hasta ahora, no tenemos ninguna prueba de nada. .Edia .D .Bdia ¡Eso es porque no me escuchas, isturbiao! .Edia exclamó Slaryn. Pareció a punto de añadir algo, lanzó un gruñido exasperado, realizó un ademán furioso, dio media vuelta, abrió la puerta y se marchó dando un portazo. .P Parpadeé, asombrado, y, por un instante, estuve tentado de seguirla, pero entonces recordé mis veinte siatos. .D .Bdia Madres de las Luces, .Edia suspiró Korther, sentándose en su butaca. .D .Bdia Extraño asunto, ¿eh? .Edia soltó Aberyl, recostándose en su silla. .D .Bdia Y que lo digas, Ab. Y que lo digas, .Edia murmuró Korther. .P El pálido humano se metió el frasco de satranina en el bolsillo y dijo: .D .Bdia No sé qué te parecerá, pero a mí la idea de dejar a treinta niños morir por culpa de un alquimista y un criminal no me gusta mucho. Ya sé que podría ser arriesgado pero… tener a un buen alquimista en nuestra cofradía podría resultarnos muy útil. .Edia .P Korther lo miró como si se hubiera vuelto loco. Resopló y desvió los ojos, incrédulo. .D .Bdia Tú y tus ideas estrambóticas, Aberyl. Mira, de momento, el Bravo Negro lo único que sabemos que ha hecho es capturar a unos guakos y meterlos en una mina a sacar salbrónix, exactamente como hacen los patrones de las fábricas en los Canales, y a esos nadie los detiene, ¿no? Buaj. ¿No irás tú también a llamarme desalmado? ¿Es que ahora me toca ocuparme de los problemas que aquejan a los guakos de los Gatos? Hombre, ya, Ab, no iré a tomar una decisión precipitada que nos ponga a toda una banda criminal en nuestra contra y nos hunda de golpe. Ahí sí que nuestros cofrades se reirían de mí a carcajada limpia. Y quedaría en la historia como Korther el Buenazo, aquel cap que, por intentar salvar a treinta guakos, mandó al garete su fortuna y acabó asesinado por un criminal que hasta hace tres días no sabía casi ni lo que era una moneda de oro. ¡Vamos! .Edia .P Chasqueó la lengua con desdén y vi las comisuras de los labios de Aberyl levantarse pronunciadamente. .D .Bdia Estás poniéndote nervioso, Korther. .Edia .D .Bdia ¿Yo, nervioso? ¡Bah! .Edia .D .Bdia Qué hermoso es tener la conciencia tranquila cuando uno cierra los ojos y se despide del día para entrar en otro, .Edia pronunció Aberyl con tono de sabio. .P Alzó el embozo azulado ante el rostro y se levantó. Korther le soltó una mirada burlona. .D .Bdia Déjalo, Ab. Mi conciencia está muy tranquila. Tengo mil asuntos en la cabeza, hago lo que puedo. .Edia .D .Bdia Frawa no te lo va a perdonar, .Edia comentó Aberyl con tranquilidad. .P Korther levantó los ojos al cielo. .D .Bdia Si Frawa dejara de entrar y salir de la cárcel y se ocupara un poco más de su hija, tal vez esta no habría acabado compadrando con un traidor y prefiriendo la calle a la Guarida. Pero, qué diablos, ahora que Rolg se ha ido, tal vez te ofrezcas tú a hospedar a esa joven gata, .Edia se burló. .D .Bdia Mm. Demasiado fogosa para mi gusto, .Edia dijo Aberyl. Sus ojos azules y muy claros sonreían. Se posaron en mí y, sobresaltado de que de pronto se fijaran en mi presencia, puse cara de quien oye y espera pacientemente a que los mayores lo escuchen sin tener la más mínima intención de ser cotilla. .Bdia El muchacho, en cambio, parece más tranquilo. ¿No será este el que te ayudó a robar la Wada? .Edia .P Korther sonrió. .D .Bdia El mismo. ¿Qué quieres, rapaz? .Edia .P Lo miré con expectación. .D .Bdia Pues… Verá. Tengo a un amigo herido en el Hospital de la Pasionaria. Y necesito dinero para pagar los cuidados. .Edia .D .Bdia ¡Ah! Vienes a reclamar los veinte siatos, ¿verdad? .Edia Asentí y Korther rebuscó en sus bolsillos. .Bdia Aquí tienes… siete siatos en monedas de plata. Dales eso. Y si no es suficiente, te daré más. .Edia .P No me quejé, sonreí y recogí las monedas diciendo: .D .Bdia Corriente. Gracias. Oye, ¿es verdad que Rolg se fue de la Guarida? .Edia .P Korther hizo una mueca y carraspeó. .D .Bdia Sí. Se fue. .Edia .P Me ensombrecí. .D .Bdia ¿Pero adónde? .Edia .P Korther me dedicó una mueca misteriosa y sus ojos me evaluaron con atención. .D .Bdia Los Espíritus lo saben. En su ausencia, recordémoslo como a un buen hombre, ¿eh? .Edia .P Palidecí mortalmente. .D .Bdia ¿Murió? .Edia .P Recordaba muy nítidamente la última vez que lo había visto, cubierto de marcas negras, con sus dientes afilados, y, en fin, transformado en un demonio. ¿Y si, cuando lo había visto, se encontraba en realidad en peligro de muerte y se había muerto sin que yo lo ayudara y…? El elfocano se carcajeó por lo bajo. .D .Bdia No. Ese viejo elfo está vivo y más vivo que ninguno. Se tomó unas vacaciones, eso es todo. Todo el mundo necesita cambiar de aires de vez en cuando. .Edia .P Suspiré de alivio y entonces me quedé mirándolo con fijeza. Está vivo y más vivo que ninguno, me repetí. ¿No había dicho mi maestro nakrús que los demonios rendían culto a la Vida, convencidos de que ellos estaban más vivos que los saijits normales? Korther lo sabía. Sabía que Rolg era un demonio. Quién sabe, a lo mejor Korther también lo era, pensé con un escalofrío. Bueno, mientras no averiguara que yo tenía una mano muertoviviente… Inspiré y meneé la cabeza. Lo de cambiar de aires me hizo pensar en Yal y pregunté: .D .Bdia ¿Y Yal? ¿Dónde vive ahora? .Edia .D .Bdia Válgame el cielo, Yal aún no ha vuelto de Kitra, .Edia me informó Korther. .Bdia Ha estado muy ocupado. De hecho, no se ha enterado de nada de lo de tu aventura por la mina. No quise preocuparlo. No debería tardar en volver. .Edia .P Asentí con la cabeza, absorto, y Korther me sonrió. .D .Bdia Oye, rapaz. Dime, eres consciente de todo lo que los Daganegras han hecho por ti, ¿verdad? .Edia .P Más bien de todo lo que Rolg y Yal habían hecho por mí, rectifiqué mentalmente. Pero asentí de todas formas y Korther prosiguió: .D .Bdia Entiendo que hayas intentado salvar a Yerris. No te lo echo en cara. Y hasta puede que tengas razón y Yerris sea simplemente un pobre guako torturado e incomprendido. .Edia .P Agrandé los ojos, esperanzado. .D .Bdia ¿Entonces lo va a perdonar? .Edia .P Korther hizo una mueca. .D .Bdia Er… Digamos que aún no me siento en condiciones de perdonarlo, pero tal vez algún día, si me demuestra que sabe ser leal… Quién sabe, la vida está llena de sorpresas. .Edia Oí a Aberyl ahogar un resoplido divertido mientras se arrimaba a un muro. Korther retomó: .Bdia En cualquier caso, tú sigues siendo un sarí de la cofradía y, como tal, vas a hacerme un pequeño favor. Si ocurre algo, como que los Ojisarios capturen a más niños o… cualquier cosa que tú creas importante, vienes aquí y me lo dices. Estos días, si yo no estoy en la Fonda, estará Aberyl. ¿Has entendido? .Edia .P Me encogí de hombros. .D .Bdia Rabiosamente. .Edia .P Korther sonrió de nuevo y me palmeó la mejilla. .D .Bdia Pues ve a ver a ese amigo herido y a ver si se recupera. .Edia .P Asentí con energía, eché una mirada al humano pálido y dije para ambos: .D .Bdia Salú. .Edia .P Salí de ahí y, tanto pensaba ya en Rogan y en el hospital, que olvidé tomar un rodeo y pasé de pleno por la Plaza Gris de los Gatos. Cuando oí un fuerte «¡hey, mozo!», me sobresalté con el corazón desbocado, creyendo ver Ojisarios por todas partes. Me fijé entonces en el viejo Fiks sentado en un bordecillo de piedra con unos compañeros y dejé escapar un resoplido de alivio. .D .Bdia Hacía tiempo que no te veíamos por aquí, cantador, .Edia me saludó el viejo obrero. .P Sonreí y me acerqué. .D .Bdia Fiks, qué bueno verte, qué susto me has pegado. ¿Cómo andas? .Edia .D .Bdia Pues ya ves, charlando con la tropa, .Edia contestó el viejo obrero mientras sus compañeros seguían hablando animadamente. .Bdia Te veo muy pálido, como si no te hubiera dado el sol en lunas. Dime, ¿no habrás hecho alguna trastada que te haya llevado al Clavel? .Edia .P Resoplé haciendo un vago ademán. .D .Bdia Qué va. Si yo a los moscas no los conozco. .Edia .D .Bdia ¿Oh? Pues me alegro, .Edia sonrió Fiks, haciendo esa cara de quien deja claro que, total, no eran asuntos suyos. .Bdia De todos modos, ¡bien sé yo que eres buen chaval! .Edia .P Le devolví la sonrisa y, entonces, avisté, más allá de Fiks, al otro lado de la plaza, a unas siluetas familiares. Era mi tocayo el Raudo con dos compadres de su banda. Y su mirada de guako atento estaba posada sobre mí. Fiambres. De pronto, tuve perfecta conciencia de las monedas que llevaba en mi bolsillo, las noté en peligro y solté: .D .Bdia ¡Bueno! Tengo que irme. Salú, Fiks. .Edia .P Volteé y salí corriendo de la plaza subiendo una calle hacia Atuerzo. En un momento, eché un vistazo atrás y, viendo que el Raudo me seguía y bien rápido, agrandé los ojos, aceleré y un temor sordo me invadió. Por algo a mi tocayo le llamaban el Raudo: al de unos instantes, me alcanzó y me agarró del brazo. .D .Bdia ¡Hey, Espabilao! ¿Por qué fiambres corres? .Edia .D .Bdia ¡Suéltame! .Edia le grité. .P El Raudo enarcó las cejas. .D .Bdia Diablos. ¿Qué mosca te ha picado? .Edia .P Lo fulminé con la mirada y estiré para liberarme. El elfo pelirrojo me soltó con cara de ir en son de paz. .D .Bdia Oye, tocayo, ¿no me mirarás con esa cara por lo de los dorados que me diste la última vez? .Edia .D .Bdia No te los di: me los robaste, .Edia gruñí. .P Apreté los dientes al ver a los dos compañeros del Raudo alcanzarnos. Habíamos llegado a la calle que seguía los restos de la Vieja Muralla, justo en la frontera con Atuerzo. Estaba algo transitada, pero la gente pasaba sin echarnos siquiera una mirada. Retrocedí, poniéndole mala cara al Raudo. .D .Bdia No te acerques, isturbiao. .Edia .P Noté un destello de burla y exasperación en los ojos del Raudo. .D .Bdia Sólo quería decirte que me alegro de que hayas salido vivo del infierno. Y ahora llámame isturbiao otra vez y te arrimo un guantazo, shur. .Edia .P Me encogí de hombros y, habiéndome ya alejado unos cuantos pasos, le dije: .D .Bdia ¡Desmorjao! .Edia .P Di media vuelta y salí corriendo. Para fortuna mía, el Raudo esta vez no me persiguió. .P Cuando llegué al hospital, dejé mis siete siatos a un dependiente, quise ver a Rogan y una joven enfermera me condujo hasta una gran sala llena de camas y pacientes donde me dejó buscar a mi amigo. Vagué entre las camas y, al no verlo, por un terrible momento pensé que no lo encontraría. Pero entonces lo vi al fondo, junto a la ventana que daba a un patio. Estaba tendido, dormido y tan pálido que daba miedo. Me arrodillé junto a él y contemplé el vendaje antes de desviar la vista de nuevo hacia su rostro. Le toqué la frente y me concentré. Con insistencia, pese a que la piel de sokuata lo protegía contra mis sortilegios, conseguí encontrar una brecha para acelerar la transformación del morjás de sus huesos y convertirlo en jaipú. No era mucho, pero siempre ayudaba algo, o al menos eso decía mi maestro nakrús. Cuando hube consumido mi tallo energético casi entero, le murmuré: .D .Bdia Sacerdote, te pondrás bien. Me lo han dicho mis ancestros y, aunque no los conozco, ellos no se equivocan. ¡Infiel el que no me crea! .Edia .P Esbocé una sonrisa al percatarme de que inconscientemente había imitado su tono exaltado. En la sala, se oían los murmullos de los enfermeros y los quejidos de los pacientes despiertos. Tras un silencio, me levanté y me fijé en que el muchacho que estaba en la cama de al lado me miraba con cara llena de sorna. Fruncí el ceño poniéndole cara de ¿tú qué miras? y él pareció que iba a guardar silencio pero entonces soltó un: .D .Bdia Guako. .Edia .P Enarqué las cejas. No era la primera vez que oía aquella palabra pronunciada como un insulto, pero sí la primera que me la decía un chaval de esa forma, como si por tener padres él era más y yo por no tenerlos era un donnadie. Pues no señor. Se me pasaron por la mente varias réplicas, algunas bastante buenas como «canijo besaplatas» o «enfaldao», pero finalmente preferí no armarla, me erguí y lo ignoré tan dignamente como pude. .D .Bdia Sacerdote, .Edia dije en voz baja. .Bdia Siento que la compañía no sea tan buena en el hospital como en el pozo. Pero verás como te pones bueno en un pacivirtud y estarás pronto contándome una de tus historias y yo te la pondré en canción. .Edia Sonreí. .Bdia Mañana vuelvo y te traigo una manzana. Dijiste que era la fruta que más te gustaba. O tal vez una flor. Ya sé cuál. Una flor-de-luna. Mi maestro decía que era buena para todo. Lo único… que en el valle había muchas, pero aquí no he visto ninguna. No te preocupes, si no encuentro te traeré otra cosa, ¿corriente? .Edia .P Rogan, por supuesto, no me contestó. Pero yo estaba seguro de que me había oído. Al cabo, con un suspiro, me alejé. Y me retuve de darle un puñetazo a la pierna vendada del canijo besaplatas. Porque yo era un buen guako, y a mucha honra. .Ch "La sokuata" .\" 16/10/2017 El refugio al que nos llevó Yerris era, de hecho, casi invisible para quien no supiera que se encontraba ahí. Se trataba de un recoveco rocoso situado detrás de uno de los innumerables bloques del Laberinto. Tenía dos agujeros. Una, «la chimenea», era un mero hueco en la roca de tal vez un palmo de ancho. La otra era «la puerta», que era en realidad una fina abertura al fondo de un callejón especialmente perdido donde los vecinos tiraban todos los deshechos y trastos inservibles. El Topo y la Adivina habían tratado de adecentar un poco el hogar y habían puesto una caja de madera en la entrada para que al menos no se metieran las ratas, pero era imposible escapar del olor. .P Llamé nuestro refugio la Cueva, pues, por su pequeñez y su aspecto, me recordaba a la cueva de mi maestro nakrús. Bueno, no era exactamente igual. No había cofre, ni linterna, ni tampoco ningún jergón, y la primera noche que pasé ahí, apretujado entre Manras y Yerris, me hizo desear ser como mi maestro nakrús. Él no necesitaba dormir, ni le daban arcadas por los olores, ni los músculos se le agarrotaban. Pero, bueno, como él hubiera dicho, la vida de un nakrús también tenía sus inconvenientes. .P Pasamos ocho días jugando al perro y al gato con los Ojisarios. Cada vez que salíamos de la Cueva, parecíamos paranoicos. Dábamos rodeos exagerados, íbamos siempre al menos tres juntos y evitábamos pasar por las plazas de los Gatos. En verdad, no nos cruzamos con ningún Ojisario. Y eso que Yerris y Slaryn estuvieron rondando por todo el barrio en busca de nuestros compañeros del pozo. Encontraron a Syrdio y a Nat el Bailador: ambos habían vuelto con la banda del Raudo. También encontraron a la Venenos y a Damba, otro muchacho. Pero eso fue todo. Faltaban veinte. Entendía la inquietud del Gato Negro y la Solitaria: si alguno de ellos había escapado de los Ojisarios y sentía los efectos de la falta de sokuata, ¿quién sabe si sería capaz siquiera de moverse para ir a entregarse a nuestros explotadores? Yerris aseguraba que los efectos eran… muy desagradables. Bien recordaba yo la imagen del Sacerdote sobre los Espíritus del Mal que se metían en el cuerpo para desgarrarlo todo. No tenía ninguna gana de comprobarlo. Yerris nos había explicado bien claro que, en cuanto sintiéramos que nos quemaban los ojos o cualquier cosa anormal, regresáramos al refugio de inmediato. No nos había dicho dónde guardaba la sokuata y he de decir que no insistí para saberlo, no después de que él me echara una mirada penetrante asegurando que era mejor que no supiéramos nada. .P No pasó ni un día en que no fui a visitar a Rogan al hospital para ayudarle a curarse con mis sortilegios. Me lo encontraba siempre durmiendo, salvo al octavo día en que pestañeó y me miró con ojos de estar totalmente en otro mundo. Le dije «salú», esperanzado, pero no me contestó y, tras verlo cerrar de nuevo los ojos, le dejé un papel en la palma de su mano. Lo había recortado esa misma tarde de un periódico. Se trataba de un bonito grabado de la Roca vista desde Menshaldra. .P Me levanté. .D .Bdia Arreando, shurs, .Edia les dije a Manras y Dil. .P Salimos del hospital y tomamos alegremente la dirección de los Gatos. El tiempo que llegáramos, ya estaba anocheciendo. Pese a las quejas de Manras, tomamos el camino largo para pasar tan lejos como pudimos del territorio ojisario y alcanzamos el río Tímido que brotaba de la Roca antes de meternos en el Laberinto por el lado este. Algunas callejuelas que cruzamos estaban llenas de gente de toda talla y color; otras estaban desiertas. Tras subir unas escaleras estrechas y pasar sobre un puentecillo de madera, llegamos al fin al callejón… o más bien al Corredor de la Peste, como lo llamaba Manras. Con la nariz fruncida, pasamos por el pequeño corredor tan rápido como pudimos. De haberme atrevido a abrir la boca en grande, habría soltado un «¡salú, salú!» al entrar, pero no dije nada porque, además, Yerris decía que cuanto menos nos oyesen los vecinos, mejor, que si no a lo mejor nos echaban. Apenas entré en la Cueva, oí un jadeo y entorné los ojos en la oscuridad. .D .Bdia ¿Guel? .Edia soltó Manras. .P Era la Adivina. Estaba tendida en una esquina, temblando. El Topo, acurrucado no muy lejos, dijo con voz débil y sombría: .D .Bdia Está muy mal. Y yo… no estoy mucho mejor. Creo que es por lo de esa… sokuata. Estamos aquí desde hace horas. Sla y el Gato Negro no vienen. No vienen, .Edia repitió. Su voz vibraba de tensión, como si estuviera tratando de ahogar el dolor. .P Mi humor cayó en picado y me agaché a su lado, preguntando: .D .Bdia ¿Duele mucho? .Edia .P El Topo no contestó. Se contentó con echarse y soltar un largo y entrecortado suspiro. El silencio estaba cargado de expectación e inquietud. No sé cuánto tiempo pasó hasta que Manras murmuró: .D .Bdia Me queman los ojos, Espabilao. .Edia .P Tragué saliva y confesé: .D .Bdia A mí también. .Edia .P Y era cierto. Los ojos me ardían como si me hubiese agarrado la Fría y sentía pinchazos un poco por todo el cuerpo. La sensación fue intensificándose a medida que pasaba el tiempo. La Adivina ya no metía ruido: parecía haberse desmayado. El Topo, en cambio, repetía entre dientes: .D .Bdia Tenemos que movernos. Sla no vendrá. Tenemos que movernos… .Edia .P Movernos, corriente, pero ¿adónde? La única solución era ir a ver a los Ojisarios, y estos se encontraban al otro lado del Laberinto, a tal vez media hora o más dado nuestro estado. No, me dije. El Gato Negro volvería. Volvería y nos traería sokuata. Maldito si no lo hacía… .P La caída al infierno, gradual al principio, se precipitó. El dolor pasó de ser soportable a ser un verdadero suplicio. Y entonces pensé en las palabras de Rogan y realmente creí que los Espíritus del Mal se habían desatado en mi interior. Luego pensé en Rogan e, imaginándome que estaba sufriendo lo mismo que nosotros, encontré las fuerzas suficientes para arrastrarme hasta la salida y farfullar a la noche silenciosa: .D .Bdia Ayuda… Ayuda… .Edia .P No sé cuánto tiempo estuve repitiendo lo mismo hasta que, no pudiendo más, viendo venir la muerte, relativicé y me dije que los Ojisarios tal vez nos hacían pescar perlas pero al menos nos daban sokuata. Una vida de minero prisionero era mejor que la muerte. Sólo tenía que levantarme, levantar a mis comparsas, salir y poner un pie delante del otro hasta… hasta los que nos habían dejado en ese estado. Si en aquel instante no hubiera aparecido Slaryn por el callejón, bien creo que habría acabado decidiéndome, pero la voz de la Daganegra me devolvió la esperanza. Sentí su mano sacudirme. .D .Bdia ¡Espabilao! Fiambres, ¿estáis todos…? Apártate, déjame entrar. .Edia .P Me apartó más de lo que me aparté yo. De todas formas, Sla tan sólo fue a comprobar que estábamos todos dentro y soltó: .D .Bdia ¿Dónde diablos está Yerris? .Edia .P Aquello arrancó de cuajo mi esperanza. ¿Cómo? ¿Slaryn no sabía dónde estaba el Gato Negro? .D .Bdia Ayuda, .Edia balbuceé. .Bdia Sokuata. Sla… el Sacerdote… .Edia .D .Bdia Diablos, no pidas confesión aún, no te estás muriendo. Voy a traeros la sokuata. Tranquilos. Yerris dice que la última vez estuvo dos días sin tomarla y sobrevivió. No tardaré. .Edia .P Tardó una eternidad en volver. Bueno, en el momento, no fui realmente consciente de que volvía ni sabía qué hacía yo aparte de sufrir. Sólo sé que me había encontrado un pequeño palo junto a la entrada y lo mordía con fiereza. Unas manos agarraron el palo y trataron de sacármelo de la boca. Lo consiguieron, me hicieron tragar algo y pronto sentí una oleada de energía invadirme, como si de repente mi cuerpo hubiera recordado cómo debía funcionar. El dolor se fue desvaneciendo, mis ojos dejaron de arderme y, poco a poco, mi mente volvió a razonar. Oí las respiraciones sibilantes de mis compañeros, parpadeé ante la luz armónica que sostenía Sla y vi a su lado al Gato Negro. .D .Bdia Yerris, .Edia jadeé. Mis manos temblaban de miedo, pero ya todo parecía haber vuelto a la normalidad. .D .Bdia Espíritus y demonios, .Edia murmuró Yerris. Parecía aún más agotado que nosotros. .Bdia Lo siento, shurs. He sido un idiota. .Edia .P Fruncí el ceño, sin entender muy bien sus palabras, y giré la cabeza para asegurarme de que Manras y Dil estaban recuperados ya. Ambos parecían tan asustados como yo. Y es que… lo que acabábamos de vivir era una pesadilla en vivo. Sla deshizo la luz armónica y, curiosamente, no nos envolvió una oscuridad completa: afuera, ya estaba amaneciendo. .D .Bdia No fue culpa tuya, Yerris, .Edia dijo al fin Sla. .D .Bdia Lo es, .Edia gruñó Yerris. .Bdia Debí haberlo previsto. Sé cómo son esos guakos. Atacan antes de que los ataques. Y son incapaces de tener confianza en alguien. Son unos diablos. .Edia .D .Bdia Bobadas, .Edia dijo Slaryn con calma. .Bdia Tú habrías hecho lo mismo en su lugar. .Edia .P Yerris no replicó y, cada vez más perplejo, inquirí: .D .Bdia ¿De qué estáis hablando? .Edia .P Yerris estaba inhabitualmente irritado. Contestó en un bufido bajo: .D .Bdia De ese guako isturbiao. Syrdio. Y el Bailador. Ayer a la tarde, uno de ellos fingió estar malo. Me lo creí y fui a buscarles sokuata. Fui idiota. Me siguieron y… .Edia .P Calló y palidecí, adivinando. .D .Bdia Te han robado la sokuata. .Edia .D .Bdia Cabal, .Edia suspiró Yerris, alterado. .Bdia Muy cabal. Y ahora a saber dónde la habrán metido. .Edia .P Meneé la cabeza, confuso. .D .Bdia Pero entonces… ¿cómo es que a nosotros nos has dado sokuata? .Edia .P Yerris inspiró y Slaryn contestó: .D .Bdia Syrdio se la ha dado. .Edia .D .Bdia Más bien: me la ha vendido, .Edia rectificó Yerris entre dientes. .Bdia Fiambres con qué gusto estrangularía a ese granuja besaplatas malnacido. Si lo tuviera delante… Gaaah… ¡Malditos guakos! .Edia .P Ni que él no fuera uno, pensé. Por poco sonreí, pero la noticia de que Syrdio estaba ahora en posesión de la sokuata me borró la sonrisa antes de que apareciera. Yerris seguía soltando imprecaciones y lo interrumpí, vacilante: .D .Bdia Pero, Yerris… ¿qué le has dado a cambio? ¿Plata? .Edia .P La tenue luz y mis ojos de sokuata me permitieron ver la mueca del Gato Negro. .D .Bdia Plata, .Edia confirmó. .Bdia Hasta que se dé cuenta de que la plata que le demos no le compensa. Entonces dejará de darnos sokuata para seguir viviendo unos años a costa de nuestra vida. No tengo ninguna esperanza de que esa basura sea capaz de compartir tiempo de vida. Es peor que un isturbiao. Es un asesino… .Edia .D .Bdia Ya basta, Yerris, .Edia lo cortó Slaryn. .Bdia De verdad. Llegaremos a un acuerdo. Seamos lógicos: no le conviene tener a siete, qué digo, a nueve enemigos. .Edia .D .Bdia Siete, .Edia replicó el Gato Negro. .Bdia La Venenos y Damba se han unido a la banda del Raudo. Somos siete contra una quincena de guakos, casi todos de entre doce y quince años. Buah, ¿he dicho siete? Quita a Manras y Dil. Dan cinco. Y tú misma me dijiste que el Topo no ha dado un puñetazo en su vida… .Edia .D .Bdia Bocazas, .Edia gruñó Slaryn. .Bdia No lo dije así. El Topo sabe defenderse, ¿a que sí? .Edia .D .Bdia ¡Ya, claro, se defiende diciendo pies pa qué os quiero, jaja! .Edia se rió Yerris. Slaryn le dio un empellón exasperado. Al contrario que la Solitaria y yo, el Gato Negro no reparó en la expresión avergonzada del Topo, y es que Yerris era tal vez un buen gato pero el tacto lo tenía por los suelos. .P Puse los ojos en blanco y apunté: .D .Bdia Pues a lo mejor esa es la solución: les devolvemos la moneda, apañamos la sokuata, echamos a correr y la sokuata para casa. .Edia .D .Bdia Antes tendríamos que saber dónde la esconden, .Edia dijo Slaryn. .Bdia Y luego esperar que el Raudo no le eche una mano a Syrdio para darnos un recorrido al día siguiente. .Edia .P El Topo aventuró: .D .Bdia Pero si les dejamos la mitad, tal vez… .Edia .D .Bdia Durante un tiempo tal vez se calmarían, .Edia coincidió Slaryn. .Bdia Pero sólo durante un tiempo. .Edia .P Hubo un silencio. Entonces la Adivina intervino: .D .Bdia Gato Negro. ¿Cuánta plata te han pedido? .Edia .P Yerris tosió, molesto. .D .Bdia Bueno… dice que la dosis está a un dorado. Así que la próxima vez… dijo que tendríamos que traerle dos cada uno. .Edia .P Conclusión: Yerris no había podido pagar y se había comprometido por todos nosotros. Hubo un silencio mientras asimilábamos la noticia. Un dorado a la semana era algo factible si nos lo trabajábamos. Pero no dejaba de ser una canallada. .D .Bdia Hay que sacar a ese alquimista sea como sea, .Edia dejó escapar Slaryn. .P Asentimos en silencio. Sin embargo, la idea era muy bonita pero ponerla en práctica era un suicidio. Por no decir que, si dejábamos a los Ojisarios sin alquimista, nuestros compañeros que habían sido devueltos al Pozo nos iban a maldecir hasta sus últimos estertores. .P Tras otro largo silencio, me fijé en que, pese a la sokuata, la noche pasada en vela nos había dejado rotos y, finalmente, relegando las preocupaciones para más tarde, imité a mis comparsas, volví a tumbarme y bostecé… antes de enderezarme de golpe y exclamar: .D .Bdia ¡La madre de tus ancestros! ¡Rogan! ¡Rogan no tiene sokuata! .Edia .P Me levanté tan rápido que me choqué con un trozo de techo más bajo y me di un señor golpe que me hizo ver las estrellas. .D .Bdia ¡Rayos, shur! No te aceleres, .Edia resopló Yerris, agarrándome del brazo. .Bdia Sólo falta que te descalabres solo. .Edia .P Después de haber sufrido como un condenado durante toda la noche, era sorprendente cómo un simple golpe me arrancó un verdadero mar de lágrimas, pero estas no sólo eran debidas al dolor. .D .Bdia ¡Yerris! Tienes que ayudarme, tengo que llevarle a Rogan la sokuata. Dime dónde está ese escalufniao, que le voy a pisotear las orejas como no me dé sokuata. ¡Dime dónde está! .Edia .P Yerris suspiró y asintió. .D .Bdia Quédate aquí, Espabilao. Enseguida vuelvo. .Edia .P Me negué en rotundo y salí con él, sosteniéndome la cabeza. Hasta me había hecho una herida, constaté. Mis manos tenían sangre. .D .Bdia Fiambres. Menuda carababhuesada, .Edia grazné, intentando tragarme las lágrimas. .P Al final del callejón, el Gato Negro se detuvo para echarle un vistazo a mi herida, hizo una mueca y dijo únicamente un: .D .Bdia Fiambres. .Edia .P Tomó una dirección y lo seguí tan bien como pude. Cada paso me hacía retumbar toda la cabeza. Pese a que el Laberinto empezaba a ser terreno conocido para mí, me perdí un poco con tanta callejuela, sobre todo que no andaba en condiciones de fijarme mucho por dónde íbamos. El cielo se iba aclarando y, pese a ser aún muy pronto, ya había obreros que tomaban el camino de las fábricas, aunque el ambiente estaba aún silencioso y adormecido. Llegamos finalmente a un callejón algo ancho donde unos guakos dormían a pata suelta. El Raudo, sin embargo, estaba despierto y sentado sobre un barril, limándose las uñas con una navaja. Al vernos acercarnos, el elfo pelirrojo no se movió, pero no nos quitó el ojo de encima. Cuando estuvimos a unos pocos metros, soltó con calma: .D .Bdia ¿Tú otra vez, Gato Negro? Salú, Espabilao. .Edia .P Había tratado de limpiarme las mejillas lo mejor que había podido, pero la voz me sonó un poco temblorosa cuando dije: .D .Bdia Salú. .Edia .P El cap de la banda ladeó la cabeza, alternando su mirada entre ambos, mientras Yerris declaraba: .D .Bdia Tengo que hablar con Syrdio. .Edia .D .Bdia Si es para hablar de negocios, eso se hace conmigo, .Edia advirtió el Raudo. Y se bajó al fin del barril, metiéndose la navaja en la manga con una habilidad certera. .Bdia ¿Se trata de la sokuata? .Edia .D .Bdia Es para el Sacerdote, .Edia expliqué. Carraspeé para darle un poco más de firmeza a mi voz: .Bdia Está en el hospital y es posible que ahora mismo esté pasando por los infiernos. Tengo que ir a salvarlo. .Edia .P El Raudo asintió con cara comprensiva. .D .Bdia Ya veo. ¿Quieres que te ayude, eh? Pero, diablos, ¿qué te ha pasado en la cabeza? ¿No le habrás apaleado tú, isturbiao? .Edia .D .Bdia Isturbiao tú mismo, .Edia gruñó el Gato Negro. .Bdia El guako se pegó solo, yo no apaleo a mis compadres. Mira, sólo quería decirte una cosa, Raudo: te crees muy listo aprovechándote de nosotros como lo hicieron los Ojisarios, pero esto no durará. Sacaremos al alquimista. Y vuestra sokuata nos traerá sin cuidado. Y a tus amigos sokuatas les haré pagar, ¿me oyes? Les haré pagar muy caro. .Edia .P Su hostilidad me impactó y asustó al mismo tiempo, pues meterse con el Raudo de esa manera y en su propio refugio no era una idea muy prudente. El cap puso cara teatralmente impresionada. .D .Bdia Qué vengativo. Mira, yo sólo estoy protegiendo a mis compadres. Tú no querías decirles dónde estaba la sokuata. Entiendo que ahora ellos no te lo digan a ti. Porque ellos también son rencorosos. .Edia Echó una mirada a su banda. Varios se habían despertado y levantado, sin acercarse. Retomó: .Bdia Resulta que me queda una dosis aquí, en mi bolsillo. Y se la voy a dar a mi tocayo gratis. Porque soy un guako compasivo. .Edia Metió la mano izquierda en su bolsillo y me tendió una pequeña pastilla negra. La observé con curiosidad y, cuando fui a cogerla, el Raudo la apartó ligeramente añadiendo: .Bdia Las demás que vayan para ti y el Sacerdote también podrías tenerlas gratis… con una condición. .Edia .P Fruncí el ceño. .D .Bdia ¿Cuál? .Edia .P El Raudo le echó una mirada de bies al Gato Negro antes de pasar un brazo sobre mis hombros y alejarme un poco diciendo por lo bajo: .D .Bdia No se me ha olvidado que este invierno te enseñé unos cuantos truquillos para desvalijar y tal, y te las arreglabas de maravilla, me acuerdo, ¿te acuerdas? .Edia .P Como asentir me daba dolor de cabeza, contesté un: .D .Bdia Natural. .Edia .P Él sonrió. .D .Bdia Natural, .Edia repitió. .Bdia Y como me he enterado de que eres Daganegra… Bueno, siendo tan muchacho, no iré a pedirte que apañes la Corona de los Caídos, pero quiero ofrecerte un trato. Métete en mi pandilla y dame la mitad de tus ganancias. A cambio, como digo, doble ración de sokuata gratis y hasta un buen refugio donde dormir y no… el vertedero donde os ha metido el Gato Negro. .Edia Sonrió con burla. .Bdia ¿Qué me dices? .Edia .P La propuesta sonaba muy tentadora. Mi mirada se deslizó subrepticiamente hacia los bolsillos del Raudo, tan cercanos. ¿Habría ahí más pastillas de sokuata? Desvié los ojos de nuevo hacia el rostro lleno de cicatrices del elfo y vacilé, tratando de entender, pese a mi cabeza y mi cansancio, todo lo que me proponía mi tocayo. En otras palabras me decía: avente, compadre, a mi banda y asóciate. Y eso significaba también un: desherédate del Gato Negro y la Solitaria y mándalos a cazar nubes. Meneé la cabeza y dije: .D .Bdia No puedo. Yerris es amigo mío. .Edia .P El Raudo enarcó una ceja. .D .Bdia ¿Y eso qué tiene que ver? .Edia .P Titubeé. .D .Bdia Pues… que no puedo dejarlo. .Edia .P Mi tocayo puso cara escéptica. .D .Bdia ¿No será más bien que te da cosa ganarte la vida bailando? .Edia .P Le puse cara tozuda. .D .Bdia Y un cuerno, no es eso. A los mangaplatas yo les limpio los bolsillos sin mover una ceja. No, es más bien que… .Edia Me encogí de hombros y, como tenía toda su atención, la aproveché. .Bdia Tengo otro trato. Uno mejor. Tú me das la sokuata gratis. Cuatro raciones. Para mí, el Sacerdote y mis comparsas canillitas. Y, a cambio, yo me asocio, pero sólo de día y te juro que te avendrán muchos más beneficios que pérdidas. Pero no le digas ni una palabra al Gato Negro o a la Solitaria, ¿corriente? .Edia .P El Raudo me miraba ahora con cara pensativa. .D .Bdia De momento, me convence. Corriente. Si el Gato Negro se entera, no será por mí. Aunque creo que ya sospecha que hemos llegado a un acuerdo, tocayo. Hoy te doy día de descanso por lo de tu cabeza. Pero, mañana, nos vemos en la Explanada, en la mantícora, a las once. No llegues tarde. .Edia .P Me revolvió el cabello y yo solté un «au» de dolor. Pronto me alejé con el Gato Negro bajo las miradas ora indiferentes ora curiosas o burlonas de los compadres del Raudo. Caminamos por las callejas estrechas, en silencio. Yo, con el dolor de cabeza, no estaba como para hablar por voluntad propia. Tras un rato, Yerris soltó: .D .Bdia Te vas con él, ¿verdad? .Edia .P En su voz, percibí un atisbo de decepción. Puse los ojos en blanco. .D .Bdia Fiambres no. Sólo hemos hablado, nada más. .Edia .P El Gato Negro me miró de reojo, molesto, y me sentí molesto a mi vez. Pero es que no me veía para nada diciéndole: oye, Yerris, descuida, es que ahora voy a asociarme con el Raudo, pero sólo un poco, ya sé que no te cae bien, pero, piensa, él tiene la sokuata ahora, no sería plan de enemistarnos con él, ¿eh? Suspiré y me reafirmé en mi opinión: mi trato era un trato de supervivencia, no una traición. .P Cuando estuvimos fuera de los Gatos, el Gato Negro se despidió de mí diciendo: .D .Bdia Voy a ver si encuentro a… más compañeros del pozo. Estoy seguro de que hay más aquí fuera. Salú, shur. .Edia .P No se me pasó por alto su despedida un poco seca, aunque tampoco le di mucha importancia. Durante mi trayecto hasta el hospital de la Pasionaria no pensé más que en mi cansancio y mi cabeza. A medio camino, me fijé en que había olvidado la gorra en la Cueva. Al pasar por la Explanada y cruzarme con la mirada fruncida de un mosca, reparé en mis manos ensangrentadas y, temeroso de atraer demasiado la atención, me apresuré a limpiármelas en una fuente y pasarme agua por la herida. Cuando llegué al hospital, había amanecido ya del todo y el sol iluminaba toda la parte baja de Éstergat. Crucé la sala principal, saludé al kadaelfo, que estaba de secretario aquella mañana, y pasé directamente a la gran sala donde se encontraba Rogan. La escena que vi me dejó muy pálido. Dos enfermeros estaban junto a la cama del Sacerdote, tratando de calmarlo. Rogan deliraba, soltaba gritos inarticulados y otros que entendí muy claramente. .D .Bdia ¡Confesión, confesión, quiero morir! .Edia decía. .P Me precipité hacia la cama y, al verme, pareció serenarse un poco. Graznó con tono desgarrador: .D .Bdia Espabilao, mátame, por el amor de tus ancestros, mátame… .Edia .P Viéndolo más calmado, uno de los enfermeros se alejó y, aproveché que el otro giraba la cabeza durante un instante, para meterle a Rogan la pastilla de sokuata en la boca. .D .Bdia Traga, Sacerdote, traga, .Edia le murmuré. .P Le cogí la mano y vi cómo, poco a poco, su rostro se distendía, sus ojos se hacían menos brillantes y, entonces, sus labios se movieron. Balbuceó: .D .Bdia Es-Espíritus. .Edia .P Lo dijo con tan poca fuerza y espiró tan largamente que creí que acababa de soltar su último estertor y me traté de hijo de mala madre por no haberle insistido al Gato Negro para que, al menos, me diera por adelantado una dosis de sokuata para el Sacerdote. Quién sabe si su crisis, sumada a la herida en el costado, no habría sido demasiado para un solo cuerpo. Pero el Sacerdote tenía aguante y, cuando, al posar la cabeza sobre su pecho, oí los latidos de su corazón, el alivio me llevó a no protestar cuando el enfermero me pidió que me fuera, por favor, que iban a cambiarle el vendaje a mi amigo. No querían que me quedara a ver, así que me alejé, no sin antes asegurarme una segunda vez que el Sacerdote dormía ahora profundamente. No llegué muy lejos. Salí del hospital, arrastré los pies por el parque y, como no tuve el ánimo de hacerme tan larga caminata para regresar a la Cueva, me subí a un árbol de tronco bajo y gruesas ramas, me acurruqué procurando posar con cuidado mi cabeza entre mis brazos, y cerré los ojos, respirando con tranquilidad. Y así, mecido por los rumores de la ciudad, el canto de unos pajarillos y la suave brisa de verano, caí dormido en un largo sueño. Y soñé con un niño nigromante salvaje, inocente, ignorante y feliz que, de vuelta en el valle, trepaba por los troncos de sus amigos los árboles y cantaba riendo: karilón lu, karilón lu, el verano ha llegado, yo lo alabo y lo canto, karilón lu, karilón lu… .Ch "Explosivos" .\" 17/10/2017 Con la agilidad del veterano, Nat el Bailador me tiró la billetera, la atrapé y se la arrojé a Damba. Este la hizo desaparecer bajo su camisa, realizó un gesto diciendo «me voy para casa» y, en un pacivirtud, se fundió en la muchedumbre de la Explanada. Tras echar una mirada atenta a su alrededor, el Bailador se acercó a mí con una de sus sonrisas de lobo. .D .Bdia ¿Nos hacemos un doble, compadre? .Edia .P Hacer un doble significaba, en nuestra jerigonza, robar algo valioso que nos permitiera pasar el día siguiente sin trabajar y hasta tal vez más tiempo. La semana pasada, habíamos apañado una tetera de porcelana en una tienda. Y la anterior me había hecho con un reloj de bolsillo, se lo había vendido por dos siatos a Yarras, el rufián de la Blanca, y había invitado a mis comparsas, al Topo y a la Adivina a comer caliente en una taberna de Tármil. Sé que Yerris se enteró, pero tan sólo me había soltado una mirada inquieta y me había dicho: ten cuidado, shur. Él que decía antaño que tan sólo el qué dirán de los Daganegras le impedía hacerse carterista… no podía darme muchas lecciones. Sobre todo que, a mi ver, era bastante más imprudente robarle algo a Korther que a un mangaplatas encopetado y distraído en plena calle. .P El Bailador me miraba, interrogante. Me pasé las manos detrás de la cabeza, bostecé y asentí. .D .Bdia Corriente. .Edia .P Nos alejamos juntos hasta la escalinata del Capitolio. Subí unos cuantos peldaños y oteé sobre la plaza en busca de Manras y Dil. Los había dejado con los periódicos, cerca de la comisaría central, y creí avistarlos, aunque no estaba seguro. Acababan de dar las cinco de la tarde y el lugar estaba más transitado que un día de fiesta. Y es que, en verdad, lo era casi, pues aquella misma noche empezaban las fiestas de mediados de Pozos, en las que se cubrirían las calles de guirnaldas de flores en honor a los ancestros, sus espíritus y quién sabe cuántas cosas más. Con la mirada posada en la Explanada y el mar de sombreros, solté una imprecación y dije: .D .Bdia ¡Bailador! ¿Recuerdas a ese granuja que casi casi me abre la cabeza con su bastón? .Edia .D .Bdia ¿El de la semana pasada? .Edia .D .Bdia Ese. Creo que lo acabo de ver. Granuja malnacido… ¿Sabes por qué se me cabreó? .Edia .P Mi compañero de oficio se carcajeó. .D .Bdia ¡Natural que lo sé! Lo llamaste rácano por no darte limosna. Y él bien que te arreó. ¡Me dio tiempo a quitarle la billetera y aun el pañuelo! .Edia .P Se reía, recordándolo, y yo hice una mueca. Aún me parecía notar cierto dolor en el brazo donde me había dado el primer bastonazo. Una suerte que no me hubiese aporreado la cabeza, pues mi herida de hacía tres semanas acababa justo de curarse completamente. Suspiré y me arrimé a la barandilla, diciendo: .D .Bdia Pero no oíste lo que me dijo antes de que me soltara. ¿Sabes lo que me dijo? .Edia .P El Bailador puso los ojos en blanco y aventuró: .D .Bdia ¿Tunante, bribón, garrapata, pulga muerta? .Edia .P Esbocé una sonrisa. .D .Bdia Aparte de eso. Me leyó el futuro, te juro, me dijo: ¡miserable, acabarás en el Clavel un día de estos, ojalá te mates antes y te coman las ratas…! Y otras cosas parecidas. El muy isturbiao se ganó la palma de todas las maldiciones que me han echado hasta ahora. Te lo juro. Los hay que se merecen más que quedarse sin billetera, porque ¡fiambres! como me lo cruce en el Laberinto no seré yo quien sufra, te lo digo yo, ¡le tiraré una rata a la cara! Mis ancestros sean testigos de que ese granuja es un diablo sin sentimientos y… .Edia .P El Bailador me interrumpió, impaciente. .D .Bdia Acorta el rollo, Espabilao. Y no saques a tus ancestros, que pareces el Sacerdote. Los diablos sin sentimientos, los hay a montones. A empezar por los Ojisarios. Y si queremos hacer algo para capturar al alquimista, antes necesitamos plata para comprarnos armas buenas, porque ahora están más alerta que nunca y no nos bastará con tirarles piedras… ni ratas. Con lo que, arreando, vayamos a hacernos el doble. Tengo una idea. .Edia .P Me mordisqueé la mejilla y lo seguí sin protestar aunque aún con ganas de echar veneno contra aquel mangaplatas cuya vista me había traído malos recuerdos. Pasamos cerca de un tenderete de manzanas, el Bailador cogió una fruta y yo, por no ser menos, hice otro tanto. Nat no era mucho mayor que yo, un año más, tal vez, no más de dos, pero llevaba robando y mendigando para vivir desde que tenía uso de razón y eran, en fin, tan naturales sus gestos que yo me preguntaba a veces si pensaba siquiera en ellos. .P Llegamos ante la Bolsa de Comercio y el Bailador se detuvo. .D .Bdia Espera. Pensaba montar un escenario, pero necesitamos refuerzos. .Edia .D .Bdia Damba se ha ido, .Edia objeté. .D .Bdia Ya… .Edia Nat se mordió el labio pensativo. .Bdia Me pregunto dónde diablos estará Syrdio, aunque ese desde que te asociaste no asoma la nariz… .Edia Me echó una mirada de reojo. .Bdia Tus comparsas podrían echarnos una mano. .Edia .P Fruncí el ceño. .D .Bdia Están trabajando. .Edia .D .Bdia Y sacarían mucho más si cambiaran de hábitos, .Edia se burló el Bailador. .Bdia Si tú mismo dices que últimamente no ganan ni treinta clavos entre los dos. .Edia Y, como yo vacilaba, insistió: .Bdia ¡Venga! Si ellos se mueren de ganas de ayudarnos. Manras, al menos. El otro es más cazurro. Además, sólo servirán de distracción, descuida. .Edia .P Cedí y fuimos en busca de Manras y Dil. Los encontramos sentados en una escalinata, hablando con otros canillitas. Enarqué una ceja, divertido. ¿Trabajando duramente, eh? Iba a llamarlos cuando, de pronto, Manras se levantó con brusquedad exclamando con rabia un: .D .Bdia ¡Retira eso! .Edia .P Y, ante mi mirada de asombro, se tiró sobre un canillita rubio. Ambos gritaron, rodaron por el empedrado, se estiraron de la ropa, embistieron sin querer a un viandante, quien les arrimó una patada, amoscado. Pero Manras ni siquiera debió de notarlo, tan ocupado estaba en morderle el brazo al rubito… Alcanzándolos al fin, le di una colleja a Manras para que lo soltara y lo aparté mascullando: .D .Bdia ¡Pero qué fiambres te pasa, shur! ¿No sabes que pelearse es de isturbiaos? .Edia .P Eso, al menos, me había dicho Yal una vez, hacía tiempo, cuando me había encontrado en la Cumbre con moratones. El pequeño elfo oscuro puso cara tozuda y, como el otro canillita gemía y lloraba a moco tendido, chupándose su mordedura, se defendió: .D .Bdia ¡Se ha reído de mí! Me ha dicho que soy un bestia porque Dil me lee los titulares y yo no puedo leerlos. .Edia .P Nat el Bailador dejó escapar una ruidosa carcajada y exclamó: .D .Bdia ¡Pues el mundo está lleno de bestias entonces! ¡Deja de lloriquear, isturbiao! .Edia le soltó al canillita rubio con desprecio. .Bdia Manras igual no sabe leer, pero morder sí sabe, ¿te diste cuenta? ¡Bicho docto, nabo cultivao! .Edia Y le agarró a Manras del brazo diciéndole: .Bdia Ven, shur. No nos seas tan susceptible. Deja esos periódicos y avente con nosotros, que tenemos un trabajo serio que proponerte. .Edia .P Los ojos de Manras se iluminaron. .D .Bdia ¿De verdad? .Edia .D .Bdia De verdad, .Edia sonrió el ladrón. .P No me gustó mucho su tono. Pese a todo, le hice una señal a Dil para que nos siguiese; al ver a este cargar con todos los periódicos, carraspeé. .D .Bdia Er… Dil. ¿De verdad vas a llevártelos? .Edia .P El Principito puso cara sorprendida. .D .Bdia Pues… natural. Hay que devolverlos si no se venden. .Edia .P Pese a las burlas del Bailador, lo acompañamos a devolver los periódicos a la oficina de prensa y sólo cuando estuvimos de vuelta a la Explanada, sentados en un bordecillo de piedra de la Fuente de la Mantícora, Nat explicó su plan. .D .Bdia Es sencillo, .Edia dijo con tono excitado. .Bdia Vamos a hacer el truco del limosnero y despalmar una joyería. En realidad, .Sm esa joyería que veis ahí. .Edia .P Palidecí un poco y traté de leer las letras del escaparate. .D .Bdia ¿La joyería Canostro? .Edia .D .Bdia Cabal. Esperáis aquí, voy a buscar a un acatao mío que sabe mucho de vestir bien. Me debe una, así que se apuntará fijo. Él hace de cliente mangaplatas, vosotros entráis y pedís limosna. Mi amigo se hará el generoso, os da calderilla y, bingo, os largáis dando las gracias pero sin perder el tiempo. ¿Corriente? .Edia .P Fruncí el ceño. .D .Bdia No lo capto, .Edia confesé. .Bdia ¿La limosna nos la da tu amigo? .Edia .D .Bdia ¡Junto con el anillo o broche que habrá apañado, natural! .Edia me explicó el Bailador, divertido. .Bdia Yo no voy, porque ese joyero ya me tiene fichao. Está hecho con la misma madera que el que te zurró la semana pasada, Espabilao: es un diablo sin sentimientos. ¡La hora de la venganza ha llegado! .Edia .P Lo observé con atención. Manras dijo: .D .Bdia ¡Me gusta! ¿Cuánto vale un anillo? .Edia .D .Bdia Dorados, .Edia contestó el Bailador. .D .Bdia ¡Dorados! .Edia se emocionó el pequeño elfo oscuro. .P Le eché una mirada sombría a Manras y le lancé a Nat: .D .Bdia ¿Has pensado en que, si nos pillan y nos mandan al Clavel, estamos muertos? Los guardias no van a darnos sokuata. .Edia .P Los ojos del Bailador centellearon. .D .Bdia No nos pillarán, será coser y cantar. Venga, no te rajes, Espabilao. Además, Syrdio me pidió que hiciéramos algo grande, porque necesita dinero rápido. Dijo que tenía un plan para sacar al alquimista. .Edia .P No me sorprendí. Yerris y Sla también tenían uno; uno no, varios. Yo había contribuido en ellos comprándole ganzúas a Korther con el dinero que me había sobrado de los cuidados para el Sacerdote. El cap Daganegra me las había vendido baratas, recordándome que si los moscas oían pronunciar la palabra «Daganegra» de mi boca adiós nuestra amistad. De eso hacía ya dos semanas. Y Yerris y Sla todavía no habían puesto en práctica ninguno de sus tan grandiosos y secretísimos planes. Suspiré. .D .Bdia ¿Y cuál es el plan de Syrdio? ¿Comprar navajas y acuchillar a los Ojisarios? .Edia .P Mi compañero se encogió de hombros. .D .Bdia No me lo ha explicado todo, pero dijo que al Raudo le parecía un buen plan. .Edia .P En el que él no participaría, adiviné. Me crucé de brazos. .D .Bdia El Gato Negro ya está planeando algo y no quiero estropearle el plan. Así que no voy a meterme en la joyería. A menos que me digas dónde está la sokuata. .Edia .P La reacción fue inmediata. Enseguida, el Bailador se ensombreció y me miró con cara recelosa. .D .Bdia No. .Edia .P Su respuesta me arrancó un resoplido de exasperación y me levanté. .D .Bdia ¡Pero, Bailador! Me conoces. Sabes que yo sé compartir. Y no le diré nada al Gato Negro si no quieres. Lo juro. Pero, imagínate, os pasa algo a ti y a Syrdio, y nos condenáis a todos. .Edia .P El Bailador me echó una mirada burlona y se levantó a su vez. .D .Bdia Cabal. Por eso, más te vale protegerme las espaldas. Y ahora en serio: ¿estás con nosotros o estás con el Gato Negro? .Edia .P Nos miramos a los ojos. Casi casi nos enseñábamos los dientes. Bueno, en realidad, él esperaba a que yo bajara la cabeza o me tirara sobre él. Y yo trataba de encontrar un buen argumento. Pero no lo encontré. Tensé la mandíbula y entonces Manras intervino, interponiéndose y diciendo: .D .Bdia Espabilao, ¿no irás a pelearte con él, verdad? Pelearse es de isturbiaos, .Edia me recordó muy sabiamente. .P Le solté una mirada incrédula y burlona al mismo tiempo, meneé la cabeza y lancé con dignidad: .D .Bdia Eres un cobarde, Bailador. Creía que éramos amigos. Si no me dices dónde está la sokuata, es que no confías en mí. Y yo no trabajo con gente que no confía en mí. Nos vamos, shurs. .Edia .P Comencé a alejarme y, aunque vacilante, Manras me siguió. Dil, en cambio, no vaciló ni un segundo. Entonces, el Bailador me cortó el paso. .D .Bdia ¡Hey! Espera, Espabilao. .Edia Estaba alterado. .Bdia Está bueno. Te lo digo. Sólo a ti. Pero, si lo dices al Gato Negro, no te lo perdonaré nunca. .Edia .P Le enseñé una sonrisa alegre. .D .Bdia Corriente. Callaré como un espíritu. .Edia .P El Bailador titubeó antes de acercar los labios a mi oído y decirme: .D .Bdia Está en el río Tímido, en un agujero entre la roca. A unos metros hacia abajo a partir de la Calle de los Elfos. .Edia .P Asentí, con intenciones certeras de comprobarlo pese a toda la… er… confianza que le tenía al experto ladronzuelo. .D .Bdia Gracias, Bailador, .Edia le dije y sonreí esta vez anchamente. .Bdia Vayamos a aliviar al joyero. .Edia .P El Bailador me palmeó el hombro y me lanzó una mirada turbada como diciéndose a sí mismo: fiambres, ¿desde cuándo me he hecho tan confiado? .salto El robo fue tan rápido que fue casi un visto y no visto. Manras, Dil y yo entramos en la joyería acicalados con finas guirnaldas de flores birladas en la Explanada y yo me puse a berrear con tono quejumbroso: .D .Bdia ¡Caballeros! ¡Una limosna para los niños pobres en este día santo! Tenemos hambre. Sed piadosos. .Edia .P Había tres clientes dentro de la tienda. Uno de ellos era el amigo de Nat, un tipo de unos veintitantos años, vestido de mangaplatas a tope. El joyero estaba ya con cara de ir a echarnos fuese como fuese cuando nuestro cómplice exclamó: .D .Bdia ¡Pobres almas! .Edia .P Tenía cara tan buena y tan inocente que, cuando me tiró las monedas y, entre ellas, un anillo, me salió del corazón un: .D .Bdia ¡Gracias, señor! Que sus ancestros se lo paguen. .Edia .P Y salimos de ahí tan tranquilos, sin traba alguna, con tres o cuatro clavos de limosna y un anillo que costaba dorados. Y listo. Nos fundimos los tres entre el gentío de la Explanada, nos reunimos con el Bailador y le deslicé el botín. .D .Bdia ¿Todo bien? .Edia inquirió Nat. .D .Bdia ¡Rabiosamente! .Edia afirmé, sonriendo de oreja a oreja. .D .Bdia ¡El isturbiao no ha visto nada! .Edia se carcajeó Manras. .P Dil se contentó con menear la cabeza y suspirar, como pensando: menudos amigos me han tocado en suerte. .P Dejamos al Bailador afufar con el anillo y, aún animados por nuestro pequeño éxito, mis comparsas y yo nos encaminamos Avenida de Tármil abajo, deteniéndonos en cada escaparate, trotando de aquí para allá y observando despreocupadamente los quehaceres de la gente honesta. .P Finalmente, tomamos el camino de regreso al Laberinto, sin olvidarnos de hacer rodeos y permanecer alerta, pues desde que los Ojisarios sabían que teníamos una reserva de sokuata se habían puesto furiosos y, tres días antes sin ir más lejos, por poco habían capturado a Slaryn y a la Adivina. Yerris incluso andaba pensando en cambiar de refugio, porque no se fiaba de que Syrdio fuera a cerrar la boca si lo pillaban y lo interrogaban. .P Cuando llegamos al callejón del Raudo, ya estaba anocheciendo y, pese a que no hacía frío, habían encendido una pequeña fogata para alumbrar. Avisté a Damba sentado sobre el barril y le pregunté: .D .Bdia ¿Sosque está el Bailador? .Edia .P Él se encogió de hombros. .D .Bdia Ni idea. No ha vuelto todavía. .Edia .P Fruncí el ceño y, por un momento, me imaginé que algún mosca caza-guakos lo había aferrado y se había llevado el anillo, metiendo de paso al Bailador en el Clavel. Pero, no, era imposible: al Bailador casi nunca le pillaban los moscas, y menos con un botín así. .P Me dispuse, pues, a esperar con Manras y Dil mientras los demás guakos jugaban a los dados, apostando clavos. Entonces, apareció el Raudo con Syrdio y el Bailador. Los tres, al verme, se detuvieron en seco. Una vocecita me dijo que algo andaba mal y lo comprobé enseguida cuando el Bailador se acercó y me empujó con ambas manos gruñendo: .D .Bdia ¡Traidor! .Edia .P Agrandé los ojos, perplejo. .D .Bdia ¿Qué fiambres? .Edia .P El Raudo intervino. .D .Bdia Wow, wow, tranquilo, Bailador: vamos a ser caballeros, .Edia dijo con calma, acercándose. .Bdia Dime, tocayo, con sinceridad. ¿Te dijo el Bailador dónde estaba la sokuata? .Edia .P Me petrifiqué y le eché una ojeada al Bailador antes de mentir: .D .Bdia No. .Edia .P El elfo pelirrojo me agarró bruscamente del brazo y me acorraló contra un muro. No me dio la sensación de que se comportara exactamente como un «caballero». Me siseó: .D .Bdia He dicho: con sinceridad. Él ha confesado. Y si tú no robaste la sokuata, debiste decírselo al Gato Negro en un momento para que lo hiciera. .Edia .P Lo miré, espantado. .D .Bdia ¿Nos han robado la sokuata? .Edia .P Esta vez, fue Syrdio quien, agarrándome del otro brazo, me lo estrujó de tal forma que dejé escapar un gemido de dolor. .D .Bdia Confiesa, Espabilao: nos has traicionado. .Edia .P Negué con la cabeza, anonadado. .D .Bdia ¡No! ¡Mentira! He estado con el Bailador toda la tarde. Acabo de volver… .Edia .D .Bdia De alguna forma lo has hecho: ¡la sokuata ya no está! .Edia bramó Syrdio. .P Vi un destello de pánico reflejarse en sus ojos y entendí que ningún argumento razonable iba a convencerlo. Solté sin embargo: .D .Bdia ¡Yo no os he traicionado! .Edia .P Y forcejeé para liberarme. El Raudo se apartó, pero no Syrdio, y Manras se tiró sobre este dándole un puñetazo en el hombro y gritando: .D .Bdia ¡Suéltalo, isturbiao! .Edia .P Sin soltarme, Syrdio le dio un tortazo con su mano libre. Aquello fue más de lo que pude soportar. Que se metiera conmigo, bueno, pero ¿que la tomara con mis comparsas? ¡Eso ni en sueños! Con la mente sulfurada, me abalancé sobre Syrdio, arañándolo y tirándolo al suelo. .D .Bdia ¡Traidor! .Edia me gritaba él. .D .Bdia ¡Enajenao! .Edia le decía yo. .P Para gran orgullo mío, aunque Syrdio era mayor que yo, no me ganó. Nos apartaron. El Raudo me agarró por la cintura y, pese a que yo seguía agitándome, me alzó en vilo antes de posarme unos metros más lejos con un resoplido y un: .D .Bdia Ya basta. Óyeme: la hayas robado tú o no, hasta que no reaparezca la sokuata, quedas fuera. ¿Me has entendido? .Edia .P No le contesté. Le fulminé con la mirada a Syrdio, retrocedí unos pasos cercado de Manras y Dil y, con una mueca desafiante, les di la espalda a todos y me marché cojeando. El Principito carraspeó mientras nos alejábamos. .D .Bdia ¿No decías que pelearse era de isturbiaos? .Edia .P Percibí una pizca de diversión en su tono. Suspiré ruidosamente y me masajeé la mandíbula. .D .Bdia Lo dije. Pero es que yo soy un salvaje de cuidao. Vengo de las montañas, tengo excusa. .Edia .P Y gruñí largo y tendido contra Syrdio. Tan sólo callé cuando entramos en .Sm -t nomlieu El Cajón para pedirle a Sham la cena. Pese a que fuesen fiestas por toda la ciudad, en aquella taberna se rendía más culto a los naipes y a las cosas mundanas que a los ancestros y, como tal, reinaba el mismo ambiente ruidoso y familiar que siempre. A un mangaplatas le habría parecido aquello un antro de delincuentes; a mí, en cambio, me parecía casi una familia. Iba a cenar ahí casi todas las noches con mis comparsas y todos me trataban bien. Sin embargo, mi humor en aquel instante no era particularmente alegre y a los «¡salú, cantador!» que me soltaron algunos contesté con un desganado «salú, salú». .D .Bdia ¡Tienes cara de haberte tropezado con un nadro rojo, chaval! .Edia me dijo el gran elfo oscuro mientras posaba tres platos de gachas sobre el mostrador. .P Le di un codazo a Manras al verlo sonreír y agarré un plato replicando: .D .Bdia De nadro rojo nada, era un gato bípedo con falanges y uñas no retráctiles. .Edia .P La taberna prorrumpió en carcajadas. .D .Bdia ¡Y qué palabrejas nos saca! .Edia se impresionó el viejo Fieronillas, burlón. .Bdia ¿Pero dónde has estudiado tú, en Deriens? .Edia .D .Bdia ¡En la calle! .Edia dije. .P Sonreí al verlos todos reír de mi chanza y me dediqué a engullir las gachas, lamí el plato y, como Dil masticaba a velocidad de caracol, Manras y yo vagamos entre las mesas mirando las cartas de los que jugaban, escuchando las apuestas, los vozarrones y las pullas… Y poco a poco la modorra me invadió. Estaba yo sentado en el suelo, bostezando y acariciando a Castaña, el perro del viejo Fieronillas, cuando la puerta se abrió de golpe y entró toda una banda hablando animadamente. .D .Bdia ¡Está claro que hubo bronca! .Edia decía uno. .Bdia ¿Qué os apostáis a que es Frashluc? .Edia .P Y otro, un tal Loto el Manitas, anunció: .D .Bdia ¡Adivinad, compañía! Hay fiesta en casa de los Ojisarios. Se los ha oído bramar desde la Plaza Lana. .Edia .P Como todos preguntaban por más detalles, los dieron, pero fue poca cosa: tan sólo sabían que se había montado un lío en el territorio ojisario. Uno aseguraba que era una simple bronca entre ellos, otro apostaba sus ojos a que los de Frashluc les habían mandado una advertencia porque no pagaban suficientes impuestos, y los había que opinaban que lo más probable era que hubiesen descorchado unas botellas para festejar a sus malditos ancestros alrededor de una montaña de siatos. Yo escuchaba, suspenso, hasta que, dándome cuenta de que quedándome ahí no iba a averiguar más sobre el tema, me levanté, estiré de la manga a Dil y nos salimos los tres, rumbo a la Cueva. Ignoraba si Frashluc, ese gran cap del Laberinto, podía tener intereses para molestar al Bravo Negro —algunos incluso decían que tenía intereses para no hacerlo—, pero lo que sí sabía era que, a partir de unos rumores, los parroquianos de .Sm -t nomlieu El Cajón se inventaban mil historias. En cualquier caso, si había habido alboroto en casa de los Ojisarios, también podía ser que Yerris y Sla hubiesen puesto en práctica su plan sin avisarnos. A menos que los guakos que estaban dentro del pozo hubiesen conseguido evadirse otra vez, pero aquella última posibilidad me parecía improbable. .P En la Cueva, estaban ya la Adivina y el Topo, durmiendo a puño cerrado. Mis comparsas se quedaron dentro, pero yo salí otra vez al Corredor de la Peste sin saber muy bien qué iba a hacer. ¿Rondar de nuevo por el territorio ojisario y arriesgarme a que me pillaran? No, eso no, me dije con un escalofrío. Crucé el puentecillo de madera, bajé las estrechas escaleras e, inquieto, me senté en uno de los peldaños a esperar al Gato Negro y a Sla. Esperé un buen rato. Nada. Vale, no era tan extraño, últimamente apenas se les veía el pelo y no venían siempre a dormir con nosotros pero… diablos, si habían intentado algo y los Ojisarios los habían capturado… Me desanimé con tan sólo pensarlo. Y es que dudaba de que los Ojisarios fueran a ser muy compasivos con ellos. .P Estaba tan sumido en mis pensamientos que tardé en fijarme en la abultada silueta que avanzaba por la calleja a la carrera y me levanté de un bote para evitar que me pisoteara. Por un terrible instante, creí que se trataba de algún Ojisario. Pero entonces lo oí mascullar una palabrota, vi su rostro, lo reconocí y resoplé de alivio. .D .Bdia ¡Gato Negro! .Edia cuchicheé. .Bdia Creí que te habían matado. .Edia .P El semi-gnomo resolló, recuperando el aliento, antes de soltar: .D .Bdia Espabilao. Necesito tu ayuda. .Edia .P Aquellas palabras me arrancaron una sonrisa ilusionada. .D .Bdia ¿De verdad? .Edia .D .Bdia De verdad, .Edia confirmó. .P Y me dio uno de los dos sacos que llevaba. Silbé entre dientes. .D .Bdia ¿Qué tienes ahí, cabezas de hidra? .Edia .D .Bdia Mágaras explosivas. .Edia Lo miré con los ojos abiertos como platos y él carraspeó. .Bdia Te lo explico luego. Vamos. .Edia .P Atónito, lo seguí tan rápido como pude por la calleja oscura, cargando con algo que sin duda me habría espiritado al instante de haberse activado. El cielo se había cubierto y la Luna apenas iluminaba, pero por ser sokuata, veía más que suficiente para evitar los trastos, la ropa colgada y los salientes de piedra. .P Yerris me condujo a un lugar peligrosamente cercano al territorio ojisario, situado algo más abajo en la vertiente. Bajamos unas escaleras desiertas que bordeaban uno de los barrancos más profundos del Laberinto. Al pie de este se elevaban edificios con terrazas. El Gato Negro se metió en un patio trasero lleno de trastos y se detuvo en medio. Murmuró: .D .Bdia Esto va a ser grandioso. .Edia .P Lo miré, expectante. Pero el Gato Negro no añadió nada, posó su saco de mágaras explosivas y se acercó a la pared rocosa de tal vez unos treinta metros de alto. Trepó temerariamente un trecho y oteó unos instantes antes de dejarse caer con agilidad y contar en voz baja: .D .Bdia Durante mis exploraciones por el pozo, encontré un agujero escondido por la luz. Ese agujero lleva a una caverna oscura, sin espuma vampírica. Y a partir de ahí, hay dos túneles. Al fondo de uno, hay una puerta de acero negro cerrada que lleva los espíritus saben adónde. Pero lo más curioso es que al final del otro túnel se ve la luz del sol. Tú no sabes la alegría que me llevé cuando lo descubrí. Apenas se veía, pero diablos, después de pasarme tanto tiempo dando vueltas y más vueltas por los túneles de la mina, ¡voy y encuentro un trozo de luz del día! Y, para colmo, después de apartar todas las rocas sueltas que pude, vi… .Edia Realizó un movimiento de barbilla hacia las terrazas sumidas en la oscuridad de la noche. .Bdia Esto. .Edia Me sonrió. .Bdia Me ha costado un buen rato reconocer el lugar. Pero ahora no me cabe ni la más mínima duda. Hace unos días, reconocí a la misma anciana en un balcón. No me cabe ni la más mínima duda, .Edia repitió. .P Yo lo miraba boquiabierto. No podía creer que hubiera guardado eso para él y no nos hubiera dicho nada. .D .Bdia Traté de agrandar el agujero, .Edia continuó el Gato Negro. .Bdia Pero fue imposible. Y me dije: salú libertad, me quedaré en este pozo hasta mi muerte. Pero, entonces, ese joven amigo tuyo nos trajo las llaves, salimos y… Sla y yo estuvimos buscando el agujero desde fuera. Lo encontramos. Y, bueno, ahora, vamos a explotarlo. Y vamos a sacar a nuestros compañeros de la mina. Y acabaremos con esos granujas de Ojisarios de una vez por todas. .Edia Marcó una pausa y se giró hacia mí. .Bdia Hey, shur. ¿Qué me dices de eso? ¿Te has tragado la lengua? .Edia .P Me aclaré la garganta. .D .Bdia No, no. Es que… Vaya, es… increíble, pero… Gato Negro, no sé si acabo de entenderlo. Hacemos un agujero y sacamos a los guakos, ¿cabal? .Edia .D .Bdia Cabal, .Edia aprobó el semi-gnomo. .P Meneé la cabeza, posé mi saco junto al suyo con mucho cuidado, me acerqué a la pared y volteé. .D .Bdia Pero, Yerris, los Ojisarios siguen teniendo al alquimista. Si no nos capturan ellos, acabaremos yendo a verlos nosotros. Syrdio y el Bailador han perdido la sokuata que tenían. .Edia .P Yerris puso los ojos en blanco y, al no verlo aterrado por la noticia, sospeché. .D .Bdia ¡La madre! ¿La has apañado tú? .Edia .D .Bdia La ha apañado Sla, .Edia dijo Yerris. .Bdia Por si la necesitan los guakos que están metidos en el pozo. Y no te creas todo lo que te dicen esos isturbiaos: la sokuata que tenían escondida ahí no era ni la mitad de lo que me dio el alquimista. Deben de tener aún unas cuantas pastillas escondidas a los cuatro vientos. Debí haber hecho lo mismo antes de que me la espiantaran a mí, lo sé, pero estaba demasiado ocupado ayudando a Sla para sacar dorados y pagar estos explosivos… como para preocuparme por dos guakos isturbiaos. En fin. Las cosas como son. .Edia .P Espiré bruscamente. .D .Bdia Podríais haberme pedido ayuda antes. Soy un Daganegra. Sé aliviar a los mangaplatas. .Edia .D .Bdia ¿Sacando clavos de sus bolsillos? .Edia se burló Yerris. .Bdia Las mágaras explosivas son caras, shur. No se compran a base de trucos de carterista. .Edia .P Me defendí: .D .Bdia Robé la Wada y un diamante. Esos no son trucos de carterista. .Edia .P Yerris giró la cabeza hacia mí y dejó escapar una carcajada baja. .D .Bdia Bueno. Eso es diferente, .Edia concedió. .Bdia Pero, de todas formas, los explosivos están aquí, y gracias a ti: recuerda que tú le diste a Sla las ganzúas para sornear una casa. Yo me encargué de la compra. Cada uno su papel, shur. Y, ahora, a trabajar. .Edia .P Se puso a apartar todos los trastos que había junto al muro, probablemente para no hacerlos volar cuando activase la mágara. A mí seguía sin convencerme el plan. .D .Bdia Yerris. ¿Y el alquimista? .Edia insistí. .D .Bdia No te preocupes por eso, .Edia dijo el Gato Negro con tono burlón. .D .Bdia ¿Y cómo no me voy a preocupar? .Edia repliqué con viveza. .Bdia Sacamos a los guakos de la mina, corriente, ¿pero para qué? ¿Para volver a la mina al día siguiente? .Edia .D .Bdia No, .Edia dijo el Gato Negro, posando una pila de cestas a mi lado. .Bdia Simplemente los Ojisarios no podrán mandarnos de nuevo a la mina, porque esta dejará de existir. .Edia .P Quedé sobrecogido y, entendiendo lo que se proponía el Gato Negro, dejé escapar un ruido atragantado. .D .Bdia La madre… Lo capto. .Edia .D .Bdia ¿Sí? No creo que todo, .Edia me dijo Yerris con tono divertido. .Bdia Porque, si todo va bien, antes de hacerlo explotar todo, Sla y tú vendréis con el alquimista por el túnel. Sois buenos armónicos. Lo sacaréis de su laboratorio junto con sus aparatos para fabricar la sokuata. Ningún Ojisario esperará que el alquimista huya por el túnel porque, para ellos, por ahí no hay ninguna escapatoria. .Edia Sonrió. .Bdia Es factible. Puede salir todo bien… o puede que no. Pero, a estas alturas, no se pierde nada por intentar algo. ¿No crees, shur? .Edia .P Apenas vacilé antes de asentir. La idea de tener algo que hacer me daba alas. .D .Bdia Corriente. O sea que yo trabajaré con Sla. ¿Dónde está ella? .Edia .D .Bdia No debería tardar en llegar. Le… ha ido a comprar una mágara de silencio a Korther. Envolveremos la mágara explosiva en ella, así tal vez no despertemos a todo el vecindario. Además, esperaremos a los fuegos artificiales de las fiestas de Pozos: empiezan a las once y duran unos cuantos minutos. Idealmente, nadie se enterará. .Edia .D .Bdia Pues sí que vais preparados, .Edia me impresioné. .D .Bdia Natural, somos Daganegras, .Edia lanzó Yerris con cierto orgullo. .P Enarqué una ceja, gratamente sorprendido. .D .Bdia ¿Korther te perdonó? .Edia .P Yerris se atragantó. .D .Bdia Arr… No, no exactamente. Pero le he hecho unas cuantas promesas y… al menos no me ha clavado su daga negra en la garganta. .Edia .P Tragué saliva. Consolador. .D .Bdia Ya viene, .Edia añadió el semi-gnomo en un murmullo. .Bdia Pero ¿quién diablos es el otro? .Edia .P Me giré y vi a las dos siluetas que bajaban por las escaleras. Se oían rumores lejanos de fiesta en la ciudad, pero donde estábamos todo estaba silencioso. Slaryn llegó al pequeño patio y nos alcanzó, seguida del encapuchado. Este me resultó familiar. .D .Bdia In-cre-íble, .Edia jadeó la elfa oscura. .Bdia Korther nos ha dado una linterna ciega, una mágara de silencio y hasta nos manda a un mirón. Y, por si fuera poco, nos ha propuesto un sitio seguro para esconder al alquimista. Al final va a resultar ser altruista y todo. .Edia .P Yerris emitió una risita escéptica pero no se atrevió a comentar nada por la presencia del mirón, quien se acercó tendiendo una mano. .D .Bdia Aberyl, para serviros, guakos. ¿Yerris, verdad? En mi última visita, no eras más que un rapaz, aunque sigues siendo tan negro como yo blanco. .Edia .P El joven Daganegra le estrechó la mano a Yerris con energía y hasta me la dio a mí. Y como yo se la cogía, percibí su leve respingo y la ojeada que le echó a mi mano antes de soltarla… Palidecí. ¿Habría notado algo raro? En cualquier caso, no lo comentó y declaró con ligereza: .D .Bdia He venido a dejar mi nombre en la Historia. A partir de esta noche, todos me conocerán como a Aberyl el Héroe de los Guakos. ¿Así que la entrada está por ahí? .Edia inquirió, echando una ojeada interesada hacia la pared rocosa. .P Yerris y yo intercambiamos una mirada y sonreímos. Aberyl, desde luego, parecía contento de poder ayudarnos. .D .Bdia Está a unos tres metros de altura desde abajo, .Edia informó Yerris. .Bdia Si explota todo como tiene que explotar, la parte de abajo del túnel quedaría a menos de un metro de altura, creo. Lo que me pregunto es por qué, teniendo una salida tan cercana, los mineros de antaño hicieron otro túnel más lejos y no abrieron este. .Edia .D .Bdia Mm… Interesante, .Edia dijo Aberyl. .Bdia ¿Y ya sabéis cómo funcionan los explosivos? .Edia .D .Bdia Conocemos el funcionamiento, .Edia contestó Slaryn. .Bdia Pero no he hecho ninguna prueba. .Edia .P Aberyl asintió, pensativo. .D .Bdia En eso puedo ayudaros. .Edia Posó una mano sobre el saco de explosivos y preguntó: .Bdia ¿Puedo? .Edia .P Yerris vaciló e hizo un ademán. .D .Bdia Adelante. .Edia .P Aberyl deshizo la cuerda, abrió el saco y pescó en él un extraño artilugio circular. Pese a mi curiosidad, no me atreví a acercarme. Como decía mi maestro nakrús: no acerques el cráneo al quebrantahuesos si puedes evitarlo. .D .Bdia No tienen mala pinta, .Edia aprobó Aberyl. .Bdia ¿Se las comprasteis al Artificiero, verdad? Oí que estuvo de paso por la ciudad. Vende caro, pero de momento nunca me ha fallado ninguno de sus artículos. ¿Cuántas hay? .Edia .D .Bdia ¿En total? Unas cien, .Edia contestó el Gato Negro. .P Aberyl resopló y, de pronto, se carcajeó y su carcajada, ahogada por el embozo, me resultó un poco tétrica. .D .Bdia ¡Cien! ¿Y a qué esperáis para hacer volar la Roca? .Edia preguntó con ánimo. .P Yerris carraspeó. .D .Bdia Va a volar la mina, no la Roca… .Edia .P Aberyl emitió un gorjeo divertido y, para horror nuestro, tiró la mágara al aire antes de recogerla al vuelo. .D .Bdia Cien aparatos de estos… debieron de costaros un ojo de la cara. .Edia .P El semi-gnomo masculló algo por lo bajo y dijo: .D .Bdia Nos costó bastante, sí. Y, ahora, ¿quieres dejar de juguetear con eso? .Edia .D .Bdia Ops. .Edia Aberyl atrapó de nuevo la mágara y soltó: .Bdia Perdón. Tienes razón. Se acabó la cháchara: manos a la obra. .Edia .P Vino entonces un inquietante proceso en el que ayudé a enredar en un hilo cinco discos explosivos. Cuando Aberyl dijo que estaba todo perfecto, Yerris trepó hasta el dichoso agujero, fijó la hilera de discos tal y como se lo pidió el Daganegra y, justo cuando volvió a bajar, sonó un ¡bum! y me tomó tanto por sorpresa que pegué un bote creyendo que las mágaras se habían activado solas. .D .Bdia ¡Relaja el nervio, señor barbián! .Edia se rió Sla. .Bdia Son los fuegos artificiales. .Edia .P Solté un resoplido de alivio seguido de unas imprecaciones ininteligibles. Aquello de las explosiones no me gustaba. Y es que, francamente, hubiera preferido que mi maestro estuviera ahí para levantar una pequeña armada de esqueletos y mandarlos a tirarse encima de los Ojisarios. Fijo que alguno se moría de un ataque al corazón y que los demás salían corriendo como ardillas aterradas. .P Volví a la realidad cuando vi a Aberyl cargar con la mágara de silencio y girarse hacia nosotros. Nos hizo un gesto de la mano. .D .Bdia Apartaos, que esto es mortal. .Edia .P ¿No, en serio? Eso me había quedado bien claro desde el principio. Recogimos los sacos, fuimos a posarlos lejos y, finalmente, nos quedamos los tres ocultos detrás de la esquina del edificio contiguo. Como Yerris asomaba la cabeza, no queriendo perderse el suceso, Sla le agarró de la camisa con exasperación. .D .Bdia ¡Gato Negro! .Edia .D .Bdia Sólo quiero ver, .Edia protestó él. .D .Bdia La curiosidad mató al gato, .Edia replicó Slaryn. Vaciló y añadió: .Bdia Anda que si no funciona… .Edia .P El Gato Negro se giró y sonrió, acercándose mucho a ella. .D .Bdia Funcionará, princesa, .Edia murmuró. .Bdia Tiene que funcionar. .Edia .P Los contemplé con los ojos redondos. La madre… ¿No irían a besarse justo cuando iba a explotar todo, no? De pronto, Aberyl apareció por la esquina a la carrera, chocó contra el Gato Negro y lanzó: .D .Bdia ¡Tapaos los oídos! .Edia .P Y es que, pese a la mágara de silencio, la explosión se oyó, incluso con los oídos tapados. Segundos después, aún se oían rocas y piedras rodar. Me aparté del muro del edificio, tambaleante, y, antes que nadie, asomé la cabeza. Se había levantado una impresionante polvareda y tosí mientras me acercaba. Lancé un sortilegio perceptista y sonreí ampliamente al notar que ya no había obstáculo. El túnel estaba abierto. .D .Bdia ¡Vía libre! .Edia solté. .D .Bdia Cuidado, shur, .Edia me lanzó Yerris cogiéndome del brazo y estirándome para atrás. .Bdia Podría ser que alguna mágara no hubiese explotado. .Edia .P Retrocedí con él pero, tras esperar un rato y constatar que ni venían los vecinos ni explotaban más cosas, decidimos acercarnos. Los fuegos artificiales ya habían terminado y, en el pequeño patio, reinaba el silencio. Cuando oí a Aberyl asegurar que los cinco discos habían sido vaciados de su energía, me icé ágilmente por el agujero y solté un sortilegio de luz armónica. El túnel era tan estrecho y bajito que cualquier saijit no hubiera sido capaz de pasar por él. Di unos pasos adelante y, llegando a una leve curva que daba el túnel, creí entonces percibir una luz lejana, allá en el fondo. ¿Sería la espuma vampírica? Tenía que serlo. .P Iba a dar otro paso adelante cuando mi pie derecho le dio una patada a algo. Curioso, me agaché e inspeccioné el objeto. Era un hueso. Y parecía ser muy viejo. Por una cuestión de reflejo más que de necesidad, sorbí el morjás y, mientras lo hacía, mi otra mano topó con otro hueso. .D .Bdia Caray, ¿esto qué es, un cementerio? .Edia murmuré. .D .Bdia ¡Draen! .Edia cuchicheó Yerris. .P Me llamaba desde la boca del túnel y, viéndolo intentar subir el saco de explosivos con cuidado, dejé los huesos y me precipité hacia el Gato Negro para ayudarlo. Una vez arriba, Yerris soltó: .D .Bdia Bueno. Primero, sacaré a todos los guakos y luego colocaré los explosivos. Aberyl no creo que pueda seguirme a través de la espuma vampírica: hay que andar así y todo un buen rato para llegar a la caverna. Pero todo saldrá bien, tranquilo. Tú ve con Sla, a por el alquimista. Dentro de dos horas, a lo sumo, estará todo listo. .Edia Como yo asentía, me agarró del brazo y me susurró: .Bdia Hey. Ve con mucho cuidado. Los Ojisarios tal vez no hayan conseguido cazarnos hasta ahora, pero, si te pillan en su territorio, te escachufan, ¿me oyes? Y no olvides, shur: si le pasa algo a Sla, me lo pagarás. .Edia .P Me estremecí al sentir su mano apretarme el brazo con más fuerza y meneé la cabeza. .D .Bdia No te amosques, Gato Negro. Yo hago lo que puedo. .Edia .P Yerris suspiró, me soltó y me palmeó el hombro. .D .Bdia Lo sé. Arreando y buena suerte. .Edia .P Esbocé una sonrisa, le palmeé yo también el hombro, apoyándome sobre él para levantarme, y me deslicé afuera. Aberyl acababa de colocar dos cajas de madera debajo del agujero, para formar una pequeña escalera. Apartó una piedra, le dio una patada a otra y, bajo mi mirada curiosa, se frotó las manos apuntando con calma: .D .Bdia Asegurar el camino de huida es esencial. .Edia .P Asentí y, recordando que Yal me había dicho una vez algo parecido, solté: .D .Bdia Yal dice que, para un buen ladrón, no hay ida sin huida… No, espera, que no hay huida sin ida. Dice que… .Edia .P Sla me agarró resoplando. .D .Bdia ¡Vamos, shur! Tenemos asuntos. .Edia .P La seguí sin protestar, atravesando las sombras de la noche, y creí oír detrás de nosotros a Aberyl soltar un tranquilo: .D .Bdia Buena suerte. .Edia .Ch "Resurrector" .\" 21/10/2017 Finalmente, la hipótesis de que los Ojisarios habían descorchado botellas de vino para festejar las Fiestas de Pozos resultó ser la acertada: se oían cantos, vozarrones y carcajadas provenientes de una de las terrazas de los edificios que bordeaban el famoso corredor. Sólo esperaba que dentro de unos instantes los cantos no se tornasen en bramidos de alerta. .P Habíamos tardado una eternidad en llegar al tejado de la casa que había al fondo del callejón. Pero al fin estábamos en territorio ojisario. Slaryn reptó por las tejas hasta topar con el muro de uno de los bloques y, envuelto en sombras armónicas, la seguí. Al principio del trayecto, la elfa oscura me había repetido a saciedad cosas del estilo: no metas ruido, no te quejes y no olvides usar las sombras exactamente como yo lo hago. Suspiré silenciosamente. A veces, parecía que Slaryn me tomaba por un crío de cinco años. .P Slaryn echó un vistazo al corredor y, acuclillado entre las tejas y la pared del bloque, esperé pacientemente a que se moviera. Al fin, la Daganegra me estiró de la manga para espabilarme y la vi desaparecer debajo del tejado. Gateé y, al asomarme, vi un bulto de sombras bajar por una gotera. No metía ningún ruido. En el corredor, había dos linternas. Una bastante cercana a donde Slaryn aterrizó, otra junto a un Ojisario que montaba la guardia, en la boca del callejón. .P Tras asegurarme de que el Ojisario no miraba para nuestra dirección, me agarré yo también a la gotera y comencé a descender tan silenciosamente como pude. Aquella no era mi mejor noche, y es que me dolía aún el brazo y la mandíbula por los puñetazos de Syrdio, nada grave, pero desconcentraba. Cuando posé los pies sobre el suelo, me agaché junto a Slaryn y ella me enseñó una mano como si retuviese las ganas de darme una bofetada. Me fijé entonces en que mi sortilegio de sombras se me había ido al traste. Vaya. Lo rehíce, pensé que Slaryn estaba legítimamente enfadada conmigo y agaché las orejas. Me dio un leve empellón de advertencia y se puso a bordear el corredor. Pasamos cerca de la luz de la primera linterna y Slaryn se mimetizó tan bien que me arrancó una mueca admirativa. Intenté hacer como ella —al fin y al cabo, era lo que me había pedido que hiciera. Sólo que mi intuición me dijo que mis armonías no me salían tan perfectas. Al fin, la Daganegra se detuvo ante lo que, se suponía, era la puerta que llevaba al laboratorio. Sacó una llave y agrandé los ojos al entender que, de alguna manera, había conseguido copiarla. Me aproximé tan sigilosamente como pude y, de pronto, mi pie chocó contra algo y me paralicé oyendo un leve crujido. La madre… Bajé una vista asesina hacia la piedra con la que había topado, aunque cuando la reconocí por un instante me olvidé de todo. ¡Era mi piedra afilada! Los Ojisarios debían de haberla tirado el día en que me habían capturado. Sintiendo cierta alegría por mi descubrimiento, la recogí y, como Sla acababa de abrir la puerta, me apresuré a seguir a la Daganegra como una sombra. Apenas podía creer que el Ojisario que montaba la guardia no nos había visto. .P Recorrimos un pasillo y, ahí, no dejé de fijarme en que, andando, ella metía más ruido que yo… Puse los ojos en blanco. Estábamos metidos en plena casa de los Ojisarios, en peligro de muerte, ¿y yo me ponía a comparar habilidades? Espíritus… .P Al de unos pasos, Slaryn se detuvo ante una puerta y sacó esta vez una ganzúa. Yo, sintiéndome un poco inútil, decidí al menos cerciorarme de que no había alarmas en la puerta. No había. Slaryn me dio un suave manotazo, se concentró y, finalmente, forzó la puerta, entró, entré y ella cerró detrás de nosotros. .P Nos encontramos en una habitación totalmente a oscuras. No había ventanas. No había más que oscuridad. El sortilegio de luz que solté apenas alumbró y Slaryn me dio otro manotazo. Caray… Encendió la linterna ciega y conseguí ver una larga mesa repleta de frascos y extraños artilugios. Oí un ruido metálico justo cuando la luz iluminó el pálido rostro de un gnomo de mediana edad, barbudo y andrajoso, tendido en un jergón de paja. Sus ojos parpadearon y Slaryn murmuró acercándose con rapidez: .D .Bdia Señor Wayam, ¡hemos venido a liberarlo! .Edia .P El alquimista dejó escapar una risita que me puso los pelos de punta. Levantó sus cadenas. .D .Bdia ¿Y cómo? .Edia graznó con voz gangosa. .Bdia Estoy encadenado. Ni siquiera el ácido más potente puede romper el acero negro. No podréis liberarme. .Edia .D .Bdia Sí podré, .Edia replicó Sla, agachándose junto a él. .D .Bdia No podrás. .Edia .D .Bdia Tengo sangre de hidra. .Edia .P Ahí, el alquimista guardó silencio. .D .Bdia Eso puede funcionar, .Edia admitió al cabo. .D .Bdia Funcionará. Los sokuatas han sido liberados, .Edia informó Sla en voz baja. .Bdia Y le llevaremos a usted a un sitio seguro. .Edia .P El gnomo la miró con mala cara. .D .Bdia ¿A casa de otro captor? .Edia .D .Bdia No. Pero usted fue quien inventó y fabricó la sokuata. Y usted será quien nos la siga fabricando hasta que nos dé un remedio definitivo. Me parece un trato justo, .Edia concluyó Sla. .P El alquimista se mordisqueó la mejilla mientras Sla sacaba esa milagrosa sangre de hidra y meneé la cabeza, incrédulo. ¿Qué tanto tenía que meditar? A lo mejor tanto encarcelamiento y tanta alquimia lo habían dejado atontado. .P Lo que vi a continuación me arrancó una mueca sorprendida: tras dejar una especie de polvo negro encima de la cadena, Sla escupió sobre esta. Pero enseguida vi el resultado: al de unos instantes, el eslabón negro se quedó tan fino como un cordel y finalmente se fundió del todo. .D .Bdia Increíble, .Edia murmuró el alquimista, maravillado. .Bdia Jamás había visto sangre de hidra. ¿De dónde la sacas? .Edia .D .Bdia Del mercado negro, .Edia contestó Slaryn. Había procedido igual con las cadenas de los pies y el alquimista pronto se vio liberado. La elfa oscura apuntó: .Bdia Díganos qué necesita para fabricar sokuata y nosotros lo llevaremos. .Edia .P El alquimista se levantó y, sin decir nada, tendió un índice hacia un frasco. Lo recogí y lo metí en mi saco. Fue dando la vuelta a la mesa y, cada vez que señalaba algo, yo lo guardaba. Hasta guardé un cuadernillo lleno de anotaciones. Y entonces se detuvo, alzó una mano, se rascó la barba y asintió. .D .Bdia Eso es todo. Creo. .Edia .D .Bdia ¿Cree? .Edia jadeé. .D .Bdia Mm, .Edia confirmó el alquimista. Y se frotó los ojos. .Bdia Todo lo esencial, sí. ¿Podemos… salir ya? .Edia .P Intercambié una mirada con Slaryn. Esta asintió. .D .Bdia Vamos. Sobre todo, no meta ruido. Y no se sorprenda del camino que tomemos. .Edia .D .Bdia Más me sorprenderá que consigáis sacarme de aquí vivo, .Edia repuso el señor Wayam. .P Oí claramente el suspiro exasperado de Slaryn. Lo tomó suavemente del brazo y lo guió hacia la puerta. El gnomo cojeaba y, dándome cuenta sólo entonces, resoplé. .D .Bdia ¿Por qué cojea? .Edia .P Mi pregunta me sonó incluso acusadora a mí. Pero es que, diablos, ¿no era ya suficientemente difícil nuestra tarea como para que, encima, el alquimista estuviera cojo? Podría ser peor, me dije: podrían haberle faltado las dos piernas. O peor aún: podría haber estado muerto. .P El alquimista me echó una mirada con cara de fijarse por primera vez en mí. .D .Bdia Me han rociado a golpes hace unas horas. ¿No es esa una buena razón? .Edia .P Su tono añadía implícitamente un: niño impertinente. Hice una mueca y, cuando Sla nos impuso silencio, sellé los labios. Recorrimos el pasillo de vuelta a la puerta de salida al corredor exterior. La puerta que llevaba al túnel y a la mina estaba del otro lado. Y yo no veía, francamente, cómo íbamos a cruzar el corredor hasta ella sin que el Ojisario que montaba la guardia nos viera. .P Sla entornó la puerta en silencio y se envolvió en sombras armónicas antes de deslizarse afuera agarrándole al alquimista por la manga. Los seguí, cargando con el saco lleno de frascos y aparatos. Cerré detrás de mí y, justo cuando Sla acababa de abrir la puerta de enfrente con otra llave copiada, percibí un movimiento en la boca del corredor, vi a cuatro Ojisarios apuntarnos con las ballestas y grité: .D .Bdia ¡Corred! .Edia .P Los virotes silbaron directamente hacia mí, me tiré sobre el alquimista para empujarlo adentro y no entendí cómo diablos no me dio ningún proyectil hasta que, ya corriendo por los pasillos interiores, constaté que un virote me había desgarrado la camisa. .D .Bdia ¡Isturbiaooos! .Edia bramé. E impelí al alquimista soltándole toda una sarta de imprecaciones, porque el maldito cojeaba y no era el mejor momento para estar cojeando, ¡fiambres! .P Por suerte, tan cojo no estaba el gnomo, pues llegamos a la puerta del túnel antes de que los Ojisarios entraran por la del corredor. Los oímos abalanzarse por el pasillo y Sla cerró la puerta gritando: .D .Bdia ¡No tengo nada para atrancarla! .Edia .P Y yo menos, quise replicarle, pero mi terror no me dio para tanto. Iba a seguir corriendo cuando, de pronto, el alquimista me agarró el saco, hundió la mano dentro y sacó un frasco. .D .Bdia Mmno, este no es, .Edia masculló. .P Sacó otro, entornó los ojos como intentando ver en la penumbra y yo estaba ya por decirle que cantara algún réquiem porque nos íbamos a morir todos cuando, para asombro mío, estrelló el frasco contra el suelo junto a la puerta. Y salieron llamas. .D .Bdia ¡La madre! .Edia tartamudeé. ¿Esos eran los frascos esenciales para fabricar la sokuata? Y un cuerno… .P El alquimista salió corriendo y Sla y yo lo seguimos, lo adelantamos y llegamos a esa famosa puerta metálica que hacía bong. Y qué bofetón de muerte me llevé cuando Sla fue a estirar el batiente y no lo abrió. .D .Bdia ¡Atrás! .Edia gritó. .P Retrocedí sin saber muy bien por qué y, cuando vi a Slaryn sacar un disco explosivo, me apresuré a agarrar al alquimista para invitarlo a volver para atrás. La explosión me ensordeció y Slaryn tuvo que agarrarme del brazo para recordarme que teníamos a unos Ojisarios detrás entrando ya en el túnel. Habían dejado sus pesadas ballestas para saltar sobre las llamas, pero seguían teniendo sus dagas. Sin duda debían de estar perplejos del camino que tomábamos, y burlones tal vez de que pensáramos que conseguiríamos sacar al alquimista y a los guakos. No podían imaginarse que teníamos otra salida. .P La puerta metálica estaba abollada y abierta. Bajamos por las escaleras con precipitación y Sla gritó: .D .Bdia ¡Gato Negro! ¡Nos persiguen! .Edia .P Llegamos al pie de las escaleras y pude ver la obra maestra que iba a acabar con la mina de salbrónix: las mágaras explosivas estaban dispuestas por todo el túnel. Y la puerta de acero negro ya había volado. Pese al grito de alarma de Sla, el Gato Negro nos recibió con una sonrisa de alivio. .D .Bdia Buenas noches, señor Wayam. Usted no tema: saldrá de esta vivo. Corre, Sla, ponlo a salvo. Meteos por el túnel. .Edia .D .Bdia Me encargo yo de hacerlo explotar, .Edia dijo Aberyl. Por lo visto, pese a lo que había dicho el Gato Negro, el Daganegra parecía soportar bastante bien los ataques de la espuma vampírica. Se encontraba agachado junto a una mágara explosiva, atada a un hilo que entraba directamente en el túnel. .Bdia Esto va a ser mortal, .Edia añadió. .P ¡Mortal decía! ¡Requetemortal! Le estiré de la manga al alquimista y este no se hizo de rogar para seguir corriendo hacia la otra caverna. Todo estaba vacío: los guakos liberados ya debían de estar a salvo en las callejuelas del Laberinto. .D .Bdia ¡Gato Negro! .Edia le gritó Sla. .Bdia Hazle caso a Aberyl: sabe lo que hace. .Edia .P Pese a todo, Yerris vacilaba y creí entender su dilema: ansiaba cerciorarse de que el túnel explotaría y dejaría de ser usable por un buen rato. Le lancé: .D .Bdia ¡Gato Negro, con esos explosivos se nos va a caer todo encima, corre, escalufniao! .Edia .P Y no esperé más, porque oía ya los bramidos de incomprensión de los Ojisarios que recorrían el túnel a la carrera sin tener la más mínima idea de que les rodeaba la muerte por todas partes. Invadido por la urgente supervivencia, yo tan sólo lograba pensar en correr y en no perder de vista al alquimista. Este al avistar la bruma de luz exclamó: .D .Bdia ¿Pero qué es este espanto? .Edia .P No pareció tan espantado pues bien que se metió por el túnel de luz sin frenar una pizca. Habíamos dado tal vez una cincuentena de pasos cuando Aberyl gritó algo y pasó junto a nosotros corriendo como una liebre. Y llegó la explosión. .P Me tiré al suelo y, curiosamente, la bruma de luz ahogó casi todo el estruendo que produjo. Eso no me impidió rasgarme las rodillas por culpa de la roca cortante. Sin pensarlo, inspiré, no encontré aire y me levanté, atragantado, tan sólo para ver el infierno desatarse en la superficie. Las piedras se caían, la luz vibraba como si estuviera quejándose de tal estrépito y, lo peor de todo, no veía a nadie. .P Tras unos instantes de estar avanzando torpemente, conseguí gritar: .D .Bdia ¡Gato Negro! ¡Sla! .Edia .P Repetí mi llamada hasta que mi pie topó con algo blando y, con el corazón helado, me apresuré a estirar sobre el cuerpo. Para alivio mío, sentí una reacción y unas manos agarrarme. Lo tiré para arriba. Era el alquimista. Pero estaba medio desmayado. .D .Bdia S-señor Wayam, .Edia farfullé. .Bdia ¿Está vivo? .Edia .P El alquimista resopló sin abrir los ojos. .D .Bdia De momento. Pero dentro de poco dejará de ser cierto. Siento como si… como si la vida se me fuera como un torrente. .Edia .P Entendí su problema y palidecí. Vaya. Si no salíamos rápidamente de ahí, la bruma iba a absorberle todo el jaipú y matarlo. .D .Bdia Vamos, ánimo, tenemos que salir de aquí o morirá. .Edia .P Le presté mi apoyo y avanzamos unos pasos antes de que oyese unas voces. .D .Bdia ¡No me mates, tengo a mujer e hijos, por favor! .Edia .P La escena que alcancé a ver al llegar a una curva me heló la sangre. A apenas unos metros de mí, vi a Slaryn y, sobre un pequeño islote rocoso cercano, estaba el Gato Negro con un disco explosivo, amenazando a un Ojisario. Y no a cualquier Ojisario, entendí con un escalofrío, reconociendo al fin la voz. Era Lof, el Embozao, el que nos traía el pan mágico todos los días y nos contaba chistes. .D .Bdia ¡Nooo! .Edia rugí. .Bdia Gato Negro, ¡no lo mates! .Edia .P Dejé que Slaryn se ocupara del alquimista y corrí hacia donde se encontraba el Gato Negro. .D .Bdia No lo hagas, .Edia dije. .Bdia Es el Embozao. .Edia .P El Gato Negro me miró como si no me reconociera. .D .Bdia Cabal, shur. Es el Embozao: un Ojisario desalmao que nos contaba chistes mientras nos veía sufrir. .Edia .D .Bdia No, .Edia dije, alterado. .Bdia No lo mates. Eso es muy feo, Yerris. Por favor. No perdamos más tiempo, salgamos de aquí. El alquimista se está muriendo. .Edia .P El Gato Negro le miró a Lof a los ojos, hizo una mueca de asco y gruñó. .D .Bdia Como intentes algo, te meto este disco en la boca, Lof. .Edia .P Bajó del islote y abrió el camino mientras yo me apresuraba a ayudarle a Sla con el alquimista. Viendo que el jaipú se le iba a grandes tirones y sabiendo que aún nos quedaba un buen trecho para salir de ahí según el Gato Negro, entendí que no llegaríamos a tiempo. Y estaba ya a punto de caer en la más profunda desesperación cuando se me ocurrió que yo podía hacer algo. Le agarré el brazo con ambas manos y me concentré mientras avanzábamos. Como transformar su propio morjás en jaipú me hubiera requerido una concentración que no podía tener visto cómo estaban las cosas, me dediqué a transformar el mío y a enviarle ondas de jaipú. Me sirvió haber absorbido el morjás de esos huesos que había recogido en el túnel de huida y, al de un rato, el alquimista recuperó cierta compostura. .D .Bdia Impresionante, .Edia lo oí murmurar. .P Palidecí, esperando que no sacara demasiadas conclusiones sobre lo que acababa de pasar. ¿Era acaso nigromancia usar el morjás de los huesos para devolver vida a un ser que aún no estaba muerto? No lo creía yo. A eso se lo llamaba curar, no revivir. Por eso, cuando vi que Lof nos seguía, detrás, con cara más muerta que viva, le tomé la mano y le ayudé de la misma forma. Tal vez no me apliqué tanto pero, en todo caso, el Embozao consiguió seguirnos con más vigor. .P El camino hasta el agujero me pareció eterno. Estaba ya pensando que Yerris se había perdido cuando este se detuvo, tanteó la pared a través de la luz y asintió. .D .Bdia Por aquí. .Edia .P Nos metimos en la luz y penetramos en una caverna por un agujero más bien estrecho. Tanto que me costó hacer pasar el saco lleno de frascos. A saber cuántas cosas del todo prescindibles me había hecho meter ahí el alquimista… .P Respiramos de alivio cuando dejamos atrás la espuma vampírica. .D .Bdia Ya pensaba que os habíais quedado sepultados, .Edia nos acogió Aberyl. Su silueta embozada se erguía junto al túnel de salida. .Bdia Venga, gnomo, te pondrás bien, arriba. .Edia .P Pero el alquimista se había espatarrado en la roca y graznaba cosas incomprensibles. Sentí un escalofrío. Sólo faltaba que se hubiera vuelto loco y… .D .Bdia Arriba, .Edia repitió Aberyl. .P Entre el Gato Negro y él, ayudaron a meterse al alquimista en el estrecho túnel y avanzaron a trompicones mientras Sla abría la marcha, iluminándoles el camino. Le estiré de la manga al Embozao y este trastabilló detrás de mí, aturdido. .P Desde la entrada del túnel, la luz vampírica no me había parecido tan lejana. Pero el camino inverso me pareció largo, muy largo, porque yo ya quería salir de ahí, regresar con mis comparsas y dormir a pata suelta. .D .Bdia Cuidado con las mágaras, .Edia dijo Aberyl entonces. .Bdia He puesto todas las que quedaban. Supongo que no queríais guardar alguna de recuerdo, ¿no? .Edia .P El Gato Negro, gruñendo bajo el peso del alquimista, replicó: .D .Bdia Fiambres, no. Que se destruya todo el túnel, la mina y esa espuma y todos sus santos muertos. .Edia .P Aberyl me dedicó una mirada sonriente por encima del hombro y asintió. .D .Bdia Entonces, sea. .Edia .P Estábamos ya llegando. Y yo por poco no empujaba a Aberyl detrás con las ganas que tenía de salir ya de una vez. Empezaron a salir. Aberyl dio un salto ágil abajo y sacaron al alquimista medio en volandas; yo puse un pie sobre la caja de madera e iba a estirar al Embozao para ayudarlo cuando, de pronto, este tropezó con el hilo. .D .Bdia ¡Cuidado con el hilo! .Edia exclamó Aberyl. Se precipitó para desenmarañar a Lof pero, cuando tocó una mágara, sus ojos destellaron de terror. Dio un bote hacia atrás y se desgañitó: .Bdia Fiambres, ¡a cubierto! ¡Corred! .Edia .P Y él corrió. Quise imitarlo, pero con las prisas tropecé en los peldaños improvisados. Yo trataba de recuperar el equilibrio cuando creí ver, como un relámpago, a una silueta familiar que se detenía junto a la esquina mientras Aberyl la empujaba hacia atrás, y entonces… todo explotó. .P Fue tan rápido que tardé un buen rato en entender lo sucedido. El Embozao se tiró sobre mí, yo grité, recibí algo que me dejó medio inconsciente, dejé de gritar y me atraganté con el polvo. Tosí y oí gritos lejanos. Las rocas habían salido disparadas. Por eso yo no entendía cómo podía ser que siguiera vivo, a menos que… Con una mano que apenas podía mover, toqué la del Embozao. Este me cubría entero… y no se movía. Su jaipú se había volatilizado. .P Los ojos se me llenaron de lágrimas. Lof me había salvado la vida. Se había sacrificado por mí. Pero… ¿por qué? Mi cuerpo, ahora, temblaba violentamente. Sentí que alguien me quitaba el peso muerto de encima y que me extraía de entre el amasijo de rocas. Tosí de nuevo, miré mi mano derecha y, viéndola algo rasgada, desaté las pocas energías que me quedaban para sanarla. No era plan que, después de haber sobrevivido más o menos a todo, me pillaran los saijits con una mano muertoviviente… Me agarraron dos brazos fuertes y traté de sostenerme en pie, pero una pierna me fallaba. Bajé la vista, la vi ensangrentada, y luego alcé la cabeza y reconocí el rostro tan familiar. .D .Bdia Elassar, .Edia murmuré. .P Si me dijo él algo, no lo oí. Mis oídos zumbaban. Giré la cabeza hacia el túnel. Había desaparecido. Ahora tan sólo había un montón de rocas. .P Yal intentó hacerme avanzar pero, cuando entendió que no podía más que cojear, me levantó, murmuró otra vez algo, creo, pero no supe qué, y se alejó del patio tan rápido como pudo. En mi mente, seguían retumbando las piedras y oyéndose la explosión una y otra vez… Y seguía sintiendo al Embozao tirado sobre mí como un escudo. Como diría el Sacerdote, que sus ancestros lo acojan como a un hermano.